martes, 31 de enero de 2012

La Calle de la Amargura




A lo largo de la vida hay personas, situaciones o cosas que nos pueden llevar por la calle de la Amargura, pero hoy voy a hablar de una calle de la Amargura real, aunque bautizada por las autoridades –sin que nadie hiciera ni caso- desde 1883 como “General Morales”. Era más bien un callejón que ahora sólo permanece en el recuerdo de los que lo conocimos y que formó parte del paisaje familiar de mi infancia.

Partía desde enfrente de mi casa, en la calle del Pilar, hasta la calle de Santa Rosalía, en donde estaba mi colegio (el de las Dominicas, otro hermoso edificio desaparecido), por lo que fue una calle que recorrí cuatro veces al día, desde los 6 a los 12 años. Era estrecha, empedrada con callaos de playa y llena de socavones en los que, los días de lluvia, se formaban charcos en los que chapotear alegremente con las botas de agua. Recuerdo en ella a una viejita, siempre asomada a la ventana de una de aquellas casas terreras y descoloridas, y, una vez, a un gato tiñoso, cosa de la que me avisó una de las compañeras con las que iba al colegio cuando se lo señalé, intrigada: “¿Qué le pasa a ese gato?” “¡Tiene la tiña! ¡No lo toques! ¡No lo toques!”.

Era una calle pequeña y humilde y, sin embargo, ¡tenía tantos centros de interés! Había una cerrajería que congregaba a los niños, que miraban, fascinados, las chispas de la fragua. Estaba también el Frente de Juventudes, que luego pasó a llamarse Ciudad Juvenil, y adonde todos los chicos del barrio iban a jugar al fútbol o al baloncesto o a formar grupos de teatro o música. Estaba el local de Radio Juventud, la radio que animó, hizo compañía e informó (dentro de lo posible en aquellos años) a todas las familias tinerfeñas. Allí fui una vez a llevar a los 8 años un dibujo de un drago para un concurso que no gané (seguro que hubo tongo porque me quedó precioso).También daba a la calle la trasera del Parque Recreativo, donde vi mis primeras obras de teatro, cuentos dramatizados de héroes y villanos, que me dejaron con la boca abierta de admiración. Pero lo mejor de la calle, para mí y mis coetáneos, era que en ella había ¡una fábrica de caramelos! Yo, como Charlie, el protagonista del libro de Roald Dahl, “Charlie y la fábrica de chocolate”, tuve la increíble suerte de ir y venir del colegio, cada día, envuelta en una nube de dulces olores.

Años después, cuando ya hacía mucho tiempo que hacía mi vida lejos del callejón tantas veces caminado, pasé por la calle del Pilar y descubrí que la calle de la Amargura había desaparecido, así tal cual. En donde empezaba, justo donde antaño estaba la impoluta tienda de Don Cándido y Doña Rosario, con su mostrador de mármol y sus tarros de cristal, había un edificio de 8 plantas; y el antiguo trazado había sido sustituido por el Parque Bulevar y su Parking.

¿Cómo las ciudades se tragan las calles? ¿Por qué murió la calle de la Amargura? Luego supe que no fue sin pena ni gloria. El viento que se llevó a la Ciudad Juvenil, un solar muy apetitoso en el corazón del viejo Santa Cruz, arrastró de paso a toda la calle, a pesar de los encierros de los chicos del barrio que demandaron –sin conseguirlo- una zona para deportes y ocio. La calle de la Amargura murió por la ambición de bancos y empresarios que deseaban poner sus garras sobre una golosina tentadora –y no me refiero precisamente a la fábrica de caramelos-. Pero, sobre todo, murió por la ceguera e incompetencia de muchos de los políticos que entonces gobernaban Santa Cruz. La calle de la Amargura murió... de amargura.

Y no debería haber sido así. En otras ciudades europeas este tipo de calles se ha cuidado y conservado como calles con encanto. Pero a nosotros sólo nos quedan apenas 15 metros del antiguo trazado (en una minicalle peatonal que lleva su nombre), esta imagen color sepia en la memoria y una frase para la posteridad, que Dolores, una vecinita mía de aquellos tiempos a la que he vuelto a ver hace poco, siempre le decía a su madre: “¿Cómo puede llamarse “de la Amargura” una calle que huele a caramelo?”. 




No he encontrado ninguna foto de la calle de La Amargura antigua. Pongo esta de la calle de La Luna que desembocaba en La Amargura. El estilo de las calles es el mismo (Foto enviada por cortesía de Juan Antonio Núñez. Me informa Carlos García que el autor de la foto es Justo Molina)

Otra foto de la calle de La Luna en la que al fondo se ve la puerta de la fábrica de caramelos



martes, 24 de enero de 2012

Microclimas




Mi isla tiene microclimas. Este enero me he estado bañando en el mar del sur, en una playa llena de turistas nórdicos y eslavos que agradecían el sol en los huesos, tumbados en la arena. Y, a sólo una hora y 8º menos de temperatura, estaba por la tarde en casa, poniendo la chimenea y viendo la bruma húmeda y la llovizna fina caer sobre el valle.

Pero también se ven microclimas entre las personas. Está la gente que ve nubarrones en su horizonte y frío en su vida. La que me cuenta que su marido tiene una depresión (“yo sólo quiero que vuelva a ser el de antes”); los que asisten, impotentes, a la enfermedad o el deterioro de un ser querido; los que no están a gusto en el trabajo, o no tienen trabajo; los que no han podido por ahora superar una pérdida.

Y está la gente sobre la que brilla el sol. Aquel que se ha ilusionado de nuevo con su papel en la vida, o aquella a la que un despido ha servido para ponerse a estudiar lo que siempre quiso. Está el chico que se acaba de enamorar o aquella chica que, después de buscarlo un tiempo sin resultados, descubre que ahora está embarazada. O el que emprende un viaje lejano con la mochila llena de expectativas.

Y también existen microclimas en nosotros mismos. Hay días en que los colores son más brillantes y todo te parece nuevo, como recién estrenado, y ves belleza en todas partes.

Y hay otros días, en que sientes un cansancio y una apatía tan grandes que te sientas ante la tele a lo que te echen.

Es lo que tienen los microclimas. Pero pongo a Dios por testigo que, ni por esas, me pondré a ver “Sálvame”. 

martes, 17 de enero de 2012

Muñecos de cera




Anda ahora el personal soliviantado a cuenta del urdangarinazo. Y, siendo este país como es, tan dado a la chirigota, ya me han llegado por Internet chistes sobre el tema, como el que compadece al pobre príncipe Felipe, que no sólo se ha enterado de que los Reyes son los padres, sino también de que su cuñado es el hombre del saco.

Pero yo creo que a quien hay que compadecer es a los empleados del Museo de Cera de Madrid, a los que me imagino por esos pasillos cargando sudorosos con los casi 2 metros del muñeco de Urdangarín, mientras lo trasladan a la Sección de Deportes, y mascullando; “Jo, ya podían las Infantas haberse buscado maridos más bajitos… Primero, uno y ahora, el otro…” (¿Y, por cierto, en qué Sección reubicaron a Marichalar? ¿En Moda?).

Y es que todo este trasiego, que es la vida, va totalmente en contra de los museos de cera, que aspiran a congelar momentos del tiempo. En Londres vi una cola enorme de gente (que querían entrar y todo) en el Museo de Cera de Madame Thussaud. Y también unos conocidos míos se hicieron una foto hace años con todos los personajes de la familia real en el de Madrid, en un intento de decir a todo el mundo con quién se codeaban. Aunque, como casi no se parecen, todos digan: “¿Y esos, quiénes son?”.

Pero yo les puedo asegurar que, si me buscan, nunca me encontrarán en un museo de ese tipo. Un muñeco de cera tiene un tufo a cadáver, a mueca, siempre aspirante, sin conseguirlo nunca, a ser un calco fiel de la realidad. Hay que ver esas fotos en las que aparece el ser real al lado de su copia con la pregunta ¿Cuál es el de verdad? Evidente, el que se le ve en los ojos que está incomodísimo de verse en cera, el que en la boca tiene un gesto de repelús de pensar que, siempre, quienes quieran saber quién fuiste tú van a mirar a ese muñeco con pinta de ninot a punto de ser quemado.

Se me podría decir que todo el arte de los museos aspira a la eternidad, y es verdad. Pero hay vida en el baile de “Le Moulin de la Galette” de Renoir, en el Museo d’Orsay de París; hay vida en el hoyo que hace la mano de Plutón en el muslo de Proserpina en la estatua “El rapto de Proserpina” de Bernini, en Villa Borghese en Roma; o en la leche que “La lechera” de Vermeer está vertiendo en un cuenco, en el Rijksmuseum de Amsterdam; o en los jarros y platos prehistóricos de los museos de arqueología que nos hablan de hombres y mujeres logrando hacer cosas bellas con los objetos de su vida diaria. Incluso en el Museo de Historia Natural de Oxford en donde el verano pasado vi conservada una pizarra con una fórmula de puño y letra de Einstein. Búsquenme en esos museos, pero nunca, nunca, en un museo de cera.

Porque la vida es una sucesión, un cambio continuo, y los reyes son destronados (algunos hasta pierden la cabeza) y repuestos, y las parejas se rompen y se recomponen, y el que te ponen como modelo de conducta puede salirte rana, y quien es famoso hoy mañana ni nos sonará (¿Urdanqué?). Y querer captar tal cual esa vorágine es querer atrapar el agua de un manantial con un cesto de mimbre.



martes, 10 de enero de 2012

¡Falsificación!




Las cenas de nochebuena en mi casa, e imagino que en todas las casas, siguen siempre el mismo ritual: aperitivos, comida, bailes y cánticos varios, amigo invisible…, y, en medio de todo eso, el momento estelar de la noche para los más pequeños: la visita relámpago de Papá Noel, que viene a repartir bolsas de caramelos y promesas de futuros juguetes. Nunca, nunca, en los 30 y pico años que lo venimos haciendo, ninguno de los niños (ni mis hijos, ni mis sobrinos, ni mi nieta), en el hechizo del instante, se ha fijado siquiera en que Papá Noel unos años era más alto, otros, más bajo e, incluso, en que alguna vez era una mujer (yo, sin ir más lejos).

Nunca, excepto este año. Nada más aparecer Papá Noel por la puerta, campanilla en la mano y saco al hombro, mi nieto de 6 años, el Terro, me dice todo excitado:

- ¡Falsificación! ¡Ese es el que estaba sentado allí! – señalando a la cabecera de la mesa.
- ¿Quién, Terro? ¿El primo Néstor? – le digo yo, haciéndome la sueca.
- ¡Sí, ese! ¡Fíjate en los zapatos! ¡Son los mismos! ¡Y es la misma voz! ¡Falsificación! – sigue él, mirando muy serio a Papá Noel que va a su bola, jo, jo, jo, mientras pregunta a mi nieta qué tal se ha portado este año.
- Además - continúa con la seguridad de un Sherlock Holmes -, mira alrededor ¿Quién es el único que no está aquí en este momento? ¡El primo Néstor!
- Habrá ido al water –apunto yo, ante su mirada conmiserativa de “ésta no se entera de nada”.
Todavía, cuando ya Papá Noel se ha ido y aparece mi primo Néstor, el Terro me mira triunfante (agarrando la bolsa de chucherías, eso sí) y dice: “¿Ves? ¡Falsificación!”.

Lo malo, pienso, mientras me río con él (porque realmente no sé qué decirle), es que a esta falsificación le seguirán muchas más en su vida. El mundo mágico, los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez, falsificaciones. Encontrará amigos que le digan una cosa y, por detrás, harán otra: falsificación. Algunos que dirijan su país, ciudad o trabajo le prometerán cosas que luego no cumplirán: falsificación. Conocerá a personas que se pondrán máscaras para parecer lo que no son: falsificación. A saber cuántas bolas nos habrán colado a nosotros en nuestra existencia sin que nos hayamos dado cuenta de nada.

Pero también pienso, no sólo que mi nieto es un niño muy observador, sino que, a lo mejor, estas nuevas generaciones vienen mucho mejor preparadas que nosotros para que no les den gato por liebre. Y esto sí que sería algo realmente bueno.

Ojalá. En ello pongo mi esperanza.


(En la foto, el Terro y Papá Noel frente a frente)

martes, 3 de enero de 2012

Empezar el año

El año nuevo hay que empezarlo con el ánimo alborozado y exultante, como quien se quita una camisa vieja, seca y acartonada y se viste de nuevo con el olor a limpio junto a la piel. Con las palabras de Tennyson: “¡Despedid al viejo, recibid al nuevo; sonad, felices campanas a través de la nieve; el año se va, dejadlo ir; sonad para despedir al infiel; sonad para recibir al justo…”.

Después de todo, tenemos por delante una serie de días para estrenar, días en los que cualquier cosa puede ser posible. De pedir deseos, yo me pediría los que Manuel Vicent escribía el año pasado, en un intento de alargar el tiempo como en los años de nuestra infancia: “…felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño”.

Y, por supuesto, nada de propósitos. Los propósitos de año nuevo (eso de ponernos a régimen, hacer gimnasia, apuntarnos a inglés…) sólo duran un día y no sirven sino para mortificarnos. Y, si no, que se lo pregunten a Guillermo Brown, uno de mis héroes literarios, que, ante las resoluciones que le proponen para año nuevo (ser ordenado, limpio, puntual…), elige la de ser cortés (por un día, eso sí). Y, claro, todo le sale mal. El padre lo mira desconfiado cuando “con lo que él creyó exquisita cortesía y elegante expresión” le da los buenos días y le dice: “¿Puedo ayudarte en algo hoy?”; el hermano le dice que no sea impertinente; la madre le pregunta si se siente mal; a un niño, con el que se pelea y al que llama “so vaca burro”, le grita después, muy cortés: “¡Y perdona que te haya llamado así!”; y, al final, como siempre, termina metido en un embrollo con el dueño de la pastelería del pueblo. Así que, repito, nada de propósitos.

Aunque yo, si quieren que les diga la verdad, ante este año nuevo en particular (“Agárrate, que vienen curvas”, me dice mi amigo Manolo), me siento más bien como Felipito, el de Quino: un optimista que, a la primera de cambio, puede ver frustradas sus expectativas:



Pues eso, que con buen ánimo y este bagaje -exaltación, deseos de cosas insólitas, ausencia de propósitos y un optimismo desconfiado-, pongámonos en camino y empecemos todos un feliz año nuevo