lunes, 29 de agosto de 2016

No sea burra




Me contaba hace poco una amiga que su hija cambiaba de lugar de vacaciones todos los años "para que sus niños no se aburrieran". Si les digo que me quedé perplejita cuando me lo dijo, no les miento. Y es que el aburrimiento se ha convertido en uno más de los siete pecados capitales, en la puerta a la infelicidad, en el azote de Dios. Un niño dice ahora que se aburre y allá que ves a los adultos, desalados, buscándole motivos de diversión: la tele, el cine, un parque temático, unas vacaciones, un castillo hinchable... Todo es poco para que los reyes de la casa tengan la felicidad garantizada. Ni un bostezo, ni una mano sobre mano, ni un minuto de tedio a solas.

Nada que ver, por supuesto, con lo que nos tocó a nosotros, los niños de antes. Si alguna vez le dije a mi madre (a la que nunca vi aburrida) eso de "me aburro", ella, usando el "usted de enfado", me decía: "Pues no sea burra". Así que calladita estaba más guapa, porque, además, corría el peligro de que siguiera diciendo: "Pero no te preocupes, que te voy a quitar el aburrimiento de un plumazo", Y allá que me endilgaba una lista de tareas pendientes: ordenar tu armario, hacer recados, terminar un bordado que empezaste hace siglos, recoger y doblar la ropa tendida en la azotea, regar las plantas, ayudar a pelar papas... Si, por un casual, seguíamos insistiendo, ya se nos llevaba al médico. No en vano el aburrimiento está emparentado con la melancolía, que según los antiguos griegos, era la "bilis negra". 

Cuando ya fuimos talluditas, a finales de los 60, mira tú por dónde, el aburrimiento fue una pose muy filosófica, muy existencialista, que se puso de moda. Sartre lo asociaba con "la náusea" y Juliette Greco, la musa de todos ellos, iba vestida de negro por la vida, con una cara de aburrirse muchísimo por allá abajo, en las cavas oscuras de Montmartre. Decir eso de que "la vida no tiene sentido" era lo más de lo más. 

Pero lo cierto es que no me acuerdo, ni de no encontrarle sentido a la vida, ni de aburrirme nunca. Y ahora, de jubilada, menos (ya les he dicho muchas veces que la vida de una jubilada es una vorágine). Repasando este agosto que se ha ido volando, ha sido un no parar. Esta última semana, por ejemplo, ha habido baños placenteros en el mar, un concierto de boleros precioso en la noche chicharrera, una cena con los amigos preparando un viajito próximo, un paseo por La Laguna viendo al mundo pasar, dos días con los hijos y los nietos en el sur, un libro leído y disfrutado, conversaciones interesantes con gente que me cae bien. He caminado todos los días una hora, he cocinado pan de nueces para casa y minisandwichs de tomate para llevar a una fiesta. He ordenado fotos, una zapatera y el armario de la ropa blanca. Me he reído con las gracias de mi nieta pequeña y he llorado con el terremoto que hubo en Italia... Simplemente, he vivido ¿Quién podría aburrirse? No tengo tiempo para ello.

Pero yendo más allá ¿y qué si no hay nada que hacer? Ana María Moix dice que el aburrimiento "puede constituir una puerta al mundo interior, al diálogo con uno mismo, a la imaginación, al descubrimiento de mundos sólo abarcables a través de la lectura, a cuantas experiencias únicamente podemos acceder en la más absoluta soledad". Así que ¿por qué tener miedo a aburrirse? Después de un agosto pletórico, me pido un septiembre vacío de acontecimientos, con su punto de aburrimiento y todo: el "dolce far niente", el dulce hacer nada, que dicen los italianos. Y tal vez haya entonces una tarde dorada, como aquella lejana en la que Alicia se aburría tejiendo una cadena de margaritas, en la que descubramos un conejo blanco que nos lleve a un País de las Maravillas.


lunes, 22 de agosto de 2016

Si pudiera escribir...




La semana pasada escribí mi post número 400, desde que empecé este blog hace ya 8 años, cuando me jubilé. 400 escritos hablando de lugares amables, de propuestas un poco locas, de alguna filosofada, de mi pueblo y alrededores, del yo y las circunstancias, de este país, de lo que las ciencias adelantan y de alguna historia de las de antes. 400 artículos en los que lo importante ha sido el diálogo y el buen humor generado al hilo de los comentarios de ustedes. 400 oportunidades de encontrarme con amigos que, aunque en muchos casos son virtuales, no por eso dejan de ser reales.

Tal vez sea hoy el momento de reflexionar y contestar a todos los que alguna vez me han dicho que por qué no escribo un libro con todo ese material (realmente quieren decir "con todo ese rollo que tienes"). Y la verdad es que tengo un montón de razones para no hacerlo. Una, es que ya hay demasiados libros; otra, que esto es un blog y no tiene nada que ver con una novela; una tercera, es que ya planté un árbol y tuve hijos y, aunque no he escrito un libro entero, sí he participado con artículos de mi especialidad en el "Diccionario Histórico de la Antropología española". de lo que me siento muy orgullosa. Digamos que ya cumplí con mi cuota para pasar a la inmortalidad (aunque, pensándolo bien, ¿quién quiere pasar a una inmortalidad de la que ni te vas a enterar?).

Pero principalmente no se me ocurre escribir un libro porque, sobre todo, yo soy lectora y siento un inmenso respeto por el trabajo de un escritor. Imre Kertész, el genial autor de "Sin destino", Premio Nobel de Literatura, decía que cada vez que leía a Kafka le daba vergüenza atreverse a escribir. Alessandro Baricco, el autor de la poética "Seda", confesaba en una entrevista que "algunas veces, si encuentro que algo es verdaderamente bueno, tengo la intención alocada de dejar de escribir porque otro escribe mejor que yo". Si ellos, que son los grandes, sienten eso, ¿cómo no sentirlo yo? El que más me ha gustado cuando habla de esto es el escritor portugués Lobo Antunes, que una vez dijo: "¡Ah, si pudiera escribir como Messi juega al fútbol...!".

Parafraseándolo, a mí también me dan ganas de decir:
Si pudiera escribir como Gustavo Dudamel dirige su orquesta...
Si pudiera escribir como Velázquez pintó el aire entre las lanzas y Leonardo, una sonrisa imposible...
Si pudiera escribir como Arzac cocina un bacalao al pil pil...
Si pudiera escribir como Paco de Lucía entretejía la música en las cuerdas de una guitarra...

O, ya que estamos en Olimpiadas, podía seguir diciendo: si pudiera escribir como Simone Biles hace gimnasia, como Nadal juega al tenis, como Michael Phelps o Mireia Belmonte dominan el agua, como Justin Rose mete una pelota en el hoyo de un solo golpe, como Pau Gasol lanza una canasta, como Usain Bolt desafía al viento...

Porque de eso se trata, de la excelencia. Para ser escritor (y, si lo eres, debes ser un buen escritor) no basta juntar palabras y no tener faltas de ortografía. Tienes que tener talento, originalidad, imaginación, creatividad. Tienes que sorprender. Una vez a Camilo José Cela alguien tuvo la ocurrencia de pedirle que le diera un buen argumento para hacer una novela. Cela le contestó: "Un hombre y una mujer se aman. Con talento, le puede salir a usted "La Cartuja de Parma".

Pues eso. No tengo la intención de reescribir "La Cartuja de Parma", no soy escritora ni haré nunca una novela. Pero sí seguiremos conversando, ustedes y yo, de lo divino y, sobre todo, de lo humano desde este modesto blog durante -espero- otros 400 escritos más. No se van a librar.

¡Salud!

lunes, 15 de agosto de 2016

El bosque antiguo




De pequeña no me gustaban los bosques. En ellos se perdían los niños si no ponías miguitas de pan por el camino, había casitas de caramelo en las que habitaban brujas que te comían en cuanto engordaras, y lobos que te engañaban para llegar antes a casa de la abuelita y poder hacer doblete: cazuela de abuela y nieta al precio de una. Quita, quita. Muchas pesadillas tuve en las que mis padres se olvidaban de mí en las excursiones a Las Mercedes y, luego me veía por la noche perseguida por susurros, aullidos espeluznantes y sombras amenazadoras ¡Uf, qué bueno era el despertar, rodeada de paredes y no de árboles!

Y, sin embargo ahora, ¡cómo me gustan los bosques! Los bosques umbrosos de los que hablaba Garcilaso en sus Églogas, los bosques de los Ents en los libros de Tolkien -"Los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas..."- , los bosques vivos y poderosos de "Un cuento oscuro" (Naomi Novik), un libro que leí el mes pasado...

Y, más allá de los bosques literarios, me gustan los bosques reales, aquellos en los que he caminado como si tuviese sobre mi cabeza un dosel verde y acogedor de ramas entrelazadas: en Asturias, en donde habitan las rusalkas, los espíritus de las damas del bosque; en el Perigord, en donde descubrimos la vida que bulle en la aparente inmovilidad; en Inglaterra, lugar de improbables Robin Hood detrás de cada árbol; y, sobre todo, en mi tierra, donde los bosques tienen sabor antiguo.

He estado esta semana pasada en La Gomera, una isla que conozco hace más de 30 años. Durante un tiempo, la visité dos veces al año, en junio y en septiembre, para ir a examinar de la selectividad a los alumnos de allí. Y entre examen y examen, siempre tuve tiempo para dos cosas: darme un baño en aguas transparentes y caminar entre brezos, loros y pinos por el corazón umbrío de la isla. Este verano he repetido el viejo ritual -aguas frescas y sombras del bosque-, como quien hace una promesa al volver a un lugar querido. Y ha sido una maravilla respirar el aire limpio de la cumbre y perderse por senderos, y ver, desde los miradores, las tres islas, nítidas en el horizonte: El Hierro, pequeña y misteriosa; La Palma, verde y ya sin fuego, con La Caldera de Taburiente en el centro; y la imponente figura del Teide en Tenerife ("Si Tenerife quiere Teide, / que lo haga de madera / porque el Teide de verdad / lo disfruta La Gomera", dice una copla).

Caminando por El Cedro y por los altos de Garajonay, por ese bosque de hace millones de años en el que los árboles parecen ancianos que nos miran con ojos insondables, sentimos que alguna vez debimos haber vivido en un lugar así. Y muchas veces, empujados por la nostalgia de aquellos tiempos en los que hablábamos con los árboles, los hombres trasplantamos algún ejemplar a la ciudad, para que nos ayude a recordar. Hay un baobab, traído de no sé dónde, en la calle del Pilar en Santa Cruz, que más parece un turista sorprendido que se pregunta: "¿Qué hago yo aquí?".

Y es que el aquí natural de los árboles es el bosque. Como el de La Gomera de estos días, el bosque antiguo que, antes de la historia, ya estaba aquí, y aquí seguirá cuando todos nos hayamos ido. Despojados del miedo infantil pero no de la magia de los cuentos, ¡cómo me gustan los bosques!



domingo, 7 de agosto de 2016

Fuego enemigo: el corazón herido


(Foto de Luis Martín en El Apurón)

El fuego, que da calidez y energía, también a veces se torna fiero y destruye casas, cultivos, montes y vidas. Esta semana pasada, la más calurosa de todo el verano, como un ángel exterminador, ha aparecido en La Palma, la isla de mis ancestros, arrasando pinos desde la Cumbre Vieja a los Montes de Luna, haciendo casi desaparecer la Ruta de los Volcanes, cobrándose una vida y desalojando de sus casas a unas 2300 personas, muchas de las cuales se resistían a alejarse mientras miraban con desesperación todo lo que dejaban atrás.

A La Palma la llaman "la isla bonita" con razón. Hay un soneto de mi abuelo el poeta, escrito en los años 20, que la define y muestra la fascinación que siempre ha despertado en los que la conocen. Dice así:

Enamorado Dios del mar Atlante,
quiso adornarlo de belleza suma,
poniendo entre la nieve de su espuma
la sabia muestra de su amor radiante.
Pintó primero con pasión de amante
la blanca aurora que en azul se esfuma;
más tarde dispersó la densa bruma
y echó sobre las ondas un diamante.
Quedó la piedra con fulgor divino,
brillando bajo un cielo purpurino, 
trasunto de suprema inspiración.
Y Dios, para aumentar más su belleza,
le dio, con el poder de su grandeza,
la forma de un inmenso corazón.
(Gabriel Duque Díaz)


Por eso, por su forma, es también "la isla corazón". Pero para todos nosotros, los palmeros, los descendientes de palmeros y para muchos canarios, es una isla amada. Y por eso esta semana todos hemos tenido en ella los ojos y han estado atentos los oídos a las noticias que nos van llegando: "Sigue el incendio sin control..."; "Las condiciones, cada vez más desfavorables..."; "Se ha transformado en una serpiente de fuego de tres cabezas amenazantes..."; "El fuego ha llegado a la Montaña Mambroque y a las faldas del Pico Cabrito y la Fuente de los Roques..."; "Un auténtico desastre".

La gente que tengo en La Palma me cuenta lo que está pasando. Los chicos y menos chicos se han ido al monte a ayudar, llevan cubas de agua, se ofrecen para arrimar el hombro a lo que sea. Los viejos recuerdan otros incendios parecidos y dicen que al fuego se le combate "con guataca y una caja de fósforos", aludiendo a los cortafuegos. Los nietos de mi amiga Nievitas, cuando por la noche ven pasar sobre sus cabezas a los helicópteros, los saludan y les gritan, deseándoles que descansen para mañana seguir. Para que los pilotos lo vean, mucha gente ha puesto sábanas con mensajes en tejados y azoteas dándoles las gracias de todo corazón.

El viernes fue el día de la Virgen de las Nieves, la patrona de la isla, ya venerada por los benahoaritas, los antiguos habitantes, y llevada cada 5 años a la ciudad congregando a los palmeros del mundo. Las autoridades han prohibido romerías y visitas al Santuario, ante el desconsuelo de muchos. "Es la primera vez que no voy a verla", me dice mi amiga. La Virgen es muy milagrera, recuerdan todos, hablando de plagas, erupciones volcánicas, ataques piratas, guerras, sequías y otras desgracias del pasado en las que ella intervino. Tal vez, como entonces, dicen, se repita el prodigio, ella ponga su mano y aparezca, por intervención divina, una masa nubosa, cargada de lluvia que aleje el peligro... El ser humano nunca pierde la esperanza.

Y en las redes hay miles de apoyos a los palmeros, se crean logotipos, se cantan coplas ("Quisiera mandar la lluvia / a la isla de La Palma / para que apague ese fuego / que me está quemando el alma"), se suben fotos estremecedoras y comentarios empáticos y también indignados (con las autoridades, con el fuego, con la falta de prevención, con el tiempo atmosférico, con la vida...). Pero, sobre todo, hay una nube de solidaridad y cariño, que es muy consoladora y devuelve la fe en el hombre. Hay hasta espacio para el humor socarrón, tan típico de los palmeros, en esta décima que circula por todos lados, sin autor conocido (que yo sepa), como son muchas de las que surgen del pueblo:

En la isla de La Palma,
vergel sin igual belleza,
por un bruto sin cabeza
hoy ya no reina la calma.
Es algo que llega al alma.
Nos sentimos en un zulo.
Lo quemado ni calculo.
Las llamas vienen y van
porque un jodido alemán
no supo limpiarse el culo.

A veces uno se ríe por no llorar.


Imágen de la NASA: el corazón, tocado.

Carteles de gratitud en tejados (El Apurón)


lunes, 1 de agosto de 2016

Desde Rusia con amor




Les juro que mi principal contacto con los rusos ha sido hasta ahora mediante la literatura. Muy joven, me leí el tocho de "Guerra y paz" de Tolstoi y me gustó tanto que, si ahora no vuelvo a leer la historia del príncipe Andréi, la condesa Natasha y Pierre Bezúkov, es porque, más que una lectura de verano, se me convertiría en una de 4 estaciones, como las pizzas. Me he refocilado con Dostoievski y he disfrutado con los cuentos de Gorki, con el "Doctor Zhivago" de Boris Pasternak y con los poemas de Turgueniev. Y, por supuesto, Rusia estaba siempre presente en otros libros en los que había espías que surgían del frío y revoluciones que acababan con zares y trastornaban el orden social.

También, oye, aunque me parece una salvajada la ruleta rusa y voraginosa la montaña rusa, me encantan la ensaladilla rusa y las muñecas rusas, las matrioskas, uno de los juguetes preferidos de mis hijos, que se pasaban el tiempo de pequeños jugando a ese remedo de infinito que es encontrar muñecas contenidas en otras. Y, por gustarme, canté mil veces en los 60 aquello, tan melancólico y bonito, de "La noche de Moscú, con su fría luz...".

Mas, como ven, contacto con la Rusia real, poco. No he visto los grandes palacios de San Petersburgo, ni la Plaza Roja, ni el Volga por donde unos bateleros cantaban con vehemencia. Y contacto con los rusos de a pie, menos. Nunca me hubiera casado con Putin (sobre todo para que no me llamaran Putina), y los pocos rusos que he visto en el sur de la isla -hermosos y rubios como la cerveza- muchas veces arrastraban una cogorza de campeonato, cosa que no propiciaba un ambiente apropiado para charlas amistosas.

Pero es verdad que en este mundo global uno no puede pasar de Rusia. El alfabeto cirílico aparece en Canarias en muchos anuncios de venta de casas; y a cada rato, el antiguo imperio soviético es nombrado en los periódicos, siempre en plan de amigo-enemigo de esos que mejor no quitarles el ojo de encima (por ejemplo, el martes pasado "El País" traía en primera página: "EEUU investiga un posible pirateo de Rusia a Clinton"), aunque luego digan todos con la boca chica que eso de la guerra fría es cosa del pasado.

Y eso pensaba yo, no crean. Pero la semana pasada me encuentro con que mi blog, al que visitan unas 1000 y pico personas a la semana -y yo tan contenta por ello-, de repente empezó a ser visitado por 1000 y pico ¡al día! ¿De dónde podía venir tal entusiasmo por el blog de una jubilada que simplemente quiere hablar y compartir con ustedes vivencias y sucedidos? Cuando me metí a ver las fuentes de tráfico, me veo que ¡toda la Unión Soviética, desde el Báltico hasta Siberia, tenía acceso al Blog de una jubilada! ¡Los rusos se estaban leyendo (entendiendo, no sé) lo que conté sobre la lucha canaria, sobre los bolsillos, sobre lo que quieres ser de mayor, sobre los finales, sobre la reválida...!

Como podrán suponer, me dio un subidón: me sentí espiada como Hillary Clinton, misteriosa como Mata Hari, deseada como las joyas de la Corona. Y por eso, ahora que, previo cambio de claves y de otras majaderías, las aguas de mi blog han vuelto a su cauce y los rusos ya no me visitan, qué quieren que les diga, los estoy echando de menos. Después de esto, no se extrañen de que algún atardecer, en esos momentos en que una se pone nostálgica, me vean tocando la balalaika mientras añoro esa mirada eslava que, durante un par de días, me lanzaron desde Rusia con amor.


lunes, 25 de julio de 2016

El grande perdió, el chico ganó...




No se lo van a creer pero hace unos días fui por primera vez en mi vida a ver una luchada de lucha canaria. Bueno, sí que la había visto alguna vez en la tele; sí que conozco y he cantado la canción sabandeña; si que sé que es una práctica ancestral y que los castellanos que llegaron a las islas ya la observaron entre los guanches (e incluso entre las mujeres aborígenes)... Pero esta es la primera vez que entro en un terrero y palpo en vivo los nervios de los luchadores, la alegría ante el éxito y la desolación ante el fracaso. Y, por supuesto, la pasión contagiosa de los espectadores.

Canario, lucha, como lucharon los guanches.
Lucha, canario, desde el mar hasta la cumbre.
Canario, lucha, dentro y fuera del terrero.
Lucha, canario, para que nadie te tumbe.

Porque de eso trata la lucha, de tumbar al rival en la arena, no con los puños ni para someter o humillar, sino con las "mañas", las técnicas de agilidad y destreza por las que puede pasar que el chico gane y el grande pierda...

... como  ganaron Méndez, Angelito, Palmero y Camurria
frente a rivales de peso mayor.

Y mira que a mí no me gustan los deportes en que se pelea. Odio el boxeo y me horripila el sumo, con esas moles humanas mirándose como hipopótamos a punto de aniquilarse mutuamente. Sin embargo, la lucha canaria es otra cosa y el otro día, en el terrero de Fasnia, disfruté.

Disfruté por ese persignarse con la arena del terrero antes de salir a luchar; con el saludo ceremonioso del comienzo y, sobre todo, con el abrazo final entre los dos rivales.

Disfruté con ese aire antiguo de justa del pasado, hecho de respeto, rituales y juego limpio.

Disfruté con la entrega de los chicos -entre 15 y 18 años-, las ganas que le ponían y la seriedad con la que competían, como si les fuera la vida en ello.

Disfruté con los movimientos gráciles, con la soltura y con la forma de aprovechar la fuerza del otro.

Disfruté con los nombres de las mañas -pardelera, cango, garabato, la chascona, levantada, traspiés...- que Nicolás, el amigo entusiasta que nos llevó a ver el espectáculo, nos iba explicando según las usaban.

A lo largo de los siglos, los hombres -a veces con ánimo de matar, herir o golpear al que no es de los tuyos ni piensa como tú- han peleado para dirimir sus conflictos. Pero se me antoja que esta manera que tenían los guanches para hacerlo era más caballerosa e inteligente. Y ahora que en nuestro país nuestros representantes políticos están intentando llegar a acuerdos desde los desacuerdos ¿qué tal hacerlo con el ejemplo de la lucha canaria? 

Nada más lejos de mi intención que poner a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera vestidos de calzón corto, enfajinados a ver quién hace caer en la arena al otro (aunque sería divertido verlo). Pero no estaría de más que aprendiesen los del hemiciclo algunas lecciones de los del terrero. Aquí no hay abucheos, ni griterío increpante, ni murmullos de protesta, ni interrupciones, ni insultos, ni sarcasmos. Y seguir en las conversaciones las máximas de la lucha canaria -aguantar sin que te tumben, ceder para ganar, seguir unas reglas de respeto mutuo y terminar al final con un gran abrazo- no me digan que no es mejor filosofía de la vida que hacernos repetir las elecciones una y otra vez ¡Señorías, arremánguense y a ello!


La tristeza del derrotado


lunes, 11 de julio de 2016

¿Qué tengo en los bolsillos?




Esta pregunta, así tan simple ella, es, sin embargo, el eje central en los libros de Tolkien. Es la pregunta-adivinanza que le hace el hobbit Bilbo  a Gollum -"¿Qué tengo en el bolsillo?"-, y que éste (que en sus bolsillos llevaba "espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de murciélago,, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes") no supo contestar: Bilbo llevaba en el bolsillo el anillo de poder que había encontrado poco antes en el suelo y alrededor del cual gira toda la acción de "El Señor de los Anillos".

Los bolsillos (diminutivo de "bolso") fueron precisamente inventados para guardar esos tesoros: anillos de poder ("Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras") ; carteras y pañuelos, que de los bolsillos de los señores pasaban a los de Fagin, el judío que enseñaba a robar a los niños de Londres en "Las aventuras de Oliver Twist" de Dickens; cartas de amor (Pablo Neruda le escribe a Matilde Urrutia. "Amor mío, vida mía, es tarde aún, tu única carta en el bolsillo, no quiero romperla, la leo en los momentos más curiosos". O Pedro Salinas a su amante Katherine: "Antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida"); o las galletas, trozos de cuerda o huevos de pájaro que llenaban los bolsillos de Guillermo el Proscrito de Richmal Crompton...

¿Qué guardaba yo en los bolsillos cuando era pequeña? Me acuerdo de que en el colegio, en la "pocha" (como llamábamos al bolsillo del uniforme, afrancesándolo), guardábamos el bocadillo o las galletas de media mañana, dejándolo todo perdido de migas. Pero lo que más recuerdo guardar, en aquellos veranos largos y dorados de las vacaciones infantiles, era piedras planas y pulidas, de tacto cálido y suave, encontradas a la orilla del mar, y que usaba para hacer "cabrillas", esos rebotes que estremecían las aguas tranquilas.

Después, durante mucho tiempo ni acostumbraba llevar bolso ni llevaba casi nada en los bolsillos. Una vez, durante el Estado de Excepción en Madrid en el año 70, dos guardias grises nos detuvieron a mi novio y a mí, que volvíamos paseando hacia el Colegio, y nos pidieron el DNI (entonces esas cosas se hacían). Les dije con toda tranquilidad que nunca se me había ocurrido llevarlo y que lo único que tenía era un pañuelo porque tenía un catarrazo de aúpa. Les debí hacer gracia porque nos dejaron ir (después de echarnos un rapapolvo por ir indocumentados).

Luego, la cosa se fue complicando, como se va complicando la vida. Los bolsillos se convirtieron en bolsones enormes con pañales, biberones, juguetes... cuando mis hijos eran pequeños, o bolsos llenos de bolígrafos, libros y libretas, cuando trabajaba. Y ahora, por ejemplo, esta semana, en la que tuve una comida con mis ex-compañeras, me fijé que, aunque no tengo bolsillos, sí iba cargada con un bolso como el de un cartero de los de antes. En él llevaba monedero, gafas de sol, una libretita y un bolígrafo por si tengo que apuntar algo, un paraguas, una pashmina y una rebeca (que La Laguna es muy traicionera), peine y brillo de labios, un libro que quería prestar, pañuelos... ¡Señor! ¡Así me dolía la cintura!

De repente deseé librarme de lastres, simplificar la vida y encontrarme ahora, como en los primeros tramos de la vida, ligera de equipaje como los hijos de la mar. Y  recobrar aquellos tiempos felices y desembarazados en los que, por toda carga, una llevaba una piedra pequeña y lisa que, al rebotar en el agua, nos devolvía el sol.

(La ilustración es del genial Thomas Henry, en los libros de Guillermo Brown de Richmal Crompton)