Hace poco estando en Santa Cruz en casa de mis primos, cerca de la
Plaza de San Francisco, se coló por la ventana un sonido que había pensado no
oír nunca más: la música de un afilador. Me asomé deprisa esperando ver, igual
que en una escena de tiempos pasados, a las mujeres corriendo y llevándole
tijeras y cuchillos. Pero no vi a nadie y la música se iba alejando cada vez
más. ¿Sería realmente un afilador?
El sonido me dejó pensando en los oficios desaparecidos. En el limpiabotas de
Santa Cruz de La Palma que, cuando ganaba lo necesario para comer ese día, se
iba alegremente a su casa, así fueran las 10 de la mañana. En la vendedora de
pasteles que venía a mi casa de vez en cuando, precedida en la escalera por el
aroma delicioso de rosquetes, galletas y bizcochones. En una amiga de mi madre
que, con dedos ágiles, hacía encaje de bolillos para las dotes. En las señoras
que iban a planchar o a zurcir o a hacer la manicura a algunas casas una vez a
la semana. En las lecheras, caminando por las calles con la cántara en la
cabeza, erguidas y serias. En los pescadores que vendían su pesca en la playa
nada más recogerla del mar. En el latonero, que en el garaje de su casa te
hacía, por ejemplo, de un día para otro, un cacharro para asar castañas…
Supongo que todos ellos pertenecían a lo que se ha llamado “economía
sumergida” y que sus ganancias eran en “dinero negro”. Y me acordé de que yo,
durante toda la carrera, formé parte de ese grupo delictivo porque gané un
dinero extra, del que no di cuenta a nadie, dando clases particulares de
matemáticas, lengua, latín o griego.
No creo que la solución a la crisis actual venga por ese lado, la verdad,
pero sí que es importante para salir de ella la creatividad y el ingenio, la
habilidad y el amor por las cosas bien hechas, el saber hacer y el sentido común
que todas esas personas tenían para salir adelante en tiempos que fueron más
difíciles.
Y a lo mejor de todas esas cosas era de lo que me hablaba aquella música que
se iba perdiendo por las calles de Santa Cruz. Tal vez en sus notas estaba
entretejida la esperanza.
