Una amiga me manda esta guía de tenedores para ¡13! usos diversos, no sea, digo yo, que me inviten a una comida de estado y me vea en un apuro, tipo el de Pretty Woman, sin saber qué tenedor usar. El saber no ocupa lugar, me dice.
Pero a mí sí que me parece que el saber sí ocupa lugar, habida cuenta de todas las veces que no puedo dormir con la cabeza llena de majaderías y los libros de mi casa, que han colonizado todas las habitaciones, excepto el WC. Recuerdo oírle a Simone de Beauvoir que lo que más rabia le daba de morirse era pensar en que todo lo que ella tenía en la cabeza, que era mucho, se esfumaría. Y yo también a veces me lo planteo. Sin tener la gran sabiduría de Doña Simone, sino una de andar por casa, ¿a dónde irá a parar todo lo que hemos aprendido en la vida, el mínimo común múltiplo, la lista de los reyes godos, la España húmeda y la España seca, el bárbara-celarent-darii-ferio, las conjugaciones latinas, las canciones francesas, los disparates que decían algunos filósofos medievales...? Aunque sea poca la sabiduría guardada en el cerebro, es demasiada y todo desaparecerá, todo se perderá como lágrimas en la lluvia (Blade Runner dixit). No quiero añadir a ese equipaje una guía de tenedores, quita, quita.
Y además, ¿total para qué? ¿Qué necesidad tenemos de tanto tenedor si no vamos a ir jamás ni a la Casa Blanca ni al Palacio de Buckingham? ¡Si yo el queso lo cojo con las manos, mis tenedores naturales...! Y no es por nada, pero una gran parte de la humanidad come con los dedos. Según la cultura hindú, es bueno para la salud porque se dice que en cada dedo se concentran los cinco elementos: el espacio, el aire, el fuego, el agua y la tierra y eso crea una conexión con los alimentos y con las divinidades. Pero sin tanta filosofía, seguro que en el fondo lo hacen porque se ahorran fregar con agua del pozo miles de cubiertos al día. Si lo sabremos bien las mujeres, que hemos sido las grandes freganchinas de la historia...
En el fondo de todo eso está el que a los humanos nos gusta complicarnos la vida. Pero cuanto más viejos nos hacemos, más caemos en la cuenta de que son las cosas más sencillas y naturales las que importan.
Que los agapantos se estén abriendo todos a la vez salpicando el césped con la maravilla de su azul estrellado. Que una amiga te coja la mano cuando le cuentes tus penas. Regar los rosales. La niebla que baja del valle y ahoga sonidos. Reír ante un chiste bobo. Una tarde de cine. Un beso. El vermut del mediodía con su rodajita de limón sutil de la huerta. La llamada de mi hija cada tarde para ponernos al día. La primera mariposa monarca de la primavera. Saber que te quieren. Un bombón de licor a media tarde. Ver al palomero feliz con sus palomas...
Al final, no son las cenas de 13 tenedores ni la sabiduría de saber usarlos las que construyen la vida, sino las cosas minúsculas del día a día. Ellas son, siempre, las que ocupan lugar.






