lunes, 25 de julio de 2016

El grande perdió, el chico ganó...




No se lo van a creer pero hace unos días fui por primera vez en mi vida a ver una luchada de lucha canaria. Bueno, sí que la había visto alguna vez en la tele; sí que conozco y he cantado la canción sabandeña; si que sé que es una práctica ancestral y que los castellanos que llegaron a las islas ya la observaron entre los guanches (e incluso entre las mujeres aborígenes)... Pero esta es la primera vez que entro en un terrero y palpo en vivo los nervios de los luchadores, la alegría ante el éxito y la desolación ante el fracaso. Y, por supuesto, la pasión contagiosa de los espectadores.

Canario, lucha, como lucharon los guanches.
Lucha, canario, desde el mar hasta la cumbre.
Canario, lucha, dentro y fuera del terrero.
Lucha, canario, para que nadie te tumbe.

Porque de eso trata la lucha, de tumbar al rival en la arena, no con los puños ni para someter o humillar, sino con las "mañas", las técnicas de agilidad y destreza por las que puede pasar que el chico gane y el grande pierda...

... como  ganaron Méndez, Angelito, Palmero y Camurria
frente a rivales de peso mayor.

Y mira que a mí no me gustan los deportes en que se pelea. Odio el boxeo y me horripila el sumo, con esas moles humanas mirándose como hipopótamos a punto de aniquilarse mutuamente. Sin embargo, la lucha canaria es otra cosa y el otro día, en el terrero de Fasnia, disfruté.

Disfruté por ese persignarse con la arena del terrero antes de salir a luchar; con el saludo ceremonioso del comienzo y, sobre todo, con el abrazo final entre los dos rivales.

Disfruté con ese aire antiguo de justa del pasado, hecho de respeto, rituales y juego limpio.

Disfruté con la entrega de los chicos -entre 15 y 18 años-, las ganas que le ponían y la seriedad con la que competían, como si les fuera la vida en ello.

Disfruté con los movimientos gráciles, con la soltura y con la forma de aprovechar la fuerza del otro.

Disfruté con los nombres de las mañas -pardelera, cango, garabato, la chascona, levantada, traspiés...- que Nicolás, el amigo entusiasta que nos llevó a ver el espectáculo, nos iba explicando según las usaban.

A lo largo de los siglos, los hombres -a veces con ánimo de matar, herir o golpear al que no es de los tuyos ni piensa como tú- han peleado para dirimir sus conflictos. Pero se me antoja que esta manera que tenían los guanches para hacerlo era más caballerosa e inteligente. Y ahora que en nuestro país nuestros representantes políticos están intentando llegar a acuerdos desde los desacuerdos ¿qué tal hacerlo con el ejemplo de la lucha canaria? 

Nada más lejos de mi intención que poner a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera vestidos de calzón corto, enfajinados a ver quién hace caer en la arena al otro (aunque sería divertido verlo). Pero no estaría de más que aprendiesen los del hemiciclo algunas lecciones de los del terrero. Aquí no hay abucheos, ni griterío increpante, ni murmullos de protesta, ni interrupciones, ni insultos, ni sarcasmos. Y seguir en las conversaciones las máximas de la lucha canaria -aguantar sin que te tumben, ceder para ganar, seguir unas reglas de respeto mutuo y terminar al final con un gran abrazo- no me digan que no es mejor filosofía de la vida que hacernos repetir las elecciones una y otra vez ¡Señorías, arremánguense y a ello!


La tristeza del derrotado


lunes, 11 de julio de 2016

¿Qué tengo en los bolsillos?




Esta pregunta, así tan simple ella, es, sin embargo, el eje central en los libros de Tolkien. Es la pregunta-adivinanza que le hace el hobbit Bilbo  a Gollum -"¿Qué tengo en el bolsillo?"-, y que éste (que en sus bolsillos llevaba "espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de murciélago,, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes") no supo contestar: Bilbo llevaba en el bolsillo el anillo de poder que había encontrado poco antes en el suelo y alrededor del cual gira toda la acción de "El Señor de los Anillos".

Los bolsillos (diminutivo de "bolso") fueron precisamente inventados para guardar esos tesoros: anillos de poder ("Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras") ; carteras y pañuelos, que de los bolsillos de los señores pasaban a los de Fagin, el judío que enseñaba a robar a los niños de Londres en "Las aventuras de Oliver Twist" de Dickens; cartas de amor (Pablo Neruda le escribe a Matilde Urrutia. "Amor mío, vida mía, es tarde aún, tu única carta en el bolsillo, no quiero romperla, la leo en los momentos más curiosos". O Pedro Salinas a su amante Katherine: "Antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida"); o las galletas, trozos de cuerda o huevos de pájaro que llenaban los bolsillos de Guillermo el Proscrito de Richmal Crompton...

¿Qué guardaba yo en los bolsillos cuando era pequeña? Me acuerdo de que en el colegio, en la "pocha" (como llamábamos al bolsillo del uniforme, afrancesándolo), guardábamos el bocadillo o las galletas de media mañana, dejándolo todo perdido de migas. Pero lo que más recuerdo guardar, en aquellos veranos largos y dorados de las vacaciones infantiles, era piedras planas y pulidas, de tacto cálido y suave, encontradas a la orilla del mar, y que usaba para hacer "cabrillas", esos rebotes que estremecían las aguas tranquilas.

Después, durante mucho tiempo ni acostumbraba llevar bolso ni llevaba casi nada en los bolsillos. Una vez, durante el Estado de Excepción en Madrid en el año 70, dos guardias grises nos detuvieron a mi novio y a mí, que volvíamos paseando hacia el Colegio, y nos pidieron el DNI (entonces esas cosas se hacían). Les dije con toda tranquilidad que nunca se me había ocurrido llevarlo y que lo único que tenía era un pañuelo porque tenía un catarrazo de aúpa. Les debí hacer gracia porque nos dejaron ir (después de echarnos un rapapolvo por ir indocumentados).

Luego, la cosa se fue complicando, como se va complicando la vida. Los bolsillos se convirtieron en bolsones enormes con pañales, biberones, juguetes... cuando mis hijos eran pequeños, o bolsos llenos de bolígrafos, libros y libretas, cuando trabajaba. Y ahora, por ejemplo, esta semana, en la que tuve una comida con mis ex-compañeras, me fijé que, aunque no tengo bolsillos, sí iba cargada con un bolso como el de un cartero de los de antes. En él llevaba monedero, gafas de sol, una libretita y un bolígrafo por si tengo que apuntar algo, un paraguas, una pashmina y una rebeca (que La Laguna es muy traicionera), peine y brillo de labios, un libro que quería prestar, pañuelos... ¡Señor! ¡Así me dolía la cintura!

De repente deseé librarme de lastres, simplificar la vida y encontrarme ahora, como en los primeros tramos de la vida, ligera de equipaje como los hijos de la mar. Y  recobrar aquellos tiempos felices y desembarazados en los que, por toda carga, una llevaba una piedra pequeña y lisa que, al rebotar en el agua, nos devolvía el sol.

(La ilustración es del genial Thomas Henry, en los libros de Guillermo Brown de Richmal Crompton)

lunes, 4 de julio de 2016

¿Qué quieres ser de mayor?


Dibujo hecho por mi nieta

¿Les hicieron alguna vez esta pregunta cuando eran niños? A mí, nunca. Es más, no me planteé ser profesora hasta que casi terminando mi carrera me di cuenta de que ese era mi destino ineludible. Eso se llama tener bien programada la vida. Mi hermana, cuando terminó COU, se puso a la cola de Biología para matricularse y, cuando vio la de Medicina al lado, siguiendo un impulso que luego resultó ser de lo más acertado porque ha sido una pediatra estupenda, se cambió de cola. Así que a nosotros no nos pasó nunca jamás lo que cuentan de cuando nació Rajoy, eso de que a su madre le dijeron: "¡Ha tenido usted un registrador de la propiedad!".  No, nosotros, aunque siempre supimos que queríamos hacer una carrera, nos íbamos dejando llevar por la vida, haciendo y estudiando lo que nos gustaba, pero improvisando y sin tener una miserable hoja de ruta.

Por eso, me llama tanto la atención cómo mis nietos (10 y 12 años) proyectan su futuro. Esta semana, para celebrar sus notas, los hemos invitado mi marido y yo al cine y después a cenar a un sitio rico de La Laguna (son muy sibaritas, nada de un bocadillo de MacDonald). Fue un rato entretenidísimo. Mientras daban buena cuenta de la cena elegida, estuvimos hablando del avión que ha cruzado el Atlántico impulsado por energía solar y de las pegas que ellos le veían (¿y si hay una tormenta y se gasta la energía acumulada?); de los hechizos de Harry Potter (mi nieta, como yo, es una fan; se está releyendo los siete libros); de los sitios del extranjero que han visitado, asombrados cuando les dije que yo, hasta los 40 años, nunca había salido de España; de un bolígrafo que amplifica los sonidos y te permite escuchar conversaciones lejanas... Y, sin hacerles la pregunta de marras, también nos informaron de lo que quieren ser de mayores.

Lo tienen clarísimo. Ella quiere ser ilustradora. Para eso lleva 4 años -desde los 8- yendo un par de horas a la semana a una clase de pintura. Y, sobre la marcha, nos estuvo enseñando dibujos de su ilustradora preferida, una youtuber que publica libretas con su día a día.

Él quiere ser programador informático, aunque tuvo veleidades -que ya pasaron- de querer ser cocinero. Nos contó que ya programó un vídeo juego de un cerdito que va recogiendo monedas saltando sobre piedras, y que está reuniendo dinero para comprarse en un futuro una maquinita de esas con las que trabajar mejor (ya saben, de esas que no hacen un bacalao a la vizcaína o una toquilla de croché porque no es el momento).

Me dejaron pensando en la infancia, esa edad gloriosa en que los yoes futuros se despliegan delante de nosotros y podemos ser cualquier cosa, esa increíble sensación de infinitud que, con cada elección, se va cerrando cada vez más. Y no pude evitar, aunque me gusta el entusiasmo de mis nietos, una cierta melancolía al ver lo pronto que empiezan a decantarse.

Aunque quién sabe... Incluso hasta yo podría aventurar alguna respuesta, si a alguien se le ocurriera ahora preguntarme: "¿Qué quieres ser de mayor?". A veces la vida es tan incierta que nunca se puede augurar que al final no te vayas a cambiar en la cola de la matrícula.