lunes, 13 de agosto de 2018

15 años tiene mi amor


Autorretrato de mi nieta Eva, hecho en el avión. 


A principios de los años 60, cuando una tenía 15 años, esa era una de las canciones que todos sabíamos, cantábamos y bailábamos a ritmo de rock. "15 años tiene mi amoooorrr, le gusta tanto bailar el rooooock...", berreábamos haciendo los coros a Manolo y a Ramón, nuestro Dúo Dinámico, que la habían estrenado en la película "Botón de ancla". Me encantaba. Y sin embargo, no nos identificábamos mucho con ella ¿Nosotras, dulces y tiernas como una flor? ¿Nosotras, chiquillas divinas y colosales? De eso nada, monada, diríamos.

Tampoco es que yo sepa mucho de aquella quinceañera que me contempla desde el fondo de mis recuerdos. Sí, tenía mis amigas (muchas lo siguen siendo); sí, empezaba a estudiar el bachillerato superior (pero ¿sabía lo que quería ser, a qué dedicar mi vida?); sí, me gustaban unos cuantos chicos (mi amiga Cae y yo teníamos grabadas en su escritorio unas cuantas iniciales, tipo la tía Bamba de Les Luthiers); sí, leía un montón (como ahora)... Pero ¿qué pensaba de la vida y del futuro, qué ideas tenía, qué deseaba? ¿Qué era lo que más me gustaba? ¿Tenía ideas claras sobre algo? ¿Me consideraba ya una persona adulta?

En la cultura americana, desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina, los 15 años de una chica se valoran como el paso de niña a mujer y se les hace un fiestón por todo lo alto, como si fuera una especie de rito de iniciación. Las quinceañeras se engalanan, a golpe de lentejuelas y pedrerías, con trajes vaporosos color pastel y tiaras en la cabeza, como si fueran princesas. Y, si pueden, no se escatima en gestos (ni en gastos): una llegada en helicóptero o en limusina blanca, una guardia de honor con espadas en alto recibiéndola, un "book" de fotos que recoja su vida hasta allí, una corte de chicos con esmóquines de colores, un trono envuelto en tul, arcos de flores, un gran banquete, bailes... Una parafernalia excesiva, algo entre la 1ª comunión y la boda, una celebración que enriquece a todos los que se dedican al negocio de la organización de estos eventos y endeuda sin necesidad a los padres. El momento culminante parece ser cuando el padre de la homenajeada le cambia las zapatillas deportivas que ella lleva por zapatos de tacón ¡Tachán, por arte de birlibirloque, he allí una niña, y ahora, he aquí una mujer!

Hoy mi nieta mayor, Eva, cumple los 15 y sé que le daría un patatús de pensar en presentarse vestida de tules y abalorios en una fiesta de esas. No le gusta el Dúo Dinámico (¿El Dúo, qué?), sino Gorillaz y AC/DC. Ha visto muchísimo más mundo del que yo conocía a su edad, sabe lo que quiere hacer en el futuro, domina las redes y el inglés, no le importa aparecer con los labios pintados de verde y las uñas, una de cada color, y ha pedido por su cumple que le hagan dos agujeros más en las orejas, cosa que a mí en aquel entonces no se me hubiera ocurrido ni por asomo ¿Tenemos algo en común, ella, mi yo de entonces y todas las que celebran este año sus 15 años?

Creo que sí. Todas llegamos a un momento en el que, sin ser conscientes de ello, hay ante nosotros muchos caminos que elegir, puertas abiertas que, como en un cuento de Las Mil y una noches, nos pueden conducir a un destino o a otro. En nuestra mente y en nuestra voluntad está el saber elegir bien. Después vendrán los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los que pudimos ser y no fuimos. Pero en ese momento glorioso de los 15 años el mundo y sus posibilidades están abiertos ante  ti y puedes ser cualquier cosa.

Felicidades, mi amor.

lunes, 6 de agosto de 2018

La campana del quinto pino


La campana de Las Vegas

Aunque parezca mentira, hay sitios en la isla que mucha gente de aquí no conoce, sitios fuera de las rutas habituales en los que habita poca gente y se respira silencio y aire puro. El sábado pasado fui a una boda a uno de esos lugares. Está en el sur, cerca de la cumbre, y se llama Las Vegas. Allí hay un puñado de casitas, huertas cercadas por piedras blancas del sur y una ermita con una campana que "sube", amarrada desde hace 2 siglos a un pino que hace de torre. Y la historia de este lugar está unida a la ermita, a la campana que cada vez está más alta, a una danza de varas que no se baila en ningún otro sitio de las islas y a un hombre, venido de fuera, que una vez eligió quedarse a vivir aquí.

¿Por qué vivimos donde vivimos? La mayoría nunca elige sino que se queda allí donde están sus raíces. Hay otros que desgraciadamente lo hacen impulsados por las miserias y la necesidad, buscando un mejor lugar en el que vivir. Y luego están aquellos a los que es la casualidad la que los conduce a un destino que nunca soñaron.

Uno de estos últimos fue Agustín Guimerá i Ramón, un comerciante de El Vendrell (Tarragona) que llegó a Tenerife con su barco en el año 1824. El barco hacía aguas y estaba tan descuajeringado que optó por venderlo con su carga y por quedarse a vivir aquí. Y como era espabilado, pronto prosperó, se trajo a dos sobrinos a trabajar con él, hizo negocios, participó en política... y se compró, aprovechando la desamortización de los bienes eclesiásticos, el terreno de Las Vegas, que entonces pertenecía a las monjas agustinas.

¿Qué lo impulsó a vivir allí? El sitio está en el quinto pino y a él se llegaría entonces tras horas de camino por senderos de cabras. Pero tal vez fueran las vistas hacia el mar infinito o el aire limpio o la paz del lugar. El caso es que de esa decisión quedó una casa que todavía existe (la Casa de los Guimerá), una larga familia (todos los Guimerá de las islas descienden de él, incluido el dramaturgo Ángel Guimerá), una danza que deriva del Baile de Valencianos de El Vendrell y que se baila en las fiestas de Santa Ana en julio, y la campana del barco encallado que él trajo y colgó del pino junto a la ermita y que, desde entonces, anuncia buenas nuevas y convoca en los actos festivos.

Este sitio, escondido en medio de los montes del sur, es el que también eligieron para casarse Alberto y Carmen, los novios de la boda a la que fui el sábado ¿Por qué lo hicieron? No tenían lazos con el lugar (él es de Alicante y ella, de La Laguna); todavía hoy sigue estando en el quinto pino, subiendo y subiendo, más arriba de Chimiche; la carretera es estrecha y en mal estado y los coches que bajan se paran para dejar pasar a los que suben... Alberto me dijo con guasa que eligieron el sitio porque era el más lejano. Pero Carmen me dijo que fue porque los enamoró: las casas son pulcras y cuidadas; la vegetación de pinos, higueras, tabaibas, jaras, tajinastes y escobones son un marco perfecto para ellas; la montaña Guajara se cierne en lo alto y un cielo azul y limpio hace compañía a ese silencio que solo se da en lugares especiales.

Y acertaron. Después de la boda en la ermita, la celebración fue en un viñedo cercano al que fuimos caminando entre las viñas, altas y alineadas como soldados amables. Nos sentamos al anochecer en mesas al aire libre bajo farolillos de colores, tal como si estuviéramos en la Toscana. Y entonces entendí la decisión del comerciante que eligió aquí su hogar, y la de mis novios de casarse en un lugar tan bello. Una noche estrellada, un pueblo sereno, una brisa perfumada por los pinos bajando desde las laderas del Teide y una campana que les anuncia momentos felices son elementos suficientes para elegir este lugar. Aunque esté en el quinto pino.


El pueblito de Las Vegas desde la Ermita

La novia llegando a la Ermita. Sobre ella el pino de la campana




(Los datos históricos sobre Las Vegas están tomados del artículo de Melchor Padilla, "La campana de Las Vegas", en Lo que las piedras cuentan)

lunes, 30 de julio de 2018

Yo confieso




Ahora que han pasado 50 años y creo que ya el delito ha prescrito, yo confieso. Me cuesta hacerlo porque a nosotros nos educaron para no salirnos de los cauces de la ley por nada del mundo, y nada más lejos de mi intención que entrar en la misma bolsa que los Urdangarines, Ratos y demás calaña. Pero el caso es que... Bueno, mejor lo cuento para que lo entiendan. Aunque no sé si lo entenderán bien los que han nacido en la era del móvil, aquellos que, con el teléfono en el bolsillo, les basta un click para hablar con Alaska, Siberia o Tegucigalpa. El móvil ha puesto el mundo entero a nuestro alcance.

Pero hace 50 años llamar por teléfono tenía su enjundia. Los primeros teléfonos públicos llegaron a España a finales de los años 20 y mucho tiempo funcionaron a través de centralitas. Las cabinas se generalizaron en los 60, justo en los años en que salí de casa para ir a estudiar fuera. Para hablar con mi novio, por ejemplo, íbamos los dos una vez a la semana (los sábados, porque no había clase) a la Telefónica, él en Valencia y yo en Madrid a la misma hora y hablábamos, cuando una operadora nos ponía en contacto, 6 minutos y va que chuta. Para hablar con mis padres, igual, otros 6 minutos cuando ellos me llamaban al Colegio Mayor. Las llamadas telefónicas eran un artículo de lujo. A veces, cuando ahorraba lo suficiente, llamaba desde una cabina a casa para sacudirme la añoranza.

Y entonces ocurrió el milagro. Nos llegó a todos el rumor de que había una cabina en la Ciudad Universitaria, al lado de Medicina, en la que por una peseta podías llamar a cualquier parte y pegarte hablando todo el tiempo del mundo ¿Quién podía resistirse a algo así? Allá nos fuimos todos los canarios a hacer cola (porque evidentemente el rumor corrió como la pólvora) y casi todos los días me pasaba por la milagrosa cabina a echar una parrafada con mi madre, con mi abuela, con mis hermanos, con mis primos... Hasta si estaba la vecina por allí tomándose el cafecito con mi madre, le pedía que se pusiera para saludarla. Era una gozada.

Desde entonces les veía un encanto especial a las cabinas. No me extrañaba que Tippi Hedren se refugiara en "Los pájaros" en una de ellas, que Superman se cambiara en ellas para dejar de ser Clark Kent (¿dejaría allí tirados su traje de ejecutivo y sus gafas?), que Audrey Hepburn en "Charada" pidiera ayuda agachada en una de ellas... Me encantaba un chiste bobo -que tuve recortado en mi corcho algún tiempo- en el que se veía a un borrachito en la típica cabina roja londinense con sus letreros encima, mirándolos e informando por teléfono: "Estoy en la esquina de las calles Telephone y Telephone". Las cabinas -ahora objetos extraños y sin sentido- formaban parte de nuestra vida cotidiana y aquella de mis años universitarios, cercana a Medicina, más que ninguna.

La cosa duró un par de meses. Y fue precisamente una compañera mía, muy virtuosa ella (pero que no tenía a nadie lejos), la que se chivó a la Telefónica. "¿Se han enterado? ¡¡¡Hay una cabina desde la que pueden hacerse llamadas gratis!!! ¿Lo sabíais?" -nos decía mientras todos negábamos como san Pedro, poniendo cara de póker- "¡Eso hay que denunciarlo!". Porque era un fraude -nos arengaba muy acalorada en plan mitin-, un robo a una empresa seria, a saber cuánto habrían perdido los pobres accionistas... Éramos precisamente nosotros, los que estudiábamos Ética, los primeros que teníamos que velar por la integridad moral de nuestros universitarios. Creo que hasta llegó a hablar de los valores eternos.

Y unos días después acabó todo: las largas charlas con la familia y mi vida criminal. Sí, mi compañera tenía razón. Éticamente era lo que había que hacer. Pero ¡cómo la odiamos todos!





lunes, 23 de julio de 2018

Justicia para las guaguas




¡Es que no hay derecho! La literatura y el cine se han llenado de historias apasionantes en las que los protagonistas han sido trenes, aviones, coches, barcos y barcas... Que si "Extraños en un tren", que si "Titanic", que si "Tres hombres en una barca", que si "Asesinato en el Orient Exprés"... ¡Hasta los tranvías salen en las canciones ("Santa Marta, Santa Marte tiene tren, pero no tiene tranvía...")! ¿Y las guaguas, qué? ¿Por qué no hay un "Extraños en una guagua", o "70 personas en una guagua", o "¡Viva la Cirila!"? ¿Qué tienen ellos que no tenga la guagua? ¿Por qué James Bond no coge una guagua en lugar de un Aston Martin, por qué?

Porque si es por historias...

En la guagua se viven historias de tensión y aventuras como la que me contó mi amiga Eli. Imagínense, hora punta y la guagua de bote en bote. Una pareja muy mayor, de pie, y un señor que se levanta para dejarles su sitio, y a la vez le dice a un chico de unos 10 años que se levante también. El niño dice, con cara de mataperro, que no y la madre, que está al lado, dice muy orgullosa: "Mi hijo tiene mucha personalidad y cuando dice no es que no". Toda la guagua sigue el trepidante episodio callada y por lo bajo (pero audible) se oye al señor diciendo: "En mis tiempos un zangalote como este se hubiera llevado un guantazo". Mi amiga Eli, que es de genio vivo, espera hasta llegar cerca de su parada y, cuando ya se va a bajar, se vuelve y dice en voz alta: "Pues en los míos la que se hubiera llevado el guantazo hubiera sido la madre". Y se baja, haciendo un mutis precioso.

En la guagua puede haber historias cercanas al asesinato, como aquella vez que cogí la guagua "Santa Cruz-Icod", cuando esta tardaba 2 o 3 horas (iba pasando por todos los pueblos de la carretera vieja y hasta hacía una parada en medio para tomar el cafecito), y nos tocó un chófer testigo de Jehová y que ¡lo juro! nos recitó todos los versículos y capítulos de la Biblia (Viejo y Nuevo Testamento) sin parar, con voz monocorde y gritona, desde que salimos hasta que llegamos. Se mascaba la tragedia en las caras de todos los pasajeros y la cosa no llegó a más porque después de todo somos canarios y porque, cuando a más de uno ya se le estaban yendo las manos a un garrote, llegamos a Icod y salimos escopetados.

En la guagua hay historias costumbristas que todos recordamos ¿En qué otro medio de locomoción se bajaba el cobrador y, mirando puertas delantera y trasera, gritaba: "¡Pepe, suben 4 y bajan 3!" y dando dos golpes en la carrocería, ordenaba: "¡Vámolos!"? Pura estampa canaria.

Y en la guagua se viven historias de amor. Y no cuento la mía, que ya saben ustedes que encontré al amor de mi vida en una guagua, sino que hay muchas más de encuentros y desencuentros. Mi hermana me contó una de cuando estuvo en Noruega. La guía de la excursión, una chica noruega muy agradable, les pidió que se subieran a la guagua. Mi hermana le preguntó que por qué usaba la palabra "guagua" en lugar de autobús, y ella le respondió: "Por dos razones: porque aprendí a hablar español en Canarias, y porque adoro la palabra". Y siguió: "Esa misma petición la hice una vez a un grupo de sudamericanos y uno de ellos, chileno, me hizo la misma pregunta. Me contó que "guagua" en su país significa "niño". Yo le hablé de la palabra canaria "guagua" que procedía de Cuba y que acaso venía de "Wa&Wa Co.In.", la compañía estadounidense que fue la primera en exportar autobuses a Cuba, o de "Waggon", vagón, carruaje...".  Y la guía entonces sonrió de oreja a oreja y dijo: "Y seguimos hablando y una cosa llevó a la otra... Y hoy él se ha mudado a Noruega y es el padre de mi hijo".

Las guaguas nos han llevado de aquí para allá durante toda nuestra vida. En ellas se convive con la gente, se ríe, se cuentan penas al de al lado aunque no lo conozcamos, se ve el mundo desde otra perspectiva ¿Quién no ha vivido o conoce historias de guaguas? ¿Para cuándo una gran novela, un gran poema, una gran película que tenga como telón de fondo a nuestras guaguas? ¡Hagámosles justicia ya!



lunes, 16 de julio de 2018

Hoy es siempre todavía




En aquellos lejanos tiempos de 1º de Filosofía, nuestro profesor Don Emilio Lledó de vez en cuando nos dejaba caer alguna perla para que la probáramos, la saboreáramos y nos la tragáramos. Esta frase de Antonio Machado -"Hoy es siempre todavía" que continuaba con "Toda la vida es ahora"- fue una de ellas y recuerdo como, tan jóvenes (yo tenía 17 años), la analizábamos palabra por palabra -ese hoy, ese siempre, ese todavía... palabras llenas de tiempo-, entendiéndola y haciéndola nuestra para que nos acompañara toda la vida. Es una versión moderna del "carpe diem" clásico, un vivir asumiendo que somos producto del pasado, que nos ha hecho, y del futuro, que nos proyecta, y que el ahora es también nuestro siempre. Estamos aquí y estamos vivos.

La frase se me ha presentado en muchos momentos en los que hay un reto al que la vida te enfrenta y una se para a reflexionar sobre qué demonios hacemos aquí. Y esta semana la recordé cuando conocí a Pilar.

Uno de los regalos del verano (no todo va a ser hacer mermeladas y tumbarnos bajo el sol) es también recibir visitas de quienes, aprovechando las vacaciones, se dejan caer por las islas. Pilar es -o era- una amiga virtual a la que desde hace tiempo seguía como "Mamá en Apuros" en su blog y que por fin se ha convertido en una amiga real. Hemos pasado un día estupendo con ella, su marido y su preciosa hija ("MiniP"), hemos comido junto al mar y no hemos parado de hablar, de viajes, de libros, de nuestras vidas... Y muy poco en realidad del hecho de que hace un año le diagnosticaron  a ella, con 38 años, un cáncer de cuello de útero. Y, sin embargo, fue importante porque en ese periodo Pilar mostró a todos el "hoy es siempre todavía", viviendo cada día intensamente con lo bueno y con lo malo y plasmándolo todo después en un libro, "Mamá en apuros contra el cáncer", en el que nos cuenta su experiencia "porque quizá a alguien que está empezando el camino que yo ya he recorrido le pueda ayudar".

El libro me lo he leído en un pispás de tan ameno que es. Es la historia de una lucha contada con humor, empezando por el nombre dado al tumor (Lo llama Voldemort, "El-que-no-debe-ser-nombrado", el malo de las historias de Harry Potter al que hay que vencer con todas las armas. El capítulo "La primera batalla", en la que la soldado 835697 grita "¡Muere, Voldemort!", es de antología), y terminando por la euforia contagiosa cuando cuenta su primera carrera de 10 minutos después del tratamiento: un minuto corriendo, cuatro caminando, y los otros seis alternando, "controlando que no me emocionara demasiado y fuera a irme de madre con la velocidad. Que me conozco, me caliento, me flipo, y en dos segundos estoy emulando a Usain Bolt". La entiendo porque he sentido lo mismo, esa alegría inmensa que nos llena al superar un problema, como la primera vez que conduje sola y estuve cantando a grito pelado por esa carretera abajo todo el trayecto.

Pero lo importante , más allá de las anécdotas, está en la actitud de Pilar. Aunque confiesa que tiene un punto dramático cual heroína de Jane Austen, cada día que cuenta es sencillo como la vida. Puede haber llanto, risas, susto, nervios, alegría, empatía con el otro, debilidad, valentía, reflexión, esperanza. En cada día hay un siempre. "Vivir es renacer a cada rato. La vida se compone de ciclos que vamos cerrando para abrir ciclos nuevos", dice. Inmediatamente después añade -siempre el humor-: "Que no cunda el pánico. no me he vuelto una escritora de autoayuda, no soy Paulo Coelho ni nada por el estilo". Y tiene razón, no da lecciones de nada. Solo muestra cómo se aprende a vivir.

Hoy es siempre todavía...

PD: El libro "Mamá en apuros frente al cáncer" de Pilar G. Cortés se puede comprar en Amazon aquí y todos los beneficios de él van destinados a la AECC, la Asociación Española contra el Cáncer. Animo a todos a comprarlo: no solo pasas un buen rato leyéndolo sino también ayudas en la lucha contra esta enfermedad.
El diseño de la cubierta es de Carmen Lunnely.

(A Pilar y a su maravillosa familia)



lunes, 9 de julio de 2018

Del Edén a la cocina




La cosa empezó, más o menos como todas, en China hace 5000 años. Pero hay quien dice que no, que fue en el mismísimo Jardín del Edén. Después de todo en la Biblia no se nombra para nada a la manzana: "La mujer vio entonces que el árbol era sabroso para comer, bonito de ver y apetecible para adquirir sabiduría; así que tomó de su fruto y comió; se lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió. Entonces se abrieron sus ojos...". ¿Por qué no podría ser un albaricoque el fruto prohibido? Es más pequeño y tentador que la manzana, y sus amarillos y naranjas son los colores del amanecer del mundo. También es un hecho bastante extraño que los historiadores no se pongan de acuerdo sobre su origen: que si Manchuria, que si Corea, que si Armenia... Palos de ciego para no señalar el Paraíso.

Lo que sí es seguro es que viajó en la Ruta de la Seda. junto con los rubíes de Birmania, el jade de China o las perlas del Golfo Pérsico; y que fueron los romanos (¿quiénes si no?) los que lo extendieron por Europa ¿Se acuerdan de la película de los Monty Python, "La vida de Brian", cuando los judíos disidentes se preguntaban por lo que los romanos les habían dado?: "Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos ¿qué han hecho los romanos por nosotros?". Pues también en sus macutos de soldado, además de todo eso, los romanos traían semillas, plantas y frutos que poblaron nuestros huertos. Así llegó el albaricoque a Andalucía 70 años antes de Cristo. Y mucho después los andaluces, tan pasiantines ellos, lo trajeron a Canarias y a América.

Hasta en un rincón de mi huerto creció un albaricoquero. Pero él, tan tiquismiquis de puro aristocrático ( no hay que olvidar su origen paradisíaco), no se adaptó bien. Afortunadamente, mis amigos María y Sixto han conseguido cultivarlo en las tierras altas de Fasnia y han traído albaricoques a mi mesa, perfumando mi cocina. Los he limpiado, les he quitado la pipa, le he puesto la mitad de su peso en azúcar y, después de burbujear un rato en el caldero, se han convertido en cuatro preciosos tarros de mermelada dorada que brillan como joyas.

Y son joyas. Shakespeare le otorga efectos afrodisíacos en "El sueño de una noche de verano." Confucio enseñaba en un bosque de albaricoqueros, por lo que en China es símbolo de la educación. Y el escritor y filósofo francés Fontenelle atribuyó sus cien años de vida a que su abuela, "una mujer con la cabeza bien sentada que jamás confundía la realidad con las apariencias", le aconsejó siempre comer muchos albaricoques, frescos, secos o en mermelada, "un fruto real, del que deberían hacer buen uso las cabezas de chorlito de nuestro tiempo".

Jugoso y perfumado, el albaricoque ha recorrido un largo camino desde el Árbol de la Ciencia a la humildad de las cocinas. Hagamos caso de los sabios y disfrutemos de este regalo que el radiante verano nos da. 

lunes, 2 de julio de 2018

El verano del espíritu burletero




Este año lo de "hasta el 40 de mayo no te quites el sayo" (sea lo que sea ese sayo que nadie se ha puesto hace siglos y que ni siquiera venden en el "El Corte Inglés") ha habido que pasarlo al 80 de mayo. Pero ¡loado sea el cielo! por fin es verano. Ya he desempolvado sandalias y blusas de manga corta, he guardado edredón y calefacciones y me he bañado ya dos veces en el mar limpísimo de la Playa de la Arena, llena de cuerpos al sol. Hay ya, como pide Leonard Cohen en "Verano ¿cuándo llegarás?", melocotones sobre la mesa, sandías coloradas y el cálido sol arrastrándose a través de la ventana...

Cada verano el que más y el que menos retoma los ritos propios de la estación, y en mi caso hay uno que no falta: cenar en la terraza -mesa con mantel a cuadros y una vela encendida- cara a la puesta de sol y a la aparición de las estrellas. Hay un sosiego distinto en esas noches, en las que no hay vez que no rememoremos otros veranos benditos, otros tiempos de placidez y vacaciones. Y siempre, siempre, recordamos como los mejores los veranos de Bajamar en los años 70.

En ese entonces, entre varios alquilábamos dos bungalows con cuatro apartamentos y un jardín común con césped en el que podíamos soltar tranquilamente a los niños durante el día. Y nos dedicábamos a disfrutar: nos bañábamos, por supuesto, en ese mar inigualable de Bajamar, pero también nos veo haciendo cometas y soltándolas al viento de la tarde, cazando canarios con falsete en las mañanas antes de desayunar, yendo a coger lapas y asándolas con mojo de cilantro recién salidas del mar... Y sobre todo, recuerdo las noches, aquellas noches cuajadas de estrellas en las que nos reuníamos todos a la fresca y hablábamos de lo divino y lo humano, o nos poníamos a cazar estrellas fugaces, o a buscar ovnis, o a reírnos de cualquier cosa, porque éramos jóvenes y estábamos en paz.

Hubo un verano de esos en el que a todo el mundo le dio por jugar a la "ouija". Igual que en los patios de los colegios se dan rachas en que solo se juega al brilé o a las "piedritas" o a los boliches o al hula-hoop o a los cromos,  aquel julio y agosto se dio una fiebre espiritista que nos sentó a todos alrededor de un tablero de "ouija" (artesanal, por supuesto) con un dedo rozando encima de un vaso boca abajo y aprestándonos a interrogar a los espíritus. "¿Estás ahí?" preguntábamos con voz cavernosa, como es preceptivo hacerlo cuando se intima con seres del más allá. Y siempre estaban, claro. Podía contestarnos un espíritu egipcio, o una enfermera victoriana, o uno que luchó con Napoleón, o un indio sioux... El elenco era variado y entretenido, la verdad.

Una noche convinimos en preguntarle algo que ninguno de los demás supiera. Mi hermana preguntó: "¿Cuál es el apellido de mi amiga Lourdes?". La amiga se apellidaba Ramallo y el espíritu puso "Gamallo". Siguió discusión (y risas) acerca de la sabiduría y despistes de los espíritus. Y luego otro preguntó algo más práctico: "¿Qué número de lotería saldrá el siguiente sábado?". El espíritu, que también suponíamos que conocía el futuro (ellos son así), trazó con el vaso el número 14379. Ni qué decir tiene que al día siguiente más de uno hizo una peregrinación buscando el número. Salió sorprendentemente el número 14378 ¿Era un espíritu despistado o nos estaba vacilando? Todavía mi hermana (que entonces acababa de terminar la especialidad de Pediatría y estaba pendiente de destino) preguntó al espíritu que en qué centro le tocaría. La contestación fue que en Adeje, casi lindando con el que en realidad fue, el Valle de San Lorenzo. Decididamente era un espíritu burletero, como decimos aquí.

Cada vez que recuerdo aquel verano de la ouija, me vienen a la memoria las conversaciones después de la cena, con la noche estrellada sobre nosotros o la luna llena rielando en el mar como en una canción de piratas; las preguntas cada vez más estrafalarias que se nos ocurría hacerles a los seres de ultratumba y las dudas sobre si tomarnos en serio o no a esos espíritus tan poco de fiar que, estábamos seguros, en su fuero interno y etéreo estarían partidos de risa.  Pero todo, el vacilón, la puesta en escena, las carcajadas ante preguntas y respuestas, el aire de la noche, formaban parte de la esencia de todos los veranos. "El mar, el campo, el río, las montañas palpitan (...), mientras corren en la noche de estío fugaces las estrellas" (Rafael Alberti)

¡Que el verano les sea tan feliz como los guardados en la memoria!




(A todos los que vivimos aquel verano de la ouija: Chari, Miguel, Marisa, Ovidio, Toni, Javi. Y a Mingo y a Pilo)

(La imagen inicial es "After Van Gogh - Starry Night over the Rhone" de June Hethorn. La imagen final es desde mi terraza)
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