lunes, 30 de noviembre de 2015

Ritmo de claqué




Esta semana ha empezado a llover. No mucho, la verdad, pero sí lo suficiente como para que mi hija Ana publicara en Glup-Glup "10 pelis ñoñis para un día de lluvia" (me las pido para Reyes); como para que mi ex-alumno Pompeyo, hoy profesor de música de la universidad, despertara con el ruido de la lluvia y lo celebrara publicando en Facebook la canción "And we Run" de John&Jehn; como para que mi amiga Zazou -la escritora Aránzazu Mantilla- dijera una de las frases más bonitas que he oído últimamente: "El sueño de la lluvia tiene ritmo de claqué".

Aunque hay sitios en el mundo -Londres o La Laguna, sin ir más lejos- en los que se puede estar de la lluvia hasta más arriba del occipucio (son sitios en los que llueve sobre mojado), aquí en mi tierra siempre es bienvenida: buena para las papas, buena para el ambiente, buena para el ánimo. Es la respuesta a un ruego ancestral, al "que llueva, que llueva, la virgen está en la cueva" de nuestra infancia, a la súplica campesina de "mándanos, Señor, agua para los campos" (añadiendo, como hacía Máximo: "Pero con cuidado, que siempre te pasas").
 Y es que, además, la lluvia es tan buen plan...

Si estamos fuera, al aire libre, podemos...
Sentir el placer de formar parte de algo más grande: tú, la lluvia, las nubes, el universo.
Volver a la infancia por un momento y con botas, chubasquero y paraguas (que tampoco hay que coger una pulmonía), chapotear con fuerza en los charcos.
Componer una canción. Después de todo Los Llopis cantaban "Bajo la lluvia voy..." y Armando Manzanero, "Esta tarde vi llover, vi gente correr...". ¿Que no? Bueeeeno, vale, si no compones, canta y baila, al son de las gotas que caen, las grandes canciones que la lluvia ha inspirado. Mira a Gene Kelly todo lo que hizo con "Singuin' in the rain"...
Aunque lo mejor, lo mejor es refugiarte en una cafetería de esas de grandes cristaleras y ver a la gente mojarse mientras tú te pides un chocolate calentito con churros.

Si estamos dentro de casa, mejor todavía. Podemos...
Coger mantita, libro y té calentito (se puede sustituir por gintónic, por whisky. por el chocolate de antes... A voluntad), mientras el soniquete te acompaña como una música de fondo.
Seguir con el plan de la mantita pero ante un televisor en donde veas películas a juego: "Cantando bajo la lluvia", por ejemplo, o "Blade runner" y sus lágrimas en la lluvia, o  "La boda del monzón", con ese final tan divertido en medio del aguacero. 
Darnos un atracón de cocinar: galletas, pan de nueces, tarta de manzana... Como si el cielo, como temían los galos de Astérix, se fuera a desplomar sobre nuestras cabezas y necesitáramos hacer acopio de víveres (dulces, sobre todo).

Sigue lloviendo mientras escribo y los sentidos se regocijan: con el olor, profundo y eterno, de la tierra mojada; con la visión de la lluvia que ha acharolado las hojas de los árboles de la huerta y se ha llevado el polvo sahariano que los últimos días borraba el horizonte; con la caricia del agua mansa en la piel; con el sabor a limpio en el aire;  sobre todo, cuando me despierto, con el sonido de esa lluvia-música que acompasa al latido de la vida y repiquetea en cristales y claraboyas. 
El sueño de la lluvia tiene ritmo de claqué.

(Para Zazou, que me inspiró con su frase)


Paisaje a través de una tela de araña, imagen enviada desde La Palma por Conchi Fiestas 





lunes, 23 de noviembre de 2015

La librería a la vuelta de la esquina




Todos los que amamos los libros hemos tenido alguna vez una librería a la vuelta de la esquina, un sitio al que ir a hojear y a ojear, a revolver, a leer contraportadas, a admirarnos ante una nueva edición de un libro favorito, a comentar novedades con libreros amigos... Recuerdo hasta el primer día en que fui a uno de estos lugares fascinantes, cuando vivía en la Cruz del Señor. Estaba. como siempre, mariposeando entre libros, preguntándome si llevarme ese que tenía tan buena pinta o ese otro del que había leído buenas críticas, o directamente los dos, cuando se me acercó la librera, una señora de pelo gris y ojos brillantes, que me preguntó: "¿Eres profesora?". Cuando le contesté que sí, me dijo que es que los profesores tenemos una manera de acercarnos a los libros, "una mezcla de amor, respeto y familiaridad", que ella por lo menos distinguía, de tal manera que siempre acertaba. A partir de ese día, nos hicimos amigas y, cuando me hice cargo de la Biblioteca de mi centro, sus consejos, su creatividad y su sabiduría, me ayudaron en muchas ocasiones.

Ahora ella ya no está y yo no vivo en una ciudad, sino en medio del campo donde, si acaso, a la vuelta de la esquina lo que hay es un moral verde que agita las ramas al viento. Pero la imaginación tiene sus caminos y ahora me ha traído otra "librería a la vuelta de la esquina", un libro de relatos en el que diez escritores narran y fantasean alrededor de una librería, "esa burbuja donde el tiempo transcurre con la fluidez aletargada y palpitante del papel de seda", con palabras de Desirée. Y ellos, como antaño mi amiga la librera, me han dado ideas para construirme una librería ideal, a la vuelta de mi esquina particular.

La imagino como una mezcla de todas ellas, con puerta verde, aldaba antigua y campanillas que suenan al abrirse o cerrarse. Como la de Mónica, el suelo y el techo son de madera y en lo alto, en el centro, hay una claraboya que permite ver las estrellas (o un cielo de tormenta). Mi librería ideal tiene dos pisos -al de arriba, por supuesto, se sube por una escalera de caracol de hierro forjado, "afiligranada con hermosas rosas y motivos vegetales"- y planta hexagonal. En cada uno de los lados de la planta baja, los escritores han preparado un rincón especial.

Está el Rincón de los Encuentros ¿Te imaginas tropezarte con tus autores preferidos, como hace Alejandro? ¿O con los personajes que has conocido en libros, vivitos y coleando como nos los trae Belén, mientras los invita a aceitunas? ¡Qué gustazo sería acercarnos a ese rincón y que, por ejemplo, Melville nos presentara a un tal capitán Ahab que nos empezara a hablar de una ballena blanca!

Hay un Rincón Policiaco: los libros de Wilkie Collins, Agatha Christie, Simenon. Conan Doyle, Dashiell Hammett, Ellis Peters, Poe, Raymond Chandler, ... llenan los estantes. Rebeca y Ana B. se mueven con soltura entre ellos, mientras tejen misterios y responden a las eternas preguntas: "¿Quién fue el asesino y por qué?".

Más allá, un espacio señala el Rincón Romántico, "letras, madera, cristal y piel". Allí están los poetas -Neruda, Keats, Emily Dickinson, Byron...- y las grandes historias de amor y desamor: "Ana Karenina", "Cumbres borrascosas", "Orgullo y prejuicio"... Entre ellas hay, colocados en pequeños jarrones, ramilletes de camelias de todos los colores, y en un panel se puede ver un tapiz antiguo con escenas galantes. Es el lugar perfecto para que Mónica y Desirée puedan soñar una historia de amor contrariado en la que una dama de blanco de cabellos largos cubiertos de flores o una novia fugitiva descalza busquen refugio.

En el Rincón de la Fantasía, hay puertas que solo se abren para todos las noches de luna llena; hay libreros inquietantes que te miran con ojos que esconden secretos; hay una dragona blanca de la suerte o entes-sombras con zapatos rojos ¡Hasta el mismísimo Satán puede acercarse hasta aquí a hacernos ofertas sorprendentes...! De todo ello, envueltos en la bruma de la irrealidad, se encargan Ana GD, Aránzazu y JAP.

Existe también aquí un sitio especial, al fondo a la izquierda, para una Librería de viejo. Es un cuarto estrecho, con sus torres de libros en precario equilibrio, su "olor a cedro y a caoba, a humedad y barniz, a libro viejo y a jazmín", su lenguaje de siglos... Javi y Alejandro sitúan en ella sus historias ¿Quién no ha intentado encontrar alguna vez un tesoro bibliográfico en esas cuevas de Aladino?

Y en el centro de esta librería inventada, peculiar, luminosa y acogedora, hay una mesa baja rodeada de sofás de pana granate, donde Mónica nos invita a todos a un té Earl Grey fuerte y aromático -con sus azucarillos y jarritas de leche- y a un delicioso bizcocho de limón...

Si la llave es la imaginación, estos diez escritores nos la ponen en la mano. Solo nos queda usarla, traspasar las puertas de la librería y dedicarnos a gozar. Leer es viajar lejos, dicen, pero a veces el placer está más cerca: a la vuelta de la esquina.


"La librería a la vuelta de la esquina" es un libro de relatos en el que, como apunta "Mientrasleo" en el Prólogo, "una librería ocupa por fin el lugar que le corresponde". Son once relatos de diez escritores, coordinados por Mónica Gutiérrez Artero. Estos son los escritores y sus cuentos, agrupados según los rincones de mi librería imaginada.

Rincón de los Encuentros
Belén Barroso: "La típica librería"
Alejandro Gamero: "Ítaca"

Rincón Policiaco:
Ana Bólox: "Un cadáver en la librería"
Rebeca C. Garin: "Nicte"

Rincón Romántico:
Mónica Gutiérrez Artero: "El té de los viernes en Moonlight Books"
Desirée Ruiz Pérez: "El sueño de Camelia"

Rincón de la Fantasía: 
Ana González Duque: "La desaparición del librero de la luna"
Aránzazu Mantilla: "Satán en una pequeña librería"
JAP Vidal: "La puerta"

Librería de viejo:
Javi de Ríos: "El colmado de papel"
Alejandro Gamero: "La maleta"

Si quieren entrar en esta deliciosa librería y descargar el libro en formato digital pueden hacerlo aquí. En papel aparecerá probablemente a finales de diciembre.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Mundo, demonio y carne




Cuando estábamos en el colegio, en aquellos ejercicios espirituales en los que, de los sustos que nos daban, no nos llegaba la camisa al cuerpo, se nos hablaba muchísimo de los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Concretamente, de los peligros del mundo, de las acechanzas del demonio y de las tentaciones de la carne. Y, aunque la reacción lógica hubiera sido encerrarnos en casa o en un convento por siempre jamás, todos después nos lanzábamos alegremente al mundo, sin parar mientes en peligros y estrategias diabólicas. Qué es la vida sin unas cuantas tentaciones, nos decíamos.

Pero ahora da la impresión de que por todos lados nos fustigan mucho más que los curas y monjas de la infancia y que , le hagamos caso o no, el mundo, el demonio y la carne son amenazas reales que gobiernan nuestra existencia. Hasta la carne se vuelve peligrosa cuando la OMS no nos deja caer en la tentación de comernos un bocadillo de chorizo como Dios manda; el demonio (a lo mejor sin el disfraz de capa, cuernos, rabo y pezuñas, pero con un olor a azufre que tumba para atrás) anda libre y campa a sus anchas difuminando fronteras entre lo que está bien y lo que está mal; y el mundo se nos aparece como un lugar alarmante en el que el horror se ha adueñado esta semana de las personas llevándonos a desempolvar las palabras de Camus: "Un día la peste mandará a sus ratas a matar y morir en una ciudad alegre".

¿Qué nos queda a las personas de paz?  En uno de los libros de mi biblioteca ("Mararía" de Rafael Arozarena) hay una dedicatoria de mi amigo Manolo Torres, que lo había genialmente prologado y que nos lo regaló a mi marido Antonio y a mí en el año 84. En esta dedicatoria en forma de poema vuelven a aparecer el mundo, demonio y carne, pero de otra manera más cercana y amable. Dice así:
"Si estuviera en mis manos escribir lo que quiero,
y si fuera capaz de expresar el amor que les tengo,
entonces no haría falta echar la vista al cielo
ni encender un cigarro
en busca de palabras que no acaban de salir.
Si yo pudiera ¡Ay! Si yo pudiera...
Diría, por ejemplo, que hemos compartido
algunas cuantas horas de vino y carnaval,
que hemos vacilado del mundo y de sus cosas, 
que hemos conjurado las artes del demonio,
comido hemos la carne con aliño de Antonio,
que toca la guitarra, le gustan las palomas y ama a Isabel"...

Leyéndolo, me digo que son las cosas sencillas y cotidianas - la amistad, las vivencias compartidas, el amor, la risa...- las que importan y son verdaderamente reales; que el dinero -que financia guerras y está moviendo el mundo-, las imposiciones (mi Verdad frente a tu Verdad), el poder... son otras tantas caras del Mal; y que ojalá entre todos podamos conjurar realmente las artes del demonio y formular en un grito común un llamamiento a la cordura, como en aquella viñeta de Perich: "¡No maten más, por Dios! Y especialmente: ¡No maten más por Dios!"


lunes, 9 de noviembre de 2015

Aires de tango




No hay testimonios concretos en los depósitos arqueológicos pero yo estoy convencida de que el baile y el que se te vayan los pies al ritmo de determinados sonidos está inscrito en los genes desde que el hombre es hombre. Hay imágenes de supuestos danzantes en las paredes de cuevas prehistóricas, y no hay más que ver a mi nieta Julia que, con 2 años y sin que nadie se lo haya enseñado, se pone a bailar como una loca en cuanto oye música.

He pensado en esto porque este fin de semana unos amigos nos invitaron a un acto centrado en el baile, concretamente, en el tango. Hubo una charla, una cena argentina y, al final, la actuación de un grupo bien pertrechado con guitarra, violín y bandoneón. Y, por supuesto, hubo baile. Mientras cenábamos, despejaron la sala contigua poniendo las sillas contra la pared todo alrededor -igual que en las verbenas y los bailes de casino de los tiempos de antes-, y después el centro de la sala se llenó de parejas que bailaban esa "danza de la vida y de la muerte" que es el tango.

Mientras veía, sorprendida, la cantidad de gente que sabe bailar el tango, con lo difícil que es -esos pasos entre las piernas de la pareja, esas puntas de los pies hacia arriba y hacia abajo, ese abandono...-, me puse a pensar en los cambios en el baile: el baile como rito y celebración, el baile como arte, el baile como diversión.

En las películas que recrean los bailes de la época de Jane Austen, estos parecen un ejercicio teatral en el que parodian un saludo: inclinaciones mutuas de cabeza, genuflexiones, y luego pasitos trenzados al ritmo de la música mientras las parejas se tocan, si acaso, las manos.Tiene que haber sido un choque -crujir de dientes de la "buena" sociedad, rumores escandalizados, amenazas con las llamas del infierno eterno- el paso de este tipo de baile, tan fino y aséptico, a los bailes abrazados, la mano de él en la cintura de ella y la de ella en el hombro de él. Y todavía más llegar al abrazo tanguero que vimos, esa danza tan sensual, las caras juntas, la mano de la mujer en la espalda del hombre, él marcando pasos y ella respondiendo, juntos pero cada uno improvisando, escuchando el cuerpo del otro... Las letras de los tangos cuentan historias tristes ("Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria solo una buena mujer...") y eso se refleja en los danzantes que bailan en silencio con toda seriedad, como conscientes de que están interpretando un antiguo cortejo (o tal vez un duelo).

Todo muy alejado, desde luego, de los bailes de mi juventud (y de la de ahora, ya que vamos), en los que cada uno va a su bola, brincando y saltando, moviendo brazos y piernas a la buena de Dios, ¿volviendo a los orígenes tal vez?. Sí, el tango conmueve y pervive -ya Borges dijo: "Esa ráfaga, el tango, esa diablura, / los atareados años desafía; / hecho de polvo y tiempo, el hombre dura / menos que la liviana melodía..."-. Pero las ventajas de "nuestros" bailes son clarísimas:
Una, si quieres bailar, bailas. Ya no hay chicas desconsoladas en sus asientos porque nadie las saque a bailar, ni chicos chasqueados porque ella le dice que "está cansada" y luego la ve con otro.
Dos, somos todos autodidactas, haces lo que te dé la gana siguiendo la música y no es necesario aprenderse pasos complicadísimos y peligrosos (sospecho que el "estrecho abrazo" del tango es porque, con todo lo que haces con los pies, necesitas agarrarte bien para no caerte al suelo con todo el equipo, tacones finos incluidos).
Tres, nuestras letras y músicas son más alegres, dónde va a parar. No va uno a comparar "Hay un hombre en la ciudad al que le gusta el rock, toca la guitarra y bien que sabe cantar, la gente que lo ve dice que es el mejor y todos lo conocen como el rey del rock..." con "Yira, Yira... Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor...".

De todas formas, la otra noche seguimos, hipnotizados y admirados, las vueltas y virajes de quienes bailaban. El presentador y cantante del grupo dijo que la primera lección de tango es visual y que, tras ese primer contacto, no es raro que los espectadores terminen en un baile real. Estoy por decirle a mi marido que se anime y nos marquemos uno, tipo el de Jack Lemmon y Joe E. Brown en "Con faldas y a lo loco", con rosa en la boca y todo, por supuesto. Ya les contaré.





lunes, 2 de noviembre de 2015

La mano del luthier




Mi marido creció rodeado de música. En casa de sus abuelos maternos, en donde vivió los 8 primeros años de su vida, sus tíos, solteros entonces, tocaban varios instrumentos: el laúd, la guitarra, el violín, el timple... También su familia paterna amaba la música. Su padre tocaba el timple y cantaba muy bien, y su tío Martín fue el dueño de "La guitarra", la tienda de instrumentos musicales que todavía hoy está en la Rambla de Pulido en Santa Cruz.

Así que fue lógico que él también aprendiera a tocar de pequeño, que siempre pidiera de regalo una guitarra y que a los 15 años, tras dar mucho la lata, la consiguiera. Fue con ella en las manos y con una canción como me robó el corazón cuando lo conocí cuatro años más tarde.

Después, y a lo largo del tiempo,  ha ido coleccionando más instrumentos. Tiene también un requinto, dos timples, un cuatro, una caja cubana, armónicas, flautas, bongós y otros más de percusión... Sigue tocándolos, no solo cuando tenemos alguna parranda, sino también con un grupo de amigos con los que se reúne una vez por semana para preparar canciones, afinar instrumentos y hablar de esa música que convoca, emociona y une. Pero la primera guitarra siempre ha sido especial para él. Por eso, este verano le regalamos por su cumpleaños el arreglo de la guitarra y de un timple que heredó de su padre, a los que, como a todos nosotros, los embates del tiempo habían envejecido y maltratado.

El luthier al que fuimos era un chico joven, alrededor de los 40 años. Su taller, un sitio amplio y luminoso, estaba lleno de instrumentos, en diferente estado de arreglo, que él iba tocando con mimo y mostrándonos con manos expertas. Las manos de un luthier, cuando coge un instrumento, semejan una caricia. Al ver el timple, y casi sin ver el sello, exclamó: "¡Lo hizo mi bisabuelo!", al tiempo que nos contaba que el oficio de luthier se había transmitido en su familia desde hacía varias generaciones. Se le veía amor por lo que hacía y orgullo de formar parte de una tradición. Cuando nos devolvió, arreglados, los instrumentos, estaban preciosos.

Hace dos semanas, un jueves, hemos vuelto a llamarlo. Queríamos llevarle el timple estropeado de una amiga a ver si podía resucitarlo como hizo con los nuestros. Nos dijo que no podía ese día porque su mujer estaba enferma en el Hospital pero que preveía que el lunes ya estaría en el taller. Cuando volvimos a llamar el lunes, nos contó -la voz rota- que su mujer había muerto.

Siempre, cuando pasa algo así -una mujer joven que desaparece con toda la vida por delante-, la reacción es de consternación y desconsuelo, aunque no se conozcan ni las circunstancias. Mi marido le expresó su pesar y le dijo que ya iríamos más adelante. Entonces el luthier le dijo que no, que al día siguiente mismo iría a trabajar porque, si no, se volvería loco o se hundiría en la miseria.

El trabajo, sobre todo si es la realización de tus sueños, como terapia. Igual que Isabel Allende escribió su libro "Paula" después de la muerte de su hija, y Rosa Montero, "La ridícula idea de no volver a verte", tras la de su marido, como medio de exorcizar su pena, también, como dice Marilina Rébora, "la música es así, remedio de los males, / inagotable fuente a escanciar cada día, / sosiego de palacios, templanza de arrabales / y placidez del alma, armonizante guía". Me imagino a nuestro luthier estos días, a solas en su taller, lijando con enorme cuidado la caja de una guitarra, tensando y tañendo las cuerdas - "tres de carne y tres de plata", como en la adivinanza de Lorca- , oyendo unas notas que nadie más escucha, barnizando un violín antiguo...

Ojalá que, en la paciencia de las horas y en esa labor reconfortante y callada, encuentre el camino para mitigar su tristeza, al tiempo que sus manos, sabias y amantes, despiertan armonías hasta entonces dormidas.