lunes, 30 de enero de 2017

Con noticias de Trump




Ahora que tenemos a Trump hasta en la sopa, un día sí y al otro también, recibo por wasap una noticia, publicada en la web 12minutos.com, diciéndome que el susodicho ha hecho una oferta al gobierno español para comprar las Islas Canarias. Parece que quiere establecer durante un periodo de 50 años una colonia cívico-militar en todo el archipiélago, al que considera un punto estratégico clave, sobre todo para combatir al ISIS.

Esto es lo que yo llamo una noticia-bola, digna de aquel personaje de Pancho Guerra a quien llamaban Don Pedro el Batatoso. Pero independientemente de que haya páginas como esa que se dediquen a difundirlas y a las que no hay que hacerles mucho caso, la verdad es que a mí no me extrañaría nada que fuera verdad. Por una parte, porque algo así sería totalmente típico de este personaje absurdo y vociferante que parece regir ahora los destinos del mundo. Me recuerda a Chaplin en "El Gran Dictador", cuando juega con la bola del mundo sintiéndose el amo del cotarro. Y también a una señora que vino al Instituto a hablar con el profe de Matemáticas sobre el suspenso de su nieta y le preguntó, toda tiesa: "¿Y eso con dinero no se puede arreglar?".

Y, por otra parte, tampoco me extraña porque estas islas son muy apetecibles y merecen que las miren con ojos golositos (después de todo Frank Sinatra también intentó comprar la isla de Lobos para hacer allí un Las Vegas particular). Y es que aquí está en pequeña escala el mundo entero ¿Que quieres dunas y los colores dorados y ocres del desierto? Ahí tienes Fuerteventura ¿Que quieres paisajes apocalípticos en los que se cuela el fuego del infierno? Te vas un tiempo a Lanzarote. Puedes disfrutar en Gran Canaria de playotas de arena rubia junto a una gran ciudad, o lo mismo en La Graciosa pero alejados del mundanal ruido; o de cumbres de bosques antiguos y calas de agua clara en La Gomera, el Hierro y La Palma. Y, desde luego, para volcán majestuoso, para microclimas (te pasas del invierno al verano en una hora) o para guachinches en donde comes un conejito frito y un vinito del país que te puedes morir, Tenerife.

Por eso, por aquí ha pasado todo dios. Vinieron hace siglos los guanches desde África (aunque he leído también que eran vikingos, por aquello de ser altos y rubios como la cerveza ¿Otra noticia-bola?) y, después, fue como un desfile: genoveses, franceses, aragoneses, mallorquines, castellanos... Aunque muchos no lo saben, fuimos oficialmente portugueses durante 52 días allá por el año 1436. Los ingleses atacaron con barcos pero, después de que enseñamos a Nelson a escribir con la mano izquierda, se lo pensaron mejor y decidieron que tampoco estaba mal poseer lo mejor de las islas: los plátanos y el vino (del que hasta Shakespeare había hablado maravillas). Los alemanes han ido comprando cachito a cachito las islas; y ahora lo hacen los rusos, que llenan el sur de carteles en alfabeto cirílico. Todos, subyugados por este vergel de belleza sin par, se han ido quedando ¿Qué tiene, pues, de extraño que también Trump quiera tener su parte del cielo en la tierra? Máxime cuando parece ser que el tatarabuelo de Trump era de La Palma ¿No querría volver a sus raíces?

Yo, por si las moscas, ya me he puesto a aprender inglés. Gur monin.

lunes, 23 de enero de 2017

¡Mira, mamá!




Este enero mi nieto más pequeño (22 meses) vivió sus primeros reyes conscientes. Entre tanta barahúnda de papeles, regalos, globos, entre tanto ver a sus dos hermanos mayores desenvolviendo sus juguetes y gritando alborozados al enseñarlos: "¡¡¡Mira, mamá!!!" (o papá), el pobre iba desconcertado de un paquete a otro, sin saber qué coger o cuál abrir. Hasta que vio su zapatito, lo agarró y dijo todo contento: "¡Mira, mamá!".

Los descubrimientos conllevan, no sólo la emoción de hallarlos, sino también la alegría de compartirlos. Hacer un descubrimiento, ya sea un juguete de reyes (o el propio zapato), ya sea un continente, es lo más genuinamente humano que hay, Por eso, en el viaje que he hecho esta fría semana de enero a la provincia de Cádiz, me quedo y comparto con ustedes los descubrimientos que encontré.

Me quedo con el descubrimiento de atardeceres naranjas y lentos difuminándose por un horizonte ancho como el mundo.

Con el descubrimiento de la desembocadura del Guadalquivir a la orilla de Doñana, vista desde Sanlúcar.

Con los pinsapos de la Sierra de Grazalema que, verdes y altivos, no se sienten remedos de abetos.

Con las historias antiguas de Arcos de la Frontera sobre peleas entre "petristas" y "maristas" (partidarios de San Pedro o de Santa María) que llegaron incluso a cambiar oraciones de toda la vida ("Dios te salve, San Pedro, llena eres de gracia...") por no mencionar a la Virgen, y obligaron a intervenir hasta al mismo Papa.

Con las calzadas y cloacas romanas que están durmiendo bajo Medina Sidonia.

Con la magia de las calles andaluzas: rejas y flores, como en una comedia de los Álvarez Quintero.

Con la gracia gaditana ("Al que encuentre la gamba, le regalamos una noche de hotel", nos dijo el camarero al servirnos una crema de mariscos).

Con las catedrales, los alcázares, los castillos, que jalonan estas tierras llenándolas de belleza e historia.

Con las tortillitas de camarones, verdaderos encajes culinarios, o el sabor de los langostinos frescos o el pescaíto frito, que nos traen el mar a la mesa.

Pero, sobre todo, me quedo, ya que estamos con eso, con una historia de descubrimiento, la del arqueólogo Pelayo Quintero Atauri, que, emocionado porque en Cádiz, en 1887, se descubrió un sarcófago antropomorfo masculino fenicio, se empeñó en que tenía que haber uno femenino y se pasó media vida buscándolo. No tuvo éxito y murió sin conseguirlo. Pero años después, en 1980, se encontró: un sarcófago antropomorfo femenino, que muchos llaman la Dama de Cádiz, con sus rizos acaracolados y un alabastron, un contenedor de perfumes, en la mano ¿En dónde se descubrió? Pues nada menos que en el propio jardín de la casa de Pelayo Quintero. Así el escritor Felipe Benítez Reyes escribe en su "Mercado de espejismos": "Quintero Atauri tuvo, en fin, un sueño pero nunca supo que dormía sobre ese sueño. Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo".

Los dos sarcófagos fenicios son únicos en España ¿Qué nos dice esta historia? ¿Tal vez que el hallazgo que deseamos puede estar más cerca de lo que pensamos? ¿O que somos ciegos a lo que tenemos al lado? ¿O que a veces los sueños son imposibles en esta vida? ¿O posibles?

No lo sé, pero de lo que estoy segura es de que, si existe el más allá y Pelayo Quintero, desde la nube más próxima a Cádiz, vio que en su propia casa se desenterraba la dama fenicia que tanto anheló, lo primero que hubiera hecho sería, igual que mi nieto la mañana de reyes, volverse a la madre que lo parió (que seguro que estaba cerca) y llamar su atención, incrédulo y regocijado, exclamando: "¡¡¡Mira, mamá!!! ¿Te lo puedes creer?".



lunes, 9 de enero de 2017

Chivarse o no chivarse, esa es la cuestión




He leído hace poco en algunos blogs de madres, preocupadas por las noticias sobre acoso escolar, argumentos a favor del chivato: que nunca hay que decirle a un niño " no seas chivato", que si es una manera de enterarse de lo que pasa en el cole, que puede ser hasta útil tener un "infiltrado" en el mundo de los niños...

Aunque las comprendo (nunca dejamos de preocuparnos por los hijos, así tengan 60 años), siento disentir (salvo en casos de acoso violento en el que, más que un chivatazo, es una denuncia). Igual que Amílcar Barca hizo jurar a sus hijos odio eterno a los romanos, el odio eterno al chivato forma parte también de un código no escrito que reina en todos los colegios y que todos los escolares de antes y de ahora aceptan tácitamente.

Yo lo viví muy pronto, el primer día que a los 6 años entré al colegio en la clase de la Madre Trinidad. Estaba yo tan emocionada cantando con las demás la tabla de multiplicar, cuando una niña le dijo a la monja señalándome: "Madre, la niña nueva está sólo moviendo la boca, no se sabe la tabla". Yo, que hasta ese momento no me había topado con el espécimen del chivatus acusica, me quedé tan anonadada ante tal injusticia que, 62 años después todavía no lo he olvidado. Yo SÍ sabía la tabla de multiplicar porque mi madre me enseñó desde los 3 años a leer, escribir y las cuatro reglas. Los chivatos no siempre dicen la verdad y, como el personaje de Perfectus Detritus de Astérix, van sembrando la cizaña y "el horripilante y verdoso rostro de la discordia surge a su paso". Así que desde aquel momento, yo, como Amílcar Barca.

Y claro que también hay acosadores en los colegios, siempre los ha habido. La literatura, fiel reflejo de la vida, nos ha dado numerosas muestras de ellos: Huberto Lane y los laneítas riéndole las gracias, en las novelas de Guillermo Brown de Richmal Crompton; Draco Malfoy y sus compinches Crabbe y Goyle, en las de Harry Potter de J.K.Rowling; el prefecto que obliga al alumno más pequeño a sentarse un rato en la taza del water para calentársela, en los "Relatos de lo inesperado" de Roald Dahl; Jaspe, el enemigo que siempre desafía a Ged, en "Un mago de Terramar" de Ursula K.Leguin... Y, por supuesto, también en mi colegio estaba la típica niña líder que, secundada por su camarilla de admiradoras, se burlaba de las más vulnerables.

Pero nosotras pasábamos de chivatas y de burleteras.  Aprendimos a defendernos, muchas veces con la indiferencia, sin necesidad de estar todo el rato colgadas de los faldones de las monjas. Y después, a lo largo de la vida, nos fuimos encontrando a veces con el mismo ejemplar de personas y comprobamos que el colegio y una familia atenta nos enseñaron a capear situaciones injustas.

"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento", dijo Albert Camus. La imagen inicial que pongo en este post es una foto de mi curso de 1º de Bachillerato (teníamos 10 años), en el hermoso patio de mi colegio. Todas están muy circunspectas y serias, aunque alguna muestra una sonrisa. Pero mi amiga Úrsula y yo, arrodilladas delante, estamos muertas de risa. Siempre me ha gustado esa foto porque recuerdo la explosión de alegría del momento, aunque no el motivo. La risa de esas niñas que fuimos fue "el sol que reinó" sobre nuestra infancia. Frente a este, no hay chivatos, pelotas ni acosadores ni resentimiento alguno que valgan. Casi 60 años después me he olvidado de ellos y no recuerdo ni sus nombres, pero Úrsula sigue riendo conmigo.

(Para Úrsula ¿para quién si no?)



lunes, 2 de enero de 2017

Contra el fin de año




Me manda mi amiga y colega Olga un texto, muy apropiado para estas fechas, de Antonio Gramsci, uno de los más importantes filósofos marxistas. El texto lleva el título "Odio il capodanno" y en él Gramsci apunta todos los argumentos posibles contra el fin de año y el año nuevo.

Gramsci odia esos días de año nuevo "de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y precisión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión"; odia la creencia común de que empieza una nueva historia, y que se hagan buenos propósitos y se lamenten los despropósitos; dice que la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia se desarrolla sin bruscas paradas, "como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora" (el escrito es de 1916); no quiere ningún día previamente establecido para el descanso ("las paradas las escojo yo mismo, cuando me sienta borracho de vida intensa"), ni quiere "ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan", ni festejar algo porque ya lo hayan festejado antes.

Me deja pensando este Gramsci, idealista en el fondo, en el sentido del fin de año ¿Tendrá razón? No me gustan tampoco esas multitudes saltando y brincando en la Puerta del Sol, pero ¿quitar esta fecha del calendario, hacer como si no pasara nada y fuera un día cualquiera, no desear un feliz año a la familia y los amigos, no comer uvas a las 12 de la noche?

Siempre el día 31 de diciembre ha sido fiesta grande en mi casa. Primero, fue con la familia y luego, cuando los hijos se hicieron mayores, hace 24 años que lo celebramos con los amigos de toda la vida. Mi día de fin de año comienza cuando pongo la mesa con el mantel blanco, bordado por manos palmeras, que mi madre me regaló. Es el único día del año que lo pongo, simbolizando que hay algo importante que celebrar. Esa noche cada pareja de amigos hace con cariño un plato especial. Es una cena hecha de calma, risas y buena conversación, comenzada a las 9 para llegar con los postres (y los mantecados y la torta francesa que ese día hace mi amiga Carmeliña) a las uvas de la medianoche. Y después es el baile, las canciones a la guitarra y el intercambio de regalos. Siempre terminamos contentos, allá por la madrugada, con el recuerdo de otros fines de año y el deseo de que se repitan.

El día de año nuevo tal vez nos levantamos, como este año, a tiempo para ver un rato el concierto de año nuevo, tan alegre y tan conmovedor, emitido desde Viena. Y, por la tarde, hacia las 4, vamos a comer una paella a casa de otros amigos, cerrando con broche de oro unas fiestas estupendas.

Gramsci tiene razón en que, después de todo, son días como cualquier otro, en que no deben estar marcados por balances ni consumos desmedidos, en que es verdad que nos los marca la tradición y no los hemos elegido nosotros, en que los buenos propósitos no tiene sentido hacerlos una vez al año (¿a dónde va a parar lo de ponernos a dieta?), en lo de no compartir el jolgorio con multitudes ni extraños.

Pero no me gustaría una sociedad que me quitara este festejar el recuerdo, esta celebración de la vida que cada día termina y cada día empieza, este alegre encuentro con los amigos, este momento de pararnos y rogar por la felicidad y la paz en un mundo convulsionado...

Así que, sintiéndolo mucho por el Sr. Gramsci, a quien de todas formas respeto profundamente, y con su permiso, les deseo desde esta página a todos un feliz 2017. Que lo disfruten igual que se disfruta su comienzo.