lunes, 11 de diciembre de 2017

Tiempos Heroicos




Hay un dicho, creo que de Alfonso X el Sabio, que reza:  "Viejos leños para quemar, viejos libros para leer, viejos vinos para beber, viejos amigos para conversar". Si ustedes se identifican con esta cita es porque también han vivido Tiempos Heroicos, unos tiempos que siempre salen a colación cuando nos reunimos esos viejos amigos (a lo mejor, mientras nos tomamos uno de esos viejos vinos y hay un viejo leño quemándose en la chimenea). Los Tiempos Heroicos pueden ser la mili, o el tener que ir caminando de Vallehermoso a Valle Gran Rey a través de las montañas (como me cuenta mi amiga Consuelo), o la guerra para nuestros mayores, o los primeros años en que nos buscamos la vida lejos de la protección de nuestros padres...

Esta semana cenamos en casa de Miguel Ángel, uno de esos viejos y queridos amigos. Mientras comíamos una carne a la piedra en el bello comedor acristalado de su casa guamasera -noche de luna llena sobre el césped y el perfil sombreado del Teide al fondo-, mi marido y él (ante el regocijo de Ana, su pareja, y mío) rememoraban los Tiempos Heroicos en los que compartieron la carrera de Físicas en Madrid y, sobre todo, la estancia en el Colegio Mayor San Juan Evangelista.

El San Juan, el Johnny para todos, entonces, allá por el año 66, ni estaba terminado. El director reunió a los 400 alumnos que estaban apuntados y les dijo que les habían cortado los créditos y que, si ellos aceptaban pagar las mensualidades y vivir allí en las condiciones precarias en que estaba el colegio, tal vez podrían seguir adelante y sobrevivir. De los 400, sólo ciento y pico valientes dijeron que sí y empezaron el curso 66 en noviembre, con las escaleras en construcción, sin calefacción ni agua caliente. No había ascensor, ni cafetería ni comedor, y ni, mucho menos, canchas. La habitación solo tenía la cama y el armario, pero sin baldas ni gavetas. No estaba ni la mesa ni la silla ni las estanterías que tan necesarias son para estudiar. Los cristales de las ventanas estaban con los papeles pegados y sucios de la obra, que ellos tuvieron que despegar y limpiar. El Johnny fue el primer colegio que instauró el autoservicio: nada de personal de limpieza, sino que eran los propios alumnos los que limpiaban su habitación y se lavaban su ropa, incluida la de la cama. Ese año pasaron más frío que vergüenza, pero el Colegio se terminó y se inauguró oficialmente en el curso 67-68.

Pero incluso así, el San Juan tuvo desde ese inicio intrépido el sello que lo caracterizó siempre: una vida cultural plena que lo convirtió en uno de los espacios de libertad del Madrid de la época. Miguel Ángel, que fue uno de esos ciento y pico fundadores (mi marido llegó un año después), recordaba ver ese año a Nuria Espert, sentada en una de las salas (supongo que bien abrigada, eso sí), recitando las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández. Otra vez fue Ramón Tamames, que hizo una crítica encendida al capitalismo, con lo cual inmediatamente se pidió que fuera un banquero a defenderlo. Todas las charlas acababan en diálogo, en exposición de otras ideas, en nuevas preguntas y no se aceptaba nada porque sí. Se veían películas que estaban superprohíbidas (yo vi allí "El acorazado Potemkin" de Eisenstein, que por otra parte me aburrió) y, al lado de portería, había un punto de venta de libros que no encontrabas en ningún otro sitio (no necesariamente "peligrosos": Neruda, sin ir más lejos). Mi marido y yo recordábamos que fue en el San Juan, en el año 70, auspiciado por el Club de Música y Jazz del Colegio, donde oímos uno de los primeros festivales de jazz de España. Allí estaban Teté Montoliú, Donna Hightower, Pedro Iturralde... Una gozada.

Fue una noche memorable, para recordarla y para recordar Tiempos Heroicos. Sí es verdad que parecíamos los abuelos Cebolleta, resucitando hechos de hace 50 años que, sin embargo, no veíamos muy lejanos. Un Tiempo Heroico es siempre aquel en que hicimos cosas que ahora no haríamos, ni siquiera con una pistola en el pecho. Pero qué bueno es saber y recordar que alguna vez las hicimos y, sobre todo, que nos lo pasábamos pipa haciéndolas.

(En la foto inicial, el Colegio Mayor San Juan Evangelista. El Johnny para los amigos)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Más se perdió en Cuba


A mi amiga Ligia le han perdido la maleta. Ligia es venezolana y ha tenido que dejar su casa, sus cosas y su país por la situación insostenible en la que se vive allí. Reparte el año entre Tenerife, donde viven sus hermanas y estamos sus amigas, Granada donde está su hijo, y Miami, la residencia de sus dos hijas. En el viaje a Miami que acaba de hacer le han perdido el carrión, como dice ella (luego me enteré de que era el carry on, lo que llevas encima, el equipaje de mano) que, por insistencia de la azafata, también facturó. Al final, le llegaron las maletas (sin los turrones que les llevaba a sus niñas y que algún desgraciado -ojalá se le indigesten- le robó) pero ni humo ni pelos del carrión, en el que llevaba algo de ropa, una máquina de fotos y los bombones de Ferrero Rocher que yo le regalé. Le ha seguido la pista y parece que el carrión se fue a Algeciras, luego volvió a Tenerife y tal vez ahora esté en Tegucigalpa. Es cuestión de tiempo que llegue a Miami.

Yo le digo lo que nos decía mi madre cuando algo se nos rompía o perdía: "Es solo material". Si el extravío era más irreparable ella nos consolaba con lo de "Más se perdió en Cuba", perpetuando el desencanto y el duelo que tuvieron que sufrir los españoles allá por 1898 con la pérdida cubana. Pero creo que mejor le cuento una historia leída hace poco a Manuel Vicent donde también hay pérdidas, destierros y exilios. Habla Vicent de un judío sefardita, comerciante de ámbar, que conoció en el Gran Bazar de Estambul. Los sefarditas han arrastrado durante siglos la nostalgia de las cosas perdidas para siempre. Porque a unos Reyes les dio por echarlos de su patria, tuvieron que dejar atrás casas, amigos, posesiones, e ir hacia destinos inciertos y lejanos (Israel, Tesalónica, Estambul...) ¿Más se perdió en Cuba? Más perdió España entonces al quedarse sin una parte valiosa de su población, precisamente la que hizo de Toledo uno de los centros más prestigiosos de la antigüedad, un lugar donde las tres religiones de la Edad Media convivían y trabajaban en paz.

Desde entonces, muchos judíos -y este en particular- guardaron como un tesoro la llave de su casa española y la han pasado de padres a hijos como un símbolo de "la fatalidad del destino y la esperanza de un retorno". Este judío del que hablo ha viajado varias veces a Toledo, la tierra de sus antepasados. La casa y la puerta que abría su llave ya no existen, pero pensó, cuenta Manuel Vicent, "que tal vez la cerradura pudiera andar perdida en manos de algún chamarilero. Después de recorrer decenas de anticuarios por toda España un día se produjo el milagro. Entre los cachivaches de una almoneda, que regentaba un gitano de Plasencia, el sefardita encontró una cerradura herrumbrosa del siglo XV en la que su llave encajaba y funcionaba perfectamente. En el bazar de Estambul el sefardita me hizo una demostración. Metió la llave en la cerradura, la accionó varias veces y con palabras pronunciadas en ladino meloso me dijo: así es cómo se abre y se cierra el destino.".

Me gustó la historia porque es optimista y consoladora ¿Cómo no se va a encontrar un carrión perdido por unos cuantos aeropuertos, le digo a Ligia, si se encontró una cerradura traspapelada por toda España desde hace 5 siglos? Nos pasamos la vida perdiendo llaves, trenes, sueños, amores, que muchas veces ya no podemos recuperar y de los que nos queda un recuerdo nebuloso y agridulce. Pero tenemos que reconocer que hay veces en que se produce un milagro.

Postdata de última hora: Ligia ya ha recuperado su carrión y sus bombones.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Llevar la contraria




Que sí, que hay una tendencia generalizada a llevar la contraria, que lo tengo comprobado. Miren, si no, la foto que nos hicimos la semana pasada en un viajito que hicimos a Huelva. Podría tener perfectamente ese título (o también, ya puestos, "Todos los caminos llevan a América"). El afán contradictorio debe ser algo que llevamos en los genes y que luego con la edad vamos domeñando poco a poco por aquello de vivir en paz. Mi nieto, el de 2 años, sin  ir más lejos, tiene como palabra preferida "¡No!".

¿No les ha pasado que, cuando nos recomiendan encarecidamente que vayamos a algún sitio, nada más ir nos aparecen fallos por doquier (el "sí, pero...")? ¿Y, al revés, que nos digan que lo que vamos a visitar no vale un pimiento, y nosotros cuando lo conocemos le encontremos, sin embargo, su aquél? Esto último es lo que me ha pasado con Huelva. Por lo menos diez personas, incluidas dos onubenses, me dijeron antes que a qué íbamos a Huelva, que Huelva no tiene nada qué ver, que mejor quedarse en casita... Y, en contra de todos, ha sido un viaje inspirador, en los que destacaría tres momentos de esos que se guardan en el celofán de la memoria para siempre.

El primero fue el domingo en el Rocío. Ya lo conocía de viajes anteriores en otro plan, el de pasar por un pueblo sin apenas gentes y visitar después unas marismas, preciosas sin duda, llenas de garzas y flamencos. Pero esta vez el pueblo rebosaba vida: se compraban velas, lotería y recuerdos; las tascas, llenas de gente, servían pringás, chocos y gambas blancas, mientras los camareros daban vivas a España y a la Virgen, sin que la cosa pareciera nada excéntrica; los carros de caballos paseaban con parsimonia entre el gentío, y el día, luminoso, resplandecía. Entramos a la Ermita justo cuando empezaba la misa de 12, a la par que lo hacía una de las Hermandades, la de Santiponce de Sevilla. Y entonces sucedió. Se hizo el silencio, la Salve Rociera empezó a sonar con flautas y tambores por todo el pasillo y, al llegar a la reja y al altar, el estandarte (el "Simpecado")  se inclinó 3 veces delante de la Virgen. Lágrimas, mocos, nudos en la garganta, pañuelos sacados precipitadamente del bolsillo y, por mi parte, la sensación compartida de estar en un sitio especial en un momento especial. Me ha pasado en otros lugares sagrados algunas veces: en Santo Toribio de Liébana un año santo, en Rocamadour de Francia, y ahora, esa mañana sorprendente del Rocío que emocionaba incluso a los no religiosos como yo.

El segundo momento fue en Moguer, del que Juan Ramón Jiménez dijo que es "igual que un pan de trigo, blanco por dentro como el migajón, y dorado en torno, -¡oh, sol moreno!- como la blanda corteza". Ver el pueblo lleno de luz a través de los ojos del poeta, subir al mirador de su casa desde donde se ve el mar, pasear por las calles tranquilas casi sintiendo las pisadas de Platero... es otra experiencia que no tiene precio.

La tercera fue cuando fuimos al lugar en el que se unen los ríos Tinto y Odiel. A los canarios, a los que bien nos gusta un agua que corre y que no tenemos ni un solo río del que presumir, el que Huelva tenga cinco (el Guadiana, el Guadalquivir, el Tinto, el Odiel y el Piedras) nos parece un derroche y nos da una envidia tremenda. A mí, la unión de las dos corrientes, con la estatua imponente de Colón encarando el horizonte y con su apertura hacia el mar, la aventura y la búsqueda de mundos nuevos, me pareció que estaba en el principio de todos los caminos.

Así que ¿qué me hubiera perdido si no voy a Huelva? Atesorar momentos. Hubo más, pero solo por estos tres, valió la pena salir de casa y llevar la contraria a los que dicen que no.


El Rocío

Moguer desde la azotea de la casa donde nació Juan Ramón Jiménez
La unión del Tinto y el Odiel

lunes, 13 de noviembre de 2017

Gente que influye




Y no me refiero con este título a peces gordos de la economía o de la política. Ni tampoco a esa cosa que ahora llaman influencers, sea lo que sea eso. No, me refiero a aquella persona que muchos de nosotros hemos conocido en las primeras etapas de la vida y que, de alguna manera, fue importante y marcó nuestro camino. Gente, como el George Bailey de "¡Qué bello es vivir!", que, si no hubiera nacido, ahora los demás no seríamos los mismos.

Tengo un libro que habla de gente así. Se llama "Mi infancia son recuerdos..." y es un conjunto de relatos -coordinado por Josefina Aldecoa- de distintos autores y famosos, voces diferentes que recuerdan "el papel inolvidable de un maestro que en uno u otro momento de nuestra infancia o adolescencia ha sido decisivo para nosotros". Y así, en el libro se ven las deudas de gratitud de Emilio Aragón hacia el profesor que le hizo disfrutar de la lectura, de Concha García Campoy a su profesora porque "ella fue la primera en mirarme con otros ojos", de Fernando Fernán Gómez a la actriz Carmen Seco que le enseñó a recitar versos, de Emilio Lledó al profesor que le preguntaba "¿Qué te sugiere?" tras la lectura de un pasaje del Quijote ("un paso esencial para aprender a pensar, para aprender a ser"), de Manuel Toharia hacia quién le inspiró la curiosidad por la ciencia, o de Fernando Savater hacia quien le enseñó a no mentir.

Cuando he preguntado a mis amigos, casi todos reconocen a alguien así, en su vida. Todos hemos tenido excelentes profesores que amaban su trabajo (y también otros que se equivocaron de profesión y que nunca tendrían que haber dado clase). Pero cuando yo pienso en aquellos años del colegio y en alguien que pueda haberme enseñado algo importante, quien me viene a la cabeza es una monja, la Madre Concepción, que ni siquiera me dio clase.

Nuestra relación con las monjas solía ser de "guerra fría". Desde los 10 años a los 16, durante el Bachillerato, las monjas no nos daban clase sino que eran nuestras cuidadoras. Ellas nos llevaban del patio a la clase o a la capilla procurando que formáramos perfectas filas, supervisaban el aula de estudio para que no habláramos (¿se puede encerrar el agua del mar?), nos castigaban frecuentemente cuando no hacíamos todas esas cosas y, en general, hacían el papel de soldados guardianes hacia los que abrigábamos escasa simpatía (y ellas igual hacia nosotras). Pero cuando teníamos 14 o 15 años, vino al colegio una nueva Directora que nos sorprendió tratándonos como seres humanos adultos.

La Madre Concepción (la Madre Concha la llamábamos entre nosotras) tenía alrededor de 30 años en esa época. Era una mujer alta, guapa y con clase a la que nunca vimos un mal gesto. Nos hablaba, no en plan "coleguita" ni en plan sargento, sino con la naturalidad y el respeto con los que se debe hablar a una persona hecha y derecha. Y a nosotras en su presencia ni se nos ocurría mentirle y hasta le contábamos nuestras trastadas, como la vez que nos habíamos fugado del colegio y cómo luego habíamos vuelto a entrar (porque lo emocionante era la fuga en sí). Tenemos fotos con ella en las excursiones que hacíamos al Teide y, cuando a final de 6º nos fuimos del colegio, ella fue la que nos acompañó en nuestra última comida en común. Cuando años después fui profesora, el recuerdo de su actitud y trato hacia nosotras fue un ejemplo al que acudir cuando me veía enfrente de un montón de adolescentes ante los que tenía que hacer el papel de profesor. Como ella, supe siempre que, si tratas con respeto a una persona, tenga la edad que tenga, ella también te respetará.

Muchas veces en la vida al cabo de los años pensamos en esas personas que nos han influido casi sin ser nosotros conscientes de ello en su momento. Nos damos cuenta después, cuando asumimos que nunca jamás las volveremos a ver, de que fueron importantes, y lamentamos no habérselo agradecido entonces. Pero en este caso, hace cosa de un par de meses en una de las comidas que hacemos regularmente mis amigas del colegio y yo, Eli, que vive en Las Palmas pero que casi nunca se pierde una, nos apareció con una amiga suya, mayor que nosotras. Nada más verla, y aunque habían pasado más de 50 años, supe que era la Madre Concepción.

La Madre Concepción, Concha ahora para nosotras, tiene 87 años y sigue siendo la persona cercana y elegante que era entonces. Con el espíritu y la voz todavía joven que recordábamos, nos contó que, después de aquellos años del colegio, había estado en varios sitios, entre ellos en algunos países de América; que hacía 30 años que ya no era monja y que ahora vive tranquila con su hermana en Las Palmas. Le gusta leer y la música (tiene la carrera de piano), y sale y juega a la canasta cada semana con sus amigas. Estaba verdaderamente contenta de vernos y asombrada de que la recordáramos con tanto cariño.

Hay un proverbio chino que dice: "Cuando bebas agua, recuerda la fuente". Es bueno recordar las fuentes de las que partimos, pero todavía es mejor que la vida te brinde, como ahora, la oportunidad de dar las gracias a quienes, aun sin saberlo, han influido en nosotros ayudándonos a ser como somos. Y este escrito es una forma como otra cualquiera de hacerlo. Gracias, Madre Concha.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Al olor del orégano


El Castaño de las Siete Pernadas

Hace unos 3 años, en un post que escribí dedicado a los castaños (lo titulé "Toma castaña"), dije esto:
"Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel Castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.
No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo...".

Y mira por dónde, hace unos días se me quitaron todas las dudas. Nos invitaron al grupo "Lo que las piedras cuentan" (del que ya les he hablado aquí y aquí) a un desayuno y a un paseo posterior por una finca en Aguamansa, y resulta que el Castaño de las Siete Pernadas ¡existe! Allí estaba, con tres pernadas menos, eso sí, pero en pie desafiando todavía a los siglos. Andrés, uno de los dueños de la finca, nos contó que una noche tranquila, sin tormenta ni viento, lo despertó un estruendo terrible, como si el mundo se viniera abajo. Se levantó enseguida y lo encontró así, partido por la mitad "¿Y qué crees que le pasó?" "Vejez, supongo". Pero viejo y todo (se le calculan más de 500 años), sigue siendo impresionante. Dulce María Loynaz, que también visitó la finca en 1951, habla asombrada de él en su libro "Un verano en Tenerife": "El enorme tronco ha tomado un aspecto rugoso, coriáceo, animal casi. El árbol parece más bien un gigantesco paquidermo coronado de ramas milagrosamente verdes.". Todavía hay un hueco (tapado) en su base en donde está guardada la mesa que a veces se subía a sus ramas y que fue testigo de tantas meriendas felices. Nosotros , 20 personas cogidas de la mano, lo rodeamos y abrazamos porque, según dicen, estos seres centenarios saben transmitir buenas energías.

La finca es enorme (48 hectáreas) y preciosa. En los altos del valle de La Orotava y al pie de los acantilados de Los Órganos, ya muy cerca de la cumbre, está llena de árboles excepcionales: castaños enormes, sí, pero también pinos altísimos y manzanos, perales y otros árboles frutales cargados, en este noviembre, de frutos. Y todo el paseo que hicimos hasta el Castaño, y después, más arriba, hasta la Fuente de los 50 Chorros, estuvo acompañado del olor del orégano que tapizaba el suelo de las veredas y rincones.

El olor del orégano, humilde y familiar, nos llevaba a hablar de mojos, salmorejos, licores de hierbas, cazuelas y de tanto plato nuestro que lo lleva como ingrediente. Yo recordaba, riendo, aquella vez que, caminando entre matas de orégano por los montes de Anaga, mi hermana exclamó: "¡Qué olor a pizza!". Esther rememoraba las procesiones de antes en su Guía natal cuando los Descansos -altares que se ponían en las casas para que la imagen los visitara- estaban unidos por pasillos perfumados hechos de orégano y poleo. Todos, mientras cogíamos un ramito o una planta viva para transplantar, caminábamos con calma, fijándonos en hiedras y flores, o en el tronco hueco de otro castaño herido por un rayo o en las gallinas que andaban a sus anchas por todas partes. El aire era limpio a esas alturas y la casa, con un balcón dirigido al valle desde el que, antaño, el padre de los actuales dueños trabajaba (¡qué gozada!), descansaba bajo el sol, sabiéndose vivida y amada...

Qué bueno es que todavía existan sitios así, tan bellos, en los que sumergirte y gozar en un día de otoño. Qué gusto andar entre árboles que ya estaban aquí cuando se fundó La Habana, árboles ajenos a las minúsculas vicisitudes y preocupaciones que ocupan nuestros días. Qué placer darnos cuenta de que los grandes árboles y las pequeñas plantas del orégano conviven y nos muestran lo que verdaderamente importa: existir dando cada uno lo mejor de sí mismo. Y qué contenta me puso que el castaño que creí perdido y destruido, todavía exista... Un día perfecto.

(A Ricardo, Alicia y Andrés, que nos recibieron generosamente y nos mostraron ese pedazo de isla que han conservado milagrosamente sana. A Iris, tan buena organizadora. Y a nuestro grupo, "Lo que las piedras cuentan", por todo lo compartido)





lunes, 30 de octubre de 2017

Yo es que me mondo



Este chiste fue publicado por Ros (Álvaro Fernández Ros) el pasado lunes, 23 de octubre en El País. Y esta es la carta que escribí (y que nunca envié) al Director del periódico:

Querido Señor Director:

Empezaré jurándole por lo más sagrado que soy de risa fácil. Me gustan las personas con sentido del humor, aquellos que encajan las bromas e interpretan bien una ironía, los que saben dar una respuesta ingeniosa sobre la marcha y se ríen hasta de sí mismos. Disfruto con los libros de P.G.Wodehouse, David Lodge, Sophie Kinsella, Jardiel Poncela, Guareschi, Pancho Guerra... y me río a carcajadas con las películas de los Hermanos Marx, de Jerry Lewis, de Woody Allen, de Louis de Funes y hasta con las de Paco Martínez Soria y Gracita Morales. Me encantan Les Luthiers y sus instrumentos inventados, Martes y 13 y sus empanadillas, Gila y sus guerras y, ya que estamos, todo el Club de la Comedia junto. Vamos, que no cuesta nada hacerme reír y mis amigos saben que hasta con un chiste mal contado lo logran. Y sin embargo, Sr. Director, debo confesarle con profundo pesar que todavía no he podido ni sonreír a medias con un solo chiste de Ros, el dibujante de la imagen inicial, que usted está empeñado de 2 años para acá en meternos diariamente por las narices (dicho con todo respeto y delicadeza).

Convendrá usted conmigo que en estos tiempos que corren, un buen chiste se agradecería y animaría bastante el cotarro en que se han convertido los periódicos. Que nos tienen ustedes en un sinvivir, oiga, entre tantos sobresaltos por la cuestión catalana por un lado, y tanto susto por las gracias del coreano y el loco del pelo amarillo por otro, que un día, como los dejen sueltos, van a armar un desbarajuste en el mundo, con lo que nos ha costado tenerlo medianamente aseadito. No me diga usted que, entre susto y susto, no vendrían bien unas risas. Hasta en su mismo periódico he leído que el ruido de una bomba puede menos que el estallido de una carcajada. La risa es liberadora de miedos, así que, hasta por prescripción facultativa, deberíamos troncharnos ¿Por qué se han empeñado ustedes en que no lo hagamos?

Que conste que no soy la única que no le ve ni maldita la gracia a ese señor. En diciembre del año pasado ya Lola Galán, la Defensora del Lector, afirmaba haber recibido varias cartas de lectores diciendo lo mismo, como uno que afirma: "Desde que comenzaron las viñetas de Ros podría confesar que casi nunca he entendido el contenido".  El dibujante, después de decir que está influenciado por las escuelas inglesa, francesa y americana (?), contrapone lo siguiente:
"Procuro no dejar su sentido en la superficie. No son chistes de un instante, sino en lo que yo llamaría "capas" más abajo. Si no se adivina a la primera lectura, yo invitaría a los lectores a buscarlo, a releerlo, a observar detalles del dibujo. Si no se entiende un significado claro, los invito a observar y disfrutar del dibujo, de ese descanso que ofrece a la lectura que lo rodea en la página de El País. Y los invito a leerme al día siguiente y si tampoco les es claro, me entiendan si les pido que me crean esta frase de Nietzsche en "El crepúsculo de los ídolos": "Lo que necesita ser demostrado para ser creído no vale la pena", que es una manera de decir que si se explica un chiste, se rompe o se marchita".

Yo le diría a esto que no es que no sean chistes de un instante. Es que no son chistes y punto (Definición de chiste: "Dicho. ocurrencia o historia breve, narrada o dibujada, que encierra un doble sentido, una burla, una idea disparatada, etc., y cuya intención es hacer reír"). Pepe Monagas le diría: "Mándese una papa". Pero como imagino que el dibujante lo que nos quiere decir aquí es que quienes lo entienden son los que tienen un coeficiente intelectual de 300 p'arriba, creo que entre todos deberíamos hacer un esfuerzo y aceptar esa invitación para encontrar el sentido de esas "capas" que oculta la imagen. Veamos...

Aquí se ve un molino de viento funcionando. Para que lo haga, el viento tiene que venirle de frente. Sin embargo, se ve que el viento que tumba la palmera está al revés del que mueve al molino ¿Estará ahí la gracia? ¿O a lo mejor en que la mujer en la isla desierta está cogiendo viento y no sol (jajaja)? ¿O que igual lo que está haciendo es secándose el pelo y el molino simula ser un secador gigante (pero funcionando con viento al revés)? Sea lo que sea, ¿qué gracia tiene eso, por todos los santos?

Desde luego, me ha hecho pensar, eso no se puede negar (y escribir esta carta). Pero ¡ay! ¡cuánto echamos de menos aquellos tiempos del dibujante Romeu y su personaje Miguelito, de Quino con Mafalda y sus sopas, de la buenísima Maitena, de Goscinny con Astérix y Obélix (y ¡Están locos esos romanos!), de los pitufos, de Lucky Luke... Nos hacían pensar, pero también y sobre todo, sonreír, reír y carcajearnos...

¡En fin, señor Director! Siempre nos quedará Forges.

Suya afectísima: Una jubilada con ganas de reír a pesar de (o, a lo mejor, a causa de) lo que está cayendo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Los tam-tams de la selva




En las películas de nuestra niñez -tipo las de Tarzán o "Las minas del Rey Salomón"- los tam-tams sonaban como llamadas ominosas a la guerra y nos ponían los pelos de punta, cuando en realidad eran peticiones de auxilio entre tribus. Hay una escena en "Cocodrilo Dundee II" en la que Paul Hogan hace también una llamada fraternal con unas vainas, parecidas a las de los tamarindos, a las que da vueltas en el aire produciendo un zumbido que oyen de lejos orejas maoríes amigas.

Algo de eso me pasó hace poco a mí. Cuando una llega a cierta edad tiene un derecho ganado a permitirse caprichos. Siempre me acuerdo de una ministra socialista, Elena Salgado, que decía que a sus 61 años reivindicaba el derecho a tener celulitis. Bueno, pues mi capricho desde los lejanos tiempos en los que abandoné por la fuerza el placer de tomarme un café bien cargado después de la comida es sustituirlo por un trozo de chocolate y, últimamente,  por un After Eight, esas obleas finitas de chocolate rellenas de menta que son, mmmmm, deliciosas. Pues bien, hace poco, cuando iba  a hacer mi compra usual de avituallamiento, me encuentro con que ni en Mercadona, ni en Macro, ni en Hiperdino, ni en El Corte Inglés, y ni siquiera en la gasolinera de mi pueblo , que es lo más, las tenían. Cuando pregunté me dijeron que esas cosas solo vienen en Navidad, igualito que el turrón.

Como el vicio es el vicio, no me quedó más remedio que recurrir al tam-tam y pedir en mis grupos de wasap a familiares y amigos que, si veían After Eight en algún sitio, avisaran a esta pobre chocolateadicta.

¡Y qué pronto dio resultado! Cande me dijo que su hija había visto una estantería llena en Carrefour, Ani me trajo 2 paquetes del Aeropuerto de La Palma, Carmen Delia encontró otro en el Supercor de Candelaria, mi hermana vino con uno desde La Graciosa... Munición suficiente para aguantar hasta las navidades, por lo que les estoy infinitamente agradecida. Como ven, el wasap se ha convertido en el tam-tam de petición de auxilio de estos tiempos.

Hay quienes protestan de los grupos de wasap. Dicen que solo sirven para intercambiar chistes y chorradas, que interviene gente a quien no conoces apenas, que la llegada de mensajes nos importuna continuamente. Puede ser. Pero yo los pienso poner en mi lista de inventos fabulosos del hombre, junto con la lavadora y el tampax. Eso sí, si no quieres chiflarte, los grupos tienen que ser pocos y selectos. Miren, por ejemplo, el caso de dos de los grupos de wasap en los que estoy.

Uno, el familiar, diría que es el sustituto del salón de mi casa de la calle San Miguel, un lugar por el que pasaba todo el personal a lo largo del día: mi madrina que vivía al lado, mis primos, los vecinos de arriba, los amigos del barrio... Allí, mientras la cafetera no paraba de hacer cafés de la mañana a la noche, nos enterábamos de los sucesos y eventos, discutíamos sobre lo que pasaba en el mundo, organizábamos los festejos y regocijos, felicitábamos por cumpleaños y éxitos y consolábamos en los fracasos. Igualito, igualito que lo que hacemos ahora en el wasap. Bueno, no es lo mismo porque no nos vemos y, ay, no nos tomamos aquellos cafecitos juntos, pero, si no fuera por el grupo de wasap, nuestra familia, que es grande y con algunos de sus miembros lejos, estaría más lejos aún.

El otro grupo, el de mis amigas del colegio, las que juntas hicimos el bachillerato y capeamos los mares procelosos de la adolescencia, es el perfecto sustituto también de aquel patio de recreo lleno de laureles enormes que existe ahora solamente en nuestro recuerdo. Entonces allí hablábamos de amoríos y de exámenes, nos dábamos consejos mutuos sobre los infinitos y apasionantes problemas que se nos presentaban y nos ayudábamos frente al mundo adulto. Ahora, en este patio virtual, hablamos de nietos y de la vida, nos aconsejamos para resolver escollos, que ya no nos parecen tan graves, y nos ayudamos en lo pequeño (¿Cómo hacen el potaje de berros? ¿Han leído "Patria"?...) y en lo mayor (una operación, un viaje, una boda...). Tampoco es lo mismo porque 60 años separan las dos situaciones, pero sigue habiendo risas y complicidad y, si no fuera por el wasap del patio del colegio, nos veríamos de pascuas a ramos y no estaríamos tan cercanas como estamos.

De los tam-tams dijo la cantante Totó la Momposina que eran "el ruido del corazón, el que se escucha en el vientre de la madre. A todo el mundo le llama y no sabe la razón".Tam-tam, tam-tam... Mientras ese ritmo siga siendo la mano amiga, el diálogo, el toque familiar, la convicción de que el otro está ahí, oyéndolo, y que puedes contar con él... ¡que sigan sonando en las ondas estos mensajes diarios, oh, benditos tam-tams de la selva de internet!
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