lunes, 28 de septiembre de 2015

¡Adiós, Chanchullo!


(Bourne corriendo al "Viva María" a comerse un bocata de berros)
Me contaba mi amiga Ani una actuación en el Teatro Guimerá allá por nuestros tiempos juveniles. Se representaba un dramón en el que el actor principal, uno de aquí, se moría y largaba un adiós a la vida: "¡Adiós, mi mujer! ¡Adiós, mis hijos!..." Y, en esto, que ve en el palco pegado al escenario a un personaje del Santa Cruz de entonces al que llamaban Chanchullo, y no se pudo aguantar y se despidió de él también: "¡Adiós, Chanchullo!".

Y es que los chicharreros somos así: nos gusta más una interpretación que las lapas a Reverón (otro personaje), y nos implicamos en ella viviéndola en carne propia. Así ha sido estas semanas anteriores en que Santa Cruz ha estado sitiada y tomada por el equipo de "Bourne" con Matt Damon a la cabeza: calles cortadas, modificaciones de tráfico, letreros de "Prohibido estacionar hasta finalización del rodaje", helicópteros sobrevolando con focos la noche chicharrera, y todo el mundo golifiando, aunque sea por una rendija, las carreras, gritos, las acrobacias en motos, los contenedores ardiendo, las bolas de fuego sobre las cabezas y las demás vicisitudes de la película. 

Protestan mis paisanos de las molestias, sí (si no, no seríamos nosotros), pero han recibido a los estadounidenses con más expectación y novelería que los de Villar del Río en "Bienvenido, Mr. Marshall". Y un día sí y otro también  te llegan los chismes: que si a uno que miraba le ofrecieron 30.000 euros por su Ford Fiesta y luego lo estallaron como una pita en una persecución; que si Matt Damon no es muy alto que digamos, pero está cachas; que si el malo, Vicent Cassel, se sentó a tomar un café en la Avenida de Anaga y que allá fueron en tropel los cazadores de autógrafos; que si un tipo que salió borracho de la terraza de verano "Isla de mar" estrelló el coche contra las vallas del rodaje; que si Bolorino Armani (otro de nuestros personajes con un tatuaje de Armani en la espalda y que se presentó a alcalde alguna vez) se metió por la jeta con una cámara y se puso a grabar él, paralizando el rodaje; que si la policía detuvo la otra noche a 4 vecinos de Valleseco que se estaban llevando un generador eléctrico del tamaño de un coche...

Las colas para el casting para hacer de figurantes han sido kilométricas (pagan 80 euros al día que no vienen nada mal en estos tiempos) y ahí estará toda la isla (con ropa de abrigo, les dijeron, con estos calores) haciendo de "pasaba por aquí". Como el nieto de mi amiga Esther, un chico de Bachillerato muy guapo, que hace de participante en una manifestación con su sudadera y capucha oscura y al que han llamado 6 veces para la actuación de su vida.

¿Por qué yo?, le diría la Cenicienta al Príncipe ¿Por qué Santa Cruz? No por su maravillosa luz (la acción transcurre generalmente de noche), ni tampoco por las bellezas que encierra, porque Santa Cruz en la peli no es Santa Cruz sino ¡Atenas!, que se parecen entre sí como un huevo a una castaña. Supongo que no aparecerá la Virgen de la Plaza de Candelaria, ni el Parque, ni el Auditorio, ni la Rambla con el Quisisana en lo alto, señas de identidad de mi ciudad ¿Pondrán una Acrópolis en Los Campitos? El rodaje ha sido más bien por las calles y barrios, El Toscal, La Salud, Salamanca, el Parque las Indias, Valleseco... Eso sí, convenientemente disfrazados con letreros en griego, en nombres de calles, kioscos y cartelones de publicidad. Y te puedes llevar la sorpresa, como le pasó a mi hermana en Los Rodeos, de ver una guagua de la Titsa, que es vez de poner "Santa Cruz-Garachico" ponía "Atenas-Salónica".

Me acuerdo que, cuando estudiábamos griego, tradujimos una frase que nos costó bastante. Decía: "Athenai Ellas Elladon", "Atenas es la Grecia de las Grecias", Como quien dice, "lo más de lo más". Pues Santa Cruz, disfrazada de otra ciudad por obra y gracia de un lenguaje extraño y de la magia del cine, se ha convertido estos días en la Atenas de las Atenas.

Claramente, los motivos de su elección han sido la tranquilidad y la seguridad. No está la Atenas de ahora como para que Bourne campe tranquilamente por allí, y, a lo mejor, los griegos no están tan dispuestos como los canarios a añadir más molestias a las que ya tienen. Pero también y sobre todo, hay motivos económicos: las ayudas e incentivos fiscales que según dicen, el gobierno regional da a las productoras extranjeras, mientras el sector audiovisual canario se lamenta de no recibirlas.

Cuando se vayan de aquí, con sus grúas, tramoyas, equipos y bellezones, tal vez nos dejen algo de dinero (el alcalde ha hablado de 300.000 euros diarios durante 5 semanas), el recuerdo de unos días distintos y caóticos ("Después de esto, nunca volveré a ver el cine de la misma manera", dice el nieto de mi amiga), y algún cartel olvidado que nadie entiende donde antes había el nombre de una calle.

¡Adiós, chanchullo!






lunes, 21 de septiembre de 2015

Espejito, espejito...




De todos los chismes, objetos y cachivaches de una casa el más filosófico y metafísico es, sin duda, el espejo. Él te acerca cada día, si es que te atreves a mirarte en él, al conocerse a sí mismo que los antiguos griegos propugnaban como el primer y último objetivo del hombre. Él es el que te dice, por las mañanas, la verdad de la vida.

Que ya podría, digo yo, enseñarte otra cosa... El espejo de Alicia, cuando Lewis Carroll la hace pasar a través de él, la llevaba a encontrar sueños, disparates, galimatazos y momentos mágicos. El espejo de Erised, del que habla J.K.Rowling en "Harry Potter y la Piedra Filosofal", mostraba "el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón" (por ejemplo, poder vernos con 10 kilos menos sin dietas ni ejercicios). El espejo de Galadriel que Tolkien nombra en "El Señor de los Anillos" revelaba "cosas que fueron, y cosas que son, y cosas que quizás serán."...

Pero no. Los nuestros, por más antiguos que sean -como el del tocador de mi cuarto de niña, en el que me vi de uniforme tantas veces o vestida de novia solo una vez-, se empeñan en mostrarnos la dura realidad del día a día ¿No sería conveniente desaparecerlos? Como en aquel cuento en el que había una vez un país (Muy-muy-lejano) en el que no se conocían los espejos. Un hombre encontró uno en una feria y le pareció tan bonito, con aquella lámina de plata brillante en la que se reflejaba la vida, que lo compró para regalárselo a su mujer en su cumpleaños. Cuando llegó a su casa, lo escondió para que fuera una sorpresa, pero las mujeres estamos al quite de todo y rebuscamos por todas partes, así que la mujer lo encontró. Cuando se vio en el espejo se echó a llorar desconsoladamente y su madre la encontró así. "¿Qué te pasa, hija?", le preguntó, alarmada. "¡Ay, madre, que mi marido me engaña con otra. Mire lo que le he encontrado, un cuadro con el retrato de otra mujer". La madre cogió el espejo, se vio reflejada en él, se echó a reír y dijo: "Ni te preocupes, hija ¡Es más fea que un pecado y vieja como Matusalén!".

También es verdad que hay personas que se gustan tanto -el padre de Anne Elliot en "Persuasión" de Jane Austen, por ejemplo- que tienen la casa regada de ellos. Y miren a Narciso, que se quedó prendado de sí mismo cuando por primera se vio, hecho un pincel, en el espejo de las aguas. 

Pero nuestros espejos son crueles como el de la madrastra de Blancanieves ¿Qué más le daría darle el gusto a su dueña y decirle que sí, que estaba divina de la muerte? ¿A qué viene decirle que la otra es más guapa? Los nuestros no lo hacen pero ahondan en la herida, mostrándonos las arrugas como surcos que el tiempo va haciendo en caras antaño lisas, las canas que las nieves del tiempo platearon en la sien, los descolgamientos, los pelos engrifados de por la mañana, las ojeras post-juergas... No los estrellamos contra el suelo porque dicen que da mala suerte, que si no, aquí estaríamos como en ese país Muy-muy-lejano.

Pero ya que los tenemos y en profusión (yo tengo hasta uno pequeñito que agranda un montón la imagen y se llama "¡¡¡Oooooohhhhh!!!", ya imaginan por qué), yo propondría prescindir de los desperfectos, tachas y majaderías de la edad, hacer como si no estuvieran, y mirarnos solo al fondo de los ojos, donde dicen que habita el alma intemporal. Entonces, tal vez con miedo, preguntarle: "Espejito, espejito... ¿sigo siendo yo?".

(En la imagen, la "Venus del espejo" de Velázquez, filosofando)

lunes, 14 de septiembre de 2015

Hacerse el sueco




No sé de dónde exactamente salió la expresión "hacerse el sueco" para decir que alguien elude una responsabilidad o pasa de algo. Algunos lingüistas piensan que tiene su origen en los marineros suecos que arribaban a puertos españoles y aprovechaban su desconocimiento del idioma para entender solo lo que les interesaba. No parece, sin embargo, que lo de no ser responsables sea una de las características de la tierra que fundó IKEA, H&M o Volvo. Por eso, en estos últimos 10 días, en los que me hice un viajito por Suecia -ese país hermoso y limpio, que ama la luz-, me he ido fijando sobre todo en sus habitantes ¿Qué hacen los suecos?

En Estocolmo, una de las ciudades más hermosas que he visto, una Lisbeth Sallander -delgada, morena, ojos verdes enormes, piercing y tatuajes por todos lados- discute con otras en el parque de Djurgarden.
Un hombre de unos 60 años vende al lado del puerto solo juegos de ajedrez hechos por él.
Grupos de adolescentes disfrazados celebran un cumpleaños en la noche loca del viernes.
En Stortorget, que es algo así como la plaza del pueblo del barrio de Gamla Stan, una señora me pasa en una cafetería un batidor de huevos con la llave del WC, mientras compartimos el lenguaje universal de la risa.
Unas tropecientas chicas hacen una carrera el sábado por la mañana desde el parque de Skansen.
Frente al Palacio Real, los novios de la boda que me encuentro en todos los viajes se hacen una fotografía.
Enfrente del Museo Nobel, una banda de música toca melodías de Abba. Unos viejitos las escuchan sentados con mantas sobre las rodillas. Más allá, unas chicas las bailan.

En Upsala, en la catedral más grande del norte de Europa, llena de color y luz, una mujer sacerdote preside un oficio.
En el comedor de la Universidad profesores y alumnos almuerzan a las 12 en medio de un murmullo animado de conversaciones.
Cerca, en el pequeño pueblo de Norrtälje, un sitio todo paz, un hombre, joven y alto, va gritándoles "cua, cua" a todos los patos que hay en la orilla del riachuelo.

En Örebro, una ciudad a la orilla del río Svartan, con su imponente Castillo y sus casas rojas de madera de otros tiempos, una señora nos invita a pasar a la Iglesia para que veamos una ceremonia de confirmación.
Por la mañana a las 8, los ciclistas van al trabajo: el ejecutivo con sus auriculares, la madre con su niño detrás, el estudiante con su mochila, las jóvenes rubias pedaleando juntas...

En Vänersborg, a orillas del Vänern, un lago de aguas como espejos, una señora de pelo blanco se sumerge en las aguas gélidas sin estremecerse.

En Fjallbacka, un pequeño y precioso pueblo de pescadores, hay una entierro cuando llegamos. Todos los presentes, ellos con chaqueta y corbata, reciben una rosa cuando entran en la Iglesia.

En Gotemburgo, la gran ciudad que mira hacia el mar, una chica albañil, menuda y delicada, pone adoquines, uno a uno, en la Järtorget.
Un abuelo y su nieto de 7 años conversan y saborean un helado sentados en una cafetería frente al Saluhallen (el mercado).
En los escalones que bajan al canal, una mujer come despacio una ensalada.

Por el camino vamos encontrando a los suecos mixtos: el hombretón con pinta de vikingo pero que habla un malagueño cerrado, el descendiente de chilenos que se siente sueco, el chico que nos pide el ticket a la puerta del Museo Vasa y resulta que es hijo de tinerfeño y de sueca y que pasa todos los veranos en El Médano... Todos al final -los niños que miran su mundo ordenado desde los cochitos, los que juegan al fútbol en anchos campos de césped, los que pasean a sus perros, las mujeres mayores que comen solas o van al supermercado con su andador...-, todos forman un entramado que nos deja vislumbrar un atisbo de lo que es esa vida de dentro hacia fuera que hay detrás de los grandes ventanales iluminados y sin cortinas de sus casas. 

Por no hablar de los suecos ilustres, que vemos reconocidos en placas, estatuas y calles: el gran Linneo, Ingmar (y también Ingrid) Bergman, Greta Garbo, Alfred Nobel, Astrid Lindgren (y su Pippi Calzaslargas), Olof Palme, Björn Borg, August Strindberg, Selma Lagerlöf... No parece que ninguno de ellos se hiciera el sueco. Quizás tendríamos que hacernos nosotros también los suecos, si al final resulta que tenemos un país en el que no hay un papel en el suelo y en el que hasta los WC públicos son dignos de figurar en una postal.

Bajo un cielo luminoso y frío viven los suecos.


(En la imagen inicial, los suecos de otro tiempo en un dibujo del Museo Vasa)




(Oyendo y bailando "Mamma mia" frente al Museo Nobel)



("Él vino en un barco de nombre extranjero...". A lo mejor venía de aquí. Puerto de Estocolmo)




(Los novios de todos los viajes frente al Palacio Real)



(La pausa del almuerzo en Gotemburgo)