lunes, 5 de diciembre de 2016

Descubriendo la pólvora: el sobaquember




Entre las chicas es ahora tendencia (ya no está de moda decir "está de moda") el sobaquember que, para decirlo en cristiano, es no depilarse los pelos de las axilas. La palabrita se las trae y suena fatal. Como mi admirado Alex Grijelmo señaló hace poco en un artículo, "el sonido de las palabras las envuelve, a veces con la suavidad de las sedas y a veces con la aspereza de las estrazas". Y eso es lo que pasa, sigue diciendo, con la palabra axila (tan fina ella, con su raíz latina y todo) y con sobaco, palabra encontrada en la calle y tan vieja que ni se sabe de dónde salió. Su procedencia de pueblo se ve hasta en sus derivados, "sobaquina" (sudor de los sobacos) y "sobacuno" (olor desagradable). Y ahora se ha creado este otro derivado, sobaquember, al que se le ha añadido una terminación seudoinglesa, como para vestirlo de bonito, aburguesarlo, disfrazando su baja estofa con ropajes extranjeros. Pero ni por esas, sigue sonando horrible. "Para la psicología general de nuestra lengua - dice Grijelmo- los sobacos sudan pero las axilas no".

Pero no sólo es la palabra, sino también el hecho en sí lo que me llama la atención. Las modernas de ahora, creyendo que han encontrado la piedra filosofal del glamour, publican y airean en todos los medios sus fotos levantando los brazos para que se les vea bien el matorral. Y, para darle más alegría a la cosa, a veces se lo pintan de rosa, verde o naranja. Y, al mismo tiempo, los chicos han abrazado con entusiasmo la depilación, uno de los medios más refinados de tortura que existen, para lucir el cuerpo más lisito que el culo de un bebé. Vale, se han cambiado las tornas, pero ¿realmente se creen que están innovando algo?

Desde que el mundo es mundo, allá por los tiempos del Pleistoceno, hombres y mujeres lucieron por todas las partes del cuerpo frondosas pelambres que los ayudaron a soportar las temperaturas de la Edad del Hielo. Y, dado que existe entre los genes humanos el de querer ponernos más guapos de lo que la naturaleza nos ha hecho, desde ese mismo momento seguro que las adornaban con ramas, florecitas, huesos, gusanitos y todo lo que encontraron susceptible de ser bello. Y más tarde, a lo largo de la historia, hombres y mujeres siguieron haciendo variaciones y floripondios con sus pelos: rapárselos al cero o dejarlos crecer hasta poder sentarse en ellos, rellenarlos para que alcanzaran alturas de vértigo, empolvarlos, hacerse crestas o tirabuzones, teñirlos de todos los colores del arco iris, rizarlos o plancharlos, ponerles encima sombreros, tocas, velos, pinchos, joyas y toda la parafernalia. Hasta Rapunzel utilizaba sus trenzas como cuerdas de alpinismo.

En los años 60 también los hippies tenían su punto piloso, dejando crecer a su antojo barbas y pelambreras y, por supuesto, los pelos de piernas y axilas. Una de mis amigas en aquel tiempo se presentó de esta guisa -axilas frondosas y traje sin mangas- la primera vez que fue a conocer a su futura -y estirada- familia política; y no faltó el comentario de la niña pequeña que, en voz baja pero audible, preguntó: "Mamá ¿por qué ella tiene todos esos pelos bajo el brazo?". Actrices como Sofía Loren en los años 50, y ahora Penélope Cruz, Julia Roberts, Emma Thompson, Beyoncé, Madonna, Drew Barrymore... también han protagonizado su momento sobaquember.

Y me parece bien que así sea. La depilación es siempre una opción, nunca una obligación. Que cada uno haga con los pelos de su cuerpo lo que quiera, incluso hasta ponerse, colgando de los de las axilas, campanitas de navidad, ahora que es la época (todo se andará). Pero pretender que se está descubriendo la pólvora con el sobaquember... ¡Anda ya, ni de coña!
Larga vida han tenido las modas (perdón, tendencias) de los seres humanos.

(Dedicado a Gladys González, amiga, compañera de "Lo que las piedras cuentan" y asidua comentarista, desde hace años, de este Blog de una jubilada, que nos ha dejado esta semana. Sé que a ella le hubiera hecho gracia este post y que habría participado con uno de sus ingeniosos comentarios. La echaré mucho de menos)

lunes, 28 de noviembre de 2016

Este no es ese minuto




En una escena de la película de Sandra Bullock "Mientras dormías", Peter Boyle que interpreta a Ox, el padre del chico, está sentado leyendo en la mesa del comedor la mañana de un domingo. La escena transmite placidez. En ese momento llega su hijo Jack (Bill Pullman) con unos donuts. Se saludan y hablan. El padre, entonces, comenta: "La vida es un continuo sufrimiento, te lo aseguro ¿Sabes? Trabajas para mantener a la familia y tan sólo hay un minuto en que todo es estupendo. Todos están bien, todos son felices y sólo en ese minuto sientes paz". Jack, que ha ido a decirle que no quiere seguir trabajando con él sino establecerse por su cuenta, le contesta: "Papá, este no es ese minuto".

A todos nos ha pasado lo mismo. Hay pequeñas piedritas que se van metiendo en el engranaje de la vida haciendo que esta no marche con fluidez, "la sensación de destino en las venas como un enjambre de insectos pequeños e implacables", que decía Alice Munro. Por ejemplo, el sentimiento de tristeza porque algún amigo te diga algo hiriente, los dolores difusos que el tiempo va dejando en el cuerpo, la inquietud por algo pendiente que te hace dar vueltas en la cama a la espera del sueño, la desolación e impotencia al ver sufrir a un niño en una guerra lejana, el fastidio y la sensación de horas perdidas ante los papeleos de la burocracia, la preocupación por las noticias desagradables que la realidad nos brinda... Todas esas circunstancias entran en el paquete de la existencia haciéndonos dudar de que exista realmente ese minuto de paz del que hablaba Ox.

Una vez vi en un reloj de sol la leyenda :"Sólo cuento las horas felices". Pero hace poco vi en un pueblecito francés la curiosa imagen con la que hoy inicio este post y me gustó más. Son dos relojes en la fachada de una casa dirigida al sur. Y, aunque el inferior mide sólo las horas de sol, el superior todas las horas.

Este doble cómputo me pareció una metáfora de la vida. El reloj superior habla de la existencia, en la que hay horas de luz y horas de oscuridad, y dicta que todas son válidas, tanto el momento en que tus hijos aprenden tu nombre como aquel otro en que alguien te hace daño, tanto el instante gozoso de un nacimiento como el tremendo de un adiós.

El reloj inferior señala la actitud ante la vida. Parece decirnos que, aun aceptándolo todo, no vivamos angustiados por el sentimiento trágico sino que destaquemos las horas de sol y guardemos, como oro en paño, esos momentos dorados y el minuto pacífico en el que todo está bien y vislumbramos la felicidad.

Si lo piensan bien, a veces hay paredes que no sólo oyen el latido del mundo, sino que además van y nos dan una lección de filosofía.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Luna, lunera, cascabelera...


Fotografía de la Luna sobre Santa Cruz, hecha por mi amiga Chari con su "camarón".

La noche del lunes al martes, la noche en la que, según todos los medios, la luna se iba a ver más grande y luminosa que nunca, ocurrió un momento mágico e inusitado: todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para asomarse a ver el cielo. Eso sí, con los móviles y las cámaras a rastras porque inmediatamente empezaron a llegar imágenes de esa superluna, como todos la llaman: lunas rojas sobre Berlín o Hawai, que tal vez transformara, como en una novela de José Antonio Cotrina, a los hombres en dioses; lunas descomunales e imposibles sobre el Tibet o sobre Madrid; lunas llenas de poesía sobre un mar plateado; lunas fotografiadas por todos los seres de este planeta entre nubes, entre edificios, entre ruinas, junto a la Estatua de la Libertad o tras la nave Soyuz MS-03 en Kazajistán. Hasta me mandaron una rodaja de mortadela y una tortilla mejicana diciéndome que eran la superluna y sus cráteres... Nunca se vio una señora de fama tan bien servida.

Y es que no era para menos. La Dama de la Noche hacía 68 años que no se acercaba tanto a la Tierra . Se limitaba a ojearnos desde lo alto con mirada displicente, como diciendo: "¡Para lo que hay qué ver...!". Pero supongo que de vez en cuando le puede la curiosidad y se aproxima un poco más.

¿Qué vio en 1948? Vio que se inventó la Polaroid, el transistor, el primer vídeo juego y el LP. Vio proclamarse la Declaración Universal de los Derechos Humanos, estrenar el Plan Marshall con el que Estados Unidos ayudó a una Europa castigada por la guerra, fundarse la Organización Mundial de la Salud y poner los cimientos de la Unión Europea. Vio nacer a Henning Mankell, a Terry Pratchet, a Rita Barberá, al Príncipe Carlos de Inglaterra, a Jeremy Irons, a Enrique Vila-Matas (y a mí). Vio morir, asesinado, a Mahatma Gandhi. En 1948 se concedió el Premio Nobel de Literatura a T.S. Eliot, pero el de la Paz quedó desierto.

Este año de 2016, la Luna ha vuelto a hacerlo: "Veamos -dice- si están actuando mejor... Y, de paso, a ver cómo está Jane Jubilada". Pero, aunque a mí me ha encontrado como a una rosa, ha visto, ante su mirada atónita,  que la Unión Europea se tambalea por la salida de Inglaterra, el mundo por la llegada de un fanático incitador del odio a la presidencia de Estados Unidos y España por el desencanto y la corrupción. Un poeta cantante gana el Nobel de Literatura y un presidente colombiano el de una Paz dudosa. Pero sobre todo, y horrorizada, ha visto atentados que han sembrado el terror en todo el planeta: en Estambul, Burkina Faso,  Yakarta, Siria, Ankara, Bruselas, Bangla Desh, Munich, Kabul, Bagdad, Pakistán, Adén... La Tierra teñida en sangre.

Una luna como esta, de tamaño y luz similar, no volverá a acercarse a nosotros hasta el 6 de diciembre de 2052, dentro de 36 años. Será la más grande del siglo XXI. Yo ya no estaré aquí para recibirla como se merece, pero me gustaría que otros lo hicieran por mí. Habrá inventos que hoy todavía no imaginamos y que harán la vida más cómoda, y cámaras fotográficas que sabrán llegar incluso hasta el interior del Mar de la Tranquilidad. Pero, junto a ellos, querría que la Luna también encontrara que los humanos hemos descubierto la fórmula para desterrar la pobreza y el odio. Me gustaría que encontrara un mundo en paz.

Sé que, si fuera así, entonces, como decía Neruda en su Poema XVIII, la Luna haría girar su rodaje de sueño y fosforecería, en compañía de las altas estrellas, sobre las aguas errantes.
Y se convertiría, entonces sí, en la Luna, lunera, cascabelera de las canciones.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Higos picos sobre Montecarlo




El lunes pasado hablamos aquí de esa especie de humanos que acumulan en sus arcas un dinero equivalente al Producto Interior Bruto de un país: los ricos ricos (¿Recuerdan? Son aquellos que se pueden permitir alquilar o comprar un jet privado mientras los demás mortales sufrimos apretujones en los aviones). Hace poco, además, tuve ocasión de vislumbrar algo de su hábitat en una ciudad por la que supongo que no hay archimillonario que no haya pasado: Montecarlo.

Allí estaba con todos sus tópicos: su casino lleno de dorados, sus yates trasatlánticos, sus Rolls Royce con los cristales tintados, su corte de guardaespaldas (todos altos y fuertes, todos vestidos de negro) a la puerta de los palacetes, sus casonas destilando el glamour de épocas pasadas y gloriosas. Y, sin embargo, paseando por La Rocher del Viejo Mónaco ¿por qué esa sensación de que le faltaba la vida que he visto en otras ciudades? Sí, había el consabido grupo de japoneses frente al Museo Oceanográfico; había una loca haciéndose selfies durante más de una hora al lado de una reproducción del batiscafo de Cousteau; estaban los Carabineros del Príncipe en sus aburridas guardias bajo los balcones desde donde alguna vez saludó Grace de Mónaco... Pero no había mucha gente y todo parecía, a la caída de la tarde, el escenario vacío de una opereta ¿Iría a aparecer de repente el picolino de "Carlo Monte en Monte Carlo", la obra de Jardiel Poncela que transcurre allí?

Entonces, al asomarme a uno de los miradores de los Jardines del Palacio, mirando desde lo alto la bahía de Montecarlo con cientos de yates de todos los tamaños -símbolo del lujo y orgullo de los monesgascos-, los vi: colgados del acantilado, a una distancia inalcanzable desde arriba o desde abajo, una tunera con sus higos picos ponía una nota de color en el muro oscuro.

La imagen me transportó muy lejos de allí, a veranos de 30 años atrás, a los alrededores de mi casa, y a mi madre y a mí con pinzas de madera cogiendo higos picos madurados al sol en los bordes del camino. Entre risas después, los barríamos en el suelo para que no picaran, los metíamos en una cesta y los llevábamos a casa, a pelarlos y a ponerlos en la nevera en una fuente de cristal. El sabor de esos higos, al que se añadían la mañana soleada, la aventura de ir a cogerlos y los cuidados y risas de mi madre, es, se lo juro, uno de esos sabores exquisitos que el paladar y la memoria guardan para siempre.

Allí, en Mónaco, sobre el panorama de los yates millonarios, todavía la mente llena del sol de mi recuerdo, pensé que esos higos amarillos, pendientes sobre el abismo, eran el símbolo de que hay placeres sencillos y maravillosos, como el sabor de un higo pico recién cogido, por ejemplo, que no están al alcance de los ricos ricos.

Y, qué quieren que les diga, me sentí, yo también, millonaria.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Si yo fuera rica...




De todas las indignidades y majaderías que una tiene que soportar en una vida normal, las que sufrimos en los aeropuertos y aviones se llevan la palma ¿En qué momento se olvidó aquel lema de mis primeros viajes, "Iberia: donde sólo el avión recibe más atenciones que usted"? ¿En qué despacho se arrinconaron esas atenciones? Aquellas comidas calientes y gratuitas, aquella anchura de los sillones, aquel poder estirar las piernas... Incluso, aquel ir alguna tarde por placer al aeropuerto a sentarte en la terraza y tomar una copa mientras veíamos despegar y aterrizar aviones con los montes de La Esperanza al fondo ¿Ubi sunt?

Los que vivimos en una isla, sin otro remedio que coger un avión para salir de aquí, sabemos mucho de eso. De retrasos y horas muertas esperando en el aeropuerto, de colas por laberintos en ese para llegar al mostrador de facturación, de bochornos en el control de equipajes cuando casi te desvisten (he visto allí a un señor peludo en calzoncillos, qué necesidad) y te quitan, como en mi último viaje, un pesto siciliano que bastaba probar para saber que no era un arma de destrucción masiva. Sabemos de estar comprimidos y encajonados en asientos tamaño hobbit y de, si eres un poco más alto, tener que ponerte en el sillón del pasillo al bies para estirar las piernas; de bocadillos congelados pagados a precio de caviar, de no poder ponerte de pie en tu asiento, de, si al de delante le da por reclinarse hacia atrás, tener su espaldar clavado en el esternón...

Por eso, si yo fuera rica (dubidubidubidubidubidubidubidá, como cantaba el protagonista de "El violinista en el tejado" ¿Se acuerdan?)... Bueno, antes una precisión: no existe ni remotamente la posibilidad de que yo sea rica alguna vez. No compro loterías ni hago quinielas de ningún tipo; no tengo ningún tío de América del que heredar un palacio de diamantes, un kiosko de malaquita ni un gran manto de tisú (a saber qué haría con todo eso); y no me voy a meter jamás en política, que podría ser, visto lo visto, otro camino para forrarme.

Además, siguiendo en el terreno de las posibilidades, si yo fuera rica, no me gastaría los dineros como los otros ricos, no. Hay un libro de Peter Mayle, "Gustos de rico", que lo explica muy bien. Según este autor, los ricos gastan en zapatos y trajes a medida, en cochazos y limusinas que parecen placenteras burbujas de cristal lejos del mundanal ruido, en abogados, en amantes, en antiguallas, en servidumbre (como mínimo 7 personas) que te planchan hasta el periódico, en comilonas de trufas, caviar y champán seguidas de un puro genuino, en casas, hoteles y restaurantes de superlujo... Nada de eso me llama la atención. Pero hay una cosa que sí: un jet privado.

Pero, a diferencia de lo que cuenta Peter Mayle, si yo fuera rica, no me compraría un avión porque las posesiones no dan sino problemas: que si buscar un hangar, que si tener que estar pendiente de mantenimiento, revisiones y papeleos... ¡Quita, quita! No. Yo lo alquilaría. Mandaría a mi sirviente (uno de los 7) a que llevara él el equipaje al avión e iría en coche hasta la escalerilla de entrada. Allí nos recibiría el azafato a mí y a mis acompañantes con una copa de champán y nos sentaríamos en sillones anchos con reposapiés incluido, mientras oímos la música o vemos las películas que nos apeteciera, con el mundo a nuestros pies. Peter Mayle, que vivió una experiencia así, dice: "Pensé que podría acostumbrarme con gran facilidad a esta forma sosegada y civilizada de ir dando saltos por Europa, libre de las tensiones horarias y del irritante hacinamiento que han reducido los viajes en avión al mismo nivel de disfrute que el de coger el metro en horas punta".

Y es que, por mucho que hayamos leído "El capital" y pensemos que nuestro corazón está con los parias de la Tierra, en el fondo todos albergamos gustos de rico, por lo menos en lo que se refiere a viajes aéreos. Y quien diga que no. miente como un bellaco.

lunes, 31 de octubre de 2016

Puntas de color rojo carmín

Dibujo de mi nieta Eva a propósito de hoy

Al regresar de viaje, me he encontrado a Eva, mi nieta de 13 años, con las puntas del pelo teñidas de color rojo carmín (o magenta, como dice mi amiga Chari, que es pintora y de colores sabe un montón). También tenía las uñas pintadas de azul oscuro con florecitas blancas. Parecía una jovencita y espigada (mide 1,78) Morticia Addams, caminando con ligereza por la casa. "¿Y esos pelos?", le dije. Se rió y me contestó: "Sonia -esta es su mejor amiga- se los tiñó de azul marino".

¡La adolescencia! El momento propicio para estos gestos. Las dos, Eva y su amiga Sonia, se encuentran divinas de la muerte, preparadas, además, para pasar esta noche de Halloween juntas, con más amigos, viendo películas de miedo. A Eva le gustan pero luego no duerme, dice. También le gustan la música del grupo Dionysos, de Melanie Martínez o de Tigers in the sky, el manga, ver youtube en la tablet, los libros de fantasía, aventuras o de cocacolos, como ellos se llaman (lee mucho), la natación... Pero sobre todo, adora pintar, que es su pasión y a lo que se quiere dedicar ¿Cuántos caminos debe transitar todavía? La respuesta está en el viento, que diría el reciente Premio Nobel de Literatura.

Hace 55 años, mis amigas y yo teníamos la misma edad que Eva y las suyas ahora. Ni se nos pasaba por la imaginación que podía haber pelos o uñas de esos colores (aunque nos hacíamos cardados imposibles). Llevar pantalones era el colmo de la modernidad y casi una transgresión (una de mis amigas se los ponía en casas ajenas, porque en la suya no le dejaban). Cantábamos lo de "agujetas de color de rosa y un sombrero grande y feo, el sombrero lleva plumas de color azul pastel" y nos reíamos imaginando una vestimenta tan estrafalaria. Nos gustaban Paul Anka y su "Diana", el Dúo Dinámico, Enrique Guzmán, Françoise Hardy, los Beatles... y oíamos sin parar sus canciones en discos de vinilo pequeños (¿dónde andarán?). Leíamos todo lo que trincáramos, bebíamos Orange Crush los días de fiesta, veíamos las películas de Marisol (también ella tenía nuestra edad) y le copiábamos el pañuelo azul que se ponía en la cabeza. Un año descubrimos el azul semáforo y todas nos apresuramos a tener prendas de ese color...

Nosotras no sabíamos lo que era Halloween, aunque sí conocíamos su antecedente, la Noche de difuntos, con mariposas de luz en platos de aceite por cada difunto de la casa. No teníamos tampoco tele en la que ver películas (la tele era un invento lejano con el que soñábamos). No existían la tablet, ni el manga, ni Harry Potter.

Pero el mundo estaba ahí delante a nuestra disposición ¡Éramos adolescentes! Teníamos una amiga del alma con la que podíamos estar horas hablando por teléfono, aunque acabáramos de vernos hacía un momento. Nos sentíamos estupendas y empezábamos a opinar y a hacernos oír.

Los mayores siempre nos asustamos ante esa etapa dorada ¿Dónde está mi niñita?, nos decimos. Incluso a veces despotricamos y lanzamos opiniones muy negativas: " La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y cotillea mientras debería trabajar. Los jóvenes (...) contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros.". Tal vez nos sorprenda saber que esto lo dijo Sócrates hace 26 siglos.

Pero, al final, nos damos cuenta de que la adolescencia es uno de los caminos necesarios por los que transitamos en la vida, de que las diferencias que hay entre todos los adolescentes que en el mundo han sido no son fundamentales, y de que, muchas veces como esta, nos miramos en ellos y nos reconocemos. Aunque tengan las puntas del pelo teñidas de color rojo carmín (o magenta).

lunes, 24 de octubre de 2016

La magia siciliana


El Etna y su fumarola

Siguiendo el sabio consejo del actor Antonio Gamero que dijo que "como fuera de casa en ningún sitio", este mes me he dedicado a andar por esos caminos, "la casa atrás, delante el mundo / y muchas sendas que recorrer", que diría Tolkien.

Todos los familiares y amigos a los que les conté que me iba de nuevo de viaje, y esta vez a Sicilia, aparte de decirme que no paraba la pata y alegar sobre la vida que se pegan algunos jubilados, terminaban previniéndome con el "¡Y cuidadito con la mafia siciliana!". Pero, aunque es evidente que por desgracia la "Cosa Nostra" sigue existiendo, lo que un visitante capta de verdad, nada más llegar, es la magia siciliana, el embrujo de esta isla de tres esquinas (los antiguos la llamaban así, "Trinacria"), "aparentemente concebida en un momento delirante de la Creación", según Lampedusa, uno de sus escritores más conocidos.

La magia la ponen los cuatro elementos -la tierra, el aire, el agua y el fuego-, que forman el entramado de la isla. No es raro que fuera aquí donde uno de los filósofos presocráticos, Empédocles de Agrigento, hablara por primera vez de los elementos, considerándolos el principio de todas las cosas.

De la tierra surgió la piedra -¡qué cantera inmensa y llena de ecos la que llaman "La Oreja de Dionisio" en Siracusa!- para magníficos templos que civilizaciones pasadas levantaron en honor de dioses que ya no existen (increíble el Valle de los Templos en Agrigento o los templos de Selinunte). De la piedra nacieron teatros, como el de Taormina o Segesta, en los que alguna vez espectadores que llevaban su comida, como quien hoy va al cine con las cotufas, disfrutaron del estreno de las obras de Esquilo. O iglesias con bellísimos mosaicos (Palermo, Cefalú, Monreale), erigidas en aquella época en la que los normandos conquistaron la isla y lograron el milagro de ponerse de acuerdo con griegos y árabes para gobernar en paz.

El aire y su dios Eolo eligieron su hogar aquí y dieron nombre a las Eolias, el pequeño archipiélago al norte. Homero cuenta que hasta aquí llegó Ulises en su odisea y el dios le regaló un odre lleno de vientos que, si no lo abría, lo ayudaría a volver a Ítaca (sí, sí, lo abrieron los compañeros ¡porca miseria!). Y el aire está presente también en Erice, un pueblo montañoso encaramado en lo alto, como un nido de águilas, y envuelto en niebla, en el que Dédalo se detuvo en su vuelo desde Creta. Hay una estatua actual de su hijo Ícaro ("Ikaro caduto" de Igor Mitoraj) frente al templo de la Concordia en Agrigento.

El agua abraza la isla con inesperada suavidad en playas de arena dorada en Cefalú, Taormina o Ragusa. O aparece en los pequeños ríos y en las fuentes, como la Fontana Pretoria en la Plaza de la Vergüenza de Palermo, llamada así porque sus estatuas están todas desnudas; o la fuente de Aretusa, la ninfa de la que se enamoró Alfeo, el dios del río, y a la que Artemisa ayudó (sin éxito al final) para que pudiera escapar por el fondo del mar hasta Ortigia, donde emergió, entre papiros, como manantial de agua dulce, para disfrute de los siracusanos.

Y el fuego gobierna todo el territorio desde lo alto del Etna (3323 m.), todavía activo, todavía rugiendo cada cierto tiempo, recordándonos que en Sicilia vive el dios del fuego, Vulcano,  que tiene su fragua -hacedora de rayos de Zeus- en el interior de la isla del mismo nombre.

Pero, más allá de los elementos, la magia la han hecho sobre todo los sicilianos que, tras terroríficos terremotos, han vuelto a construir ciudades tan bellas como Noto; o que han resistido durante siglos a invasiones de griegos, romanos, vándalos, cartagineses, árabes, normandos, franceses, británicos y españoles; o que, a pesar de la desidia que se ve en las carreteras, no han descuidado sus campos que lucen llenos de cultivos de viñas, naranjos, olivos o trigales, y que son testigos de que, en una isla castigada, la mejor magia es saber salir adelante.

Algo de ello debe haber intuido Platón que, hace 25 siglos, viajó dos veces a Siracusa, convencido de que en esta bendita tierra podía ser realidad su república ideal. Y algo también hemos intuido nosotros en este viaje mágico.

Y ahora es el momento de volver a casa: "Luego el mundo atrás y la casa delante; / volvemos a la casa y a la cama" (otra vez Tolkien).

(A mis compañeros de camino, Melchor, Lolina, Mingo, Marian y, por supuesto, Toni, cuyo buen humor contribuyó a la magia siciliana)


Teatro griego en Siracusa

Erice en la niebla

"Ikaro caduto" de Igor Mitoraj, frente al Templo de la concordia en Agrigento

Fuente de Aretusa en la isla Ortigia, Siracusa

Scala dei Turchi en Porto Empedocles