lunes, 26 de octubre de 2020

Diferentes maneras de leer un periódico



Aunque parezca mentiras, hay muchas maneras de leer un periódico. O de no leerlo. Quitando los usos incorrectos (para hacer paquetes, para ponérselo en el pecho y no pasar frío, para el suelo de la cocina cuando se está friendo algo, para envolver castañas calientes...), un uso más correcto puede ser llevarlo debajo del brazo. En La Palma había uno al que, por llevarlo así, lo llamaban Sobaco ilustrado. Y Sophie Kinsella hace decir a una de sus protagonistas, una periodista supuestamente versada en economía, lo siguiente: "De camino a la rueda de prensa solo tengo que comprar una cosa que es imprescindible: el "Financial Times". Con diferencia, el mejor complemento que puede llevar una chica. Sus principales ventajas: 1. Tiene un bonito color. 2. Solo cuesta 85 peniques. 3. Si entras en una reunión con un ejemplar bajo el brazo, te toman en serio. Con el "Financial Times" en lugar visible puedes hablar de las cosas más frívolas del mundo y la gente, en vez de pensar que eres una cabeza hueca, cree que eres una intelectual que, además, tiene otro tipo de intereses". Y es que con el periódico hay gente que va a lo que va, como mi tío Cándido, que decía que él solo compraba "El Día" para leer las esquelas y enterarse de quién se murió.

Y después está cómo lo leemos. Mi marido, por ejemplo, lo lee en la cama, apoyado sobre el codo izquierdo y el periódico desplegado ante él. Empieza en la página 1 y, a veces, cuando llega a la 5, ya lo oyes roncar (aunque sigue sobre el codo izquierdo). Se va despertando a ratitos y, a trancas y barrancas, llega hasta el final. 

Mi amigo Miguel lo lee en el porche de su casa,  mirando hacia el jardín al atardecer, en su sillón preferido y tomándose un Johnny Walker etiqueta negra. Lo lee en digital y no un periódico sino varios: "El Mundo", "El País", "El ABC", "La Opinión"... Dice que lee los titulares, elige los que más le llamen la atención... y justo en ese momento se le estropea el momento perfecto.

Yo lo hago de otra manera. Lo leo en papel en mi mesa de trabajo, con bolígrafo y tijeras cerca por si quiero apuntar o recortar algo. Y empiezo por el final para que lo primero sea una sonrisa. En la última página te encuentras cosas curiosas como que hay un abuelo de 81 años que busca un récord mundial en los ochomiles, o que un cocodrilo raro paseó por los Pirineos hace 71 millones de años, o que hay quien investiga en viejas letrinas la caca de los que vivieron en la Edad Media (que ya es afición)... También en la última hoja de mi periódico está la columna de autores como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix, Almudena Grandes, Manuel Vicent, Juan José Millás, Fernando Savater, Luz Sánchez-Mellado...  Cualquiera de ellos me hace sonreír ¿Cómo no hacerlo ante este párrafo de Manuel Vicent del domingo 18: Qué más da que digan los científicos que la vida solo es un conjunto de carbono, de hidrógeno, de oxígeno y de nitrógeno con una pizca de azufre combinados por el azar si, después de todo, esos elementos químicos te conducen a la sonrisa de la Gioconda, a los versos de Walt Whitman o a la luz de Matisse.?. 

Después de este inicio, ya puede venir todo lo demás: las páginas de la tele,los chismes en la de "Gente", las páginas chinas (para mí las de economía ¿Ustedes saben qué son gatekeepers, tasa Google, dividendos, logística, coworking...?). En las de deporte leo en qué puesto está el Tenerife y poco más; y en las de Cultura me entretengo con las entrevistas, las reseñas de libros, las recomendaciones sobre películas, las noticias (¡Hombre! A Elia Barceló le han dado el Premio Nacional de Literatura Juvenil por "El efecto Frankestein", que leí en agosto y me gustó. Qué bien). Hago el Sudoku difícil y los domingos, el Damero Maldito y el Crucigrama Blanco. Y ya estoy preparada para las páginas áridas, las arenas movedizas: las del coronavirus en las que aprendemos términos con nuevos significados, como confinamiento, 2ª ola, restricciones, brotes y rebrotes, PCR, la curva...; las de la política nacional -el ruido y la furia-, salpicadas, menos mal, con las viñetas de Peridis y El Roto; y las de Internacional, en las que todos se vigilan (Bruselas a Londres y viceversa, Trump a Cuba, la UE a Rusia y Bielorrusia...). Y con esto, llego a la portada, que casi nunca trae una noticia positiva. Bueno, estos días pasados, sí: la foto de la enorme sonrisa de Nadal al triunfar en Roland Garros.

A veces me dicen que debería leer muchos periódicos cada día para enterarme de toooodo lo que pasa, de lo que dijo fulanito de menganito y este de zutanito. Pero, aparte de que no tengo tiempo (ni ganas) de leer tanto, ¿para qué? En cualquier periódico lees noticias y opiniones con las que estás de acuerdo y otras con las que no (bendita diversidad). Y, ante esto, lo mejor es seguir la máxima atribuida a Voltaire: "No estoy de acuerdo con su opinión pero daría mi vida por defender el derecho que usted tiene de exponerla". Que es justo lo que hace un periódico.

(La imagen inicial es "Clotilde leyendo el periódico" de Joaquín Sorolla)


lunes, 19 de octubre de 2020

Una historia de mangos



Odio el viento del sur, sobre todo por lo selectivo que es. Mientras que en Santa Cruz no se mueve ni una hoja, él elige bajar ululando por el Valle del Portezuelo, donde vivo, tapizándome el patio con las flores rosas de la bignonia, rizando las hojas de las plataneras y llenando la huerta de aguacates y frutos caídos. Este octubre la ha tomado con los mangos y todos los días pongo en la nevera trozos de mangos en cuencos de cristal para comer frescos a cada rato y ya he hecho mermeladas y sorbetes de mango para un regimiento.

Haciendo sorbete, precisamente, estaba yo la otra tarde cuando me llamó mi amiga Lali para alegar un rato. Ni qué decir tiene que le ofrecí si quería alguna tonelada que otra de mangos, y ella, que es, como dice la canción, "entradita en cintura y dispuesta", al ratito estaba en casa con una botella de vino blanco frío, al que le hicimos los honores acompañándolo con una tortilla de papas y un jamón serrano que te puedes morir. Y habla que te habla, me contó una historia de mangos.

Ya dije hace poco que, cuando yo era pequeña, no conocía los mangos ni había oído hablar de ellos. Pero Lali, sí. Ella recordaba que una vez que estuvo enferma con difteria, su abuelo había ido a caballo por los caminos escondidos de Anaga, desde La Laguna a Igueste de San Andrés y, de vuelta, traía leche y una caja de mangos. Entonces, aunque yo no lo sabía, había un lugar en la isla en el que se cultivaban mangos y otras frutas exóticas. La gente que volvía de Cuba y Venezuela no había querido renunciar a su sabor dulce y especial y escondían en los baúles, como si fueran pepitas de oro, semillas de mango, zapote y papaya que plantaron en las laderas protegidas de los barrancos de Igueste de San Andrés. Allí, el microclima mima la fruta y hace que, todavía hoy, sea famosa por su sabor y dulzura.

La historia que me contó Lali fue sobre su madre, Teresa, una mujer guapísima que tenía una venta frente a la casa de mis abuelos en La Laguna. Un día, cuando ya Lali estaba casada con Jose, le ofreció mangos y, mientras los comía, Teresa, que entonces rondaría los 80 años, se echó a llorar. Les contó entonces que su sabor le recordó cuando de joven ella se iba los veranos a casa de su tía en Igueste de San Andrés y que se había enamorado de un joven, su primer amor, que le recogía mangos dulcísimos en el barranco y se los llevaba a ella como una ofrenda dorada. Lloraba por el recuerdo, tal vez por el amor o la juventud perdida. Lali le propuso llevarla a Igueste de San Andrés, y fueron, y allí encontraron la casa derruida de la tía, el barranco donde crecían los mangos y el lugar de los encuentros. Fue para Teresa un día memorable y, al final, dijo que no quería volver más. Pero Lali y Jose, hasta que Teresa murió, iban todos los años a Igueste a comprarle una caja de mangos, dulces como ninguno.

¡Qué bueno rememorar una historia de tiempos pasados e imaginar otras vidas! ¡Qué bueno renovar el ritual de la amistad una tarde de octubre frente a un vaso de vino fresco y un picoteo! ¡Qué bueno que se hayan caído los mangos para obligarme a regalar y a repartir! 

Casi estoy por amar el viento del sur...


lunes, 12 de octubre de 2020

Una de jubilados y asesinatos



El mes pasado leí una novela de jubilados, "El club del crimen de los jueves" de Richard Osman. Y a principios de este mes leo en el periódico que es el éxito del año en el Reino Unido, que se han vendido más de 170.000 ejemplares igualando a Harry Potter y que Steven Spielberg adquirió ya los derechos para el cine.

A mí me llamó la atención porque creo que es el primero que leo con tantos jubilados juntos Sí, está la Miss Marple de Agatha Christie o El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson. Pero aquí hay un complejo residencial de lujo lleno de jubilados y los 4 protagonistas que se dedican los jueves a resolver crímenes no resueltos -un entretenimiento mejor que hacer crucigramas- son ya bastante talluditos, rondando los 80 años. 

Me lo leí de un tirón, o sea que me gustó y me entretuvo, que es lo que tiene que hacer un buen libro. Me pareció un acierto las dos voces narrativas, en tercera persona el tono general y en primera persona el diario de Joyce, una de las jubiladas, que suaviza la narración y que dice verdades como templos sobre nosotros, los jubilados, como "A partir de cierta edad puedes hacer prácticamente lo que te dé la gana. Nadie te regaña, excepto tu médico y tus hijos". O que, con la edad, una empieza a aceptar que muchos asesinos siguen impunes, escuchando tranquilamente en su casa la previsión del tiempo. 

Me gustó también que el autor, aunque es fan de la novela negra escocesa, confesara en una entrevista que su corazón -como el mío- "está con humoristas británicos, como Muriel Spark, P. G. Wodehouse, Alan Bennett y Victoria Wood". El libro abunda en ese sentido del humor tan british que te hace sonreír aunque hable de crímenes.

Pero sobre todo me ha gustado, más allá de la trama, lo bien definidos que están los personajes, no solo los protagonistas, sino también los malos, empresarios sin escrúpulos y matones de tres al cuarto. "Me divertí mucho creándolos -dice el autor-. Hay algo genial cuando uno se pone a escribir sobre tipos duros que son verdaderamente mala gente. Y todos hemos conocido a gente así, que se preocupan más por lo que ganan que por el daño que hacen por el camino". 

Pero los que acaban de enamorarte son los 4 protagonistas -Ron, Joyce, Ibrahim y Elizabeth-  porque también los conocemos a todos. "Viejos que luchan contra la noche", los definen en algún momento; pero, en realidad, jóvenes jubilados porque, a pesar de la artritis y otras majaderías, el espíritu es el mismo. ¿Quién no conoce entre nuestros jubilados a algún Ron el Rojo?  "Veterano de piquetes y calabozos, de esquiroles y listas negras, de trifulcas y sentadas, de huelgas legales y paros salvajes".

Luego está Joyce, una exenfermera viuda, muy amable y dulce, que es igualita a mi amiga Luchi: "menuda, risueña y con el pelo completamente blanco", alguien que piensa bien siempre de los demás y a quien todo el mundo quiere.

Ibrahim fue psiquiatra y conoce el alma humana. Recita mentalmente la lista de países del mundo para ejercitar las neuronas, hace cálculos rápidamente y, como algunos amigos míos, es más listo que el hambre y sabe de todo. Como, por ejemplo, dónde está Tombuctú (en Mali).

Elizabeth es la líder y la definen como Marlon Brando en El padrino. Seguro que fue un pez gordo en el mundo del espionaje: tiene carnet para conducir carros de combate, hay gente importante que le debe favores y no acepta un no por respuesta. Ya me veo a Helen Mirren o a Judi Dench en su papel (apunta, Steven)

Se diría que los jubilados estamos de moda y entiendo que el libro, ameno y divertido, haya tenido éxito. Pero ¿igualarlo a Harry Potter? Mis sobrinos-nietos hacen fiestas vestidos de Harry Potter y mis nietos, el último domingo que vinieron a comer aquí, jugaban con varitas mágicas mientras gritaban el hechizo gravitatorio de ¡Wingardium leviosa!. Cuando veamos a los jubilados del mundo jugando a ser Ron, Joyce, Ibrahim o Elizabeth, entonces sí diremos que Richard Osman ha igualado a J. K. Rowling. Hasta ese momento, esperemos por las siguientes entregas y disfrutemos de un buen libro sentados en nuestro sillón favorito en el silencio del atardecer.


lunes, 5 de octubre de 2020

De Taganana a más allá



Hay un pueblito en Tenerife, Taganana, que no todo el mundo conoce. Tal vez porque no está al paso o porque el camino hasta allí no es fácil, pero de hecho yo no lo conocí hasta los 18 años, un día que bajé caminando con un grupo de amigos desde El Bailadero a través de la laurisilva por un sendero que llaman "Las Vueltas de Taganana". Pero sí había oído hablar de él porque en Taganana vivía un monstruo. Se le llamaba también "el Fenómeno de Taganana" y en la calle del Sol, en Santa Cruz, había una foto de él en el escaparate de un fotógrafo. Yo le tenía miedo porque la foto mostraba a un hombre con una cara enorme, sin ojos ni nariz, y solo por eso siempre pensaba que no iría nunca a un sitio así, donde viviera alguien que yo identificaba con los ogros de los cuentos. Cuando crecí y supe que "el monstruo" era realmente un pobre chico, Ambrosio, que padecía el síndrome de Crouzon, cobraba cuando lo retrataban y amaba la música, el miedo entonces se sustituyó por la pena y la compasión, de tal manera que aquella primera vez que bajé a Taganana y me encontré con él a la entrada del pueblo y oí su respiración, no lo miré para que no leyera en mi cara nada, ni pena ni susto, solo respeto. Más tarde en el cine vi otros casos parecidos, "El hombre elefante" o el personaje de Slotz en "Los Goonies" y siempre pensé que era una existencia triste. Pero Ambrosio, al menos, vivía en Taganana, apartado pero tal vez protegido por los que lo conocían y lo querían.

Taganana es un pueblo apartado, suspendido entre el mar y las montañas de Anaga. Su propio nombre guanche parece venir de anagan, que significa "rodeado de montañas". Y, sin embargo, es curioso que cada vez que sale su nombre en la conversación sale también una historia que parece traspasar el pueblo más allá de las montañas y abrirlo al mundo más allá del mar.

La primera historia me la contó mi amiga Conchi, que es historiadora y que me habló de una niña guanche de Taganana que, según las crónicas, fue vendida con 7 años por los castellanos en Valencia en 1494. Sobre esa historia hizo un poema Pedro Guerra Cabrera y su hijo, Pedro Guerra también, le puso música y lo tituló "Cathaysa". Una parte de la canción dice así:

"Se la llevaron los invasores / cuando venía de la montaña / con su carguita de til y brezo / camino abajo por la quebrada. / Se la llevaron de anochecida / a la guanchita de Taganana / y el manojito de leña seca / desbaratado quedó en Anaga. / Juquete de algún marqués, / menina de alguna dama, / sierva de grandes señores / en algún lugar de España. / Cathaysa, la niña guanche, / no verá más Taganana."

La segunda historia, esta con final feliz, salió en una comida de amigos y fue Pablo, un descendiente de tagananeros, el que me habló de su tía Matilde, "muy guapa, rubia y con ojos azules, como muchos del pueblo". Tuvo un hijo del que el padre no quiso saber nada y, por darle un futuro mejor, se marchó y consiguió trabajo de camarera en el Hotel Mencey. Quiso el destino que el Cónsul inglés (Don John terminaron llamándolo los paisanos) se enamorara de ella, se casara y más tarde se llevara a nuestra tagananera y a su hijo para Inglaterra donde se codearon con la élite británica. Ella recibió clases y su vida cambió completamente ¿No les recuerda a Cenicienta o tal vez a Pigmalión? Esas cosas pasan en sitios de cuento como Taganana.

La tercera historia me la dijo Lali, que es bióloga especialista en botánica y sabe de estas cosas. Ella me habló de cuatro chicos que estudiaron juntos en la Universidad Miguel Hernández de Elche y que, enamorados de la tierra fresca y volcánica de Taganana, tuvieron el sueño de crear un vino propio, con personalidad, sobre los viñedos que mirando al Atlántico están allí desde que los portugueses los plantaron en el siglo XVI. Los 4 amigos dieron un salto de alegría cuando en septiembre de 2014 el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, lo probó en un almuerzo en Nueva York y dijo que era de lo mejorcito que había probado. Esto dio un espaldarazo al vino "Táganan" y hoy está puntuado, según la Guía Parker, entre los mejores del mundo.

Taganana es un pueblo perdido pero parece mantener vínculos con el mundo entero. La niña guanche que nunca volvió a ver su pueblo, la esposa del diplomático que tal vez merendó con la reina de Inglaterra y los 4 amigos que han hecho un vino digno de un presidente son ejemplos de que no hay encierros para el hombre y de que cualquier sitio está conectado, lo quiera o no, con el resto.

Un día de estos vuelvo a Taganana.


lunes, 28 de septiembre de 2020

Libérate de los tacones


La verdad es que no me gustan nada los graffitis que hacen en monumentos públicos o en paredes impolutas. ¡Cómo se ve que los grafiteros no han tenido que pintarlas un día de agosto por la mañana! Pero ya tú ves, la otra noche, paseando por la Plaza Santo Domingo de La Laguna, vi esta frase, "Libérate de los tacones", y me hizo gracia porque la sentí como propia. Percibí en esas palabras el inmenso alivio que, después de un día de estar encaramada en unos tacones, se sentía cuando una se los quitaba. ¡Aaah, qué placer!

Estoy convencida de que los tacones son uno de los instrumentos de tortura más refinados que se han hecho contra las mujeres. Porque sabrán que al principio, cuando allá por el siglo XV los inventó algún sádico, tanto los hombres como las mujeres se los ponían, entusiasmados por encontrarse más altos que el vecino y por mirarlos por encima del hombro. A Luis XIV se le ve en los cuadros encontrándose a sí mismo divino con sus tacones. Pero sí, sí, poco duraron ellos con esa moda, con lo comodones que son. Hala, a endilgársela a las mujeres, que aguantan carretas y carretones con tal de encontrarse guapas.

Mi abuela Lola, que era bajita, no salía a la calle sin sus tacones. De hecho, su hermana, que tenía una peletería, todos los años le regalaba dos pares de tacones, unos para verano y otros para invierno. Hasta las zapatillas de estar en casa eran de tacón ¿Cómo lo aguantaba? Yo sé, claro, que hay una fascinación por zapatos y tacones entre muchas mujeres. Muchas de mis amigas no pueden pasear por una calle comercial sin pararse ante cada zapatería. Becky Bloomwood, la protagonista de seis libros de Sophie Kinsella dedicados a una loca por las compras, deja claro ese magnetismo en el siguiente párrafo, cuando va a comprar unas sandalias de tacón alto que la vuelven loca:

... la dependienta ha vuelto con las sandalias. Las miro y el corazón me da un vuelco. ¡Son tan bonitas! Preciosas. Delicadas y de tiras, con una mora en el dedo gordo... En cuanto las veo, me enamoro de ellas. Son un poco caras. Bueno, todo el mundo sabe que con los zapatos no se debe escatimar porque los pies son muy delicados y enseguida se estropean.

Me calzo una con un escalofrío de placer. ¡Son fantásticas! De repente, mis pies parecen más elegantes y mis piernas más largas. Resulta un poco difícil caminar con ellas, pero seguro que es porque el suelo de la tienda es muy resbaladizo.

-¡Me las llevo!- afirmo sonriendo alegremente a la dependienta.

Y no solo eso sino que luego ve unas iguales, " la cosa más exquisita que he visto en mi vida", solo que en vez de una mora lleva una mandarina, y se lleva los dos pares porque "es amor a primera vista".

También pienso que esa petición de libertad -¡Libérate de los tacones!- probablemente no la habrá hecho un hombre, -que no los sufre-, a no ser un Sarkozy o un Aznar, que se los ponen disimulados. Y también pienso que, si pedimos libertad, ¡hay tanto de qué liberarnos!:

De la esclavitud al móvil y a las redes.

De obligaciones y compromisos que no nos aporten nada.

De bulos y manipulaciones.

De los vociferadores.

Del qué dirán.

De modas y postureos.

De miedos sin fundamento.

De celos y rencores.

De creencias no comprobadas.

De enfados enconados...

Así que, aunque puedan decir que el graffiti de la Plaza de Santo Domingo es una petición humilde y superficial, en un mundo que cada vez nos pone más restricciones (y a pesar de mi aversión a las pintadas en lugares inconvenientes), liberarse de los tacones, qué quieren que les diga, me parece una excelente manera de empezar a probar la libertad.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Las chicas guapas son las del Toscal

Callejón Pisaca en el Barrio del Toscal (Foto de Clari Delgado)

 "Dice Marichal, dice Marichal que las chicas guapas son las del Toscal..." ¿Qué chicharrero no conoce esta copla? Lo que no sabemos es quién fue el tal Marichal, aunque no cabe duda de que fue un hombre sabio y clarividente. Lo atestiguamos todas las que somos del barrio del Toscal, uno de los barrios con más solera de Santa Cruz: mis amigas Esther, Mari Carmen, Clari, Marian, Conchi, Pili, Rosaura, Marisa, Chari, Rosi, Iris.. y yo, por supuesto (sin falsa modestia, oye). Hasta la chicharrera que fue Miss Europa, Noelia, era del barrio del Toscal.

Uno de mis amigos (también toscalero y también guapo, aunque Marichal no dijo nada de ellos) me ha propuesto estos días que por qué no me animo y escribo una historia del Toscal del siglo XX "en este momento en que aún quedamos vivos muchos que todavía tenemos los recuerdos en la memoria". Yo le respondí que no tengo memoria, ni ánimos para una tarea así, ni mucho tiempo tampoco. Pero que, si alguien se decide, me parece una idea estupenda y yo sería de las primeras que compraría un libro que me toca el corazón, un libro que recorra la historia de un barrio que empezó siendo marinero y que luego creció mucho hasta convertirse en una parte fundamental de mi Santa Cruz.

Viví, es cierto, hasta los 12 años al filo del barrio, en la calle del Pilar, pero recorría todos los días la calle de la Amargura (con la fábrica de caramelos Yumbo y la Ciudad Juvenil) e iba al Colegio de las Dominicas, a aquel hermoso edificio  entre la calle Santa Rosalía y San Vicente Ferrer. A partir de los 12 nos mudamos a la calle San Miguel, en pleno corazón del barrio. Y no a cualquier sitio, no. Nos mudamos al edificio que mi padre (aparejador y contratista de obras) hizo en los años 50 sobre la antigua Cárcel de mujeres. A mí siempre me emocionaba pensar que en ese lugar, donde hubo tanto llanto, estallaran después tantas risas de niños (éramos 15 niños en un edificio de 4 viviendas) y tanta vida. Fue un tiempo feliz.

Teníamos 5 cines: San Martín, Royal Victoria, Parque Recreativo, El Toscal y el Ideal Cinema, que hacía de cine al aire libre en verano y de cancha de baloncesto el resto del tiempo. Recuerdo una vez ir con mis hermanos y primos al San Martín y no encontrarnos con nadie más, solos en el enorme patio de butacas. Le dijimos entonces entre risas al que nos ponía la película que por nosotros no se molestase en ponernos el NODO, que ya lo habíamos visto.

Comprábamos caramelos, el pan, los cigarrillos y los periódicos en los carritos, sobre todo en el de Doña Nati, que era algo así como el Club del barrio, por donde todo el mundo pasaba, igual que por la terraza frente a la Farmacia de García Morato. Los chicos jugaban en el futbolín de Don Federico (tabú para las chicas) y todos hacíamos vida social en la venta de Doña Juana o en la de Transi, en el estanco Gopi, en Miguel el de las papas, en el Horno de pan de Agustín Cabeza o la Molienda la India, que llenaban las calles de aromas maravillosos por las mañanas. Nos peinábamos nosotras en la Peluquería de Jesús en la calle de la Rosa y los chicos iban a la Barbería My friend, en donde había un cartel que decía "Aquí se viene a hablar de fútbol". De aquellos años nos llegan los sabores de los calamares de Casa Servando frente al Royal,  de los churros de San Martín los domingos, de las primeras pizzas que probamos en la Dulcería Victoria o de los fabulosos helados y horchatas de "La flor de Alicante" y "La alicantina".

¿Y qué me dicen de aquellos personajes tan típicos del barrio? Había un tal Martín que no se perdía un entierro; el Tocatodo, que iba efectivamente tocando todo, farolas, coches, paredes; Julián el Bizco; Quico el tapicero que nos cantaba borracho todos los sábados por la noche, calle Tribulaciones abajo, aquello de "Tengo una debilidad..."; Miguel el Mudo que ganaba todos los años el primer premio de disfraces del Carnaval...

Pero lo mejor de todo era saber que estabas en tu terreno, que conocías a todos y todos te saludaban, que pertenecías a ese mundo. Viví allí hasta los 25 años y no es raro recordar aquellos buenos momentos cada vez que nos encontramos 2 o 3 toscaleros de los de entonces. No escribiré la historia del barrio, pero que vaya mi homenaje hoy en este post a ese tiempo que siempre va conmigo. ¡Qué bueno fue ser adolescente en un barrio y saber, que por ser del Toscal, era además una chica guapa! Y entre nosotros, el tal Marichal ¡qué ojo clínico tenía el tío!

lunes, 14 de septiembre de 2020

Las mareas de septiembre



En Gran Canaria siempre han sido  las mareas del Pino porque el día 8 de septiembre es el día de la Virgen del Pino y parecería que ella es la que está gobernando todo, hasta las aguas. Pero para nosotros, los de la isla de enfrente, siempre se han llamado las mareas de septiembre o mareas vivas. Es el momento del equinoccio de otoño, cuando la luna y el sol se alinean sobre el ecuador y hacen fuerza para que el mar, durante la luna llena y la luna nueva, esté más alborotado que de costumbre. Esta es la época en que a más de uno, por ejemplo, el mar se les ha llevado las cholas que dejaron en la orilla, o las olas los han revolcado hasta la arena dejándolos traspuestos.

Al mismo tiempo en este septiembre nos ha llegado la señal de una enorme onda gravitacional, producto del choque entre dos agujeros negros hace 7.000 millones de años. Es la última ola de otro tipo de mareas vivas, una que ha viajado a la velocidad de la luz a través del espacio cósmico.

Tal vez estas grandes mareas -la del mar y la del universo- sean la manera que tiene la naturaleza de limpiar y renovar, de removerlo todo para empezar de nuevo otro ciclo. En septiembre, después de las grandes olas, los mares terminan por estar en calma, el aire es más limpio, los atardeceres más intensos.

Oficialmente las mareas de septiembre, para la gente en edad escolar y para nosotros, los docentes, que contamos los años por cursos, han sido siempre la señal de que el verano se ha ido, de la despedida de los baños, el salitre en la piel y el relax en el cuerpo. Pero también es la señal del comienzo de curso, de que a partir de este momento hay que ponerse las pilas. Y en este septiembre, tan particular y extraño, eso es lo que están haciendo ahora mis colegas, los profesores: preparar la vuelta a las clases como un reto mayor a otros septiembres. Sé que están preparados, que lo están haciendo con una ilusión tremenda como si fuera la primera vez, que están echando mano de imaginación y creatividad y que se les están ocurriendo ideas estupendas para que las clases resulten un éxito a pesar de los pesares.

Mi post de hoy va de animarlos, a ellos y a los padres, a que sigan adelante, de decirles que pasen de presiones y no hagan mucho caso a titulares alarmantes. Estos días circula un wasap con la noticia de que en Francia se han cerrado 22 colegios nada más empezar. El gobierno francés ha establecido el protocolo de que si hay 3 casos en un colegio, se cierra. Si han cerrado 22 colegios es que hay 66 casos. Pero son 66 casos de 12.600.000 escolares. Visto así, la noticia no asustaría tanto, pero los periódicos tienen que vender.

Así que, mis queridos compañeros docentes, mucho sentido común, mucha ilusión y que septiembre y sus mareas -las marítimas y las cósmicas- traigan optimismo, limpieza de miras y valentía para hacer oídos sordos a las presiones y a los agoreros (que los va a haber). ¡Que tengan todos un feliz curso!

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