lunes, 16 de julio de 2018

Hoy es siempre todavía




En aquellos lejanos tiempos de 1º de Filosofía, nuestro profesor Don Emilio Lledó de vez en cuando nos dejaba caer alguna perla para que la probáramos, la saboreáramos y nos la tragáramos. Esta frase de Antonio Machado -"Hoy es siempre todavía" que continuaba con "Toda la vida es ahora"- fue una de ellas y recuerdo como, tan jóvenes (yo tenía 17 años), la analizábamos palabra por palabra -ese hoy, ese siempre, ese todavía... palabras llenas de tiempo-, entendiéndola y haciéndola nuestra para que nos acompañara toda la vida. Es una versión moderna del "carpe diem" clásico, un vivir asumiendo que somos producto del pasado, que nos ha hecho, y del futuro, que nos proyecta, y que el ahora es también nuestro siempre. Estamos aquí y estamos vivos.

La frase se me ha presentado en muchos momentos en los que hay un reto al que la vida te enfrenta y una se para a reflexionar sobre qué demonios hacemos aquí. Y esta semana la recordé cuando conocí a Pilar.

Uno de los regalos del verano (no todo va a ser hacer mermeladas y tumbarnos bajo el sol) es también recibir visitas de quienes, aprovechando las vacaciones, se dejan caer por las islas. Pilar es -o era- una amiga virtual a la que desde hace tiempo seguía como "Mamá en Apuros" en su blog y que por fin se ha convertido en una amiga real. Hemos pasado un día estupendo con ella, su marido y su preciosa hija ("MiniP"), hemos comido junto al mar y no hemos parado de hablar, de viajes, de libros, de nuestras vidas... Y muy poco en realidad del hecho de que hace un año le diagnosticaron  a ella, con 38 años, un cáncer de cuello de útero. Y, sin embargo, fue importante porque en ese periodo Pilar mostró a todos el "hoy es siempre todavía", viviendo cada día intensamente con lo bueno y con lo malo y plasmándolo todo después en un libro, "Mamá en apuros contra el cáncer", en el que nos cuenta su experiencia "porque quizá a alguien que está empezando el camino que yo ya he recorrido le pueda ayudar".

El libro me lo he leído en un pispás de tan ameno que es. Es la historia de una lucha contada con humor, empezando por el nombre dado al tumor (Lo llama Voldemort, "El-que-no-debe-ser-nombrado", el malo de las historias de Harry Potter al que hay que vencer con todas las armas. El capítulo "La primera batalla", en la que la soldado 835697 grita "¡Muera, Voldemort!", es de antología), y terminando por la euforia contagiosa cuando cuenta su primera carrera de 10 minutos después del tratamiento: un minuto corriendo, cuatro caminando, y los otros seis alternando, "controlando que no me emocionara demasiado y fuera a irme de madre con la velocidad. Que me conozco, me caliento, me flipo, y en dos segundos estoy emulando a Usain Bolt". La entiendo porque he sentido lo mismo, esa alegría inmensa que nos llena al superar un problema, como la primera vez que conduje sola y estuve cantando a grito pelado por esa carretera abajo todo el trayecto.

Pero lo importante , más allá de las anécdotas, está en la actitud de Pilar. Aunque confiesa que tiene un punto dramático cual heroína de Jane Austen, cada día que cuenta es sencillo como la vida. Puede haber llanto, risas, susto, nervios, alegría, empatía con el otro, debilidad, valentía, reflexión, esperanza. En cada día hay un siempre. "Vivir es renacer a cada rato. La vida se compone de ciclos que vamos cerrando para abrir ciclos nuevos", dice. Inmediatamente después añade -siempre el humor-: "Que no cunda el pánico. no me he vuelto una escritora de autoayuda, no soy Paulo Coelho ni nada por el estilo". Y tiene razón, no da lecciones de nada. Solo muestra cómo se aprende a vivir.

Hoy es siempre todavía...

PD: El libro "Mamá en apuros frente al cáncer" de Pilar G. Cortés se puede comprar en Amazon aquí y todos los beneficios de él van destinados a la AECC, la Asociación Española contra el Cáncer. Animo a todos a comprarlo: no solo pasas un buen rato leyéndolo sino también ayudas en la lucha contra esta enfermedad.

(A Pilar y a su maravillosa familia)



lunes, 9 de julio de 2018

Del Edén a la cocina




La cosa empezó, más o menos como todas, en China hace 5000 años. Pero hay quien dice que no, que fue en el mismísimo Jardín del Edén. Después de todo en la Biblia no se nombra para nada a la manzana: "La mujer vio entonces que el árbol era sabroso para comer, bonito de ver y apetecible para adquirir sabiduría; así que tomó de su fruto y comió; se lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió. Entonces se abrieron sus ojos...". ¿Por qué no podría ser un albaricoque el fruto prohibido? Es más pequeño y tentador que la manzana, y sus amarillos y naranjas son los colores del amanecer del mundo. También es un hecho bastante extraño que los historiadores no se pongan de acuerdo sobre su origen: que si Manchuria, que si Corea, que si Armenia... Palos de ciego para no señalar el Paraíso.

Lo que sí es seguro es que viajó en la Ruta de la Seda. junto con los rubíes de Birmania, el jade de China o las perlas del Golfo Pérsico; y que fueron los romanos (¿quiénes si no?) los que lo extendieron por Europa ¿Se acuerdan de la película de los Monty Python, "La vida de Brian", cuando los judíos disidentes se preguntaban por lo que los romanos les habían dado?: "Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos ¿qué han hecho los romanos por nosotros?". Pues también en sus macutos de soldado, además de todo eso, los romanos traían semillas, plantas y frutos que poblaron nuestros huertos. Así llegó el albaricoque a Andalucía 70 años antes de Cristo. Y mucho después los andaluces, tan pasiantines ellos, lo trajeron a Canarias y a América.

Hasta en un rincón de mi huerto creció un albaricoquero. Pero él, tan tiquismiquis de puro aristocrático ( no hay que olvidar su origen paradisíaco), no se adaptó bien. Afortunadamente, mis amigos María y Sixto han conseguido cultivarlo en las tierras altas de Fasnia y han traído albaricoques a mi mesa, perfumando mi cocina. Los he limpiado, les he quitado la pipa, le he puesto la mitad de su peso en azúcar y, después de burbujear un rato en el caldero, se han convertido en cuatro preciosos tarros de mermelada dorada que brillan como joyas.

Y son joyas. Shakespeare le otorga efectos afrodisíacos en "El sueño de una noche de verano." Confucio enseñaba en un bosque de albaricoqueros, por lo que en China es símbolo de la educación. Y el escritor y filósofo francés Fontenelle atribuyó sus cien años de vida a que su abuela, "una mujer con la cabeza bien sentada que jamás confundía la realidad con las apariencias", le aconsejó siempre comer muchos albaricoques, frescos, secos o en mermelada, "un fruto real, del que deberían hacer buen uso las cabezas de chorlito de nuestro tiempo".

Jugoso y perfumado, el albaricoque ha recorrido un largo camino desde el Árbol de la Ciencia a la humildad de las cocinas. Hagamos caso de los sabios y disfrutemos de este regalo que el radiante verano nos da. 

lunes, 2 de julio de 2018

El verano del espíritu burletero




Este año lo de "hasta el 40 de mayo no te quites el sayo" (sea lo que sea ese sayo que nadie se ha puesto hace siglos y que ni siquiera venden en el "El Corte Inglés") ha habido que pasarlo al 80 de mayo. Pero ¡loado sea el cielo! por fin es verano. Ya he desempolvado sandalias y blusas de manga corta, he guardado edredón y calefacciones y me he bañado ya dos veces en el mar limpísimo de la Playa de la Arena, llena de cuerpos al sol. Hay ya, como pide Leonard Cohen en "Verano ¿cuándo llegarás?", melocotones sobre la mesa, sandías coloradas y el cálido sol arrastrándose a través de la ventana...

Cada verano el que más y el que menos retoma los ritos propios de la estación, y en mi caso hay uno que no falta: cenar en la terraza -mesa con mantel a cuadros y una vela encendida- cara a la puesta de sol y a la aparición de las estrellas. Hay un sosiego distinto en esas noches, en las que no hay vez que no rememoremos otros veranos benditos, otros tiempos de placidez y vacaciones. Y siempre, siempre, recordamos como los mejores los veranos de Bajamar en los años 70.

En ese entonces, entre varios alquilábamos dos bungalows con cuatro apartamentos y un jardín común con césped en el que podíamos soltar tranquilamente a los niños durante el día. Y nos dedicábamos a disfrutar: nos bañábamos, por supuesto, en ese mar inigualable de Bajamar, pero también nos veo haciendo cometas y soltándolas al viento de la tarde, cazando canarios con falsete en las mañanas antes de desayunar, yendo a coger lapas y asándolas con mojo de cilantro recién salidas del mar... Y sobre todo, recuerdo las noches, aquellas noches cuajadas de estrellas en las que nos reuníamos todos a la fresca y hablábamos de lo divino y lo humano, o nos poníamos a cazar estrellas fugaces, o a buscar ovnis, o a reírnos de cualquier cosa, porque éramos jóvenes y estábamos en paz.

Hubo un verano de esos en el que a todo el mundo le dio por jugar a la "ouija". Igual que en los patios de los colegios se dan rachas en que solo se juega al brilé o a las "piedritas" o a los boliches o al hula-hoop o a los cromos,  aquel julio y agosto se dio una fiebre espiritista que nos sentó a todos alrededor de un tablero de "ouija" (artesanal, por supuesto) con un dedo rozando encima de un vaso boca abajo y aprestándonos a interrogar a los espíritus. "¿Estás ahí?" preguntábamos con voz cavernosa, como es preceptivo hacerlo cuando se intima con seres del más allá. Y siempre estaban, claro. Podía contestarnos un espíritu egipcio, o una enfermera victoriana, o uno que luchó con Napoleón, o un indio sioux... El elenco era variado y entretenido, la verdad.

Una noche convinimos en preguntarle algo que ninguno de los demás supiera. Mi hermana preguntó: "¿Cuál es el apellido de mi amiga Lourdes?". La amiga se apellidaba Ramallo y el espíritu puso "Gamallo". Siguió discusión (y risas) acerca de la sabiduría y despistes de los espíritus. Y luego otro preguntó algo más práctico: "¿Qué número de lotería saldrá el siguiente sábado?". El espíritu, que también suponíamos que conocía el futuro (ellos son así), trazó con el vaso el número 14379. Ni qué decir tiene que al día siguiente más de uno hizo una peregrinación buscando el número. Salió sorprendentemente el número 14378 ¿Era un espíritu despistado o nos estaba vacilando? Todavía mi hermana (que entonces acababa de terminar la especialidad de Pediatría y estaba pendiente de destino) preguntó al espíritu que en qué centro le tocaría. La contestación fue que en Adeje, casi lindando con el que en realidad fue, el Valle de San Lorenzo. Decididamente era un espíritu burletero, como decimos aquí.

Cada vez que recuerdo aquel verano de la ouija, me vienen a la memoria las conversaciones después de la cena, con la noche estrellada sobre nosotros o la luna llena rielando en el mar como en una canción de piratas; las preguntas cada vez más estrafalarias que se nos ocurría hacerles a los seres de ultratumba y las dudas sobre si tomarnos en serio o no a esos espíritus tan poco de fiar que, estábamos seguros, en su fuero interno y etéreo estarían partidos de risa.  Pero todo, el vacilón, la puesta en escena, las carcajadas ante preguntas y respuestas, el aire de la noche, formaban parte de la esencia de todos los veranos. "El mar, el campo, el río, las montañas palpitan (...), mientras corren en la noche de estío fugaces las estrellas" (Rafael Alberti)

¡Que el verano les sea tan feliz como los guardados en la memoria!




(A todos los que vivimos aquel verano de la ouija: Chari, Miguel, Marisa, Ovidio, Toni, Javi. Y a Mingo y a Pilo)

(La imagen inicial es "After Van Gogh - Starry Night over the Rhone" de June Hethorn. La imagen final es desde mi terraza)

lunes, 25 de junio de 2018

Donde nacen las leyendas


Kylemore en Connemara

Érase una vez una isla esmeralda, con más de cuarenta tonos de verde. En árboles jóvenes y ancianos, en bosques de arces, robles y alisios, en praderas y llanuras que llegan a la orilla del mar, el color verde abraza la tierra y da calidez a los días grises y a los mares encrespados. Ya Homero había hablado de ella en "La Iliada" diciendo que era "una tierra de niebla y penumbra (...), más allá de la cual se encuentra el mar de la muerte, donde empieza el infierno.". Pero el verde la salva de la oscuridad iluminando el paisaje, las mariposas del Burren y los ojos de muchos de sus habitantes. El Día de San Patricio, el patrón de la isla, los grandes espacios de toda la Tierra -las cataratas del Niágara o la Muralla China, por ejemplo- se encienden de verde en su honor.

Este es un lugar para disfrutar de la naturaleza, a veces agreste e impresionante como en los Acantilados de Moher o la Calzada del Gigante; otras, plácida y relajante a orillas de lagos, como en Kylemore en el Parque de Connemara, o de ríos, como en Clonmacnoise, ruinas de una antigua abadía todavía en pie junto al Shannon. En el Anillo de Kerry las carreteras estrechas, embutidas entre las montañas por un lado y el mar por otro, nos empequeñecen. Es un lugar solitario en el que van apareciendo, entre gritos de gaviotas, pueblos pequeños y preciosos y los restos de alguna torre medieval. La pureza del aire en esos sitios, la soledad, el agua limpia cayendo en los terrenos de turba muestran retazos del principio del mundo, cuando todo era nuevo. Se respira una cierta melancolía.

Es la tierra de los gael, de los celtas, los antepasados, un pueblo grande y poderoso compuesto por tribus. Sus símbolos, su idioma y sus leyendas han permanecido a través de los siglos, desde la llegada de los dioses. En el "Libro de las Invasiones" (Lebor Gabala en la lengua antigua) se habla de la llegada de ellos, los primeros, después del Diluvio, y de las sucesivas invasiones a la isla. La más importante y misteriosa fue la tercera, cuando llegaron los Tuatha De Danaum, los Hijos de Danu. Estos son, sin duda, los viejos dioses de los celtas y sus historias reflejan las creencias de gran parte de la Europa prehistórica y resurgen en fiestas y canciones bajo disfraces diferentes.

Y es que los celtas siguen viviendo en la lengua, musical y distinta a todas, que, aunque no mucha gente la habla, aparece en nombres, en todos los rótulos y en carteles como los que en los condados del oeste y del sur anuncian que allí se habla gaélico, Ann gaeltacht. Y siguen viviendo en los símbolos: el trisquel, el árbol de la vida, el nudo perenne, el cladagh, la espiral, la cruz de los druidas... La permanencia de las tradiciones muestra la presencia del mundo celta en la imaginación colectiva.

Esta es una tierra sacudida desde siempre por guerras y conflictos. Y sin embargo (o, a lo mejor, por eso mismo) ha crecido entre cantos populares, poemas y canciones. Hasta en su escudo aparece un arpa. Las baladas aquí parecen romances de antes -"Un héroe no es nadie si no hay una balada que lo cante" (Javier Reverte)- y los bailes, las antiguas gigas, señalan la empatía de los bailarines con los árboles: brazos rectos y pegados al cuerpo y pies zapateando con fuerza, como raíces que quisieran adentrarse en la tierra. La música y la literatura van de la mano llenando este lugar de poesía.

Es un país mágico, el país de las hadas, hermosas pero esquivas, y de los leprechauns, los duendes pelirrojos que esconden tesoros bajo la tierra. Aquí hay gigantes que juegan a tirarse columnas de piedra a través del mar. Y héroes de otros tiempos, como Cuchulainn, que murió peleando en inferioridad de condiciones contra un ejército enemigo y que antes se hizo atar a una roca para que sus adversarios lo creyeran todavía vivo; o San Brendan que viajó en una embarcación de cuero hasta una tierra más allá del océano y que acaso sea nuestro San Borondón y su isla sea la que a veces se ve en los días claros, al oeste, desde La Palma; o el mismo San Patricio, que expulsó para siempre a las serpientes y que explicó con un trébol el misterio de la Trinidad. Y hay lugares sagrados -túmulos, dólmenes, círculos de druidas- en los que el silencio se puede tocar.

Y es un país de historias, de miles de historias contadas (y cantadas) en los cientos de pubs que pueblan la isla. Entre pintas de cerveza y tragos de whiskey, las bebidas nacionales, conoces la historia de Molly Malone, la vendedora de mejillones que murió joven, o la de Jack Duggan, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, o la del bebé que fue salvado de un incendio por un mono, o la del duque que perdió un palacio en una noche por una apuesta, o la de los que se arruinaron por intentar hacer su mansión digna de la reina Victoria, que solo pasó allí dos días...

Es un lugar increíble que he recorrido por segunda vez estos días. La han llamado la Isla de los Santos o la Isla de los Sabios. Pero se llama Irlanda, en la antigua lengua, Éire, que es es el nombre de una de sus diosas. Allí nacen las leyendas.

(A Raquel, que nos organizó un viaje mágico. Y a Yamila, que nos lo explicó con maestría y sensibilidad. Gracias)


Acantilados de Moher

En carro de caballos por Killarney

Jardines de la Mansión Muckross

Costas del Anillo de Kerry


lunes, 11 de junio de 2018

Carta abierta a mi primo Pedro




Querido primo Pedro:

¡Qué alegrón más grande me dio tu nombramiento! Nunca habíamos tenido en la familia a alguien de nuestro apellido como ministro (lejanos quedan ya los tiempos del Conde Duque de Olivares). Y mira que debí haberme imaginado algo por los signos premonitorios: soñaba con el espacio, yo misma he estado últimamente más en las nubes que de costumbre y me leí hace poco "El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo" de David M. Barnett, que precisamente hablaba de alguien como tú, de un hombre que se monta en un cohete y ve la Tierra como tú la viste. Redonda, azul y sin separaciones entre países ¡A muchos mandaría yo a las estrellas para que se percataran de algo tan evidente!

A pesar de lo orgullosa que me siento, no te creas que estoy presumiendo. Yo no soy como aquellos que en tiempos de Felipe se las echaban por apellidarse González. No. Yo no se lo he dicho a casi nadie, sino a mis amigos y conocidos, a mi peluquera, a los de la gasolinera, a la de la frutería (y a los clientes que estaban allí)..., ah, y a un señor y a una señora que pasaban por la calle y a los que tuve a bien anunciarles la buena nueva. Y, a propósito, estoy pensando desempolvar el viejo blasón del apellido Duque. Sí, hombre, ese que tiene tres bandas de oro con armiños de sable y un casco arriba (lo recorté una vez del "Diario de Avisos"). Le podríamos poner, si te parece, un cohete encima del casco para conmemorar tu gesta. Vete pensándolo que el cirio es corto y la procesión es larga.

Tampoco te preocupes porque te vaya a pedir un carguillo. Aunque basándome en nuestro parentesco, sí es verdad que les he prometido a mis amigas que nos invitarás a ver algún Planetario bonito, preferentemente el de París, que ya lo vi una vez y era una gozada tumbarte en el asiento y ver todas aquellas estrellas y constelaciones sobre tu cabeza al alcance de la mano. Ya ves que no soy abusona. Mándame las entradas y los billetes de viaje cuando quieras.

Y eso sí, un consejo te doy: que no se te suba el cargo a la cabeza, que ya sabes que hay muchos a los que les pasa. Oh, yo conozco a uno que es presidente de la Comunidad de Vecinos y ya se cree Napoleón, con eso te digo todo. No, tú recuerda que la palabra "ministro" viene de "minister", "sirviente", y que por tanto vas a estar al servicio nuestro, con humildad y entrega, a ver si haces algo (o si te dejan hacer algo) por esta Ciencia a la que últimamente en España se ha tenido arrinconada y castigada.

Sé que eres lo bastante inteligente para pasar de las críticas (los hay osados). Solo te basta recordar que terminaste la carrera de Ingeniero Aeronáutico con Matrícula de Honor, que te atreviste dos veces a viajar al espacio (con lo que nos cuesta a cualquiera subirnos a un avioncito de nada) después de salir airoso de miles de pruebas, que hablas varios idiomas incluido el ruso con lo difícil que es, que eres una persona siempre comprometida en la defensa de la Ciencia y de la Universidad... ¿Quién mejor que tú para lidiar con lo que te echen?

Así que, querido Pedro, a por ello. Y no olvides el mensaje de tu madre vía Forges: "Jomío, te recuerdes que los cargos los carga el diablo". Te deseo toda la suerte del mundo. 

Tu prima (supongo).

(La imagen es de Tomás Serrano en "La Voz")

lunes, 4 de junio de 2018

Inmortalidad para un sábado


("La Puerta del Cielo", imagen de Adam Ferriss)
Reconozco que pasearse entre momias no es lo que se llama un plan divertido para un sábado por la mañana. Y, sin embargo, me lo pasé estupendo anteayer cuando visité, con unos amigos, "Athanatos", una exposición en el Museo de la Naturaleza y el hombre de Santa Cruz.

Me gustó ese título, esa palabra griega tan bonita, "Athanatos", "Inmortalidad", que desde la misma entrada nos está diciendo que el ser humano no ha vivido tan de espaldas a la muerte como podría parecer sino que siempre ha buscado maneras de permanecer.

Me gustaron las explicaciones científicas sobre las causas que hacen que un cadáver se momifique, sin necesidad de ser por ello un santo varón o una santa monja incorrupta.

Me interesó saber que somos agua en un 70% de nuestro cuerpo y que el agua es la esencia de la vida. Nos la quitan y ya no somos. Me pareció oír a Tales de Mileto desde los celajes: "¡Yo ya lo dije hace 27 siglos y no me hicieron caso!".

Me llamó la atención la buena dentadura de las momias guanches comparándola con egipcias y americanas. Habla de un tipo de vida sana en cuevas frescas y aireadas, de buena alimentación (leche, carne, moluscos...), de niños dejando cáscaras de lapas en las laderas de las montañas...

Y me parecieron curiosos dos casos. Uno, los monjes budistas chinos. Cuando pensaban que ya les había llegado la hora, se automomificaban. Empezaban dejando de beber y comer y al final terminaban metiéndose ellos mismos en el ataúd con una pajita para respirar y una campanita para avisar que todavía estaba vivo ¡No me digan que no es un "hagáselo todo usted mismo" tal cual!

El otro fue la momia de una chica guanche de 15 años. Muy alta, huesos finos. Supimos que era una de las momias de Necochea, como se las llama. Vivieron en el siglo IX d.C. y fueron vendidas ilegalmente en 1890 por los herederos del Museo Casilda de Tacoronte, probablemente a un coleccionista. Aparecieron en el Museo de La Plata en Argentina y después estuvieron en el Museo de Ciencias Naturales de Necochea en la provincia de Buenos Aires. El Cabildo de aquí solicitó su repatriación y finalmente en 2003 las momias regresaron a la isla. Lo curioso es que después de tanto trote, esta venía sin cabeza. Pero como en el museo había muchos cráneos, buscaron, compararon el ADN y ¡la encontraron! Debió haber sido emocionante.

Y mientras paseaba entre momias y esqueletos -ya, ya sé que no es la alegría de la huerta-, pensaba en las vidas de los que ya no son (¿o quizás sí?), en los esfuerzos de quienes los cuidaron y respetaron para que perduraran, en si los seres humanos somos unos idealistas o simplemente ilusos. Recuerdo un texto de Rosa Montero con el que coincido totalmente: "Justamente ese estar abocados a la nada convierte la vida en algo precioso y único. Qué gran triunfo es una vida bien vivida. Y creo que esas vidas bellas quedan de algún modo resonando en la estela de la humanidad. Aunque no nos acordemos de quienes las vivieron, su efecto perdura.".

Algún poso tuvo que haber dejado la visita en los amigos que fuimos porque en la comida posterior, en lugar de hablar del Tema de la semana (el triunfo por primera vez de una "emoción" de censura, la caída de un gobierno, la corrupción, el cambio político...), se habló más bien de sueños premonitorios, de experiencias cercanas a la muerte, de las distintas creencias en el más allá, de las posibilidades de ser eterno. Tal vez, como decía Camus, saber si la vida tiene o no sentido  es el verdadero Tema. 

Esa mañana de sábado nos volvimos filósofos.

(Gracias a Carlos y a Iris por proponer una visita tan sugerente)

lunes, 28 de mayo de 2018

Antártida a la vista





Hay ciudades y pueblos a los que he viajado y que permanecerán para siempre en mi memoria: Monpazier en el Périgord, Bath en Inglaterra, Aix-en Provence, Dublín, Viena, Atenas, Estambul, Estocolmo, Guimaraes en Portugal, Praga, París -siempre París-...

Hay otros a los que espero ir algún día: Teruel y la Ribera Sacra en España, Normandía en Francia, la Toscana, Escocia y sus brumas, tal vez cruzar el charco...

Y hay muchos, muchos otros lugares a los que nunca iré pero que conozco como si hubiera estado allí en un sueño imposible. Uno de esos es la Antártida, el sexto continente, donde nunca me verán.

Y, sin embargo, si pienso en la Antártida, no se me aparece como Terra Incognita. En mi mente tiene montes de roca y de hielo, enormes llanuras blancas habitadas por focas y pingüinos, un mar bravo en el que hay ballenas y olas gigantescas, un cielo tempestuoso que cambia rápidamente y un silencio que tiene su propia voz. He leído y me han contado tanto de ella que es como si la hubiera conocido ¿En otra vida, quizás?

Sobre la piel de la Antártida se han escrito mil historias por parte de aquellos que la amaron y la desafiaron. Como la de Shackleton, que puso un anuncio que decía: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". O como las de Amundsen y Scott, en su duelo por ser el primero en llegar al Polo Sur (y total, ¿para qué?). De todas ellas, a mí la que más me gusta (porque nos toca de cerca a los canarios) es la de su descubrimiento.

Oficialmente la Antártida la descubrieron los ingleses el 16 de octubre de 1819. William Smith se llevó los honores de ser el primero cuyos pies hollaron un continente helado y poco habitable pero nuevo a estrenar. Pero la verdadera historia es otra y a mí me la contó mi amigo Jose Darias, una de las personas que más conocen la Antártida, un científico gomero que cada cierto tiempo -desde que lo conozco, hace más de 30 años- arrancaba la caña y se iba a investigar a aquellos mares procelosos. Se pasaba dos o tres meses estudiando los organismos marinos, conviviendo con algas, corales, esponjas, moluscos y estrellas de mar en aquel paisaje sin color. Solo el gris de cielos y mares, el blanco del desierto helado y desolador y el negro de algunos picachos, producto del deshielo en verano.

Él fue quien me contó que hasta principios del siglo XIX la Antártida no se conocía. Los mares que la separaban del continente eran lo suficientemente terribles como para que nadie se apuntara a un crucero de placer por allí. Pero a 3 barcos españoles -el "San Telmo", el "Mariana" y el Prueba"- no les quedó más remedio que pasar cerca en septiembre de 1819, cuando iban rumbo a Perú en auxilio de los que intentaban contener las insurrecciones coloniales. El que los mandaba a bordo del "San Telmo" se llamaba Rosendo Porlier y era hijo de Antonio Porlier, Marqués de Bajamar y nacido en La Laguna (paisano mío, oigan). Los barcos estaban tan hechos polvo, tan mal pertrechados y en un estado tan lamentable, que Rosendo Porlier se despidió en Cádiz de un amigo diciéndole: "Adiós, Francisquito, probablemente hasta la eternidad...". 

Como era de esperar, el "San Telmo" desapareció de la vista del "Mariana" en el fatídico Cabo de Hornos y probablemente muchos de los 644 tripulantes se ahogaron, pero el resto fue a parar a tierras antárticas, a lo que luego se llamó las Shetlands del Sur. Allí vivieron un tiempo alimentándose de focas. Pero ya saben, estaban en una tierra límite y fueron muriendo de frío y otras carencias.

Mes y medio después aparecen por allí William Smith y sus muchachos y se encuentran el panorama. Saben que los restos son del "San Telmo" y saben que son españoles ¿Qué hacer entonces, con el trabajazo que les ha costado llegar hasta allí y proclamarse los primeros? Callarse la boca, le dicen los de arriba, y llevarse la gloria y la posesión de la tierra para los ingleses. Pero hay cartas sobre ese mandato de silencio y hay otros testigos que cuentan la verdad ¡Buenos somos los humanos para guardar un secreto!

Así que ya saben: el verdadero descubridor de la Antártida fue hijo de un lagunero, nada menos. Fue por chiripa y no sé para qué sirven en realidad esas carreras para llegar el primero y poner la banderita. Pero algo de fascinación tiene que producirnos para que una lagunera como yo se sienta orgullosa de que uno de los nuestros haya sido el que por primera vez pisó el sexto continente. Aunque le haya costado la vida y aunque sea un lugar donde nunca me verán.





(La imagen inicial es del navío "San Telmo", en un grabado de Agustín Berlinguero. La de la Antártida está tomada de un "Muy Interesante"))
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