lunes, 26 de mayo de 2014

Historia de un canchanchán




En Canarias llamamos canchanchán a la persona poco competente en un oficio o profesión, y, por extensión. al que hace las cosas al taponazo o las deja a medio hacer, no pensándolas ni previendo consecuencias. Por usar otro canarismo que también se usaba mucho en mi casa, canchanchán es uno que no tiene tanchel (juicio, sesera).

Fue mi consuegro Antonio el que me contó la historia de un canchanchán. Mi consuegro es un hombre que ama el mar y sus profundidades, un capitán Nemo con alma de aventurero que ha recorrido sus particulares 20.000 leguas de viaje submarino sumergiéndose en los mares de todas nuestras islas, en las costas de África, en Brasil, en las Islas Medas del Mediterráneo, en los mares del Caribe... Allá abajo, en la luz opalina de los fondos marinos, se ha encontrado con peces de todos los tamaños, nadando entre corales negros y planas gorgonias, amarillas y rojas; ha hallado barcos hundidos en naufragios antiguos y ha ido recogiendo en el camino ánforas, anclas y viejas botellas. En ese otro mundo, lejano y cercano, mágico e inesperado, incluso no es raro entrar, como en Santa Cruz de Mar Pequeña, en un castillo sumergido que sueña con pasadas glorias.

Como todos aquellos que conocen el mar y lo respetan, mi consuegro Antonio sabe de sus peligros, por lo que generalmente baja acompañado de otros locos como él. Uno de ellos es el canchanchán de esta historia, al que podemos llamar Inocencio, que es un nombre que le pega.

Inocencio era de los asiduos y nunca llamó la atención por nada, excepto porque hacía unos bocadillos de sardinas que te podías morir. Era como todos ellos, experto buceador curtido en más de 100 inmersiones. Por eso se asustaron tanto cuando, al salir de una de ellas, se dieron cuenta de que había desaparecido. Después de volver a sumergirse varias veces, encontraron únicamente sus botellas de oxígeno en el fondo del mar, a unos 50 m. de profundidad, y por más que avisaron a la policía y siguieron todos buscando su cuerpo durante un mes, ni humo ni pelos, como decía mi abuela.

Una desaparición misteriosa, un seguro de vida -se descubrió después- hecho a favor de su mujer y sus hijos poco tiempo antes... Parecía una novela de Agatha Christie. De hecho, Agatha Christie toca el tema de las desapariciones en varias novelas, por ejemplo, en "Asesinato en el campo de golf", o en "Pleamares de la vida", pero sobre todo en "La desaparición de Mr. Davenheim":
"- ¿Es que las desapariciones están clasificadas y etiquetadas? -bromeé.
Japp también sonrió un instante, pero Poirot frunció el ceño.
- ¡Pues claro que sí!! Se dividen en tres categorías: Primera y la más corriente, la desaparición voluntaria. Segunda, el caso de la "pérdida de memoria" del que tanto se ha abusado...., raro pero algunas veces auténtico. Y tercera, el crimen y el hacer desaparecer el cadáver con más o menos éxito".

Éxito que no acompañó al "cadáver" de Inocencio porque seguro que los protagonistas de Agatha Christie que quisiesen desaparecer se hubieran disfrazado de alguna forma y a ninguno se le hubiera ocurrido sacar un pasaje a Brasil con su verdadero nombre -Inocencio Pérez- y su DNI, haciendo que la policía lo encontrara un par de meses después, tomándose una caipiriña con su amante en la playa de Copacabana.
¡Un verdadero canchanchán!

Que, por cierto, según mi amiga Mati, que es profesora de inglés, canchanchán es un anglicismo derivado de la expresión inglesa catch as catch can, que puede traducirse libremente como "agarra lo que puedas". Los comerciantes ingleses de papas en las islas, después de que los trabajadores escogieran cuidadosamente las papas kineguas (King Edward) y las utodate (up to date) para empaquetarlas y exportarlas, les decían a éstos que recogieran los restos, la morralla, las papas estropeadas y pequeñas. Y ellos, los primeros canchanchanes, lo hacían a la manera de nuestro amigo Inocencio: mal y sin poner mientes en lo que estaban haciendo.

Pues eso.




(Las imágenes están tomadas por mi consuegro Antonio en sus paseos por esos fondos marinos)

lunes, 19 de mayo de 2014

Mitómanos y mitómanos




Se define la mitomanía como la tendencia a convertir a los personajes famosos en mitos e ídolos a los que adorar. Vamos, que te partes el culo por ir detrás de un famoso, pedirle autógrafos, retratarte ante su casa, comprar prendas con su cara o su nombre y seguir su estela por todos los medios. Algo que yo, que no soy nada mitómana, francamente, no comparto.

Ya puede caerse Madonna desde lo alto de sus tacones delante de mis narices que no pienso ni agacharme. Yo, la vista al frente como si conmigo no fuera. Hasta con Rajoy -al que me encontré de frente un día por la calle Herradores de La Laguna con las mangas de la camisa arremangadas, estilo casual look, y un grupo de acólitos detrás- hice como que no me sonaba de nada y seguí mi camino, impasible el ademán, imperturbable e impávida cual estoico. Ni fotos disimuladas con el móvil, ni selfies para decir en el guasap de los amigos "Aquí yo y detrás, Mariano" ni nada de nada. Y, desde luego, tampoco se me ocurre lo de ir al aeropuerto a recibir con pancartas y desmayos al cantante famoso de turno. O a denostarlo, como hicieron unos conocidos cuando vino Atahualpa Yupanqui, al que recibieron -enfadados por lo que cobraba por venir- con pitos y un cartel que decía: "Engrasaste la carreta con 200.000 pesetas".

Pero, ya tú ves, hay mitómanos y mitómanos. Y hay otro tipo de mitomanía que practico con entusiasmo: la visita emocionada a los sitios en los que vivieron los autores que amo, a  las habitaciones donde escribieron obras que nos han enseñado a entender la vida y a descubrir la belleza, a los pueblos en los que nos parece oír todavía el eco de sus pisadas y de sus sueños.

Y, por eso, es por lo que estuve en la casa de Ana Frank en Amsterdam y vi la habitación en la que pasó encerrada los dos últimos años de su vida, y posé la mano, casi acariciándolo, sobre el armario que disimulaba la puerta escondida. Y al final, compré el Diario otra vez, aunque ya lo tenía en casa.

Y, por eso, paseé en Bath por las calles que recorrió Anne Elliot, la protagonista de "Persuasión" de Jane Austen, y no sólo estuve en la casa donde la escribió impregnándome de su atmósfera, sino que también me compré una pluma de madera con su plumín dorado (y una inscripción que dice "Our Jane"), imaginando que con una parecida el capitán Wentworth escribió a Anne una de las más bonitas cartas de amor de la literatura.

Y en un pueblito de Granada, Valderrubio, vi el piano que tocaba Lorca, y su escritorio, y, desde la ventana, el paisaje que veía y que acaso le inspiraba para decir cosas como: "Hay dulzura infantil / en la mañana quieta. / Los árboles extienden / sus brazos a la tierra.".

Y visité el pequeño cementerio y la iglesia de Stratford-upon-Avon que Shakespeare conoció en su niñez sin saber que en su mente se estaban gestando Otelo, Macbeth o Romeo y Julieta.

Y lloré ante la tumba de Machado en Colliure y su poema de "y cuando llegue el día del último viaje...". Pero también en Soria -"Campos de Castilla" en la mano- ante el olmo seco, el recodo por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, San Saturio y ante el Espino "el alto Espino" donde está la tumba de Leonor.

Y, además, por revivir sentimientos que nos han despertado las películas que hemos disfrutado, recorrí en Roma la Vía Margutta buscando la casa en la que vivió Gregory Peck en "Vacaciones en Roma", y me fui en Irlanda a Cong, que está en el quinto pino, en la bellísima región de Connemara, porque Cong es Innisfree, el pueblo de "El hombre tranquilo", con su puente, su río, su pub y sus calles.

Y me he retratado ante todas las casas en las que vivió Descartes, o Kafka, o Shelley.

Así que mi mitomanía va dirigida a quienes ya no están vivos sino en las obras que nos legaron. Aunque, ahora que lo pienso, también tengo que confesar que me retraté en el Lago Como ante la puerta de Villa Oleandra, la mansión de George Clooney. Pero prometo que, si a él, por un casual, se le hubiera ocurrido abrir la puerta en ese momento, por nada del mundo le hubiera pedido un autógrafo.

Si acaso, un nespresso, por favor.




(Las imágenes son ante la casa de Descartes en París, ante la de Jane Austen en Bath, la tumba de Machado en Colliure y el escritorio de García Lorca en Valderrubio)

lunes, 12 de mayo de 2014

¡Y hoy es martes, gran Dios! ¡Martes y trece!




Los "mendoadictos", como mi amiga Loque y yo, nos sabemos de memoria párrafos enteros de "La venganza de Don Mendo" de Pedro Muñoz Seca, y muchas veces los soltamos graciosamente para solaz de la concurrencia ("Todas por mí como un trapo y con igual pretensión ¡Ay, infeliz del varón que nace, cual yo, tan guapo!" y cosas así) Todos los años, el 13 de mayo, caen los siguientes versos, aquellos que dice Don Mendo tras la reja de la cárcel donde la pérfida Magdalena lo hace encerrar por un falso robo:
¡Trece de mayo ya! ¡Quién lo diría!
Llevo en esta prisión un mes y un día
sin por nadie saber lo que acontece
¡Y hoy es martes, gran Dios! ¡Martes y trece!

Los recitamos, no sólo a los "mendoadictos", sino también a los demás sufridores que nos rodean, que están un poco hartos de oírnos, esa es la verdad. Pero ahora no queda otra que traerlo a colación, incluso a este blog, porque este año el trece de mayo ya quien lo diría es también ¡martes y trece!, cosa que no suele suceder.

Ante un martes y trece podríamos decir, igual que Don Mendo: "¿Por qué me inspira un miedo extraordinario / esa cifra ¡ay de mí! del calendario?". Los martes y trece tienen más mala prensa que el ángel de la guarda de los Kennedy. Dicen que es porque los martes es el día dedicado a Marte, un dios especializado en guerras, berrinches y pataletas, y por eso aquello de "en martes ni te cases ni te embarques". Y que lo del 13 va por la Última Cena, que eran 13 a la mesa y ya sabemos como acabó la cosa. También por contar cuentan que la confusión de lenguas en la Torre de Babel fue un martes y 13, mira tú por dónde.

Pero ¿no es un poco exagerado todo? Porque mirándolo positivamente, ¿qué más da que haya 13 a la mesa si la comida está buena y la compañía es agradable? En las novelas románticas lo de ser trece a la mesa es la excusa perfecta para invitar a la pariente pobre de la que se enamorará en el acto Lord Pauncefoot, por ejemplo. Y lo de Babel fue estupendo para las escuelas de idiomas. 

Todo esto ocurre porque buscamos causas y efectos en todo lo que nos pasa, y basta con que alguna vez en la historia se junten días martes y trece con sucesos infaustos para cogerle manía al dichoso día. Y es que los humanos somos así de supersticiosos, maniáticos e incoherentes. Mucho presumir de racionales, pero todos sabemos que dan mala suerte los gatos negros, pisar rayas en el asfalto, pasar por debajo de una escalera, vestir de amarillo en un estreno, derramar una copa de vino o romper un espejo. Y que atrae la buena suerte el tocar madera, levantarse con el pie derecho, echar la sal por encima del hombro, cruzar los dedos y tener objetos como herraduras, tréboles de 4 hojas o patas de conejo. Los humanos buscamos rituales para controlar lo incontrolable, yo la primera, que pongo un dedo en el techo del coche cada vez que paso por un túnel, no beso a nadie en la punta de la nariz o no me pongo los zarcillos rosas de los que ya les he hablado. Como escribió hace poco Elvira Lindo, contra el miedo a la vida vale todo, siempre y cuando los remedios no se conviertan en obsesiones. 

Pero en el fondo todos sabemos que eso de unir hechos, cosas y días a la mala o a la buena suerte son paparruchas y que igual te sacas la lotería o encuentras al amor de tu vida un martes y trece ¿por qué no? Que a Don Mendo, por cierto, al final, ese día le fue estupendo: se salvó de ser emparedado, se fugó de la cárcel con ayuda de su amigo Moncada y empezó una fulgurante carrera musical como bello juglar. Aprendamos su lección, disfrutemos de cualquier día de la semana y digamos con Don Mendo:
Todos iguales para mí seréis...
¡Trece, catorce, quince, dieciséis!

lunes, 5 de mayo de 2014

Diez razones para amar abril




Ahora que ya ha pasado, y como quien recuerda un paraíso perdido, me doy cuenta de cómo me gusta el mes de abril. Sí, ya sé que estamos en mayo florido y hermoso, el mes de los "mayos" de mi abuela y de los uniformes de gala de mi niñez cuando cantábamos lo de "con flores a María" (bueno, y el mes de "13 de mayo ya, quién lo diría" de "La venganza de Don Mendo"). Ya sé que mayo tiene su caché... Pero abril es especial. Y lo es por muchas razones.

1. Porque abril es el mes azul -"Dios está azul", decía Juan Ramón Jiménez de este tiempo primaveral-, un mes de cielos limpios, después de los grises, y aguas transparentes y frías. "¿Recordáis - decía John Banville en "Antigua luz"- cómo era abril cuando éramos jóvenes, esa sensación de líquida impetuosidad y el viento extrayendo cucharadas azules del aire y los pájaros fuera de sí en los árboles que ya habían echado brotes?". Lejos del "son de abril las aguas mil", sus días azules se convierten en promesas de primaveras frondosas y radiantes veranos.

2. Porque abril es el mes en el que los guayabos, perfumados y redondos, y los nísperos jugosos y dulces, recogidos en la huerta, llenan de aromas mi cocina y la adornan con tarros de mermelada y frascos de licores que lucen en la repisa como brillantes y doradas joyas.

3. Porque en abril las tardes se hacen largas para hacer de ellas lo que queramos y el sol parece perezoso ("No sé qué tiene abril que da pereza", decía M.B. Barreto) y los colores del atardecer duran y duran...

4. Porque en abril el jardín estalla de fragancia y es la explosión de rosas y son las buganvillas encendidas y las calas trompeteando el aire. "Y de qué modo sutil / me derramó en la camisa / todas las flores de abril" (Nicolás Guillén)

5. Porque en todos los abriles hay eventos que celebrar y comidas y charlas distendidas: en casa, con las "niñas del colegio" alrededor del Día del Libro; con las compañeras del Instituto para brindar por la república y por los sueños; en Semana Santa, después de ese comienzo oficial para los baños de mar... Abril festeja la vida.

6. Porque abril ("abril de pasión" lo llamó Miguel Hernández) es el mes de los poetas:  "Nunca serás invierno / siempre fuiste / el prólogo contento del verano" (Benedetti); "Sangra abril; qué púrpura arrecida / qué yerba expiatoria..." (Luis Feria); "Abril divino que vienes / cargado de sol y esencias" (García Lorca); "¡Oh, luna! ¡Cuánto abril! / ¡Qué vasto y dulce el aire!" (Jorge Guillén); "Fines de abril cuelgan las lilas / en mazos opulentos, volados" (Gerardo Diego); "Abril venía, lleno / todo de flores amarillas" (Juan Ramón Jiménez); "Abril florecía / frente a mi ventana" (A. Machado); "Acuérdate de abril, recuerda / la limpia palidez de sus mañanas" (Amaury Pérez)...

7. Porque también las canciones cortejan al mes de abril. Ya García Lorca habló de "poner en el aire tibio del abril canciones tiernas" y Carlos Cano recogió el reto y cantó a ese "abril para vivir, abril para cantar, / abril, la primavera floreció. / Abril para sentir, abril para soñar..."

8. Porque por fin te puedes quitar bufandas, calcetines, suéteres de cuello alto, gabardinas. Puedes dejar olvidado el paraguas y sentir que la brisa te peina mientras paseas. Y hasta los colores de los vestidos se aclaran y se tintan de luz y puedes volver a sentir el sol en los pies desnudos.

9. Porque he vuelto a releer después de muchos años "Un abril encantado" de Elizabeth von Arnim y a sumergirme en otro abril en otro país, pero igual de fragante y bello como el mío ahora y aquí: "Abril llegaba suavemente, como una bendición, y si era un abril bueno era tan hermoso que resultaba imposible no sentirse diferente, no sentirse excitado y conmovido...".

10. Porque encuentro cómplices en este amor. Como Marie-Laure Sébire, que ha escrito "Abril de la A a la Z" aquí,  y en la que puede descubrirse un espíritu afín, como diría Ann Shirley.

(Si tú también lo eres y te gusta este mes, humilde con sus 30 días pero lleno de vida, dime tus razones. Y, si tienes twitter, hazlo con el hashtag  #AmarAbril) 

(A mi amigo Juan, amante de la vida, de estos días luminosos de primavera y de los mares y las islas griegas, que hoy nos ha dejado)