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lunes, 20 de abril de 2026

Les concedo el perdón


Hace ya 20 días que empezaron las fiestas de mi pueblo que van a culminar en la Romería de San Marcos el día 26, más una semana más de festejos, supongo yo que para ir recomponiéndonos. Ya el año pasado les hablé de los efectos colaterales de la Romería: estar haciendo rogativas todo el mes para poder aparcar (porque los aparcamientos están ocupados por norias, cochitos locos y hasta por vacas), cortes en la carretera general, latas y botellas vacías en los jardines y pintadas en las paredes, cánticos y tertulias de madrugada debajo de las ventanas, voladores a cada rato que nos dejan traspuestos del susto y a los perros gimiendo al alimón... ¿Qué les voy a contar?

Pero este año... Este año les perdono todo, oye, porque he asistido a un evento precioso que se celebra desde hace 20 años, pero al que yo por esos dos imponderables que tiene la vida (no enterarme o no poder), no había ido nunca. Y me ha encantado. Se trata del Concierto entre viñedos, que une música con un espacio entre viñas, cada año en un sitio distinto.

Imagínenselo. El sitio, esta vez por el Camino del Caidero en lo alto de Tegueste, en una casa canaria muy bonita, con su bodega y un espacio rodeado de jardines y las viñas desplegándose ladera abajo con el pueblo al fondo. La mañana, calurosa (tocaba calima), pero atemperada con ráfagas fresquitas que la hacían soportable. Y la música, traída por un trío de artistazos que nos hicieron pasar un rato muy agradable, el grupo Índice y medio (el título tiene que ver con los dedos con que se toca la guitarra). Eran Josele del Pino, que toca la contra, un timple tenor con sonido más grave que el timple, José Javier Machado con la guitarra y la voz prodigiosa de Josué Rodríguez.

Fue una delicia. Tocaron canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés (no faltó "Yolanda, eternamente Yolanda...") y de Pedro Guerra (Del Hierro a Madagascar, con esa letra que armonizaba tan bien con el momento: "Una lengua común, una casa de todos, una mezcla de lluvia y mañanas al sol, una sola canción porque nadie esté solo, el verbo compartido en racimos de voz"). Pero también hubo temas propios, originales y poéticos, como las Seguidillas a mi padre ("Cuando yo era un menudo veía a mi padre como un héroe invencible de manos grandes..."), la Isa del castaño jurado ("... Con una copla en los labios habré de morir cantando"), el Estudio nº 5, el Arte de ti, Malagueña ("Eres gaviota viajera que va sembrando recuerdos con su canción lastimera..."), Folía que recomienda, como el almendro florido, soltar lluvia de flores ante los golpes, o el "Quiero verte sonreír, quiero darte mi canción y, en una tarde de abril, quiero regalarte un sol...".

Así que sí. Fue la mañana de este abril (encantado también), fue el público entregado, fue la música y letra de las canciones, el ambiente cómodo y familiar, las explicaciones y risas de Josele, la voz de Josué, la maestría de José Javier, el perfume de las flores, las viñas cuidadas y apuntando ya a la vendimia, el vinito blanco teguestero con el que nos obsequiaron al final, los encuentros con amigos afines...Todo un paquete que sirvió de indulto y perdón. Entonces, vale, de acuerdo, perdono a mi pueblo, Señor, perdono los disparates de estas semanas interminables de jolgorio, perdono los efectos colaterales de la Romería ya nombrados... Lo perdono todo, siempre que en medio de las fiestas siga brillando ese rato genial, ese concierto entre viñedos, en que nos regalen un sol y el verbo compartido en racimos de voz.

lunes, 16 de marzo de 2026

Noveleros del mundo, uníos


Muchos de ustedes me han felicitado a veces por la variedad de temas que han salido a lo largo de los casi 18 años que llevo escribiendo todos los lunes. Y es verdad (en los 872 escritos hemos hablado hasta de las sillas de formica), aunque es una forma muy fina de decirme que qué rollo tengo, que es lo que me dice mi marido. Pero es que la vida, si nos fijamos un poquito, es así de entretenida y nos pone los temas en bandeja. Y si no, miren en la imagen inicial lo que me encontré esta semana en la pared de la calle principal de mi pueblo: un cartel con todas las fiestas locales en Tenerife durante 2026.

Mira que somos noveleros, nos gusta más un festejo que comer. Porque hay pueblos (Buenavista, El Tanque, Guía de Isora, Los Realejos, Los Silos, Puerto de la Cruz, San Juan de la Rambla, Santiago del Teide, Tegueste, Vilaflor) que no se conforman con una fiesta local, no: ¡tienen dos!. Y cada fiesta dura, como poco, una semana (y, a veces, como mucho, un mes). Y ahí no están apuntadas las fiestas de los barrios, que son varias. Por ejemplo, en mi pueblo están las de El Socorro, las de El Pico, las de El Portezuelo... que también tienen, como corresponde, sus ventorrillos, sus banderas, sus fuegos artificiales y sus verbenas. En las de El Socorro, a finales de septiembre, se pasea, además, por todo el pueblo durante una semana el cuadro antiguo de la Virgen que preside el altar de la iglesia y se va parando por las casas donde se la agasaja. Oh, hay hasta una casa donde, entre guirnaldas y banderines, ponen siempre para recibirla un cartel donde dice: "Virgencita del Socorro, ya llegaste a El Calvario, aquí te estamos esperando, cenando en casa de Yayo". Igual es para invitarla a unos vinos, todo puede ser.

Tampoco en el cartel de esta semana se cuentan otras fiestas de bailes y cuchipandas, como los Carnavales o las Romerías o las navidades, porque, si las contáramos, correríamos el riesgo de que los de fuera nos preguntaran: "Pero ustedes ¿cuándo trabajan?".

Recuerdo historias que corroboran este carácter lúdico del hombre, estas ganas de una fiesta por encima de todo: mi padre de joven yendo con sus amigos caminando desde La Laguna a Taganana (casi incomunicado en aquel entonces), durmiendo en pajares unas noches, para no perderse las verbenas; las hijas pequeñas de una amiga a las que una chiquita que las cuidaba  y que era de Roque Negro, el pago perdido en las Montañas de Anaga, les pintaba la semana de las fiestas con tales colores, como si fuera el baile de la Ópera, que ellas no pararon hasta que su madre tuvo que llevarlas a ver esa maravilla; el sobrino inglés de una amiga de mi madre que ella nos traspasó a mi amiga Cae y a mí para que lo paseáramos y lo llevamos a una verbena en Bajamar, y se quedó tan emocionado (no había visto nada igual en Inglaterra) que, cuando su tía le preguntaba qué quería ver, si el Teide o las playas del sur, él pedía: "Vegvena, pog favog"; y una historia que leí hace tiempo de un pueblito mejicano que preparaba una boda y llegaron las tropas francesas, que estaban hambrientas, y en lugar de pedir, decidieron comerse todos los alimentos que las familias llevaban tiempo guardando para la boda. Entonces todos se organizaron, rodearon el batallón de franceses y los pasaron a cuchillo a todos. La historia, probablemente falsa, terminaba con un lema, probablemente verdadero: no hay comunidad más fuerte que la que defiende su derecho a bailar.

En estos tiempos en que suenan tambores de guerra y en muchos sitios se encienden los cielos con luces destructivas, prefiero mil veces las músicas de las verbenas y la luz en la noche de los fuegos artificiales que brillan sobre los noveleros de este mundo. Y doy la bienvenida a ese cartel de mi pueblo que recuerda nuestro derecho a bailar y a ser felices.


lunes, 28 de abril de 2025

Los efectos colaterales de la Romería




El domingo ha sido la fiesta grande de mi pueblo, la Romería de San Marcos, la primera que se celebra en el año y abre el camino a las demás. A partir de este chupinazo, les advierto, va a ser un no parar. Casi cada domingo, durante todo el verano habrá una romería en cada pueblito perdido de la isla. Pero la primera es la nuestra y buenos son los teguesteros para montar una fiesta. Porque cuando digo que el domingo fue la fiesta, miento: la fiesta empezó hace más de un mes y continuará hasta la primera semana de mayo. Ya los dicen Los Gofiones en su canción "En abril de romería": "Romería de San Marcos, popular y parrandera".

"Ya los tocadores están afinandopara que Tegueste se vaya animando.Tegueste, Tegueste, pueblo de romero,canta con nosotros, aire parrandero."

Y tanto, tanto se animó todo el mundo que esta romería tiene unos efectos colaterales que ya quisiera cualquier otro fiestón. Yo he contado 10, pero seguro que ustedes encuentran más. Les cuento.

1. La romería es como un parto, hace meses y meses que se está gestando: en los grupos, incluidos los colegios, que hacen las carretas, las más bonitas de la isla; en los que ensayan isas y folías para cantarlas el gran día; en las familias que engalanan sus casas...

2. Desde finales de marzo hasta principios de mayo, para aparcar en Tegueste hacen falta rogativas y novenas a San Marcos. Los aparcamientos se reservan para poner en ellos los cochitos locos, las norias y el Increíble Hulk. Incluso uno alternativo que ponen en una huerta (que con las lluvias se convierte en un fangal) también lo quitan días antes para poner ahí al ganado que se va a bendecir. Oh, hay gente que encuentra un sitio donde aparcar y se emociona tanto que ya deja el coche allí todo el mes.

3. El día de la Romería se corta la carretera general, no se puede pasar ni para arriba, ni para abajo. Si te invitan a una casa debes ir a desayunar, comer y cenar porque en medio no te puedes ir. También está prohibido enfermarse y morirse.

4. También, no sé por qué, ese día en Tegueste no hay cobertura. Yo he propuesto enseñar a hacer señales de humo pero no me han hecho mucho caso.

5. Al día siguiente de la Romería las casas que se han acicalado para estar guapas encuentran en sus jardines variedad de latas y botellas vacías y en sus paredes recién pintadas huellas de zapatos apoyados, manchas de vino y meados. Incluso una amiga mía, como si fuera una plaga israelita, se encontró a la mañana siguiente la puerta ensangrentada.

6. Tampoco se puede descansar mucho esa noche por los cánticos y tertulias hasta la madrugada debajo de las ventanas de los vecinos. Mi consejo: no intentes dormir, mejor baja y únete a ellos.

Y más efectos colaterales, no necesariamente malos (y no voy a contar las resacas):

7. Muchos de los que viven en el centro emigran para que no se les llenes la casa de amigos y desconocidos.

8. Ese día me quedo sin el periódico al que estoy suscrita (y que, por tanto, he pagado) porque la gasolinera donde lo compro también cierra.

9. Isabel, la chef de La Cairosa, que hace la mejor ensaladilla de la isla, me dijo que para la Romería le encargan kilos, kilos y más kilos.

10. También te puedes llevar sorpresas, como le pasó a una amiga mía a la que su ex (al que no veía hacía años) le vino a cantar con una parranda una serenata al pie de la ventana. La bebida fomenta el romanticismo, oye.

Es comprensible que, cuando me preguntan. "¿Vas a ir a la Romería?", yo contesté: "¿Tas loco? Ni jarta de ron". Pero no me hagan mucho caso, que yo ya tengo una edad y que ya viví muchas romerías en las que , vestida de maga como corresponde, bailé, canté, comí, bebí y me divertí. Así que a disfrutarla y a cantar con Los Gofiones:

Estamos en abril de romería,cantando vamos todos pa' Teguesteporque en un lindo pueblo como estedan ganas de cantar de noche y díaaaa...

 

lunes, 6 de enero de 2025

Ser de pueblo


Que sí, que nací en una ciudad que ahora es patrimonio de la humanidad, que viví durante años en la capital de mi provincia, que disfruté 4 años de la polución y la algarabía madrileñas, pero qué quieren... Después de 44 años viviendo aquí, ¡soy de pueblo!

Soy de pueblo porque prefiero comprar, antes que en grandes superficies, en la frutería de aquí, donde sé que habrá verduras y frutas cultivadas cerquita y no en sitios lejanos; porque saludo a todo el mundo, los conozca o no; porque me conocen por mi nombre en la farmacia, en la gasolinera donde cada día compro el periódico, en la carnicería donde he encargado estos días las comidas de las navidades; en el bar donde, nada más verme, saben que tomo un café bombón y un rosquete; en la floristería donde este mes compré las flores de pascua y me dan sabios consejos para que me duren.

Soy de pueblo porque aquí hago mi vida: aquí voy a pilates, al médico, a la peluquería, a la panadería donde he encargado los roscones de reyes, a la librería en la que esta semana compré los libros que voy a regalar a nietos y sobrinos. Soy de pueblo porque prefiero el silencio al ruido.

En mi pueblo no hay estatuas de próceres y gente rimbombante, pero se le ha hecho una estatua a Antoñito el cartero, que durante mucho tiempo se pateó las calles llevando noticias a las gentes. No hay que poner instancias para hablar con la alcaldesa si tienes un problema, sino que se lo puedes contar si te la encuentras por la calle. No hay grandes superficies, pero hay un mercadillo los sábados y domingos que tiene su encanto y donde ahora en Navidad hubo degustación de chocolate a la taza y jornadas gastro-navideñas. No hay grandes conciertos pero sí fuimos en diciembre a actuaciones de villancicos en la Plaza y hay encuentros de corales en la Iglesia y obras y galas en el Teatro y, por supuesto, Cabalgata de los Reyes Magos con auto sacramental al final. No hay sitios de lujo para comer pero sí tascas, guachinches y restaurantes para dar y regalar. No nos falta de nada, la verdad.

Aquí te puede pasar, como le pasó a mi marido el otro día, que, dando un paseo, un señor salga de una casa y, aunque no te conozca, pegue la hebra contigo y termine acompañándote toda la caminata. Que un desconocido esté parado al lado de un huerto y te llame para que veas que hay un montón de mariposas monarca volando sobre las coles. Que si vas a casa de un amigo, no es raro que salgas con una plantita de una suculenta que tiene sembrada en el jardincito delantero; o, si tiene huerta, con una bolsa con los últimos resultados de la cosecha o con un bote de mermelada de las últimas ciruelas del verano. Hace poco me encontré con Ana, una majorera que ha acabado viviendo aquí, y me dijo que se le quedó abierto el coche un par de días en la calle y que los vecinos no pararon hasta encontrar de quién era el coche y decírselo. "Eso es hacer pueblo", me decía admirada.

Mi pueblo tiene preciosos rincones y casas de poca altura. Es un pueblo con historia y tiene un barranco a su vera donde vivieron los guanches, atraídos por su clima y su fertilidad. No es pequeño (tiene 11.000 y pico habitantes), pero qué quieren que les diga, está hecho a mi medida.


Estatua de Antoñito el cartero


lunes, 12 de agosto de 2024

De mi casa se ve el mar



Cuando yo estudiaba en aquellos lejanos tiempos de los años 60, en mi Colegio Mayor había un buen grupo de sudamericanas de las que las canarias nos hicimos amigas enseguida por aquello de la afinidad. Y siempre nos llamó la atención que Mirta, la boliviana, cada vez que se cruzaba por el pasillo o por donde fuera con las chilenas, les decía: "¡Devuélvannos el mar!". Por ella nos enteramos de que Bolivia perdió la salida al mar tras la Guerra del Pacífico (1879-1884), en la que al final Bolivia tuvo que ceder a Chile el desierto de Atacama que daba acceso al Pacífico. Desde entonces hasta hoy (casi un siglo y medio más tarde), Bolivia sigue dale que te pego solicitando en todos sitios (hasta en los pasillos de un Colegio Mayor) esa ansiada devolución.

A mi pueblo, Tegueste, le pasa lo mismo que a Bolivia, que no tiene salida al mar, solo que en nuestro caso está rodeado por todas partes por La Laguna. Pero nosotros no protestamos ni reclamamos a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, ni vamos por la calle diciéndole a todos los laguneros que veamos: "¡Devuélvannos el mar, so ladrones!". No, no. Los teguesteros están conformes con la situación por tres razones:

Una, Tegueste no tiene mar, pero desde aquí se ve el mar, un horizonte que nos abraza. En la imagen inicial se ve al fondo, un poco calimoso hoy pero ahí está, desde la azotea de mi casa (fue una condición que puse cuando buscamos un sitio donde vivir). Y como para celebrarlo, Tegueste en sus fiestas saca a pasear barcos en carretas tiradas por bueyes, reforzando su condición marinera a pesar de todo y recordando tal vez aquellos tiempos en que veían velas en el mar y se preparaban para posibles ataques de piratas.

Dos, es estupendo que el mar esté solo a 10 minutos y que, encima, se lo cuiden otros. Un periodista deportivo provocó risas y rechiflas cuando dijo que Pedri (que es teguestero), al debutar en la Selección española de fútbol, lo haría "como si te tomaras un vermut en la playa de Tegueste". Bajamar, La Punta del Hidalgo, Jóver... son "las playas de Tegueste" (que pertenecen, claro, a La Laguna), rocosas, eso sí, salvo El Arenal, pero para mí maravillosas con sus calas y piscinas naturales de agua clara y olor a algas. Desde el siglo XIX, La Laguna, igual que Eva la de Adán, está tentando a Tegueste con la manzana de la anexión, pero los teguesteros siempre han dicho que no, que una separación es muy bonita.

Y tres, los teguesteros encima presumen de que nunca tendrán playa ¿Para qué si prácticamente la tienen al lado? Un grafiti (firmado por @betoalaboquilla) en la pared del campo de fútbol a la entrada del pueblo lo proclama: "Bésame hasta que Tegueste tenga playa". Toda una declaración de intenciones que a mí  qué quieren que les diga, me parece una actitud más sabia que la de los bolivianos.




lunes, 8 de julio de 2024

Me voy p'al pueblo, hoy es mi día...


Vista de mi pueblo, Tegueste. Acuarela de mi hermana, Chari Duque

No me pregunten cómo lo averiguan los que se dedican a eso, pero el 23 de marzo de 2007 fue el día en que por primera vez en la historia del mundo hubo más personas viviendo en las ciudades que en el campo, un hecho histórico porque, cien años antes, solo una de cada ocho personas vivía en las ciudades. Y la cosa parece imparable y se habla a cada rato de la España vacía y de pueblos en los que no se ve ni un alma.

Eso en Canarias no pasa. Aquí somos tantos que hasta el campo está lleno. Pero es que, además, últimamente por todas partes veo una querencia cada vez mayor por volver a la tranquilidad del pueblo frente a la masificación y polución de las ciudades. Leo una entrevista de Santi Burgos al escritor Rafael Reig, que huyó de Madrid hace 10 años para vivir en Cercedilla: "Yo era muy conocido en mi barrio, Malasaña, pero no como escritor, sino como borracho -bromea-. No podía llegar a casa sin que todo el mundo me invitara a dos whiskys. Así que acababa en estados comatosos". Decidió entonces aportar salud a su vida, irse al monte, un lugar donde respirar aire puro y coger setas... (claro que también añade que ahora es un borracho de pueblo).

Y el mismo tema me encuentro en novelas que acabo de leer estos meses: Juliette y las canciones perdidas de Andrea Longarella, en la que la protagonista huye desde París a un pueblo perdido de Alsacia a encontrarse a sí misma; Club de lectura para corazones despistados de Mónica Gutiérrez, en la que la chica llega a un pueblo pequeño de los Pirineos y funda un club de lectura con los pocos que encuentra; Donde somos nosotros de Helen Rytkönen, que es la historia de Marcos, que se quema en el trabajo y decide cambiar de vida en Famara; Lunas de naranja y chocolate de Nuria Martínez-Carrasco, en la que una joven deja todo para irse a un pueblo de Almería donde se dedica a vender pasteles... ¿Será tendencia ahora la vuelta a lo bucólico y a las églogas pastoriles?

Mi madre, que vivió de niña en el campo y después siempre en la ciudad, era una urbanita convencida. Decía: "A mí el sonido de las esquilas de las cabras al atardecer me da tristeza". En cambio, yo viví toda mi niñez en la ciudad y desde hace 43 años en el campo y nunca me he arrepentido. ¿Qué es mejor?

A simple vista, ventajas del pueblo:  las estrellas brillando en noches oscuras, la pureza del aire, el paso de las estaciones, el silencio de las noches... Ventajas de la ciudad: la vida social y cultural, la cercanía de farmacias y supermercados, la mejor comunicación, los paseos... Claro que hay ventajas y ventajas. Por ejemplo, una ventaja del pueblo es que te saluda todo el mundo y conocen tu nombre en las tiendas. Y una ventaja de la ciudad es que no te saludan desconocidos ni conoce tu nombre ni la madre que te parió. Así que se explica que haya defensores de una y otra forma de vivir.

La mía está clara. Termino con el recuerdo de la canción de Los Panchos con la que titulé el post ("Me voy p'al pueblo, hoy es mi día, voy a alegrar toda el alma mía...") y con una defensa (no sé el autor) de la vida asilvestrada: "Los que vivimos en el monte, lejos de todo lo demás, compramos fruta en ferias campestres, comemos costillar de cordero lechal de granja y hacemos bucólicas excursiones por los alrededores. Nuestros amigos urbanitas nos llaman neorrurales de pacotilla y comeflores y nos preguntan si no estamos hasta las gónadas de tanto pájaro y tanto verde. Qué sabrán ellos..."

¿Y tú? Si pudieras elegir, ¿dónde vivirías?

lunes, 6 de mayo de 2024

Carta atrevida a San Marcos



Querido San Marcos, me atrevo a escribirte a ti (ahora que las cartas vuelven a ser tendencia) porque me da que, en las fiestas de este mes en Tegueste, tú, el patrón del pueblo, estarás menos estresado desde tu sitial que la alcaldesa y demás autoridades a quienes podría dirigirme también. Pero ellas entre tantas parrandas, torneos, comidas en ventorrillos, homenajes, verbenas... y, por supuesto, la Romería, estarán derrengadas y el tiempo y el alma no les va a dar para atender mis ruegos. Así que, buscando una autoridad, me quedas tú, San Marcos, que después de todo en estos laaargos festejos solo tienes que comparecer en la bendición del ganado, en las misas, en la procesión y en la Romería. Algo más desocupado estarás, digo yo, para hacerme caso.

Y voy rápidamente al tema de mi carta, no sea que te llamen para otro evento, que todo es posible. ¿A ti te parece normal que las fiestas del pueblo duren un mes y pico? Que sí, que tu día es el 25 de abril y que la Romería de San Marcos es siempre el último domingo del mes, que este año cayó en 28, y que eso tendría que ser todo ¿no? Si acaso, dejar una semanita para probar el vino nuevo, unos bailitos y esas cosas, y ya está ¿verdad? Pero no, desde el 5 de abril y por lo menos hasta el 9 de mayo aquí se siguen celebrando fiestas como si no hubiera un mañana.

Y es que ha habido de todo: paseo ganadero, feria de coches clásicos, encuentro de bandas de música, patio de vinos, Día de la juventud, concierto entre viñedos, exposiciones de perros de caza, de ganado, de palomas buchones, de motos, de carretas; ha habido torneos de lucha canaria, de bolas, de minibasket, de balonmano; parrandas, festival folklórico, noche del sombrero, procesiones, verbenas y brindis por doquier, concursos de postres y de manejo de yuntas, galas de la Romera Mayor ¡y las dos Romerías!, la del día 28, que es la grande (¡10.000 personas vinieron este año!), y la del día siguiente, el Día del carretero, que es igual: carretas, ventorrillos, bailes, fuegos artificiales... y gente, mucha gente. Y aunque parezca que eso es el broche de oro, no te lo creas porque después, y ya en mayo, vienen los bailes de magos que tampoco tienen desperdicio ¿Es eso normal?

Y tú dirás: "Pues estupendo, mujer, que se diviertan, que bastantes desgracias hay en el mundo". Y no te digo que no, querido San Marcos, pero ¿era necesario, además, acordonar todo Tegueste durante tanto tiempo? El parking grande que hay a la entrada, en donde aparco cada vez que voy al pueblo, está ocupado con los cochitos locos, las norias y el tiovivo del increíble Hulk. Las calles principales están cerradas al tráfico. El otro día se me perdió mi marido durante una hora y fue porque estaba buscando aparcamiento. Aparcar en Tegueste este mes y pico ha sido más difícil que acertar el gordo de la lotería.

¿Y qué me dices del día de la Romería en que se cerraron al tráfico unos 5 kilómetros de la carretera general desde las 10 de la mañana a las 12 de la noche? Unos amigos me invitaron a celebrar la romería en su casa y no me atreví a enfrentarme a la masa y a las colas de coches ¡Y encima vestida con los refajos y enaguas del traje de maga, quita, quita!

Ya sé que puedes hablar del componente lúdico y novelero del ser humano en general y del teguestero en particular, y que esta romería es la primera del año y la que da pistoletazo a todas las demás. Pero ¿no te parece que, si cunde el ejemplo, nos vamos a pasar el año de romería? ¿No es pasarse un pelín? ¿No podrías pedir, ya que el tinglado es en tu honor, que fuera algo más tranquilito? Piénsatelo un poco, porfa.

Con todos mis respetos, un gran abrazo.

lunes, 21 de agosto de 2023

Hoy no hablo del fuego




Mi isla se quema. Hoy hablan de 11600 Hectáreas quemadas, de un perímetro de 84 kilómetros y 11 municipios afectados, de cerca de 13000 personas desalojadas. Hace mucho calor y los vientos llegan a los 65 kilómetros por hora. Pero hoy no hablo del fuego.

Aunque sea el tema de conversación de todos, en la cola de la panadería entre pan y pan, en la salida de los viernes con los amigos, en la caja del Mercadona, en la comida de cumpleaños de mi nieta, en las charlas de la piscina de Bajamar, en los wasaps, en los medios... yo hoy no hablo del fuego.

Es verdad que, en cuanto me levanto, mi mirada va hacía las líneas del monte que protege el valle en que vivo, buscando detrás de ellas nubes más oscuras o tonos amarillos y naranjas desacostumbrados. También aspiro por si siento el olor a humo en el aire de la mañana. Pero hoy no hablo del fuego.

Leo a Irene Vallejo que en su columna nos cuenta el mito de Faetón, el atolodrado e irresponsable al que su padre, el dios Apolo, prestó el carro del sol y que en un pispás, al no saber conducirlo, incendió montes y valles. Pienso en los necios faetones de hoy y los maldigo porque van a conseguir, como dice el genial Morgan en su viñeta, que, en la línea evolutiva el homo sapiens se convierta en homo estupidus y, al final, en homo extinguidus. Pero hoy no hablo de fuego.

Estoy con el alma en vilo y acompaño en la desolación a mis amigos que tienen casa o terreno en Araya, en Fasnia, en Igueste de Candelaria, en La Esperanza o en Aguamansa. Uno de ellos, cuando fue con su hijo a retirar bombonas y algún recuerdo, me dice: "Todo estaba desierto, no se veían sino los coches y los miembros de protección civil y, en el fondo, las llamas, humo y cenizas. La verdad es que cuando dejamos la casa teníamos un nudo en la garganta". Pero hoy no hablo del fuego.

Lloro por los árboles irremplazables, por los cerezos de Chimisaya bajo cuyas ramas descansé y de los que hablé hace poco, por los castaños seculares de Aguamansa, por los pinos de los altos de La Victoria, por el verdor de mi tierra. Pero hoy no voy a hablar del fuego.

Lamento profundamente el peligro que acecha al Astrofísico del Teide, que tanto conocí cuando mi marido trabajó allí 8 años. ¿Puede desaparecer esa ventana increíble abierta al universo? ¿Y la vida natural del Parque? Las retamas y tarajales que hace 2 meses vi, rotundos, en flor, las violetas y margaritas del Teide, los escobones... Pero no, no voy a hablar del fuego.

Ruego por que llueva, por que los bomberos y los voluntarios y toda esa buena gente que está ahí arriba haciendo lo imposible dominen al dragón que se ha despertado. Bombhéroes los han llamado con toda la razón. Pero no voy a hablar del fuego.

Y conservo la esperanza de que, igual que pasó en La Gomera en 2012, en La Palma y Gran Canaria este mismo verano, vuelvan los brotes verdes, la vida ante la muerte. Me llena de alegría y orgullo ese equipo de la U.D. Las Palmas, los eternos rivales, vestidos de azul y blanco, con la camiseta de "Fuerza Tenerife".

No voy a hablar del fuego. Pero ¿cómo podría hablar de otra cosa?

lunes, 24 de abril de 2023

No me hables de las fiestas



¿Cómo que no te hable de las fiestas? -le digo a una vecina de mi pueblo a la que encuentro por la calle un día de esta semana en que las dos andábamos de diligencias. Habría que decir que el último domingo de abril, que este año es el día 30, es la fiesta mayor de mi pueblo, la Romería, que abre camino a todas las demás romerías de la isla. Después de esta va a ser un no parar. Mi vecina es una chica joven y animosa y no parece ser de esas que se pierden una fiesta así, sin más ni más. Y sin embargo a mi pregunta de si ya está preparada para darlo todo, va y me suelta, malhumorada, ese "¡No me hables de las fiestas!"

- ¿Y eso por qué? -le digo-. Pero si vives hasta en la calle principal del pueblo, un sitio envidiable con vistas privilegiadas a todos los eventos...

- Pues esa es una. ¿Tú sabes que desde el día 1 de abril hasta mitad de mayo estamos de fiestas con todo lo que eso conlleva? Tengo ventorrillos abiertos para la ocasión al lado y enfrente de mi casa, todo el día con el olor de carne cochino frita en las narices y con las conversaciones de los noveleros hasta las tantas de la noche, guitarras incluidas a veces. ¡Y una tiene que dormir, que a la mañana siguiente hay que trabajar, digo yo! Y luego los cohetes, todos los días de Dios cohetes van, cohetes vienen, que los sufridos perros del pueblo, incluido el mío, están haciendo cola p'al psiquiatra, los pobres. Si quieres que te diga la verdad, yo el día de la Romería desaparezco, m'hija. Bueno, en realidad voy a casa de mi abuela que, si no voy ese día a probar el conejo en salmorejo a su casa, le puede dar un yeyo. Pero a todos los conocidos les digo que me voy fuera el fin de semana y, en cuanto llego a casa por la tarde, cierro ventanas y todo y, estoy calladita como un muerto, que si no, tengo allí a toda la tropa a hacer pis. ¡Con eso de que vivo en la calle principal...! ¡Quita, quita! Y hay más: desde el día 1 de abril el aparcamiento grande lo llenan de cochitos locos y norias y las calles están atestadas de carromatos de los que vienen con las atracciones y los ventorrillos. Aparcar en el pueblo se hace más difícil que encontrar un cine en el desierto. ¿Y sabes qué? También desde el 1 de abril hay carteles anunciando que el día 30 ¡se cierra la carretera general! ¿Dónde se ha visto semejante disparate? ¡Una carretera general que comunica toda esa zona con el resto de la isla! Procura que ese día no te dé un jamacuco porque igual, para llegar al hospital, tienes que dar un rodeo de padre y muy señor mío, te lo digo yo...

- Pero - le corto- las fiestas están estupendas: paseos de ganado, torneos, conciertos, concursos, galas, exposiciones, actuaciones, un festival folklórico, procesiones, encuentros deportivos de fútbol, baloncesto, lucha y bolas, verbenas, fuegos... !No les falta de nada! ¡Si hay hasta una exposición de palomas buchonas, dónde se ha visto eso! Y luego están las carretas, que son las más bonitas de las islas, no me digas que no.

- Sí, hija, sí, todo eso es verdad. Y además el pueblo se pone precioso con tanta bandera y tanto machanguito. Hasta el Ayuntamiento se disfraza de escenario (claro que para ir a pedir un certificado tienes que entrar por detrás, sorteándolo). Está bien estar en fiestas, yo soy la primera a la que le encanta un baile y una romería con sus carretas, sus papas arrugadas y sus pelotas de gofio. Me encanta ver los patios del pueblo preparados y adornados para el jolgorio. Pero ¡tanto tenderete es pasarse! Que un dulce nunca amarga pero una tonelada repugna un poco ¿no?. ¡Y mes y medio de festejos no hay quien lo aguante!

Y mascullando varias veces lo de ¡no me hables de las fiestas!, se fue mi vecina calle abajo a comprar garbanzos y carne cochino para llevar el día 30 a casa de su abuela.

lunes, 10 de mayo de 2021

La calle más bonita



Unamuno en su primer viaje a Canarias en 1910, dijo de La Laguna, la ciudad en que nací: La Laguna (...), unas calles largas, largas como el ensueño; en el fondo, una torre oscura tronchada. Acá y allá casas con salientes miradores de madera, de celosías, pintados de verde por lo común; unos miradores muy típicos tras de los cuales se adivina a la dama que espera desde hace siglos. a la misma dama de los tiempos del Adelantado. En algunos tejados, el verode, una planta que parece un pequeño pino.

Pues bien, una de esas calles largas, largas como el ensueño, la calle San Agustín, antigua calle Real, ha sido incluida por el portal Turismo de España (Turespaña) entre las 10 calles más bonitas del país.

Y con toda la razón del mundo. La calle San Agustín atraviesa el casco antiguo de La Laguna  casi rectilínea desde la calle del Agua a la Plaza de la Junta Suprema. Es una calle peatonal, ancha y tranquila que puede presumir de palacios y casonas antiguas con preciosos patios en su interior. Están en ella el edificio del Casino, la Casa Van Den Heede, el palacio Lercaro, el edificio de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (antigua Universidad San Fernando), el Palacio Episcopal, el edificio de la UNED, el Hospital de Dolores, el Instituto de Canarias Cabrera Pinto, la Casa Olivera...

Pero una calle para ser bonita y tener encanto necesita algo más que casas y monumentos. ¿Se acuerdan de aquella canción de My fair Lady que se llamaba "La calle donde tú vives"? Decía así: Yo más de una vez esta calle vi, pero siempre que crucé para mí fue otra más. Hoy siento al pasar que otro encanto hay. El encanto es que vives tú aquí". No andaba desencaminada la canción: una calle con encanto, sobre todo para los que la conocemos bien, tiene que ser una calle vivida. Y eso precisamente es lo que tiene la calle San Agustín.

Por la calle San Agustín han pasado siempre a lo largo de los años las procesiones de Semana Santa, la cabalgata de Reyes, los desfiles de carnavales, la romería de San Benito... Los niños pequeños de unos amigos que vivieron allí se armaban un lío porque no estaban seguros de si tocaba que pasara el rey Melchor o la Dolorosa o los Sabandeños. En la calle San Agustín se hacen alfombras de flores (mis hijos han participado en ellas) el día grande del Corpus. Allí hemos comprado pollos asados en la Carnicería Manolo, perros calientes en "Peter", regalos navideños en "La Pajarita de papel"... Es una calle completa con supermercado, carnicerías, cafeterías, mercería, óptica, boutiques, galería de arte, tiendas de artesanía, farmacia, herbolario, librería... Y sobre todo es la calle del Instituto, y ya solo por eso es una calle especial para todos los laguneros.

El Instituto de Canarias Cabrera Pinto, el primer Instituto que hubo en las islas, fue mi lugar de trabajo durante 22 años. El poeta Guillermo Perera, que fue su secretario, ya dijo del Instituto algo que todos los que hemos pasado por allí compartimos: Yo no sé qué atracciones tiene esta casa / que aquel que la ha vivido nunca la olvida; / con temor se entra en ella y el tiempo pasa / y al correr de los años es más querida.  Y es verdad. No sé si son los claustros, o los naranjos y camelios del jardín, o la Biblioteca ("mi" Biblioteca, que dirigí tantos años), o el sonido que se oye al salir los alumnos de clase o la belleza del edificio, o todo junto, lo que le da tanto encanto. Primero fue convento agustino (siglo XVI), luego Universidad (siglo XVIII) y, al final, en 1846, un Instituto, el de muchos laguneros y canarios que se educaron aquí y que nunca lo olvidan. Por estas calles yo he ido / con mis libros bajo el brazo / desde las ágiles aulas / al lento Camino largo, recitaba Pedro García Cabrera.

El jueves pasado cambiamos las caminatas al lado del mar por un paseo por la calle más bonita.  Hablamos mi amiga y yo de los amigos y conocidos que viven o vivieron en ella, de las vivencias que hemos tenido en la calle -aquí compré una sandunga, allí impartía el CAP, en ese patio celebrábamos fiestas en la Romería...- y de cómo era antes, con las hierbitas y musgo entre los adoquines (musgo oloroso de siglos / que pule las viejas piedras, que decía Enrique Romeu) y verodes en los tejados. Nos dio tiempo para tomarnos con tranquilidad un cortado en el Café Café viendo pasar el mundo, y de visitar dos exposiciones: una, en la Fundación Cristino de Vera, de Felo Monzón -cuadros de personajes de ojos grandes y de luz- y otra, en el Instituto, sobre Galdós, que también pasó como alumno por allí, como atestigua el expediente que se guarda como oro en paño.

Esta calle larga, la calle más bonita,  es una calle a la que se le toma muy bien el pulso, que se quiere, se conoce y se vive. Y eso es bueno porque, como dice una sentencia atribuida a Machado, "si eres capaz de explicar lo que pasa en tu calle, serás capaz de explicar el mundo".


Puerta del Instituto Canarias Cabrera Pinto



Galdós pintado por Sorolla. Exposición del Instituto


lunes, 5 de octubre de 2020

De Taganana a más allá



Hay un pueblito en Tenerife, Taganana, que no todo el mundo conoce. Tal vez porque no está al paso o porque el camino hasta allí no es fácil, pero de hecho yo no lo conocí hasta los 18 años, un día que bajé caminando con un grupo de amigos desde El Bailadero a través de la laurisilva por un sendero que llaman "Las Vueltas de Taganana". Pero sí había oído hablar de él porque en Taganana vivía un monstruo. Se le llamaba también "el Fenómeno de Taganana" y en la calle del Sol, en Santa Cruz, había una foto de él en el escaparate de un fotógrafo. Yo le tenía miedo porque la foto mostraba a un hombre con una cara enorme, sin ojos ni nariz, y solo por eso siempre pensaba que no iría nunca a un sitio así, donde viviera alguien que yo identificaba con los ogros de los cuentos. Cuando crecí y supe que "el monstruo" era realmente un pobre chico, Ambrosio, que padecía el síndrome de Crouzon, cobraba cuando lo retrataban y amaba la música, el miedo entonces se sustituyó por la pena y la compasión, de tal manera que aquella primera vez que bajé a Taganana y me encontré con él a la entrada del pueblo y oí su respiración, no lo miré para que no leyera en mi cara nada, ni pena ni susto, solo respeto. Más tarde en el cine vi otros casos parecidos, "El hombre elefante" o el personaje de Slotz en "Los Goonies" y siempre pensé que era una existencia triste. Pero Ambrosio, al menos, vivía en Taganana, apartado pero tal vez protegido por los que lo conocían y lo querían.

Taganana es un pueblo apartado, suspendido entre el mar y las montañas de Anaga. Su propio nombre guanche parece venir de anagan, que significa "rodeado de montañas". Y, sin embargo, es curioso que cada vez que sale su nombre en la conversación sale también una historia que parece traspasar el pueblo más allá de las montañas y abrirlo al mundo más allá del mar.

La primera historia me la contó mi amiga Conchi, que es historiadora y que me habló de una niña guanche de Taganana que, según las crónicas, fue vendida con 7 años por los castellanos en Valencia en 1494. Sobre esa historia hizo un poema Pedro Guerra Cabrera y su hijo, Pedro Guerra también, le puso música y lo tituló "Cathaysa". Una parte de la canción dice así:

"Se la llevaron los invasores / cuando venía de la montaña / con su carguita de til y brezo / camino abajo por la quebrada. / Se la llevaron de anochecida / a la guanchita de Taganana / y el manojito de leña seca / desbaratado quedó en Anaga. / Juquete de algún marqués, / menina de alguna dama, / sierva de grandes señores / en algún lugar de España. / Cathaysa, la niña guanche, / no verá más Taganana."

La segunda historia, esta con final feliz, salió en una comida de amigos y fue Pablo, un descendiente de tagananeros, el que me habló de su tía Matilde, "muy guapa, rubia y con ojos azules, como muchos del pueblo". Tuvo un hijo del que el padre no quiso saber nada y, por darle un futuro mejor, se marchó y consiguió trabajo de camarera en el Hotel Mencey. Quiso el destino que el Cónsul inglés (Don John terminaron llamándolo los paisanos) se enamorara de ella, se casara y más tarde se llevara a nuestra tagananera y a su hijo para Inglaterra donde se codearon con la élite británica. Ella recibió clases y su vida cambió completamente ¿No les recuerda a Cenicienta o tal vez a Pigmalión? Esas cosas pasan en sitios de cuento como Taganana.

La tercera historia me la dijo Lali, que es bióloga especialista en botánica y sabe de estas cosas. Ella me habló de cuatro chicos que estudiaron juntos en la Universidad Miguel Hernández de Elche y que, enamorados de la tierra fresca y volcánica de Taganana, tuvieron el sueño de crear un vino propio, con personalidad, sobre los viñedos que mirando al Atlántico están allí desde que los portugueses los plantaron en el siglo XVI. Los 4 amigos dieron un salto de alegría cuando en septiembre de 2014 el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, lo probó en un almuerzo en Nueva York y dijo que era de lo mejorcito que había probado. Esto dio un espaldarazo al vino "Táganan" y hoy está puntuado, según la Guía Parker, entre los mejores del mundo.

Taganana es un pueblo perdido pero parece mantener vínculos con el mundo entero. La niña guanche que nunca volvió a ver su pueblo, la esposa del diplomático que tal vez merendó con la reina de Inglaterra y los 4 amigos que han hecho un vino digno de un presidente son ejemplos de que no hay encierros para el hombre y de que cualquier sitio está conectado, lo quiera o no, con el resto.

Un día de estos vuelvo a Taganana.


lunes, 28 de septiembre de 2015

¡Adiós, Chanchullo!


(Bourne corriendo al "Viva María" a comerse un bocata de berros)
Me contaba mi amiga Ani una actuación en el Teatro Guimerá allá por nuestros tiempos juveniles. Se representaba un dramón en el que el actor principal, uno de aquí, se moría y largaba un adiós a la vida: "¡Adiós, mi mujer! ¡Adiós, mis hijos!..." Y, en esto, que ve en el palco pegado al escenario a un personaje del Santa Cruz de entonces al que llamaban Chanchullo, y no se pudo aguantar y se despidió de él también: "¡Adiós, Chanchullo!".

lunes, 26 de enero de 2015

¡Qué pelete!




En estos días en mi isla el tema preferente de conversación no ha sido ni que Repsol haya reculado en las prospecciones, ni que los carnavales estén ya al caer. No, no, el tema -el trending topic, para que vean qué puesta estoy en el lenguaje de las redes sociales- ha sido el frío inclemente que se nos ha metido hasta el tuétano, el pelete, el biruje, el grajo que vuela bajo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Perplejidad en el Convento



La perplejidad puede tener varios matices: asombro, extrañeza, desconcierto, sorpresa, confusión, incertidumbre... Este sábado todos ellos se me mezclaron al hacer una visita con el grupo "Lo que las Piedras cuentan" al Convento de clausura de las Claras de La Laguna.

lunes, 10 de junio de 2013

Fantasmas de La Laguna




Hay un cuento de Valle Inclán titulado “El miedo” en el que el narrador, un Granadero del Rey, habla de la única vez en que sintió “ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo”. Estaba solo en una capilla húmeda, tenebrosa y resonante esperando a que viniera el Prior de Brandeso a confesarlo cuando oye, en el silencio del lugar, dentro de un sepulcro, el entrechocar de los huesos del esqueleto enterrado y “el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra”.

lunes, 20 de agosto de 2012

Flipo con el ruido




Cartel a la entrada de mi pueblo: “VAS A FLIPAR”. Efectivamente, flipando me quedé cuando lo vi. “Si crees que en Carnavales hay mucho ruido…” ¡Sí, lo creo! Carnavales es el martillo demoledor del chundachunda, que hace huir, despavorida, en esas fechas a toda la gente que conozco del centro de Santa Cruz. “…espera a ver esto”. Y esto es, al parecer, un campeonato nacional de motos. Pero no anuncian las motos, no. ¡Anuncian el ruido de las motos! ¡Y diciendo que va a dejar chiquito el ruido de los Carnavales! Sigo flipando (flipar: quedar estupefacto por el asombro o el miedo.  Yo, por las dos cosas)

martes, 6 de marzo de 2012

Extrategueste




Llevo 30 años viviendo en mi pueblo, Tegueste, y nací a sólo 5 km., en La Laguna. Y, sin embargo, para las gentes de aquí, soy de fuera. Soy “extrategueste”.

martes, 25 de enero de 2011

La Laguna de Adrián




Hace tiempo, en mis paseos por La Laguna me encontré con Adrián Alemán. Profesor de historia, aparejador, periodista y escritor, él y yo habíamos hecho buenas migas un tiempo en el que fuimos compañeros en el Instituto. Cuando se jubiló, lo solía ver paseando por la calle y siempre fue un placer pararme a hablar un ratito con él. Esa vez me comentó, entusiasmado, que estaba preparando un libro sobre La Laguna percibida con los cinco sentidos. Es una idea preciosa, le dije, y le aseguré que iba a ser de las primeras en leerlo.

Hoy el libro, “La ciudad de los sentidos”, ya está en la calle aunque Adrián no esté. Y, como le había prometido, lo he leído disfrutando, como se hace cuando se comparte un amor por la misma ciudad. Cuando llegamos a un sitio extraño, sabiendo que cada lugar tiene su aire propio, queremos hacer justamente eso, captarlo enteramente, respirarlo, vivirlo… Pero rara vez se hace lo mismo con lo más cercano, con lo muy conocido. Y esto es lo que ha hecho Adrián, y lo ha hecho como un acto de amor, de despedida entrañable de todo lo que siempre quiso.

Compré su libro en El Águila y lo empecé a leer sentada en un banco enfrente de La Concepción, al tibio sol de la mañana lagunera. Y, mientras lo leía, pensé que Adrián ha hecho algo más que ver, oler, oír, tocar, gustar. Nos está también invitando a nosotros a hacerlo, nos está diciendo: “No pases rápido, fíjate, mira, huele, escucha…”

Y lo hago. Oigo las conversaciones amortiguadas de los que pasan, las campanas de La Concepción cada cuarto de hora, el ruido lejano de los coches desde estas calles peatonales. Y luego, el sonido del viento en la Plaza del Cristo, los patos en el estanque de la Catedral, el eco de los fuegos de septiembre.

Huelo el naranjo del patio del Instituto y el jazmín de la calle Anchieta, el olor limpio del centro de una ciudad sin circulación. Pero también la tierra mojada del huerto de la casa de mis abuelos y el aroma cálido de la Molina de gofio en la calle de San Juan.

Mi gusto lagunero –esta ciudad de tascas, bares, cafés y restaurantes- viene del recuerdo de los churros con chocolate en “El buen paladar” a la caída de una tarde fría; de la ensaladilla alemana del Bar Carrera en un aperitivo tomado alguna vez que salía temprano del trabajo; del sabor de la tarta de manzana de La Princesa o de las pastitas de té de la Dulcería Olivera.

El sentido del tacto está en el frío en la Avenida de la Trinidad o en la calle del Remojo. O en la lluvia en la cara al salir de la Universidad. O cuando, de chica, ponía los pies descalzos en el suelo helado al levantarme en mañanas brumosas. Pero también en la brisa suave y en la primavera metiéndosete en la piel en un paseo por el Camino Largo.

La Laguna que yo veo trae nubes que bajan amenazando lluvia y mañanas radiantes de verano. Son sus casas antiguas remozadas y sus colores revividos y son las casas viejas de anchos muros con verodes en los tejados. Es la Plaza del Adelantado donde jugué de niña, es la Recova vieja y su entrada de flores, es el Camino de las Peras donde medio aprendí a montar en bicicleta.

Pero es, sobre todo, el ritmo pausado de las gentes por las calles. Miro desde mi banco y veo a los que toman algo en la terraza del Melita, a los que caminan sin apresurarse, a los que se paran un momento a saludarse.

Incluso, si me fijo bien, veo a Adrián, caminando como solía hacerlo, con la parsimonia y la elegancia de un caballero, mirando alrededor y hacia lo alto y sonriendo.

(En la imagen, páginas del libro de Adrián Alemán, "La ciudad de los sentidos")

miércoles, 2 de junio de 2010

Tiempo de romerías



















El verano no es sólo tiempo de descanso, de luz, de cenas al aire libre o de recogida de duraznos y ciruelas. El verano es también, por lo menos en mi tierra, el tiempo de las romerías. 

Con las romerías la gente tiene una relación curiosa de amor y odio. Hay quien dice, como un amigo mío, que él a una romería no va ni atado porque, una vez vista una bosta de vaca, ya se han visto todas; y hay quien, como mi hijo, que es la caja del turrón, no se pierde una. De la última que fue, la romería de Arguayo, vino contando que hay 4 carretas, pero que en cada una no te dan una papa, un huevo duro o un plátano, no. Allí te dan un plato entero con su tremendo filete de carne cochino y las papas arrugadas correspondientes. Y luego viene el paseo por todas las casas del pueblo que, con las puertas abiertas, te invitan a más platos (tollos, garbanzas, carne fiesta, conejo en salmorejo…) y a los postres añadidos. Él vino lleno. De entusiasmo, también.

Yo, ni tanto ni tan poco, voy normalmente a las tres romerías cercanas a mi casa. La de Tegueste, que el último domingo de abril da el pistoletazo de salida, es, para mí, la romería de las carretas. No hay en toda la isla carretas más bonitas y originales. Todavía me sorprende que cada año encuentren temas distintos: carretas dedicadas a las trabas de la ropa, o a las cartas de emigrantes, o a las dotes de novia, o a los trompos… Y, aunque alguna vez las he visto desfilar, lo que de verdad me gusta es ir temprano, antes de que salgan, y pasearme con calma, viendo los mil detalles con los que los teguesteros las han estado confeccionando, grano a grano, desde hace meses.

A la romería de Guamasa la llamo la romería de los personajes y es, para mí, la más divertida. Yo sé que ya se acerca porque Marcial, el chico del jardín (así se llama él a sí mismo, a pesar de que es abuelo y tiene más de 50 tacos y ciento y pico kilos de peso), se empieza a dejar la barba desde mediados de mayo para ir vestido de guanche en la romería. Y allí lo vemos, desfilando con la majestad (y la barba) de un mencey. Pero también está el cabrero ordeñando su cabra con toda su pachorra o el que piensa que el traje típico es ir vestido como quien viene de plantar papas, con la sulfatadora al hombro.

La de San Benito en La Laguna es la de las coplas. Siempre la veo en la calle de San Agustín, a la puerta de la casa de unos amigos donde hacemos el tenderete, con el vaso de vino en la mano y saludando a todos mis exalumnos, que lo único que tocan es una botella de Anís el Mono con una caña. Pero de vez en cuando oyes una copla, una malagueña, una folía… que te pone los pelos de punta (Un arrorró cuando niño, / de joven, unas saltonas, / luego una folía triste… /Ahí tienes mi vida toda.) o una isa que te hace sonreír (Padre mío San Benito, / patrón de los labradores / ¡Acaba con la lagarta / y dame papas mayores!)

Las romerías son una fiesta. Hasta Santa Cruz, que no tiene tradición (aunque es verdad que, de chica, vi pasar algún rebaño de cabras por la calle del Pilar), se ha sacado una romería de la manga, no queriendo ser menos que los demás. Las romerías son la generosidad del pueblo, el color de los trajes, el arte de las carretas, el sonido del timple y las guitarras, el olor de la carne asándose en fogones improvisados, las danzas y los cantos, las voces y la alegría que llenan el aire.

Las romerías son más, mucho más, que una bosta de vaca.

(La foto fue tomada el domingo 6 de junio de 2010, en la romería de Guamasa a San Isidro, o, como dice la gente, al Santito)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Los fuegos del Cristo


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Hoy es el día grande de La Laguna, el día del Cristo, el día de los fuegos. Hace 4 años le hice a este día, que todos los tinerfeños hemos celebrado, por lo menos, alguna vez en la vida, mi particular homenaje

Las fiestas del Cristo de La Laguna aúnan dos imágenes –el Cristo y los fuegos- que simbolizan los dos elementos sin los cuales no se puede entender ninguna fiesta: la religión y la alegría. Los dos símbolos suelen aparecer juntos en los carteles que anuncian las fiestas. Aparecen, por ejemplo, en la portada de un viejo programa de fiestas del año 41 que encontré entre los papeles de mi padre. Y también en carteles actuales, como los que le han premiado a mi amigo Álvaro, otro jubilado como yo, que inventa, esculpe, pinta, hace fotografías bellas y lanza su mirada brillante y curiosa al mundo que lo rodea para recrearlo con ojos nuevos.

No hay pueblo que no termine o empiece sus fiestas sin esta explosión gozosa que son los fuegos artificiales. Hasta “El señor de los anillos” empieza con una exhibición de fuegos mágicos que Gandalf fabrica para terminar la fiesta en honor a Bilbo Bolsón. Y, cuando era pequeña, recuerdo que la escena que más me gustaba de “Sissi” es al final, en el balcón, viendo los fuegos, digno colofón a toda historia de amor.

Hace 20 años, fuimos con los niños a pasar 15 días en una granja francesa en el Perigord, la Francia profunda, y el pueblito más cercano tenía 200 habitantes. En esos días fueron las fiestas y anunciaron “¡maravillosos fuegos artificiales!”. Nosotros, que nos apuntamos a todo, allá que fuimos privados a verlos. La secuencia de los maravillosos fuegos fue más o menos así: ¡pum!, una lucecita azul y un ¡aaaaaah! maravillado de los lugareños; 5 minutos de silencio, otro ¡pum!, lucecita verde, aaaaaah, y así media hora más en que todo terminó, sin traca ni nada pero sí con el aplauso fervoroso del personal. Nosotros nos miramos y dijimos: “¡Estos no han oído hablar de los hermanos Toste ni del Cristo!”.

Y es que, por lo menos en la isla, los fuegos del Cristo son algo especial. Mis padres, que eran unos noveleros, siempre nos llevaron de chicos a verlos, y ahora, si alguna vez no hemos podido ir, los oímos 9 kilómetros más allá. Es el broche de oro de las fiestas y las coplas los recrean, como ésta de Nijota:
 “A Matea, la jija de Cho Capote 
se le metió un foguete por el escote.
 ¡Juye, Matea, juye, juye, Matea,
mira que los foguetes tienen idea!”.

Qué extraña fascinación tenemos los humanos con el fuego. Hace 27 siglos, Heráclito, el filósofo al que llamaban “el Oscuro”, pensaba que era porque el fuego es el símbolo de este mundo cambiante, ya saben, el “todo cambia, nada permanece”. Claro que un poeta de hoy como Ángel González, lo parafrasea diciendo “menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten”.

Hoy, cuando este 14 de septiembre por la noche veamos las palmeras de luz, los arcoiris mezclados, las campanas cayendo suavemente, las flores de plata y oro, los gigantescos estallidos, podríamos decir también que todo cambia y nada permanece, menos los fuegos del Cristo de La Laguna que, año tras año, nos traen su catarata de sonidos, color y luz. Que sigan cambiando y permaneciendo para nuestro disfrute. 
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