lunes, 2 de agosto de 2021

La sal de la vida



Cuando yo era chica, me acuerdo de leer un cuento, creo que era de los Hermanos Grimm, en el que un rey que tenía tres hijas (siempre tienen tres hijas o tres hijos en los cuentos) les pedía que lo definieran (mejor, que lo adularan). Las dos mayores lo compararon con el sol o con el oro, pero la más pequeña, más original, lo comparó con la sal. Al rey la comparación le sentó como un tiro y desterró a su hija con un saco de sal atado a la espalda. Es curioso que me acuerde de este cuento, pero no de cómo terminaba, aunque puedo imaginar hasta 10 finales distintos (en los que el rey, ese padre tan cruel y ególatra, recibe su merecido). Pero sé que lo que el cuento quería destacar era la importancia de la sal en nuestra vida.

Y de eso estuve leyendo en un libro ("El Jardín de la sal" de Cipriano Marín y Alberto Luengo) que mi amiga Lali, siempre tan curiosa con las cosas de la naturaleza, me prestó hace poco. Hay partes más técnicas de las que no me enteré mucho,  pero los primeros capítulos cuentan una historia antigua que explica mejor la respuesta de la hija del rey: la sal fue desde siempre sinónimo de riqueza y poder, un producto codiciado por reinos e imperios y sobre el que se imponían grandes tributos. La sal abrió tantas rutas en el mundo antiguo como lo hicieron la seda y el estaño, caminos que atravesaron continentes enteros y comunicaron distintas culturas. Su rastro se descubre en los nombres de algunas ciudades y lugares: Salinas, Salzburgo, Hallstaff... son pruebas de la aventura que pueblos antiguos iniciaron en busca de yacimientos de sal. De la palabra sal viene nuestro salario, en recuerdo del pago que se le hacía a los soldados romanos.

Y el caso es que la sal está ahí tirada en el suelo (de ahí el desprecio del ignorante rey del cuento). Cuando mi hermana, que tiene casa en La Graciosa, viene de allí, siempre le digo que me traiga una bolsita de sal. Los de la isla la suelen recoger desde siempre en los charcos junto a El Jameíto, al pie de Montaña Bermeja. Allí está limpia, blanca y resplandeciente bajo el sol, el regalo divino de los antiguos, el quinto elemento para los alquimistas. Y para los gracioseros y para nosotros, el fundamento de nuestra alimentación ¿Qué sería de las jareas, de las sardinas, de las papas arrugadas sin ella? ¿Qué hubiera sido de nuestros ancestros en aquellos tiempos sin nevera si no hubieran echado mano de ese conservante universal?

Por eso tal vez se llama salero o sal a lo que da sentido y aliciente a la vida. Mi padre recitaba una poesía de Antonio Cavestany sobre el Parque de María Luisa en Sevilla en el que nombraba al Guadalquivir como el río de la gracia y el salero, / que en eso da lecciones hasta al mar / porque el mar es más grande, / tiene más agua... / Pero menos sal.

Igual que los alimentos no saben a nada sin ese fisco de sal que el mar nos regala, la vida también sería más sosa sin el salero, la gracia, el humor, la chispa. Si repasamos un día cualquiera, hoy domingo, por ejemplo, en que escribo, encontramos noticias malas (guerras, dictaduras, crispación, dudas con la 5ª ola....), pero también hay buenas: la recuperación económica, la buena marcha de la vacunación o la alegría de los atletas olímpicos que llegan más rápido, más alto, más fuerte. Y en el plano personal, la mermelada de duraznos que hice esta mañana, la comida con mi hija y mis nietos o el primer bubango cultivado por mi sobrino Carlos (Ha nacido sano y con 5,7 kg., nos dijo). Son las chispas, el fisco  de sal que hace sabrosa la vida. Sí, la sal (real o metafórica) es un tesoro y la hija del rey no andaba nada desencaminada.

lunes, 26 de julio de 2021

La mesa del comedor




Leí hace poco un artículo de El Comidista en la que se hacía la pregunta de si la mesa del comedor es hoy una especie en peligro de extinción. ¿Es un lujo excéntrico propio de ricos? Después de todo, las casas son ahora más pequeñas, muchas familias comen ante el televisor con una bandeja en las rodillas o no comen juntos con lo cual les basta una mesa pequeña en la cocina. ¿No sería mejor que desapareciera entonces de nuestros hogares como trasto inútil que es? ¿Para qué sirve tener una mesa de comedor que no se usa nunca? La japonesa Marie Kondo ya la habría vendido o tirado a la basura.

La mesa de comedor tiene una larga historia desde que en las casas más ricas de las colonias griegas del Mediterráneo se empezó a usar el andron. Después, en la Edad Media también era un símbolo de clase alta y generalmente eran tablones montados en caballetes que se podían poner en distintos lugares o hacer más grandes o más chicos. Todavía decimos, como herencia de esa época, lo de poner y quitar la mesa, porque verdaderamente entonces eran de quita y pon. En el siglo XVIII, tan racionales ellos, se extiende la costumbre de tener un comedor, un lujo, claro, pero que se populariza rápidamente hasta llegar a nosotros. El comedor es un logro, igual que la luz o el agua en las casas.

Casi todos los de mi generación tuvimos un comedor en nuestras casas a pesar de que no fueran casas grandes. En la calle del Pilar, mi primera casa recordada, había en él una mesa de tea, cuadrada, extensible y pesada, alrededor de la cual desayunábamos, comíamos y cenábamos toda mi familia, la cercana y la agregada, porque siempre había gente de más.  Todavía conservamos mis hermanos y yo sillas de ese comedor, que nos recuerdan tantos ratos de conversación y de degustación de los platos de mi madre y de mi abuela. El comedor de la casa de San Miguel lo heredó mi hermano y sigue vivo y útil, cumpliendo con su función. Ninguno de nosotros pensó nunca prescindir de él. En mi casa de ahora el comedor está a continuación del salón pero en él no hay ni ha habido nunca televisión. En el comedor se alega, se cuentan batallitas y se come, que es para lo que está. ¿Cómo desechar eso?

"El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien (los que me conocen saben que es uno de mis libros preferidos) es una historia que habla de una misión arriesgada y peligrosa que tienen que cumplir los héroes para llegar a buen fin. Tolkien dispone la historia de tal manera que las aventuras oscuras se alternan con episodios de descanso y gratificación. Pues bien, en estos capítulos aparece como figura central una mesa de comedor que los espera y los reconforta. Primero con los elfos caminantes: ... había habido pan, más sabroso que una buena hogaza blanca para un muerto de hambre, y frutas tan dulces como bayas silvestres y más perfumadas que las frutas cultivadas de las huertas; y había tomado una bebida fragante, fresca como una fuente clara, dorada como una tarde de verano. Después en casa del granjero Maggot, sirvieron una cena generosa en la mesa grande (...) Había cerveza en abundancia y una fuente de setas y tocino, además de otras muchas suculentas viandas caseras. En la casa de Tom Bombadil, este pregunta: ¿Está la mesa puesta? Veo crema amarilla y panales, y pan blanco y manteca, leche, queso, hierbas verdes y cerezas maduras. ¿Alcanza para todos? ¿Está la cena lista?. En Bree, en la posada del señor Mantecona, en un abrir y cerrar de ojos, tendieron la mesa. Había sopa caliente, carne fría, una tarta de moras, pan fresco, mantequilla, y medio queso bien estacionado: una buena comida sencilla, tan buena como cualquiera de La Comarca. Y en Rivendel, en la Casa de Elrond, la comida era todo lo que un estómago hambriento podría desear. Los momentos en la mesa eran como gotas de luz y calor en medio de la oscuridad y el frío.

¿Por qué tendríamos nosotros que prescindir de ellos? ¿Por qué tenemos que ir empequeñeciendo nuestras vidas, no invitando a los amigos, perdiéndonos tantos y tantos ratos de buena conversación y de buen comer y beber? La mesa del comedor -y todo lo que conlleva- es uno de esos placeres que la vida nos da sin que le prestemos atención y que, sin embargo, encierra el germen del buen vivir. Que siga siendo por muchos años el centro de la casa.

lunes, 19 de julio de 2021

Jugar al TEA


Biblioteca del TEA

Tengo por seguro que el inventor más genial de todos los tiempos fue Johannes Gutenberg, cuando en su Maguncia natal inventó la imprenta de tipos móviles y puso el libro y la cultura al alcance de todos nosotros. Imagínense el panorama anterior (Umberto Eco lo retrató perfectamente en "El nombre de la rosa"): monjes en conventos y abadías copiando ¡a mano y con velas! los libros antiguos y recopiando cuando el material se deterioraba, que era a menudo. Allí se dejaban la vista y la salud en el helado scriptorium, dibujando letras góticas, muchos sin saber leer y escribir, iluminando los grabados, salvando, en realidad, la literatura de su desaparición. Todo eso justificaba a lo mejor el que los libros estaban encerrados en los conventos, lejos del pueblo, que era una buena manera de controlar a la sociedad.

Y entonces llegó él ¿Cómo se le pudo ocurrir la idea? Aunque se sabe poco de Gutenberg, sí se conoce que inventó la imprenta adaptando las prensas que se usaban para exprimir las uvas y elaborar el vino. ¡Vino y libros, qué estupendo maridaje! Pasó apuros y se arruinó en la empresa, pero nadie le puede quitar la gloria de ser el autor del mejor invento del mundo.

Por supuesto, como siempre que aparece algo nuevo, tuvo detractores que, por si acaso, se oponían (Mopongo los llamo yo). En aquel siglo XV, los monjes eruditos, pensando a lo mejor que se les acababa el chollo, pusieron el grito en el cielo proclamando que la imprenta era un invento de Satanás, que así se degradaría el saber, que, fíjate tú, en lugar de utilizar la lengua culta, el latín, se usaría la lengua vulgar, hay que ver; y que ahora, en vez de sentarse todos juntos a escuchar historias, el libro, que se lee en soledad, separaría a las personas, fomentaría las reflexiones particulares (con lo peligroso que es pensar) y acabaría con el mundo tal y como lo conocían.

Y en parte tenían razón. Con la imprenta se podía difundir todo, no solo la Biblia como defendía el propio Gutenberg en su marketing, sino también los discursos, los panfletos, las historias, el pensamiento extendiéndose y pululando entre las gentes y haciendo posible la aparición del hombre moderno y crítico , que defiende su opinión porque ahora tiene a su alcance las de todos los demás.

Los libros son ahora parte tan fundamental de nuestras vidas que estas no se pueden concebir sin ellos. Somos lo que somos gracias a los libros. Por eso, me gustó tanto que mis nietos pequeños -6 y 7 años- me dijeran hace unos días que iban a jugar al TEA. ¿Al TEA?, les dije. Julia me miró con la mirada condescendiente de los niños ante la ignorancia de los adultos: Pero, Aba, ¿es que no sabes qué es el TEA?. Claro que lo sabía, he ido a charlas y presentaciones de libros al Tenerife Espacio de las Artes, lo que no sabía es que ellos lo conocían. Sí, le dije, pero ¿cómo se juega a eso?.  Y ellos me explicaron (con la paciencia del que le explica a un tonto) que el TEA tiene una Biblioteca preciosa, que mamá les había prometido que un día los llevaría a leer allí y que, mientras tanto, ellos de vez en cuando jugaban al TEA. Y entonces, se aposentaron en su cama cada uno, tal cual el Escriba sentado, reunieron libros alrededor y ¡hala! a leer. Y ante mi asombro, estuvieron una hora en silencio leyendo. Ella se leyó 2 capítulos de "Harry Potter y la piedra filosofal" de J.K.Rowling, y él unos cuantos libros de Teo.

¿Entienden mi admiración por Gutenberg? Que haya puesto en nuestras manos un invento que incrementa la imaginación y el vocabulario, que nos hace más reflexivos y críticos, que haya hecho que florezcan por doquier bibliotecas y librerías, que haya propiciado descubrimientos, estudios, investigaciones, sueños... todo eso y mucho más es muy, muy importante. Pero que mis nietitos se estén una hora leyendo libros en silencio es un milagro que solo el genio más genial del mundo puede lograr ¿Cómo no se han levantado monumentos en cada esquina a este hombre?

lunes, 12 de julio de 2021

¡Viva la rutina!


Isla de La Palma vista desde La Gomera.

La palabra rutina viene de ruta, y es un diminutivo cariñoso que alude a que buscamos siempre un camino en la vida en el que nos encontremos cómodos entre lo conocido y lo previsible. La rutina nos da un colchón que nos protege de las turbulencias de esta existencia nuestra. En abril del año pasado, mientras pasábamos un confinamiento inesperado y repentino, leí dos artículos de mis admirados Javier Marías e Irene Vallejo precisamente sobre la rutina, y, más que verla repetitiva y aburrida, en ellos latía la añoranza de la bendita rutina, de los viejos tiempos en los que no te asustaban con un cambio de costumbres y vivías con el placer extraño de lo conocido. 

Javier Marías recordaba a Conrad y su rutina del barco (en "El espejo del mar") que salva a los marinos de pensamientos sombríos: saber lo que tiene que hacer cada uno en cada jornada, aunque siempre sea lo mismo. Irene Vallejo hablaba de Aquiles, que pudo elegir una vida común y ordinaria que sería devorada por el hambriento olvido o una muerte gloriosa en Troya. Eligió lo segundo y en "La Odisea" Ulises se lo encuentra en el reino de los muertos y le dice: Allá arriba todos honran tu memoria. Y Aquiles, envidiando el transcurrir rutinario de los días, contesta: Preferiría ser labrador en tierra ajena que ser el soberano de los muertos.

Nos gusta vivir en lo cotidiano, conociendo lo que podemos esperar de lo que nos rodea, las horas fijas, la tarea diaria. Y eso que toda la vida nos han vendido la aventura, los hechos que asombran, el milagro. Por ello tienen tanta fama las vacaciones con viajes a tierras desconocidas, de los que nos hemos visto privados estos dos años. Nos íbamos, decíamos, a airearnos, a la disrutina, si tal palabra existiera.

La semana pasada también yo me fui, No muy lejos, la verdad, que no está el horno para bollos. No publiqué el post acostumbrado de los lunes ni el de recuerdo de hace 4 años de los viernes, y durante 5 días hice otra vida en otra isla. Desconectar que le dicen. Pero, aunque lo pasé muy bien, descubrí que desde el primer día establecimos sin darnos cuenta otra nueva rutina: cada día, desayuno en la terraza mirando al mar, caminata de una hora más o menos, baño placentero en la playa cercana, comida en cualquier tasca del pueblo buscando siempre (y encontrando) camarones y pescado frescos, siesta leyendo un buen libro, paseo al atardecer con parada en el exterior de un bar para tomar un gintónic mientras el sol se pone... ¿Somos habitantes de la extrañeza, como nos llama Irene Vallejo, o adoradores de la rutina?.

Al final llegué a la conclusión de que en la vida es muy cómodo saber qué terreno pisas. Viva la rutina y todo eso. Pero que también en ese transcurrir diario es muy bueno detener la mirada y atrapar la sorpresa, lo insólito, lo que salpica de asombro y alegría el día a día. Un crepúsculo que hasta ahora no habías visto. La isla de enfrente asomando rotunda en el horizonte. Un encuentro agradable, un sabor no probado, una historia nueva.

Vivir consiste en una rutina extraordinaria.

lunes, 28 de junio de 2021

¿Un verano feliz?



En principio, por lo menos, los psicólogos piensan que la semana pasada es la mejor semana del año, hasta el punto que los anglosajones, a los que les gustan mucho esas proclamaciones,  han elegido el día 20 de junio, con el que se abrió la semana, como el Yellow Day (Día Amarillo), que en teoría es el más feliz del año ¿Por qué? Bueno, hacen caso a que el tiempo es bueno (ni frío ni calufas), a que hay más horas de luz y a que las vacaciones están ahí mismo. Ya se han inventado incluso los muy noveleros que ese día hay que regalar flores amarillas (girasoles, rosas, narcisos...). Aunque el Yellow Day no tiene todavía la fama de un Día de los enamorados con sus corazones rojos, ni de un Domingo de Pascua con sus huevos de chocolate y sus conejitos, todo se andará y nos veremos inundados de flores amarillas, cosa que no me importa porque me encantan: mi ramo de novia fue de rosas amarillas y fue un día muy feliz. No sé si valdrá regalar una manilla de plátanos canarios que también son amarillos. Igual es poco romántico pero vendría muy bien para el comercio de las islas.

De todas formas es verdad que esta ha sido una semana con muy buenas vibraciones. En ella empieza el verano el día 21, la fecha del solsticio, el día más largo, el sol en lo más alto. Y en la Noche de San Juan, el 23, las hogueras que queman lo malo y aprecian las cosas buenas del verano, las tardes doradas, los baños en el mar, la pereza. Aunque este año no ha habido hogueras en las playas, pero sí en los pueblitos, en donde se veían a la caída de la tarde los rescoldos rojos y el humo, tímidamente, sobrevolando las casas y ahuyentando a las brujas. 

También en esta semana han terminado las clases y empiezan las vacaciones. A pesar de que yo llevo ya 13 años con ellas, no olvido la sensación tan beatífica del día primero después de terminar las clases: nada importante qué hacer, nada de horarios, nada de obligaciones. Paz total y "un verano entero para bailar", como leí en el título de un artículo de viajes.

Además, esta semana pasada, con la vacunación ya avanzada, el 26 se ha estrenado la medida de ¡fuera las mascarillas!, siempre que estemos al aire libre y no haya mucha gente cerca. La mascarilla simbolizó el peligro y nunca imaginamos que íbamos a estar 15 meses usándola (y lo que nos queda). Pero este es un primer paso hacia la normalidad y ya las redes sociales se han llenado de memes y chascarrillos: que si ahora no hay más remedio que depilarse el bigote, que tendremos que dejar de hacernos los longuis cuando no queramos saludar a alguien, que si otra vez a pintarnos los labios...

Sí, todo apunta a un verano feliz. Aun cuando sabemos que nunca lo es del todo. En esta semana también mi isla ha subido al nivel 3 y Santa Cruz es la ciudad con la más alta incidencia del virus en toda España y esto nos hace conscientes de que la pandemia sigue ahí; se me ha ido una amiga querida demasiado pronto, con 43 años; los periódicos siguen desgranando noticias terribles; y la vida sigue con sus artrosis y majaderías.

Pero leí una cita de Borges en un artículo de Muñoz Molina que venía a decir que no hay un solo día en la vida en el que no pasemos unos instantes en el paraíso. Y, si los buscamos, los encontraremos, incluso en los días amargos. Y por supuesto en esta primera semana del verano: una tarde haciendo una tarta sacher con la receta de Suzana, mi amiga de Viena;  un rato de sosiego frente al mar bebiendo un Albariño frío; una cena con mi familia celebrando tantas cosas; las caminatas y los baños mañaneros que saben a gloria; una comida "de chicas" mi hija y yo hablando de libros; que un amigo, todo generosidad, se preste a montarte una lámpara en el techo y la alegría al encenderla y comprobar que funciona; las risas de mis nietos; escribir este post... Son ratitos de ese edén modesto y tangible de cada día que nos hacen pensar en que tal vez sí sea posible un verano feliz. Que lo disfruten.

lunes, 21 de junio de 2021

El chollo de vender arte invisible


Escultura invisible en medio de la habitación


Entiéndanme, me gusta el arte, aunque no sea una especialista. Me gusta ir a una buena exposición, a un buen museo y contemplar esas maravillosas muestras de la creatividad humana que hay repartidas por el mundo. En mis viajes he procurado traer siempre de recuerdo una acuarela, un apunte sobre el lugar, comprado muchas veces a artistas callejeros, que, cuando los veo en las paredes de mi casa, me traen el recuerdo grato de lo que viví. Así, tengo un cuadro con un autobús rojo de 2 pisos entre la niebla gris de Londres; o uno con una cuerda de ropa colorida tendida sobre una calle estrecha de Nápoles; u otro con una ventana de madera con hiedra en el Perigord francés; o con el Puente de Carlos de Praga en la mañana temprana... Son cuadros donde casi puedo sentir el calor que desprenden, el olor, la sensación de estar allí... Para mí, el arte es eso.

Por eso, me sorprendió tanto la noticia de hace pocos días de que el artista italiano Salvatore Garau ha vendido una escultura invisible, "Io sono" (Yo soy), por 15.000 euros. ¡Una escultura invisible! O sea, inmaterial, inexistente, que no se puede tocar, ni ver, ni nada. Es un concentrado de pensamientos, un vacío lleno de energía, dice. Y además pone condiciones: la "escultura" tiene que estar colocada en una casa particular, en una habitación sin estorbos (no sea que tropieces con ella, será), porque "mide" 150 x 150 cm. Él se justifica diciendo que su portentosa imaginación le permite "ver" lo que aparentemente no existe para el resto de los mortales. Las esculturas inmateriales son obras que siento físicamente.

Casualmente, hace poco leí una novela (Un secreto inconfesable de Françoise Bourdin), en que uno de los protagonistas era un escultor famoso. Su taller era grandísimo porque sus esculturas lo eran también. Necesitaba grandes bloques de piedra de los que sacar, cincelando, puliendo, soñando, sus creaciones. Y también necesitaba tiempo para ello. Entiendo por qué este escultor de ahora, Salvatore Garau, se ha pasado al arte invisible. No gasta dinero en ningún material ni acondicionamiento, no necesita piedra, no necesita lugar para guardar y tallar las esculturas, no le hace falta iluminación especial ni control del clima, no le pueden robar, ni destruir, ni plagiar sus obras, no tiene que estar meses proyectándolas y trabajándolas. Solo tiene que pensarlas, a lo mejor en un pispás, y cobrar por ellas un pastón. ¿Cómo a Miguel Ángel no se le ocurrió esta idea magistral antes de gastarse mármol y tiempo en su David?

Con razón el tal Garau piensa hacer más esculturas invisibles, siete en total. Por lo pronto ya ha hecho dos más, una en Nueva York, con el apoyo del Instituto de Cultura Italiana, a la que llamó Afrodita piange (Afrodita llora), en la que solo se ve un círculo dibujado en el suelo sobre el que uno se puede imaginar, si quiere, que llora Afrodita a moco tendido. Y otra en la Plaza de la Scala de Milán, en la que esta vez hay un cuadrado sobre el que está Buda en contemplación. Se supone que lo que contempla Buda es a quienes lo miran embobados como si fuera un Taj Mahal invisible y a quienes, indiferentes al arte, cruzan el cuadrado sin darse cuenta de que están traspasando al mismo Buda.

Insisto, no soy especialista en arte. Pero a nivel práctico me pregunto si yo me conformaría, después de haber pagado 15.000 euros, con tener, no una obra en la que me pudiera extasiar como me pasa con Van Gogh y su Noche estrellada, sino con un mero certificado de propiedad. Todo esto me hace recordar el cuento del traje nuevo del Emperador de Andersen  -¿se acuerdan?- y los dos tunantes que hacen creer a todo el mundo que confeccionan un vestido al monarca con una tela maravillosa y mágica, invisible a los ineptos y estúpidos, y que quedan al descubierto cuando un niño al verlo es el único que pregunta, desde su inocencia, que por qué el Emperador va en calzoncillos. Los cuentos enseñan mucho.

Aunque... Si una es una matada para el arte o es un artista al que se le ha ido la inspiración, ¿qué mejor que concentrarse e imaginarse un vacío con forma de Buda, Afrodita o todos los dioses del Olimpo, y venderlo por unos cuantos miles de euros? Pensándolo bien, esto del arte invisible es un verdadero chollo.



lunes, 14 de junio de 2021

El infierno no existe


El infierno - llámese averno, gehena, tártaro, abismo, inframundo o calderas de Pedro Botero - no existe. Y mira que se han esmerado en hablarnos de él a través de los siglos... A mis amigas y a mí, que estudiamos en colegio de monjas, nos lo nombraban a cada paso, poniéndonos, además, ejemplos gráficos: Borja Mari, de las mejores familias de Bilbao, hijo de María, pecó una vez, se murió sin confesión y al infierno por toda la eternidad. Y nos imaginábamos, como si fuéramos el pobre Borja Mari, las llamas quemándonos por todas partes, con lo que eso duele, y a los demonios, feos, con cuernos, rabo y tridente, pinchándonos y asándonos, vuelta y vuelta.

Después del colegio, me volví a encontrar con el infierno en la Divina Comedia de Dante, no ya como un caos desorganizado, sino como si fuera un gran edificio de oficinas como los de Manhattan, solo que, en lugar de pisos, tenía círculos de fuego, hielo y castigos horrorosos, destinados cada uno de ellos a una clase de pecadores: los lujuriosos, los golosos, los avaros y pródigos, los iracundos, los perezosos, los herejes, los violentos, los fraudulentos, los traidores... Y en la puerta, un cartel que avisa: Abandona, si entras aquí, toda esperanza.

Más tarde, en los tiempos de Madrid, vi la obra "A puerta cerrada" de Sartre, interpretada por aquellos magníficos actores que fueron Adolfo Marsillach, Nuria Espert (que todavía vive) y Gemma Cuervo. Aquí el infierno no tenía ni diablos cornudos, ni fuego, ni castigos aparentes. Era una habitación decorada estilo imperio con sus divanes, sus lámparas, su chimenea... Pero en ella tendrían que vivir juntos, siempre allí encerrados, tres personas que se odian profundamente, tres seres incompatibles que no se soportan. El infierno son los otros.

Tanto darle vueltas al infierno y a cómo es, y, al final, habría que oír a los Papas, que se supone que son los que más saben de él. Para Juan Pablo II, nada de fuegos: Más que un lugar, (es) la situación en que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios. Y el papa Francisco dijo en una entrevista en 2018 que el infierno no existe, sino que lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras.

No, el infierno no existe. O por lo menos yo no creo en él. Pero esta semana, que en la isla hemos sido sacudidos por la tristeza y el dolor, me hubiera gustado que existiera, a mí, que ni creo en él ni soy partidaria de la pena de muerte. Así de incoherentes somos los humanos. 

Y me hubiera gustado que existiera, con el fuego y toda la pesca de los infiernos de mi niñez, para que un padre cruel, inhumano, perverso y estúpido, que envió al fondo del mar a sus dos preciosas hijitas, robándoles la vida y el futuro, se quedara allí pudriéndose por toda la eternidad.




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