martes, 25 de enero de 2011

La Laguna de Adrián




Hace tiempo, en mis paseos por La Laguna me encontré con Adrián Alemán. Profesor de historia, aparejador, periodista y escritor, él y yo habíamos hecho buenas migas un tiempo en el que fuimos compañeros en el Instituto. Cuando se jubiló, lo solía ver paseando por la calle y siempre fue un placer pararme a hablar un ratito con él. Esa vez me comentó, entusiasmado, que estaba preparando un libro sobre La Laguna percibida con los cinco sentidos. Es una idea preciosa, le dije, y le aseguré que iba a ser de las primeras en leerlo.

Hoy el libro, “La ciudad de los sentidos”, ya está en la calle aunque Adrián no esté. Y, como le había prometido, lo he leído disfrutando, como se hace cuando se comparte un amor por la misma ciudad. Cuando llegamos a un sitio extraño, sabiendo que cada lugar tiene su aire propio, queremos hacer justamente eso, captarlo enteramente, respirarlo, vivirlo… Pero rara vez se hace lo mismo con lo más cercano, con lo muy conocido. Y esto es lo que ha hecho Adrián, y lo ha hecho como un acto de amor, de despedida entrañable de todo lo que siempre quiso.

Compré su libro en El Águila y lo empecé a leer sentada en un banco enfrente de La Concepción, al tibio sol de la mañana lagunera. Y, mientras lo leía, pensé que Adrián ha hecho algo más que ver, oler, oír, tocar, gustar. Nos está también invitando a nosotros a hacerlo, nos está diciendo: “No pases rápido, fíjate, mira, huele, escucha…”

Y lo hago. Oigo las conversaciones amortiguadas de los que pasan, las campanas de La Concepción cada cuarto de hora, el ruido lejano de los coches desde estas calles peatonales. Y luego, el sonido del viento en la Plaza del Cristo, los patos en el estanque de la Catedral, el eco de los fuegos de septiembre.

Huelo el naranjo del patio del Instituto y el jazmín de la calle Anchieta, el olor limpio del centro de una ciudad sin circulación. Pero también la tierra mojada del huerto de la casa de mis abuelos y el aroma cálido de la Molina de gofio en la calle de San Juan.

Mi gusto lagunero –esta ciudad de tascas, bares, cafés y restaurantes- viene del recuerdo de los churros con chocolate en “El buen paladar” a la caída de una tarde fría; de la ensaladilla alemana del Bar Carrera en un aperitivo tomado alguna vez que salía temprano del trabajo; del sabor de la tarta de manzana de La Princesa o de las pastitas de té de la Dulcería Olivera.

El sentido del tacto está en el frío en la Avenida de la Trinidad o en la calle del Remojo. O en la lluvia en la cara al salir de la Universidad. O cuando, de chica, ponía los pies descalzos en el suelo helado al levantarme en mañanas brumosas. Pero también en la brisa suave y en la primavera metiéndosete en la piel en un paseo por el Camino Largo.

La Laguna que yo veo trae nubes que bajan amenazando lluvia y mañanas radiantes de verano. Son sus casas antiguas remozadas y sus colores revividos y son las casas viejas de anchos muros con verodes en los tejados. Es la Plaza del Adelantado donde jugué de niña, es la Recova vieja y su entrada de flores, es el Camino de las Peras donde medio aprendí a montar en bicicleta.

Pero es, sobre todo, el ritmo pausado de las gentes por las calles. Miro desde mi banco y veo a los que toman algo en la terraza del Melita, a los que caminan sin apresurarse, a los que se paran un momento a saludarse.

Incluso, si me fijo bien, veo a Adrián, caminando como solía hacerlo, con la parsimonia y la elegancia de un caballero, mirando alrededor y hacia lo alto y sonriendo.

(En la imagen, páginas del libro de Adrián Alemán, "La ciudad de los sentidos")

martes, 18 de enero de 2011

Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro




Este parece ser el plan de vida que una tiene que seguir para pasar a la posteridad. Y más o menos desde que somos talluditos todos nos ponemos a ello con entusiasmo.

Tener un hijo está muy bien. Como dijo una vez mi hija, hablando de los suyos, nada te prepara para esta explosión de amor. En un libro que leí hace poco (“Entre limones” de Chris Stewart) relata muy bien ese encuentro explosivo entre un padre primerizo y su hijita recién nacida:

Miré al bebé durmiente. No podía ser posible amar una cosa así… ¿o quizás era posible? Algo estaba sucediendo (…). Me puse a temblar mientras observaba a la pequeña criatura. Me quedé paralizado, esclavizado. Todas las hormonas y jugos que hasta ahora no habían aparecido ni hecho lo que les correspondía me envolvieron en una oleada de cariño. Me dejé caer de golpe en la cama, fláccido y sin habla, e intenté contarle a Ana lo que me estaba sucediendo. Las palabras no me salían de la boca.
- Lo sé –me dijo sonriendo-. Me acaba de pasar a mí también.”

Y la cosa es así, un amor incondicional, inexplicable, que nadie debería perderse adrede y que te envuelve y acompaña toda la vida. Y en “toda la vida” se incluye también el embarazo, el parto, el posparto en que no duermes ni vives, las angustias cuando se enferman o se caen o suspenden o tienen desengaños, el paso por la adolescencia, ese horror, los desvelos cuando llegan tarde, los novios y novias indeseables, el colegio, la universidad, la boda, el divorcio, la eterna preocupación por si les pasa algo… Pensándolo bien, tener nietos es mejor.

Plantar un árbol está un poco más difícil si una vive en un piso sin patio ni balcón. Pero teniendo un huerto hay más posibilidades, por ejemplo, de plantar un limonero Cuatro Estaciones, que nada más pensarlo ya te ves haciendo mojitos, sorbetes y limonadas frescas. Pero cuando te pones, te das cuenta de lo que cuesta hacer un hoyo. La tierra está dura como la cara de algunos y sudas, sudas, sudas para que luego venga tu marido y te diga que ese agujero no sirve ni para plantar un ajo. Ahora me explico que Jack el Destripador dejara a sus víctimas tiradas por ahí: “Para hoyitos estoy yo ahora…”, diría. Y digo yo: ¿no podríamos pasar a la posteridad plantando un geranio en una maceta?

Escribir un libro, según Vargas Llosa en su reciente discurso del Nobel es “crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero”. Parece estar chupado ¿no? Después de todo, para ello basta con sentarte una tarde tranquila, coger un bolígrafo de punta fina como me gustan a mí y unas cuartillas, tener atmósfera de silencio, imaginación, memoria… Y va y te sale la lista de la compra que, la verdad, como literatura no es para que te den a ti el Nobel.

Hay algo en todos los programas y planes y en eso de tener la vida muy organizada que parece dar repelús. Puede pasar, por ejemplo, que un tal Belisario Fernández haya tenido 28 hijos, plantado un bosque de pinos madereros y escrito “La marquesa Rosalinda y su sino desgraciado”. ¿Y qué? ¿Alguien lo conoce hoy? ¿Pasó a la posteridad?

No, porque a la posteridad, posteridad, sólo pasan los genios ¡Y con suerte!

Pero bueno ¿quién quiere pasar a la posteridad, “ese futuro que no nos pertenece”, como dice Elvira Lindo? Con lo contentos que estamos todos viviendo el día a día, sin planes preconcebidos ni agobios, en esta bendita actualidad…  

martes, 11 de enero de 2011

Romanticadas




Yo creo que todos nacemos con el gen del romanticismo, ese gen que te hace mirar la vida a través de un cristal rosa y te lleva a ser poeta, mal que les pese a los demás. Lo que pasa es que luego la vida y sus embates nos lo va diluyendo.

Cuando yo era pequeña, se notaba mucho. No había reunión que se preciara en que no hubiera un niño poeta. Se colocaba delante de todos, serio, reconcentrado y colorado, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo, y ponía las manos atrás al principio para luego moverlas con gracioso gesto al compás de los versos. Todavía veo a uno de esos niños poetas de las fiestas infantiles de mi infancia, paseando por La Laguna. Es un señor jubilado con una barba blanca venerable pero, cada vez que lo veo, se me aparece con 10 años, recitándonos a todos: “ Las moscas. Poesía. A un panal de rica miel, dos mil moscas acudieron…”.

Hoy la cosa no es tan notoria. Pero tengo en el corcho de mi mesa de trabajo un corazón que mi nieta me regaló a los 5 años y que dice: ”Reina azul que vive entre las rosas”. Bueno, ella puso “Rrey na azul que vive én tré lás rosas”, pero da igual, no cabe duda de que es el gen del romanticismo en todo su esplendor. Los niños nos llenan, igual que hicimos nosotros con nuestros padres, de postalitas con corazones, poemas, mariposas, flores y pajaritos, tal como si fuera aquello de “la primavera ha venido, no sé como ha sido”.

Después, en el Instituto, todo cambia drásticamente. Hay algunos que leen poesía, sí, pero son minoría. Todavía queda alguna profesora joven y entusiasta que se atreve a hacer de vez en cuando con sus alumnos una velada poética. Y le puede pasar como a una que conozco que, cuando se levantó un alumno a recitar “El ciprés de Silos” de Gerardo Diego, empezó de esta guisa:
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acojonas el cielo con tu lanza…
Con las risas no se oía el “acongojas” que ella le musitaba desesperada. No ha vuelto a organizar ninguna más. No hay poesía que resista eso.

A pesar de todo, pienso que cualquier época es buena para el romanticismo y la de la jubilación no tiene por qué ser menos. Incluso tengo una amiga, casi jubilada, que cuando oye el agua de la cisterna dice que es como tener en casa los jardines de la Alhambra, que no me dirán que no es una mirada romántica sobre la prosaica realidad.

Yo, a veces, en mi aniversario de boda le digo a mi marido: “Y las flores, ¿qué?”. Y , cuando él va, raudo y romántico, a coger una maceta del patio y me la presenta, le digo: “Y la poesía, ¿qué?”. Y también va y me escribe alguna sobre la marcha, algo original y de propia inspiración, como “poesía eres tú” y esas cosas. O te dice algo tan romántico como “Sin "ti", el "tiempo" es "empo”"

Y es que, sí, el gen del romanticismo está vivo entre nosotros. Pero apaleado, zaherido y acobardado por el materialismo imperante. Y así no se puede. 

martes, 4 de enero de 2011

Queridos Reyes Magos



La otra noche, en la cena con los amigos, hablamos de los regalos de Reyes. Mi amigo Manolo se lamentaba de que sus nietos ya no saben qué pedir. Yo, por el contrario, decía que los míos lo piden todo, aunque se lo tenemos restringido a 3 juguetes y 2 cuentos. Y luego la conversación derivó a nuestra infancia, cuando nos regalaban un solo juguete y nos quedábamos emocionados con él. ¡Ah, mi triciclo rojo! ¡ Y, otra vez, mi muñeca vestida de bailarina de ballet, con sus zarcillitos y todo!

Alguien dijo después que a su padre, de chico, le regalaban solamente una naranja. Y a mi madre, recordé yo. Y a mi abuela en Fuerteventura, dijo Lolina ¿De dónde habrá venido esa costumbre? Melchor, que es una persona muy curiosa, aventuró que tal vez del “Romance de la huida a Egipto”, que, nada más empezar a decirlo, todos recordábamos de nuestra Enciclopedia infantil:

Camina la Virgen pura
de Egipto para Belén
y a la mitad del camino
el Niño tenía sed.
(…) Allá arriba en aquel alto
hay un lindo naranjel
y el hombre que lo cuida
es un ciego que no ve.
- Ciego, dame una naranja
para el niño, que trae sed.
- Coja usted las que usted quiera
las que sea menester.
El Niño, como era niño,
no dejaba de coger.
Las que cogía la Virgen
volvían a florecer.
Apenas se va la Virgen
el ciego comienza a ver.
- ¿Quién ha sido esa señora
que me ha hecho tanto bien?
- Ha sido la Virgen pura
que va de Egipto a Belén.

Probablemente al niño Jesús le gustaría más, en una huida por tierras áridas, una jugosa y fresca naranja que el oro, incienso y mirra de los Reyes Magos, que a ver qué hacía con ellos. Y, en recuerdo de la leyenda, se regalaría esa naranja en noches de Reyes lejanas.

Aunque nos gustó lo poético del asunto, creo que todos nos quedamos pensando en que miraríamos mal a los Reyes Magos, esos roñosos, si en nuestro zapato sólo encontráramos una naranja. Pero yo también me quedé con la sensación de haber perdido algo. Tal vez, la capacidad de maravillarnos con lo más sencillo. O de conformarnos con lo que la vida nos da.

Es lo mismo que cuando todos decimos que lo que queremos es salud, cuando la damos por supuesta, los días que, como dice Alice Munro, “no tienen duras aristas ni zumba la sensación de destino en las venas”. Pero no nos gustaría levantarnos temprano el 6 de enero y no ver nada y que te digan:”Tienes salud, ¿Qué más quieres?”.

Así que el Día de Reyes, además, espero ver regalos en el suelo del salón, en el rincón que siempre sus Majestades me han reservado a mí, al lado de mi zapato (no uno nuevo ni uno demasiado viejo), con golosinas y globos alrededor.

Pero, a lo mejor, este año, hay también una naranja. 

martes, 28 de diciembre de 2010

El villancico cruel




Los villancicos no deben ser crueles. Deben hablar de San José, la Virgen, el Niño, los pastorcillos, los ángeles, paz, amor, felicidad y campana sobre campana. Y, sin embargo, uno de los villancicos de toda la vida tiene una estrofa que siempre me ha parecido especialmente cruel. Además, porque el estribillo es todo lo contrario:

Alegría, alegría, alegría,
alegría, alegría y placer,
que esta noche nace el niño
en el portal de Belén.

La estrofa a la que me refiero es la que dice así:

Esta noche es Nochebuena,
noche de comer pasteles,
y el que no pueda comerlos
que se arrime a las paredes.
Y después venga otra vez, hala, el “alegría, alegría, alegría”…

En mi tierra los pasteles típicos de Nochebuena son esos redondos de hojaldre con un corazón de guayaba o cabello de ángel en su interior. A mi madre se los venía a vender por estas fechas una señora que iba por las casas con su aromática cesta de exquisiteces (¿existe todavía esa venta a domicilio?). Los más famosos ahora son los de Los Realejos y mi amiga Margarita, que es de aquellas tierras, me regala siempre una caja por navidad.

A mí esas capas doradas, crujientes y riquísimas del hojaldre me saben a navidad y me recuerdan otras navidades pasadas. Pero también me traen a la memoria el villancico cruel. No dejo de imaginarme, cuando los como, lo mismo que cuando era pequeña: yo, zampándomelos y un montón de niños pegados a las paredes, mirándome con ojos tristes. O peor, con ojos resentidos, como diciendo la frase infantil de entonces: “A ver si invitas, marrón”.

Mi brindis de este año nuevo va por que esta escena no exista ni pueda existir. Por que todo el mundo tenga una vida digna que te permita tener todas tus necesidades satisfechas, incluido el placer de comerte en navidad un pastel de hojaldre.

No más hambre. No más insolidaridad. No más villancicos crueles. 

martes, 21 de diciembre de 2010

Arretrancos




Ante la Navidad hay dos tipos de personas. Están las que, como yo, disfrutan de ella, compran árbol de los de verdad, hacen calendario de adviento y romances para el amigo invisible, les encanta regalar, preparan nacimientos y adornos por toda la casa y hacen cenas especiales a tutiplén. Y luego están los que rezongan, como mi marido. A partir de octubre, que es cuando yo empiezo a calentar motores comprando regalos de reyes, se le oye de vez en cuando murmurar por lo bajo: “…follón… qué necesidad…¿Más regalos?... y ahora, qué rollo… ¡Dios mío, otra comilona!... ya no puedo más”, y así.

Pero este año he encontrado la solución: pintar la casa por dentro dos semanas antes de la Nochebuena. Es que es estupendo porque pintar no es solamente pintar. Hay que desmantelar todo, habitación por habitación, quitando todos los arretrancos que se habían ido acumulando a lo largo de los años, tapando paredes y llenando estanterías y trasteros.

La palabra “arretranco” según el Diccionario de canarismos es “trasto viejo e inútil que estorba”, con lo cual no me explico por qué, si es trasto, si es viejo, si es inútil y si estorba (y no me estoy refiriendo a personas, ojo), todos tenemos la casa llena de ellos. Pero así es, y te das cuenta cuando haces machuca y limpia.

Del trastero han salido las primeras tumbonas que tuvimos cuando nos mudamos hace casi 30 años. Eran de aquellas de hierro con el asiento de tela y, cuando se nos rompieron, las dejamos por si alguna vez las arreglábamos. ¿Y cómo íbamos a tirar, aunque fuera un trasto, esa máquina enorme para hacer hasta jugos de zanahorias, aunque nunca hicimos ninguno? ¿Y la vajilla de diario, ahora diezmada y sin brillo, que nos regalaron en la boda y que cobijó mis primeros pinitos en la cocina? O la pantalla del primer ordenador que tuvimos o el equipo de música de la era analógica, que es como decir antidiluviana. O una caja llena de Barbies despelujadas de mi sobrina, que me quedé para adecentarlas y dárselas a mi nieta cuando la tuviera y, ahora que la tengo, ni me acordaba. Y marcos de cuadros, y libros, libros, libros que ya no leeré más, y los apuntes de la carrera o las fichas de la tesis que no terminé ni pienso terminar.

Y también te vas encontrando a lo largo de la casa lo que te traes de los viajes. A mí me pasa lo mismo que a Sócrates, que le encantaba llegar a una ciudad y pasear por los mercados y mercadillos. Pero, mientras él, mucho más sabio, cuando los visitaba decía: “¡Hay que ver la de cosas que hay que no necesito!”, yo me pongo a comprar arretrancos. Pero ¿quién se resiste a una bola de cristal que parece tener en su interior el pasado, el presente y el futuro? ¿O a esa jarrita de un mercadillo de Karlovy Vary, con una forma especial para beber el agua (asquerosa) que mana de las fuentes de ese balneario checo? ¿O la tetera y los vasos de té que me trajeron de un mercado marroquí?

Así que aquí estamos ahora, exhaustos y polvorientos, cantando villancicos mientras ordenamos y ponemos todo otra vez en las habitaciones recién pintadas y tiramos tantos arretrancos que en el “Punto limpio” ya me dicen: “Oh, Jane ¿tú por aquí otra vez?”.

Pero eso sí, este año he conseguido dos cosas. Una, empezar el año nuevo con la casa limpia y mucho más vacía, para volverla a llenar el próximo con nuevos arretrancos. Y otra, que mi marido, por primera vez, en estos días no ha rezongado nada por las navidades. 

martes, 14 de diciembre de 2010

Mi compañera de habitación


Esta semana he estado en Madrid para asistir a la investidura como académica de Ana Crespo, mi amiga y compañera de habitación del colegio mayor en mis años de estudiante. En aquel salón de la Academia de Ciencias, presidido por un enorme retrato de la Reina Isabel II (que no sé qué pintaba allí) y arropada por un montón de señores vestidos de chaqué, me pareció fresco y joven el discurso de Ana que tituló "El discurrir de una Ciencia amable y la vigencia de sus objetivos: de Linneo al código de barras de ADN se pasa por Darwin". En él habló de sus amados líquenes pero también de sus bisabuelos, Pedro J. de las Casas y Rita Pérez, que alfabetizaron a media isla de La Palma y guardaban entre los documentos de su Biblioteca una copia manuscrita de "La boda de las plantas", una oda a Linneo de nuestro Viera y Clavijo, que empieza así:
"Los Desposorios de la amable Flora
cantar en un vergel es mi deseo; 
templa su voz mi lira y suave implora
para el epitalamio no a Himeneo
sino al que la Botánica ya adora
por numen fiel, al inmortal Linneo,
al primero que vio en las plantas todas
los sexos, los amores y las bodas..."





Y esta fue la entrada que yo escribí hace 2 años, cuando la nombraron académica, y que suscribo hoy como entonces. 

Eso de tener una habitación propia que pedía Virginia Woolf no va mucho conmigo. Soy capaz de abstraerme leyendo o escribiendo en un cuarto lleno de gente. Y, para dormir, desde siempre lo he hecho cómodamente acompañada: en casa de mis padres, con mi hermana; y en mis años de Madrid, en el Colegio Mayor, con Ana, mi compañera de habitación, por quien le puse el nombre a mi hija.

Tener una compañera de habitación que conecte contigo es una suerte y un privilegio. Ana estuvo ahí en el día a día, pero también cuando me llamaron por teléfono para decirme que mi abuela había muerto o la mañana en la que hubo un terremoto en Madrid y me despertó de un sueño inquieto en que me mecían en una cuna, para salir corriendo al pasillo. Pero también estuvo en las partidas de cartas entre examen y examen, en las lecturas comentadas, en una conversación que tuvimos con Buero Vallejo después de ver “El tragaluz”… Estuvo en las buenas y en las malas, como hacen las amigas de verdad.


De ella ya he hablado en este blog, cuando les conté en “El gen coleccionista” que me había traído de China 10 marcadores de libros preciosos, o cuando hablé de mi momento estelar, que también fue el de ella. Pero momentos hubo muchos. Con Ana y José Ramón, su entonces novio y hoy su marido, descubrí Madrid: los paseos a Rosales a tomarnos un helado después de una tarde estudiando, las visitas al Museo del Prado a sentarnos delante de “El jardín de las delicias” de El Bosco, las mañanas de domingo en la Cuesta de Moyano rebuscando entre libros… Mis mejores recuerdos de aquellos años los incluyen a los dos, compartiendo música y risas y hablando, hablando, hablando de todo lo que en ese momento teníamos o pensábamos tener.

Gracias al 600 de José Ramón (¡bendito 600!) nos íbamos a merendar a Chinchón o a Aranjuez y, sobre todo, nos íbamos a la montaña a hacer caminatas, alguna vez incluso durmiendo en una cabaña de pastores al lado de las fuentes del Lozoya.

En todas ellas, Ana, que ya se estaba aficionando a la Botánica, recogía líquenes y nos los hacía recoger a los demás. Si caminas por la montaña con una forofa de los líquenes, de repente empiezas a descubrir que toda la naturaleza está tapizada de ellos. A los árboles y a las rocas sus colores –verde agua, tejas, cobrizos, dorados- los embellecen y sabes que, aunque hasta ese momento eran invisibles, a partir de entonces ya no dejarás de verlos nunca más. Y, mientras los recogíamos, Ana los iba nombrando –parmelia perlata, umbilicaria postulata…-, bellos nombres latinos que todavía recuerdo.
 
Las dos nacimos en marzo del 48, yo unos días antes que ella. Las dos somos de Tenerife y empezamos la carrera en la Universidad de La Laguna y terminamos en la Complutense al mismo tiempo. Las dos tuvimos vivencias comunes en aquellos años convulsos desde el 67 al 70: las asambleas, las manifestaciones, los grises a caballo, la censura, el estado de excepción, la primera conciencia política.

Pero después la vida nos llevó por caminos diferentes. Ella continuó en Madrid –allí están su casa y su trabajo- y yo me vine para Tenerife. Nos vemos muy de vez en cuando pero, aunque pase tiempo, cuando la veo, a ella y a José Ramón, siento la comodidad que sólo se tiene con la gente cercana, aquella con la que no sólo has compartido una parte de tu vida, sino con la que también has soñado el resto. Sé que puedo contar con ella y ella sabe que puede contar conmigo.

Y ahora yo me he jubilado y ella no creo que lo haga en mucho tiempo. Ana es Ana Crespo de las Casas, Catedrática de Botánica de la Complutense, un hacha en su especialidad, reconocida en todo el mundo. Y sé que seguirá, cuidadosa, paciente, inteligente y curiosa, como toda buena investigadora, enseñando a nuevas generaciones a observar la naturaleza y que los líquenes están ahí.

Hace muy poco la han nombrado Académica de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, la primera canaria que ingresa en ella y una de las tres mujeres que lo han hecho en toda su historia. Y yo no puedo evitar sentir una enorme alegría y también el orgullo de haber compartido ronquidos con ella hace ya 40 y pico años. Porque es como si una parte de mí –aquella que convivió con plantas de todo tipo envueltas en periódicos y bolsitas desperdigados por toda la habitación común- también estuviera con ella, formando parte ya para siempre de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales.

(La foto en color es del acto académico el pasado 28 de noviembre de 2012. En la foto en blanco y negro estamos Ana y yo rebuscando entre libros usados en una de las casetas de la Cuesta de Moyano un domingo de abril del 69. La foto la sacó José Ramón)



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