lunes, 6 de abril de 2026

El palomero y su palomar


Las palomas mensajeras confiaban totalmente en su palomero. Él las alimentaba con buen pienso, limpiaba los casetones y los nidales, les ponía agua limpia en grandes palanganas en el parque que les había construido para que se bañaran los días de sol, les curaba cuando alguna caía herida por el zarpazo de un halcón, las dejaba volar un rato al viento de la tarde y las soltaba desde distintos puntos de la isla para que reconocieran siempre su palomar. Eran felices.

Todas se sabían de memoria la historia del palomero y del palomar, de tantas veces que se la habían oído contar a sus amigos. Le habían regalado un casar azul allá en Caracas cuando tenía 8 años y fue amor a primera vista. Allí aprendió con otros palomeros vecinos a cuidarlas y a enseñarlas a volar con silbidos y señales. Cuando volvió a Canarias dos años después, construyó un palomar pequeño y destartalado en la azotea de su casa y, excepto en los años de la carrera que hizo fuera, siguió cuidando palomas y enseñándolas a volar fuertes y seguras. 

Cuando se casó y quiso una casa propia, apostó por hacerla en el campo pensando en ellas y en que tuvieran un lugar privilegiado, libre y puro, para volar. La casa estaba en una ladera y el palomar en lo más alto, desde donde veían el mar y las montañas, un lugar fácil de identificar cuando volvían de sus vuelos más allá del mar. Ellas querían al palomero, y más cuando se hizo mayor y ya no se iba por las mañanas y les dedicaba más horas a lo largo del día. Compartían con él su inquietud cuando algunas eran enviadas lejos, a otras islas, a la costa de África o mar adentro en dirección a Cádiz, donde cualquier cosa podía pasar. Compartían su tristeza si pasaban las horas y los días y alguna o algunas no volvían, perdiéndose para siempre. Pero también sentían con él su enorme alegría cuando allá a lo lejos divisaban a una de las suyas volando derecha al palomar y se posaba satisfecha y exhausta en el tablero. Y sabían que él enseñaba con orgullo a todo el mundo las copas y diplomas que ellas conseguían.

Pero hace unos 6 años empezaron a percibir pequeños cambios. El palomar envejecía, ya no nacían pichones, poco a poco el número de palomas disminuía y consternadas se miraban y se preguntaban si desaparecería su mundo. También se habían acabado los viajes. Ya no venían las palomas más fuertes de aquellos vuelos largos y ya no podían contarles historias de lugares con dunas doradas y de mares sin fin. Notaban, además, pequeños olvidos o cambios en las comidas o en las viejas rutinas. El palomero, que siempre identificaba a cada una incluso de lejos, parecía ahora como si no las reconociera, como si dudara, al ver alguna extraña que a veces se paraba allí en medio de un viaje, si pertenecía al palomar o no. ¿Despistado, decaído tal vez? Pero eso sí, nunca faltaba a su visita diaria y parecía como si, al acercarse al palomar con paso lento, cobrara nuevos ánimos.

Y entonces comprendieron. No eran ellas las que necesitaban al palomero. Siempre sabrían buscarse la vida como hacían sus otras compañeras no mensajeras, siempre podrían volar lejos si querían. Era él, el palomero, que cada día venía caminando más despacio a su cita, tomando a una paloma entre sus manos cada vez más débiles, acariciando a otra, hablándoles de aquellos viejos tiempos en que conquistaban laureles... Era él el que las necesitaba a ellas para ser feliz. Y ellas, cuando después del vuelo se posaban en el tejado del palomar, se paraban en fila como quien rinde honores a un amigo al que quieren, sabiendo que formaban una unidad: el palomero y su palomar.



(Las fotos las hizo mi amiga Lali Gil un lunes de marzo)


lunes, 30 de marzo de 2026

Tengo un sueño


Igual que Martin Luther King en su famoso discurso, yo creo que casi todos nosotros alguna vez hemos pronunciado esas palabras. Mi sueño fue montar entre varios, hace 50 y pico años, una librería-café. Tenía 24 años, llevaba dos años dando clase y en una reunión de amigos, todos profesores y todos lectores, descubrimos que coincidíamos en nuestro sueño. ¿Y si lo hacíamos realidad? Uno dijo que tenía un amigo de un amigo de un amigo que era editor y nos podía ayudar; otro, que podíamos hasta habilitar un rincón de libros prohibidos; otro sugirió hasta clubs de lectura que en aquel tiempo casi no había... Fuimos incluso a ver un sótano que mi padre tenía en la calle de La Rosa para ver si, arreglándolo, servía. No cuajó, claro. Si, en lugar de eso, fuéramos dueños de un gran salón con ventanales hacia un patio silencioso, si hubiéramos tenido más arranque e ilusión, si supiéramos algo del tema o de marketing (palabra que desconocíamos), si hubiéramos tenido un dinero que no teníamos...

Pero por eso, por ese sueño, me gustan tanto las novelas en las que sale una librería. Y por eso también, el otro día, nada más empezar una, Aprender a volar con las alas rotas, de Lola Giulias, reconocí "mi" librería, la de mis sueños. Se llamaba La Columbaia (hasta el nombre, El Palomar en español, me es cercano) y estaba escondida en un pasaje del Ensanche barcelonés en medio de casitas adosadas, todas con un jardín delantero. El de la librería tenía algo de japonés, con un arce y un cerezo en flor, pero también de mediterráneo, "con las paredes tapizadas de glicinias malvas mezcladas con jazmines, los pequeños bojs redondeados, las margaritas y las grandes lavandas en macetas de terracota". Tras subir tres escalones, se entraba a una estancia luminosa "con paredes forradas de estanterías blancas llenas de libros, mesas aquí y allá con las novedades editoriales y, junto a unos ventanales, butacas con mesitas entre ellas". Luego se pasaba a "una sala con salida a un jardín trasero, donde la mayor parte del espacio está dedicado a cafetería".: una barra con un aparador repleto de bandejas de repostería, una antigua vitrina con latas de té, botellas de vinos y licores, tazas, copas... Y todo adornado con detalles relacionados con la literatura. En la novela este rincón maravilloso es el punto de encuentro para que 4 mujeres hallen apoyo y empatía. Me encantó.

Ese es el poder curativo de los libros, nos ayudan a realizar sueños. Aunque eso no significa que renunciemos a ellos. Muchos seguimos teniendo, no solo sueños de ser, sino también de tener, de conocer, de recibir, de sentir, de estudiar, de vivir. Solo que ahora, después de toda una vida, son más modestos, y por eso más realizables: poder dormir de un tirón toda la noche, hacer un viajito corto en el verano, que quien me acompaña en la vida siga siendo él mismo un tiempo más, seguir disfrutando, como el viernes pasado, de una cantadita con guitarras y maracas con los amigos...Y al final, llegar, bien de salud, a la próxima primavera, como en la viñeta de Mafalda.



lunes, 23 de marzo de 2026

Madrid, Madrid, Madrid...


Este fin de semana he vuelto a Madrid como quien vuelve al Camino Verde. Fue un regalo de mi hija que sabe que es una de mis ciudades preferidas del mundo, sobre todo porque, después de vivir en ella 4 años, la conozco bien. O mejor dicho, conozco bien a mi Madrid.

Y es que hay muchos madriles. Hace poco leí un artículo sobre el visitante de lujo que va a Madrid. Es el que sobrevuela la ciudad en helicóptero por 4500 euros (de hecho vi uno parado sobre la Gran Vía), el que quiere visitar a solas el Museo del Prado o el Thyssen, el que disfruta de una cena íntima en la azotea de un Hotel de 5 estrellas con vistas, dicen, "al cielo de Madrid desde la calma de las alturas", o el que quiere ir de tapas acompañado de un familiar del Rey por unos 1000 eurillos de nada.

Pero ese no es mi Madrid. Mi Madrid es ver al despertarme, desde la ventana de la casa de mi hija, a los niños entrando en el colegio que está enfrente. Es el olor ahora de las calles arboladas apuntando ya a la primavera o de las alfombras de hojas secas en el otoño. Es los churros del desayuno, el vermut que puedes tomar en cualquier esquina o las comidas en El buey o en Hortensia. Es las multitudes multicolores en las calles del centro y el aire de pueblo que conservan los barrios, como Vicálvaro o Valdebernardo. Es ir al teatro o perderte en La casa del libro o la Cuesta de Moyano. Es volver a estar con mis amigas del Colegio Mayor de aquellos años: con Floren, tan creativa y buena, con la misma sonrisa de siempre; con Ana, mi querida compañera de habitación, y con Serra, su marido, que nos enseñó entonces a amar Madrid y sus alrededores; con Maruja, con la que hablé después de no saber nada en 50 años y que sigue siendo ella... Y también mi Madrid es ver de nuevo a Esperanza, una de mis "niñas del colegio", y a Mane, tan generosos, y disfrutar desde su terraza de las corralas y los tejados del barrio de Chueca (imagen inicial). Mi Madrid es el recuerdo de la Universidad, de Argüelles o de Cuatro Caminos. Es el paseo por El Retiro, en donde el ruido se transforma en rumor. Ese es el Madrid que amo y al que vuelvo siempre a reencontrarme con mis años jóvenes.

Así que no, no quiero verlo de lejos en helicóptero, porque ya lo hago cuando el avión me acerca a él y se extiende ante mí como una alfombra de luz; no quiero sentir solo mis pasos cuando visito un museo, porque es agradable compartir la belleza; no quiero mirar desde una azotea lujosa el cielo, porque desde cualquier sitio disfruto (y gratis) de esos atardeceres de fuego; y, sobre todo, no quiero ir de tapas con un familiar del Rey. Dios mío, ¿y si me toca Froilán?.


Ahí está viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá

 


lunes, 16 de marzo de 2026

Noveleros del mundo, uníos


Muchos de ustedes me han felicitado a veces por la variedad de temas que han salido a lo largo de los casi 18 años que llevo escribiendo todos los lunes. Y es verdad (en los 872 escritos hemos hablado hasta de las sillas de formica), aunque es una forma muy fina de decirme que qué rollo tengo, que es lo que me dice mi marido. Pero es que la vida, si nos fijamos un poquito, es así de entretenida y nos pone los temas en bandeja. Y si no, miren en la imagen inicial lo que me encontré esta semana en la pared de la calle principal de mi pueblo: un cartel con todas las fiestas locales en Tenerife durante 2026.

Mira que somos noveleros, nos gusta más un festejo que comer. Porque hay pueblos (Buenavista, El Tanque, Guía de Isora, Los Realejos, Los Silos, Puerto de la Cruz, San Juan de la Rambla, Santiago del Teide, Tegueste, Vilaflor) que no se conforman con una fiesta local, no: ¡tienen dos!. Y cada fiesta dura, como poco, una semana (y, a veces, como mucho, un mes). Y ahí no están apuntadas las fiestas de los barrios, que son varias. Por ejemplo, en mi pueblo están las de El Socorro, las de El Pico, las de El Portezuelo... que también tienen, como corresponde, sus ventorrillos, sus banderas, sus fuegos artificiales y sus verbenas. En las de El Socorro, a finales de septiembre, se pasea, además, por todo el pueblo durante una semana el cuadro antiguo de la Virgen que preside el altar de la iglesia y se va parando por las casas donde se la agasaja. Oh, hay hasta una casa donde, entre guirnaldas y banderines, ponen siempre para recibirla un cartel donde dice: "Virgencita del Socorro, ya llegaste a El Calvario, aquí te estamos esperando, cenando en casa de Yayo". Igual es para invitarla a unos vinos, todo puede ser.

Tampoco en el cartel de esta semana se cuentan otras fiestas de bailes y cuchipandas, como los Carnavales o las Romerías o las navidades, porque, si las contáramos, correríamos el riesgo de que los de fuera nos preguntaran: "Pero ustedes ¿cuándo trabajan?".

Recuerdo historias que corroboran este carácter lúdico del hombre, estas ganas de una fiesta por encima de todo: mi padre de joven yendo con sus amigos caminando desde La Laguna a Taganana (casi incomunicado en aquel entonces), durmiendo en pajares unas noches, para no perderse las verbenas; las hijas pequeñas de una amiga a las que una chiquita que las cuidaba  y que era de Roque Negro, el pago perdido en las Montañas de Anaga, les pintaba la semana de las fiestas con tales colores, como si fuera el baile de la Ópera, que ellas no pararon hasta que su madre tuvo que llevarlas a ver esa maravilla; el sobrino inglés de una amiga de mi madre que ella nos traspasó a mi amiga Cae y a mí para que lo paseáramos y lo llevamos a una verbena en Bajamar, y se quedó tan emocionado (no había visto nada igual en Inglaterra) que, cuando su tía le preguntaba qué quería ver, si el Teide o las playas del sur, él pedía: "Vegvena, pog favog"; y una historia que leí hace tiempo de un pueblito mejicano que preparaba una boda y llegaron las tropas francesas, que estaban hambrientas, y en lugar de pedir, decidieron comerse todos los alimentos que las familias llevaban tiempo guardando para la boda. Entonces todos se organizaron, rodearon el batallón de franceses y los pasaron a cuchillo a todos. La historia, probablemente falsa, terminaba con un lema, probablemente verdadero: no hay comunidad más fuerte que la que defiende su derecho a bailar.

En estos tiempos en que suenan tambores de guerra y en muchos sitios se encienden los cielos con luces destructivas, prefiero mil veces las músicas de las verbenas y la luz en la noche de los fuegos artificiales que brillan sobre los noveleros de este mundo. Y doy la bienvenida a ese cartel de mi pueblo que recuerda nuestro derecho a bailar y a ser felices.


lunes, 9 de marzo de 2026

Del Teide, la tea y un arcón antiguo que ya no lo es


Las carreteras más bonitas de mi isla son las que suben a Las Cañadas y al Teide: la Dorsal desde La Laguna por La Esperanza, la de Aguamansa desde La Orotava y las de Vilaflor y los montes de Chío. Todas serpentean hasta la cumbre entre el verdor exuberante de los pinos, el negro de la tierra volcánica y las vistas espectaculares a las islas vecinas, siempre vigiladas por "la rotunda poesía del padre Teide nevado", que diría Braulio en su canción Tenerife.

De esos pinos canarios se extraía la tea, el corazón del pino, la madera oscura y resistente (no hay carcoma que la pique) que sustentaba el entramado de la mayoría de las casas canarias en los siglos pasados. De tea se han hecho hasta puentes, como los construidos en Garafía en los años 50, testigos de la enorme fortaleza de la madera, que permitió el paso de guaguas y camiones. En Garafía, ese pueblito palmero perdido durante tiempos (allí pasó mi padre la guerra y nos contaba que la comunicación era sobre todo por mar) probé también por primera vez un vino de tea, guardado en barricas de esa madera, que tenía un gusto fuerte y amargo. Y de tea son también los techos, el suelo, el balcón y el lagar de la casa de los abuelos de mi marido en El Tanque, en el norte de Tenerife. 

En el vestíbulo, una habitación grande a la que dan las habitaciones, había un arcón enorme, también de tea, de unos 4 metros de largo, muy raro en Canarias. Según un amigo antropólogo, solo había visto otro igual en Lanzarote. Al de aquí la abuela lo llamaba "la cebadera" porque "cebaba" a los niños, que buscaban en él almendras, higos pasados, granos y otras exquisiteces que se guardaban en el fondo.

Contra esa maravilla, uno de los parientes cometió el pecado de romperlo para hacerse con la madera una mesa de carpintería, mesa que nunca existió.  Y hoy la madera de ese arcón, casi único en Canarias, es el portón de entrada de mi casa. Ahí está, oscuro, brillante y elegante, como tiene que ser. No guarda golosinas para los niños pero guardar la entrada de una casa también es un papel digno para una madera antigua, parece decir.

La palabra madera viene de materia y esta de mater, que para los romanos no solo significaba madre, sino también la cualidad de lo material, el origen, la materia prima. La madera es la materia con la que se hacen las cosas. Y dura, vaya que sí dura. Aunque se recicle y tenga otro fin distinto al que se pensó. En el fondo, como decía Heráclito, todo cambia y nada permanece inmutable para siempre. Ni siquiera un arcón de tea de más de 100 años. Ni siquiera el Teide gigante, que (siguiendo con la canción de Braulio) estos días está moviendo más de la cuenta "sus perfiles airados", haciéndonos saber que, aunque no lo parezca, está vivo y activo, gobernando sobre el monte verde que respira a sus pies. 

lunes, 2 de marzo de 2026

Mujeres con tanchel


Hay personas que, cuando se jubilan, hacen borrón y cuenta nueva y no quieren saber más de su trabajo ni de sus compañeros de curro y no los ven ni aunque les ofrecieran las joyas de la corona. Y hay otros, como yo por ejemplo, para los que es un evento muy agradable reunirse a hablar, a reír y a disfrutar con aquellos que fueron nuestros colegas durante bastantes años de nuestra vida.

Las profes de mi instituto, el Canarias Cabrera Pinto de la Laguna, el primer instituto que hubo en Canarias, ya nos reuníamos antes de jubilarnos y lo hemos seguido haciendo después dos veces al año. La semana pasada tocó, como en años anteriores, encontrarnos en el Casino en torno a un buen puchero, que pegaba porque el día estaba lagunero. Y fue como en los recreos de entonces, cuando salíamos desaladas de las clases a ese descanso de media mañana en el  que recargábamos pilas, un rato estupendo en el que no hablamos de trabajos, sino de todo lo demás: la familia, los viajes, una receta de cocina por allí, el comentario de un libro por allá... La vida. El Casino, además, nuestro sancta sanctorum, se presta para ello, tan luminoso y tranquilo. Además, nos reímos porque (como se ve en la imagen inicial, si la amplían) teníamos al obispo comiendo al lado y todas felicitamos a las organizadoras por haber tenido el detalle de tener cerca a quien pudiera bendecir la mesa (si tal cosa hubiera hecho falta).

Javier Marías hace unos años publicó un artículo en el que hablaba de las mujeres como el elemento civilizatorio, las que han hecho la vida más amable. Contaba que iba por la calle y a la salida de una chocolatería oyó a tres señoras de mediana edad (como nosotras, ejem), que se reían con ganas y una de ellas dijo: "¡Qué bien estamos las mujeres!"; otra contestó rápida: "Ay, y que lo digas". Y la tercera apostilló: " Y nos lo pasamos genial". A Marías le encantó verlas y pensó que sería difícil escuchar esos comentarios en boca de un hombre y alabó la suerte, la enorme suerte de disfrutar con las amigas.

Lo recordé cuando nosotras salíamos de la comida. Habíamos hablado de los achaques, claro, pero íbamos tan contentas comentando lo bien que lo habíamos pasado como aquellas tres mujeres que él escuchó. Y también una de las nuestras dijo: "Pero estamos estupendas". Entonces yo comenté: "Y como decía mi abuela, tenemos tanchel". Nadie conocía esa palabra y con razón, porque yo no se la he oído a nadie sino a ella, a mi abuela Mamá Lola que murió hace ya 53 años. Les expliqué que tanchel  significaba seso, cabeza, y que ella lo empleaba muchas veces en sentido negativo: "Esa chica no tiene tanchel", como diciendo que no piensa, que tiene menos seso que un mosquito.

Como mis amigas y yo fuimos todas profesoras (y con tanchel), al día siguiente en el chat común, ya habíamos hecho los deberes. Una encontró la palabra en el Léxico de El Paso como "lo que tiene la persona que obra con fundamento, seriedad o consistencia". Otra lo encontró en el Diccionario de canarismos como "cada una de las tablas que forman el témpano del tonel". Otra encontró Tanchel como apellido. Yo lo hallé en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias como indigenismo hispánico reseñado por Don Juan Régulo en La Palma (de donde era mi abuela) como juicio o seso... Al final, nos gustó tanto la palabra que cambiamos el nombre de nuestro chat Cosas de mujeres, que era más sosito, por Mujeres Tanchel. 

El cambio me encantó por un montón de razones. Particularmente, porque la palabra me trajo también la voz de mi abuela Lola con su fino sentido del humor. Pero también porque el nombre del chat se vuelve más original (seguro que no hay otro igual) y porque es al mismo tiempo una forma de resucitar y volver a dar vida a una palabra antigua que merece vivir. Tanchel es una palabra redonda, con personalidad, una de esas palabras expectantes de las que hablaba en un poema Ida Vitale: airosa, aérea, aireada, ariadna.

Y también les gustó a todas. Una de las compañeras hasta hizo un cuento, muy inspirado, que tituló El rescate de Tanchel, e incluso un poema que dice así: " Ni modelos de revista, / ni cuerpos de mujer diez, / aquí lo que hay es ingenio, / alegría y sensatez. / ¡Un brindis por este grupo / de mujeres con tanchel!".

Al final, quien puso la guinda fue Antoñita, una de las organizadoras: "¡¿Qué le pondrán a los pucheros en el casino que aviva la creatividad de las mujeres del grupo?!".




lunes, 23 de febrero de 2026

Hombres buenos


Lo crean o no, en este mundo tan lleno de ruido y furia, hay muchos hombres buenos. Mi padre era un hombre bueno y también lo son mi marido, mi hijo, mi nieto, mi hermano y muchos de mis amigos y familiares. Y con bueno quiero decir una persona decente, respetuosa, con ideas propias pero que no necesita imponer a los demás, generoso, empático, incapaz de hacer daño al otro. Y ya sé que la bondad no está de moda, probablemente desde que Nietzsche definió al buen hombre, frente al superhombre, como alguien dócil, inofensivo, predecible y fácil de engañar. Pero en el fondo sabemos que no es así y que la bondad sigue siendo la virtud más alta.

Y esto es algo que hay que hacer constar de vez en cuando porque es verdad que hay gente que disfruta haciendo putaditas al prójimo, a la que le importan tres pepinos los demás, que solo mira en su provecho, que gritan mucho para tener razón (y por eso parece que son más), que engañan y disfrazan la realidad para conquistar poder, que viven con ira... Y total, ¿para qué?

Hace muy poco mi amiga Ligia me mandó desde Miami una reflexión que me gustó (y qué maravilla es que este mundo se haya empequeñecido para estar solo a un click de distancia y poder hablar y compartir ideas, como cuando estábamos en el colegio). El texto (siento no saber el autor) partía de una verdad evidente: dentro de 50 años ninguno de nosotros estará aquí. "Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado con el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes". Y concluía con lo inútil que resulta entonces vivir compitiendo, envidiando, pasándolo mal y haciendo sufrir a los demás.

Nosotros y los que nos rodean en este instante que compartimos somos viajeros ocasionales. Y es un lujo que los que nos acompañan en este viaje sean hombres buenos, aquellos que, como en la novela de Harper Lee, se pregunten cómo puede haber alguien capaz de matar un ruiseñor. Son los hombres justos de los que hablaba Borges, los que cultivan jardines, acarician un animal dormido, o agradecen que en la Tierra haya música. Frente a Nietzsche y su superhombre, "esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo". 

Y yo, particularmente, me siento afortunada y llena de gratitud por haber compartido una parte del camino con ellos, los hombres buenos, la gente con luz. 

google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html