lunes, 30 de diciembre de 2013

Mantel de navidad




Una de las cosas más tristes a las que la desaparición de los seres queridos te enfrenta es a recoger la vida material que dejan, los objetos personales –sus trajes, sus perfumes, aquel cuadro que compró en un viaje porque le hizo ilusión, el último libro que leía, con su marcador en la página 100… En fin, todo lo que se va acumulando en una casa y que arropa a las personas.

Cuando murió mi madre, mi hermana y yo tardamos casi un año en encarar esa tarea penosa: esto lo tiramos, esto lo donamos, esto lo guardamos. Una de estas cosas fue el mantel de navidad, testigo de todas las navidades, y no porque estuviese en buen estado (cincuenta años de lavados no los aguanta nada), sino porque nos daba una pena enorme a las dos el que se fuera a la basura, aunque tal vez mi madre hubiera dicho: “No importa, es algo sólo material”.

Pero es que el mantel de navidad de mi madre es único, no como los que hoy tenemos fabricados a miles por los chinos. Mi madre y mi abuela, como buenas palmeras, lo bordaron al poco de casarse mis padres y, en él, dejaron volar la imaginación. Está por supuesto el nacimiento, el pueblito de Belén con casas multicolores y los Reyes Magos, pero también un ciervo mirando a una estrella, piñas de colores imposibles, dos pájaros en una rama, todo mezclado, conviviendo con herraduras de la suerte, campanas, ramas de muérdago, flores de pascua, setas en un prado, regalos, un reloj, racimos de uvas moradas y un Papá Noel despistado.

Mi madre lo lavaba, planchaba y almidonaba y nosotros disfrutábamos mirándolo, mientras ayudábamos a poner la mesa. Sobre él, las copas talladas y brillantes, la vajilla blanca con filo y estrellitas doradas, los cubiertos, el tronco con velas en el centro, las servilletas bordadas también y los regalitos que mi madre ponía en cada plato, a veces sólo un poema en una tarjetita roja.

Alrededor del mantel, todos los que celebrábamos juntos las fiestas –mis padres, mis hermanos, mis abuelas, mis tíos, mi primo y algún añadido- aprendimos los villancicos (“Pampanitos verdes, hojas de limón…”), hablábamos un montón y jugábamos a juegos tontos, como el de pasarnos uno a uno una aguja y decir sin enseñar los dientes la siguiente y absurda conversación: “Aquí te entrego esta agujita con su ojo y su puntita” “¿Tiene punta?” “Punta tiene” “¿Tiene ojo?” “Ojo tiene” “Pues dámela que me conviene”. No sé todavía qué gracia le encontrábamos pero nos moríamos de risa cada navidad.

Hay una canción muy bonita, “Sábana y mantel”, que Mª Elena Walsh compuso en 1976, cuyos últimos versos dicen:
“Uno manchado de vino
que señal de gozo es
y la otra humedecida
con rocío de querer.
Que no le falten a nadie
en este mundo tan cruel”.

Las sábanas, los manteles, los objetos que reunimos a nuestro alrededor, forman parte, queramos o no, de lo que somos. El mantel de navidad de mi madre, tal como era, con sus vivos colores y sus escenas ingenuas, ya no existe pero permanece en la memoria de todos los que en aquellos tiempos éramos niños. Esta nochebuena, tal como antes hacía mi madre, les he puesto en el plato, a cada una de las familias que ahora nos reunimos en casa de mi hermana, una de aquellas servilletas bordadas, restos mejor conservados de la primitiva mantelería y que puede simbolizar, a nuestros ojos, todo lo que nos une.

Será algo material, pero, como decía la poeta, “que no le falten a nadie” un mantel alrededor del cual pasar horas felices y los recuerdos que evoquen una vida compartida.


lunes, 23 de diciembre de 2013

¿Cómo que no has estado en Granada?




Si volviera a nacer, me pediría ser un viajero con muchos idiomas en la mochila. Me encantan los viajes. Son, para mí, un paréntesis en la vida diaria, un permiso para asomarte a otras formas de caminar por el mundo, una gozada. Y no crean que esto es una apreciación universal. Mi marido, sin ir más lejos, cuando vamos a subir al avión, mientras que yo llevo puesta la sonrisa de expectación y de “¡Ya estamos en danza otra vez!”, suspira por su casita y dice resignado: “¡Que necesidad!”.

Así y todo, aunque no hemos cruzado el charco (todo se andará), me lo he llevado por Europa hasta las islas de Arán por el oeste y a la lejana Estambul por el este. Hemos recorrido las 8 islas y todas las regiones de España. Pero no había ido a Granada. Mis hijos, mis hermanos, mis amigos, mis alumnos, ¡hasta mi marido!, todos han estado en Granada y me miraban con ojos como platos: “¿Cómo que no has estado en Granada?”.

¿Quién no conoce Granada? Agustín Lara volvió su cantar gitano para ella. Washington Irving, en sus “Leyendas de la Alhambra”, habló de ejércitos moros dormidos bajo tierra esperando una hipotética reconquista, de princesas agarenas que se escaparon, enamoradas, con caballeros cristianos, de tesoros escondidos y hallados por un jardinero de la Alhambra. Manuel Machado la vio como “ese agua oculta que llora” y Lorca me descubrió los dos ríos de Granada que “bajan de la nieve al trigo”. Y todo el mundo conoce los versos del poeta mexicano Francisco de Icaza:
“Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada”.

Y, por fin, esta semana pasada he estado en Granada.

Y he descubierto la Granada mora: el Castillo Rojo –que eso es lo que significa “Alhambra”-, ese libro abierto en sus paredes en las que se repite el lema de los nazaríes, “El único victorioso es Alá”; los materiales -cerámica, estuco, mármol blanco de Macael, madera y agua- de sus salas y jardines; la sala en la que Boabdil invitó, encerró y mandó decapitar a los 36 caballeros abencerrajes, sabedor de que uno de ellos era el amante de su favorita; las callejuelas del Albaycín; las tiendecitas y teterías de la Alcaicería y la Calderería; la Puerta Elvira; la llamada del muecín, que oí dos veces a la caída de la tarde; una cena en un carmen viendo la Alhambra iluminada…

Y la Granada cristiana. No sólo las iglesias, la Catedral, la Capilla Real, la Cartuja, tan magníficas que no sabes describirlas, sino también un coro y su orquesta cantando el “Adeste fideles” en Las Angustias, o el Colegio de las Niñas Nobles o el pionono ¿Quién le iba a decir al Papa Pío IX que lo recordarían, más que por lo que pudo hacer en su papado, por un dulce inventado por un pastelero granadino? Que, por cierto, dejó, al morir, su receta secreta a su enfermero, cambiándole la vida.

Y la Granada gitana, que se asoma en la señora mayor con pantuflas –podría ser mi abuela-, que toca las castañuelas acompañando a su nieto en el Mirador de San Nicolás; en el cante flamenco; en el particular modo de vida del Sacromonte.

Pero, sobre todo, la Granada viva. La Torre de la Vela, donde las chicas solteras van a tocar la campana el 2 de enero, aniversario de la toma de la ciudad; la luz de estos días navideños; el fondo de la nieve en el Mulhacén; el rumor del agua, la música de la ciudad; los mercados multicolores; las tapas que te sirven gratuitamente con cada vinito; las calles y plazas llenas de gente: Recogidas, Puerta Real, Gran Vía, Bibrambla, el Paseo de los Tristes donde se despedía a los entierros (y, paradójicamente, tan alegre) o la calle de La Colcha (“Eres más delicado que la calle de La Colcha”, dicen los granadinos, recordando que los callaos que la tapizan y adornan se levantaban por menos de nada).

He podido después de tanto tiempo atisbar algo de lo que es Granada, lo suficiente para que me queden ganas de volver. Y también lo suficiente como para que, cada vez que me encuentre con alguien que no la conozca, lo mire con asombro y suficiencia y pueda decirle: “Pero ¿cómo es posible que no hayas estado en Granada?”

(Para Ana, mi amiga granadina, que me enseñó Granada como nadie)





















lunes, 9 de diciembre de 2013

Que decidan las margaritas




Esta es la frase de esta semana en el Cartel de la Autopista. Para los que no lo sepan, tenemos en la isla un poeta, Anoniman,  que cada semana desde hace años se toma la molestia de poner un pensamiento en un cartel, que hace sonreír y pensar a los que pasan (“En tu espejo soy guap@”, “Apagar el móvil eleva la mirada”, “La locura lo cura”, “Menos guasap y + venaverme”, “Dormir no me quita el sueño”…) Los habituales que van desde el Norte a Santa Cruz ya llevan de antemano la sonrisa puesta y la expectación en los ojos.

El cartel de esta semana, que decidan las margaritas, no es mala opción para los indecisos. Yo tengo un amigo que le da tantas vueltas a las cosas en la cabeza que, a veces, hasta duda de si es indeciso o si no es indeciso.

Para que no se me agobie, que lo quiero mucho, yo le hablo de lo sana que es la duda –el beneficio de la duda-, que te lleva al asombro y a la perplejidad ante la existencia, y, en consecuencia, a indagar en ella. Que, como decía mi profesor Lledó, “dentro de cada sí hay un pequeño no, y dentro de todo no hay un pequeño sí”. Le digo que aquellos a los que la duda ofende y defienden vehementemente una postura, aquellos que están de vuelta de todo o que afirman, sin lugar a dudas, que conocen perfectamente, por ejemplo, lo que está pasando, me dan un poco de miedo. Que ahí tenemos a Sócrates y su “sólo sé que no sé nada”; a Chejov, confesando que cambia de opinión cada día y que por eso sólo describe cómo sus personajes “aman, se casan, se alimentan, mueren y hablan”; o a Milan Kundera defendiendo “tener por única certeza la sabiduría de la incertidumbre”.

Hace poco uno de mis alumnos me escribió desde Inglaterra pidiéndome consejo. No sabía qué hacer, si seguir en Londres, dedicándose a dar clase, lo que le obligaría a hacer un máster de 2 años, o seguir conociendo mundo, o volver a España e intentar ser periodista que siempre le había gustado. Yo le contesté a la manera de Sartre: el que pide consejo ya sabe  en el fondo lo que quiere hacer y sólo busca apoyos que corroboren su decisión. Incluso hacemos caso o no a las margaritas dependiendo de si refuerzan lo que verdaderamente queremos. Hay que seguir lo que te pide el cuerpo sin que te frenen las complicaciones.

Porque es verdad que la vida –afortunadamente- es una sucesión de dilemas y de encrucijadas, y son las elecciones personales que hacemos las que van forjando lo que somos ¿Hago ciencias o letras? ¿Qué quiero ser en el futuro? ¿Me caso o no me caso? ¿Bautizo a mis hijos o dejo que elijan su religión de mayores? ¿Qué traje me pongo hoy? ¿Voto a la izquierda, a la derecha o no voto? ¿Hago para fin de año el cordero de siempre o innovo con un rosbif a las hierbas que sé que les gusta a todos?

Que decidan las margaritas.

martes, 3 de diciembre de 2013

Dar gracias




Nos han invitado un amigo americano y su mujer este domingo a una comida de  Acción de Gracias que llevan celebrando hace más de 20 años en Tegueste, en la preciosa casa de Juan y Carmen, unos amigos comunes, y a la que yo he acudido por primera vez con la curiosidad de una neófita.

Por supuesto, allí estaba todo lo típico de la celebración norteamericana: el pavo, las frutas del relleno, la salsa de arándanos, la tarta de calabaza… Pero también estaban las risas y la complicidad de los que se conocen desde hace tiempo, un curioso y divertido concurso-test, con premio incluido, a los invitados para ver cuánto sabían del evento y las palabras del anfitrión recordando aquel hecho lejano, cuando los peregrinos del Mayflower y los indios se reunieron para compartir una primera comida, allá por 1621, celebrando que las cosechas estaban salvadas y que estaban vivos.

Los americanos, tan amantes de las tradiciones y tan exagerados, han magnificado el hecho de tal manera que son capaces de atravesar medio mundo para estar junto a la familia ese Día, el ultimo jueves de noviembre (son como los palmeros con la Bajada de la Virgen). Tengo una amiga, ahora en Michigan, que en la semana pasada ya ha asistido a cuatro comidas de Acción de Gracias y que dice que por el momento no le nombren más al pavo, por favor.

Pero los seres humanos, desde siempre, se han reunido para agradecer el fin de las cosechas, el fin de una sequía, de una inundación o de cualquier catástrofe que los amenace. Y es que la gratitud va más allá de dar las gracias como nos enseñaron nuestros padres cuando éramos pequeños –“Niña, ¿qué se le dice a Doña Francisca, que te ha dado ese regalo tan bonito?” “Gracias, Doña Francisca… (por este engendro horroroso de jarrón tornasolado que a ver para qué lo quiere una niña de 10 años)”-. La gratitud es un reconocimiento de nuestra indefensión y dependencia de los demás. Y es también un acto de aprecio a lo que los otros –o Dios, o los santos, o la Divina Providencia, o la vida, según las creencias- han hecho por nosotros. Y de esos actos de agradecimiento han salido fiestas, con sus correspondientes flecos económicos, cuyos orígenes religiosos se pierden con el tiempo, procesiones, romerías, celebraciones y hasta iglesias levantadas en honor de santos y vírgenes que han protegido al indefenso.

Aunque, aquí entre nosotros, yo estoy más de acuerdo con otro americano, Benjamín Franklin, que, una vez que se salvó por los pelos de un naufragio, escribió a su mujer diciéndole: “Acaso debería aprovechar esta ocasión para prometer construir una capilla a algún santo; pero si tuviese que prometer algo sería construir un faro”. A Dios rogando y con el mazo dando.

De todas formas, hay que dar las gracias, como en ese maravilloso “Gracias a la vida” de Violeta Parra. Gracias por la vida “que me ha dado tanto”, por estar aquí compartiendo este, a pesar de todo, hermoso mundo, y por que cualquier pretexto, aunque sea "peregrino" –cumplir años, reponerte de una enfermedad, jubilarte, que la vendimia haya producido un buen vino, o el recuerdo de una comida lejana ocurrida en otro continente siglos atrás-, sirva para celebrar la amistad y la pura alegría de vivir.

(Foto, con adorno otoñal, del pavo y su relleno)