
Todos los que amamos los libros hemos tenido alguna vez una librería a la vuelta de la esquina, un sitio al que ir a hojear y a ojear, a revolver, a leer contraportadas, a admirarnos ante una nueva edición de un libro favorito, a comentar novedades con libreros amigos... Recuerdo hasta el primer día en que fui a uno de estos lugares fascinantes, cuando vivía en la Cruz del Señor. Estaba. como siempre, mariposeando entre libros, preguntándome si llevarme ese que tenía tan buena pinta o ese otro del que había leído buenas críticas, o directamente los dos, cuando se me acercó la librera, una señora de pelo gris y ojos brillantes, que me preguntó: "¿Eres profesora?". Cuando le contesté que sí, me dijo que es que los profesores tenemos una manera de acercarnos a los libros, "una mezcla de amor, respeto y familiaridad", que ella por lo menos distinguía, de tal manera que siempre acertaba. A partir de ese día, nos hicimos amigas y, cuando me hice cargo de la Biblioteca de mi centro, sus consejos, su creatividad y su sabiduría, me ayudaron en muchas ocasiones.