martes, 31 de mayo de 2011

Tengo vocación




No, no se asusten, que no me ha dado ahora el aire por entrar en el convento. Aunque, si llego a hacer caso a la Madre Mª del Pino que, a mis 9 años, me cogió por banda y me propuso que por qué no ingresaba, que ella veía en mí claros indicios de vocación, ahora sería Sor Estupefacción y estaría dedicada, estoy segura, a hacer rosquetes de anís detrás del torno.

La gente ve en ti cosas que ni en sueños se te hubieran ocurrido. Como, por ejemplo, el técnico que me examinó de conducir, sin ir más lejos. No me gusta conducir, no lo hago bien y, si puedo, me escaqueo de hacerlo. Pero curiosamente fui la única de mi familia que aprobó a la primera. ¿El secreto? Yo creo (aunque no lo recomiendo, que conste) que fue porque, antes del examen de carretera, me bebí, en un chiringuito que estaba en la esquina, un vaso de vino hasta el borde que me dejó bastante alegre y que hizo que fuera por esa carretera con tal desenvoltura que, al final, el susodicho técnico (sin olerme el aliento) me felicitó y me dijo que yo tenía dotes de buena conductora. Después de eso, estuve 13 años sin coger el coche y, cuando lo hice, fue obligada y empujada por las circunstancias: venirme a vivir a un sitio alejado del mundanal ruido y un marido que se cansó de llevarme a todos lados como una señora.

Y es que esto de las dotes y las vocaciones no me lo creo mucho. El otro día por la radio le preguntaban a uno que por qué se hizo veterinario. Y dijo que, cuando iba a matricularse de Sociología en la Facultad, se tropezó con un amigo que le dijo que en el bar de Veterinaria ponían unos bocadillos de tortilla de papas que te podías morir. Y eso decidió su vocación. Algo así como la aparición de la luz a San Pablo y la correspondiente caída del caballo.

Mi compañero Juancho me decía siempre que yo era una profe vocacional, sobre todo cuando me veía salir entusiasmada de una clase diciendo que habíamos tenido un debate interesantísimo hablando de la inmortalidad, o de la violencia, o de las falsas ciencias, o de los papeles que hacemos en la sociedad… Así sí se puede, me decía. Y es que tengo que reconocer que los temas de mi especialidad son preciosos y se prestan a pasar un rato ameno discutiendo de ellos. No es como hablar de la ley de Coulomb, o del complemento directo, o de la fisiología del cuerpo viscoelástico, dónde va a parar. Y el resultado es que me lo pasaba estupendo dando clase.

Pero ahora, en estos tres años, me he dado cuenta, como San Pablo y el veterinario que nombré antes, de que mi verdadera vocación es la de jubilada: levantarme tarde, caminar cuando me apetezca, hacer un nuevo plato de comida despacito y con mimo en lugar de descongelar lo primero que encuentres, decidir de repente ir al sur a darte un baño, quedar con los amigos, viajar fuera de temporada… y cobrar a fin de mes.


En el fondo de mi corazón, estoy convencida, qué quieren que les diga, de que yo nací para esto. 

(En la imagen, caida de San Pablo del caballo y aparición de la luz)

martes, 24 de mayo de 2011

Revolución española




Hay veces en la vida en las que la realidad parece llevar un ritmo tranquilo y sosegado, como esos días en que una va a buscar el pan y el periódico por las mañanas y contempla el escenario cotidiano, ahogando incluso un bostezo. Pero otras, la realidad se acelera y empiezan a pasar cosas que no dejan de sorprendernos: tsunamis, terremotos lejanos y cercanos, fuerzas de la naturaleza en movimiento. Y también, contagiados, movimientos humanos que, como mareas, llenan las plazas de ciudades y pueblos, protagonizando aquí lo que por esos mundos llaman la spanish revolution.

La idea, realmente, no es nueva. Siempre se han generado a lo largo de la historia estas manifestaciones pacíficas, estas maneras de decir ¡basta! Lo hacíamos en nuestra juventud, en mayo del 68, cuando pedíamos lo imposible y que la imaginación llegara al poder. Pero ya, desde el viejo Sócrates, el espacio público, el ágora, y ahora la plaza, ha sido el lugar para discutir, proponer y gritar alto y claro.

Tampoco es nuevo lo que se pide, algo tan simple como que los que gobiernan, con nuestros votos y con nuestro dinero, los sepan administrar con sentido común.

Es de sentido común controlar el gasto y no despilfarrar, hacer lo que cada uno intenta hacer en su casa (la palabra “economía” significa realmente “administración de la casa”). Cuando yo me casé, me compré hasta una libretita para los gastos y me aprendí lo del “debe” y el “haber” para no salirme del presupuesto. Y, sin embargo, vemos lo contrario en el gasto público: burbujas inmobiliarias, enormes gastos superfluos e innecesarios, campañas electorales costosísimas (¿de verdad es necesario todo ese empapelamiento en tiempos de Internet?), mamotretos públicos erigidos para gloria de un alcalde… Ya tendrían ellos que tener la libretita con el debe y el haber, digo yo.

Es de sentido común que se pida que la gente que nos gobierna sepa hacerlo y sea decente y honrada. A mí, por lo menos, en el supuesto de estar implicada en un delito, se me caería la cara de vergüenza si me presentara a dirigir ni siquiera una asociación de vecinos. Pero esto es algo tan antiguo como Platón que, hace 25 siglos, ya proponía un gobierno de sabios y justos.

Es de sentido común que se pida que todos podamos acceder a trabajo, vivienda, educación y sanidad dignos. Pero ¿eso no estaba ya en los Derechos Humanos? ¿Es algo que hay que recordar a los que nos dirigen? Por lo que se ve, sí.

El término “revolución”, frente a “evolución”, hace referencia a un cambio rápido en la sociedad. ¿Es esto una revolución? ¿Se estará realmente cambiando rápidamente el mundo? He leído estos días una frase que dice: “Los que están tan locos como para pensar que pueden cambiar el mundo son los que lo consiguen”.

Tal vez lo consigan o tal vez, no; a lo mejor, sólo es una protesta, una pataleta de rabia sin un compromiso posterior, aunque, a tenor de la organización, no lo parece; tal vez sean utilizados por unos y por otros (ya he oído a casi todos los partidos diciendo que eso mismo piensan ellos); y siempre nos acecha el temor de que pase lo mismo que con el movimiento hippie, que empezó siendo una pieza del puzzle contracultural, una filosofía de la vida, un alegato frente a la guerra, y terminó engullido por el sistema y convertido en una moda de gente con florecitas en el pelo, vendiendo abalorios y tocando la flauta.

Pero sea como sea, termine como el rosario de la aurora o continúe adelante como una fuerza imparable, esta revolución española, este movimiento cuyo protagonismo pertenece sobre todo a nuestros hijos, es un maravilloso ejercicio de libertad y creo que todos los demócratas debemos alegrarnos de que exista. Qué demonios. 

martes, 17 de mayo de 2011

Historias de autostop




En mis tiempos de universidad se hacía mucho autostop. Ajenos a las historias truculentas que se contaban y amparándonos en que normalmente íbamos en grupo, nos lanzábamos a la carretera a mover el dedo, igual que hacía, muchos años antes (1934), Clark Gable cuando le daba lecciones de autostop a Claudette Colbert en la película “Sucedió una noche”.

El autostop nos parecía el medio ideal, no sólo para ahorrar tiempo, dinero y las molestias de la guagua (mucho menos cómodas que las de ahora, dónde va a parar), sino también para conocer gente, vivir la aventura, reírnos y contar después historias de tipos curiosos que hay en el mundo recogiendo generosamente a gente de medio pelo como nosotros.

Pero también tenía sus desventajas, todo hay que decirlo. Aprovechando que estábamos encerrados en un coche y que se vería feo que nos tiráramos en marcha a la cuneta, algunos especímenes humanos ejercían una tortura solapada sobre nosotros, indefensas víctimas a las que no nos quedaba más remedio que aguantarnos, no haber querido viajar gratis…

Y así, estaba el espécimen El Ciclopedia, que aprovechaba los trayectos para contarnos el ciclo vital de los babuinos, la formulación de la ley de Boyle-Mariotte o el evangelio según San Mateo (éste era del tipo Predicador). Cuando no la liga de fútbol al completo con alineaciones y todo.

Estaba también el Mecachisquéguaposoy. Así era un compañero de mi curso, mayor que nosotros, preparador físico y ¡con coche!, algo inaudito entonces, que nos perdonaba la vida dejándonos subir en él. Lo malo es que, a pesar de ser tan guapo (que lo era), no abría su perfilada boca, miraba a cada rato al espejito a ver si sus rizos estaban en su sitio y, después, nos dejaba en el 5º pino, y allá ustedes, arréglenselas como puedan para llegar a casa tres horas más tarde.

Los Estoyenlahiguera eran ejemplares que se encontraban sobre todo en Madrid. Eran aquellos que, cuando les decíamos que éramos canarios, nos decían que ellos tenían un primo en Palma de Mallorca. El peor lo encontró mi amiga Ana Delia que, al decirle ella que era canaria, él le empezó entonces a hablar en inglés. Ana Delia, que estaba medio zombi, después de una noche de estudio y de una madrugada, se limitó a decirle “Yes, it is” a todo lo que el otro contaba.

Uno de los Defrentemarchen le tocó a mi marido, entonces mi novio, una Semana Santa en que fue de Valencia a Madrid para verme, y, después de 9 cambios de coche, entró en Madrid en el de un general que le fue dando órdenes todo el camino: siéntese al lado del chófer, ponga su bolsa allá, no hable, bájese aquí… Daban ganas de cuadrarse y decir ¡A sus órdenes!

Los Aversihoyligo, nada más subirnos, ya querían saber nuestro nombre, número de teléfono, dirección y si teníamos el sábado libre. A veces hasta les dábamos los teléfonos, inventándonos los nombres, para reírnos cuando, por ejemplo, mi abuela decía: “Hay un pesado que ha llamado cuatro veces preguntando si aquí vive una tal Adoración”.

Los Micocheeslomás nos contaban las revoluciones de su fotingo, el tipo de bujías, cómo funcionaba la tapa del delco y el ruido que hacía la junta de la trócola. El más peligroso era el que, mirándonos de soslayo tal que si fuese James Bond, nos preguntaba de repente: “¿Les gusta la velocidad?”. Más de una vez bajamos de un coche despelujadas, con la cabellera, más que al viento, de punta, y sonrisa de alivio, por culpa de alguno que imaginó ser Fittipaldi en Le Mans.


Así que, al final, lo dejamos. Concluimos que no merecía la pena, para ahorrarnos las 5,50 pesetas que creo que valía la guagua en ese entonces, aguantar tanta majadería. 

martes, 10 de mayo de 2011

Y los sueños, sueños son




Anoche, como quien regresa a Manderley, soñé que volvía a mi casa de la niñez en la calle del Pilar. Y que, al entrar, reía y lloraba emocionada porque esa casa, a la que recuerdo con tanto cariño pero que estaba llena de recovecos (había hasta un “cuarto oscuro”), se había transformado tal como yo la hubiera reconstruido ahora.

El despacho de mi padre y la salita donde se recibía a las visitas se habían convertido en una sola habitación, viva, para pasar allí horas leyendo o viendo la tele, con unas grandes cristaleras hacia el patio de las flores. Y lo mismo las demás habitaciones, que aparecían llenas de luz, dando al patio grande, donde antaño jugábamos y que ahora, en mi sueño, tenía también un rincón para un comedor de verano.

Supongo que todos somos “hacedores de nidos” y que esos sueños cumplen ese deseo. En el desayuno, cuando le contaba, dibujando un plano, mi sueño a mi marido, él me dibujó también su casa de Venezuela, cuando estuvo de emigrante allí de los 8 a los 10 años. ¿Por qué recordamos todo con tanto detalle, él, la veranda de fuera, las galerías abiertas, el hueco de la azotea donde se escondía, o yo, el olor a perejil, cilantro, tomillo y salvia de la jardinera del patio?

Los sueños son una cosa curiosa. Ana, mi compañera de habitación de los tiempos de estudiante en Madrid, me recordó hace poco que yo tuve una etapa de apuntarlos todos, nada más despertarme. Y es verdad. Acababa de leerme entonces “La interpretación de los sueños” de Freud y empecé con autopsicoanálisis a ver qué tal. No los interpretaba mucho, esa es la verdad, pero ahora lo que siento es no haber guardado un sueñito de aquellos.

Aunque a veces son sueños horrorosos y recurrentes, cuando aparecen nuestros miedos, como el que yo les tengo a las cucarachas o el de mi amiga Cae, que le dijeron que los toros no pueden subir escaleras y ella sueña que la persigue un toro, ella sube, para salvarse, una escalera y el toro sube también. Yo se lo interpreto como que nunca te puedes fiar de lo que te dicen, o también, que hay toros que no hacen caso a la tradición.

Es bueno, de todas formas, que el pasado vuelva en los sueños para despertarnos por la mañana con la sensación, placentera, de haber visitado un país perdido y lejano pero que sabemos que nos pertenece exclusivamente a nosotros y que, a pesar de todo, está ahí.

Y lo mejor para mí es que ese espacio del sueño es el lugar donde me reencuentro con la voz de mi madre, con la risa de mi primo, con la presencia normal y cotidiana de mi padre, mis abuelos o mis tíos, con los amigos idos que, por eso, no están perdidos para siempre. Como dice la canción “La compañera” de Los Cantores de Quilla Huasi, que es una canción de pérdida pero también de reencuentro onírico:

La magia de tu encanto alumbra mi pesar,
si florece el llanto en las sombras de mi andar,
cuando tu presencia
llega, tras la ausencia,
en mis noches al soñar… 

martes, 3 de mayo de 2011

Del matrimonio y otras componendas




A estas alturas yo creo que tengo más autoridad moral que el Papa para hablar del matrimonio. Después de todo yo este año cumplo los 40 años de casada (y él, no). Además, por mi profesión me he tenido que meter entre pecho y espalda unos cuantos libros de Antropología, en los que el matrimonio es la institución estrella a lo largo de los pueblos y de los siglos.

Pero no se preocupen que no les voy a hablar del matrimonio en los burundi ni en los indios chiricahuas, si bien es verdad que la variedad de formas en las que la gente asume ese compromiso me lleva muchas veces a preguntarme qué hace que dos personas que no se conocen de nada, o que se conocen demasiado bien, decidan firmar papeles para lavarse los dientes en el mismo lavabo durante toda la vida.

Echemos un vistazo, por ejemplo, a tres casos.

Primer caso: León Tolstoi, antes de casarse, le hizo leer a su novia, Sofía, sus diarios para que no protestara cuando viera qué tipo de pájaro se iba a llevar al huerto. Ah, no dirás que no te avisé… Total, que se pasaron la vida tirándose los trastos a la cabeza, escribiendo cada uno su diario e intercambiándoselo (que ya es afición), poniéndose bonitos. A pesar de que ella le copiara ¡7 veces! el manuscrito de “Guerra y paz” (que ya con eso se había ganado el cielo), él quiso dejarla sin nada de herencia (a ella y a los 13 hijos que tuvieron juntos). No la dejaron ni ir al entierro, supongo que para que no le diera un bolsazo al féretro.

Segundo caso: Mi abuela materna se casó con su cuñado después de que su hermana hubiera muerto. Ella era una jovencita con cintura de avispa, me contaba, a la que le encantaba bailar la berlina en las fiestas de su pueblo. “A mí me gustaba un chico de Barlovento -decía- pero, cuando mi cuñado me pidió casarnos, mi madre me dijo: “Sí, hija, cásate con él para que no se vaya de la familia”. Y allá que se casó y tuvo 4 hijos. Cuando mi madre, que era la más pequeña, tenía pocos años, ya mi abuelo tenía una familia paralela en Venezuela y, al morir mi abuela a los 72 años, él se casó por tercera vez con su compañera de allá con la que también tenía hijos y nietos.

Tercer caso: Don Faustino, el padre de uno de mis amigos, que murió a los 100 años, se enamoró a los 25 de su mujer y le propuso casarse. Ella le puso una condición. Su madre había sufrido mucho por culpa de las infidelidades del marido y ella no quería pasar por lo mismo. Le dijo:”Yo quiero que tú seas para mí y yo para ti”. Don Faustino le dijo: “Dame 6 meses de libertad y, cuando pasen, seré sólo para ti”. ¡Y ella aceptó (sin ocurrírsele pedir lo mismo para ella)! Después de 6 meses de francachela, Don Faustino volvió y, muchos años más tarde, me decía con los ojos húmedos: “Y, desde entonces, yo fui para ella y ella para mí”.

¿Alguna conclusión, aparte de que todas fueron al matrimonio sabiendo lo que había? Supongo que la misma que me decía mi padre, que tuvo con mi madre un noviazgo por carta (y en él sólo se vieron 35 días) pero luego un largo matrimonio de 50 años, sin separarse jamás: “Ay, hija, es que el matrimonio es una lotería…”.

Y hay quien no gana nada, hay quien rasca algo en la pedrea, hay quien tiene algo pasable y hay quien consigue el premio gordo.

Todo depende ¿de la suerte?