Las palomas mensajeras confiaban totalmente en su palomero. Él las alimentaba con buen pienso, limpiaba los casetones y los nidales, les ponía agua limpia en grandes palanganas en el parque que les había construido para que se bañaran los días de sol, les curaba cuando alguna caía herida por el zarpazo de un halcón, las dejaba volar un rato al viento de la tarde y las soltaba desde distintos puntos de la isla para que reconocieran siempre su palomar. Eran felices.
Todas se sabían de memoria la historia del palomero y del palomar, de tantas veces que se la habían oído contar a sus amigos. Le habían regalado un casar azul allá en Caracas cuando tenía 8 años y fue amor a primera vista. Allí aprendió con otros palomeros vecinos a cuidarlas y a enseñarlas a volar con silbidos y señales. Cuando volvió a Canarias dos años después, construyó un palomar pequeño y destartalado en la azotea de su casa y, excepto en los años de la carrera que hizo fuera, siguió cuidando palomas y enseñándolas a volar fuertes y seguras.
Cuando se casó y quiso una casa propia, apostó por hacerla en el campo pensando en ellas y en que tuvieran un lugar privilegiado, libre y puro, para volar. La casa estaba en una ladera y el palomar en lo más alto, desde donde veían el mar y las montañas, un lugar fácil de identificar cuando volvían de sus vuelos más allá del mar. Ellas querían al palomero, y más cuando se hizo mayor y ya no se iba por las mañanas y les dedicaba más horas a lo largo del día. Compartían con él su inquietud cuando algunas eran enviadas lejos, a otras islas, a la costa de África o mar adentro en dirección a Cádiz, donde cualquier cosa podía pasar. Compartían su tristeza si pasaban las horas y los días y alguna o algunas no volvían, perdiéndose para siempre. Pero también sentían con él su enorme alegría cuando allá a lo lejos divisaban a una de las suyas volando derecha al palomar y se posaba satisfecha y exhausta en el tablero. Y sabían que él enseñaba con orgullo a todo el mundo las copas y diplomas que ellas conseguían.
Pero hace unos 6 años empezaron a percibir pequeños cambios. El palomar envejecía, ya no nacían pichones, poco a poco el número de palomas disminuía y consternadas se miraban y se preguntaban si desaparecería su mundo. También se habían acabado los viajes. Ya no venían las palomas más fuertes de aquellos vuelos largos y ya no podían contarles historias de lugares con dunas doradas y de mares sin fin. Notaban, además, pequeños olvidos o cambios en las comidas o en las viejas rutinas. El palomero, que siempre identificaba a cada una incluso de lejos, parecía ahora como si no las reconociera, como si dudara, al ver alguna extraña que a veces se paraba allí en medio de un viaje, si pertenecía al palomar o no. ¿Despistado, decaído tal vez? Pero eso sí, nunca faltaba a su visita diaria y parecía como si, al acercarse al palomar con paso lento, cobrara nuevos ánimos.
Y entonces comprendieron. No eran ellas las que necesitaban al palomero. Siempre sabrían buscarse la vida como hacían sus otras compañeras no mensajeras, siempre podrían volar lejos si querían. Era él, el palomero, que cada día venía caminando más despacio a su cita, tomando a una paloma entre sus manos cada vez más débiles, acariciando a otra, hablándoles de aquellos viejos tiempos en que conquistaban laureles... Era él el que las necesitaba a ellas para ser feliz. Y ellas, cuando después del vuelo se posaban en el tejado del palomar, se paraban en fila como quien rinde honores a un amigo al que quieren, sabiendo que formaban una unidad: el palomero y su palomar.
(Las fotos las hizo mi amiga Lali Gil un lunes de marzo)
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Un relato dulce y lleno de amor que nos acerca al palomero eterno de sonrisa cálida. Gracias por compartirlo.
ResponderEliminarSí, Flor, es un homenaje a alguien que se ha pasado la vida cuidando y amando a las palomas. Ahora no son tantas como en los mejores tiempos, pero hay unas 150 todavía.
EliminarUn beso.
¡Qué bonito lo del Palomar! Yo recuerdo entrar allí de pequeño 🥰
ResponderEliminarY recuerdo comer buchones, incluso…
Y Jaime les tiene pánico, casualmente…
A mis nietos les encantaba desde pequeños coger en las manos a los pichoncitos, que cuidado que son feos. Si Jaime lo hubiera hecho, no le tendría miedo
EliminarLos buchones son otra especie de palomas que son entrenadas para "robar" palomas y llevárselas a su palomar. Por eso los palomeros de palomas mensajeras los odian. :-D
Mi madre nos hacía caldito de pichón de vez en cuando, pero al palomero no le hacía gracia. Yo nunca lo he hecho.
No sabía que era una especie diferente y con un uso diferente 👌🏻
EliminarSí, son más corpulentas. Los que las cuidan les pintan las alas por debajo con colores fuertes para que llamen más la atención. En Las Palmas las llaman "buchúas".
EliminarY hay muchas más, como las palomas zuritas que son las que vuelan en campos y en los parques, o las colipavas con esas colas preciosas.
Preciosa historia de tu palomero y el palomar. A mí me gusta verlas volar pero reconozco que no soy amnte de las palomas. Un abrazo Isa
ResponderEliminarA mucha gente no les gustan porque les ensucian patios y aceras. Javier Marías las llamaba "ratas con alas", figúrate. Pero las palomas mensajeras nunca me han ensuciado patios ni azoteas. Hace poco en una palmera cercana han anidado palomas zurita y esas sí ensucian.
EliminarAlgo tendrá de bonito la paloma cuando es el símbolo de la paz ¿no?
Un abrazo, Flor.
Que bonito Isa! ,si ves "al PALOMERO " dale un abrazo de nuestra parte...
ResponderEliminarGracias. Le daría un abrazo de vuestra parte pero se me hace difícil al ser anónimo el mensaje. :-D
EliminarMuy bonito, mi duquesa. Una historia llena de amor y nostalgia por tiempos mejores. Que sigan disfrutando del palomero por mucho tiempo. Un abrazo para los dos❤️❤️🌹
ResponderEliminarMuchas gracias, mi realeza. Espero que siga disfrutando de ellas porque le dan vida. A veces me dicen que por qué no me mudo a La Laguna o a Santa Cruz y así no tendría que coger coche. Pero dejarlo sin sus palomas es dejarlo sin incentivos.
EliminarUn abrazo grande para ti.
Preciosa tu evocación de otros tiempos y del cariño del palomero por esos seres voladores, yo las detesto, pero es que hemos tenido tensas relaciones.
ResponderEliminarPero esas que detestas no son mensajeras. Las mensajeras van derechas a los palomares, no se entretendrían en tus muros o ventanas. Los palomeros, muy aristocráticos ellos, dicen que esas no son palomas "finas".
EliminarAy, Jane, cómo me has emocionado con la ternura conque cuentas este cuento de las palomas y su fiel palomero. Ojalá que ellas sigan siendo su segundo amor, por mucho tiempo más.
ResponderEliminarAbrazos, para el palomero y su paloma mayor.
No estoy yo muy segura de que sean su segundo amor. A juzgar por el tiempo que les dedica, para mí que son el primero. :-D
EliminarMuchas gracias, Cehachebé.
Que bonito Mary ❤️
ResponderEliminarMuchas gracias, seas quien seas (familia seguro)
EliminarQue relato tan tierno y con un gran cariño. El palomero de mi casa se fue a otra dimensión hace unos cuarenta años. Vino a mi mente grandes recuerdos, cuando era más joven iba con sus amigos a la Guaira o a los Valles del Tuy, allí las echaban a volar y de vuelta a que regresasen sanas y salvas. Era su hobby de un Palmero en Caracas. Gracias Isabel Duque Fernández por traer esos lindos recuerdos.💖
ResponderEliminarParece que en Venezuela hay bastante afición o por lo menos la había en aquellos tiempos. Aquí en las islas hay bastante aunque ha disminuido porque en los estatutos de muchos edificios se prohíbe la instalación de palomares en sus azoteas. Cuando Santa Cruz era una ciudad de casas de uno o dos pisos era también una ciudad de palomares.
EliminarGracias a ti por tus palabras. Un abrazo, Marilu.
Cuando eso mis padres vivían en una casa. Antes de morir mi padre se mudó a un apto cerca del aeropuerto La Carlota. Gracias a ti por traerme grandes recuerdos. Un abrazo.
EliminarAquí ya no dejan palomares cerca de los aeropuertos porque pueden hacer daño a los aviones. Incluso han traído halcones para que las cacen.
EliminarGracias a ti por compartirlos. Un abrazo.
Jane, me he emocionado tanto, que si fuera en papel habría emborronado tu bello relato.
ResponderEliminarUn abrazo muy fuerte... y al palomero.
Gracias, Arista, por tu empatía y cariño. Un abrazo también para ti.
EliminarUn relato muy enternecedor y un homenaje a ese palomero que todas conocemos y queremos, gracias por compartir esos sentimientos que seguro nos conmueven a todas, gracias amiga y como siempre un placer leerte 🥰 ah! Y besos al palomero🤪🤪
ResponderEliminarSerán dados, Clari. Y tienes razón, es un homenaje al palomero, pero también a esa afición tan bonita. Creo que sería bueno para los jóvenes responsabilizarse de la crianza de unas pocas palomas. Mejor que aficionarse a otras cosas más peligrosas, me parece a mí.
EliminarMi querida Isa, gracias por tus lindas y enternecedoras historias...
ResponderEliminarDios y la vida bendigan esas maravillosas mentes y plumas familiar.
En Cuba los pichones de palomas salvaron la salud de muchas personas, con los caldos del que todo el mundo confiaba, hasta los propios médicos.
Gracias!!!
😘💞🙏🏻🦋🇨🇺🪻🌻🍀
Mi madre les tenía una fe absoluta en los calditos de pichón para curar catarros y otros malestares. Desde que ella murió hace ya 30 años no los he vuelto a probar, pero recuerdo su sabor perfectamente. No sé si curaban pero nutritivos eran, desde luego.
EliminarGracias a ti, Tamara, por tus palabras y bendiciones. Un abrazo.
¡¡Hola!!
ResponderEliminarBonita y melancólica historia nos cuentas hoy ...
¡¡Un abrazo para el palomero y para ti!!
¡¡Gracias por compartir vivencias personales!!
Un abrazo fuerte🥰🥰
P.S. Siempre me ha parecido un misterio cómo pueden regresar a su palomar esos animalitos después de ir tan lejos...
Me recordó la novela EL LARGO CAMINO A CASA de Alan Hlad , inspirada en hechos reales de la Segunda Guerra Mundial, que me gustó mucho en 2020 cuando la leí.
Según dicen, las palomas mensajeras tienen un innato sentido de la orientación, un fuerte instinto de retorno. Utilizan (según la IA) una combinación de brújula magnética interna (magnetita en el pico) , memoria topográfica visual y la posición del sol para orientarse a grandes distancias. Pero también es fundamental la crianza y entrenamiento de sus cuidadores.
EliminarGracias por tu recomendación. Si encuentro la novela, se la regalo al palomero que seguro que le gusta.
Las palomas ahora no, pero antes estaban registradas al servicio del ejército. En la primera y segunda Guerra Mundial hicieron un gran papel cuando fallaban otras comunicaciones. Incluso se les ha condecorado con la Cruz de Guerra.
Qué entrañable relato. Una bonita historia y una sacrificada afición. Hoy las palomas son las grandes olvidadas, y pensar que fueron las pioneras del WhatsApp. Una misión sumamente importante en la historia del mundo.
ResponderEliminarAntes los niños disfrutaban una tarde de parque, dándoles sus millos y ahora te multan si te ven compartiendo una miga de tu bocadillo.
Por supuesto, que muchas están enfermas porque no reciben atención ni anilla que las proteja. Se alimentan de nuestra basura y cada vez somos más y con menos civismo. Son seres vivos que a su vez son capaces de dar vida al "palomero" y a cualquiera que las trate con el debido cariño.
Las palomas mensajeras no se alimentan de nuestra basura ni están en los parques. En su mantenimiento se les dan vitaminas y otros productos que permiten tener los palomares en buenas condiciones de higiene. Son más finas que las palomas de las calles y verás que siempre tienen una anilla (o dos, si están de viaje). Cuando al palomar de un colombófilo llega una paloma mensajera perdida, por su anilla sabe de qué isla es y la devuelve a la Sociedad Colombófila a la que pertenece.
Eliminar¿Qué es un casar azul, Isabel?
ResponderEliminarUn casar o casal es una pareja de macho y hembra. Azul es el color. Al palomero le regalaron un casar para que él fuera sacando pichones y, a partir de ahí, montara su palomar.
EliminarLas palomas tienen varios colores que el palomero registra en la ficha que le hace a cada paloma: Azul, bayo, rodado, bronceado, bariolé, rojo, alí, pinto, negro, florido, blanco...
Preciosa tu historia de hoy, Jane. Llena de añoranza, ternura y esperanza.
ResponderEliminarQue el palomero y sus palomas sigan caminando, aunque su andar sea más lento y reposado.
Sí, Chari, lo importante es que se responsabilice de algo. Y que ellas se responsabilicen de él ¿por qué no?
EliminarGracias por tus palabras. Un abrazo.
Precioso homenaje a tu palomero Isa !! 😍😍😍Qué siga disfrutando mucho tiempo de sus palomas 🤩, un abrazo muy fuerte para los dos !! 🤗🤗
ResponderEliminarMuchas gracias, Nina. Es una afición bonita. Lástima que ya no las pueda viajar. Pero siempre disfruta viéndolas volar y cuidándolas.
EliminarUn abrazo grande.
Emocionante, Isa. Una cantidad tremenda de sentimientos que me hacen estar más cerca todavía de ustedes dos. Cuánto lo quieres. Está claro que merece tu amor. Disfrutemos todos de lo que nos quede por delante. Mucho ánimo en los momentos difíciles, Isa. Un beso.
ResponderEliminarMi idea es ir día a día y no pensar demasiado en lo que está por delante. Pensar en lo pasado también ayuda.
EliminarMuchas gracias, Carmen Nieves. Sé que puedo contar contigo.
Un abrazo grande.
Yo también en mi juventud fui palomero. Pasaba horas en el palomar, las veía volar con orgullo y era capaz de distinguirlas en el aire. Felicidades por el relato
ResponderEliminarSiempre me ha asombrado esa capacidad de distinguirlas en el aire. Para mí todas son casi iguales. Él sabía si eran suyas o no, si eran pichones o adultas, el color y a veces hasta el número. Increíble. Enhorabuena por haber tenido una afición tan bonita.
EliminarPrecioso y conmovedor el relato de El Palomero. Muchas veces he compartido con él historias sobre esos vuelos desde África, donde se enviaban en jaulas y se esperaba por pacientemente, su regreso, para poner las anillas en el controlador. Yo lo viví en mi casa. Un abrazo para El Palomero, y para ti, por hacerme volver a mi infancia y recordar aquella época, a mi hermano y a mi padre
ResponderEliminarUn bonito relato dedicado al palomero y a sus palomas. Sé de la dedicación y el tiempo que les ocupa. Recuerdo en mi casa de Manuel Verdugo que un vecino tenía un palomar. Ese señor pasaba mañanas o tardes enteras en su palomar. Mi madre fregaba una terracita que teníamos también en función de si las palomas salían a dar su vueltita de mañana o de tarde. Ella no le tenía mucha simpatía. Lo recordé ahora.
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