martes, 26 de diciembre de 2017

Portadas que abren mundos




Hace poco me encontré con una portada que me sorprendió, a pesar de ser la de un libro archiconocido, "Mansfield Park" de Jane Austen. El autor de la portada es Fernando Vicente, un ilustrador que confiesa disfrutar con el proceso de ilustrar un clásico, "tanto de la lectura como de dar vueltas sobre algo conocido o de buscar documentación".  Y eso se le nota. 

Los lectores de "Mansfield Park" muchas veces se quedan con que es la historia de la pariente pobre, Fanny Price, que ocupa un segundo plano en la vida de su aristocrática familia y que, cuando esa vida se agita con la llegada de una elegante y superficial pareja de hermanos, ella no se deja influir y es el anclaje. los principios firmes, el discernimiento claro. Pero además Fernando Vicente, con esta portada, va más allá y muestra a Fanny Price perdida en un laberinto, y me obligó a mí a releer el libro con sus ojos y a centrarme en la presión que ella recibe, incluso por parte de los que la quieren bien, para hacer lo que no quiere hacer: casarse con un buen partido, un hombre seductor, rico y agradable que además está muy enamorado de ella, y en un momento y entorno social en el que el matrimonio es la mejor, y a veces la única, solución en la vida. En la portada hasta en el cuello se ve la tensión de ella al ver que no hay salida.

Me encantan esas portadas de buen lector e ilustrador, que se alejan de clichés y que te invitan a disfrutar de lo que hay detrás de ellas. Y sin embargo, hace poco leí un artículo sobre portadas de Víctor Selles, en el que dice que lo que importa en ellas es que sea un reclamo publicitario y que "Esto se consigue con clichés. Se logra con colores pastel en las novelas románticas y naves espaciales con planetas al fondo en el caso de la ciencia ficción. Se consigue con fotomontajes para la literatura juvenil e ilustraciones para la infantil, y con el mismo cuadro de Hopper de la mujer bañada por la luz de media tarde para la ficción literaria". Como lectora, no estoy muy de acuerdo. Cuando daba clase, muchas veces animaba a mis alumnos a que cuidaran la presentación en sus trabajos. Les decía que igual que un plato con una gracia por aquí o un perifollo por allá anticipa el disfrute, un trabajo sin faltas, bien escrito y con una ilustración original, predispone a su favor a quien lo tiene que calificar. Lo mismo pasa con la portada de un libro: es el primer paso, el umbral para que esperemos con expectativas burbujeantes lo que va a llegar después. Que igual es un churro y una decepción, pero también, por qué no, puede responder a nuestras esperanzas y nadie nos quitará esa gloriosa entrada en un mundo nuevo.

Esta semana en la que finalizamos un año como quien cierra un libro (un libro un poco caótico este 2017, todo hay que decirlo), abramos el próximo con una portada más conciliadora, más acorde, estoy segura, con lo que casi todo el mundo espera. Yo haría esa portada a 2018 con los bellísimos versos que el poeta José Miguel Junco Ezquerra ha publicado estos días:

"Ojalá que se ponga por su lado más cóncavo de tu parte la vida
y que en esa hondonada se prodigue el abrazo
y se fundan de veras con tu sangre otras sangres
y al convite se sume con su canto un jilguero
y el dolor te sea leve y la paz sea contigo."

Feliz año.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Los meneos de la vida




La semana pasada ha sido bastante agitada para mí. Por una parte, por la vida social propia de estas fechas que se traduce en comidas, cenas, celebraciones, encuentros, compras...; y luego en más comidas, más cenas, más celebraciones, más encuentros y más compras. Por otra parte, por el borrascón que nos ha pasado rozando y que, pese a responder al bello nombre de "Ana", ha tenido más bien el talante de una "Tremebunda". En esas andábamos cuando mis amigas y yo decidimos ir el martes a Las Palmas (ida y vuelta el mismo día) a comer en casa de Eli, que vive frente al mar.

Si por algo protesto de vivir en una isla es que a cada rato hay que coger el avión. Nada de ir por barco a la isla vecina viendo lo temperamental que se nos puso "Ana" (hablaban de olas de hasta 7 metros, válgame el cielo). Pero tampoco los aires estaban lo que se dice tranquilos y ahí nos ven sufriendo sacudidas, vaivenes, yenkas y chachachás. Menos mal que yo iba sentada al lado de mi amiga Úrsula, que es la serenidad en persona, y que viendo que yo me iba poniendo lívida por momentos, me dijo: "¡Pero si esto es como subirte en un tobogán!". Ahí fue cuando le tuve que confesar que yo tampoco me subo ni nunca me he subido en toboganes, ni en norias, ni en aparatos de esos mefistofélicos en los que se oye gritar a la gente por los aires. Miento, sí me monté una vez en una noria, la del Prater de Viena, pero es que, aparte de hacerle los honores a la película "El Tercer hombre", iba tan despacio que solo parecía una agradable vuelta a la manzana.

Parece haber en algunos seres humanos la tendencia a buscar el peligro (bórrenme a mí de esa lista) ¿Han visto una atracción que se llama "El martillo"? No es normal que te pongan cabeza abajo a no sé cuantos pisos de altura (sé de una que se hizo caca del miedo cuando se subió). Y hay otra atracción que es un ascensor bajando a toda velocidad, que hace que el cerebro casi se te desprenda y llegue al techo, y que, por raro que parezca, hay a quien le encanta. No tengo ni idea de cómo puede haber personas que ¡hasta paguen! por semejantes torturas.

Y eso que, si se fijan, la vida es también como una noria, una atracción de feria que te da momentos de subidón y otros de bajona. Si repaso lo vivido esta semana, ahí están los subidones de los encuentros con los amigos y con la familia (casi uno cada día), o la alegría de oír en el programa "El Foco" de Televisión Canaria a dos de mis ex-alumnos -tan creativos y brillantes-, uno, el periodista Roberto González, entrevistando al otro, el actor Álex García. Y las bajonas, la preocupación por una amiga muy querida a la que operaron de un tumor el viernes, o el catarrazo que me ha tenido en un moqueo continuo nada sexy (otra vez "Ana" y sus fríos haciendo de las suyas...).

Y es que la vida ya tiene suficientes meneos como para calmar nuestra sed de aventuras y la llamada de la selva que nos convoca ¿A qué buscar fuera peligros de pacotilla? Como dice mi marido, que es también un hombre tranquilo. "¡Qué necesidad!".

lunes, 11 de diciembre de 2017

Tiempos Heroicos





Hay un dicho, creo que de Alfonso X el Sabio, que reza:  "Viejos leños para quemar, viejos libros para leer, viejos vinos para beber, viejos amigos para conversar". Si ustedes se identifican con esta cita es porque también han vivido Tiempos Heroicos, unos tiempos que siempre salen a colación cuando nos reunimos esos viejos amigos (a lo mejor, mientras nos tomamos uno de esos viejos vinos y hay un viejo leño quemándose en la chimenea). Los Tiempos Heroicos pueden ser la mili, o el tener que ir caminando de Vallehermoso a Valle Gran Rey a través de las montañas (como me cuenta mi amiga Consuelo), o la guerra para nuestros mayores, o los primeros años en que nos buscamos la vida lejos de la protección de nuestros padres...

Esta semana cenamos en casa de Miguel Ángel, uno de esos viejos y queridos amigos. Mientras comíamos una carne a la piedra en el bello comedor acristalado de su casa guamasera -noche de luna llena sobre el césped y el perfil sombreado del Teide al fondo-, mi marido y él (ante el regocijo de Ana, su pareja, y mío) rememoraban los Tiempos Heroicos en los que compartieron la carrera de Físicas en Madrid y, sobre todo, la estancia en el Colegio Mayor San Juan Evangelista.

El San Juan, el Johnny para todos, entonces, allá por el año 66, ni estaba terminado. El director reunió a los 400 alumnos que estaban apuntados y les dijo que les habían cortado los créditos y que, si ellos aceptaban pagar las mensualidades y vivir allí en las condiciones precarias en que estaba el colegio, tal vez podrían seguir adelante y sobrevivir. De los 400, sólo ciento y pico valientes dijeron que sí y empezaron el curso 66 en noviembre, con las escaleras en construcción, sin calefacción ni agua caliente. No había ascensor, ni cafetería ni comedor, y ni, mucho menos, canchas. La habitación solo tenía la cama y el armario, pero sin baldas ni gavetas. No estaba ni la mesa ni la silla ni las estanterías que tan necesarias son para estudiar. Los cristales de las ventanas estaban con los papeles pegados y sucios de la obra, que ellos tuvieron que despegar y limpiar. El Johnny fue el primer colegio que instauró el autoservicio: nada de personal de limpieza, sino que eran los propios alumnos los que limpiaban su habitación y se lavaban su ropa, incluida la de la cama. Ese año pasaron más frío que vergüenza, pero el Colegio se terminó y se inauguró oficialmente en el curso 67-68.

Pero incluso así, el San Juan tuvo desde ese inicio intrépido el sello que lo caracterizó siempre: una vida cultural plena que lo convirtió en uno de los espacios de libertad del Madrid de la época. Miguel Ángel, que fue uno de esos ciento y pico fundadores (mi marido llegó un año después), recordaba ver ese año a Nuria Espert, sentada en una de las salas (supongo que bien abrigada, eso sí), recitando las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández. Otra vez fue Ramón Tamames, que hizo una crítica encendida al capitalismo, con lo cual inmediatamente se pidió que fuera un banquero a defenderlo. Todas las charlas acababan en diálogo, en exposición de otras ideas, en nuevas preguntas y no se aceptaba nada porque sí. Se veían películas que estaban superprohíbidas (yo vi allí "El acorazado Potemkin" de Eisenstein, que por otra parte me aburrió) y, al lado de portería, había un punto de venta de libros que no encontrabas en ningún otro sitio (no necesariamente "peligrosos": Neruda, sin ir más lejos). Mi marido y yo recordábamos que fue en el San Juan, en el año 70, auspiciado por el Club de Música y Jazz del Colegio, donde oímos uno de los primeros festivales de jazz de España. Allí estaban Teté Montoliú, Donna Hightower, Pedro Iturralde... Una gozada.

Fue una noche memorable, para recordarla y para recordar Tiempos Heroicos. Sí es verdad que parecíamos los abuelos Cebolleta, resucitando hechos de hace 50 años que, sin embargo, no veíamos muy lejanos. Un Tiempo Heroico es siempre aquel en que hicimos cosas que ahora no haríamos, ni siquiera con una pistola en el pecho. Pero qué bueno es saber y recordar que alguna vez las hicimos y, sobre todo, que nos lo pasábamos pipa haciéndolas.

(En la foto inicial, el Colegio Mayor San Juan Evangelista. El Johnny para los amigos)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Más se perdió en Cuba


A mi amiga Ligia le han perdido la maleta. Ligia es venezolana y ha tenido que dejar su casa, sus cosas y su país por la situación insostenible en la que se vive allí. Reparte el año entre Tenerife, donde viven sus hermanas y estamos sus amigas, Granada donde está su hijo, y Miami, la residencia de sus dos hijas. En el viaje a Miami que acaba de hacer le han perdido el carrión, como dice ella (luego me enteré de que era el carry on, lo que llevas encima, el equipaje de mano) que, por insistencia de la azafata, también facturó. Al final, le llegaron las maletas (sin los turrones que les llevaba a sus niñas y que algún desgraciado -ojalá se le indigesten- le robó) pero ni humo ni pelos del carrión, en el que llevaba algo de ropa, una máquina de fotos y los bombones de Ferrero Rocher que yo le regalé. Le ha seguido la pista y parece que el carrión se fue a Algeciras, luego volvió a Tenerife y tal vez ahora esté en Tegucigalpa. Es cuestión de tiempo que llegue a Miami.

Yo le digo lo que nos decía mi madre cuando algo se nos rompía o perdía: "Es solo material". Si el extravío era más irreparable ella nos consolaba con lo de "Más se perdió en Cuba", perpetuando el desencanto y el duelo que tuvieron que sufrir los españoles allá por 1898 con la pérdida cubana. Pero creo que mejor le cuento una historia leída hace poco a Manuel Vicent donde también hay pérdidas, destierros y exilios. Habla Vicent de un judío sefardita, comerciante de ámbar, que conoció en el Gran Bazar de Estambul. Los sefarditas han arrastrado durante siglos la nostalgia de las cosas perdidas para siempre. Porque a unos Reyes les dio por echarlos de su patria, tuvieron que dejar atrás casas, amigos, posesiones, e ir hacia destinos inciertos y lejanos (Israel, Tesalónica, Estambul...) ¿Más se perdió en Cuba? Más perdió España entonces al quedarse sin una parte valiosa de su población, precisamente la que hizo de Toledo uno de los centros más prestigiosos de la antigüedad, un lugar donde las tres religiones de la Edad Media convivían y trabajaban en paz.

Desde entonces, muchos judíos -y este en particular- guardaron como un tesoro la llave de su casa española y la han pasado de padres a hijos como un símbolo de "la fatalidad del destino y la esperanza de un retorno". Este judío del que hablo ha viajado varias veces a Toledo, la tierra de sus antepasados. La casa y la puerta que abría su llave ya no existen, pero pensó, cuenta Manuel Vicent, "que tal vez la cerradura pudiera andar perdida en manos de algún chamarilero. Después de recorrer decenas de anticuarios por toda España un día se produjo el milagro. Entre los cachivaches de una almoneda, que regentaba un gitano de Plasencia, el sefardita encontró una cerradura herrumbrosa del siglo XV en la que su llave encajaba y funcionaba perfectamente. En el bazar de Estambul el sefardita me hizo una demostración. Metió la llave en la cerradura, la accionó varias veces y con palabras pronunciadas en ladino meloso me dijo: así es cómo se abre y se cierra el destino.".

Me gustó la historia porque es optimista y consoladora ¿Cómo no se va a encontrar un carrión perdido por unos cuantos aeropuertos, le digo a Ligia, si se encontró una cerradura traspapelada por toda España desde hace 5 siglos? Nos pasamos la vida perdiendo llaves, trenes, sueños, amores, que muchas veces ya no podemos recuperar y de los que nos queda un recuerdo nebuloso y agridulce. Pero tenemos que reconocer que hay veces en que se produce un milagro.

Postdata de última hora: Ligia ya ha recuperado su carrión y sus bombones.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Llevar la contraria




Que sí, que hay una tendencia generalizada a llevar la contraria, que lo tengo comprobado. Miren, si no, la foto que nos hicimos la semana pasada en un viajito que hicimos a Huelva. Podría tener perfectamente ese título (o también, ya puestos, "Todos los caminos llevan a América"). El afán contradictorio debe ser algo que llevamos en los genes y que luego con la edad vamos domeñando poco a poco por aquello de vivir en paz. Mi nieto, el de 2 años, sin  ir más lejos, tiene como palabra preferida "¡No!".

¿No les ha pasado que, cuando nos recomiendan encarecidamente que vayamos a algún sitio, nada más ir nos aparecen fallos por doquier (el "sí, pero...")? ¿Y, al revés, que nos digan que lo que vamos a visitar no vale un pimiento, y nosotros cuando lo conocemos le encontremos, sin embargo, su aquél? Esto último es lo que me ha pasado con Huelva. Por lo menos diez personas, incluidas dos onubenses, me dijeron antes que a qué íbamos a Huelva, que Huelva no tiene nada qué ver, que mejor quedarse en casita... Y, en contra de todos, ha sido un viaje inspirador, en los que destacaría tres momentos de esos que se guardan en el celofán de la memoria para siempre.

El primero fue el domingo en el Rocío. Ya lo conocía de viajes anteriores en otro plan, el de pasar por un pueblo sin apenas gentes y visitar después unas marismas, preciosas sin duda, llenas de garzas y flamencos. Pero esta vez el pueblo rebosaba vida: se compraban velas, lotería y recuerdos; las tascas, llenas de gente, servían pringás, chocos y gambas blancas, mientras los camareros daban vivas a España y a la Virgen, sin que la cosa pareciera nada excéntrica; los carros de caballos paseaban con parsimonia entre el gentío, y el día, luminoso, resplandecía. Entramos a la Ermita justo cuando empezaba la misa de 12, a la par que lo hacía una de las Hermandades, la de Santiponce de Sevilla. Y entonces sucedió. Se hizo el silencio, la Salve Rociera empezó a sonar con flautas y tambores por todo el pasillo y, al llegar a la reja y al altar, el estandarte (el "Simpecado")  se inclinó 3 veces delante de la Virgen. Lágrimas, mocos, nudos en la garganta, pañuelos sacados precipitadamente del bolsillo y, por mi parte, la sensación compartida de estar en un sitio especial en un momento especial. Me ha pasado en otros lugares sagrados algunas veces: en Santo Toribio de Liébana un año santo, en Rocamadour de Francia, y ahora, esa mañana sorprendente del Rocío que emocionaba incluso a los no religiosos como yo.

El segundo momento fue en Moguer, del que Juan Ramón Jiménez dijo que es "igual que un pan de trigo, blanco por dentro como el migajón, y dorado en torno, -¡oh, sol moreno!- como la blanda corteza". Ver el pueblo lleno de luz a través de los ojos del poeta, subir al mirador de su casa desde donde se ve el mar, pasear por las calles tranquilas casi sintiendo las pisadas de Platero... es otra experiencia que no tiene precio.

La tercera fue cuando fuimos al lugar en el que se unen los ríos Tinto y Odiel. A los canarios, a los que bien nos gusta un agua que corre y que no tenemos ni un solo río del que presumir, el que Huelva tenga cinco (el Guadiana, el Guadalquivir, el Tinto, el Odiel y el Piedras) nos parece un derroche y nos da una envidia tremenda. A mí, la unión de las dos corrientes, con la estatua imponente de Colón encarando el horizonte y con su apertura hacia el mar, la aventura y la búsqueda de mundos nuevos, me pareció que estaba en el principio de todos los caminos.

Así que ¿qué me hubiera perdido si no voy a Huelva? Atesorar momentos. Hubo más, pero solo por estos tres, valió la pena salir de casa y llevar la contraria a los que dicen que no.


El Rocío

Moguer desde la azotea de la casa donde nació Juan Ramón Jiménez
La unión del Tinto y el Odiel

lunes, 13 de noviembre de 2017

Gente que influye




Y no me refiero con este título a peces gordos de la economía o de la política. Ni tampoco a esa cosa que ahora llaman influencers, sea lo que sea eso. No, me refiero a aquella persona que muchos de nosotros hemos conocido en las primeras etapas de la vida y que, de alguna manera, fue importante y marcó nuestro camino. Gente, como el George Bailey de "¡Qué bello es vivir!", que, si no hubiera nacido, ahora los demás no seríamos los mismos.

Tengo un libro que habla de gente así. Se llama "Mi infancia son recuerdos..." y es un conjunto de relatos -coordinado por Josefina Aldecoa- de distintos autores y famosos, voces diferentes que recuerdan "el papel inolvidable de un maestro que en uno u otro momento de nuestra infancia o adolescencia ha sido decisivo para nosotros". Y así, en el libro se ven las deudas de gratitud de Emilio Aragón hacia el profesor que le hizo disfrutar de la lectura, de Concha García Campoy a su profesora porque "ella fue la primera en mirarme con otros ojos", de Fernando Fernán Gómez a la actriz Carmen Seco que le enseñó a recitar versos, de Emilio Lledó al profesor que le preguntaba "¿Qué te sugiere?" tras la lectura de un pasaje del Quijote ("un paso esencial para aprender a pensar, para aprender a ser"), de Manuel Toharia hacia quién le inspiró la curiosidad por la ciencia, o de Fernando Savater hacia quien le enseñó a no mentir.

Cuando he preguntado a mis amigos, casi todos reconocen a alguien así, en su vida. Todos hemos tenido excelentes profesores que amaban su trabajo (y también otros que se equivocaron de profesión y que nunca tendrían que haber dado clase). Pero cuando yo pienso en aquellos años del colegio y en alguien que pueda haberme enseñado algo importante, quien me viene a la cabeza es una monja, la Madre Concepción, que ni siquiera me dio clase.

Nuestra relación con las monjas solía ser de "guerra fría". Desde los 10 años a los 16, durante el Bachillerato, las monjas no nos daban clase sino que eran nuestras cuidadoras. Ellas nos llevaban del patio a la clase o a la capilla procurando que formáramos perfectas filas, supervisaban el aula de estudio para que no habláramos (¿se puede encerrar el agua del mar?), nos castigaban frecuentemente cuando no hacíamos todas esas cosas y, en general, hacían el papel de soldados guardianes hacia los que abrigábamos escasa simpatía (y ellas igual hacia nosotras). Pero cuando teníamos 14 o 15 años, vino al colegio una nueva Directora que nos sorprendió tratándonos como seres humanos adultos.

La Madre Concepción (la Madre Concha la llamábamos entre nosotras) tenía alrededor de 30 años en esa época. Era una mujer alta, guapa y con clase a la que nunca vimos un mal gesto. Nos hablaba, no en plan "coleguita" ni en plan sargento, sino con la naturalidad y el respeto con los que se debe hablar a una persona hecha y derecha. Y a nosotras en su presencia ni se nos ocurría mentirle y hasta le contábamos nuestras trastadas, como la vez que nos habíamos fugado del colegio y cómo luego habíamos vuelto a entrar (porque lo emocionante era la fuga en sí). Tenemos fotos con ella en las excursiones que hacíamos al Teide y, cuando a final de 6º nos fuimos del colegio, ella fue la que nos acompañó en nuestra última comida en común. Cuando años después fui profesora, el recuerdo de su actitud y trato hacia nosotras fue un ejemplo al que acudir cuando me veía enfrente de un montón de adolescentes ante los que tenía que hacer el papel de profesor. Como ella, supe siempre que, si tratas con respeto a una persona, tenga la edad que tenga, ella también te respetará.

Muchas veces en la vida al cabo de los años pensamos en esas personas que nos han influido casi sin ser nosotros conscientes de ello en su momento. Nos damos cuenta después, cuando asumimos que nunca jamás las volveremos a ver, de que fueron importantes, y lamentamos no habérselo agradecido entonces. Pero en este caso, hace cosa de un par de meses en una de las comidas que hacemos regularmente mis amigas del colegio y yo, Eli, que vive en Las Palmas pero que casi nunca se pierde una, nos apareció con una amiga suya, mayor que nosotras. Nada más verla, y aunque habían pasado más de 50 años, supe que era la Madre Concepción.

La Madre Concepción, Concha ahora para nosotras, tiene 87 años y sigue siendo la persona cercana y elegante que era entonces. Con el espíritu y la voz todavía joven que recordábamos, nos contó que, después de aquellos años del colegio, había estado en varios sitios, entre ellos en algunos países de América; que hacía 30 años que ya no era monja y que ahora vive tranquila con su hermana en Las Palmas. Le gusta leer y la música (tiene la carrera de piano), y sale y juega a la canasta cada semana con sus amigas. Estaba verdaderamente contenta de vernos y asombrada de que la recordáramos con tanto cariño.

Hay un proverbio chino que dice: "Cuando bebas agua, recuerda la fuente". Es bueno recordar las fuentes de las que partimos, pero todavía es mejor que la vida te brinde, como ahora, la oportunidad de dar las gracias a quienes, aun sin saberlo, han influido en nosotros ayudándonos a ser como somos. Y este escrito es una forma como otra cualquiera de hacerlo. Gracias, Madre Concha.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Al olor del orégano


El Castaño de las Siete Pernadas

Hace unos 3 años, en un post que escribí dedicado a los castaños (lo titulé "Toma castaña"), dije esto:
"Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel Castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.
No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo...".

Y mira por dónde, hace unos días se me quitaron todas las dudas. Nos invitaron al grupo "Lo que las piedras cuentan" (del que ya les he hablado aquí y aquí) a un desayuno y a un paseo posterior por una finca en Aguamansa, y resulta que el Castaño de las Siete Pernadas ¡existe! Allí estaba, con tres pernadas menos, eso sí, pero en pie desafiando todavía a los siglos. Andrés, uno de los dueños de la finca, nos contó que una noche tranquila, sin tormenta ni viento, lo despertó un estruendo terrible, como si el mundo se viniera abajo. Se levantó enseguida y lo encontró así, partido por la mitad "¿Y qué crees que le pasó?" "Vejez, supongo". Pero viejo y todo (se le calculan más de 500 años), sigue siendo impresionante. Dulce María Loynaz, que también visitó la finca en 1951, habla asombrada de él en su libro "Un verano en Tenerife": "El enorme tronco ha tomado un aspecto rugoso, coriáceo, animal casi. El árbol parece más bien un gigantesco paquidermo coronado de ramas milagrosamente verdes.". Todavía hay un hueco (tapado) en su base en donde está guardada la mesa que a veces se subía a sus ramas y que fue testigo de tantas meriendas felices. Nosotros , 20 personas cogidas de la mano, lo rodeamos y abrazamos porque, según dicen, estos seres centenarios saben transmitir buenas energías.

La finca es enorme (48 hectáreas) y preciosa. En los altos del valle de La Orotava y al pie de los acantilados de Los Órganos, ya muy cerca de la cumbre, está llena de árboles excepcionales: castaños enormes, sí, pero también pinos altísimos y manzanos, perales y otros árboles frutales cargados, en este noviembre, de frutos. Y todo el paseo que hicimos hasta el Castaño, y después, más arriba, hasta la Fuente de los 50 Chorros, estuvo acompañado del olor del orégano que tapizaba el suelo de las veredas y rincones.

El olor del orégano, humilde y familiar, nos llevaba a hablar de mojos, salmorejos, licores de hierbas, cazuelas y de tanto plato nuestro que lo lleva como ingrediente. Yo recordaba, riendo, aquella vez que, caminando entre matas de orégano por los montes de Anaga, mi hermana exclamó: "¡Qué olor a pizza!". Esther rememoraba las procesiones de antes en su Guía natal cuando los Descansos -altares que se ponían en las casas para que la imagen los visitara- estaban unidos por pasillos perfumados hechos de orégano y poleo. Todos, mientras cogíamos un ramito o una planta viva para transplantar, caminábamos con calma, fijándonos en hiedras y flores, o en el tronco hueco de otro castaño herido por un rayo o en las gallinas que andaban a sus anchas por todas partes. El aire era limpio a esas alturas y la casa, con un balcón dirigido al valle desde el que, antaño, el padre de los actuales dueños trabajaba (¡qué gozada!), descansaba bajo el sol, sabiéndose vivida y amada...

Qué bueno es que todavía existan sitios así, tan bellos, en los que sumergirte y gozar en un día de otoño. Qué gusto andar entre árboles que ya estaban aquí cuando se fundó La Habana, árboles ajenos a las minúsculas vicisitudes y preocupaciones que ocupan nuestros días. Qué placer darnos cuenta de que los grandes árboles y las pequeñas plantas del orégano conviven y nos muestran lo que verdaderamente importa: existir dando cada uno lo mejor de sí mismo. Y qué contenta me puso que el castaño que creí perdido y destruido, todavía exista... Un día perfecto.

(A Ricardo, Alicia y Andrés, que nos recibieron generosamente y nos mostraron ese pedazo de isla que han conservado milagrosamente sana. A Iris, tan buena organizadora. Y a nuestro grupo, "Lo que las piedras cuentan", por todo lo compartido)





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