lunes, 14 de agosto de 2017

Serendipias, retazos de lo inesperado




Ayer me asomé desde mi ventana al jardín y, al mirar el drago, me llevé la sorpresa de verlo florecido. Aparte de empezar a hacerle fotos como una loca a distintas horas del día y de mandárselas a mis amigos -los dragos son muy suyos y no florecen en muchas ocasiones hasta que pasan 30 años de sembrado-, lo consideré un ejemplo de serendipia, un hallazgo casual y sorprendente, una nota de color naranja donde solo esperaba encontrar las lanzas verdes de sus hojas.

La palabra serendipity la acuñó con este uso en 1714 Horacio Walpole basándose en un cuento tradicional persa, "Los tres príncipes de Serendip" (nombre en persa de la isla de Ceilán), cuyos sagaces protagonistas tenían también una suerte increíble para resolver sus problemas. Hoy, desde 2014, la Real Academia la incluye en el Diccionario como "Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual". Los post-it, América, la Viagra, el celuloide, la estructura de la molécula del benceno (descubierta en un sueño), el teflón, el velcro, el LSD, el principio de Arquímedes o la floración de mi drago son serendipias, descubrimientos o hallazgos inesperados, accidentes afortunados cuando buscabas otra cosa.

Esta palabra, serendipity, la vi yo por primera vez en una colección de cuentos preciosa, "Serendipity books", que les regalé a mis hijos, aunque solo uno de ellos se llamaba específicamente "Serendipity". Era la historia de una serpiente de mar rosa, a la que una foca y una morsa encontraban tan sorprendente que la llamaron así. Pero que conste que yo siempre he usado más la palabra chiripa, casualidad favorable ("Aprobé el examen del carnet de conducir de chiripa", por ejemplo). Son casi sinónimos, pero mi admirado Álex Grijelmo dice que chiripa es más de andar por casa (yo me la imagino con bata y cholas), mientras que serendipia suena más fino, casi como un vocablo científico (con bata blanca y gafas de concha).

A lo mejor es por eso por lo que estoy encontrando  la palabra serendipia por todas partes. La veo en publicidad: "Serendipia en Volkswagen. Descubre el efecto de ir a buscar algo y encontrar algo mejor"; en el discurso de Félix de Azúa como académico, que versó sobre la serendipia y las casualidades que lo llevaron hasta ese momento; en la deliciosa película de 2001, "Serendipity", en la que los protagonistas (interpretados por John Cusack y Kate Beckinsale) juegan con que el destino los premie con casualidades afortunadas; en el alias de mi amiga, la escritora Mónica Gutiérrez Artero, Mónica Serendipia, para su blog de reseñas literarias de obras feel good. Cuando le pregunté la razón por la que lo había escogido, me dijo que una vez su profesor de griego le habló de una musa llamada así que inspiraba al Destino para que ocurrieran sucesos imprevistos y felices, y le pareció apropiado para lo que ella hacía. "Cuando abres un libro, nunca sabes lo que te vas a encontrar. Puede ser un horror o que te guste mucho. En este caso, es una serendipia".

Así que aquí me ven convertida totalmente a la teoría de la serendipia y la chiripa, al convencimiento de que toda nuestra vida está llena de ellas y solo hace falta descubrirlas y asombrarse por que aparezca un inesperado estallido de color al abrir la ventana o vea en una historia la mano del destino (como, por ejemplo, la de Luis Diego Cuscoy, desterrado después de la guerra como maestro en Cabo Blanco, un barrio de Arona, donde el descubrimiento fortuito de una cueva funeraria guanche lo condujo a convertirse con el tiempo en uno de los mejores antropólogos de Canarias).

A lo mejor, las mejores cosas de la vida son las que pasan por casualidad.








lunes, 7 de agosto de 2017

Vivencias en la cumbre




Igual que en "Cien años de soledad" el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, "había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", los de mi generación, durante toda la vida, recordaremos la primera vez que subimos a la cumbre y vimos la nieve. La cumbre para nosotros es el Teide y Las Cañadas, un lugar próximo y lejano a la vez en aquellos tiempos de malas carreteras y en los que solo unos pocos disponían de un coche que pusiera el mundo a su alcance. Yo tenía 9 años cuando mis padres alquilaron el coche de Dámaso, como siempre que salíamos más allá de La Laguna, y subimos al Teide, casi pensando, yo por lo menos, que, como en la canción de Lima Quintana y Llopis, habitaba Dios allí.

Precisamente de vivencias en la cumbre como estas habla el libro que he leído esta semana, titulado así y presentado el mes pasado en el Cabildo por sus autores, Montse Quintero García y Juan Antonio Núñez Rodríguez, dos personas que aman el Teide como aquellos que, desde siempre, han abrazado su paisaje inabarcable y han respirado su aire limpio. Por eso, este es un libro precioso (y con una edición exquisita), pero sobre todo es un libro sorprendente.

Sorprenden la cantidad, calidad y belleza de las casi 200 imágenes y fotografías antiguas que Montse, habitante privilegiada de Las Cañadas, ha ido recopilando en archivos y colecciones públicas y privadas.

Sorprenden, por lo completo y detallado, las cinco partes en que los autores han estructurado el libro: 1º, el camino al Teide, el difícil ascenso por aquellos senderos que cruzaban la isla de banda a banda desde antes de la conquista, salpicados de "descansaderos" con nombres como la Fuente del Dornajito, el Pino de la Carabela, el Pino de la Merienda, el Montón de Trigo o la Cueva de Diego Hernández; 2º, los recursos de la cumbre (¿quién podía imaginar en esa inmensidad casi desierta la cantidad de gente que ha vivido de lo que el Teide ofrecía y ofrece: el hielo, el azufre, la piedra pómez, la miel, la caza, el paisaje, el cielo sin contaminación...?); 3º, las construcciones de ayer y de hoy, desde las cabañas de los guanches a las torres blancas del Astrofísico; 4º,los protagonistas en Las Cañadas, guías y arrieros que llevaban y traían, pintores, científicos, escritores, periodistas, fotógrafos...; y la última parte, una selección de vivencias (Sabin Berthelot, Esmeralda Cervantes, Leoncio Rodríguez...), todos tan maravillados como nosotros ante el "Teide gigante, bello, majestuoso, gallardo rey de la feliz Nivaria", como lo saluda Nicolás Estévanez.

Y me ha sorprendido también el texto redactado por Juan Antonio, que ha sabido buscar las explicaciones puntuales a las imágenes, la anécdota precisa, los personajes populares (véase en la página 63 la descripción del proceso de fabricación de carbón, hecha por un carbonero. El habla del "mago", transcrita tal cual -"salíamos por aquí parriba, tumba, tumba..."-, no tiene desperdicio), los hechos específicos, los datos curiosos... ¿Sabían ustedes que existió el proyecto de hacer un tren desde La Laguna a Las Cañadas (que menos mal que se quedó en proyecto)? ¿O que se les prohibió estar en la cumbre a tres astrónomos alemanes durante la I Guerra Mundial no fuera que se les ocurriera usar los telescopios para espiar a los barcos enemigos?

He estado entretenidísima con este libro sugerente que me ha despertado recuerdos, no solo de aquella primera vez que hundimos nuestros dedos infantiles en la nieve, sino de tantas y tantas ocasiones en que hemos ido de excursión, de las dos subidas al cráter haciendo noche en el Refugio y levantándonos de madrugada para ver el amanecer iluminando las siete islas desde allá arriba, de las excursiones escolares, de las veces que llevábamos a los niños a ver la nieve y las Perseidas y los tajinastes y las retamas en flor, de las noches llenas de estrellas infinitas cuando acompañaba a mi marido en el Astrofísico, de las caminatas por senderos escondidos.

Y cuando lo termino, con las bellísimas imágenes todavía en la retina,  hallo la presencia del Teide en mi casa. En la acuarela de Guillermo Sureda que adorna la pared del vestíbulo; en la piedra de obsidiana que reposa junto a mis libros,  recuerdo de alguna vez lejana en la que la recogí; en las fotografías de los álbumes familiares; en los poemas de mi abuelo el poeta, el titulado "Volcán" que empieza con "¡Brama, infierno!... Plutón aviva el fuego / con el fuelle estridente de tu boca / y así, sin alma, sordo, mudo y ciego, / remueve las entrañas de la roca..."; o "Infancia" que dice "Para colgar mi columpio / de dos fúlgidas estrellas / al Teide subí una vez. / Estaba claro el sendero, / sobre mi frente el azul, / la nieve bajo mis pies.". Y, ahora, en este libro, "Vivencias en la cumbre", ya en la estantería de los libros especiales de los que no me voy a desprender nunca y que más de una vez releeré. Una joyita.


Acuarela de Guillermo Sureda

Con mi madre y mis hermanos probando el hielo el día en que subimos a la cumbre por primera vez. Febrero 1957


lunes, 31 de julio de 2017

El baile del esqueleto



Mis nietos pequeños saltan y brincan mientras cantan una canción que dice: "Este es el baile del esqueleto, mueve la cintura, no te quedes quieto, y, si este ritmo para de sonar, yo me congelo en mi lugar". Y en ese momento, se callan y efectivamente se "congelan" quedándose inmóviles, tal como el cese de la música los encuentre: con los pies separados o uno en el aire, las manos quietas en una pirueta, la boca abierta con gesto de piedra... Y así, hasta que se reanuda la canción y empiezan a bailar otra vez.

Me he acordado estos días del baile del esqueleto cuando veo el cese de actividad que supone agosto. En el herbolario donde compro un pan integral con pipas de calabaza que me encanta para mis desayunos me anuncian que hasta septiembre no lo traerán; voy a comprar tela para un mantel a "El Kilo" y, al ver que les queda poca, pregunto si me pueden mandar a pedir más y ya sé, por la cara de la dependienta, que hasta septiembre no hay nada que hacer; la licencia por obras que estamos esperando del Ayuntamiento, ya ni pregunto; mi peluquería echa el cerrojo durante este mes y yo con estos pelos; también cuando paso al lado de mi antiguo Instituto sé que a partir de hoy, 31 de julio, estará cerrado a cal y canto, con lo que van dados los que necesiten un título o un certificado durante este mes. Y roguemos a los cielos para que no nos dé un jamacuco o no se nos estropee la lavadora... ¿Hay alguien trabajando ahí fuera?

Agosto es por excelencia el mes de las vacaciones, una de esas palabras que siempre alegra el ánimo y hace sonreír. Viene de los verbos latinos vaceo y vacare, que significan vaciar o estar vacío, y es algo así lo que se hace en este tiempo bendito: vaciarse de todo lo que nos tiene sujetos en los meses de trabajo, desconectar, desenchufarse, estar ociosos. También otros derivados son vagar y vaguear y vagabundear, otras muchas cosas que también se hacen en vacaciones.

¡Y bienvenidas sean! Porque ya saben que lo de tener vacaciones es de ayer mismo, como quien dice, aunque Platón y Aristóteles (siempre ellos) ya insistieron hace miles de años en la importancia del ocio para desarrollar el coco. Pero luego, durante siglos, eso de no trabajar y que encima te pagaran, estaba pero que muy mal visto, con eso de que esto es un valle de lágrimas y que aquí se viene a trabajar y sanseacabó. Eso sí, los ricachones tenían bula y a ellos lo de penar, como que no. Fue solo hace un siglo, en la revolución de 1917 en Rusia cuando el gobierno bolchevique introduce en sus leyes el derecho a gozar de vacaciones y, un año más tarde, en España una ley contemplaba 15 días libres para los funcionarios. Pero eran intentos más teóricos que prácticos. El 1º que lo puso eficazmente en práctica y para todos los trabajadores fue en Francia el gobierno del Frente Popular de Leon Blum en 1936. Y luego poco a poco se fueron incorporando los demás estados europeos. Costó ¿eh? Pero ahora tener días libres que permitan oxigenar el cerebro y recargar pilas es una de nuestras señas de identidad y uno de los pilares del Estado de Bienestar europeo (Estados Unidos, por ejemplo, no lo contempla en sus leyes, siendo un asunto a negociar entre empresa y empleado. Y los pocos que tienen vacaciones son por solo 10 miserables días).

Alegrémonos, pues, porque es un logro irrenunciable y nada más lejos de mí hablar en contra de ellas. Pero ¿es necesario paralizar el país durante el mes de agosto? ¿Nos lo podemos permitir? ¿No podría contratarse a más gente, hacer más turnos, organizar la cosa un poco más racionalmente? Vayan pensándolo las sesudas cabezas que nos gobiernan, que para eso están, porque me da que no es de recibo este "baile del esqueleto" en el que se engolfa el país trabajando como locos durante todo el año para luego, en agosto, de repente "congelarse" y que aquí no se mueva ni el Tato. Vamos, digo yo.

lunes, 24 de julio de 2017

Mafalda y su tortuga




Llevo un tiempo acordándome mucho de Mafalda y de su tortuguita Burocracia y ahora les explico por qué.

En tiempos de nuestros abuelos, cuando querían construirse una bodega en la que guardar las barricas de vino o las papas de la cosecha, reunían a unos cuantos amigos mañosos y, entre todos, sin más allá ni más acá, la levantaban en unos días y a la semana ya estaban bajo su tejado estrenando la barriquita especial de las celebraciones.

Ahora, cuando los nietos heredan esa bodega que ya el tiempo y el abandono han dejado p'al arrastre (cosa que también nos pasa a nosotros, para qué nos vamos a engañar) y, en lugar de permitir que se siga deteriorando hasta desaparecer, tienen el deseo de devolverle viejos esplendores, las pegas, dislates y zancadillas que la burocracia nos impone recuerdan a lo que hace 2 siglos Larra escribía en su artículo "Vuelva usted mañana" sobre la manía española de no resolver los papeleos rápida y eficazmente.

Esto nos está pasando a mi marido y a mí con la bodega de su abuelo, un cuarto pegado al muro de una huerta con el tejado hecho polvo después de 30 largos años en los que sol, lluvia y desidia hicieron de las suyas. Nada, de todas formas -según mi hermano, que es arquitecto-, que un buen carpintero no pueda arreglar.

Así que, con la mejor de las disposiciones, nos presentamos en el Ayuntamiento para pedir una licencia de obras, pensando, tan ingenuos, que la cosa era algo así como pedirla y dárnosla casi sobre la marcha. No escarmentamos, no. De entrada, nos pidieron que hiciéramos un proyecto hecho por un arquitecto y sellado por el Colegio de Arquitectos de unas 100 y pico hojas con cálculo de estructuras, estudios básicos de seguridad y salud y gestión de residuos, planos hasta del pueblo, presupuestos... "Pero ¡si es un cuartucho, no el Tajmahal!" -le decíamos a la imperturbable aparejadora del Ayuntamiento- "¡Si solo vamos a poner bien el tejado y a hacerle un lavado de cara para que no se venga al suelo!". Pero con la Burocracia hemos topado, Sancho.

Y luego, venga a ir a cada rato, que ya me conozco el Ayuntamiento de ese pueblo como si fuera mi casa: que si falta un dato, que si hay que hacer dos copias, que si una tiene que ir en disquete... ¡Señor! Y al final, cuando ya hemos reunido una ristra de papeles y vamos ufanos a presentarlos, se me ocurre preguntar: "¿Estará ya esto resuelto la semana que viene?" y la técnica me responde que la cosa estará en 3 meses "¿¿¿3 MESES???" "Es que tengo que leerlo y hacer un informe", se justifica ella cuando me oyó el grito ¡3 meses! ¡Si yo me leía 200 exámenes en una semana y me daba hasta tiempo de poner anotaciones!

Hace 5 meses que empezamos todos estos trámites y diligencias. Supongo que alguna vez empezaremos a arreglar la bodega. Tal vez en un día muy, muy lejano bajo un tejado en condiciones descorcharemos una botella de vino y nos beberemos un vaso (si el médico para ese entonces nos deja beber vino), brindando por el abuelo que levantó la bodega en un mundo mucho más sencillo que este que vivimos. Pero entretanto y mientras pasa el tiempo ¿entienden por qué me acuerdo de Mafalda y de su tortuga Burocracia?


lunes, 17 de julio de 2017

¡Huy, qué miedo!




Anda mi nietita Julia, de 3 años, armando jaleo a la hora de acostarse porque dice que tiene miedo. Cuando le preguntamos que de qué, nos habla de la bruja Piruja que viene a pincharle los deditos. Y no hay manera de que acepte que la bruja Piruja no existe y que se duerma de una vez. Solloza y sigue, erre que erre, pidiéndonos en su mejor papel dramático que no la dejemos sola a merced de los monstruos.

Y ahí nos ven arropándola, tranquilizándola, razonando con ella, mimándola... porque en el fondo nos corroe la culpa. Y no es para menos si lo pensamos bien. Empezamos, cuando era pequeña, cantándole el arrorró con esa letra tan apropiada como quitamiedos de "duérmete, mi niña chica, duérmete que viene el coco, y que se lleva a los niños, los niños que duermen poco". Después seguimos con cuentos truculentos, pero que a ella le encantan y que nos pide una y otra vez que le contemos: el de la "Casita de caramelo", en la que yo la pongo de protagonista junto con su hermano, en lugar de a Hansel y Gretel. Y sí, hay una bruja pero, al final, ella la empuja dentro de la chimenea y luego se quedan los dos con toda la casita para montar fiestas de cumpleaños con los amigos, que mejor final, imposible; el de "Los siete cabritillos", con ese lobo tomando yemas de huevo para afinarse la voz y metiendo las patas en harina para parecerse a Mamá Cabra y poder comerse a los cabritillos; el de "Caperucita roja", donde también hay un lobo que se come a abuelitas y nietas, pero con un cazador antilobos al acecho; el de Pulgarcito, con ese ogro comeniños... Y, al final, además, terminamos llevándola al cine y dejándole ver películas en la tele: "Monstruos S.A.", llena de bichos horrorosos en forma de cangrejo de mil ojos o de serpientes viscosas; "Vaiana", que se la sabe de memoria, con Te Ka, un monstruo del tamaño de una isla, que vomita fuego (en la imagen); o "El libro de la selva", con el tigre Shere Khan rugiendo a todo rugir... Julia se conoce a todas las brujas: la de la Bella Durmiente, que le debe haber inspirado lo de los dedos pinchados; la de Blancanieves, más fea que Picio; la madrastra de Cenicienta, tan ruineja ella; la Cruella de Vil de "101 dálmatas"... Vamos, que si a mí me someten a todo ese visionado, me pondría al lado de Julia a llorar también y a implorar que alguien venga a quedarse con las dos porque ¡tenemos miedoooo!

Pero, después de meditar un poco, se me pasan los remordimientos. Cuando sea mayor, le explicaré, como han hecho todos los padres y abuelos del mundo, que lo hicimos por su bien. Que los miedos nos preparan para la vida y nos enseñan que no vayamos solos a un bosque infestado de lobos, que no hablemos con desconocidos, que no nos fiemos de las apariencias porque un lobo con voz dulce y patas enharinadas sigue siendo un lobo. En los cuentos aprendemos que las casitas de caramelo pueden no ser buenas para vivir en ellas; que sí, que las brujas existen, y que el bien es distinto del mal. Le diré que conocer el peligro la hará más fuerte y, en todo caso, la preparará para la huida. Los miedos son, aparte de un estimulante de la imaginación, un excelente mecanismo de defensa.

En el fondo, lo que estamos haciendo entre todos es convertirla en una mujer valiente, que seguro que estará de acuerdo con la frase de mi abuela: "Del hombre bueno líbreme Dios, que ya del malo me libro yo". Y que, si alguien, un presidente de una Generalitat, por ejemplo, dice algo así como "Damos miedo, y más que daremos", ella podrá decir, gracias a esa perfecta educación que le hemos dado: "¡Mieditos a mí! ¡Que te zurzan!".

lunes, 10 de julio de 2017

Y entonces llegó el bikini


Las chicas en bikini de la Villa romana del Casale (foto de Melchor Padilla))

Hace exactamente 71 años, un día de julio de 1946 en Estados Unidos se presentó en sociedad, ¡tachaaán!, el bikini. Louis Reard fue quien hizo enseñar el ombligo, ese desconocido, a las mujeres, señalando que iba a ser un invento tan explosivo como una bomba. De hecho, lo llamó así por el atolón Bikini en las Islas Marshall en donde en ese momento se estaban realizando pruebas para la bomba atómica ¡Y vaya sí lo fue! Me puedo imaginar perfectamente el escándalo y la conmoción que se armó la primera vez que se vio en una playa a una mujer en bragas y sujetador, como si tal cosa.

No hay que olvidar que las faldas se habían acortado en el segundo tercio de siglo y que un poco antes, en tiempos de la Reina Victoria, se forraban con telas floreadas las patas moldeadas de los pianos para esconderlas y que no les recordaran a los hombres, tan libidinosos ellos, las redondeces femeninas.

Por estos lares, las mujeres durante muchos años más siguieron escondiendo sus encantos bajo metros y metros de tela que, a la hora de nadar, no nos llevaban de milagro al fondo de los mares procelosos. 19 años después de aquel día de julio, en el verano de 1965 aquí todavía no se había visto un bikini. Ese año en Bajamar, una vez que me fui a bañar con mi pandilla a un charco que estaba alejado de las piscinas públicas, una de mis amigas, que tendría entonces 14 años, se atrevió a estrenar el primer bikini que vi en persona. Fue un acontecimiento sobradamente comentado (y criticado) que nos dio tema de conversación para todo el mes. Yo me puse mi primer bikini durante mi luna de miel en octubre del 71 y, desde entonces, es casi mi uniforme de verano.

Y, sin embargo, el bikini ya había sido inventado hacía siglos por los romanos, que siempre fueron tan modernos. El año pasado, cuando estuve en Sicilia, fuimos a ver en Piazza Armerina la Villa del Casale, un coto de caza romano del siglo IV, cuyos suelos estaban cubiertos de preciosos mosaicos. Y allí estaban, un grupo de chicas en bikini, más contentas que unas pascuas practicando deportes ¿Cómo dejamos las mujeres que después nos entullaran en ropa?

Bañarte en el mar, sintiendo el agua fresca en la piel, es una de las sensaciones más placenteras que existen. No sientes el impedimento de ropa que te arrastra y eres libre para nadar, zambullirte y jugar con las olas: es un momento de dicha total. Hay una escena de principios del siglo XX en el libro de E.M.Forster "Una habitación con vistas", que me recuerda cada vez que la leo ese gozo liberador que se siente en el agua. La protagonizan dos chicos jóvenes y un reverendo joven de espíritu que van paseando por un jardín un día de verano de mucho calor y se encuentran con un estanque. Sin apenas pensarlo se desnudan y se meten "dentro de la divina agua", se zambullen, se salpican mutuamente, se empujan jugando, disfrutan del momento glorioso. A la mañana siguiente, el hecho para todos "había sido como un grito de la sangre y una relajación de la voluntad, una pasajera bendición cuya influencia no se había perdido, una comunión, un hechizo, un momentáneo cáliz para la juventud".

Hace poco en la Playa de la Arena llamaba la atención una mujer en la orilla forrada de la cabeza a los pies con un burkini oscuro. Su marido y sus hijos llevaban bañadores normales y entraban y salían del agua saltando y riendo. Sin embargo, ella no se movió, ni se bañó. Quieta en la orilla. solo los pies mojados, se la veía francamente incómoda, sudando y atosigada bajo kilos de ropa y bajo la mirada de todo el mundo que no podía dejar de reparar en ella, un manchón negro entre la multitud. Mirándola me acordé de unas palabras de la filósofa Amelia Valcárcel sobre el velo: "Cuando el pañuelo no tenga carga ética, solo estética, yo no tendré nada en su contra; pero mientras alguien me diga que para ser una mujer honrada yo debo velarme y que, si no voy velada, no soy una mujer honesta, eso no es estética sino ética, y además inadmisible". La miré con empatía, de mujer a mujer, y le deseé mentalmente fuerza e inteligencia para ser ella misma. Y después, me tiré al agua, en bikini por supuesto, a disfrutar de la maravilla del mar.


Ursula Andress, el bikini más famoso del cine, en "007 contra el Dr. No" (año 1962)

lunes, 3 de julio de 2017

Mr. Chips y yo




La gente de ahora no la conoce, pero "¡Adiós, Mr. Chips!" de James Hilton fue una novela clásica escrita en los años 30 que nos encantó a muchos en nuestros años mozos y que fue llevada, por lo menos en dos ocasiones, al cine. Sus protagonistas (Robert Donat en 1939 y Peter O'Toole en el 69) fueron candidatos al Óscar y el primero lo ganó.

Mr. Chips es un profesor jubilado de latín y griego en la escuela inglesa de Brookfields que, a la altura de sus 80 y pico años, rememora los 50 cursos que le ha dedicado a la enseñanza. Vive enfrente del colegio y mide sus días por los signos de antaño, prefiriendo la hora de Brookfields a la de Greenwich. Es "un buen viejo, blanca la cabellera, un tanto raleada, vivo y activo para sus años, muy aficionado al té, cariñoso con sus visitantes, ocupado siempre de reunir datos para las memorias anuales del colegio (...) Había adquirido el derecho a esas excentricidades que son frecuentes en los viejos profesores y los antiguos sacerdotes. Usaba sus capas hasta que estaban tan remendadas, que apenas se tenían unidas. Y cuando pasaba lista a los niños, después de los juegos del mediodía, parecía entregarse místicamente a un ritual.". Mr. Chips es un profesor severo en la disciplina, pero también bondadoso, cercano, ocurrente y entrañable.

En épocas especiales -como esta de fin de curso- a muchos jubilados de los que hemos disfrutado con nuestra profesión nos da el síndrome Mr. Chips, "un estado introspectivo, lleno de niños, de rostros y de voces".  

Como él, recordamos todavía el susto del primer día en que empezamos a dar clases a los 22 años: "Cuando entré en el Gran Hall y vi todos esos niños, me temblaron las piernas. Creo que no he estado tan asustado en mi vida. Ni siquiera cuando nos bombardearon los alemanes. Pero ese malestar no duró mucho. Luego me sentí aquí como en mi casa.".

Como él también todavía medimos el tiempo por cursos y, si pasamos cerca de nuestro centro de trabajo y oímos el timbre entre clases, nos da un estremecimiento, como pasa ante un hecho conocido, asumido y vivido como en otra vida.

Como él, el recuerdo, en estos años de jubilación, mezcla rostros con esas listas que recitábamos a diario (formando hermosos hexámetros y combinaciones rítmicas, según Mr. Chips), y que servían sobre todo en mi caso para, desde el primer día, poder retener sus nombres y dialogar en clase.

Como él, recordamos anécdotas -divertidas, evocadoras, trágicas a veces-, y sobre todo, recordamos caras. Y es un placer irte encontrando ahora con muchos de aquellos alumnos con los que compartimos un tiempo y un espacio en la vida. Eduardo, Ana, Víctor... son médicos que me tratan, Antonio es mi notario, a Belén la veo en el mercadillo vendiendo flores, Pablo es profesor de Derecho en la Universidad, Alfonso se metió a político... Hasta tuve un alumno, Alex García, que es actor de cine y que igual ahora ni se acuerda de Platón. Hay un montón de ex-alumnos en Facebook  -Susana, Vero, Yasmina, Pedro, Beatriz, Fernando, Jorge, Saray, Elena, Tamara, Berta, Alicia, Domingo, Carlos, Isabel, Fran, Mónica, Juan Carlos, Javi, Estefanía, Daniel, Carmina, Sabina...- que, de vez en cuando, entran en este blog para dejar un comentario o un "me gusta", un contacto virtual pero que me dice que no están lejos. Y están los que siguieron mi camino -José, Rosario, Santi, Gabriel, Toni, Dani, Rocío, Isaac...- y que ahora son profesores de filosofía, hecho que me hace sentir muy orgullosa.

Pero también, como le pasa a Mr. Chips con todos los que desde Brookfields pasan a nutrir los batallones ingleses durante la Gran Guerra, en mi recuerdo están aquellos que ya no veré más, que sé que no encontraré por casualidad ni a la vuelta de una esquina ni en un aeropuerto ni en una fiesta: Inés, Adrián, Santiago, Luis, Pilar, Walter, José Luis, Alejandro... Rostros que permanecen jóvenes para siempre: "Yo tomé las instantáneas para mi memoria en la clase, en el patio, en la cancha de juegos, y allí siguen siendo siempre niños, con las miradas brillantes, las risas y los cabellos al viento, ingenuos y alegres".

Y es que Mr. Chips nos dio una gran lección a todos los que nos dedicamos a la enseñanza. El gran secreto para que nos guste tanto esta profesión es que, como él hizo, por encima de todo queramos a nuestros alumnos.




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