lunes, 27 de julio de 2026

Los porsiacaso



A nosotros, niños de la posguerra, nos enseñaron a aprovechar todo. Era casi un pecado dejar algo en el plato y, si no se comía lo del caldero, nuestras madres tenían recetas riquísimas para aprovechar los restos. La ropa vieja, los pudines, los salpicones de pescado, las croquetas, las empanadas... todo eso surgió de la rica imaginación de las cocineras que tenían que aprovechar hasta la última miguita de pan. Hasta Gila contaba de una tasca donde aprovechaban todo lo que se quedaba en las mesas y que él una vez volvió y encontró en una croqueta un retrato de su tía Enriqueta que se le había caído la última vez que fue.

Y de esos tiempos nos han quedado los "porsiacaso". Los porsiacaso van desde ropa de cuando pesábamos 57 kilos (allá por la primera comunión) "por si acaso" se nos ocurría adelgazar algún día, hasta trajes de novia "por si acaso" se aprovechaban para una 2ª (o 3ª) oportunidad, que nunca se sabe las vueltas de la vida. Así que ahora, que me ha dado por ordenar (poco, no se crean), también yo encuentro que mis armarios están llenos de porsiacasos.

Por ejemplo, retales. Retales que sobraron de aquella vez que mandamos a hacer cortinas o manteles, retales de vueltos de pantalones que hubo que subir... ¿Por qué tengo una caja llena de retales? ¿Por si acaso qué? ¡Si no sé coser ni voy a hacer en la vida una colcha de patchwork! 

O botones, cajitas multicolores llenas de botones de todos los tamaños que se suponían que reemplazarían a los que se cayeran. ¿Y saben qué? Nunca lo hicieron.

O papeles de regalo. ¿Cómo tirarlos con lo monos que son? Claro que a la hora de aprovecharlos en otro regalo, no están tan lisitos y el regalo puede quedar un poco cutre ¿no?

Y más porsiacaso llenando gavetas, estanterías, armarios, baúles, sitio en nuestra vida... El objetivo principal de ordenar la casa, se lo digo a ustedes como lo siento, es eliminar los porsiacaso. Aunque hay una cosa que nunca tiraré y son los sobres de las elecciones. Todo ese material que encontramos en nuestro buzón en tiempos de elecciones, producto de deforestar bosques enteros y del que muchos protestan, puede servirnos por si acaso necesitamos guardar recibos o recetas o dinero para pagar al fontanero, al pintor o a cualquiera que no tenga datáfono. Estoy convencida de que mucha gente los guarda como si fueran las joyas de la corona y que, cuando algunos piden adelanto de las elecciones, seguro que no es por un motivo ideológico, sino porque se les van acabando los sobres de elecciones anteriores.

Así que propuesta para este verano si les ha dado por ordenar: fuera todos los porsiacaso que llevan años cogiendo polvo y nostalgia de otros tiempos. O casi todos. Por si acaso.

lunes, 20 de julio de 2026

La herencia


Este verano -que me ha cogido el toro y que si una cosa, que si la otra- no he ido a bañarme en el mar hasta el 15 de julio, la semana pasada, cosa totalmente inusual en mí. Pero no importa porque sé que, una vez cogida la carrerilla, puede que hasta diciembre estemos remojándonos en estas benditas aguas del norte de la isla. Y además, el primer bañito mereció la pena. Imagínenselo: 25º de temperatura, el agua a 23º, un cielo azul con alguna nube dispersa, la brisa fresquita en la cara, el mar de las piscinas naturales de Bajamar oliendo a algas marinas, y nosotros, tumbados en hamacas, respirando paz y calma y diciendo la obviedad clásica y típica de "¡pero qué bien se está aquí!". Con razón mi amigo Quique, que reposaba su humanidad en una hamaca cercana, nos contó que su padre siempre les decía, a él y a sus hermanos, que les dejaba en herencia dos cosas: una carrera universitaria y vivir en Tenerife.

Don Enrique, el padre de Quique, era un hombre sabio y no puedo estar más de acuerdo con él. Es lo que todo padre desea para sus hijos. Una carrera, sí, pero quien dice carrera puede decir también un oficio, un modo de vivir que permita tener una vida y una jubilación digna. Y ¡qué mejor sitio para vivir  que en Tenerife! Yo después de 4 años en Madrid, ni me lo pensé. Y mi hija, igual. ¿Se acuerdan de aquella publicidad de Cerveza Dorada, llena de canarismos, que se veía en carteles y camisetas? Decía así: "Me alongo por la ventana y veo el mar, el sol, los pibes en la plaza, el calufo...De repente se me pasa el jareo porque lo que de verdad me apetece es ir a la playa, al monte o a un guachinche donde jartarme a lapas con mojo. Lo tengo claro, ahora mismito me voy pa la calle, chicharrero o canarión sabemos que una garimbita fresquita es lo mejor! Sea en el chiringuito, en la chuletada en la azotea del chozo, una doradita con la peñita es nuestro mejor plan. Y ahora es cuando siempre me viene esa frase al tormo... ¡Qué suerte vivir aquí!"

Yo también les he dejado a mis hijos esa herencia. Junto, claro, con unos principios morales de sentido común: ser buena persona, no hacer daño a nadie, saber que puedes dormir sin remordimiento... Ser decente. Si eres así, tienes tu medio de vida y vives aquí ya tienes medio camino ganado a la felicidad. Donde esté eso que se quiten otras herencias materiales que solo dan quebraderos de cabeza.

Y espero que ellos, mis descendientes, estén tan contentos con la herencia como estaba la semana pasada mi amigo Quique, tumbado en la hamaca bajo el sol de julio, mirando las olas del mar.

lunes, 13 de julio de 2026

La llamada de lo rural


Ahora que los días se alargan y que cae hasta una lluvia refrescante e inesperada, el verano está llamando a la puerta. Es el momento en que la mayoría de mis amigos emprende la desbandada, mientras yo me quedo guardando la isla. Los hay que aprovechan las vacaciones para hacer un viaje exótico (sea a Tailandia o a Fuerteventura), los hay que van de playa en playa tostándose al sol que más calienta, y los hay que prefieren volver a su pueblo, aunque sea protestando.

Esto último es lo que hace mi amigo Felo, que todos los años, alrededor de estas fechas, arranca la caña y regresa a sus orígenes, tal como una paloma mensajera volando a su palomar. Lo cual no es obstáculo para que, en la última comida de despedida antes de partir, me diga lo harto que está de todos sus paisanos. Aquí, en Santa Cruz donde vive, Felo está acostumbrado a dar largos paseos de 3 y 4 horas todas las mañanas sin cruzarse con nadie conocido. Sin embargo, allí, en otra isla, en el pueblo pesquero donde nació, conocen de él todo lo que hay que saber y no puede salir a la calle sin que todo el mundo lo salude, lo pare y le pregunte por su vida e intimidades.

Me cuenta, sulfurado: "¡Es que saben hasta lo que como! Como el comedor de casa tiene una cristalera grande hacia la calle, cuando pasan enfrente siempre echan una mirada a la mesa y dicen: "Que les aproveche", y al cabo de un rato todo el pueblo ya sabe que en casa de Felo hoy se comió paella." "¿Y tú qué dices a eso?" "¿Yo? No me queda más remedio que decirles: "Si gustan...". Y sigue despachándose: "Y cuando llego al pueblo, voy a comprar al único supermercado que hay, uno pequeñito, y el dueño, como sabe lo que nos gustan a Yaya y a mí los tomates, lo primero que me dice casi en secreto es que me ofrece unos que tiene, buenísimos, en la trastienda. Yo le compro 3 kilos y, cuando a los 3 o 4 días vuelvo a comprar más, a grito pelado me dice: "¿Ños, muchacho! ¿Ya te comiste todos los tomates? ¡Chiquito emboste!". Y si me canso de que airee lo que compro y dejo de ir unos días, cuando ve a mi hermana pasar, le grita: "¿Y Felo está malo, que hace tiempo que no lo veo por aquí?".

Lo consuelo con que al menos disfruta de la playa que tiene al lado y él respinga diciendo: "¿La playa? Voy a bañarme a las 8 de la mañana para no encontrarme con todo el mundo y allí ya está un grupo de los del pueblo que, más que a nadar, se dedican a tomar baños de asiento en la orilla, mientras hablan de todo y de todos. Me llaman para que me siente con ellos y, cuando les digo que no, que voy a bañarme, se miran unos a otros y exclaman: "¿Pero este muchacho no sabe que tiene un marcapasos?" Si luego se encuentran con mi mujer, le dicen: "Yaya, ¿estás buscando a Felo? Es aquella cabecita que se ve en el mar allá lejos. Deberías decirle algo...". Se meten con todo, saben mis horarios, mis enfermedades, mis costumbres, el nombre de hasta mis bisabuelos...", bufa al final.

"Y por qué entonces -pregunto- todos los veranos no ves la hora de marcharte al pueblo?". Se queda pensando y al final dice: "Porque me siento muy protegido y siento el calor de la familia. ¡Ese tráfico de comida de una casa a otra...! Y a pesar de los pesares, de lo que hablan, de lo que curiosean y expanden, de lo que se meten en tu vida, siento la cercanía de la vida rústica y me siento miembro de una comunidad. Es un mundo muy cercano y sé que puedo contar con ellos.".

Felo no oye la llamada de lo salvaje ni de la selva. Él, cada verano por estas fechas, atiende la llamada de lo rural, del pueblo. La llamada del hogar.

Y a mí no me queda otra que desearle que disfrute y exprima el verano, querido Felo.

lunes, 6 de julio de 2026

Basura me volví...


La verdad es que no he sido, ni soy si seré aficionada al fútbol. Y eso que en estos Mundiales juega Pedri, que nació en el pueblo donde vivo hace 45 años, y al que, por empatía de vecinos, debería aplaudir. Pero ni por esas. Sin embargo, el fútbol tiene sus pequeños-grandes gestos que emocionan, incluso a una profana como yo. Me gustan esos goles que parecen casi imposibles, pero que así y todo, no se sabe cómo, entran en la portería. Me gusta la alegría pura de los niños viendo el fútbol, como la de mi nieto más pequeño, Álvaro, que ahora lo acaban de admitir en un equipo y parece como si tocara las puertas del cielo. Me gustan los gestos de compañerismo entre jugadores, una palmada, un abrazo, un darle la mano al que cae al suelo.

Pero en estos Mundiales hay una escena que me ha gustado por encima de todas: la de los hinchas japoneses con sus globos azules. Miles de aficionados llevaron al partido de su equipo grandes bolsas azules infladas que agitaron con entusiasmo animando a los suyos. Pero al sonar el silbato final, lo que dejó a todos asombrados y dio la vuelta al mundo fue que usaron esas bolsas para recoger la basura que tenían alrededor: botellas, vasos, papeles, latas... Todo lo que en cualquier evento multitudinario se deja normalmente en el suelo. 

¡Qué gran lección nos han dado a los cochinos occidentales! Muchos de los amigos que han viajado a Japón, cuando les he preguntado por qué fue lo que más les llamó la atención, me dijeron que fue eso precisamente, la limpieza extrema que se ve por todos lados. No hay papeleras públicas y, sin embargo, no hay un papel en el suelo. Es parte de su cultura dejar los lugares igual o mejor que como los  encontramos, pero también tiene que ver con la religión mayoritaria, el sintoísmo, para la cual los dioses forman parte de la naturaleza, y tener limpio el entorno es una manera de respetarlos. Si alguien genera basura, por ejemplo, se come un bocadillo en la calle, el papel que lo contenía se guarda para tirarlo en casa en el contenedor correspondiente; en los colegios, los estudiantes limpian las aulas, los baños y los pasillos; y en los lugares de trabajo tienen claro que funcionan bien si todo esta impecable y ordenadito. ¡Parece demasiado bueno para ser verdad!

Imagínense si esto es así en lo público, cómo será en lo privado. Las casas, superordenadas, en donde no tardas nada en encontrar un destornillador. No solo estarán (como en mi casa) los libros y las especias por orden alfabético, sino todo lo demás como debe ser, ropas por colores, sábanas y colchas por tamaños todas dobladitas, despensas perfectas... No es de extrañar allí el triunfo de Marie Kondo, que se ha hecho millonaria escribiendo libros sobre el arte de organizar.

Y ahora, mírennos a nosotros y visualicen como queda el monte tras una excursión, las calles tras los desfiles, las playas tras una noche de San Juan, las gradas de un campo de fútbol tras el partido, tu casa tras un cumpleaños... Conozco bares en Madrid, en donde se tiran las cáscaras de las gambas al suelo, puafff. Y piensen en la cantidad de horas que hemos perdido en la vida buscando infructuosamente las gafas, las tijeras, el cepillo, las llaves, porque nada está en su sitio.

Sí, más que una religión, la filosofía japonesa es un estilo de vida mucho mejor que la nuestra, dónde va a parar. Así que termino al estilo platónico: los males de la humanidad no tendrán remedio hasta que nos hayamos convertido todos al sintoísmo... O nos hagamos japoneses.

Ahí lo dejo.