lunes, 21 de mayo de 2018

Autocuernos




Hace poco en uno de esos buenos ratos en que nos reunimos unos cuantos amigos con guitarras, timples y toda la pesca y nos ponemos a cantar como si nos fuera la vida en ello, apareció en el repertorio una canción de Cecilia, "El ramito de violetas", que hacía tiempo que no cantábamos. Supongo que la recuerdan. Cuenta la historia de una chica "que era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio" (¿¿eeeh??) y que cada 9 de noviembre "como siempre, sin tarjeta, le mandaban un ramito de violetas", por lo que ella se ponía tan contenta. En la segunda parte de la canción me entero (no me acordaba) de que era el marido el que le mandaba las violetas: "Él es su amante, su amor secreto, y ella que no sabe nada, mira a su marido y luego calla". Cielos, un autocuernos, que me deja preguntándome perpleja: Pero ¿por qué? ¿Por qué, en lugar de darle el ramo de violetas tranquilamente y sumar puntos, se lo envía a escondidas? ¿Por qué quiere que lo sigan mirando como a un demonio? ¿Qué puede ganar con eso?

Y el caso es que el hecho me sonaba conocido y le estuve dando vueltas hasta que hice un descubrimiento sensacional que les brindo por si quieren hacer una tesis sobre el tema: ¡Cecilia había leído a P.G. Wodehouse y le copió la historia! Vean, si no, las pruebas.

P.G. Wodehouse, uno de los mejores humoristas británicos (1881-1975), tiene una novela, "Dieciocho hoyos", que reúne historias muy divertidas sobre el mundo del golf narradas por el Socio Veterano de un club de golf. Una de ellas nos cuenta la historia de William Bates y Jane Packard, una pareja que el Socio Veterano considera perfecta porque tienen el mismo handicap de golf. Pero la verdad es que son muy distintos. Jane es romántica y sensible y de él, en cambio, se dice que "no era  uno de esos impetuosos enamorados actuales. En los asuntos del corazón, se movía con cierta lentitud y cautela, como si fuera un camión, artefacto al que se parecía mucho, tanto física como espiritualmente.". Cuando al fin se casan un siete de septiembre, el Socio Veterano le aconseja al chico que no se olvide de los detalles, como es el felicitarla en el aniversario de bodas y cosas así, que el romanticismo de muchas esposas hace que le den importancia a cosas que a él pueden parecerle triviales. William Bates le responde que no se preocupe, que ha ideado un sistema para no olvidarse: "Ya he encargado a un floricultor que cada año envíe a Jane un ramo de violetas. He pagado cinco años por adelantado. Por consiguiente, ya ve usted si puedo estar seguro del porvenir. Aunque yo me olvide del día, las violetas vendrán a recordármelo.". Lo que ocurre es que, como le importan un pepino esas cosas, se olvida del aniversario y de las violetas. Y ella, cuando las recibe, disgustada porque el marido no ha dicho ni mu, piensa que son de un exnovio que tuvo, las pone en agua y las contempla con ojos humedecidos. Y "mira a su marido y luego calla".

¡Ahí lo tienen, el paralelismo entre Cecilia y P.G Wodehouse! El marido torpón y la esposa romántica, las violetas (no un ramo de anturios o de geranios, no: un ramito de violetas), el día determinado del año para recibirlas, el que ella oculte la alegría, su silencio culpable, la creencia en un amor secreto que en realidad es el propio marido... Igualito, igualito ¡Un autocuernos! Solo que en el caso de P.G. Wodehouse es involuntario y en el de Cecilia, no.

Por si algo así trasciende a la vida real, habría que decir que un autocuernos es una majadería. Que el amor es muchas veces difícil de encontrar y, cuando esto sucede -"cuando este milagro realiza el prodigio de amarse" y "hay campanas de fiesta que cantan en el corazón"-, no es cuestión de hacerse el boicot a uno mismo no siendo sinceros. Ganas me dan de decirles -ya que estamos con canciones- el estribillo de aquella otra antigua de Luis Mariano y Gloria Lasso que decía: "Con el amor no se juega, ¡ay, canastos!, que es mejor".

lunes, 14 de mayo de 2018

Nada nuevo bajo el sol




No es por nada pero a mí me salen estupendas las albóndigas. Pero, aunque puedo presumir de ello (que lo hago), la cosa no es para tirar voladores. Sí, están muy buenas ¿Y qué? Solo cogí la receta de mi madre con una pequeña variante que me gustaba más (cambiarle la fritura de tomate por una de cebolla sola) y poco más. Y eso mismo hace todo aquel al que, como a mí, le gusta cocinar: una friturita por aquí, un chorrito de vino por allá, un manojo de hierbas que tengas en la despensa o en la huerta, y ¡tachaaaaán!, como si fuéramos Juan Tamarit, ahí tienes un conejo en salmorejo para mojar pan y chuparte los dedos después.

Con esto quiero decir que lo de la cocina -con toda la parafernalia de estrellas Michelín, los Master Chef y las redes sociales- se ha sobrevalorado mucho. Y hay quienes no dan sus recetas ni que les saquen la piel a tiras, alegando que son secretos de familia más importantes que las joyas de la corona; y hay quien, por el contrario, las pregona a los cuatro vientos, también como si fueran las joyas de la corona, que a veces parece -por el bombo que le da- que ha descubierto el secreto de la fusión fría. Y tampoco es eso.

Toda esta disquisición gastronómica viene a cuento porque la semana pasada el Gobierno sueco confesó, contrito y cariacontecido,  que sus famosas albóndigas, el plato nacional que sirven en todos los Ikeas del mundo, las mismas que yo comí enfrente del Mercado de pescado de Gotemburgo, en el Cafe du Nord (porque me aseguraron que eran las mejores de toda Suecia), esas mismas, no eran suecas suecas sino producto de una receta copiada a los turcos por el rey Carlos XII en un viaje que hizo a Turquía allá por el principio del siglo XVIII. Ooooooh, y ahí ven a los suecos consternados por tal noticia. "¿Habrá muchas más cosas que son de origen turco?", se pregunta uno, desolado. "Toda mi vida ha sido una mentira", tuitea un tal Johansson con desespero. "Ja, ja, ja ¡Hemos estado comiendo turco todos estos años sin darnos cuenta!", dice otro tomándoselo con humor. Y hay críticas a Ikea "que nos ha engañado" y golpes de pecho y casi una crisis nacional. 

Yo vuelvo a decir: "¿Y qué?" Mis recetas tampoco son mías. Cuando voy a una fiesta y me dicen que "por favor, trae tus maravillosos sandwichs de tomate" o "tu helado de Amaretto", yo sé, porque mis recetas llevan el nombre de quien me las dio, que los primeros figuran en mi cuaderno como "Sandwichs de tomate Pino" y el segundo como "Helado de Amaretto Nani". Y mis amigas Pino y Nani seguro que tampoco se las inventaron sino que otras personas, generosas y desprendidas como ellas, se las dieron también.

Y así es como funciona la cosa desde el principio, desde que ellos se iban a la caza del mamut y ellas, con lo que tenían a mano, guisaban, mezclaban, copiaban. innovaban, transmitían. Todo lo que comemos -lo crudo y lo cocido- ha viajado de un pueblo a otro por todo el mundo. El arroz de la paella, ese plato tan español, vino desde la India gracias a las incursiones de Alejandro Magno; los árabes lo cultivaron y trajeron el azafrán, y los romanos, la paellera. La calabaza, el tomate y las fresas vinieron de América. Y las dichosas albóndigas creo que las inventaron los chinos.

Al final, la verdadera inventora es la madre naturaleza. Y el mejor condimento ¿saben cuál es? El hambre 
¡Que les aproveche!


(La imagen inicial está tomada del Blog de cocina de Sergio Ribote García publicado el 12 de marzo pasado. Corresponde a "Albóndigas de rabo de toro" (yo como los suecos))

lunes, 7 de mayo de 2018

Gorgorito o el eterno retorno





Jamás pensé darle la razón a Nietzsche en su idea del eterno retorno. Ya saben, cuando decía aquello tan impresionante de que nos imagináramos que estamos solos y de repente se nos aparece un demonio que nos suelta, así sin anestesia ni nada: "Esta vida, tal y como ahora la vives y como la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento, y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión; y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas, y así también este instante y yo mismo ¡El eterno reloj de arena de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito de polvo!". Y mira que escribía bien, oye, pero ni por esas, Siempre me daban ganas de decirle: "¡Anda ya!". Y a mis alumnos, igual. Cuando al final del tema le hacíamos un juicio con abogados y fiscales, ni siquiera los primeros hacían una defensa encendida de que todo se repita tal cual. El amor a la vida, sí; la crítica a los valores occidentales, también; hasta el superhombre les parecía una idea que tenía su gracia. Pero sobre la del eterno retorno procuraban pasar de puntillas, como si Nietzsche hubiera dicho tal cosa un día con resaca.

Y sin embargo, esta semana casi me convierto en acérrima seguidora de esa idea peregrina. Y es que bajé a Santa Cruz, que está en plenas fiestas de mayo, y fui con mis nietitos al Parque, que estaba lleno de flores y casetas y gente y primavera. Y ahí en medio y al lado del reloj de flores, estaban los guiñoles eternos, exactamente iguales a cuando yo los iba a ver de pequeña de la mano de mi padre, exactamente igual a cuando llevaba a mis hijos, exactamente igual a cuando hace 10 años llevaba a mis nietos mayores. Allí estaban Gorgorito, Rosalinda, la bruja, el lobo, la estaca, los gritos de los niños avisando del peligro (¿eran mis gritos o los de mi nieta Julia los que se oían?), y el té, chocolate y café del final. Justo igualito, igualito a cómo lo describe Nietzsche. El eterno retorno de lo mismo con todos los detalles, el mismo instante volviendo una y otra vez en un bucle infinito.


Pensé que eran cosas mías, pero mi amigo Juan Antonio también publicó en Facebook que tuvo la misma sensación cuando fue con su nieto a verlos: "... Cerré los ojos y me retrotraje más de sesenta años atrás, cuando salía corriendo del colegio para ver exactamente el mismo espectáculo que hoy estaba viendo mi nieto. Las mismas historias, los mismos personajes, las mismas voces, los mismos estacazos, los mismos niños llamando cándidamente a coro a Gorgorito porque venía la bruja... y la misma canción de Té, chocolate y café". ¿Lo ven? Todos los abuelos jubilados presentes estaban viviendo el eterno retorno.

¡Mira que si de repente Nietzsche tenía razón y nos toca repetir también los momentos malos de la vida, los castigos los sábados en el salón del colegio porque nos cogían hablando en la fila, los exámenes de selectividad, las oposiciones, los cólicos de riñón, los partos, o la vez aquella que, con 15 años, saqué medio cuerpo por la ventana de la guagua para gritarle "¡au revoir!"  a mi amiga francesa y resulta que no me vio ni me oyó...! Si aceptáramos que cada instante se repite igual, si siguiéramos esta idea de Nietzsche que él califica como su pensamiento más profundo, estaríamos aceptando la vida tal como nos viene (¿Cuánto deberías amarte a ti mismo y a tu vida para no desear ya otra cosa que esta última y eterna sanción, este sello?), amándola con todos sus placeres pero también con todas sus majaderías, con los fallos de nuestra sociedad y de nuestros cuerpos, con los enfados porque algo no nos sale como queremos. Amar la vida sabiendo que habrá estacazos pero también momentos felices y que, con suerte, puede terminar (y repetirse eternamente) con algo tan sencillo como una canción. Té, chocolate y café.









lunes, 30 de abril de 2018

Bodas pasadas por agua




No sé por qué la gente que se casa se empeña, además, en que ese día tiene que brillar el sol. Para ello hacen rogativas y novenas, le rezan a San Antonio -que creo que, aparte de encontrar objetos perdidos, también intercede en todo lo relativo a novios y casorios- , y hacen otros intentos curiosos de atraer el buen tiempo, como dibujar el día anterior una cruz con sal o tres soles a cual más grande en un patio, o clavar cuchillos en las macetas, o dormir la novia con unas tijeras debajo de la almohada... Por ahora, lo más efectivo y popular es llevar a las monjas clarisas una docena de huevos que se supone que ellas ofrecen a su vez a Santa Clara (que debe estar tupida a merengues).

Esta semana pasada he ido de boda. Se casaban Jacobo y Sara, a la que conozco casi desde que nació, y toooooda la semana llovió en La Laguna, descrita como ya saben por Rafael Arozarena como "Laguna -madera y losa, romanceras de la lluvia-, la de las torres envueltas en cortinajes de brumas". No sé si Sara usó algunas de las estratagemas que nombré antes, pero lo cierto es que, hiciera lo que hiciera, tuvo éxito porque ese día, viernes, se levantó el cielo despejado y yo que, visto el panorama del jueves anterior, pensaba ir con chanclas, manta esperancera y paraguas, pude lucir palmito con una chaqueta ligera y zapatos descubiertos.

Pero, si hubiera llovido ¿qué más daba? Yo le hubiera dicho a Sara lo de "boda lluviosa, novia dichosa" o "novia mojada, novia afortunada". O que hay un proverbio hindú que dice que el nudo que se moja es más difícil de desatar. O mejor todavía, le hubiera contado lo que les pasó a unos amigos míos que se casaron en Oviedo en Santa María del Naranco. Allí es peor que en La Laguna y ese día -era un 14 de abril- llovió a mares. Cuando salieron de la iglesia y los novios se hacían las típicas fotos, los invitados corrieron desalados hacia los coches y hacia la fiesta que era unos 30 km. más allá. Lo malo es que también se fue con más invitados el coche de los novios y allí se quedaron solos, bajo el aguacero, los novios y el fotógrafo. Para cuando alguien se dio cuenta de que en el banquete faltaban los protagonistas, había transcurrido un rato larguísimo en el que se calaron hasta los huesos, a pesar de que el novio abrigaba a su flamante esposa, vestida con traje vaporoso, con su chaqueta.

Para demostrar que el tiempo es lo de menos y que no influye para nada, mis amigos mojados en los campos de Asturias acaban de cumplir 45 años de casados y, para celebrarlo, nos reunimos con ellos a cenar y a brindar por esos amores cómplices que duran toda una vida. A mí me pidieron que les hiciera un poema y les escribí un romance en el que, entre otras cosas contaba su boda pasada por agua:

"Era un día tormentoso,
la lluvia estaba cayendo
y, sin embargo, para ellos
el sol brillaba contento
pues él la miraba a ella
con pasión, con embeleso
y ella lo miraba a él
como si fuera un portento.
Oh, tan enfrascados estaban
con arrumacos y besos
que todos de allí se fueron
al festín y al picoteo
y ellos mojados quedaron
bajo la lluvia y el viento
¿Qué importa a un enamorado
las inclemencias del tiempo?

En la boda de este viernes pasado, por el contrario, hubo sol y una brisita suave bajando de San Roque que desmentía la mala fama lagunera. Pero eso sí, el elemento acuático estuvo presente porque se celebró en la calle del Agua, en el Gran Hotel Laguna y, por lo menos en mi caso -que ya saben mi condición llorona- hubo lágrimas de emoción cuando oí a los novios darse un "sí, quiero" tan entusiasta y grande como la torre de la catedral. Y la bebida y los brindis por su felicidad futura fueron tan abundantes que alguien habló más bien de boda pasada por vino.

Pero a fin de cuentas, Sara y Jacobo, vuelvo a decir: ¿qué importa a un enamorado las inclemencias del tiempo? Sean felices.


lunes, 23 de abril de 2018

Pañuelos en compañía



Esther es de mis amigas más antiguas. Vivía a pocos metros de mi casa por lo que casi siempre veníamos del colegio juntas contándonos nuestras cuitas y nuestros sueños. Tengo fotos de cuando teníamos unos 16 años, en aquellos tiempos gloriosos de veranos infinitos, un día de playa en Las Teresitas con la pandilla de entonces. Después vinieron mis estudios fuera, las bodas, los hijos, los trabajos en sitios distintos, y luego nos perdimos la pista en años. Y de repente un día, en un viaje a Londres ¿a quién me encuentro en la  guagua de una excursión organizada a Stratford y a Oxford? A mi amiga Esther, con su marido y su hija. Besos, abrazos y ¡qué benditas casualidades se dan en la vida! Fue como si no hubiera pasado el tiempo.

Después ya todo fue muy fácil y hace cerca de 20 años que retomamos los ratos de charla y confidencias, un gintónic al atardecer frente al mar de vez en cuando y eso tan bueno que llamamos amistad.

Casi todos los meses nos reunimos con nuestro grupo de amigas del colegio y hacemos un "tour" (ver una exposición o hacer alguna visita a un lugar interesante...) con una comida posterior en amor y compaña. Ahí está siempre la sonrisa de Esther que, igual que le ha echado coraje a la vida y a todas sus contrariedades, ahora ha sido igual de valiente frente al cáncer. "Es lo que toca", dice sin hacer aspavientos ni verlo como una tragedia. "Pero no me gustaría que se me cayeran las pestañas", puntualiza. Y el cielo parece haberla oído porque sigue igual de guapa con sus preciosos ojos de siempre.

La semana pasada hicimos nuestra acostumbrada fiesta anual en mi casa. Es un día especial en el que todas procuramos asistir, incluso las que viven en otra isla o en la península. Cada una trae un plato rico, hay regalos y sorpresas, Chari nos da un CD con las más de 600 fotos del año, Nievitas reparte exquisiteces palmeras, y algunas traen libros ya leídos para quien los quiera... Sobre todo, hablamos, nos reímos y nos damos cuenta de que un grupo como el nuestro de 24 amigas, tan distintas, que se conocen desde hace más de 60 años, se sustenta especialmente en todo lo compartido, en la confianza, en la tolerancia y en el buen humor.

Este año en el que a Esther ya solo le queda la última sesión de quimio y apareció con su pañuelo en la cabeza, todas sacamos nuestros pañuelos y nos los pusimos también. Y mientras nos reíamos con ella comparándonos con la vieja del visillo, con Lord Byron, con el pirata de la pata de palo, con un motero o con la Bruja Peruja, brindamos por todo lo bueno y dimos por hecho que lo de menos es el pelo o el peinado, y que lo de más es todo lo que la queremos y la admiramos.

Roguemos para que siempre ondeen pañuelos solidarios por todos los que en este momento plantan cara al destino. Incluida mi amiga Esther.

(En la foto, algunas de mis amigas con Esther en la comida del miércoles pasado luciendo pañuelos)

lunes, 16 de abril de 2018

Se atormenta una vecina




Imitando al Anoniman que pone carteles geniales en la Autopista y que hace un tiempo puso este que hoy le he cogido prestado para mi título -"Se atormenta una vecina"-, hoy quiero que hablemos precisamente de vecindades que son un tormento. Y es que de esas las hay de varios tipos.

Está el vecino flamenco, que es el que, viviendo en el piso de encima, taconea todo el día, él, su familia y hasta el gato, al ritmo de soleares y bulerías; está el nómada, al que le da (preferiblemente por las noches), por trasladar muebles de una habitación a otra; el vecino melómano admite variantes, desde el que aporrea el piano a la fan de Mari Trini (ésta me tocó a mí una vez); el vecino plasta es el que te cuenta vida, milagros, enfermedades suyas y de toda su parentela. Tuve una vez uno al que llamábamos El Ohmio porque, si nos descuidábamos y nos cogía en el ascensor, nos endilgaba un curso de electricidad en lo que subíamos 5 pisos; también el vecino investigador, del que hay abundantes ejemplos en la literatura y el cine: James Stewart en "La ventana indiscreta", las amigas de la señorita Marple en las novelas de Agatha Christie, que hasta llevan prismáticos "para ver pájaros", dicen, o las que aparecen en la siempre inquietante Patricia Highsmith... Aunque la realidad supera a la ficción.

Y luego hay otro tipo de vecindades tormentosas: cuando te toca al lado de tu casa una circunstancia desagradable. Por ejemplo, los carnavales, que no te dejan dormir en una semana. O lo que se cuenta en "El adivino" de Astérix y Obélix, en el que el protagonista vive al lado de una fábrica de curtidos en Roma, que debe ser lo más apestoso del mundo. O también lo que le pasaba a mi amiga Cae, que vivía al lado de la Refinería, mañana, tarde y noche con el chacachaca de los motores y el humo de las chimeneas.

Y últimamente, que estoy yendo a recoger una vez por semana a mis nietos al colegio, se me ponen los pelos como escarpias cuando veo el caos en que se convierten las calles vecinas a esas horas. Hay coches hasta en tercera fila, aparcados en garajes y en pasos de peatones, que muchas veces no hay por dónde pasar, y personas que quieren salir de sus casas y no pueden, tocando la pita desesperadas. Parece una película de Buñuel.

¿Comprenden por qué vivo en donde vivo, a pesar de que solo pasan por aquí cinco guaguas al día? Cuando me despierto, oigo el piar de un pájaro en el naranjo, el arrullo de las palomas en el palomar y el viento en los árboles de la huerta.

lunes, 9 de abril de 2018

Compartir o no un buen chismorreo: he ahí la cuestión




Mi amiga Pepa me mandó hace poco un wasap de esos que pululan por las redes. Era una foto en blanco y negro de tres chicas desnudas en la playa, una de las cuales tenía un gran parecido hasta en la postura -hombros ligeramente caídos y cabeza hacia delante- con Angela Merkel en su juventud.

Por curiosidad y por saber si era verdad que en sus años mozos había sido tan natural y desinhibida, reenvié la foto a un amigo que es de Historia y él me dijo que es una foto muy conocida, que había aparecido en una revista nudista en los años 60 y que, a pesar del enorme parecido,  no podía ser la Merkel, que por aquel tiempo era una niña. Me mandó también un enlace en el que analizaban la foto en ese sentido. Cuando le contesté a Pepa con la rectificación, me dijo que no debería haberla reenviado, que no le gustaba contribuir a que ese tipo de fotos se propagase.

Aunque ni se me ocurre enviar ninguna foto personal sin el permiso de sus dueños, no actúo igual con las fotos públicas. En esta en concreto, a pesar del desnudo, vi frescura, libertad e inocencia en la mirada de las tres jóvenes que, sin ningún tipo de recato, sonreían con naturalidad ante el fotógrafo. Incluso me empezó a caer bien Doña Angela, una señora con la que no tengo ninguna afinidad. Pero el rechazo de mi amiga Pepa sobre su difusión me hizo pensar, sobre todo en estos tiempos en que parece que todos llevamos una ventana indiscreta en el bolsillo y en los que la difusión de nuestros datos nos hace vulnerables, visto el último escándalo de Facebook y Cambridge Analytica. Como nos avisa El País, "el rastro que un usuario deja a su paso por Internet y la información privada que va cediendo, a menudo sin ser consciente de ello, se van acumulando hasta convertirse en un codiciado botín, una bomba cuya explosión es solo cuestión de tiempo y que puede tener efectos catastróficos" ¡Qué miedo!

¿Qué debemos hacer entonces, ahora que ya nos hemos acostumbrado a esta conversación global que es Internet? ¿Qué compartir y qué no? ¿Dónde acaba lo público y empieza lo privado? ¿Nos estamos convirtiendo en chismosos universales?

Por una parte, el que cualquier noticia de interés público pueda propagarse al instante y media humanidad esté al tanto de lo que hace la otra media es bueno porque favorece la claridad y se les hace más difícil a los jerarcas engañar u ocultar desmanes.

Por otra parte, tal vez estemos convirtiendo al planeta en un gigantesco lodazal de chismes, rumores y noticias distorsionadas. Inconscientemente, se me presenta delante la imagen de los establos de Augías, tan llenos de mierda del ganado del rey, que Hércules en uno de sus 12 trabajos tuvo que desviar el curso de dos ríos para limpiarlos en un solo día. Si, sin darte cuenta, contribuyes a ensuciar honras, se necesitaría algo más que el caudal de dos ríos para limpiarlas.

Tal vez deberíamos fiarnos de Sócrates y, ante cualquier noticia que queramos compartir, pasarla por su triple filtro: ¿es verdad? ¿es buena? ¿es útil? Si la respuesta es negativa, mejor no la cuentes. 
¿Es verdad la noticia de la Merkel ? Por lo que parece, no.
¿Dice algo bueno de ella? Para mí particularmente, sí: la humaniza y la acerca a los demás. Pero entiendo que hay personas a los que el desnudo no les parezca bien ¿Se acuerdan de Il Braghettone, el que cubrió las partes pudendas de los personajes del Juicio Final en la Capilla Sixtina?
¿Es útil saber que la mujer más poderosa de Europa tuvo una juventud hippy y libre como muchas de su generación? Tal vez sí, si se quiere hacer un retrato fidedigno de ella, pero...

Pero como en las tres respuestas hay "quizás", "puede ser" y "tal vez" y no hay seguridad, debería darle la razón a mi amiga Pepa, hacer el acto de contrición sintiendo haber sido una retuiteadora contumaz y cumplir la penitencia de no reenviar tanta foto. Como dice Manuel Vicent "si persistes en enterarte de las noticias  que llenan de basura moral el mundo y las prefieres al aroma de café que te llega de la cocina, es que estás muerto"

Y de lo que se trata es de vivir.

(En la imagen, la limpieza de los establos de Augías por Hércules)
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