lunes, 20 de febrero de 2017

No la llamen posverdad cuando quieren decir trola




¡Que levante la mano quien no haya contado una trola en toda su vida! Trolas para que no te castigaran, trolas por presumir y no ser menos, trolas piadosas de las de "¡qué bien te quedó la coliflor!", trolas de cortesía como no llamar gorda a la vecina, trolas de olvidar historias y "adornarlas", trolas por tradición (¿no han dicho alguna vez que el ratoncito Pérez es el que se lleva los dientes de leche?)... En los tiempos de antes lo asumíamos, nos íbamos a confesar, rezábamos los tres padrenuestros de penitencia y santas pascuas.

Ahora no. Ahora antes muertos que confesar mentir, y, para más inri, se disfrazan las trolas llamándolas posverdades. La gente se pone de lo más fino y define "posverdad" como el fenómeno que se produce cuando importa menos cómo son las cosas objetivamente que lo que tú crees de ellas. Como si eso no fuera una trola. Imaginen la siguiente conversación en un serial de esos eternos que te ponen después de comer:
- ¡Tú no me quieres, Segismundo Manuel! ¡Me has mentido como un bellaco!
-¡No! ¡No es mentira, Felicia Horacia! ¡Te lo juro! ¡Sólo es una posverdad!

Pero llámenlo como lo llamen, desde que el mundo es mundo, y hoy más que nunca, todo el mundo miente. La verdad está sobrevalorada, como diría Trump.

Mienten los políticos, prometiendo el oro y el moro, haciendo afirmaciones peregrinas (¿contabilidad extracontable?) o endilgando consignas populistas dándole a la gente lo que quiere creer.

Miente la Historia cuando se fabrica a la medida para dar lustre o justificación al presente. Mi marido, cuando estudió en su niñez en Venezuela, se quedó traspuesto cuando comprobó que la historia tenía 2 versiones y que los buenos de aquí eran los malos de allá.

Mienten las fotografías que ahora no son necesariamente testimonios de la realidad. Con photoshop, fuera kilos de más o compañías indeseables. Se borran (como hicieron los soviéticos con las fotos de Trotski) y a otra cosa, mariposa.

Mienten los periodistas cuando no cuentan toda la verdad, cuando destacan una parte y olvidan otra, cuando la sacan de contexto. La periodista Ana Morgade hablaba en noviembre de un titular que vio en una entrevista a un político: "No me considero un tigre para el amor". Como le extrañó en un hombre tan serio tal afirmación, buscó en el escrito y resultó ser una pregunta final del entrevistador ("¿Se considera usted un tigre para el amor?"), a lo que el buen señor, flipando seguramente, contestó: "No". Nunca dejes que la verdad arruine una buena historia (o un buen titular) parece ser el lema.

Mienten los horóscopos que dicen, con toda la jeta, que esta semana conocerás a un guapo mozo que será el amor de tu vida (y ahora ¿cómo se lo explico a mi marido, por dios?)

Mienten los tuits, los wasaps, los comunicados de Facebook, cuando te dan noticias impactantes, como que el cáncer se cura con limones, o batallitas falsas buscando ser virales, como que Podemos quiere suprimir las procesiones de Semana Santa (120.000 interacciones en Facebook) o que el Arzobispo de Toledo califica a zurdos y pelirrojos como criaturas de Satán (539.000 interacciones).

Mienten los chinos, que dan gato por liebre llenando el mundo de copias más falsas que un bolso de Louis Vuitton en un top manta. Hasta el pueblecito austriaco de Hallsttat lo han imitado tal cual allá en la China, los muy copiones.

Mienten hasta las máquinas, como han comprobado dolorosamente los ajedrecistas que hace un par de semanas se enfrentaron al robot "Libratus", que los desplumó marcándose unos faroles tremendos que ya quisiera Kaspárov.

Por mentir, miente incluso la Naturaleza. Y es que ¿qué se puede esperar de un mundo en el que los amaneceres y atardeceres, la salida y la puesta del sol, con toda su parafernalia de luces y tecnicolor, son mentira?

Por eso, llámenlo imitación, trola, embuste, bola ("levanta la pata que pasa la bola" decíamos de chicos al que mentía), mentira, patraña, cuento chino, invento, infundio, engaño, farol, impostura, ficción... Pero no utilicen la palabra "verdad", poniéndole de prefijo ese "pos" verrugoso que la envilece y la disfraza. Incluso aunque la pura verdad (si es que existe) sea infinitamente más sosa que una historia de mentiras maravillosas.


lunes, 13 de febrero de 2017

Quedarse para vestir santos




Leí hace poco "Patricia Brent, solterona" de Herbert George Jenkins, una novela al más puro estilo de aquellas de humor británico de principios del siglo XX, en el que militaron autores como Jerome K. Jerome o P.G. Wodehouse. Mi amiga Mónica, a la que le encantan tanto como a mí, las llama novelas de "té y simpatía".

La protagonista de la novela, Patricia Brent, es una mujer de 24 años, inteligente, guapa, satisfecha de su vida, que se la gana muy bien como secretaria de un político durante la primera Guerra Mundial. Sin embargo, para las damas mayores de la casa de huéspedes en la que vive, merece lástima porque, la pobre, es ya una solterona:
- Nadie viene a recogerla nunca para salir y jamás va a ninguna parte y, sin embargo, no tendrá más de veintisiete años, y realmente no es fea. (...)
-Pues vaya, me siento muy apenada por ella y su soledad. Estoy segura de que se sentiría mucho más feliz si tuviera un agradable joven de su clase que la llevara aquí y allá.

¡Una solterona! ¡Una de las peores lacras con que se calificaba a una persona! Nuestra sociedad, en su afán por perpetuarse, ha institucionalizado el matrimonio y durante todos los siglos en que la mujer, como decía Quino, no ha jugado un papel en la historia sino más bien un trapo, ese ha sido su destino ineludible. Ya lo vio bien Jane Austen, cuyas novelas dejaban claro que, si no te casabas, no eras nadie, un simple ser viviendo de la caridad de los parientes y cuyo cometido principal, a falta de otros, era ayudar en la iglesia. Lo que en nuestro lenguaje popular se llama "quedarse para vestir santos".

Esto hizo, claro, que se educara a la mujer para la busca y captura de marido. La "temporada" de la aristocracia londinense y las fiestas de los pueblos tenían el mismo objetivo en el fondo: que las familias echasen un vistazo al "mercado" matrimonial y se concertasen enlaces convenientes. Los que no llegaban a ese summun eran los solterones. Pero mientras al solterón se le consideraba más un "soltero de oro",  a quien nadie había conseguido pescar, la solterona era la que había fracasado en el intento. Incluso ellas mismas se veían así. Recuerdo a una compañera del Colegio Mayor, que todavía en los años 60 nos decía que prefería mil veces casarse sin estar enamorada que quedarse soltera.

Por supuesto, hubo excepciones gloriosas. Cuando yo era pequeña me gustaba mucho Chanita, una pariente lejana que se resistió siempre a pasar por el aro. Novios, sí; salir a bailar con ellos, también; tomarse aperitivos juntos en la plaza del pueblo viendo pasar el mundo, por supuesto; algún escarceo amoroso, tal vez... Pero casarse, ni hablar. Recuerdo a mi tía Agustina echándoselo en cara y preguntándole que qué le veía de malo a Fulanito, que era un viudo con posibles, o a Menganito, un indiano que había venido forrado de Venezuela. Ella siempre respondía: "¿Y qué tiene de malo divertirse un poco?".

Menos mal que a mediados del siglo XX en Europa cambió el panorama para la mujer. Las guerras y la incorporación de la mujer a la Universidad y a los puestos de trabajo convencieron a -casi- todos de que no era necesario tener una pareja para realizarse en la vida. Como decía Jardiel, el sexo débil hizo gimnasia.

Ahora tengo amigas que han permanecido solteras por decisión propia. Son mujeres valientes e independientes que saben arrostrar los problemas inevitables de nuestra existencia con un coraje que les envidio. Son  las Chanitas de hoy, las modernas "solteras de oro". Y viven, dentro de lo que cabe en este mundo, felices. ¿Y saben qué? Que a lo mejor han desvestido a un humano, no digo que no. Pero de lo que estoy segura es de que nunca han vestido a ningún santo.

Para los que quieran saber más de la novela "Patricia Brent, solterona" les hago un enlace aquí, a la reseña que Mónica Gutiérrez ha hecho en su blog "Serendipia". 

lunes, 6 de febrero de 2017

El dron, un moderno diablo cojuelo




Ya decía Hume que, mientras el cuerpo está confinado a un planeta en el que se arrastra con dolor y dificultad (a veces se ponía dramático), el pensamiento, sin embargo, en un instante puede transportarnos a las regiones más distantes del universo. Podemos imaginarlo todo. Y los que más lo hacen, los escritores, que poseen el toque divino de dominar el lenguaje, y los inventores que, como decía Julio Verne, hacen realidad todo lo que alguien pueda imaginar.

De escritores e inventores me acordé yo hace unos días, cuando fui con hijos y nietos a la casa vieja de los abuelos de mi marido, de la que ya les había hablado aquí. Mi nieto mayor llevó un dron, ese minúsculo aparatejo con forma de araña gigante, que vuela y toma fotos, y que los reyes le habían regalado. Él lo manejaba como si lo conociera de toda la vida y lo paseaba por encima de la casa y de la huerta. Allí aparecían los campos vecinos, el lagar, el aljibe, la casa; allí se nos veía, muy pequeños abajo a lo lejos, recogiendo naranjas del naranjero que da nombre a la casa y ajenos al bicho aquel que zumbaba sobre nuestras cabezas; allí se ve a los niños corriendo por la huerta haciendo ramilletes con flores amarillas de trebina; estaban también mis hijos inspeccionando y entrando a lo que un día fueron bodegas repletas de vino de la tierra; e incluso se veía a una vecina en una azotea cercana tendiendo la ropa...

Por supuesto, este cotilla aterrador que vigilaba nuestras vidas desde el cielo ya había sido imaginado antes. Vélez de Guevara, en 1641 nada menos, publicó "El diablo cojuelo", en la que un diablo va levantando los techos de las casas para enseñar a un estudiante las miserias, vicios e intimidades de aquel Madrid del siglo XVII. Y ya en el siglo XX,  en el libro-puzzle "La vida instrucciones de uso" de Georges Perec, hay también un ojo externo, voyeur y omnisciente que va describiendo todo lo que ocurre en todos los aposentos de un edificio.

Los inventores, por su parte, hace ya muchos años que poblaron la atmósfera de satélites espías capaces de detectar desde el espacio hasta la hoja de una cosecha de cereal tocada por el mildiu, cosa que puede informarles sobre el estado de la economía de una región enemiga. El problema es que ahora el espía no es un sofisticado y carísimo aparato sólo al alcance de unos cuantos países privilegiados, sino que cualquiera puede hacerse con un vigilante que puede saber si estás haciendo un tenderete y con qué amigos (y ofenderse porque a él no lo hayas invitado), cuántas veces a la semana riegas las macetas o si tomas el sol en pelota en el patio de tu casa.

Hace poco tiempo lo más avanzado que en este campo  dejaban los reyes a los niños era un equipo de explorador con unos prismáticos con los que veías las cosas un poco más cerca (1 metro o así). Ahora la capacidad de espionaje de estos ¿juguetes? te deja temblando ¿Hasta dónde llegarán estos modernos diablos cojuelos? ¿Traspasarán tejados y paredes, como su antecesor del siglo XVII? ¿Llegarán en un futuro a leer mentes y adivinar intenciones? ¿Viviremos (más si cabe) pendientes de las vidas de los demás? ¿Nuestra existencia se convertirá en un reality show?

¡¡¡Socorro!!!


lunes, 30 de enero de 2017

Con noticias de Trump




Ahora que tenemos a Trump hasta en la sopa, un día sí y al otro también, recibo por wasap una noticia, publicada en la web 12minutos.com, diciéndome que el susodicho ha hecho una oferta al gobierno español para comprar las Islas Canarias. Parece que quiere establecer durante un periodo de 50 años una colonia cívico-militar en todo el archipiélago, al que considera un punto estratégico clave, sobre todo para combatir al ISIS.

Esto es lo que yo llamo una noticia-bola, digna de aquel personaje de Pancho Guerra a quien llamaban Don Pedro el Batatoso. Pero independientemente de que haya páginas como esa que se dediquen a difundirlas y a las que no hay que hacerles mucho caso, la verdad es que a mí no me extrañaría nada que fuera verdad. Por una parte, porque algo así sería totalmente típico de este personaje absurdo y vociferante que parece regir ahora los destinos del mundo. Me recuerda a Chaplin en "El Gran Dictador", cuando juega con la bola del mundo sintiéndose el amo del cotarro. Y también a una señora que vino al Instituto a hablar con el profe de Matemáticas sobre el suspenso de su nieta y le preguntó, toda tiesa: "¿Y eso con dinero no se puede arreglar?".

Y, por otra parte, tampoco me extraña porque estas islas son muy apetecibles y merecen que las miren con ojos golositos (después de todo Frank Sinatra también intentó comprar la isla de Lobos para hacer allí un Las Vegas particular). Y es que aquí está en pequeña escala el mundo entero ¿Que quieres dunas y los colores dorados y ocres del desierto? Ahí tienes Fuerteventura ¿Que quieres paisajes apocalípticos en los que se cuela el fuego del infierno? Te vas un tiempo a Lanzarote. Puedes disfrutar en Gran Canaria de playotas de arena rubia junto a una gran ciudad, o lo mismo en La Graciosa pero alejados del mundanal ruido; o de cumbres de bosques antiguos y calas de agua clara en La Gomera, el Hierro y La Palma. Y, desde luego, para volcán majestuoso, para microclimas (te pasas del invierno al verano en una hora) o para guachinches en donde comes un conejito frito y un vinito del país que te puedes morir, Tenerife.

Por eso, por aquí ha pasado todo dios. Vinieron hace siglos los guanches desde África (aunque he leído también que eran vikingos, por aquello de ser altos y rubios como la cerveza ¿Otra noticia-bola?) y, después, fue como un desfile: genoveses, franceses, aragoneses, mallorquines, castellanos... Aunque muchos no lo saben, fuimos oficialmente portugueses durante 52 días allá por el año 1436. Los ingleses atacaron con barcos pero, después de que enseñamos a Nelson a escribir con la mano izquierda, se lo pensaron mejor y decidieron que tampoco estaba mal poseer lo mejor de las islas: los plátanos y el vino (del que hasta Shakespeare había hablado maravillas). Los alemanes han ido comprando cachito a cachito las islas; y ahora lo hacen los rusos, que llenan el sur de carteles en alfabeto cirílico. Todos, subyugados por este vergel de belleza sin par, se han ido quedando ¿Qué tiene, pues, de extraño que también Trump quiera tener su parte del cielo en la tierra? Máxime cuando parece ser que el tatarabuelo de Trump era de La Palma ¿No querría volver a sus raíces?

Yo, por si las moscas, ya me he puesto a aprender inglés. Gur monin.

lunes, 23 de enero de 2017

¡Mira, mamá!




Este enero mi nieto más pequeño (22 meses) vivió sus primeros reyes conscientes. Entre tanta barahúnda de papeles, regalos, globos, entre tanto ver a sus dos hermanos mayores desenvolviendo sus juguetes y gritando alborozados al enseñarlos: "¡¡¡Mira, mamá!!!" (o papá), el pobre iba desconcertado de un paquete a otro, sin saber qué coger o cuál abrir. Hasta que vio su zapatito, lo agarró y dijo todo contento: "¡Mira, mamá!".

Los descubrimientos conllevan, no sólo la emoción de hallarlos, sino también la alegría de compartirlos. Hacer un descubrimiento, ya sea un juguete de reyes (o el propio zapato), ya sea un continente, es lo más genuinamente humano que hay, Por eso, en el viaje que he hecho esta fría semana de enero a la provincia de Cádiz, me quedo y comparto con ustedes los descubrimientos que encontré.

Me quedo con el descubrimiento de atardeceres naranjas y lentos difuminándose por un horizonte ancho como el mundo.

Con el descubrimiento de la desembocadura del Guadalquivir a la orilla de Doñana, vista desde Sanlúcar.

Con los pinsapos de la Sierra de Grazalema que, verdes y altivos, no se sienten remedos de abetos.

Con las historias antiguas de Arcos de la Frontera sobre peleas entre "petristas" y "maristas" (partidarios de San Pedro o de Santa María) que llegaron incluso a cambiar oraciones de toda la vida ("Dios te salve, San Pedro, llena eres de gracia...") por no mencionar a la Virgen, y obligaron a intervenir hasta al mismo Papa.

Con las calzadas y cloacas romanas que están durmiendo bajo Medina Sidonia.

Con la magia de las calles andaluzas: rejas y flores, como en una comedia de los Álvarez Quintero.

Con la gracia gaditana ("Al que encuentre la gamba, le regalamos una noche de hotel", nos dijo el camarero al servirnos una crema de mariscos).

Con las catedrales, los alcázares, los castillos, que jalonan estas tierras llenándolas de belleza e historia.

Con las tortillitas de camarones, verdaderos encajes culinarios, o el sabor de los langostinos frescos o el pescaíto frito, que nos traen el mar a la mesa.

Pero, sobre todo, me quedo, ya que estamos con eso, con una historia de descubrimiento, la del arqueólogo Pelayo Quintero Atauri, que, emocionado porque en Cádiz, en 1887, se descubrió un sarcófago antropomorfo masculino fenicio, se empeñó en que tenía que haber uno femenino y se pasó media vida buscándolo. No tuvo éxito y murió sin conseguirlo. Pero años después, en 1980, se encontró: un sarcófago antropomorfo femenino, que muchos llaman la Dama de Cádiz, con sus rizos acaracolados y un alabastron, un contenedor de perfumes, en la mano ¿En dónde se descubrió? Pues nada menos que en el propio jardín de la casa de Pelayo Quintero. Así el escritor Felipe Benítez Reyes escribe en su "Mercado de espejismos": "Quintero Atauri tuvo, en fin, un sueño pero nunca supo que dormía sobre ese sueño. Jamás se nos ocurre mirar la tierra que pisamos cada día de nuestra existencia, aunque la mayoría de las veces esa tierra pisoteada es el único tesoro accesible: un lugar insignificante en el universo".

Los dos sarcófagos fenicios son únicos en España ¿Qué nos dice esta historia? ¿Tal vez que el hallazgo que deseamos puede estar más cerca de lo que pensamos? ¿O que somos ciegos a lo que tenemos al lado? ¿O que a veces los sueños son imposibles en esta vida? ¿O posibles?

No lo sé, pero de lo que estoy segura es de que, si existe el más allá y Pelayo Quintero, desde la nube más próxima a Cádiz, vio que en su propia casa se desenterraba la dama fenicia que tanto anheló, lo primero que hubiera hecho sería, igual que mi nieto la mañana de reyes, volverse a la madre que lo parió (que seguro que estaba cerca) y llamar su atención, incrédulo y regocijado, exclamando: "¡¡¡Mira, mamá!!! ¿Te lo puedes creer?".



lunes, 9 de enero de 2017

Chivarse o no chivarse, esa es la cuestión




He leído hace poco en algunos blogs de madres, preocupadas por las noticias sobre acoso escolar, argumentos a favor del chivato: que nunca hay que decirle a un niño " no seas chivato", que si es una manera de enterarse de lo que pasa en el cole, que puede ser hasta útil tener un "infiltrado" en el mundo de los niños...

Aunque las comprendo (nunca dejamos de preocuparnos por los hijos, así tengan 60 años), siento disentir (salvo en casos de acoso violento en el que, más que un chivatazo, es una denuncia). Igual que Amílcar Barca hizo jurar a sus hijos odio eterno a los romanos, el odio eterno al chivato forma parte también de un código no escrito que reina en todos los colegios y que todos los escolares de antes y de ahora aceptan tácitamente.

Yo lo viví muy pronto, el primer día que a los 6 años entré al colegio en la clase de la Madre Trinidad. Estaba yo tan emocionada cantando con las demás la tabla de multiplicar, cuando una niña le dijo a la monja señalándome: "Madre, la niña nueva está sólo moviendo la boca, no se sabe la tabla". Yo, que hasta ese momento no me había topado con el espécimen del chivatus acusica, me quedé tan anonadada ante tal injusticia que, 62 años después todavía no lo he olvidado. Yo SÍ sabía la tabla de multiplicar porque mi madre me enseñó desde los 3 años a leer, escribir y las cuatro reglas. Los chivatos no siempre dicen la verdad y, como el personaje de Perfectus Detritus de Astérix, van sembrando la cizaña y "el horripilante y verdoso rostro de la discordia surge a su paso". Así que desde aquel momento, yo, como Amílcar Barca.

Y claro que también hay acosadores en los colegios, siempre los ha habido. La literatura, fiel reflejo de la vida, nos ha dado numerosas muestras de ellos: Huberto Lane y los laneítas riéndole las gracias, en las novelas de Guillermo Brown de Richmal Crompton; Draco Malfoy y sus compinches Crabbe y Goyle, en las de Harry Potter de J.K.Rowling; el prefecto que obliga al alumno más pequeño a sentarse un rato en la taza del water para calentársela, en los "Relatos de lo inesperado" de Roald Dahl; Jaspe, el enemigo que siempre desafía a Ged, en "Un mago de Terramar" de Ursula K.Leguin... Y, por supuesto, también en mi colegio estaba la típica niña líder que, secundada por su camarilla de admiradoras, se burlaba de las más vulnerables.

Pero nosotras pasábamos de chivatas y de burleteras.  Aprendimos a defendernos, muchas veces con la indiferencia, sin necesidad de estar todo el rato colgadas de los faldones de las monjas. Y después, a lo largo de la vida, nos fuimos encontrando a veces con el mismo ejemplar de personas y comprobamos que el colegio y una familia atenta nos enseñaron a capear situaciones injustas.

"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento", dijo Albert Camus. La imagen inicial que pongo en este post es una foto de mi curso de 1º de Bachillerato (teníamos 10 años), en el hermoso patio de mi colegio. Todas están muy circunspectas y serias, aunque alguna muestra una sonrisa. Pero mi amiga Úrsula y yo, arrodilladas delante, estamos muertas de risa. Siempre me ha gustado esa foto porque recuerdo la explosión de alegría del momento, aunque no el motivo. La risa de esas niñas que fuimos fue "el sol que reinó" sobre nuestra infancia. Frente a este, no hay chivatos, pelotas ni acosadores ni resentimiento alguno que valgan. Casi 60 años después me he olvidado de ellos y no recuerdo ni sus nombres, pero Úrsula sigue riendo conmigo.

(Para Úrsula ¿para quién si no?)



lunes, 2 de enero de 2017

Contra el fin de año




Me manda mi amiga y colega Olga un texto, muy apropiado para estas fechas, de Antonio Gramsci, uno de los más importantes filósofos marxistas. El texto lleva el título "Odio il capodanno" y en él Gramsci apunta todos los argumentos posibles contra el fin de año y el año nuevo.

Gramsci odia esos días de año nuevo "de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y precisión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión"; odia la creencia común de que empieza una nueva historia, y que se hagan buenos propósitos y se lamenten los despropósitos; dice que la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia se desarrolla sin bruscas paradas, "como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora" (el escrito es de 1916); no quiere ningún día previamente establecido para el descanso ("las paradas las escojo yo mismo, cuando me sienta borracho de vida intensa"), ni quiere "ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan", ni festejar algo porque ya lo hayan festejado antes.

Me deja pensando este Gramsci, idealista en el fondo, en el sentido del fin de año ¿Tendrá razón? No me gustan tampoco esas multitudes saltando y brincando en la Puerta del Sol, pero ¿quitar esta fecha del calendario, hacer como si no pasara nada y fuera un día cualquiera, no desear un feliz año a la familia y los amigos, no comer uvas a las 12 de la noche?

Siempre el día 31 de diciembre ha sido fiesta grande en mi casa. Primero, fue con la familia y luego, cuando los hijos se hicieron mayores, hace 24 años que lo celebramos con los amigos de toda la vida. Mi día de fin de año comienza cuando pongo la mesa con el mantel blanco, bordado por manos palmeras, que mi madre me regaló. Es el único día del año que lo pongo, simbolizando que hay algo importante que celebrar. Esa noche cada pareja de amigos hace con cariño un plato especial. Es una cena hecha de calma, risas y buena conversación, comenzada a las 9 para llegar con los postres (y los mantecados y la torta francesa que ese día hace mi amiga Carmeliña) a las uvas de la medianoche. Y después es el baile, las canciones a la guitarra y el intercambio de regalos. Siempre terminamos contentos, allá por la madrugada, con el recuerdo de otros fines de año y el deseo de que se repitan.

El día de año nuevo tal vez nos levantamos, como este año, a tiempo para ver un rato el concierto de año nuevo, tan alegre y tan conmovedor, emitido desde Viena. Y, por la tarde, hacia las 4, vamos a comer una paella a casa de otros amigos, cerrando con broche de oro unas fiestas estupendas.

Gramsci tiene razón en que, después de todo, son días como cualquier otro, en que no deben estar marcados por balances ni consumos desmedidos, en que es verdad que nos los marca la tradición y no los hemos elegido nosotros, en que los buenos propósitos no tiene sentido hacerlos una vez al año (¿a dónde va a parar lo de ponernos a dieta?), en lo de no compartir el jolgorio con multitudes ni extraños.

Pero no me gustaría una sociedad que me quitara este festejar el recuerdo, esta celebración de la vida que cada día termina y cada día empieza, este alegre encuentro con los amigos, este momento de pararnos y rogar por la felicidad y la paz en un mundo convulsionado...

Así que, sintiéndolo mucho por el Sr. Gramsci, a quien de todas formas respeto profundamente, y con su permiso, les deseo desde esta página a todos un feliz 2017. Que lo disfruten igual que se disfruta su comienzo.