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lunes, 8 de marzo de 2021

Nostalgia de viajes


Una de las cosas que nos ha traído la pandemia es la nostalgia de viajar. Mi amiga María me lo decía la otra mañana mientras nos tomábamos el cafecito al lado del mar: lo que más echa de menos es hacer la maleta y tirar para cualquier sitio lejano y tentador. "Es un poco claustrofóbico no poderse mover de la isla", comentaba medio enfurruñada. Y tiene razón, ya llevamos un año sin salir y lo que te rondaré, morena. 

Algunos de mis amigos suplen la nostalgia del viajar con alguna escapada al sur o al Teide. Pero no es lo mismo, porque, como dice Clara Janés en un reportaje que leí hace poco, el viaje que más nos tienta es el que nos lleva a un lugar desconocido. Un lugar en que abrimos los sentidos para absorber en la mente aquel edificio modernista tan precioso, ese rincón tan distinto a otros, el habla de las gentes, los olores de un mercado... Pero ¿por qué no hacer lo mismo con los lugares conocidos? ¿Por qué no mirarlos con ojos nuevos?

Hace un par de semanas di un paseo sobre las 9 de la mañana por la Rambla de Santa Cruz que más conocida, imposible. Estaba preciosa, con los parterres repletos de pensamientos y con las estatuas -"El guerrero de Goslar" de Moore y "Ejecutores y ejecutados" de Corberó- haciendo su guardia permanente y fría y viendo pasar el mundo. Era una mañana clara con algunas nubes dispersas y aire limpio después de las lluvias anteriores. Había personas solas andando deprisa camino del trabajo, parejas en chándal caminando a toda máquina, hombres y mujeres paseando con calma a sus perros, madres con niños pequeños haciendo una parada con otras madres, adolescentes hacia sus clases y muchos jovencitos ya tecleando en sus móviles.

Y yo me vi de repente hilando recuerdos. Aquí estuvieron los Escolapios donde mi hermano y mi primo empezaron el cole; aquí en la Estatua (ya hablé de ella una vez) quedábamos con las pandillas y nos parábamos a hablar después de las clases en el Instituto en los años de la adolescencia; en esa casa vivía María Imelda, mi profesora de piano, que aguantó con paciencia y resignación horas y horas el sí sí sí do re do sí la sol la sol do fa de mis tecleados; enfrente vivía mi profesor de Física y Química, Don Aniceto, que luego fue colega mío; y al lado estaba el King Club en el que íbamos a bailar de novios y que tenía una pista con cambio de luces que no habíamos visto hasta ese momento. En aquella esquina estuvo la Librería Rodin, una de mis preferidas, y en la otra la Churrería la Madrileña ¡Cuántos chocolates con churros tomamos allí en las tardes frías! Durante un tiempo la Rambla fue el "tontódromo" donde paseábamos después del cine y donde veíamos a los chicos que nos gustaban. Y en la Plaza de Toros vi la única corrida de toros a la que he ido en mi vida, oí ni primer mitin (a Felipe González en el 82) y fui, de madre, con los niños disfrazados a un acto de Carnaval.

Cuando vas a un lugar desconocido, conectas con otras formas de vida. Cuando lo haces a un lugar que conoces con lo que conectas es con tu vida: resucitas fantasmas, remueves recuerdos y te encuentras con tu yo de otros tiempos. Desde luego, no es ir al Taj Mahal o a las Pirámides de Egipto, pero no deja de ser otra manera, también grata y nostálgica (y más barata), de hacer un viaje. Esta vez a tu propia historia.




lunes, 22 de febrero de 2021

Toque de queda



Compréndannos. No es que estemos en contra del toque de queda, no. Sabemos que ahora no es cuestión de francachelas toda la noche, como en esas noticias que nos llegan, por ejemplo de Lanzarote, en donde encontraron a un grupo de fiesta a altas horas y en medio de todos a un juez bailando.

No, nosotros, los de mi generación, somos gente seria y responsable y, si nos dicen que nos encerremos a las 10 en casa, nos encerramos y santas pascuas. Pero entiendan que, como a las jubiladas del estupendo dibujo inicial (lástima no saber el autor), nos repatee la cosa. Primero, porque nunca nos había pasado. El toque de queda nos sonaba a las películas de las guerras mundiales en donde tenían que apagar luces y correr cortinas ante el enemigo exterior. Segundo, porque nosotras (sobre todo las mujeres) mientras éramos solteras, tuvimos que padecer nuestro particular toque de queda. ¡¡¡A las nueve en casa!!!, nos decían. ¡Cuántas carreras me pegué por esa calle San Martín para arriba porque llegaba 10 minutos tarde! Hasta cuando estuve en el Colegio Mayor en Madrid (de los 19 a los 22 años) nos hacían entrar a las 10 de la noche. La puerta estaba cerrada a cal y canto si llegábamos tarde, y entonces, después de llamar y llamar, nos abría (y peleaba) el portero de noche, un señor que se llamaba Don Restituto (y al que nosotras por detrás llamábamos Don Prostituto, o Don Prosti, por ese empleo nocturno). Estoy segura de que muchas se casaron, simplemente para poder llegar a su casa cuando quisieran y escapar de una vez del dichoso toque de queda.

Y mira por dónde, después de viejas, los jóvenes nos lo imponen ahora. Manda castaña.  Y ahí nos ven, sin poder ir a nuestras cenas de los viernes por la noche (más de 30 años haciéndolo), porque, si vamos a las 8, a las 9 y cuarto ya nos están echando porque los del restaurante tienen que limpiar, recoger y cerrar antes de las 10. Y claro, no es cuestión de atragantarse con las croquetas ni de quemarse con el plato caliente. Y ni hablar de chupitos y largas conversaciones de sobremesa. Atrás quedan las celebraciones de cumpleaños y de otros eventos en los que estábamos hasta la madrugada cantando boleros y rancheras; atrás, las cenas reposadas alrededor de un pescadito o un buen filete saboreando un vino, mientras alegamos; o las poscenas, en las que, en casa o en casa de los amigos, tomábamos la última copa después de repasar todas las noticias de la semana... Sí, ahora nos vemos alguna vez al mediodía, pero no es lo mismo. A los de mi generación nos llama la noche.

Así que entiéndannos. Rogamos por que la gente sea tan obediente como nosotros, por que nos vacunen de una vez y por que todo esto termine. Porque no nos gustan términos como restricciones o toque de queda. El único toque de queda que me gusta lo puso el artista que cada semana hace el cartel de la autopista del norte. Cuando pasé por allí el jueves pasado, decía: Toque de quédate conmigo. Mucho mejor y más romántico, dónde va a parar.




lunes, 4 de enero de 2021

Atrévete a saber

Grabado "La vacuna"

Atrévete a saber, sapere aude, es la divisa de la Ilustración, uno de esos momentos especiales de la Historia (como la Grecia de Tales o el Renacimiento) , en el que los humanos parecen quitarse de repente el velo del oscurantismo y la superstición y descubren la esencia de lo que es ser hombre: su inteligencia. El sapere aude lo dijo Kant -uno de los filósofos que mejor me caen y que, a pesar de lo feo y cuadriculado  que era, tenía un cerebro de primera calidad- en un texto que se titula "¿Qué es la Ilustración?" y que proponía y proclamaba: ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!. No le faltó sino decir: ¡Espabila!.

En aquellos lejanos tiempos en que yo enseñaba filosofía (hace ya casi 13 años), empezaba a explicar a mis alumnos esta gloriosa época de la Ilustración con ese texto y con una serie de diapositivas para ponerlos en situación y que comprendieran que esas ideas no eran elucubraciones de unos cuantos filósofos, sino que llegaban a la calle y suponían un cambio total, más racional, en la manera de ver el mundo. En lugar de reunirse en cortes lujosas, la gente empezó a hacerlo en los casinos, los clubs, los cafés; se crearon museos y sociedades científicas; se ponen de moda las conferencias, los coloquios, los conciertos; los miriñaques, corsés y pelucas empolvadas se arrinconan y sustituyen por trajes cómodos, suaves y ligeros. ¡Los hombres y mujeres empezaron a hacer deporte y a viajar! Las ciudades se planifican racionalmente, con avenidas amplias, plazas, parques y edificios, en lugar de al buen tuntún como hasta entonces, con calles estrechas donde no entraba el sol ni invitado; aparece el primer alcantarillado (nada de ¡Agua va!) y, aunque dos siglos más tarde aún había sitios en los que la gente iba a las plataneras para hacer sus necesidades, en la Ilustración (siglo XVIII) ya se inventó el primer water, con su cisterna, su cadenita para tirar y todo (su implantador se llamó Juan Pedro Frank ¿No habría que hacerle un monumento a este hombre?). Y algo muy, muy importante ocurrió también en esa época prodigiosa: Jenner descubrió la vacuna y con ello se erradicaron las pestes que habían pululado por Europa. Hubo vacunaciones masivas -la primera fue la de la viruela en 1796- y hubo sitios, como Nápoles, en los que se recibía a los que traían la vacuna como superhéroes. Por ellos, muchos de nosotros estamos hoy aquí.

Ahora dos siglos después ¿el hombre sigue teniendo el valor de atreverse a saber? Lo pregunto porque en los últimos días de 2020, cuando los laboratorios biomédicos han logrado el prodigio inédito de desarrollar tres vacunas eficaces en apenas 10 meses, en lugar de aceptar que esto se basa en décadas de investigación básica en virología, epidemiología y biología molecular y de que la ciencia funciona (Javier Sampedro), todavía hay quien avisa de que no se nos ocurra vacunarnos porque puede ser una maniobra secreta del gobierno para matar a los viejos y resolver el problema de las pensiones, o una maquinación de la masonería mundial, o de los chinos, o de Putin, o que lo que van a hacer en realidad es ponernos un microchip para tenernos controlados (Miguel Bosé). Exactamente igual que en las pestes medievales se decía que la culpa era de los judíos que habían matado a Dios, o de la bruja del pueblo que les había echado mal de ojo.

Los optimistas confiamos en que, después de que empezamos hace dos siglos a servirnos del propio entendimiento y hemos seguido muchas de las directrices de la Ilustración, sigamos haciéndolo, sin paranoias ni teorías conspiranoicas que dicen muy poco de nuestro intelecto. Demos la bienvenida a 2021, vacunémonos en buena hora para poder volver a los momentos luminosos de abrazos y besos sin mascarillas, y empecemos a decir adiós, ya de una vez por todas, a las épocas oscuras. ¡Sapere aude!


lunes, 7 de diciembre de 2020

Pues ya veremos...



Me llama mi amigo Jaime esta semana todo enfadado por el rollo de la pandemia. Mi amigo tiene 4 hijos y 9 nietos y ¡a estas alturas todavía no sé ni con quién voy a pasar la nochebuena! ¡Que si allegados, que si cuatro, que si diez...! ¡Y las mascarillas! ¡Y los toques de queda! ¡Y la madre que los parió!, sigue despotricando. Él y yo coincidimos en que nunca pensamos vernos en este berenjenal y que nosotros, ¡ilusos!, hubo momentos en marzo en que imaginábamos que en junio ya estaríamos todos de parranda y libres de la pesadilla. Ja, ja.

Pero me pongo con él en plan terapeuta optimista porque lo último que necesitamos ahora son depres y melancolías por el covid. Y le empiezo a enumerar las causas por las que habría que estar hasta contentos. Que sí, le digo, que esto es uno de los 4 jinetes del Apocalipsis, pero que me tiene que reconocer que es mejor que los otros tres -el hambre, la guerra y la muerte-, dónde va a parar. No le digo lo de "más se perdió en Cuba", como afirmaba mi abuela, pero sí le leo un supuesto que vi en un artículo de Íñigo Domínguez: Imaginen una película en la que hay un virus terrible y para frenarlo hay que moverse haciendo el pino, quienes no sepan hacerlo deben asistir a clases de gimnasia y, si no, son evacuados al espacio exterior. Pues ya ves, le cuento, ahora no te exigen tanto: una mascarilla (y no sabes lo que las mujeres nos estamos ahorrando en potingues y lápiz de labios) y tener espacio libre alrededor. Una minucia, relájate.

Y también, la verdad es que nos estamos ahorrando, con eso de llevar la boca tapada y no salir tanto, los airones de otros diciembres (Airón: enfermedad que no recogen los libros de medicina pero que todos nosotros sabemos en qué consiste). A estas alturas y con este frío, el año pasado estábamos todos con el moco colgando y los estornudos estremecedores. Y míranos ahora, qué pimpantes, que no hay quien nos tosa.

Y luego le cuento otra ventaja de la pandemia: el descubrimiento de Miguel Ángel Martín, un actor malagueño que se ha dedicado a poner en las redes monólogos de humor desde la cocina de su casa, en pijama y con una taza con la bandera británica en la mano (¡yo tengo una parecida!), de la que casi nunca bebe. Son solo unos minutos, pero ¡cómo me ha alegrado la vida! No solo por lo que dice sino por cómo lo dice, con la perplejidad del que mira este mundo disparatado por primera vez y empieza a reflexionar con ese Que estoy yo pensando que.... El último que le oí, sin ir más lejos -le cuento a Jaime-, estaba él pensando que, como la gente se tome en serie, cuando todo esto pase, el retomar todo lo perdido -las copas, las fiestas, los cumpleaños, las ferias, las fallas, las procesiones de semana santa...-, no va a tener ni cuerpo, ni tiempo, ni dinero, ni salud, ni vida pa tanto plan. Que pongamos los marcadores a cero y que no hagamos planes, por favor.

Así que le digo a Jaime que le haga caso y no haga planes, que ya irán saliendo. El año pasado por estas fechas ya teníamos pensado y planificado nochebuena, navidad, fin de año, año nuevo y reyes. Sabíamos quiénes vendrían a cada fiesta, los regalitos en la mesa, la música que amenizaría el cotarro... Ahora, cuando hablamos de eso y ni siquiera sabemos dónde vamos a pasar cada festejo, terminamos todos diciendo: Pues ya veremos... El elemento sorpresa, que le dicen.

Porque otra cosa buena que ha traído la pandemia es enseñarnos a tener paciencia. Como le leí también a Clara Díez, una activista del queso artesano, la vida (como el queso) lleva sus tiempos y las respuestas llegan: antes o después pero llegan.  ¿No te parece, Jaime?

- No sé, no sé... -me contesta, seguramente asombrado con mi elocuencia y dotes oratorias.

- Ah, y otra cosa buena de la pandemia- remato- : con ella tendremos tema abundante de conversación para años.

- Pues ya veremos... -me dice al fin.




lunes, 1 de junio de 2020

El que no sabe es como el que no ve




A raíz del post de la semana pasada en el que hablé de varias historietas de los médicos, mi hermana me contó una que le pasó en su primer año de de pediatra. Le tocó en el Valle de San Lorenzo y fue con una madre que le trajo a su niño con varicela y con un trapejo sobre la cabeza. Mi hermana, después de verlo y recetarle, le preguntó la razón del trapejo y la madre le dijo que era por si llovía (¡en el Valle San Lorenzo, con sol radiante casi todo el año!), porque le habían dicho que el agua para las ronchas eran lo peor de lo peor. Entonces mi hermana, con toda la paciencia, le estuvo explicando que era todo lo contrario, que la limpieza era fundamental para prevenir infecciones, que bañara al niño todos los días y que no le hacía falta para nada un trapo en la cabeza. La madre a todo esto asentía con entusiasmo y repetía: "¡Gracias, doctora, el que no sabe es como el que no ve!". Mi hermana quedó muy contenta de haberla convertido a la causa científica e higiénica y ya se iba a ir cuando por la ventana ve a la madre que, calle abajo, mira para un lado, mira para otro y, cuando pensó que no la veía nadie, sacó el trapejo y se lo encasquetó al niño en la cabeza.

Me acordé de esto y de cómo somos los humanos ahora que veo a la gente salir a la calle y lanzarse alegremente al botellón, a los abrazos y al compadreo. Los adolescentes salen con la retahíla de las recomendaciones detrás: vete con la mascarilla, guarda las distancias, nada de besos ni cariñitos... Como decía mi abuela Lola: "¡Ten fundamento!". Y después los ves en Instagram con los brazos por encima de las pibitas, sin mascarilla y sin vergüenza. ¡Es que fue solo para la foto!, dicen.

En el programa de Pepa Fernández de Radio Nacional el martes pasado, en el espacio filosófico llamado "Pienso, luego estorbo", preguntaban sobre qué pasaría si desapareciéramos los mayores de la faz de la Tierra y quedaran solo los de 25 para abajo. ¿El despilporre? No nos hacen caso a los sabios estando aquí, imagínense si no tuvieran a nadie ordenando y restringiendo todo el día. ¿O sabrían ordenar su vida social y salir adelante como hemos hecho las generaciones anteriores? La sombra de "El señor de las moscas", la novela de Golding en la que unos adolescentes en una isla en la que naufragan tienen que organizarse (y es un desastre), planea sobre esa solución.

Me da la impresión de que en esta "vuelta a la normalidad" va a haber muchos para los que las señales en el suelo (miren en la imagen inicial cómo estaba este domingo "mi" Playa de la Arena) son solo vallas para saltar, para los que el llevar mascarilla es una bobería, para los que lavarse las manos es una pantomima a lo Pilatos, y la distancia social simplemente no existe. Pero también pienso, como el filósofo José Antonio Marina, que la inteligencia es saber dirigir el comportamiento de acuerdo con la información que recibimos y que, en estas circunstancias en que nos ha tocado vivir estos días, hay que ser inteligentes y no jugarnos la vida. Porque el que no sabe es como el que no ve.

lunes, 25 de mayo de 2020

Médicos y pacientes (¿O médicos pacientes?)




En mi familia los profes somos los menos. Hay una rama dedicada a la construcción desde principios del siglo XIX y alguna vez hablaré sobre ellos. Pero a partir de mi generación la mayoría de mis parientes cercanos (cuento catorce) han elegido ser médicos, no me explico por qué. Yo no lo hubiera sido ni por todo el oro del mundo.Y miren que les di mis sabios consejos para que no lo fueran, por lo menos a mi hermana y a mi hija, pero ni caso. De hecho, mi hermana, después de asegurarle a mi madre que se iba a matricular en Biológicas, cuando estaba en la cola para hacerlo, vio al lado la de Medicina y, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, se cambió de cola.

Eso explica que, por ellos y por sus amigos colegas, conozco muchas batallitas de las que cuentan sobre las guardias, las consultas y los entresijos de los hospitales, pero sobre todo lo que cuentan sobre nosotros, los sufridos pacientes. Y es que, aunque afortunadamente la mayoría de nosotros generalmente no solo les hacemos caso sino que también nos curamos y les estamos agradecidos, hay otros pacientes que generan otras historias y que podríamos dividir en a) los que saben más que el médico; b) los que no se enteran muy bien, y c) los que son majaderos hasta decir basta, sobre todo a las 3 de la mañana de una guardia de 24 horas.

De los del primer grupo, los que saben más, está el padre que, cuando el médico le dijo que su bebé había perdido el conocimiento, lo miró con displicencia y le dijo: "Pero, doctor, ¿cómo va a tener conocimiento un niño de dos meses?". O el que le explica al médico que el mejor modo de combatir la fiebre es ponerle al paciente boca abajo un vaso de agua en la cabeza. O la madre que después de ponerle el tratamiento al niño, se va dándole las gracias al médico, pero en la puerta mirando las recetas dice: "Pero no le voy a dar nada de esto ¿sabe usted?"

De los que no se enteran (alguna vez he estado en este grupo) está la señora que aparece con una mascarilla hecha de croché. O la que, al decirle el médico que se suba a la camilla, lo hace poniéndose de pie sobre ella. O los que, cuando les mandan fisioterapia respiratoria o dieta líquida, al rato llaman para decir que de eso no tienen en las farmacias del pueblo.

Pero sobre todo de quienes más hablan los médicos cuando se reúnen es del tercer grupo, de los majaderos que van a las tantas de la madrugada después de guardias maratonianas en las que muchas veces los médicos no han tenido tiempo ni de comer. Aquí he oído el caso del chico que va a Urgencias porque tiene una cita y le salió un grano en la cara. O el que se cortó con una hoja de papel. O el actor que quiere que le enyesen para una película. O la abuela que lleva al niño porque lo despertó a las 5 de la mañana y el niño la miró con cara de sonado. O la señora que va a Urgencias preocupada porque dice que tiene el orificio anal de otro color (sí, yo tampoco me lo explico). Pero la que se lleva la palma de majadera  fue la chica que a las tantas de la madrugada le preguntó al ginecólogo de guardia (le pasó a mi cuñado) que cómo se llamaba el círculo oscuro que rodea el pezón. Cuando él le contestó "areola", dijo: "Ay, gracias, me faltaba esa palabra para el crucigrama":

Vienen a cuento todas estas historias verídicas y verdaderas de médicos pacientes porque tengo una deuda con ellos: no les he aplaudido, como han hecho mucho desde ventanas y balcones en estos dos meses de confinamiento. También es verdad que aquí, en medio del campo, no me oiría casi nadie pero creo que, si hay alguien que merece un reconocimiento, son ellos. No solo por tener vocación, aguantar carretas y carretones y hacer lo que están haciendo en la mayor pandemia que hemos vivido, sino también por su infinita paciencia y aguante con los seres humanos tal como somos, enterados, protestones, majaderos, ignorantes, estúpidos, jodelones... y, en el fondo, muertos de miedo. Somos, como decía Nietzsche, humanos, demasiado humanos. No les he aplaudido, no, pero aquí está mi homenaje y, desde el fondo de mi alma, el agradecimiento eterno que les debo.

lunes, 18 de mayo de 2020

Ríos de miel




Charles Dickens empieza su "Historia de dos ciudades" con uno de los principios que más me gustan de la literatura: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la edad de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo mejor que tiene, además de ese dominio maravilloso del lenguaje, es que es una descripción que se puede ajustar a cualquier tiempo y, más que a ninguno, a este que estamos viviendo. Son buenos tiempos para seguir luchando y viviendo, pero son malos para enfermarse, aunque sea de un miserable catarro, o para emprender algo nuevo ¡Y no les digo para meterse en obras!

Algo así debió pensar mi amiga Clari. Ella heredó una casa antigua, de esas terreras y pequeñas del Barrio del Toscal, y la alquiló a una profesora. Hace un tiempo esta, que es alérgica a las abejas, la llamó para decirle que había visto a algunas merodeando por allí. Clari mandó a fumigar y la cosa pareció calmarse. Pero ahora volvió a llamarla por una humedad un poco oscura en el techo del dormitorio ¿Humedad? ¡Pero si no ha caído ni una gota, ni siquiera en carnavales que es cuando lo hace para fastidiar! Por esto de estar en pandemia y en semiparada social, hasta esta semana Clari no ha conseguido albañil y, cuando este pudo al fin desplazarse a la casa y le pegó un mandarriazo al techo, del boquete empezó a fluir, como si fuera un anuncio bíblico, ríos de miel. Las abejas se habían metido por un nudo abierto de una viga de madera del techo y allí dentro hicieron un panal, que dejaron atrás cuando se fueron y que ahora, con el calor, se ha licuado derramando un dulce reguero inesperado y pegajoso.

Yo no había oído una cosa así en la vida. Que caigan arañas del techo, sí; ver después de un chaparrón un chorro de agua, también; pero ¿un panal de rica miel como el de Samaniego? Jamás en la vida. Lo más que recuerdo fue, el verano en que nos vinimos a vivir aquí, yo urbanita de toda la vida, un zumbido muy fuerte en la bodega que, por estar bajo tierra, es el cuarto más fresco de la casa. Allí descubrimos miles de abejas que se habían metido por el ventanuco dejando el panal por fuera. Se lo llevó un apicultor y ese fue mi primer encontronazo con la vida en el campo.

Ahora le cuento todo esto a Clari para animarla y para que no le coja manía a las pobres. Le digo que sin las laboriosas y polinizadoras abejas no habría flores, ni frutos ni semillas ni se producirían alimentos ni habría biodiversidad. Desaparecería el mundo tal como lo conocemos y habría otro sin café, ni manzanas, ni almendras, ni cacao (¡Adiós al chocolate, horror!). Le insisto en que una casa con ríos de miel es una casa bendecida. Que ya Jehová habló en la Biblia de esos ríos cuando describió a los israelitas la Tierra Prometida, un lugar que manaba leche y miel, casi, casi (sin la leche) como los ríos que van paredes abajo en su casa.

Pero me da que Clari, después de soportar la maldición del gomero -"En obras te veas"-, después del tiempo y del dinero que ha gastado en la reparación, después de que tuvo que invitar a la inquilina a dormir en su casa mientras se arreglaba el desaguisado, después de hasta soñar con abejas por la noche..., no va a sentir por ellas un cariño fraternal precisamente. Yo ya no sé qué hacer ¿Y si le hablo de la abeja Maya?



lunes, 11 de mayo de 2020

Y yo con estos pelos...




Uno de los efectos colaterales de la pandemia ha sido la crisis de pelos que se ha desatado en todos los hogares. Nada más abrirse el lunes pasado las peluquerías ya estaban haciendo cola una fila de peludos y decolorados, tal como si fueran aquellos monjes eremitas que hacían penitencia en el desierto. Con razón en el periódico lo llaman "el pelodrama". Los esprays cubrecanas, agotados; los mejunjes de color se han vendido más que los dulces y las bebidas alcohólicas; la gente, tiñéndose en casa y quedándose bicolor; los trasquilones se han hecho tendencia; mi nieto, el de 5, con una diadema de la hermana en el pelo porque con el flequillo ya no veía;  y yo... yo, con estos pelos, que me han crecido tanto que ya quisiera Rapunzel.

Mi madre, que era muy presumida, cada viernes iba a la peluquería e incluso, estando ya muy enferma, llamó a un peluquero amigo para que la peinase. Si hubiera vivido esto, le habría dado un pasmo. Y algo debe de habérseme pegado de ella porque, aunque no voy tanto (cada 5 semanas más o menos), cada vez que en este "retiro espiritual" me miraba al espejo,  el mismo cielo, como dice la canción, se estremecía al oír mi llanto, y me acordaba ¡cómo me acordaba!, ella lo sabe, de mi peluquera. Ahora que está abierta la peluquería, y aunque hay lista de espera, ¿quién fue la primera que a las 9 de la mañana del lunes estaba en la puerta? ¡Yo!, que estaba de las greñas hasta las ídem. Después de todo, es mejor ir antes que nadie, con la peluquería reluciente y desinfectada como nunca. Eso sí, nada de ir al baño, así que nada de beber agua ni naranjada en el desayuno, no sea que te den ganas. Y nada de leer el "Hola", la Biblia de las pelus, que a ver cómo me voy a poner ahora al día en la realeza y el famoseo.

Lo demás, perfecto. Bolsos y rebeca, a una bolsa cerrada; nada más levantarte del sillón de lavado ya lo están limpiando; todo el mundo con mascarilla y guantes que después te cambias para salir (y mi peluquera, además, con visera); y factura al final para que, si te paran, sepan de dónde vienes. Aunque esto último no es necesario: ¡Ya se sabe de dónde vienes! Estuve sola al principio y después llegó otra señora que se sentó a 2 Km. de distancia y con la que coincidí en que antes muerta que greñuda y que esto era una primera necesidad. Podrás estar una semana sin beber, podrás estar 40 días sin comer, pero ¡dos meses sin ir a la peluquería...! ¿Dónde se ha visto eso?

¿Y por qué esta manía por estar guapa? Después de todo nadie me veía con las greñas y nadie ne ve ahora sin ellas, excepto mi marido, Rebo, y mi hermana y mi cuñado desde el balcón de al lado (y ellos no cuentan porque me ven igual de guapa aunque vaya vestida de Darth Vader). Pero cuando vemos a tribus primitivas que se hacen filigranas de trencitas increíbles; o a las abuelas de nuestro tiempo que presumían de sus moños hechos con pelos sobre los que se podían sentar; o a las pelambreras afros, o a los jóvenes de hoy (mi nieta entre ellos) con distintos colores en el pelo..., comprendemos que todos se encuentran guapos así y le dan valor a la belleza como una forma de dignidad. Eso mismo me pasó a mí cuando salí de la peluquería "con paso firme y triunfal", divina de la muerte y gustándome a mí misma. Muy digna me dije que encerrada y confinada, sí. ¿Pero greñuda? ¡Nunca!

(La imagen inicial está dibujada por mi nieta Eva de José)

lunes, 4 de mayo de 2020

Niños del coronavirus




Así más o menos los llamarán, igual que nombraban antes a "los niños de la guerra". Niños del coronavirus o de la pandemia, niños que nacieron mientras sus padres estaban encerrados y el mundo se desmoronaba casi sin entender del todo qué pasaba. Pero ellos trajeron luz y esperanza y todos los que los miramos no podemos por menos que sonreír al verlos. Cuando no puedo dormir alguna noche, me basta evocar la placidez con que duermen para relajarme enseguida. Ellos son la sonrisa y el sosiego necesarios en estos días del nuevo diluvio.

En mi círculo familiar y de amigos han nacido dos niños, Antonio y Miguel. Antonio nació el mismo día en que empezó la primavera, el 20 de marzo; Miguel, terminando el mes de abril, el 28. Los dos, hijos únicos por ahora, han llenado de alegría a sus padres Leti y Raúl, y Carmen y Alberto, y a todos los que los queremos. Mirando las fotos (en la imagen inicial, Antonio en uno de sus sueños más beatíficos), que es lo único que podemos hacer por ahora, muchos nos preguntamos qué les contarán dentro de 15 o 20 años sobre la época negra en que nacieron ¿Cómo será ese mundo después de todo esto? Todos dicen ahora que nada volverá a ser igual que antes, que todos cambiaremos ¿Seguiremos el mismo camino de estos días de encierro, seguirán el miedo y la incertidumbre gobernando nuestras vidas? ¿En los años venideros se hablará de una nueva época A.C. (antes del coronavirus) y de otra época D.C. (después del coronavirus)?

Por si acaso la cosa cambia demasiado, yo quiero contarles a mis niños historias de cómo fuimos y que ellos comparen y elijan. Les diría, por ejemplo, que, aunque vean que en ese futuro todo el mundo va con mascarillas y guantes, hubo un tiempo en que nadie los llevaba y en que, cuando conocías a alguien, le podías ver la sonrisa y hasta tocarles las manos de verdad (lo cual a la hora de ligar tenía sus ventajas). Que, aunque lo normal será que todos se saluden de lejos con un gesto de la mano, en los tiempos anteriores ¡lo juro! todo el mundo le plantaba dos besos al otro sin conocerlo de nada. Que, aunque en las casas del futuro va a haber una habitación destinada exclusivamente a hacer acopio y guardar miles de alimentos y, por supuesto, infinitas tongas de rollos de papel higiénico, en las casas del pasado las despensas eran generalmente un mueble en la cocina, y la gente iba al supermercado cuando les faltaba algo y, a veces, hasta por gusto. Que en la época A.C., en lugar de tener como ellos una enseñanza online totalmente filtrada por Internet, los niños iban a la guardería y después al Colegio, al Instituto, a la Universidad... y allí hacían amigos (algunos para toda la vida) y aprendían de todo, pero también a jugar, a gritar, a correr, a hacer el tonto... y se lo pasaban pipa. Que antes había viajes en los que los viajeros conocían el mundo con los cinco sentidos y no como ellos, viajes virtuales a vista de dron, muy espectaculares, sí, pero sin compartir maneras de vivir. Que en la época A.C. las personas hacían fiestas, no de 10 personas como en la era D.C., sino de muchas más, que hablaban, comían y bailaban sin guardar distancias de seguridad. Y que hubo un tiempo en que miles de personas gritaban juntas ¡goooool! en un estadio de fútbol, un tiempo en el que nos lavábamos las manos solo cuando estaba sucias, en el que asomarse a los balcones era solo para ver pasar el mundo y en el que, si veías a unos vestidos de extraterrestres con monos y escafandras, era porque estabas en carnavales.

El periodista Enric González hace unos días habló de estos niños del coronavirus, que van a conocer quizás este mundo como un lugar incómodo y hostil,  y augura que "van a tener que convertirse en gente mucho más dura, lúcida y coherente que nosotros". Antes contábamos a los niños cuentos de hadas para que conocieran lo que pueden esperar del mundo. Ahora yo solo espero que, contándoles también cuentos de un antes ya vivido y de un después posible, sepan elegir con tino, pierdan el miedo al miedo y sean felices. ¡Bienvenidos a este mundo, Antonio y Miguel!

lunes, 27 de abril de 2020

Una sabia decisión




Cuando nos vinimos a vivir al campo, hace ya casi 40 años, lo hicimos en condiciones muy precarias. En principio no había una carretera como es debido para llegar hasta aquí y ni siquiera un puente que permitiera cruzar el barranquillo que existe al principio de la urbanización. Hicimos la casa poco a poco en 3 años, dejando para mejores tiempos el jardín, la huerta y un espacio de tierra en la parte baja del solar donde en un futuro muy, muy lejano pondríamos una cancha.

Al final -los niños tenían 9 y 5 años- nos vinimos a vivir con la casa a cuerpo gentil, sin muebles ni nada. Bueno, teníamos somieres y colchones, sí, pero las mesillas de noche eran unas cajas de aceite Adelina en las que podíamos apuntar números de teléfono y recados varios.Las mesas y las sillas eran de camping y, cuando venían los amigos y la familia, montábamos una "mesa" mayor con una puerta vieja apoyada en dos bidones. Menos mal que las estanterías y los armarios eran de obra (aunque sin puertas) porque si no, libros y ropas hubieran quedado desamparados y amontonados en el pantano del caos.

Y entonces nos pasó una de esas cosas milagrosas que uno no espera. En nuestra nómina (ya teníamos las oposiciones ganadas) había un complemento que debíamos haber recibido también en los 5 años de interinos y que, aunque lo habíamos reclamado hacía años, ni humo ni pelos y ya lo dábamos por perdido. Y en esto, sin comerlo ni beberlo, nos aceptaron la reclamación y nos pagaron con efecto retroactivo todos los atrasos, con lo cual recibimos una buena suma. De repente, nos daba para amueblar la casa, ¡podíamos tener hasta sillones para repachingarnos, mesas para trabajar, puertas en los armarios (y así no tener que tenerlos ordenados)!. Pero entonces, con esas venadas que nos dan a los pobretones que nos creemos millonarios, dijimos: "¿Y si hiciéramos la cancha ahora, en lugar de comprar los muebles?". Nos pareció un disparate, la verdad, pero la idea estaba ahí. Nos parecíamos a la ratita presumida del cuento que, cuando se encuentra una moneda en la puerta de su casa, se pasó días dudando en qué invertirla hasta que se compra una cinta para hacerse un lacito en la cola. Nosotros igual, hasta que convocamos cónclave familiar y preguntamos a los niños: "¿Qué prefieren, muebles o cancha?". ¿Qué hubieran contestado ustedes de ser niños? Pues eso.

Al par de meses seguíamos sin muebles pero teníamos una flamante cancha nueva, con red de tenis y un aro de baloncesto en un extremo, a la que llamamos durante mucho tiempo la Cancha de los Atrasos. Allí jugamos al tenis, allí los niños corrieron, montaron en bicicleta, se cayeron del monopatín, hicieron clavadas y se cargaron no sé ni cuántos aros... Jugo le hemos sacado, la verdad.

Incluso ahora que está, como nosotros, de capa caída, cuando no sirve para hacer aquí la final de Wimbledon y está un poco hundida por algunos lados y tiene sus achaques, ¡qué buen papel hace como tontódromo! En estos tiempos de confinamiento el mejor momento del día es esa hora y media caminando -mi marido, el perro y yo- en la cancha bajo la sombra de los aguacateros que sembramos a un lado y que por la mañana temprano la cubre casi toda. Se siente allí un sonoro silencio. Ya no se oye el tráfico de los coches que pasaban por la carretera lejana. Mientras caminamos solo pasan 3 o 4 o un camión que baja vacío y sube cargado de bloques, signo de que la vida sigue ahí fuera. Los aviones que cada 10 minutos salían o entraban en el aeropuerto han quedado reducidos a dos en toda la mañana. A cambio se oye a los capirotes piando en ese lenguaje extraño que tienen de llamado-respuesta y al bando de palomas mensajeras que aletea dando vueltas -ellas también- sobre nuestras cabezas. Mirando alrededor y a lo lejos, se ensancha el alma viendo en el horizonte el mar con su promesa de futuro. Y pienso en qué bien lo hicimos cuando hace tanto tiempo decidimos tener, no una habitación propia (con muebles), como pedía Virginia Woolf, sino algo mejor: ¡un espacio al aire libre propio!

¿Y tú? ¿Alguna vez has decidido algo que a primera vista parecía un disparate y que a la larga ha resultado ser el mejor acierto del mundo?

lunes, 20 de abril de 2020

En mi casa hay un fantasma




Sí, no ha habido más remedio que admitirlo: en mi casa hay un fantasma. Antes de esta etapa de "retiro espiritual" (me gusta más que lo de confinamiento, que me suena a campos de concentración) por aquí pasaba todo el mundo: hijos, nietos, hermanos, primos, amigos, la señora que me ayudaba, un jardinero de vez en cuando, el cartero... Era fácil que las cosas se perdieran, se recolocaran o aparecieran de repente en sitios inesperados. Pero claro, desde el 13 de marzo en que nos encerramos y estamos mi marido y yo, si algo se pierde o se recompone, no hay otra opción: o fue él o fui yo. Y como cada uno decimos lo de "yo no fui", la solución que queda es "fue el fantasma".

Lo que debe haber pasado seguro es que nuestro fantasma trabajaba a tiempo completo en algún castillo de Escocia atravesando húmedas estancias y asustando a los turistas. Y que con esto del coronavirus y el cierre de fronteras y que los turistas hayan desaparecido como especie en el planeta, al pobre fantasma le hicieron un ERTE y pensó entonces dejar las neblinosas Tierras Altas y los páramos escoceses sacudidos por vientos helados ¿Qué mejor idea que venirse un tiempito a Tenerife? Que no es por presumir (mentira, sí es por presumir), pero es que está haciendo un tiempo espectacular. Algún chaparrón como el que cayó el sábado para limpiar el aire, pero luego un sol fúlgido (que diría mi abuelo el poeta), un cielo despejado con nubes dando la nota de color, un mar azul brillante... y flores, muchas flores, demostrando que, pase lo que pase, la primavera ha venido. Así que nuestro fantasma no se lo pensó más y aquí lo tenemos instalado.

Que conste que yo últimamente estoy al día en materia (es un decir) fantasmal porque, aprovechando este relax, me he releído unos cuantos libros sobre fantasmas para repasar el tema y que no me cogiera de nuevas. Uno es "El fantasma de Canterville" de Óscar Wilde que ya saben de qué va: el fantasma de Sir Simón de Canterville aterroriza al personal de su castillo durante siglos, hasta que una familia americana compra el castillo y él constata que, en lugar de producirles susto, le dan lubricante Sol-Naciente para que engrase las cadenas y los niños le tiran almohadas.  Otro libro fantasmal que me encanta es "Una chica años veinte" de Sophie Kinsella en el que a la protagonista se le aparece el fantasma de su tía abuela Sadie que acaba de morir con 105 años. Pero quien se le aparece es una Sadie joven de 23 años y vestida de charlestón. Y después están "Fantasmas en peligro" y "Adopta un fantasma" de Eva Ibbotson, dos novelitas muy divertidas sobre ellos ¡Lo que yo no sepa de fantasmas...!

Del nuestro sé que es un fantasma masculino porque deja el asiento del WC siempre levantado y como evidentemente no soy yo y mi marido dice que él tampoco... También sé que es muy goloso porque hace poco le fui a regalar a mi hermana una caja de bombones que compré para mi cumpleaños de marzo que no pude celebrar y, cuando los fui a buscar, quedaban dos. Increíble. Y también sé que es muy bromista, se divierte quitándonos cosas y poniéndolas en otro sitio. Mis gafas, que deben estar normalmente en mi mesa de trabajo o en la mesilla de noche, me las encuentro al lado de la lavadora o en la despensa. A mi marido, que aprovecha estos días para hacer cancamitos y se puso a montar en el salón una estantería para los discos, le desapareció el destornillador y lo vino a encontrar en el palomar. Así que nos pasamos el día entretenidos, sube y baja escaleras, jugando al escondite.

Pero no nos enfadamos nada con nuestro fantasma que nos cae muy bien, Después de todo nos ayuda a hacer ejercicio físico y mental. y le hemos cogido verdadero cariño. Lo vamos a echar un montón de menos cuando todo esto pase y vuelva a sus páramos escoceses...

Lo hemos llamado Federico.


lunes, 13 de abril de 2020

Momentazos COVID-19


Momentazo camping en la terraza

Otra cosa no, pero el muy puñetero tiene hasta un nombre con glamour. Incluso llamándose coronavirus ostenta un deje aristocrático que engaña. Y así, como lo he puesto en el título, "Momentazos COVID-19", parece como si estuviera refiriéndome a un festival de música. Pero no. El COVID-19 podrá tener un nombre glamuroso pero nada más. Es un bicho repugnante que nos ha cambiado la vida y la ha llenado de momentazos inesperados que van a hacer que este año de 2020 sea inolvidable. Ahí van unos cuantos.

1. Lucas tiene 6 años y vive en el piso de encima del de sus abuelos. Se ha pasado la vida subiendo y bajando, considerando la casa de ellos como una extensión de la suya, y no entiende por qué ahora no puede entrar ni abrazarlos ni comer con ellos ni nada. Y no quiere mirar a la abuela, como si ella tuviese la culpa, y se pasa el día enfurruñado. Hasta que la abuela de lejos en la escalera le empieza a explicar lo de que podría contagiarlos y hacer que enfermaran y que él no querría ver malitos a los abuelos ¿verdad?. Lucas atiende, dulcifica sus facciones, mira a la abuela con sus ojazos oscuros y le dice, cariñoso: "Pero ¿al menos puedo tocarte con un dedito?".

2. Conchi, la experta en arte de nuestro chat, no puede dormir. El encierro en casa le tiene trastocado el sueño, pero ¿qué importa? No tiene nada que hacer por la mañana, así que ¿qué más da que luego duerma hasta el mediodía, desayune a las 12 y coma a las 5 de la tarde? Se levanta de la cama. Es la 1 menos 20 de la madrugada del sábado de Gloria. Por distraerse y porque recuerda otras semanas santas empieza a buscar Cristos resucitados. El primero que encuentra es el de Piero della Francesca, pero le siguen los resucitados de Perugino, Tiziano (que parece un Fred Astaire redivivo), Tintoretto, Veronés, Rafael, Murillo, dos de El Greco, dos de Rubens, las dos esculturas de Leonardo da Vinci, con y sin paño de pudor... Y el más famoso de nuestros resucitados, el Cristo de Tacoronte. Cuando termina, cansada y contenta, son las 3 de la mañana. El Domingo de Pascua en el chat de las amigas, incluso las que se despiertan temprano, encontramos un regalo especial de resucitados mientras ella duerme el sueño de los justos.

3. Carmen tiene que llevarle la compra a su hija embarazada que vive al otro lado de La Laguna. Sale de su casa en la Plaza del Cristo y al llegar al coche se da cuenta de que no lleva las llaves. Vuelve a por ellas y sale con prisa y al llegar a casa de su hija no encuentra ni la cartera ni el móvil. Recuerda con horror que, cuando volvió a por las llaves, lo dejó todo encima del capó y debe haberse caído por el camino. Da una vuelta a ver, pero nada. Llegando a su casa, agobiada porque ha perdido DNI, tarjetas, dinero y móvil, ve a un policía a la puerta que le entrega la cartera. Un chico la ha encontrado en la calle de Herradores. Ella le explica el recorrido que hizo y, al rato, vuelve el policía con el móvil. Lo encontró en la Plaza de la Milagrosa, la carcasa escachada pero el móvil, intacto. De algo tiene que servir que las calles estén vacías.

4. Julia me llama el sábado por la tarde: "Te voy a decir una cosa que te vas a quedar con la boca abierta ¡Esta noche vamos a dormir en la terraza en una tienda de campaña con un saco de dormir! ¿A que te has quedado con la boca abierta?". Le aseguro que sí, que todavía no la he podido cerrar y que es un plan fantástico. Está que no puede de los nervios; a sus 6 años es la primera vez que va a hacer camping. "Vamos a dormir allí los cuatro: papá, mamá, Álvaro y yo". "¿Papá también?", le pregunto sabiendo lo tiquismiquis que es mi hijo para dormir. "También", me contesta. A la mañana siguiente todos han dormido como leños a pesar de una llovizna que les cayó en la madrugada. Le pregunto a mi hijo la hora en que se acostó y me dice que a la 1. "¿Y a qué hora te fuiste a tu habitación y a tu cama?". "A la 1 y media".

Hay más momentazos que nos van surgiendo en este paréntesis que nos ha caído encima. Por ejemplo, les tengo que contar que me llamaron de la tele para hablar de cuando todo esto pase, pero lo dejo para más adelante para no enrollarme mucho. Solo un último momentazo COVID-19:

5, Carlos está corriendo en la cinta. También es una lata que no puedan hacer deporte ni caminar, como suelen, alrededor de la casa. Pero por lo menos tienen la cinta y, gracias a ella, él, su mujer y sus dos hijos queman energía y calorías. Va subiendo a 8, 9, 10 por hora... Y justo es ese momento cuando la cinta, que ya tiene 15 años y a la que estos días han castigado con saña, elige para romperse. El frenazo es tan brusco que Carlos sale casi despedido hacia delante. Gracias a que tiene reflejos y pone las manos no se da un golpe demasiado grande.

He elegido este momentazo para terminar porque de la misma manera el COVID-19, ese de nombre tan glamuroso, ha echado un freno en nuestras vidas, parándolas y lanzándonos a la depre, al desánimo, ¿al foso de la desesperación?. Pongamos, como Carlos, las manos y aguantemos el golpe con serenidad y sensatez ¡Qué menos!


El resucitado de Tiziano (que a mí se me da un aire a Fred Astaire)


lunes, 6 de abril de 2020

Mundo inhóspito


La solitaria carretera de mi pueblo sin coches ni gente

Ayer salí al mundo exterior. No, no se horroricen ni se echen las manos a la cabeza. Era una necesidad y hasta la Gestapo (mi hermana y mi hija) me dio permiso. Además, lo tenía todo preparado desde el día anterior: la mascarilla, la ropa de camuflaje, los guantes, las gafas negras... Tentada estuve de pedirle prestado a mi hermana un salacot que se puso cuando hace 20 años fue a Kenia, pero me contuve. Tampoco hay que pasarse (y seguro que ya se le perdió en algún carnaval).

Y ¡qué emoción! Después de casi un mes en la seguridad del hogar, dulce hogar, iba a arrostrar los peligros del mundo inhóspito. Me sentí como Shackleton cuando puso en el periódico aquel anuncio para ir a la Antártida: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Solo que yo iba sola e indefensa. Pero, eso sí, con la resolución de los valientes.


Atrás quedaba el hogar y su economía de subsistencia. Mientras cogía mi coche (el Pocholo, ya saben, el Polo con las letras CHL), recordé los últimos días cuando se acabó el pan y yo, por no salir a buscarlo, hice, igual que si estuviéramos en "La casa de la pradera", tres panes como tres soles. Claro que los hice con una harina que guardaba para hacer churros, pero lo primero es lo primero y, además, me saliern buenísimos, como los panes de antes, tan contundentes que casi no pude terminar el medio pan con jamón, tomate y lechuga que me mandé en la cena. Y también, cuando se acabaron los postres, antes que lanzarme a la vorágine del mundo, me lancé mejor a hacer polos, como los que les hacía a mis hijos de chicos, con leche, leche condensada y limón. Estos son tiempos de soluciones drásticas ¿Que no hay postres? Pues toma polos.

Sí, hasta este momento me había resistido a dejar la zona de confort. Pero ahora no era el tiempo de recordar el pasado ni las delicias del hogar (las caminatas de las mañanas, los tropecientos wasaps de los amigos, el aperitivo en el balcón, las noches viendo una película de risa...). No, ahora necesitaba el coraje de tantos que, antes que yo, se internaron en lo desconocido, sin saber qué iban a encontrar y sin más compañía que su voluntad y su determinación. Mi abuelo el poeta, que vivió durante 2 guerras mundiales y una guerra civil y supo de hecatombes, vino en mi ayuda con sus poemas, muchos aguerridos y animosos. Me acordé de uno que me gusta mucho y que empieza así:
Como el Teide soy altivo, 
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y con el poema en la mente, allí estaba yo: la casa atrás, el mundo delante, lleno de amenazas e inseguridad.


Mentiría si dijera que no me sobrecogió el silencio que encontré. La atmósfera limpia, ausencia de ruidos de motores o de charlas, las calles sin un alma en mi pueblo ¡un domingo de Ramos por la mañana! Una amiga muy viajada me contó una vez que llegó a un lugar de Alaska en medio de una nevada y en la plaza del pueblo se encontró a un oso polar. Yo me encuentro en ese momento un oso polar en medio de la carretera de Tegueste y hasta lo saludo con cariño y todo. Aunque había un sol radiante, parecía un mundo raro y distinto, donde todos se hubieran ido dejándolo frío y sin vida.

Pero como en toda incursión hay que tener un objetivo claro. Lo tenía Aníbal cuando cruzó los Alpes sobre elefantes, lo tenía Julio César cuando dijo lo de "Alea iacta est", lo tenía Frodo cuando iba a tirar el anillo en el Monte del Destino y Tintín cuando se internó en el Tibet a buscar a su amigo Tchang. Y lo tenía yo que iba a la gasolinera a buscar los periódicos que tenía reservados desde hacía casi un mes. Cuando llegué, les di un toque de teléfono y uno de los chicos, superamable, me los trajo al coche y me los metió en el maletero, sin que yo tuviera siquiera que bajarme. Y luego me fui como alma que lleva el diablo y me apresuré, sobrecogida ante aquella desolación, a volver a la seguridad de la casa, cual paloma mensajera que regresa al nido.

Y hasta dentro de un mes porque se me está acabando el vermut. Y ajenjo, que creo que es lo que lleva, no tengo.



Mis tres panes de subsistencia


lunes, 30 de marzo de 2020

Tras la tormenta




¡Hay que ver lo adaptable que es el ser humano! Recuerdo haber leído hace tiempo que en la Edad Media había una especie de jaulas de hierro para encerrar a malhechores, tan estrechas que dentro de ellas no podían estar sino de pie, sin poder sentarse o acostarse jamás. Y que había gente que soportó esa tortura ¡años!. Eso nos indica de qué pasta estamos hechos y por qué hemos llegado hasta aquí sorteando hecatombes y calamidades.

Lo estoy viendo a mi alrededor. Aunque al principio del encierro, hace 17 días, mucha gente se subía por las paredes, ahora todos nos hemos adaptado a una saludable rutina. En la mía está caminar una hora y pico dando vueltas a la cancha que, a falta de servir ya para jugar al tenis, hace su papel de tontódromo. Como casi todos, también leo, escribo, cocino, me tomo un aperitivo, veo la tele, cuido el jardín... Lo que no hago es lo de aplaudir a las 7  porque no me oiría sino Rebo, mi perro, que ya bastante tiene con llorar cada vez que pasa el coche del Ayuntamiento anunciando un entierro. Es muy sensible. Si me oye aplaudir, igual se lanza a bailar por sevillanas.

No hay vecinos cerca, no. Excepto unos que valen por cien: mi hermana y su marido. Ella me lleva la basura hasta el bidón que está a unos 200 metros de nuestras casas, porque dice que como médico se sabe forrar mejor que yo. En la imagen inicial la ven que parece Darth Vader preparándose para el despegue: con 2 pares de guantes, gorro, 2 mascarillas, doble traje... sale cual heroína a la intemperie y, a la vuelta, todo va a la lavadora. Ella vigila, como si fuera la Gestapo, que nadie de la familia salga ni haga tonterías. Aparte de eso nos pasamos material por el muro que nos separa; ella, un taper con paella de mariscos que hizo su marido y que estaba de rechupete y yo, plátanos recién cortados de la mata. El jueves pasado los cuatro nos tomamos un gintónic al atardecer y brindamos y hablamos y cantamos de balcón a balcón eso de "aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisioooón...". Con vecinos así, hasta merece la pena eso del arresto domiciliario.

En eso estamos, adaptándonos. Mi nieto, el de 14, que se negaba a aceptar no salir con los compinches tanto tiempo, se ha puesto a componer música; mi yerno, a aprender a tocar la guitarra con un vídeo de Youtube; mi nieto, el de 5, se ha trasquilado el pelo con las tijeras... Todos están sacando a la luz virtudes insospechadas y vete tú a saber qué nuevas personalidades saldrán de todo esto. ¿Un nuevo John Lennon, un Paco de Lucía, un Llongueras? Mi maestro Don Emilio Lledó dice que "la esperanza es que nos reinventemos para mejor". Todos coinciden en que, después de esto, saldremos reforzados, cambiaremos y seremos otros. Mi hermana seguro que afianzará su papel de superwoman. Y yo, que voy apagando fuegos, pidiendo en todos los chats que no los envenenen de conspiraciones, bulos, insultos ni odio y que conserven siempre el buen humor y la esperanza, ¿qué seré cuando pase la tormenta? ¿Tal vez bombera?

lunes, 23 de marzo de 2020

La décima jornada




Hoy se cumplen 10 días desde que empezó el quedarnos en casa, confinamiento, encierro o como se diga, un hecho que nos ha cambiado la vida poniéndola patas arriba. Con decirles que a mí me ha dado por releer el "Decamerón" de Bocaccio, con eso les digo todo... Porque ¿qué mejor lectura para sentirte identificada con todo lo que nos está pasando que un libro cuyo título significa precisamente "10 días" (del griego deka, diez, y hemera, día) y que habla de un encierro durante una peste? 

En la Introducción hay un párrafo que nos resulta hasta familiar: En 1348 la peste invadió Florencia, la más hermosa de las ciudades de Italia. Algunos años antes habíase dejado sentir esta plaga en diversas comarcas de Oriente, causando numerosísimas víctimas. Sus estragos se extendieron hasta una parte del Occidente, de donde, sin duda en castigo de nuestras iniquidades, cayó sobre mi ciudad querida. En pocos días hizo rápidos progresos, a pesar de la vigilancia de los magistrados, que nada omitieron para poner a los habitantes al abrigo del contagio. Empero, ni el cuidado que se tuvo en limpiar la ciudad de varias inmundicias, ni la precaución de no dejar penetrar ningún enfermo, ni las rogativas y procesiones públicas, ni otras medidas muy discretas, todo esto no fue bastante para preservarla de la calamidad. ¿A que nos suena? Durante ese tiempo 7 damas jóvenes y 3 hombres, acompañados de sus criados, deciden huir de la ciudad y encerrarse en una casa de campo en donde "el aire es mucho más puro" y donde abunda "cuanto es necesario en la vida". Allí deciden que no hay nada más divertido para pasar el rato que contar y escuchar historias (tengan en cuenta que en el siglo XIV no hay tablets ni wasaps ni tele). Y eso es lo que hacen.

¿Qué hemos hecho nosotros en estos 10 días? En el "Decamerón" las personas recluidas, lejos de regodearse en la desgracia, cuentan, relajados, historias muchas veces divertidas y eróticas, como teniendo muy claro que esta vida es única y que solo la vivimos una vez. Nada de propagar bulos, nada de noticias inquietantes que puedan desanimar a los demás, nada de malos rollos. ¿Hacemos lo mismo?

En estos 10 días en el grupo familiar y de amigos ha habido noticias tristes y ahora mismo tenemos un amigo muy querido en estado grave. Pero mientras hay vida hay esperanza y en eso confiamos. Al mismo tiempo ha nacido un niño, Antonio, que es la carita luminosa en este momento oscuro. También yo cumplí un año más y, aunque tenía preparado un fiestón y no pudo ser, por wasap (bendito wasap que se ha convertido en el cordón umbilical que nos conecta al mundo) todos brindamos por todos, me vieron soplando las velas y mis nietitos pequeños me mandaron un precioso dibujo cada uno: Julia con los 72 años en la tarta y Álvaro, el de 5, con 27 y vistiendo un traje de colorines, como ven en la imagen. ¿Qué mejor celebración?

En medio de todo esto ha llegado la primavera. En el jardín se abrieron los amarilis y las rosas amarillas y el mandarino está cuajado de flores blancas. Y hoy nevó en el Teide y en la madrugada cayó un aguacero que limpió el ambiente y que recuerda el aire puro del "Decamerón". Por esos mundos la polución ha bajado, ahorramos en queroseno, los canales de Venecia se han vuelto transparentes y una amiga me cuenta que en las playas del sur, ya sin turistas, las gaviotas han recuperado su territorio.

Tomemos al "Decamerón" como ejemplo. Fijémonos en las historias positivas y contemos todo lo bonito que sigue pasando en nuestro mundo a pesar de todo. Julio Llamazares, en un artículo en que defendía también esta idea, termina diciendo: Si para algo sirve la literatura es para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo, como en aquella villa florentina de Bocaccio en la que la fantasía salvó a sus protagonistas del miedo. Mejor no se podía haber dicho. Ánimo a todos.

lunes, 16 de marzo de 2020

Fórmulas para el sosiego


Llegando a casa

Mi nieta mayor está en un instituto que también tiene internado y me cuenta que, cuando hace unos días les dijeron que lo cerraban todo y que los internos tenían que volver a sus casas, algunos de estos se echaron a llorar. Todo lo contrario de lo que le pasaba a mi marido cuando era pequeño, que estuvo un año en un internado y lloraba de desolación cuando sus padres lo dejaban allí los domingos por la tarde.

Estos días en que el "Quédate en casa" es el lema, habrá quienes lo consideren un castigo y quienes lo ven como una bendición. Todo tiene que ver con la apreciación de cada uno sobre lo que es el hogar, dulce hogar.

Para mí el hogar es el sillón que guarda la marca y el calor del cuerpo.

Es un rincón donde brotan flores.

Es la luz del amanecer cruzando la ventana. Y la que me espera encendida cuando llego de noche.

Es leer hasta altas horas y vivir otras historias, más allá de las paredes de la habitación.

Es la cena temprana y un champán para brindar.

Es ver una película e irla comentando con quien me acompaña.

Es oír música un sábado al atardecer.

Es pasar la mañana en la cocina inventando recetas ricas.

Es la ducha calmada, el agua caliente cayendo por la espalda.

Es el desayuno mirando al valle.

Es aprovechar el tiempo libre de ahora para hacer un trabajo placentero que había pospuesto. Como buscar los poemas e indagar en la vida de mi abuelo el poeta.

Es la lluvia bailando en la claraboya del pasillo.

Es mi territorio. Mi hija Ana publicó, entre otros, este poema cuando ganó el Premio Félix Francisco Casanova hace 26 años:

Esta es mi casa, 
donde trabajo,
vacilo,
siento incompletas la noche
y la mañana.
Donde descanso, 
donde respiro,
donde resuelvo penumbras.
Es mi casa de castaña, 
una bufanda de cal,
el marco de la serenidad
callada que precede al sueño.
Empecé a nacer en sus maderas,
entre sus amplias ventanas.
Fue la fresca y seca piel
sobre la que dormí. 
el alma de mi carne.
Sin edad,
sin estación,
sin raíces.
Yo tejí el aire y el agua
y el canto de sus muros
que nunca callan,
aunque no haya nadie para oírlos.
Yo labré el artesonado 
de sus cuatro cielos
con mis recuerdos
y con mis lágrimas.
Esta es mi casa,
porque si la casa es solo ajena
no significa nada.

El hogar guarda todas las fórmulas para el sosiego. Y una casa solo ajena -ahora entiendo los lloros de los compañeros internos de mi nieta- no significa nada.

Quédate en casa, quédate en el hogar.


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