lunes, 28 de noviembre de 2022

Mi primera (y única) entrevista: Ana González Duque



La semana pasada mi hija publicó su última novela, una romántica titulada El silencio entre tú y yo. Como una de sus lectores cero, ahora me tocaba reseñarla, igual que hice en las anteriores, contando lo bien que me lo he pasado leyéndola (dos veces) y analizando los tiempos, los espacios, la trama y los personajes. Pero esta vez pensé que nunca he entrevistado a nadie y me hacía ilusión hacerlo, que quién mejor que ella para hablar de su obra y que ¡qué demonios! seguro que ella no se atreve a decirme que no. Así que le di, como se dice en la profesión, una "batería de preguntas" y ¡tachán!, aquí está el resultado: mi primera, única y última entrevista a una escritora. ¡Que la disfruten!

¿Cómo surgen las historias? ¿Hubo en esta novela un germen, un principio de lo que iba a ser El silencio entre tú y yo?

Rosa Montero habla de una cosa llamada «el huevecillo» en su libro La loca de la casa. Creo que es algo que, salvando las distancias, compartimos todos los escritores. Ese germen de la historia del que luego vas tirando. Yo empiezo cada novela con una libreta y cada una es distinta. Algunas empiezan por el título, otras por un personaje, otras por una idea de conflicto y otras por un escenario. Esta empezó porque quería construir una historia alrededor de una neurocirujana que trabajara en Dolor Crónico, que era mi especialidad dentro de Anestesia. Así que, en El silencio entre tú y yo, el huevecillo fue Andrea.

¿Y después? ¿La cosa va surgiendo poco a poco o tienes que tenerlo todo organizado en tu cabeza para escribirla? ¿Mapa o brújula?

Ninguna de las dos cosas. Paisajista. Me explico. Un escritor de mapa tiene que tener todo escaletado, cada escena de la novela. Un escritor de brújula sabe normalmente el principio y el final pero no cómo llegar de uno a otro, va improvisando sobre la marcha. Yo soy algo intermedio. Sí que tengo la estructura de la novela antes de empezar: qué pasa en el primer acto, cuál es el primer punto de giro, qué pasa en el segundo, cuál es el clímax de la novela y cómo termina. Y algunos puntos y escenas en medio. Pero el resto es una gran nebulosa que se va aclarando a medida que trabajo en el argumento.

 ¿De qué va El silencio entre tú y yo?

Las dos hermanas Miró no tienen suerte en el amor. Andrea es una neurocirujana que ha pasado tres años fuera de España, entre otras cosas para intentar olvidarse de su novio, que la dejó cuando iban a casarse. Y Susana, su hermana pequeña, profe de Literatura, acaba de encontrarse a su novio con otra. Las dos empiezan a compartir piso y a intentar pasar página, pero la vida a veces te sorprende. A Andrea, con un jefe que no es otro que su exnovio. A Susana poniéndole delante al hombre de sus sueños que pueden convertirse en pesadillas.

 ¿Hay algo de ti en alguna de las dos protagonistas?

Siempre hay algo de mí en cualquiera de mis personajes, incluso en los villanos de las novelas fantásticas porque, después de todo, soy yo la que está detrás. En este caso, Andrea tiene mi experiencia en quirófano de dolor crónico y Susana, el amor por la cocina. Reconozco que soy más Susana que Andrea. 

De los dos protagonistas masculinos, ¿cuál te gusta más y por qué?

Soy del equipo de Pablo. Tal vez porque lo veo más complejo como personaje, me costó más trabajarlo. Bri es divertido y tierno, Pablo está lleno de aristas y es mucho más gris. Será que me gustan los imperfectos. 

¿Hay algún personaje real?

Pues, aunque parezca mentira, Teresa, la vecina imprudente y medio loca. Teresa es real. Es la vecina real de un amigo mío. Recuerdo que yo tenía el borrador de la novela a medias cuando él contó en una cena qué tipo de vecina tenía y que casi les había inundado el piso porque se había dejado un grifo abierto. Después de reírme, pensé: «¿Y si…?». Y le pedí permiso para apropiarme de ella. Espero que la Teresa real (que, por cierto, no se llama Teresa) no me lea nunca. 

¿De qué parte de la novela te sientes más satisfecha?

Parece una tontería, pero del principio y del final. Cuando consigues enganchar al lector con el principio tienes mucho ganado, pero un buen final es oro porque consigue que te vuelvan a leer. Mucha gente me ha escrito diciéndome que les ha gustado el final y que se engancharon enseguida a la novela.

 Dejaste la Medicina por la Literatura. ¿Te has arrepentido alguna vez?

Pues no. A la gente le cuesta creerlo, pero es que estoy haciendo algo que me encanta, soy mi propia jefa y no tengo que hacer guardias de 24 horas ni trabajar los fines de semana ni las navidades.

¿Cómo es el día a día de una escritora?

Lo cierto es que trabajo más horas que cuando era anestesióloga. Me levanto a las siete. Hago una hora de ejercicio y me pongo a trabajar. Por la mañana, suelo agendar el trabajo que me lleva más concentración: escribir, corregir, planificar… La tarde la reservo a las redes, blog, podcast y cursos. Doy clases de marketing para escritores en la Escuela de Escritores de Madrid, en la Universidad Complutense de Madrid y en mi propia web: Marketing online para escritores

¿Ya estás viviendo en otra novela?

Ya tengo planificadas las de 2023 (risas). Pero sí, ya estoy a la mitad de otra novela. Mi idea es terminarla en enero para meterme a fondo con lo que tengo para 2023. Pero hasta ahí puedo leer, como decía Mayra Gómez Kemp.

 ¿Y cuál es la mejor lectora cero del mundo?

 Jajajaja, por supuesto tú. 




Breve nota biográfica: Ana González Duque (Santa Cruz de Tenerife, 1972) trabajó como médico de familia, de urgencias y anestesista durante 21 años hasta que en 2017 decidió colgar la bata y dedicarse a escribir a tiempo completo. Antes se había estrenado como escritora al ganar el Premio Nacional de Poesía Félix Francisco Casanova en 1994 y al año siguiente el Premio Juventud y Cultura de Canarias. Ha escrito tres poemarios, seis libros de no ficción, diez novelas (fantasía, romántica y juvenil) y ha participado en tres antologías de cuentos. Además dirige la empresa Marketing online para escritores (MOLPE), es directora editorial de AnestesiaR, edita libros para escritores en MOLPEditorial y da clases de Marketing para escritores, como ha dicho en la entrevista, en la Escuela de Escritores de Madrid, en la Universidad Complutense y en su propia web. Por último, lleva el podcast de "El escritor emprendedor" y forma parte con otras escritoras de la Tribu de la Romántica, que es un grupo que aboga por la dominación mundial de la novela romántica.

El libro "El silencio entre tú y yo" puede adquirirse en las librerías de Tenerife, en Amazon y en la tienda de Marketing online para escritores (dedicado y con solapas)

lunes, 21 de noviembre de 2022

El animal que hace colas


Cola en Doña Manolita

La semana pasada, como algunos se habrán dado cuenta, no estuve por aquí sino que fui a darme una vueltita exprés por Madrid, a cambiar de aires un rato. Ya saben, un vermut en el Mercado de San Antón, una visita a Segovia, una noche al teatro, los churros del desayuno, caminatas hasta el Retiro, compra de algunos turrones en "Casa Mira"... y para de contar, porque fue un visto y no visto. Pero esta vez, además, me llamó la atención la cantidad de colas que había por todos lados. Hasta me salió un aforismo filosófico, tal como si fuera un Heráclito redivivo: "Todo viaje empieza con una cola".

Es la verdad de la vida. En el aeropuerto, nada más entrar, te obligan a hacer una cola serpenteante, a la derecha, a la izquierda, hasta llegar con la lengua fuera al mostrador de facturación. Y luego, durante la estancia, vi colas para entrar en el Congreso, colas en el Thyssen para una exposición de Picasso/Chanel, colas en el Museo del Prado, colas para entrar en Primark antes de que abran las puertas, colas en el Museo del Jamón, en "1902" para desayunar churros, en el WC de mujeres del aeropuerto... Y, sobre todo, colas kilométricas (recorrían toda la calle del Carmen y luego por lo menos dos manzanas de la Gran Vía) para comprar lotería de Doña Manolita. Gente de todo pelaje y condición regalando horas y horas de su tiempo esperando el santo advenimiento, como nos decían en el colegio. ¿Por qué lo harán?.

Leí hace poco un artículo ("Radiografía de las colas" de Enrique Alpañés) en el que explicaban que hacer colas es un mecanismo de supervivencia en ciudades muy pobladas donde hay pocos recursos para mucha gente: hacen cola para no perderse lo que sea que estén ofreciendo. Que a lo mejor también es por imitación, por eso de "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente". O tal vez sea por el instinto gregario, para sentir que formamos parte de algo: "Ah, yo no estaré en el Orfeón Donostiarra, pero hago colas que es un primor"... No sé, pero yo he llegado a pensar que a lo mejor es por vicio.  En las colas de Doña Manolita estaban horas de pie, derechos como postes, con un frío que pelaba y a veces bajo la lluvia. Al lado había mujeres y hombres con paneles llenos con la misma lotería, solo que 2 euros más caros, lotería que cualquiera podía comprar sin hacer cola. ¿Ustedes vieron que alguien se movió hacia ellos para ahorrarse las fatigas? Pues yo tampoco: nadie. Alguna explicación tiene que haber, algún atractivo que los anticolistas no hemos captado todavía.

Como últimamente me estoy poniendo sentenciosa (debe ser la edad), he registrado otra definición del hombre al lado de las que les conté aquí, cuando hablé de la faceta bailona: El hombre es el único animal que hace colas. Cuando un perro, un león o un buitre se acerca a la comida, la cosa es para el primero que llega, nadie dice aquello de "¿Quién da la vez?". 

Y porque ahora no me está dando por lo antropológico, como en otros tiempos, porque ¡menudo estudio se podía hacer de las colas! El tipo de personas, que hay en cada una, las relaciones que pueden surgir (tantas horas esperando dan para  contarse hasta los secretos más perturbadores de toda una vida), el arte de colarse en una cola (creo que los chinos son unos expertos), la diferencia entre las conversaciones de las distintas colas (yo hice una vez una cola para hablar con Joel Dicker en la Feria del Libro y en el tiempo que esperamos me hice amiga de otro lector y entre los dos analizamos su "La verdad sobre el caso Harry Quebert" por delante y por detrás. Imagino que en la cola de Doña Manolita la conversación girará sobre aquella vez que no les tocó el Gordo por solo un número y cosas así). Incluso se podría hablar de la incoherencia del hecho de hacer colas con los refranes de toda la vida, como "El que espera desespera" o "El tiempo es oro", cosas que la realidad de las colas desmiente totalmente.

Cuando volvímos a Tenerife, estuvimos metidos en el avión sin salir durante media hora ¿Qué esperábamos? A que al avión, que era el último de una larga fila de aviones que hacían cola, le dieran permiso para volar. Entonces completé mi aforismo heracliteano: "Todo viaje empieza y termina en una cola".


Cola en el Thyssen


lunes, 7 de noviembre de 2022

Soy negacionista



Los movimientos negacionistas han rechazado realidades documentadas a lo largo de la historia, pero parece que es ahora cuando más se les oye por todos sitios. Primero empezaron con que el hombre no había llegado a la Luna, argumentando que todo había sido un montaje en el desierto de Nevada, que la bandera no debía ondear en el vacío, que les habían pagado millones a los astronautas para que hicieran la pantomima...; después también negaron que Elvis Presley hubiera muerto o que Paul McCartney estuviera vivo; han negado el Holocausto, la evolución de las especies, que la Tierra sea un planeta esférico que se mueve en la inmensidad del espacio (cuando todo el mundo sabe que es plana y está quieta como un guardia, dicen); rechazan el cambio climático y la causa de enfermedades como el covid y la eficacia de las vacunas; y lo último que les he oído negar es la guerra de Ucrania, porque, según ellos, son los propios ucranianos los que se tiran bombas a sí mismos para poner a Rusia en un compromiso.

¡Y una toda la vida siendo afirmacionista! Una fue de las que, con 21 años, vio emocionada cómo Armstrong descendía del Apolo 11 y decía lo de "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad"; una ha visto a Paul McCartney vivito, coleando y cantando todavía y no ha vuelto a ver a Elvis desde aquel 16 de agosto del 77; una ha leído relatos y ha visto rastros del holocausto por toda Europa; una está segura de que el hombre ha evolucionado y de que el mundo no es plano, y así lo ha explicado en clase; una ha constatado, por experiencia, que cada vez hace más calor, y por estudios de la Unesco, que en 30 años desaparecerán 460 glaciares debido al cambio climático; una, que se ve ya libre de mascarillas, todavía dice: "¡Benditas vacunas!"; y una, que ve con temor una guerra en Europa, no puede quitar la responsabilidad a los hijos de Putin.

¿Entonces, qué? ¿No nos va a quedar más remedio que convertirnos también al negacionismo imperante, si queremos estar en la onda? ¿Nos van a convencer de que la vida no es como parece? ¿Nos vamos a chiflar todos?

Para que por mí no quede, y aunque ya ellos han negado casi todo, voy a empezar yo también a negar algunas pocas verdades establecidas todavía. Niego la existencia del Coco, personaje al que mis nietos chicos escriben y les cuentan sus cosas. Niego la existencia del Ratoncito Pérez, sobre todo porque no veo por ningún sitio la tremenda fábrica de marfil que tendría que haberse construido con todos nuestros dientes. Y niego la existencia de Papá Noel, que nunca, el muy agarrado, me ha regalado nada. A los Reyes Magos no los niego por si van y se enfadan y no me dejan lo que les voy a pedir este año. Pero creo que con lo dicho ya se me puede considerar negacionista (y a lo mejor hasta influencer, qué lujo).

Y un apunte: todo empezó con Nietzsche (siempre los filósofos son culpables de todo), que fue el primero al que se le ocurrió negar a Dios, y a eso le siguió la catarata de negacionistas. "Dios ha muerto", dijo Nietzsche. Claro que, tiempo después, "el que ha muerto es Nietzsche", dijo Dios.


lunes, 31 de octubre de 2022

Que nos quiten lo bailado



Este sábado, después de mucho, mucho tiempo, fui a un baile. Bueno, fui a una cena al lado del mar al final de la cual había música, un chico cantando canciones conocidas y ¡un baile!.  Claro, que no era un baile como los de antes porque el chundachunda es el acompañamiento habitual de ahora y los bailarines nos limitamos a un meneo acorde con eso. Pero después de todo, había jóvenes bailando a su bola, había un señor de nuestra quinta al que en el 5º compás la pierna le falló (la edad no perdona) y parejas bajo la luna, dando testimonio de que una de las actividades más humanas y placenteras es darle a tu cuerpo alegría, Macarena.

Nosotros de jóvenes (más jóvenes, si cabe) bailábamos mucho cuando salíamos los fines de semana. Recuerdo salas de baile en Santa Cruz y La Laguna (el King, el A-gogó, Las Mimosas...), pero también los guateques en las azoteas de amigos o las verbenas en los pueblos de veraneo. ¿Se ha perdido eso? Nosotros lo pasábamos pipa y la cosa no se limitaba a un chundachunda. Estaba el baile clásico "agarrado" en el que bailabas, hablabas y, si te gustaba la pareja, ligabas; después había bailes tribales y conjuntados (como el madison, por ejemplo), que era como si estuviéramos haciendo la tabla de gimnasia del colegio: 3 pasos a la derecha, 3 pasos a la izquierda, rodilla arriba, rodilla abajo...; y luego estaban los que más nos gustaban, el rock and roll y el inolvidable Let's twist again de Chubby Checker (que hasta Javier Marías, tan serio él, creo que llegó a bailarlo), en los que nos contorsionábamos, nos agachábamos y hasta saltábamos. Nada que ver con la noche del sábado.

¿Por qué bailamos? ¿Por qué, de todos los animales, somos los únicos que movemos el esqueleto al ritmo de una música? En un viaje que hicimos a Croacia, una noche tocaba un grupo en la Plaza Principal de Dubrovnik y fue tanto el entusiasmo y el seguir el ritmo de todos los españoles del viaje, que rápidamente se contagió a toda la plaza que, hasta ese momento, seguían tan serios el concierto. Tenemos una foto de uno de los nuestros bailando con una japonesa que no paraba de reírse, mientras el resto hacía una especie de conga alrededor.

Hay investigadores (por ejemplo, Lawrence Parsons, profesor de Neurociencia cognitiva en el Departamento de Psicología de la Universidad de Sheffield) que estudian el cerebro cuando bailamos, cantamos o seguimos un ritmo. Por ellos sabemos hoy que el baile tiene raíces genéticas, que produce un grado de cohesión social que nos ayuda a sobrevivir y que, si sabemos danzar y entonar canciones, vivimos más.

Así que no lo duden: a pesar de lumbagos, juanetes y achaques, el baile ha resultado ser una vitamina vital. Y lo mejor de todo es que esas rítmicas coreografías que nos montamos cuando no hacemos caso de las tristezas ni del qué dirán, no solo son buenas para estar en forma sino también nos hacen más felices. Y después... ¡que nos quiten lo bailado!


lunes, 24 de octubre de 2022

Poner en primera plana




Hace un tiempo, en 2012, empecé a fijarme en las buenas noticias que aparecían en la primera página del periódico. Durante un año fui reuniendo aquellas que fueran buenas para todos. Por ejemplo, no valía que hubiera ganado tu equipo de fútbol porque esa no era buena noticia para el que perdió. Pues bien, aunque les parezca mentira, a lo largo de un año entero solo se publicaron 5 buenas noticias en primera plana. Hablé de ellas aquí.

Por eso me encantó que este 12 de octubre, hace unos días, aparecieran no una, sino ¡dos! buenas noticias. Entre tanto anuncio desastroso - caos en Gran Bretaña, amenazas de guerra nuclear, deterioro de la economía, huelgas en Francia...- , ¡allí estaban en primera plana! Dos cosas que todo el mundo podría considerar buenas.

La primera era la foto de una niña de 13 meses que miraba el mundo con esos ojazos que tiene los niños pequeños, Emma, que así se llama, ha recibido, en el Hospital madrileño de La Paz, por primera vez en la historia un trasplante de intestino procedente de una persona muerta. Es algo por lo que alegrarse, no solo por por lo que supone que alguien condenado a morir tan pronto se salve, sino también porque en cierta manera el éxito de una operación así es algo en lo que todos hemos contribuido. Para cosas como estas son los impuestos.

La segunda es que la NASA pudo desviar un asteroide peligroso, también por primera vez en la historia. La sonda DART de 600 kg y del tamaño de una nevera chocó contra Dimorfo, un asteroide 10 millones de veces mayor. Una ha estado siempre con la mosca en la oreja mirando el cielo estrellado, desde que en uno de los libros de Tintín, "La estrella misteriosa", también hay un meteorito, una enorme bola de fuego, que va derechito a chocar contra la tierra provocando el fin del mundo: el calor aumenta, el asfalto se derrite, las ratas huyen, los neumáticos revientan... Al final, nos librábamos por un pelo porque pasó a 45.000 km. Cerquita pero sin impactar contra la Tierra. Ufff. Ahora en la vida real hasta eso se ha evitado. 

Por todo esto propongo que hagamos lo mismo a nivel personal: subamos a la primera plana de nuestra vida todo lo bueno que nos pase. El que florezcan ahora, en pleno otoño, mis rosas preferidas, con ese suave color champán y su olor a rosas de verdad (imagen inicial); la fiesta sorpresa, cercana y entrañable, que le hicimos a mi cuñada por su 70 cumpleaños; los libros que he leído este mes y que me han dado placer e historias nuevas; los besos y caricias de quienes me quieren; esos momentos silenciosos y tranquilos en los que disfruto de mi casa; un baño en el mar, todavía templado; las comidas con mi gente, llenas de conversaciones y de risas; los ratos con mis nietos...

Y propongo también que las majaderías -lumbagos, incordios, gente pesada, las pequeñas latas del día a día- ¡a las páginas de Negocios, que son las que nunca leo ni miro!. Si acaso de refilón...


lunes, 17 de octubre de 2022

Qué es una pifia



¿Qué es una pifia?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es una pifia? ¿Y tú me lo preguntas? Una pifia es... Mejor te lo explico con ejemplos.

Una pifia es cuando tienes que llenar un montón de formularios para conseguir un empleo, un puesto o una estancia en un país extranjero, y con todo el papeleo te trabucas y donde tenías que poner sí pones no, y donde iba el no, plantas un sí. Y por pifiarla pierdes el empleo, el puesto y la estancia.

Una pifia es cuando la memoria te gasta sus bromas en un examen y respondes, por ejemplo, "Los guanches tenían origen berberecho" en lugar de "bereber" (me lo pusieron a mí en un examen) o, como mi amiga Marga, que puso en la reválida de 4º que la rival de Isabel la Católica era Juana la Comadreja, en lugar de "la Beltraneja".

Una pifia es mi puré de calabaza de esta semana en el que siempre pongo un palito de canela, y a la hora de moler todo con la minipimer, me olvidé de retirar el palito, con lo cual el puré quedó lleno de minúsculos palitos de canela con los que te ibas tropezando al masticar.

Una pifia en el amor (¿quién no la ha cometido?) puede ser decir (o no decir) algo, hacer (o no hacer) algo...: desaprovechar la oportunidad cuando la tienes delante. Todas las novelas o dramas románticos están llenas de pifias, que a veces se arreglan y a veces no, empezando por "Romeo y Julieta", que no tiene final feliz por culpa de una pifia complicada (perdón por el spoiler). Incluso en la novela que terminé ayer, la 2ª en que David Safier pone a Ángela Merkel de detective, "Miss Merkel. El caso del jardinero enterrado", aparece una pifia (él le mira el trasero a otra) entre dos que se gustan pero que no acaban de cuajar: "Mike se dio cuenta de que Marie procuraba parecer relajada y sonreír, pero sus ojos no sonreían. La había pifiado, era evidente. Seguro que ese día Marie no vería El guardaespaldas con él".

Y no les digo nada de las pifias que todos cometemos de adolescentes y que ahora con esto de las redes, te las van a estar recordando toda la vida, sobre todo si tienes un puesto importante.

Pero pifias cometemos todos, reyes, papas, médicos, profesores o árbitros de fútbol. El que tiene boca se equivoca, decía mi abuela. Al hombre, del que hace poco hablé aquí, calificándolo de animal racional, político, simbólico, lobo para el  hombre y agoniado, también habría que añadirle animal pifiante o pifiador, si es que podemos inventarnos tales términos.. Somos seres con derecho a equivocarnos porque aprendemos de las pifias y el camino del conocimiento está lleno de ellas.

Así que no hagamos de las pifias un mundo. Si no conseguiste un empleo o una estancia en el extranjero, ya habrá otros ¡Será por países!. Si en un examen la pifiaste, hay repescas. Si el puré de calabaza se lleno de trocitos de palos de canela, pásalo por el pasapurés y lo arreglas (eso fue lo que yo  hice). Si perdiste un amor porque la pifiaste, la mancha de una mora con otra verde se quita. Y si de adolescente metiste la pata, piensa que somos seres pensantes y pensar por nuestra cuenta, sin imposiciones, ni dogmas, ni consignas, lleva aparejado que alguna vez nos equivocamos. Y menos mal.

lunes, 10 de octubre de 2022

La reina y yo



No sé si se habrán enterado de que se murió hace unos días Isabel, la reina de Inglaterra. ¿Ah, sí? Yo me enteré no sé ni cómo, pero creo que soy de las pocas personas que no vio por la tele ni las noticias de su muerte ni el entierro (40 minutos de un telediario dedicado solo a ello) ni las horas de documentales que no pararon de informarnos. No llevé flores a las rejas del Castillo de Balmoral, no hice una cola kilométrica para presentar respetos, no entendí por qué la Comunidad de Madrid decretó 3 días de luto (¿Iba mucho por allí la reina o hizo algo por Madrid?), no he visto The Crown ni The Queen, y, por supuesto, no me vestí de luto como los locutores de algunos programas (españoles). Habrán adivinado entonces que no soy monárquica ¿verdad? Con todos los respetos para los que sí lo son y para esa reina bajita, con sombrero y bolso.

Sin embargo ha habido 3 ocasiones, tal vez reales, tal vez ficticias, en las que me he sentido muy cercana a ella.

La primera fue al leer "Una lectora nada común" de Alan Bennet. La protagonista es una reina Isabel que, cerca de los 80, se aficiona a los libros, le pregunta a todo el mundo qué está leyendo y se hace amiga de un librero ambulante que aparca al lado del palacio. El atractivo que le ve a los libros es su indiferencia: ante ellos todos, incluida ella misma, somos iguales. Y se extasía ante la literatura a la que ve como "un  vasto país que estoy recorriendo, pero a cuyos confines más lejanos no llegaré nunca". ¿Le habrá dado alguna vez a la reina Isabel por ese acercamiento a la lectura, más allá de su afición por perros y caballos?

La segunda ocasión fue al leer la Autobiografía de Agatha Christie en la que reconoce que las dos cosas que más la han emocionado en su vida fue comprar un coche, su Morris Cowley gris, y cenar con la reina de Inglaterra. Dice que disfrutó mucho aquella noche y la describe así: "Tan pequeña y delgada, con su sencillo vestido de terciopelo rojo con una sola y hermosa joya, y su amabilidad y facilidad de conversación. Recuerdo que nos contó que, una vez, en medio de una velada, cuando estaban en un pequeño salón, cayó una terrible polvareda de hollín por la chimenea que les obligó a salir corriendo hacia otra habitación. Resulta confortante saber que los desastres domésticos suceden hasta en los círculos más elevados".

La tercera ocasión fue la anécdota del pedo. La he leído contada por el mayordomo de la reina, Paul Burrell, y por Alfonso Ussía, con diferentes protagonistas, el Sultán de Bahréin en el primer caso y Guterres,el Primer Ministro de Portugal, en el segundo. En los dos casos la reina va en su carroza con un mandatario cuando uno de los caballos se tira un sonoro pedo cuyos efluvios apestosos entran por la ventana de la carroza. La reina, siempre tan fina y contrita, le dice al huésped: "Lo siento mucho", a lo que él contesta: "No se preocupe, Su Majestad, yo pensé que había sido el caballo".

Las tres ocasiones que nombro no son quizás totalmente reales, especialmente la primera. Pero hablan de un ser humano, demasiado humano, sin beneplácitos divinos, que podría perfectamente ser mi vecina de al lado y que podría caerme muy bien. Una mujer que, si tuvo sentido del humor y es verdad la última anécdota, estoy segura de que, en la soledad de su habitación, se habrá desternillado de la risa.

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