lunes, 24 de septiembre de 2012

Pan con pan, comida de tontos




Lo decía hasta mi abuela cuando veía reuniones de chicos por un lado y chicas por otro. “Pan con pan, comida de tontos”. Y es que la Naturaleza nos hizo al mismo tiempo, hombres y mujeres marchando y cooperando juntos por la vida desde que en las cuevas prehistóricas se repartieron los trabajos, a ti te toca recoger la ensalada y a mí cazar el mamut.
Pero, a pesar de ese mandato natural, hay personas muy alejadas de aquella canción de Los Bravos que decía: “Los chicos con las chicas tienen que estar…”, personas empeñadas, no se sabe por qué, en separarnos. El último, el ministro Wert, que quiere que gastemos los dineros esos que escasean en subvencionar colegios unisex en nombre de una libertad que nadie niega. ¿Por qué?
Es verdad que eso era normal en mi niñez, hace ya más de 50 años. Los colegios de monjas en Santa Cruz –La Pureza, el Hogar Escuela, La Asunción y las Dominicas, que era el mío- eran todos de niñas; los de curas –Las Escuelas Pías, La Salle y Los Salesianos-no admitían sino a niños. Y luego estaba el Instituto, al que fui en Preu, en el que se mezclaban alegremente chicos y chicas en clase. Pero, ojo, no en el recreo ni en las clases de gimnasia.
¿Qué temerían estos salvaguardas del honor y la decencia? Los uniformes de gimnasia eran un horror, nosotras con unos pololos bombachos hasta la rodilla y encima, por si acaso, una falda de tablas. Parecíamos el comité antilujuria vestido de mesa camilla ¿Y en el recreo, en el que también había un muro de la vergüenza que ríete del de Berlín, ante el cual hicimos más de una manifestación a uno y otro lado pidiendo su caída? ¿Qué se suponía que podía pasar, aparte de compartir bocatas o de hablar de cómo te salió el examen de Latín o de la última canción del Dúo Dinámico (que es más o menos lo que hacen ahora, sin el Dúo Dinámico)?
Con el tiempo, cuando mis sobrinos más pequeños se escolarizaron, todos los colegios de mi infancia (quedan casi todos, menos La Asunción y Los Salesianos, y siguen siendo de curas y monjas) abrieron sus puertas a niños y a niñas sin que se tambalearan los cimientos de la civilización. Y los niños y las niñas, igual que están juntos en la familia, y en la playa, y en las fiestas de cumpleaños, y en el barrio, y en las academias de idiomas, y en el cine, y en la vida, también pueden estar, sin peligro, juntos y revueltos en una clase, aprendiendo, prestándose el creyón verde o diciéndole a la profesora que “Seño, Martita me pegó” o “Empezó él”.
Todavía hoy hay gente empeñada en separarnos hasta delante de Dios. Cuando hace un año estuve en Estambul, una de las cosas que más me sorprendió fue que en la Mezquita de Eyüp, una de las más sagradas del Islam, nos mandaran a las mujeres a rezar a la galería de arriba y a los hombres al salón central. Si lo comparas con las iglesias americanas en las que todos juntos cantan a grito pelado en coros gospel (¿se han fijado que ellas son casi igualitas a Withney Houston?), comprenderemos que Dios debe estar hecho un lío.
¿No somos todos seres humanos, habitantes del Planeta Tierra, como dice el disco que la nave Voyager lleva hacia las estrellas? Pues entonces…
Y, además, qué quieren que les diga, a mí me gusta el pan con jamón.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Un emigrante



Estuve la otra tarde hablando con Rosendo, un emigrante que nos ha hecho unos arreglos en la casa. Rosendo tiene ascendencia boliviana, y eso se nota en el aire indio de sus ojos almendrados. Pero él es argentino, de Mendoza, desde donde nos han venido también vinos y tantas canciones:  aquella “Volver en vino” de Horacio Guarany que decía: “Quisiera dejar mis huesos / bajo cielo mendocino, / que mi sangre y mis cenizas / vuelvan camino del vino”; o la de “Los 60 granaderos” de Los Chalchaleros, uno de los pocos discos que teníamos en los 70 y que poníamos una y otra vez: “Es Mendo, es Mendoza la guardiana, por ser la, por ser la tierra más gaucha…”.
Rosendo no sólo es un magnífico albañil. Sabe también electrónica, maneja Internet y se busca la vida de mil maneras arreglando aparatos y vendiéndolos más tarde en el Rastro. Es bajito, habla quedo y pausado y parece muy joven, pero tiene 35 años y una mujer “que no quiere tener niños acá”, dice con su voz suave. “Allá están sus hermanas que la pueden ayudar. Aquí estamos los dos solos”. Después de un momento de silencio dice: “Se va a volver allá en fin de año”. “Pues vete con ella, Rosendo, que amor de lejos es de pendejos”, le digo.
Nos ponemos entonces a hablar de Argentina que, según los periódicos, le digo, parece que está bien, con eso de que han devuelto ya lo que retuvieron en el Corralito. No, me dice, Argentina no está bien. En Argentina, que fue el granero del mundo, la comida es carísima, y allí, en donde se ha encontrado uno de los más grandes pozos petrolíferos, no puedes poner la gasolina que quieres, está totalmente racionada. “En España, incluso con la crisis,  se vive mucho mejor que en Argentina”, termina con seguridad. Y, al cabo de un rato, con un suspiro, dice bajito: “Llevamos juntos 14 años. Ojalá ella vuelva…”
Nadie quiere irse de su tierra ni perder sus raíces. Y, sin embargo, en Canarias es rara la familia en la que no haya habido emigrantes. Mis dos abuelos lo fueron, acuciados por los problemas. Uno volvió pronto y otro murió lejos, cerca de los 100 años, después de formar en otras tierras una familia paralela. También se fue (y volvió) con uno de sus hijos el abuelo de mi marido y, en el largo viaje, antes de llegar a Cuba, su destino, el hijo enfermó en el barco y murió.
En todas las familias hay historias de penalidades, aunque también de oportunidades, de cruce de culturas, de apertura a otras realidades. Y aunque ahora, en un momento en que también muchos españoles se están yendo empujados por la crisis, las circunstancias no son tan precarias y terribles como en aquellos tiempos, el desarraigo siempre es difícil.
Pensando en todos ellos, abrigo un ruego, lleno de ojalás, tal como Silvio Rodríguez.
Ojalá, cuando nos vamos lejos de casa, sea sobre todo para aprender de los demás, incluso con el uniforme de turistas, cámara al hombro y zapatos de pateo.
Ojalá nadie se vea empujado a añorar su cama, su casa, su gente.
Ojalá Rosendo y su joven esposa puedan vivir juntos y tener chiquillos.
Ojalá el mundo sea ancho para proporcionar una vida digna a todos los que habitamos en él; y flexible, para que sea en el lugar elegido.
Ojalá…

lunes, 10 de septiembre de 2012

Indulto para los lunes




De vez en cuando a los científicos les da por estudiar e investigar cosas tan enjundiosas y profundas como, por ejemplo, si la expresión “odio los lunes” tiene fundamento ¿Habrá algo en los lunes que haga que gran parte de la humanidad los aborrezca?  Pues resulta que no. Según la revista estadounidense Journal of Positive Psychology, basándose en una encuesta de Gallup, todos los días (salvo el viernes que se salva por poco) son igualmente odiados.
Todo esto me recordó a Miguelito, aquel personaje del dibujante Romeu, que nos contaba sus traumas. En una de las historietas, nos decía que odiaba los lunes, los martes, los miércoles, los jueves… Odiaba también los viernes porque eran un vano espejismo de un fin de semana que sería un bluff, y los sábados y domingos porque todas sus esperanzas se malograban y vuelta a empezar.
Reconozcámoslo, lo que pasa es que nos encanta quejarnos. Como hoy me dio por la vena científica, ahí va otro dato, aportado por la compañía británica Marmite: todo el mundo pasa los lunes una media de 12 minutos quejándose. Y eso, quieras que no, tiñe todo el día de mal fario. Y encima, para una vez que se le indulta, como vimos al principio, es un indulto light: “El lunes no es el día más horrible porque todos los demás también son horribles”.
Y no. Hay que indultarlo completamente. Es verdad que en cualquier día puede haber majaderías y, a veces, ratos malos, pero, si uno busca concienzudamente, acaba encontrando un momento diario feliz.
Por ejemplo, el lunes me fui con mis nietos a comprar libros. Estuvimos un rato en la librería, revolviendo, leyendo, hojeando, escogiendo. Y luego salimos con dos libros cada uno, más contentos que la mona Chita.
El martes leí el periódico, sudoku incluido, a la caída de la tarde, tumbada en la hamaca del patio. Después hice una tortilla de papas, mi marido puso dos benjamines de champán muy fríos y, cenando, vimos la película “Habemus Papam” de Nanni Moretti, que me gustó.
El miércoles, mientras caminaba por la mañana, oí a Gemma Nierga por la radio y hablé con dos amigas por teléfono, poniéndonos al día.
El jueves, jugué con mis nietos en la piscina de Bajamar a que dos peces pequeños (ellos) iban a capturar, nadando, a un tiburón (yo). Debimos estar muy divertidos porque se me acercó una niña pequeña de 4 años y me preguntó: “¿Puedo jugar con ustedes?” ¿Ustedes saben desde cuándo no me hacía nadie esa pregunta?
El viernes, fuimos a cenar con los amigos a una tasca que hemos descubierto hace poco y en la que puedes tomarte unas lentejas con foie mientras lees textos sobre la felicidad que el chef pone en las paredes.
El sábado nos encontramos por sorpresa en la playa con un amigo al que no veíamos desde hace 30 años y quedamos con él y su mujer para la tarde en casa. Trajeron una torta riquísima de almendras y zanahorias hecha por él y comprobamos que sigue teniendo los mismos ojos bondadosos y la misma sonrisa de entonces.
El domingo dimos un paseo por senderos de Chío, donde el diablo perdió los calzones. Íbamos buscando un terreno de la familia donde hay una higuera que suele tener higos muy dulces. No quedaba ninguno pero, en esa mañana especialmente calurosa, nos sentamos un rato a la sombra de la higuera y estuvimos oyendo el silencio.
Así que ya ven, cada día (los lunes, también) puede tener ese momento de “oye, pues ha estado muy bien”. Después de todo, como dice Javier Cercas, “no puede ser tan malo un mundo donde está cada vez más extendido el uso de la anestesia, de la democracia, del aire acondicionado y de la torta del Casar”.
Indultemos, pues, a los lunes y, de paso, a todos los días de la semana. Ellos, los pobres, no tienen culpa de nada. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Historias de Los Sauces: la historia de Bonosa




Modesto y Eutimio eran amigos desde chicos, desde que recibían coscorrones en la clase del Maestro Cándido. Descalzos, corrieron entre las atarjeas, y, calzados, hicieron juntos la primera comunión en la iglesia de Montserrat. Y de galletones siguieron siendo amigos, compartiendo la afición por los libros y por el descubrimiento de los primeros amores.
Eutimio, un año mayor, andaba enamorado de Bonosa, una chica de Barlovento que venía de vez en cuando al pueblo y que tenía unos ojos grandes y oscuros y un andar resuelto. Eutimio no se encogía y le decía algún piropo al pasar, que ella recibía como una reina, y hasta se decidió a mandarle cartas por un primo de un amigo que la conocía. Pero no pasó nada, salvo alguna mirada, hasta que un día recibió una nota de Bonosa con una letra grande e infantil. Lo citaba en La Alameda a una hora temprana de la tarde, hora que a él le pareció muy apropiada porque todavía no estarían cotilleando las mujeres en la ventana de Doña Bienvenida ni habría parejas “trillando la cebada” en la Plaza.
Ese día se vistió de punta en blanco y, nervioso, llegó media hora antes a la cita. Y esperó, esperó y esperó horas pero ella no llegó. Eutimio era gallito y fácil de enfadar y se fue, ya anochecido, a su casa mascullando por todo el camino que “qué se habrá creído la firringalla esa, tomarme el pelo a mí… Y menos mal que nadie se enteró porque si me hubieran visto allí, como un pasmarote…”. Y desde ese momento decidió curarse de Bonosa.
Eutimio y Modesto se fueron pronto a la ciudad a hacer el Bachillerato y, después, a Tenerife a hacer la carrera. Cada uno se casó y tuvo hijos, y la casualidad hizo que trabajaran los dos en el mismo Instituto en La Laguna. Y, cuando le llegó a Eutimio la jubilación, el encargado de decirle el discurso de despedida fue Modesto, su amigo de siempre, que contó a los que estaban presentes lo buen profesor y buena persona que era, y cómo lo iba a echar de menos en el año que le quedaba a él. Y, cuando iba a terminar, mientras repasaba viejos tiempos, le dice, allí delante de familia, profesores, amigos y alumnos: “Y, por cierto, ¿te acuerdas de Bonosa, aquella chica que te citó en La Alameda y que luego no apareció y te dio plantón? Pues realmente ella no te citó. Fuimos nosotros, los amigos, los que te escribimos la carta y los que estábamos escondidos detrás de la esquina, muertos de risa al ver cómo te ibas calentando”.
Eutimio no se enfadó ¿Cómo se iba a enfadar después de lo que habían vivido juntos? Al contrario, rió con los demás, haciéndole gracia incluso que su amigo hubiera esperado más de 50 años para decírselo precisamente en ese momento.
Pero, después de eso, más de una noche se encontró recordando la mirada doliente que, cuando él pasaba altanero por su lado, hacía ya tantísimo tiempo, aparecía en el dulce y desconcertado rostro de Bonosa.

(La foto, hecha por mi amigo saucero Jesús, es de un rincón de La Alameda, donde se citaron Eutimio y Bonosa. Detrás, está la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat)