lunes, 27 de octubre de 2014

Días para guardar




Hay días para olvidar -que, sin embargo, no olvidas-: aquel en que te dijeron que a un ser querido le queda poco tiempo de vida, cuando te enteras de la traición de un amigo, cuando tuviste un dolor, también del cuerpo, y te encuentras indefenso, cuando te suspenden (injustamente, por supuesto) de Hogar y Labores en el Bachillerato...

Y hay otros días para guardar, como se guardaba antes entre papeles de seda una rosa que nos perfumó la mente, o una foto de tiempos felices, o la risa de tus niños cuando eran pequeños.

El jueves tuve un día de esos, un día perfecto, un día en La Palma con mis amigas del colegio -60 años juntas ya-. Y eso que no empezó con buen pie por culpa de una señora -muy amable de todas formas- que en el Aeropuerto de Los Rodeos, a la ida, se ofreció a hacernos una foto. Cuando me devolvió la cámara, me dijo: "¡Qué buena verlas a todas tan alegres! Lo malo de estas fotos de amigas es sacarlas del álbum al pasar los años y empezar a contar las ausencias...".

La miré como quien mira a la bicha ¡Quita, quita, pájaro de mal agüero! Ya me vi en las noticias del periódico del día siguiente con el titular: "12 amigas del colegio, ya talluditas, caídas al fondo del mar en un avión cuando iban tan contentas a pasar el día a La Palma".

Pero no. El viaje, redondo (todavía en los aviones de las islas nos ofrecen una chocolatina y una bebida), y en 20 minutos ya estábamos en tierra, olvidadas de la agorera y sin parar de alegar.

Las reuniones de amigas no tienen historia Son días felices, como el del jueves, en los que brillan momentos especiales: el recibimiento generoso -¡Bienvenido, patio!- de la anfitriona; las camisetas para cada una con la imagen del patio del colegio, aquel sitio que sólo existe ya en los corazones de todas; la comida con especialidades palmeras (los polines, el escacho -todo un descubrimiento-, las garbanzas, el mojo de queso, el conejo en salmorejo, las sopas de miel, los almendrados, piñas, marquesotes y rapaduras...); los regalos de vacilón con premios y bandas de colores como en el colegio (¡me nombraron Atenea laureada con corona y todo!); y lo mejor de todo: las risas, las conversaciones sobre lo divino y lo humano y el descubrimiento renovado de la amistad.

¡Y hay tanto que agradecer! A Nievitas, nuestra anfitriona, que tiene el corazón más grande que la preciosa casa en la que nos acogió con los brazos abiertos; a los que ayudaron para que todo saliera bien (Pedro, Chicha y Nieves, que nos fueron a buscar y a llevar al aeropuerto; Cala, con el escacho; Pepito, con las camisetas y los pins; Pablo, por hacernos pacientemente fotos cuando se lo pedíamos...); y, sobre todo, a mis niñas, mis amigas de siempre, por ser como son y por hacerme sentir cómoda con ellas. Que te acepten tal como eres, sin pedirte más de la cuenta, no tiene precio.

Una vez les escribí: "En los distintos caminos que hemos tomado en la vida, siempre nos unirán las voces de la infancia y el eco de las risas en los laureles del patio del colegio". Y eso no lo va a cambiar nadie ni nada, aunque, inevitablemente algún día no estemos. Como dijo Ángel González: "Todo esto será un día / materia de recuerdo y de nostalgia..." porque así es como funciona la vida. Pero, por ahora, es un tesoro, un día de los de "¿te acuerdas cuando...?", un día para guardar con la sonrisa en los labios.



(El patio del colegio)

lunes, 20 de octubre de 2014

Perplejidad en el Convento



La perplejidad puede tener varios matices: asombro, extrañeza, desconcierto, sorpresa, confusión, incertidumbre... Este sábado todos ellos se me mezclaron al hacer una visita con el grupo "Lo que las Piedras cuentan" al Convento de clausura de las Claras de La Laguna.

Hay asombro en cuanto cruzas el umbral del Convento -una mansión de gruesos muros que ocupa una manzana entera en el centro de la ciudad- y sorpresa al pisar las amplias salas abiertas al patio. Las recorres casi con reverencia, deteniéndote en sus nombres, tan sugerentes - De Profundis, Sala Regina Coeli, Sala Seráfica, Sala de la Redención, Sala Quién como Dios, Sala Corpus Christi-, y admirando un altar de plata impresionante con el que se viste el de la iglesia en días de fiesta, o los cuadros y esculturas de la Virgen, del Cristo y de los santos, o los retratos mortuorios -un poco espeluznantes, la verdad- de las Venerables, madres abadesas que murieron dando ejemplo de santidad. Como, por ejemplo, Sor Catalina de la Esperanza, de la que cuentan que, cuando murió, las palomas vinieron a posarse sobre su ataúd, lo que se consideró señal de virtud.

En los pasillos, limpios y silenciosos, descansan los baúles de cedro antiguos que en un tiempo trajeron dotes y pertenencias de las novicias. Hay relicarios de plata dorada, atriles de marfil, áureos cálices, crucifijos, navetas, patenas, casullas. Aquí y allá vemos libros, muebles y objetos de otra época; un tenebrarium magnífico; y un bombo y una colección de castañuelas de madera que resultan algo incongruentes. Todo, cada detalle de este convento, que suponemos callado y ajeno al ruido exterior cuando no lo invade el barullo de un grupo que comenta aquí la delicadeza de un Niño Jesús y allá el lujo de una corona con piedras preciosas, nos asombra y nos deleita.

Y mientras recorremos las salas, los patios, el ajimez que se levanta orgulloso sobre la ciudad... aparece otro tipo de perplejidad: la extrañeza  ante el hecho de que este sitio, que es parte de la historia de La Laguna y que guarda tan rico patrimonio artístico y documental, haya estado 4 siglos cerrado al pueblo en general, en la más estricta clausura, desde su fundación en 1577 hasta hace solamente un año.  El convento, que en todo ese tiempo permaneció en pie desafiando el tiempo, los incendios o los rayos -como el que el año pasado lo dejó trastabillando pero entero-, cerró siempre sus puertas a los que alguna vez pretendieron el privilegio del que ahora gozamos: recorrer sus pasillos y vislumbrar sus tesoros.

Al final, cuando ya nos íbamos, otra perplejidad asoma en las conversaciones en forma de desconcierto: ¿Qué es lo que lleva a mujeres de hoy en día -algunas, universitarias- a meterse entre cuatro paredes para no salir jamás? ¿Tiene sentido la clausura, por más que Aristóteles haya cifrado la felicidad en la vida contemplativa?

Entiendes que, en los comienzos y hasta nuestra época, los motivos eran más económicos y sociales que religiosos. Olalla Fonte del Castillo, la aristócrata que en el siglo XVI cedió su casa para que en ella se instalaran las monjas clarisas, lo hizo a cambio de que admitieran a tres de sus hijas (ya tenía otras dos dentro). Las ventajas eran muchas: se quitaba de encima y les resolvía la vida a cinco hijas de una tacada; las dotes del convento eran menores de las que tendría que reunir para un matrimonio del mismo status (y casar a cinco hijas ventajosamente tampoco sería muy fácil); además, tendría asiento preferente en la iglesia, un buen entierro y, por supuesto, enchufe para entrar en el Cielo. No es de extrañar que el Convento -que en la actualidad alberga a 13 monjas- haya llegado a tener más de 150.

¿Pero ahora, en el siglo XXI, es compatible la clausura con el valor que damos a la libertad? Ellas se sienten el corazón de la Iglesia, dedicadas al "vuelo místicamente azul de la plegaria", que diría Rubén Darío. La paz de los claustros conventuales tiene su atractivo para las personas a las que el mundo exterior les viene grande. Aquí cavan el huerto, hacen hostias para la Misa, bordan y cosen, preparan comidas para los necesitados e incluso -nos dijo la Madre Abadesa al final, mientras nos invitaban amablemente en el Locutorio a un licor dulce de misa, galletas y recortes de hostias- escuchan a quienes vienen a contarles sus problemas: son "psicólogas sin sueldo", dicen. Ellas han hecho su elección en la vida, una elección muy respetable, y se las ve felices.

Pero ¿no tendrán dudas o deseos de estar alguna vez en una alegre reunión familiar o de amigos? ¿No añorarán los largos paseos a la orilla del mar? ¿No sentirán anhelo alguno cuando miren a través de la reja del ajimez a la Calle Viana y a la Plaza del Cristo y oigan las risas de los niños y el discurrir de la vida en la ciudad?

Perplejidad. Perplejidad.Perplejidad.



(La calle Viana y, al fondo la Plaza del Cristo desde el ajimez)



(Sala Regina Coeli)



(Pasillo)



(Maqueta del Convento)

(Todo mi agradecimiento a la Madre Abadesa y a las demás Madres que nos acompañaron, a Margarita Gallardo que fue una guía estupenda, a Melchor Padilla que organizó la visita y a Alejandro Carracedo que me dejó sus fotos)

lunes, 13 de octubre de 2014

Estar de morros




Es una verdad mundialmente reconocida que yo no me enfado (casi) nunca. Y que, si lo hago, se me pasa enseguida. Incluso mi marido, que vive conmigo y aguanta mis despistes y majaderías (y se enfada), admite ante todo dios que tengo mejor carácter que él. Aunque sigue rezongando, después, que con mi "fue sin querer" lo quiero arreglar todo.

Pero es que es la verdad de la vida ¿Para qué iba yo a querer ofenderlo, si firmé papeles con eso de que "hasta que la muerte nos separe"? Y, además, poniéndome como Neruda, ¡es tan corta la vida, y tan largo el olvido! ¿Para qué perder el tiempo enfadándose y desenfadándose? Onetti decía : "Es mejor perder una discusión que perder el tiempo", ese tesoro dorado de días, horas y minutos que se nos escurre entre los dedos sin apenas darnos cuenta.

Tal vez habría que hacer como el de aquel chiste viejo:
- Y tú, ¿de qué estás tan gordo?
- De no discutir.
- ¿Cómo va a ser por eso? ¡Será de otra cosa!
- Bueno, pues será de otra cosa...

Miren, por ejemplo, uno de los enfados más tontos de la literatura, el de Ana Shirley, la protagonista de "Ana, la de Tejas Verdes" de L. M .Montgomery. Ana es, al principio de los 8 libros, una niña huérfana de 11 años adoptada por los hermanos Marilla y Matthew en la idílica isla del Príncipe Eduardo en Canadá. Es una niña inteligente, creativa y generosa, pero también muy quisquillosa, sobre todo en lo que se refiere a su pelo, de un rojo subido ("Nadie que tenga cabellos rojos puede ser feliz", dice). Así que, cuando Gilbert Blythe intenta atraer su atención en la escuela y no se le ocurre otra cosa mejor para ello que tirarle de la trenza roja y decirle: "¡Zanahorias! ¡Zanahorias!", Ana monta en cólera y, aparte de llamarlo "niñato mezquino y odioso", le parte la pizarra que llevaba en la mano en la cabeza. Y aunque él le pide perdón enseguida, Ana decide odiar a Gilbert hasta el fin de sus días. Tuvieron que pasar 5 años para que Ana empezara a darse cuenta de que la vida no era tan atractiva si no estaba cerca su amigo el enemigo. Y otros 5 más (de hecho en el tercer libro), hasta que descubriera que él era el hombre de su vida y se olvidara definitivamente de las zanahorias ¡Cuántos ratos perdidos, cuántas risas que pudieron ser y no fueron, cuántos momentos gloriosos no compartidos, todos por culpa de una estupidez!

Así que, antes de hacer como Ana Shirley, o como el cartaginés Amílcar Barca que hizo que su hijo Aníbal jurara ante los dioses odio eterno a los romanos (y miren lo que la lió con las guerras púnicas), yo -que hoy me dio la vena consejera tipo Elena Francis-  propondría relativizar, hablar cuando hay malentendidos o hacer como mi amigo Manolo que, una vez que salió a hacer un recado y tardó en llegar unas cuantas horas, cuando vio a su mujer enfadada (¿dónde has estado?, ¿por qué no llamaste? y todo eso), le contestó con una frase que ya ha sido incorporada al léxico de los amigos para momentos así:
- ¿Pues yo robo? ¿Pues yo mato? Pues entonces...

lunes, 6 de octubre de 2014

La casa en la que durmió Mozart




En Austria, en donde estuve la semana pasada, te puedes sentir como Heidi, si subes hasta los pueblitos de los lagos alpinos, con sus praderas verdes, sus vaquitas y sus montañas, ahora ya coronadas de nieve. Te puedes sentir como Sissi, si te tomas un café en la terraza del palacio Fuschl -el Possenhofen de la película- en una mañana radiante sobre el lago. Te puedes sentir Fräulein María, la protagonista de "Sonrisas y lágrimas", si paseas por Salzburgo, donde hasta puedes imaginar –ya mi hijo me advirtió de que tuviera cuidado– que te cae un niño de los árboles al compás del horriblemente mal traducido "Do es trato de varón". Pero por encima de todo, en Austria lo que te sientes de verdad  es un espectador de un gigantesco espectáculo musical.

Porque hay ciudades de agua, de niebla, de fuego o de humo. Pero Viena y muchas ciudades austriacas son ciudades hechas de música. La música –"inagotable fuente a escanciar cada día", que diría Marilina Rébora– te sale al paso en cada esquina. Allá, un acordeón que toca valses en una cava en los bajos del Albertina, o tres violines que ofrecen canciones húngaras en la Kärntner Strasse. Acá, un clarinete vibrante en el mercado, entre olores a especias, flores y wienersnitchel, o un arpa en un jardín de rosas, o un saxo frente a la iglesia de San Miguel, en la noche fría y lluviosa, siguiendo el ritmo de tus pasos de retirada. En la calle, en el Teatro de la Ópera, hay una pantalla gigante en la que se ve y oye la ópera que están representando en ese momento, Manon, mientras la gente, sentada en sillas en la acera amplia, escucha entregada, extasiada e inmóvil.

Hay música de un circo cercano, mientras tomas cerveza y salchichas en ventorrillos instalados en el marco incomparable de la Plaza del Ayuntamiento, frente al Burgertheater; o, cuando en el Café Central te sientas a por un apfelstrudel, y de un piano van fluyendo canciones de cine. Todavía más allá: la música en Austria la sientes también en el sonido sobre los adoquines de los cascos de los caballos de la Escuela Española de Equitación o de los que llevan en carrozas a los turistas; en el agua de las fuentes; en el viento en los árboles de los bosques de esta Centroeuropa, donde nacieron los cuentos; en el quedo rumor  de las aguas del Danubio –que efectivamente no es azul– y de los lagos, en los que no permiten motores que lo perturben. 

Sí, te sientes un espectador que te vas dejando inundar poco a poco por el ambiente y las melodías. Es imposible ir al Prater y no escuchar el eco de "El tercer hombre" en la Noria; o ir a Salzburgo y no acordarte del "Sube montañas", el tema que la abadesa canta en "Sonrisas y lágrimas". Allí te dan ganas de ponerte uno de esos preciosos y favorecedores trajes típicos y asistir a las Fiestas de la Cerveza o colarte en Bad Ischl en unas reuniones llenas de risas y canciones dedicadas a los que nacieron en el año 50, que nos queda cerca. Al final, hasta me vi –era inevitable– coreando con Suzanna, mi amiga austriaca, la opereta "El Caballo Blanco del Lago St. Wolfgang".

Tampoco puedes sustraerte a la presencia de los grandes músicos: Strauss, Listz, Beethoven... Y Mozart, sobre todo Mozart, presente en estatuas, cuadros, nombres de tiendas, casas en las que nació y vivió, cementerios en los que tal vez esté enterrado o no, e incluso en los más famosos bombones de Viena –chocolate y mazapán–, que llevan su nombre.

Para no ser menos, me he quedado en Viena en una casa donde también durmió Mozart desde septiembre de 1781 hasta julio de 1782. Allí terminó de componer "El rapto en el serrallo", y desde su ventana tal vez oyó, como yo, el despertar rítmico de una ciudad llena de vida y la cadencia de las voces hablando en distintos idiomas. Tal vez escuchó, como yo, a una chica solitaria que, sentada en los escalones de una fuente cerca de la catedral de San Esteban, cantaba ópera llegando a las notas más altas con una voz clara y limpia. O a otra que tocaba en la esquina Cosi fan tutte al piano -nada menos que al piano, con lo que pesa-. Tal vez aquí Mozart se sintió feliz y se reía, como lo hice yo, con las típicas historias vienesas, como la de "El querido Agustín", el borracho que tres veces fue tirado entre los muertos de la peste y que –al igual que Blanco Herrera, el de la canción de Peret, que "no estaba muerto, que estaba de parranda"– se levantaba de la sepultura y seguía bebiendo (y viviendo).

Hasta me pareció oír una noche, acostada en la casa en la que durmió Mozart, una carcajada lejana parecida a la del Amadeus de la película.

Es fácil, en esta ciudad musical, mágica e increíble, que te acompañen fantasmas risueños.


(La imagen inicial es "Gustav Mahler dirigiendo la Filarmónica de Viena", óleo de Max Oppenheimer en el Belvedere)



(El Hotel Sacher y la Ópera desde el Albertina)




(Ventorrillos en la Plaza del Ayuntamiento de Viena)




(Calle de Salzburgo. Al fondo, el Castillo)




(El Lago St. Wolfgang)




(El pueblito de Hallstatt)




(Prado y bosques de Kaiservilla, en Bad Ischl)




(El Danubio desde el coche)