Toda una vida.
Una infancia feliz de único hijo, nieto y sobrino. Mañanas gloriosas haciendo trampas para pájaros, acompañando al abuelo a la siembra y recogida de trigo, cabalgando en la yegua hasta los Pinos de la Fuente, oyendo historias, mientras desfajinabas piñas de millo en las noches alrededor del fuego del hogar...
Dos años de emigrante en Venezuela, llamado por un padre a quien no conocías. Otra realidad distinta y a veces difícil, pero también luminosa y colorida en la mente y la memoria de un niño de ojos asombrados.
Los años adolescentes: los amigos que duran para siempre, los primeros amores que no duran nada. Una afición eterna, las palomas mensajeras, para cuidarlas y mandarlas a explorar tierras lejanas.
Las grandes decisiones: forjarse y prepararse para la vida, a quién querer a tu lado, dónde vivir, a quién amar. Cultivar la amistad y asumir trabajos y responsabilidades. Elegir.
La paternidad: aquellas dos horas abrazando a tu hijo de un año, para que el niño se calmara después de una operación; la madrugada que volviste del Teide, casi nevando, después de trabajar toda la noche en el Astrofísico, porque tu hija tenía fiebre; las idas y venidas sin protestar para ir a buscarlos a dónde quiera que estuvieran; tus pacientes explicaciones de matemáticas y física cuando necesitaron ayuda, su convicción de que siempre podían contar contigo.
Les hiciste una canción para dormir que decía así: "Son mis dos hijos, / abeja y miel,/ trigo y espiga,/ Ana y Daniel./ Son tan pequeños, /chatos los dos, / ojos de alpispa, /querida voz." Y años más tarde tu hija, Ana, te correspondió con un poema que empieza así:
"Mi padre era un árbol.
No lo digo como metáfora.
Lo era.
Un árbol con manos,
con raíz en la garganta
y sombra donde a mí me nacía crecer.
Tenía corteza en la espalda
y la voz de la madera
que no se deja doblar."
Los años tranquilos, después de la jubilación. La felicidad en la paz de las tardes, en la conciencia tranquila al dormir, en las reuniones con amigos de antes y de ahora, en la música compartida, en la complicidad con quienes más te quieren.
Esta semana, el día 8 del mes 8, cumples 8 décadas, un momento irrepetible como todos los cumpleaños. 80 años siendo un hombre bueno. ¿Qué importa que los días a veces se confundan, que se desdibujen los sitios y los recuerdos, que ni siquiera puedas leer esto, si has dejado una huella en quienes te han conocido? Que lo hayas hecho y te quieran es un buen balance. Nadie está solo y tu vida se ha entretejido con la mía, la de tus hijos y nietos y futuros descendientes, con la de amigos, alumnos y parientes. Incluso ahora, que te vas yendo poco a poco. El poema de Ana también dice:
"Pero sigue en pie,
porque aún saluda a los amigos,
aunque ya no sepa quiénes son."
Por toda una vida y por esos 80 años, que no cambiaría por nada, muchas felicidades, mi amor.
