lunes, 15 de octubre de 2018

Nadie me quiere



En aquellos lejanos tiempos en los que no me perdía la lectura de "La Codorniz", leí un relato en ella que me impresionó , aunque lamento no acordarme del autor. Se titulaba "Nadie me quiere" y contaba los hechos de un día en la vida de un hombre. Se levantaba, se duchaba, se desayunaba, se iba a la oficina, salía al mediodía, se comía unos espaguetis en el bar de enfrente, volvía al trabajo, hablaba con los compañeros, salía a las 7 a tomar una copa con algunos amigos, llegaba a su casa, comentaba el día con su mujer y sus hijos, entraba en el baño, se miraba al espejo ¡y se veía un espagueti en el bigote! Todo el día, todo el santo día, desde el mediodía hasta la noche, con un horrible espagueti pegado al bigote, y nadie ¡nadie! lo había mirado detenidamente para darse cuenta y decírselo. Era un relato real de la vida y sus zarpazos. No me digan que no tenía toda la razón en su conclusión -¡Nadie me quiere!- y que no es para compadecerlo.

Y no es un caso único, no. Cada día todos estamos expuestos a la indiferencia general. Que no se fije en ti el tendero de la esquina, pase, pero ¡los hijos de tus entretelas! ¡o la madre que te parió! ¡o el amor de tu vida! Una mirada de arrobo no estaría mal ¿no? Yo hace poco llevé una blusa a la costurera (ya saben que la costura no es lo mío) para que me cerrara un escote sugerente que llevaba días con un discreto imperdible detrás. Ella en un pispás me solucionó la chapucería y yo al día siguiente anduve con la blusa puesta paseándome por aquí y por allá. Al final del día me di cuenta de que mi costurera, tan honrada ella, no se había quedado con el imperdible sino que lo dejó bien visible en el cuello de la blusa, y yo, ¡venga a pasearlo como si fuera la joya de la corona! Ni me miraron ni se fijaron en el imperdible, como nadie vio el espagueti del de "La Codorniz".

Y peor lo tuvo una amiga de mi hija. Es una escritora a la que, nada más llegar a la presentación de un libro, la invitaron a cupcakes y se comió uno azul. A resultas, se le quedaron los dientes, la lengua y los labios de un precioso tono azul pitufo y de esta guisa habló con editores, escritores y asistentes al acto, hasta que mi hija, que sí la quiere, se lo dijo. Casi le da un yeyo.

¿Qué nos pasa a los humanos que no nos fijamos en los demás, como si tuviéramos unas orejeras que nos hacen ir solo a lo nuestro? Es para deprimir a cualquiera. Yo no digo que caigamos en la desesperación de un Bécquer cuando decía aquello de "de qué pasé por el mundo ¿quién se acordará?". Tampoco digo que cada vez que nos encontremos con alguien nos miremos a la cara con encendida pasión. Pero sí que por lo menos constatemos que la persona que está enfrente no lleve un espagueti en el bigote o un imperdible en el cuello de la blusa o la lengua azul ¡qué menos! Y que, además, si lo lleva, se lo digamos.

Menos mal que para no ponernos demasiado trágicos y con el "¡nadie me quiere!"a rastras, todos tenemos otros amigos que, cuando nos ven, nos dan el gran repaso de arriba a abajo. Por lo menos yo tengo un par de ellos que se fijan: "¿No necesitas teñirte ya el pelo?" "A esos zapatos les hace falta una buena limpieza ¿Dónde te metiste?" "¿Y esa no es la rebeca que llevaste hace 10 años al cumpleaños de tu hermana? ¡Bien te duran las cosas!"... A esas personas, aunque me digan "¡Y además has engordado lo menos 5 kilos desde la última vez que te vi!", las perdono de todo corazón, porque aunque sean unas desgraciadas, mezquinas y miserables, ellas al menos sí que me quieren.

lunes, 8 de octubre de 2018

Campanas de Vegueta


Plaza de Santa Ana y Catedral desde la azotea del Ayuntamiento (foto Carlos García)
En cada día, si se sabe mirar bien, hay momentos sorprendentes, como flashes que iluminan un camino incierto. Y si uno se aleja de su entorno habitual, esos flashes se multiplican con el aire de lo novedoso y lo distinto.

Este fin de semana he estado en Gran Canaria, una isla que no conozco bien a pesar de ser la más cercana. He hecho una visita cultural con unos cuantos amigos del grupo "Lo que las piedras cuentan (de los que ya les he hablado aquí y aquí) y he atesorado algunos de esos momentos,  que ahora comparto con ustedes.

El descubrimiento de los cuadros llenos de vida de Antonio Padrón explicados con pasión por el guía  y doctor en Bellas Artes, Javier Jiménez, un buen conocedor de su obra: la tierra, las figuras femeninas, la costumbres y mitos, la luz... Una maravilla.

La sorpresa, al final de una comida, de una canción cantada por un coro (luego supimos que era el Coro de Cámara "Ainur") que celebraban un cumpleaños en la mesa de al lado: voces altas, claras y cálidas entonando una bella composición en alemán que nos hipnotizó antes de darles el gran aplauso.

Los retazos de historia que nos brindaron: la reproducción de una vivienda aborigen en la "Cueva Pintada" de Gáldar, con sus camas empotradas en nichos amplios y cómodos y sus pieles para abrigarse en noches frías; o las gárgolas con forma de cañones que echaban agua y no bombas pero que igualmente asustaban a los piratas que pretendían conquistar la ciudad; o los bellos edificios clásicos y modernistas de Gáldar y del barrio de Vegueta en Las Palmas, que nos hablan de las grandes familias que un día fueron...

El paseo por la mañana temprano por la Playa de Las Canteras, envidia de todos los tinerfeños y gloria de la ciudad de Las Palmas. A esas horas ya estaba llena de vida y su arena dorada resplandecía. El mar estaba en paz y el aire limpio.

La visita a la Casa-Museo de Pérez Galdós con su mesa de estudio, sus páginas escritas y con tachones, sus plumas, sus libros y su extraño afilador de lápìces, que nos hicieron sentir afinidad con el viejo escritor. Y el timbre artesanal de la puerta, con sus esquilones, su larga cuerda y su música, nos hizo recordar costumbres pasadas.

La exquisita arquitectura del Castillo de la Luz, baluarte defensor, que se ha sabido reconstruir tan inteligentemente y en donde las esculturas de Martín Chirino (tan graves, tan aéreas) casan extrañamente a la perfección con los gruesos muros.

El feliz hallazgo, en una mesa aparte en el desayuno del Hotel, de exquisiteces del país: rodajas finas de queso de Fuerteventura, un bol de cristal con chorizo de Teror, frascos pequeños de mermelada de higos picos, suspiros de Moya, crujientes y deliciosos (me comí dos)...

El disfrute del humor canarión (siempre me ha gustado oírlos hablar, hasta cuando lo hacen en serio): las explicaciones de un taxista sobre sus desgracias al conducir por La Isleta; o un rato de chistes tomando un café en la Plaza de Santa Catalina; o las estatuas que salpican la ciudad (Lolita Plumas, la Loreto o el pescador, agachado y descamando el pescado), síntomas de un pueblo con buen sentido del humor y buen sentido común.

Los regalos generosos que nos han hecho: libros sobre Gran Canaria, sobre Galdós y sobre Chirino, una agenda de las que me gustan, con hojas blancas y tapas duras y bonitas, un llavero... Y lo mejor, la compañía de los miembros del grupo que viven allí y los guías de lujo que tuvimos en las visitas. Gracias a todos ellos.

Y sobre todo, la magia de un momento único. Cuando subimos por la tarde con el cronista oficial de la ciudad a la azotea del Ayuntamiento, las campanas de Vegueta se pusieron a repicar. Hasta a él lo sorprendieron ¿Tal vez era porque al día siguiente era la fiesta de la Virgen del Rosario o porque en esos momentos se estaban reuniendo grupos floklóricos de toda España (los vimos pasar después muy tiesos y engalanados)? ¿O era por nosotros, visitantes cercanos y familiares? Quisimos verlo como una bienvenida cariñosa de la ciudad, la celebración de que estábamos allí disfrutando y aprendiendo cómo nació y ha crecido Las Palmas, esta ciudad grande y cosmopolita, abierta al viento y al mar:
Barrio de Vegueta, 
barrio donde nací, 
Torre de la Audiencia
de San Agustín.
Las más alegres campanas
de nuestra Catedral,
donde la Plaza Santa Ana
al aire se echó a volar.
Al mar. al mar.
repican, repican al mar...
(canción de Los Sabandeños)

El grupo con los perros de bronce de la Plaza de Santa Ana. Foto de Carlos García.


Playa de Las Canteras por la mañana (Foto Charo Borges) 

Escultura de Martín Chirino en el Castillo de la Luz (Foto Charo Borges)

Despacho de Pérez Galdós

Cuadro marino de Antonio Padrón. En él, el rayo verde.


Balcón de casa modernista en Vegueta. 

lunes, 1 de octubre de 2018

El estefanote




A la puerta de casa hay plantado desde hace más de 30 años un estefanote. No sé si conocen esta planta. Tiene una hojas verdes y lustrosas, unas semillas que parecen aguacates de lo grandes que son y unas flores pequeñas y blancas como cálices, con un perfume elegante y suave parecido al jazmín. De hecho, otro de sus nombres es "jazmín de Madagascar" por el sitio del que procede, la isla de los lémures y camaleones, allá por el Océano Índico. Cada vez que entro o salgo de casa el olor del estefanote entra y sale conmigo.

Esta semana me he ido unos días a Madrid para asistir a la jubilación de mi amiga Ana, mi compañera de habitación y de correrías en aquellos años de Colegio Mayor. Como siempre, Madrid es para mí ese lugar cercano y familiar que pareces conocer como la palma de la mano y que nunca se termina de conocer del todo.

Madrid son las gentes en el Metro, soñolientas por la mañana y cansadas del trabajo por la tarde, a los que les sube la sonrisa a los ojos al oír allí mismo un acordeón tocando "Allá en el Rancho grande...".

Madrid es la entrada de los niños al colegio, con sus carreras cuando les abren la puerta y sus voces infantiles que llegan hasta la ventana desde la que los veo.

Madrid es ir viendo a ritmo de guagua, desde Vicálvaro donde me quedo siempre en la casa de mi hija, los barrios periféricos, que siguen conservando el aire de los pueblitos que fueron, con su plaza principal, su fuente de la pila y sus viejos jugando a las cartas.

Madrid son los edificios de ladrillo rojo con balcones de forja. Es la Puerta de Alcalá y la Cibeles y las obras eternas en la Gran Vía.

Madrid es poder asistir a un debate -interesantísimo- sobre el futuro de la Universidad en el que participaron el Rector, 4 ex-rectores y un ex-ministro.

Madrid es la posibilidad de elegir una obra de teatro con gancho.

Madrid son los churros del desayuno por la mañana en la cafetería de la esquina, donde ya nos conocen.

Madrid es el reencuentro feliz con los amigos de siempre -Ana y Serra, Esperanza y Mane, Viti, Floren, Pili y Pablo...- en torno a una buena comida.

Madrid es caminar -¡Cómo se camina en Madrid!- sin rumbo fijo, disfrutando del ambiente y de los detalles.

Y luego, de repente, nos llama el aroma del estefanote. Y en un pispás te ves en el aeropuerto, y en el avión, y en el coche que nos va a recibir -¡benditos Chari y Miguel!- y en la puerta de casa ante las flores pequeñas y blancas como cálices. 

El perfume del hogar.




lunes, 24 de septiembre de 2018

7 libros para 7 amores

En Facebook han puesto la semana pasada un reto para animar a la lectura que decía tal que así:
"Primer (o 2º, o 3º...) día del reto para animar a la lectura al que me ha invitado X. Comparto este libro, sin críticas ni comentarios, y animo a mi amigo Y para que comparta durante una semana 7 libros que hayan sido importantes para él (o ella)". Y luego, debajo ponía la portada de un libro.

Me ha parecido bien, la verdad, porque te lleva a acordarte de momentos placenteros. Es un reto que ha ido pasando de amigo en amigo (Agustín, Melchor, Juancho, Santi...) y ha llegado a mí a través de Domingo García Verano que es quien me invitó a enfrentarlo. Y ¡claro que acepto! Si los libros son mi pasión y me he pasado media vida , más de 30 años, llevando una biblioteca escolar y animando a la lectura, ¿cómo no voy a responder a un reto literario? Pero, si mi amigo Mingo me lo permite, lo hago en este post que abarca también una semana y así los 7 días pedidos aparecen juntos. Y otra licencia que me permito es que un comentario, aunque sea pequeño, sí habrá -¡buena soy yo para callarme!-, aunque sea para pensar por qué ha sido importante para mí. Así que ahí van (por orden alfabético de apellidos, como corresponde a alguien que se ha dedicado a ordenarlos):

Primer día, lunes 24 de septiembre: "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen.
Fue importante para mí descubrir que puede haber historias de amor llenas de sensibilidad sin ser sensibleras y que ser una autora romántica no quita para tener una mirada irónica y crítica sobre la sociedad de su tiempo. Por algo es una de las grandes de la literatura inglesa:




2º día, martes 25 de septiembre: "Autobiografía" de Agatha Christie.
Es una delicia de libro que me animó a escribir este blog. Toda vida tiene momentos oscuros pero, a pesar de ello, la autora (Agatha Miller, Agatha Christie, Agatha Mallowan) transmite una alegría de vivir contagiosa.




Tercer día, miércoles 26 de septiembre: "Crónica de una muerte anunciada" de Gabriel García Márquez.
Me enseñó que, si existe la reencarnación, para la próxima me pediré escribir como él ¡Qué dominio de los tiempos, del lenguaje, de la intriga, de los personajes...! Absolutamente genial.




4º día, jueves 27 de septiembre: "Las mil y una noches"
Me abrió la mente a un mundo voluptuoso y sensual, el oriental, totalmente distinto al mío. Es el mundo de las leyendas y cuentos, de los lugares lejanos, brillantes y coloridos, por los que pasan caravanas de hombres misteriosos, de los mitos... Después de leerlo, cambia la mirada que se tiene sobre la realidad.




5º día, viernes 28 de septiembre: "La isla del tesoro" de Robert Louis Stevenson.
Fue el anzuelo que me enganchó a la literatura para siempre, la llave que abrió la puerta de la aventura, la botella de ron - ¡ho, ho, ho! - que me embriagó. Él fue el primero.




6º día, sábado 29 de septiembre: "El Señor de los Anillos" de J.R. Tolkien.
El más leído (hasta 12 veces) ¿Por qué me gusta tanto? Creo que porque ahonda en la música del lenguaje y en historias del principio del mundo, cuando todo era nuevo. Cada vez que lo vuelvo a leer atesoro hallazgos.




Y 7º día, domingo 30 de septiembre: "Dejádselo a Psmith" de P.G. Wodehouse.
La novela antidepre por excelencia, con ese fino humor inglés que tanto me gusta. Me arranca carcajadas y solo por eso ya ha sido importante. Aunque esté tan baqueteadita. (es de 1944)




¿Son las mejores entre las que he leído (de 7 a 9 cada mes)? Una vez hice para un Suplemento Cultural una selección de 10 y eran otras novelas. Técnicamente claro que hay mejores y son muchísimas las que me han emocionado. Pero elegí estas 7 porque son novelas leídas y releídas, citadas, subrayadas, manoseadas... y, a veces, en los momentos chungos, su tacto y su cercanía me han ayudado. No las expurgaría nunca jamás de mi biblioteca. Son viejas amigas.

¿Y ahora, qué? Tengo que animar a alguien a que haga lo mismo. Pero mejor los invito a todos ustedes a buscar entre todos los leídos los libros amables y amados, los libros cómplices, aquellos que solo con acariciar los lomos y abrirlos anticipan ya un placer conocido y familiar. Y cuéntenmelo aquí, incluso con el comentario de por qué fue importante. No hay nada mejor que una pasión compartida.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Los tiempos del templero




Acabo de leer una novela policiaca (no digo cuál es para que no me acusen de eso que ahora se llama "spoiler" y que en mis tiempos era "chafar el final") en la que una mujer muere envenenada por ahorradora. Antes hay un señor al que envenenan y su hermana recoge todas sus pertenencias para aprovecharlas, entre ellas la pasta de dientes, ¡no va a tirarla casi llena!. Y mira tú por dónde, ahí es donde el asesino había puesto el veneno (nicotina) inyectándolo con una aguja fina. Así que cuando ella se lava los dientes, muere también. En la novela todos dicen: "¡Le está bien empleado por roñosa!". Pero yo digo que nosotros, los de mi generación, también la hubiéramos palmado. A nadie se le ocurre tirar la pasta de dientes a la mitad. Es más, la solemos exprimir tanto que la dejamos boqueando.

Y es que para nosotros, los que vivimos una posguerra, el derroche era pecado mortal. Lo de dejar comida era tan impensable que los platos quedaban relucientes como salidos de un lavaplatos; las botellas se reciclaban y se devolvían vacías a las tiendas; teníamos bolsas de tela para ir a la compra y todavía conservo las del pan, bordadas en casa como corresponde a las mujeres palmeras; los botes de mermelada se lavaban y se usaban otra y otra y otra vez; las medias se llevaban a coger los puntos cuando tenían una carrera (tirar unas medias ¡qué disparate!); las camisetas rotas se tornaban trapos del polvo... Tengo hasta un libro del año de la pera titulado "Las sobras. Las 125 mejores recetas para prepararlas", del que hoy dudo que haya una editorial que ose publicarlo. Antes se aprovechaba todo  y las verdaderas sobras (las sobras de las sobras) se ponían en un cacharro para que las recogiera un chico que iba por las casas a por "la comida del cochino".

Y es más: aunque mucha gente no lo sabe, nosotros pertenecimos a la época del templero. El templero es, según el "Tesoro lexicográfico del español en Canarias", un rabo de cerdo con un poco de tocino adherido que sirve para templar, para darle sustancia a un potaje o un caldo que sin él no sabría a nada. Para eso le ponen una cuerda por un extremo y lo meten en la olla donde lo tienen unos minutos. Yo no conocí nunca esa actividad tan pintoresca, pero mis amigas de La Gomera me aseguraron que, cuando niñas, eso era así en los pueblos de la isla. "M'hija, vete a pedirle a Agustina que te preste el templero". Y el templero, que era un bien familiar como cualquier otro, que se guardaba colgado en las cocinas y que hasta se heredaba y todo, iba pasando de casa en casa engañando el hambre de la gente pobre.

Y luego, con el tiempo, nos volvimos ricos y empezamos a derrochar y a tirar alimentos, ropas o muebles que ya no queríamos, y a llenar el mar de plásticos y los montes, de basura y los niños a volverse caprichosos con las comidas...

Sophie Kinsella tiene una serie de libros con una compradora compulsiva ("Shopaholic") como protagonista. Compra cosas que no necesita, se encandila ante las rebajas y los escaparates atractivos, se vuelve loca por los zapatos y, si alguno le hace tilín, se compra otro par igual de otro color. En uno de los libros le sale una hermanastra a la que no conocía y que es todo lo contrario a ella, una persona austera y frugal. Por ejemplo, cuando se van a tomar un café, Becky (la derrochona) le propone a Jess (la austera) que vayan a una cafetería preciosa con mesas de mármol y se pidan un capuchino. Jess le dice que las cafeterías son carísimas, que sus márgenes de beneficio son vergonzosos y que mejor se sienten en un banco del paseo, que ella tiene un termo (de 2ª mano) con café del frugal, hecho usando los posos dos veces. Sabe un poco peor pero se ahorra muchísimo.

¿Entonces, qué? ¿Nosotros debemos ser como Becky, que disfruta de la vida aunque a veces esté en números rojos? ¿O como Jess, que sabe lo que vale un peine y que por eso no se gasta los peniques sin más ni más?

Como siempre, hay que acudir a los clásicos y a Aristóteles en particular: él y su término medio. O como dice mi amiga Conchi, "ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre". Celebremos la nueva conciencia ecológica que busca proteger el medio ambiente y volver a reciclar dentro de un orden. Pero lo que hay que tener muy, muy claro es que nunca jamás vuelvan los tiempos en que alguien tenga que pedirle un templero a su vecina para que la sopa sepa a algo lejanamente parecido a la carne. Y que nada nos impida disfrutar de un buen café no frugal.

Sean felices.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Por un clavo...




En mi Enciclopedia de Ingreso (un libro del que todavía me parece asombroso que lo estudiáramos con 9 años) fue donde primero leí esa canción popular inglesa que dice:
Por un clavo se perdió una herradura.
Por una herradura se perdió un caballo.
Por un caballo se perdió un caballero.
Por un caballero se perdió una batalla.
Por una batalla se perdió un reino.
Y todo fue por un clavo de una herradura.

Después he leído que esto puede referirse a Ricardo III cuando, desmontado de su caballo y rodeado de enemigos por todas partes, gritó aquello de :"¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!". Pero también cuentan que Felipe IV de Francia, "El Hermoso", después de conquistar Flandes, dejó al incompetente de Chatillon al mando de la parte oriental y que este, como entonces no había wasap ni teléfonos, mandó un recadito con un mensajero a su colega de la zona occidental proponiéndole putaditas para hacerles a los sufridos ciudadanos. Al mensajero por un clavo de la herradura le falló el caballo, lo cogieron los flamencos, leyeron el mensaje, montaron en cólera y por ahí se perdió Flandes. Sea lo que sea, el sentido es claro: no menosprecies los detalles.

A mí la cancioncita me parecía en mis años infantiles una exageración. Pero ahora he comprendido que es la verdad de la vida. Me he ido encontrando a cada paso con historias en las que un detalle, una bobería quizás, desencadena un alud inesperado o cambia una vida para siempre. Unos botones de muestra:

Por un selfie... En el concurso de Miss Universo del año pasado, Miss Irak se hizo un selfie con Miss Israel. Se cayeron muy bien, les pareció un recuerdo estupendo y una imagen para demostrar que no pasa nada, que es posible una sonrisa en paz... y Miss Irak recibió amenazas de muerte, de esas que dan miedo, y su familia se tuvo que marchar de su país.

Por un racimo... Mi amiga Elena tiene un parral a la puerta de su casa al que mima como a la niña de sus ojos. Un día que lo estaba recortando, lustrando y lo que quiera que se le hace a los parrales, pasó por allí el típico chico malote del barrio: drogata, hosco, antipático... No se trataba con nadie. Elena, que es muy de repentes, le ofreció un racimo de aquellas uvas doradas y apetitosas y él lo rechazó con un gesto de la cabeza. Pero al cabo de unos pasos volvió atrás y le dijo: "Bueno, dame uno para mi abuelo". Elena le dio dos. A partir de ese momento, y aunque parezca una película de esas de buenitos, el chico cambió. Con ella, con el barrio y consigo mismo.

Por un plato de pollo al curry... Eso fue lo que hizo que la Reina Victoria de Inglaterra, después de probarlo y chuparse los dedos, distinguiera al sirviente hindú que se lo cocinó, Abdul Karim, con su amistad, con sus regalos y con sus confidencias. Y eso durante 13 años hasta que ella murió. Toda la aristocracia inglesa y la familia real se subía por las paredes y, nada más morir la reina, lo mandaron para la India, pero ¡que le quiten lo bailado a Abdul Karim!

Por un acento... La historia es de un chico que se apellidaba Becaud, como el cantante. Como su familia llevaba siglos en España, el apellido se españolizó y ellos lo acentuaban en la "a": Becáud. Pero el profesor de francés del chico se empeñó en que iba sin acento y siempre lo llamaba Becó. Como el alumno siguió erre que erre con el acento, lo suspendió. Y esa fue la causa de que abandonara los estudios y se pusiera a trabajar en una ferretería familiar. Una carrera o una vocación, a la porra por un acento.

Por un fósforo... Como demuestra aquella lápida que decía: "Aquí yace Juan García, quien, con un fósforo un día, fue a ver si gas había... Y había.".

Podríamos seguir hablando de más casos. "Por los pies cansados" de Rosa Parks o "por una manzana" en los casos de Eva y de Newton, o "por un hongo" en lo de la penicilina... Pero seguro que ustedes tienen mil casos en el día a día. Para bien o para mal las pequeñeces dominan el mundo y hasta los científicos han caído en la cuenta de que cualquier acción u omisión, por pequeño que sea, es capaz de alterar todo, a corto, medio o largo plazo. Llaman a esto la teoría del caos. Así que ya saben, ojo al detalle, estén atentos a cualquier cosita, sea la que sea. Yo, por ejemplo, en este momento estoy viendo el aleteo de una mariposa...

Por el aleteo de una mariposa...

lunes, 3 de septiembre de 2018

Un amigo genial




Hoy pensaba hablar de otro tema, pero a veces la vida te empuja en otro sentido y aquí me tienen hablando de Álvaro, un amigo genial.

De Álvaro, uno de mis amigos más antiguos, he hablado varias veces en este blog: en un escrito sobre los fuegos del Cristo, en el que puse un cartel ganador de ese año hecho por él, un pintor excelente; en otro post -"Si a tu ventana llega una paloma...", sobre aquella vez que, antes de los drones, él ideó un "dron-viviente", una paloma mensajera a la que acopló un arnés con una minicámara de vídeo para grabar su ciudad, su huerta y su casa a vista de paloma; o en aquel "No nos queda nada" sobre un foto-montaje que hizo y en la que se veía al Álvaro adulto acariciando con un mucho de ternura la cabeza de un bebé (el propio Álvaro de meses). Ese post nos sirvió para filosofar sobre este recorrido que es la vida y para comentar él que no hubiera cambiado casi nada de la suya.

Y es que Álvaro es de verdad genial: no solo es que sea doctor en químicas o también licenciado en Bellas Artes. Es que además construye e inventa aparatos, pinta y esculpe muy bien, escribe coplas, hace fotografías preciosas... ¡Hasta les hace magia a sus nietas! Es un espíritu curioso e investigador que no para hasta que descubre de qué va una cosa. Y lo mejor de todo, es de lo más detallista del mundo. Como mi marido y él comparten pasión por las palomas, un día le pintó un cuadro precioso con 2 cabezas de paloma, que es lo primero que ven todos los que entran en mi casa; como homenaje al blog, me hizo una "Jane", una palabra blanca en tres dimensiones, que tengo en la librería de mis libros preferidos; de vez en cuando, nos hace un postre de café que sabe que nos encanta, uno de esos postres canarios que borda como nadie; y como sabe que me gustan las adivinanzas lógicas, en cuanto encuentra una, me la manda para ver quién primero encuentra la solución (generalmente él). No hay vez que no le haya preguntado una duda técnica o científica que no me la haya resuelto ¡retos a él!. Y no hay persona que no lo quiera. Ha derramado amor, no solo sobre su familia sino también sobre todos los que hemos tenido la suerte de ser sus amigos.

Y ahora me dicen que, en estos últimos días de agosto, como si fuera un sol de verano, se ha marchado para siempre. Pero no es verdad. Las personas que, como él, iluminan la vida de todos los que lo conocen no se van nunca. Y si no me creen, oigan la voz de los poetas, que intuyen la verdad en el fondo de las cosas. Eloy Sánchez Rosillo tiene un poema, "Luz que nunca se extingue", del que les copio un fragmento:

Tu error está en creer que la luz se termina.
Al cabo de los años he llegado a saber
que en la naturaleza del milagro
se funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su apariencia efímera
el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.
Porque su luz transforma y ya no eres
el hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos, 
de que en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.
No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya.
Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre.
Mira dentro de ti, 
con esperanza, sin melancolía.
No conoce la muerte la luz del corazón.
Contigo vivirá mientras tú seas:
no en el recuerdo, sino en tu presente,
en el día continuo del sueño de tu vida.

¡Qué afortunados somos los que hemos compartido parte de nuestra vida con Álvaro! Hoy celebro el tiempo que nos regaló, su mirada inteligente y bondadosa, su sentido del humor, su gran generosidad... El poeta tiene razón. Con nosotros vivirá mientras vivamos, no solo en el recuerdo, sino en el presente, en el día continuo del sueño de la vida.



Foto repetida de Álvaro  del post "No nos queda nada"

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