lunes, 18 de marzo de 2019

La tele y Santa Catalina




¿Saben que me entrevistaron para salir en la tele? Pues sí, yo ahí, en el patio de mi casa, delante de un cacho maquinón que me grababa y con pinganillo en la blusa, tal cual si fuera un político de relumbrón o una Belén Esteban cualquiera. Para que no se queden intrigados con lo de a cuenta de qué esta repentina fama, les cuento que la culpa la tuvo este blog. Hace un tiempo, el 13 de mayo de 2013, escribí un post que titulé "El día del eclipse". El director de "Canarias en portada", que quiere hacer un programa sobre fenómenos naturales especiales ocurridos aquí (el eclipse total de sol, la plaga de la langosta, la explosión del Teneguía...), estaba buscando testigos de los hechos, leyó aquel post y me escribió. Y como a mí me gusta alegar y no tengo secretos con el mundo, fui y lo conté todo otra vez: los cristales ahumados, los gallos cantando, la noche en el día, el avión ultrasónico dibujando su línea en el cielo, el asombro y el miedo... Después cuando me vi (ya me verán ustedes para mayo o junio), me di cuenta de que me grabaron por mi lado malo y que debía haber exigido, como dicen que hacía Sara Montiel, que pusieran un velo ante el foco de la cámara para que difuminara los estragos del tiempo. Para una vez que salgo en la tele y yo con estos pelos.

Por supuesto, la familia y los amigos han estado vacilando tanto sobre si ahora se me va a subir a la cabeza la fama que tentada he estado de ponerme a firmar autógrafos. Pero mejor les digo que la fama es, ¡ay!, una diosa efímera que tanto te sube al Olimpo como te baja a los abismos. Cuando Hugh Grant en la película "Notting Hill" rechaza a Julia Roberts porque ella es una actriz superfamosa y él, "ni mi madre se acuerda a veces de mi nombre", ella le contesta "Eso de la fama no es real ¿sabes? Y solo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran". Así que ya saben, la fama, al final, no es más que un espejismo.

Pero luego me quedo pensando y me acuerdo de Santa Catalina. Ustedes dirán que no tiene nada que ver, pero déjenme que les cuente. Cuando yo estaba en el colegio, uno de los días más celebrados era el de Santa Catalina de Siena,  una monja dominica que vivió solo 33 años allá por el siglo XIV. Parece que fue una persona buenísima, de esas que ayudan a todo el mundo, incluso a los Papas (los convenció para que volvieran a Roma desde Aviñón), una de las primeras mujeres en ser nombrada Doctora de la Iglesia. El día de Santa Catalina nosotras nos vestíamos de gala, desfilábamos con velas en la mano y cantábamos un himno que me gustaba mucho: Cantad a Catalina plegarias fervoroooosas, de lirios y de rosas su frente cooooronad...". Pues bien hace poco me enteré por mi nuera, que es ahora profesora de las Dominicas, que las notas de ese himno suenan en todos los cambios de hora en el colegio. Imaginen, después de 7 siglos que hace que murió, se la recuerda cada hora -¡Cantad a Catalina...!- ¡Eso sí que es ser famosa! ¿Y saben qué les digo? Que donde esté Santa Catalina, que se quiten las Belén Esteban, las Sara Montiel y todos los entrevistados de la tele (incluida yo).

lunes, 11 de marzo de 2019

Si vieras lo que me pasó...




Hay profesiones que te acercan mucho al conocimiento de la naturaleza humana, profesiones enriquecedoras ¡Lo que podrían contar! Yo tengo una amiga, Érika, que fue peluquera de la Ópera de Viena durante largos años y con ellos viajó por todo el mundo, conociendo, sintiendo y acumulando vivencias que la han hecho la mujer extraordinaria que es. Tiene en su haber mil historias que contar y que compartir. Lástima que no sepa español y que yo no sepa alemán y que solo nos comuniquemos en el idioma universal de los signos y del cariño y en un inglés chapurreado (por mi parte) que no da para mucho, la verdad ¡Maldita Babel!

Y es que creo que todos nacemos con el don de escuchar y contar historias. Todavía en la familia nos acordamos de las que mi tía Agustina nos contaba cuando venía a comer el día de Navidad: historias de sus años en Venezuela y de su juventud en La Palma, trágicas, cómicas, entretenidas, con el punto trascendente de las verdaderas epopeyas. Nos encantaban.

Entre los libros que he leído desde enero -los reyes me dejaron bien surtida-,  hay dos cuyos narradores pertenecen a dos de esas profesiones que podrían contar mil y un relatos de su día a día. Uno es "Taxi" del escritor egipcio Khaled Al Khamissi. Decía Juan Villoro que "los taxis son espacios narrativos donde no se precisa más estímulo que el silencio para que el conductor empiece a hablar". Y los taxistas de El Cairo que hablan en este libro -¿Quién mejor que ellos para coger el pulso a un lugar?- se desfogan y sus voces nos dibujan una ciudad que es un caos ("pescado, leche y tamarindo", dicen ellos), donde ocurren cientos de historias a cual más curiosa: la de la mujer que sube al taxi llena de velos y se los va quitando para occidentalizarse y entrar a su trabajo de camarera del que su familia no sabe nada; o el que cuenta que dejó a su novia porque "si me casaba tenía que dejar el tabaco y los porros" y no le salía a cuenta; o las múltiples formas de como los estafan los clientes; o el que sueña con ir desde El Cairo a Sudáfrica en su taxi; o el que tiene una casa embrujada en la que todas las mañanas aparecen ojos pintados en las paredes...

Las historias y personajes del otro libro los cuenta un librero de una librería de viejo: "Diario de un librero" de Shaun Bythell. Por sus páginas desfila la mujer galesa "con la voz más triste que jamás he oído" que siempre pregunta por libros de teología del siglo XVIII y que nunca compra nada; la señora mayor que parecía no haber salido de su pueblo y resultó que había llevado una vida interesantísima en Tokio y Jerusalén; el cliente que pide que le graben leyendo un fragmento de su libro favorito; el que discute sobre fantasmas; el que dice: "Busco un libro pero no conozco el título. Es un libro muy antiguo"; o la loca que pregunta "¿De qué va esto?" y se marcha a mitad de la conversación;  o los dos que no se conocen de nada y piden el mismo libro raro al unísono; o el anciano que encuentra alborozado un libro que perteneció a su padre (el librero se lo regaló).

Historias y gentes que pasan por el mundo dejando su impronta en las vidas de los demás... En otro de los libros leídos estos días ("La hija del relojero" de Kate Morton) se lee: "La gente da importancia a las piedras relucientes y a los amuletos de la suerte pero olvidan que los talismanes más poderosos son las historias que nos contamos a nosotros mismos y a los demás". Y es que no hay nada que iguale a la expectación, la curiosidad y la anticipación por un buen relato que todos sentimos cuando alguien te mira y te dice: "Si vieras lo que me pasó...".

lunes, 4 de marzo de 2019

Perdido y hallado




No hay nada más reconfortante que encontrar a un amigo largo tiempo perdido, como me pasó a mí el jueves pasado con mi amigo Juanma. ¿Se acuerdan de uno de los Misterios Gozosos del Rosario que decía: "5º Misterio: Jesús perdido y hallado en el Templo"? Pues igual pero más a lo bruto. Después de todo, Jesús estuvo perdido unas horas y yo a Juanma no lo veía desde hacía por lo menos 50 años.

Estábamos en el Auditorio oyendo a la Sinfónica que interpretaba música de Los Beatles y en estas que mi marido, señalando al señor que estaba sentado delante, me dice bajito: "¿Este no es Juanma?". Al principio no me lo creía pero luego, mientras sonaba Penny Lane, Help!, Yesterday  y She Loves You (ye, ye, ye), fui reconociendo el perfil, las manos cuando aplaudían y la risa... ¿Cómo era posible que viviendo en la misma isla hubieran pasado 50 años sin encontrarnos ni una sola vez? ¡Tenía que ser con Los Beatles, que nos gustaban a los dos!

Juanma fue mi vecino desde los 12 años a los 20 en la casa del Barrio del Toscal, una casa de 3 pisos sin ascensor con una vivienda en cada uno. En el 3º vivía la familia de Juanma con 5 hijos, en el 2º había 4 niños, igual que nosotros en el 1º. Una escalera llena de niños y adolescentes, todo el día subiendo y bajando, riéndonos, llevándonos de maravilla. Con una excepción: en el bajo vivían Don Protesto y Doña Protesta a quienes todos odiábamos. Y luego todo se disolvió: nos fuimos a otros pisos, a otros destinos, a otras vidas y solo mis padres continuaron unos años más viviendo allí. Hace unos años me encontré a la madre de los del 2º y me habló de aquellos tiempos: "Éramos felices y no nos dábamos cuenta".

Juanma era el más cercano a mí por edad. Estábamos en el mismo curso aunque en distintos colegios y hasta estudiábamos francés juntos. Era mi colega, el que aguantaba con paciencia y bondad mis confidencias y con el que más me reía. Él fue el que, cuando vino de un verano en París, me llevó aparte y con gran secreto me susurró por primera vez una verdad que yo entonces desconocía (teníamos 14 o 15 años): "¿Sabes? ¡España es una dictadura!".

Cuando al final del concierto le toqué el hombro -"Juanma, ¿te acuerdas de mí?"- la alegría de su cara fue un reflejo de la mía. Hablamos un minuto de lo que nos queríamos, de todo el tiempo increíble que había pasado, de te presento a mi mujer, de saludar a mi marido al que también conoció en aquellos tiempos... Pero el Auditorio será mucho Calatrava pero es lo más incómodo del mundo para entrar y salir de las butacas o para pararte un momento. La gente de detrás empujaba y a ellos los llevaba por una puerta y a nosotros por otra y tal como nos habíamos encontrado nos volvimos a perder. No hubo manera de verlos a la salida y de seguir con la conversación.

Me quedé desconsolada. Pero ya estoy pensando hacer pesquisas y llamar a una amiga de una prima de otra amiga que tal vez lo conozca y quedar para vernos todos y hablar largo y tendido de entonces y de ahora. Si no ¿tendrán que pasar otros 50 años para volverlo a ver?

lunes, 25 de febrero de 2019

Febrerillo el loco




A febrero, este mes corto y respondón, lo suelen llamar "febrerillo el loco". Y algo de razón tienen si nos fijamos en las cosas que suelen pasar este mes. En un febrero de hace más de un siglo empezó una revolución que acabó con la Rusia de los zares; en un febrero Galileo fue arrestado por la Inquisición por decir el disparate de que la Tierra no estaba en el centro del universo; en este mes a un tal Tejero se le ocurrió mandar a sentar de malos modos a todo un Parlamento... Fue el mes de la Conferencia de Yalta, de la salida de Nelson Mandela de la cárcel después de 27 años, del alunizaje del Apolo 14, del terremoto de Agadir... Y ahora está siendo un mes convulso por la crisis en Venezuela que nos tiene a los canarios en un sinvivir y por la convocatoria de elecciones con todos los políticos cargando municiones. Incluso alguno se ha soltado el pelo este mes y ha llamado "felón" al Presidente, con el consiguiente cachondeo del personal por el uso de un vocablo de tiempos de espadachines. A mí, más que a D'Artagnan, me ha recordado a una escena de "La Cizaña" de Astérix, aquella en la que en el barco pirata llaman a uno "felón" y se arma tal zapatiesta que el "felón" (que es el negro) al final hunde el barco después de decir: "¡Yo no soy felón! ¡Soy más bien guapetón!".
 

En la naturaleza, febrero es el mes de las podas salvajes con vistas al verano, pero también es cuando los almendros estallan de flor rosa y blanca por esos montes. Es el mes de la superluna que reina en las noches, de las grandes mareas y olas tremebundas como la de la imagen en Bajamar, de  los chaparrones repentinos y de las calimas que traen la arena del desierto a las islas.

En cuanto a mí, empecé el mes allá por el día de la Candelaria llevando a mis nietos pequeños a una función teatral sobre Peter Pan. En medio murió una amiga muy querida con 60 años, me pegué un talegazo un día que tropecé y me despellejé las rodillas, descubrí los mejores hojaldres con crema del mundo en una dulcería de La Punta, fui al cumpleaños de mi amigo Mingo hasta las 4 de la mañana como en los viejos tiempos... Y ahora termino el mes con un tour el miércoles al Sitio Litre del Puerto de la Cruz con mis amigas de siempre (seguido de una comida, faltaría más) y con un concierto el jueves de la Sinfónica homenajeando a Los Beatles. Y empiezan los carnavales...

Me da que febrero es así: loco, humano, convulso, con pintas de querer cargarse a todo lo que se le pone por delante, divertido, triste, vital, un poco felón... pero también guapetón.

lunes, 18 de febrero de 2019

Proyecto Bruno: parguelas y cosacos




Este 14 de febrero mi hija ha presentado de nuevo un libro, titulado "Proyecto Bruno". Ana esta vez ha dejado de lado la literatura fantástica y ha escrito lo que se llama una novela juvenil. No estoy de acuerdo con el calificativo que se les pone a estos libros solo porque los protagonistas son adolescentes. Considero que muchas de estas novelas que tratan los temas eternos del ser humano —la amistad, el amor, la inseguridad, los proyectos de vida... — son aptos para todo tipo de lector. Digamos entonces que es una novela que habla de ese periodo de la vida tan difícil que llamamos adolescencia y que es la base de lo que ahora somos. 

De todo ello dan cuenta en la novela dos voces, alternando los capítulos: la voz de Ed —inseguro, tímido, sensible, inteligente—, que experimenta el miedo de quien se siente diferente y lo lleva como su más temible secreto cuando se encuentra ante el primer amor, el Bruno del título; y la voz de su amiga Elena, enamorada también del mismo chico, pero que decide afrontar el reto de conquistarlo como un proyecto científico y racional. Contada con humor y sensibilidad, la novela se lee en un pispás, y deja un regusto amable que se agradece en estos tiempos. Más cuando la presentación es preciosa, con esa portada y contraportada (Ed y Elena) dibujadas por mi nieta Eva (15 años), que no es porque lo diga su abuela, pero lo hace muy bien.

Eva fue precisamente la que le pidió a su madre que la escribiera y, por supuesto, la novela está dedicada a ella. Pero también está dedicada a su grupo de amigos, "los parguelas", los chicos y chicas (son 6) que empezaron con ella en el colegio en parvulitos y que la quieren y la hacen sentir uno de los suyos.

¿Por qué se llaman "los parguelas" (que puede significar "tonto" o "pringado")? Vete tú a saber. El caso es que las pandillas necesitan verse únicas, con su nombre, sus frases propias que solo entienden ellos, sus códigos secretos, sus tradiciones. ¿Qué les une?, le pregunto a Eva, que me contesta que las series animadas, el cine, la música y el gusto por las conversaciones raras. Les encantan los maratones de películas mientras comen pizza o estar hasta altas horas de la noche hablando, desde si los aliens existen o no y si la NASA los tiene escondidos en el Pentágono, hasta el sentido de la vida y de hacia dónde se dirige el mundo. Eva dice que nunca se pelean, que tienen puntos de vista diferentes pero que cada uno aporta el suyo. "Somos como un puzzle", afirma con seguridad.

Oyéndola, se me va el pensamiento a mi pandilla, la de mis 14 y 15 años, que nos llamábamos "los cosacos", no sé por qué tampoco. Éramos Cae, Úrsula y yo, y después estaban Peri, Mundo, Blas y Yan. Es verdad que a mí me gustaba Peri y a Cae, Mundo, pero nunca estuvimos de parejitas, sino que éramos un grupo de amigos que íbamos juntos al cine y hablábamos de todo y arreglábamos el mundo en los bancos de la Rambla. Hace poco encontré una carta de disculpa que les escribimos a los chicos una vez que se enfadaron con nosotras porque les dimos plantón. Cada vez que leo esa carta —yo, intentando buscar excusas para lo inexcusable, Cae poniendo al margen las cosas como realmente fueron— me explico por qué nunca la mandamos y no puedo evitar reírme (es una carta muy divertida) y sentir ternura por esos yoes que fuimos en ese momento: un tanto despreocupados y desvergonzados, pero siempre conscientes de la vida que se extendía ante nosotros, preparada como una fruta madura que se va a degustar con deleite y pasión.

Ah, la adolescencia... David Bainbridge, un profesor de anatomía y clínica veterinaria de Cambridge, la define como "el gran momento de la vida de todos los animales superiores, la erupción del volcán interno que dará paso al esplendor de la madurez". Bendita adolescencia, bendito nexo entre pares, los que comparten edad y que se convierten en esa etapa en los más necesarios para salir adelante. Benditos "parguelas", que arropan a mi nieta, y benditos "cosacos" —¿dónde andarán ellos?— con los que pasamos tan buenos ratos. Y bendito "Proyecto Bruno", que sabe hablar con conocimiento de causa de esa época complicada y vehemente que todos hemos vivido -alguna vez fuimos así- en la que nos parecía que cualquier cosa podría ser posible.

PD: Si quieren leerlo, pueden conseguir el libro en Amazon y en la librería Lemus. 

lunes, 11 de febrero de 2019

Bienvenido, Mr. Fibra




Anda mi pueblo un poco alborotado con eso de que nos van a instalar la fibra óptica, y no es de extrañar. Ustedes ya saben que vivimos en el culo del mundo, no solo porque pasen por aquí cinco guaguas al día nada más, sino también porque la cobertura digital es mínima. Las gentes de la ciudad, cuando les decimos que aquí funcionamos con un megabyte nos miran con un poco de pena. Y cuando nos hablan de Netflix y otras plataformas, y de que graban programas y recuperan los de la semana que no han visto, nosotros los miramos con envidia y nos decimos unos a otros que hay que ver qué cosas pasan en la civilización, oye.

Y, de repente, hace más o menos un mes, empiezan a llamarnos desde Movistar para decirnos que vamos a ingresar en el primer mundo, que nos van a poner fibra, que podremos presumir de haber visto tal y cual película o de grabarla para verla cuando nos apetezca más tarde, y que nos va a salir hasta más barato que lo que pagábamos ¡Flipamos con el regalazo! Y ahí nos ven a todos esperando el Día D y hablando del tema por el chat de la Asociación de vecinos:
- ¿Es verdad que nos van a poner fibra? ¿Un regalo de Reyes?
- Yo pregunté a Vodafone y me dijeron que por ahora nanay.
- Pues yo he visto operarios pululando por la urbanización.
- A mí me dijeron que es inminente.
- Se notan las elecciones.
- ¿100 mb?
- Me dijeron 600, por difícil que resulte de creer.
- ¡De 1 a 600, tremendo acelerón!
- ¿Pero cuándo?
- A nosotros iban a ponérnosla hoy pero luego llamaron diciendo que todavía los técnicos no habían tendido la fibra y que la próxima semana.
-Yo no quiero ser aguafiestas pero el aparejador que está al frente de la instalación me dijo que por lo menos 2 meses.
- Con nosotros quedaron un martes hace dos semanas y todavía estamos esperando...
- Pongamos una vela a la Virgen del Socorro.

A mí esta espera (que si hay operarios encaramados en lo alto de un poste, que si ni hoy ni ayer aparecieron, que si voy a tener que hacer obras en casa...) me recuerda a la genial película "Bienvenido, Mr. Marshall" de Berlanga -¿se acuerdan?-, en la que el pueblito de Villar del Río espera como agua de mayo la llegada y ayuda del comité del Plan Marshall para España y hacen todos cola para que el alcalde apunte lo que quieren (un arado, una vaca...) y el pueblo se engalana y se canta aquello de "Americanos, os recibimos con alegría...". Porque en mi casa primero ha venido un técnico que nos ha mandado a comprar un poste para ponerlo en la azotea y sujetar ahí la fibra; luego a los cuantos días (después de comprar el poste) vino otro que dijo que no hacía falta y que la cosa estaba muy complicada, que todas eran casas terreras y viejas, de las que, cuando se hicieron, nadie supuso que tendrían que añadirles fibras ni otras componendas; y luego vinieron otros dos  que aseguraron que vendrían un día de estos. Y me pregunto si, como en "Bienvenido Mr. Marshall", nos vamos a quedar compuestos y a dos velas.

Pero después, igual que en la película de Berlanga, me consuelo y pienso que después de todo hay cosas más importantes y que, si al fin no llegamos a la altura digital de la ciudad, el campo también tiene sus compensaciones: el silencio para hasta poder oír los canarios por las mañanas en la enredadera, el aire limpio, las frutas y verduras recién cogidas de la huerta, el cambio de las estaciones, el espacio vital... 

Y al final todo llega. El jueves dos operarios competentes y buenos profesionales (uno colombiano y otro venezolano) estuvieron desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde poniéndonos la fibra en casa de mi hermana y en la mía. Y es verdad, todo hay que decirlo: ¡era muy complicado!

lunes, 4 de febrero de 2019

Destripando los finales ¡Spoilers, sí!




Antes que nada y a pesar del título, voy a usar el equivalente castellano a esa expresión tan usada ahora de "hacer spoiler". Digamos mejor destripar, arruinar o chafar los finales. Fuera anglicismos innecesarios.

Esto viene a cuento porque hace un par de semanas se llevó el bote de "Pasapalabra" Fran, el concursante que más tiempo ha estado en el programa. Los que lo vemos con frecuencia y que ya lo considerábamos casi de la familia, hemos penado con él todas las veces en que se ha quedado a una sola palabra de ganar y nos hemos emocionado cuando finalmente lo consiguió. La cadena por primera vez lo anunció antes en aras a subir la audiencia (y efectivamente lo vieron más de 4 millones de personas). Pero hubo muchas protestas por lo que se consideraba un spoiler en toda regla: que si ya no había emoción, que si les arruinaron la sorpresa, que qué chafe, que no hay derecho, oigan... 

¿Ustedes qué piensan? ¿Odian también los spo..., digo, los destripes? Porque a mí sí me gustó que me avisaran del día y me adelantaran el final. Gracias a eso, arreglé un compromiso y pude verlo. Pero hay muchas otras razones para aceptar que te chafen los finales, o chafártelos tú mismo:

1.  El pesimismo. Es lo que, por ejemplo, lleva a Harry (Billy Cristal) en "Cuando Harry encontró a Sally" a decir: "Cuando me compro un libro, siempre leo primero la última página. Así, si me muero antes de terminarlo, sé cómo acaba. Eso, colega, es pesimismo".

2. La satisfacción de la curiosidad. Ese es mi motivo para hacer lo mismo que Harry. Muchas veces, en medio de un libro que me tiene abducida, no puedo aguantar y adelanto páginas para saber qué pasa después (aunque nunca lo hago en las policiacas, para participar en el juego de quién es el asesino).

3. El mayor y mejor conocimiento de una obra. A mí, que me encanta releer y "rever", lloro, río y disfruto cuando lo hago, igual que la primera vez. Sabiendo cómo termina te fijas más en el trayecto, en frases, miradas, acciones que a lo mejor no habías visto antes y que ahora interpretas a la luz de lo que sabes. Hay hasta investigaciones hechas por psicólogos de la universidad de California que aseguran que "los spoilers pueden aumentar el disfrute, porque permiten concentrarse más en el camino".

4. La dirección de tus acciones en la vida. Me hubiera perdido el "Pasapalabra" si no lo hubieran avisado. Lo mismo pasa con los trailers (avances, mejor) en los que muchas veces ya sabes de qué va la película y casi cómo va a acabar ¿No les ha pasado que, después de verlos, digan: "A esta no voy ni loca que yo estuviera" o "esta no me la pierdo"?  Pues eso.

5. La prudencia ante lo que pueda pasar ¿Y si con la sorpresa te dan un susto de muerte y te quedas tieso allí mismo? Por ejemplo, con las fiestas sorpresa. Mi marido ya nos tiene dicho que nunca le hagamos una, que las odia. Una vez, le hicimos a mi padre una cuando cumplió 80 años y mi marido, dentro de la habitación en la que esperábamos en silencio, se ponía a toser y a hacer ruido para que mi padre lo oyese desde fuera y se oliese algo. Un destripe total.

6. El efecto Encarna. Si un chiste es contado por alguien que lo haga muy bien ("Martes y Trece" con Encarna y las empanadillas, por ejemplo), por más veces que lo veas, soltarás siempre la carcajada.

Ojo, que yo no estoy a favor de todos los destripes. No me gustan los destripadores que empiezan los chistes por el final y les quitan la gracia: "¿Te sabes el del del loro que era en realidad un búho y que no hablaba pero se fijaba? Pues era un señor que quería comprar un loro...". Tampoco me gusta que me chafen la sorpresa de un regalo. A mi tía Agustina, que siempre lo hacía, le teníamos que ocultar todo en épocas peligrosas: "Te van a regalar un cacharro para hacer la carne en la mesa", le dijo a mi madre una vez antes de Reyes, cuando le teníamos la sorpresa de regalarle una fondue y la comida correspondiente.

Pero de resto, bienvenidos sean los destripes. ¿Y saben qué? Que cuando Christian le dijo a Fran: "Con la R: Apellido del ingeniero francés que, junto a Arthur C.Krebs, construyó el dirigible militar La France en 1884" (que ya es pregunta difícil, eh) y él contestó: "Renard" y Christian dijo: "¡Correcto!" y Fran se echó a llorar casi sin creérselo y se abrazó a Christian y todos saltaron y se emocionaron, yo en mi casa salté, me emocioné, lloré y me alegré un montón a pesar de que ya lo sabía. Y cien veces que vea la escena, cien veces que volveré a emocionarme ¡Destripes a mí!



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