Las carreteras más bonitas de mi isla son las que suben a Las Cañadas y al Teide: la Dorsal desde La Laguna por La Esperanza, la de Aguamansa desde La Orotava y las de Vilaflor y los montes de Chío. Todas serpentean hasta la cumbre entre el verdor exuberante de los pinos, el negro de la tierra volcánica y las vistas espectaculares a las islas vecinas, siempre vigiladas por "la rotunda poesía del padre Teide nevado", que diría Braulio en su canción Tenerife.
De esos pinos canarios se extraía la tea, el corazón del pino, la madera oscura y resistente (no hay carcoma que la pique) que sustentaba el entramado de la mayoría de las casas canarias en los siglos pasados. De tea se han hecho hasta puentes, como los construidos en Garafía en los años 50, testigos de la enorme fortaleza de la madera, que permitió el paso de guaguas y camiones. En Garafía, ese pueblito palmero perdido durante tiempos (allí pasó mi padre la guerra y nos contaba que la comunicación era sobre todo por mar) probé también por primera vez un vino de tea, guardado en barricas de esa madera, que tenía un gusto fuerte y amargo. Y de tea son también los techos, el suelo, el balcón y el lagar de la casa de los abuelos de mi marido en El Tanque, en el norte de Tenerife.
En el vestíbulo, una habitación grande a la que dan las habitaciones, había un arcón enorme, también de tea, de unos 4 metros de largo, muy raro en Canarias. Según un amigo antropólogo, solo había visto otro igual en Lanzarote. Al de aquí la abuela lo llamaba "la cebadera" porque "cebaba" a los niños, que buscaban en él almendras, higos pasados, granos y otras exquisiteces que se guardaban en el fondo.
Contra esa maravilla, uno de los parientes cometió el pecado de romperlo para hacerse con la madera una mesa de carpintería, mesa que nunca existió. Y hoy ese arcón, casi único en Canarias, es el portón de entrada de mi casa. Ahí está, oscuro, brillante y elegante, como tiene que ser. No guarda golosinas para los niños pero guardar la entrada de una casa también es un papel digno para una madera antigua, parece decir.
La palabra madera viene de materia y esta de mater, que para los romanos no solo significaba madre, sino también la cualidad de lo material, el origen, la materia prima. La madera es la materia con la que se hacen las cosas. Y dura, vaya que sí dura. Aunque se recicle y tenga otro fin distinto al que se pensó. En el fondo, como decía Heráclito, todo cambia y nada permanece inmutable para siempre. Ni siquiera un arcón de tea de más de 100 años. Ni siquiera el Teide gigante, que (siguiendo con la canción de Braulio) estos días está moviendo más de la cuenta "sus perfiles airados", haciéndonos saber que, aunque no lo parezca, está vivo y activo, gobernando sobre el monte verde que respira a sus pies.





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