lunes, 19 de febrero de 2018

Alta alcurnia




Me encanta cuando mis nietos mayores vienen a quedarse a casa y pasamos, como el lunes pasado por la noche, un rato tranquilo después de cenar: mi nieta mayor con sus dibujos, el de 12 poniendo leña a la chimenea y haciéndole fotos, mi marido poniendo música de jazz de fondo, yo leyendo... Una gozada. Al día siguiente, después de un desayuno tardío, me encantó también quedarnos hablando un rato, sin tener prisa por nada. Entonces fue cuando mi nieta me preguntó si teníamos árboles genealógicos de nuestra familia. "Por supuesto -le dije-, somos descendientes de palmeros y los palmeros son como los hobbits". Les enseñé, para que lo vieran, el prólogo de "El señor de los Anillos" de Tolkien, donde dice: "Todos los Hobbits eran, de cualquier modo, gente aficionada a los clanes, y llevaban cuidadosa cuenta de sus parientes. Dibujaban grandes y esmerados árboles genealógicos con innumerables ramas. Cuando se trata de los Hobbits es importante recordar quién está relacionado con quién, y en qué grado.". Pues lo mismo se puede decir de los palmeros. A mí más de una vez, cuando he ido a Los Sauces, me han parado en medio de la calle para preguntarme: "¿Y tú de quién eres?".

Así que saqué la carpeta de los Rollos Ancestrales y empezamos a sumergirnos en el complicado mundo de los parentescos. Resultaba divertido para mis nietos ver hasta dónde llevaban algunas ramas. Una línea de mi abuela Lola llega hasta un maestro de azúcar de principios del siglo XVI que se llamó Diego Machín; otra de mi bisabuela Pepa nos emparenta, allá por el XVI, con los Díaz Pimienta, que eran portugueses llegados a La Palma. Hay hasta una antepasada casada con Diego Rodríguez de Talavera, que desembarcó en Barlovento para ayudar a la conquista de La Palma y que dio nombre al puerto de Talavera. Por los Duques y mi abuelo Gabriel hay un árbol (salió en el periódico "El Día" en un reportaje sobre nuestra familia, maestros constructores y carpinteros a quien se debe la construcción de muchas casas y obras en La Palma) que llega hasta principios del siglo XIX con Estanislao Duque Domínguez, que tuvo 10 hijos, uno de los cuales fue mi tatarabuelo. Hay hasta otra genealogía de mi bisabuela Natalia que llega hasta un rey indígena de El Hierro llamado Osinisa y nacido en 1380. Mis nietos leían asombrados, buscaban en Internet (a su retatarabuelo Estanislao le encontraron ascendencia en Fernando de Castilla, Regidor de La Palma) y hacían un montón de preguntas ¿Tenemos sangre guanche? ¿Y eso por qué se sabe si en 1380 ni siquiera la isla estaba conquistada? ¿Por qué mis abuelos tuvieron 3 hijas que se fueron muriendo de pequeñas (menos la última) y a las 3 las llamaron Lolita? 

Yo les contaba que, aunque muchos de esos trabajos se hacen con seriedad, no hay que fiarse enteramente de ellos porque la historia muchas veces se ha desfigurado a favor de intereses privados;  que lo de las Lolitas seguro que era un antojo; les recalqué que no se fijaran mucho en pamplinas y relumbrones, y que de lo que tenían que sentirse muy orgullosos es de ser descendientes, no de famosos ni de altos personajes, sino de los fuertes. En épocas en que la mortalidad infantil era tan grande, en que había guerras, inseguridad y epidemias, nuestros antepasados sobrevivieron a todo eso, llegaron a adultos y procrearon. Por eso estamos aquí. Hasta le conté una noticia que encontré en "La Opinión de Tenerife", del 12 de octubre de 1896 en la que hablan de que a mi abuelo Gabriel, entonces con 3 años, lo había atropellado un caballo en la calle del Cantillo de Los Llanos. Si llega a matarlo, ninguna de las 80 y pico personas que hemos descendido de él hubiera existido.

Tan entretenidos estábamos con todos estos tejemanejes que, cuando miré la hora, eran cerca de las 2 de la tarde y no había empezado a hacer las albóndigas para la comida. Les dije entonces una frase que mi madre soltaba cuando también se le hacía tarde: "Los que de alta alcurnia descendemos o comemos tarde o no comemos".

lunes, 12 de febrero de 2018

Cocina de carnaval




No crean que con este título aludo a comidas típicas de carnaval, aunque ganas me dan de recordar y, sobre todo, de volver a comer las deliciosas sopas de miel que religiosamente se hacían en mi casa por estas fechas cuando vivía mi madre.

No. Con este nombre, "Cocina de carnaval", me refiero a que, de un tiempo a esta parte, veo que cada vez más la comida se disfraza, se oculta bajo máscaras para parecer otra, se le añaden colores, texturas, brillos que no son los propios de su naturaleza, de tal manera que, cuando la vemos en el plato sin reconocerla, pareciera decir: "¿Me conoces, mascarita?". Por ejemplo, el mes pasado, en la 16ª edición del Congreso Gastronómico Madrid Fusión hubo quien presentó como el no va más los huevos fritos de colores (en la foto). Nada que ver con los huevos de siempre, de gallinas que corretean por las huertas, con su yema doradita en la que mojar pan, y festoneados del encaje de una clara blanca -para mí, una de las maravillas del mundo-. ¡No, ahora a disfrazarlos de verde, rojo, azul, marrón y de todos los colores del Arco Iris, que ni los va a conocer la madre que los parió (la gallina)! Y hubo allí más inventos y caretas, como comer los crustáceos con cáscara y todo (cuando todos sabemos que la belleza de un cangrejo está en el interior), o la comida azul, hecha con un alga que se llama espirulina, que ni que estuviéramos en el país de los pitufos... ¡Señooooor! Por eso sorprendió tanto que un chef japonés se limitara a freír unas alitas de pollo, las presentara en una cajita y, hala, a comer, que de eso se trata.

Y es que no hay que volverse loco con las comidas. Y si no, que se lo pregunten a mi marido. Cuando se jubiló dos años antes que yo, se quedó como dueño y señor de la cocina mientras yo me iba a trabajar. A pesar de que había cocinado muy poco, nunca me preguntó nada y yo llegaba a casa a mesa y mantel puesto como una señora. Me ponía pollo, por ejemplo, y yo le decía: "¡Qué bueno! ¿Cómo lo has hecho?" "Ah, pues lo he hecho al horno con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Al día siguiente, me ponía pescado y la receta era "al horno, con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Cuando le decía que todo lo hacía igual, me contestaba que no, que las hierbitas siempre eran distintas.

Tal vez se estén pasando con todo este boom de la cocina, con tantos masterchef y tantas "nutripolleces" (la palabra es de Anthony Warner en "El chef cabreado").  ¿Y si seguimos fieles a una comida sana y sencilla, y sin abalorios añadidos para que una simple merluza no parezca la reina del carnaval? Una cazuela de pescado, un buen puchero, una carne compuesta, una pata de cordero o un bacalao al horno... ¿Hay algo más perfecto que una croqueta? Tan humildes ellas y hasta han conseguido un día, el 16 de enero, como Día Internacional de la Croqueta. Son las comidas de casa de toda la vida, hechas con sentido común y buenos productos.

A uno de esos grandes cocineros de platos con destellos de oro y técnicas ultraferolíticas se le preguntó qué comía en su casa y contestó: "Lo que me pone mi madre". Y la madre de los Roca, con 81 años y 50 al frente de Can Roca (3 estrellas Michelín) resaltaba en Madrid Fusión el valor de lo sencillo y de lo que se tiene a mano como punto de partida ¡Cuántas veces una hace un arroz amarillo o inventa una ensalada con lo que se encuentra en la nevera! Como decía aquel chiste viejo (y sabio): "¿Cómo se llama la comida china en China? ¡Comida!". Eso sí, como diría Arguiñano, simple y sencilla y sin disfraces, sí, pero también rica, rica, rica.

lunes, 5 de febrero de 2018

Un lento vino pálido




El mayor inconveniente de haber llegado a una edad tan provecta como la mía es que se nos están muriendo a cada paso los de alrededor y el tanatorio se nos ha convertido en un lugar habitual. Como decía la poeta colombiana Meira Delmar, "y se me va llenando / de nostalgia la vida / como un vaso colmado / de un lento vino pálido...".

Este mes de enero he ido a dos entierros de dos personas, una mujer y un hombre a los que no conocía. Una va a esos sitios llevada por el cariño que se les tiene a sus familiares y amigos, con la sana intención de acompañarlos y darles un abrazo. Pero, después de todo, los que han muerto son los verdaderos protagonistas y todos los que los quisieron están allí porque ellos existieron. Quieras que no, las vidas que vivieron, las personas que fueron, sus experiencias, sus sentimientos, están también presentes y se van haciendo reales cuando allí, en el tanatorio, escuchas.

Ella fue una mujer que ha muerto con 46 años. Tenía dos hijas a las que adoraba y a las que preparó (si es que eso se puede) para el golpe que habían de recibir. Cuando en diciembre ya supo que le quedaba poco tiempo, se las llevó a Eurodisney para regalarles un último recuerdo brillante. Era una mujer vital, alegre, muy guapa -ojos verdes preciosos y sonrisa perenne-. Sus amigos y primas recordaban aquella vez que se disfrazó de Torrente con unos dientes horribles, lo divertida y bromista que era, lo que le gustaba esquiar y sentir el frío en la cara, la voz tan dulce y cálida cuando cantaba...

El fue un hombre que ha muerto con 83, aunque hacía años que la niebla del alzheimer lo fue despidiendo poco a poco. Pero, antes, fue una persona valiente y decidida -"se atrevía a cualquier cosa, no tenía miedo a nada"-, un hombre entusiasta, divertido, ingenioso y culto. Le encantaba el fútbol ("estuvo a un paso, cuando era joven, de que lo fichara el Real Madrid"), la literatura, la música ("¿Te acuerdas de lo que le gustaba Ray Conniff?"), las canciones y el parrandeo ("él fue quien me enseñó a tocar el timple"). Tuvo una vida plena: estudió Derecho, tuvo 4 hijos, viajó, vivió en Londres un año, cambió de trabajo cuando quiso y hasta escribió poesía. Alguna vez se le oyó decir que él tenía 150 años porque el tiempo que vivió, lleno de tantas y tantas experiencias, le había cundido.

Los dos se diferencian en edad, en sexo, en las circunstancias en las que vivieron y en las que se han ido. Pero los dos fueron personas que amaron y fueron amadas, que han pasado por la vida dejando huella en los demás, que vivieron intensamente. Para los que no los conocimos, son dignos de respeto y admiración porque supieron vivir. Para los suyos -a pesar de la nostalgia, ese lento vino pálido- siguen estando presentes. Son la "luz que nunca se extingue" de la que habló otro poeta.

Ella se llamaba Ruth. Él se llamó Nicolás.

lunes, 29 de enero de 2018

Ya nadie borda en La Palma




Nosotras, las mujeres que ahora rondamos los 70, no hacíamos como nuestras madres y abuelas, que reunían su dote a lo largo de los años previos a casarse (destino casi obligado en aquellos tiempos). Pero sí es verdad que todas aportábamos a la futura casa juegos de sábanas, mantelerías, toallas y hasta alguna bolsa de pan, preferiblemente bordado todo en La Palma.

Y es que entonces todas las mujeres bordaban. En las casas que visitaba en mi infancia, siempre había un cuarto de costura (ya he hablado aquí del de mi casa) en el que se hablaba de bodoques, de bordados richelieu, de matizado indefinido, de punto cruz, de presillas, vainicas dobles y calados. En mi recuerdo está la imagen de mi abuela con las gafas sobre la punta de la nariz, sentada con los pies en un escabel y la almohadilla de bordar sobre el regazo, transformando una tira de tela en un prodigio de flores realzadas. Todas sabían bordar divinamente, cosa que a mí (que, como saben, no sé coser sino botones) me llenaba de una profunda admiración. Los prodigios que salían de las manos palmeras y tinerfeñas eran únicos y famosos en el mundo. Isabel Allende, hablando de un sarao en "El Zorro: comienza la leyenda", lo describe así: "Hubo comida por tres días para quinientas personas, separadas por clases sociales: los españoles de pura cepa en las mesas principales con manteles bordados en Tenerife, bajo un parrón cargado de uvas; la gente de razón con sus mejores galas en las mesas laterales a la sombra; la indiada a pleno sol en los patios, donde se asaba la carne, se tostaban las tortillas y hervían las ollas de chile y mole". ¿Llegaría un tiempo en que nadie bordara aquí? Inconcebible.

De todo esto hablaba hace poco con mi amiga palmera Nievitas (que tampoco borda), cuando yo le comentaba que estas navidades jubilé el mantel que mi madre me regaló hace más de 20 años, un mantel blanco bordado entero en richelieu, que yo ponía religiosamente en cumpleaños y nocheviejas. En los tiempos de mi abuela, muchas de esas prendas no se usaban y se dejaban amarillear en baúles, esperando ni se sabe qué. Pero tanto mi madre como mi hermana y yo nunca hemos guardado el reposo a nada: a usarlo y a recrearnos en ello, que para eso está. Y en este caso, le decía yo a mi amiga que, aunque me daba mucha pena porque fue uno de los últimos regalos de mi madre, el mantel de rechi (como lo llaman allí) no aguantaba ni un lavado más ¿Se podría encargar otro?

Entonces fue cuando me dijo que ya nadie borda en La Palma. Bueno, sí, se dan cursillos para unas pocas personas y todavía queda alguna bordadora de las de antes. Pero ha desaparecido como trabajo corriente y ahora resulta bastante difícil encontrar quién te borde un mantel y no digamos un ajuar completo (si es que todavía eso existe). ¿Las razones? El precio prohibitivo frente a los bordados chinos; lo "detenoso" de un trabajo manual tan fino, ajeno al ritmo de la vida actual; o la interrupción de la cadena de aprendizaje de madres a hijas por el cambio en la educación y en el papel de la mujer hoy (antes, apenas levantabas un pie del suelo, ya te daban aguja, hilo, dedal y un trapito para que fueras tomando recortes). Ahora los cuartos de costura se han quedado vacíos.

Y en esas estábamos cuando quiso el destino que, el mismo día en que hablé con Nievitas del tema, ella se encontrara con una señora que estaba vendiendo su ajuar sin estrenar y que le ofreció un mantel blanco precioso, también bordado en richelieu. Mi amiga, que cree en las señales, entendió que ese era un guiño que mi madre le enviaba desde el más allá, y entonces lo compró y me lo regaló, casi considerándolo como un milagro.

A mí lo que me parece un milagro es que pueda seguir celebrando comidas con mi gente sobre una obra de arte y brindando (¡con cuidado de que no caiga una sola gota en el mantel, eh!) por que todavía podamos gozar de esos bordados legendarios. Pero, sobre todo, lo más milagroso es contar con amigas así de sensibles y generosas. Y que además crean en los milagros.






lunes, 22 de enero de 2018

Desta escapemos




"Desta escapemos" es la fórmula tradicional en broma que usan mi familia y amigos después de un viaje en avión para comunicar que hemos llegado bien, que no ha ocurrido ninguna de las catástrofes imaginadas antes del viaje y que, al final de este, nuestros pies han tocado la bendita tierra. A los canarios, obligados como estamos a viajar por los aires, nunca nos extrañó que el Papa Juan Pablo II, en sus visitas por el mundo, nada más bajar por la escalerilla, se lanzara a besar la tierra como un poseso. Tentada he estado yo de hacerlo más de una vez después de un zarandeado vuelo.

Esta semana pasada he pensado en que muchos habrían usado la frase familiar -de conocerla- después de ver las perrerías que el destino ha hecho con el mundo. Lo deben de haber dicho los 168 pasajeros del avión turco que derrapó en el asfalto mojado de la pista del aeropuerto de Trebisonda y se cayó por una pendiente hasta quedar embarrancado cerca del mar (en la imagen inicial). Imagínenselo, el morro hundido, la cola levantada, humo, olor a gasolina, y la gente horrorizada, gritando y tratando de pasar por encima de los demás. No hubo muertos ni heridos, pero no me digan que no es para decir, ya en tu casa cuando se lo cuentes a familia y vecinos, un aliviado "Desta escapemos".

Lo tienen que haber seguido diciendo los hawaianos que recibieron en sus móviles un mensaje del servicio de alertas oficial que, en mayúsculas, rezaba: "Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro". También el aviso interrumpió la programación de televisión y radio.  La Agencia de Emergencias tardó 10 minutos en Twitter y 40 en los móviles en avisar de que era una falsa alarma. En ese intervalo angustioso, unos buscaron refugio para los niños, otros se pusieron a rezar, otros se despidieron de sus seres queridos... ¿Dónde puede uno esconderse ante un caso así? Un jugador de golf, que participaba allí en un torneo, tuiteó: "Estoy debajo de colchones metido en la bañera con mi mujer, mi bebé y mis suegros. Por favor, Señor, que la amenaza no sea real". Lo menos que se puede decir después, tras maldecir en arameo al causante del desaguisado, es "Desta escapemos".

Y "desta escapemos" podríamos decir nosotros ante desastres que por ahora no nos tocan, como los dos ciclones que amenazan la isla de Reunión (donde vive el hijo de mi amiga Esther), o las bombas invernales que están dejando a los que viven en el norte de Europa con los pelos como carámbanos. Es como si a una pandilla de dioses chiflados les hubiera dado por jugar al pimpampum con los humanos y estuvieran todo el rato: "¡Ahí te va una ciclogénesis! ¡Pim! ¡Ahí, una artrosis! ¡Pam! ¡Ahí, la última ocurrencia de Trump buscándole las cosquillas al coreano! ¡Pum! ¡Y vengan accidentes, rupturas, pérdidas, miserias...!". Y nosotros, viéndolas venir y hurtando el cuerpo a  ver si no atinan.

Fernando Savater, en un homenaje que le hicieron en la Feria del Libro de Guadalajara (México), decía: "Una persona libre nunca se pregunta esto que oímos siempre. '¿Qué va a pasar?'. Las personas libres tienen que preguntarse: '¿Qué vamos a hacer?'". Así que, siguiendo sus sabios consejos, esta semana de catástrofes, he hecho lo que debía: recrearme con mi casa, mis lecturas y la gente que quiero. Y rogar por que ante lo inevitable podamos seguir diciendo"Desta escapemos". Y si no, que los dardos del destino nos encuentren disfrutando.

lunes, 15 de enero de 2018

Pottermanía




Ustedes saben que me gustan mucho los libros de Harry Potter de J.K.Rowling. Y si no lo saben, se lo digo ahora: me encanta todo ese universo mágico desde que, allá por el año 1999, mi hija me regaló el primero y me quedé enganchada para siempre. Desde luego no se me ha ocurrido jamás vestirme con capa y sombrero puntiagudo, como hacen los miles de fans en las largas colas que se forman para comprar los nuevos libros (un fenómeno editorial nunca visto y que viene a desmentir eso de que ahora no se lee). Pero sí que he leído y releído todos los libros y los he recomendado muchas veces. Tengo hasta un artículo publicado en la Revista del Instituto en el año 2001 (cuando aún ni habían salido sino 3 tomos de los siete que forman la saga, ni se habían llevado al cine), en el que animo a leerlos porque nos divierten, entretienen y nos cuentan una buena historia, los ingredientes que todo buen libro necesita, desde el Quijote hasta "El Señor de los Anillos". Recuerdo que años después le llevé el primer tomo a un amigo que estaba ingresado en el Hospital y, no solo se lo leyó en un solo día, sino que me pidió los demás y se los fui llevando día a día hasta que se los terminó en una semana. No hay mejor antídoto frente al aburrimiento.

Los libros de Harry Potter gustan a grandes y a chicos porque Rowling ha tenido la sabiduría de reunir en ellos toda la magia y el encanto de los cuentos infantiles y de la literatura fantástica. Además de las tramas que cada vez se hacen más inquietantes y adictivas, hay hechizos y encantamientos, espejos mágicos, laberintos, escobas voladoras, pociones, varitas mágicas, capas que te hacen invisible, cuadros cuyos personajes se mueven y se van a visitar al de al lado. Aparecen animales y seres que solo existen en sueños y en leyendas de otros tiempos, como los grifos, los unicornios, los fénix, los centauros, los dragones, los hombres-lobo, las sirenas, las mandrágoras, los vampiros, los trols, los fantasmas... Hay reminiscencias de Úrsula K.Leguin en ese Castillo de Hogwarts, lleno de pasadizos secretos y de habitaciones escondidas y cambiantes; y de Tolkien, en el Sauce-boxeador y en la araña gigante Aragog (tan parecidos al Viejo Hombre Sauce y a Ella-la-Araña de "El Señor de los Anillos"). Y hay humor, mucho humor.

Este año los Reyes Magos, que me conocen bien, uniendo mis dos aficiones me han regalado el libro "Harry Potter y la Filosofía (Hogwarts para muggles)" de Gregory Bassham y William Irwin. En aquellos lejanos tiempos en los que daba clase, con el propósito de fomentar la lectura, encargaba a mis alumnos de Ética y de Filosofía un trabajo de fin de curso que consistía en que se leyeran un libro, cualquier libro que quisieran, y en el último mes expusieran sus temas éticos y filosóficos, convencida de que todos los libros los tienen. Y "Harry Potter" no podía ser menos.

Lo estoy leyendo con calma en estas tardes frías de mantita y chimenea y me estoy encontrando con los temas eternos de la filosofía: la libertad y el destino, la identidad, el amor, el ansia de poder, el bien y el mal, el conocerse a sí mismo, la educación, la muerte y el sentido de la vida... Me lo estoy pasando pipa.

En el primer capítulo del primer libro, "Harry Potter y la piedra filosofal", la profesora McGonagall le dice a Albus Dumbledore, el director de Hogwarts, refiriéndose a nosotros los muggles (es decir, a personas que ignoramos todo sobre brujos y magos que viven en un mundo paralelo): "¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... Todos los niños del mundo conocerán su nombre." Tal vez, después de estos 20 años desde que se publicó por primera vez la saga de Rowling, podríamos decirle que comprendemos a Harry (un personaje inteligente y valiente, pero que también pasa miedo y mete la pata y está triste a veces y es humano, sobre todo), que forma parte de nuestro horizonte literario y que apreciamos sus libros como el clásico que ya es. Y, en efecto, todos los niños (y los grandes) del mundo conocen su nombre y se emocionan con su historia, ya desde el brindis del final de ese primer capítulo: "(Harry Potter) no podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: '¡Por Harry Potter... el niño que vivió!'.".

lunes, 8 de enero de 2018

Si se calla el cantor...




Mi amigo Fernando, que es de El Bierzo, esa comarca de grandes bosques y antiguas tradiciones, cada vez que viene por aquí nos hace unas queimadas que te puedes morir. La otra noche en su casa lagunera, alrededor de una  –los reflejos azules del fuego en ese juego de vaivenes hipnóticos-, hablamos de cosas de antes, como a veces nos pasa, y él nos contó que, cuando era niño, era muy corriente que los hombres en el monte o en las huertas cantaran. Al segar, al arar, al recoger las cosechas… en el aire limpio de su pueblo se oían los cantos, bien de un cantor o bien de varios, como un acompañamiento natural al trabajo manual. Sin embargo, ya desde hace muchos años, cada vez que vuelve, no los ha vuelto a escuchar nunca más, como si ese aspecto musical hubiera desaparecido completamente del comportamiento habitual de los campesinos.

Los demás que le escuchábamos, a pesar de ser urbanitas, también hemos oído hablar siempre de los cantos de siega y trilla, de los de arada, de los de vendimia…, canciones de trabajo originadas en las faenas del campo que pueblan el cancionero popular desde hace siglos. En la zarzuela “La Rosa del azafrán” , por ejemplo, se oye “Cuando siembro voy cantando”. Pero por lo que se ve, ya eso no es lo habitual ¿Por qué no? -se preguntaba Fernando-  ¿Es que antes eran más felices?

Más tarde he recordado un artículo de Manuel Vicent en el que, abundando en lo mismo, también afirmaba, pesimista, que “los albañiles ya no cantan en los andamios”. Las razones que él exponía iban más allá del miedo a perder el trabajo o de que se les hubiera acabado el repertorio de pasodobles. Significaba para él que “en este país se ha pasado página al libro de la historia. Había miseria y dictadura cuando en cada bastida un paleta o algún peón canturreaba las coplas de Antonio Molina o de Juanito Valderrama (…) En efecto, eran tiempos duros, de odio y de anís del Mono, pero desde la posguerra se estaba abriendo de forma inexorable un compás hacia el optimismo, el mismo que ahora parece cerrarse.” El silencio de los andamios para él se corresponde con el de los patios de vecindad “donde las criadas vertían las coplas de la Piquer”. Hoy nadie canta mientras trabaja ¿Será que la vida ya no está para coplas?

No tengo respuesta para eso y no sé si alguien la tiene. Pero  –ya conocen mi vena positiva-  pienso que no todo está perdido. Mucha gente que conozco y a quien he preguntado me dice que siguen cantando, igual que hacía mi madre mientras hacía las tareas de casa. Algunos en la ducha, ese sitio que, por lo visto, tiene connotaciones musicales porque despierta hasta vocaciones operísticas; otros, mientras hacen algo con las manos: limpiar, ordenar, fregar la loza…  Tengo una amiga que canturrea siempre, incluso mientras va por la calle, y yo, este domingo por la mañana, cuando recogía el árbol y guardaba en la caja las figuras del nacimiento, me oí a mí misma cantando lo de “Brindo por las mujeres que derrochan simpatía…” unas cuantas veces. Y da igual si cantamos bien o mal, si nos sabemos la letra o nos la inventamos, si las canciones hablan de amor o de si Tenerife tiene seguro de sol. El caso es que la música nos sigue acompañando porque es una puerta abierta al optimismo.

Espero sinceramente que labradores y albañiles recuperen el tono. Porque ya lo decía Horacio Guarany:

“ Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría…”

Que no calle el cantor.

(La imagen inicial de los segadores es de Vicent Van Gogh y está en el Pushkin Museum de Moscú)
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