lunes, 30 de mayo de 2016

¡Pon un dragón en tu vida!



En tiempos grises ¡pon un dragón en tu vida! No un dragón tipo Smaug, el de "El hobbit" de Tolkien, dormido en sueños de avaricia y violencia sobre un enorme tesoro; ni un dragón robadoncellas, como el que alanceó San Jorge; ni ninguno de esos dragones que más parecen reptiles asquerosos y perversos allá, en las entrañas de la tierra. No. Ya puestos a buscar fantasía, qué mejor que un dragón como Fújur, el que monta Atreyu en "La historia interminable" de Michael Ende, un dragón de la suerte con escamas de color madreperla, "criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano". O como Saphyra, sabia y divertida, la dragona de ojos azules que cautiva a Eragon en el libro de Christopher Paolini. O como Lung, de "El jinete del dragón" de Cornelia Funke, el dragón compasivo que se alimenta de luz de luna. Cualquiera de ellos puede dar color a la existencia y hacernos olvidar que tenemos que hacer la declaración de la renta, o que hay que ir a votar otra vez o cualquiera de las cosas absurdas y majaderas con las que uno entretiene sus días.

Este mes mi hija, Ana González Duque, publica su 6º libro, la segunda parte de "Leyendas de la Tierra Límite", dedicada esta vez a las Tierras Oscuras. Es la historia de un pueblo dividido por barreras infranqueables; de las decisiones que pueden cambiar el destino de un país; de las viejas pasiones de siempre dominándolo todo -la ambición, el ansia de poder, el miedo, el amor...- y dibujando, sin embargo, un mundo diferente con su propio lenguaje y sus distintas razas: las physii, hermafroditas de cabellos de Medusa, para las que los sentimientos no cuentan; las seheyilth, la raza de asesinos que habitan la Ciudad Cambiante; las Sanadoras, que poseen un Don poderoso; los Guerreros del Alba; los Ladrones de Almas... Y, por supuesto, como toda novela de fantasía que se precie, los dragones. Hay un viejo Rey dragón de ojos insondables que arrastra una historia de amor truncado; hay un pueblo de dragones, los Draco, que vive desterrado en los pantanos después de una vergonzosa rendición; y hay un joven dragón, Zack, con alas transparentes y escamas irisadas en azul, que cambia de forma y a veces es el rey de los cielos, y a veces, un inseguro muchacho pelirrojo.

No sé por qué me gustan tanto los dragones. Quizás es porque vivo en la tierra de los dragos, los árboles que guardan su recuerdo. O tal vez porque alguna vez habitamos en un mundo donde la magia es posible y  siempre hay un buen momento para sumergirnos en ella, en un libro de fantasía. Un libro como éste en el que, como el de "La Princesa prometida", hay "esgrima, peleas, tortura, venganza, gigantes, monstruos, persecuciones, fugas, amor verdadero, milagros..."Y dragones.

(Víctor Conde, Premio Minotauro de Fantasía, presentará el libro de Ana el 10 de junio a las 5,30 de la tarde en la Librería Lemus, Avda de la Trinidad, en la Laguna. Si tienes un ratito, pásate por allí)
(Ah, y el libro puede leerse sin haber leído la primera parte)


lunes, 23 de mayo de 2016

La bacinilla de oro

Wáter en Uddevalla, Suecia. Daba gusto sentarse entre tanto libro
¡Mira que los seres humanos somos rebuscados a la hora de hablar y de jugar con el lenguaje! Tan pronto proferimos palabrotas salpicándolas en la conversación como quien siembra margaritas, como embellecemos o disfrazamos toda aquella palabra que pueda incomodarnos, asustarnos o simplemente aburrirnos ¡Ah, los eufemismos ("hablar bien")! En este uso cosmético del lenguaje los usamos para todo, pero particularmente a la hora de referirnos al sitio en el que hacemos nuestras necesidades más primarias. Eufemísticamente hablando, al wáter o retrete.

¡Y con toda la razón! Resultaría muy feo que, cuando -un suponer- nos invitaran al palacio de Buckingham y nos diera un apretón o tuviéramos una necesidad, le preguntáramos al mayordomo que dónde está, please, el cagadero o meadero. Mucho mejor embellecer el término, que luzca bonito y que no parezca lo que realmente es.

Y así empezamos a decir letrina (que viene del latín latrina, baño), excusado (mi marido recuerda que su abuelo lo llamaba así), y retrete, que era el nombre que usábamos cuando niños. Significó desde el siglo XV "aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa" y, en principio, era un término muy poético, no en vano aparece en un comentario a San Juan de la Cruz que habla del "retrete interior del espíritu". Pero parece que tampoco nos pareció muy fino porque sucesivamente han ido apareciendo tocador, toilette (los extranjerismos son muy socorridos), cuarto de baño, aseo, lavabo, inodoro, servicios o water-closet (WC) (cuartito provisto de agua), que recortamos a wáter. 

De todo este tejemaneje de palabras que han proliferado para designar uno de los lugares más frecuentados por el ser humano me he enterado por un librito delicioso, que leí hace poco, de José Antonio Millán titulado "El candidato melancólico". Pero todavía hay más. Las monjas de la Asunción en aquellos tiempos de nuestra infancia enseñaron a decir a sus alumnas que, cuando quisieran ir al wáter, pidieran sortir, salir en francés, Pero ellas, identificando la acción con el lugar, terminaron llamando sortir al retrete ("Madre ¿puedo ir al sortir?"). Mi amiga Ani, que trabajó en el Ayuntamiento, me cuenta que allí lo llamaban "la depositaría". Otros nombres más de andar por casa fueron pipiroom (que ya es cursilada) o Wenceslao Cabrera (por lo de WC). Y hasta Agatha Christie en "El tren de las 4,50" se refiere a él, crípticamente, como arriba, cuando  Miss Marple monta una escena con su amiga Elspeth y le pide que vaya al wáter en un determinado momento:

- ...lo que yo te digo, Juana, es que todo parece muy extraño.
- No tiene nada de extraño- dijo Miss Marple.
- Bueno, a mí me parece que sí. Llegar a la casa y preguntar casi inmediatamente si puedo... ejem... ir arriba.
- El tiempo está muy frío -indicó Miss Marple- y, después de todo, puedes haber comido algo que te ha sentado mal y... en fin... puedes necesitar ir arriba. Quiero decir que estas cosas suceden. Recuerdo a la pobre Luisa Felby, que vino a verme un día y tuvo que ir arriba cinco veces en menos de media hora. Aquello fue un pastel de carne de Cornualles que salió malo.".

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que las palabras encierran realidades y que, por mucha cirugía estética que se les haga, la realidad siempre está ahí, inamovible. Los wáteres, retretes, excusados, etc, etc.,, están para lo que están y a ellos se va a lo que se va. García Márquez lo dejó clarísimo en "Cien años de soledad":
"... de verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha heráldica, pero lo que tenía dentro era pura mierda...".
Pues eso.

lunes, 16 de mayo de 2016

Con flores a porfía




El mes de mayo en mi colegio era especial. Se hacían misas de gala, procesiones internas por el patio, ofrendas florales y cántigas varias, entre las que estaba la de "venid y vamos todas con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es". Esta canción nos llenaba de perplejidad por la intriga de quién sería la tal Porfía. Yo estaba convencida de que si María era nuestra madre, Porfía sería nuestra tía, por lo menos.

Pero de todo ello, lo que nos ha quedado impreso en la memoria  es la idea de que mayo es el mes de las flores y de que no hay nada más precioso que una flor, por más que nos puedan tachar de cursis y de antiguos.

Recuerdo el verano de mis 7 años en que descubrí la devoción que se puede tener por las flores. Estaba en La Palma con mi abuela y mis tíos. En la casa de al lado vivía un señor llamado Don Elías que tenía un jardín. Era un jardín "para aquellos que aprecian las glicinias y el sol", como el de "Un abril encantado" (Elizabeth von Arnim). Mi primo Mingo y yo nos sentábamos muchas mañanas en uno de los muros y nos extasiábamos contemplando a Don Elías trajinar, injertar, plantar, regar, podar y cuidar con esmero miles de flores que caían por los bancales como cascadas de colores. A veces nos dejaba ayudarlo y allí conocí las rosas, los mimos, los geranios, los gladiolos, las hortensias, las margaritas... Y sobre todo, los pensamientos, sus flores preferidas, que tapizaban, coloreaban delicadamente y perfumaban casi todo el jardín. Cuando terminó el verano, mi abuela se mudó y no lo volví a ver nunca más, pero, a pesar de que han pasado más de 60 años, cada vez que veo pensamientos me acuerdo de Don Elías y de la pasión que su jardín le inspiraba.

Después no he conocido a nadie así, jardineros de vocación, personas que viven por y para su jardín, con una sensibilidad especial para saber transformar un trozo de terreno en un espacio lleno de belleza y luz. Pero, aunque no en la vida real, sí me los he encontrado en la literatura.

Por ejemplo, Mr. Chance, el protagonista de "Desde el jardín" de Jerzy Kusincski, un hombre que ha pasado toda su vida encerrado en una casa cuidando del jardín. No conoce ninguna otra realidad y toda su visión del mundo, y por tanto su lenguaje, se reduce al ciclo vital de árboles, arbustos y flores. Cuando por fin conoce lo que hay más allá de los muros de su jardín, todo lo interpreta a través de lo único que conoce, la jardinería, pero los que lo oyen creen que está hablando con sabias metáforas. Si le preguntan por la crisis económica del país él dice: "En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el verano. Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien". Y los deja a todos con la boca abierta ante tanta sabiduría.

Otro es Lord Emsworth, el dueño del Castillo de Blandings, que es descrito en las novelas de P.G.Wodehouse  de esta manera: "Cincuenta y pico de años de placidez serena y tranquila habían dado a Lord Emsworth el aspecto extraño de una persona cubierta de musgo. Pocas, muy pocas cosas, podían sacarlo de su tranquilidad". Pero incluso las personas más tranquilas pueden tener pasiones y la de lord Emsworth eran las flores. Miren, por ejemplo, su visita a una floristería: "El florista era una persona simpatiquísima, perfectamente informada en el asunto de los acebos y tan dispuesta a dar informes sobre delfinias, aquileas, coleopsis, eringias, altramuces, bergamotas y pasionarias, que lord Emsworth se abandonó completamente a aquella fiesta de la imaginación y a aquel desahogo del alma (...). Dos veces llegó hasta la puerta y dos veces volvió atrás para oler las flores y decir algo que había olvidado respecto a la Clematis gigante. Finalmente, con una última y ardiente mirada hacia atrás, se marchó de aquel paraíso...".

De todas formas, aunque sin la vocación jardinística de un Don Elías, de un Mr. Chance o de un Lord Emsworth, sí hay mucha gente que ama las flores y que, si puede, tiene un jardín. En el mío este mes, con sus campanas blancas y rojas han florecido los amarilis que plantó mi madre hace más de 20 años; el jazmín perfuma el rincón de la escalera; las rosas de pitiminí, en ramilletes amarillos, se han abierto todas a la vez, haciendo la competencia en colorido a las buganvillas- blancas, naranjas, moradas- en las que casi no se ven las hojas verdes; cuelgan los mimos y los claveles de aire; y las calas se alzan orgullosas, anunciando que ha llegado mayo y con él, esta primavera atrasada.

Ya, ya sé que hablar de flores en estos tiempos tan materialistas puede ser considerado una cursilada. Pero díganme la verdad: ¿Quién dice que no a que te regalen un precioso ramo de rosas, o un centro de delicadas violetas, o una altiva orquídea, malva y blanca? Yo creo que a eso no se resiste ni la mismísima tía Porfía.



lunes, 9 de mayo de 2016

Dos anillos en el lavabo




Cuando nos ponemos a hablar, en las sobremesas familiares, de política (no es muy a menudo, por si acaso terminamos peleándonos como en el Congreso), mi hermana y mi marido coinciden en decir que habría que establecer una carrera especial para los políticos. Todos los que quisieran gobernarnos tendrían que pasarse 5 o 6 años estudiando, como posesos, derecho, economía, política, oratoria, relaciones internacionales, psicología, 3 o 4 idiomas... Y, sobre todo, Ética, esa Ética que tendría que ser la asignatura más importante y que han quitado ahora hasta del bachillerato, no vaya a ser que las nuevas generaciones se den cuenta de que brilla por su ausencia en muchas de las actuaciones de los que nos dirigen. Mi hermana hasta propone pruebas prácticas: dejar un billetito por aquí, una cartera por allá... y ponerse a mirar por un agujerito a ver si se los llevan, lo cual sería motivo, aunque sólo fuese una vez, de un suspenso automático por siempre jamás.

No creo que anden desencaminados en su propuesta. Después de todo, conectan con un ilustre precedente que pensaba más o menos lo mismo: Platón. Para él, los males de este mundo no acabarían hasta que los gobernantes fueran sabios y justos, para lo cual tendrían que estudiar años y años (él hablaba de unos 20 entre teoría y práctica) sobre la mejor manera de gobernar un país y de conocer a sus semejantes.

A nosotros ese idealismo platónico nos dura un ratito, pero los chupitos de la sobremesa no son lo bastante fuertes para mantenernos en el Mundo de las Ideas y, poco a poco, descendemos a la cruda realidad. Y en esta, acabamos hablando de que todo el mundo roba, de que el que más el que menos defrauda a Hacienda, de que vivimos en un país de pícaros y chorizos en el que la honradez está pasada de moda y en el que la corrupción es la moneda normal. A mí antes me nombraban Panamá y lo asociaba a un canal que une océanos, a jipijapas y a una novela de John Le Carré ("El sastre de Panamá"). Y mira por dónde, por allí ha pasado todo el mundo a esconder su dinero y yo sin enterarme.

Y si descendemos de los ricos a los pobres, mi cuñado cuenta el asombro de las señoras de la limpieza del hospital donde trabaja cuando desaparecen al momento los rollos de papel higiénico que dejan en los baños públicos. Y yo hablo de aquella vez que le desapareció la pluma Montblanc a una compañera en la sala de profesores de mi Instituto, en un momento en que salió a atender a un padre. Y otro compañero todavía llora la desaparición de su paraguas recién estrenado, que también voló del paragüero común ¿Tendremos un gen ladrón que nos asemeja a las urracas? ¿No hay remedio a tanta indecencia?

Pero luego, mi hermana dice que hace un par de meses alguien se dejó dos anillos de oro con un diseño muy bonito en el lavabo de su trabajo. Por allí pasan unas 30 personas, más las señoras de la limpieza. Y los dos anillos, como el dinosaurio de Monterroso, ¡todavía están allí!

Yo no sé ustedes, pero a mí esos dos anillos, abandonados a su suerte en un lavabo público, sin despertar los bajos instintos de nadie, me sugieren que otra España, más limpia, es posible. Ya saben que soy una optimista.

lunes, 2 de mayo de 2016

Madre coraje


Imagen de Claudia Trembay

Todas las madres deberíamos ser llamadas madre-coraje. Se necesita eso, mucho coraje, para decidir traer un niño al mundo y hacerte cargo de él durante toda la vida, incluso cuando son ya hombres y mujeres hechos y derechos. Un hijo es para siempre, y una no puede evitar, aunque ya vuelen por su cuenta, preocuparse por sus problemas, alegrarse con sus triunfos, aliviarlos en sus penas.

Pero las llamadas madres-coraje han tenido. además, que luchar contra circunstancias adversas que, lejos de acobardarlas, las han fortalecido.

Yo conozco a una madre coraje que, como todas ellas, ha tenido una existencia difícil. Se casó muy jovencita, antes de los 20 años, y tuvo cuatro hijos. Su marido, alcohólico, perdió por ello su trabajo y ella sacó adelante a todos (incluido al marido: "¿Cómo iba a dejarlo en la calle? ¡Era el padre de mis hijos!"). Por el camino lo perdió a él y también a un nietito. Pero lo que nunca ha perdido es la entereza ni la ilusión por vivir.

"Mi" madre coraje tiene ahora 80 años, pero aparenta muchos menos, como si la naturaleza la quisiera compensar con un cutis terso, unos ojos chispeantes y de largas pestañas y una sonrisa fácil (le pega esta imagen de Claudia Trembay que he puesto al inicio: una mujer mayor arropando bajo una manto de alegría a una joven). Es una persona extraordinariamente simpática y cercana, a la que todo el mundo quiere.

Se ha pasado la vida defendiendo lo que es justo y aportando sentido común  en las situaciones absurdas de este mundo. Hasta con el Capitán General fue a hablar una vez cuando comprobó que el calabozo del cuartel, en donde habían arrestado al hijo cuando hacía la mili, era infecto. Y no sólo consiguió que lo adecentaran, sino también cambiar el arresto -estar encerrado unos días mano sobre mano- por algo más productivo, como pintar paredes o arreglar jardines.

También en su Hospital (fue auxiliar de clínica) todos recuerdan el primer día en que llegó y se sentó en una silla cualquiera en la Sala de reunión. Pero, ay, esa silla era la que siempre usaba un médico jefazo y prepotente que quiso que se levantara inmediatamente ante la famosa frase "Usted no sabe quién soy yo". Lo que no sabía el médico era quién era ella. Como una moderna Rosa Parks, la trabajadora que se negó a ceder el asiento a un blanco en un autobús de Alabama, ella no se levantó y le espetó: "Usted es un trabajador de esta clínica como lo soy yo. Y esta silla no tiene nombre". Al final, fue el médico el que pidió disculpas y el que a partir de ese momento la saludó con respeto.

Los nietos, que la adoran, cuando oyen sus historias, le dicen que ella debería escribir un libro. Y ella dice que sí, que tiene mucho que recordar y mucho que contar, y que, en cuanto pueda (tiene también demasiado que atender), se pone a ello.

Este mes pasado ha muerto su hija. Y allí estaba en el velatorio, entera como siempre, consolando a hijos y nietos y agradeciendo a la vida por la hija tan bondadosa que tuvo.

Mientras hablábamos bajito, su mano entre las mías, me contó  que su paisaje preferido era el Teide y que, cuando muera, quiere que la incineren y dejen allí, entre retamas y lavas negras, sus cenizas. "Pero en un sitio por donde nadie pueda pasar, porque, si no me han pisoteado en vida, menos quiero que lo hagan muerta".

Y allí estará alguna vez, seguro, aunque espero que sea tarde. Cuando la miro, me acuerdo siempre de unos versos de mi abuelo el poeta, que dicen:
Como el Teide soy altivo;
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y es que ella, mi madre-coraje, es también como el Teide, bella y serena por fuera, pero en su interior y ante el mundo, vive el espíritu de un volcán.