lunes, 26 de abril de 2021

Los largos caminos



Los canarios parecemos vivir volcados hacia el mar. Nos gusta que desde nuestras casas podamos verlo, un resplandor azul allá a lo lejos, y podríamos permanecer durante horas absortos contemplando las olas - a veces encrespadas, a veces mansas- como si fuera un espectáculo nunca visto que nos sosiega el alma. Como decía Tomás Morales en un poema que me gusta mucho, el mar es como un viejo camarada de infancia, / a quien estoy unido con salvaje amor; / yo respiré de niño su salobre fragancia, / y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor.

Curiosamente, en estos días recibí dos mensajes relacionados con el mar y los largos caminos a través de él. Mi amigo Alfa me manda una noticia sobre la recuperación y conservación del correíllo "La Palma", del que el capitán dice que, con sus 109 años, entre sus cuadernas se respira la historia de nuestras islas. Apenas algunos privilegiados pueden contarlo, dice. Leyéndolo, me invade la nostalgia y pienso que fui de esos privilegiados que en los años 50 y 60 subíamos a este y otros correíllos rumbo a La Palma, cargados de regalos para los parientes de allí y decididos a pasar la gran aventura náutica de nuestras vidas... para terminar gimiendo en el camarote por el mareo ¡Bien se movían! Recuerdo que , en al año 55 al ir a la Bajada de la Virgen, una señora, apiadada de ver que no levantaba cabeza, me ofreció melocotones en almíbar. Cada vez que los veo me acuerdo del olor del barco, del balanceo de las olas y del ruido del mar.

El otro mensaje, de mi amigo Juan, es sobre testimonios de los jóvenes que iban en barcos de emigrantes clandestinos a Venezuela. Juan me dice sobre el "Anita": Encontrarás una historia que me toca de cerca. En él iba mi padre. Los relatos de los pasajeros de estos barcos que salieron desde distintos puntos de las islas son muy parecidos. Iban cargados de personas (286 en el "Nuevo Teide" donde cabían muchos menos) huyendo del hambre, de las penurias de la posguerra y de las represalias, y el viaje duraba aproximadamente mes y medio. Dormían sobre sacos o telas en el suelo, las necesidades las hacían en el mar colgados de una cuerda, comían mal (gofio con gusanos, cuentan los del "Doramas") y con el agua racionada hasta tal punto que alguna vez atacaron al que guardaba el único bidón que tenían. Mes y medio en condiciones infrahumanas para luego llegar y que los recluyesen en la isla de La Orchila donde dormían con las vacas. Un pasajero le dijo a otro que lloraba sin parar: Sufra, pero calle.

A todos los canarios nos suenan estas historias porque todos tenemos parientes que hicieron la travesía en mejores o peores condiciones: el padre de Juan que tuvo que pagar 6000 pesetas de las de entonces por el viaje; mi abuelo, que nunca volvió; el abuelo de mi marido, que se fue con un hijo de 15 años y este murió en el viaje; mi marido que, con 10 años, tuvo que estar 3 días y 3 noches con el chaleco salvavidas puesto porque el barco estuvo a punto de zozobrar...

Desde que el mundo es mundo, o mejor, desde que estamos en él, los humanos no hemos parado de caminar. Primero, nos marchamos de África, que es la que parece ser nuestra cuna primitiva. Nos repartimos por el mundo y, aunque nos íbamos asentando en sitios, muchas veces, por hache o por be, teníamos que salir escopetados de allí. Como dice Irene Vallejo, todos los imperios se edifican sobre cimiento mestizo de civilización y barbarie. Somos descendientes de los andariegos que tuvieron que dejar su hogar buscando una vida mejor. Para los canarios, en particular, los largos caminos pasaron por aquí, llegados del mar y de vuelta al mar. Ahora que vemos a otros caminando con el mismo afán de buscar la fortuna, sería bueno que nunca lo olvidáramos.


El Telémaco, que viajó de la Gomera hasta Venezuela en 1949. 


lunes, 19 de abril de 2021

Lo que cabe en una semana



 ¿Ustedes se han fijado en todo lo que cabe en una semana? Yo lo he hecho en esta última y encontré que:

En un día recibí una mala noticia que puede acabar convirtiéndose en buena. Un único día no salí de casa y un único día encendí la tele: vi "El golpe", con los bellos y estupendos Paul Newman y Robert Redford. Un día recogí naranjas y nísperos de la huerta y corté calas para ponerlas en un jarrón en la sala. Un día en el horno se me quemaron las almendras. Un día comí con mis amigos austriacos que ya se van dentro de poco. Brindamos con champán por la vuelta sin restricciones en otoño . Un día escribí este post.

Dos días fui a la casa del sur y vi un mar de olas rabiosas y una noche tan estrellada como para contar constelaciones y seguir el surco que dejaba un satélite, despacio por el cielo. Dos días comí fuera de casa, uno de ellos en un restaurante donde probé por primera vez chips de morena y disfruté de un abadejo a la espalda que te puedes morir. Dos días me hicieron tres regalos que no esperaba (son los mejores): tres botellitas de un aceite exquisito (mi ex-alumna y amiga Eva); un frasco de miel, dorada como una joya (mi amiga Chari); y una libreta victoriana digna de Jane Austen (mi amiga Conchi). Gracias, chicas, son ustedes un amor.

En tres días cumplieron años personas a las que quiero mucho: 48, 44 y 70 años. ¡Felicidades! En tres días caminé una hora con mi amiga María Victoria a la orilla del mar y un día nos llovió (foto inicial). Los tres días el broche final fue el cafecito en el bar del club viendo nubes trenzadas en el cielo y a los valientes bañándose con este frío.

En cuatro días recordé los sueños que he vivido por la noche. Cuatro días estuve un rato con mis hijos y nietos. Mis nietos pequeños me hicieron dibujos preciosos y me contaron chistes escatológicos (están en la edad); mi nieto mayor nos arregló en un pispás el móvil de mi marido, que cojeaba (el móvil, no mi marido); a mi nieta mayor, la artista, le llevé revistas para un collage que quiere presentar en una exposición.

Cinco días puse el despertador temprano. En cinco días hice la comida y la cena y fui (poco) ama de casa. Los cinco días me conecté a Internet y navegué una hora entre imágenes, noticias, recuerdos y chistes (y chismes). Cada uno de los cinco días oí un fragmento de ópera por cortesía de mi amigo Melchor.

En seis días leí y disfruté con dos libros, "El inventor de historias" de Marta Rivera de la Cruz, y "Cuando la luna llora" -poético y misterioso- de Chiki Fabregat. Y empecé a leer el muy original y divertido "La tienda de la felicidad" de Rodrigo Muñoz Avia.

En siete días leí el periódico todos los días pero no oí telediarios ni radio. En siete días me contaron historias nuevas, aprendí canarismos que no conocía, como barbolete o cerneja, y supe siempre de mi familia y de mis amigos (¡Qué grandes inventos son el wasap y el teléfono!). Aproveché algunas horas y otras las perdí, sobre todo buscando cosas: la mascarilla, las llaves, las gafas de ver... No lloré en toda la semana y, en cambio, me reí mucho. 

Y todos los días escuché la pregunta-estrella de la semana: ¿Ya te llamaron para la vacuna?

lunes, 12 de abril de 2021

Desayunar como un rey



Eso es lo que recomienda la sabiduría popular: "Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo". Es lo que yo también hago y aconsejo siempre a parientes y amigos que casi ni desayunan. Las revoluciones -les digo-, los grandes inventos de la humanidad, las grandes obras de arte, las grandes decisiones -háganme caso- no hubieran ocurrido jamás si los humanos que las hicieron posible no hubieran desayunado bien esas mañanas. Un buen desayuno es el combustible que hace funcionar el cerebro -les repito- y mentes más preclaras que la mía siempre han predicado cosas como que una no debería asistir ni siquiera al fin del mundo sin un buen desayuno entre pecho y espalda (Robert A. Heinlein), o que pase lo que pase en una casa, sea un robo o un asesinato o que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, lo primero es lo primero: hay que desayunar (Wilkie Collins). Sin ello, se lo juro, no hubiéramos pasado de la etapa de las cavernas.

Así que, como experta en buenas maneras de empezar el día, hoy voy a explicar las características que debe tener un desayuno como es debido.

Un desayuno debe ser sencillo, sin complicaciones ni alharacas. Como ejemplo de lo que no se debe hacer, miren cómo desayuna el actor Orlando Bloom, según leí en una revista. Se levanta a las 6,30 de la mañana (que no son horas) y se pone a entonar cantos budistas (¡sin desayunar!). Después se toma unos polvos verdes (?) que mezcla con aceite de octano cerebral (?), polvo de colágeno para el cabello y las uñas y algo de proteína. Luego otro rato de oír música de Nirvana para volver a tomar un 2º desayuno con papilla, leche de avellanas, canela, pasta de vainilla, bayas de goji, proteína en polvo vegana y un té. Todo eso, aparte de asqueroso y sofisticado, le debe consumir gran parte de la mañana. Tampoco valen los buffets de los hoteles ni los brunch, tan de moda ahora, en los que, de tanta comida, ya no sabes qué elegir.

Un desayuno debe gustarte, debe ser comido relamiéndote de gusto: los desayunos de leche y gofio de pequeños (en casa de mi marido, que vivía en el campo, la leche era, además, recién ordeñada); el desayuno de Reyes con el chocolate y el roscón, atemperado todo con la jiribilla de abrir los regalos; el desayuno que mis amigos Manolo y Daniel se mandaban después de una noche de farra y carnaval (una lata de caballas y una cerveza que les sabían a gloria); los churros con los que una peca de vez en cuando; o el mío diario: un té con una rodaja de pan integral tostado con semillas, queso fresco, a veces un trozo de bizcocho casero, y un vaso de jugo de naranjas de la huerta. Mmmm... 

Un desayuno debe ser tranquilo. Nada de tomarte un café de pie para después irte a trabajar escopetado. La cantante Taylor Swift cuenta que ella toma crepes de trigo sarraceno con jamón, queso parmesano y un huevo frito encima, como "desayuno para llevar". ¿Qué es eso? ¿Para llevar y comérselo sobre la marcha o más tarde, cuando el huevo frito esté como un témpano? No, eso no es fundamento. Al desayuno, el momento más importante del día, hay que concederle tiempo. Qué menos.

Mientras uno desayuna debe contemplar una vista agradable. Cuando hace 40 años proyectamos la casa donde ahora vivimos, una de las cosas en las que me empeñé fue en que desde la mesa de la cocina pudiera ver el exterior. Me siento allí cada mañana y, a través de la ventana y de la puerta de cristal veo el patio con la jardinera florecida, y el valle y las montañas de Guamasa desperezándose al sol mañanero y el pasar de los días y las estaciones. Solo con eso es suficiente para afrontar la vida y sus majaderías con un saludable buen humor.

La última característica (no olviden que hablo de un desayuno perfecto) es que te lo hagan. Yo tengo esa suerte desde que me casé hace casi 50 años y, créanme, por un hombre (o una mujer) que se levante siempre antes que tú y que te haga el desayuno sin protestar y a gusto, merece la pena aventurarse hasta en las aguas procelosas del matrimonio.

Sencillo, gustoso, tranquilo, con una vista agradable y hecho por alguien que te quiere. Visto así ¿quién no desayuna como un rey (o como una reina)?

lunes, 5 de abril de 2021

El esparadrapo del capitán Haddock



Ustedes saben que soy fan de Tintín y que me he leído (varias veces) sus aventuras. En una de ellas, El efecto Tornasol, el capitán Haddock va en una guagua hacia el aeropuerto y, cuando se quita un esparadrapo de la nariz, este se le pega en el dedo y él trata de sacudirlo para que se despegue. El esparadrapo entonces va pasando de pasajero en pasajero hasta que vuelve al capitán y, ya en el avión, se repite otra vez la misma secuencia: del capitán el pegajoso esparadrapo va pasando por todos (incluso llega al piloto) para volver al capitán. El escritor César Mallorquí, otro fan de Tintín, en una de sus interesantísimas novelas, La hora zulú (tercera y última entrega de las Crónicas del Parásito), en el que él mismo tiene un papel, menciona esta escena de Tintín para decirle después al protagonista -que a cada rato aparece por su casa a pedirle refugio y a darle la lata-: Bueno, pues para que lo entiendas: yo soy el capitán Haddock y tú eres el esparadrapo. ¿Ahora qué demonios quieres?.

Yo, como César en el libro, he sentido el efecto esparadrapo. Es más, pienso que todos tenemos un esparadrapo en nuestras vidas, no necesariamente una persona determinada (aunque también los hay), sino una situación, un hecho que, como un bucle, se nos pega una y otra vez y no nos podemos quitar de encima por más que nos sacudamos.Y, además, no sabemos cómo hacerlo.

Y es que majaderos y plastas hay para dar y regalar. A estas alturas de la vida uno tiene sus ideas más o menos definidas y respeta profundamente las de los demás. Es rico y productivo el diálogo y el debate en los que estas se exponen. Pero no lo es la imposición unilateral de los que nos quieren convencer de SU verdad sin importarles un comino tu opinión: grupos religiosos que, como ahora no pueden ir de casa en casa, te mandan cartas ¡escritas a mano! por delante y por detrás; gente que te manda memes y memes poniendo sus ideas por las nubes y ridiculizando las de los demás; están los que nos quieren persuadir de que compremos cosas que no necesitamos y nos dan la vara para ello... Pero, sobre todos ellos, los más plastas de todos los plastas, son los que quieren convencerte de que te cambies de compañía telefónica.

Estos no se contentan con que ya los has rechazado miles de veces, no. Inmunes al desaliento, siguen ahí dale que te pego llamando a tu casa todos los días, a cualquier hora, las 8 de la mañana, a la hora de la comida o la siesta, a las 11 de la noche cuando ya estás dormida... Les da igual, invaden tu casa, vulneran tu derecho a la intimidad y te privan de tranquilidad. Hay quienes, cuando les dices que no te interesa, te dicen: Pero, doña (odio que me llamen así), ¿cómo no va a querer pagar menos?. O peor todavía, cuando  después de todo piensas que son unos mandados y están haciendo su trabajo, y les tratas de contestar educadamente que no puedes atenderles porque en ese momento hay un avión esperándote para marchar urgentemente a China, no te dejan terminar y te cuelgan el teléfono. No dan las gracias, ni piden perdón, ni nada de nada. Y, como el esparadrapo que no te puedes despegar, ellos vuelven vez tras vez a ocupar tu teléfono y tu tiempo, que es oro para nosotros. ¿No habría manera de hacer algo?

Otra vez vuelvo a Tintín y al capitán Haddock que, ante Serafín Latón (le va bien el apellido), el majadero más majadero de todos los majaderos, que le quiere vender a toda costa un seguro de vida, le espeta, cabreadísimo: Tengo todos los seguros de vida posibles e imaginables... Tengo seguro de vida, de accidentes, contra el granizo, la lluvia y las inundaciones, la subida de las mareas y los tifones, contra el cólera, la gripe y el resfriado. Contra la polilla, las termitas y la plaga de langosta. Todos... El único que me falta es el seguro contra los pelmazos.

Me da que ese es el que nos falta a todos.

lunes, 29 de marzo de 2021

¿Tú eres más de playa o más de charcos?



Eso es lo que le pregunté a mi amiga María Victoria, cuando íbamos haciendo la caminata de una hora a la orilla del mar de Bajamar.Y no se crean que es una pregunta rara porque aquí, en la isla, hay de todo.

Bueno, miento. Aquí no hay playas doradas con cocoteros, como las que salen en los anuncios de viajes. En una novela de Mary Stewart, "No toquen el gato", las menciona en un sueño: Había una playa, una larga, larguísima extensión de arena dorada que se perdía en la distancia, más allá de donde alcanzaba la vista. Ciento cincuenta kilómetros... En los médanos de clara arena unos altísimos juncos se mecían debido al viento. El mar bañaba incesantemente la orilla desde el oeste. Un cielo amplio y límpido, la arena caliente y la brisa saturada con la sal del mar. Solitaria, preciosa, tranquila, segura.".

No, nuestras playas -menos las artificiales- suelen ser de arena negra. Pero no son feas como las describe David Lodge en "Terapia":  Por más playa que se llame, allí no hay ninguna, o por lo menos no lo que yo considero una playa. Solo hay una estrecha franja de barro negro. Todas las playas de Tenerife son negras, parecen negativos fotográficos. La isla, esencialmente, es un enorme montón de carbón, y las playas son de carbón en polvo. Porque es volcánica. Y sí, es verdad que es volcánica y que la arena negra es el fruto del sedimento de la lava triturado por el vaivén del mar. Pero, contra Lodge, a mí me gustan, mucho más que las de arena rubia, estas playas nuestras de arena negra, limpia y fina. 

De todas formas, yo, igual que María Victoria, somos más de charcos, la verdad. ¿Por qué? Porque es un agua limpia sin rastros de arena, charcos transparentes en los que las algas purifican el agua que sabe a mar. En ellos, a pesar de su nombre, el mar no está "encharcado" sino que entra y sale en las bravas pleamares renovando continuamente el agua. Donde esté este masaje natural, que se quiten todos los jacuzzis del mundo.

Así que sí, somos más de charcos. Y con charcos nos referimos a todos los innumerables que pueblan nuestro litoral: a los charcos propiamente dichos, a las piscinas naturales con el fondo marino donde hay hasta peces, a las calas, caletas y caletones, a cualquier rincón de la costa en el que el mar se amansa y permite darse uno de los baños más placenteros del mundo. Y de eso, en mi tierra hay muchos.

Sin ir más lejos, en la caminata casi diaria nos vamos encontrando con algunos. Antes del Club Náutico, el Charco La Laja, lugar de excursiones en mis tiempos mozos y que también es llamado Charco de los pobres, comparándolo con la piscina natural del Club, que es el "de los ricos"; el Charco de Mariane, llamado así por una extranjera que solía bañarse allí; el Charco de los perros (donde se bañaban estos); el Charco la Médica (deformado a veces como Las Américas), seguramente también por Mariane que tenía esa profesión; el Charco La Ola; el Charco las Monjas y el Charco Redondo, al lado de las piscinas naturales, donde más de una vez en mi infancia me llené la planta del pie de púas de erizo.

Las caminatas dan para hablar de charcos y recuerdos. Y también para ir encontrando hallazgos: un aloe vera florecido en la orilla, los surfistas a lo lejos en El Arenal, troncos-bancos con la inscripción: "El paraíso empieza aquí", El Chupadero con su chorro de agua hacia lo alto... Y el último descubrimiento de todos: ese bañista al lado de la piscina natural, que les pongo en la imagen inicial. ¿Se acuerdan de aquella canción que decía: Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida...? No se me ocurre mejor forma de disfrute que la de este señor, escarranchado con los ojos cerrados un martes de marzo, tumbado como un lagarto jareándose al sol, junto al agua azul del charco-piscina de Bajamar, en el que seguramente acaba de bañarse. Temperatura del agua: 18º. Lo que les digo: donde esté un buen charco...


El charco Mariane y El Chupadero


lunes, 22 de marzo de 2021

Veo caras


Cuando la otra tarde, extremadamente fría, les mandé a mis amigas una foto del fuego de la chimenea,los ojos agudos y curiosos de mi amiga Nieves encontraron la cara de un hombre en medio de las llamas. Miré detenidamente la foto ¡y era verdad! Si se fijan, se ven claramente un par de ojos con sus cejas un poco fruncidas, una nariz, una boca con un gesto un poco raro y un mentón. Hasta el pómulo se perfila claramente y parece un poco enfadado (no es para menos, ahí en medio del fuego, qué incomodidad). 

Nieves, más idealista e imaginativa, estaba encantada y emocionada con su descubrimiento, mientras que mi amiga Chari, con su sentido común, decía que era una ilusión óptica y un atavismo que todavía perdura. Mis hijos, muy expresivos, cuando se lo enseñé, se limitaron a decir, uno: ¡Uuhhh, qué miedo! al lado de un emoticón de un fantasma, y la otra: ¡Qué yuyu!.

Ilusión o mensaje espiritual, es verdad que los humanos tendemos a organizar en esquemas conocidos (en este caso, caras) todo lo que vemos en la naturaleza: nudos en la madera, sombras en las rocas, formas en las nubes. Hasta los grandes roques y mojones que hay en mi isla me parecen a mí enormes cabezas mirando al infinito. Y por supuesto, también encontramos caras en el fuego, no en vano es uno de los cuatro elementos de los que, según los antiguos, se componen todas las cosas.

Los mitos y las leyendas nos hablan de espíritus del fuego, seres que viven en él como cualquiera por su casa. Como las salamandras, seres elementales del fuego que se deslizan entre las llamas y controlan hasta la más pequeña fogata. Bolas o lenguas de fuego las llamaba Paracelso, y también se las conoce como hadas de fuego, que viven en otra dimensión desconocida para los hombres. Están también los dragones, capaces de expulsar fuego por la boca y guardar con él sus guaridas y tesoros. O los fuegos fatuos, esferas de luz que viven en pantanos y tumbas. O el ave fénix, que se consume entre llamas y se regenera inmediatamente, simbolizando la inmortalidad. Y claro, en todas las mitologías, hay un dios dueño del fuego: Ra en Egipto, Apolo y Hefesto en Grecia, Loki entre los vikingos, Kagu-Zuchi en Japón, Ukko en Finlandia.

J. K. Rowling, que tanto exploró el mundo de la fantasía, también echó mano de este elemento, y en su "Harry Potter y el cáliz de fuego" hay también, como en mi chimenea, una cara en el fuego: Cuando Harry y los demás entraron en la cocina vieron al Sr. Weasley inclinado sobre el fuego hablando con... Para asegurarse de que los ojos no le habían engañado, Harry los cerró con fuerza y volvió a abrirlos. Semejante a un enorme huevo con barba, la cabeza de Amos Diggory se encontraba en medio de las llamas. Hablaba muy deprisa, completamente indiferente a las chispas que saltaban en torno a él y a las llamas que le lamían las orejas.

Lamento decir que la cabeza que apareció en mi fuego (que para mí tenía un ligero parecido con el emérito, no sé qué piensan ustedes) no mantuvo ninguna conversación por este original medio de comunicación, ni dijo ni mú. Se desvaneció enseguida, tan rápido como había aparecido (de hecho yo no la vi sino en la foto), por lo que no sé qué mensaje quería transmitir.

Pero agradecí, en ese momento en que acababa de cerrar el telediario con su habitual rosario de desgracias y de majaderías de los políticos, que una "aparición" nos llevara a hablar, a los míos y a mí, de otros temas como de las caras en el fuego, de los espíritus, de lo que los sentidos a veces nos engañan, de cómo lo desconocido nos da miedo y de que muchas veces la realidad no es tal como la vemos. Y también agradecí, todo hay que decirlo, lo calentito que se estaba allí, en una fría noche de marzo, leyendo junto al fuego.





lunes, 15 de marzo de 2021

La Casa de los Principios


Uno de los grandes placeres inconfesables es disfrutar con el trabajo. Y digo inconfesable porque este se ha visto siempre como una maldición, el tripalium de los romanos, el producto del pecado original hebreo. Lo natural entonces es despotricar de él y ansiar la jubilación como si fuera el Santo Grial. Y sin embargo, a algunos nos ha encantado el trabajo elegido y, créanme, fue una gozada. Me acordé de esto el otro día en que mi hija me decía lo mismo, lo bien que se lo había pasado trabajando en lo suyo esa mañana.

Lo suyo ahora es escribir desde que decidió hace 4 años colgar la bata de anestesista, dejar la zona de confort y dedicarse al noble oficio de escribir y de trabajar en todo lo relacionado con la escritura. Ahora ha fundado una empresa de marketing online para escritores (MOLPE), ha montado este año una editorial de libros de escritores para escritores (ya ha salido uno hace 2 meses y otro está en imprenta) y, además, ha publicado 7 novelas, 5 libros de no-ficción, 3 poemarios y ha participado en 3 antologías de relatos. Y en esta semana de marzo acaba de salir su último libro, "La Casa de los Principios".

Ana califica en la contraportada del libro a "La Casa de los Principios" como "una novela corta (tiene 150 páginas) feelgood para iluminar tu corazón". Y algo de eso hay porque, precisamente, uno de los temas es la búsqueda de un trabajo que te haga feliz, algo que Sara, la protagonista del libro, no tiene. Cuando su padre, para el que trabaja, le encarga que vaya a echar una ojeada a la antigua casa de su abuela con el fin de ponerla a la venta, se encuentra que en la casa, que esperaba ver vacía, viven tres personas muy especiales. Obligada por las circunstancias a quedarse y a conocerlas, son ellas las que hacen que Sara vaya, poco a poco, cambiando su actitud negativa ante la vida. 

Pero es, sobre todo, la casa, tal vez el personaje principal, la que más contribuye a esa serenidad que se aprecia desde la portada (dibujada por mi nieta, Eva de José, inspirándose en una ventana de "El naranjero", la casa de sus tatarabuelos) hasta la primera descripción de la casa nada más empezar la novela: Sara se detuvo frente al portón de entrada. Su imagen mental de La Casa de los Principios había sido la de la típica postal de vacaciones: una casita antigua y pintoresca, algo dejada de la mano de Dios y enclavada en medio de un bosque. Pero era mucho más que eso. Los muros encalados de la estructura en L brillaban relucientes y un naranjo cargado de frutos alzaba orgulloso sus ramas frente a los postigos de la planta superior. El olor a tierra húmeda y a romero del seto emborrachaban la mañana y el sonido del agua de una pequeña fuente no solo refrescaba, sino que rompía el silencio catedralicio del jardín.

Y es ese sosiego, esa serenidad de la casa, la que va tiñendo todo lo que pasa: la luz filtrándose tras las cortinas, la cocina luminosa y agradable con el olor de azahar entrando por las ventanas abiertas, el huerto de plantas aromáticas, el silencio acogedor, el bosque con su aura mágica, el aire fresco, el sutil aroma de la lavanda en los dormitorios, el concierto de trinos por las mañanas... Sara no recordaba ningún otro sitio en el que hubiera sentido tanta paz.

Ana me dijo, cuando me dejó la novela para una primera lectura (soy una de sus lectores cero), que era una novela sencilla en la que no pasaban grandes cosas. Pero sí pasan. Habla, como dije al principio, de ser feliz con lo que haces. Pero también de reconstrucción cuando se ha estado muy hundido, de libros y de su poder sanador, de historias inacabadas, de un misterio que hay que resolver, de que a veces hay cierta magia que funciona, de cambiar el futuro. Es sencilla, sí, como la vida. Pero también, como Ana, es un libro lleno de luz. Léanlo.



Pueden encontrar "La Casa de los Principios" de Ana González Duque en las librerías Agapea en Santa Cruz, Lemus en La Laguna y El barco de papel en El Sauzal. Por Internet, está en Amazon y en la web de Ana (aquí, en papel y dedicado)


google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html