lunes, 18 de julio de 2022

Mi cuñado es pregonero



Antes un pregonero era cosa de las películas de Pepe Isbert en las que siempre salía uno gritando a la plebe aquello de: "¡Se hace sabeeer, por orden del señor alcaldeee...!". Ahora los pregoneros nos hacen saber otras cosas acerca del pueblo sobre el que hacen el pregón y es un honor ser elegidos para ello. En este mes de julio, bajo la amable batuta de la Virgen del Carmen, florecen en nuestras islas, tan marineras ellas, las fiestas en su honor, con sus verbenas, sus fuegos, sus ventorrillos... y su pregón, que da a todo ello el pistoletazo de salida.

En La Graciosa han nombrado este año (con toda justicia) pregonero de las Fiestas del Carmen a mi cuñado Miguel, un graciosero adoptado desde que hace 56 años recaló por allí y se enamoró de la isla. 

Allí, en la tarde tranquila de Caleta del Sebo, con el ruido del mar de fondo y delante de la gente que tanto lo conoce, Miguel contó su llegada a La Graciosa a los 16 años, su amistad con los pescadores y sus familias, sus recuerdos de una isla sin luz, sin neveras, sin televisión, sin coches... y sin médico. Cuando él (ahora un ginecólogo jubilado) era estudiante de 4º de Medicina y pasaba allí los veranos, al volver de pescar por la tarde, en el muelle lo estaban esperando siempre unos cuantos  para que hiciera las visitas a los enfermos. Lo malo es que siempre lo invitaban a whisky (sin hielo, por supuesto), con lo cual el resultado al terminar la ronda era, cuando menos, alegrito.

En el pregón salieron esas y otras anécdotas, como la vez que le dijo al Señor Perico, sentados los dos en El Palo una noche de luna clara: "Señor Perico, hoy el hombre pisa por primera vez el suelo de la Luna". Y el hombre miró a la Luna, lo miró a él, y le dijo: "Cristiano, no diga boberías". O las veces en las que los del pueblo se enteraban antes que él, por ejemplo de que se tenía que ir al día siguiente, porque los telegramas los decían en la emisora que oían todos.

Allí Miguel habló de los barcos que, entonces, navegaban a la vela latina, de las 3 ventas que había en aquellos tiempos, de los dos bares, de las parrandas... Y de los personajes: Gregorio, que le enseñó a pescar en su barco "San Borondón"; Doña Rosa, que siempre invitaba a todos a comer y luego, asustada ante el montón de gente que se apuntaba, siempre terminaba alzando la copa y diciendo. "Salud y bebamos, pero que no vengan más de los que estamos"; la pareja de franceses que practicaba el nudismo en las desiertas playas de la isla y que los gracioseros llamaban, con su sorna característica, Adán y Eva; o los ingleses, Don Patricio y Doña Silvia que, al morir sus dos hijos en un accidente, vinieron a esconder su pena a la isla más alejada y pequeña que encontraron y nunca se fueron de allí. Todos los recuerdan, evocaba Miguel, llegando a los bailes de La Sociedad, engalanados de punta en blanco, bailando toda la noche. Cuando la orquesta terminaba, los invitaban a una copa y se iban.

Todos estos recuerdos y muchos más conforman en el fondo el alma de La Graciosa. y esto, recoger su espíritu, es lo que ha hecho Miguel en su pregón: hablar de su amor por este pueblo de calles de arena y casitas blancas, por la isla pequeña bañada en luz y mar, por sus gentes, trabajadoras y generosas. Ha habido aplausos y ha gustado mucho porque a Miguel todo el mundo lo quiere y porque hay mucho que compartir. Y luego empieza la fiesta y la procesión en el mar y las coplas ("En el mar está la barca / que espera con ansiedad / para llevar en su borda / a nuestra reina del mar"). Y al final los fuegos y los "¡Viva La Graciosa!" y los "¡Viva la Virgen del Carmen!".

Luego se guardará todo y hasta el año que viene. Pero seguro que en El Palo o en los bares más de uno recordará - "¿Te acuerdas aquello que dijo Miguel en el pregón?"- , mientras las olas acarician las playas y desgastan las rocas de la isla.




lunes, 4 de julio de 2022

Brindis por San Juan


El muñeco Bubu esperando resignado la quema

Este año por San Juan no hemos visto las hogueras en el valle. Ni siquiera las hemos presentido en el olor a madera quemada que otros años nos llegaba, traído por el viento, antes de verlas, altas y orgullosas en medio del monte. Dicen que las han prohibido en algunos municipios de la isla, alegando  que si se descontrolan las fogaleras y ya tenemos un incendio, que si generan basuras con presencia de clavos y cristales, que si el humo contamina el aire... Así que, aunque por aquí caía en esa noche una lluvia suave y la niebla cubría en lo alto Guamasa y Los Rodeos, no hubo fuegos que la calentaran.

¿Y ahora? ¿Qué pasa con el fuego purificador y protagonista en esta noche que tiene tanto de mágica? Si hasta los celtas hace milenios que encendían hogueras para que el sol siguiera calentando la tierra... En casa y en casas de amigos estuvimos haciéndolas mucho tiempo, siempre con un muñeco de trapo encima, y allí iban a parar muebles viejos, los restos de la poda de durazneros y naranjos, papeles, tablones, todo lo quemable. Hasta un año hubo en el que quemamos las cartas de amor, dándoles el visto bueno porque ya habían cumplido su misión.

¿Y qué pasa, si se arrinconan las hogueras, con la sensación de vida renovada que siempre nos trae San Juan? Parecía que en la hoguera se quemaban también los viejos hábitos, las rutinas, el tiempo desperdiciado, los malos rollos. Era el momento de encarar el verano con el alma limpia, de pensar que el fuego puede con todo, de cerrar unas puertas y de abrir otras.

¿Y qué pasa con los viejos ritos del solsticio de junio? Ritos que nos emparentan el día más largo del año con ese sol quieto, con el fuego y con el mar. Desde pequeños nos dedicábamos con entusiasmo a rituales mágicos variadísimos: lo de los papelitos en el agua, lo de las papas bajo la cama, lo de pedir deseos a las estrellas, lo de saltar las olas... Se resumen muy bien en la viñeta que este junio sacó El Humor de Morgan, en la que habla la pareja de siempre:

" Ella. - ¿Te vienes a la playa pa que saltes la hoguera, camines descalzo por las brasas conmigo a la espalda, te bañes de madrugá en esa agua helá, saltes siete olas en bolas, subas a lo alto de una palmera para atraer la suerte, y bebas y bailes hasta que revientes...?

Él: Pues no sé qué decirte...

Ella: ¡¡Ditosadioh, fuerte hombre más aburrío!!"

El barrio en que vive mi hijo y su familia está dividido en dos por un barranco poco profundo, casi a ras de calle, donde todos los años se plantan 6 o 7 hogueras, que se encienden sobre las 8 y se acompañan de fuegos, mientras la gente aplaude, mandándose los vasos de vino y brindando por San Juan. Mis nietos pequeños también hicieron un muñeco (Bubu), pariente lejano de aquellos que mis hijos fabricaban, hace ya tantos años ¿Se iban a quedar compuestos y sin fiesta? Afortunadamente la comisión de fiestas defendió la calidad de las hogueras "hechas con restos vegetales" y allí sí se festejó.

No eliminemos la noche de San Juan Bendito. Es momento de contemplar tumbados el universo sin pensar en nada: con los fuegos salpicando el paisaje, con sus costumbres de siempre y sus ritos milenarios,  con una cena después de viejos amigos (esa sí la tuvimos) en la que se recuerden los tiempos pasados y se brinde también por los tiempos futuros. Que tengamos Noche de San Juan por muchos años.

lunes, 27 de junio de 2022

El hombre agoniado




¡Mira que se han dado definiciones sobre el hombre a lo largo de la historia! Que si es un animal racional, que si es un animal político (Aristóteles), que si es un animal simbólico (Cassirer), que si es un lobo para el hombre (Hobbes)... Pero para mí, visto lo visto, animal sí (en eso coinciden todos), pero un animal agoniado.

Agoniado es un canarismo, mezcla de agonía y agobio, que el "Diccionario de canarismos" define como angustiado y abrumado por algo. Y últimamente, según veo alrededor, hay mucho agoniado.

Que sí, me dirán, que motivos hay para ello: una guerra en Europa por primera vez en años, el calentamiento global, la pobreza extrema de algunos países, el volcán, esta dichosa pandemia que no acaba de irse... Pero es que hay gente que a todo eso le añade, además, la invasión de los zombies o de los alienígenas, una guerra nuclear, el choque con un meteorito, tsunamis aterradores de esos que sumergen islas enteras...: el apocalipsis, vaya. Y están agoniados, claro.

Sin ir más lejos, mi sobrino Carlos, que se pasó 7 años en Göttingen (Alemania), me contó el otro día en una reunión familiar que tiene allí un amigo, un chico sano y normal de unos 30 años, que, a pesar de que todo le va bien, vive preparado para el caos y se pasa la vida temiéndolo. Tiene en su casa una mochila lista para la supervivencia con todo lo necesario para que, cuando la hecatombe se desate, echarse al monte o a dónde sea. Lleva alimentos enlatados y conservas, agua, botiquín, silbatos, linterna, herramientas para hacer fuego, utensilios para pescar o cazar... Este chico le contó que lo primero que hace cuando viaja a una ciudad que no conoce es buscar la tienda de armas más cercana (supongo que será por si los zombies o los alienígenas). Además, no se crean que es el único, hay un montón de gente que piensa igual y que lo mismo construyen refugios o bunkers en su casa que los ayuden a sobrevivir a una catástrofe, como no dan un paso sin creerse seguros de que van preparados para cualquier contratiempo. Por eso se hacen llamar preppers, preparacionistas o preparados, pero yo creo que les va mejor agoniados.

Porque es verdad que no es este el mejor de los tiempos (ninguno lo es) y que podemos torturarnos con todo lo que se nos puede venir encima. Pero también es verdad, como le leí hace un tiempo a Javier Cercas, que "esta existencia precaria y fugacísima es lo único que tenemos: no hay más; así que lo que deberíamos hacer es dejar de hacer el asno, abrazarnos a ella y exprimirla hasta la última gota". Por eso también me ha gustado tanto la alegría con la que mis sobrinos, en estos carnavales a destiempo que estamos viviendo, se han disfrazado -de monja, del pintor y su musa, de cosas raras con pelucones y sombreros...- y han demostrado que no hay nada como el buen humor y el reírse hasta de nosotros mismos. Somos también, como decía Vicente Aleixandre, "entre dos oscuridades, un relámpago". Nada de agonías.

Así que, queridos preppers, olvídense un rato de invasiones y desastres y de tanto preparativo contra ellas. Y recuerden una cita de Montaigne que yo repito mucho a los amigos preocupados: "Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron".

lunes, 20 de junio de 2022

Quiero un pinche



Bueno, o una pinche, que a mí en eso de igualitaria no me gana ni Irene Montero. Y, como yo, lo quieren todos los cocineros que en el mundo han sido, por muy estrella Michelín que tengan. Que mucho decir que ellos pelan, cortan, rallan y preparan pero, a la hora de la verdad, si encuentran a algún incauto por allí y lo convencen de pelar, cortar, rallar y preparar, a buenas horas se ponen a ello. Si ustedes ven a un cocinero trabajar, se darán cuenta de que su labor principal es poner unas hierbitas por aquí, echar un vinito por allá, remover la cazuela, aspirar los olores y poco más. Quien diga que no necesita un pinche, miente como un bellaco.

Pon, por ejemplo, que vas a hacer un puchero. Si tienes un pinche (o dos), te encuentras nada más ponerte el delantal que ya tienes frente a ti un montón de fuentes ordenaditas. En una están las carnes en trozos y las piñas de millo (del país, por supuesto), ya desfajinadas y cortadas; en otra, los garbanzos ya remojados desde la noche anterior, las zanahorias peladas y las habichuelas sin hebra; en una tercera, bubango, calabaza y papas, todo pelado y cortado. Aparte ya te han puesto al fuego una fritura haciéndose chuf chuf en una sartén. Con todo esto tú (el cocinero) solo tiene que ir echando de rato en rato el contenido de cada fuente en el agua hirviendo, desde los alimentos más duros a las verduras más blandas, e irlos aromatizando con su pimentón y su azafrán. Al final te queda recibir, ruborizado, los parabienes y sentirte el rey del fogón.

Así que yo también quiero un pinche y sentirme la reina del fogón.

Un pinche que me pique menudita la cebolla y llore por mí. Que me ralle el limón para el bizcocho, que me pele las papas y las chayotas para que no se me queden las manos pegajosas, que me deje un frasquito con ajos pelados en la nevera, que me limpie y escame el pescado, que me recoja y friegue los platos según los voy usando, y hasta que me diga, como en las películas, "Sí, chef" mientras me tiene las salsas preparadas.

A mi hija y mi hijo los conseguía pescar de vez en cuando, sobre todo el día antes de Navidad, en que los ponía a pelar y despepitar uvas para el relleno del pavo. Mi hija dice que aprendió a cocinar para no tener que hacerme de pinche nunca más.

A mis nietos los enseñé a hacer la masa de la pizza con la esperanza de captarlos para la causa pero lo que más les gusta (aparte de comérsela) es amasarla con los puños cerrados. Y de ahí no pasan.

No pierdo la esperanza. Por aquello de que a lo mejor la literatura va más allá de los lavados de coco y los convence, les compro cuentos en que hay pequeños pinches hacendosos y entresaco también textos de libros en los que la cocina tiene un papel importante. Como el que leí esta semana, "Pan de limón con semillas de amapola" de Cristina Campos: Las dos hermanas se durmieron casi al mismo tiempo; sin embargo, antes de eso y como si por algún misterioso motivo sus pensamientos pudieran entrelazarse, pensaron la una en la otra y las dos recordaron las tardes de su niñez en la cocina de la abuela Nerea, rallando limones, sacando las semillas de las amapolas y con las palmas de la mano cubiertas, siempre, de harina.

Si con todo esto no abrazan el noble (y no pagado) oficio de pinche, es que me falta poder de convicción.


lunes, 13 de junio de 2022

...Y Dios dispone



Desde chicos nos lo enseñaron para que aprendiéramos a esperar lo inevitable: "El hombre propone y Dios dispone". De hecho, nos decían que nada hay seguro en este mundo y que cuando hablábamos de hacer cosas en el futuro teníamos que añadir siempre la coletilla "si Dios quiere", no sea que a Él le diera por cambiarnos los planes. Y eso es lo que me ha pasado esta semana. ¿Se acuerdan del post de la semana pasada, "De noveleros", en el que contaba que este mes, "de novelera", tenía una comida familiar de más de 30 personas y que, "de novelera", iba a ir 3 días a El Hierro a curarme del estrés frente al Mar de las Calmas? Pues de eso nada porque vino el covid y mandó parar. Y ahí me ven, tos va, estornudo y mocos vienen, sin salir de casa y pensando en que mejor no planiar el noveleriar.

Menos mal que me acababa de leer uno de esos libros con encanto, "Un caballero en Moscú", de Amor Towles, que habla de quien, ante catástrofes peores, supo enfrentarse a la adversidad y adaptarse a las circunstancias.El protagonista, un conde ruso de los tiempos zaristas, es detenido y condenado a muerte por los bolcheviques en 1922 por haber escrito un poema 10 años antes, que el comité revolucionario no considera adecuado. En lugar de matarlo, le conmutan la pena por un arresto domiciliario de por vida en el desván del hotel Metropol en Moscú. Él toma como modelo a Robinson Crusoe varado en la Isla de la Desesperación y, como él, se va construyendo un espacio vital y social, mientras por allí, a lo largo de los años, desfila la historia rusa: Lenin, Stalin, el Gulag, la Guerra Fría, Kruschev...

Terminé de leerlo justo el día en que me dio positivo el test y, siguiendo el consejo de un Gran Duque que también aparece en el libro, de que "la adversidad se presenta adoptando diferentes formas y si uno no controla las circunstancias, se expone a que las circunstancias lo controlen a él", decidí que igual que el conde ruso y que Robinson, yo también me tenía que adaptar a la circunstancia de estar una semana sin salir de casa (Ya, ya sé que mucho menos trágica que un arresto domiciliario de por vida y que un naufragio...)

Así que en esta semana me he leído el tocho de 698 páginas de "Los vencejos" de Fernando Aramburu, sobre la peripecia vital de un profe de filosofía (¡hombre, un colega!). Me lo regalaron en Reyes y no le había llegado el momento. Me gustó.

En esta semana he hablado con un montón de gente por teléfono y es un placer también el alegato distendido y sin prisas. Total, no voy a ir a ningún sitio... Hasta con mi amiga Ligia desde Miami estuve un rato una tarde.

En esta semana he hecho unas cuantas fotos desde mi cama. Mi hija las llama "fotos de me aburro" y lo son. Pongo una de imagen inicial, con mis patucos puestos y el cuadro de Charo Borges que habla de la luz y que es lo primero que veo por las mañanas.

En esta semana he hecho todos los dameros malditos y los crucigramas blancos que tenía atrasados. También he jugado al rummy contra el ordenador y le he ganado todas las veces menos dos.

En este semana me he hecho tres test de antígenos para ver si se equivocaba alguna vez y me salía negativo pero siempre sale positivo, el maldito.

En esta semana he escrito este post... Parezco Rapunzel en la película de dibujos animados cuando hace puzzles, pinta, juega con el camaleón... mientras suspira mirando las luces del cielo y el mundo exterior que no puede pisar.

Y me pregunto ¿cómo pudo el conde ruso estar 32 años sin salir del hotel para nada y seguir siendo siempre tan caballeroso, tan imperturbable y, en el fondo, tan feliz?

lunes, 6 de junio de 2022

De noveleros



Novelero
y noveleriar son canarismos que muestran el espíritu jaranero de nuestras islas, en las que nos apuntamos a lo que sea antes que quedarnos en casa con la pata quebrada. El "Diccionario básico de canarismos" de la Academia Canaria de la Lengua define al novelero como el "muy aficionado a las fiestas". Y es que lo somos , la verdad. En mi Instituto, en aquellos tiempos en los que trabajaba, teníamos hasta una "Tutoría de Festejos y Regocijos", con eso se lo digo todo.

Son noveleros los cientos de hinchas del Tenerife y del Las Palmas que no han dudado en coger el barco para asistir a los partidos en los que se jugaban ascender a Primera División (¡Ganó el Tenerife!). Algunos aprovecharon tal particular festoleo para aplaudir vestidos de dragqueen en el Estadio. En una foto que mandaron mis sobrinos (otros noveleros) y que pongo como imagen inicial, se ve a aficionados de Las Palmas (todos de amarillo), camino del Estadio, tras un cartel -qué casualidad- en la que pone la palabra "novelera". La novelería dominó la semana.

Son noveleros los de mi pueblo que, cuando se enteraron de que en el prado que hay detrás de la iglesia estaban aparcados tres helicópteros destinados a hacer una película sobre la isla, se arremolinaron a verlos aterrizar y despegar, horas y horas allí mirando solo eso. No se dirá que no extraemos diversión de cualquier bobería (un día voy a hablar del verbo bobiar).

Es novelera mi amiga Eli, la de Las Palmas, que se fue a Agaete a comer un pescado con sus amigas y les bastó ver allí el barco que venía para Tenerife, para cambiar de opinión, embarcarse y venirse a comerlo en Santa Cruz.

Y es que mucho novelero hay suelto por ahí. Y yo la primera. Me despedí de mayo el Día de Canarias con una chuletada con sus mojos y con sus papas y con canciones de la tierra, como tiene que ser, en casa de buenos amigos en La Laguna. 

A media semana novelerié en una comida con mis hermanos para celebrar la venida por unos días de mi ahijado Javi desde México. Lo hicimos en Casa Tomás el de las costillas, que estos días ha sido muy nombrado porque el crítico gastronómico de El País, José Carlos Capel, lo ha seleccionado como una de las tres comidas más memorables de su vida. "El sitio en el que más disfruto del mundo", dice. Y está en mi pueblo.

De novelera fui el primer domingo de este junio a la Romería de Guamasa, que llevaba tres años sin celebrarse: bostas de vaca, trajes de mago, olor a carne fiesta, sonido de timples y chácaras, un San Isidro pequeñito presidiéndolo todo, parrandas cantando todas lo de "... y tampoco el ombligo redoooondo, ay, sorongo, sorongo, soroooongo..."...

De novelera, aparte de las cenas de los viernes que son sagradas, tengo este mes dos comidas familiares de las grandes, es decir, nosotros con toda la parentela, cerca de 30 personas. En una celebramos todo lo que no hemos podido celebrar por la pandemia, incluso las Navidades. Mi hermana -que es la novelera mayor del reino- nos pide que llevemos hasta gorros de Navidad. Tengo que comprar turrones... La otra es por el 50 cumpleaños de mi hija ¡Tengo una hija que va a cumplir 50 años! ¿Será posible? Si yo los tenía hace nada...

Y de novelera también, me iré este mes tres días a El Hierro a curarme el estrés frente al Mar de Las Calmas.

Y es que al final la vida, créanme, consiste en noveleriar.

¿Y tú? ¿Qué has hecho o esperas hacer de novelero/a en estos días en los que acecha el verano?

lunes, 30 de mayo de 2022

Ser de sillas



Primero fue una silla. Una silla con armazón de metal y asiento de plástico, la mínima expresión de una silla. Alguien la dejó en la parada de la guagua, de esa guagua que solo pasa 5 veces al día por la carretera que sube de mi casa a El Portezuelo, y allí se quedó por un tiempo, casi escondida entre la trebina que festonea de amarillo toda la subida. Después se añadieron dos sillas blancas, las mismas que ven en la imagen y que yo fotografié a finales de enero. Y al poco tiempo, volvieron a poner más sillas, esta vez dos de mimbre que parecían sacadas de una terraza frente al sol. A mí me divertía y pensaba que, de seguir así, esa humilde parada se iba a convertir en la sillería de una catedral.

Pero luego pasó al revés. Primero desaparecieron las de mimbre; después, las blancas, y, al final, solo ha quedado la primera, otra vez sola, tan modesta que casi ni se ve. Nunca he visto a nadie sentado en ella.

De todas formas, es muy de agradecer que alguien, en lugar de tirarlas, haya pensado en el descanso de cualquier persona que las mire con alivio y ojos golositos. Yo estoy totalmente en contra de Juan Luis Arzuaga, el paleoantropólogo que la considera un invento diabólico. En su libro "La muerte contada por un sapiens a un neandertal" dice: No me hables de las sillas. Las sillas son, junto con el azúcar refinado, el peor invento de la humanidad (...) porque lo normal en el ser humano, cuando se reúne con otros para charlar o para comer, es permanecer en cuclillas, sin que las nalgas lleguen a tocar el suelo. "Descanso activo", así se llama porque hay una tensión muscular muy saludable. Yo le diría que vale,  pero que, si yo tengo que esperar la guagua en cuclillas, haría falta una grúa para levantarme después y ¡qué necesidad habiendo sillas! Esta misma semana recibí un meme en el que un jubilado decía: Yo no sé ustedes, pero yo ya he llegado a una edad en la que no me duelen ni las traiciones, ni las mentiras, ni los desengaños... Lo que más me duele son las articulaciones. Y por eso en eso estamos, agradeciendo de corazón que a un ser humano genial se le haya ocurrido, en el principio de los tiempos, lo de poner una tabla con cuatro patas para sentarse.

Fue todo esto lo que nos impulsó el domingo pasado, que fuimos con una pareja amiga a la playa, a comprar, en una de las tiendas que, frente al mar, tienen de todo lo necesario para el baño, 4 sillas de esas livianitas para ponerlas en la arena ¡Ya estaba bien lo de dejarnos caer al tumbarnos o lo de ponernos en la indecorosa postura de 4 patas para levantarnos! Las plantamos, como si fuera un real sitio, en medio de la playa y nos sentamos como señores, disponiéndonos a mirar con desdén a todos los despatarrados de alrededor. Entonces mi amigo comentó: Me acuerdo de cuando de chicos veíamos a los señores mayores sentados en sillas como estas en la arena, mientras nosotros correteábamos y nos revolcábamos en ella... Se hizo un silencio que él remató mientras los demás asentíamos melancólicamente: Ahora nosotros somos de sillas.

Pero no importa. Si uno mira la historia, la silla es una conquista: desde las sillas de obispos y reyes, ascendidas a tronos, o las cátedras, las sillas altas desde las que el profesor daba clase, a los corros de sillas en las aceras de los pueblos al atardecer o a las que ponen para aliviar la espalda en los recorridos de desfiles y procesiones. O en una humilde parada de guagua. Donde estén todas esas, que se quiten , pese a Arzuaga, todas las cuclillas del mundo. ¡Yo soy de silla!.

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