lunes, 26 de agosto de 2013

Si madrita lo supiera...




En Adeje, años 50. A un indiano le robaron unas joyas y la Guardia Civil detuvo a dos hermanos gomeros, de aquellos temporeros que se contrataban para la zafra de las fincas de tomates del sur de la isla. Dos niñas, entonces de 6 y 7 años, los vieron llegar al cuartelillo que estaba frente a la casa de su abuelo, en la que veraneaban. Y durante días estuvieron escuchando el “hábil interrogatorio” al que los sometieron.

Las palizas fueron brutales. Y lo curioso es que los chicos no maldecían a los sádicos guardianes, sino que lloraban y gritaban: “¡Si madrita lo supiera…!”.

De hecho, fue la madre de las niñas la que no pudo soportarlo y llamó a su marido, que era militar y que acudió rápidamente a Adeje a impedir el desaguisado. Pudo salvar a uno, que ingresó grave en el hospital, pero el otro murió.

Al cabo del tiempo, se descubrió al verdadero autor de los robos, un hijo de buena familia al que le hizo gracia aumentar su patrimonio.

No sé que habrá sido del hermano gomero que sobrevivió, ni del que lo mató. No sé si fue juzgado o si se hizo la vista gorda como se solía hacer. Pero sí conozco a aquellas niñas, hoy mujeres comprometidas que intentan hacer de este mundo un lugar mejor y más justo. Donde otros pasan y se escaquean, ellas han elegido dar la cara, manifestarse, meterse a veces en camisa de once varas, ayudar, asumir cargos y responsabilidades de los que muchos huyen como de la peste, apoyar lo que consideran que está bien y denunciar lo que ven mal.

Lo que no saben los demás es que esa actitud solidaria y comprometida tiene su origen en el recuerdo de un grito desesperado que dos niñas escucharon sobrecogidas y que 60 años después no han olvidado: “¡Si madrita lo supiera…!”.



 (La pintura es "Ronda de presos" de Van Gogh)

lunes, 19 de agosto de 2013

Mis rivales




Resulta sumamente curioso que yo, que no soy especialmente amante de los animales, tenga mi casa que parece el arca de Noé. Entiéndaseme. Me gusta ver llegar de los viajes, planeando como flechas hacia el tablero, a cualquiera de las 160 innominadas palomas mensajeras de mi marido; le hago religiosamente la comida todos los días a nuestro perro Rebo (llamado así porque se lo regalaron a mi hermana, no lo quiso y nos vino a nosotros “de rebote”); e incluso he mantenido una educada conversación con una de las 5 gallinas ponedoras (Clara, Yema, Cascarilla, Matilda y Carlota) que mis hijos le han regalado a mi marido por su cumpleaños. Bueno, una conversación con una gallina no trata evidentemente sobre el materialismo dialéctico. Se limitó por su parte a un “¿Cloc?” y por la mía a un “¿Qué haces tú aquí en el patio? ¡A la huerta!”, pero fue una conversación al fin y al cabo.

Pero a pesar de todo esto, no experimento ante toda esta fauna el entusiasmo y pasión del resto de mi familia y de mi marido en particular, que acaricia, soba, rasca, hace arrumacos, planea gallineros con piscina incluida y les pica lechuguitas para que se sientan felices. Yo no. Yo, si me van a regalar algo, entre una gallina y un libro o un collar bonito, descartaría de entrada la primera opción.

Y otro tanto pasa con mis nietos. Aparte de las tortugas, los peces y los hamster, ahora el rey de su casa es Coque, un gato negro con ojos verdidorados que mi hija se encontró en la calle y lo recogió y al que ahora mis nietos adoran. Cuando vienen de viaje, lo primero que dicen no es: “¡Hola, Aba! ¡Cuánto te hemos echado de menos!”, sino: “¿Dónde está Coque? ¡¡¡Coooooooqueeeeee!!!”. Lo estrujan, lo manosean, lo besan, lo mecen como a un bebé… Incluso han hecho un blog con todas las gracias del animalito.

La última vez que estuve en su casa, después de una tarde en que ni caso me hacían, Coque por aquí y Coque por allá, ya me tenían tan mosqueada con tanto amor gatuno que caí en la trampa de hacerle al Terro la pregunta que nunca jamás se debe hacer: “Pero bueno, ¿tú a quién quieres más, a Coque o a mí?”.
-         “A Co…-empezó él, pero enseguida se contuvo-. Eee… estooo… ¡A los dos igual!”.
Yo juraría que oí detrás de mí una risita socarrona del pérfido Coque, al que a partir de este momento me parece que voy a empezar a odiar. Y es que es muy duro que, a estas alturas de la vida, te valoren al mismo nivel que a un gato.

Ahora, eso sí, he aprendido la lección. No se me ocurrirá plantearle a mi marido, de ahora en adelante, si quiere más a alguna de las gallinas cloqueadoras que a mí, no sea que me dé la misma respuesta. Y hasta ahí podríamos llegar.






lunes, 12 de agosto de 2013

Historias de Los Sauces: la historia del maestro Ambrosio




Todos los de mi generación oíamos, siempre que encontráramos la frecuencia, perdida a menudo entre interferencias, Radio Pirenaica. Fue la más famosa de las emisoras clandestinas que, de 1941 a 1977 y desde lugares tan lejanos como Moscú y Bucarest, nos contaba, salvando la censura franquista, lo que realmente pasaba en el mundo y en España. La dirigía el Partido Comunista pero se nutría, sobre todo, de los miles de cartas que los oyentes mandaban.

Pues bien una vez Radio Pirenaica emitió el siguiente anuncio: “Se ha instalado en el Ayuntamiento de San Andrés y Sauces, isla de La Palma, un reloj que sólo da las horas y las medias porque los cuartos se los llevó Wifredo el Velloso”. Wifredo el Velloso era el nombrete por el que los sauceros conocían al Secretario del Ayuntamiento, que estaba bien surtido desde el punto de vista capilar y, por lo que decían, monetario.

Si ustedes se sientan un día cualquiera a tomarse una cervecita en el Kiosco de la Plaza de Los Sauces, comprobarán  que allí los contactos humanos son múltiples y variados. Una noticia como ésta tenía por fuerza la suficiente enjundia como para que se comentara en todos los corrillos, se extendiera como la pólvora y llegara a todas las cocinas.

Lo malo fue que los de la Policía Secreta también oían Radio Pirenaica y no tardaron nada en llegar a Los Sauces a investigar quién se había atrevido a tamaña insolencia y en encontrar al autor: el maestro Ambrosio.
El maestro Ambrosio era de fuera y sólo llevaba un par de años en el pueblo. Llevaba una vida, no desapercibida (porque en Los Sauces nada pasa desapercibido), pero sí discreta: los niños lo respetaban, los padres no tenían quejas y él se comportaba tal cual un maestro de pueblo llamado Ambrosio.

Lo que se descubrió después fue que ni era maestro ni se llamaba Ambrosio sino Tadeo. Estaba perseguido por sus ideas políticas y había decidido desaparecer de su tierra y aparecer, seguro de que allí nadie lo buscaría, en un pueblo canario lejano suplantando la personalidad de un hermano suyo que había muerto en la guerra.

¿Por qué un hombre que vive en la clandestinidad, escondido tras un nombre falso, en una España en la que decir “no estoy de acuerdo” suponía la cárcel, se arriesgó a mandar la noticia a la Pirenaica? ¿Y por qué, en vez de quedarse calladito sin tugir ni mugir, la comentó e hizo posible que lo encontraran?

Yo creo que la razón es que no hay persona en el mundo que se resista a contar una buena ocurrencia. Y, si en ella hay un juego de palabras, mejor que mejor. Y, si te hacen caso y lo emiten en una emisora escuchada en toda Europa, ¿cómo no pregonarlo y decir, muerto de risa: “Yo fui el autor, yo, Tadeo, y Wifredo el Velloso que se chinche por sinvergüenza”?

Y es que así es la naturaleza humana y el maestro Ambrosio era, realmente, muy humano. O mejor dicho, quien era muy humano y muy ocurrente fue el no-maestro Tadeo.



 (Dedicado a Eulogio, amante de su tierra y archivo viviente de historias de Los Sauces, como esta del maestro Ambrosio.
Y a Jesús, mi cooperador gráfico, que me envía fotos de allí. Entre ellas ésta de la Plaza, la Alameda y el ayuntamiento de Los Sauces, probablemente un poco después de haberse inaugurado el reloj)