Si hay un momento único y especial en medio de toda la bulla de las navidades es la primera mañana del año nuevo. Independiente de la hora en que una se acueste en nochevieja, la mañana del día 1 de enero es para despertar no muy tarde porque, después de desayunar, toca sentarse en el sillón, en pijama y zapatillas, los pies estirados, la mente en paz y ¡a ver el concierto de año nuevo de Viena!
Este año había, además, en el ambiente una quietud inesperada a la que acompañaba, fuera, una lluvia serenita. Y la energía y agilidad de la música, de la mano de un Maestro insuperable, el director canadienseYannick Nézet-Séguin, que se saltó alegremente el protocolo de ediciones anteriores, fue un contraste tan poderoso que me emocionó. Era imposible no hacerlo ante su expresividad y entusiasmo. Nos regaló ratos tan divertidos como la polka del Galope del ferrocarril de vapor de Copenhague de Hans Christian Lumbye, que acompañó con gorras, señales y silbatos, o la Marcha Radetsky, en la que se metió él a aplaudir entre el público. Fue una de esas raras ocasiones en las que se sintió una comunicación total entre la orquesta y un público que aplaudía, reía, se levantaba y se volcaba en los aplausos (yo también lo hacía). Fue un momento mágico.
Fue mágico también visitar Viena, una de mis ciudades preferidas del mundo, y volver a estar, llevada por las polkas y valses que allí nacieron, en sus calles, en el Albertina, en los viejos cafés, a la orilla del Danubio, en la catedral de San Esteban, en los detalles de sus aristocráticas casas, en el Hofburn... Hasta la tarta Sacher, que apareció de refilón, me llenó de nostalgia. Y, por supuesto, la Sala Dorada de la Musikverein, con sus más de 30.000 flores, con Apolo, las cariátides y las musas, que cada año nos convocan para comprobar que la música sigue siendo la lluvia que nos limpia por dentro.
Y fue mágico compartir toda esa maravilla con los míos. Esa mañana del año recién estrenado lo estaban oyendo y participando en los chats comunes mi familia aquí y fuera, mis amigos de toda la vida, mis amigos austriacos, Suzana y Walter, en la propia Viena, orgullosos de su música y de su ciudad... Y también fue mágico pensar que ese sentimiento de plenitud, de paz y sosiego se extendía por el mundo entero porque en ese mismo momento estábamos viendo el concierto unas 50 millones de personas en más de 90 países, unidos todos por el poder y la belleza de la música.
Y sin embargo, tres días más tarde el mundo entero, tal vez el mismo número de personas, asistía asombrado a otro espectáculo, el de un presidente que, sin encomendarse a Dios, ni al diablo, ni a su propio congreso, ordenó bombardear otro país y secuestrar a su presidente. Su actuación separó a las personas: unos lo vitorearon, otros lo rechazaron.
¿Qué quieren que les diga? Creo que el mundo necesita desesperadamente esos momentos mágicos que unen, más que los trágicos que separan.

Hola Jane. No oí el Concierto de Año Nuevo pero con posterioridad vi un reportaje y fue de agradecer que se hiciese algo distinto. Hoy es día de Reyes y siempre me ha parecido un día "bonito" , sobre todo cuando hay niños y niñas, pero cuando no los hay , también. A mi me toca comer con gran parte de mi familia , habrá risas, abrazos y "nos damos" los Reyes. En fin, espero que sea un bonito día.
ResponderEliminarY de Trump creo que lo mejor es no fiarse ....... Un beso Jane. Juan.
FELIZ DÍA DE REYES
Para mí el Día de Reyes (lo he dicho alguna vez) es un día extraordinario. Esta vez tuve 22 personas a comer, hijos, nietos y hermanos, y a pesar del trabajo, me encantó. Y todavía hay 5 niños que nos hacen recordar lo que fuimos. Creo que algo de todo eso permanece en nosotros: las sorpresas, la ilusión, el cariño, la familiaridad... Así que es bueno haberlo vivido y hasta el próximo, Juan.
EliminarY lo de Trump... ese es el problema, que nadie, ni siquiera los venezolanos que lo aplauden, se fía completamente.
Un beso, Juan.
Qué bonito Isa !! 👏🏻👏🏻👏🏻🌟🌟🌟Como te dije el día 1 todavía tengo pendiente sentarme tranquilamente a disfrutarlo!! 🎶
ResponderEliminarPor otro lado alégrate por la gran mayoría de venezolanos , tenemos algunos muy cercanos, que ven con esta actuación más cerca la liberación de su país y la salida de la dictadura. No lo tendrán fácil pero es una esperanza !! 🙏🙏
Nosotros tenemos la suerte de que nuestros amigos austriacos nos suelen traer un CD con el Concierto de Año Nuevo y siempre es un gusto verlo, aunque sea repetido.
EliminarY claro que me alegro por los miles de venezolanos que celebran que tal vez un gobierno autócrata que no desean desaparezca. También tengo primos hermanos allá y una amiga íntima en Miami que huyó del desastre que es Venezuela, y entiendo su esperanza y su alegría. Pero no me gusta el modo en que el presidente de EEUU lo ha hecho, no me gusta que no haya contado ni con el congreso de su país y que desprecie totalmente el derecho internacional y amenace a otros países con hacerles lo mismo. Y me da miedo que sirva de ejemplo a futuros Trump que justifiquen cualquier invasión a un país extranjero sirviéndose de ese modelo.
Un abrazo, querida Nina, y a empezar el año con optimismo a pesar de todo.
Tienes razón, Jane. El concierto de Año Nuevo consigue que los que queremos disfrutarlo estemos puntuales en su comienzo, sea cual sea la hora en que nos hayamos ido a dormir en la noche más celebrada del año.
ResponderEliminarSeguramente, también sea la magia de este concierto la que consiga el milagro de esa unión universal, en torno a un mismo acontecimiento musical.
Yo no concibo empezar el año sin oírlo y vivirlo, como si estuviera ocupando un asiento en la Sala Dorada del Auditorio de la Asociación de Música, de Viena.
Lo hago desde muy niña y no recuerdo habérmelo perdido nunca.
Yo también soy de las fieles. Y además, la cosa tiene que ser en pijama y zapatillas, un poco como si pensáramos que tenemos manga por verlo así, frente a todos los asistentes reales al concierto que van de tiros largos. Siempre pienso que qué suerte tenemos con esto de la televisión y que somos muchísimos más los que alrededor del mundo lo oímos y disfrutamos de esta manera, cómodamente sentados en un sillón, calentitos con nuestra bata y con los pies estirados y a lo mejor con una taza de café humeante en la mano. El paraíso.
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