lunes, 29 de abril de 2013

¿Quién nos ha robado el mar?




Pasas por la vida a veces tan despistado que no caes en la cuenta, hasta que ya es tarde, de que te han quitado algo.
Hace poco fui a una fiesta en una finca sobre la Dársena Pesquera. Desde allí se veían los restos de la carretera vieja que llevaba de Santa Cruz a San Andrés, aquella carretera, estrecha y peligrosa, por la que pasé mil veces cuando, en los veranos de mi niñez, íbamos a bañarnos por las tardes a Las Teresitas. Ahora, a los pies de los riscos, no está el mar batiente ni existe ya la pequeña playa del Trabuco, una joya de arena negra entre las rocas. En su lugar hay una nueva carretera –más cómoda y transitable, eso sí-  y, más allá, mar adentro, kilómetros de dársena llenos de naves comerciales gigantes, la mayoría hoy semivacías.
Y entonces empiezas a caer en la cuenta de que te han quitado el mar, y te acuerdas también de cuando desde el barrio del Toscal veíamos entrar y salir los grandes buques hacia Venezuela y los correíllos de las islas. Hasta que un día esa visión desapareció, En nuestro horizonte se construyó una muralla de edificios de 11 pisos en la Avenida de Anaga, los vendieron por muchos millones y nos robaron el mar.
Y más tarde te percatas de que después  le tocó el turno a la Avenida Marítima, como si fuera una campaña perfectamente orquestada. Ya no existe ese balcón al mar al lado de la Plaza de España, a donde íbamos a ver las olas batir contra las rocas o a los pescadores echar las cañas. Ahora el mar está tapado por asfalto en el que se amontonan los contenedores o en donde se ponen las ferias de Carnavales. El muelle, con su paseo alto, que era un sitio habitual para dar una vuelta aspirando el salitre, está cerrado a la gente; en la Avenida de Anaga se hace footing y se camina, pero rodeados de coches y obras; y la Farola del Mar, que marcaba el hito en el que uno se adentraba en aquel mundo de marineros, de barcos grandes que cruzaban océanos y de barquitas cargadas de chicharros de plata, casi está desaparecida entre camiones y señales de tráfico.
¿Quién nos robó el mar? ¿Quién se empeñó en que los chicharreros –hasta el nombre mismo con el que se llama a los habitantes de Santa Cruz habla de sus orígenes pescadores- vivan de espalda a él? ¿Quién ha tratado, en los últimos 40 años, de que nos olvidáramos del pueblito marinero que se asentó sobre la playa de Añaza en la que desembarcaron hace 5 siglos los conquistadores?
Y, sin embargo y pese a todo,  muy de vez en cuando, incluso paseando por la Rambla, te llega un olor lejano a maresía o escuchas graznar a una gaviota. Y es que en el fondo del alma de todo chicharrero sigue cantando un poema que nos habla del mar:
El mar es como un viejo camarada de infancia
a quien estoy unido con salvaje amor;
yo respiré de niño su salobre fragancia,
y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor…
(Tomás Morales)

(La imagen es de una postal de los años 70. En ella aparece la Plaza de España y la Avenida Marítima, dando directamente al mar)

lunes, 22 de abril de 2013

Cambio de chip




La última película de dibujos animados que vi acompañando a mis nietos –ya saben, esa excusa estupenda que tengo para, en vez de ir en plan intelectual a una de arte y ensayo, pasármelo pipa en el cine- fue “Los Croods”. Va de una familia de trogloditas que corre, brinca y casi vuela, en una aventura trepidante y divertida, sin darse un respiro, de un peligro a otro, de un terremoto a una erupción volcánica o de insectos y plantas carnívoros a enormes fieras que, a veces, no lo son tanto. Pero lo mejor son los temas que trata: la sobreprotección de los hijos, la rebeldía adolescente, el poder de la inteligencia y, sobre todo, el cambio de chip, personificado en el padre, que cambia su manera de ver la vida para que, aunque se cometan errores, se intente vivir y no sólo sobrevivir.

Eso, que cambiemos de chip al ver las cosas, es algo que saben bien los escritores de novelas policiacas. Leyéndolas, te ves creyendo que aquel chico es más bueno que el pan y, de repente, en el último capítulo, se te cae la venda y dices: “¡Míralo! ¡Resulta que, al menor descuido, igual te hubiera cortado en pedacitos, el muy asesino!”.

También, cuando daba  clase de “Aprender a razonar", los primeros días siempre ponía ejercicios de este tipo para que los alumnos dejaran atrás ideas fijas y preconcebidas y miraran las cosas con ojos nuevos (como, por ejemplo, “Tienes 30 pesetas en 2 monedas y una de ellas no es un duro”). Y es que el cambio de chip es uno de los primeros pasos del razonamiento y lo que nos hace aptos para aceptar otras realidades.

Algo así nos ha pasado a nuestra familia esta semana con el nuevo bebé que esperamos para finales de agosto. Nos hemos pasado más de un mes pensando que era un niño llamado Hugo. Ahí estaban los otros 6 niños de la familia, prometiéndoselas muy felices con agregar un 7º miembro al futuro equipo de fútbol. Mi consuegra, que es una manitas, le ha hecho ranitas, mamelucos, faldellines, camisitas, patucos y gorritos con algún detalle azul. Yo, como no sé coser sino botones, le compré la preciosa película “La invención de Hugo” para que la viera cuando fuera grande… Y, mira por dónde, esta semana nos hemos enterado de que se va a llamar Julia.

Resultado: alborozo de las 2 niñas de la familia que ya tienen quien herede los trajes de Rapunzel y de la Bella, más los tacones, coloretes, collares, lazos, barbies y demás trastos rosas y cursilones asociados al gen XX. Mi consuegra ya ha pensado en cómo reconvertir la canastilla y en cómo cambiar bombachos por falditas. Pero yo ¿qué película le regalo ahora, santo dios?

Tengo que cambiar rápidamente el chip.


lunes, 15 de abril de 2013

Justin Bieber




Aullidos desgarradores, gritos lastimeros, desesperación… ¿Una catástrofe nuclear? ¿El caos? ¿Un cólico nefrítico? ¡No! ¡El último concierto de Justin Bieber! Oigo por la radio a un padre que estuvo 7 horas chupando cola para comprar una entrada a su hija mientras ella estaba en el colegio, que eso es amor paterno y lo demás es bobería; oigo a quien se ha pasado una semana, día y noche, esperando a ver al ídolo; hay un chico que, entre jipidos, clama: “¡Lo amo, lo amo, lo amo!”; unas chicas hablan ufanas de que han conseguido arrancarle (no sé si con las uñas o con los dientes) un trozo de camisa que tratan como si fuera el Santo Grial; hay quienes se han tatuado el sagrado nombre en las manos y chicas que, llorando a lágrima viva, gritan: “¡Es lo más grande! ¡Buaaaa! ¡Es la leche! ¡Me enamora! ¡Buaaaa!...”, todo sobre un telón de fondo dantesco en el que se alternan berridos, desmayos y crujir de dientes.

¿Fuimos así nosotros? ¿Fuimos alguna vez en nuestra adolescencia esas ménades aullantes, esas gárgolas de garras afiladas aptas para desgarrar chaquetas de cantantes jovencitos? ¿Tuvimos ese momento de pasión desesperada como para llorar, gritar y tirarnos de los pelos ante un actor o un cantante?

Bueno, yo confieso que, a los 14 años, en mi libro de Latín de 4º puse el nombre de Ricky Nelson al lado del ablativo absoluto y del verbo amo, amas, amare, amavi, amatum, pero no tapicé la pared de mi habitación con sus fotos (como hace Susan en “Tú a Boston y yo a California”). Y también que fui a esa edad con mi amiga Cae, las dos muy emocionadas, al Teatro Guimerá a ver y a pedirle un autógrafo al Dúo Dinámico que, con “Quince años tiene mi amor”, parecía que cantaban especialmente para nosotras. Pero me acuerdo de que, cuando decían eso de “¡Reciban con un fuerte aplauso al Dúo Dinámico!”, yo dije que no podía porque en ese momento me estaba comiendo una chocolatina y no era cuestión de tirarla y ponerme a aplaudir frenéticamente. Lo primero es lo primero. Desde luego, no se nos pasó por la cabeza arrancarles el chaleco rojo que siempre llevaban. A estas alturas en que el objeto de nuestra pasión tiene unos años más que nosotras (lo cual significa más canas, arrugas y descolgamientos varios), haría ya mucho tiempo en  que el chaleco, de talismán de culto habría pasado a trapo de fregar, un destino nada honroso para una reliquia.

Les pregunté a mis nietos si a ellos les gustaba Justin Bieber. Contestación de ella (9 años): “No me gusta nada”. El Terro (7 años) dice: “Pues bien que te gustaba que te quisiste comprar un cojín con su cara”. “Eso era antes-contesta ella-, ahora las que me gustan son las Monster High”. Mi nieto, displicente, sentencia: “Justin Bieber es un pringao”.

Y ese es el futuro. Los ídolos tienen los pies de barro, en menos de nada están fondones y con papada, y son sustituibles ¡Tiembla, Justin Bieber!




lunes, 8 de abril de 2013

Los invisibles




Hace poco, la noche del 30 al 31 de marzo, la noche del cambio de hora, de madrugada mientras dormía, alguien me cambió la hora de mi móvil. Sí, es verdad que, al día siguiente, yo tuve que cambiar la de mi reloj de pulsera y la del reloj de la cocina, pero en la de mi móvil ya habían intervenido ¡los invisibles!

Los invisibles son "ellos".

Son esos que saben, cada vez que llego a un país extranjero, el momento en que cruzo la frontera, una línea que en teoría no existe en Europa pero que ellos conocen, y me mandan entonces, tan atentos y cariñosos, un mensaje de “Bienvenido a Luxemburgo”, por ejemplo.

Son los que conocen mi sueldo y en un cajero, sólo con teclear mi número, hasta me dan dinero.

Son seres que no conozco pero que me felicitan por mi cumpleaños, como los de “El Corte Inglés”, o incluso, como los de “Ikea”, que me invitan a un pincho en la cafetería, tal cual un amigo del alma.

Los invisibles en el Hospital saben, sin que tú se lo hayas contado, todas las miserias y vicisitudes que has pasado, el número de hijos o de abortos, cuando te vino la menopausia, la operación de vesícula del 95 o el susto del 92, Y, si eres hombre y vas a consultar tu Expediente Militar, te encuentras, asombrado como mi marido una vez, que allí figura hasta la fecha en que aprobaste la oposición y los sucesivos destinos que tuviste.

¿Hemos llegado a la época del Gran Hermano (el de “1984” de Orwell, no el de Mercedes Milá), ese ser invisible y despótico que se apodera de la vida y la conciencia de todos sus súbditos? “Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo”.

Una de mis amigas, por ayudar a una señora (lo típico en estos días, marido en paro y ella con una paga de 300 euros al mes por una cierta minusvalía), le daba 100 euros al mes por echar un ojo y limpiar de vez en cuando una casa que tenía en el campo. Pues bien, los invisibles se los quitaron porque no debía tener otro ingreso. Los invisibles rastrean tu vida, siguen tu historial desde que naciste, te tienen fichado con lo que ganas o dejas de ganar. Si se ponen, se enteran hasta de las veces que vas a la peluquería al año y pueden, como en ciertas épocas oscuras, intervenir los teléfonos por los que hablas o leer tus cartas… ¡Están en todas partes!

Por eso es por lo que resulta tan chocante que lo sepan todo de mí que, después de todo, tengo un sueldito de jubilada y para de contar y, sin embargo, que de Bárcenas pasen los meses y no se aclaren.
¿O será que cuando uno tiene mucho, mucho, mucho dinero, ganado no se sabe cómo, puede también comprar la fórmula de la invisibilidad? 




lunes, 1 de abril de 2013

Tradiciones canarias de Semana Santa




Un amigo sevillano me decía hace poco que aquí en Canarias no tenemos tradición de Semana Santa, que lo de las cofradías no levanta pasiones, que no entendemos el sexappeal capuchino y que nada de nada de saeta al cantar al Cristo de los Faroles.

¿Cómo que no?, dije yo indignada (porque ya se sabe que la tierra es la tierra y, si hay que tener tradiciones, se tienen) Y así, a bote pronto, le nombré tres.

La primera es que, nada más terminar el viernes de Dolores, todo el mundo sale escopetado para la costa. Es el Tradicional Comienzo de Temporada Playera en el que, así llueva o truene, la gente se compra su Nivea nivel 20, agarra las cholas, el bañador y la toalla y, sin encomendarse a Dios pero tampoco al diablo, hala, a tenderse en la arena y a margullar con las olas. Mi hermana y su familia volaron con efecto Doppler a La Graciosa; mi hijo, mi nuera y mis consuegros a Valle Gran Rey; nosotros con los amigos a la Playa de la Arena y, cuando volvimos, allí se fueron mi hija, mi yerno y mis nietos; mi hermano y mis primos a Los Cristianos… Y todos, todos hemos pasado del blanco lechoso invernal a ese doradito preveraniego, salpicado con algún estornudo porque, en honor a la verdad, el agua todavía tiene una temperatura tipo gin tonic con hielo.

Está también la Tradicional Ingestión de Pescado del Viernes Santo. Aquí se come pescado ese día sí o sí aunque no seas religioso ni sepas el origen de la tradición (ni te guste el pescado). Tengo unos amigos que tuvieron un día de juerga alrededor de un sancocho; otros se fueron a comer morena frita y cabrillas al “Chavique”, un bar cerca de casa donde se come muy bien; a nosotros nos invitaron otros amigos a comer en su casa un bacalao con tomate; mi hermana desde La Graciosa me mandó un guasap con una bandeja de viejas recién pescadas que iban a guisar… Y claro, después, de postre pestiños, roscos y, sobre todo, torrijas, como las que mi abuela hacía desde que yo recuerdo. El caso es ponerse morados, un color -hay que reconocerlo- muy acorde con la Semana Santa.

Y también está la Tradición de Ver Cine Religioso. Algunos piensan que esta tradición, tan vivida en nuestra infancia, ha muerto, pero no. Esta semana, por ejemplo, han puesto por la tele “María de Nazaret” o “La Biblia” para que no perdamos la costumbre. Pero, si no hay películas como Dios manda, ves al personal comentando con nostalgia aquellos años gloriosos en que lo único que daban era “Quo vadis”, “Ben-Hur” o “La túnica sagrada”. Es el Tradicional Desglose del Momento Cuádrigas o el Tradicional Análisis Espeluznado de la Sonrisa de Victor Mature.

¡Que no hay tradiciones, dice! ¡Pues claro que hay tradiciones de Semana Santa para dar y tomar, para sentir que conectamos con el trasfondo atávico de nuestro pueblo!

¡Incluso creo que hay hasta procesiones!




(Las fotos son de El Médano en estos días pasados -gracias, Leti, por mandármela- y del bacalao en  tomate con el que mi amiga Ana nos obsequió en Viernes Santo)