lunes, 27 de marzo de 2017

Padre, también, no hay más que uno




Todos los años por el Día del Padre oigo la misma cantinela en blogs, en la radio, en comentarios de amigos...: que si es una fiesta inventada por Galerías Preciados; que, total, a los padres se les quiere todo el año y se les puede homenajear cualquier día; que los "días de" no sirven para nada, sino para que los almacenes se forren... Y a mí, que ustedes saben que me encanta celebrar, se me llenó este año la cachimba y, qué demonios, voy a romper una lanza a favor de los sufridos padres y su Día.

En primer lugar, no es verdad que sea una fiesta inventada por los grandes almacenes. La historia de su creación es muy bonita porque es la de una hija agradecida. Sonora Smart Dodd en 1909 propuso establecer un día de homenaje a los padres porque el suyo, Henry Jackson Smart, un granjero de Spokane en el estado de Washington en Estados Unidos, cuidó, protegió y encaminó, con amor y acierto, a sus seis hijos cuando su mujer murió en el parto del último. La campaña que su hija hizo a favor de un Día especial cuajó y unos años después, en 1924, el presidente Calvin Coolidge lo instituyó oficialmente. Y como las buenas ideas se suelen propagar como virus (hoy decimos que se hacen virales), esta se extendió por el mundo entero. En España, la primera que recogió el testigo fue una maestra, Manuela Vicente Ferrero que, animada por los padres de sus alumnos, decidió en 1948 dedicar el día de San José, padre oficial de Jesús, a hacer una fiesta en homenaje a los padres: sus alumnos hicieron la manualidad correspondiente y hubo misa, actuaciones y teatro. Al año siguiente, también se celebró y, además, se publicó la experiencia en "El Magisterio español" y otras revistas, hubo entrevistas en la radio y de ahí la idea fue extendiéndose hasta hoy. 

Y claro que los comerciantes (no sólo aquí sino en todo el mundo) arrimaron el ascua a su sardina ¡Buenos son ellos para no hacerlo! Más lo hacen en las navidades y no por ello decimos que la Navidad la inventó Galerías Preciados. Pero la idea original no fue nunca, como muchos parecen creer, aumentar los ingresos de los grandes almacenes. Sobre todo porque las maestras (benditas sean) han continuado, desde aquella primera vez, promocionando en los colegios el hacer un regalo-manualidad. Este año a mi hijo le ha regalado mi nieto una taza con su manita pintada en ella. Y todavía mi marido guarda con mimo en su librería un lapicero hecho con una lata de jugo de frutas, pintada de rojo por mi hijo, en donde pone en infantiles letras blancas: "Te quiero, papá". 

En segundo lugar, ya sé que no hace falta que haya un día especial para querer a nuestros padres y que es verdad que podríamos homenajearlos todos los días del año. Pero el caso es que, agobiados por el ajetreo de la existencia, no lo hacemos nunca. Y menos mal. Tampoco es cuestión de estar todos los días de festejo. Pero ¿qué problema hay en que haya un momento para hacerlo? Un día al año no hace daño.

Y en tercer lugar, sí que los "días de" sirven. Todas las fiestas cumplen una función social de cohesión en cualquier comunidad y, en estos tiempos tan críticos, cuanto más se celebre la vida, mejor. Pero además, el Día del Padre cumple una función de justicia: agradecer a los hombres que, aunque no hayan parido, actúan como si lo hubieran hecho. Hombres que no "ayudan" sino que se implican; hombres que tienen la capacidad de amar; hombres que, cuando la mano de un recién nacido se les enrosca en el dedo (ya sé que eso es el reflejo de prensión palmar, pero ¡qué reflejo más emocionante y qué sabia es la naturaleza!), entregan el corazón y la vida a ese niño. A partir de ese momento se desvivirán por él, se levantarán de madrugada para calmar sus pesadillas, lo llevarán más tarde a las fiestas de sus amigos, le explicarán matemáticas antes de un examen, se preocuparán cuando empiece a tuntunear por la vida... ¡Qué menos que un día al año se junten las familias alrededor de un puchero (o, como nosotros este año, de una paella) y brinden por un padre que se ha comportado como tal!
¡Por mi padre, que fue todo bondad, y por el padre de mis hijos, que, el primer día que fuimos padres. me enseñó cómo se plegaba y se ponía a nuestra hija un pañal de los de tela!


lunes, 20 de marzo de 2017

Dios salve a la reina




¿No les ha pasado alguna vez que un tema se les hace recurrente y les aparece cual mosca cojonera por todas partes? Porque eso es lo que me ha pasado a mí esta semana con la reina de Inglaterra. Hace dos semanas les hablaba aquí de su antepasada, la pérfida Isabel I, y ahora me tropiezo con su descendiente Isabel II. Con la aristocracia hemos topado, mira tú por dónde.

Primero fue con la lectura de una novelita deliciosa de Alan Bennet, "Una lectora nada común", sobre las aficiones literarias de una Isabel II, cercana a los 80, que descubre maravillada lo incitante y democrático que puede resultar un libro: "El atractivo, pensó, estaba en su indiferencia (...) A los libros no les importaba quién los leía o si alguien los leía o no. Todos los lectores eran iguales, ella incluida. Los libros no se sometían. (Leer) era un acto anónimo; era compartido; era común. Y ella, que había llevado una vida distinta de la de los demás, descubrió que ansiaba aquello. Allí, entre aquellas páginas y entre aquellas tapas, estaba de incógnito.". Nunca había pensado en esta característica igualitaria de la lectura.

Después, cuando a mí, que no soy nada monárquica, me empezaba a caer estupendamente bien la señora, me vi con mis nietos la película de Spielberg "Mi amigo el gigante", basada en el libro de Roald Dahl "El Gran Gigante Bonachón". En ella el Gigante, que habla con palabras torcidas, defiende ante su amiga, la huerfanita Sofía, las bondades del gasipum, una bebida verde en la que las burbujas van al revés, hacia abajo, provocando "popotraques":
- ¡Los "gingantes" soltamos popotraques continuamente! Eso es señal de "filicidad" ¡Es música para nuestros oídos! No vas a "dicirme" que un poco de popotraqueo es cosa prohibida entre los guisantes humanos...
- Se considera de muy mala educación - contestó Sofía.
- Pero tú bien debes soltar algún popotraque de vez en cuando, ¿no? -quiso saber el GGB.
- Todo el mundo lo hace -reconoció la niña-. Los reyes y las reinas popotraquean, como lo llamáis. Y también los presidentes. Y los artistas de cine. Y los bebés. Pero en mi tierra no es fino hablar de eso. 
En la película Sofía y el Gigante van a ver a la reina Isabel II de Inglaterra y él le da a probar el gasipum con lo cual la reina "popotraquea" (un gas verde por detrás que la levanta ligeramente de la silla). Me pegaba que esto era un añadido gamberro de Spielberg y, efectivamente, me fui a la fuente original y Dahl en su libro no menciona para nada esa falta de respeto a su real Majestad.

Le comentaba esto a mi amigo Álvaro y entonces me contó (y me envió después) una anécdota que le había leído a Alfonso Ussía en su libro "El humor en la alta política" sobre un encuentro entre la reina de Inglaterra y el presidente portugués Ramalho Eanes:
"Después del frío, pero cordial saludo, y tras pasar revista a los batallones de la Guardia Real, los lanceros y los Dragones de la Reina, ambos mandatarios abandonaron la Estación Victoria en la carroza de Su Majestad. La carroza marchaba tirada por ocho espectaculares caballos negros, uno de los cuales, al tomar una curva en Trafalgar Square, se fue de sus partes traseras y se tiró un pedo tan grande como la Abadía de Westminster. El hedor, dulzón y perverso del aire escapado del caballo, entró de lleno en la carroza real. La Reina, como anfitriona, se disculpó. El Presidente Eanes aceptó las disculpas: "No se preocupe vuestra majestad, porque yo creía que había sido un caballo". 

Esta reina, a ratos imaginada y a ratos real, con la que se puede hablar hasta de pedos (aunque no sea fino, como dice Sofía), casa muy poco con la inflexible y protocolaria de la que habla, en una entrevista que también leí esta semana, el piloto de Formula 1 Lewis Hamilton, cuando la Reina lo invitó a un almuerzo: 
"Estaba emocionado y me puse a hablar con ella, pero me dijo, señalando a mi izquierda: "Usted hable primero con quien tiene sentado a su otro lado y luego yo me volveré hacia usted y entonces conversaremos".

Y todo esto me deja pensando en esa dama que debía estar jubilada como yo, conocida por todos, con su sombrero, su bolso y su peinado siempre igual, una de las más ricas del mundo, llena de títulos como para empapelar un palacio; una mujer que no pensó en ser reina, pero que ahí la tienes, la más longeva, viviendo una vida que no ha elegido y que otros han organizado para ella, milimetrada, encorsetada en absurdos protocolos, sin poderse echar una cana al aire, ni siquiera una carcajada ¿Ustedes la han visto alguna vez pasando más allá de una sonrisa? ¡Qué soledad, qué aburrimiento, qué harta debe de sentirse a veces, qué vida tan terrible debe ser aquella en la que rascarte la nariz puede ser noticia en las páginas de los periódicos! Si ahora se convocaran oposiciones a reina, no me presentaba ni loca que yo estuviera.

Ahora entiendo por qué el himno de Inglaterra se llama "Dios salve a la reina" ¡La pobre!

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Aplatanados, nosotros?




Así nos llaman a los canarios el resto de España y parte del extranjero: aplatanados (que, según el diccionario, es algo así como aletargados o amodorrados) ¿Lo somos realmente?

Es verdad que hay un ritmo más pausado en nuestra tierra que en la península. Por ejemplo, ante un semáforo en verde, no pitamos desesperadamente, como si se nos estuviera quemando el potaje, al coche que va delante, Tampoco se nos ve a todo meter caminando por las calles. Pero ¿amodorrados? ¡Como no sea a la hora de la siesta!

Pero así nos ven. Y todavía me parece más curioso, en este mundo tan globalizado y publicitado, cómo nos ven los que nunca han venido aquí y que casi lo único que saben de Canarias es que son unas islas en medio del Atlántico, cerca de África. Hace algunos años, conocí a unos extranjeros que me confesaron que su idea inicial era que los pueblos de nuestra isla se componían de cabañas a la orilla de ríos, desde los que los cocodrilos salían a pasear a todas horas (yo les dije que eso era totalmente falso, que aquí los cocodrilos sólo salen a pasear de 5 a 6). Y hace poco, no muy lejos de esto, los consuegros italianos de unos amigos, cuando vinieron a conocerlos, se quedaron tan maravillados de que esta fuera una isla civilizada, limpia y tranquila que le dijeron a su hija lo contrario que hasta ese momento habían defendido: "Si te decimos que vuelvas a Italia, no nos hagas caso".

Esta manera de vernos -aplatanados o habitantes del África profunda- es, por supuesto, un estereotipo, un acuerdo común sobre nuestros rasgos predominantes como grupo. Y todos tenemos estereotipos. Ayer mismo una amiga que veía el partido de baloncesto Real Madrid-Barcelona, hablando del cordobés Felipe Reyes, comentaba: "Ay, qué sosito es el rey de los rebotes. Cualquiera dice que es andaluz...". Los andaluces tienen que ser graciosos y ocurrentes; los ingleses, flemáticos; los catalanes, más agarrados que clavo en pared; los latinos, apasionados; los gallegos, escurridizos (¡hombre, como Rajoy!)...

El problema de los estereotipos (aparte de que nos engañan respecto a las personas concretas ¡Yo no soy aplatanada!) es que pueden justificar los prejuicios sociales, actitudes negativas hacia determinados grupos, que acompañan a todos los conflictos. A cada rato oigo soflamas que dicen que los de izquierdas son antiespañoles o que los de derechas son intolerantes. De ahí al "y tú más" o al "ahora no me 'ajunto' contigo" va un paso. Y, cuando menos te lo esperes, armamos el pifostio ¡Qué necesidad! (Bueno, en Canarias tal vez no, porque, como al parecer somos aplatanados, nos cuesta arrancar...).

Por eso me gustó tanto lo que me contó hace unos días mi amiga Merche que vio en Internet. Un niño, de 5 años, es uña y carne de otro de su clase que es negro. Cuando pelaron al negrito casi al rape, su amigo no paró de darle la lata a sus padres para que también lo pelaran igual. Cuando le preguntaron el porqué, dijo: "Porque así estaríamos iguales y nos vamos a reír un montón cuando nos confundan". 

¡Ay, la mirada limpia de la infancia, que sabe ir a lo esencial! ¿En qué triste momento de nuestra vida la perdemos y encontramos distintos a los demás? Hasta pueblos que llamamos primitivos, como los lacandones de México o los Inuvialuit de Canadá se consideran a sí mismos "los verdaderos hombres". Al final, cada grupo humano mira con condescendencia al otro (los de La Laguna a los de Santa Cruz, los de Tenerife a los de Las Palmas, los canarios a los peninsulares...) y todos se consideran los reyes del mambo. Aunque por parte canaria, eso sí, unos reyes del mambo ligeramente aplatanados...

Pero es lo que hay. Así nos ven, así nos vemos.





lunes, 6 de marzo de 2017

La venganza es un plato que se sirve frío




¡Ahora lo entiendo todo! He podido hallar el origen primigenio, la causa última de un hecho que esta semana me había dejado perpleja, confusa y ¿por qué no decirlo? hasta un poco cabreada.

Me explico. Fuimos hace unos días mi marido y yo al sur  y, desde el coche, me empecé a dar cuenta, estupefacta, de la cantidad de carteles en inglés que salpicaban los márgenes de la carretera: "Siam Park. The water kingdom", "Welcome to Paradise", "Siam Mall Shopping Center", "Arona Britain", "Punt blue", "Outlet Galeón", "Trébol opened on Sunday", "Volcano Teide experiences", "Marrero House Kitchens", "Intersport, the biggest sport store", "Burguer Bar", "Sun Bean", "Tenerife Pearl"... ¡Señor! Creo que el único letrero que vi en español era el del chino "Bazar Panda. Baratísimo". Fíjense, si no, cuando vayan ¡Si hasta la salida de la autopista en algunos de ellos estaba señalada con un "Exit 72"! ¡Y la misma Playa de la Arena, con su arena negra, sus olas caprichosas y su "Casa Pancho" a la derecha, tenía un cartelito de "Beach", por si hubiera alguna duda!

Supongo que los cartelones llevaban bastante tiempo ahí, pero no me había fijado ¿A qué venía esa profusión de nombres ingleses? ¿No es el español uno de los idiomas más hablados del mundo? Y yendo más allá, ¿estaba yo realmente en España? Vamos, que si no fuera por el sol radiante, el cielo azul y el mar lamiendo una costa más bien seca y amarillenta, me hubiera sentido transportada a los verdes campos de Inglaterra.

Quiso la casualidad de que esta misma semana leyera un libro y viera una serie de televisión que me abrieron los ojos y me señalaron el camino de la verdad, la verdadera causa de esta english explosion. El libro fue "Menudas Quijostorias. Así era la España de Cervantes" de Nieves Concostrina; y la serie fue "Reinas", producida y dirigida por José Luis Moreno. Las dos me refrescaron la memoria sobre la historia de amor de Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, mal llamada así porque se benefició a unos cuantos, incluido al propio Felipe. Eso sí, virgen no, pero vengativa lo era un montón, y llevó fatal que Felipe le diera calabazas por aquello de ¿cómo el monarca más católico del mundo podía matrimoniar con la reina más protestante de todas? Ay, con la iglesia hemos topado, Sancho...

Tan mal lo llevó la susodicha que, desde entonces, no paró de hacerle putaditas a él y de paso a los españoles: que si mando piratas para que a Cádiz no llegue ni una sola nave con las riquezas de América que sostienen económicamente el Imperio español; que si financio a franceses y a flamencos para que mantengan una guerra por aquí y otra por allá contra España; que si me cargo a todo católico que se me ponga a tiro, aunque sea mi prima María Estuardo...

¡Y entonces, como San Pablo cuando se cae del caballo, yo también vi la luz! ¡Toda esta dominación sutil del inglés sobre el español era la venganza a través de los siglos del espíritu de la Reina Isabel! Lo que no habían podido los ejércitos, Almirante Nelson incluido, lo iba a conseguir el idioma ¡Spain inglesa! Las señales están claras, si las buscas. El lunes, que llevamos a nuestros nietos mayores a cenar, les pregunté no sé ni cuántas veces. "¿Y eso qué significa?". La mitad de las palabras que usaban eran en inglés. Nos hablaban de booktubers, challenge, bottle flip, cover, gamers, outfits... La próxima vez me llevo un diccionario.

La venganza es un plato que se sirve frío (en este caso, helado, después de tanto tiempo esperando por ella) y no hay nada peor que una mujer despechada ¡Y menuda era la Reina de la Pérfida Albión! Tarde o temprano España será inglesa. Y si no, al tiempo. Se empieza infiltrando el idioma y se acaba con todo el mundo bebiendo té a las 5 y conduciendo al revés. Y entonces, cuando llegue ese momento, (jojojojo, risas perversas desde los celajes) ¡la venganza  habrá culminado!


lunes, 27 de febrero de 2017

¡Adelante, mis valientes!




Cuando éramos chicas y vimos "Un rayo de luz" de Marisol quedándonos traspuestas de la emoción (teníamos su misma edad), la escena que más nos gustaba era cuando ella y sus amigos armaban una guerra contra otros niños y ella cantaba lo de "¡Adelante, mis valientes! ¡Con la espada! ¡Con los dientes!...".

La memoria me trae ese grito aguerrido de la niñez, ahora que quiero dar ánimos a algunas personas que quiero y que lo están pasando mal por todas esas majaderías con que la vida nos maltrata a veces ¡Adelante, mis valientes! me gustaría decirles. Ante los embates de la fortuna se pueden tomar dos caminos: o nos acoquinamos, o tiramos p'alante con la espada y con los dientes. Shakespeare lo dijo más fino: "¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia?". Y el siguiente cuento lo ilustra muy bien:
"Una vez dos ranas cayeron juntas en un balde lleno de nata. Una de ellas se desesperó y gritaba: "¡Esto es el fin! ¡No hay salvación! ¡Nos vamos a morir!". Pero la segunda rana dijo: "Pues yo no pienso morirme, porque no me estaré quieta y me moveré y me moveré como una loca". Al día siguiente, la primera se había ahogado y la segunda estaba sentada sobre un bloque de mantequilla".

He conocido gente que tira la toalla enseguida, personas que son como la primera rana. O como Marty McFly, el protagonista de "Regreso al futuro", que, cuando le aconsejan que mande su música a una discográfica, dice: "¿Y si ven la cinta y no les gusta? ¿Y si dicen que no es buena? ¿Y si dicen "Lárgate, chico, tú no tienes futuro? No sería capaz de soportar un fracaso como ese". El miedo puede ser un buen paralizante.

Pero también he conocido a gente luchadora que no se limita a esperar que una mano del cielo los salve. Como mi amigo Pepe que vive en el campo, cerca de mi casa. Una buena mañana salió de su casa y caminando por unas huertas vecinas cayó dentro de un pozo de unos 3 metros de profundidad y de un metro por un metro de ancho. No tenía móvil, nadie sabía a dónde había ido y nadie lo oiría si se ponía a gritar. Al final, salió apoyándose en los muros sobre la espalda y las piernas. Le costó muchísimo, y yo creo que yo no lo podría hacer, dadas mis dotes gimnásticas, pero él no se rindió y llegó hasta arriba.

La actitud lo es todo. No podemos manejar lo que nos pasa pero sí cómo te enfrentas a ello. En nuestras manos está cruzarnos de brazos o poner de nuestra parte contra viento y marea. Los verdaderos héroes no son los que ganan coronas de laurel sino los que cuando caen a un  pozo saben salir ¡Adelante, mis valientes!

lunes, 20 de febrero de 2017

No la llamen posverdad cuando quieren decir trola




¡Que levante la mano quien no haya contado una trola en toda su vida! Trolas para que no te castigaran, trolas por presumir y no ser menos, trolas piadosas de las de "¡qué bien te quedó la coliflor!", trolas de cortesía como no llamar gorda a la vecina, trolas de olvidar historias y "adornarlas", trolas por tradición (¿no han dicho alguna vez que el ratoncito Pérez es el que se lleva los dientes de leche?)... En los tiempos de antes lo asumíamos, nos íbamos a confesar, rezábamos los tres padrenuestros de penitencia y santas pascuas.

Ahora no. Ahora antes muertos que confesar mentir, y, para más inri, se disfrazan las trolas llamándolas posverdades. La gente se pone de lo más fino y define "posverdad" como el fenómeno que se produce cuando importa menos cómo son las cosas objetivamente que lo que tú crees de ellas. Como si eso no fuera una trola. Imaginen la siguiente conversación en un serial de esos eternos que te ponen después de comer:
- ¡Tú no me quieres, Segismundo Manuel! ¡Me has mentido como un bellaco!
-¡No! ¡No es mentira, Felicia Horacia! ¡Te lo juro! ¡Sólo es una posverdad!

Pero llámenlo como lo llamen, desde que el mundo es mundo, y hoy más que nunca, todo el mundo miente. La verdad está sobrevalorada, como diría Trump.

Mienten los políticos, prometiendo el oro y el moro, haciendo afirmaciones peregrinas (¿contabilidad extracontable?) o endilgando consignas populistas dándole a la gente lo que quiere creer.

Miente la Historia cuando se fabrica a la medida para dar lustre o justificación al presente. Mi marido, cuando estudió en su niñez en Venezuela, se quedó traspuesto cuando comprobó que la historia tenía 2 versiones y que los buenos de aquí eran los malos de allá.

Mienten las fotografías que ahora no son necesariamente testimonios de la realidad. Con photoshop, fuera kilos de más o compañías indeseables. Se borran (como hicieron los soviéticos con las fotos de Trotski) y a otra cosa, mariposa.

Mienten los periodistas cuando no cuentan toda la verdad, cuando destacan una parte y olvidan otra, cuando la sacan de contexto. La periodista Ana Morgade hablaba en noviembre de un titular que vio en una entrevista a un político: "No me considero un tigre para el amor". Como le extrañó en un hombre tan serio tal afirmación, buscó en el escrito y resultó ser una pregunta final del entrevistador ("¿Se considera usted un tigre para el amor?"), a lo que el buen señor, flipando seguramente, contestó: "No". Nunca dejes que la verdad arruine una buena historia (o un buen titular) parece ser el lema.

Mienten los horóscopos que dicen, con toda la jeta, que esta semana conocerás a un guapo mozo que será el amor de tu vida (y ahora ¿cómo se lo explico a mi marido, por dios?)

Mienten los tuits, los wasaps, los comunicados de Facebook, cuando te dan noticias impactantes, como que el cáncer se cura con limones, o batallitas falsas buscando ser virales, como que Podemos quiere suprimir las procesiones de Semana Santa (120.000 interacciones en Facebook) o que el Arzobispo de Toledo califica a zurdos y pelirrojos como criaturas de Satán (539.000 interacciones).

Mienten los chinos, que dan gato por liebre llenando el mundo de copias más falsas que un bolso de Louis Vuitton en un top manta. Hasta el pueblecito austriaco de Hallsttat lo han imitado tal cual allá en la China, los muy copiones.

Mienten hasta las máquinas, como han comprobado dolorosamente los ajedrecistas que hace un par de semanas se enfrentaron al robot "Libratus", que los desplumó marcándose unos faroles tremendos que ya quisiera Kaspárov.

Por mentir, miente incluso la Naturaleza. Y es que ¿qué se puede esperar de un mundo en el que los amaneceres y atardeceres, la salida y la puesta del sol, con toda su parafernalia de luces y tecnicolor, son mentira?

Por eso, llámenlo imitación, trola, embuste, bola ("levanta la pata que pasa la bola" decíamos de chicos al que mentía), mentira, patraña, cuento chino, invento, infundio, engaño, farol, impostura, ficción... Pero no utilicen la palabra "verdad", poniéndole de prefijo ese "pos" verrugoso que la envilece y la disfraza. Incluso aunque la pura verdad (si es que existe) sea infinitamente más sosa que una historia de mentiras maravillosas.


lunes, 13 de febrero de 2017

Quedarse para vestir santos




Leí hace poco "Patricia Brent, solterona" de Herbert George Jenkins, una novela al más puro estilo de aquellas de humor británico de principios del siglo XX, en el que militaron autores como Jerome K. Jerome o P.G. Wodehouse. Mi amiga Mónica, a la que le encantan tanto como a mí, las llama novelas de "té y simpatía".

La protagonista de la novela, Patricia Brent, es una mujer de 24 años, inteligente, guapa, satisfecha de su vida, que se la gana muy bien como secretaria de un político durante la primera Guerra Mundial. Sin embargo, para las damas mayores de la casa de huéspedes en la que vive, merece lástima porque, la pobre, es ya una solterona:
- Nadie viene a recogerla nunca para salir y jamás va a ninguna parte y, sin embargo, no tendrá más de veintisiete años, y realmente no es fea. (...)
-Pues vaya, me siento muy apenada por ella y su soledad. Estoy segura de que se sentiría mucho más feliz si tuviera un agradable joven de su clase que la llevara aquí y allá.

¡Una solterona! ¡Una de las peores lacras con que se calificaba a una persona! Nuestra sociedad, en su afán por perpetuarse, ha institucionalizado el matrimonio y durante todos los siglos en que la mujer, como decía Quino, no ha jugado un papel en la historia sino más bien un trapo, ese ha sido su destino ineludible. Ya lo vio bien Jane Austen, cuyas novelas dejaban claro que, si no te casabas, no eras nadie, un simple ser viviendo de la caridad de los parientes y cuyo cometido principal, a falta de otros, era ayudar en la iglesia. Lo que en nuestro lenguaje popular se llama "quedarse para vestir santos".

Esto hizo, claro, que se educara a la mujer para la busca y captura de marido. La "temporada" de la aristocracia londinense y las fiestas de los pueblos tenían el mismo objetivo en el fondo: que las familias echasen un vistazo al "mercado" matrimonial y se concertasen enlaces convenientes. Los que no llegaban a ese summun eran los solterones. Pero mientras al solterón se le consideraba más un "soltero de oro",  a quien nadie había conseguido pescar, la solterona era la que había fracasado en el intento. Incluso ellas mismas se veían así. Recuerdo a una compañera del Colegio Mayor, que todavía en los años 60 nos decía que prefería mil veces casarse sin estar enamorada que quedarse soltera.

Por supuesto, hubo excepciones gloriosas. Cuando yo era pequeña me gustaba mucho Chanita, una pariente lejana que se resistió siempre a pasar por el aro. Novios, sí; salir a bailar con ellos, también; tomarse aperitivos juntos en la plaza del pueblo viendo pasar el mundo, por supuesto; algún escarceo amoroso, tal vez... Pero casarse, ni hablar. Recuerdo a mi tía Agustina echándoselo en cara y preguntándole que qué le veía de malo a Fulanito, que era un viudo con posibles, o a Menganito, un indiano que había venido forrado de Venezuela. Ella siempre respondía: "¿Y qué tiene de malo divertirse un poco?".

Menos mal que a mediados del siglo XX en Europa cambió el panorama para la mujer. Las guerras y la incorporación de la mujer a la Universidad y a los puestos de trabajo convencieron a -casi- todos de que no era necesario tener una pareja para realizarse en la vida. Como decía Jardiel, el sexo débil hizo gimnasia.

Ahora tengo amigas que han permanecido solteras por decisión propia. Son mujeres valientes e independientes que saben arrostrar los problemas inevitables de nuestra existencia con un coraje que les envidio. Son  las Chanitas de hoy, las modernas "solteras de oro". Y viven, dentro de lo que cabe en este mundo, felices. ¿Y saben qué? Que a lo mejor han desvestido a un humano, no digo que no. Pero de lo que estoy segura es de que nunca han vestido a ningún santo.

Para los que quieran saber más de la novela "Patricia Brent, solterona" les hago un enlace aquí, a la reseña que Mónica Gutiérrez ha hecho en su blog "Serendipia".