lunes, 25 de noviembre de 2013

El encantador de serpientes




Una vez me contaron que un encantador de serpientes en la India hacía subir al son de su flauta una cuerda por el aire y que, cuando estaba erguida, un niño trepaba por ella hasta arriba. Pero alguien sacó una foto de la escena y en ella se veían cuerda y niño en el suelo y la gente, embobada, mirando hacia lo alto. Eso es lo que significa “encantar”, hechizar con cantos de tal manera que te olvidas del mundo que te rodea.

Hay gente así, personas encantadoras que te atrapan con la música de sus palabras y la fuerza y claridad de sus ideas. Si alguna vez han tenido la suerte inmensa de encontrarse con una de esas personas, saben de qué estoy hablando. Y si, como me pasó a mí, esa persona te da clase de filosofía desde los 17 a los 19 años, comprenderán por qué es una experiencia que no se olvidará nunca aunque hayan pasado 46 años.

Don Emilio Lledó, mi profesor encantador de serpientes, vino a Tenerife la semana pasada y dio una charla sobre el mundo que queremos. Y volvió a ocurrir. Allí estábamos muchos de sus antiguos alumnos –Manolo, José Carlos, Mercedes, Ana, Luisa, Pepita, Mª Eugenia, Miguel, Florencia, Lorenzo…- con cientos de personas más que llenaban el Espacio Cultural de la Fundación CajaCanarias, escuchándolo casi sin respirar para no perdernos nada. Y, cuando el moderador, Fernando Delgado, dijo que ya había pasado una hora y media, todos dimos un respingo ¿Una hora y media ya? ¿Tan pronto?

¿De qué habló Don Emilio, en una charla distendida con otra encantadora, Amelia Valcárcel, para hacernos olvidar el tiempo y hasta el espacio? Los dos hablaron de filosofía, esa materia que de tanto en tanto los responsables de Educación quieren hacer desaparecer. Don Emilio habló de nosotros, los seres humanos, que somos lenguaje, amor, naturaleza y cultura. Habló del derecho a la palabra, que ya tenían los griegos, pero que implica la libertad de pensamiento, saber pensar para poder decir. Y de la educación, que crea mentes que fluyen y enseña ideales que regulen la economía (¿Cómo es posible –se pregunta- que se quiera privatizar la sanidad para favorecer a los “amigantes”?). Sobre todo, Don Emilio habló de ser decentes y de luchar para que la educación –una educación igualitarizante, pública, que no se compre con dinero, como ya defendía Aristóteles en su “Política”- inculque como valor la decencia, que tiene que ir pareja con cualquier actuación política.

Y al final de cada intervención que hacía, como buen sabio, nos miraba y decía con humildad: “Creo”.

Don Emilio tiene ahora 86 años, pero, en la mirada y en sus manos elegantes, todo el vigor y el entusiasmo de cuando lo conocí hace ya tanto tiempo. En un momento dijo que, si volviera a nacer, le hubiera gustado ser maestro de escuela para enseñar a los niños pequeños a mirar. Cuando, al final, fui a darle un abrazo, le dije que no le hacía falta ninguna reencarnación. Ya nos había enseñado a muchos a mirar el mundo de otra manera.

Y a mí particularmente, que estudié y enseñé filosofía porque un día él empezó a compartir su saber con nosotros, me marcó. Don Emilio, el pensador cabal y comprometido con su tiempo, el filósofo de verdad, la mirada que escucha, el entusiasta que dice que “entender da mucha marcha” y que la vida es hermosa y estimulante, el vigía moral, el flautista de Hamelin, el maestro encantador… me cambió para siempre la vida.

(En la foto, Don Emilio y yo, con 20 años menos, en una fiesta-homenaje que le hicimos sus antiguos alumnos de La Laguna)

lunes, 18 de noviembre de 2013

La Fuga de San Diego y la magdalena




Hace casi un siglo, en 1919, en la mañana del 13 de noviembre, los alumnos del Instituto de Canarias, acaso futuros bisabuelos de los que yo tuve 70 años más tarde, se fugaron de clase. Lo hicieron, enfadados, ante la negativa de un profesor nuevo, Don Diego Ximénez de Cisneros, de dejarlos asistir a una romería, que existía por aquel entonces, a San Diego del Monte. Lo que ellos no sabían era que, con ese gesto, inauguraban un sano hábito –“Día de San Diego, fuga general, las buenas costumbres hay que respetar”, pintaban en las paredes- que se fue contagiando a la Universidad, a la Escuela Normal, a los demás institutos de la isla y, después, a toda Canarias, hasta hoy en que se fugan ese día incluso los de la ESO. Así nacen las tradiciones.

Tradición, por cierto, de la que yo había olvidado cómo empezó en mi caso, hasta que la semana pasada Carmen Delia, compañera de colegio y de fatigas, me lo recordó: “Sí, ¿no te acuerdas que después nos fuimos a un guachinche a comernos una ropavieja?”. Y la evocación de aquella ropavieja fue como la magdalena de Proust y arrastró consigo todos los elementos de mi primera fuga, a los 15 años, y de aquel día mágico e iniciático.

Porque fue un día de primeras veces. Era la primera vez que nos fugábamos, sorteando peligros a través de Clausura para encontrar una salida del Colegio que no fuera la puerta principal.

Era la primera vez que subía en guagua a La Laguna sin mis padres y sólo con mis amigas, expectantes y alborotadas como quien se va a una expedición al Polo Sur.

Era la primera vez que visitaba San Diego y su ermita, un lugar precioso y escondido de La Laguna, cantado por los poetas:
“Voy a ver las frescas sombras
de los montes de San Diego,
y sus seculares pinos
y sus castaños eternos.”
(Diego Estévanez y Murphy)

Era la primera vez que intentábamos contar, tal como mandaba el rito, los innumerables y escondidos botones de la casaca de la estatua de Don Juan de Ayala, el fundador del convento, para que nos diera suerte en los exámenes.

Era la primera vez que estábamos en un baile al aire libre, bajo el sol de la mañana, en la cancha de la finca de San Diego, un montón de estudiantes felices, brincando y moviéndonos al ritmo de twist, chachachá y rock and roll. Supimos más tarde que al año siguiente los dueños, asustados por la afluencia, cerraron su casa y nunca más se pudo ir a San Diego.

Y era la primera vez que fui a comer a un guachinche. Pero no a uno cualquiera sino al célebre “Dos y una”, que estaba en la calle Viana haciendo esquina con el Callejón de las Monjas, y en el que comimos la susodicha ropavieja proustiana por el módico e increíble precio de 1,50 pesetas. La excitación y las risas del día, sintiéndonos jóvenes y libres, fueron tantas que una de mis amigas llegó orinada a su casa cuando nos retiramos a las 7 de la tarde.

Y al día siguiente nos pusieron un cero como una catedral a todas. Como tiene que ser.

Fugarse es, según el diccionario, “escaparse o huir alguien de un sitio en donde está encerrado, sujeto o vigilado”. Y una fuga tiene que implicar la posibilidad de un castigo. Si no, se convierte en vacaciones, en un día libre (a veces se han cogido dos, o una semana), en un tiempo sin gracia ninguna, sin chicha ni limoná. Una fuga tiene que ser, como lo fue para nosotras, algo así como “La gran evasión”, corriendo riesgos, emocionándote porque has conseguido esquivar peligros, disfrutando después del pecado cometido, y sabiendo que al final -¡que me quiten lo bailado!- va a caer sobre ti la maldición de Satanás.

Por eso, estoy con Don Pablo Pou, otro profesor que allá por aquellos años, imitando a los estudiantes, ponía en la pizarra: “Día de San Diego, cero general. Las malas costumbres han de terminar”.

Yo pondría también un cero. Pero un cero redimible con, por ejemplo, un escrito sobre cómo fue tu primera Fuga de San Diego. Sería curioso reunirlos todos en un volumen de miles de hojas con los primeros San Diego de todos los laguneros y canarios que alguna vez se arriesgaron a pasar un día prohibido.

Este, por lo pronto, es el mío.


(En las fotos, mi Instituto, el Instituto de Canarias, hoy llamado también Canarias Cabrera Pinto. El claustro, en la foto inicial, y , en la final, la portada que los alumnos de entonces, sorteando al bedel, tenían que pasar para fugarse)



lunes, 11 de noviembre de 2013

El Tour Moore y los cubiletes




Anda por las redes una “propuesta” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía de darle a cada niño 3 cubiletes para conocer su nivel de comprensión. Uno, rojo, que pondrían sobre su pupitre si no se enteran de nada; otro, verde, si lo cogen todo a la primera; y uno, amarillo para los que lo capten a medias. El resultado del experimento en una clase es el siguiente:
-         Maehtro, ¿er cubilete amarillo pa qué eh?
-         Maehtro, er Yozua ma quitao loh cubileteh.
-         Maehtro, la Yeni eh una empollona, que ziempre tiene er cubilete verde.
-         Maehtro, me zan perdío loh cubileteh, ¿puedo ir ar zervicio?
-         Maehtro, zi zaco er cubilete verde, ¿maprueba?
-         Maehtro, mira cómo toco la batería con loh cubileteh.
-         Maehtro, er Crihtian ma escupío en er cubilete.
-         Maehtro, yo lo primero lo he entendío, pero aluego no… ¿qué cubilete pongo?
-         Maehtro, zi traemoh loh cubileteh, ¿hay que traé también er libro?
-         Maehtro, yo er cubilete roho no lo pongo, que me disen zurnormá.

Me he acordado de los cubiletes este jueves pasado en el que las “niñas” del colegio fuimos a hacer un Tour por la exposición de las esculturas de Moore en Santa Cruz: el Tur-mur, para los amigos. Pusimos al frente a impartir sabiduría a Conchi, la especialista en Historia del Arte -que nos hizo hasta un tríptico precioso-, y a Chari, que hizo Bellas Artes y que nos informaba de las técnicas para hacer esas enormes esculturas sin que te dé una ciática cuando vayas a trasladarlas del saloncito al recibidor. Transcribo parte del Tur-mur:

Conchi: … “El Guerrero de Goslar”, nuestro Moore, está inspirado en las figuras del frontón del templo de Egina, guerreros tumbados con su escudo…
A: … es una perla que me regaló mi hija y nunca me la pongo, pero hoy…
P: .. y las visitas culturales debían ser después de las 2…
CD: Me tengo que poner auriculares, estoy sorda perdida…
Pasa Doña Gaudencia, su marido y su hija, vecinos de E. Se va E. a saludarlos.
Va D. a saludar a sus cuñadas que están de aperitivo en el Kiosco Numancia.
Nos encontramos todas con Delia, otra “niña” del colegio, perdida de vista hace tiempo. Parada, alborozo y fotos con ella.
Conchi: En esta escultura, “Óvalo con dos puntas”, el bronce se muestra muy pulido…
AM: Yo, las lentejas las hago con su choricito, su jamón…
CM: … y ahora tengo la garganta fatal.
A: Se me endurmió un pie. Oye, ¿existirá “endormirse”?
I: Mi nietita, preciosa, ya dice “agjooo, guguag, bababa”… ¡Es más lista!
Pasa Rosi, otra jubilada que viene de gimnasia y que dice que le pareció ver una bandada de gaviotas calle abajo (“Ah, no, que eran ustedes”)
Conchi: La escultura se llama “Filo de cuchillo” pero está inspirada en “La Victoria de Samotracia”. Transmite ingravidez… (Esto lo dice a grito pelado porque hay un grupo de alumnos de Instituto al lado cuya profe está diciendo, también a grito pelado, algo parecido mientras ellos están tecleando en el móvil o comentando cosas, hay que ver).
D: En Carnavales no se puede dormir aquí. Desde mi casa oigo todas las actuaciones de “las Hermanas Yonatan, nobleza del Toscal”
Conchi: Moore prefiere las figuras reclinadas por la libertad de composición. Esta recuerda las figuras toltecas…
E: Parece una postura de pilates.
A: …y en “La Posada”, unas gambitas de Huelva que te puedes morir.
Ch: … eso depende de los megas.
L: Yo el teléfono lo tengo para un apuro y punto.
Pasa una manifestación - ¡¡¡Piiiii, chunda, chunda!!!- por la Plaza de Candelaria.
Conchi: La “Pieza de bloqueo” es una maravilla, cada lado es una estatua distinta… el juego con los volúmenes y los huecos…
U: Una empresa pública no tiene por qué gastar más que una privada si tiene un buen gestor.
C: ¿No llevas gafas de cerca? ¡Qué suerte!
P: Yo me apunté a Cerámica. Ya tengo la jarra de vino decorada pa San Andrés.
Ch: Hijo de gato no caza ratones.
L: La próxima en mi casa en enero ¿Vale?

El verdadero problema de la enseñanza –aparte de los nefastos ministros que hemos tenido, salvo honrosas excepciones, y de la falta de acuerdo entre partidos- es lo dispersas que somos las personas.
Eso sí, a a pesar de todo, la experiencia es un grado. Si ahora nos preguntaran sobre la Exposición de Moore, todas las “niñas” del colegio, sin excepción, sacaríamos el cubilete verde.

(En la foto -hecha por un amable señor que pasaba por allí-, las "niñas del colegio", ante el Guerrero de Goslar, única escultura de Moore que es patrimonio de los santacruceros desde 1978)

lunes, 4 de noviembre de 2013

Tinieblas




Otoño llega con su acompañamiento de hojas arrastradas por la lluvia, de noches tempranas y de fiestas oscuras. Halloween, Todos los Santos y finados se rodean de misterio y llamadas a las puertas del Otro Mundo, haciéndome remontar a noches en las que se apagaban las luces de la casa, y se encendían, flotando en cuencos llenos de aceite, lamparillas (“palomitas” las llamábamos, o acaso “mariposas”) por cada miembro que hubiera muerto de la familia.

Recuerdo que en esa noche de tinieblas, con la sola luz de las velas, mientras los adultos rezaban y recordaban a la bisabuela María, a Mamá Pepa o a Papá Gabriel, los niños nunca sentimos miedo en esa oscuridad acogedora y especial. Incluso, después, la recreábamos jugando a “tinieblas” en el cuarto oscuro (así lo llamábamos, El Cuarto Oscuro) que estaba al final del pasillo. Era, en realidad, un trastero y, entre cajas, armarios y baúles, nos escondíamos esperando a que entrara el que se quedaba fuera, que tenía que clamar con voz lúgubre y cavernosa: “¡¡¡Tinieeeeeblaaaaassss!!!” y alargar las manos a ver a quién cogía. Todos dábamos chillidos, nos moríamos de miedo y lo pasábamos pipa: un halloween de los de antes, muy sui generis.

Le pregunto a mi marido si él también jugaba a eso de chico, y me dice: “Yo no jugaba a tinieblas, yo vivía en tinieblas” ¡Vivir sin luz! Muchos pueblos de las islas, cuando yo era pequeña, vivían, apropiadamente, a dos velas (o a más, si tenían). Se levantaban y se acostaban con la luz del día. Eran tiempos de chimeneas, braseros y luz del hogar, alrededor de los que se sentaban familias y amigos a alegar, a contar los sucedidos del día o a rezar. Eran tiempos de hablar de historias de la oscuridad que producían escalofríos, como la que me contó mi amiga Luci que le pasó a su padre de pequeño, cuando murió un niño amigo suyo. Una vez que pasó de noche, solo, con la única luz de las estrellas, por el camino donde vivió su amigo, lo vio, mirándolo, a la altura de su casa, en medio de la negrura total, envuelto él solo en medio de una luz potente. Nunca más quiso pasar por allí después del atardecer.

De vez en cuando, la semana pasada sin ir más lejos,  en mi casa se va la luz. Tenemos ya palmatorias y velas preparadas para la contingencia y nos lo solemos tomar con calma. Hablamos, cocinamos (tengo todavía cocina de gas) y cenamos a la luz de las velas y hasta hacemos chistes con el romanticismo de la situación. Pero suspiramos con alivio cuando se hace la luz y nos damos cuenta de cuánto dependemos de la electricidad. Como aquel que decía que se le había ido la luz y, al no tener ni tele, ni ordenador, tuvo que ponerse a hablar con la familia y concluía con “Oye, parece buena gente…”.

Vivir en tinieblas, alumbrados por el fuego del hogar, podrá favorecer las relaciones humanas y ser muy romántico, natural y apacible, pero no hay vuelta atrás. Mi abuelo tenía hace casi un siglo una carpintería en Los Sauces y consiguió traer e instalar la luz para su negocio pero también para todo el pueblo. Cuando este verano fui a La Palma, encontré a gente mayor que todavía lo recordaba como “el hombre que trajo la luz”. Mi abuelo fue un hombre curioso y creativo, que hizo muchas cosas, pero me gusta recordarlo así, como el hombre que consiguió iluminar, igual que hizo con nosotros, un rinconcito del mundo poniéndolo en el camino de la luz y desterrando para siempre las tinieblas.




(La foto inicial la hice el lunes pasado, cuando se fue la luz. Atardecer desde mi ventana. La imagen final es el cuadro que veo cada mañana en mi dormitorio cuando me despierto. Obra de Charo Borges, habla del antes y el después frente a las tinieblas)