lunes, 11 de junio de 2018

Carta abierta a mi primo Pedro




Querido primo Pedro:

¡Qué alegrón más grande me dio tu nombramiento! Nunca habíamos tenido en la familia a alguien de nuestro apellido como ministro (lejanos quedan ya los tiempos del Conde Duque de Olivares). Y mira que debí haberme imaginado algo por los signos premonitorios: soñaba con el espacio, yo misma he estado últimamente más en las nubes que de costumbre y me leí hace poco "El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo" de David M. Barnett, que precisamente hablaba de alguien como tú, de un hombre que se monta en un cohete y ve la Tierra como tú la viste. Redonda, azul y sin separaciones entre países ¡A muchos mandaría yo a las estrellas para que se percataran de algo tan evidente!

A pesar de lo orgullosa que me siento, no te creas que estoy presumiendo. Yo no soy como aquellos que en tiempos de Felipe se las echaban por apellidarse González. No. Yo no se lo he dicho a casi nadie, sino a mis amigos y conocidos, a mi peluquera, a los de la gasolinera, a la de la frutería (y a los clientes que estaban allí)..., ah, y a un señor y a una señora que pasaban por la calle y a los que tuve a bien anunciarles la buena nueva. Y, a propósito, estoy pensando desempolvar el viejo blasón del apellido Duque. Sí, hombre, ese que tiene tres bandas de oro con armiños de sable y un casco arriba (lo recorté una vez del "Diario de Avisos"). Le podríamos poner, si te parece, un cohete encima del casco para conmemorar tu gesta. Vete pensándolo que el cirio es corto y la procesión es larga.

Tampoco te preocupes porque te vaya a pedir un carguillo. Aunque basándome en nuestro parentesco, sí es verdad que les he prometido a mis amigas que nos invitarás a ver algún Planetario bonito, preferentemente el de París, que ya lo vi una vez y era una gozada tumbarte en el asiento y ver todas aquellas estrellas y constelaciones sobre tu cabeza al alcance de la mano. Ya ves que no soy abusona. Mándame las entradas y los billetes de viaje cuando quieras.

Y eso sí, un consejo te doy: que no se te suba el cargo a la cabeza, que ya sabes que hay muchos a los que les pasa. Oh, yo conozco a uno que es presidente de la Comunidad de Vecinos y ya se cree Napoleón, con eso te digo todo. No, tú recuerda que la palabra "ministro" viene de "minister", "sirviente", y que por tanto vas a estar al servicio nuestro, con humildad y entrega, a ver si haces algo (o si te dejan hacer algo) por esta Ciencia a la que últimamente en España se ha tenido arrinconada y castigada.

Sé que eres lo bastante inteligente para pasar de las críticas (los hay osados). Solo te basta recordar que terminaste la carrera de Ingeniero Aeronáutico con Matrícula de Honor, que te atreviste dos veces a viajar al espacio (con lo que nos cuesta a cualquiera subirnos a un avioncito de nada) después de salir airoso de miles de pruebas, que hablas varios idiomas incluido el ruso con lo difícil que es, que eres una persona siempre comprometida en la defensa de la Ciencia y de la Universidad... ¿Quién mejor que tú para lidiar con lo que te echen?

Así que, querido Pedro, a por ello. Y no olvides el mensaje de tu madre vía Forges: "Jomío, te recuerdes que los cargos los carga el diablo". Te deseo toda la suerte del mundo. 

Tu prima (supongo).

(La imagen es de Tomás Serrano en "La Voz")

lunes, 4 de junio de 2018

Inmortalidad para un sábado


("La Puerta del Cielo", imagen de Adam Ferriss)
Reconozco que pasearse entre momias no es lo que se llama un plan divertido para un sábado por la mañana. Y, sin embargo, me lo pasé estupendo anteayer cuando visité, con unos amigos, "Athanatos", una exposición en el Museo de la Naturaleza y el hombre de Santa Cruz.

Me gustó ese título, esa palabra griega tan bonita, "Athanatos", "Inmortalidad", que desde la misma entrada nos está diciendo que el ser humano no ha vivido tan de espaldas a la muerte como podría parecer sino que siempre ha buscado maneras de permanecer.

Me gustaron las explicaciones científicas sobre las causas que hacen que un cadáver se momifique, sin necesidad de ser por ello un santo varón o una santa monja incorrupta.

Me interesó saber que somos agua en un 70% de nuestro cuerpo y que el agua es la esencia de la vida. Nos la quitan y ya no somos. Me pareció oír a Tales de Mileto desde los celajes: "¡Yo ya lo dije hace 27 siglos y no me hicieron caso!".

Me llamó la atención la buena dentadura de las momias guanches comparándola con egipcias y americanas. Habla de un tipo de vida sana en cuevas frescas y aireadas, de buena alimentación (leche, carne, moluscos...), de niños dejando cáscaras de lapas en las laderas de las montañas...

Y me parecieron curiosos dos casos. Uno, los monjes budistas chinos. Cuando pensaban que ya les había llegado la hora, se automomificaban. Empezaban dejando de beber y comer y al final terminaban metiéndose ellos mismos en el ataúd con una pajita para respirar y una campanita para avisar que todavía estaba vivo ¡No me digan que no es un "hagáselo todo usted mismo" tal cual!

El otro fue la momia de una chica guanche de 15 años. Muy alta, huesos finos. Supimos que era una de las momias de Necochea, como se las llama. Vivieron en el siglo IX d.C. y fueron vendidas ilegalmente en 1890 por los herederos del Museo Casilda de Tacoronte, probablemente a un coleccionista. Aparecieron en el Museo de La Plata en Argentina y después estuvieron en el Museo de Ciencias Naturales de Necochea en la provincia de Buenos Aires. El Cabildo de aquí solicitó su repatriación y finalmente en 2003 las momias regresaron a la isla. Lo curioso es que después de tanto trote, esta venía sin cabeza. Pero como en el museo había muchos cráneos, buscaron, compararon el ADN y ¡la encontraron! Debió haber sido emocionante.

Y mientras paseaba entre momias y esqueletos -ya, ya sé que no es la alegría de la huerta-, pensaba en las vidas de los que ya no son (¿o quizás sí?), en los esfuerzos de quienes los cuidaron y respetaron para que perduraran, en si los seres humanos somos unos idealistas o simplemente ilusos. Recuerdo un texto de Rosa Montero con el que coincido totalmente: "Justamente ese estar abocados a la nada convierte la vida en algo precioso y único. Qué gran triunfo es una vida bien vivida. Y creo que esas vidas bellas quedan de algún modo resonando en la estela de la humanidad. Aunque no nos acordemos de quienes las vivieron, su efecto perdura.".

Algún poso tuvo que haber dejado la visita en los amigos que fuimos porque en la comida posterior, en lugar de hablar del Tema de la semana (el triunfo por primera vez de una "emoción" de censura, la caída de un gobierno, la corrupción, el cambio político...), se habló más bien de sueños premonitorios, de experiencias cercanas a la muerte, de las distintas creencias en el más allá, de las posibilidades de ser eterno. Tal vez, como decía Camus, saber si la vida tiene o no sentido  es el verdadero Tema. 

Esa mañana de sábado nos volvimos filósofos.

(Gracias a Carlos y a Iris por proponer una visita tan sugerente)

lunes, 28 de mayo de 2018

Antártida a la vista





Hay ciudades y pueblos a los que he viajado y que permanecerán para siempre en mi memoria: Monpazier en el Périgord, Bath en Inglaterra, Aix-en Provence, Dublín, Viena, Atenas, Estambul, Estocolmo, Guimaraes en Portugal, Praga, París -siempre París-...

Hay otros a los que espero ir algún día: Teruel y la Ribera Sacra en España, Normandía en Francia, la Toscana, Escocia y sus brumas, tal vez cruzar el charco...

Y hay muchos, muchos otros lugares a los que nunca iré pero que conozco como si hubiera estado allí en un sueño imposible. Uno de esos es la Antártida, el sexto continente, donde nunca me verán.

Y, sin embargo, si pienso en la Antártida, no se me aparece como Terra Incognita. En mi mente tiene montes de roca y de hielo, enormes llanuras blancas habitadas por focas y pingüinos, un mar bravo en el que hay ballenas y olas gigantescas, un cielo tempestuoso que cambia rápidamente y un silencio que tiene su propia voz. He leído y me han contado tanto de ella que es como si la hubiera conocido ¿En otra vida, quizás?

Sobre la piel de la Antártida se han escrito mil historias por parte de aquellos que la amaron y la desafiaron. Como la de Shackleton, que puso un anuncio que decía: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". O como las de Amundsen y Scott, en su duelo por ser el primero en llegar al Polo Sur (y total, ¿para qué?). De todas ellas, a mí la que más me gusta (porque nos toca de cerca a los canarios) es la de su descubrimiento.

Oficialmente la Antártida la descubrieron los ingleses el 16 de octubre de 1819. William Smith se llevó los honores de ser el primero cuyos pies hollaron un continente helado y poco habitable pero nuevo a estrenar. Pero la verdadera historia es otra y a mí me la contó mi amigo Jose Darias, una de las personas que más conocen la Antártida, un científico gomero que cada cierto tiempo -desde que lo conozco, hace más de 30 años- arrancaba la caña y se iba a investigar a aquellos mares procelosos. Se pasaba dos o tres meses estudiando los organismos marinos, conviviendo con algas, corales, esponjas, moluscos y estrellas de mar en aquel paisaje sin color. Solo el gris de cielos y mares, el blanco del desierto helado y desolador y el negro de algunos picachos, producto del deshielo en verano.

Él fue quien me contó que hasta principios del siglo XIX la Antártida no se conocía. Los mares que la separaban del continente eran lo suficientemente terribles como para que nadie se apuntara a un crucero de placer por allí. Pero a 3 barcos españoles -el "San Telmo", el "Mariana" y el Prueba"- no les quedó más remedio que pasar cerca en septiembre de 1819, cuando iban rumbo a Perú en auxilio de los que intentaban contener las insurrecciones coloniales. El que los mandaba a bordo del "San Telmo" se llamaba Rosendo Porlier y era hijo de Antonio Porlier, Marqués de Bajamar y nacido en La Laguna (paisano mío, oigan). Los barcos estaban tan hechos polvo, tan mal pertrechados y en un estado tan lamentable, que Rosendo Porlier se despidió en Cádiz de un amigo diciéndole: "Adiós, Francisquito, probablemente hasta la eternidad...". 

Como era de esperar, el "San Telmo" desapareció de la vista del "Mariana" en el fatídico Cabo de Hornos y probablemente muchos de los 644 tripulantes se ahogaron, pero el resto fue a parar a tierras antárticas, a lo que luego se llamó las Shetlands del Sur. Allí vivieron un tiempo alimentándose de focas. Pero ya saben, estaban en una tierra límite y fueron muriendo de frío y otras carencias.

Mes y medio después aparecen por allí William Smith y sus muchachos y se encuentran el panorama. Saben que los restos son del "San Telmo" y saben que son españoles ¿Qué hacer entonces, con el trabajazo que les ha costado llegar hasta allí y proclamarse los primeros? Callarse la boca, le dicen los de arriba, y llevarse la gloria y la posesión de la tierra para los ingleses. Pero hay cartas sobre ese mandato de silencio y hay otros testigos que cuentan la verdad ¡Buenos somos los humanos para guardar un secreto!

Así que ya saben: el verdadero descubridor de la Antártida fue hijo de un lagunero, nada menos. Fue por chiripa y no sé para qué sirven en realidad esas carreras para llegar el primero y poner la banderita. Pero algo de fascinación tiene que producirnos para que una lagunera como yo se sienta orgullosa de que uno de los nuestros haya sido el que por primera vez pisó el sexto continente. Aunque le haya costado la vida y aunque sea un lugar donde nunca me verán.





(La imagen inicial es del navío "San Telmo", en un grabado de Agustín Berlinguero. La de la Antártida está tomada de un "Muy Interesante"))

lunes, 21 de mayo de 2018

Autocuernos




Hace poco en uno de esos buenos ratos en que nos reunimos unos cuantos amigos con guitarras, timples y toda la pesca y nos ponemos a cantar como si nos fuera la vida en ello, apareció en el repertorio una canción de Cecilia, "El ramito de violetas", que hacía tiempo que no cantábamos. Supongo que la recuerdan. Cuenta la historia de una chica "que era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio" (¿¿eeeh??) y que cada 9 de noviembre "como siempre, sin tarjeta, le mandaban un ramito de violetas", por lo que ella se ponía tan contenta. En la segunda parte de la canción me entero (no me acordaba) de que era el marido el que le mandaba las violetas: "Él es su amante, su amor secreto, y ella que no sabe nada, mira a su marido y luego calla". Cielos, un autocuernos, que me deja preguntándome perpleja: Pero ¿por qué? ¿Por qué, en lugar de darle el ramo de violetas tranquilamente y sumar puntos, se lo envía a escondidas? ¿Por qué quiere que lo sigan mirando como a un demonio? ¿Qué puede ganar con eso?

Y el caso es que el hecho me sonaba conocido y le estuve dando vueltas hasta que hice un descubrimiento sensacional que les brindo por si quieren hacer una tesis sobre el tema: ¡Cecilia había leído a P.G. Wodehouse y le copió la historia! Vean, si no, las pruebas.

P.G. Wodehouse, uno de los mejores humoristas británicos (1881-1975), tiene una novela, "Dieciocho hoyos", que reúne historias muy divertidas sobre el mundo del golf narradas por el Socio Veterano de un club de golf. Una de ellas nos cuenta la historia de William Bates y Jane Packard, una pareja que el Socio Veterano considera perfecta porque tienen el mismo handicap de golf. Pero la verdad es que son muy distintos. Jane es romántica y sensible y de él, en cambio, se dice que "no era  uno de esos impetuosos enamorados actuales. En los asuntos del corazón, se movía con cierta lentitud y cautela, como si fuera un camión, artefacto al que se parecía mucho, tanto física como espiritualmente.". Cuando al fin se casan un siete de septiembre, el Socio Veterano le aconseja al chico que no se olvide de los detalles, como es el felicitarla en el aniversario de bodas y cosas así, que el romanticismo de muchas esposas hace que le den importancia a cosas que a él pueden parecerle triviales. William Bates le responde que no se preocupe, que ha ideado un sistema para no olvidarse: "Ya he encargado a un floricultor que cada año envíe a Jane un ramo de violetas. He pagado cinco años por adelantado. Por consiguiente, ya ve usted si puedo estar seguro del porvenir. Aunque yo me olvide del día, las violetas vendrán a recordármelo.". Lo que ocurre es que, como le importan un pepino esas cosas, se olvida del aniversario y de las violetas. Y ella, cuando las recibe, disgustada porque el marido no ha dicho ni mu, piensa que son de un exnovio que tuvo, las pone en agua y las contempla con ojos humedecidos. Y "mira a su marido y luego calla".

¡Ahí lo tienen, el paralelismo entre Cecilia y P.G Wodehouse! El marido torpón y la esposa romántica, las violetas (no un ramo de anturios o de geranios, no: un ramito de violetas), el día determinado del año para recibirlas, el que ella oculte la alegría, su silencio culpable, la creencia en un amor secreto que en realidad es el propio marido... Igualito, igualito ¡Un autocuernos! Solo que en el caso de P.G. Wodehouse es involuntario y en el de Cecilia, no.

Por si algo así trasciende a la vida real, habría que decir que un autocuernos es una majadería. Que el amor es muchas veces difícil de encontrar y, cuando esto sucede -"cuando este milagro realiza el prodigio de amarse" y "hay campanas de fiesta que cantan en el corazón"-, no es cuestión de hacerse el boicot a uno mismo no siendo sinceros. Ganas me dan de decirles -ya que estamos con canciones- el estribillo de aquella otra antigua de Luis Mariano y Gloria Lasso que decía: "Con el amor no se juega, ¡ay, canastos!, que es mejor".

lunes, 14 de mayo de 2018

Nada nuevo bajo el sol




No es por nada pero a mí me salen estupendas las albóndigas. Pero, aunque puedo presumir de ello (que lo hago), la cosa no es para tirar voladores. Sí, están muy buenas ¿Y qué? Solo cogí la receta de mi madre con una pequeña variante que me gustaba más (cambiarle la fritura de tomate por una de cebolla sola) y poco más. Y eso mismo hace todo aquel al que, como a mí, le gusta cocinar: una friturita por aquí, un chorrito de vino por allá, un manojo de hierbas que tengas en la despensa o en la huerta, y ¡tachaaaaán!, como si fuéramos Juan Tamarit, ahí tienes un conejo en salmorejo para mojar pan y chuparte los dedos después.

Con esto quiero decir que lo de la cocina -con toda la parafernalia de estrellas Michelín, los Master Chef y las redes sociales- se ha sobrevalorado mucho. Y hay quienes no dan sus recetas ni que les saquen la piel a tiras, alegando que son secretos de familia más importantes que las joyas de la corona; y hay quien, por el contrario, las pregona a los cuatro vientos, también como si fueran las joyas de la corona, que a veces parece -por el bombo que le da- que ha descubierto el secreto de la fusión fría. Y tampoco es eso.

Toda esta disquisición gastronómica viene a cuento porque la semana pasada el Gobierno sueco confesó, contrito y cariacontecido,  que sus famosas albóndigas, el plato nacional que sirven en todos los Ikeas del mundo, las mismas que yo comí enfrente del Mercado de pescado de Gotemburgo, en el Cafe du Nord (porque me aseguraron que eran las mejores de toda Suecia), esas mismas, no eran suecas suecas sino producto de una receta copiada a los turcos por el rey Carlos XII en un viaje que hizo a Turquía allá por el principio del siglo XVIII. Ooooooh, y ahí ven a los suecos consternados por tal noticia. "¿Habrá muchas más cosas que son de origen turco?", se pregunta uno, desolado. "Toda mi vida ha sido una mentira", tuitea un tal Johansson con desespero. "Ja, ja, ja ¡Hemos estado comiendo turco todos estos años sin darnos cuenta!", dice otro tomándoselo con humor. Y hay críticas a Ikea "que nos ha engañado" y golpes de pecho y casi una crisis nacional. 

Yo vuelvo a decir: "¿Y qué?" Mis recetas tampoco son mías. Cuando voy a una fiesta y me dicen que "por favor, trae tus maravillosos sandwichs de tomate" o "tu helado de Amaretto", yo sé, porque mis recetas llevan el nombre de quien me las dio, que los primeros figuran en mi cuaderno como "Sandwichs de tomate Pino" y el segundo como "Helado de Amaretto Nani". Y mis amigas Pino y Nani seguro que tampoco se las inventaron sino que otras personas, generosas y desprendidas como ellas, se las dieron también.

Y así es como funciona la cosa desde el principio, desde que ellos se iban a la caza del mamut y ellas, con lo que tenían a mano, guisaban, mezclaban, copiaban. innovaban, transmitían. Todo lo que comemos -lo crudo y lo cocido- ha viajado de un pueblo a otro por todo el mundo. El arroz de la paella, ese plato tan español, vino desde la India gracias a las incursiones de Alejandro Magno; los árabes lo cultivaron y trajeron el azafrán, y los romanos, la paellera. La calabaza, el tomate y las fresas vinieron de América. Y las dichosas albóndigas creo que las inventaron los chinos.

Al final, la verdadera inventora es la madre naturaleza. Y el mejor condimento ¿saben cuál es? El hambre 
¡Que les aproveche!


(La imagen inicial está tomada del Blog de cocina de Sergio Ribote García publicado el 12 de marzo pasado. Corresponde a "Albóndigas de rabo de toro" (yo como los suecos))

lunes, 7 de mayo de 2018

Gorgorito o el eterno retorno





Jamás pensé darle la razón a Nietzsche en su idea del eterno retorno. Ya saben, cuando decía aquello tan impresionante de que nos imagináramos que estamos solos y de repente se nos aparece un demonio que nos suelta, así sin anestesia ni nada: "Esta vida, tal y como ahora la vives y como la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento, y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión; y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas, y así también este instante y yo mismo ¡El eterno reloj de arena de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito de polvo!". Y mira que escribía bien, oye, pero ni por esas, Siempre me daban ganas de decirle: "¡Anda ya!". Y a mis alumnos, igual. Cuando al final del tema le hacíamos un juicio con abogados y fiscales, ni siquiera los primeros hacían una defensa encendida de que todo se repita tal cual. El amor a la vida, sí; la crítica a los valores occidentales, también; hasta el superhombre les parecía una idea que tenía su gracia. Pero sobre la del eterno retorno procuraban pasar de puntillas, como si Nietzsche hubiera dicho tal cosa un día con resaca.

Y sin embargo, esta semana casi me convierto en acérrima seguidora de esa idea peregrina. Y es que bajé a Santa Cruz, que está en plenas fiestas de mayo, y fui con mis nietitos al Parque, que estaba lleno de flores y casetas y gente y primavera. Y ahí en medio y al lado del reloj de flores, estaban los guiñoles eternos, exactamente iguales a cuando yo los iba a ver de pequeña de la mano de mi padre, exactamente igual a cuando llevaba a mis hijos, exactamente igual a cuando hace 10 años llevaba a mis nietos mayores. Allí estaban Gorgorito, Rosalinda, la bruja, el lobo, la estaca, los gritos de los niños avisando del peligro (¿eran mis gritos o los de mi nieta Julia los que se oían?), y el té, chocolate y café del final. Justo igualito, igualito a cómo lo describe Nietzsche. El eterno retorno de lo mismo con todos los detalles, el mismo instante volviendo una y otra vez en un bucle infinito.


Pensé que eran cosas mías, pero mi amigo Juan Antonio también publicó en Facebook que tuvo la misma sensación cuando fue con su nieto a verlos: "... Cerré los ojos y me retrotraje más de sesenta años atrás, cuando salía corriendo del colegio para ver exactamente el mismo espectáculo que hoy estaba viendo mi nieto. Las mismas historias, los mismos personajes, las mismas voces, los mismos estacazos, los mismos niños llamando cándidamente a coro a Gorgorito porque venía la bruja... y la misma canción de Té, chocolate y café". ¿Lo ven? Todos los abuelos jubilados presentes estaban viviendo el eterno retorno.

¡Mira que si de repente Nietzsche tenía razón y nos toca repetir también los momentos malos de la vida, los castigos los sábados en el salón del colegio porque nos cogían hablando en la fila, los exámenes de selectividad, las oposiciones, los cólicos de riñón, los partos, o la vez aquella que, con 15 años, saqué medio cuerpo por la ventana de la guagua para gritarle "¡au revoir!"  a mi amiga francesa y resulta que no me vio ni me oyó...! Si aceptáramos que cada instante se repite igual, si siguiéramos esta idea de Nietzsche que él califica como su pensamiento más profundo, estaríamos aceptando la vida tal como nos viene (¿Cuánto deberías amarte a ti mismo y a tu vida para no desear ya otra cosa que esta última y eterna sanción, este sello?), amándola con todos sus placeres pero también con todas sus majaderías, con los fallos de nuestra sociedad y de nuestros cuerpos, con los enfados porque algo no nos sale como queremos. Amar la vida sabiendo que habrá estacazos pero también momentos felices y que, con suerte, puede terminar (y repetirse eternamente) con algo tan sencillo como una canción. Té, chocolate y café.









lunes, 30 de abril de 2018

Bodas pasadas por agua




No sé por qué la gente que se casa se empeña, además, en que ese día tiene que brillar el sol. Para ello hacen rogativas y novenas, le rezan a San Antonio -que creo que, aparte de encontrar objetos perdidos, también intercede en todo lo relativo a novios y casorios- , y hacen otros intentos curiosos de atraer el buen tiempo, como dibujar el día anterior una cruz con sal o tres soles a cual más grande en un patio, o clavar cuchillos en las macetas, o dormir la novia con unas tijeras debajo de la almohada... Por ahora, lo más efectivo y popular es llevar a las monjas clarisas una docena de huevos que se supone que ellas ofrecen a su vez a Santa Clara (que debe estar tupida a merengues).

Esta semana pasada he ido de boda. Se casaban Jacobo y Sara, a la que conozco casi desde que nació, y toooooda la semana llovió en La Laguna, descrita como ya saben por Rafael Arozarena como "Laguna -madera y losa, romanceras de la lluvia-, la de las torres envueltas en cortinajes de brumas". No sé si Sara usó algunas de las estratagemas que nombré antes, pero lo cierto es que, hiciera lo que hiciera, tuvo éxito porque ese día, viernes, se levantó el cielo despejado y yo que, visto el panorama del jueves anterior, pensaba ir con chanclas, manta esperancera y paraguas, pude lucir palmito con una chaqueta ligera y zapatos descubiertos.

Pero, si hubiera llovido ¿qué más daba? Yo le hubiera dicho a Sara lo de "boda lluviosa, novia dichosa" o "novia mojada, novia afortunada". O que hay un proverbio hindú que dice que el nudo que se moja es más difícil de desatar. O mejor todavía, le hubiera contado lo que les pasó a unos amigos míos que se casaron en Oviedo en Santa María del Naranco. Allí es peor que en La Laguna y ese día -era un 14 de abril- llovió a mares. Cuando salieron de la iglesia y los novios se hacían las típicas fotos, los invitados corrieron desalados hacia los coches y hacia la fiesta que era unos 30 km. más allá. Lo malo es que también se fue con más invitados el coche de los novios y allí se quedaron solos, bajo el aguacero, los novios y el fotógrafo. Para cuando alguien se dio cuenta de que en el banquete faltaban los protagonistas, había transcurrido un rato larguísimo en el que se calaron hasta los huesos, a pesar de que el novio abrigaba a su flamante esposa, vestida con traje vaporoso, con su chaqueta.

Para demostrar que el tiempo es lo de menos y que no influye para nada, mis amigos mojados en los campos de Asturias acaban de cumplir 45 años de casados y, para celebrarlo, nos reunimos con ellos a cenar y a brindar por esos amores cómplices que duran toda una vida. A mí me pidieron que les hiciera un poema y les escribí un romance en el que, entre otras cosas contaba su boda pasada por agua:

"Era un día tormentoso,
la lluvia estaba cayendo
y, sin embargo, para ellos
el sol brillaba contento
pues él la miraba a ella
con pasión, con embeleso
y ella lo miraba a él
como si fuera un portento.
Oh, tan enfrascados estaban
con arrumacos y besos
que todos de allí se fueron
al festín y al picoteo
y ellos mojados quedaron
bajo la lluvia y el viento
¿Qué importa a un enamorado
las inclemencias del tiempo?

En la boda de este viernes pasado, por el contrario, hubo sol y una brisita suave bajando de San Roque que desmentía la mala fama lagunera. Pero eso sí, el elemento acuático estuvo presente porque se celebró en la calle del Agua, en el Gran Hotel Laguna y, por lo menos en mi caso -que ya saben mi condición llorona- hubo lágrimas de emoción cuando oí a los novios darse un "sí, quiero" tan entusiasta y grande como la torre de la catedral. Y la bebida y los brindis por su felicidad futura fueron tan abundantes que alguien habló más bien de boda pasada por vino.

Pero a fin de cuentas, Sara y Jacobo, vuelvo a decir: ¿qué importa a un enamorado las inclemencias del tiempo? Sean felices.


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