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lunes, 13 de abril de 2026

Otra vez la Luna


En los últimos años del siglo XX, aquellos tiempos en los que daba clase y ya habíamos terminado el programa del curso, ponía a mis alumnos un trabajo voluntario de una o dos páginas para subir nota sobre lo que más les había impactado del siglo que estaba a punto de terminar. Tenían que buscar una buena imagen, explicarlo, exponerlo y, claro, relacionarlo con la filosofía. Prácticamente toda la clase participaba y eran curiosas las imágenes elegidas. Hace poco mi alumno Alex García, el actor, me recordó que él lo hizo sobre la Coca Cola. Pero también recuerdo, de otros, internet, el teléfono, el cine, las guerras mundiales, la Declaración de los Derechos Humanos... Yo pienso que, si este trabajo me lo hubieran puesto a mí, yo hubiera elegido la llegada del hombre a la Luna.

Para los que no nos perdimos ni un momento del primer alunizaje, fue algo mágico, algo casi difícil de creer. Tan difícil que todavía hay algunos que no se lo creen. Pero aquel 20 de julio de 1969 estábamos todas las familias reunidas frente a la tele asistiendo, emocionadas, a aquel "pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad". Armstrong, Aldrin y Collins permanecen en la memoria colectiva desde entonces. La Luna, el objeto de canciones, cuentos y poemas, el disco de luz que inspira a los amantes, la acompañante, siempre cercana, siempre lejana, de la Tierra se había convertido en un sueño realizado, tal vez en el futuro del hombre.

Y ahora, 53 años después de que el hombre abandonara la Luna, ha vuelto a pasar. Y sabemos más. Sabemos que las utopías sirven para caminar hacia delante, que gracias a esos macroproyectos tenemos materiales ignífugos que salvan vidas, escáneres médicos, chips, tratamientos para enfermedades como el cáncer, sensores de las cámaras de nuestros móviles, toda una tecnología que puede aplicarse aquí abajo. Los medios de comunicación de todo el mundo han añadido humanidad a la proeza, mostrando a cuatro astronautas (Reid Wiseman, Victor Glover, Jeremy Hansen y Christina Koch)  que se han jugado la vida en la cápsula espacial Orión (hasta el nombre es bonito, el del cazador de las estrellas), que han ido más lejos de casa que ningún ser humano, que lloraban y se abrazaban sin cortarse un pelo y que hasta le han puesto el nombre (Carroll) de la mujer fallecida del comandante a un cráter lunar. Y muchos han destacado que, mientras aquí abajo el presidente Trump amenazaba con que "una civilización entera va a morir esta noche", ellos defendían la Tierra. Con palabras de Christine Koch, "exploraremos, construiremos naves, volveremos a visitarles. (...) Pero en última instancia, siempre elegiremos la Tierra, siempre nos elegiremos los unos a los otros".

J.R.R.Tolkien acuñó el término eucatástrofe en una ponencia titulada Sobre los cuentos de hadas en 1939. Una eucatástrofe es una catástrofe buena, cuando parece que va a pasar algo terrible y se produce un giro repentino y alegre. Es el alivio, la euforia, el rayo de sol en la oscuridad. Y también están las discatástrofes, las catástrofes malas que todos sabemos qué son (y no quiero señalar).

¿Cómo no pensar que en un viaje espacial todo puede acabar mal, cuando sabemos que la nave atraviesa la atmósfera a casi 40.000 kilómetros por hora como una bola de fuego con temperatura de más de 2.500 grados? Pero afortunadamente fue una eucatástrofe y el mundo entero suspiró de alivio cuando el comandante comunicó que todos estaban como punchas.

¡Cómo me gusta ser testigo de las maravillas que el hombre puede alcanzar! ¡Cómo me gusta ver esa imagen azul de la Tierra, nuestro hogar, nuestro planeta, en cuarto creciente ("La manera de ver lo bella que es la Tierra es verla como la Luna", decía mi Úrsula K. Le Guin)! ¡Cómo me gusta recibir noticias buenas y no malas! ¡Cómo me gustan y me emocionan las eucatástrofes!

lunes, 21 de octubre de 2024

Satélites, cometas, ovnis...: Sorpresas en el cielo


Este sábado pasado estaba mi sobrina con amigos por la noche en Vilaflor, el pueblo más alto de Canarias a la vera del Teide, cuando vio algo extraño: un rosario de luces que se movía a la vez en una línea brillante sobre el cielo nocturno. Parecía un batallón de drones a punto de atacar la Tierra. De hecho en el vídeo que nos mandó se oye a uno diciendo con cachondeo aquello de "Hay tiempo de comer" que alguien dijo cuando lo del volcán de La Palma. Se oyen también voces asustadas: "¿Pero qué es eso?", "Ni idea", "Grábalo, grábalo"...  Después se supo que era el tren de satélites Starlink de Elon Musk, el sistema desarrollado por SpaceX, que tiene como objetivo que Internet llegue hasta las regiones más remotas del mundo. Cada uno de estos trenes contiene entre 15 y 56 satélites. Ahora hay cerca de 6000 orbitando la Tierra, pero quieren expandirse a 42000. ¡Vamos a tener satélites hasta en la sopa!

A la misma hora, sobre las 9,30 de la noche, yo estaba con mi marido en el balcón de casa, mirando también el cielo. La noche era oscura, sin luna y despejada de nubes, al contrario que en días anteriores. Había estrellas aquí y allá y saqué los prismáticos para ver si había suerte y, esta vez sí, veía por fin el cometa Tsuchinshan-Atlas (para mí, ahora que le tengo confianza, el Suchinchán). En casa tenemos una cierta querencia a los cometas, esos viajeros del universo que nos visitan de vez en cuando llenándonos de preguntas. Es así desde los años 70 cuando mi marido los empezó a estudiar para su tesis doctoral que nunca terminó. Entonces era el Kohoutek (hasta mis hijos se sabían el nombre cuando eran pequeños de tanto que lo oían), pero también fuimos todos a ver el Halley en el 86 como quien va a una fiesta. Así que esta semana me daba rabia perderme el Suchinchán, pero de pronto, mientras recorría el cielo despacio con los prismáticos, allí estaba por fin, en el oeste al lado de dos estrellas, un poco difuso pero claramente reconocible con la cola hacia arriba como un velo de novia.

Fue un momento emocionante que nos hizo recordar otros muchos momentos asomados al universo: noches memorables estrelladas como si fueran a caer sobre nuestras cabezas, como en una historia de Astérix; los primeros satélites que vimos en las noches de Bajamar moviéndose en un viaje regular y seguro; y, por supuesto, aquella vez que nos visitó un ovni. Eran los tiempos (años 70 también) en que mi marido trabajaba en el Astrofísico del Teide, a donde subía cada 2 noches. Él estaba dentro del Observatorio cuando el observador le avisó, desde fuera, que "ya están estos aquí": Los habían vislumbrado noches antes y esa noche vieron claramente un objeto volador no identificado parado a gran altura sobre el Puerto de la Cruz. Estuvo allí un rato y luego se empezó a mover hacia el Teide. En ese momento lo captaron en el telescopio y vieron que era alargado y se movía hacia dentro y hacia fuera. Y luego, empezó a alejarse de la tierra en dirección radial, más y más lejos hasta que se perdió por esos mundos. Cuando por la mañana mi marido se lo contó al director del Observatorio, este le aconsejó que no dijera nada, no sea que tuvieran que lidiar con periodistas durante todo el mes. Lo cuento ahora porque imagino que, después de 50 años, ya no pertenece al secreto del sumario.

Así que ahí hemos estado siempre, igual que esta noche movidita del sábado, mirando hacia los cielos y preguntándonos miles de porqués: ¿De dónde vienen las estrellas? ¿Hay vida en otros mundos? ¿Cuál es la fuerza que mueve a los cometas y al universo entero? ¡Qué son los agujeros negros? ¿Por qué todo este despliegue de luz, calor y espectáculo? Y, sobre todo, ¿qué pintamos nosotros ante esta inmensidad?

¡Cuántas noches más nos deleitaremos ante un cielo tan familiar y a la vez tan desconocido! ¡Cuánto más conocerán los hombres en noches de contemplación a las estrellas! ¡Cuántas sorpresas nos guarda el cielo aún! Y como diría Mafalda, después de que el hombre pisó la Luna, ¡cuánto material de pisoteo queda todavía!


(La imagen inicial me la mandaron sin decirme el autor. La del final, los satélites en formación en el cielo nocturno, está tomada del vídeo que mi sobrina me mandó el sábado 19 por la noche )


lunes, 13 de mayo de 2024

Hablemos del amor una vez más



La semana pasada leí en la newsletter semanal de Kiko Llaneras en El País que un trío de académicos de Stanford entrevistó a miles de parejas para responder a la pregunta de cómo se conocieron. El resultado fue que en EEUU más del 50% de las parejas lo hicieron por Internet. ¿Esto qué supone?, se pregunta. ¿Serán las parejas más parecidas en su atractivo físico, en su renta, en sus ideas políticas? ¿Tendrán más éxito? ¿Escogeremos mejor así?

La verdad es que es un giro tremendo. Yo solo conozco a una pareja de mi edad que se conoció por Internet, él en Madrid y ella aquí. Se veían cada dos semanas alternando viajes y se llevaron muy bien unos años hasta que él murió. Pero mis hijos, ya de otra generación, sí que conocen a muchas parejas cuyo primer contacto fue por ordenador ¿Se convertirá esto en la norma?

Antes los cauces eran muy distintos. Los bailes y las fiestas se inventaron para eso, seguramente. No por nada Romeo y Julieta se encontraron en una fiesta de disfraces y Mr. Darcy y Elizabeth Bennet se vieron por primera vez en un baile. Los abuelos de una amiga se conocieron en un baile en las fiestas de su pueblo. Él le preguntó: "¿Usted tiene novio?" y ella le respondió: "Sí, pero un amor se deja por otro".

Otros se conocían porque ella era amiga de la hermana de él (mi hermano sin ir más lejos) o él, amigo del hermano de ella. Un buen camino porque ya se tenía mucho adelantado.

El veraneo también servía. Mis padres se conocieron en un verano. Él estaba en San Andrés de alférez de las primeras milicias universitarias y ella fue a veranear con sus primos que vivían allí. Los paseos a la orilla del mar son muy románticos y productivos. En los dos años de novios solo se vieron 35 días, pero luego estuvieron 50 años juntos.

El trabajo era otro marco. Mi hija conoció así a su marido. Ella salía de una guardia estresante y se lo encontró a él que entraba a trabajar. Un amigo común los presentó. Según ella, estaba fresco como una lechuga, mientras que ella estaba muerta de cansancio, despelujada y con ojeras hasta los pies. Sin embargo, esa tarde él les dijo a sus amigos: "Hoy he conocido a mi futura esposa".

Y también el centro de estudios o la universidad propiciaban encuentros. Yo conocí a mi marido en una excursión en 1º de carrera que organizaban los de Químicas por San Alberto Magno al Puerto de la Cruz. Yo no quería ir pero mi amiga Cae, bendita sea, me convenció. Cuando subí a la guagua, él estaba en el fondo tocando la guitarra con un grupo de amigos. Me miró y me echó una sonrisa de oreja a oreja como diciendo: "¡Vaya, ya estás aquí por fin!". Fue un día mágico: baño en la Lago Martiánez, comida, música y baile al atardecer. A la vuelta nos sentamos juntos en la guagua hablando sin parar. Yo tenía 17 años y él 19. Y hasta ahora: el año que viene harán 60 años de ese día.

Y ahora, en vez de todo eso ¿se va a sustituir por un análisis de datos? La emoción, el riesgo, las expectativas, el ir descubriendo al otro poco a poco... ¿se van a perder? Que sí, que a lo mejor es un callo malayo, pero ¿y si no? Hace poco leí una novela romántica de Christina Lauren, "La ecuación de las almas gemelas". En ella una empresa va más allá de Tinder y otras apps y cree que el amor se puede cuantificar y que es posible, mediante un programa basado en el ADN de las personas, formar parejas compatibles. A lo mejor ese será el futuro de las relaciones humanas y quizás tengan más éxito. Pero no sé por qué, qué quieren que les diga, me parece muy frío y muy triste.

lunes, 12 de febrero de 2024

La música de las esferas



En los tiempos en que mi marido estuvo trabajando en el Astrofísico del Teide (años 70), algunas noches subí con él. Entonces eran grandes barracones y no los edificios que hay ahora, pero estaban bien equipados con telescopios y máquinas complicadas volcadas a las estrellas. A mí me gustaba salir afuera, a pesar del frío, y quedarme un rato bajo aquella inmensa cúpula de estrellas, viendo la Vía Láctea en todo su esplendor. La vista era estremecedora y reducía a quien la miraba a una partícula pequeñísima, y sin embargo consciente, frente al infinito. 

El silencio era absoluto, pero yo notaba un ruido difuso de fondo, que atribuía al sonido de la vida, de la isla en su conjunto y, tal vez, del cosmos. Imaginando cosas, no me extrañaba que los antiguos, con Pitágoras a la cabeza, pensaran en un universo hecho de esferas concéntricas de cristal purísimo que, en su eterno girar, producían una música inaccesible al oído humano porque no sabemos escucharla. Noches así encienden la imaginación y te hacen creer que todo es posible. Entiendo a Pitágoras. Seguro que más de una vez, igual que todos nosotros, alzó la mirada al cielo en una noche estrellada y se sumergió en el misterio.

Y después de él, muchos hombres -curiosos, creativos, sabios- siguieron haciéndolo y aportaron teorías y explicaciones de cómo funciona nuestro mundo. Uno de esos hombres fue Arno Penzias, un físico que murió el mes pasado a los 90 años. A ustedes y a mí no nos suena el nombre porque hace tiempo que no atendemos a los asuntos cósmicos, pero fue un auténtico sabio, un judío que huyó de niño de la Alemania nazi y acabó en Estados Unidos y que, con su colega Robert Wilson, ganó en 1978 el Premio Nobel de Física. 

¿Qué fue lo que hicieron? Buscaban, con una antena gigantesca, una señal en el universo para conocer la estructura de la Vía Láctea pero, después de descartar todo ruido, lo que encontraron fue una interferencia extraña que parecía llegar de todo el cielo, una señal de microondas de radio que identificaron como la radiación de fondo que todavía perdura de la gran explosión con la que empezó todo hace 14.000 millones de años. ¡Lo que descubrieron fue el eco del Big Bang! Y ese descubrimiento cambió nuestra mirada sobre el cosmos: hay, efectivamente, un ruido que no oímos y que viene desde todas partes de un universo, que no está quieto, como creíamos, sino en expansión desde aquel momento primigenio.

A mí todo esto me emociona y fascina. ¡Qué tiempos tan interesantes estamos viviendo! Y siempre es bueno saber que, mientras uno atiende a pequeñeces de la vida diaria, hay gente que tiene el oído tan fino como para escuchar y descubrir la música de las esferas.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Cosas que jamás imaginé



Mis nietos ahora se asombran de que nosotros, niños de la posguerra española en los años 50, no tuviéramos tele, ni coche, ni abundancia de juguetes, ni muchas de las comodidades de las que ellos gozan sin cuestionarlas siquiera.

En mi casa mi madre y mi abuela lavaban la ropa a mano en la pileta del patio (¿Lavadoras? ¿Qué es eso?); la nevera era de las que se les ponía un bloque de hielo por encima, acarreado al hombro por un repartidor de casa en casa; los Reyes Magos traían un solo juguete para cada uno (y nos quedábamos más felices que Tarzán en su liana); no habíamos oído hablar de alimentos que ahora son habituales, como champiñones o aguacates... Eso sí, cuando imaginábamos el futuro, veíamos en él un aparato en que los seriales de la radio o los partidos de fútbol pudieran verse en imágenes; soñábamos con que alguna vez tendríamos ¡un coche!, en que hubiera otros aparatos mágicos que nos lavaran la ropa, o los platos, o nos aspiraran el polvo... Por imaginar, a veces nos pasábamos, como cuando Billy Cafaro en el 59 cantaba "Marcianita" y aseguraba que en al año 70 pasearía por el cielo del brazo de una extraterrestre.

Y con los años, muchas cosas que no imaginábamos se fueron tornando reales. Los papelitos, por ejemplo, que nos pasábamos a escondidas con mensajes en el salón de estudios del colegio se han transformado hoy en wasaps.

El teléfono negro de pared, que estaba en el despacho de mi padre, milagrosamente se ha sustituido por móviles personales que llevamos en el bolsillo y que nos facilitan enormemente la vida.

Los mapas y las señas que nos daban para llegar a un sitio y que servían  para perdernos lamentablemente, hoy se han convertido en un invento llamado GPS en el que una voz etérea te dice lo de "A 300 metros tuerza a la derecha" y "Ha  llegado a su destino".

Los viajes, que eran una aventura digna de Marco Polo, se aligeraron y ahora ir a Nueva York dura más o menos lo mismo que entonces era ir de Santa Cruz a Granadilla.

Una ya no se asombra tanto de que, como decía Don Hilarión en "La verbena de la Paloma", hoy las ciencias adelanten que es una barbaridad. Y sin embargo, hay dos cosas que últimamente me han dejado con la boca abierta, dos cosas que nunca imaginé. Una es ese invento genial que es bizum. Deciden las amigas comprar un número de lotería común y ¡zas! ¿Te hago un bizum? Viene el mecánico a arreglar el coche que no arranca y a la hora de pagar no tengo dinero en casa. "No importa, hazme un bizum". Una toca un botoncito en el teléfono y en un pispás el dinero va por las nubes y la deuda está pagada. Parece cosa de magia, oye.

La otra cosa son las ecografías actuales. Cuando tuve hijos hace unos 50 años, no sabíamos ni el sexo del bebé. Hoy, que esperamos para abril a mi última sobrina-nieta, no solo sabemos todo sobre la niña sino que con solo 5 meses de gestación le hemos visto perfectamente la carita, la vemos mirar curiosa alrededor y contemplarse las manos. Y hemos constatado que se parece un montón a su madre, mi sobrina. Magia.

Así que ahora estoy preparada para todas las maravillas que la inteligencia, sea humana, sea artificial, me puedan ofrecer, aunque hoy me parezcan impensables. Como decían los del 68, la imaginación al poder.

lunes, 14 de agosto de 2023

Ordeñando nubes



Yo creo que todos tenemos fantasías con las nubes. ¿Quién no se ha extasiado contemplando el mar de nubes a las faldas del Teide? ¿Quién no se ha tendido alguna vez en el césped o en la arena de la playa a ver pasar las nubes y a interpretar sus formas? Mira ahí un elefante, o una descomunal ballena, o dos osos jugando, o una lanza que atraviesa el horizonte... Las nubes inspiran hasta ficciones, como hace el dibujante Max en una de sus historietas: Una nube solitaria es un microrrelato; nubes dispersas dan para cuentos; las nubes viajeras inspiran odiseas; los cirros, textos existenciales; los cúmulos, grandes dramas; los cielos plomizos, tostones confesionales y las nubes borrascosas, tragedias.

Durante siglos en las nubes habitaban extraños personajes, pero nosotros hemos sido los primeros que las hemos visto desde arriba y, por eso ahora (aparte de que a veces estamos en las nubes) son para nosotros más próximas y más familiares, más nuestras. Hay hasta un colectivo llamado "Cloud Appreciation Society" (CAS, Sociedad de apreciación de las nubes) que las considera "el elemento más dinámico de la naturaleza". Son, dice su fundador, Gavin Pretor-Pinney, la expresión "del humor de la atmósfera" y su contemplación "beneficia el alma".

Pero las nubes hacen mucho más. Ahora mi ex-alumno y amigo Quico Purriños  me cuenta que hace unos años, desde 2016, se ha embarcado en un proyecto ilusionante y romántico que tiene a las nubes como protagonistas (y ya solo por eso se enciende la imaginación). Fue su amigo, Ricardo Gil, quien lo invitó entonces a "ordeñar nubes" y le habló por primera vez de la lluvia horizontal, ese milagro que muchos hemos visto entre los árboles al subir al Teide. "Todo está inventado -le dijo-, solo tienes que observar a la naturaleza y luego imitarla. Fíjate en las ramas de los pinos cubiertas de gotitas de agua, mira cómo amanecen los coches en las mañanas, cubiertos por el rocío". Y haciendo lo mismo que la naturaleza hace, Ricardo Gil diseñó y patentó un captador de niebla, un recogedor de un agua pura y limpia que se almacena en depósitos con capacidad, por ejemplo, de 600.000 litros, sin afectar al medio ambiente y sin necesidad de combustible. El proyecto -Nieblagua se llama- hoy es una realidad y se ha implantado en Gran Canaria, en Arafo (Tenerife), en Huéscar (Granada), en Portugal, y próximamente en el desierto de Atacama en Chile.

Me emociona la gente imaginativa, los observadores que se pasean por las nubes sin perder de vista el suelo, los que hacen lo posible por cumplir sus sueños. Mi enhorabuena a Quico y a Ricardo y a las instituciones que los han apoyado. Ellos restituyen la fe en la humanidad y en sus logros. Ellos son parte de la gente necesaria de la que habla en su poema Hamlet Lima Quintana:

"Hay gente que con solo decir una palabra

enciende la ilusión y los rosales, 

que con solo sonreír entre los ojos

nos invita a viajar por otras zonas, 

nos hace recorrer toda la magia. (...)

Hay gente que con solo abrir la boca

llega hasta todos los límites del alma,

alimenta una flor, inventa sueños, 

hace cantar el vino en las tinajas

y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida

desterrando una muerte solitaria,

pues sabe que, a la vuelta de la esquina,

hay gente que es así, tan necesaria."

lunes, 29 de agosto de 2022

Trivialidades



La semana pasada se libraron de mi habitual rollito de los lunes porque me fui al sur -sin ordenador, sin wifi, solo mar y aire salado- con mi grupo de amigas del colegio, una reunión que hacemos desde hace unos cuantos años en mi casa de Playa de la Arena.

Son solo tres días pero ¡qué bien aprovechados!. Baño por las mañanas, comidas abundantes (cada una lleva alguna de sus especialidades) dentro y fuera de casa, y tardes de relax y conversación que valen oro. Lo mejor son las historias que nos vamos contando, algunas geniales como la de los dientes del marido de Mari o la de las formas de hacer las bolitas de chocolate de los nietos pequeños de Eli. (Algún día se las contaré). Como ustedes saben bien, en la vida no solo nos basta con vivirla, sino que, además, es de primera necesidad lo de reunirnos escuchando lo que nos cuentan, sea algo nuevo o ya sabido.. Y una de las tardes, entre dimes y diretes, jugamos al trivial. Ya lo conocen ustedes, se trata de ganar "quesitos" respondiendo a preguntas triviales, aquellas que en la antiguedad se comentaban en los cruces de caminos ("trivial" viene de "tres vías"). Una de las amigas se trajo una versión nueva que ninguna conocía y allá que nos pusimos a ello con el entusiasmo que nos caracteriza ¡Preguntitas a nosotras!

Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando vimos que no acertábamos casi ninguna y, si lo hacíamos, era por pura chiripa. Allí había especialistas en arte, en deportes, en música, en ciencias, en historia... y nada de nada. ¿Qué habrían contestado ustedes a: "¿A qué personaje interpretó el especialista Glenn Ennis en la oscarizada El renacido?" (Al oso); "¿Cuál es la única ciudad capital de Estados Unidos que no tiene un solo restaurante McDonald?" (Montpelier, Vermont); "¿Qué legendario novelista gráfico y escritor de cómics creó Watchman y V de Vendetta?" (Alan Moore); ¿Qué cantante de hard-rock sustituyó a Brian Johnson de AC/DC, en su gira mundial?" (Axi Rose); "¿De qué equipo de fútbol inglés fue presidente el cantante Elton John?" (Del Watford); "¿En qué ciudad está la primera pizzería que se abrió en el mundo?" (En Nápoles)... Y así.

Cuando personas como nosotras, que se conocen desde hace 60 y pico años, se reúnen, de vez en cuando (sobre todo después de ver las manías que tenemos y las majaderías en las que incurrimos) alguna dice que estamos mayores, a lo que muchas contestamos: "¡Mayor serás tú!". Y ni las canas, ni las arrugas, ni los achaques, ni siquiera las velas de cumpleaños, nos convencen del paso del tiempo. Pero mira por dónde, un repaso a este nuevo trivial y el ver que hay nombres, personas, grupos, hechos... que no nos suenan de nada, sirven para convencernos rápidamente de que no estamos en la onda. En medio de la partida, llamó mi hija por teléfono y le pregunté si ella sabía cuál era la app que en 2012 permitió citas con personas que te gustan. Ella respondió sin vacilar: Tinder, mientras todas nosotras nos estábamos preguntando si eso existía y si la cosa sería igual a cuando Harry encontró a Sally y nosotras a nuestras parejas sin ayuda de Internet.

Definitivamente, somos mayores.

lunes, 24 de enero de 2022

Mi amiga Ana es un genio



Mi amiga Ana (ya he hablado de ella aquí) es un genio. Y no lo digo solo porque sea una autoridad mundial en plantas y líquenes. Si hubiera nacido en la Edad Media, con lo que sabe, sería una bruja, una brujita blanca y buena que haría felices a todos con sus brebajes, sus pócimas y sus filtros de amor. Pero, como nació en el siglo XX, le tocó ser científica, catedrática de Botánica y, además, académica en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Cuando Ana entró en la Academia en 2012, la tercera mujer en entrar, le llamaron la atención dos cosas. Una, la ausencia de espíritu femenino, el respeto casi decimonónico y la corrección formal con que se trataban unos a otros, señores serios y sesudos que cordiales, sí, pero antes muertos que triviales. La segunda fue cuando tuvo que ir al water. El piso 1º de la Academia, donde se reúnen, tenía un solo habitáculo con un urinario de esos en que los hombres se ponen cara a la pared, un lavabo y, tras una puerta, un water., todo lo cual planteaba una situación incómoda para cualquier mujer: ¿Y si voy a lavarme las manos o al water y al salir me encuentro con un señor académico apoyado en la pared como si estuviera ante el Muro de las Lamentaciones?

Ana inició entonces una labor de concienciación. Primero pidió al Presidente de la Academia que quitaran ese urinario de allí, a lo que este contestó, muy serio, que no lo veía imprescindible. 4 años más tarde vino otro presidente y ella, siguió, erre que erre, pidiendo lo mismo y razonando la petición. Entonces decidieron ¡oh, milagro!, poner un fechillo, que algo es algo. Pero no era raro que se olvidaran de pasarlo y una podría encontrarse, qué necesidad, con la visión "cara a la pared". Cuando hace 2 años la nombraron Secretaria General su primera decisión, esta vez con la aprobación de todos, fue que quitaran de una vez por todas el meadero en cuestión. El conserje le decía entre risas: "Doña Ana, tuvo que llegar a Secretaria General para salirse con la suya...".

Por eso digo que es un genio. Que siga todavía en activo participando en proyectos de investigación y en tareas de la Academia (mientras otras como yo, de su misma edad, llevamos ya 13 años jubiladas) es muy, muy meritorio. Pero que haya contribuido a que la Academia cambie un estado de cosas de siglos, que los científicos caigan en que también hay mujeres entre ellos (ahora hay 3 más), que se den cuenta de que ellas orinan distinto a los hombres y que, en consecuencia, hagan un water para ambos sexos y no solo para hombres, eso solo lo consigue un genio. Chapó por mi amiga Ana.

lunes, 3 de febrero de 2020

Lola y los tiempos del chicle




Era una vez una chica llamada Lola que mascaba chicle. ¿Y qué?, me dirán ustedes. Todos hemos mascado chicle alguna vez en la vida. Sí, pero lo particular de Lola es que ella mascaba chicle hace 6000 años. Realmente lo que se ha encontrado fue el chicle de Lola, un grumo de alquitrán de corteza de abedul con la marca de los dientes en él y a partir del cual, gracias a que las ciencias adelantan que es una barbaridad, se ha podido obtener información genética que nos diga casi hasta el carnet de identidad de quien lo masticó.

Por ello de Lola se sabe un montón de cosas: que era morena de cabello y piel y de ojos claros; que era miembro de un grupo de cazadores-recolectores de la Edad de Piedra, probablemente colonos que se habían trasladado a la isla danesa de Saltholm en el Mar Báltico después de que se retiraran los glaciares; que antes del chicle había comido pato y avellanas; que lo podía haber utilizado para calmar un dolor de muelas... Hasta se ha hecho una foto que recrea a nuestra Lola (imagen inicial). ¡Increíble!  

 A lo mejor Lola era la Violet Beauregarde de la Prehistoria. Violet es un personaje de "Charlie y la fábrica de chocolate" de Roald Dahl, una niña que masca chicle todo el día. Oigámosla: "Adoro el chicle. No puedo pasarme sin él. Lo mastico todo el tiempo salvo unos pocos minutos a la hora de las comidas, cuando me lo quito de la boca y me lo pego detrás de la oreja para conservarlo (...) Puede que les interese saber que este trozo de chicle que tengo en la boca lo llevo masticando desde hace más de tres meses. Eso es un récord. (...) Antes de empezar a masticar para batir el récord mundial solía cambiar mi chicle una vez al día. Lo hacía en el ascensor cuando volvía de la escuela. ¿Por qué en el ascensor? Porque me gustaba pegar el trozo de chicle que me quitaba de la boca en uno de los botones del ascensor. Entonces la persona que viniese después de mí y apretase el botón se quedaba con mi trozo pegado al dedo. ¡Ja, ja! ¡Y vaya escándalo que armaban algunos! Los mejores resultados se obtienen con mujeres que llevan un par de guantes muy caros.".

Desde luego que Dahl exagera, pero igual nos estaba retratando a nosotros, los de mi generación, que pensábamos que el chicle era un invento de nuestra época, cuando éramos pequeños y masticábamos el chicle rosa Bazooka. ¡Qué bueno era! Además, siempre traía en el envoltorio una historieta de Bazzoka Joe que era un regalo añadido. Los bazookas no eran como los chicles de ahora, que enseguida pierden el sabor y con los que no se puede hacer bombas, no. Con ellos competíamos a ver quién hacía la bomba más grande y por ellos más de una vez los padres y las monjas nos castigaron porque no era "fino" mascar chicle ni hacer bombas. Nos decían, además, que si te lo tragabas te morías porque se te pegaban las tripas. A mi amiga Eli, una vez que en el colegio había conseguido hacer la bomba más grande de todas, la trincó la Madre Nieves en plena faena y, después de aplastarle el chicle en la cara, se lo pegó en el pelo. No se lo pudo despegar hasta que la Madre María del Cristo se lo quitó con un aparato de Flix (que no sé qué será peor) ¡Tiempos duros aquellos!

Ahora sé que hasta los aztecas y los mayas masticaban chicle y que los filósofos de la Antigua Grecia animaban a sus alumnos a hacerlo para concentrarse y fomentar el razonamiento (aunque no me puedo imaginar a Aristóteles haciendo una bomba Bazooka). Igual que Lola, igual que nosotros, las gentes de muchas culturas masticaban chicle desde siempre. Y el chicle moderno se empezó a comercializar en 1860 ¡Y nosotros pensando que los nuestros eran los tiempos del chicle!

Hay grandes diferencias entre la vida de Lola, buscándosela desde pequeña en una naturaleza inhóspita, y la nuestra, tan protegida, con colegios y todo (aunque tuviera monjas como la Madre Nieves). Pero entre las dos niñas, la de hace 6000 años y la que hacía la bomba más grande en mi colegio, hay un nexo que se estira en el tiempo: un chicle sabroso y masticable en el que dejar marcados los dientes para la posteridad.




lunes, 11 de febrero de 2019

Bienvenido, Mr. Fibra




Anda mi pueblo un poco alborotado con eso de que nos van a instalar la fibra óptica, y no es de extrañar. Ustedes ya saben que vivimos en el culo del mundo, no solo porque pasen por aquí cinco guaguas al día nada más, sino también porque la cobertura digital es mínima. Las gentes de la ciudad, cuando les decimos que aquí funcionamos con un megabyte nos miran con un poco de pena. Y cuando nos hablan de Netflix y otras plataformas, y de que graban programas y recuperan los de la semana que no han visto, nosotros los miramos con envidia y nos decimos unos a otros que hay que ver qué cosas pasan en la civilización, oye.

Y, de repente, hace más o menos un mes, empiezan a llamarnos desde Movistar para decirnos que vamos a ingresar en el primer mundo, que nos van a poner fibra, que podremos presumir de haber visto tal y cual película o de grabarla para verla cuando nos apetezca más tarde, y que nos va a salir hasta más barato que lo que pagábamos ¡Flipamos con el regalazo! Y ahí nos ven a todos esperando el Día D y hablando del tema por el chat de la Asociación de vecinos:
- ¿Es verdad que nos van a poner fibra? ¿Un regalo de Reyes?
- Yo pregunté a Vodafone y me dijeron que por ahora nanay.
- Pues yo he visto operarios pululando por la urbanización.
- A mí me dijeron que es inminente.
- Se notan las elecciones.
- ¿100 mb?
- Me dijeron 600, por difícil que resulte de creer.
- ¡De 1 a 600, tremendo acelerón!
- ¿Pero cuándo?
- A nosotros iban a ponérnosla hoy pero luego llamaron diciendo que todavía los técnicos no habían tendido la fibra y que la próxima semana.
-Yo no quiero ser aguafiestas pero el aparejador que está al frente de la instalación me dijo que por lo menos 2 meses.
- Con nosotros quedaron un martes hace dos semanas y todavía estamos esperando...
- Pongamos una vela a la Virgen del Socorro.

A mí esta espera (que si hay operarios encaramados en lo alto de un poste, que si ni hoy ni ayer aparecieron, que si voy a tener que hacer obras en casa...) me recuerda a la genial película "Bienvenido, Mr. Marshall" de Berlanga -¿se acuerdan?-, en la que el pueblito de Villar del Río espera como agua de mayo la llegada y ayuda del comité del Plan Marshall para España y hacen todos cola para que el alcalde apunte lo que quieren (un arado, una vaca...) y el pueblo se engalana y se canta aquello de "Americanos, os recibimos con alegría...". Porque en mi casa primero ha venido un técnico que nos ha mandado a comprar un poste para ponerlo en la azotea y sujetar ahí la fibra; luego a los cuantos días (después de comprar el poste) vino otro que dijo que no hacía falta y que la cosa estaba muy complicada, que todas eran casas terreras y viejas, de las que, cuando se hicieron, nadie supuso que tendrían que añadirles fibras ni otras componendas; y luego vinieron otros dos  que aseguraron que vendrían un día de estos. Y me pregunto si, como en "Bienvenido Mr. Marshall", nos vamos a quedar compuestos y a dos velas.

Pero después, igual que en la película de Berlanga, me consuelo y pienso que después de todo hay cosas más importantes y que, si al fin no llegamos a la altura digital de la ciudad, el campo también tiene sus compensaciones: el silencio para hasta poder oír los canarios por las mañanas en la enredadera, el aire limpio, las frutas y verduras recién cogidas de la huerta, el cambio de las estaciones, el espacio vital... 

Y al final todo llega. El jueves dos operarios competentes y buenos profesionales (uno colombiano y otro venezolano) estuvieron desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde poniéndonos la fibra en casa de mi hermana y en la mía. Y es verdad, todo hay que decirlo: ¡era muy complicado!

lunes, 23 de octubre de 2017

Los tam-tams de la selva




En las películas de nuestra niñez -tipo las de Tarzán o "Las minas del Rey Salomón"- los tam-tams sonaban como llamadas ominosas a la guerra y nos ponían los pelos de punta, cuando en realidad eran peticiones de auxilio entre tribus. Hay una escena en "Cocodrilo Dundee II" en la que Paul Hogan hace también una llamada fraternal con unas vainas, parecidas a las de los tamarindos, a las que da vueltas en el aire produciendo un zumbido que oyen de lejos orejas maoríes amigas.

Algo de eso me pasó hace poco a mí. Cuando una llega a cierta edad tiene un derecho ganado a permitirse caprichos. Siempre me acuerdo de una ministra socialista, Elena Salgado, que decía que a sus 61 años reivindicaba el derecho a tener celulitis. Bueno, pues mi capricho desde los lejanos tiempos en los que abandoné por la fuerza el placer de tomarme un café bien cargado después de la comida es sustituirlo por un trozo de chocolate y, últimamente,  por un After Eight, esas obleas finitas de chocolate rellenas de menta que son, mmmmm, deliciosas. Pues bien, hace poco, cuando iba  a hacer mi compra usual de avituallamiento, me encuentro con que ni en Mercadona, ni en Macro, ni en Hiperdino, ni en El Corte Inglés, y ni siquiera en la gasolinera de mi pueblo , que es lo más, las tenían. Cuando pregunté me dijeron que esas cosas solo vienen en Navidad, igualito que el turrón.

Como el vicio es el vicio, no me quedó más remedio que recurrir al tam-tam y pedir en mis grupos de wasap a familiares y amigos que, si veían After Eight en algún sitio, avisaran a esta pobre chocolateadicta.

¡Y qué pronto dio resultado! Cande me dijo que su hija había visto una estantería llena en Carrefour, Ani me trajo 2 paquetes del Aeropuerto de La Palma, Carmen Delia encontró otro en el Supercor de Candelaria, mi hermana vino con uno desde La Graciosa... Munición suficiente para aguantar hasta las navidades, por lo que les estoy infinitamente agradecida. Como ven, el wasap se ha convertido en el tam-tam de petición de auxilio de estos tiempos.

Hay quienes protestan de los grupos de wasap. Dicen que solo sirven para intercambiar chistes y chorradas, que interviene gente a quien no conoces apenas, que la llegada de mensajes nos importuna continuamente. Puede ser. Pero yo los pienso poner en mi lista de inventos fabulosos del hombre, junto con la lavadora y el tampax. Eso sí, si no quieres chiflarte, los grupos tienen que ser pocos y selectos. Miren, por ejemplo, el caso de dos de los grupos de wasap en los que estoy.

Uno, el familiar, diría que es el sustituto del salón de mi casa de la calle San Miguel, un lugar por el que pasaba todo el personal a lo largo del día: mi madrina que vivía al lado, mis primos, los vecinos de arriba, los amigos del barrio... Allí, mientras la cafetera no paraba de hacer cafés de la mañana a la noche, nos enterábamos de los sucesos y eventos, discutíamos sobre lo que pasaba en el mundo, organizábamos los festejos y regocijos, felicitábamos por cumpleaños y éxitos y consolábamos en los fracasos. Igualito, igualito que lo que hacemos ahora en el wasap. Bueno, no es lo mismo porque no nos vemos y, ay, no nos tomamos aquellos cafecitos juntos, pero, si no fuera por el grupo de wasap, nuestra familia, que es grande y con algunos de sus miembros lejos, estaría más lejos aún.

El otro grupo, el de mis amigas del colegio, las que juntas hicimos el bachillerato y capeamos los mares procelosos de la adolescencia, es el perfecto sustituto también de aquel patio de recreo lleno de laureles enormes que existe ahora solamente en nuestro recuerdo. Entonces allí hablábamos de amoríos y de exámenes, nos dábamos consejos mutuos sobre los infinitos y apasionantes problemas que se nos presentaban y nos ayudábamos frente al mundo adulto. Ahora, en este patio virtual, hablamos de nietos y de la vida, nos aconsejamos para resolver escollos, que ya no nos parecen tan graves, y nos ayudamos en lo pequeño (¿Cómo hacen el potaje de berros? ¿Han leído "Patria"?...) y en lo mayor (una operación, un viaje, una boda...). Tampoco es lo mismo porque 60 años separan las dos situaciones, pero sigue habiendo risas y complicidad y, si no fuera por el wasap del patio del colegio, nos veríamos de pascuas a ramos y no estaríamos tan cercanas como estamos.

De los tam-tams dijo la cantante Totó la Momposina que eran "el ruido del corazón, el que se escucha en el vientre de la madre. A todo el mundo le llama y no sabe la razón".Tam-tam, tam-tam... Mientras ese ritmo siga siendo la mano amiga, el diálogo, el toque familiar, la convicción de que el otro está ahí, oyéndolo, y que puedes contar con él... ¡que sigan sonando en las ondas estos mensajes diarios, oh, benditos tam-tams de la selva de internet!

lunes, 6 de febrero de 2017

El dron, un moderno diablo cojuelo




Ya decía Hume que, mientras el cuerpo está confinado a un planeta en el que se arrastra con dolor y dificultad (a veces se ponía dramático), el pensamiento, sin embargo, en un instante puede transportarnos a las regiones más distantes del universo. Podemos imaginarlo todo. Y los que más lo hacen, los escritores, que poseen el toque divino de dominar el lenguaje, y los inventores que, como decía Julio Verne, hacen realidad todo lo que alguien pueda imaginar.

lunes, 22 de febrero de 2016

Ondas gravitatorias y pencas




El asombro, la perplejidad, la curiosidad ante los misterios que nos rodean nos han llevado a los seres humanos a intentar descubrirlos. Igual que mi nieta Julia, cuando descubre algo especial que no había visto hasta ese momento -un globo en el cielo, el arco iris, una mariposa monarca en el jardín...-, grita jubilosa: ¡¡¡Miiira!!!",  también nosotros nos deleitamos con cada nuevo descubrimiento y queremos compartirlo con los demás. ¡Mira!

lunes, 7 de abril de 2014

Oleadas de pánico




Hace pocos días leí en el periódico el vaticinio que hace un filósofo americano (con pinta, además, de filósofo, un Hegel redivivo casi), llamado Dan Dennett: "Internet se vendrá abajo y, cuando lo haga, viviremos oleadas de pánico mundial". Dennett piensa que es cuestión de tiempo que la red caiga, que cualquier experto en el tema te dirá lo mismo y que nunca en la historia de la humanidad hemos sido tan dependientes de algo. Jamás.

lunes, 13 de enero de 2014

La amante de los libros




La Amante de los Libros (la ADLL a partir de ahora, por aquello de la economía) lo fue desde pequeña, desde aquel cumpleaños, 5 quizás, en el que le pusieron en las manos un libro de “Antoñita la Fantástica” que acarició maravillada, admirando el dibujo de la cubierta y absorbiendo su olor a nuevo. Supo de inmediato que aquello era un amor a primera vista. Escribió trabajosamente su nombre en la primera hoja y se dispuso a leer y a releer.

Después de aquel primer libro, como si le hubieran abierto una puerta hacia el mundo exterior,  vinieron otros muchos que fue eligiendo año tras año en la biblioteca de sus padres: “La isla del Tesoro”, “Sandokán”, “Celia”, “Guillermo el Travieso”, “Viaje al centro de la Tierra”… pero también, Calderón, las Novelas ejemplares de Cervantes o Tolstoi, en aquellos libros pequeñitos de la colección Crisol. Y luego, el descubrimiento de Bécquer, Tagore, Neruda, García Márquez, Tolkien, Zweig… Era un universo infinito de historias, de personajes, de lugares, que le enseñaron más de la vida alrededor que si hubiera dado la vuelta al mundo.

La ADLL, ahora que está jubilada, lee entre 7 y 9 libros al mes. Su momento preferido es por la noche, cuando se acuesta. Se pone dos cojines bajo la cabeza, abre el libro y a vivir otra vida durante una o dos horas. Cuando se va de viaje, generalmente por una semana, se lleva 3 o 4 libros porque no quiere quedarse sin provisiones.

Por eso tal vez su hija en unos Reyes le regaló un ebook: “Te va a venir bien para los viajes. Ya no vas a tener que ir cargando con la biblioteca de Alejandría. Pesa tan poco que ni notarás que lo llevas en el bolso”. La ADLL dice que a ella a moderna no le gana nadie y que si para eso hay que tener un ebook, pues se tiene un ebook y santas pascuas.

Cuando se fue a la cama con el artefacto, echó de menos, eso sí, el olor y el tacto de sus amados libros. Pero empezó a leer “El cumpleaños secreto” de Kate Norton y, aunque no le gustó no poder marcar una hoja donde había una descripción  francamente bonita del otoño o subrayar con lápiz una frase que la conmovió,  al final, como siempre, la historia la atrapó. Lo malo es que para pasar la hoja tenía que tocar un botoncito que hacía “clic cloc” y su marido, aunque tenía más paciencia que el santo Job, se rebeló: “Pase que tenga que dormir con una luz en la cara como si estuviera en un interrogatorio policial. Pero con un clic cloc en la oreja cada minuto…”. Así que la ADLL desterró el cacharro clic-cloc, como lo llamó a partir de entonces.

Pero la hija siguió insistiendo dale que te pego: “Te voy a regalar mi ebook; total, yo ahora tengo un Ipad con el que también bajo libros. Este ebook es silencioso, te va a encantar. Además, te he puesto 31 novelas de las que tienes apuntadas…” La ADLL se emocionó tanto cuando vio los títulos que no esperó a la noche sino que aquella misma tarde empezó “La boda de Kate” de Marta Rivera de la Cruz, una historia de una boda entre septuagenarios y de una investigación en busca de un libro perdido.

Pero no había llegado a la página 30 –empezar a conocer a Kate y las razones por las había dado calabazas tres veces al amor de su vida, Forster Smith- cuando la pantalla del chisme se oscureció y no se encendió más. Mecachis.

Se sintió estafada, la verdad. Igual que si hubiera empezado a probar unos huevos mole, uno de sus postres preferidos, con sus huevos almibarados y su toque de almendra amarga al final, y se los hubieran quitado de delante nada más paladearlos. Llamó a su hija enseguida: “Eso es que te lo bajé mal –le contestó mientras le hablaba de no sé qué sistemas- Prueba esta noche con algún otro a ver”.

Y eso hizo. Esa noche, clic, encendió el chisme y se dispuso a leer  un libro de Nicolás Barreau, “Un atardecer en París”. Alain Bonnard es el propietario de un cine, el Cinéma Paradis, en pleno corazón de París. Es un cine- sin palomitas- que ha heredado de su tío Bernard, de quien aprendió todo lo que hay que saber de cine. Alain Bonnard ha tenido la idea de añadir todos los miércoles una sesión de noche –Les amours au Paradis- en la que proyecta todas esas viejas películas que tanto le habían fascinado: “El rayo verde”, “Al final de la escapada”, “Casablanca”, “Desayuno con diamantes”… A esas sesiones viene una mujer misteriosa con abrigo rojo que siempre se sienta en la fila 17 y…¡clac! Otra vez se oscureció la pantalla y la ADLL se quedó con un palmo de narices.

Al día siguiente ni se lo pensó. Fue a su librería preferida, compró los dos libros interrumpidos, y puso el cacharro clic-cloc y el cacharro cortarrollos en el fondo de un armario. Esa misma noche se recostó en sus cojines, se puso las gafas, abrió uno de los libros, se sumergió en la historia, subrayó lo que quiso subrayar… y se sintió feliz.


lunes, 13 de agosto de 2012

Curiosity o ignorada marcianita



Marte está de moda. Tiene más tráfico que el aeropuerto de Castellón. El que la NASA se haya gastado un pastón en mandar una nave allí, Curiosity, para curiosear solamente y sacar fotos de un pedregal rojo me parece admirable. No hay nada más fecundo y emocionante que la curiosidad. Gracias a ella salimos de las cavernas y hasta hemos inventado un mundo virtual en el que algunos osados escriben blogs. Gracias a ella conocemos nuestro planeta cada día un poco más. Y gracias a ella ahora nos aventuramos a sacar la nariz fuera y a familiarizarnos con el cráter Gale desde donde Curiosity se va a echar a andar, cargada con todo tipo de cámaras, como si fuera un turista japonés.

martes, 29 de mayo de 2012

Estrenando vida en 3D




Mi sobrino Jesús y su mujer Corina están trabajando ahora en Silicon Valley, cerca de San Francisco, y, desde allí nos tienen informados a toda la familia de la vida que llevan en Estados Unidos, de sus visitas a preciosos parques naturales (sin oso Yogui, por ahora), del eclipse solar que se ha visto este mayo por aquellas tierras, y, sobre todo, de lo embarazados que están, con una niñita en camino. Y, como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, todos hemos recibido ya la ecografía de mi futura sobrina-nieta con 24 semanas. Y en 3 dimensiones, como si fuera la protagonista de “Avatar”.

martes, 4 de octubre de 2011

Querido Mark Suckerberg





Hace 4 años le escribí esta carta a Mark Zuckerberg ante los cambios que de vez en cuando hace en facebook ¿y quieren creer que no me ha contestado todavía? Estará liado, supongo, pero de todas formas no pierdo las esperanzas


Querido Mark Zuckerberg:

Te escribo con la confianza que me da saber que, cuando naciste y eras un bebé berreante y meón, yo ya formaba parte de la sociedad adulta que te iba a educar: tenía ideas más o menos claras sobre cómo hacerlo, daba clases de filosofía, había escogido un compañero para lo bueno y para lo malo, había tenido dos hijos, había optado por la vida en el campo y no en la ciudad… Es decir, ya había elegido caminos –y cerrado otros- por lo que transitar, mientras que tú todavía te dejabas llevar.

martes, 11 de mayo de 2010

Somos neandertales




Siempre me han caído bien los neandertales, sobre todo desde que leí hace años la estupenda novela de Jean M. Auel “El clan del oso cavernario”, en la que una niña cromañón es recogida por un clan neandertal. Los cromañones consideran que los neandertales son prácticamente animales, pero Ayla, la protagonista, descubre que tienen lenguaje, religión, arte y técnicas de curar y sobrevivir. Y, por supuesto, dado que sabemos que eso no tiene enmienda, también descubre por experiencia propia que se cruzan y aparean con cualquiera que se les pone por delante. 

Y mira tú por dónde, la ciencia ha venido ahora a confirmar lo que Auel imaginó en 1980. El experto en ADN fósil, Svante Pääbo, y su equipo de investigadores han concluido que claro que hubo contubernio con los cromañones, faltaría más, y que nosotros, sus descendientes, conservamos en nuestros genes entre el 1% y el 4% del ADN de aquellos ancestros.

Pero hay que ver lo que son los prejuicios cromañones. Estos días, cuando veo lo que han hecho en el Golfo de México los de la British Petroleum, venga a echar al mar petróleo a tutiplén a ver si así acabamos de una vez con el planeta; o, sin ir más lejos, cuando vi el proyecto santacrucero de querer cargarse los añosos árboles de mi Avenida de Anaga, bajo cuya sombra empecé a barruntar en mis paseos adolescentes lo que era el amor (y el desamor), me viene a la imaginación la cara de brutos que tenían los neandertales, la idea preconcebida de que la cara es el espejo del alma y la herencia genética recibida, y me digo: “¡Es que somos unos neandertales!”.

Pero, luego, recuerdo también una noticia de enero de este año en la que contaban que arqueólogos de Cueva Antón en Murcia descubrieron que los neandertales se adornaban con conchas y fabricaban pigmentos para hacerlas más bellas y, probablemente, para adornarse la cara. Y entonces pienso que a lo mejor este pequeño tanto por ciento que llevamos en nuestros genes puede ser el causante también de que nos extasiemos ante una puesta de sol o ante la catedral de León o de que descubramos la belleza que hay hasta en experiencias científicas que satisfagan nuestra curiosidad y confirmen nuestras suposiciones.
Entonces, sonrío y pienso que ¡somos neandertales! 
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