lunes, 10 de diciembre de 2018

La sociedad de la libélula




Hace año y medio les contaba cómo mi hija Ana se despidió entonces de la zona de confort que tanto le había costado conseguir (una carrera de Medicina de 6 años, 2 MIR, 8 años en Urgencias, 8 años en Anestesia, sangre, sudor y lágrimas) y se lanzó al mundo de la literatura, así sin paracaídas. Dejó el Hospital y Hospitén con sus pompas y sus glorias y hoy trabaja en el despacho de su casa dedicada a escribir, a leer, a montar cursos de marketing online para escritores, a editar libros médicos y a disfrutar como una mona con lo que hace.

Trabaja un montón, no crean. Durante la semana de lunes a viernes, de 9 a 1 de la mañana y de 3 a 7 de la tarde tengo totalmente prohibido llamarla, a no ser que me den las fiebres tifoideas y el sarampión, todo junto. Y el hecho es que le ha cundido un montón. Vive de la literatura y hoy tiene publicadas 5 novelas, 4 libros de no ficción y varios relatos en Antologías. Además 4 novelas más, terminadas y pendientes de publicación, y está escribiendo otra más a 4 manos con un amigo. Todavía no llega a lo de Lope de Vega que escribió casi una obra de teatro por semana a lo largo de toda su vida, pero todo se andará. Y lo más importante, está feliz.

Ahora ha publicado en Amazon, en digital y en papel, "La Sociedad de la Libélula", su 5ª novela. Les cuento de qué va. Imagínense dos sociedades radicalmente distintas. Una es la nuestra, concretamente Madrid en primavera, con el ruido de los coches, con las terrazas oliendo a café, con sus gentes ajetreadas yendo de acá para allá. La otra es Anisóptera, un mundo helado y extrañamente bello de bosques, lagos transparentes y luminiscencias verdosas sobre la nieve. Es una sociedad de clases cerradas en la que gobiernan los arthros de alas mortíferas sobre las demás razas: los regips, escamosos y de cabeza chata, los brutales nophias, las bellas coerus que viven en el agua... y los parias, rubios y de ojos azules. 

La Sociedad de la Libélula, que es la editorial más puntera de España en fantasía, ciencia ficción y terror, es el punto de unión entre esos dos mundos, y lo es gracias a una máquina trasladadora — inventada por el enigmático Melchor Malatar, el dueño de la editorial—, que permite a los escritores contratados vivir sus propias historias. Así es como Isabel Nión, la escritora protagonista, accede a Anisóptera transformada en coerus y conoce a Nahum, un arthros muy particular. Y hasta aquí puedo contar, como decía Mayra Gómez Kemp.

Hay en este libro misterios sin resolver, aventuras y peligros, un escritor desaparecido, amores apasionados más allá de toda esperanza, un mundo diferente al que asomarse en dos tiempos (el tiempo de Taar, un paria inteligente y curioso, y el tiempo del arthros Nahum), y ver que, después de todo, no es tan distinto al nuestro.

A mí, que he sido una de sus lectores cero, me gustó por lo entretenida, por la forma en que Ana maneja los tiempos y los espacios, por su tratamiento de los personajes (sobre todo, Melchor Malatar del que no sabes qué pensar). También agradezco la buena presentación del libro: una portada preciosa, obra de la ilustradora Libertad Delgado; letra grande para los que ya no vemos tan bien y un tacto que da gusto.

Este viernes 14 de diciembre, Ana lo va a presentar en la Librería Lemus, en la Avenida de la Trinidad de La Laguna, a las 8 de la tarde, cosa que les comunico por si tienen a bien acompañarla y arroparla. La presenta otra escritora que me encanta, Mónica Gutiérrez Artero, mi Mónica Serendipia, que viene desde Barcelona para hacerlo. Traerá también su libro "La librería del Señor Livingstone", que ha sido una de las 12 novelas más vendidas este año en Amazon. Así que anímense y vengan ¿Qué mejor regalo para estas fiestas que libros interesantes y que ayuden a desconectar y a pasar un buen rato?

Este es el cartel anunciador del evento hecho por la Librería Lemus:




Y estos son algunos de los personajes dibujados por Libertad Delgado. De izquierda a derecha, Melchor Malatar, Nahum, Isabel y Taar:


  
Nos veremos el viernes. Hasta entonces.

Si no vives en Tenerife, también puedes conseguirla en Amazon. 

lunes, 3 de diciembre de 2018

¡Oh la la, París!




Hay en el mundo, nadie lo duda, muchas ciudades de cine. Sus calles y rincones nos atraen como el escenario ideal en donde se pueden desarrollar grandes historias de amor y aventuras. Hay muchas ciudades así, sí, pero tienen que reconocerme que ninguna como París. Lo de París mon amour no es una frase hecha, no. París enamora y cautiva como solo una buena película sabe hacerlo. Y por eso, estos días pasados en los que, por tercera vez en mi vida pisé París, les juro por Dios que la ciudad se me apareció como un gran plató de cine.

En Montmartre, ese barrio con más aires de pueblo que nunca, con su tiovivo, sus fruterías y sus carteles por las fiestas de Sant Jean, vi a Amélie, jugando al despiste con un desconocido; la Torre Eiffel, que tan esquiva se mostró con Meg Ryan en French kiss, surgió, rotunda de día y dorada de noche, como reina indiscutible sobre los tejados; la Plaza Vendôme, con las tiendas de lujo, el Obelisco y el Hotel Ritz, lucía igualita que cuando allí se hospedaba Peter O'Toole en Cómo robar un millón y... y Audrey Hepburn le proponía un robo extraordinario; la iglesia de Sant Sulpice conservaba el mismo ambiente de misterio (el gnomon, la línea dorada en el suelo, las conchas gigantes...) que en El Código Da Vinci; entre las gárgolas de Notre Dame, no fue raro entrever al Jorobado Quasimodo suspirando por Esmeralda la zíngara; y la Rue Montaigne (Sabrina y sus amores, Mrs Harris va a París, Coco Chanel) seguía siendo el lugar donde brillan más las firmas míticas: Dior, Louis Vuitton (¡colas antes las puertas!), Chanel...

El Sena y sus puentes y sus bateaux mouches han sido tantas veces filmados que nos parecen hasta de la familia, pero yo recordé a Jack Lemmon saliendo del río impecablemente vestido de lord inglés y sacándose una trucha del bolsillo en Irma la dulce. Una noche fuimos a La Caveau de La Huchette a oír buen jazz y a asombrarnos ante las filigranas que hacían las parejas que bailaban, igual que allí mismo lo hizo Audrey Hepburn en Una cara con ángel y los bailarines de La la land. Visité la librería Shakespeare&Company, tan cálida y cariñosa -madera y libros, libros, libros-, donde el escritor de Antes del atardecer firmaba ejemplares de su obra. Hasta el impresionante castillo de Vaux-le-vicomte fue escenario de los banquetazos que preparaba el cocinero Vatel (un Gerard Depardieu soberbio en la película).

En París cabe todo, la miseria y la grandeza, la Historia así con mayúscula, la excelente música callejera de un grupo a la puerta de Saint-Germain-de-Prés y la de Julien Clerc en el impresionante La Seine Musicale ante 4000 personas aplaudiendo con fervor, el árbol de Navidad de las galerías Lafayette, las nympheas de Monet en el Orangerie, los restaurantes de toda la vida como "Le Procope" donde también comieron Diderot y Rousseau, los preciosos escaparates con figuras en movimiento, las terrazas para ver pasar el mundo... En París caben hasta las revoluciones, como la de los "chalecos amarillos", con los que nos topamos varias veces (los franceses cuando se ponen, se ponen). ¿Arde París? no estaba lejos del recuerdo cuando los vimos por Les Champs Élisées, pero también nos encontramos con una guillotina montada por los manifestantes amenazando a Macron, igual que en épocas pasadas la vieron La Pimpinela Escarlata o María Antonieta cerca de La Bastilla.

Y es que más allá del prodigioso escenario, París sigue siendo humana, una ciudad viva y multicultural, inspiradora de mil canciones (I love Paris in the spring time...) y citas (París bien vale una misa), una ciudad a la que apetece volver otra y otra y otra vez. Como le dice Humphrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca: Siempre nos quedará París.

(Para Cristi, que nos organizó un viaje completísimo -lo de los "chalecos amarillos", no- y para Toñi, que condujo por toda Francia y por el caos de la Place de la Concorde con total estoicismo. Mil gracias a los dos)


La Plaza de los Vosgos desde el apartamento de Víctor Hugo

La Caveau de La Huchette

Escaparate de Dior en la Rue Montaigne

Calle de Montmartre

Guillotina montada por los "chalecos amarillos"

Árbol de Navidad de las Galerías Lafayette

lunes, 12 de noviembre de 2018

Ortografía envenenada



Hacer oposiciones es uno de esos tragos amargos que uno tiene que pasar en la vida, sobre todo si te dedicas a la enseñanza y tu trabajo -al menos antes era así- peligra cada septiembre. Hay que pasar por el aro, sí o sí,  y a veces, como en mi caso,  dos veces (agregaduría y cátedra). Así que cuando los periódicos sacan fotos, como en este verano pasado, de aulas enormes, abarrotadas de atribulados docentes, empatizo con ellos rápidamente. Y recuerdo los meses de preparación, mientras al mismo tiempo trabajaba, corregía exámenes, preparaba clases, cuidaba de los hijos y del vivir y, al final, aprovechaba las noches para estudiar los temarios. Ahí fue cuando me aficioné al café.

Y encima, como quien tiene la famosa espada de Damocles sobre la cabeza, siempre cabe, claro, la posibilidad de suspender. En las últimas oposiciones convocadas este verano, se presentaban 10 aspirantes para cada plaza y, aun así, quedó vacante el 10% de las plazas, 1984  sin cubrir. Al parecer -la prensa lo ha publicado y comentado varias veces-, fueron determinantes las faltas de ortografía y de gramática, la mala redacción y la pobreza en la expresión.

Independientemente de que también puede haber otras causas de la escabechina, a los que hemos sido profesores no nos extraña nada. El lápiz rojo con el que señalábamos los fallos se gastaba pronto y, como el replicante de "Blade runner", hemos visto "cosas que vosotros no creeríais". Nos hemos encontrado faltas de las gordas en trabajos, en escritos publicados, en blogs, en comentarios en las redes... Pero también en artículos periodísticos y en libros de autores consagrados o no, acostumbrados como estamos al corrector, que muchas veces no las detecta. Por ejemplo, en las declaraciones de un bailarín en septiembre de este año en "El País" me encontré: "Estuve una década empujando asta que en mi camino se cruzó...". Ese "asta", que a cualquiera de mi profesión nos salta a los ojos, lo he visto en otros escritos disfrazado de "bandera a media hasta". Pero es que ¡hasta en un enunciado del examen de Lengua de estas mismas oposiciones hubo una falta ("Comente el tratamiento de la plasticidad a lo largo de el poema")!.

¿Y qué decir de los anuncios que se ven por ahí?  Sirva de ejemplo el que pongo como imagen inicial, ese "Hay veneno", tan camuflado que más parece un anuncio misterioso en bengalí (y que nada ayuda al incauto que se atreviera a coger un racimo). Basta buscar en Google "carteles con faltas de ortografía" para encontrarnos un número apabullante de ellos:
Se proive tirar. vasura en esta aria de este te reno.
Fabor de guardar cilencio para que descancen las demas personas.
Servicio y gienico.
Ha tencion no de puede hacer de cuerpo por fabor el bates esta haberiado gracias.
El que salte estavalla y llo lo pille endentro seba arepentir de abernacio
Se vende jaita jalleja.
Dios mio, Dios mio ¿por qué meas avandonado? (Este en una iglesia)
Incluso, hay alguno que ortográficamente es impecable, pero le falla el vocabulario:
Se perfora el óvulo de la oreja. Inf: Sra. Domitila.

Hay quienes piensan que las faltas no son tan importantes. Acuérdense de García Márquez despreciando las "h" o de Juan Ramón Jiménez poniendo todo con "j". Pero el hombre es social, recordaba Aristóteles (siempre él), porque tiene el tesoro de la palabra. ¿Y qué hacemos con ese tesoro? Nunca como ahora ha habido tantos cauces de comunicación, tanta información, tantas redes conectándonos, pero, como dice Adela Cortina, no parece que, por eso, nos comuniquemos mejor: "Tal vez en el fondo de ese fracaso se encuentra , entre otras muchas causas, ese no saber decir, ese descuido del lenguaje, que es un mal endémico".

Entonces es cuando empezamos a repartir culpas. A la educación y sus fallos, por supuesto (¿Más exigencias? ¿Más acuerdos entre profesores de distintas materias? ¿Una asignatura dedicada exclusivamente a Ortografía en niveles básicos?), pero tampoco ayuda el lenguaje de los SMS, con sus abreviaturas y sus emoticonos, la prisa en que se redactan los mensajes o el no leer habitualmente buenos libros.

Saber escribir correctamente, una de nuestras capacidades básicas, es parte de nuestra formación como personas. Si quieres ser docente, es tan importante como dominar tu materia. Y si un profesor no sabe escribir, tampoco está capacitado para enseñar a hacerlo.

Incluso a veces saber escribir -como en el caso del cartel de "Aibene no"- es cuestión hasta de vida o muerte.


lunes, 5 de noviembre de 2018

Almanzor no perdió el tambor




Otra cosa, no, pero a nosotros nos enseñaron historia por un tubo. Nosotros no solo sabíamos quién era Carlos I de España (y V de Alemania), sino también Carlos II el Hechizado, Juana la Loca, Berenguela de Castilla y hasta si me apuran, Perico de los Palotes. Y, por supuesto, conocimos a Almanzor. Les he preguntado por todos ellos a mis nietos y ni idea, oigan. Tampoco es que de cada uno supiéramos vida y costumbres de pe a pa, pero, vamos, algo estábamos enterados. Por ejemplo, del último yo sabía que era un caudillo moro que era un hacha ganando batallas hasta que la pifió en Calatañazor. Cuando siendo mis hijos adolescentes hicimos un viaje en el que pasamos por Soria, recuerdo la emoción que me dio al estar en aquel pueblo, tan perdido y encaramado allá arriba, como un nido de águilas desde el que se veía toda la llanura -¡Ancha es Castilla!-. Los cristianos lo tuvieron fácil porque desde allí no se perdían una. Me acuerdo que se lo comenté a mis hijos (que tampoco sabían quién era Almanzor) y que les cité la frase que siempre nos decían: "Almanzor perdió el tambor en Calatañazor".

Pues ahora resulta que no, que Almanzor no perdió ninguna batalla, y menos ningún tambor, si es que alguna vez lo tuvo, y que todo fue un cuento de los cristianos para quedar bien. Imaginen, es como si ahora el Rayo Vallecano dijera que le ganó al Barcelona.

De todo esto me enteré a raíz del viajito a Córdoba que hicimos hace poco. A la vuelta en el avión me leí un libro precioso de Antonio Muñoz Molina, "Córdoba de los Omeya", que me puso al día en este personaje apasionante que, siendo casi un mindundi, llegó a ser el amo del califato. La carrera de Muhammad ibn Abi Amir al-Mansur (Almanzor para los amigos) empezó como calígrafo escribiendo memoriales, cartas y solicitudes para el Califa en un zaguán de la medina de Córdoba. Pero era un trepa inteligente y seductor y a los 25 años ya había cruzado las puertas del Palacio y contaba con la predilección del Gran Visir que lo recomendó al año siguiente para administrar los bienes del heredero y dirigir la Ceca o Casa de la Moneda. A los 32 era el Jefe de la Guardia del califa y lo llamaban el Señor de la noche porque cada amanecer mandaba colocar en las esquinas de los zocos las cabezas de los rateros ¡Santo (y drástico) remedio para acabar con la peligrosidad nocturna! Sabía decirle a cada uno lo que quería oír, pero sin duda, cuenta Muñoz Molina, el mérito más decisivo en su ascenso fue el favor de Subh, la concubina favorita del Califa. La cama siempre ha sido un buen trampolín, pronto no había ni quien le tosiera. No conoció la clemencia ni la gratitud e incluso cortó la cabeza (y la hizo enviar a Córdoba conservada en salmuera) a uno de sus hijos que se rebeló contra él. Pero también, gracias a él, la vida en Córdoba fue más regalada, segura e imparcial que nunca. Muñoz Molina lo llama "el tirano benévolo".

¿Qué nos enseña esta historia? Muchas cosas, de las que me quedo con dos. Una, que para llegar a la cúspide viene bien arrimarse a un buen árbol. Una palabrita por aquí, un favor por allá, una sonrisa divina... y ¡hala, a comerse el mundo! Y parecía que no rompía un plato cuando solo se dedicaba a escribir cartas...

Otra, que nos han engañado como bellacos. Hay muchas cosas que nos han enseñado que no me sirven para nada (por ejemplo, los polinomios), pero que me enseñen cosas que no son verdad, me pone de los nervios ¡50 y pico años creyendo lo del tambor y era una bola! Y vete a saber qué otras cosas nos han colado. Se empieza con un tambor y se puede acabar con toda una orquesta de batallitas inexistentes, secretos inconfesables, crímenes disfrazados, mentiras arriesgadas y héroes de pacotilla.

¿De verdad habrá existido Almanzor?

lunes, 29 de octubre de 2018

Historia de un amor gafado




Cada vez que le piden que se quite las gafas de sol para hacerse una fotografía, mi amiga Eli se acuerda de su amor gafado. Tenía entonces 18 años y estaba enamoradísima de un chico, llamémosle Baldomero (por aquello de "eres joven, guapo y con dinero, ¿qué más quieres, Baldomero?"), que además la correspondía. Felicidad y corazoncitos por doquier. Pero un día Eli se compró unas gafas de sol op-art  ¿se acuerdan? Grandes, de pasta blanca y negra, eran lo más de lo más. Todas las artistas las llevaban (casi igualitas a las de France Gall en la foto inicial) y Eli también se sentía guapísima y divina de la muerte con ellas. 

Ese mismo día había quedado con Baldomero y otros amigos para ir a Las Teresitas en guagua. Nada más verla con aquellas gafotas, él le pidió que se las quitara, que no le gustaban, que no se le veían los ojos (hay que decir que Eli tiene unos preciosos ojos verdes), y no paró de insistir, sin que ella le hiciera el menor caso, desde Santa Cruz a San Andrés. Cuando llegaron a la playa, ella se quedó en las piedras negras que por aquel entonces tapizaban Las Teresitas y él, enfurruñado, se fue a bañar. Al salir del agua y verla, tendida en la toalla todavía con las gafas puestas, se acercó, se las quitó, las tiró a las piedras, las pisoteó bien pisoteadas y las destrozó. Eli se quedó tan muda que no le habló, no solo de vuelta a casa, sino nunca más en la vida. Ya pudo él llevarle al día siguiente el gran ramo de flores, ya le volvió a comprar otras gafas iguales, ya le pidió perdón mil veces que ella no lo quiso ver más, Así terminan los amores.

Eli, que entonces hacía Magisterio, tiene dos carreras y haciendo la segunda -Enfermería- conoció y se casó con su profesor de Fisiología. Tiene 5 hijos y 5 nietos, ha sido una gran profesional y sigue siendo una mujer que sabe lo que quiere y que, además, lo consigue. Su marido, que la respeta profundamente, dice: "Yo no estoy seguro de que haya infierno, cielo o reencarnación, pero si Eli muere antes que yo y no vuelve, es porque no se puede". Es una mujer guapa por fuera y por dentro, que llena de luz cualquier lugar por donde pasa. Me recuerda a la recién fallecida Carmen Alborch de la que Maruja Torres dijo: "Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba". Eli aporta a nuestro grupo de amigas (nos conocemos desde hace 60 años) chispa e inteligencia.

Este ha resultado ser el tiempo de las mujeres. Lord Henry Wotton, el cínico personaje de "El retrato de Dorian Gray" de Oscar Wilde decía: "Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir, pero lo dicen con mucho encanto". Pues bien, ahora parece que sí tienen algo que decir. Después de siglos de dominación y de agachar la cabeza ante el hombre, las mujeres la han levantado para reivindicar un lugar igual: ellos y nosotras como seres humanos marchando juntos por la vida. Nada de imposición, nada de sumisión, nada de degradación. Y sí mucho respeto mutuo y el derecho de cada uno de pensar y ser lo que queramos.

Esto es lo que muchas mujeres y hombres han ido defendiendo a través de los tiempos en una larga cadena en la que aparecen miles de nombres: las Marie Curie, las sufragistas, las Simone de Beauvoir, las Emma Watson ante la Sede de Naciones Unidas, las Carmen Alborch con sus libros y su trayectoria... Y, por supuesto, Eli.

¡Ay, Baldomero, lo que te perdiste!

lunes, 22 de octubre de 2018

Un brindis por Maimónides


Maimónides y sus babuchas

Este otoño, que se me ha presentado viajero y disfrutón, me ha llevado la semana pasada a Córdoba la llana, a la Córdoba de los poetas, la "Córdoba lejana y sola. Jaca negra, luna grande y aceitunas en mi alforja" de Lorca o a la "Romana y mora, Córdoba callada" de Manuel Machado. Hay quienes, como Muñoz Molina, la ven más misteriosa todavía, como "un pergamino rasgado y pulido muchas veces que revela al calor del fuego una escritura invisible". Y es verdad que estas miradas de los poetas le hacen justicia, pero para mí son demasiado aéreas, demasiado espirituales. Y es que, en los pocos días en que entreví esta ciudad que un día fue el centro de un mundo, me pareció tan, tan terrenal...

Sí, sí, ya sé que su templo más famoso, la Mezquita-Catedral, guarda un bosque ascendente de arcos  -la "selva aritmética de las columnas y la arquitectura vegetal de los naranjos y las palmeras" (otra vez Muñoz Molina)- y que su suelo lo han hollado las buenas gentes de dos religiones que querían honrar a Dios.

Ya sé que, curándose en salud, los cordobeses han llenado la ciudad con la imagen de su protector, el arcángel san Rafael, generalmente sobre un montón de columnas triunfales en cada barrio desde las que cuida de todo el personal. San Rafael es omnipresente en Córdoba, no he visto en ningún otro sitio tal proliferación. Me lo he encontrado en hornacinas en la calle, en la torre de una iglesia medio derruida enfrente de la ventana de mi Hotel o en cuadros en el precioso Museo de Julio Romero de Torres (el que pintó a la mujer morena), y su nombre figura en plazas, arroyos, cementerio, instituciones, iglesias, tiendas, restaurantes, ... Como nos dijo Olivia, nuestra guía -que nos enseñó Córdoba con toda la pasión y el conocimiento que al tema puede dedicar una cordobesa-, "es que nos ponemos 'mu' cansinos con San Rafael" ¡Hasta el estadio de fútbol se llama "El  Arcángel"!

También sé que la Semana Santa es una fiesta grande de procesiones, capuchinos y saetas y que todo eso es signo de espiritualidad y misticismo. Pero me pega que los cordobeses, más que de San Rafael, tienen mucho más de Maimónides, el médico-filósofo que, en un rincón de la Judería, tiene una estatua con las babuchas doradas y gastadas porque todo el que pasa por allí , así sea un chico de los recados, se las toca para que le trasmita inteligencia y buen hacer. Y algo debe haberles trasmitido él, que como buen discípulo de Averroes y de Aristóteles, consideraba que el hombre es un ser racional y libre. En el fondo los cordobeses saben que, por mucho que San Rafael esté allí encima vigilando, no los va a librar de los embates de la vida, igual que en épocas pasadas no los libró de pestes ni de guerras, ni a nosotros, el jueves, de un palo de agua tan fuerte que los caños de la Mezquita que desaguaban en los jardines parecían las cataratas de Iguazú.

Así que le plantan cara a la vida y hay en ellos una alegría de vivir y un afán por la belleza y el goce que se ve en la disposición de sus casas con el patio de flores central, que se convierte, fresco y perfumado, en el sitio de reunión y solaz; o en el Palacio de Medina Azahara, que dicen que se levantó en honor a una mujer y que guarda un espacio considerable para disfrutar del paisaje; o en los jardines del Alcázar en donde el ruido incesante del agua acompaña el paseo tranquilo. Los cordobeses hacen vida en la calle y por menos de nada traban la hebra con el visitante. "Aquí nos conocemos todos y nos llevamos muy bien", me dijo una señora que estaba en bata a la puerta de su casa en el Barrio de San Basilio. La gracia, la naturalidad y la simpatía son monedas corrientes. Y también las ganas de juerga, que parece que hay que frenar, según un cartel en las cercanías de Medina Azahara: "Se prohíben peroles". Dado que para nosotros un perol es un caldero nos pareció rara esa prohibición, pero luego nos enteramos que se referían al contenido, no al continente. Lo que se prohibía allí era la comilona que llevan los peroles (unas migas, un arroz, una carne...) y la consiguiente jarana acompañante.

El último día, horas antes de volver y bajo un cielo azul que hacía olvidar que el día anterior había caído sobre nuestras cabezas el diluvio universal, me tomé un fino y un pincho de tortilla en la Plaza de la Corredera -amplia y viva- y brindé por Maimónides y sus descendientes, habitantes de esta tierra generosa, estos cordobeses sin alas, con los pies en la tierra, valientes ante lo que venga, inteligentes y creativos, amantes de la belleza y de la buena vida ¡Que la sigan disfrutando!

(Para Olivia y Conso, nuestras guías en Córdoba, que nos acercaron a esta ciudad única. Mil gracias)

La magia de luces y espacios en el mihrab de la Mezquita

San Rafael pintado por Julio Romero de Torres

En un patio cordobés

lunes, 15 de octubre de 2018

Nadie me quiere



En aquellos lejanos tiempos en los que no me perdía la lectura de "La Codorniz", leí un relato en ella que me impresionó , aunque lamento no acordarme del autor. Se titulaba "Nadie me quiere" y contaba los hechos de un día en la vida de un hombre. Se levantaba, se duchaba, se desayunaba, se iba a la oficina, salía al mediodía, se comía unos espaguetis en el bar de enfrente, volvía al trabajo, hablaba con los compañeros, salía a las 7 a tomar una copa con algunos amigos, llegaba a su casa, comentaba el día con su mujer y sus hijos, entraba en el baño, se miraba al espejo ¡y se veía un espagueti en el bigote! Todo el día, todo el santo día, desde el mediodía hasta la noche, con un horrible espagueti pegado al bigote, y nadie ¡nadie! lo había mirado detenidamente para darse cuenta y decírselo. Era un relato real de la vida y sus zarpazos. No me digan que no tenía toda la razón en su conclusión -¡Nadie me quiere!- y que no es para compadecerlo.

Y no es un caso único, no. Cada día todos estamos expuestos a la indiferencia general. Que no se fije en ti el tendero de la esquina, pase, pero ¡los hijos de tus entretelas! ¡o la madre que te parió! ¡o el amor de tu vida! Una mirada de arrobo no estaría mal ¿no? Yo hace poco llevé una blusa a la costurera (ya saben que la costura no es lo mío) para que me cerrara un escote sugerente que llevaba días con un discreto imperdible detrás. Ella en un pispás me solucionó la chapucería y yo al día siguiente anduve con la blusa puesta paseándome por aquí y por allá. Al final del día me di cuenta de que mi costurera, tan honrada ella, no se había quedado con el imperdible sino que lo dejó bien visible en el cuello de la blusa, y yo, ¡venga a pasearlo como si fuera la joya de la corona! Ni me miraron ni se fijaron en el imperdible, como nadie vio el espagueti del de "La Codorniz".

Y peor lo tuvo una amiga de mi hija. Es una escritora a la que, nada más llegar a la presentación de un libro, la invitaron a cupcakes y se comió uno azul. A resultas, se le quedaron los dientes, la lengua y los labios de un precioso tono azul pitufo y de esta guisa habló con editores, escritores y asistentes al acto, hasta que mi hija, que sí la quiere, se lo dijo. Casi le da un yeyo.

¿Qué nos pasa a los humanos que no nos fijamos en los demás, como si tuviéramos unas orejeras que nos hacen ir solo a lo nuestro? Es para deprimir a cualquiera. Yo no digo que caigamos en la desesperación de un Bécquer cuando decía aquello de "de qué pasé por el mundo ¿quién se acordará?". Tampoco digo que cada vez que nos encontremos con alguien nos miremos a la cara con encendida pasión. Pero sí que por lo menos constatemos que la persona que está enfrente no lleve un espagueti en el bigote o un imperdible en el cuello de la blusa o la lengua azul ¡qué menos! Y que, además, si lo lleva, se lo digamos.

Menos mal que para no ponernos demasiado trágicos y con el "¡nadie me quiere!"a rastras, todos tenemos otros amigos que, cuando nos ven, nos dan el gran repaso de arriba a abajo. Por lo menos yo tengo un par de ellos que se fijan: "¿No necesitas teñirte ya el pelo?" "A esos zapatos les hace falta una buena limpieza ¿Dónde te metiste?" "¿Y esa no es la rebeca que llevaste hace 10 años al cumpleaños de tu hermana? ¡Bien te duran las cosas!"... A esas personas, aunque me digan "¡Y además has engordado lo menos 5 kilos desde la última vez que te vi!", las perdono de todo corazón, porque aunque sean unas desgraciadas, mezquinas y miserables, ellas al menos sí que me quieren.
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