lunes, 27 de febrero de 2017

¡Adelante, mis valientes!




Cuando éramos chicas y vimos "Un rayo de luz" de Marisol quedándonos traspuestas de la emoción (teníamos su misma edad), la escena que más nos gustaba era cuando ella y sus amigos armaban una guerra contra otros niños y ella cantaba lo de "¡Adelante, mis valientes! ¡Con la espada! ¡Con los dientes!...".

La memoria me trae ese grito aguerrido de la niñez, ahora que quiero dar ánimos a algunas personas que quiero y que lo están pasando mal por todas esas majaderías con que la vida nos maltrata a veces ¡Adelante, mis valientes! me gustaría decirles. Ante los embates de la fortuna se pueden tomar dos caminos: o nos acoquinamos, o tiramos p'alante con la espada y con los dientes. Shakespeare lo dijo más fino: "¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?". Y el siguiente cuento lo ilustra muy bien:
"Una vez dos ranas cayeron juntas en un balde lleno de nata. Una de ellas se desesperó y gritaba: "¡Esto es el fin! ¡No hay salvación! ¡Nos vamos a morir!". Pero la segunda rana dijo: "Pues yo no pienso morirme, porque no me estaré quieta y me moveré y me moveré como una loca". Al día siguiente, la primera se había ahogado y la segunda estaba sentada sobre un bloque de mantequilla".

He conocido gente que tira la toalla enseguida, personas que son como la primera rana. O como Marty McFly, el protagonista de "Regreso al futuro", que, cuando le aconsejan que mande su música a una discográfica, dice: "¿Y si ven la cinta y no les gusta? ¿Y si dicen que no es buena? ¿Y si dicen "Lárgate, chico, tú no tienes futuro? No sería capaz de soportar un fracaso como ese". El miedo puede ser un buen paralizante.

Pero también he conocido a gente luchadora que no se limita a esperar que una mano del cielo los salve. Como mi amigo Pepe que vive en el campo, cerca de mi casa. Una buena mañana salió de su casa y caminando por unas huertas vecinas cayó dentro de un pozo de unos 3 metros de profundidad y de un metro por un metro de ancho. No tenía móvil, nadie sabía a dónde había ido y nadie lo oiría si se ponía a gritar. Al final, salió apoyándose en los muros sobre la espalda y las piernas. Le costó muchísimo, y yo creo que yo no lo podría hacer, dadas mis dotes gimnásticas, pero él no se rindió y llegó hasta arriba.

La actitud lo es todo. No podemos manejar lo que nos pasa pero sí cómo te enfrentas a ello. En nuestras manos está cruzarnos de brazos o poner de nuestra parte contra viento y marea. Los verdaderos héroes no son los que ganan coronas de laurel sino los que cuando caen a un  pozo saben salir ¡Adelante, mis valientes!

lunes, 20 de febrero de 2017

No la llamen posverdad cuando quieren decir trola




¡Que levante la mano quien no haya contado una trola en toda su vida! Trolas para que no te castigaran, trolas por presumir y no ser menos, trolas piadosas de las de "¡qué bien te quedó la coliflor!", trolas de cortesía como no llamar gorda a la vecina, trolas de olvidar historias y "adornarlas", trolas por tradición (¿no han dicho alguna vez que el ratoncito Pérez es el que se lleva los dientes de leche?)... En los tiempos de antes lo asumíamos, nos íbamos a confesar, rezábamos los tres padrenuestros de penitencia y santas pascuas.

Ahora no. Ahora antes muertos que confesar mentir, y, para más inri, se disfrazan las trolas llamándolas posverdades. La gente se pone de lo más fino y define "posverdad" como el fenómeno que se produce cuando importa menos cómo son las cosas objetivamente que lo que tú crees de ellas. Como si eso no fuera una trola. Imaginen la siguiente conversación en un serial de esos eternos que te ponen después de comer:
- ¡Tú no me quieres, Segismundo Manuel! ¡Me has mentido como un bellaco!
-¡No! ¡No es mentira, Felicia Horacia! ¡Te lo juro! ¡Sólo es una posverdad!

Pero llámenlo como lo llamen, desde que el mundo es mundo, y hoy más que nunca, todo el mundo miente. La verdad está sobrevalorada, como diría Trump.

Mienten los políticos, prometiendo el oro y el moro, haciendo afirmaciones peregrinas (¿contabilidad extracontable?) o endilgando consignas populistas dándole a la gente lo que quiere creer.

Miente la Historia cuando se fabrica a la medida para dar lustre o justificación al presente. Mi marido, cuando estudió en su niñez en Venezuela, se quedó traspuesto cuando comprobó que la historia tenía 2 versiones y que los buenos de aquí eran los malos de allá.

Mienten las fotografías que ahora no son necesariamente testimonios de la realidad. Con photoshop, fuera kilos de más o compañías indeseables. Se borran (como hicieron los soviéticos con las fotos de Trotski) y a otra cosa, mariposa.

Mienten los periodistas cuando no cuentan toda la verdad, cuando destacan una parte y olvidan otra, cuando la sacan de contexto. La periodista Ana Morgade hablaba en noviembre de un titular que vio en una entrevista a un político: "No me considero un tigre para el amor". Como le extrañó en un hombre tan serio tal afirmación, buscó en el escrito y resultó ser una pregunta final del entrevistador ("¿Se considera usted un tigre para el amor?"), a lo que el buen señor, flipando seguramente, contestó: "No". Nunca dejes que la verdad arruine una buena historia (o un buen titular) parece ser el lema.

Mienten los horóscopos que dicen, con toda la jeta, que esta semana conocerás a un guapo mozo que será el amor de tu vida (y ahora ¿cómo se lo explico a mi marido, por dios?)

Mienten los tuits, los wasaps, los comunicados de Facebook, cuando te dan noticias impactantes, como que el cáncer se cura con limones, o batallitas falsas buscando ser virales, como que Podemos quiere suprimir las procesiones de Semana Santa (120.000 interacciones en Facebook) o que el Arzobispo de Toledo califica a zurdos y pelirrojos como criaturas de Satán (539.000 interacciones).

Mienten los chinos, que dan gato por liebre llenando el mundo de copias más falsas que un bolso de Louis Vuitton en un top manta. Hasta el pueblecito austriaco de Hallsttat lo han imitado tal cual allá en la China, los muy copiones.

Mienten hasta las máquinas, como han comprobado dolorosamente los ajedrecistas que hace un par de semanas se enfrentaron al robot "Libratus", que los desplumó marcándose unos faroles tremendos que ya quisiera Kaspárov.

Por mentir, miente incluso la Naturaleza. Y es que ¿qué se puede esperar de un mundo en el que los amaneceres y atardeceres, la salida y la puesta del sol, con toda su parafernalia de luces y tecnicolor, son mentira?

Por eso, llámenlo imitación, trola, embuste, bola ("levanta la pata que pasa la bola" decíamos de chicos al que mentía), mentira, patraña, cuento chino, invento, infundio, engaño, farol, impostura, ficción... Pero no utilicen la palabra "verdad", poniéndole de prefijo ese "pos" verrugoso que la envilece y la disfraza. Incluso aunque la pura verdad (si es que existe) sea infinitamente más sosa que una historia de mentiras maravillosas.


lunes, 13 de febrero de 2017

Quedarse para vestir santos




Leí hace poco "Patricia Brent, solterona" de Herbert George Jenkins, una novela al más puro estilo de aquellas de humor británico de principios del siglo XX, en el que militaron autores como Jerome K. Jerome o P.G. Wodehouse. Mi amiga Mónica, a la que le encantan tanto como a mí, las llama novelas de "té y simpatía".

La protagonista de la novela, Patricia Brent, es una mujer de 24 años, inteligente, guapa, satisfecha de su vida, que se la gana muy bien como secretaria de un político durante la primera Guerra Mundial. Sin embargo, para las damas mayores de la casa de huéspedes en la que vive, merece lástima porque, la pobre, es ya una solterona:
- Nadie viene a recogerla nunca para salir y jamás va a ninguna parte y, sin embargo, no tendrá más de veintisiete años, y realmente no es fea. (...)
-Pues vaya, me siento muy apenada por ella y su soledad. Estoy segura de que se sentiría mucho más feliz si tuviera un agradable joven de su clase que la llevara aquí y allá.

¡Una solterona! ¡Una de las peores lacras con que se calificaba a una persona! Nuestra sociedad, en su afán por perpetuarse, ha institucionalizado el matrimonio y durante todos los siglos en que la mujer, como decía Quino, no ha jugado un papel en la historia sino más bien un trapo, ese ha sido su destino ineludible. Ya lo vio bien Jane Austen, cuyas novelas dejaban claro que, si no te casabas, no eras nadie, un simple ser viviendo de la caridad de los parientes y cuyo cometido principal, a falta de otros, era ayudar en la iglesia. Lo que en nuestro lenguaje popular se llama "quedarse para vestir santos".

Esto hizo, claro, que se educara a la mujer para la busca y captura de marido. La "temporada" de la aristocracia londinense y las fiestas de los pueblos tenían el mismo objetivo en el fondo: que las familias echasen un vistazo al "mercado" matrimonial y se concertasen enlaces convenientes. Los que no llegaban a ese summun eran los solterones. Pero mientras al solterón se le consideraba más un "soltero de oro",  a quien nadie había conseguido pescar, la solterona era la que había fracasado en el intento. Incluso ellas mismas se veían así. Recuerdo a una compañera del Colegio Mayor, que todavía en los años 60 nos decía que prefería mil veces casarse sin estar enamorada que quedarse soltera.

Por supuesto, hubo excepciones gloriosas. Cuando yo era pequeña me gustaba mucho Chanita, una pariente lejana que se resistió siempre a pasar por el aro. Novios, sí; salir a bailar con ellos, también; tomarse aperitivos juntos en la plaza del pueblo viendo pasar el mundo, por supuesto; algún escarceo amoroso, tal vez... Pero casarse, ni hablar. Recuerdo a mi tía Agustina echándoselo en cara y preguntándole que qué le veía de malo a Fulanito, que era un viudo con posibles, o a Menganito, un indiano que había venido forrado de Venezuela. Ella siempre respondía: "¿Y qué tiene de malo divertirse un poco?".

Menos mal que a mediados del siglo XX en Europa cambió el panorama para la mujer. Las guerras y la incorporación de la mujer a la Universidad y a los puestos de trabajo convencieron a -casi- todos de que no era necesario tener una pareja para realizarse en la vida. Como decía Jardiel, el sexo débil hizo gimnasia.

Ahora tengo amigas que han permanecido solteras por decisión propia. Son mujeres valientes e independientes que saben arrostrar los problemas inevitables de nuestra existencia con un coraje que les envidio. Son  las Chanitas de hoy, las modernas "solteras de oro". Y viven, dentro de lo que cabe en este mundo, felices. ¿Y saben qué? Que a lo mejor han desvestido a un humano, no digo que no. Pero de lo que estoy segura es de que nunca han vestido a ningún santo.

Para los que quieran saber más de la novela "Patricia Brent, solterona" les hago un enlace aquí, a la reseña que Mónica Gutiérrez ha hecho en su blog "Serendipia". 

lunes, 6 de febrero de 2017

El dron, un moderno diablo cojuelo




Ya decía Hume que, mientras el cuerpo está confinado a un planeta en el que se arrastra con dolor y dificultad (a veces se ponía dramático), el pensamiento, sin embargo, en un instante puede transportarnos a las regiones más distantes del universo. Podemos imaginarlo todo. Y los que más lo hacen, los escritores, que poseen el toque divino de dominar el lenguaje, y los inventores que, como decía Julio Verne, hacen realidad todo lo que alguien pueda imaginar.

De escritores e inventores me acordé yo hace unos días, cuando fui con hijos y nietos a la casa vieja de los abuelos de mi marido, de la que ya les había hablado aquí. Mi nieto mayor llevó un dron, ese minúsculo aparatejo con forma de araña gigante, que vuela y toma fotos, y que los reyes le habían regalado. Él lo manejaba como si lo conociera de toda la vida y lo paseaba por encima de la casa y de la huerta. Allí aparecían los campos vecinos, el lagar, el aljibe, la casa; allí se nos veía, muy pequeños abajo a lo lejos, recogiendo naranjas del naranjero que da nombre a la casa y ajenos al bicho aquel que zumbaba sobre nuestras cabezas; allí se ve a los niños corriendo por la huerta haciendo ramilletes con flores amarillas de trebina; estaban también mis hijos inspeccionando y entrando a lo que un día fueron bodegas repletas de vino de la tierra; e incluso se veía a una vecina en una azotea cercana tendiendo la ropa...

Por supuesto, este cotilla aterrador que vigilaba nuestras vidas desde el cielo ya había sido imaginado antes. Vélez de Guevara, en 1641 nada menos, publicó "El diablo cojuelo", en la que un diablo va levantando los techos de las casas para enseñar a un estudiante las miserias, vicios e intimidades de aquel Madrid del siglo XVII. Y ya en el siglo XX,  en el libro-puzzle "La vida instrucciones de uso" de Georges Perec, hay también un ojo externo, voyeur y omnisciente que va describiendo todo lo que ocurre en todos los aposentos de un edificio.

Los inventores, por su parte, hace ya muchos años que poblaron la atmósfera de satélites espías capaces de detectar desde el espacio hasta la hoja de una cosecha de cereal tocada por el mildiu, cosa que puede informarles sobre el estado de la economía de una región enemiga. El problema es que ahora el espía no es un sofisticado y carísimo aparato sólo al alcance de unos cuantos países privilegiados, sino que cualquiera puede hacerse con un vigilante que puede saber si estás haciendo un tenderete y con qué amigos (y ofenderse porque a él no lo hayas invitado), cuántas veces a la semana riegas las macetas o si tomas el sol en pelota en el patio de tu casa.

Hace poco tiempo lo más avanzado que en este campo  dejaban los reyes a los niños era un equipo de explorador con unos prismáticos con los que veías las cosas un poco más cerca (1 metro o así). Ahora la capacidad de espionaje de estos ¿juguetes? te deja temblando ¿Hasta dónde llegarán estos modernos diablos cojuelos? ¿Traspasarán tejados y paredes, como su antecesor del siglo XVII? ¿Llegarán en un futuro a leer mentes y adivinar intenciones? ¿Viviremos (más si cabe) pendientes de las vidas de los demás? ¿Nuestra existencia se convertirá en un reality show?

¡¡¡Socorro!!!