martes, 26 de junio de 2012

Mi momia y yo




El martes pasado nos fuimos en plan chicas –mi hija, mi hermana, mi sobrina, mi prima y yo- a oír a una de mis periodistas preferidas, Nieves Concostrina, que nos divirtió durante una hora y pico con sus “Epitafios, entre el lamento y el sarcasmo”. Para los que hemos leído sus libros y escuchado sus programas, era encontrarnos y ponerle cara a un miembro de la familia que, además, no nos defraudó: lucidez y sentido del humor a manos llenas.

La había escuchado hablar el sábado anterior en el programa “No es un día cualquiera” de las momias guanches y del pifostio que siempre se arma con todas las momias que, repartidas por todo el mundo, son luego objeto de disputa y desmembramiento; y por allá aparece una cabeza y por aquí una tibia, y esta momia no se va de aquí porque hace bonito y que no, que es mía, porque dónde se ha visto un guanche fuera de su tierra.

A mí el tema me interesa porque yo tengo tratos con una momia, la de mi Instituto, el Canarias Cabrera Pinto, a la que también a veces han querido llevarse, lo cual ha levantado pasiones entre el claustro de profesores: “¡¡¡No sin mi momia!!!”. Mi Instituto cuenta con un Museo de Historia Natural, con un Gabinete de Física y Química, con una Sala de Grabados… que se han montado en parte gracias al empeño de muchos profesores que dedicaron muchas horas de su tiempo libre durante años a limpiar y clasificar todo el material de siglos anteriores que estaba desordenado y metido en cajas al buen tuntún en un almacén.

Yo, como coordinadora de la Biblioteca, me iba allí muchas mañanas con mi desayuno a desempolvar y catalogar los libros del Fondo Antiguo. Y una vez descubrí que el cajón sobre el que ponía siempre mi bocata de queso y mi refresco contenía la momia. Eso crea vínculos: una momia sobre la que una ha desayunado se convierte en una amiga íntima. A partir de entonces no le puse ni un lápiz encima (que un respetito es muy bonito) y, en el silencio de aquel almacén, mientras hojeaba algún libro del siglo XVI, siempre me sentí acompañada por mi momia. Alguna vez creo que hasta le hablé.




Las momias también tienen su lenguaje. Podemos saber de ellas su edad, su sexo, su alimentación, de qué murió… Mi momia fue una mujer (en el Instituto todos la llaman Candelaria), a la que, en su cueva natal, le encantaban los tallos de helecho (aunque yo le decía que eso era porque no había probado el bacalao a la vizcaína). Sabemos que vino al Instituto hace casi 2 siglos porque Sabino Berthelot la nombra allá por 1825, diciendo, con una notable falta de respeto, que eran “restos guanches apolillados”. Ahora ya está cómodamente instalada, siendo la “estrella” entre varios cráneos, en una coqueta Sala de Antropología, adonde llega el perfume del azahar y de las camelias blancas del Claustro y los sones de las campanas del reloj de la Torre.

Todas las momias guanches se han hallado en cuevas de los barrancos y montañas de la isla. Pasé la Noche de San Juan, celebrando el solsticio de verano con romería y hoguera incluidas, en una finca a los pies de las montañas de Anaga. El dueño de la finca me contó que arriba en la montaña había cuevas de difícil acceso en las que sus antepasados habían encontrado huesos y vasijas de cerámica de los guanches.

Quise pensar, entonces, que quizás allí quedaba todavía alguna cueva escondida y semitapiada, a la que llegaran, amortiguados, el cántico de los romeros y el humo de las hogueras; y que en ella, en su fondo fresco y oscuro, tal vez todavía repose una momia guanche, intacta, sin que nadie se dispute sus huesos, o le meriende encime, o la llame apolillada. Una momia serena y tranquila que, contemplándonos desde lo alto, duerma un sueño de siglos.

Y en la noche tibia de junio, alcé un vaso de vino y brindé por ella, y por Candelaria, y por todas las momias, que alguna vez anduvieron, con la dignidad de seres humanos, por los senderos de la isla.




(En las fotos, Candelaria en su salita, el claustro de mi Instituto desde la puerta de la Sala de Antropología, y la montaña sobre la finca "El Cascajal")  

martes, 19 de junio de 2012

Hágalo usted mismo




Hablaba hace poco mi compañero de blogfera, Miguel Feria, de lo orgulloso que uno se siente del “hágalo usted mismo” y de la idiota inmediatez, esa costumbre muy de hoy en día de no hacer nada que requiera tiempo, manos y paciencia. Y me hizo pensar que el desprecio del trabajo manual no es algo nuevo, sino que viene de antiguo, desde griegos y romanos que, considerándose los reyes del mambo por eso de ser animales racionales, miraban por encima del hombro a los esclavos que, en resumidas cuentas, fueron quienes, acarreando piedras con sus manos, hicieron circos, anfiteatros, vías públicas, acueductos y casas.

Y, sin embargo, ya entonces surgían voces en contra, como la de Anaxágoras que nos decía cosas como que "El hombre es inteligente porque tiene manos”. O la del mismo Aristóteles que dijo: “La mente es, como la mano, todas las cosas”. Ahí es nada: la mente y la mano, al mismo nivel. El hombre que piensa es el hombre que hace. Y al revés.

Desde que el hombre es hombre, las manos acarician y castigan, dan placer y hacen daño, fabrican engendros u obras de arte, cogen la pluma para escribir poemas o libelos, empuñan un arma para matar o la hoz para recoger trigo con el que hacer pan. Las manos expresan amor y odio, lo mejor y lo peor de los humanos.



Tengo en casa un batidor de chocolate en madera que mi abuelo poeta, que también era carpintero y muchas más cosas, hizo con infinito cuidado. Tengo un cuadro en punto de cruz que yo bordé durante meses (cuando tenía mejor vista que ahora) y que le enseño a todo el mundo como si fuera la joya de la corona. Mi marido, que es un manitas, ha montado él solo su palomar, ha hecho puertas para la huerta y un armario de juguete para mi hija que ahora heredó mi nieta.

Las manos siembran, plantan, podan. Y también pelan papas, pican verduras y hacen platos que burbujean en el fuego. Dan palmas de alegría y secan las lágrimas. No sólo tocan botones en los aparatos, no sólo sirven para el on y el off, sino que se ocupan horas y horas, nunca perdidas, en tareas que muchas veces no tienen fruto inmediato. Les hemos regalado a los niños un juego de jardinería y allí que los ves, concienzudos, regando y cuidando las plantas, y entusiasmados cuando ven aparecer, al cabo de los días, un brote.

Esas cosas –los árboles, los edificios, las obras de arte, pero también un grifo del que sale agua, un pestillo que abre una puerta, un buen zurcido, un pan bien amasado, una melodía al piano- son algunas de las maravillas que hacen las manos. Como decía Aristóteles, todas las cosas.




(Las imágenes corresponden a la escultura "Introversión" de José Mª Subirachs que está en el Parque García Sanabria de Santa Cruz; al dibujo "Manos" de M. C. Escher y a la escultura "La catedral" de Auguste Rodin) 

martes, 12 de junio de 2012

Los tapers y la crisis




Todo esto del rescate europeo (ah, no, perdón, rescate no: “línea de crédito para nuestro sistema financiero”) tendríamos que haberlo adivinado tiempo antes, concretamente desde que oímos que Rajoy se fue de puente de mayo familiar con la empanada gallega en un taper. Él no habla ni explica nada, pero hace las cosas “como Diosh manda” (aunque no sabía yo la categoría divina de Ángela Merkel). Y la cultura del taper (españolizando la palabreja) como medida frente a la crisis es algo que todas las madres –también la de Rajoy- inculcamos desde siempre a nuestra prole.


En tiempos de nuestras abuelas y madres (tiempos también de crisis y hambrunas) los hombres iban al trabajo con la tartera envuelta en una servilleta. Pero nosotras, más modernas, somos de tapers desde que Tupperware organizaba aquellas meriendas de mujeres en las que, mientras nos poníamos moradas a canapés y tartaletas, una señora nos hablaba de las bondades de estos recipientes. Mi hijo me preguntó una vez: “Mamá, ¿qué había antes de los tapers chinos?”. Pues eso, hijo mío, tapers de Tupperware que no se rompían a la tercera lavada, como los chinos.

Pero a lo que íbamos. Nuestra España gloriosa pronto se olvidó de las tarteras, y los tapers se quedaron también durmiendo el sueño de los justos, aptos solamente para las tortillas de las excursiones. Si en el trabajo tenías dos turnos, te quedabas a comer en la cafetería más cercana, como una señora. Incluso a veces las cosas se desmadraban y te ibas a Marbella, como el Presidente del Tribunal Supremo, Carlos Dívar, a gastarte “una miseria” en restaurantes de 5 tenedores (Por cierto, un inciso: ¿Se sabe ya quién era su misterioso/a acompañante? Eso es más intrigante que el final de “Perdidos”) Pues eso, que los españoles éramos los reyes del mambo y, hala, a tirar la casa por la ventana y a comer a dos carrillos por ahí, que eso es bueno para el colesterol.

Pero las madres, tan sabias, siempre hemos estado al quite, velando por las economías familiares. “¿Para qué vas a gastarte la paga en comer en el bar de la esquina, que vete a saber con qué aceites refritos hacen los platos? Al final, te queda el estómago hecho polvo y estás venga a tomar Almax todo el santo día. Mejor, llévate la comida de casa y así comes sano y barato, hazme caso”. Y, por eso, no hay casa materna de la cual, cuando los hijos se van, no se lleven una bolsa llena de tapers. En mi caso, además, que soy muy ordenada, van con los cartelitos correspondientes: “Cazuela de pámpano”, “Ropa vieja”, “Albóndigas”, “Crema de calabaza”…

Así que ya ven, ésta es la Era de los Tapers. Todos los ministros comían en restaurantes finos y decían que de intervención, nada (perdón, “línea de crédito”). Pero Rajoy el Inexplicado, aunque no dijo nada, predicó con el ejemplo. Él, por si las moscas, ya estaba preparado frente a lo que se avecinaba, llevando su comidita sana desde casa y aprovechando, seguro, todas las sobras para hacer croquetas.


Y yo, como las demás madres, consciente del momento aciago (“así hago algo”, que decían Les Luthiers), ya tengo, igual que él y para que no se diga, el congelador abarrotado y dispuesto para repartir. Eso sí, hijos míos, por lo que más quieran, no se olviden de devolverme los tapers después.

martes, 5 de junio de 2012

Tanto trajín... y total, chole




Emilia, una de mis mejores amigas de los tiempos de Colegio Mayor, siempre decía, cuando algo no respondía a sus expectativas: “Y total… chole”. Una vez que le pregunté que de dónde había sacado semejante palabra, me dijo que Chole era una tía de su novio. La tía Chole, que era soltera, sin hijos y muy rica, le pagó la carrera a su sobrino, alardeando, eso sí, siempre que podía, de su generosidad (¡Mecachis, qué buena soy!) Pero, cuando el sobrino terminó, le pasó la cuenta con todos los gastos y él tuvo que trabajar un año entero para poder saldarla.

“Total, chole” pasó desde entonces a formar parte de mi léxico familiar. No es, como podría parecer, una expresión amargada o resentida. Es más bien una frase irónica, acompañada de un ligero encogimiento de hombros, que constata y acepta con resignación que así es la naturaleza humana y así funciona el mundo.

“Total, chole” pueden decir los españoles que votaron a la derecha creyéndoles y creyendo que todo se arreglaría en un pispás, y que ahora ven cómo se transforma alguien de ser el Gran Pitufo en campaña electoral a ser el Pitufo Llorón en cuanto toma el mando. Tantas ganas de quítate tú pa’ponerme yo en el sillón presidencial y total… chole.

Lo dice mi marido cuando, después de meses de preparar a sus palomas mensajeras, manda 50 a Fuerteventura y le vienen sólo 30, porque las demás se quedan echando una plumita al aire por aquellas dunas de Corralejo. Tanto silbar y agitar una bandera (hecha con una bolsa de El Corte Inglés, como ven en la foto) para entrenarlas, y total… chole.

Lo pueden exclamar los que se han quedado, por esto de la crisis, sin poder saltar y brincar en el Festival Rock Coast, que se iba a celebrar ahora en Tenerife, con Marylin Mason y compañía. Tanto ahorrar –hay tuiteros que escriben que han pasado un mes a pan y a agua para pagar la entrada- y total… chole.

Lo digo yo cuando me peso una vez a la semana, ahora que estoy como siempre a dieta preveraniega, y veo que, después de llevar un mes caminando, nadando y a verduritas, sólo bajo 1 kilo mondo y lirondo. Tanta croqueta despreciada y total… chole.

Lo dicen los forofos de Eurovisión –los hay a montones, lo juro- que pensaban que todo iba a ser “Spain, twelve points” porque Pastora Soler iba a ganar, según las encuestas. Tanto “quédate conmigo” y total… chole.

Mi amiga Emilia murió joven, hace ya cerca de 40 años. Pero su presencia –voz en mi recuerdo- parece decirme, como si estuviera aquí ahora mismo, echando una mirada curiosa a todo este panorama que tenemos alrededor: “Oye, perdona que te lo diga, pero este siglo XXI, que en aquel entonces imaginamos tan glamuroso ¿no te parece que está cayendo demasiado en el cholismo?".