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lunes, 27 de octubre de 2025

Una dosis de realidad


Esta semana ha entrado un ratoncito en casa, tan chiquito y saltarín él. No suele pasar, pero es lo que tiene vivir en medio del campo y, seguramente, nos dejamos la puerta de la cocina abierta durante un rato y entró desde el jardín. Esa noche, cuando estábamos viendo la tele, pasó por delante brincando, como Pedro por su casa, y escondiéndose detrás de la librería. Como no había sido invitado, lo calificamos enseguida de persona non grata y tratamos de echarlo amablemente con una escoba, pero corrió de aquí para allá un rato, se escondió otro y, después de poner veneno para un regimiento, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos había dejado el mensaje implícito de que el veneno se lo iba a comer mi abuela y que él prefería muchísimo más, dónde iba a parar, una caja de exquisiteces que mi hija le había regalado a su padre, sobre todo unas galletas inglesas riquísimas y unos bombones de licor como chupito fin de fiesta. Nos había engañado vilmente su aspecto de ratoncito frágil y recordé que una vez oí que algo así les pasa a los políticos, que les gusta ser como Mickey Mouse, tan encantador que la gente olvida que es una rata.

Nos dispusimos entonces a pasar a la acción. ¡Era la guerra! ¡O él o nosotros! Me fui a la ferretería del pueblo a por una ratonera y se les habían acabado. Pero las huestes en combate no se dejan amilanar por tan poca cosa y conseguimos una en casa de mi hermana. Éramos como el ejército del Abismo de Helm contra los orcos y los hombres salvajes de las Tierras Oscuras, pertrechándonos ante la batalla final. Una ratonera con un trozo de queso apetitoso era una trampa mortal. ¡Ja! ¡A por él!

Cuando a la mañana siguiente fuimos a ver el resultado, nos sentimos más bien como Tom (nosotros) y Jerry (él). Se había comido el queso y nos había dejado como recuerdo agradecido una cagada sobre la ratonera. Encima, recochineo. Culpa de nuestra inexperiencia: la habíamos puesto mal. Pero de los errores se aprende y letal fue nuestra venganza. Otra ratonera con otro queso más apetitoso puesta en un sitio más estratégico (detrás de la cesta de las papas en el suelo de la despensa) lo estaba esperando, jejeje (risa de bruja). Ese mismo día estábamos leyendo en la sala y, en el silencio de la tarde, resonó un ¡cataclac!. Y supimos entonces que "cautivo y desarmado el elemento ratonil, hemos alcanzado los últimos objetivos militares. La guerra ha terminado". Y no hubo clemencia, no. Metimos su cadáver en un balde de agua por si acaso y luego, como ejemplo para futuras incursiones, lo tiramos a los campos yermos, más allá de casa, de donde nunca debió haber salido.

A veces, en la vida, no todo es color de rosa y debemos librar cruentas batallas. A veces nos tropezamos con una dosis de realidad, qué quieren que les diga.

lunes, 26 de mayo de 2025

La Resistencia y Los Caninos



Mi hija siempre me reprocha y me dice que yo odio a los animales solo porque, cuando voy a su casa y uno de sus cuatro gatos se me echa encima, le digo: "¡Quita, gato!". Pero aunque es verdad que prefiero a los perros (Jardiel Poncela decía que "el gato es el predilecto de aquellas personas que necesitan amar, y el perro, el elegido de aquellas personas que necesitan ser amadas"), si uno de ellos se me echa encima, también le diría "¡Quita, perro!" (si no sé el nombre, claro). Después de todo, tampoco yo me echo encima de ellos.

Así que entiéndanme, no solo no odio a los animales sino que los respeto profundamente y los considero primos cercanos, sobre todo desde que me enteré de que compartimos el 60% de nuestros genes con la mosca del vinagre (cosa que necesariamente tiene que bajarnos nuestra autoestima como reyes de la creación)  y el 75% con los perros, con los que muchos hemos vivido en nuestras casas. Los animales que he conocido fueron siempre perros queridos, y llorados cuando se fueron, y sus nombres permanecen en la memoria familiar: Pimpón, Yan, Bol, Falconetti, Grucho, Rebo... Comprendo perfectamente a De Gaulle cuando decía "Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro" y en la historia, real e inventada, hay perros que han realizado hazañas que ya quisiéramos nosotros, como Rin Tin Tin, Lassie, Laika, Milú y el sabueso de los Baskerville.

Pero entiendo también a los que piensan que "cada uno en su casa y Dios en la de todos", los que se resisten a entrar a otro ser distinto en su casa y en su vida y a asumir otra nueva responsabilidad. Como un amigo mío que lleva años, como si fuera el pueblito de Astérix, "resistiendo todavía y siempre al invasor". Pero los ruegos y pataletas de su mujer y sus hijos han ido minando poco a poco sus fuerzas y, por fin ha accedido con una condición: que firmen un contrato con ciertas cláusulas. Por si alguno de ustedes está en la misma tesitura, les transcribo dicho contrato que tal vez les sea de utilidad:

CONTRATO PRIVADO MASCOTA FAMILIAR

En Santa Cruz de Tenerife a 25 de marzo 2025

De una parte, xxxx con DNI xxxxx, en adelante “La Resistencia”

Y de la otra parte, xxxxxx con DNI xxxxxx (Mayor de edad), xxxxxx con DNI xxxxxxx (Menor de Edad) y xxxxxxx  con DNI xxxxxxxx (Menor de Edad), en adelante “Los Caninos”

Todas las partes residentes en la vivienda situada en xxxxxxxxxxxxxx,

EXPONEN

· Los Caninos quieren adoptar un perro/a proveniente de la raza Golden 

· La Resistencia se opone a ello. Solo aceparía (y a regañadientes), si se cumplen todos y cada uno de los siguientes TÉRMINOS y CONDICIONES

1.- LÍMITES EN LA CASA: 

· El perro/a vivirá en la terraza delantera de la casa. Allí se le instalará una caseta con todas las comodidades, sus juguetes, su comedero y bebedero. La Resistencia se encargará de instalar todo.

· El perro/a únicamente entrará en la casa para ir a la terraza de atrás o para cruzar el salón con el motivo de entrar/salir de la casa para el paseo exterior de hacer sus necesidades.

· El perro/a tiene terminantemente prohibido subir al piso superior. En ningún caso cruzará más allá del primer escalón del salón.

· El perro/a tiene terminantemente prohibido subirse al sillón del salón.

2.- LIMPIEZA e HIGIENE: 

· Los Caninos se encargarán en todo momento de la limpieza tanto del perro/a como de las zonas comunes (terraza, caseta, suelo..), que se encuentren sucias ya sea por caca, pis, pelos, babas, olor…

· La Resistencia NO limpia nada. Además si considera que el perro/a huele mal o ve indicios de suciedad, Los Caninos lo limpiarán lo antes posible.

· La Resistencia les proveerá en todo momento de materiales para ello: ambientadores, bolsas, recogedor, etc.

3.- SALIDAS o PASEOS DIARIOS

· La Resistencia NUNCA NUNCA NUNCA se encargará de pasear al perro/a (salvo que por decisión propia decida hacerlo). Esta responsabilidad y obligación recaerá SIEMPRE en Los Caninos. Lo tendrán que sacar a pasear para hacer sus necesidades todos los días de la semana (incluidos sábados y domingos), 2 o 3 veces. A primera hora, al mediodía y por la tarde/noche. 

· En cada paseo deberán llevar la correspondiente “bolsita” y una botella con agua para limpiar lo que manche el perro/a

4- EDUCACIÓN y ADIESTRAMIENTO

· La tarea de educar al perro recaerá únicamente en Los Caninos. El perro/a deberá estar muy bien educado. Deberá obedecer a las órdenes de: échate, siéntate, quieto, junto…. También deberá aprender a caminar al lado del que lo pasea cuando sale a la calle.

· La Resistencia no tendrá responsabilidad alguna en este aspecto. Actuará como un abuelo.

· En caso de conflicto con la vecindad, será resuelto por Los Caninos.

5.- COMIDAS

· El perro/a no recibirá comida Gourmet especial. Todas las partes concuerdan que la comida para perros de siempre va bien

6- VIAJES, Fines de Semana y Ocio

· El perro/a NO VIAJA en ningún caso

· Cada salida o viaje que hagamos, se quedará junto con sus padres (así los ve y los visita como un buen hijo/a)

· Únicamente nos acompañará cuando subamos a alguna finca o casa que admitan perros 

7- NOMBRE

· La Resistencia tendrá el poder de Veto sobre el nombre seleccionado por Los Caninos.

· El nombre será acordado por ambas partes

· Se decide que el perro/a se llame:      ……………………………………………………………..

8- OTROS

· Cualquier otro aspecto que tenga que ver con el perro/a se decidirá por acuerdo entre las partes

ACEPTO TODO LO EXPUESTO ANTERIORMENTE

xxxxx                                    xxxxx                   xxxxxx                                    xxxxxxx

La Resistencia Canino1 Canino2 Canino3

Este es el contrato que a regañadientes también han firmado Los Caninos. Pero, ay, amigo mío, alias "La Resistencia", desde el momento en que el perro te mire suplicante, mimoso y cariñoso a los ojos, estás perdido. Te veré paseándolo, dándole comida gourmet a escondidas y dejándolo entrar hasta el recinto sagrado de tu habitación. Y si no, al tiempo.

Por cierto, es una perrita monísima y se llama Florinda (en la imagen inicial)


lunes, 13 de enero de 2025

Las freganchinas al poder



En una entrevista que le hicieron a mi hija le preguntaron que qué le pediría a una Inteligencia Artificial y ella contestó que le limpiara la casa. No imagino mejor respuesta y, si encima hace croquetas, mejor todavía. Las labores de la casa son como aquella piedra enorme que Sísifo, castigado por los dioses, tenía que subir cada día a una gran montaña y cuando ya creía que la había dejado toda bien colocadita en lo alto, patapún, la piedra empezaba a rodar ladera abajo... y vuelta a empezar al día siguiente. Pues en la casa igual: barres, limpias el polvo, friegas, ordenas, lavas, planchas...,  y cuando ya te parece que está todo como los chorros del oro, hay que volver a empezar cada día ¡Señoooor! ¿Qué hemos hecho (sobre todo las mujeres) para merecer esto?

Y mira que hasta el propio Marx habló de los trabajos estresantes y asquerosos que nadie quiere hacer, confiando en que llegaría un día en que las máquinas harían toda esa labor y los humanos podrían dedicarse al ocio y a trabajar en aquello que les gustara y los llenara. Pero naranjas de la China. Claro que él pensaba en el proletariado, y no paró mientes en el fregoteo de las casas, una actividad más penosa y encima sin sueldo. Habría que decirle a Marx que, mientras las mujeres (que son la mitad de la humanidad) no se pongan en pie de guerra, me da que no se va a llegar al paraíso comunista que él predicaba.

Estoy muy sensible con el tema porque, por causas que no vienen a cuento, llevo casi dos meses sin la persona que me ayuda en la casa. Y cada vez que estoy barriendo debajo de las camas, me acuerdo de un cuento, de los que oía en la radio de pequeña, que hablaba de un príncipe que iba buscando esposa por todo el reino y a todas las doncellas les decía que su caballo solo se alimentaba del polvo que se acumulaba debajo de las camas (tamo creo que se llama) y todas le contestaban que ellas tenían un montón. Solo cuando encontró a una que tenía el suelo limpio como una patena, detuvo su búsqueda y se casó con la buenita hacendosa. Pero yo entiendo a las demás, venga a barrer y barrer todo el día no puede ser sano, ni por 10 príncipes que se haga. ¿Y de dónde sale además todo ese polvo? ¡Y la plancha, por Dios, cómo la odio!

Cuando yo era jovencita (unos 13 o 14 años) me gustó un chico de 17 que me prometió el oro y el moro: me dijo que, si seguía con él, yo no tendría que preocuparme por nada, que tendría a mi disposición todo el servicio que quisiera y no tendría que mover un dedo trabajando en la casa. Ay, aquel chico sí que sabía. Nada de amor eterno y zarandajas de esas, sino el sueño de toda mujer: olvidarse de la escoba, el trapo y la fregona. Lo que pasa es que, cuando una es jovencita, es boba y no sabe y no valora ese ofrecimiento como se merece. Si hubiera sido tan sabia como soy ahora, no lo hubiera dejado escapar.

Así que mujeres del mundo que día tras día barren, friegan y planchan ¡UNÍOS! No más agacharse ni subirse a escaleras a limpiar telarañas, no más sudores en los fogones, cuando se puede estar tumbada tan ricamente leyendo un libro ¡Las freganchinas al poder!

lunes, 9 de diciembre de 2024

A Belén, pastores


Esta semana he terminado el árbol de Navidad y el nacimiento, que no se diga que me coge el toro. Y después de terminar, derrengada de subir y bajar escaleras para poner las bolas y de recrear en lo imposible el pueblo de Belén, me quedé sentada en el sillón contemplando mi obra  (y mandándosela por wasap a familiares y a amigos, qué menos). Entonces me puse a pensar en Belén, un pueblo (supongo que ya una ciudad hecha y derecha) en el 5º pino, que casi nadie conoce pero de la que todo el mundo ha oído hablar. Y no solo hablar, sino que reproducimos en nuestras casas con una increíble falta de precisión.

Dicen que fue San Francisco de Asís el primero que reprodujo en una cueva italiana, con asno y buey incluidos, el portal de Belén allá por el siglo XIII. Pero después la gente se entusiasmó con el tema, los ricos empezaron a inventarse un belén con personajes elegantes (no hay más que ver los belenes napolitanos del siglo XVIII) y los pobres, culo veo culo quiero, también se afanaron con entusiasmo a hacer el suyo. 

Y ¡cómo nos gustaban los nacimientos a los niños! A los de mi generación nos llevaban a ver el que hacían en San Juan de Dios y todos coincidimos cuando hablamos de él en que sobre todo nos asombraba el momento mágico en que se ponía el sol poco a poco y se encendían las ventanas de las casitas. No me extraña la fascinación que se nos ha quedado por los belenes. Yo tengo unos 10 pequeños repartidos por la casa estos días (En la imagen uno de ellos, con bandeja marroquí detrás dándole un brillor y pastorcitos peruanos a los lados). Pero eso no es nada comparado con la mujer de un amigo mío que llegó a coleccionar 450 belenes, a cual más bonito. Empezó con dos mejicanos que le regalaron y ahí se le despertó el gusanillo que le llevó a buscar por todo el mundo. Llegó a escribir a dos embajadores de dos países de los que no tenía ningún ejemplar y uno de ellos le envió uno. Ha hecho exposiciones con éxito con el rótulo de "Belenes del mundo", pero ahora están en cajas guardados, sin nadie que los disfrute. ¿Para cuándo un Museo de la Navidad que reúna semejantes tesoros?

Muchos, antes que con el árbol de Navidad, hemos crecido con el nacimiento. Y mi madre, que era una novelera para estas cosas, primero nos llevaba al monte de Las Mercedes a coger musgo y después nos animaba a hacerlo entre todos y nos dejaba jugar con las figuras, acercándolas o alejándolas del portal, poniendo a hablar a unas con otras o llevándolas hasta una casa que había más allá del puente que cruzaba un río hecho de platina.

Así que ahora todos los de mi familia, seamos creyentes o no, hacemos el nacimiento todos los años, igual que compramos lotería de Navidad aunque estemos seguros de que nunca tocará. Lo hacemos por tradición, en recuerdo de aquellos años felices. Mi nacimiento, además, es muy sui generis, para andar por casa, nada que ver con los lujosos. El suelo es de agujas de abeto secas, de los árboles de años anteriores, y el techo del Portal es de hojitas de romero. Otra cosa no, pero bien perfumado sí que está. Y es muy cosmopolita. Están los personajes de siempre: la que lava la ropa en el lago (un espejo venido a más), el cagoncete escondido en una cueva, los pastores... Pero también está David el Gnomo con dos amigos, una figurita peruana tocando el sikus, una parejita de magos canarios dándose un beso, dos ovejas también muy cariñosas, una rana verde tomando el sol sobre la torre del Castillo de Herodes... Los Reyes Magos están en sus camellos sobre la repisa de la chimenea y solo bajan y se van acercando al Portal después de Navidad.

Hay muchas formas de vivir la Navidad. Los hay que quieren que pase rápido y están los que disfrutamos con ella, como si un poco del placer infantil permaneciera con nosotros. Pero si en algo estamos de acuerdo es en que es la fiesta más universal de todas y que incorpora mitos de todo el mundo, desde el Papá Noel del anuncio de la Coca-Cola de los años treinta hasta el árbol de Navidad, Dickens y sus fantasmas o la bruja que reparte regalos en Italia. Y, por supuesto el nacimiento que, aunque no se sepa a ciencia cierta que Jesús nació en invierno ni siquiera si fue en Belén, ni si hubo allí de verdad ángeles, pastores, mula y buey o Reyes Magos, lo asumimos como verdad incuestionable y lo celebramos y cantamos en todas las lenguas: "A Belén, pastores; a Belén, chiquitos, que ha nacido el rey de los angelitos...".

lunes, 25 de noviembre de 2024

Algún día hablaré de mi abuelo


Mi abuelo (a la derecha) tomándose unos vinos en La Laguna

Algún día hablaré largo y tendido de mi abuelo Gabriel Duque Díaz. Fue un hombre interesantísimo, fundador y director de dos periódicos, uno en La Palma y otro en Cuba, poeta, carpintero, constructor de edificios y carreteras, buen delineante... Pero hoy voy a hablar de otra faceta de él, la de padre de familia numerosa (tuvo 7 hijos), gracias a un hallazgo inesperado que mi primo Pepe encontró entre los papeles de su padre: unas cuartillas de mi padre contándole a su hermano los recuerdos de su infancia. Su voz llega hasta mí a través de los años. Él y su padre son los protagonistas hoy:

"De mis recuerdos de familia, vamos a ver. Vivíamos en el primer piso de la Calle Alta frente a la Alameda de Los Sauces, en la esquina izquierda de la calle mirando hacia arriba. Me veo jugando con mi hermano Gabriel y mi hermana Lolita en unas acequias que conducían agua y que pasaban junto a la ferretería que mi padre tenía en la planta baja. Tendría yo unos 3 años más o menos, porque un poco más tarde Lolita enfermó y el Señor se la llevó. Sería por el año 1925. Mi padre trabajaba con mi abuelo Atilio en la carpintería instalada en La Lama, en la cual instalaron la maquinaria para la producción de energía eléctrica para dar luz al pueblo de Los Sauces que carecía de ella, y recuerdo que se inauguró con pleno éxito el 1 de enero de 1925, fecha que para siempre quedó grabada en mi mente.  Posteriormente, en años sucesivos, otra persona, un tal Pío, instaló otra planta de energía eléctrica, y de ahí nuestras disputas de pequeños, de que si la luz de papá era mejor que la luz de Pío, o al revés. Recuerdo perfectamente el día en que murió nuestra hermana Lolita, con la asistencia de mis abuelos y de mis tíos y tías en casa.

De esa época como nota sobresaliente están los Carnavales del año 26, 27 o 28, cuando me quedé casi ciego, con motivo de que mi hermano Gabriel y yo estábamos jugando al boliche en el pasillo de casa cuando mi madre salió de la cocina con una sartén de aceite hirviendo para servir no sé qué cosa para el almuerzo en la mesa del comedor, y al tropezar conmigo, todo el aceite se desparramó en mi cara. Otro de mis recuerdos de esos años fue cuando yo subí a un duraznero de nuestra huerta y me hinché a comer duraznos verdes, y al enterarse mi padre, me dio la primera y última y única paliza de mi vida y me condenó a que le entregara todos los boliches que tenía, con lo que me dejó inútil para el juego, lo que me dolió más que la paliza que me dio. A los 2 o 3 días los boliches volvieron a mí y todo quedó olvidado.

De ese tiempo recuerdo que la situación de mi padre fue decayendo. No sé por qué, la Carpintería y la luz fracasaron y unos pequeños negocios que mi padre tenía de importación de materiales de construcción, junto con sus primos hermanos de Santa Cruz de La Palma, también fracasaron. Papá se dedicó entonces a la construcción y solo recuerdo una casa de dos pisos que hizo cerca de La Verada, casi junto al Cuartel de la Guardia Civil, que por allí estaban entonces. No sé por qué, allá por el año 1928, nos mudamos a una casa con huerta en La Verada, y papá tuvo que emigrar a Tazacorte para construir un edificio que le encargó Don Pedro Gómez Acosta, importador y exportador, después del nacimiento en aquella nueva casa de nuestro nuevo hermano Pepe, el cual nos dio el disgusto de caerse a la acequia que pasaba frente a casa y hacerse una herida en la frente. No sé de qué forma pudimos arreglarnos con papá en Tazacorte, y recuerdo cuando tuvimos que decírselo telefónicamente. Yo creo que eso lo decidió a arreglar todo para que todos pudiésemos trasladarnos a la nueva casa que pudo prepararnos en Los Areneros, lugar entre Los Llanos y Tazacorte. Allí organizamos nuestra vida y era el año 1931 o 1932, años agitados por las ideas republicanas que se traslucían en nuestro Colegio de Tazacorte, ya que el maestro era comunista acérrimo.

Cuando papá terminó la casa de Don Pedro, situada al salir de Tazacorte camino de los Llanos, le encargaron el desmonte y trazado de la carretera desde la Plaza de Los Llanos hasta Puerto Naos, contratado por Don Mauricio Duque y su hermano Francisco, obra que duró desde finales del 33 o principios del 34 hasta casi los últimos meses del 35. Yo trabajé en dicha carretera, como ayudante de topógrafo o ayudante de herrero, incluso como peón, con el salario diario de 3,50 pesetas (mi padre ganaba 10 pesetas diarias). Antes de comenzar la construcción de la carretera a Puerto Naos, ya nos habíamos mudado de la casa de Los Areneros a otra casa situada en el sitio llamado "La Placeta" en la calle principal de Los Llanos, donde estuvimos hasta la finalización de los trabajos de la carretera, y de allí nos mudamos a la casa de Nazco, era ya el año 35.

Papá, no recuerdo de qué forma, se hizo dueño de un solar sito en Triana, barrio de Los Llanos, donde comenzamos a construir una casa llegando en su estructura a terminar paredes y techo; pero papá, sin trabajo por allí, consiguió la dirección de la construcción del Instituto sito junto a la Plaza de Santo Domingo en Santa Cruz de La Palma y nos tuvimos que mudar a una casa en La Portada de Santa Cruz de La Palma. Era en el mes de diciembre de 1935. Como no había dinero para pagar los alquileres atrasados de la casa de Nazco, nuestro padre saldó los mismos con la casa a medio ejecutar de Triana. La construcción del Instituto quedó paralizada durante la guerra civil española y a nuestro padre lo destinó la misma compañía constructiva a dirigir la construcción de la carretera a Hoya Fría en Santa Cruz de Tenerife, ya por los años 37 o 38. Establecidos ya en La Laguna, durante los años sucesivos mi padre actuó como contratista independiente en trabajos de roturación de terrenos y construcciones agrícolas, como estanques y construcciones de agua para terrenos, centrando sus actividades en Valle Guerra, Tejina, Bajamar y Punta del Hidalgo. Al decaer este tipo de trabajos, se dedicó a contratos oficiales, como la construcción de la carretera de La Cuesta a Valle Tabares y, al no conseguir nuevas obras de este tipo, sobre todo por falta de existencias de las mismas, sus ocupaciones se centraron en la dirección de la construcción de obras particulares en Santa Cruz de Tenerife, como Cafesa en Avenida Tres de Mayo y otras en la calle La Rosa o calle Los Campos.".

Hasta aquí algunos de los recuerdos de mi padre sobre el suyo. Me sorprende este abuelo trabajador, aventurero, nómada, que buscando mantener a su familia, se mudaba con ella, arramblando con todo, a donde pudiera haber mejores condiciones de trabajo. Cuento en esos 15 años desde el año 24 (año en que mi padre tenía 3 años) hasta el final de la guerra, 7 mudanzas, y eso que no se habla de los años anteriores en Cuba a donde también fue con toda la familia. Pero estoy segura, por los artículos que hablan de él sobre todo después de su muerte, de que en todos los sitios por los que pasó dejó huella. Alguna vez, sí, hablaré mucho más de mi abuelo Gabriel, el poeta que supo ver belleza en una vida dura.

lunes, 30 de septiembre de 2024

La niña



En muchas casas, la más pequeña de la familia o la única es la niña (o el niño, claro), el eje, el centro de atención, aquella por la que se iluminan las miradas. Y muchas veces ese nombre, la niña o nena, sigue usándose toda la vida. A dos de mis amigas las llaman Nena por eso mismo y a mi tía Nena nadie la conoció nunca por su verdadero nombre.

En mi familia la niña fue mi hermana, la más pequeña, y 20 años después mi hija, primera hija, sobrina y nieta. Pero después, durante mucho tiempo, la niña fue Isa, mi sobrina, a la que pueden ver en la imagen inicial cuando era pequeña. A ella le dedicó mi hija Ana una "Oda a Isabel" en agosto del 91, cuando la niña tenía casi dos años:

La niña tiene un pez

en la mirada,

un pez atado

de pies y manos a la vida. 

Una casa sin umbrales

que ensombrece 

la nariz dulce y pequeña.

Isabel,

el viento te hiere las alas

y tu risa,

anclada en el silencio,

te salpica la espuma

de la infancia

por la cara.

La "niña" es ahora médico rehabilitadora y esta semana pasada ha cumplido 35 años. Sigue teniendo la mirada dulce y la sonrisa ancha y esa alegría contagiosa y vital que Ana supo adivinar. Pero ya no es "la niña". El título ha pasado ahora a su hija de 5 meses, Lucía, un bebé precioso de ojos almendrados y sonrisa luminosa que nos tiene embobados. En Galicia cuentan que existen unos duendes, los meniñeiros -visibles solo a los niños-, que enseñan a reír a los pequeñitos. Solo así se explica que se rían tanto y sin motivo aparente. Y nosotros les devolvemos el eco de sus sonrisas.

Dichosas las familias que se perpetúan y en las que nacen niñas y niños que llenan las casas de ternura y risas. Dichosas las familias que coleccionan infancias y llenan de amor a sus niños, porque estos irrumpen en su vida y la transforman, la descolocan y la enriquecen. Y una infancia feliz, como diría Camus, hace adultos sin resentimientos.

"Estos días azules y este sol de la infancia". Es el último verso que escribió Antonio Machado.

martes, 9 de abril de 2024

La arrancadilla



La arrancadilla es un canarismo que usamos aquí cuando estamos de copas al final de una reunión agradable y, aunque sabemos que ya tenemos que irnos, lo estamos pasando tan bien que nos apetece alargar el momento y decimos: "¿Nos echamos la arrancadilla?". Y tomamos otra copa (la última y la mejor) antes de despedirnos.

Esta expresión me viene a mí a la mente en otra situación muy distinta: cuando estoy soñando algo agradable, metida en una historia de la que no quiero salir, y en ese momento, riiiiing, suena el despertador. El ratito entre el sonido que te avisa de que es la hora y el paso en el que definitivamente te levantas, es también mi arrancadilla propia, el momento que alargo entre el sueño y la vida. Oigo llegar el día en un duermevela medio lúcido -restos del sueño colándose por los entresijos del pensamiento- y reúno imágenes para organizar horas, despejar miedos y agrupar esperanzas.

No sé si a todo el mundo le pasa igual, pero hace un par de meses el escritor Manuel Vicent hace en su columna semanal una confesión parecida. Imagina un día perfecto que empieza en ese instante de agradable somnolencia arrullado por el canto de los mirlos (que también cantan cerca de mi ventana). Ese día perfecto, que vislumbra en su arrancadilla particular, incluye la conciencia de que no le duele nada en el cuerpo ni en el alma, un paseo junto al mar con un sol amoroso de 25º, una cerveza fría y unas aceitunas amargas en una terraza a la sombra de unos plátanos, la lectura de un periódico en el que no habría noticias de niños destrozados por las bombas ni políticos rebuznando, una comida divertida con amigos... y, al final del día, quedarse dormido con las gafas caídas en la punta de la nariz y unos poemas de Walt Whitman entre las piernas.

En mi arrancadilla hay sitio para sueños, pero también imágenes desperdigadas de los últimos días: el milagro de encontrar ¡en abril! el duraznero lleno de duraznos, conocer a alguien nuevo que me cuente su historia, la risa ante un buen chiste, la alegría de organizar una comida con los amigos en la que se habla de todo, una buena conversación por teléfono, pensar en un regalo que le haga ilusión a mi sobrina-nieta que cumple 15 años (al final, "Memorias de Idhún" de Laura Gallego), la lluvia mojando la tierra y despertándome definitivamente con su repiqueteo hacia el día que se abre.

No hay días perfectos, como el que imaginó Vicent, porque la vida no lo es. Pero sí hay ratos sublimes a los que aferrarse para darle sentido a todo. Lo mejor de esta semana: llevar desde las 3 del domingo hasta las 8 del lunes esperando que venga al mundo Lucía, la más pequeña de la familia, nieta de mi hermana e hija de Isa y Javi. Casi 30  horas en que todos los que la queremos ya, hemos estado pendientes del wasap y del teléfono (contracciones aún irregulares, registro todavía suave, acaba de romper bolsa, borrado total, ya con epidural, 5 de dilatación, ya va la cosa, ¿todavía nada?, me da que salió a ti y está ahí tan ricamente y como no se le empuje..., pues le irá bien en la vida...). Y luego el nacimiento ¿Hay momento más emocionante que ese? Y piensas que Lucía se ha echado una arrancadilla de 30 horas largas, pero es la mejor, la que te enfrenta a la vida y sus retos, dejando atrás la nada. Bienvenida a la familia y al mundo, mi pequeñita. Que te sea tan grato como lo has imaginado en tu duermevela.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Las compras de Navidad



Es curioso que, con lo que me gusta la Navidad. cuando pienso en todos los libros que he leído sobre ella, me siento poco identificada con ellos. Nada de fantasmas de navidades pasadas, presentes o futuras (Cuento de Navidad de C. Dickens), nada de pociones diabólicas para celebrar el Año Nuevo (El ponche de los deseos de Michael Ende), nada de Santa Claus bajando por la chimenea (Una visita de San Nicolás de Clement Clark Moore)... No. Pero si hay una escena con la que empatizo totalmente en estos tiempos de estrellas y bolas de colores, es aquella con la que empieza Agatha Christie su novela El tren de las 4,50.

Les cuento. La señora MacGillicuddy llega a la estación de trenes después de un día frenético de compras de Navidad en Londres. Camina, deprisa y sudorosa , para coger el tren cargada de paquetes mientras gentes que suben y bajan en todas direcciones la zarandean sin compasión. Al fin se instala confortablemente con un suspiro de alivio en su vagón de 1ª clase. Y entonces viene la escena que me gusta: La señora MacGillicuddy levantó la vista a la red y miró sus paquetes con complacencia. Las toallas para la cara le habían salido a buen precio y eran exactamente lo que quería Margarita; la pistolita para Robby y el conejo para Juanita eran para dejar satisfechos, y esa casaquilla de noche era precisamente lo que ella necesitaba, pues a la vez abrigaba y vestía. Y lo mismo el jersey para Héctor... En una palabra, se sentía complacida por el acierto de sus compras.

Todas aquella personas a las que no les queda más remedio que comprar regalos en medio del trajín de estas fechas (y que encima, como yo, no son muy entusiastas de las compras y viven lejos del mundanal ruido), se verán reflejados en esa señora, cansada pero satisfecha: en un día lo ha resuelto todo, no tiene que salir más y lo que ha comprado es lo que ha querido.

Para estos trabajos ineludibles yo haría varias recomendaciones. La primera, hacer una lista exhaustiva de lo que más le gustaría a cada uno: qué vas a comprar y dónde. Y no perder la lista, claro, como me pasó una vez que la metí sin querer en el cuaderno de una alumna que estaba corrigiendo y al día  siguiente ella me dijo: "Profe, ya sé todo lo que van a regalarle los Reyes a sus hijos". La segunda es delegar en la gente joven, que compra tan bien, sabe lo que quieren los niños y no se cansan tanto. A mí me compran todo, menos los libros que los compro yo (y de paso me los leo). Y tercera, que la salida sea pronta (si es en noviembre, mejor) y placentera. Este año lo he resuelto de dos veces, una con mi hermana y otra con mi hija y mi nieta mayor (salida de chicas), que incluían "premios" como una comida rica en medio o una visita, lenta y "revolviona", a una librería.

Y después, cuando llegamos a casa, empaquetas y revisas lo comprado con la misma complacencia que la señora MacGillicuddy: este libro le va a encantar a mi hija; los 2 regalos para la cena de nochebuena (para una especie de amigo invisible que admite el robo de regalos y que premia al más robado) son originales y no sobrepasan los 15 euros acordados; esta chaqueta-anorak que me compré (los autorregalos  son gratificantes, estás segura de que te sirven y te gustan) es fina y abrigadita a la vez; el pañuelo para Tina tiene un color muy bonito, y hay algún regalo de broma que hará reír a mi marido...

Es entonces el momento perfecto para sentirse la señora MacGillicuddy de los pies a la cabeza: En una palabra estoy complacida por el acierto de mis compras.

martes, 20 de septiembre de 2022

Mi nevera me habla



No sé a ustedes pero a mí mi nevera me habla. Y no debe ser algo raro porque el otro día se lo conté a mis amigas y mi amiga Cae me dijo que a ella la suya también, que hace un sonido como si se estuviera tragando un rinoceronte. Aunque no sé neverés, el idioma de las neveras, deduzco que la suya debe ser una nevera macho, porque la mía es todo lo contrario, muy femenina ella. Su conversación es prolongada y finita allá al fondo, a veces casi un silbido, sobre todo por las noches cuando no puedo dormir y me voy a tomar una taza de tisana relajante junto a ella en la cocina.

Por un momento a veces pienso que me estoy volviendo majara, pero me consoló un artículo que le leí al recientemente fallecido Javier Marías allá por el año 2009 en el que decía que "tal vez no sea tan descabellado imaginar que los objetos inanimados tienen algo de vida". Él lo decía porque le encantaban las figuritas y en una tienda de antigüedades en Londres encontró y compró una estatuilla de bronce, "un señorín muy trajeado, con levita, chaleco, pechera almidonada y pajarita". A su lado había una bailarina algo cursi que él desdeñó. Pero a la vuelta a Madrid no pudo quitarse de la mente a la pobre bailarina, a la que imaginaba triste y sola, y, aunque se decía a sí mismo que "¿cómo puedo seguir siendo tan pipiolo y tan bobo a mis años?", no descansó hasta que llamó al anticuario para que se la mandara también.

¿Qué nos pasa con las cosas, que las sentimos tan cercanas como si fueran de la familia? Reunimos y reunimos y nos cuesta un montón desprendernos de ellas. Me pasa con los libros, que han colonizado toda mi casa (solamente en los baños no hay), con recuerdos de sitios o de personas (¿cómo voy a tirar una botella de cristal tallado llena de mistela que hizo mi madre antes de morir en el 96?), con las colecciones de buhitos (tan monos ellos y tan amigos) o de fotos o de marcadores... Sin contar las cosas que guardamos "por si acaso". Los "por si acaso" suelen ocupar la mayor parte de nuestros armarios. Ojalá pudiéramos hacer como el actor Michael Caine, que en marzo subastó un montón de cosas personales (cuadros, gafas, relojes, colección de autógrafos...) y encima se forró.

Creo que lo que nos pasa es que nos resistimos a que todo eso que forma parte de lo que somos acabe en la basura. Irene Vallejo habló hace unos meses del espigueo, esa antigua tradición que permitía a los niños y mujeres humildes recoger las espigas del trigo caído al suelo tras la cosecha, y lo une al ansia por no desaprovechar nada y darles a las cosas una segunda vida. Todo antes que caer en el despilfarro y su inevitable consecuencia: un montón de basura. Hay que hacer, pues, propósito de enmienda: liberarnos del dominio de las cosas, verlas como lo que son, tirar, ordenar, espigar.

Bueno, pues de todo esto hablamos mi nevera y yo en las noches de insomnio. Dormir no dormimos pero filosofamos un montón.


lunes, 9 de agosto de 2021

Érase una vez un duende


Cuéntanos un cuento, Aba,
me piden mis nietos pequeños en este fin de semana que se han quedado en casa.

Uffff... Un cuento... Los cuentos de los niños tienen sus condiciones, no crean. El empezar (Érase una vez...) y el terminar (Colorín, colorado...) son inmutables, como puertas fijas de entrada y salida a otro mundo. Lo que hay entre uno y otro, no tanto. Aunque les gusten los clásicos, mejor si es inventado. Además, tienen que salir ellos, de modo que si les cuento, por ejemplo, "La casita de chocolate", Hansel y Gretel se transforman en Álvaro y Julia. Y también cambian algunas cosas. Por ejemplo, la casita, una vez Julia empuja a la bruja a la chimenea, les sirve a los niños para celebrar los cumpleaños y las fiestas de pijama. Así se ahorran las chuches (que también cambian según el gusto de ellos: a veces la casita es de helado o de caramelo)).

Así que ahora toca contarles un cuento, un cuento de verano, como corresponde a este mes de agosto, que en mi pueblo transcurre entre sol brillante y chaparrón suave, y como corresponde a este oficio de abuela.

Érase una vez un duende de la arena - empiezo. Y antes de que pregunten qué es eso, sigo.

Los duendes de la arena son seres muy pequeñitos que viven en el fondo del mar. Son divertidos, juguetones y graciosos. Tienen el color de la arena con la que se confunden y por eso casi no se les ve. Les encanta jugar con sus amigos, las sirenas, los caballitos de mar, los pulpos, las medusas, los delfines y los cangrejos. Todos arman unas fiestas allá abajo que ríanse de los carnavales.

Pero lo que más les gusta a los duendes de la arena es jugar con los niños en las playas. Nadie más los puede ver, ni los mayores, ni los que no creen en la magia ni los vigilantes de la playa. Solo los niños se dan cuenta de su presencia cuando están con cubos, palas y rastrillos intentando hacer un castillo en la Playa de la Arena. A Julia y a Álvaro muchas veces se les desbaratan y desgorrifan las torres, se les llenan de agua los fosos y aquello parece más un potaje de berros que un castillo.Pero entonces se produce el milagro. Notan que junto a ellos hay un reburujón de arena que poco a poco les va ayudando con su magia a que todo salga bien y a terminarlo antes de que suba la marea, el gran reto de los castillos de arena. Construyen torres unas encima de otras, puentes entre ellas, túneles, almenas, caminos, puertas y ventanas. No solo pueden poner banderas en lo alto, sino que, misteriosamente, cerca aparecen estrellas de mar, caracolas, conchas de nácar, perlas (o algo parecido), piedritas pulidas y transparentes... que van a adornar los muros haciendo que el castillo parezca el palacio de las hadas. A los niños les gusta mucho y notan que al duende también.

Pero hace poco los niños echaron de menos al duende. No estaba en la playa, ni en las olas, ni en el quiosco de los helados. Por más que lo buscaron, no aparecía. Hasta que vieron el periódico que Aba leía y leyeron la noticia de que muy lejos, en Dinamarca, un país del norte, alguien había hecho un  enorme castillo de arena, de más de 20 metros y de 5000 toneladas de arena. Era precioso, tenía torres altísimas, mucho más altas que un hombre, criaturas marinas gigantes, fosos, ventanas ojivales y faros brillando. Y entonces los niños comprendieron que solo un duende de la arena podría haber hecho aquello. ¡Mira dónde estaba! exclamaron los dos. Con razón el castillo no se caía ni por el viento ni por las olas. ¡Era la magia del duende!

Ahora están los dos niños emocionados mirando al mar, esperando a que vuelva el duende y le enseñe más trucos. Están seguros de que entonces el castillo que hagan este verano será el más bonito de toda la playa.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Y ahora Aba se pregunta si les habrá gustado ¿Recordarán el cuento en estos días cálidos del verano cuando se entierren en la arena como croquetas y jueguen con ella a ser constructores de sueños? ¿Lo recordarán más tarde como para contárselo a sus hijos?

Pienso que seguramente estos cuentos de las abuelas se perderán, como se pierden muchas otras cosas, a lo largo de otros largos veranos en los que yo ya no estaré y el recuerdo se diluya entonces como castillos de arena bajo los vientos y los embates del mar.

lunes, 26 de julio de 2021

La mesa del comedor




Leí hace poco un artículo de El Comidista en la que se hacía la pregunta de si la mesa del comedor es hoy una especie en peligro de extinción. ¿Es un lujo excéntrico propio de ricos? Después de todo, las casas son ahora más pequeñas, muchas familias comen ante el televisor con una bandeja en las rodillas o no comen juntos con lo cual les basta una mesa pequeña en la cocina. ¿No sería mejor que desapareciera entonces de nuestros hogares como trasto inútil que es? ¿Para qué sirve tener una mesa de comedor que no se usa nunca? La japonesa Marie Kondo ya la habría vendido o tirado a la basura.

La mesa de comedor tiene una larga historia desde que en las casas más ricas de las colonias griegas del Mediterráneo se empezó a usar el andron. Después, en la Edad Media también era un símbolo de clase alta y generalmente eran tablones montados en caballetes que se podían poner en distintos lugares o hacer más grandes o más chicos. Todavía decimos, como herencia de esa época, lo de poner y quitar la mesa, porque verdaderamente entonces eran de quita y pon. En el siglo XVIII, tan racionales ellos, se extiende la costumbre de tener un comedor, un lujo, claro, pero que se populariza rápidamente hasta llegar a nosotros. El comedor es un logro, igual que la luz o el agua en las casas.

Casi todos los de mi generación tuvimos un comedor en nuestras casas a pesar de que no fueran casas grandes. En la calle del Pilar, mi primera casa recordada, había en él una mesa de tea, cuadrada, extensible y pesada, alrededor de la cual desayunábamos, comíamos y cenábamos toda mi familia, la cercana y la agregada, porque siempre había gente de más.  Todavía conservamos mis hermanos y yo sillas de ese comedor, que nos recuerdan tantos ratos de conversación y de degustación de los platos de mi madre y de mi abuela. El comedor de la casa de San Miguel lo heredó mi hermano y sigue vivo y útil, cumpliendo con su función. Ninguno de nosotros pensó nunca prescindir de él. En mi casa de ahora el comedor está a continuación del salón pero en él no hay ni ha habido nunca televisión. En el comedor se alega, se cuentan batallitas y se come, que es para lo que está. ¿Cómo desechar eso?

"El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien (los que me conocen saben que es uno de mis libros preferidos) es una historia que habla de una misión arriesgada y peligrosa que tienen que cumplir los héroes para llegar a buen fin. Tolkien dispone la historia de tal manera que las aventuras oscuras se alternan con episodios de descanso y gratificación. Pues bien, en estos capítulos aparece como figura central una mesa de comedor que los espera y los reconforta. Primero con los elfos caminantes: ... había habido pan, más sabroso que una buena hogaza blanca para un muerto de hambre, y frutas tan dulces como bayas silvestres y más perfumadas que las frutas cultivadas de las huertas; y había tomado una bebida fragante, fresca como una fuente clara, dorada como una tarde de verano. Después en casa del granjero Maggot, sirvieron una cena generosa en la mesa grande (...) Había cerveza en abundancia y una fuente de setas y tocino, además de otras muchas suculentas viandas caseras. En la casa de Tom Bombadil, este pregunta: ¿Está la mesa puesta? Veo crema amarilla y panales, y pan blanco y manteca, leche, queso, hierbas verdes y cerezas maduras. ¿Alcanza para todos? ¿Está la cena lista?. En Bree, en la posada del señor Mantecona, en un abrir y cerrar de ojos, tendieron la mesa. Había sopa caliente, carne fría, una tarta de moras, pan fresco, mantequilla, y medio queso bien estacionado: una buena comida sencilla, tan buena como cualquiera de La Comarca. Y en Rivendel, en la Casa de Elrond, la comida era todo lo que un estómago hambriento podría desear. Los momentos en la mesa eran como gotas de luz y calor en medio de la oscuridad y el frío.

¿Por qué tendríamos nosotros que prescindir de ellos? ¿Por qué tenemos que ir empequeñeciendo nuestras vidas, no invitando a los amigos, perdiéndonos tantos y tantos ratos de buena conversación y de buen comer y beber? La mesa del comedor -y todo lo que conlleva- es uno de esos placeres que la vida nos da sin que le prestemos atención y que, sin embargo, encierra el germen del buen vivir. Que siga siendo por muchos años el centro de la casa.

lunes, 9 de marzo de 2020

Soy una matada





Una de las ventajas de ser mayor es que reconoces sin ningún tipo de vergüenza lo matada que una es para algunas cosas. Yo lo soy especialmente en dos: la música y las plantas. Para la primera no tengo oído, para las segundas no tengo "mano". Y mira que me gustan...

En casa tengo unas cuantas orquídeas que no hay manera de que se empelechen. Envidio hasta ponerme verde el orquidiario del Sitio Litre del Puerto de la Cruz en donde crecen como plantas salvajes al aire libre. O las que crecen en el vestíbulo acristalado y luminoso de mi prima Pepi con unas flores enormes y preciosas. O las que cultiva en La Palma mi amiga Nievitas en su porche frente al jardín... Y aunque sigo sus consejos, nada. La planta está preciosa, cuajada de flores espectaculares y exquisitas, y, de repente, empiezan a caerse una a una alfombrando suelos y dejándome convencida de que eso de la "mano" es privilegio de algunos que plantan un palo en la tierra y de él empiezan a salir brotes por todos lados.

Y no es que las plantas sean delicadas, no. Una vez leí que en Costa Rica las orquídeas eran hace un tiempo casi una mala hierba para los agricultores, que las tenían que arrancar de los árboles sobre cuyas ramas crecían como locas. Engañan, engañan esos tallos finos, esas flores aterciopeladas, haciéndonos creer que son débiles y quisquillosas, cuando en realidad son fuertes y tenaces si las sabemos escuchar.

Y eso es lo que he estado haciendo últimamente. Las tengo en macetas transparentes porque les gusta la luz en las raíces, les pongo agua recogida en día anterior porque no les gusta mucho el cloro... Y sobre todo las he ido paseando por varios sitios a ver en cuál estaban más a gusto hasta que he llegado a este que ven, la ventana que da al oeste, protegida del sol por un visillo, y desde donde pueden mirar el ocaso y el mar. Y por fin esta semana, de repente, se ha producido el milagro. No es que se hayan llenado de flores, no, pero de los palos que creía secos han brotado de sopetón botones (he contado hasta veinte) que me han maravillado ante el hecho de que tal vez se abran a la luz y al aire dentro de un par de semanas, cuando ya esté aquí la primavera.

Todo esto me hace pensar en los pequeños logros de la vida y en como cada uno es un escalón que anima a aprender más. Pienso en la primera vez que me até los cordones de los zapatos, en la vez que descifré una página de un cuento, en cuando de repente me vi flotando en el agua sin hundirme, en la primera vez que me salió bien una tortilla de papas, en todas las veces en que he aprendido algo y que, al haberlo asimilado y hecho mío, sentí una alegría inmensa, la misma de ahora al ver que mis orquídeas han respondido a mis intentos (aunque no tenga "mano").

Steiner decía que cuando no te lo han puesto nada fácil y has pasado por un montón de fracasos y dificultades, "cuando llega el éxito, este es una risotada de alegría". Sigo siendo una matada, pero no saben lo contenta que estoy esperando a la primavera.


¡Primer capullo abierto!

lunes, 30 de septiembre de 2019

Hay bodas y bodas




Este fin de semana ha habido boda en la familia, así que, ¡hala!, a ponernos guapos todos y a derramar glamour y sofisticación desde el sombrero a los zapatos. Hasta a mi marido lo mandé a lavar el coche, que no lo hace sino en ocasiones así. Y es que una boda es un acontecimiento importante, se mire por dónde se mire. Lo saben hasta en China, en donde desde un año antes los novios se están haciendo fotos artísticas para el álbum. Todos los pequeños acontecimientos del día a día se posponen y se borran ante un día en el que se diga: "¡Hoy es La Boda!".

¡Y cuántas historias se cuentan de este día! En la fiesta pre-boda que hicimos 2 días antes para dar la bienvenida a los que venían de fuera, entre risas y no risas, hablamos de unas cuantas. Recordamos historias de bodas que nunca llegaron a celebrarse, como la de un pariente cuya madre nos llamó una semana antes para decirnos que no habría boda, que se habían peleado (nunca supimos por qué). Cuando fuimos a reclamar el regalo a Galerías Preciados nos dijeron que cada mes se cancelaban 2 o 3 bodas, que era algo normal. O el caso de la novia que rompió con su novio el viernes y el sábado, cuando este por casualidad pasó por San Francisco, se la vio salir de blanco del brazo de otro (eso es rapidez). Hay bodas con gracia como la del cura despistado en La Palma que se le olvidó que estaba casando a unos novios y siguió con su misa como siempre como si ellos no estuvieran allí. Salieron también en la conversación bodas que no debían haberse celebrado, como aquella en la que el padre de la novia se lio a trompadas con el novio en plena fiesta de boda, al encontrarlo en el WC montándoselo con una ex. Y, no crean, hay bodas que se van a celebrar dentro de una semana -contaron-, y que sería mejor que no lo hicieran porque los novios tienen por costumbre zurrarse mutuamente de lo lindo. Es un amor de pesos pesados.

Pero hay bodas y bodas. Y esta de Isa y Javi es de las buenas, de las de ley. A mí los novios me recuerdan a una pareja de "Orgullo y prejuicio", de Jane Austen, Jane y Bingley, tan buenos y encantadores que, cuando se comprometen, el padre de Jane, Mr. Bennet, le dice a su hija:
"Te felicito, Jane. Serás una mujer muy feliz. Eres una buena muchacha y mereces la suerte que has tenido. Os llevaréis muy bien. Vuestros caracteres son muy parecidos. Sois tan complacientes el uno con el otro que nunca resolveréis nada, tan confiados que os engañará cualquier criado, y tan generosos que siempre gastaréis más de lo que tengáis.". Y me lo recuerdan, no porque les vaya a pasar lo que Mr. Bennet, en broma y con ternura, les augura, sino porque es verdad que Isa y Javi son complacientes el uno con el otro, son confiados (y confiables) y generosos.

Se merecen, pues, una boda como la que tuvieron el sábado: un día perfecto sin frío ni calor y un cielo luminoso; una ceremonia en la Iglesia de Santo Domingo, que es una de las más bonitas de La Laguna, y una celebración en una finca preciosa, rodeada de verde, en el valle de La Orotava.

¿Lo que más me gustó? La música en la iglesia con un "Ave María" de los que emocionan, lo guapísima y feliz que iba mi sobrina y lo divertida e informal que fue la celebración: sin mesas fijas ni protocolos, cambiábamos de sitio, hablábamos con todo el mundo, comimos todo el día pequeños bocados variadísimos, bebimos buen vino de viñedos de amigos, bailamos hasta las tantas, recibimos regalos (botellitas de licor hecho por el padre de la novia, zapatillas para bailar, sombreros para el sol, paypays con paisajes gracioseros hechos por mi hermana...). Y fue un espectáculo ver a los niños, muchos niños, pasándoselo en grande, disfrazándose, tatuándose, jugando o bailando el limbo-rock.

Para el anecdotario familiar, ese que saldrá en las comidas durante años, queda la liga antitabaco que montaron dos críos de la familia destrozando unos cuantos puros porque, decían compungidos, "el fumar mata"; o el número de la novia lanzando el ramo por encima del hombro, con dos amigas divorciadas (y masocas) en primera línea, o mi hijo con mi nieta de 6 años en brazos "a ver si la caso", o mi cuñada empujando a la novia de su hijo para que lo cogiera (¡Otra boda! ¡Otra boda!), mientras ella suplicaba a la novia que "¡p'al otro lado, Isa, p'al otro lado!".

A veces viene muy bien una fiesta así, sin corsés, para relajarnos, disfrutar y celebrar que dos personas tan estupendas hayan coincidido en la vida, se hayan enamorado y hayan decidido comprometerse y compartir con todos esa promesa mutua de ser fieles "en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida".

¡Isa y Javi, , cuánto los quiero! Sean felices.


lunes, 9 de septiembre de 2019

Tengo una muñeca vestida de azul...




No sé qué tienen algunas muñecas que dan repelús. Esos ojos de cristal y esa expresión mirando al tendido como si con ella no fuera la cosa... Hace poco, en los trabajos de derribo y restauración de la casa de los abuelos, apareció entre los cascotes una muñeca despelujada, fané y descangallada, que parecía la niña del exorcista, quita, quita. También recuerdo a otra muñeca que le regalaron a mi hija, la Rosaura. Era más grande que ella, con brazos tiesos y piernas grandes y, para mí, con una sonrisa siniestra. Entrabas en una habitación a oscuras, encendías la luz y ¡hala! allí estaba ella, mirándote fijamente y haciéndote dar un respingo, cuando no un salto mortal. Gracias a Dios, en alguna mudanza desapareció sin más, camino a asustar a otros lares.

Pero sin embargo no se puede negar la fascinación que producen las muñecas y la ternura que despiertan. Fíjense en la expresión de alegría contenida y en esa sonrisa a lo Mona Lisa de la niña de la imagen inicial. Es mi madre a los 3 años y la muñeca no es suya sino del fotógrafo y me imagino que costó separarla de ella al final. Pero está tan privada como si acabara de descubrir el tesoro de Tutankamón y nadie le pudo quitar ese momento de goce. También yo recuerdo la emoción cuando en unos Reyes encontré al lado del zapato mi primera muñeca: rubia, ojos azules, sonrisa eterna, y lo mejor, vestida de bailarina de ballet, con sus zapatillas, su tutú, su collar y sus zarcillos de perlas. Me parecía preciosa, una princesa compañera de aventuras.

Por eso tampoco me ha extrañado la pasión de mi nieta pequeña por su nueva muñeca (o muñeco, no sé bien el sexo). Se lo regalaron en su 6º cumpleaños y es un Ksi merito que se llama Suzikín. Al pie del post les pongo una foto para que vean el espécimen: una cabeza enorme como si fuera una cabeza de ajos, calva con un rizo amarillo por únicos pelos, ojos también grandes y saltones, sin nariz y cuerpo raquítico. La creadora dice que se le ocurrió la idea en una pesadilla que tuvo durante unas turbulencias en el avión, y no me extraña nada ¡Cuidado que es feo! Y sin embargo mi nieta lo adora y va con el bichejo a todas partes: al cine, a la playa, a la cama, a mi casa... 

Porque además en el paquete en que se lo regalaron le dicen que ¡es un ser vivo! y que tiene que cuidarlo y amarlo como a tal: darle de comer papillitas, vacunarlo con jeringuilla especial, ponerle en la boca una bolita minúscula que dice que son vitaminas, darle un suero por si le ves cara de hambre (????), ponerle un pañal si piensas que se va a hacer pis... Cuando mi nieta me porfía que es un ser vivo, yo le digo que no lo es y le muestro a todos los seres vivos que hay alrededor: los saltamontes, los pájaros, los árboles, las personas... y le pregunto: "¿Suzikín se mueve como ellos, respira, se alimenta?". Ella se ríe y dice que sí y se pone a moverlo y a respirar y a hablar como si fuese él.

Total, que los Ksi meritos de las narices se han multiplicado por todo el mundo y los hay de varias clases y familias con todos los accesorios necesarios. Hay Ksi meritos Primer diente, Micromeritos (más pequeños, claro), Ksi meritos Impuntuales, Makitos (con olor a café), Lumi con luz propia cuando se les acaricia la espalda, y hasta Kakitos que hacen caca (son tres: Pop, KKKatalina y Poposchka). No se encuentran porque los niños se los rifan como si fueran lingotes de oro y se han convertido en un oscuro objeto de deseo.

Y te quedas pensando en cómo es posible con lo feos (y caros) que son, en el enorme negocio en que se ha convertido todo, en el engaño a los niños con el concepto de "ser vivo", en que para jugar, ser responsable y amar a un ser vivo podía hacerse con un gatito o un perrito, y para jugar simplemente no hace falta tanta parafernalia. Pero el marketing manda y ya mi nuera me dijo que a ver si lo encuentra en Madrid porque mi nieto de 4 años quiere para Reyes otro que se llama Kchito.

Ksi me da más repelús que la Rosaura.



lunes, 12 de agosto de 2019

Dos adolescentes en verano




El abuelo, verano de 1959

Entonces tenía 13 años y vivía en Vistabella. El mismo día en que terminaban las clases me iba yo solo a casa de mis abuelos en El Tanque. Tardaba 5 o 6 horas en llegar. Cogía la guagua de Buenavista y me bajaba en Ycod, donde esperaba a la guagua que hacía el último trayecto de Ycod a Guía de Isora. Sobre la 7 de la tarde me bajaba en la Cruz Grande  en El Tanque y mis abuelos, aunque no sabían que yo llegaría ese día (no había teléfonos. Tampoco mis padres sabían si había llegado o no), me recibían como al Santo Advenimiento. Me querían mucho y me asignaban la habitación donde nací, separada de la casa y con ventanas sobre las higueras del arrife y con la vista del verde del monte y de los Pinos de la Fuente a lo lejos. Para mí eran veranos largos y gloriosos.
Ayudaba a mi abuelo en todo, en llevar abonos a las huertas conduciendo la yegua, en ordeñar las vacas, en moler en la era el trigo secado en los mollos -yo, sentado sobre el trillo- y en aventarlo después, en la vendimia cargando las raposas repletas de uvas... Cazaba mirlos para que no se comieran las uvas, escondido entre las vides con escopeta de balines. Luego mi abuela los desplumaba y los freía de merienda y mi abuelo sacaba vino de su barriquita especial y nos ponía un vaso a cada uno. Pero lo que más me gustaba era cazar canarios y guardarlos en una jaula grande que yo había hecho con cañas. Antes, preparaba las trampas, un falsete también de cañas y un cedazo puesto boca abajo con un palito que lo levantaba y que llevaba atada una cuerda fina que llegaba hasta mi escondite. Machacaba luego ramas secas de flor de col y las ponía como reclamo en la higuera del arrife con montocitos de colinos en torno y dentro de las trampas.  Después solo quedaba estar en silencio, tirar del cordón cuando el canario entrara en la trampa y guardarlo en la jaula. Cuando a los dos meses volvía a casa (otra vez en guagua) llevaba, en una caja con agujeritos, a veces hasta 30 canarios, que me apresuraba a vender en un puesto de aves vivas en la Recova. Me pagaban, creo, por cada canario hasta 2 pesetas. Un dineral.
Fui, muy, muy feliz en mi adolescencia.


El nieto, verano de 2019, 60 años después

En verano me despierto a las 11 y, por las mañanas, estoy un rato wasapeando con el móvil y, si tengo wifi, juego a la play. A lo más que juego es al Fortnite que consiste sobre todo en matar e impedir que maten a tu personaje. Pero no hay sangre, no te creas. Si te matan solo desapareces y se acaba la partida para ti. El juego es online con 100 personas de todo el mundo jugando a la vez. A ver cómo te lo explico. Las 100 personas van en un autobús volador y saltan en paracaídas a una isla, en donde no solo te tienes que enfrentar a los demás jugadores sino también a una tormenta que te va cercando y haciendo más pequeños los lugares seguros. Para enfrentarte a eso puedes conseguir armas, botiquines, escudos, vehículos, materiales (piedra, madera y metal) que sirven para construir estructuras defensivas... También antes de la partida hay una sala de espera donde hay tiendas (que cambian a cada rato) y donde venden, por ejemplo, cambios estéticos de personajes. Los personajes valen desde 800 a 2000 paVos (esa es la moneda), que equivalen a unos 20 euros en dinero real. Si tienes 1000 seguidores como mínimo en una red social puedes hacerte un código y, cada vez que alguno de tus seguidores compra algo con tu código, el 5% es para ti. Así que también puedes ganar jugando. En la sala de espera hay un espacio para torneos entre gente que sabe jugar muy bien. Hace poco un chico ganó en uno de esos torneos 3.000.000 de dólares. Al Fortnite juegan millones de personas en todo el mundo. ¿Que si no prefiero ir a la playa? Alguna vez sí, pero date cuenta de que normalmente juego con mis amigos y estamos todo el rato hablando y divirtiéndonos.


Dos adolescencias, dos modos de vivirlas, dos veranos distintos, dos formas de ser feliz ¿Qué opinas?

lunes, 20 de agosto de 2018

Una carta para Julia




Ustedes dirán, con toda la razón del mundo, que soy una abuela chocha y que me estoy poniendo pesada con mis nietas y que venga ya. Pero el caso es que mis dos nietas, Eva y Julia, nacieron con 10 años de diferencia en la misma semana de agosto. Así que unos días después de los 15 años de Eva, de los que les hablé la semana pasada, han venido los 5 de Julia.

Pero no se apuren. Si les hablo de ella, no es para que la feliciten ni nada por el estilo. Ella, al contrario que Eva, no se entera de mucho y acepta el mundo tal como viene. No, lo que quería contarles más bien es la tesitura ante la que los niños nos ponen a veces.

Julia lleva una eternidad hablando de su cumpleaños, como si fuera la celebración de un Jubileo Real. "¿Sabes, Aba -así me llama-, cuánto falta para mi cumpleaños en agosto?". Y ponía dos, o tres, o cuatro dedos, según los meses que faltaban. Y cuando le pregunté que qué quería que le regalara, en lugar de lo normal, una muñeca, un cuento o un traje de Rapunzel, va y me dice que quiere que le escriba ¡una carta!. Nada menos que una carta. Los niños siempre me sorprenden.

¿Y ahora qué hago? Igual conserva mi carta toda la vida y la rememora cuando tenga mi edad como "aquella vez que Aba me escribió una carta". Tal vez hasta la encuaderne, como esas flores prensadas de los cuadros antiguos. ¡Qué responsabilidad! ¿Y qué le digo? ¿Debería decirle lo mucho que me gusta su entusiasmo por todo y su risa y lo brillantes que tiene los ojos? ¿O debería darle sabios consejos, tipo San Pablo a los corintios? ¿O me pongo filosófica? Bueno, pienso, tampoco va  a ser la Carta Magna... Así que me armo de valor y empiezo:

Querida Julia: 
Hoy que cumples 5 preciosos años, me gustaría tener la pluma y la facilidad de palabra de los poetas para decirte lo mucho que te quiero. Es más, ya puestos, lo que más me gustaría es copiarlos directamente.
De Pablo Neruda, te traería un poema que siempre que lo leo me recuerda a ti:
"Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos 
y tu boca que tiene la sonrisa del agua..."
De Emeterio Gutiérrez Albelo copiaría los versos que escribió a su hija Carmen Paz cuando ella le hizo una petición parecida a la tuya:
"Tú, que aún tienes la suerte de jugar con muñecas
y hasta ignoras el ogro que tus pasos vigila,
tú, la reina de un breve paraíso de hojaldre,
donde vuelan las hadas, donde ríen las niñas...".
De José Agustín Goytisolo, transcribiría sus "Palabras para Julia", otra niña con tu mismo nombre, a la que le augura que:
"La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor..."
E, igual que yo te digo ahora a ti, también el poeta recomienda:
"Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti 
como ahora pienso...".
Las palabras de los poetas saben llegar al corazón de las gentes y manifestar lo que ven en él. Pero luego he pensado que, después de todo, tú no sabes todavía leer ni escribir sino unas pocas palabras que son importantes para ti ahora: Mamá, Papá, Aba, Toto, Julia... Y que las "cartas" que tú me escribes son muy simples, pero muy expresivas: un corazón rojo con mi nombre y el tuyo o dos figuras de la mano que somos tu abuelo y yo... Por eso te dejo aquí los nombres de los poetas para cuando descubras que la poesía es la manera más directa de hablar de alma a alma. Y hoy solo te mando una carta a la altura de tus ciento y poco centímetros, una carta que entiendas bien y te guste. Esta es mi carta, mi pequeña Julia, mi niña morena y ágil que "eres la delirante juventud de la abeja, la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga".
Con mis deseos de que siempre tengas los ojos brillantes y la risa fácil.







lunes, 13 de agosto de 2018

15 años tiene mi amor


Autorretrato de mi nieta Eva, hecho en el avión. 


A principios de los años 60, cuando una tenía 15 años, esa era una de las canciones que todos sabíamos, cantábamos y bailábamos a ritmo de rock. "15 años tiene mi amoooorrr, le gusta tanto bailar el rooooock...", berreábamos haciendo los coros a Manolo y a Ramón, nuestro Dúo Dinámico, que la habían estrenado en la película "Botón de ancla". Me encantaba. Y sin embargo, no nos identificábamos mucho con ella ¿Nosotras, dulces y tiernas como una flor? ¿Nosotras, chiquillas divinas y colosales? De eso nada, monada, diríamos.

Tampoco es que yo sepa mucho de aquella quinceañera que me contempla desde el fondo de mis recuerdos. Sí, tenía mis amigas (muchas lo siguen siendo); sí, empezaba a estudiar el bachillerato superior (pero ¿sabía lo que quería ser, a qué dedicar mi vida?); sí, me gustaban unos cuantos chicos (mi amiga Cae y yo teníamos grabadas en su escritorio unas cuantas iniciales, tipo la tía Bamba de Les Luthiers); sí, leía un montón (como ahora)... Pero ¿qué pensaba de la vida y del futuro, qué ideas tenía, qué deseaba? ¿Qué era lo que más me gustaba? ¿Tenía ideas claras sobre algo? ¿Me consideraba ya una persona adulta?

En la cultura americana, desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina, los 15 años de una chica se valoran como el paso de niña a mujer y se les hace un fiestón por todo lo alto, como si fuera una especie de rito de iniciación. Las quinceañeras se engalanan, a golpe de lentejuelas y pedrerías, con trajes vaporosos color pastel y tiaras en la cabeza, como si fueran princesas. Y, si pueden, no se escatima en gestos (ni en gastos): una llegada en helicóptero o en limusina blanca, una guardia de honor con espadas en alto recibiéndola, un "book" de fotos que recoja su vida hasta allí, una corte de chicos con esmóquines de colores, un trono envuelto en tul, arcos de flores, un gran banquete, bailes... Una parafernalia excesiva, algo entre la 1ª comunión y la boda, una celebración que enriquece a todos los que se dedican al negocio de la organización de estos eventos y endeuda sin necesidad a los padres. El momento culminante parece ser cuando el padre de la homenajeada le cambia las zapatillas deportivas que ella lleva por zapatos de tacón ¡Tachán, por arte de birlibirloque, he allí una niña, y ahora, he aquí una mujer!

Hoy mi nieta mayor, Eva, cumple los 15 y sé que le daría un patatús de pensar en presentarse vestida de tules y abalorios en una fiesta de esas. No le gusta el Dúo Dinámico (¿El Dúo, qué?), sino Gorillaz y AC/DC. Ha visto muchísimo más mundo del que yo conocía a su edad, sabe lo que quiere hacer en el futuro, domina las redes y el inglés, no le importa aparecer con los labios pintados de verde y las uñas, una de cada color, y ha pedido por su cumple que le hagan dos agujeros más en las orejas, cosa que a mí en aquel entonces no se me hubiera ocurrido ni por asomo ¿Tenemos algo en común, ella, mi yo de entonces y todas las que celebran este año sus 15 años?

Creo que sí. Todas llegamos a un momento en el que, sin ser conscientes de ello, hay ante nosotros muchos caminos que elegir, puertas abiertas que, como en un cuento de Las Mil y una noches, nos pueden conducir a un destino o a otro. En nuestra mente y en nuestra voluntad está el saber elegir bien. Después vendrán los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los que pudimos ser y no fuimos. Pero en ese momento glorioso de los 15 años el mundo y sus posibilidades están abiertos ante  ti y puedes ser cualquier cosa.

Felicidades, mi amor.

lunes, 24 de julio de 2017

Mafalda y su tortuga




Llevo un tiempo acordándome mucho de Mafalda y de su tortuguita Burocracia y ahora les explico por qué.

En tiempos de nuestros abuelos, cuando querían construirse una bodega en la que guardar las barricas de vino o las papas de la cosecha, reunían a unos cuantos amigos mañosos y, entre todos, sin más allá ni más acá, la levantaban en unos días y a la semana ya estaban bajo su tejado estrenando la barriquita especial de las celebraciones.

Ahora, cuando los nietos heredan esa bodega que ya el tiempo y el abandono han dejado p'al arrastre (cosa que también nos pasa a nosotros, para qué nos vamos a engañar) y, en lugar de permitir que se siga deteriorando hasta desaparecer, tienen el deseo de devolverle viejos esplendores, las pegas, dislates y zancadillas que la burocracia nos impone recuerdan a lo que hace 2 siglos Larra escribía en su artículo "Vuelva usted mañana" sobre la manía española de no resolver los papeleos rápida y eficazmente.

Esto nos está pasando a mi marido y a mí con la bodega de su abuelo, un cuarto pegado al muro de una huerta con el tejado hecho polvo después de 30 largos años en los que sol, lluvia y desidia hicieron de las suyas. Nada, de todas formas -según mi hermano, que es arquitecto-, que un buen carpintero no pueda arreglar.

Así que, con la mejor de las disposiciones, nos presentamos en el Ayuntamiento para pedir una licencia de obras, pensando, tan ingenuos, que la cosa era algo así como pedirla y dárnosla casi sobre la marcha. No escarmentamos, no. De entrada, nos pidieron que hiciéramos un proyecto hecho por un arquitecto y sellado por el Colegio de Arquitectos de unas 100 y pico hojas con cálculo de estructuras, estudios básicos de seguridad y salud y gestión de residuos, planos hasta del pueblo, presupuestos... "Pero ¡si es un cuartucho, no el Tajmahal!" -le decíamos a la imperturbable aparejadora del Ayuntamiento- "¡Si solo vamos a poner bien el tejado y a hacerle un lavado de cara para que no se venga al suelo!". Pero con la Burocracia hemos topado, Sancho.

Y luego, venga a ir a cada rato, que ya me conozco el Ayuntamiento de ese pueblo como si fuera mi casa: que si falta un dato, que si hay que hacer dos copias, que si una tiene que ir en disquete... ¡Señor! Y al final, cuando ya hemos reunido una ristra de papeles y vamos ufanos a presentarlos, se me ocurre preguntar: "¿Estará ya esto resuelto la semana que viene?" y la técnica me responde que la cosa estará en 3 meses "¿¿¿3 MESES???" "Es que tengo que leerlo y hacer un informe", se justifica ella cuando me oyó el grito ¡3 meses! ¡Si yo me leía 200 exámenes en una semana y me daba hasta tiempo de poner anotaciones!

Hace 5 meses que empezamos todos estos trámites y diligencias. Supongo que alguna vez empezaremos a arreglar la bodega. Tal vez en un día muy, muy lejano bajo un tejado en condiciones descorcharemos una botella de vino y nos beberemos un vaso (si el médico para ese entonces nos deja beber vino), brindando por el abuelo que levantó la bodega en un mundo mucho más sencillo que este que vivimos. Pero entretanto y mientras pasa el tiempo ¿entienden por qué me acuerdo de Mafalda y de su tortuga Burocracia?


lunes, 10 de abril de 2017

¡¡¡Sorpresa!!!




Cuando yo era chica, no existían las fiestas-sorpresa. Todo lo contrario. Los cumpleaños y eventos varios eran anunciados y preparados con la suficiente antelación como para deleitarnos también en los "antes de". Se lo comunicábamos a todo el mundo y se pensaban con cuidado los regalos, mientras mi madre trajinaba poniéndolo todo a punto y pensando en juegos que nos iba a proponer (el pañuelito o el brilé en el patio, tinieblas en el cuarto oscuro del final del pasillo, las sillas musicales, que no podían faltar...), y mi abuela llenaba la casa de aromas que surgían de enormes bizcochones, de marquesotes melados, de bollos de manteca, de esponjosos merengues... Hasta recuerdo sus manos dándole forma con maestría a las delicadas figuritas de azúcar (pájaros, flores, mariposas) con las que iba a adornar la tarta. No eran fiestas-sorpresa pero siempre eran sorprendentes.

lunes, 3 de abril de 2017

El poltergeist de mi hermana


Recreación del poltergeist de mi hermana dibujada por mi nieta Eva de José

Mi hermana Chari asegura que tiene un poltergeist en su casa. La palabra poltergeist viene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu. Así que lo que hay en casa de mi hermana, según ella, es un espíritu ruidoso haciendo el gamberro y dando la tabarra.

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