martes, 27 de marzo de 2012

El GPS




Yo tengo con los aparatos una relación de amor-odio, sobre todo porque no me leo las instrucciones de ninguno. Ah, no. Yo, una buena novela, un libro de poemas, incluso un ensayo de filosofía. Pero la literatura de las instrucciones, los catálogos, los prospectos, como que no me engancha. Y claro, entre el aparato y yo, desde que nos conocemos hasta que le pongo nombre (en casa, el lavaplatos es Evaristo y la lavadora, Basilisa), se producen momentos de verdadera tensión en los que lo más suave que le digo es “maldito trasto de las narices”.

El año pasado le regalé a mi marido por su cumpleaños un GPS, sobre todo para ver si corregía esa tendencia innata que tiene a irse a La Coruña cuando queremos ir a Cádiz. Y, aunque yo, como copiloto, soy quien lo maneja, fue una buena compra, no digo que no. Lo llevamos a Inglaterra y sí, hubo unos primeros momentos de desconcierto entre ambas partes. Le puse “ir a Dorking” y el GPS me preguntaba: “¿Torrevieja?”, hasta que me di cuenta de que tenía que decirle que estábamos en Inglaterra, cosa que yo creí que él adivinaría y resultaba que no. También le descubrí la manía de meterse por caminos de cabras entre árboles centenarios detrás de los cuales igual podía aparecer Robin Hood. Pero, aparte de esos deslices, era un alivio oírle decir: “Ha llegado a su destino” y ver que sí, que allí estaba la ciudad o el hotel que buscábamos.

Lo llamamos entonces “el gato”, por aquel chiste del hombre que contaba a un amigo que “se me metió un gato en casa y lo llevé al monte de Las Mercedes, y, oye, al otro día lo tenía otra vez allí. Lo solté más lejos, en La Orotava , y al rato, hala, otra vez en la puerta. Al final, cansado, me fui por vericuetos y senderos del Teide y lo dejé allí” “¿Y volvió?” “¿Qué si volvió? Que si no llega a ser por el jodido gato el que no vuelve soy yo”.

Este mes lo hemos vuelto a llevar en la visita que hicimos a pueblitos de Castellón y Tarragona. Pero le hemos cambiado el nombre. Ahora es “Paca Carmona”, por aquel número de Martes y Trece en el que Lauren Castigo entrevista a la cantaora Paca Carmona y ésta le dice en medio de una pregunta: “Mira, Lauren, tú habla, habla, que yo no me entero de nada”. Esta vez el GPS nos daba instrucciones precisas, pero nosotros decíamos de repente: “¿Y si fuéramos a aquel pueblito, tan mono sobre aquella loma lejana…?”. Y nos desviábamos de la ruta y allí veíamos a la pobre Paca, vuelta loca, diciéndonos que no, que diéramos la vuelta, que a quién se le ocurre…

Pienso que los GPS, llámense como se llamen, son un invento estupendo y hubieran ahorrado muchas fatigas a los intrépidos aventureros de siglos pasados. Me veo a Colón poniéndole “Destino: Catai”, y el GPS, derechito a China bordeando América, sin echarle ni una miradita. Pero claro, nos habríamos quedado sin el chocolate, las selvas del Amazonas, el tango, las papas, las playas del Caribe y las películas de Hollywood.

Y es que perderse también tiene su encanto, la verdad. 

martes, 20 de marzo de 2012

Cumpleaños de fuego




La fascinación por el fuego es tan antigua como Heráclito, aquel filósofo al que llamaban nada menos que “El Oscuro” y que hace 27 siglos dijo que el mundo es como un fuego: tan cambiante y, sin embargo, tan permanente. Y los humanos seguimos en eso, reunidos alrededor del fuego, desde que, en las cuevas prehistóricas y, después, en los hogares de nuestros abuelos, éste alejaba la oscuridad y el frío.

Hay fuego en el interior de nuestras islas y muchas veces –las últimas, el Chinyero, el Teneguía, El Hierro- escapa por las rendijas, permitiéndonos vislumbrarlo.

Hay fuego en las noches frías de este invierno que hoy –día en que empieza la primavera- estamos dejando atrás y en las que hemos quemado en la chimenea de casa los troncos de la poda: leña de naranjos, aguacateros, durazneros, brezos, limoneros.

Hay fuego en las velas de las tartas de cumpleaños o en las que enciendo el día en que murieron seres queridos o en las que pongo en candelabros en cenas especiales. También en las velas que prendía cuando mis hijos se examinaban o, ahora, cuando viajan o están pendientes de algo importante, como si, ante la incertidumbre que la vida provoca, quisiéramos tenerla de nuestro lado y encender una llama que conecte con los elementos naturales.

Hay fuego en los monumentos con llamas eternas y en las antorchas de Juegos Olímpicos. Hay fuegos espontáneos en los sitios en los que han muerto inocentes. Y en las iglesias: velones grandes de adviento, velas en las manos de los padrinos de bautismo, velas en los fanales de los capuchinos y en los altares de los santos. Yo, que no soy religiosa, pero que he ido encendiendo velas en todos los lugares sagrados, comparto con Eva Ibbotson lo que dice en una de sus novelas: “Pero las velas… son las velas. Sus virtudes no están limitadas a un país o a una religión. Sus llamas vivas ascienden a lugares en los que las disputas hace tiempo que cesaron. Ni Krishna, ni Jehová, ni Jesucristo reclamarían ser los únicos depositarios de la esperanza y la fe que implica el acto de encender un cirio, en los áticos de los descreídos, en las escuelas, en las tartas de los cumpleaños, en los árboles…”.

Hay fuego en las fiestas populares –San Juan, Santiago, San José…- que reproducen los antiguos rituales de plantar hogueras que dejen atrás lo inútil y lo sobrante, para renacer y simbolizar la necesidad de orden y purificación.

Esta semana, el 19 de marzo, he cumplido años en Valencia y ha sido realmente un cumpleaños de fuego. He paseado, casi ensordecida por el ruido de las mascletás, entre los hermosos edificios de la ciudad, con sus balcones de forja, oliendo la pólvora y admirando el ingenio y la creatividad que los valencianos ponen en los ninots. Y en la noche de mi cumpleaños he disfrutado de una gigantesca tarta de cumpleaños, formada por cientos de fallas lanzando al cielo sus llamas, cálidas y definitivas. Ha sido como un hito, un borrón y cuenta nueva, que me hace pensar que no sólo es un año que termina y que cumplo. Es también un año que empieza hoy y en el que todo puede ser posible.

(Para Fernando, Joaquina y Beatriz, que nos abrieron las puertas de su casa valenciana y me regalaron un cumpleaños especial)

martes, 13 de marzo de 2012

Peter Pan y la madre de Wendy




Anda mi nieto preocupado últimamente porque, a sus 6 años, es el único de su clase que conserva todavía todos sus dientes de leche, tal como si fuera un Peter Pan cualquiera. “¡Hasta a Diego –su primo de 5 años- se le han caído dos!”, me dice, casi ofendido. Y no es para menos porque la caída del primer diente es algo serio. Es el primer adiós a la infancia o, como diría también James M. Barrie, el creador de Peter Pan, es “el principio del fin”.

Las abuelas, que lo que deseamos fervientemente es todo lo contrario, que no se nos caiga ninguno (también puede ser el principio del fin), solemos percatarnos de la importancia del evento. Es tan importante como para que el Padre Coloma, el autor de “Pequeñeces”, se inventara un cuento para un principito en el que un tal ratoncito Pérez venía, después de dejar una moneda, a recoger los dientes por la noche (cosa que a mí me sigue dando repelús). Tan importante como para que algunas madres que conozco hayan engarzado en oro los dientes de leche de sus hijos y los hayan colgado en un collar o una pulsera, como un recuerdo de lo que no volverá (después de todo, es marfil, dicen).

Y es que los dientes, por permanecer más tiempo que nosotros, tienen un valor intrínseco. Fue muy tierno leer hace poco una noticia sobre unos dientes de leche encontrados en el fondo de una cueva prehistórica, como si fueran un tesoro escondido. Pertenecieron a una niña neandertal que murió a los 2 años y medio, hace 50.000 años. Sólo por ese ansia de eternidad ya son valiosos.

Mi nieto, cuando llegó el otro día del colegio, tenía los ojos brillantes y la risa fácil: “¿Sabes qué? ¡Este diente se ha empezado a mover!” Y, aunque yo se lo toqué y lo vi tan aferrado a sus pequeñas encías como los demás, él se pasó la tarde entera, mientras hacía la tarea, mientras merendaba, mientras jugábamos haciendo un puzzle, mientras se duchaba... moviéndose el diente, hacia atrás y hacia delante, a ver si se hacía un hombre de una vez.

Y yo, mirándolo, me sentí más bien como la madre de Wendy cuando mira a su hija, inocente y encantadora, y exclama: “¡Oh! ¿Por qué no habrías de quedarte así para siempre?”.

Y “después de esto, Wendy supo que crecería”. 

martes, 6 de marzo de 2012

Extrategueste




Llevo 30 años viviendo en mi pueblo, Tegueste, y nací a sólo 5 km., en La Laguna. Y, sin embargo, para las gentes de aquí, soy de fuera. Soy “extrategueste”.

En la farmacia, en la carnicería, en la pescadería, en la gasolinera donde todos los días compro el periódico me conocen por mi nombre. Los arreglos de ropa me los hace una vecina que también a veces me regala huevos de sus gallinas y vino de su cosecha. En la peluquería hablo con más gente de aquí y nos contamos nuestras vidas. ¿Soy extrategueste?

Estoy como vocal en una Asociación de Vecinos defendiendo, entre otras cosas, que en uno de los parajes más fértiles del pueblo y frente a la preciosa iglesia del Socorro, una de las más antiguas de Tenerife, no vayan a poner el Polígono Industrial que intentan encasquetarnos. ¿Soy extrategueste?

Algunas mañanas camino por las calles tranquilas de mi pueblo, viendo a los que se paran a hablar como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Oigo las campanas de la Iglesia de San Marcos. Me maravilla y me congratulo de que todavía existan, en estos tiempos en que se ha abandonado tanto la agricultura, huertitos de papas y cebollas, perfectamente ordenados, casi al lado de la calle principal. ¿Soy extrategueste?

Otras veces, por seguirles la corriente, ejerzo de extrategueste total. Paseo hasta el Puente de palo, donde se originó el pueblo, o me llego hasta el Barranco Agua de Dios en el que los guanches, hace 2500 años, encontraron el paraíso: un sitio seguro para vivir, con cuevas amplias, agua todo el año, pastos para el ganado y una rica vegetación de palmeras, laureles gigantes y dragos. Hago hasta fotos, como buena extrategueste.

¿De dónde soy? Sólo viví en La Laguna los dos primeros años de mi vida. En Santa Cruz viví 27 años, los de mi infancia y juventud. Cuando paseo por sus calles voy reconociendo mis raíces. En Madrid viví 4 años y, cuando vuelvo, me encuentro cómoda porque conozco el carácter abierto de la ciudad y sus entresijos. En la Laguna trabajé 22 años y me siento lagunera cuando voy enredándome a hablar, por calles y plazas, con todos los conocidos que encuentro, que son muchos… Pero todos tendrían motivos para considerarme “de fuera”.

“Eres de allí de donde sea tu corazón”, diría una frase cursi. Pero, si cada uno de estos sitios tiene un trocito de mi corazón, ¿cuál reclamaría como mi origen? ¿Somos de dónde nacemos, que, al fin y al cabo, fue fruto de la casualidad? ¿Somos de todos sitios? En lo que soy están presentes mis rincones de juegos, mi colegio, los años de universidad en Tenerife y los de Madrid, sacudidos por los últimos jadeos de la Dictadura; están mis veranos en otras islas; están los sitios en los que he trabajado y las casas en las que he vivido; están, siempre, mi familia y mis amigos; están mis lecturas y mis viajes; y está este pueblo, apacible como todos los pueblos, en el que, al despertar en estas mañanas frías, oigo el silencio y los pájaros cantar.

¡Anda ya, qué voy a ser yo extrategueste!







(Las fotos las hice yo, como buena extrategueste, en mis caminatas por el pueblo)