lunes, 28 de enero de 2013

La importancia de tu nombre




El nombre que uno tiene, junto con el lugar en que se nace, es una de esas circunstancias no elegidas libremente y que, sin embargo, marcarán tu vida para siempre.

Antes se solía imponer el nombre de la santa o santo del día en que nacías, con el peligro de que podías acabar llamándote Ciriaca, Fulgencia o Veremunda (y si nacías en La Palma, más peligro todavía). Pero yo tuve la suerte de heredar el nombre de mi tía Isabel,  que estaba convencida, igual que Oscar Wilde con su “Ernesto”, de que en cada nombre, y en el suyo en particular, había algo especial. Consecuencia: en mi familia habrá unas nueve Isabeles, ninguna de las cuales se queja de su nombre (podría haber sido peor) Y yo, menos, porque, por el hecho de llamarme Isabel, he recibido dos regalos que me encantan.

El primero me lo dio mi amigo Luis que es una de las personas, de las que yo conozco, que más saben de música del mundo. Luis seleccionó y recogió en una cinta (la llamó “Isabel del alma nuestra”), para regalármela generosamente, 20 canciones dedicadas a las Isabeles. Allí están la “Isabelle” de Aznavour y la de Jacques Brel. Pedro Infante dice que “del corazón de una palma, nacieron las Isabeles, delgaditas de cintura (¡!) y de corazón alegre”. Los Payos borran su nombre de la arena “para que nadie pisara tu nombre, María Isabel”,  Bonet de San Pedro le dice a la niña Isabel que tenga cuidado, que “donde hay pasión hay pecado” y Antonio Machín le canta a la “Isabel del alma mía”. Pero también hay canciones de Chavela (otra Isabel), de Nino Bravo, de Viglietti o de Loquillo. Y todavía quedan por ahí algunas perdidas, como una del año de la pera que mi madre me cantaba de chica: “Isabel, Isabelita, Isabel la de Solís, tan graciosa y tan bonita como una rosa de abril ¿Dónde vas tan peripuesta por la tarde a pasear? Si vas a quedar compuesta, solterita y sin casar…”.

El otro regalo me lo hizo mi amigo Juancho en el Instituto en un Amigo Invisible, que se hizo visible en cuanto vimos el estilo de la poesía que dedicó a mi nombre (y de paso a mi apellido):

“Charles Aznavour te cantó.
Escrito está en esta hoja.
La Gemio te lo copió,
la Boyer lo choteó
y lo luce la Pantoja.
Tú no reinas en Castilla
ni Antonio es rey de Aragón.
Tegueste no es Tordesillas.
Tu cambias de camisilla
y te lavas con jabón.
No conquistaste Granada
ni conociste a Colón.
Tu hija de loca, nada.
Y en el aula eres Cruzada
en defensa de Platón.
Sé que amas a Descartes
con desmedida pasión,
que explicas la Ilustración;
y con Antonio compartes
el Bolero, tu canción.
Tienes un hijo, Daniel,
y tu apellido no es Conde.
Escrito está en el papel,
es Duque, ¡mira por dónde!,
y te llamas… Isabel”.

Por supuesto, el regalo fue un lote de latas de sardinas, atún y mejillones marca “Isabel” (la de la canción –otra más- “¡Qué bien, qué bien, hoy comemos con Isabel!”).

Después de todo, habría que darle la razón a mi tía Isabel. Aunque parezca que he renegado del mío al pedir prestado otro para este blog, tendría que estar orgullosa de un nombre al que se le escriben canciones, al que alaban los poetas y al que se le dedican latas de sardinas.

Y también tenía razón Oscar Wilde: ya que es algo impuesto sin tu permiso hay que aprender a valorar la importancia de tu nombre. Sea Ernesto o sea Isabel.

(Dedicado, cómo no, a las Isabeles)

lunes, 21 de enero de 2013

Joé, qué cachondeo




He estado esta semana en Gerona, en Lloret de Mar, aprobando una asignatura que toda jubilada que se precie debe hacer al menos una vez: viajar con el Imserso.

Sobre el tema me habían llegado opiniones encontradas. Por un lado, mi amiga Loque me animaba a ello, contándome que el padre de otra amiga, cada vez que llegaba de uno de esos viajes y le preguntaban cómo lo había pasado, siempre contestaba: “¡Joé, qué cachondeo!”. Por otro, mi amiga Ángeles opinaba que ese tipo de viajes debería desaparecer porque en tiempos de crisis hay otras necesidades más urgentes que la de viajar.

Así que allá que me fui en plan investigación y, después de 7 días conociendo el percal,  llegué a la conclusión de que, independientemente del hecho de que estos viajes de jubilados animan un montón el sector hotelero que, sin ellos, en pleno invierno estaría más muerto que un bacalao congelado, también salir de casa es una necesidad y una de esas ventajas conquistadas cuando se empezó a soñar con un Estado de bienestar.

Los viajes del Imserso hacen posible que personas como mi abuela –que nunca salió de Canarias- lo hagan ahora y puedan gozar, como yo lo he hecho en este viajito, de ver (no de imaginar) “el Ampurdán fecundo donde el payés es raza, donde el Mediterráneo es un color en calma”, que cantaba Aute; que puedan probar un arroz marinero a la cazuela en Palamós, frente al mar, o unos calçots en un pueblito del Montseny; que suban hasta la Abadía de Sant Pere de Rodes e imaginen la vida solitaria, fría y peligrosa que vivieron hace siglos los benedictinos que la habitaban; que respiren el aire limpio de los pueblitos pirenaicos; o que se emocionen ante los versos de Machado en su tumba de Colliure…

Hacen posible que las personas que no amen tanto el ajetreo de ir para allá y para acá, se paseen por Lloret, un pueblito cuya playa custodian miles de gaviotas. O se dediquen en el Hotel, con un entusiasmo envidiable, a un tabla de actividades programadas (que ni que fuera una licenciatura), que yo particularmente sería incapaz de seguir: cinquillo, taichi, manualidades, flamenco, ¿¡wingo!?... Y, después de la cena, a tomar una copa, a jugar a las cartas o a hablar con gentes de todos sitios. Y, en la sala de al lado, hala, a bailar el coyote,  Paquito el Chocolatero o un tango. Como me dijo una señora viuda que viaja sola: “Ay, hija, yo el baile no me lo pierdo por nada del mundo. Date cuenta de que yo no tengo quien me caliente los pies por las noches”.

Hacen posible que amas de casa cansadas de trajinar puedan pasar unos días al año a mesa y mantel (por 18 euros diarios los de Canarias) sin preocuparse de la compra ni de la casa ni de qué demonios voy a hacer de comer para mañana.

Y hacen posible, en fin, que hombres y mujeres, que han trabajado toda la vida, puedan permitirse estos días de relax y, después, llegar a sus casas y decir a familia y amigos: “¡Joé, qué cachondeo!”.



domingo, 13 de enero de 2013

Los boliches




Hace 4 años escribí este post rememorando los juegos de mi infancia. Lo traigo hoy, en este mes de juegos infantiles. 

Tengo en el repecho de la ventana un cuenco lleno de boliches de cristal. Hoy los nietitos lo han cogido y han desparramado los boliches por el patio haciendo un mosaico con destellos de color y luz.

Viéndolos, me veo yo también, pequeña, con mi hermano y mi primo, buscando tierra para hacer el “gongo” donde meter el boliche ganador; y recuerdo mañanas enteras de juego alrededor de esas pequeñas esferas de vidrio.

Los boliches no eran juegos de niñas. Por lo menos, no recuerdo haber jugado con ellos en el colegio donde cada año se sucedían las modas. Un mes tocaba el hulahop y al siguiente era el tejo, o el yo-yo, o el brilé o los cromos. O también algo parecido a los boliches, las tabas, a las que ya jugaban los griegos y los romanos, y que nosotros aquí llamábamos “las piedritas”. Igual que con los boliches, era un placer elegir y tocar suavemente las piedritas más apropiadas para ese juego de agilidad.

Pero luego, en los largos veranos, se unificaban los juegos, y todos, niños y niñas, jugábamos juntos. Aunque es verdad que en el juego de “La torre en guardia” a las niñas nos encantaba la canción, tan caballeresca, y a los niños les gustaba más el ataque a la torre (¡La torre a destruir!) en el que acabábamos todos por los suelos. Pero, además, jugábamos a policías y ladrones, a indios, al pañuelito, al escondite, a piola, a pírdula, a los hermanitos, a”un, dos, tres, Juan, Periquito y Andrés”… Y, por supuesto, a los boliches, con sus normas y su lenguaje particular: chis y palmo, cogotera, el vidriago, la vaca o la vacota (el boliche grande) y la chinchorrita (el boliche pequeño).

Muchos años después, mi hijo también vivió la moda de los boliches en su colegio y muchas veces venía con una bolsa enorme ganada jugando al “gongo”, a “los negocios” o a “la fuente”, y otras veces sin nada, como si ese juego lo preparara para aprender que en la vida a veces se gana y a veces se pierde. Muchos de los boliches con los que ahora juegan mis nietos son de esa época.

¿Desde cuándo los niños del mundo juegan a los boliches? En esta mañana de casi primavera me quedo contemplando a los míos y me invade un sentimiento de paz, como si todo estuviese bien mientras haya niños que se extasíen ante pequeñas bolitas de cristal en las que brilla el sol.

Y claro, mientras haya también abuelas jubiladas a las que no les importe recoger después, uno por uno, todos los boliches desperdigados.

lunes, 7 de enero de 2013

Brindis por los comienzos




8,30 de la noche del día 31 de diciembre, pocas horas antes de empezar el año y media hora antes de recibir a los amigos que vienen a cenar. Yo, de punta en dorado, en plan maquillaje “Rutilante Fin de Año Glamuroso”. Últimos retoques a la mesa, engalanada con el mantel blanco de mi madre (bordado en La Palma), los candelabros dorados, las copas brillando, los regalitos para los amigos al lado del plato… Falta añadir vino y caldo al cordero, que lleva rato chuf, chuf,  al calor de las brasas. Y en ese momento llama mi hijo para decirme que él y Myriam, mi nuera,  se acaban de enterar de que van a ser padres.

Resultado: a la porra el maquillaje glamuroso que se descompuso con los churretones de los lloros de alegría. Del cordero me olvidé hasta pasado un buen rato porque enseguida empezaron las llamadas de mis consuegros, de mi hija, y de mi hermana desde La Graciosa, todos tan emocionados y contentos como yo. Y también los guasaps de toda la familia porque eso sí, callarnos no nos callamos nada y, si hay una buena noticia, a los cuatro vientos va. Y luego los brindis con los amigos, más que por el nuevo año, por ese nieto o nieta que casi ni es y, sin embargo, ya viene proclamando el “aquí estoy yo”. Y a hacernos fotos como ésta, en la que alzo la copa (ya casi vacía) brindando por los comienzos, mientras oía la voz de fondo de mi marido diciendo: “Y ahora, hala, otra vez a cambiar pañales”.

Enero es el mes de los comienzos. No sólo es el comienzo de la célebre Cuesta y de las rebajas y de acostumbrarnos a ese 13 al final de todas las fechas, sino también parece traer la ilusión de una vida nueva y de planes y días a estrenar. Los periódicos se contagian y hablaban el día 3 de que “las Bolsas inician 2013 con euforia”. Y la naturaleza, todavía fría, guarda ya promesas de primavera con ese sol radiante de estos primeros días del año que enciende de un gozo inesperado las hojas de los árboles.

Pero no nos engañemos. Los verdaderos comienzos son estos, los niños que en este momento se están formando en vientres maternos. Como en Elena, Guacimara, Carlota o Ana, hijas de amigas a las que conozco desde que nacieron y que este año serán madres. Y en Myriam, mi nuera, que, en medio de las náuseas matutinas, tiene en los ojos todo el brillo de las expectativas.

Es verdad que el mundo al que van a llegar no es perfecto ni nunca lo ha sido; que en él existe el mal tanto como el bien; que las personas que esos niños serán se equivocarán, y llorarán, y sufrirán, porque eso forma parte de lo humano. Pero también es verdad que en sus manos estará el mañana y que van en cabeza, tirando del hilo que, al final, une a toda la humanidad. En la voz del poeta José Emilio Pacheco:
Esta caligrafía del invierno
trae la esperanza de un renacimiento”.

Brindemos, pues, por ellos.