martes, 20 de julio de 2010

Un gol metafísico


Hace 4 años, ante el gol de España en el Mundial, me puse metafísica y hablé del dilema: ¿Sobriedad o desmelene?

Nietzsche, según mis alumnos, es un filósofo al que, de vez en cuando, se le iba la olla. Todavía me acuerdo una vez que uno de ellos, cuando yo les explicaba la teoría del superhombre, me dijo: “No sé, no sé, profe, pero a mí ese superhombre que ni vuela ni nada…”. Aparte de eso, el caso es que Nietzsche tuvo también muchos destellos de sabiduría que lo hacen uno de los filósofos más geniales que han existido.

Él fue quien dijo que en el alma humana coexisten dos principios, dos fuerzas, a cual más distinta, luchando entre sí. Una es lo irracional y lo instintivo que nos hace apasionarnos y desmelenarnos. Es el animal que llevamos dentro y que, si lo dejamos suelto, puede hasta rugir. Tipo, por ejemplo, los brincos que vemos en cualquier concierto de Metallica o los gritos en el Congreso de los Diputados.

La otra es la serenidad, la moderación, la razón poniendo las cosas en armonía. Un ejemplo podría ser Phíleas Fogg , el protagonista de “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, que, ante las mil perrerías que le pasan, a lo más que llega es a levantar una ceja.

Mi Jane Austen, tan sagaz ella, también se dio cuenta de esas dos formas de ser y las plasmó en dos de sus heroínas, Elinor y Marianne, las protagonistas de “Sentido y sensibilidad”. Las dos se llevan el gran chasco amoroso, las dos constatan que los hombres no son de fiar y que, por menos de nada, se largan a por tabaco. Pero, mientras Elinor se comporta como una dama victoriana, “con una imperturbable serenidad”, no dejando traslucir toda la indignación que tiene por dentro, Marianne se desespera como una ménade, reniega del mundo entero y llora a moco tendido.

Y, mira tú por dónde, también en el Mundial, ante el gol más famoso de los últimos años, hemos visto las dos actitudes. Por un lado, Vicente del Bosque, que se limitó a apretar los puños como diciendo ¡Bien! y siguió paseando como quien no quiere la cosa, parecía un sabio estoico de aquellos que decían: “Si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido”. Séneca o James Bond, por poner otro ejemplo de personas que, aunque salten de un avión en llamas, no se les mueve ni un pelo, hubieran reaccionado igual.

Y, por otro lado, el resto de la humanidad, yo incluida, que, un pelín exagerados, gritamos, saltamos, lloramos, reímos, nos abrazamos, nos achuchamos, agitamos banderitas, tiramos cohetes y berreamos ¡¡¡que viva España!!! (¡hip!) como posesos, dejándonos arrastrar por la desmesura de la que Nietzsche hablaba.

No me imaginé nunca que un balón pudiera tener tanta metafísica dentro.  

martes, 13 de julio de 2010

¿Y cómo no hablar de fútbol?




Cuando le dije hace unos días a mi marido que hoy iba a escribir del Gran Tema de estos días, me dijo: “Pero si tú de fútbol no tienes ni idea, si no ves un partido entero desde aquella vez que fuimos a ver al Tenerife…”. Y tiene en parte razón: no veo un partido entero desde entonces, allá por los años 80 en que una era joven e influenciable. Y también es verdad que del fútbol lo único que me gustan son los goles, aunque sospecho que eso es lo que les pasa a todos: no compensaría sufrir tanto viendo a 22 personas correr como locos tras un balón si eso no estuviera coronado con un gol.

Pero ¿cómo no hablar de fútbol, ahora que “somos” campeones del mundo, ahora que, cuando se habla del partido, nadie dice ¿qué partido?, ahora que hasta parece que la Bolsa, ese ente incomprensible, puede subir con un gol de Iniesta? Una vez, en clase, comparé a Platón y a Aristóteles con dos entrenadores de fútbol, cada uno con una técnica distinta, y uno de mis alumnos me dijo: “Es lo más interesante que he oído en filosofía”. En estos momentos parece, además, que el fútbol es lo más interesante en el mundo.

Y, por otra parte, es imposible no estar enterada del tema. El domingo, que fui a bañarme a Bajamar, las conversaciones que oías al pasar sólo hablaban de las posibilidades de Holanda y España para ganar (todos parecían superespecialistas) y de ¿Y tú dónde vas a ver el partido? Es imposible no estar enterada del tema cuando he tenido a mis sobrinos vestidos de magos en Johanesburgo, a sufrir en vivo y en directo. Es imposible no saber lo de la pantalla gigante en La Concepción de La Laguna para terminar la Romería de San Benito con una apoteosis.

Así que algo sé de fútbol: sé lo de las vuvuzelas y espero que no lo sepan mis nietos; sé lo del pulpo “zahorino”, que diría mi abuela, que esta vez se ha lucido para no acabar a la gallega; sé lo de Pedrito el de Abades, camino de convertirse en héroe aquí en Tenerife; sé hasta que Kaká, después de que lo expulsaran en el partido contra Costa de Marfil, dijo: “No puedo decir lo que mi abuela comentó del árbitro cuando me expulsó, pero fueron palabras muy duras”, con lo cual, ya saben, cuando necesiten decirle a alguien cuatro frescas y su educación no lo permita, pueden decir: “¿A que te mando a la abuela de Kaká?”.

No se puede estar de espaldas a la realidad y, por eso, he visto después de 30 años el partido. Y, si uno se pone muy nervioso con el fútbol, puede, como he hecho yo en este Mundial, no verlo y pasar de vez en cuando por donde los demás se están bebiendo las cervezas y mordiéndose las uñas, y preguntar, temblorosa: “¿Quién va ganando?”. Aunque, si es España, muchas veces lo sabes antes porque oyes los cohetes en todo el valle del Portezuelo.

Tal vez, sin embargo, lo más interesante haya sido ver cómo todo el mundo se ha unido en una piña, el entusiasmo contagioso, las cacho banderas españolas que han sacado sin ningún rubor en bares y balcones, el oír decir “hemos ganado”, como si fueran el mismísimo y genial Casillas o el estoico e imperturbable Del Bosque. Una de mis primas, no futbolera también, me contó que el sábado 3, en el que se jugó el Alemania-España, aprovechó la hora del partido para ir a El Corte Inglés, en un Santa Cruz en el que todos habían sido abducidos por extraterrestres. Y, cuando estaba haciendo sus compras, empezó a oír un rumor creciente, propagándose de un dependiente a otro: España marcó un gol, España marcó un gol… Y terminaron aplaudiendo todos en la planta, dependientes y clientes, incluso con algún abrazo y todo.


Algo parecido vivimos este domingo, 11 de julio, y esta semana los españoles estamos un poco más contentos. ¿Ven? Los romanos, cuando decían aquello de “pan y circo”, sabían de lo que hablaban.

(En la imagen, la foto más recordada de los mundiales de hace 4 años)

martes, 6 de julio de 2010

Porque me nace




Porque me nace” es una frase que dicen mucho en La Palma y que va mucho más allá del materialista “porque me lo pide el cuerpo”, del borde “porque me da la gana”, del categórico “porque sí y punto”, del paternal (y maternal) “porque lo digo yo” o del grosero “porque me sale de allí”.

La expresión “porque me nace”, mucho más dulce, como no podía ser menos entre palmeros, parece situar la causa de nuestras acciones en un impulso interior y espiritual, casi genético, afín a nuestro carácter y personalidad, y que parece unir todas las razones en una.

A mí hay cosas, claro, que no me nacen: las fiestas multitudinarias, las películas de miedo, una conversación con intolerantes, los trabajos con fechas fijas, el ruido, los programas de tele con gente vociferando, las corridas de toros, la mantequilla y ¡oh, blasfemia! el fútbol.

Pero ¿por qué me quedo yo hasta las tantas de la noche enganchada a un libro, aun sabiendo que tengo que levantarme mañana temprano?

¿Por qué me empeñé durante unos años predigitales en “editar” una revista, “La Gaceta de Help-City”, contando eventos, malos o buenos, protagonizados por los amigos durante el año para repartírsela en una comilona por navidad, con el trabajo que me daba recortar, buscar, pegar y redactar todo a nivel artesanal?

¿Por qué me meto en tinglados y tenderetes con más de 20 personas, si desde una semana antes estoy ya haciendo listas de comidas, bebidas y sorpresas varias?

¿Por qué me encargo yo de comprar, empaquetar y poner hasta poemas en los regalos de Reyes de toda la familia, con lo poco que me gusta conducir, las aglomeraciones y los comercios?

¿Por qué me voy de vez en cuando a un concierto, a un teatro, a un cine, o, más lejos, a otras ciudades del mundo, con lo bien que se está en casita?

¿Por qué me apunté enseguida en el Instituto al CFR (Comité de Festejos y Regocijos) y aún hoy, ya jubilada, sigo siendo miembro emérito, si nunca he sido de estar en comités?

¿Por qué me presto gustosa a cuidar a mis nietos siempre que quieran (excepto los viernes que son sagrados), si te tienes que dedicar en esos momentos a ellos en cuerpo y alma y olvidarte de lo que tú tienes que hacer?

¿Por qué todos los sábados y lunes escribo un post (y con éste van 205) en este blog?

De todo esto no hay más que una sola razón: porque me nace.

martes, 29 de junio de 2010

Reloj, no marques las horas.




Se dice que, cuando te jubilas y el tiempo ya no tiene mucho sentido para ti, entonces van tus compañeros y te regalan un reloj. Los míos tuvieron el tino de no hacerlo pero debe ser verdad porque, sin ir más lejos, a mi marido y a muchos amigos se lo han regalado.

En lo que no estoy de acuerdo es en lo de que el tiempo ya no cuenta. El tiempo se las arregla para seguir contando, aun cuando, como yo, me deje ahora muchos días olvidado en la mesilla de noche mi reloj, un reloj pequeño de plata, no digital, de los de antes, que nunca me quitaba de encima cuando iba a trabajar.

El tiempo contaba para los vecinos del filósofo Kant, allá por el siglo XVIII, que ajustaban sus relojes cuando lo veían salir todas las tardes, a la misma hora, ni un minuto más ni uno menos, para dar una vuelta en su Königsberg natal por un sitio que hoy se llama “Paseo del filósofo”.

También contaba para los compañeros de mili de Esteban, un profesor con el que compartí instituto hace ya muchos años, y que era tan metódico que, en el cuartel, todos los días se levantaba una hora antes que los demás para hacer una serie de rituales que culminaban en que se comía un plátano. Cuando los demás lo veían pelar el plátano, sabían que tenían el tiempo exacto para levantarse ellos.

Contaba para Doña Rosa, la abuela de mi marido, que a la caída de la tarde, en El Tanque, preguntaba: “¿Ya pasó la guagua de las 6?”, para ponerse a recoger del huerto, picar y guisar las verduras del potaje de la cena.

Hay un avión que aterriza de madrugada en Los Rodeos y que trae el pescado fresco de los mares subsaharianos. Ahora, cuando desayunamos en calma, tomándonos un té verde con naranja y canela y, a veces, un pan de nueces que hice el día anterior, le pregunto a mi marido: “¿Qué hora será?”, y él me dice: “Deben ser las 9 porque ya se va el avión del pescado”. Y lo ves diminuto, plateado con la cola azul, perdiéndose en el cielo.

Reloj, no marques las horas. Ya otros se encargarán de marcarlas por ti.  

martes, 22 de junio de 2010

Amaos los unos a los otros




Hay ahora una costumbre, importada, creo, de Iberoamérica, que consiste en que hablas con alguien (preferiblemente ocurre con operadores de Telefónica o con dependientes de supermercado) y te tratan, sin conocerte de nada, con un cariño tremendo, llamándote mi vida, mi amor, cariño o cielo, que hasta parece que nos hemos acostado juntos.

Que conste que, aparte de sorprenderme, no tengo nada en contra de tales efusiones. Después de todo, el precepto religioso siempre ha recomendado lo de “amaos los unos a los otros”, aun cuando Woody Allen lo corrige y dice “amaos los unos sobre los otros”. Pero a mí me recuerda el chiste de aquel señor mayor que trataba a su mujer igual, diciéndole todo el día “Sí, mi amor”, “¿Qué quieres, vidita?”, “¿A dónde vas, corazón mío?”. Y, cuando alguien le dijo que era sorprendente que a su edad todavía siguiera tratando a su mujer así, él dijo: “Es que no me acuerdo ni cómo se llama”. Por lo menos es de agradecer que no le dijera: “Oye, tú,…” (que también los hay).

En Tenerife, de todas formas, tenemos desde siempre el “mi niño” y “mi niña” que nos salva cuando no recordamos un nombre o una cara. A mí me pasa continuamente con mis alumnos. 38 años dando clase, a una media de 120 alumnos por año, hacen 4560 alumnos que, además, han cambiado (más gordos, más altos, más peludos, más calvos…) de los 15, 16, 17 o 18 años a los 40 o 50 y pico en que me los puedo encontrar ahora. Imposible recordarlos a todos.

Hace 5 o 6 años vino a vernos al Instituto un inspector de Bachillerato que nos reunió para darnos instrucciones y sabios consejos. Era un señor cincuentón con bigote que, de pronto, me mira y se me acerca presuroso, por lo que enseguida pensé: “Ya está, ya le contaron que un día de sol di la clase en el Patio de los Cipreses en plan liceo aristotélico”. Pero no. Me dio el gran abrazo y me dijo que había sido alumno mío, allá por el año 71.

Y así, me he encontrado camareros y dueños de restaurantes, empleados de tiendas de muebles o del Corte Inglés, fotógrafos, catedráticos de universidad, modelos, jueces, directores de cine, músicos, pintores, guardias de tráfico, mecánicos, amas de casa, médicos y enfermeros, arquitectos, profes, albañiles, abogados… que alguna vez filosofaron conmigo en el aula y que ahora, cuando me saludan, a falta de nombre, son “mi niño” y “mi niña”, dicho, además, esta vez sí, con cariño real.

Pero también en Tenerife, tenemos otro modo de tratarnos, aparte del horroroso “don” y “doña” (“¿Qué le sirvo, doña?”). Ani, una de mis amigas del colegio, me contaba el otro día que una señora de la península le pidió que le recomendara un carnicero. Ella le indicó uno del mercado y, al cabo del tiempo, cuando se la encontró, le dijo: “¿Y cómo te va con Pepe, mi carnicero?”. La señora dijo: “No, el carnicero no se llama Pepe”. “¿Cómo que no? Claro que se llama Pepe” “No, no, se llama Cristiano. Todo el mundo le dice, por ejemplo: ‘Ponme un poco de carne de componer, cristiano’”.

Así que, aunque aquí se dice alargando la “a” (cristiaaano…), mira por donde, en Tenerife todos se llaman como Ronaldo. 

martes, 15 de junio de 2010

Mi momento estelar




Ahora que se van a cumplir casi 2 años de este blog y que parece que tenemos más confianza, les voy a contar mi secreto mejor guardado, siempre que no salga de la blogosfera: yo fui una vez ¡tertuliana! ¡en la tele! ¡de Madrid!. Sí, sí, como lo oyen. Estaba estudiando en Madrid cuando la directora del Colegio Mayor nos llamó a Ana, mi compañera de habitación, y a mí para decirnos que pedían dos universitarias para ir a hablar en la tele sobre el diálogo en la juventud.

Nosotras pusimos cara de interesantes, como si eso nos lo propusieran todos los días, y dijimos “bueno”, con la boca pequeña y la ceja de fastidio, de qué se le va a hacer. Cuando llegamos a nuestra habitación, íbamos saltando y llamando a gritos a todo el personal del pasillo. Porque no era cualquier cosa, no era la tele, ¡era LA TELE!. En 1969 estaba casi recién puesta, Prado del Rey era nuevecito, no había casa en España en que no estuviera puesta todo el día la única cadena que existía. Era lo más de lo más. Si nos hubieran dado a escoger entre el Premio Nobel o ir a la tele, hubiéramos mirado al del Premio Nobel con cara de ¿qué dices, desgraciado?

Cuando se lo dijimos a nuestros novios, el mío, que siempre ha sido un poco otelo, dijo que él no me dejaba sola en ese antro de perdición. Y, cuando El Día llegó, allá que nos fuimos Ana y yo, compuestas y con novios al lado un poco moscas. Lo de compuestas era porque las amigas del Colegio se volcaron. Una nos planchó el pelo (sí, nos agachábamos ante la tabla de planchar y con una plancha nos pasaba y repasaba la melena. No sé ni como no estoy calva), otra nos perfumó con un sahumerio que le habían traído de París, otras nos prestaban zarcillos, collares, medias… Parecíamos la Virgen de Candelaria.

Fue emocionantísimo que, cuando llegamos, nos pasaran a Maquillaje. A lo mejor en ese asiento había puesto sus posaderas Marisol o con esa brocha habían espolvoreado a Rocío Dúrcal. Y ahora ¡yo! Y, de repente, al lado, estaba ¡Alicia Hermida!. Si yo la había visto hace poco haciendo de dulce pastorcita, tan angelical ella… Me rompió un poco los esquemas oírle decir que la habían llamado para hacer un coñazo de programa, pero así es el mundo de la farándula.

Cuando salimos de Maquillaje, nos sentíamos divinas de la muerte. Hasta pestañas postizas nos pusieron, viendo la ilusión que nos hacía. Los novios siguieron poniendo mala cara diciendo, como siempre dicen, que ellos nos preferían naturales y sin tanto pegote, pero ya, ya.

En el plató nos presentaron a unos chicos, un poco envarados con corbata y todo, que iban a hablar también. Y allí estaba yo, luces, cámara, acción.

Dios, ¿qué hago yo aquí? –me decía- Me va a ver toda España. ¿Se fijarán en qué pelo planchado tan bonito? ¿Y en mi caída de ojos con estas pestañas? Igual hasta me proponen, después de esto, un papelito en “Estudio 1”. ¿Y ese quién es? Ah, el moderador. Y no se le va a ver sino a oír, como a Charlie, el de “Los ángeles de Charlie”. Esto es lo más apasionante del mundo, con todas estas luces y nosotras aquí en medio. Ahora se pone a hablar ese alto de los granos. Está metiendo un rollo sobre la superestructura, seguro que se lo aprendió de memoria para soltarlo. No como nosotras, tan naturales, acostumbradas al diálogo sin preparación previa ni nada. ¿Habrá mamá avisado también a los vecinos de arriba? Dicen que lo pondrán el jueves que viene. ¡Cielos! Si allí en el fondo, mirándonos, está ¡Juan Luis Galiardo! ¡Con lo guapo que es! Yo creo que me mira a mí… Y el plasta este sigue con lo de la superestructura… Ah, no, se han quedado en silencio ¿Qué pasa?

 - Jane ¿y tú qué piensas de lo que ha dicho tu compañero?

 - ¿Eeeeeeh?

Todavía no me explico por qué al final suprimieron el programa sobre la posibilidad del diálogo entre los jóvenes. Si hasta hablamos y todo. De la superestructura, creo. 

martes, 8 de junio de 2010

El cristal con que se mira




Todos hemos conocido a personas mentirosas, tipo Don Pedro el Batatoso, aquel personaje de “Las memorias de Pepe Monagas” de Pancho Guerra que, por ejemplo, intentaba convencer al personal de que había cruzado una gallina con un loro y la hija resultante, Mariquita la llamaba, hablaba que daba gusto verla.

Yo, por ejemplo, tuve un compañero de trabajo que, como se encontrara con alguien ajeno al instituto, le contestaba al ¿cómo estás? (y lo digo con sus palabras textuales): “De puta madre, tío. Oh, fíjate que me saqué 200 millones en la lotería y he mandado las clases pal carajo…”. Y al día siguiente, allí estaba como siempre en clase, explicando el complemento directo.

¿Por qué lo haría? ¿Querría ver las caras carcomidas de envidia? ¿Querría ver como, nada más dejarlo, todos corrían desalados al lotero más cercano en busca de la utopía?

Bien es verdad que, sin llegar a esos extremos, se tiende a maquillar la realidad, aumentándola o disminuyéndola, como en el chiste aquel del que cuenta que se encontró en un claro de la selva con 10 leones y, al final, después de los “¡ya serán menos!”, termina reconociendo que, por lo menos, un olor a leones sí que había.

O también se tergiversa o se interpreta la realidad de manera diferente según quien la esté contando, como vemos en las manifestaciones a las que, según los convocantes, van tropecientos millones y, según el poder de turno, tres pelagatos.

O se inventan pasajes ajenos como propios, como hizo Andriu en su blog con el episodio del argentino psicópata con el que engañó hasta a la madre que lo parió. Yo misma, un suponer, si alguna vez me decidiera a escribir mi autobiografía, no me iba a cortar ni un pelo. “Pero, Jane, si tú nunca has estado en China ni fuiste al colegio con Letizia…” Ah, licencia poética que le dicen.

O puede también pasar que todo el mundo mienta y que todos sepamos que mienten, como en este pasaje de la novela que estoy leyendo ahora (“Un lugar incierto” de Fred Vargas):
“- Su hija le tiene prohibido el alcohol y el tabaco. (Él) los esconde en diferentes rincones entre los arbustos.
- Su hija lo sabe, claro.
- Claro.
- ¿Y él sabe que ella lo sabe?
- Claro.
- Así va el mundo, en la espiral del disimulo

¿O será nuestra mirada la que engaña? La primera vez que sus amigos vieron a Clinton como presidente electo, uno de ellos dijo: “Parece diferente”. Pero otro, más sabio, respondió: “No, nosotros lo miramos diferente”.

A ver si lo que va a ser verdad es el cristal con que se mira del viejo dicho y nunca sabremos cómo son realmente las cosas.

A ver si la verdad es un pez resbaladizo que, cuando lo vas a coger entre las manos, se te escurre y te presenta otra faceta multicolor, un brillo nacarino desconocido en sus escamas, mientras se aleja entre las olas.

A ver si va a ser verdad que mi compañero tenía millones de la lotería guardados en el Banco y de lo que se reía era de nuestras caras creyéndolo un mentiroso iluso y patético… 
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