Hace unos días mi hija Ana publicó en su Newsletter un escrito con el que me identifiqué. Cuenta que fue a la última Feria del Libro de Madrid y ya saben, paseó entre casetas, saludó a los amigos -editores, libreros y autores-, habló de libros, de fechas. de portadas, de ventas, de cansancio, de ilusiones, y al final se tomó un vinito con algunos de ellos. Vamos, que se lo pasó estupendo. Pero confiesa que "el momento que más disfruté no fue el más literario, ni el más social, ni el más útil desde el punto de vista profesional. Fue sentarme sola en una terraza con un refresco y un libro. Nada más. Un vaso frío, una mesa pequeña, una silla desde la que podía verlo todo sin tener que intervenir en nada (...) Yo estaba allí, quieta. Leyendo a ratos. Mirando a ratos. Sin contestar mensajes. Sin tomar notas.". Esos momentos, raros, son para ella cápsulas en el tiempo.
Por eso me identifiqué con ella, porque yo los he vivido. Y pienso que, si lo pensamos, todos hemos disfrutado de esas cápsulas, de esos momentos en que de repente captas que estás sola contigo misma y eres consciente de todo lo que te rodea y lo valoras y lo miras, pero eso está ahí y tú estás aquí, un espectador protegido del ruido en un espacio en que puedes ser tú.
Yo he disfrutado de esas cápsulas del tiempo. La cocina de mi casa da a un patio con un porche donde hay una mesa y bancos para celebrar comidas con familia y amigos. Pero al salir, a la derecha, solo hay un banco, que mira a las montañas de Guamasa y al valle del Portezuelo (imagen inicial). Ese banquito ha sido para mí esa cápsula del tiempo, aunque yo lo llamo "el banco del psiquiatra". Cuando venía de clase, muchas veces con la cabeza llena de problemas, de ideas, de preocupaciones, me sentaba allí y descargaba la mente, consciente del aire fresco en la cara, de la tranquilidad de la tarde, del movimiento lento de las nubes. Es, como lo describe Ana, "un lugar físico o mental donde puedas bajar los hombros, respirar hondo y recordar que no todo lo que importa produce resultados inmediatos.".
Conozco a muchos que viven esos momentos. Mi alumno Miguel, que vive en Estados Unidos y que me cuenta que cada mañana tiene un sitio, cara al mar, donde medita antes de ir al trabajo. Ángeles, una amiga que murió joven, y que siempre, en cualquier viaje (e hizo muchos), aparte de naturaleza y cultura, necesitaba una terraza para ver pasar el mundo; la escritora Elvira Sastre, que también confesó en una charla que, después de la pandemia, se mudó a una casa en las afueras de Madrid, para ver crecer los árboles; el filósofo Nietzsche, para hablar del eterno retorno, la visón del más solitario, es consciente del instante con todos sus componentes, la perezosa araña que trepa en el claro de luna y el mismo claro de luna. A veces esa cápsula te atrapa en un tren, mientras afuera ves un globo multicolor sobrevolando un campo de trigo; a veces es ese rato que guardas todos los días para ti, tomándote el café de media mañana; a veces te ocurre, tú solo, en medio de la multitud.
Cuando los filósofos clásicos proponían el "conócete a ti mismo", sabían bien lo que decían. Ana concluye que no son grandes gestos. No cambian la vida de una manera espectacular. Pero esos momentos sostienen. Son pequeñas treguas. Incluso en los días desordenados son el instante perfecto.
Gracias, Ana, por recordárnoslos.
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