lunes, 25 de enero de 2016

Historias de Los Sauces: la historia de Agustina


Postal coloreada de los Sauces a principios del siglo pasado

Leí hace poco que un grupo étnico que vive en el Caribe, los garifunas, celebran sus entierros con bailes y cantos porque en su cultura "la muerte de un ser querido es una oportunidad de celebrar su memoria y alegrarse por haberlo podido tener en la vida". Nada más lejos de eso en nuestra cultura. En particular, en Los Sauces de mi niñez un entierro era una cosa muy seria, un acontecimiento en el que todo el pueblo se involucraba y que había que afrontar con circunspección y gravedad.

Cuando alguien moría, se rodaban todos los muebles del salón de la casa para colocar en su centro el ataúd con el cuerpo presente. Alrededor, se desplegaban, como un tendido, todas las sillas disponibles de la casa, más algunas de las casas vecinas, para que se sentaran las mujeres que, ayudadas por buchitos de café y calditos, pasaban la noche entera hablando o gimiendo a ratos. En un cuarto aparte, estaban los hombres a los que reforzaban para aguantar los fríos de la madrugada, no solo con los omnipresentes cafecitos y caldos sino también con tanganazos de coñac, cosa que terminaba por provocar alguna que otra cargacera. Más de una de esas noches de velatorio y aflicción terminó con las parientes del difunto discutiendo ya por la herencia y con los hombres, en su cuarto, jugando al envite. Es lo que tiene el no dormir.

Pero en lo que las costumbres de entonces eran especialmente duras y no se relajaban ni un pelo era en el tema del luto. Los parientes del finado tenían que llevar luto un año entero -ellas, de negro de arriba a abajo, medias negras tupidas incluidas; y ellos, con brazalete negro en la chaqueta, cinta negra en el sombrero, o incluso, con un botón negro en el ojal-. Tras el luto, venía otro periodo, igual de largo, de medio luto en el que el negro se aliviaba con marrones o grises, ¡nunca un rojo, un naranja o un verde, Dios nos libre!, si no querías ver tu nombre mancillado en boca de todos.

Mi tía Agustina -una de las tías que más he querido- fue siempre una mujer animosa y resuelta que cuidó con generosidad de todos sus parientes, tanto de sangre como políticos. Estuvo siempre donde tenía que estar, atendiendo a los suyos en las enfermedades y cuidando en los entierros de tener preparados litros de caldo, cafeteras de café y botellas de coñac como para surtir a un regimiento. Cuando se iban muriendo sus allegados, ella siguió a rajatabla la costumbre: no salía de su casa hasta los 7 días a la "misa de salida", y empataba lutos y medios lutos, de forma que casi siempre la vi de oscuro.

Un verano que vino a Tenerife a ver a mi madre y a mi abuela, le tocó una de esas calufas de tiempo sur sahariano en las que casi no se podía respirar. Vestida de negro de la cabeza a los pies (no recuerdo por qué pariente era), por más que mi madre le rogaba que se descubriera al menos brazos y piernas, se negaba y repetía: "¿Y si me encuentro con alguien de Los Sauces?". Pero un día no resistió más, vistos los sudores y calores que ni abanicos -negros, por supuesto- podían atajar. Sofocada y desesperada, accedió al fin a ir con mi madre a la misa de El Pilar por la mañana, ¡sin las medias! y con el mantra de "ojalá que no me encuentre a nadie de Los Sauces".

Se la encontró nada más torcer la esquina de casa: una señora de Las Lomadas que había venido al médico a Tenerife. Y a mi tía Agustina se le cayó el alma a los pies cuando la otra, mirándola de arriba a abajo, y deteniéndose en particular en sus piernas, blancas y desnudas, le dijo con retintín: "¡¡¡Ay, Agustina!!! ¡¡¡Pues sí que has aliviado tú pronto el luto!!!"

lunes, 18 de enero de 2016

Pipiolos




La periodista Luz Sánchez-Mellado escribió este 14 de enero en "El País" -a propósito del bebé que la diputada Carolina Bescansa llevó al Congreso a tomar posesión de su cargo con ella- lo siguiente:
"Las que tenemos una edad hemos visto cosas que no creeríais, pipiolos. Cuando una gestó a sus hijas, a caballo entre el siglo XX y XXI (...), se escondía el embarazo bajo burkas de camuflaje. Tu jefe ponía careto si pedías permiso para ir a clases de parto. Reclamar tus horas de lactancia era de marujas. Solicitar meses sin sueldo para criar al cachorro, un suicidio...".

¡Ay, Luz, pipiola -le digo yo-, y eso no es nada, comparado con las que gestamos en el siglo pasado, hace unos 40 y pico años! Las madres de los años 70, la primera generación en nuestro país que en su mayoría trabajaba a la vez que daba hijos a la patria, no solo paríamos con dolor según mandato bíblico (la epidural, ¿qué era eso?), sino que, por ejemplo, cuando nació mi hija (año 72, dando clase en un colegio privado) ni siquiera tuve días de permiso, ¡qué digo!, ¡ni siquiera tenía Seguridad Social! Suerte que nació en junio, en vísperas de vacaciones.

Con el segundo (año 75) ya trabajaba en el Instituto y tuve derecho a 40 días de permiso, ni uno más ni uno menos. Ni 4 meses prorrogables como ahora, ni horas de lactancia, ni días para el padre, ni ayuditas pecuniarias, ni nada de nada. La palabra "conciliación" no existía. Y no te digo nada si a alguna se le hubiera ocurrido la peregrina idea de aparecer en clase con el bebé a cuestas. Por menos de eso a más de una la hubieran mandado al psiquiátrico (y a la calle).

La solución que un grupo de profesoras -con hijos recién nacidos y sin ayuda- encontramos entonces fue montar nuestra propia guardería. Adecentamos un aula, con patio y entrada aparte, que no se usaba en uno de los tres institutos de Santa Cruz, pusimos cunas, colchonetas, juguetes y posters de colores alegres, contratamos a 3 o 4 chicas que nos cuidaran a los chiquitajos y, al frente, pusimos a Carmen, la madre de una de las profesoras implicadas, que fue una maravilla con los niños. Allí estuvo mi hija desde los 2 años y mi hijo desde los 40 días de nacer, hasta que les llegó el turno de ir al cole. Y allí, en los recreos, íbamos las madres en tropel a echar un ojo y, sobre todo, a echar una mano.

La foto que acompaña el escrito de hoy es de esos tiempos heroicos, en los carnavales del año 76. Los niños que aparecen son ya pipiolos de 40 y pico años. Son hoy médicos, abogados, profesores, periodistas... Supongo que algunos de ellos recordarán aquella primera guardería sui generis y un poco cutre pero que a los padres nos salvó la vida ¿Cómo verá el bebé protagonista de esta semana dentro de 40 años la que montó su madre en el congreso? ¿Pensará que ella ya le proporcionó, sin él comerlo ni beberlo, sus 15 minutos de fama (se ha hablado más esta semana del bebé Bescansa que de los planes y proyectos que tienen los políticos para gobernarnos)? 

Yo rogaría por que los pipiolos del futuro no lleguen a sentir la necesidad de hacer gestos o sobreactuaciones para llamar la atención sobre temas como guarderías, conciliación familiar o ayudas a la infancia. Que en ese entonces cualquier madre y cualquier padre pueda criar a su hijo en paz con todas los cuidados y garantías. Que, como profetizó Alfonso Guerra y repite en su artículo Luz Sánchez-Mellado, este sea un país que no lo conozca ni la madre que lo parió. Ojalá.

lunes, 11 de enero de 2016

En las creencias se vive



En las creencias se vive, decía Ortega ¡Y menos mal, digo yo! Imagínense que cada mañana tuviéramos que plantearnos si las calles están puestas o no, si seguirá existiendo la panadería o si nos encontraremos con otro mundo al revés en lugar del que nos han asegurado que está ahí fuera. 

Y, sin embargo, vivimos en un mundo de seguridades que, a la primera de cambio, se desmoronan. Por ejemplo, cuando hacemos un viaje, una vez tenemos hecha nuestra reserva de aviones y hoteles, nos quedamos tranquilos porque pensamos que todo saldrá según lo previsto. Y no. Puede pasarte cualquier cosa. Como a nosotros un diciembre de hace 5 años en que programamos un viaje a Lisboa, y ya me veía comiendo pastelitos de Belem y oyendo fados en el barrio del Chiado, cuando el día anterior los controladores aéreos iniciaron la huelga salvaje del año 2010 y nos quedamos en tierra. O como le pasó a un amigo mío, que se fue de Madrid a Barcelona en el puente aéreo a ver una exposición que le interesaba con el propósito de volver por la tarde y cenar con su mujer y sus hijos en Madrid ¿Y qué podía salir mal? Nada, excepto que el vuelo de vuelta que cogió, en lugar de a Madrid, lo llevó a Ginebra. Cuando oyó por la megafonía eso de "en unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Ginebra", no se lo podía creer.

Pero hay que creerlo. Estamos en un mundo inseguro, sujeto a imponderables y apoyado, en realidad, no en la roca de la certeza sino en las arenas de la incertidumbre. El detectar las falsas creencias y adaptarnos a los cambios sin mayores aspavientos forma parte de nuestra formación y nos hace madurar.

Estas navidades mis nietos mayores (12 y 10 años) se han despedido de una de las creencias que los anclaban a la infancia. Fue el niño el que le planteó a la madre la pregunta que todos los padres tememos: "Mamá, ¿los reyes son los padres?". Y cuando mi hija salió con un "Estoooo...", le espetó: "¡No me mientas!". Después lloraron y la mayor decía que a ella se lo habían dicho en el colegio pero que ella creía más a sus padres y que ella ¡nunca! les haría eso a sus hijos... Pero pasaron el primer momento doloroso y me lo contaron al día siguiente y escribieron su carta a los reyes como todos los años.

La noche de Reyes, que todos la pasan en mi casa, pusimos las 3 copitas con licor casero de limón, guayabitos y nísperos, y un platito con turrones y peladillas. Después colocamos los zapatos en el sitio acostumbrado y se fueron a acostar con los mismos nervios y jiribilla de otras noches de Reyes. Y por la mañana, cuando abrieron los regalos, hubo alegría y entusiasmo por los deseos cumplidos y solo un comentario irónico de mi nieto: "¡Qué raro! Esta etiqueta para mí de parte de los Reyes Magos está hecha con una letra igual que la de Aba (esa soy yo)!". Pero, aparte de este lapsus ( hay muchas letras parecidas ¿no?), en conjunto han superado el trauma y se han amoldado bien a las nuevas circunstancias.

¿Y ahora? ¿Qué hago con la duda que me corroe? ¿Cómo les pregunto yo si los Reyes Magos son los hijos?

lunes, 4 de enero de 2016

El galgo Lucas


Pactando

El galgo Lucas es parte de mi familia y, de tanto nombrarlo, yo creía que todo el mundo sabía quién era. Pero hace poco me di cuenta de que no era tan conocido, así que hoy voy a aclarar quién es tan ilustre personaje.

La primera vez que oí hablar de él fue a Joaquín, el padre de mi amiga Cae, que, refiriéndose a alguien que atendía más a boberías que a lo que realmente importaba, dijo: "Fulanito es como el galgo Lucas que, cuando salta la liebre, se pone a cagar". Por supuesto, Cae y yo, entonces niñas, nos tronchamos de la risa, pero muchas veces después nos hemos encontrado con muchos "galgos Lucas" a lo largo de la vida, y el dicho ha adquirido carta de ciudadanía y se ha quedado con nosotros.

En mi familia, por ejemplo, se dice cuando hacemos esperar a alguien porque nos enredamos en mil cosas antes de salir ("no seas galgo Lucas"); cuando, en lugar de ponerse a estudiar un examen importante, mi hijo se iba a una romería ("tú siempre como el galgo Lucas"); cuando me quedo en la cama vagueando y leyendo por la mañana, sabiendo que tengo que preparar una comida para 10 personas ("hoy me dio el galgo Lucas")...

Y en estos días de principios de año, recién salidos de elecciones, en los que los periódicos, las televisiones y las redes sociales no hacen otra cosa que hablar de los políticos y sus no-pactos, no sé por qué, me estoy acordando todo el rato del galgo Lucas.

Porque está muy bien  que nadie haya tenido mayoría absoluta y que todos los candidatos se hayan apresurado desde el principio a celebrarlo y a hablar de diálogo, pactos, reformas, unión, acuerdos de Estado, responsabilidad, entendimiento y concordia (les juro que les he oído esas palabras a todos sin excepción). Pero luego nadie dialoga, nadie se une con nadie ("Contigo no me ajunto", decíamos de chicos), nadie está dispuesto a llegar a acuerdos de Estado, nadie cede, nadie entiende. Y de pactos, como vi estos días en una ocurrente viñeta, la situación se parece a la del camarote de los hermanos Marx.

Y da la impresión de que cada partido va a su bola, que todos piden lo de "apóyenme a mí", que uno pone líneas rojas y el otro condiciones férreas, que hay quien avisa de aventurismos si pactas con este o que sería la debacle si te vas con el otro. Está el que quiere crear otro partido (igual pero con otro nombre), el que propone un presidente que no sea de ningún partido, el que pide ¡hala! otra vez a votar y el que rechaza, o da portazos, o impone... En resumen, que cada uno, igualito que el galgo Lucas, parece que quiere satisfacer sus propias necesidades fisiológicas, cuando lo importante es otra cosa.

Lo importante somos nosotros, este país, que piensa que se merece un gobierno sensato y duradero que mire y atienda a lo que realmente importa: nuestra salud, la educación de nuestros hijos, el que tengamos una casa en que cobijarnos, un trabajo digno y unas leyes justas ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo sobre esto?

Al final, dan ganas de gritarles a todos estos señores: "¡¡¡Eeeeeehhhhh!!! ¡Chist, chist, que estamos aquí! ¡Un país entero esperando! ¡¡¡Galgos Lucas, que son todos unos galgos Lucas!!!"