lunes, 20 de septiembre de 2021

Las familias

Foto familiar en la boda de mi sobrina Isabel

Con las familias pasan cosas raras. A veces, son un verdadero incordio, sobre todo cuando te encuentras con el típico pariente plasta que se pica por cualquier cosa y te hace la vida imposible. Pero, a veces también, son una bendición, y más si son grandes como la mía y sabes que puedes contar con ella. Nosotros, cuando en nochebuena nos podemos reunir la familia más cercana (hijos y nietos de hermanos). podemos ser 35. Y, si contáramos con los primos, el ciento y la madre. Y, a pesar de eso, nos llevamos bien. Por eso nos alegra cuando la familia se ensancha, como nos pasó la semana pasada. No solo porque nació un miembro nuevo, el primer nieto de mi prima Mercedes (¡bienvenido al mundo, pequeño Iván!),  sino también porque, mira por dónde, me han aparecido unas primas nuevas a las que no conocía. Y todo gracias al mayor invento del mundo (después de la lavadora), que es Internet.

Por Internet me contactó mi prima Rubicelda desde Miami para preguntarme si éramos familia, ya que compartíamos apellido. Le mandé una foto de una prima cubana que se escribía con mi padre y exclamó: "¡Es mi abuela!". Y luego ya nos contamos algo de nuestra vida, y conocí a la prima Mizar y a la prima Maricelda y ahora seguimos con wasap, mensajes en Facebook, comentarios en mi blog y emails, alegando y conociéndonos un poquito más.

Mis primas nuevas son rubias y guapetonas. Tienen cara de palmeras, me dice mi hermana. Y es verdad, ya saben que las mujeres de La Palma tienen fama de bonitas. Pero es que además mandan vídeos en barbacoas, en fiestas de cumpleaños, en la playa disfrutando..., lo cual me lleva a pensar que lo de ser disfrutones debe ser también genético. Tienen muchos hijos y nietos, igualito que nosotros, repartidos por Cuba, Estados Unidos y Paraguay. No sé por qué, recordé aquel verso trepidante de Rubén Darío en la "Oda a Roosevelt" que dice "hay mil cachorros sueltos del león español". Solo que mis nuevas primas americanas y nosotros, los que nos quedamos aquí, no descendemos de ningún león sino que tenemos en común unos ascendientes, una pareja, mis bisabuelos Papá Atilio y Mamá Pepa, que tuvieron 10 hijos que se les desparramaron por el mundo.

Mamá Pepa murió a los 82 años cuando yo tenía 6. Aunque no era religiosa, enramaba cada 3 de mayo una cruz que le habían regalado de pequeña (ahora lo sigue haciendo su nieta) y rezaba todas las noches a la Virgen de las Nieves por sus hijos. Y no era para menos. De sus 10 hijos, dos murieron de pequeños; uno se fue de polizón a los 16 años en un barco para Cuba y no supo más de él (a los 3 meses de morir ella, se recibió una carta suya que había ido dando tumbos por otros sitios).  A otro hijo lo mató el hermano de una novia que tuvo en Cuba porque la abandonó para casarse con otra novia que lo esperaba en Canarias. Su marido murió joven y, aunque ella se quedó con sus hijas, Isabel y Nieves, todos sus hijos varones emigraron y no los vio más; y el único que volvió, mi abuelo Gabriel, murió 2 años antes que ella.

Y así y todo, era una mujer fuerte y con genio (una vez le tiró un zapato a una hija porque se retrasó unos minutos después de las 9). Guardaba golosinas en una caja de madera y las compartía a escondidas con sus nietas pequeñas. Y una vez que su nieta fue castigada con un hilo atándole el tobillo a la pata de la mesa, ella le decía por lo bajito: "¡Rompe el hilo, boba!". A los de su familia los apodaban en La Palma "Los brujos" y ella también era medio bruja, una brujita buena y valiente.

Pienso en ella, la bisabuela que nació en 1871 en Santa Cruz de La Palma (casi toda mi familia, desde el último tercio del siglo XVI, procede de allí) y en todos nosotros que descendemos de ella, incluyendo el niñito que nació esta semana en pleno siglo XXI,  y las primas que acabo de conocer. Y me acuerdo de una pregunta que se hizo una vez Javier Marías: ¿Cómo es posible que en una misma vida y memoria (las mías) quepan y convivan personas tan distanciadas, tan de diferentes épocas, incapaces de concebir a quienes han venido tan detrás ni a quienes llegaron tan delante al mundo?.

Quiero pensar en mis descendientes, aquellos a los que no conoceré nunca pero que llevarán en sí parte de lo que soy, y en que ellos existirán, igual que nos pasa ahora, porque nosotros existimos. Y es que eso son las familias, personas de distintos siglos y de distintos mundos pero conectadas por los mismos perfiles genéticos y marcadas por el afecto.


lunes, 13 de septiembre de 2021

Niños de la mano



Las novelas de Rosamunde Pilcher no suelen gustar a algunos que las consideran "literatura de mujeres para mujeres" (si es que tal cosa existe). Pero a mí me gustan y las suelo releer, después de novelas más profundas y prolijas, porque son relajantes, saben crear "ambiente" y tienen, además, la cualidad de describir escenas sugestivas y evocadoras que te hacen detenerte y recordar.

Eso es lo que me ha pasado este verano en que me he dedicado a leer como una loca y, después de "Largo pétalo de mar" de Isabel Allende (una historia muy bien documentada sobre la guerra civil española y el largo exilio en el Chile de Allende y Pinochet) y de "Emocionarte" (un libro sobre la doble vida de los cuadros), decidí leer algo más ligero, "Voces de verano", del que ya no me acordaba casi nada.  Y allí estaba la escena, presenciada por Eve, una de las protagonistas, la de una madre que arrastraba de la mano a un niño que lloraba: A Eve le llamó la atención la madre. Estaba a punto de desesperarse. Eve se podía identificar con ella. Se vio a sí misma a esa edad, con Iván, un pequeño niño regordete y rubio, colgado de la mano. Podía sentir la mano de su hijo, pequeña, seca y áspera en su propia mano. No te enojes con él, quería decirle a la mujer. No lo estropees todo. Antes de que te des cuenta, habrá crecido y lo habrás perdido para siempre. Saborea cada momento efímero de la vida de tu hijo incluso si, de vez en cuando, te hace perder el juicio.

Y surgieron entonces, ya fuera del libro, los recuerdos. Yo de la mano de mi padre, pequeña y mirando hacia arriba cuando él era tan alto (luego fue menguando cada vez más con los años hasta ser un hombre bajo). Después yo llevando a mis dos niños, tan pequeñitos, de las manos, sin caer en la cuenta de que les estaba dando seguridad y de que eso iba a durar poco y, sin comerlo ni beberlo, iba a tener, como ahora, dos hijos de cerca de 50 años, uno un señor con toda la barba.

Pero los abuelos tenemos el privilegio de revivir la vida, de volver a dar la mano, de volver a regalar seguridad. Porque eso es lo que que quiere un niño. Y ahora sí somos más conscientes que cuando fuimos padres jóvenes. Ya sabemos que estos son años privilegiados, que se van como un suspiro y que, de repente, a esos niños les van a salir pelos por todas partes y les cambiará la voz y ya no serás su puerto inatacable y ni siquiera serás el que lo sabe todo.

 Pero ahora, cuando corren y juegan, a veces te abrazan y gritan: "¡Aba es casita!". Y cuando se enteran de noticias terribles (como las riadas en la península de estos días pasados con su arrastre de coches y destrucción), dicen que qué suerte vivir aquí, en una isla donde no hay ríos. "¡Ni serpientes!", dice la niña. "Estamos en un sitio seguro". Y te cogen la mano por si las moscas.

Esta semana en que han empezado las clases y se encaminan a un futuro incierto, los vemos camino del colegio de la mano de sus madres o padres, y pienso, como dijo una vez Elvira Lindo, que no hay nada más emocionante que un niño de tu mano: Su tacto, tierno y mullido. Sus primeros olores escolares, el babi. Algo falla en las personas que no lo saben apreciar.

Y aquí me tienen de abuela chocha, repitiendo a madres, padres, tíos, abuelos, lo que Rosamunde Pilcher decía en "Voces de verano": Saborea cada momento efímero de la vida de tu hijo (o sobrino, nieto, hermano...) , incluso si, de vez en cuando, te hace perder el juicio.

P.D.: Después de publicar el post, algunos de mis amigos me han mandado fotos de ellos, pequeños, de la mano de sus padres. Las publico aquí como complemento y recuerdo de aquellos años:

Clari con sus padres

Yo con mis padres en las fiestas del Cristo a los 4 años.

Chari de la mano de su padre paseando por los jardines del Asilo.

Rosa Marta con su madre a los casi 2 años

Vicente, de maguito, de la mano de su madre.

Melchor, de la mano de su madre en Mahón



Lolina y Macu con su madre en Las Palmas

María Victoria y Carmen Delia en la Rambla de Santa Cruz


Esther con su padre en una fiesta canaria en Venezuela



lunes, 6 de septiembre de 2021

Majaderos del mundo

 


31 de agosto, 12 de la mañana. Estoy tumbada en una hamaca a la orilla de mis aguas preferidas para nadar, piscinas naturales en el mar de Bajamar. Agua cristalina, sol radiante, temperatura ideal. Hay en el ambiente un aire de despedida (mañana muchos de los bañistas empiezan a trabajar), pero también una increíble paz. Nada la perturba y saco una foto en un vano intento de captarla. Cierro los ojos y oigo el ruido del mar en las rocas y el murmullo de algunas conversaciones cercanas. No hay majaderos cerca. Oooooommmm...

Pero como la imaginación es libre, me dejo llevar y no puedo evitar pensar en ellos, los majaderos del mundo. Como la serpiente en el paraíso, haberlos haylos, incluso en las mañanas radiantes.

Y pienso en los que rompen la tranquilidad de los demás, gritando, chillando, tirando el balón en playas, parques y montes.

En los que, en lugar de disfrutar de los pequeños placeres, se pasan la vida protestando a grito pelado del frío porque hay frío o del calor porque hay calor.

En los que ponen la música de sus móviles y nos obligan a oír a los demás un chundachunda que no nos interesa ni nos gusta.

En los que dan lecciones de todo, tanto si quieres escucharlos como si no. Especialistas en covid han surgido a miles en estos dos años.

En los que quieren ser protagonistas, novio en las bodas, recién nacido en los bautizos, muerto en los entierros.

En los que te llaman por teléfono a cualquier hora del día o de la noche para convencerte de que te cambies de compañía telefónica o eléctrica o que les compres algo que no necesitas.

En los que, de puro alivio, aplauden en los aviones cuando aterrizan.

En los que te quieren convencer de que todo tiempo pasado fue mejor, cuando realmente todo tiempo pasado fue anterior.

En los que en mi pueblo, ahora que son las fiestas, se las pasan tirando cohetes desde las 6 de la mañana.

En aquellos que... ¡Un momento! ¿Qué hago yo perdiendo el tiempo pensando en tanto majadero? Frente al mar infinito, en este bendito momento en que el verano empieza a despedirse lentamente, abro los ojos y me hago el firme propósito de vivir el aquí y el ahora, sin preocuparme de todos los majaderos que en el mundo han sido.

Vivamos. Y dejemos vivir.


lunes, 30 de agosto de 2021

Mundo Gato


Es una verdad mundialmente reconocida que a mí no me gustan los gatos. Sí, sí, ya sé que parecen adorables sobre todo cuando ponen ojitos tiernos y hablan con la voz de Antonio Banderas ("El gato con botas"), pero para mí son pérfidos y retorcidos, como los gatos siameses (Si y Am) de la Tía Sarah en "La Dama y el Vagabundo". También sé que estéticamente están muy bien, con esos ojos claros con los que te miran fijamente y con condescendencia, pero no me convencen, qué quieren que les diga. Digamos que las relaciones entre ellos y yo son de frialdad diplomática.

Y, sin embargo, es otra verdad también mundialmente reconocida que, si hay gatos en la habitación en que estoy, estos vienen a rozarme como quien no quiere la cosa, o se tumban sobre mis pies, o se suben al respaldo del sillón en el que me siento y hacen como que me acarician el pelo. Pero lo hacen para fastidiarme, estoy segura, porque amor a primera vista no es.

Y hay semanas, como la pasada, en que me parece que he entrado en el universo de los gatos. Están en todas partes, Los encuentro dibujados -dos gatos negros a cada lado de la puerta del vecino- el martes cuando fui al sur. Mi amiga Nati, con la que comparto afición por los libros y fotos y dibujos sobre la lectura, me mandó esta vez, ¡qué casualidad!, a un gato escondido en la estantería de una biblioteca, entre El Silmarillion de Tolkien y las obras de Steinbeck. En el chat de mis amigas del colegio, una de ellas nos manda, alborozada, las fotos de su camada de gatitos recién nacidos. La protagonista de uno de los libros que leí esta semana era una dibujante de un cómic sobre un gato, Wondercat, famoso en el mundo entero. En el restaurante al que fui a cenar el viernes, la puerta estaba trabada por un gato de madera. Y también por mi casa aparece un gato negro con manchas blancas al que veo pasar como una sombra por el jardín al atardecer. Como supongo que no trae otra intención que cazar ratones, lo dejo pasar cortésmente -¡Hola, gato!-, sin más comentarios. Y para rematar esta semana tan gatuna, me ha tocado darles de comer a los 4 gatos de mi hija, mientras ella y su familia han estado fuera. Como gritaba Joan Cusack en la película "In&Out" (pero a propósito de los gays): ¡¿Pero es que todo el mundo es gato?!.

Lo de mi hija es mucho. Por más que mi yerno le daba la lata para tener un gato, ella siempre dijo que no. Hasta que un día se encontró a uno negrito con ojos verdes debajo del coche y se lo trajo a su casa. Tengo que reconocer que yo misma ayudé en una cena que tuvimos al día siguiente a elegir el nombre, Coque (acordándome de "Stock de coque" de Tintín), y que no me pareció mal. ¡Pero es que tras él vinieron tres más, Lila, Nero y Lana! Es como si se corriera la voz entre la colonia gatuna del pueblo: Vete a aquella casa y, cuando alguien salga a la puerta, lo único que tienes que hacer es poner carita de pena, maullar con desespero y hacer como que te duele algo... Seguro que te recogen y ya tienes la vida resuelta. Y es verdad que viven como reyes. Coque hasta tiene página de Instagram, con eso se los digo todo.

Jardiel Poncela dijo que las personas a las que les gustan los perros necesitan que los quieran; y aquellas a las que les gustan los gatos necesitan amar (y ellos, tan suyos, se dejan querer). No sé si tenía razón Jardiel, pero cuando yo amo, espero por lo menos ser correspondida. ¿Entienden por qué no me gustan los gatos?


lunes, 23 de agosto de 2021

Falsarius Chef



Ha muerto Falsarius Chef, a quien mucho conocía. O mejor, no lo conocía de nada porque nunca lo vi, excepto en fotos. Y ahí siempre aparecía con esa nariz grandota de pega, gafas cuadradas de pasta negra y gorro de cocinero. O sea que, si me lo encontrara por la calle sin esos aditamentos, probablemente no lo reconocería, a pesar de que sus ojos azules tenían un brillo de humor inconfundible. Pero cuando alguien se ha metido en la cocina de tu casa, enseñándote recetas divertidas, a aprovechar los restos, a manejar el laterío de tu despensa o a improvisar un banquete, es como si fuera un amigo de toda la vida.

Falsarius Chef figura en mi Blog en la lista de Blogs preferidos (su última entrada fue en marzo) y es el autor de "Cocina para impostores", que él inició más o menos cuando yo empecé con mi blog (nos estrenamos juntos hace 13 años) con esta "Procelosa Declaración de intenciones": Para comer bien no hace falta mucho tiempo, ni productos caros, ni saber cocinar. Ni siquiera nitrógeno líquido, aunque pueda parecer mentira. Y no sólo se puede comer bien sino que, además, se puede quedar como un príncipe ante las visitas recurriendo a algo tan sencillo como la impostura. Engañar, eso es lo que aquí pretendemos. Engañar a la vista, al olfato, al gusto y hasta al bolsillo. Pura farsa, aunque esta vez por la noble causa de la gastronomía y el cuidado de nuestro ego.

Porque a Falsarius Chef le gustaba a rabiar cocinar. Y también escribir. Antes de darte una receta, te explica, con un humor envidiable, algo de ella. Como, por ejemplo, que las sardinas de lata me ponen. Mucho. Igual soy un poco raro (que seguro que sí), pero yo desde luego no cambio la visión de una sardina de lata por la sonrisa de la Gioconda. Y sigue con lo moderno que hubiera quedado Goya en "La maja desnuda" si en vez de una duquesa hubiera retratado a una sardina. O manda a tomar por saco el largo régimen post-navideño (las 48 horas más largas de mi vida, dice) y propone las "Costillas Gordo Feliz" con un sobre de sopa de cebolla y Coca-Cola, un gozoso deleite de los de mancharse los dedos y rechupetear los huesos. O explica cómo hacer las "Trufas fáciles" (chocolate, leche condensada y virutas de chocolate) para cuando te vienen visitas que no esperas, que la gente es muy puñetera y va diciendo: "Sí, todo muy rico pero al final nos quedamos con ganas de algo dulce".

En las "Gulas en vinagreta" empieza diciendo que hace tanto tiempo que no como angulas que ya no sé si me las he inventado, como cuando recuerdas la mansión y el jardín palaciego de tu abuelo de cuando ibas de pequeño y, al verlo de mayor, descubres que era una chabolilla y un patio con dos macetas. ¿Mira que si lo que yo recuerdo como angulas eran en realidad espaguetis al ajillo?. Aconseja comprar latas de berberechos de las caras, que de vez en cuando uno tiene que hipotecar su futuro y una lata de esas merece la pena: Son caras y lo saben. Avisa cuando copia una receta a otro cocinero, como en "Chupitos de berberecho a lo Sacha": Puede parecer un homenaje pero, en realidad, es un plagio. Y, cuando cuenta que él tiene hambre en todas las estaciones, proclama: Yo en lo del hambre soy muy de Vivaldi.

¿Cómo no adorar a este hombre? Nos da hasta viejos trucos para arreglar el exceso de sal, para hacer cebolla caramelizada con trampas, para sacar las legumbres del bote, para cocinar pasta rápida, para hacer postres fáciles y resultones (como las "Torrijas impostoras").

Pero es que, además, en el artículo de Obituarios en El País me entero de que fue el guionista de Mot, de Goomer y de Memorias de Gus, unas series de cómics que me encantaban por su originalidad y sentido del humor. Publicó libros con muchas de sus recetas (Cocina para impostores, Cocina sin humos, El rey de las latas, Recetas de verano...) y hasta una novela, Fabada mortal con el nombre de Ignacio M. Cuñat. También abrió un restaurante, "Verbena",  en el Puerto de Santa María con vistas a la Bahía de Cádiz, al que iré en otra vida que vivamos, lo juro por Dios.

Ha muerto Falsarius Chef, el Rey de las latas. Dijo una vez: De hecho he comido tantas conservas que seguro que, cuando me muera, me mantendré incorrupto y la gente dirá, míralo, era un santo. Y de eso nada. No sería un santo, pero era un hombre extraordinario, inteligente, divertido y creativo. Se llamaba en realidad Nacho Moreno, tenía 64 años cuando una enfermedad repentina se lo llevó. Y el mundo está un poco más oscuro sin él.


Goomer, cómic con guión de Ignacio Moreno y dibujo de Ricardo Martínez.


lunes, 16 de agosto de 2021

Noches de verano con sillas



En Cádiz hay un pueblo pequeño, Algar, en donde en las noches de verano los vecinos sacan las sillas a la calle al atardecer y se ponen a alegar hasta la medianoche. Y es una sana costumbre, se lo digo yo que lo sé por experiencia, En los pueblos de las vacaciones de mi niñez, sobre todo en Los Realejos y en Bajamar, lo de sacar la silla a la calle (hoy lo llamarían hacer silling) era el remate jubiloso de un largo día de verano. Allí se comentaba todo lo ocurrido en el día, en el mes y en el año. Por allí desfilaban dimes, diretes, historias y hasta cuentos de brujas. Allí, dulcificados por el calor de la tierra y el airito que bajaba de las montañas o subía del mar, se diluían los disgustos y las frustraciones que la vida podía asestarnos. Era algo tan humano y tan grato que lo he visto también por esos mundos, concretamente en la vera del Herengracht, uno de los canales de Amsterdam. Allí los vecinos holandeses veían pasar las barcazas por el agua mansa al anochecer, bien aposentados en sus sillas. El silling es universal.

Pero mira tú por dónde, Algar es noticia porque su alcalde ha iniciado los trámites para que la UNESCO proteja estas charlas a la fresca de su pueblo con el distintivo de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y vamos a ver ¿esa designación no se hace por algo singular y excepcional? El Patrimonio Cultural Inmaterial se refiere a prácticas y expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes escénicas, usos sociales, rituales, actos festivos, saberes, técnicas... Es un proceso largo de años, que requiere informes antropológicos y mucho apoyo ciudadano e institucional, y son raros los concedidos entre la multitud de festejos y cuchipandas del mundo. De hecho, en mi tierra solo hay uno, el silbo gomero. Y lo es por ser el único lenguaje silbado del mundo, usado desde tiempo inmemorial por los pastores antiguos, que se comunicaban de risco a risco entre los barrancos profundos de La Gomera. ¿Y lo van a comparar con que unos cuantos saquen una silla a la calle al atardecer y peguen a hablar de lo divino y lo humano? Amos, anda...

Y sin embargo... Algo hay en las noches de verano, cuando después de un día de calor sales fuera a refrescarte y descansas y comentas con los demás a veces tonterías y miras el cielo estrellado o la Luna brillante o una estrella fugaz a la que pedirle un deseo... Algo hay en esas noches que las hacen únicas, como si de repente supieses que no te hace falta nada más, que estás feliz de estar ahí, sentado en las sillas que has sacado de tu casa, o en la acera, o en el poyo de la plaza o en unos escalones, oyendo el murmullo de las conversaciones o unas risas que las interrumpen. Entonces, cuando disfrutas de esos momentos de plenitud, no te extraña nada que ese uso, costumbre o modo de comportarnos se convierta en Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero de toda la humanidad.

lunes, 9 de agosto de 2021

Érase una vez un duende


Cuéntanos un cuento, Aba,
me piden mis nietos pequeños en este fin de semana que se han quedado en casa.

Uffff... Un cuento... Los cuentos de los niños tienen sus condiciones, no crean. El empezar (Érase una vez...) y el terminar (Colorín, colorado...) son inmutables, como puertas fijas de entrada y salida a otro mundo. Lo que hay entre uno y otro, no tanto. Aunque les gusten los clásicos, mejor si es inventado. Además, tienen que salir ellos, de modo que si les cuento, por ejemplo, "La casita de chocolate", Hansel y Gretel se transforman en Álvaro y Julia. Y también cambian algunas cosas. Por ejemplo, la casita, una vez Julia empuja a la bruja a la chimenea, les sirve a los niños para celebrar los cumpleaños y las fiestas de pijama. Así se ahorran las chuches (que también cambian según el gusto de ellos: a veces la casita es de helado o de caramelo)).

Así que ahora toca contarles un cuento, un cuento de verano, como corresponde a este mes de agosto, que en mi pueblo transcurre entre sol brillante y chaparrón suave, y como corresponde a este oficio de abuela.

Érase una vez un duende de la arena - empiezo. Y antes de que pregunten qué es eso, sigo.

Los duendes de la arena son seres muy pequeñitos que viven en el fondo del mar. Son divertidos, juguetones y graciosos. Tienen el color de la arena con la que se confunden y por eso casi no se les ve. Les encanta jugar con sus amigos, las sirenas, los caballitos de mar, los pulpos, las medusas, los delfines y los cangrejos. Todos arman unas fiestas allá abajo que ríanse de los carnavales.

Pero lo que más les gusta a los duendes de la arena es jugar con los niños en las playas. Nadie más los puede ver, ni los mayores, ni los que no creen en la magia ni los vigilantes de la playa. Solo los niños se dan cuenta de su presencia cuando están con cubos, palas y rastrillos intentando hacer un castillo en la Playa de la Arena. A Julia y a Álvaro muchas veces se les desbaratan y desgorrifan las torres, se les llenan de agua los fosos y aquello parece más un potaje de berros que un castillo.Pero entonces se produce el milagro. Notan que junto a ellos hay un reburujón de arena que poco a poco les va ayudando con su magia a que todo salga bien y a terminarlo antes de que suba la marea, el gran reto de los castillos de arena. Construyen torres unas encima de otras, puentes entre ellas, túneles, almenas, caminos, puertas y ventanas. No solo pueden poner banderas en lo alto, sino que, misteriosamente, cerca aparecen estrellas de mar, caracolas, conchas de nácar, perlas (o algo parecido), piedritas pulidas y transparentes... que van a adornar los muros haciendo que el castillo parezca el palacio de las hadas. A los niños les gusta mucho y notan que al duende también.

Pero hace poco los niños echaron de menos al duende. No estaba en la playa, ni en las olas, ni en el quiosco de los helados. Por más que lo buscaron, no aparecía. Hasta que vieron el periódico que Aba leía y leyeron la noticia de que muy lejos, en Dinamarca, un país del norte, alguien había hecho un  enorme castillo de arena, de más de 20 metros y de 5000 toneladas de arena. Era precioso, tenía torres altísimas, mucho más altas que un hombre, criaturas marinas gigantes, fosos, ventanas ojivales y faros brillando. Y entonces los niños comprendieron que solo un duende de la arena podría haber hecho aquello. ¡Mira dónde estaba! exclamaron los dos. Con razón el castillo no se caía ni por el viento ni por las olas. ¡Era la magia del duende!

Ahora están los dos niños emocionados mirando al mar, esperando a que vuelva el duende y le enseñe más trucos. Están seguros de que entonces el castillo que hagan este verano será el más bonito de toda la playa.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Y ahora Aba se pregunta si les habrá gustado ¿Recordarán el cuento en estos días cálidos del verano cuando se entierren en la arena como croquetas y jueguen con ella a ser constructores de sueños? ¿Lo recordarán más tarde como para contárselo a sus hijos?

Pienso que seguramente estos cuentos de las abuelas se perderán, como se pierden muchas otras cosas, a lo largo de otros largos veranos en los que yo ya no estaré y el recuerdo se diluya entonces como castillos de arena bajo los vientos y los embates del mar.

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