lunes, 22 de septiembre de 2014

La casa del abuelo




La casa de los abuelos de mi marido, en El Tanque, al norte de la isla, es una casa de campo de las de aquí: una casa de planta cuadrada, con su tejado, su balcón corrido, su lagar, sus bodegas, su corral de las cabras, su cuarto de las papas y, en la huerta, lo que ellos llamaban "la lata", un palo tendido sobre otros dos en el que ponían a secar las piñas de millo.

En esa casa nació mi marido y vivió una infancia feliz. Después, tras el paréntesis de los dos años de Venezuela, fue el refugio adonde iba a parar en todas las vacaciones de su juventud. La casa, entonces, estaba llena de risas y de vida, animada por los tres hermanos más jóvenes de mi suegra, que formaban parte de las rondallas del pueblo y llevaban a todas partes al sobrino. Para siempre a él le ha quedado el recuerdo de las fiestas de la Virgen del Buen Viaje en El Tanque Bajo y las del Cristo en El Tanque Alto, de las verbenas, de los grupos que en navidad recorrían las calles cantando villancicos, de las noches hablando alrededor de un fogón sobre el que estaba el cañizo de los quesos.

Luego, todos se fueron marchando. Hace 50 años que la abuela, una mujer menuda que nunca paraba quieta en un sitio, murió. El abuelo, al que yo conocí, un hombre recio y callado con una mata de pelo blanco y unos increíbles ojos azules, le sobrevivió 10 años más. Murieron también todos los hijos, y la casa lleva 40 años vacía, cayéndose y desmoronándose poco a poco. Tengo en casa las cajas de cedro que los antepasados traían de Cuba; y el cabecero de la cama de los abuelos hoy, pintado de banco, es el de la cama de mi nieta mayor. Pero todo lo demás, las cómodas, las mesas, sillas y alacenas se picaron y formaron parte de hogueras de San Juan. Sólo el suelo y las vigas del techo, las puertas y ventanas, de madera de tea, permanecen.

Sí, la casa decae. Pero esas casas de gruesos muros y buenos cimientos que llevan en pie más de un siglo y medio, son sólidas y desafían al tiempo. Y, si hay alguien que las ame, siempre hay esperanzas de que renazcan. A nuestra casa le ha llegado el tiempo de revivir. Hemos empezado por el tejado, antes de que se viniera abajo, y por el granero y el balcón. Y ahora, poco a poco, le toca al resto.

La semana pasada, que estábamos en el sur, decidimos volver a nuestra casa en Tegueste, en lugar de por la Autopista, aburrida y previsible, por el norte, subiendo hasta el Puerto de Erjos y de allí a El Tanque, una carretera mucho más bonita y desde la que vimos en una tarde inusualmente clara, las siluetas de las tres islas occidentales, La Gomera, El Hierro y La Palma.

Llegamos a la casa de El Tanque sobre las 7 de la tarde y nos entretuvimos midiendo habitaciones, imaginando, proyectando una escalera del salón al granero o poniendo mentalmente una puerta de cristal grande hacia la huerta. Eran las 8 y media cuando arrastré a mi marido -que cada vez que va allí se le pasan las horas- para irnos antes de que se hiciera de noche y nos quedáramos a oscuras. Además, íbamos a estrenar la nueva carretera desde El Tanque a Icod que, aparte de ahorrarnos todas las curvas de La Culata y Genovés, nos descubre paisajes desconocidos y nuevas visiones de El Teide. También, decíamos contentos mientras volvíamos y le dábamos adioses para siempre a La Culata y a Genovés, tardamos menos: tres cuartos de hora en lugar de una hora.

Eran, efectivamente, las 9 y cuarto y ya de noche, cuando cansados y pensando ya en la cena, llegamos a la puerta de casa. Y entonces descubrimos que mi marido se había dejado en El Tanque su bolso con las llaves, cartera, documentos, móvil y toda la pesca. Y así nos vimos tres cuartos de hora otra vez para allí (¡Adiós, La Culata! ¡Adiós, Genovés!) y tres cuartos de hora otra vez de vuelta a casa (y sin cenar).

Cuando llegamos a El Tanque, en la oscuridad total de la casa, encontramos (¡qué alivio!) todo dentro, gracias a mi móvil. Mi marido, que se movía allí dentro con la seguridad de lo conocido, seguía el sonido de la llamada de su teléfono, mientras yo esperaba fuera sola, con miedo a despertar a los fantasmas. Pero todo continuó en silencio. Y, al levantar los ojos a lo alto, allí estaba la espina dorsal de la noche, la Vía Láctea. dividiendo en dos un cielo que, en los pueblos altos del norte de la isla, aparece limpio y sembrado de estrellas brillantes. Verla me sosegó: ella había velado el sueño de todos los que en aquella casa nacieron, sufrieron, rieron, vivieron y murieron. Y estaría allí siempre para los que en el futuro la volvieran a llenar de vida.

Sólo por ese momento mereció la pena el despiste.



lunes, 15 de septiembre de 2014

Helarte por el arte

A veces, como en este título, hacemos malabarismos con el lenguaje: "helarte por el arte" juega con los distintos significados de dos palabras con una misma pronunciación. Pero al mismo tiempo, esconde una propuesta, la de que de vez en cuando hay que hacer lo que se pueda -incluso morirte de frío, cosa que por ahora no es que vaya a pasar- por disfrutar de las obras de aquellos que nos muestran que todavía el mundo es mágico: los artistas.

El jueves pasado dediqué al arte todo el día, yendo a tres exposiciones, totalmente distintas entre sí -un fotógrafo, una ilustradora, un pintor-,  pero las tres,  igual de sugestivas. 
















La primera -"Génesis", del fotógrafo Sebastiao Salgado- fue por la mañana en el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz. "Génesis", nos dice el folleto explicativo, "es un canto a la majestuosidad y fragilidad de la Tierra". Es un retrato, fruto de un viaje de 8 años, de ese 46% de la Tierra que todavía está virgen, igual que en sus orígenes. En cinco secciones, Salgado nos acerca a "La Antártida y los confines del sur", para mostrarnos, por ejemplo, un iceberg-castillo de hielo traslucido sobre un cielo tempestuoso, o la muchedumbre de pingüinos en las islas Sandwichs del Sur; a "África", y a sus cataratas Victoria, o a campamentos dinka en los que el humo de las boñigas (casi se huele) ahuyenta a los insectos, o a los elefantes y cebras huyendo del hombre en las sabanas de Bostuana; a "Las Tierras del Norte", en las que impresionan los grandes cañones o la vida de los esquimales nenets; a "La Amazonia y el Pantanal", con sus caimanes yacarés, sus majestuosos tepuys como torres trepando a las nubes, o sus tribus, como los zo'es de Pará en Brasil, que parecen vivir en el Paraíso Terrenal; y, por último, a los "Santuarios" de la Tierra: las Galápagos, Papúa occidental con sus hombres de la Edad de Piedra y las mujeres yali que se ponen en el pelo bolsas tejidas con fibras de orquídeas, o Madagascar y sus bosques de baobabs. Fue una experiencia de 2 horas, inesperada -a pesar de que conocíamos el trabajo de Salgado en "Trabajadores y "Éxodos"- impactante, espectacular y única.





La segunda exposición -"Yo mimo mi mar"- la vimos al mediodía en el Club Naútico de Santa Cruz, antes de un almuerzo en la terraza a la orilla del mar. Es de una joven ilustradora, Alicia Borges, que maneja con maestría los pinceles en láminas llenas de color y luz. Son dibujos infantiles, llenos de encanto, que ella agrupa por parejas, como cara y cruz de una misma realidad: la degradación del mar y su conservación como un elemento limpio y gozoso. Allí están los niños que ayudan con todas sus fuerzas a una ballena para que no quede varada en la orilla y los mismos niños leyendo al sol sobre la ballena que nada feliz; o el dibujo del que riega a un delfín para que no se seque o salva a un pingüino de los desechos que los hombres tiran al mar... Fue una exposición didáctica y crítica, pero también fresca, divertida, tierna.



La tercera exposición, a la caída de la tarde -"Tegueste con Manolo Sánchez"- fue en mi pueblo en la hermosa casa reformada del Prebendado Pacheco, frente a la Plaza. El pintor Manolo Sánchez hace aquí una impresionante Antología -más de 50 años- con todas sus acuarelas, dibujos y plumillas sobre Tegueste: las antiguas calles y fuentes, el Convento de El Socorro, la perspectiva de El Portezuelo perdiéndose ladera abajo, el detalle de un portón o de una planta en un patio, sus gentes, los juegos de lucha canaria, las casas de tejados y escaleras exteriores que ya no existen... La realidad de un pueblo que sólo un artista que lo ame y haya recorrido cien veces sus rincones sabe plasmar. Me gustó porque es entrañable, cercana, viva, luminosa.

Cuando, ya por la noche, descansaba en la terraza de mi casa en una oscuridad sólo iluminada por las estrellas de este cielo de septiembre, me recreé un rato en todo lo vivido durante el día, en todas las cosas hermosas o no hermosas que tenemos alrededor, en todos los seres humanos que tienen el poder de saber atrapar la luz, el movimiento, la ternura o la belleza, y la saben transmitir. Pensé en el goce compartido y en que merece la pena dedicar de vez en cuando un día al arte (sin helarte) y en disfrutar de la emoción absoluta de mirar. Pensé en las grandes tierras vírgenes; en el mar que rodea mi isla y que amenaza y protege; en la vida, la historia y las gentes de mi pueblo... Y, como Mafalda, ante los impresionantes bosques y lagos de Bariloche,  me dije que los hombres se las tendrán que ver en figurillas para echar a perder tanta belleza.


(Imágenes de Salgado: 
1: Iceberg entre la isla Paulet y las islas Shetland del Sur en el mar de Weddell. Península Antártica
2: Elefante asustado ante la proximidad de humanos. Parque Nacional de Kafue, Zambia.
3: Baobab sobre una isla hongo en Madagascar.

Imágenes de Alicia Borges:
1. ¡Vamos a sacarte de aquí...!
2. Cuando estamos juntos...

Imagen de Manolo Sánchez:
El Portezuelo)

lunes, 8 de septiembre de 2014

La era de los descubrimientos




Recibo por guasap un correo -de esos que van y vienen y que supongo que todos han visto- donde defienden la hipótesis de que Colón descubrió América porque era soltero. Si hubiera tenido mujer, ésta le hubiera dicho cosas como "¿Y por qué tienes que ir tú? ¿Y por qué no mandan a otro? ¡Todo lo ves redondo! ¿Estás loco o eres idiota? ¡No conoces ni a mi familia y vas a descubrir el nuevo mundo! ¡Ni siquiera sabes a dónde vas! ¿Y sólo van a viajar hombres? ¿Quién se lo va a creer?¿Y por qué no puedo ir yo si tú eres el jefe? ¡A mí nunca me llevas de viaje! ¿Y quién es esa tal María? ¿Qué Pinta? ¿Y dices que es una Niña?... ¡A mí me vas engañar! ¿Qué la Reina va a vender sus joyas para que viajes? ¿Me crees tonta o qué? ¡A saber qué tienes con esa vieja! ¡No permitiré que vayas a ningún lado! ¡Siempre te las apañas para dejarme sola!  No va a pasar nada si el mundo sigue plano. Así que ni te vistas porque ¡¡¡no vas!!! ".

El caso es que, si lo piensan, algo de razón tiene ¿Qué se les habría perdido a Colón y a todos esos descubridores para poner todos sus afanes en partir con rumbo desconocido y surcar mares procelosos que se supone que son el fin del mundo, caminar por polos inhóspitos y muy, muy fríos, o explorar selvas llenas de hombres o animales salvajes que igual comen de aperitivo "Explorador al pilpil"? ¿De qué pasta estaban hechos esos hombres y esas mujeres (que también las hubo a pesar de fajas y corsés)?

Esa pasta, en realidad, es de lo que estamos hechos los seres humanos desde que nacemos. Ahora que ejerzo de abuela de mi nieta de un año -ya saben, quedarte embobada mirándola descubrir el mundo-, veo en ella la pasión, la curiosidad y el coraje de un Livingstone. Está disfrutando ahora de uno de los descubrimientos más asombrosos, capaz de dejar chiquitos a Hillary y al sherpa Tenzing en su primera subida al Everest: la de empezar a caminar. De pronto se suelta de la pata de la silla de la que estaba agarrada. Y luego pone un pie delante del otro tendiéndome las manitas y da sus primeros pasos ¿Has visto?, parece decirme ¡Ni Armstrong en la Luna lo hizo tan bien! Y ya nada podrá pararla ¡A pasear, a saltar, a bailar, a independizarse de los mayores que la llevan y la traen sin pedirle permiso!

Y luego vendrá el otro maravilloso descubrimiento, el salto entre la palabra que está en la mente y la realidad de ahí fuera, el descubrimiento del significado ¡Ríete de quienes descubrieron la Piedra Rosetta, los manuscritos del Mar Muerto o el tesoro de Tutankhamon! En la película "El milagro de Anna Sullivan", hay una escena emocionante (yo siempre lloro) entre Anne Bancroft (Anna Sullivan) y Patty Duke (Helen Keller): el momento en que la niña ciega, sorda y muda de nacimiento descubre, guiada por su maestra, que la palabra "agua" responde a una realidad que corre y moja sus manos. Como le pasa a Helen Keller a partir de ese momento, también a mi nieta se le abrirá el mundo y todas las posibilidades del lenguaje, desde recitar un poema a hacer un chiste malo.

Y, entretanto, venga a seguir descubriendo y maravillándose de lo que siente alrededor. Una traba azul de la ropa ¡oooohhh! Un frasquito con su tapa ¡oooohhh! Y otro montón de ¡oooohhhs! para una nuez, para una pluma blanca de paloma, para una flor que encontró en el suelo, para un saltamontes, para un trino que oye o el ruido de un avión lejano... El mundo es asombroso y constituye una aventura, como les pareció a todos los Pizarros y Hernán Cortés que encontraron otras tierras y otras gentes.

Tal vez sea cierto o no que Colón estaba soltero cuando fue a América, pero lo que sí es seguro es que conservaba la curiosidad, la osadía y la capacidad de asombro de los niños. Ellos, los protagonistas de la verdadera era de los descubrimientos, saben que el secreto de no envejecer es mirar el mundo con ojos nuevos, como si fuera la primera vez.

(La foto es de los primeros pasos, un poco escorados todavía, de mi nieta Julia)




lunes, 1 de septiembre de 2014

La foto antigua



En toda casa hay una gaveta, un armario o un baúl al que van a parar las cosas perdidas. Son lugares para rebuscar y encontrarte de pronto con fotos olvidadas, con recortes antiguos (¿Para qué querría yo ese artículo sobre la guerra del Vietnam en el año 70?), o con objetos que alguna vez ocuparon un lugar mejor.

Me tropecé con esta foto hace poco mientras buscaba otra. Es del año 55, tomada en un garaje de coches de la Avenida del Cementerio en Caracas, y en ella aparece un grupo de chicos jóvenes emigrantes en Venezuela. Como en la canción de Braulio, son "canarios que siguieron la llamada de la América remota". Todos son veinteañeros; todos son de Tenerife -y algunos del mismo pueblo-; todos salieron de la isla porque no encontraban salidas ni metas hacia las que encauzar la energía que les hormigueaba en las venas; todos llegaron con la maleta llena de ilusión y esperanza y todos sueñan con regresar con fortuna. Entre ellos hay lazos familiares y de amistad. Incluso tres comparten casa, una quinta grande cerca de Los Cármenes.

El niño es el centro de la foto. Su sonrisa confiada nos dice que no sabe nada de las historias que hay detrás de cada rostro. No sabe cómo su padrino Antonio -que lo protege con su brazo en el hombro- echa de menos a la mujer y a la hija que dejó en la isla y a quienes jamás volverá a ver. No sabe de las puertas cerradas que cada uno encontró para atreverse a abandonar el hogar seguro ni de los sacrificios que tuvo que hacer la familia, allá en el pueblo, para ello. No sabe de lloros ni de despedidas ni de la dureza de abrirte camino sólo con tu coraje y tu trabajo en un lugar desconocido.

No, el niño no mira al pasado. De este país, hermoso y acogedor, él está ahora atesorando momentos que recordará para siempre: los niños, en la isla Margarita, que bajaban al fondo del agua a coger las monedas que les tiraban desde el barco durante el viaje; la unión que se forja entre los exiliados; las tardes en el patio de una carbonería jugando a las bolas criollas; los asados en El Junquito; los baños en Maiquetía, en playas llanas con cocoteros casi cayendo sobre la arena blanca; los viajes hasta Barlovento acompañando a su padre a repartir cervezas en un camión enorme del que le permitían alguna vez coger el volante...

Tampoco el niño se plantea el mañana. No sabe que, de este grupo, sólo cuatro volverán a su tierra: Cosme, el del bigotito tipo Errol Flynn; Alfredo (al centro, arriba), que hará fortuna y se comprará una finca en el sur; Federico (a la izquierda, de pie), que será alcalde democrático de su pueblo; y Paulito (a la izquierda, en cuclillas) que todavía vive y que acaso recuerde el momento en que alguien, tal vez el dueño del garaje, los reunió para hacerles una foto que mandar a casa.

Pero incluso para los que se quedarán en Venezuela, amándola y haciéndola su patria, el niño representa el futuro. Los que lo rodean parecen arroparlo como si supieran que en él y en otros como él se cumplirán los sueños de una vida mejor. 

El niño tiene pecas, ojos azules y la mirada curiosa y a la expectativa, tan semejante a la de mi nieto. Volverá a casa al año de esta foto; estudiará y hará la carrera de Ciencias Físicas; se casará y tendrá hijos y nietos. Y no tendrá que emigrar nunca más ni conocerá el desarraigo. 

"Venezuela siempre ha sido para el hombre de mi tierra la esperanza que convoca..."