Lo crean o no, en este mundo tan lleno de ruido y furia, hay muchos hombres buenos. Mi padre era un hombre bueno y también lo son mi marido, mi hijo, mi nieto, mi hermano y muchos de mis amigos y familiares. Y con bueno quiero decir una persona decente, respetuosa, con ideas propias pero que no necesita imponer a los demás, generoso, empático, incapaz de hacer daño al otro. Y ya sé que la bondad no está de moda, probablemente desde que Nietzsche definió al buen hombre, frente al superhombre, como alguien dócil, inofensivo, predecible y fácil de engañar. Pero en el fondo sabemos que no es así y que la bondad sigue siendo la virtud más alta.
Y esto es algo que hay que hacer constar de vez en cuando porque es verdad que hay gente que disfruta haciendo putaditas al prójimo, a la que le importan tres pepinos los demás, que solo mira en su provecho, que gritan mucho para tener razón (y por eso parece que son más), que engañan y disfrazan la realidad para conquistar poder, que viven con ira... Y total, ¿para qué?
Hace muy poco mi amiga Ligia me mandó desde Miami una reflexión que me gustó (y qué maravilla es que este mundo se haya empequeñecido para estar solo a un click de distancia y poder hablar y compartir ideas, como cuando estábamos en el colegio). El texto (siento no saber el autor) partía de una verdad evidente: dentro de 50 años ninguno de nosotros estará aquí. "Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado con el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes". Y concluía con lo inútil que resulta entonces vivir compitiendo, envidiando, pasándolo mal y haciendo sufrir a los demás.
Nosotros y los que nos rodean en este instante que compartimos somos viajeros ocasionales. Y es un lujo que los que nos acompañan en este viaje sean hombres buenos, aquellos que, como en la novela de Harper Lee, se pregunten cómo puede haber alguien capaz de matar un ruiseñor. Son los hombres justos de los que hablaba Borges, los que cultivan jardines, acarician un animal dormido, o agradecen que en la Tierra haya música. Frente a Nietzsche y su superhombre, "esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo".
Y yo, particularmente, me siento afortunada y llena de gratitud por haber compartido una parte del camino con ellos, los hombres buenos, la gente con luz.



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