lunes, 22 de julio de 2019

Una declaración de amor




Me lo contó mi amiga Eli, que vive en Las Palmas. Hace unos días murió su marido Juan Francisco y, en lugar de ir todas las amigas allá a acompañarla, Eli prefirió venirse ella a Tenerife, reunirnos en El Cristo de La Laguna y luego ir a comer juntas. No paramos de hablar cuando vino, pero sobre todo hablamos de Juan Francisco, de lo generoso y buena persona que era y de todo lo que la quiso. En un momento alguna de las amigas preguntó: "¿Y cómo se te declaró?" y Eli se echó a reír: "¿Que cómo se me declaró? ¡No lo hizo! Espera que te cuente...".

Eli tenía entonces 20 años y estaba en Las Palmas haciendo 2º de Enfermería. Él era su profesor, un cardiólogo recién llegado de Alemania con 34 años, demasiado viejo para su gusto. Así y todo, Eli sí que notó que el profesor no le quitaba ojo y también se extrañó porque, cuando terminó su mes de prácticas con él, en lugar de rotar con otro como las demás, se lo volvieron a asignar. Cuando llevaba casi 2 meses trabajando con él, Eli le pidió permiso para irse un viernes a Tenerife porque su hermano hacía la Primera Comunión al día siguiente. Por supuesto, se lo dio. Y no solo eso, sino que cuando ella salía para el aeropuerto, "casualmente" se lo encontró y la llevó en su coche, preguntándole de paso si tenía novio y tal y cual. 

Bueno, pues ahí tenemos a Eli en su casa de Tenerife celebrando la Primera Comunión de su hermano y a punto de empezar a comer (con padres, abuelos, tíos llegados de El Hierro para la ocasión, primos... Toda la familia), cuando tocan a la puerta y ante su asombro y estupefacción, allí estaba él -¡¡¡Doctor Fleitas!!!", dijo ella-, más ancho que Pancho, diciendo algo así como que pasaba por aquí y me acordé de la Primera Comunión de su hermano. La madre, "¿Quiere quedarse a comer?", él: "¡Ah, pues sí, muchas gracias!" y Eli, muda como una piedra y los ojos como platos. Y en medio de la comida él va y le suelta al padre de Eli: "Pues mire, Don Juan, yo quería hablar con usted porque quería decirles que me voy a casar con Eli". Si hubiera tirado una bomba, no hubiera causado mayor asombro. Fue un cataclismo, un momento de ¿¿¿Quéééé??? en el que todos se miraron sin decir ni mu. La madre de Eli rompió el silencio para preguntar con voz trémula: "¿Es que hay alguna emergencia?", a lo cual él, que parecía el más tranquilo de todos, le aseguró que "No, señora, ninguna, por ese lado puede estar tranquila", mientras Eli, casi en estado de shock, pensaba. "Pero si no le he tocado ni la mano...". Cuando el padre pudo hablar por fin y le dijo que lo que quisiera su hija, Juan Francisco, sin más preámbulos, cogió la mano de Eli y le puso un anillo, el mismo que todavía hoy ella lleva en el anular de su mano izquierda y que ven en la imagen.

"¿Pero no le dijiste nada?", le preguntamos todas, asombradas porque la conocemos bien y sabemos que no es de las que se callan lo que piensan. "Sí, después sí, pero en ese momento no supe ni qué decir. Tenía 20 años, era mi profesor, sabía que era bueno y leal, no quería avergonzarlo delante de toda mi familia... Pero después sí, después se lo tuvo que currar". Y tanto se lo curró que eso fue en mayo y se casaron en septiembre.

Eli y Juan Francisco han tenido un matrimonio largo y feliz durante 50 años. Ahora, 3 meses antes de celebrar sus Bodas de Oro, él ha muerto en paz rodeado de su mujer, sus cinco hijos, yernos y nueras y sus cinco nietos. El día después desterraron móviles, teles y visitas y todos lo dedicaron a estar juntos y a hablar, hablar y hablar, entre otras cosas, del abuelo bondadoso que una vez se atrevió a pedir la mano de la abuela guapa de un modo tan original y osado. Cae, una de las amigas, cuando supo de esa partida tan serena, nos recordó a todas el final de la "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique. Y aquí se las traigo:

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
olvidados, 
cercado de su mujer,
y de hijos y de hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria;
y aunque la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria.

(A Eli y a Juan Francisco, a los que nadie les podrá quitar los buenos recuerdos de una vida compartida)

lunes, 15 de julio de 2019

¡Benditos alisios!




Si las Islas Canarias son llamadas las Afortunadas no es por el maravilloso paisaje, las gentes estupendas que somos, las buenísimas comidas o la vida divertida que llevamos, fiesta va y fiesta viene, no, sino principalmente (y el resto del personal lo sabe) porque hemos sido bendecidos con un lugar estratégico en el mundo, cercano al anticiclón de las Azores (que para nosotros es como de la familia) del que proceden los vientos alisios. Los vientos alisios, benditos sean, desparraman sobre el norte de las islas un mar de nubes blancas y algodonosas que nos arropan, refrescan y nos quitan de encima los veranos tórridos de otros sitios. ¿Saben lo que es eso? Pasear con el vientecillo en la cara a una temperatura de 24º y dormir ahora en julio con un edredón finito por las noches ¡La gloria bendita! Y mientras, el resto del Hemisferio Norte se derrite de calor: temperaturas de más de 40º, sofoquinas, ambiente espeso y pegajoso... ¡Un horror!

Unos lo combaten ahora como yo hacía cuando estudiaba en Madrid hace ya muchos años: una ducha fría con el camisón puesto e ir inmediatamente a la mesa de trabajo para descubrir que ya vas seco sin pasar por toallas. Otros, en una clausura de persianas bajadas, ventilador a tope y bebidas con hielo hasta que este se te acaba y no tienes valor para salir a la calle a por más. Mi consuegra, que se va estos días de Madrid a su pueblo en Badajoz, me cuenta que tiene que estar encerrada en su casa, como todos los vecinos, hasta las 8 de la tarde más o menos, hora en la que el sol decide menguar fuerzas y es posible asomar la nariz a la calle sin que se achicharre. Hay quienes son más originales, como el crítico literario Manuel Rodríguez Rivero, que confiesa en El País que él se quita el calor a base de leer novelas ambientadas en lugares gélidos o en los polos (Diario ártico: un año entre los hielos y los inuit, de Josephine Diebitsch Peary, por ejemplo). Otros ni lo dudan cuando van por el asfalto asfixiante: se tiran de cabeza con zapatos y todo al primer charco, arroyo, fuente o lo que sea, esté o no prohibido.

Por la tele encima nos dicen que, con el cambio climático (que Donald Trump y otros sonados como él niegan), esto va para peor y que en 30 años Madrid, por ejemplo, será en verano como Marraquech con el viento quemante del desierto ululando en los cogotes. Macron en Francia, asustado por las cada vez más altas temperaturas, pregona que habrá que "cambiar nuestra organización, nuestra manera de trabajar, nuestro urbanismo, nuestra manera de desplazarnos al trabajo". Ah, sí, mucha Tour Eyffel y mucho Bois de Boulogne, pero se siente, haber tenido a los alisios.

Porque aquí con ellos el verano es otra cosa. Sí, hay más calor que en invierno pero nos basta entonces con seguir los consejos que nos daban nuestras madres: ir por la sombrita durante el día, sentarnos a la fresca muchas noches a ver las estrellas, proveernos de abanicos uno para cada bolso y, si vamos a La Laguna, no olvidarnos de la rebeca, que La Laguna es La Laguna y por las tardes hay fresco. Y no cansarnos nunca de elevar los ojos al cielo y dar gracias de todo corazón por haber nacido y vivir en semejante sitio, diciendo fervorosamente: "¡Benditos alisios!


lunes, 8 de julio de 2019

Una manzana al día




Me han mandado por wasap esta viñeta genial, firmada por M. de Angelis, en la que un camarero se acerca desconcertado a una mesa porque no sabe a quién de los que están sentados debe servirle la manzana que lleva en la bandeja. Todos son merecedores de ella. Allí están los Primeros -Adán, Eva y la serpiente- que, según la leyenda,  fueron "nominados" para la primera expulsión de un reality, la del Paraíso, por culpa de una manzana. Allí está Isaac Newton, con su pelucón blanco, que, al ver caer una manzana del árbol, estableció que había "algo" -él lo llamó Gravitación Universal, aunque todavía no sepamos en qué consiste- que atraía hacia abajo a todos los cuerpos, manzanas incluidas. Allí está la bruja malvada que, por un problema de a ver quién es más guapa,  descubrió que una manzana envenenada era el mejor remedio para quitar de en medio a una rival como Blancanieves. A su lado, sentado, Paris, el que le dio la manzana de la Discordia a la más bella, Afrodita, en el primer concurso de belleza de la Historia, desencadenando todo el disparate de la Guerra de Troya (o quizás la que está a su lado es Helena, el "premio" a su decisión). Está también Guillermo Tell y su hijo, al que, obligado por el gobernador de Altdorf,  tuvo que ponerle una manzana en la cabeza para demostrar su puntería con la ballesta. Aparece también en la mesa, entre Blancanieves y la bruja, Bill Gates, pero pienso que es un error del dibujante y que quien debería estar allí es Steve Jobs, el fundador de Apple.

Habría otros muchos que podrían estar sentados a esa mesa por derecho propio. Tom Sawyer, que cambió a Ben Rogers el trabajo que le habían puesto como castigo de pintar una cerca por la manzana que este se estaba comiendo. O Gwyneth Paltrow, que puso a su hija el nombre de Apple, vete tú a saber por qué. O Agatha Christie, que en su libro "Las Manzanas" montó un crimen en torno a un cubo de agua con manzanas flotando que unos adolescentes tenían que atrapar con los dientes en la Fiesta de Halloween. O las naturalezas muertas con manzanas de Van Gogh, Courbet, Cezanne Caravaggio. O la más representativa, "El hijo del hombre" de Magritte con la manzana en la cara ¿significando qué?.

Se diría que la vida -la ciencia, el mito, el arte, la historia...- giran alrededor de las manzanas, o por lo menos, que no pueden prescindir de ellas. Y es que, además, todos tenemos algún recuerdo especial relacionado con manzanas. El mío es el de las manzanas caramelizadas que me compraban mis padres de pequeña en los ventorrillos de las Fiestas del Cristo de La Laguna.  El de mi hija es la tarta de manzana, riquísima, que quiso poner en su boda. Otros, como mi marido, me hablan de los manzanos del huerto de sus abuelos, que perfumaban el aire como en el cuento de "El gigante egoísta" una vez que los niños trajeran la primavera a su jardín. Y también en mis nietos veo el placer de comer una manzana a mordiscos con piel y todo, como conectándose con un acto primigenio (¿recuerdos del pecado original?).

Nunca una fruta ha sido tan nombrada, citada, dibujada, aludida, degustada. Símbolo de salud ("sana como una manzana"), de comienzo de dieta (aún recuerdo a mis compañeras de trabajo todos los eneros en los recreos comiéndose una manzana en lugar del habitual bocata de jamón) y de naturalidad, es célebre la frase "Una manzana al día mantiene al médico en la lejanía". Pero mi madre, buscándole todavía otra utilidad más a tan apreciada y diversificada fruta, terminaba el dicho con "... sobre todo si tienes buena puntería".

A comer, pues, manzanas y que les aprovechen.


"El hijo del hombre" de René Magritte


lunes, 1 de julio de 2019

Hoy es un gran día




Dicen que la canción más oída en el mundo es la de "Cumpleaños feliz" (mis nietos pequeños la cantan hasta en inglés, aunque dicen: "Japi berdey yuyú") y que todos los días se celebran miles de cumpleaños. También se dice que en una reunión de 50 personas, siempre habría dos que coincidirían en la fecha en que cumplen años. Es un tema, pues, que interesa a toda la humanidad, pero es distinta la actitud que tenemos ante ello: hay gente a la que no le gusta nada cumplir y hay gente a la que sí.

Entre los primeros está mi amigo Manolo que, cuando cumplió los 30, cogió cama y no quiso saber nada del tema. El resto de los decenios los ha ido capeando más o menos, pero ahora que llegó a los 70, también pasó: ni tarta, ni fiestón, ni fuegos artificiales. Como si con él no fuera.

Y luego estamos los otros, los que lo celebramos dos o tres veces, los que armamos un tinglado que dura todo el día, los que nos encanta regalar y que nos regalen... Mi nieta de 5 años, que es de las mías, después de haber estado haciendo la cuenta atrás -faltan 4 meses, faltan 3, faltan 2...-, cuando al fin fue su cumpleaños, me dijo toda emocionada: "¡Hoy es un gran día!".

El sábado pasado fui a un cumpleaños. O mejor, a un no-cumpleaños, al más puro estilo de "Alicia a través del espejo", cuando Humpty Dumpty quiere convencer a Alicia de que son mucho mejores los regalos de no-cumpleaños que los de cumpleaños. Al fin y al cabo, le dice, hay 364 días en el año de no-cumpleaños, Mi anfitriona, una amiga y ex-alumna a la que quiero mucho, también se llama Alicia, que es un nombre que le va, igual que le iba esa fiesta agradable y cómoda, con la que, en la gloriosa compañía de los que quiere, quiso brindar por los 50 que cumplirá.

Fue una fiesta preciosa y diferente, de las que me gustan a mí. Había en el jardín donde se celebró ciruelos antiguos cargados de fruta, flores en abundancia y un árbol rarísimo de otras latitudes -un zapote-, poniendo la nota exótica.. No hubo mesas de sentarse sino sillas bajo los árboles, mucha conversación, viandas exquisitas de la casa -¡David, eres el rey de las croquetas!-  y un mojito riquísimo. Hubo también una tarta maravillosa (nunca mejor dicho) hecha por su amiga Patricia: otra vez Alicia, una Alicia victoriana (la ven en la foto), y alusiones al sombrerero loco y al Conejo Blanco en dulces figuras, y un Feliz no-cumpleaños que encierra el deseo de llegar a un País de las Maravillas. Y hubo también un concierto inesperado y sorprendente con el apoyo de un estupendo grupo de jazz: voces dulcísimas, canciones de siempre, ritmos brasileños... ¿Cómo no emocionarse oyendo "Aguas de marzo" de Antonio Carlos Jobim a dos voces, la de Alicia y la de su ahijada María, a cual más delicada y cálida?

La canción "Aguas de marzo" habla de los torrentes al fin del estío que arrastran todo por donde pasan: Es un palo, una piedra / el final de un camino / , es el resto de un tocón, / algo solitario /, es un trozo roto de cristal, / es la vida, es el sol, / es la noche, es la muerte, / es un lazo y un anzuelo...". Y al mismo tiempo anuncian la promesa de lo nuevo, la vida que se renueva a cada paso: Son las aguas de marzo / cerrando el verano. / Es la promesa de vida / en tu corazón. Mientras la oía, conmovida, pensé que la vida con todas sus majaderías merece la pena gracias a que en ella encontramos estos días, sorprendentes y mágicos, de paradas en el camino para coger resuello, de celebraciones con los amigos (sean o no porque cumplimos años), de momentos que son hitos para pararse, mirar alrededor y decir, como mi nieta: "¡Hoy es un gran día!". A celebrarlo.

lunes, 24 de junio de 2019

¡Qué gusto hablar con humanos!




Allá por los años 70 durante una temporada me dio por leer ciencia-ficción y empecé por las obras de Asimov y por "2001: una odisea del espacio" de Arthur C. Clarke. Descubrí entonces, años antes de Luke Skywalker y de Han Solo, mundos imaginarios y galaxias muy, muy lejanas, a las que se podía viajar en un pispás y donde los robots convivían con los humanos y se permitían incluso en algunos casos pensar por su cuenta, como HAL 9000, la computadora del viaje espacial de "2001: una odisea del espacio", que, si la dejaran, se cargaba a todo dios.

Leía yo esas novelas, sin embargo, con el firme convencimiento de que nos hablaban de mundos imposibles que nunca se harían realidad ¿Hablar nosotros con las máquinas de tú a tú, vernos sustituidos por ellas, tratar de explicarles algo como amigos del alma? Ni de coña. El ser humano es, a pesar de su fragilidad, una caña pensante (que diría Pascal) y donde esté un buen cerebro que se quiten de delante todos los circuitos del mundo (me decía yo).

¡Qué ilusa! Hete aquí que, 40 años después, hemos llegado a ese mundo. En los últimos tiempos en los que he tenido que hacer bastantes diligencias por teléfono, he hablado casi más con las máquinas que con las personas. Y mira que a mi no me importaría pegarme una buena parrafiada con ellas, buena soy yo alegando y explicando. Pero son ellas las que no me dejan. Si les digo la verdad, nuestras conversaciones adolecen de camaradería y espontaneidad. Vean si no unos cuantos botones de muestra:

1) Ella: Diga brevemente el motivo de su llamada.
Yo: Pues verá, resulta que no me funciona el identificador de llamadas...
Ella (seca y antipática): Perdón, no la he entendido.
Yo (paciente y conciliadora): Es que, mire, antes tenía identificador de llamadas pero desde que me pusieron la fibra...
Ella (más antipática, si cabe): Perdón, esa opción no existe.
Yo: ¿Cómo no va a existir? Si es que...
PLOM (me cuelgan)

2) Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Y así hasta 300 veces. Me da tiempo hasta de pintarme las uñas. Al final, PLOM, cuelgo yo de pura desesperación.

3) Ella: Por favor, teclee el código asignado para esta operación.
Yo busco las gafas, busco el código asignado, que no estaba en la gaveta que pensaba, busco el teclado, voy poniendo los números despacio para no equivocarme y...
PLOM, se pasó el tiempo y me cuelgan.

4) Ella: Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo (empática total): Mire, es que no me han prestado ningún servicio porque la cosa no está arreglada, pero tampoco quiero perjudicar a nadie...
Ella (impertérrita): Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo: A la porra, un 5 y va que chuta.
En cuanto lo pongo, PLOM.

He llegado a la conclusión de que con ellas, nada de explicaciones ni conversaciones íntimas. Nuestro amor es imposible, a pesar de "Blade runner". A veces, hasta me da por pensar que detrás hay alguien volviéndonos locos y partiéndose de risa con nuestros improperios y maldiciones. Por eso, me encantó cuando hace poco , casi como un milagro, me salió ¡un humano! Era un chico sevillano al que le conté mis desgracias y, superamable, se puso a buscar mi expediente y le oigo decir: "No, aquí no es, a ver si por aquí...". Enseguida me dice: "Perdone, pero es que alguna vez hablo solo". "Huy -le contesto-, yo me paso el día hablando sola". Y él: "Pues entonces, como decía Antonio Machado, hablará con Dios". "Sí -digo yo- Machado dijo: Quien habla solo espera /hablar con Dios un día". Él: "¡Sí, eso mismo!"...

Ustedes no me digan que no hay diferencia ¡Qué gusto, pero qué gusto hablar con humanos!

martes, 18 de junio de 2019

Me siento medieval

(Castillo de Consuegra)

Hay que precisar ante todo que en mi tierra, Canarias, no hubo Edad Media. Ni castillos, ni justas, ni asedios, ni Cruzadas. Aquí, de la Prehistoria nos plantamos en el Renacimiento y poco después en la Ilustración y nos quedamos tan panchos. Y a lo mejor será por eso, por esa carencia que siento como europea, por lo que tengo una cierta fascinación por todo lo medieval, desde cuando de chica me aficioné a leer todos los colorines del Capitán Trueno. No me extrañaría nada que en otra vida hubiera sido una castellana con toca en la cabeza y llaves en la cintura, asomada a una almena.

Así que siguiendo esta tendencia, durante el mes pasado me he releído la serie completa del monje-detective Fray Cadfael, 20 libros escritos por Ellis Peters en los que la acción se sitúa entre el año 1137 y 1145 en la abadía benedictina de Shrewsbury y sus alrededores. Son unos libros deliciosos, ideales para determinados momentos en los que se quiere desconectar, y en los que están todos los tópicos del medievo: la búsqueda de reliquias como reclamo para la riqueza de la Iglesia aunque sean falsas, las Cruzadas como telón y objetivo de la Cristiandad, los Juicios de Dios, la distinta manera de vivir de nobles, clérigos, siervos de la gleba y hombres libres, las ferias y las fiestas, las pruebas de sangre, los juglares llevando música y poesía de castillo en castillo... Y como fondo el perfumado huerto de la abadía en el que Fray Cadfael ha terminado encontrando su razón de vivir y desde el que extiende su mirada sagaz sobre el género humano y sus vicisitudes.

Ha sido una auténtica inmersión en el mundo medieval que he completado esta semana pasada con una visita a Toledo, corta (5 días) pero intensa y preciosa. Ancha es Castilla es lo primero que decimos ante esta inmensa planicie, arcillosa y verde de olivos y vides, interrumpida de vez en cuando por algun grupito de casas perdidas en medio de la nada. Pero ahí sí que hubo una Edad Media igual que la que leí en los libros y estos días me he deleitado hermanando lo visto con lo leído.
Allí están los castillos con sus barbacanas, su poterna, sus salas donde los soldados dormían sobre la paja, sus caballerizas o sus almenas.
Hay murallas todavía en pie de aquellas que defendieron ciudades en guerras lejanas entre cristianos y árabes.
Se siguen haciendo fiestas, como las Mondas de Talavera de la Reina, en las que se agradece la buena recogida en las cosechas tan propio de una sociedad que antes fue sobre todo rural. O la del Corpus en Toledo el próximo jueves, para la que todo está ya preparado: palios sobre las calles, banderolas y tapices en ventanas y muros, grandes incensarios colgando, lámparas de cristal sobre todo el recorrido de la gran Custodia de oro de la Catedral.
En Oropesa, un alfarero, igual que sus predecesores, sigue acariciando y moldeando la buena arcilla de la que surgirán, como en un truco de magia, platos, jarras o palomas.
Los molinos,como aquellos de los que habló Cervantes, continúan, con sus 8 ventanucos abiertos a los vientos de la meseta (Ábrego Hondo, Matacabras, Toledano, Cierzo, Mariscote... ) y sus inmensas aspas, moliendo bajo piedras descomunales los cereales de ahora.
Pervive el relato de milagros y leyendas, como la del caballo de Alfonso VI que se arrodilló ante una luz en una grieta del suelo que ocultaba un Cristo iluminado o la de la Virgen que bajó del cielo para regalarle una casulla al arzobispo Ildefonso.
Hay en conventos y monasterios (maravilloso San Juan de los Reyes) un aire de otros tiempos que se respira en los silenciosos claustros o en la sala capitular en la que se discutían problemas cotidianos y misterios divinos.
En Toledo se conservan callejuelas estrechas y empedradas, algunas con el cartel "Esta calle es de Toledo", no sea que la roben y la anexionen a la casa de al lado (la picaresca es eterna); hay otras con nombres preciosos, como la de "los siete abujeros"; y otras con cobertizos encima, de casa a casa, y a la altura suficiente para que pueda pasar por debajo un caballo y su jinete con la pica alzada.
Igual que el Hospital de San Gil en las aventuras de fray Cadfael, también el Hospital de Tavera está situado en las afueras de la ciudad para evitar contagios.

Y mientras nos empapábamos del relato de aquellos tiempos y oíamos el canto de Vísperas en el Convento de las Comendadoras de Santiago, todo se conjugó para sentir que todos nosotros también pertenecíamos a esa historia, que somos herederos de esa Edad Media que nos hace un guiño desde los sillares de los muros y la altura de los castillos, que los archivos, leyendas y cuentos en definitiva también hablan de nosotros.

Al terminar el viaje, bajo una luna llena en la noche castellana, suspiro y me digo: "¡Cielos, qué medieval me siento hoy!".

(Toledo) 

(Castillo de Oropesa)
(Custodia de la Catedral de Toledo)

(Claustro de San Juan de los Reyes)
(Molinos de Consuegra)

lunes, 10 de junio de 2019

Que pase misín...




Las de mi quinta seguro que recuerdan el juego en que cantábamos "Que pase misín, que pase misán por la Puerta de Alcalá...". Realmente se decía en sus orígenes "Que pase monsieur, que pase madame", pero los niños de sucesivas generaciones habían transformado el monsieur y madame en esos no menos misteriosos misín y misán. Consistía en que dos niñas (los niños no jugaban a esto) hacían un arco con sus brazos, bajo el cual pasaban una fila de niñas en bucle. La canción seguía con "... las de alante corren mucho y las de atrás se quedarán". Al decir esto último bajaban los brazos y atrapaban a una niña a la que, susurrando para que las demás no lo oyeran, planteaban una elección: ¿Qué prefieres...? Y ahí le daban a elegir, por ejemplo, fresa o chocolate, o manzanas o peras, o lo que se nos ocurriera, cuanto más imaginativo, mejor.  Dependiendo de la elección se ponían detrás de una u otra de las que preguntaban y el final consistía en ver cuál de las dos filas era más poderosa y conseguía tirar al suelo a la otra.

Ya los niños no juegan a esas cosas, creo. Pero me da que los adultos seguimos planteándonos elecciones toda nuestra vida, a veces banales, a veces, estúpidas, a veces trascendentes. Esta semana pasada he tenido la ocasión de ver una de esas alternativas que los humanos escogemos. Se la cuento y ustedes valorarán.

Una opción -Que pase misín...- nos la muestra la prensa estos días: En el Everest ha habido un atasco de más de 200 personas que ya lo quisiera la Autopista del Norte a las 8 de la mañana. Justo a la llegada al pico (y estamos hablando de 8848 m. de altura) se han formado colas como si fueran las rebajas de enero. Personas que pueden haber pagado hasta 70000 dólares por subir al pico más alto del mundo se han apretujado en un sendero de una sola vía esperando que unos bajen para poder subir. Igualito que en el metro, solo que aquí no se exponen únicamente a empujones, sino también a congelaciones, asfixia y al dudoso honor de morir en el Everest (10 personas en 3 días). Eso sí, si sobrevives, podrás hacerte una foto allá arriba, ponerla en el salón de tu casa y enseñársela, más inflado que un globo, a tus vecinos y amigos.

La otra opción -... Que pase misán...- es la elegida por mí este sábado pasado. También es una salida a la naturaleza, pero muy distinta. Fui con un grupo de amigos al Bosque de Agua García a ver las Cuevas de Toledo, un lugar al que, a pesar de estar a media hora de mi casa en coche, era la primera vez que iba. Es un reducto de monteverde, recuerdo de los bosques que poblaron Europa durante el Terciario: senderos anchos y cómodos rodeados de viñátigos (Los Guardianes Centenarios), cuevas hechas por el hombre desde el siglo XVI para extraer materiales para vidrio, puentes de madera sobre barranquillos repletos de helechos y agua al fondo, laureles, jaras, brezos, hiedras y un toque de retama amarilla a la vera del sendero. Caminamos con calma -ramas, raíces, aire y luz- sin encontrarnos con mucha gente y sintiéndonos pequeños y maravillados en un paisaje de cuento.

Ahora toca la pregunta: ¿Qué prefieren? Que pase misín, que pase misán...





(La foto inicial fue tomada por el alpinista nepalí Nirmal Purja en ese atasco del 22 de mayo.
Las fotos del final las tomé en el Barranco de Agua García el 8 de junio)

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