Una de las cosas que nos ha traído la pandemia es la nostalgia de viajar. Mi amiga María me lo decía la otra mañana mientras nos tomábamos el cafecito al lado del mar: lo que más echa de menos es hacer la maleta y tirar para cualquier sitio lejano y tentador. "Es un poco claustrofóbico no poderse mover de la isla", comentaba medio enfurruñada. Y tiene razón, ya llevamos un año sin salir y lo que te rondaré, morena.
Algunos de mis amigos suplen la nostalgia del viajar con alguna escapada al sur o al Teide. Pero no es lo mismo, porque, como dice Clara Janés en un reportaje que leí hace poco, el viaje que más nos tienta es el que nos lleva a un lugar desconocido. Un lugar en que abrimos los sentidos para absorber en la mente aquel edificio modernista tan precioso, ese rincón tan distinto a otros, el habla de las gentes, los olores de un mercado... Pero ¿por qué no hacer lo mismo con los lugares conocidos? ¿Por qué no mirarlos con ojos nuevos?
Hace un par de semanas di un paseo sobre las 9 de la mañana por la Rambla de Santa Cruz que más conocida, imposible. Estaba preciosa, con los parterres repletos de pensamientos y con las estatuas -"El guerrero de Goslar" de Moore y "Ejecutores y ejecutados" de Corberó- haciendo su guardia permanente y fría y viendo pasar el mundo. Era una mañana clara con algunas nubes dispersas y aire limpio después de las lluvias anteriores. Había personas solas andando deprisa camino del trabajo, parejas en chándal caminando a toda máquina, hombres y mujeres paseando con calma a sus perros, madres con niños pequeños haciendo una parada con otras madres, adolescentes hacia sus clases y muchos jovencitos ya tecleando en sus móviles.
Y yo me vi de repente hilando recuerdos. Aquí estuvieron los Escolapios donde mi hermano y mi primo empezaron el cole; aquí en la Estatua (ya hablé de ella una vez) quedábamos con las pandillas y nos parábamos a hablar después de las clases en el Instituto en los años de la adolescencia; en esa casa vivía María Imelda, mi profesora de piano, que aguantó con paciencia y resignación horas y horas el sí sí sí do re do sí la sol la sol do fa de mis tecleados; enfrente vivía mi profesor de Física y Química, Don Aniceto, que luego fue colega mío; y al lado estaba el King Club en el que íbamos a bailar de novios y que tenía una pista con cambio de luces que no habíamos visto hasta ese momento. En aquella esquina estuvo la Librería Rodin, una de mis preferidas, y en la otra la Churrería la Madrileña ¡Cuántos chocolates con churros tomamos allí en las tardes frías! Durante un tiempo la Rambla fue el "tontódromo" donde paseábamos después del cine y donde veíamos a los chicos que nos gustaban. Y en la Plaza de Toros vi la única corrida de toros a la que he ido en mi vida, oí ni primer mitin (a Felipe González en el 82) y fui, de madre, con los niños disfrazados a un acto de Carnaval.
Cuando vas a un lugar desconocido, conectas con otras formas de vida. Cuando lo haces a un lugar que conoces con lo que conectas es con tu vida: resucitas fantasmas, remueves recuerdos y te encuentras con tu yo de otros tiempos. Desde luego, no es ir al Taj Mahal o a las Pirámides de Egipto, pero no deja de ser otra manera, también grata y nostálgica (y más barata), de hacer un viaje. Esta vez a tu propia historia.










