Las palabras tienen un pasado y un significado profundo que hay que conocer porque nos ayuda a entender nuestro entorno y a nosotros mismos. Por eso, contra el parecer de las administraciones, siempre defenderé la enseñanza de las lenguas clásicas, de las que deriva la nuestra, en la formación de nuestros jóvenes. Viene todo esto a cuento porque me encontré esta semana con un escrito luminoso de la escritora y filóloga Irene Vallejo (autora de El infinito en un junco, uno de los libros más interesantes que he leído en la última década), en donde nos ilustra sobre la palabra derrota.
Dice en él que derrota es una palabra que nos da miedo porque significa fracaso. Pero que, si atendemos a su origen, se refiere a un camino. "Deriva del verbo "romper" como "ruta", porque en la vegetación los senderos se abren rompiendo la maleza y los obstáculos". A partir de esta definición se formó la palabra "derrotero" en el sentido de rumbo. Por eso en la acepción náutica, el barco rompe las aguas para abrir caminos, y en el lenguaje militar, la derrota es la fuga de un ejército cuando el enemigo rompe sus filas.
Eso hace que miremos las derrotas de la vida bajo otro ángulo. Y pensé en los momentos en que nos hemos sentido derrotados y en las circunstancias que los han provocado. ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Todos hemos visto muchos casos: el amigo que perdió el trabajo, pero que ahora reconoce que fue lo mejor que le pudo pasar porque encontró otro en el que está más a gusto; o aquella que lo pasó fatal al separarse del marido, y salió adelante, más sabia y más fuerte, con una vida llena y sin un majadero que se la hacía imposible; o aquel que por suspender una asignatura en un selectivo tuvo que pasar un año sin adelantar curso, pero que aprovechó para aprender alemán y hacer un curso de informática que le vino bien para su curriculum... Incluso en la derrota peor, la de la muerte, me acuerdo de la viuda que después se dedicó a viajar y a salir con las amigas y que siempre decía: "Él está en el cielo, pero yo estoy en la gloria".
Es verdad que las derrotas nos rompen la vida, pero siempre hay caminos por los que transitar. Su mismo origen nos hace ver la derrota como un rumbo y no como un final, como una ruptura que nos lleva a recorrer otras veredas. Porque vivir es viajar y un fracaso puede ser también una oportunidad para cambiar y buscar otros derroteros.
Así que esta semana va aquí mi gratitud por este escrito de consuelo y esperanza. La derrota como "un episodio en una vida navegante. Nada más dramático ni más terrible. No hay que temer, solo caminar o izar las velas". Grande Irene Vallejo.






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