lunes, 25 de julio de 2016

El grande perdió, el chico ganó...




No se lo van a creer pero hace unos días fui por primera vez en mi vida a ver una luchada de lucha canaria. Bueno, sí que la había visto alguna vez en la tele; sí que conozco y he cantado la canción sabandeña; si que sé que es una práctica ancestral y que los castellanos que llegaron a las islas ya la observaron entre los guanches (e incluso entre las mujeres aborígenes)... Pero esta es la primera vez que entro en un terrero y palpo en vivo los nervios de los luchadores, la alegría ante el éxito y la desolación ante el fracaso. Y, por supuesto, la pasión contagiosa de los espectadores.

Canario, lucha, como lucharon los guanches.
Lucha, canario, desde el mar hasta la cumbre.
Canario, lucha, dentro y fuera del terrero.
Lucha, canario, para que nadie te tumbe.

Porque de eso trata la lucha, de tumbar al rival en la arena, no con los puños ni para someter o humillar, sino con las "mañas", las técnicas de agilidad y destreza por las que puede pasar que el chico gane y el grande pierda...

... como  ganaron Méndez, Angelito, Palmero y Camurria
frente a rivales de peso mayor.

Y mira que a mí no me gustan los deportes en que se pelea. Odio el boxeo y me horripila el sumo, con esas moles humanas mirándose como hipopótamos a punto de aniquilarse mutuamente. Sin embargo, la lucha canaria es otra cosa y el otro día, en el terrero de Fasnia, disfruté.

Disfruté por ese persignarse con la arena del terrero antes de salir a luchar; con el saludo ceremonioso del comienzo y, sobre todo, con el abrazo final entre los dos rivales.

Disfruté con ese aire antiguo de justa del pasado, hecho de respeto, rituales y juego limpio.

Disfruté con la entrega de los chicos -entre 15 y 18 años-, las ganas que le ponían y la seriedad con la que competían, como si les fuera la vida en ello.

Disfruté con los movimientos gráciles, con la soltura y con la forma de aprovechar la fuerza del otro.

Disfruté con los nombres de las mañas -pardelera, cango, garabato, la chascona, levantada, traspiés...- que Nicolás, el amigo entusiasta que nos llevó a ver el espectáculo, nos iba explicando según las usaban.

A lo largo de los siglos, los hombres -a veces con ánimo de matar, herir o golpear al que no es de los tuyos ni piensa como tú- han peleado para dirimir sus conflictos. Pero se me antoja que esta manera que tenían los guanches para hacerlo era más caballerosa e inteligente. Y ahora que en nuestro país nuestros representantes políticos están intentando llegar a acuerdos desde los desacuerdos ¿qué tal hacerlo con el ejemplo de la lucha canaria? 

Nada más lejos de mi intención que poner a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera vestidos de calzón corto, enfajinados a ver quién hace caer en la arena al otro (aunque sería divertido verlo). Pero no estaría de más que aprendiesen los del hemiciclo algunas lecciones de los del terrero. Aquí no hay abucheos, ni griterío increpante, ni murmullos de protesta, ni interrupciones, ni insultos, ni sarcasmos. Y seguir en las conversaciones las máximas de la lucha canaria -aguantar sin que te tumben, ceder para ganar, seguir unas reglas de respeto mutuo y terminar al final con un gran abrazo- no me digan que no es mejor filosofía de la vida que hacernos repetir las elecciones una y otra vez ¡Señorías, arremánguense y a ello!


La tristeza del derrotado


lunes, 11 de julio de 2016

¿Qué tengo en los bolsillos?




Esta pregunta, así tan simple ella, es, sin embargo, el eje central en los libros de Tolkien. Es la pregunta-adivinanza que le hace el hobbit Bilbo  a Gollum -"¿Qué tengo en el bolsillo?"-, y que éste (que en sus bolsillos llevaba "espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de murciélago,, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes") no supo contestar: Bilbo llevaba en el bolsillo el anillo de poder que había encontrado poco antes en el suelo y alrededor del cual gira toda la acción de "El Señor de los Anillos".

Los bolsillos (diminutivo de "bolso") fueron precisamente inventados para guardar esos tesoros: anillos de poder ("Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras") ; carteras y pañuelos, que de los bolsillos de los señores pasaban a los de Fagin, el judío que enseñaba a robar a los niños de Londres en "Las aventuras de Oliver Twist" de Dickens; cartas de amor (Pablo Neruda le escribe a Matilde Urrutia. "Amor mío, vida mía, es tarde aún, tu única carta en el bolsillo, no quiero romperla, la leo en los momentos más curiosos". O Pedro Salinas a su amante Katherine: "Antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida"); o las galletas, trozos de cuerda o huevos de pájaro que llenaban los bolsillos de Guillermo el Proscrito de Richmal Crompton...

¿Qué guardaba yo en los bolsillos cuando era pequeña? Me acuerdo de que en el colegio, en la "pocha" (como llamábamos al bolsillo del uniforme, afrancesándolo), guardábamos el bocadillo o las galletas de media mañana, dejándolo todo perdido de migas. Pero lo que más recuerdo guardar, en aquellos veranos largos y dorados de las vacaciones infantiles, era piedras planas y pulidas, de tacto cálido y suave, encontradas a la orilla del mar, y que usaba para hacer "cabrillas", esos rebotes que estremecían las aguas tranquilas.

Después, durante mucho tiempo ni acostumbraba llevar bolso ni llevaba casi nada en los bolsillos. Una vez, durante el Estado de Excepción en Madrid en el año 70, dos guardias grises nos detuvieron a mi novio y a mí, que volvíamos paseando hacia el Colegio, y nos pidieron el DNI (entonces esas cosas se hacían). Les dije con toda tranquilidad que nunca se me había ocurrido llevarlo y que lo único que tenía era un pañuelo porque tenía un catarrazo de aúpa. Les debí hacer gracia porque nos dejaron ir (después de echarnos un rapapolvo por ir indocumentados).

Luego, la cosa se fue complicando, como se va complicando la vida. Los bolsillos se convirtieron en bolsones enormes con pañales, biberones, juguetes... cuando mis hijos eran pequeños, o bolsos llenos de bolígrafos, libros y libretas, cuando trabajaba. Y ahora, por ejemplo, esta semana, en la que tuve una comida con mis ex-compañeras, me fijé que, aunque no tengo bolsillos, sí iba cargada con un bolso como el de un cartero de los de antes. En él llevaba monedero, gafas de sol, una libretita y un bolígrafo por si tengo que apuntar algo, un paraguas, una pashmina y una rebeca (que La Laguna es muy traicionera), peine y brillo de labios, un libro que quería prestar, pañuelos... ¡Señor! ¡Así me dolía la cintura!

De repente deseé librarme de lastres, simplificar la vida y encontrarme ahora, como en los primeros tramos de la vida, ligera de equipaje como los hijos de la mar. Y  recobrar aquellos tiempos felices y desembarazados en los que, por toda carga, una llevaba una piedra pequeña y lisa que, al rebotar en el agua, nos devolvía el sol.

(La ilustración es del genial Thomas Henry, en los libros de Guillermo Brown de Richmal Crompton)

lunes, 4 de julio de 2016

¿Qué quieres ser de mayor?


Dibujo hecho por mi nieta

¿Les hicieron alguna vez esta pregunta cuando eran niños? A mí, nunca. Es más, no me planteé ser profesora hasta que casi terminando mi carrera me di cuenta de que ese era mi destino ineludible. Eso se llama tener bien programada la vida. Mi hermana, cuando terminó COU, se puso a la cola de Biología para matricularse y, cuando vio la de Medicina al lado, siguiendo un impulso que luego resultó ser de lo más acertado porque ha sido una pediatra estupenda, se cambió de cola. Así que a nosotros no nos pasó nunca jamás lo que cuentan de cuando nació Rajoy, eso de que a su madre le dijeron: "¡Ha tenido usted un registrador de la propiedad!".  No, nosotros, aunque siempre supimos que queríamos hacer una carrera, nos íbamos dejando llevar por la vida, haciendo y estudiando lo que nos gustaba, pero improvisando y sin tener una miserable hoja de ruta.

Por eso, me llama tanto la atención cómo mis nietos (10 y 12 años) proyectan su futuro. Esta semana, para celebrar sus notas, los hemos invitado mi marido y yo al cine y después a cenar a un sitio rico de La Laguna (son muy sibaritas, nada de un bocadillo de MacDonald). Fue un rato entretenidísimo. Mientras daban buena cuenta de la cena elegida, estuvimos hablando del avión que ha cruzado el Atlántico impulsado por energía solar y de las pegas que ellos le veían (¿y si hay una tormenta y se gasta la energía acumulada?); de los hechizos de Harry Potter (mi nieta, como yo, es una fan; se está releyendo los siete libros); de los sitios del extranjero que han visitado, asombrados cuando les dije que yo, hasta los 40 años, nunca había salido de España; de un bolígrafo que amplifica los sonidos y te permite escuchar conversaciones lejanas... Y, sin hacerles la pregunta de marras, también nos informaron de lo que quieren ser de mayores.

Lo tienen clarísimo. Ella quiere ser ilustradora. Para eso lleva 4 años -desde los 8- yendo un par de horas a la semana a una clase de pintura. Y, sobre la marcha, nos estuvo enseñando dibujos de su ilustradora preferida, una youtuber que publica libretas con su día a día.

Él quiere ser programador informático, aunque tuvo veleidades -que ya pasaron- de querer ser cocinero. Nos contó que ya programó un vídeo juego de un cerdito que va recogiendo monedas saltando sobre piedras, y que está reuniendo dinero para comprarse en un futuro una maquinita de esas con las que trabajar mejor (ya saben, de esas que no hacen un bacalao a la vizcaína o una toquilla de croché porque no es el momento).

Me dejaron pensando en la infancia, esa edad gloriosa en que los yoes futuros se despliegan delante de nosotros y podemos ser cualquier cosa, esa increíble sensación de infinitud que, con cada elección, se va cerrando cada vez más. Y no pude evitar, aunque me gusta el entusiasmo de mis nietos, una cierta melancolía al ver lo pronto que empiezan a decantarse.

Aunque quién sabe... Incluso hasta yo podría aventurar alguna respuesta, si a alguien se le ocurriera ahora preguntarme: "¿Qué quieres ser de mayor?". A veces la vida es tan incierta que nunca se puede augurar que al final no te vayas a cambiar en la cola de la matrícula.

lunes, 27 de junio de 2016

Un cuento del futuro




"Había una vez una criatura monstruosa y letal, llamada Nicotina, que, despertada y manejada por hombres despiadados, se infiltraba entre las gentes y les quitaba la voluntad y la vida. A cambio de dinero, el monstruo repartía sus infinitos dedos entre las personas, que los quemaban y aspiraban sin darse cuenta del veneno que encerraban. Y así pasaron muchos años en los que cada vez más la humanidad enfermaba mientras los despiadados engordaban sus fortunas. Hasta que llegó el día en que los hombres cayeron en la cuenta de que el tributo que pagaban- enfermedad, molestias, dinero, dependencia- no compensaba el efímero y cada vez más adictivo placer, y se fueron apartando poco a poco y con gran esfuerzo de Nicotina. Tras una lucha larga y feroz, en el que muchos cayeron pero otros muchos la vencieron, llegó el momento de dormirla para siempre y de hacer de este mundo un lugar más sano y más libre".

Así podría ser un cuento del futuro, aunque todavía no lo es. Muchos de nosotros crecimos en un mundo de humo. En mi casa, casi todos -mi padre, mis tíos, mis primos, mi hermano...- fumaban, y mucho. Era el tiempo de Sarita Montiel y su "Fumando espero al hombre que más quiero tras los cristales de alegres ventanales y mientras fumo mi vida no consumo...", que todo el mundo cantaba sin fijarse en la mentira de ese "mi vida no consumo". Era el tiempo del jinete de Marlboro, mirando las anchas planicies del oeste, mientras se fuma un cigarro al fin de la jornada, para engañarnos con la unión cigarro-vida sana-descanso del guerrero. Era el tiempo en el que Clint Eastwood o Humphrey Bogart no se quitaban el cigarrillo de la boca, o en el que, cuando la actriz principal de una película iba a fumar su pitillo (a veces con una larga boquilla para darle más glamour), aparecía la mano del galán (o de dos galanes) con un mechero para encendérselo ¡oh, oh, ligue a la vista! Y todo gracias al insidioso monstruo.

Cuando yo estudiaba, todos las residentes en mi Colegio Mayor, menos yo, fumaban. Aunque claro, aunque no lo sabía, yo también fumaba. Mi ropa, mi pelo y supongo que también mis pulmones estaban impregnados del humo del tabaco. En clase, profesores y alumnos fumaban y, hasta si ibas al médico, no era raro que la ceniza de su cigarrillo te cayera encima mientras te auscultaba y te decía: "Diga 33".

¿Por qué empezaba a fumar la gente? Por sentirse mayor cuando eres adolescente, me decían; por tener algo en la mano (que ya podían tener un lápiz, digo yo); por romper el hielo con alguien que te interese (¿fumas, vida?); por sentirse parte de una comunidad y no el bicho raro; sobre todo, porque aunque la primera calada no suele gustar, luego en las siguientes Nicotina te capta y crea adicción. Y es el momento en que sus tentáculos te agarran tan firme que ya no te ves sin un cigarrillo en la mano.

He conocido la lucha de todos mis amigos por zafarse de la presa. Y casi todos lo han conseguido (hasta Lucky Luke cambió su eterno cigarrillo por una ramita). Ahora, cuando hacemos una fiesta en casa, ya no hay necesidad de tener al día siguiente todas las puertas y ventanas abiertas para que se vaya el olor pestilente y entre, desde el huerto, el aroma del tomillo y el azahar, limpiando la atmósfera. Ya no vacío, después, ceniceros repletos de colillas. Ya todos los que lo han conseguido me dicen que no se han arrepentido nunca, que no tosen por las mañanas, que pueden saborear mucho mejor los alimentos, que sienten el aire fresco oreándoles los pulmones, que tienen la piel más suave, que aspiran olores olvidados...

Desgraciadamente, algunos de mis seres queridos perdieron la batalla, y en este momento uno  de ellos está peleando por su vida con los pulmones destrozados. Por eso, mi escrito de hoy va dirigido a aquellos que aún están a tiempo de librarse, para que lo hagan ya y recobren su libertad y su vida. Y para que la humanidad derrote de una vez por todas al monstruo y a los despiadados y haga realidad presente ese cuento del futuro.

(Para Ani, Agur, Marisita...)

lunes, 20 de junio de 2016

Dominando los finales




El domingo pasado, en la Romería de Guamasa, a la que hospitalariamente nos invitan cada año Mingo y Marian, contamos con la compañía y maestría de un amigo llegado de Venezuela, Leonardo Quijada, que nos alegró la tarde. Leonardo es un virtuoso del cuatro, ese pequeño instrumento de cuatro cuerdas que suena como la brisa en la ribera del Arauca vibrador. Cuando lo toca, ni se le ven los dedos pero la música fluye, serena y alegre, acompañando a las guitarras y timples, como si siempre hubiera estado ahí.

En un momento de esa tarde memorable, nos hizo gracia su teoría de los finales. Él, que está en una orquesta en Caracas y que sabe mucho de eso, nos dijo que si terminábamos las canciones arriba, en notas altas, y como si nos fuera la vida en ello, el éxito estaba garantizado. Lo comprobamos repetidas veces y ¡oye, es verdad!. No es lo mismo terminar, por ejemplo, "Amalia Rosa", cantando, como quien no quiere la cosa, "esa es la que yo me llevo por ser la más buena moza" (todo el mundo pasando) que terminar con "¡¡¡esa es la que yo me llevo por ser LA MÁS BUENA MOOOOOZAAAA!!!" (aplausos encendidos y enfervorizados).

Dominar los finales es una buena táctica en la vida. Manuel Rivas comentaba hace un par de años que una eurodiputada, Carmen Fraga, que nunca hizo nada mencionable en los 20 años en el Parlamento Europeo, se despidió diciendo: "Llevo aquí más años que la orilla del mar", y ese adiós la consagró. Por eso me gustan tanto los buenos finales de las historias. En las películas, ese "Nadie es perfecto" de "Con faldas y a lo loco", ese "Después de todo, mañana es otro día", de "Lo que el viento se llevó", ese "Este es el comienzo de una hermosa amistad" de "Casablanca"...

O en los libros. García Márquez es un maestro de los finales: el "Mierda" de "El coronel no tiene quien le escriba", el "Toda la vida" de "El amor en los tiempos del cólera" o el de "Cien años de soledad": "...todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Me gusta el final melancólico de "Memorias de Adriano" de Yourcenar ("Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos"); el final resignado y aliviado, después de 7 libros de violencia y magia, que J.K.Rowling nos brinda en las historias de Harry Potter ("La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerle. No había nada de qué preocuparse"). Y por supuesto, el final, irreal y gastronómico, de todos los cuentos: "Y fueron felices y comieron perdices".

Dado que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar (qué hermoso y salado final), propongo que, cuando ya fluyamos perezosamente hacia esa fusión con el todo, vivamos las últimas etapas dando, como decía nuestro amigo Leonardo, la nota más alta: despedidas gozosas (como la de Truman en "El show de Truman"), momentos memorables de disfrute,  piruetas dignas de buenos equilibristas... Hagamos todo aquello que merezca un aplauso apoteósico.
Que no se diga que no dominamos los finales.



lunes, 13 de junio de 2016

El gozo en un pozo: la reválida




En el álbum familiar me he quedado contemplando esta foto que hoy les pongo al inicio. Está fechada el 16 de junio de 1962, hace 54 años, y en ella estamos mis compañeras de clase y yo en el Parque.No llevamos uniforme pero sí algún libro en la mano. Y lo que más me llama la atención es lo serias que estamos (¡qué cara de trastornadas!, dijo mi amiga Nievitas cuando la vio). Y eso que no nos dolía, como ahora, alguna parte del cuerpo y no nos sentábamos y levantábamos en un ¡ay! Todas veíamos perfectamente sin necesidad de gafas de cerca, conservábamos todos los dientes y no teníamos ni canas, ni arrugas ni michelines ¡Por Dios, teníamos 14 años! ¿Cómo no estallábamos en alborozadas carcajadas, bailando hasta una conga, celebrando ese momento gozoso de nuestra vida?

La razón es que veníamos de examinarnos de la reválida de 4º, de pasar ese miedo que Goscinny supo definir tan bien en "Asterix y los normandos": "Sólo de pensar en ello, me tiemblan las rodillas, me castañetean los dientes, sudores fríos cubren mi frente y se me hace un nudo en el estómago". Sólo que él con ese ello se refería a lo que sentían los normandos ante los cantos del bardo de la tribu, Asuranceturix; y para nosotras ese ello abarcaba los padecimientos de días anteriores, en los que estudiábamos como locas mucho y dormíamos poco, y el encuentro, en las aulas extrañas del Instituto, con aquellos profesores de chaqueta y corbata que parecían próceres de la patria subidos en el pedestal de la sabiduría (8 años más tarde serían colegas míos y ya no me parecerían tan imponentes, pero eso , en ese momento, yo no lo sabía).

Un examen, ya de por sí, es una prueba aterradora que todos odiamos. Un examen de reválida, en el que tenías que embutirte entre pecho y espalda los conocimientos reunidos durante 4 años, lo era mucho más. Y sobre todo porque estaba adobado, además, con bulos e historias de gente que nunca había aprobado y que siempre sería señalada como "el que no aprobó la reválida de 4º", con leyendas urbanas sobre lo que les hacían a los que pescaban copiando y con los temores de quedarte en blanco y no recordar nada de nada.

De nuestra reválida, aunque no me acuerdo de lo que nos preguntaron, sí se me han quedado en la memoria curiosamente dos momentos de duda. Uno fue en el examen de francés, en el que la traducción empezaba con algo así como "Huían como el viento los días de mis vacaciones de Pàques" ¿Qué sería ese Pàques? Para nosotros, que nunca llamábamos "vacaciones de Pascua" a las de Semana Santa, era un término desconocido. Como estaba con mayúscula lo dejé así, como si fuera el nombre de un lugar estupendo en el que el autor del texto se lo había pasado pipa en las vacaciones.

El otro momento de duda fue en el examen de latín, en el que nos pusieron en números romanos la cifra CCCC ¿Cuatro ces? Siempre nos habían dicho que sólo se podían poner tres letras: CCC, trescientos. Y que 400 se ponía CD ¿Qué hacer? Igual podría ser hasta una errata. Venciendo el temor de que me miraran severamente y me mandaran a callar, levanté temblando la mano y uno de aquellos terribles profesores vino a mi lado. Le comenté mi duda y me dijo que algunos autores lo ponían así, que pusiera 400 tranquilamente. Entonces, tapó una C con el dedo y me dijo: "Es que así, CCC, igual se confundían ustedes y traducían "Compañía Cervecera Canaria"", y me sonrió. Fue tal el alivio que sentí que, a partir de ese momento, todo fue más fácil ¡Eran humanos! ¡Y tenían sentido del humor! ¡Y a lo mejor a ellos tampoco les parecía bien esa tortura china a la que nos estaban sometiendo!

Quizás por eso, en la foto, a pesar de la seriedad, en mi cara (soy la que se apoya en la farola) aparece un atisbo -muy tímido, eso sí- de sonrisa.

lunes, 6 de junio de 2016

Pongamos que hablo de Madrid




Ciudad de mis noches, 
del viento del pueblo,
de la resistencia, 
del "No pasarán",
¿qué hiciste en mi ausencia?
(Ismael Serrano, "Vuelvo a Madrid)

El regalo que mi marido me hizo este año por mi cumpleaños fue un viaje a Madrid. Madrid fue la ciudad de mis días y mis noches en aquellos años de universidad, en los que por primera vez salí de la sombra protectora de mi casa y de mis padres. Estos sitios que nos acostumbraron a movernos por el mundo, moldeando nuestras alas, marcan para siempre una impronta en la memoria. Y, cuando, como esta semana, volvemos, recibimos el abrazo amigo de una ciudad que llamamos nuestra.

La última mirada desde aquí
será saltar al cielo y ver Madrid
(Juan Sin Miedo, "La última mirada")

Encontramos Madrid igual y cambiada, reconocible y sorprendente. Y aunque, como decía Neruda, "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", sí lo son sus asombrosos cielos y ese aire intemporal, entre cosmopolita y pueblerino, que es su seña de identidad. Ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo (Víctor Manuel y Ana Belén, "La Puerta de Alcalá"). 

Es el Madrid que me gusta
y es el Madrid que me entrego,
es el Madrid que yo quiero
conmigo siempre llevar.
(Alberto Cortez, "Hay un Madrid")

Porque de lo que no cabe duda es de que hay muchos madriles. Está el de la Ciudad Universitaria donde viví 4 años dorados; el de Cuatro Caminos con sus tasquitas; el del exquisito Barrio de Salamanca en donde tuve mi primer trabajo; el Madrid de los Austrias con sus palacios y parques pero también con el recuerdo del pueblo que fue, allá por el Medievo; los barrios castizos de siempre, como Chamberí o Chueca; o los alejados y tranquilos, como Vicálvaro, en donde vivo cada vez que vuelvo... Todos forman el Madrid que yo quiero.

...Por el sabor que tienen tus verbenas, 
por tantas cosas buenas que soñamos desde aquí,
y vas a ver lo que es canela fina
y armar la tremolina cuando llegues a Madrid.
(Agustín Lara, "Madrid")

Ha sido un viaje gastronómico, porque hemos disfrutado de pescados fresquísimos como si hubiéramos estado a la orilla del mar, de cordero asado al estilo castellano, de los huevos estrellados de Casa Lucio, de un riquísimo arroz caldoso en una tasca escondida, de la carne de "El buey" al que siempre vamos, de tapas y cervecitas en donde se terciara.

Ha sido un viaje cultural, porque aunque no fuimos esta vez a ninguno de sus preciosos museos, sí visitamos la Feria del Libro, a la que no iba desde hacía cerca de 50 años; vimos una obra de teatro buenísima, "Si la cosa funciona" de Woody Allen; y nos hemos surtido, en las grandes librerías, de discos, libros y vídeos.

Ha sido un viaje etnográfico, de descubrimiento de rincones y gentes: las colas, larguísimas, en la Iglesia de San Antón, de "los heridos de la vida, los que están solos, los alejados de la Iglesia por las razones que sean"; las protestas de los vecinos porque dejan el barrio lleno de basura; la procesión del Corpus en Chinchón, todos de domingo, que me recordó cuando estrenábamos traje en nuestra infancia... Y sobre todo, las conversaciones. Hablé en Chinchón con un jubilado nostálgico sobre casas solariegas que él conoció espléndidas y ahora se están viniendo abajo. Hablé con Lucio, el de los huevos estrellados, que me dijo que él era el español más conocido en el mundo, más que el Rey o que Julio Iglesias. Hablé con César Pérez Gellida, uno de mis autores preferidos, que me puso una dedicatoria preciosa en su último libro, "Sarna con gusto". Hablé de política con los taxistas, de la vida con la señora que nos servía cada mañana los churros, y de libros con los que hacían cola conmigo en las casetas de la feria.

Pero sobre todo ha sido un viaje de encuentros con amigos queridos, de esos que han compartido conmigo un tiempo de mi vida, algunos allí en Madrid. Gracias, Esperanza y Mane, por la hospitalidad, por un cariño que tenemos guardado desde los 12 años y por esa tarde contemplando desde vuestra casa los tejados de Chueca. Gracias, Loque, mi querida Belén, por el rato tan bueno ante una merlucita largo tiempo pospuesta, por las risas y por la complicidad. Gracias, Michael y Nieves, que nos abrieron las puertas de su casa para disfrutar juntos de la conversación y de la final de la Copa de Europa. Gracias, Ana y Serra, mis amigos de siempre desde aquellos años madrileños en los que en un 600 nos creíamos los amos del mundo, por el reencuentro. Gracias también a Floren, mi querida compañera del Colegio Mayor, porque, aunque esta vez no pudimos vernos, sí hablamos, nos pusimos al día y sabemos que ya habrá otra visita a Madrid. Gracias a Miguel Ángel y Ana que nos acompañaron, a mi marido y a mí, en el viaje, y que nos regalan siempre su amistad y su humor. Y gracias a Toni, mi compañero en la vida, por un regalo de esos que se guardan en el corazón.

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.
(Joaquín Sabina, "Pongamos que hablo de Madrid")


Limpiabotas en la Glorieta de Bilbao
Ventana adornada para el Corpus en Chinchón
Procesión del Corpus en Chinchón
Aperitivo patriótico en el Retiro
Feria del Libro
El relojero de la Calle de la Sal
Dedicatoria de César Pérez Gellida en "Sarna con gusto"