lunes, 1 de junio de 2020

El que no sabe es como el que no ve




A raíz del post de la semana pasada en el que hablé de varias historietas de los médicos, mi hermana me contó una que le pasó en su primer año de de pediatra. Le tocó en el Valle de San Lorenzo y fue con una madre que le trajo a su niño con varicela y con un trapejo sobre la cabeza. Mi hermana, después de verlo y recetarle, le preguntó la razón del trapejo y la madre le dijo que era por si llovía (¡en el Valle San Lorenzo, con sol radiante casi todo el año!), porque le habían dicho que el agua para las ronchas eran lo peor de lo peor. Entonces mi hermana, con toda la paciencia, le estuvo explicando que era todo lo contrario, que la limpieza era fundamental para prevenir infecciones, que bañara al niño todos los días y que no le hacía falta para nada un trapo en la cabeza. La madre a todo esto asentía con entusiasmo y repetía: "¡Gracias, doctora, el que no sabe es como el que no ve!". Mi hermana quedó muy contenta de haberla convertido a la causa científica e higiénica y ya se iba a ir cuando por la ventana ve a la madre que, calle abajo, mira para un lado, mira para otro y, cuando pensó que no la veía nadie, sacó el trapejo y se lo encasquetó al niño en la cabeza.

Me acordé de esto y de cómo somos los humanos ahora que veo a la gente salir a la calle y lanzarse alegremente al botellón, a los abrazos y al compadreo. Los adolescentes salen con la retahíla de las recomendaciones detrás: vete con la mascarilla, guarda las distancias, nada de besos ni cariñitos... Como decía mi abuela Lola: "¡Ten fundamento!". Y después los ves en Instagram con los brazos por encima de las pibitas, sin mascarilla y sin vergüenza. ¡Es que fue solo para la foto!, dicen.

En el programa de Pepa Fernández de Radio Nacional el martes pasado, en el espacio filosófico llamado "Pienso, luego estorbo", preguntaban sobre qué pasaría si desapareciéramos los mayores de la faz de la Tierra y quedaran solo los de 25 para abajo. ¿El despilporre? No nos hacen caso a los sabios estando aquí, imagínense si no tuvieran a nadie ordenando y restringiendo todo el día. ¿O sabrían ordenar su vida social y salir adelante como hemos hecho las generaciones anteriores? La sombra de "El señor de las moscas", la novela de Golding en la que unos adolescentes en una isla en la que naufragan tienen que organizarse (y es un desastre), planea sobre esa solución.

Me da la impresión de que en esta "vuelta a la normalidad" va a haber muchos para los que las señales en el suelo (miren en la imagen inicial cómo estaba este domingo "mi" Playa de la Arena) son solo vallas para saltar, para los que el llevar mascarilla es una bobería, para los que lavarse las manos es una pantomima a lo Pilatos, y la distancia social simplemente no existe. Pero también pienso, como el filósofo José Antonio Marina, que la inteligencia es saber dirigir el comportamiento de acuerdo con la información que recibimos y que, en estas circunstancias en que nos ha tocado vivir estos días, hay que ser inteligentes y no jugarnos la vida. Porque el que no sabe es como el que no ve.

lunes, 25 de mayo de 2020

Médicos y pacientes (¿O médicos pacientes?)




En mi familia los profes somos los menos. Hay una rama dedicada a la construcción desde principios del siglo XIX y alguna vez hablaré sobre ellos. Pero a partir de mi generación la mayoría de mis parientes cercanos (cuento catorce) han elegido ser médicos, no me explico por qué. Yo no lo hubiera sido ni por todo el oro del mundo.Y miren que les di mis sabios consejos para que no lo fueran, por lo menos a mi hermana y a mi hija, pero ni caso. De hecho, mi hermana, después de asegurarle a mi madre que se iba a matricular en Biológicas, cuando estaba en la cola para hacerlo, vio al lado la de Medicina y, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, se cambió de cola.

Eso explica que, por ellos y por sus amigos colegas, conozco muchas batallitas de las que cuentan sobre las guardias, las consultas y los entresijos de los hospitales, pero sobre todo lo que cuentan sobre nosotros, los sufridos pacientes. Y es que, aunque afortunadamente la mayoría de nosotros generalmente no solo les hacemos caso sino que también nos curamos y les estamos agradecidos, hay otros pacientes que generan otras historias y que podríamos dividir en a) los que saben más que el médico; b) los que no se enteran muy bien, y c) los que son majaderos hasta decir basta, sobre todo a las 3 de la mañana de una guardia de 24 horas.

De los del primer grupo, los que saben más, está el padre que, cuando el médico le dijo que su bebé había perdido el conocimiento, lo miró con displicencia y le dijo: "Pero, doctor, ¿cómo va a tener conocimiento un niño de dos meses?". O el que le explica al médico que el mejor modo de combatir la fiebre es ponerle al paciente boca abajo un vaso de agua en la cabeza. O la madre que después de ponerle el tratamiento al niño, se va dándole las gracias al médico, pero en la puerta mirando las recetas dice: "Pero no le voy a dar nada de esto ¿sabe usted?"

De los que no se enteran (alguna vez he estado en este grupo) está la señora que aparece con una mascarilla hecha de croché. O la que, al decirle el médico que se suba a la camilla, lo hace poniéndose de pie sobre ella. O los que, cuando les mandan fisioterapia respiratoria o dieta líquida, al rato llaman para decir que de eso no tienen en las farmacias del pueblo.

Pero sobre todo de quienes más hablan los médicos cuando se reúnen es del tercer grupo, de los majaderos que van a las tantas de la madrugada después de guardias maratonianas en las que muchas veces los médicos no han tenido tiempo ni de comer. Aquí he oído el caso del chico que va a Urgencias porque tiene una cita y le salió un grano en la cara. O el que se cortó con una hoja de papel. O el actor que quiere que le enyesen para una película. O la abuela que lleva al niño porque lo despertó a las 5 de la mañana y el niño la miró con cara de sonado. O la señora que va a Urgencias preocupada porque dice que tiene el orificio anal de otro color (sí, yo tampoco me lo explico). Pero la que se lleva la palma de majadera  fue la chica que a las tantas de la madrugada le preguntó al ginecólogo de guardia (le pasó a mi cuñado) que cómo se llamaba el círculo oscuro que rodea el pezón. Cuando él le contestó "areola", dijo: "Ay, gracias, me faltaba esa palabra para el crucigrama":

Vienen a cuento todas estas historias verídicas y verdaderas de médicos pacientes porque tengo una deuda con ellos: no les he aplaudido, como han hecho mucho desde ventanas y balcones en estos dos meses de confinamiento. También es verdad que aquí, en medio del campo, no me oiría casi nadie pero creo que, si hay alguien que merece un reconocimiento, son ellos. No solo por tener vocación, aguantar carretas y carretones y hacer lo que están haciendo en la mayor pandemia que hemos vivido, sino también por su infinita paciencia y aguante con los seres humanos tal como somos, enterados, protestones, majaderos, ignorantes, estúpidos, jodelones... y, en el fondo, muertos de miedo. Somos, como decía Nietzsche, humanos, demasiado humanos. No les he aplaudido, no, pero aquí está mi homenaje y, desde el fondo de mi alma, el agradecimiento eterno que les debo.

lunes, 18 de mayo de 2020

Ríos de miel




Charles Dickens empieza su "Historia de dos ciudades" con uno de los principios que más me gustan de la literatura: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la edad de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo mejor que tiene, además de ese dominio maravilloso del lenguaje, es que es una descripción que se puede ajustar a cualquier tiempo y, más que a ninguno, a este que estamos viviendo. Son buenos tiempos para seguir luchando y viviendo, pero son malos para enfermarse, aunque sea de un miserable catarro, o para emprender algo nuevo ¡Y no les digo para meterse en obras!

Algo así debió pensar mi amiga Clari. Ella heredó una casa antigua, de esas terreras y pequeñas del Barrio del Toscal, y la alquiló a una profesora. Hace un tiempo esta, que es alérgica a las abejas, la llamó para decirle que había visto a algunas merodeando por allí. Clari mandó a fumigar y la cosa pareció calmarse. Pero ahora volvió a llamarla por una humedad un poco oscura en el techo del dormitorio ¿Humedad? ¡Pero si no ha caído ni una gota, ni siquiera en carnavales que es cuando lo hace para fastidiar! Por esto de estar en pandemia y en semiparada social, hasta esta semana Clari no ha conseguido albañil y, cuando este pudo al fin desplazarse a la casa y le pegó un mandarriazo al techo, del boquete empezó a fluir, como si fuera un anuncio bíblico, ríos de miel. Las abejas se habían metido por un nudo abierto de una viga de madera del techo y allí dentro hicieron un panal, que dejaron atrás cuando se fueron y que ahora, con el calor, se ha licuado derramando un dulce reguero inesperado y pegajoso.

Yo no había oído una cosa así en la vida. Que caigan arañas del techo, sí; ver después de un chaparrón un chorro de agua, también; pero ¿un panal de rica miel como el de Samaniego? Jamás en la vida. Lo más que recuerdo fue, el verano en que nos vinimos a vivir aquí, yo urbanita de toda la vida, un zumbido muy fuerte en la bodega que, por estar bajo tierra, es el cuarto más fresco de la casa. Allí descubrimos miles de abejas que se habían metido por el ventanuco dejando el panal por fuera. Se lo llevó un apicultor y ese fue mi primer encontronazo con la vida en el campo.

Ahora le cuento todo esto a Clari para animarla y para que no le coja manía a las pobres. Le digo que sin las laboriosas y polinizadoras abejas no habría flores, ni frutos ni semillas ni se producirían alimentos ni habría biodiversidad. Desaparecería el mundo tal como lo conocemos y habría otro sin café, ni manzanas, ni almendras, ni cacao (¡Adiós al chocolate, horror!). Le insisto en que una casa con ríos de miel es una casa bendecida. Que ya Jehová habló en la Biblia de esos ríos cuando describió a los israelitas la Tierra Prometida, un lugar que manaba leche y miel, casi, casi (sin la leche) como los ríos que van paredes abajo en su casa.

Pero me da que Clari, después de soportar la maldición del gomero -"En obras te veas"-, después del tiempo y del dinero que ha gastado en la reparación, después de que tuvo que invitar a la inquilina a dormir en su casa mientras se arreglaba el desaguisado, después de hasta soñar con abejas por la noche..., no va a sentir por ellas un cariño fraternal precisamente. Yo ya no sé qué hacer ¿Y si le hablo de la abeja Maya?



lunes, 11 de mayo de 2020

Y yo con estos pelos...




Uno de los efectos colaterales de la pandemia ha sido la crisis de pelos que se ha desatado en todos los hogares. Nada más abrirse el lunes pasado las peluquerías ya estaban haciendo cola una fila de peludos y decolorados, tal como si fueran aquellos monjes eremitas que hacían penitencia en el desierto. Con razón en el periódico lo llaman "el pelodrama". Los esprays cubrecanas, agotados; los mejunjes de color se han vendido más que los dulces y las bebidas alcohólicas; la gente, tiñéndose en casa y quedándose bicolor; los trasquilones se han hecho tendencia; mi nieto, el de 5, con una diadema de la hermana en el pelo porque con el flequillo ya no veía;  y yo... yo, con estos pelos, que me han crecido tanto que ya quisiera Rapunzel.

Mi madre, que era muy presumida, cada viernes iba a la peluquería e incluso, estando ya muy enferma, llamó a un peluquero amigo para que la peinase. Si hubiera vivido esto, le habría dado un pasmo. Y algo debe de habérseme pegado de ella porque, aunque no voy tanto (cada 5 semanas más o menos), cada vez que en este "retiro espiritual" me miraba al espejo,  el mismo cielo, como dice la canción, se estremecía al oír mi llanto, y me acordaba ¡cómo me acordaba!, ella lo sabe, de mi peluquera. Ahora que está abierta la peluquería, y aunque hay lista de espera, ¿quién fue la primera que a las 9 de la mañana del lunes estaba en la puerta? ¡Yo!, que estaba de las greñas hasta las ídem. Después de todo, es mejor ir antes que nadie, con la peluquería reluciente y desinfectada como nunca. Eso sí, nada de ir al baño, así que nada de beber agua ni naranjada en el desayuno, no sea que te den ganas. Y nada de leer el "Hola", la Biblia de las pelus, que a ver cómo me voy a poner ahora al día en la realeza y el famoseo.

Lo demás, perfecto. Bolsos y rebeca, a una bolsa cerrada; nada más levantarte del sillón de lavado ya lo están limpiando; todo el mundo con mascarilla y guantes que después te cambias para salir (y mi peluquera, además, con visera); y factura al final para que, si te paran, sepan de dónde vienes. Aunque esto último no es necesario: ¡Ya se sabe de dónde vienes! Estuve sola al principio y después llegó otra señora que se sentó a 2 Km. de distancia y con la que coincidí en que antes muerta que greñuda y que esto era una primera necesidad. Podrás estar una semana sin beber, podrás estar 40 días sin comer, pero ¡dos meses sin ir a la peluquería...! ¿Dónde se ha visto eso?

¿Y por qué esta manía por estar guapa? Después de todo nadie me veía con las greñas y nadie ne ve ahora sin ellas, excepto mi marido, Rebo, y mi hermana y mi cuñado desde el balcón de al lado (y ellos no cuentan porque me ven igual de guapa aunque vaya vestida de Darth Vader). Pero cuando vemos a tribus primitivas que se hacen filigranas de trencitas increíbles; o a las abuelas de nuestro tiempo que presumían de sus moños hechos con pelos sobre los que se podían sentar; o a las pelambreras afros, o a los jóvenes de hoy (mi nieta entre ellos) con distintos colores en el pelo..., comprendemos que todos se encuentran guapos así y le dan valor a la belleza como una forma de dignidad. Eso mismo me pasó a mí cuando salí de la peluquería "con paso firme y triunfal", divina de la muerte y gustándome a mí misma. Muy digna me dije que encerrada y confinada, sí. ¿Pero greñuda? ¡Nunca!

(La imagen inicial está dibujada por mi nieta Eva de José)

lunes, 4 de mayo de 2020

Niños del coronavirus




Así más o menos los llamarán, igual que nombraban antes a "los niños de la guerra". Niños del coronavirus o de la pandemia, niños que nacieron mientras sus padres estaban encerrados y el mundo se desmoronaba casi sin entender del todo qué pasaba. Pero ellos trajeron luz y esperanza y todos los que los miramos no podemos por menos que sonreír al verlos. Cuando no puedo dormir alguna noche, me basta evocar la placidez con que duermen para relajarme enseguida. Ellos son la sonrisa y el sosiego necesarios en estos días del nuevo diluvio.

En mi círculo familiar y de amigos han nacido dos niños, Antonio y Miguel. Antonio nació el mismo día en que empezó la primavera, el 20 de marzo; Miguel, terminando el mes de abril, el 28. Los dos, hijos únicos por ahora, han llenado de alegría a sus padres Leti y Raúl, y Carmen y Alberto, y a todos los que los queremos. Mirando las fotos (en la imagen inicial, Antonio en uno de sus sueños más beatíficos), que es lo único que podemos hacer por ahora, muchos nos preguntamos qué les contarán dentro de 15 o 20 años sobre la época negra en que nacieron ¿Cómo será ese mundo después de todo esto? Todos dicen ahora que nada volverá a ser igual que antes, que todos cambiaremos ¿Seguiremos el mismo camino de estos días de encierro, seguirán el miedo y la incertidumbre gobernando nuestras vidas? ¿En los años venideros se hablará de una nueva época A.C. (antes del coronavirus) y de otra época D.C. (después del coronavirus)?

Por si acaso la cosa cambia demasiado, yo quiero contarles a mis niños historias de cómo fuimos y que ellos comparen y elijan. Les diría, por ejemplo, que, aunque vean que en ese futuro todo el mundo va con mascarillas y guantes, hubo un tiempo en que nadie los llevaba y en que, cuando conocías a alguien, le podías ver la sonrisa y hasta tocarles las manos de verdad (lo cual a la hora de ligar tenía sus ventajas). Que, aunque lo normal será que todos se saluden de lejos con un gesto de la mano, en los tiempos anteriores ¡lo juro! todo el mundo le plantaba dos besos al otro sin conocerlo de nada. Que, aunque en las casas del futuro va a haber una habitación destinada exclusivamente a hacer acopio y guardar miles de alimentos y, por supuesto, infinitas tongas de rollos de papel higiénico, en las casas del pasado las despensas eran generalmente un mueble en la cocina, y la gente iba al supermercado cuando les faltaba algo y, a veces, hasta por gusto. Que en la época A.C., en lugar de tener como ellos una enseñanza online totalmente filtrada por Internet, los niños iban a la guardería y después al Colegio, al Instituto, a la Universidad... y allí hacían amigos (algunos para toda la vida) y aprendían de todo, pero también a jugar, a gritar, a correr, a hacer el tonto... y se lo pasaban pipa. Que antes había viajes en los que los viajeros conocían el mundo con los cinco sentidos y no como ellos, viajes virtuales a vista de dron, muy espectaculares, sí, pero sin compartir maneras de vivir. Que en la época A.C. las personas hacían fiestas, no de 10 personas como en la era D.C., sino de muchas más, que hablaban, comían y bailaban sin guardar distancias de seguridad. Y que hubo un tiempo en que miles de personas gritaban juntas ¡goooool! en un estadio de fútbol, un tiempo en el que nos lavábamos las manos solo cuando estaba sucias, en el que asomarse a los balcones era solo para ver pasar el mundo y en el que, si veías a unos vestidos de extraterrestres con monos y escafandras, era porque estabas en carnavales.

El periodista Enric González hace unos días habló de estos niños del coronavirus, que van a conocer quizás este mundo como un lugar incómodo y hostil,  y augura que "van a tener que convertirse en gente mucho más dura, lúcida y coherente que nosotros". Antes contábamos a los niños cuentos de hadas para que conocieran lo que pueden esperar del mundo. Ahora yo solo espero que, contándoles también cuentos de un antes ya vivido y de un después posible, sepan elegir con tino, pierdan el miedo al miedo y sean felices. ¡Bienvenidos a este mundo, Antonio y Miguel!

lunes, 27 de abril de 2020

Una sabia decisión




Cuando nos vinimos a vivir al campo, hace ya casi 40 años, lo hicimos en condiciones muy precarias. En principio no había una carretera como es debido para llegar hasta aquí y ni siquiera un puente que permitiera cruzar el barranquillo que existe al principio de la urbanización. Hicimos la casa poco a poco en 3 años, dejando para mejores tiempos el jardín, la huerta y un espacio de tierra en la parte baja del solar donde en un futuro muy, muy lejano pondríamos una cancha.

Al final -los niños tenían 9 y 5 años- nos vinimos a vivir con la casa a cuerpo gentil, sin muebles ni nada. Bueno, teníamos somieres y colchones, sí, pero las mesillas de noche eran unas cajas de aceite Adelina en las que podíamos apuntar números de teléfono y recados varios.Las mesas y las sillas eran de camping y, cuando venían los amigos y la familia, montábamos una "mesa" mayor con una puerta vieja apoyada en dos bidones. Menos mal que las estanterías y los armarios eran de obra (aunque sin puertas) porque si no, libros y ropas hubieran quedado desamparados y amontonados en el pantano del caos.

Y entonces nos pasó una de esas cosas milagrosas que uno no espera. En nuestra nómina (ya teníamos las oposiciones ganadas) había un complemento que debíamos haber recibido también en los 5 años de interinos y que, aunque lo habíamos reclamado hacía años, ni humo ni pelos y ya lo dábamos por perdido. Y en esto, sin comerlo ni beberlo, nos aceptaron la reclamación y nos pagaron con efecto retroactivo todos los atrasos, con lo cual recibimos una buena suma. De repente, nos daba para amueblar la casa, ¡podíamos tener hasta sillones para repachingarnos, mesas para trabajar, puertas en los armarios (y así no tener que tenerlos ordenados)!. Pero entonces, con esas venadas que nos dan a los pobretones que nos creemos millonarios, dijimos: "¿Y si hiciéramos la cancha ahora, en lugar de comprar los muebles?". Nos pareció un disparate, la verdad, pero la idea estaba ahí. Nos parecíamos a la ratita presumida del cuento que, cuando se encuentra una moneda en la puerta de su casa, se pasó días dudando en qué invertirla hasta que se compra una cinta para hacerse un lacito en la cola. Nosotros igual, hasta que convocamos cónclave familiar y preguntamos a los niños: "¿Qué prefieren, muebles o cancha?". ¿Qué hubieran contestado ustedes de ser niños? Pues eso.

Al par de meses seguíamos sin muebles pero teníamos una flamante cancha nueva, con red de tenis y un aro de baloncesto en un extremo, a la que llamamos durante mucho tiempo la Cancha de los Atrasos. Allí jugamos al tenis, allí los niños corrieron, montaron en bicicleta, se cayeron del monopatín, hicieron clavadas y se cargaron no sé ni cuántos aros... Jugo le hemos sacado, la verdad.

Incluso ahora que está, como nosotros, de capa caída, cuando no sirve para hacer aquí la final de Wimbledon y está un poco hundida por algunos lados y tiene sus achaques, ¡qué buen papel hace como tontódromo! En estos tiempos de confinamiento el mejor momento del día es esa hora y media caminando -mi marido, el perro y yo- en la cancha bajo la sombra de los aguacateros que sembramos a un lado y que por la mañana temprano la cubre casi toda. Se siente allí un sonoro silencio. Ya no se oye el tráfico de los coches que pasaban por la carretera lejana. Mientras caminamos solo pasan 3 o 4 o un camión que baja vacío y sube cargado de bloques, signo de que la vida sigue ahí fuera. Los aviones que cada 10 minutos salían o entraban en el aeropuerto han quedado reducidos a dos en toda la mañana. A cambio se oye a los capirotes piando en ese lenguaje extraño que tienen de llamado-respuesta y al bando de palomas mensajeras que aletea dando vueltas -ellas también- sobre nuestras cabezas. Mirando alrededor y a lo lejos, se ensancha el alma viendo en el horizonte el mar con su promesa de futuro. Y pienso en qué bien lo hicimos cuando hace tanto tiempo decidimos tener, no una habitación propia (con muebles), como pedía Virginia Woolf, sino algo mejor: ¡un espacio al aire libre propio!

¿Y tú? ¿Alguna vez has decidido algo que a primera vista parecía un disparate y que a la larga ha resultado ser el mejor acierto del mundo?

lunes, 20 de abril de 2020

En mi casa hay un fantasma




Sí, no ha habido más remedio que admitirlo: en mi casa hay un fantasma. Antes de esta etapa de "retiro espiritual" (me gusta más que lo de confinamiento, que me suena a campos de concentración) por aquí pasaba todo el mundo: hijos, nietos, hermanos, primos, amigos, la señora que me ayudaba, un jardinero de vez en cuando, el cartero... Era fácil que las cosas se perdieran, se recolocaran o aparecieran de repente en sitios inesperados. Pero claro, desde el 13 de marzo en que nos encerramos y estamos mi marido y yo, si algo se pierde o se recompone, no hay otra opción: o fue él o fui yo. Y como cada uno decimos lo de "yo no fui", la solución que queda es "fue el fantasma".

Lo que debe haber pasado seguro es que nuestro fantasma trabajaba a tiempo completo en algún castillo de Escocia atravesando húmedas estancias y asustando a los turistas. Y que con esto del coronavirus y el cierre de fronteras y que los turistas hayan desaparecido como especie en el planeta, al pobre fantasma le hicieron un ERTE y pensó entonces dejar las neblinosas Tierras Altas y los páramos escoceses sacudidos por vientos helados ¿Qué mejor idea que venirse un tiempito a Tenerife? Que no es por presumir (mentira, sí es por presumir), pero es que está haciendo un tiempo espectacular. Algún chaparrón como el que cayó el sábado para limpiar el aire, pero luego un sol fúlgido (que diría mi abuelo el poeta), un cielo despejado con nubes dando la nota de color, un mar azul brillante... y flores, muchas flores, demostrando que, pase lo que pase, la primavera ha venido. Así que nuestro fantasma no se lo pensó más y aquí lo tenemos instalado.

Que conste que yo últimamente estoy al día en materia (es un decir) fantasmal porque, aprovechando este relax, me he releído unos cuantos libros sobre fantasmas para repasar el tema y que no me cogiera de nuevas. Uno es "El fantasma de Canterville" de Óscar Wilde que ya saben de qué va: el fantasma de Sir Simón de Canterville aterroriza al personal de su castillo durante siglos, hasta que una familia americana compra el castillo y él constata que, en lugar de producirles susto, le dan lubricante Sol-Naciente para que engrase las cadenas y los niños le tiran almohadas.  Otro libro fantasmal que me encanta es "Una chica años veinte" de Sophie Kinsella en el que a la protagonista se le aparece el fantasma de su tía abuela Sadie que acaba de morir con 105 años. Pero quien se le aparece es una Sadie joven de 23 años y vestida de charlestón. Y después están "Fantasmas en peligro" y "Adopta un fantasma" de Eva Ibbotson, dos novelitas muy divertidas sobre ellos ¡Lo que yo no sepa de fantasmas...!

Del nuestro sé que es un fantasma masculino porque deja el asiento del WC siempre levantado y como evidentemente no soy yo y mi marido dice que él tampoco... También sé que es muy goloso porque hace poco le fui a regalar a mi hermana una caja de bombones que compré para mi cumpleaños de marzo que no pude celebrar y, cuando los fui a buscar, quedaban dos. Increíble. Y también sé que es muy bromista, se divierte quitándonos cosas y poniéndolas en otro sitio. Mis gafas, que deben estar normalmente en mi mesa de trabajo o en la mesilla de noche, me las encuentro al lado de la lavadora o en la despensa. A mi marido, que aprovecha estos días para hacer cancamitos y se puso a montar en el salón una estantería para los discos, le desapareció el destornillador y lo vino a encontrar en el palomar. Así que nos pasamos el día entretenidos, sube y baja escaleras, jugando al escondite.

Pero no nos enfadamos nada con nuestro fantasma que nos cae muy bien, Después de todo nos ayuda a hacer ejercicio físico y mental. y le hemos cogido verdadero cariño. Lo vamos a echar un montón de menos cuando todo esto pase y vuelva a sus páramos escoceses...

Lo hemos llamado Federico.


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