lunes, 24 de julio de 2017

Mafalda y su tortuga




Llevo un tiempo acordándome mucho de Mafalda y de su tortuguita Burocracia y ahora les explico por qué.

En tiempos de nuestros abuelos, cuando querían construirse una bodega en la que guardar las barricas de vino o las papas de la cosecha, reunían a unos cuantos amigos mañosos y, entre todos, sin más allá ni más acá, la levantaban en unos días y a la semana ya estaban bajo su tejado estrenando la barriquita especial de las celebraciones.

Ahora, cuando los nietos heredan esa bodega que ya el tiempo y el abandono han dejado p'al arrastre (cosa que también nos pasa a nosotros, para qué nos vamos a engañar) y, en lugar de permitir que se siga deteriorando hasta desaparecer, tienen el deseo de devolverle viejos esplendores, las pegas, dislates y zancadillas que la burocracia nos impone recuerdan a lo que hace 2 siglos Larra escribía en su artículo "Vuelva usted mañana" sobre la manía española de no resolver los papeleos rápida y eficazmente.

Esto nos está pasando a mi marido y a mí con la bodega de su abuelo, un cuarto pegado al muro de una huerta con el tejado hecho polvo después de 30 largos años en los que sol, lluvia y desidia hicieron de las suyas. Nada, de todas formas -según mi hermano, que es arquitecto-, que un buen carpintero no pueda arreglar.

Así que, con la mejor de las disposiciones, nos presentamos en el Ayuntamiento para pedir una licencia de obras, pensando, tan ingenuos, que la cosa era algo así como pedirla y dárnosla casi sobre la marcha. No escarmentamos, no. De entrada, nos pidieron que hiciéramos un proyecto hecho por un arquitecto y sellado por el Colegio de Arquitectos de unas 100 y pico hojas con cálculo de estructuras, estudios básicos de seguridad y salud y gestión de residuos, planos hasta del pueblo, presupuestos... "Pero ¡si es un cuartucho, no el Tajmahal!" -le decíamos a la imperturbable aparejadora del Ayuntamiento- "¡Si solo vamos a poner bien el tejado y a hacerle un lavado de cara para que no se venga al suelo!". Pero con la Burocracia hemos topado, Sancho.

Y luego, venga a ir a cada rato, que ya me conozco el Ayuntamiento de ese pueblo como si fuera mi casa: que si falta un dato, que si hay que hacer dos copias, que si una tiene que ir en disquete... ¡Señor! Y al final, cuando ya hemos reunido una ristra de papeles y vamos ufanos a presentarlos, se me ocurre preguntar: "¿Estará ya esto resuelto la semana que viene?" y la técnica me responde que la cosa estará en 3 meses "¿¿¿3 MESES???" "Es que tengo que leerlo y hacer un informe", se justifica ella cuando me oyó el grito ¡3 meses! ¡Si yo me leía 200 exámenes en una semana y me daba hasta tiempo de poner anotaciones!

Hace 5 meses que empezamos todos estos trámites y diligencias. Supongo que alguna vez empezaremos a arreglar la bodega. Tal vez en un día muy, muy lejano bajo un tejado en condiciones descorcharemos una botella de vino y nos beberemos un vaso (si el médico para ese entonces nos deja beber vino), brindando por el abuelo que levantó la bodega en un mundo mucho más sencillo que este que vivimos. Pero entretanto y mientras pasa el tiempo ¿entienden por qué me acuerdo de Mafalda y de su tortuga Burocracia?


lunes, 17 de julio de 2017

¡Huy, qué miedo!




Anda mi nietita Julia, de 3 años, armando jaleo a la hora de acostarse porque dice que tiene miedo. Cuando le preguntamos que de qué, nos habla de la bruja Piruja que viene a pincharle los deditos. Y no hay manera de que acepte que la bruja Piruja no existe y que se duerma de una vez. Solloza y sigue, erre que erre, pidiéndonos en su mejor papel dramático que no la dejemos sola a merced de los monstruos.

Y ahí nos ven arropándola, tranquilizándola, razonando con ella, mimándola... porque en el fondo nos corroe la culpa. Y no es para menos si lo pensamos bien. Empezamos, cuando era pequeña, cantándole el arrorró con esa letra tan apropiada como quitamiedos de "duérmete, mi niña chica, duérmete que viene el coco, y que se lleva a los niños, los niños que duermen poco". Después seguimos con cuentos truculentos, pero que a ella le encantan y que nos pide una y otra vez que le contemos: el de la "Casita de caramelo", en la que yo la pongo de protagonista junto con su hermano, en lugar de a Hansel y Gretel. Y sí, hay una bruja pero, al final, ella la empuja dentro de la chimenea y luego se quedan los dos con toda la casita para montar fiestas de cumpleaños con los amigos, que mejor final, imposible; el de "Los siete cabritillos", con ese lobo tomando yemas de huevo para afinarse la voz y metiendo las patas en harina para parecerse a Mamá Cabra y poder comerse a los cabritillos; el de "Caperucita roja", donde también hay un lobo que se come a abuelitas y nietas, pero con un cazador antilobos al acecho; el de Pulgarcito, con ese ogro comeniños... Y, al final, además, terminamos llevándola al cine y dejándole ver películas en la tele: "Monstruos S.A.", llena de bichos horrorosos en forma de cangrejo de mil ojos o de serpientes viscosas; "Vaiana", que se la sabe de memoria, con Te Ka, un monstruo del tamaño de una isla, que vomita fuego (en la imagen); o "El libro de la selva", con el tigre Shere Khan rugiendo a todo rugir... Julia se conoce a todas las brujas: la de la Bella Durmiente, que le debe haber inspirado lo de los dedos pinchados; la de Blancanieves, más fea que Picio; la madrastra de Cenicienta, tan ruineja ella; la Cruella de Vil de "101 dálmatas"... Vamos, que si a mí me someten a todo ese visionado, me pondría al lado de Julia a llorar también y a implorar que alguien venga a quedarse con las dos porque ¡tenemos miedoooo!

Pero, después de meditar un poco, se me pasan los remordimientos. Cuando sea mayor, le explicaré, como han hecho todos los padres y abuelos del mundo, que lo hicimos por su bien. Que los miedos nos preparan para la vida y nos enseñan que no vayamos solos a un bosque infestado de lobos, que no hablemos con desconocidos, que no nos fiemos de las apariencias porque un lobo con voz dulce y patas enharinadas sigue siendo un lobo. En los cuentos aprendemos que las casitas de caramelo pueden no ser buenas para vivir en ellas; que sí, que las brujas existen, y que el bien es distinto del mal. Le diré que conocer el peligro la hará más fuerte y, en todo caso, la preparará para la huida. Los miedos son, aparte de un estimulante de la imaginación, un excelente mecanismo de defensa.

En el fondo, lo que estamos haciendo entre todos es convertirla en una mujer valiente, que seguro que estará de acuerdo con la frase de mi abuela: "Del hombre bueno líbreme Dios, que ya del malo me libro yo". Y que, si alguien, un presidente de una Generalitat, por ejemplo, dice algo así como "Damos miedo, y más que daremos", ella podrá decir, gracias a esa perfecta educación que le hemos dado: "¡Mieditos a mí! ¡Que te zurzan!".

lunes, 10 de julio de 2017

Y entonces llegó el bikini


Las chicas en bikini de la Villa romana del Casale (foto de Melchor Padilla))

Hace exactamente 71 años, un día de julio de 1946 en Estados Unidos se presentó en sociedad, ¡tachaaán!, el bikini. Louis Reard fue quien hizo enseñar el ombligo, ese desconocido, a las mujeres, señalando que iba a ser un invento tan explosivo como una bomba. De hecho, lo llamó así por el atolón Bikini en las Islas Marshall en donde en ese momento se estaban realizando pruebas para la bomba atómica ¡Y vaya sí lo fue! Me puedo imaginar perfectamente el escándalo y la conmoción que se armó la primera vez que se vio en una playa a una mujer en bragas y sujetador, como si tal cosa.

No hay que olvidar que las faldas se habían acortado en el segundo tercio de siglo y que un poco antes, en tiempos de la Reina Victoria, se forraban con telas floreadas las patas moldeadas de los pianos para esconderlas y que no les recordaran a los hombres, tan libidinosos ellos, las redondeces femeninas.

Por estos lares, las mujeres durante muchos años más siguieron escondiendo sus encantos bajo metros y metros de tela que, a la hora de nadar, no nos llevaban de milagro al fondo de los mares procelosos. 19 años después de aquel día de julio, en el verano de 1965 aquí todavía no se había visto un bikini. Ese año en Bajamar, una vez que me fui a bañar con mi pandilla a un charco que estaba alejado de las piscinas públicas, una de mis amigas, que tendría entonces 14 años, se atrevió a estrenar el primer bikini que vi en persona. Fue un acontecimiento sobradamente comentado (y criticado) que nos dio tema de conversación para todo el mes. Yo me puse mi primer bikini durante mi luna de miel en octubre del 71 y, desde entonces, es casi mi uniforme de verano.

Y, sin embargo, el bikini ya había sido inventado hacía siglos por los romanos, que siempre fueron tan modernos. El año pasado, cuando estuve en Sicilia, fuimos a ver en Piazza Armerina la Villa del Casale, un coto de caza romano del siglo IV, cuyos suelos estaban cubiertos de preciosos mosaicos. Y allí estaban, un grupo de chicas en bikini, más contentas que unas pascuas practicando deportes ¿Cómo dejamos las mujeres que después nos entullaran en ropa?

Bañarte en el mar, sintiendo el agua fresca en la piel, es una de las sensaciones más placenteras que existen. No sientes el impedimento de ropa que te arrastra y eres libre para nadar, zambullirte y jugar con las olas: es un momento de dicha total. Hay una escena de principios del siglo XX en el libro de E.M.Forster "Una habitación con vistas", que me recuerda cada vez que la leo ese gozo liberador que se siente en el agua. La protagonizan dos chicos jóvenes y un reverendo joven de espíritu que van paseando por un jardín un día de verano de mucho calor y se encuentran con un estanque. Sin apenas pensarlo se desnudan y se meten "dentro de la divina agua", se zambullen, se salpican mutuamente, se empujan jugando, disfrutan del momento glorioso. A la mañana siguiente, el hecho para todos "había sido como un grito de la sangre y una relajación de la voluntad, una pasajera bendición cuya influencia no se había perdido, una comunión, un hechizo, un momentáneo cáliz para la juventud".

Hace poco en la Playa de la Arena llamaba la atención una mujer en la orilla forrada de la cabeza a los pies con un burkini oscuro. Su marido y sus hijos llevaban bañadores normales y entraban y salían del agua saltando y riendo. Sin embargo, ella no se movió, ni se bañó. Quieta en la orilla. solo los pies mojados, se la veía francamente incómoda, sudando y atosigada bajo kilos de ropa y bajo la mirada de todo el mundo que no podía dejar de reparar en ella, un manchón negro entre la multitud. Mirándola me acordé de unas palabras de la filósofa Amelia Valcárcel sobre el velo: "Cuando el pañuelo no tenga carga ética, solo estética, yo no tendré nada en su contra; pero mientras alguien me diga que para ser una mujer honrada yo debo velarme y que, si no voy velada, no soy una mujer honesta, eso no es estética sino ética, y además inadmisible". La miré con empatía, de mujer a mujer, y le deseé mentalmente fuerza e inteligencia para ser ella misma. Y después, me tiré al agua, en bikini por supuesto, a disfrutar de la maravilla del mar.


Ursula Andress, el bikini más famoso del cine, en "007 contra el Dr. No" (año 1962)

lunes, 3 de julio de 2017

Mr. Chips y yo




La gente de ahora no la conoce, pero "¡Adiós, Mr. Chips!" de James Hilton fue una novela clásica escrita en los años 30 que nos encantó a muchos en nuestros años mozos y que fue llevada, por lo menos en dos ocasiones, al cine. Sus protagonistas (Robert Donat en 1939 y Peter O'Toole en el 69) fueron candidatos al Óscar y el primero lo ganó.

Mr. Chips es un profesor jubilado de latín y griego en la escuela inglesa de Brookfields que, a la altura de sus 80 y pico años, rememora los 50 cursos que le ha dedicado a la enseñanza. Vive enfrente del colegio y mide sus días por los signos de antaño, prefiriendo la hora de Brookfields a la de Greenwich. Es "un buen viejo, blanca la cabellera, un tanto raleada, vivo y activo para sus años, muy aficionado al té, cariñoso con sus visitantes, ocupado siempre de reunir datos para las memorias anuales del colegio (...) Había adquirido el derecho a esas excentricidades que son frecuentes en los viejos profesores y los antiguos sacerdotes. Usaba sus capas hasta que estaban tan remendadas, que apenas se tenían unidas. Y cuando pasaba lista a los niños, después de los juegos del mediodía, parecía entregarse místicamente a un ritual.". Mr. Chips es un profesor severo en la disciplina, pero también bondadoso, cercano, ocurrente y entrañable.

En épocas especiales -como esta de fin de curso- a muchos jubilados de los que hemos disfrutado con nuestra profesión nos da el síndrome Mr. Chips, "un estado introspectivo, lleno de niños, de rostros y de voces".  

Como él, recordamos todavía el susto del primer día en que empezamos a dar clases a los 22 años: "Cuando entré en el Gran Hall y vi todos esos niños, me temblaron las piernas. Creo que no he estado tan asustado en mi vida. Ni siquiera cuando nos bombardearon los alemanes. Pero ese malestar no duró mucho. Luego me sentí aquí como en mi casa.".

Como él también todavía medimos el tiempo por cursos y, si pasamos cerca de nuestro centro de trabajo y oímos el timbre entre clases, nos da un estremecimiento, como pasa ante un hecho conocido, asumido y vivido como en otra vida.

Como él, el recuerdo, en estos años de jubilación, mezcla rostros con esas listas que recitábamos a diario (formando hermosos hexámetros y combinaciones rítmicas, según Mr. Chips), y que servían sobre todo en mi caso para, desde el primer día, poder retener sus nombres y dialogar en clase.

Como él, recordamos anécdotas -divertidas, evocadoras, trágicas a veces-, y sobre todo, recordamos caras. Y es un placer irte encontrando ahora con muchos de aquellos alumnos con los que compartimos un tiempo y un espacio en la vida. Eduardo, Ana, Víctor... son médicos que me tratan, Antonio es mi notario, a Belén la veo en el mercadillo vendiendo flores, Pablo es profesor de Derecho en la Universidad, Alfonso se metió a político... Hasta tuve un alumno, Alex García, que es actor de cine y que igual ahora ni se acuerda de Platón. Hay un montón de ex-alumnos en Facebook  -Susana, Vero, Yasmina, Pedro, Beatriz, Fernando, Jorge, Saray, Elena, Tamara, Berta, Alicia, Domingo, Carlos, Isabel, Fran, Mónica, Juan Carlos, Javi, Estefanía, Daniel, Carmina, Sabina...- que, de vez en cuando, entran en este blog para dejar un comentario o un "me gusta", un contacto virtual pero que me dice que no están lejos. Y están los que siguieron mi camino -José, Rosario, Santi, Gabriel, Toni, Dani, Rocío, Isaac...- y que ahora son profesores de filosofía, hecho que me hace sentir muy orgullosa.

Pero también, como le pasa a Mr. Chips con todos los que desde Brookfields pasan a nutrir los batallones ingleses durante la Gran Guerra, en mi recuerdo están aquellos que ya no veré más, que sé que no encontraré por casualidad ni a la vuelta de una esquina ni en un aeropuerto ni en una fiesta: Inés, Adrián, Santiago, Luis, Pilar, Walter, José Luis, Alejandro... Rostros que permanecen jóvenes para siempre: "Yo tomé las instantáneas para mi memoria en la clase, en el patio, en la cancha de juegos, y allí siguen siendo siempre niños, con las miradas brillantes, las risas y los cabellos al viento, ingenuos y alegres".

Y es que Mr. Chips nos dio una gran lección a todos los que nos dedicamos a la enseñanza. El gran secreto para que nos guste tanto esta profesión es que, como él hizo, por encima de todo queramos a nuestros alumnos.




lunes, 26 de junio de 2017

Malagueando


Málaga desde el Muelle 

Ahora que empieza el verano, me encuentro por todos lados artículos periodísticos que hablan de los viajes y me he fijado en que muchos animan a ser viajeros y no turistas. Para ello, los hay que te sugieren que te vayas a destinos exóticos, como recorrer el Serengueti en globo, cabalgar sobre olas en Indonesia, subir a un glaciar o retirarte del mundanal ruido a un monasterio en Nepal. Luego están los que añoran encontrar una tierra virgen que no haya pisado el hombre blanco. "La gente se aprieta en un hormiguero mundial", dicen, y echan de menos los tiempos en que Stanley partió en busca del Dr. Livingstone por el África profunda y en los que Shackleton pudo poner en un anuncio: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Y al final también hay otros (como Enrique Vila-Matas) que, ante ese panorama, te exhortan a quedarte en casa -¿dónde se está mejor?- y, si te apetece salir, te lees un libro de viajes. igualito que hacía Kant, el viajero más inmóvil de la historia.

Dado que ninguno de esos consejos me atrae lo suficiente, esta semana he optado por otro camino,  nunca mejor dicho. Me he ido, ligera de equipaje, con mi amiga Cae a su casa de Málaga, ciudad que no conocía y me apetecía mucho conocer. Ir a casa de una amiga de toda la vida sin planes preconcebidos, sin saber muy bien cómo es la ciudad, sin mirar durante esos días el ordenador ni consultar una guía de viajes, ni "ya que estoy aquí" alquilar un coche para ver los alrededores, se me antoja ser lo más parecido a un viajero que malaguea que a un turista sudoroso.

Es verdad que hemos subido a la Alcazaba y hemos imaginado la vida de los árabes que una vez la habitaron; que también visitamos el Museo para conocer algo de la historia de esa ciudad, que fue fenicia, mora y cristiana; que nos llamaron la atención los edificios de altas ventanas y miradores de forja y esa catedral tan impresionante, "la Manquita", como ellos la llaman porque nunca se terminó la segunda torre.

Pero también es verdad que le cogimos el pulso a la ciudad. Fuimos al mercado a comprar fruta, verduras, pescado (y también cigalas, chirlas, gambas frescas...). Paseamos con calma por el Parque, por las calles del centro y de algunos barrios remozados y por las callitas de Pedregalejo, donde antes vivían los pescadores. Un día vimos una procesión a tambor limpio y otro, unos novios saliendo trajeados y guapos de la iglesia. Nos bañamos en La Malagueta, oyendo a la gente que estaba cerca hablar de volver la noche de San Juan a quemar un "Júa". Nos tumbábamos todos los días una buena siesta en las horas de calor, como hace cualquier malagueño en su sano juicio. Hasta nos dio tiempo de ver una exposición temporal en el Museo Picasso sobre la Escuela de Londres y, a mí, de leerme un libro intimista y evocador -"El mar" de John Banville- , cuya lectura irá siempre unida al recuerdo de estos días de junio en Málaga. Hubo cenas de marisco fresco en casa y de espetos de sardinas en la playa, gintónics a la caída de la tarde -una vez mientras oíamos una guitarra que tocaba bajito en una mesa cercana una música flamenca conmovedora-, y mucha, mucha conversación. Hablamos con la gente de la calle (con el frutero que nos hablaba de su huerto y sus melocotones, con el que nos contó que tenía dos cochinos que eran la niña de sus ojos, con aquel chico que había dejado su trabajo de abogado por tener un bar ("mucho más entretenido, dónde va a parar"), con el que había pasado su infancia y juventud en el Toscal en Tenerife...), pero sobre todo, hablamos muchísimo Cae y yo, porque los que nos conocemos desde hace 60 años tenemos que ponernos al día.

Por eso, el viaje no ha sido exótico sino tan normal y entrañable como la vida misma; no ha consistido en pisar tierra virgen porque, si algo hay en Málaga, es gente y vida; y, aunque me he sentido como en mi casa, también existió la emoción de conocer una ciudad nueva, "Málaga cantaora", como la nombró Manuel Machado. Málaga bella, Málaga viva.

A veces, para ser un viajero, no importa el sitio. Tan solo hay que cambiar la mirada.


Vida en la Plaza del Carbón
La Malagueta
La casa de mi amiga, desde la Alcazaba, entre el Museo de Málaga y la Catedral

Espeto de sardinas en la playa

lunes, 19 de junio de 2017

Una muralla que vaya...




A mucha gente le gustan los muros. Sin ir más lejos a uno de mis amigos, con el que de vez en cuando mantengo rifirrafes (respetuosos, eso sí) a cuenta de que pensamos totalmente distinto. Al contrario que a mí, a mi amigo le dan grima palabras como multiculturalismo, progre, cosmopolita o globalización, le encanta Trump al que considera el salvador del mundo, y es partidario de aquello que decíamos de pequeños "calabaza, calabaza, cada uno pa su casa".  Y si para mantener a cada uno en su casa, hay que levantar muros costosísimos, pues se levantan, como hace su amigo Trump, y santas pascuas.

El caso es que, igual que él, ha habido un montón de hacedores de muros. Por ejemplo, al emperador Adriano entre los años 122 y 128 antes de Cristo se le ocurrió partir en dos Inglaterra de este a oeste: "Yo fui el primero -dice- que trazó un muro de ochenta mil pasos para separar a los bárbaros de los romanos". "La erección de una muralla -cuenta Marguerite Yourcenar en "Memorias de Adriano"- que dividía la isla por su parte más angosta sirvió para proteger  las regiones fértiles y civilizadas del sur contra los ataques  de las tribus norteñas". Pero realmente era, sobre todo, una barrera comercial para cobrar impuestos y peajes a todo el que quisiera pasar por allí (la pela es la pela) y una demostración del poder de Roma ¡Aquí, a este lado, estoy yo y allí estás tú!

Los chinos hicieron otro tanto. Para protegerse de los pueblos nómadas del norte, empezaron desde el siglo V a.C. a construir una muralla que llegó a tener 7000 Km. de largo. El emperador Yangdi en el siglo VII d.C. compuso este poema: "El viento otoñal levanta gemidos, / mientras marchamos muy lejos miles de millas ./ A través del desierto reconstruimos la Gran Muralla / pero esta no fue idea nuestra, / fue construida por sabios emperadores del pasado: / establecieron aquí una política que durará miles de siglos / para asegurar las vidas de sus millones de súbditos / ¿Cómo podríamos, pues, evadirnos de preocupaciones / y descansar en paz en la capital?". Se ha dicho que es la única obra humana que se ve desde la Luna, pero no es verdad. Desde allá arriba solo se ve un hermoso planeta azul sin divisiones de ningún tipo.

También los berlineses del Berlín Este construyeron en una sola noche de 1961, como si fuera una hazaña de un cuento de terror mágico, un muro entre las dos Alemanias. Lo llamaron "muro de protección antifascista"; pero para el resto del mundo fue siempre el "muro de la vergüenza", que separó familias y segó las vidas de quienes querían escapar. El escritor Cees Nooteboom, en una entrevista que le hicieron en Madrid sobre su vida en un Berlín dividido, dijo: "Imagina que sales de casa y puedes andar solo hasta el Retiro porque hay un muro por todas partes. Imagina que tu familia vive al otro lado de Atocha y allí hay una vida totalmente diferente, con colas, con policías que te ponen espejos bajo el coche para pasar a verlos. Era muy, muy extraño".

Pero hoy en el Muro de Adriano pastan las ovejas y muchas de las antiguas piedras romanas que lo formaron fueron aprovechadas por los lugareños para hacer sus casas y sus establos. La Muralla China corre el riesgo de desaparecer por los más de ocho millones de turistas venidos de todo el mundo que la visitan y que se llevan poco a poco piedras de souvenir, al tiempo que se hacen un selfie. Y en Berlín cada año se celebra la caída de su muro desde aquel otoño de 1989 que fue, según los que lo vivimos, la revolución más hermosa del mundo. "No hay que olvidar -decía hace 3 años el escritor Ferdinand von Schirach- que en esta ciudad se produjo hace 25 años un verdadero milagro. una revolución pacífica, sin derramamiento de sangre y sin ejecuciones...". En las paredes que quedan hay pintados graffitis que hablan de paz.

Y es que no hay muro que detenga al hombre. A mí me gustaría recordarles a mi amigo y a los Trump y Adrianos de este mundo que ante las murallas, los hombres siempre han encontrado medios para sortearlas (debajo del muro de Trump que separa EEUU de México hay cientos de pasadizos subterráneos), si piensan que tras ellos pueden tener una vida mejor.

Siempre ha habido deseos de esconderse y de mantener alejado al otro que se siente como una amenaza, pero no ha existido nunca un muro en el que el cartel de "no pasarán" fuera eterno.

A mí no me gustan los muros.



(En las imágenes un fragmento del Muro de Adriano, y la famosa foto del soldado Conrad Schumann saltando las alambradas del Muro de Berlín, obra del fotógrafo Peter Leibing)



lunes, 12 de junio de 2017

La zona de confort




La zona de confort es el objetivo vital de cada uno de nosotros. Por conseguirla, empezamos a estudiar desde pequeños, hacemos una carrera (de obstáculos) y, a veces, una o más oposiciones. La zona de confort es ese momento en la vida en que ya se tiene un trabajo fijo por el que sabes que cada final de mes tendrás un sueldo que te permitirá vivir sin agobios hasta que te jubiles. Eso es lo que todo el mundo desea para sí y para sus hijos.

Y, sin embargo, esta misma semana mi hija Ana ha renunciado a su zona de confort. Me ha llamado entusiasmada desde el coche para decirme que se había despedido del Hospital en el que trabajaba como médico anestesista, después de una difícil carrera y de tener dos especialidades. En Facebook ha dicho a todos sus amigos: "La Dra. Jomeini (es su nombre de guerra) ha apagado hoy definitivamente las luces del quirófano. Empiezo nuevo proyecto de vida y digo adiós al sitio en el que he pasado los últimos catorce años".

El nuevo proyecto de vida va a ser seguir escribiendo (tiene ya publicados 7 libros, más 2 de cuentos en colaboración con otros autores) y hacer otros trabajos relacionados con la literatura. Es decir, va a dar un salto de la anestesia a la escritura, o, como le dice uno de sus amigos, "de inducir sueños a encender almas". Los ciento y muchos comentarios que le han llegado van desde desearle suerte y ánimos ("¡Olé, olé y olé! Suerte en la nueva etapa, amiga", "Tu lugar está donde están tus sueños", "Eso es creer en uno mismo"...), a expresar asombro ("Es como hacer puenting, que saltas al vacío pero sabes que vas bien atado") o incredulidad ("¿Sobresaliente en biología para esto?", le pregunta su profesor de Ciencias de COU). Y también hay quien siente pena por lo que deja atrás ("Te deseo lo mejor aunque me parezca una gran, gran pérdida", "Pero si alguna vez me tienen que dormir, te puedo llamar a ti ¿no?").

Ella contesta a todos eufórica y dice: "Tengo sensación de vértigo pero la sonrisa no se me borra de la cara". Y luego por la autopista va cantando "I will survive" a grito pelado, desde el Hospital hasta su casa.

Ese mismo día yo he salido con mis amigas del colegio en uno de esos paseos luminosos que cada mes nos regalamos. Al final, después de una buena comida, recalamos en mi casa a tomarnos el café y la copa y, entre rosquetitos y suspiros de Moya, hablamos del tema de mi hija. Todas estamos ya en la zona de confort de la jubilación, pero la duda surge espontáneamente ¿Nosotras habríamos hecho eso de dejar un buen trabajo por un sueño? Una de mis amigas, viuda y con hijos, alega que en su caso, más que una zona de confort, era una zona de necesidad: no podía plantearse siquiera dejar su trabajo de informática, aunque generalmente la estresaba mucho. Pero le pregunto a ella y a todas: "¿Qué cosa te habría tentado lo suficiente para dar el salto, quemar las naves y abandonar tu trabajo?". La mirada se torna soñadora y mi amiga dice que le hubiera encantado ser guía de montes. Otras, en lugar de ser ama de casa o tener un negocio, se hubieran dedicado a la medicina o a la asistencia social. Ser bailarina de bailes cubanos es lo que hubiera tentado a otra, que fue administrativa. Una ex-profesora echa de menos haberse dedicado más a la pintura y otra habla de escribir, cosa que, como a mi hija, también la hace intensamente feliz. Al final, ya vacilando y entre risas, una que fue catedrática de literatura dice que, antes que lidiar con los de la ESO, mejor millonaria o puta fina...

Todo esto me recuerda la escena de "Enredados", la película que cuenta la historia de Rapunzel, en la que la protagonista pregunta a un montón de criminales y facinerosos "¿Es que nunca habéis tenido un sueño?" y todos aquellos hombretones, a cual más patibulario, empiezan a cantar "Mi sueño es...": ser pianista, estar enamorado, hacer mimo, coleccionar unicornios, ser florista, diseñar interiores, tejer...

Bernard Shaw dijo "Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ¿por qué no?". Pienso que tener sueños e intentar que se realicen ya es una buena variación a sólo tenerlos, y que ¡qué demonios!, ya hay demasiados sueños incumplidos en nuestro mundo. Así que ¡a por ellos, Ana!




(La foto inicial es de mi hija Ana firmando libros este año en la Feria del Libro de Madrid. Y el vídeo final de Youtube es la canción "Mi sueño es..." de "Enredados")
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