jueves, 28 de mayo de 2015

Guerra y paz en el país de las mil islas




Los que vivimos en tierras que no han sido castigadas desde hace muchísimo tiempo por uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis, la Guerra, solemos tener el pensamiento de Susanita, la de Mafalda, cuando, después de leer las desgracias mundiales, espeta: "¡Aaaaah!.., ¡Por suerte, el mundo queda tan, tan lejos!...".

Y, sin embargo, he estado estos días en tres países de la antigua Yugoeslavia -Eslovenia, Bosnia Herzegovina y Croacia- y, en todos ellos -tan, tan cerca- he encontrado gentes y visiones que me han hablado de la guerra: casas quemadas o con heridas de metralla, cementerios en medio del campo, iglesias destruidas. Cuando mis hijos empezaban a ir a la Universidad, Julia, una chica de Dubrovnik que entonces tenía su misma edad, vivió un día amargo -el 6 de diciembre del 91- en el que cayeron sobre su ciudad más de 1000 bombas desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche. Mientras nosotros estudiábamos o trabajábamos, viajábamos, hacíamos fiestas con los amigos, vivíamos, ellos estuvieron un año de sus vidas sin luz, sin agua y casi sin comida, viviendo escondidos. En 8 días murieron 8000 personas en Srebrenica, y en las paredes del Museo de la Guerra en Dubrovnik hay cientos de fotos de jóvenes que no volverán a pasear entre sus murallas. "Vivimos 5 años fuera de todo", dice Julia con amargura.

Y no ha sido un hecho aislado. Cuentan que en la cueva de Postojna -un palacio subterráneo de columnas increíbles, hechas de agua y siglos-  vivió un dragón que se alimentaba de corderos y doncellas. Hasta que un día, un pastor ingenioso llamado Yako dejó a la puerta la piel de un cordero rellena de cal viva. Cuando el dragón se la zampó y acto seguido bebió agua, explotó y el peligro acabó. Pero quedaron vestigios, una especie de anguilas llamadas "pez humano" (Proteus es su nombre científico) por su piel suave y blanca, que culebrean en el agua recordándonos que son los últimos descendientes de un dragón que no ha desaparecido del todo De la misma forma, la historia de estos países balcánicos siempre ha estado llena de episodios peligrosos que han dejado su huella en las ciudades y en el carácter de sus gentes.

Cuando el león alado veneciano que adorna muchas de las puertas de las ciudades croatas lleva un libro cerrado en lugar de abierto, significa que la anexión de esa ciudad se hizo a la fuerza. Por allí pasaron los ilirios, los celtas, los griegos, los romanos, los eslavos, los bizantinos, los venecianos, los franceses, los austrohúngaros..., dejando edificios, estatuas, murallas, fuentes, formas distintas de adorar a Dios, inventos con los que el hombre ha ido caminando hacia delante (en estas tierras se ha encontrado la rueda más antigua), lenguajes con hermosas palabras tomadas en préstamos de distintos pueblos... Pero también una estela de violencia y dominación que todavía se hace sentir cuando te encuentras con picotas, cárceles, cañones, fortalezas, muros defensivos. O también, de enfrentamiento soterrado cuando ves en Bosnia que los campanarios de las iglesias y los minaretes de las mezquitas pugnan por ser el más alto; o cuando el guía te dice que no hagas fotos en las fronteras.

A pesar de todo, los habitantes de estas tierras se saben afortunados porque es un país bendecido por la belleza. Iván, un croata, alto y anguloso como un guerrero antiguo, que conocimos en Plitvice -ese lugar mágico en donde lagos, cascadas y manantiales limpios en medio de bosques trenzan una música de agua- nos contaba que una vez una reina negra quiso recompensar a los campesinos que trabajaban laboriosamente estas tierras. Pero ellos no quisieron ni tesoros ni dinero. Solo pidieron agua, porque quien tiene agua, decían, lo tiene todo. Y ese fue el maravilloso regalo concedido a esta tierra con la condición de que lo cuidaran.

El agua es el horizonte allí. Hay lagos preciosos, como el de Bled con su islita al centro; hay ríos cantando una melodía eterna en medio de ciudades como Ljubljana; y el mar -de un azul imposible- rodea los pueblos, abraza las más de 1200 islas, casi acaricia las costas como un amante cariñoso. No se ve aquí la furia de nuestro Atlántico, como si el mar quisiera compensar con esta agua pacífica y transparente la ira vivida en lo que alguna vez se ha llamado "el avispero de los Balcanes". En todas las ciudades hay fuentes, generosas, de agua potable; e incluso en el puerto de Zadar hay un órgano marino, por cuyos agujeros se puede oír la sinfonía que el Adriático brinda. No es de extrañar entonces que el emperador Diocleciano, que nació allí en el 245 d.C., se hiciera construir para su jubilación un palacio -mitad residencia, mitad campamento- frente al mar de Split, hoy una ciudad pesquera y llena de vida, rodeada de retamas amarillas (eso significa su nombre, "retama"). Nada mejor para el reposo de un guerrero.

Las gentes de este país no han olvidado el pasado, pero afrontan el futuro con la misma calma que parece transmitir la "Mujer con gaviota" que hay en el Lungomare de Opatija (imagen inicial). Las puertas de las casas croatas se adornan con laurel para dar la bienvenida, y da suerte tocarle el dedo gordo del pie (ya dorado de tanto sobe) a la gigantesca estatua del obispo Gregorio de Nin en Split. Sus himnos hablan de paz y amor -en Eslovenia- o de la "bella y querida libertad" -en Dubrovnik-. Y, sobre todo, les salva el sentido del humor. El dragón de bronce que guarda en Ljubljana el Puente de los Dragones (llamado también "de las suegras") moverá la cola cuando pase por él una joven virgen. Hasta ahora no lo ha hecho, pero nunca se sabe, nos dijo riéndose Bárbara, una chica eslovena que piensa que su tierra es la más bonita del mundo.

Y, mientras hablamos con ella (y nos cuenta también que a los panaderos que engañaban en el peso del pan los metían en unas jaulas y los sumergían tres veces durante un minuto en las aguas heladas del río Ljubljanica, con lo que no se morían pero se les quitaban para siempre las ganas de robar), en las campanas suena el "Himno a la Alegría", acompañando a nuestras risas. Al fin y al cabo, y pese a los tiranos, esta es una tierra amable. Es decir, una tierra que se puede amar.




(El río en Ljubljana, Eslovenia)




(Cascadas en el Parque Nacional de Plitvice)




(Dedo, generador de suerte, de la estatua de Gregorio de Nin)




(Palacio de Diocleciano en Split)




(Lago de Bled desde el Castillo, en Eslovenia)




(Diciendo adiós a la isla de Korcula, en Croacia)

lunes, 11 de mayo de 2015

Un tesoro en una maleta




El padre de mi amiga Nieves, José Salguero, no se separaba nunca, en los continuos viajes que hacía, de una pequeña maleta en la que decía que guardaba un tesoro. El tesoro era motivo de bromas en la familia, y unos apostaban por las joyas de la corona, poco menos, y otros, por flejes de billetes bien colocaditos, como se ven en las películas. Cuando el padre de Nieves murió y abrieron la maleta, encontraron, sí, un tesoro inesperado: cuatro poemas inéditos y manuscritos de Ramón Perelló.

A la mayoría de nosotros no nos suena de nada el nombre de Ramón Perelló. Pero en la memoria colectiva permanecen los poemas que plasmó en canciones. Todos hemos oído (y algunos hasta cantado) el pasodoble más famoso: "Mi jaca galopa y corta el viento cuando pasa por El Puerto caminito de Jerez...". Yo me compré hace poco una película del año 36, "Morena clara", solo por oír a Imperio Argentina, sentada en una ventana, cantando desde la tristeza "Gitana que tú serás como la falsa monea, que de mano en mano va y ninguno se  la quea...". O animando a todo un patio andaluz con "Échale guindas al pavo que yo le echaré a la pava azúcar, canela y clavo...". "La bien pagá" (una de las coplas que más me gustan), las bulerías de "Los Piconeros", "Adiós a España", "Soy minero"... todas esas canciones archiconocidas fueron escritas por Ramón Perelló, un poeta muy cercano en el estilo a García Lorca y su "Romancero gitano", y a la generación del 27.

Ramón Perelló nació en Murcia en 1903. Era ya famoso cuando empezó la Guerra Civil. En ella sus ideas libertarias y anarquistas ("Ay, si la luna sintiera, la luna sería anarquista...") lo llevaron a defender en apasionados artículos la causa republicana ("... el poema es no solo arte, sino también arma, instrumento..."). Al final de la guerra, precisamente por pensar distinto, fue detenido y encarcelado durante 5 años.

Allí en la cárcel de Uclés, en Cuenca, conoce a José Salguero y se hace amigo suyo, una amistad en principio curiosa, porque José Salguero, con 29 años, era el Director de la cárcel. Ramón lo apodaba "Filigrana", porque era delgado, fino, elegante, con la gracia y el nervio de Jerez y un corazón en el que cabían todos. El primer poema que le regala lo retrata fielmente:

El segundo y el tercer poema son poemas de evasión: Ramón le propone a José una salida virtual de la cárcel, a la Cava madrileña en el segundo, y a una venta entre Sevilla y Jerez en el tercero. Ya no hay muros que los encierren, ya no son un preso y un carcelero, ya no hay una posguerra amarga y represora. Solo son dos amigos jóvenes que han olvidado las penurias para hacer lo que más les gusta: correrse una buena juerga, beberse unos vinos, oír un cante, hacer un repaso a todas las coplas. Y aunque en el segundo poema "está la tarde muy triste, está la tarde muy agria..." y se acusa el pesimismo de la prisión, al tercero -muy lorquiano y muy sensual- lo llama "Romance de la alegría" y se lo dedica a su amigo Joselito Salguero, "como anticipo de algo que mañana pueda ser para mí una grata realidad".


Solo en el cuarto poema asoma la amargura, la incertidumbre sobre el futuro, la hora amarga de la despedida, también dedicada a Oselito Salguero, "hombre bueno -el mejor entre los mejores-". La letra del poema ya no es tan cuidada y faltan algunos versos. Parece hecho a toda prisa, como si lo estuviera esperando a la puerta un destino incierto. Ramón va a ser trasladado al penal de Ocaña. Es en los principios del año 43.


Ramón Perelló salió al año siguiente de la cárcel. Paradójicamente, su vida no va a ser ni la de un represaliado ni la de un amargado. Triunfará en la España franquista (hasta que muere en el año 78), igual que lo hizo en la republicana. Y todavía hoy Almodóvar, Bebo Valdés, Carlos Cano, Diego el Cigala y mucha otra gente del cine y del teatro, han recurrido a las letras y a la música que él nos legó.

¿Y José Salguero, Filigrana? Fue destinado, como militar, a la isla de La Palma. Y allí un día vio en una ventana a una mujer palmera de la que se enamoró. Se casó con ella en el año 45 y tuvo dos hijas. Y, aunque murió joven, a los 52 años, siempre tuvo algo de aquel joven alegre y generoso que supo, a pesar de las circunstancias, inspirar a un poeta y que consideró su legado como el mayor de los tesoros. En el fondo de aquella maleta se guardaba la amistad.





(En la imagen inicial, una de las dedicatorias de Ramón a José. En la imagen final, la foto de los dos amigos: Ramón Perelló y José Salguero)

lunes, 4 de mayo de 2015

El hombre que hablaba en gerundio:




Mi profesor de Historia de la Filosofía en la Complutense de Madrid se llamaba Don Adolfo Muñoz Alonso y era todo un personaje. Bajito, pero con una mirada fiera de gigante y una personalidad arrolladora, protagonizó alguna de las escenas más curiosas de aquellos años. Como cuando en pleno mayo del 68, en un vestíbulo de la facultad de Filosofía repleto de asamblearios en huelga, se presentó, más chulo que un torero, con la camisa azul de falange. O como cuando, el primer día de clase, nos decía que, si solo veníamos a por el aprobado, ya nos podíamos ir porque él nos lo daba, "Junto con mi desprecio", añadía. Ninguno se atrevió nunca a pedírselo.

Eso sí, era, como todos mis profesores, un cultivador de la palabra precisa, un excelente orador que soltaba sus frases mirándonos fijamente, vocalizando con una voz clara y tonante y haciendo las pausas justas, como aquel que echa una piedra al agua y se queda después mirando las ondas resultantes. Preocupado por el buen hablar, un día nos dijo: "¡Cuidado con los gerundios porque son el servicio doméstico del lenguaje! Y ya sabemos que el servicio doméstico es el que menos servicio presta".

Me acordé de Muñoz Alonso y de su frase la otra noche , en la cena de los viernes con los amigos, en la que Manolo nos contó que su dentista hablaba en gerundio. "Sentándose", dice nada más verlo entrar en la consulta. "Abriendo la boca...", "Encontrando una caries...", "Enjuagándose...", sigue desgranando después gerundio tras gerundio. Según la teoría de Manolo, el padre del dentista repartió entre sus hijos las funciones gramaticales e, igual que a éste le tocó el gerundio, a otros el participio o el pretérito perfecto.

Todos nos reímos, claro, pero luego pensé que la teoría de Manolo no es tan disparatada. Nada más echar un vistazo alrededor y oír a los que nos rodean, es fácil sacar un catálogo de tipos que tienen también una especialidad gramatical definida. Les pongo una muestra, elegida al azar:

El hombre que habla en esdrújulas: Las reparte alegremente en escritos, discursos y, sobre todo, panegíricos: "Es un autor prolífico, honorífico y de carácter libérrimo", dice, por ejemplo. Es, por supuesto, más partidario de la república que de la monarquía, y su héroe es Don Mendo, en la escena en la que dice: "Siempre fuisteis enigmático, y epigramático, y ático, y gramático y simbólico. Y, aunque os escucho flemático, sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático".

El hombre que habla en adverbios: Se le llena la boca con todos los terminados en "mente", cuanto más largos, mejor: trascendentalmente, ultraexclusivamente, escatológicamente, transgenéricamente, pluscuamperfectamente...De esta manera consigue alargar un discurso que duraría 5 minutos en uno de media hora. Su heroína sería la "Heredera con demasiado tiempo libre" del libro de Belén Barroso (lo comenté aquí), que en un determinado momento dice: "No tengo excusa, lo sé, pero había amanecido un día extraordinariamente soleado, me pareció que el campo de batalla se encontraba inusualmente tranquilo y me sentí súbitamente aventurera, además de profusamente adverbial, como habrás advertido".

El hombre que habla en infinitivos: Su terreno son los discursos políticos y, ahora que estamos en elecciones, está en su salsa, soltando infinitivos a granel al empezar sus frases, como quien siembra margaritas: "Decir que vamos a arreglar esto y lo otro, decir que vamos a regalar hasta las cotufas del cine a quien nos vote, decir que los otros lo hacen peor..." Su personaje favorito es, lógicamente, Lola Flores y su frase lapidaria en la boda de Lolita: "¡Si me queréis, irse!".

El catálogo se haría mucho más largo con "el hombre del ya si eso", "el hombre de las palabrotas", "el hombre der sordado y la farda", "el hombre de los emoticonos", "el hombre del dequeísmo y el queísmo" (y quien dice "hombre" dice "mujer", eh) y con todos los que asesinan impunemente la lengua, esa herencia que se nos entrega de pequeños y que son "las manos con que amasamos el mundo de las relaciones humanas". Aristóteles -otro cuidador de las palabras- ya nos dijo que el hombre es social precisamente porque se le ha dado el tesoro del lenguaje, que nos sirve para hablar de lo justo y lo injusto, de lo bueno y de lo conveniente. Y en vez de cuidarlo con esmero, como se cuidan todas las herencias, lo destrozamos y ninguneamos. "Hemos olvidado el privilegio de esa conquista por la que somos una especie distinta entre los animales", que diría otro de mis profesores, don Emilio Lledó.

Así que decir que enfureciéndome yo sobremaneramente con estos mayúsculos despropósitos.



(En recuerdo de su frase sobre los gerundios, traigo aquí a mi profesor de Historia de la Filosofía Don Adolfo Muñoz Alonso)