lunes, 23 de febrero de 2026

Hombres buenos


Lo crean o no, en este mundo tan lleno de ruido y furia, hay muchos hombres buenos. Mi padre era un hombre bueno y también lo son mi marido, mi hijo, mi nieto, mi hermano y muchos de mis amigos y familiares. Y con bueno quiero decir una persona decente, respetuosa, con ideas propias pero que no necesita imponer a los demás, generoso, empático, incapaz de hacer daño al otro. Y ya sé que la bondad no está de moda, probablemente desde que Nietzsche definió al buen hombre, frente al superhombre, como alguien dócil, inofensivo, predecible y fácil de engañar. Pero en el fondo sabemos que no es así y que la bondad sigue siendo la virtud más alta.

Y esto es algo que hay que hacer constar de vez en cuando porque es verdad que hay gente que disfruta haciendo putaditas al prójimo, a la que le importan tres pepinos los demás, que solo mira en su provecho, que gritan mucho para tener razón (y por eso parece que son más), que engañan y disfrazan la realidad para conquistar poder, que viven con ira... Y total, ¿para qué?

Hace muy poco mi amiga Ligia me mandó desde Miami una reflexión que me gustó (y qué maravilla es que este mundo se haya empequeñecido para estar solo a un click de distancia y poder hablar y compartir ideas, como cuando estábamos en el colegio). El texto (siento no saber el autor) partía de una verdad evidente: dentro de 50 años ninguno de nosotros estará aquí. "Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado con el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes". Y concluía con lo inútil que resulta entonces vivir compitiendo, envidiando, pasándolo mal y haciendo sufrir a los demás.

Nosotros y los que nos rodean en este instante que compartimos somos viajeros ocasionales. Y es un lujo que los que nos acompañan en este viaje sean hombres buenos, aquellos que, como en la novela de Harper Lee, se pregunten cómo puede haber alguien capaz de matar un ruiseñor. Son los hombres justos de los que hablaba Borges, los que cultivan jardines, acarician un animal dormido, o agradecen que en la Tierra haya música. Frente a Nietzsche y su superhombre, "esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo". 

Y yo, particularmente, me siento afortunada y llena de gratitud por haber compartido una parte del camino con ellos, los hombres buenos, la gente con luz. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Pensando bajo la lluvia


El miércoles leí en las redes que los meteorólogos, tal como si anunciaran las rebajas, ponían fecha ya al fin de las lluvias en España. Que sí, que todavía habría frentes, precipitaciones irregulares, rachas de viento destacables, borrascas con curiosos nombres, nieve en muchos sitios..., pero que ya, por fin, se ve que algo va a cambiar y que, al final del túnel, nos espera una temporada de sol y mariposas. Qué bien se guardan las espaldas los muy ladinos...

Porque ¡mira que ha llovido!. Todos los que tenemos una cierta edad hemos comentado (igualito que todos los años) que nunca había llovido tanto y tantos días seguidos, y que está bien que la naturaleza y los dioses hayan hecho caso tan generosamente a nuestras rogativas, pero que podían hacerlo con más moderación, que siempre se pasan, no hay más que ver el Diluvio. También es verdad que, gracias a ello, hasta los de Lanzarote han mandado fotos a todo el orbe mostrando campos llenos de flores, cosa nunca vista allí. E incluso los montes del sur de nuestra isla, siempre marrones y resequidos, lucen un verde lustroso que da gusto verlos.

Para celebrarlo, también me mandan unas viñetas -que me encantan- de filósofos bajo la lluvia. Los escépticos, aquellos que hicieron de la duda su centro de atención, se preguntan, mientras se enchumban: "¿Realmente llueve?". Los peripatéticos, los que, como Aristóteles, propagaban sabiduría paseando por los jardines del Liceo (peripatetikós significa "que pasea"), caminan y caminan sin parar bajo la lluvia buscando soportales. Los cínicos que predican la austeridad, como Diógenes, que vivía en un barril y tiró su vaso cuando vio que un niño podía beber con la mano, se mofan de los demás: "Solo los tontos necesitan paraguas". Los eclécticos, que seleccionaban lo mejor y más útil de cada doctrina para hacer la suya propia (Cicerón, por ejemplo), ante la lluvia están abiertos incluso a la idea de sombrero. Los estoicos, que decían tan serios aquello de "si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido", proclaman -efectivamente, impávidos- que hay que aceptar el clima, vamos, anda. Y los epicúreos, que abrazan el placer como principio, como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, gritan contentos chapoteando: "¡Yuhuu! ¡¡Charcos!!".

¿Qué podemos concluir? Todo, las lluvias, los campos floridos, las cumbres verdes, los mayores y sus comentarios y el hecho de que hasta los filósofos, tan encerrados siempre en sus aulas y bibliotecas, se hayan atrevido a triscar y a mojarse bajo la lluvia, todo eso habla de la realidad que nos ha acompañado estos meses, de las distintas apreciaciones que ha tenido (¡Bendita lluvia! ¡Cochina lluvia!) y de que, como predicen los meteorólogos, ya es hora de despedirla como a una de esas visitas que duran demasiado.

Este domingo, cuando salí al patio, había cielo azul y el jazmín había florecido. Y como un eco, me llegó desde lejos la voz de Machado: "Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida , / otro milagro de la primavera".




lunes, 9 de febrero de 2026

Si volvieras a nacer...



El jueves pasado, cuando estaba esperando el final de Pasapalabra (el mayor bote de la historia del programa, ya saben), vi un poco de El Hormiguero y oí a Pablo Motos que preguntaba a sus invitados si querrían ser otra cosa si volvieran a nacer. Como no veo este programa, no sé si es algo que suelen preguntar, pero últimamente me encuentro con ese interrogante a menudo. Lo hacen siempre, por ejemplo, en el Babelia de El País al final de las entrevistas que figuran bajo el título de "En pocas palabras".

La pregunta es más profunda de lo que parece. Apela a los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los caminos que se nos cierran cuando elegimos uno y no otro, lo que pudimos ser y no fuimos. Puede también conducirnos al tema de la libertad de elección, incluso al de las segundas oportunidades. De "¿por qué demonios elegí esto y no aquello?" y de "¿estoy a tiempo de cambiar de vida?". Habla de "lo que hemos elegido ser, pero...".

Las respuestas me llaman la atención precisamente por eso. Hay algunas hechas con humor y ligereza, pero hay otras muy serias, como si el entrevistado se hubiera dado cuenta en ese momento de que hay varias posibilidades en el camino de la construcción de nuestro yo.

Hay personas que desde pequeños ya saben, los muy suertudos, a lo que dedicarán su vida, como mi nieta mayor que desde casi la cuna emborronaba cuadernos con sus versiones de lo que veía, enfilada ya a lo que es ahora, una graduada en Bellas Artes que explora el mundo desde un punto de vista muy personal. Y otros que van eligiendo su futuro sobre la marcha, por los motivos más diversos, como uno que oí una vez por la radio y que contaba que había hecho Veterinaria porque, cuando iba a matricularse de otra cosa, se encontró con un amigo que le dijo que en el bar de Veterinaria hacían unos bocatas de tortilla que te podías morir. La vocación es la vocación.

Así que sí, hay respuestas para todos los tipos. En las de El Hormiguero Tamara Falcó dijo que a ella le hubiera gustado ser escritora de guías de viaje porque así viajaría y conocería sitios nuevos todo el tiempo. Tiene sentido, oye. En Babelia, a un escritor le hubiera gustado ser médico para poder decir "yo" cuando en un avión preguntan si hay un doctor a bordo. Una actriz querría haber sido percebeira, pescadora de percebes, y un bailarín, si no hubiera podido dedicarse a la danza, verdulero. Yo tengo una amiga, catedrática, que no le hubiera importado ser peluquera (se le da bien, la verdad). El alma humana es insondable.

Yo, si volviera a nacer y tuviera que elegir, sabiendo lo que ya sé y lo que he disfrutado en la vida con mi trabajo, volvería a ser profe de filosofia. Es una profesión preciosa en el que cada año es distinto, no hay un día igual a otro y se aprende mucho. Eso sí, a lo mejor, por pedir, si volviera a nacer, pediría a la naturaleza que me concediera tener tan buen oído para la música como toda mi familia (ya está bien de ser la única que desafina).

Pero no volveremos a nacer, así que mejor nos conformamos con lo que tenemos y estudiamos bien nuestras elecciones para que, como en Se vive solamente una vez, una de mis canciones favoritas, podamos cantar a grito pelado (eso sí, desafinando yo) lo de "No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue..."

lunes, 2 de febrero de 2026

La pócima secreta



Aunque el tono principal de este blog que empecé hace ya cerca de 18 años (866 post con este) es el optimismo y el destacar precisamente las cosas buenas que tiene la vida, como decía aquella canción de "oye, mira hacia arriba",  mentiría, a ustedes y a mí misma, si dijera que no hay momentos de bajona, de arrugar el entrecejo, de pena e incluso de impotencia ante lo que se ha llamado "embates de la vida" y que los humanos llamamos con otro nombre más sonoro y contundente. Ante eso, solo cabe poner al mal tiempo buena cara (los refranes, siempre tan sabios) y buscar algo que contrarreste la amargura, para que no parezcamos la Virgen de los Dolores. Una pócima secreta que devuelva el ánimo y las ganas de vivir.

En busca de ella he encontrado los siguientes ingredientes:

El primero, leer. Pero no sesudos tratados de filosofía que ya he leído bastantes, ni novelas que destaquen la miseria humana, sino algo ligero, de humor y risas, de cosas absurdas o imaginarias: una hamburguesa literaria, como dice mi hija, y con la que coincido totalmente. Como la serie de libros de fantasía de Rachel Morgan, El legado de La Hoja Encantada, que acabo de descubrir. Una ya sabe el final desde el principio, pero eso no importa. Por ejemplo, en el segundo, Pactos y mentiras,  un enemies to lovers, como se dice ahora, en toda regla, ella lo chantajea a él y lo hace pasar por su novio aunque se detestan. ¿Cómo no soltar la carcajada cuando él, en venganza, le regala ramos de flores que se multiplican y casi la sepultan, o en público la llama, ante el enfado de ella, con nombres ridículos como "mi resplandeciente achuchoncito", "mi preciosa gotita de savia" o "mi deslumbrante mora de los pantanos"? Ante eso empalidece, qué sosos, lo que oímos por ahí, eso de cari, mi amor o mi vida.

El segundo, ver o volver a ver series divertidas que no dejen demasiado poso en la mente. Friends es de mis preferidas y las aventuras y desventuras, las manías y tonterías de 6 amigos, que hace casi 30 años nos entretuvieron, siguen haciéndolo y hay noches que vuelvo a ver a Mónica con los pelos engrifados por la humedad de las Barbados, a Phoebe haciéndose pasar por sueca y diciendo que se llama Ikea o a Chandler con su humor e ironía. Ahora ponen la 4ª temporada de Los Bridgerton y mi hija, mi nieta y yo nos ponemos de acuerdo por chat para verla y criticarla (y para morirme de envidia ante las glicinias de la Casa Bridgerton porque la mía no ha crecido más de medio metro). Y está pendiente ver Poquita fe, otra serie de la que me han hablado bien. El caso es desconectar, pasar ratos sin pensar en nada más trascendental que unas risas compartidas.

El tercero es salir con amigos, no quedarse amuermados en casa, saber que puedes contar con ellos. Como mi agenda de esta semana: el domingo, cumpleaños de un amigo en Tegueste; el martes ir con mis hermanos y mis amigos de Viena a un pescadito a La Matanza; el miércoles con las amigas del colegio a una exposición y después a una paella; el jueves, probable salida con los amigos de siempre; el viernes, merienda-cena en casa de otra amiga... El fin de semana, como Dios, descansar. Tengo un amigo que ante ese panorama, siempre me dice: "Me das una lástima con esa vida tan terrible que llevas...". Yo le contesto: "Hasta yo me doy pena de mí misma". Y aunque no todas las semanas son como esta, sí es verdad que procuro no perder los nexos, el sentir cercanos a los míos, de los que valoro el apoyo, la amistad y el cariño.

Y precisamente un cuarto ingrediente de esta pócima es el wasap. ¿Quién nos lo hubiera dicho cuando de jóvenes no teníamos ese medio tan maravilloso de comunicación, cuando a veces, desesperados por hablar con alguien (pareja, amigos...) en otra ciudad, teníamos que esperar días para hacerlo porque las conferencias eran caras, o no teníamos teléfono, o no coincidíamos? Y ahora, a un click, comentamos,  felicitamos, consolamos, contamos chistes, quedamos, nos comunicamos...

Seguro que ustedes encuentran más ingredientes. Yo he mezclado todo eso -las risas, el desconecte, el humor, la amistad, el amor, el consuelo...- y he ahí el remedio. Parece que las nubes se levantan y los pajaritos cantan. Ayer en Tegueste, tras días nublados, hubo este atardecer precioso, captado por mi amiga Nina. Después de todo y a pesar de todo, la vida es bella.

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