Ahora que los días se alargan y que cae hasta una lluvia refrescante e inesperada, el verano está llamando a la puerta. Es el momento en que la mayoría de mis amigos emprende la desbandada, mientras yo me quedo guardando la isla. Los hay que aprovechan las vacaciones para hacer un viaje exótico (sea a Tailandia o a Fuerteventura), los hay que van de playa en playa tostándose al sol que más calienta, y los hay que prefieren volver a su pueblo, aunque sea protestando.
Esto último es lo que hace mi amigo Felo, que todos los años, alrededor de estas fechas, arranca la caña y regresa a sus orígenes, tal como una paloma mensajera volando a su palomar. Lo cual no es obstáculo para que, en la última comida de despedida antes de partir, me diga lo harto que está de todos sus paisanos. Aquí, en Santa Cruz donde vive, Felo está acostumbrado a dar largos paseos de 3 y 4 horas todas las mañanas sin cruzarse con nadie conocido. Sin embargo, allí, en otra isla, en el pueblo pesquero donde nació, conocen de él todo lo que hay que saber y no puede salir a la calle sin que todo el mundo lo salude, lo pare y le pregunte por su vida e intimidades.
Me cuenta, sulfurado: "¡Es que saben hasta lo que como! Como el comedor de casa tiene una cristalera grande hacia la calle, cuando pasan enfrente siempre echan una mirada a la mesa y dicen: "Que les aproveche", y al cabo de un rato todo el pueblo ya sabe que en casa de Felo hoy se comió paella." "¿Y tú qué dices a eso?" "¿Yo? No me queda más remedio que decirles: "Si gustan...". Y sigue despachándose: "Y cuando llego al pueblo, voy a comprar al único supermercado que hay, uno pequeñito, y el dueño, como sabe lo que nos gustan a Yaya y a mí los tomates, lo primero que me dice casi en secreto es que me ofrece unos que tiene, buenísimos, en la trastienda. Yo le compro 3 kilos y, cuando a los 3 o 4 días vuelvo a comprar más, a grito pelado me dice: "¿Ños, muchacho! ¿Ya te comiste todos los tomates? ¡Chiquito emboste!". Y si me canso de que airee lo que compro y dejo de ir unos días, cuando ve a mi hermana pasar, le grita: "¿Y Felo está malo, que hace tiempo que no lo veo por aquí?".
Lo consuelo con que al menos disfruta de la playa que tiene al lado y él respinga diciendo: "¿La playa? Voy a bañarme a las 8 de la mañana para no encontrarme con todo el mundo y allí ya está un grupo de los del pueblo que, más que a nadar, se dedican a tomar baños de asiento en la orilla, mientras hablan de todo y de todos. Me llaman para que me siente con ellos y, cuando les digo que no, que voy a bañarme, se miran unos a otros y exclaman: "¿Pero este muchacho no sabe que tiene un marcapasos?" Si luego se encuentran con mi mujer, le dicen: "Yaya, ¿estás buscando a Felo? Es aquella cabecita que se ve en el mar allá lejos. Deberías decirle algo...". Se meten con todo, saben mis horarios, mis enfermedades, mis costumbres, el nombre de hasta mis bisabuelos...", bufa al final.
"Y por qué entonces -pregunto- todos los veranos no ves la hora de marcharte al pueblo?". Se queda pensando y al final dice: "Porque me siento muy protegido y siento el calor de la familia. ¡Ese tráfico de comida de una casa a otra...! Y a pesar de los pesares, de lo que hablan, de lo que curiosean y expanden, de lo que se meten en tu vida, siento la cercanía de la vida rústica y me siento miembro de una comunidad. Es un mundo muy cercano y sé que puedo contar con ellos.".
Felo no oye la llamada de lo salvaje ni de la selva. Él, cada verano por estas fechas, atiende la llamada de lo rural, del pueblo. La llamada del hogar.
Y a mí no me queda otra que desearle que disfrute y exprima el verano, querido Felo.


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