lunes, 28 de diciembre de 2020

Cuestión de suerte



 

Mi amigo Alfa, que es muy generoso, me estuvo insistiendo los días previos al 22 de diciembre en que comprara el número 03838 que saldría seguro en el Sorteo (él decía Suerteo) de Navidad. ¿Por qué iba a ser él el único millonario si podía hacer felices también a todos sus amigos? Alfa se basaba, no crean, en la teoría de la causalidad y en una serie de factores que no podían ser casuales. Hecho A: una compra en Alteza le costó 38,38 según consta en el tique correspondiente. Hecho B: la matrícula de un coche aparcado en Ycod al día siguiente era 3838.Tenía que haber, decía, una relación de causa-efecto entre los dos hechos.¿Qué más señales queríamos? Además, si nos fijamos, decía él, hay más misteriosas coincidencias, como que 3+8+3+8 suman 22, el día del suerteo; o que se celebra en el 2020, pareja de números, igual que 3838. Hasta me habló de la sincronicidad de Jung y apeló a un chantaje emocional escribiéndome: Conozco a una amiga con nombre de baile y canto canario y apellido noble a la que su terco escepticismo le va a privar del "suerteo". Pero al final le dije que no lo compraría a pesar de tantos hechos a favor del 03838. Y que no era por escepticismo, sino que la verdad es que no necesito millones sino que me basta con tener buenos amigos que me hagan reír y estar sana a pesar de los achaques.

Pero tendría que explicarle que me gusta que haya en estos momentos un evento que a la mayoría de los españoles les haga ilusión. También, que me emociona el sonsonete de los niños de San Ildefonso, porque para mí es el sonido con el que se inaugura la Navidad, y ver la alegría de todos cuando les cae un premio. Pero que yo no soy nada aficionada a loterías ni juegos de azar. Tal vez porque en mi casa toooodo el mundo lo era: mi padre no dejó de poner una quiniela nunca, mi madre, hasta coleccionaba billetes de lotería y a mi abuela la conocían por su nombre todos los vendedores de ciegos desde la Recova a casa. Yo, después de tal saturación, solo compro por tradición en Navidad dos números, uno para regalar y otro al concejal de mi pueblo, que va vendiéndolo de casa en casa con un plus para reunir para las fiestas.

Y eso no quiere decir que no crea en la suerte. Este mes, por ejemplo, fui a comprar los turrones que me gustan a un supermercado y, cuando fui a pagar, el chico de la caja me dijo sorprendido: ¡Ha ganado un premio!. Estaba más contento que yo, decía que era la primera vez que le pasaba. Era una caja de 4 botellas de un Rioja crianza bastante bueno. Pero lo curioso fue que a la semana siguiente fui a comprar más turrones para regalarle a mis amigos austriacos que volvían a Viena por las navidades y, cuando voy a pagar, fue como si fuera el Día de la Marmota: ¡Le ha tocado un regalo!. y otra caja del mismo Rioja crianza. ¿Es o no es suerte! Y no, aunque he vuelto por allí, no me ha tocado más otro regalo, pero me quedé más contenta que Ricardito.

Pero la Lotería es otra cosa. Esta vez, ¡milagro!, me tocaron 33 euros entre coincidencias con el terminal 7 y participaciones en otros billetes. Todos aquellos con los que jugaba han decidido invertirlo en la lotería del Niño, menos yo. Me hace más ilusión los 33 euros seguros que los millones volando. Y además. me los gastaré en algo que me apetezca mucho: un par de libros o algo bonito en las rebajas o un picoteo en algún sitio frente al mar. Eso sí, a mis amigas les he dicho que, cuando se saquen los millones, que me inviten a desayunar. Pero en Nueva York, qué menos.

Y, por si hubiera alguna duda, el 03838 de mi amigo Alfa no salió, a pesar de los buenos augurios. Pero desde aquí espero que no se desanime y que siga confiando, en este año que comienza, en la buena suerte que a veces, caprichosa, da un vuelco en los asuntos humanos. Feliz 2021.

(Para Alfa, por supuesto)


lunes, 21 de diciembre de 2020

¿Afrontar la navidad?


 La pregunta que más he oído estos días es: Y tú ¿cómo vas a afrontar la Navidad?, para decirme después que están enfadados, o miedoso o desanimados, que esta es una navidad rara y que hay que pensar en cómo afrontarla ¿Afrontarla? Según la RAE, afrontar es hacer cara a un peligro, problema o situación comprometida. ¡Quién nos iba a decir que veríamos la Navidad así! ¡La Navidad, nada menos! En lugar de ver cómo beben los peces en el río, en lugar de ser momento de comer pavo y turrones en amor y compaña, en lugar de brindar con champán por el año apestoso que se va... ¡hala!, convertida en un peligro, un campo minado, una situación en la que nadie querría estar.

Por eso, no me extraña nada leer un artículo de Jacinto Antón que empieza así: De con qué espíritu afronto estas Navidades da fe el que los dos últimos libros que he leído sean sendas novedades sobre los Panzer alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Luego sigue contando con entusiasmo su lectura sobre los tanques alemanes, pero no aclara cómo esto le puede preparar para afrontar la Navidad (????).

Si es por lecturas, la mía de ahora es mucho menos agresiva. Me la regaló una amiga que sabe lo que necesito leer estos días. El libro se llama "Anhelo de raíces" de May Sarton y habla del hogar, de cómo hizo suya una casa que encontró casi en ruinas, cómo la llenó de detalles, de muebles antiguos familiares traídos del otro lado del mundo, de flores y recuerdos.

Me hizo revivir mi propia búsqueda, hace 40 años, cuando dibujamos con la imaginación el contorno de una casa en un terreno apartado lleno de nispereros y vides.Igual que la autora de mi libro, estuvimos 3 años proyectando esa casa ideal, hablando con fontaneros, electricistas y albañiles y celebrando el hallazgo de dos maestros de obras de los de antes, Maestro Daniel y Maestro Romualdo, que supieron hacer realidad todas nuestras ideas. Entonces se sucedían los apuros (para conseguir préstamos o encontrar el lavabo que queríamos) con descubrimientos maravillosos, como el de una partida de caoba escondida tras toneladas de vigas en un almacén, que nos dejaron por un precio buenísimo si nos la llevábamos toda (las puertas interiores de mi casa y los muebles empotrados están como el primer día). O ver cómo el dibujo que habíamos hecho de la chimenea y las repisas de los lados (en un cuaderno cochambroso que todavía guardamos) cobraba vida tal cual lo habíamos diseñado. O los fines de semana, asistir asombrados a que toda la familia se volcara en ayudarnos a pintar, a barnizar, a despejar el terreno de malas hierbas. Terminábamos comiendo en lo que es hoy es la terraza del patio sobre una puerta vieja apoyada en dos bidones, cansados pero contentos.

Hacer tuya una casa va también de llenarla  de detalles bellos, de cosas que tengan significado para quien la va a vivir: un cuadro que te traiga el ruido del mar, tus libros amados a mano, una flor del jardín que alegre el baño, las fotos de quienes quieres cerca para recordarte días felices... Me llama estos días una amiga que tiene un piso sin balcón ni terraza. Pero es una artista, amante de las flores y de la belleza, y me cuenta que la ha llenado de claveles de aire. No la he visto pero sé que debe estar preciosa y que allí ella se siente bien.

También estos días, ¡la casualidad!, mi amiga Lola nos manda a nuestro grupo de wasap la canción "La casita" de Pedro Infante, que habla de una casita chiquita que tiene al frente unas parras / donde cantan las cigarras / y se hace polvito el sol. / Un portal hay en el frente, / en el jardín una fuente / y en la fuente un caracol... En la mía no hay fuente, pero sí caracoles, y ranas, y pájaros -canarios, chirrines, capirotes...- que alegran mis despertares. 

Desde la casa de una, sea como sea, si la sientes tuya, es imposible hablar de "afrontar la Navidad". Esta no se siente como un peligro, problema o situación comprometida. Hablemos más bien de esperar, celebrar, brindar. Y de congratularnos por estar vivos y festejar una Navidad más.

Felices fiestas.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Devuelvo tus cartas, regalos y rizos...



En aquellos lejanos tiempos en los que la gente escribía cartas y los carteros pululaban por doquier y era una gozada abrir el buzón y encontrar un sobre dirigido a ti, una de las cosas preocupantes era saber qué hacíamos después con semejante cantidad de papel informativo. Una de las opciones, sobre todo cuando las cartas eran de amor y muy comprometedoras y sobrevenía una ruptura, era devolverlas al remitente con un gesto de dignidad herida.

Esa es, por ejemplo, la actitud del que escribe en la canción "Querida Enriqueta", muy cantada en excursiones y juergas en mis tiempos, y de la que sale el título que hoy les pongo. Por si no se la saben, ahí les va, con puntos suspensivos en las palabrotas porque ya saben que yo fui una niña fina de las Dominicas:

Querida Enriqueta, con esta te escribo / que un notario en Burgos murió antes de ayer. / Me deja su herencia pero he de casarme / con mi prima Rosa la de Santander.

Coro: ¡Qué c...ón! ¡Qué c...ón!

Querida Enriqueta, disculpas te pido / y siento contigo portarme tan mal. / Devuelvo tus cartas, regalos y rizos / y besa tu mano tu amigo Marcíal.

Coro: ¡Qué c...ón! ¡Qué c...ón!

A esto la buena de Enriqueta le contesta a su amigo Marcial:

¡C...ón, h... p..., marica, mal hombre! / ¡Mira que dejarme por otra mujer! / ¡Me c... en tu padre y en tu p... madre / y en tu prima Rosa la de Santander!

Otra de las opciones, sobre todo si los escribientes se olvidan de las cartas y las meten en una caja en un altillo a criar telarañas, es que los hijos y nietos (si son como los míos) las tiren a la basura cuando ya no estén. Claro que ¿quién va a suponer que hay gente a la que le encanta revolver en la basura y que las rescatan e incluso le dan fama y todo el mundo se entera de lo que le dijiste a tu amado en un arranque de cursilería? Esto fue lo que se contaba esta semana pasada en una noticia sobre 200 cartas de amor escritas por un joven francés a su novia en la 2ª Guerra Mundial y encontradas ahora en un vertedero.

¡Cuánto me alegro ahora de haber quemado las mías -2 años escribiéndonos mi novio y yo casi todos los días- en una hoguera de San Juan! Recuerdo que una vez mi madre me remitió una carta de él (cerrado el sobre, eh), llegada después de mi ida, y me decía: "Me la leí, por supuesto, a ver si decía algo original, pero decía las mismas boberías que me escribía tu padre". Quita, quita...

La tercera opción es conservarlas y que tú misma empieces a mandarlas a los remitentes, si quieren. Yo soy de las que han guardado casi todas mis cartas (excepto las quemadas) y las de mi padre y pienso que a los que las escribieron (o a sus descendientes) les apetece recuperar un trozo de sus vidas del que se acuerdan poco. Por eso le di a una prima las cartas que su padre le mandó al mío durante la guerra, y a otra las de su madre cuando era una jovencita que contaba los últimos sucesos y cotilleos de su pueblo. Y ahora voy a mandarle a mi amigo Juan sus cartas desde Madrid, desde el año 63 al 66. Juan ha sido amigo mío desde que yo tenía 13 años y él, 17 y lo seguimos siendo, aunque solo nos veamos en entierros y presentaciones de libros.  Ahora que está un poco pachucho y obligado a estar en cama, pienso que le puede alegrar encontrarse con su yo de entonces, tan parecido al de ahora. ¡Que goces, querido Juan, con lo que me contabas del Madrid de tus años universitarios, de los mil y pico que eran en tu clase, de los bailes, de la tuna, de los proyectos, ilusiones y preocupaciones, y de lo jóvenes que éramos! Una vista atrás nunca viene mal para agradecer el camino recorrido. Para eso sirve guardar las cartas.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Pues ya veremos...



Me llama mi amigo Jaime esta semana todo enfadado por el rollo de la pandemia. Mi amigo tiene 4 hijos y 9 nietos y ¡a estas alturas todavía no sé ni con quién voy a pasar la nochebuena! ¡Que si allegados, que si cuatro, que si diez...! ¡Y las mascarillas! ¡Y los toques de queda! ¡Y la madre que los parió!, sigue despotricando. Él y yo coincidimos en que nunca pensamos vernos en este berenjenal y que nosotros, ¡ilusos!, hubo momentos en marzo en que imaginábamos que en junio ya estaríamos todos de parranda y libres de la pesadilla. Ja, ja.

Pero me pongo con él en plan terapeuta optimista porque lo último que necesitamos ahora son depres y melancolías por el covid. Y le empiezo a enumerar las causas por las que habría que estar hasta contentos. Que sí, le digo, que esto es uno de los 4 jinetes del Apocalipsis, pero que me tiene que reconocer que es mejor que los otros tres -el hambre, la guerra y la muerte-, dónde va a parar. No le digo lo de "más se perdió en Cuba", como afirmaba mi abuela, pero sí le leo un supuesto que vi en un artículo de Íñigo Domínguez: Imaginen una película en la que hay un virus terrible y para frenarlo hay que moverse haciendo el pino, quienes no sepan hacerlo deben asistir a clases de gimnasia y, si no, son evacuados al espacio exterior. Pues ya ves, le cuento, ahora no te exigen tanto: una mascarilla (y no sabes lo que las mujeres nos estamos ahorrando en potingues y lápiz de labios) y tener espacio libre alrededor. Una minucia, relájate.

Y también, la verdad es que nos estamos ahorrando, con eso de llevar la boca tapada y no salir tanto, los airones de otros diciembres (Airón: enfermedad que no recogen los libros de medicina pero que todos nosotros sabemos en qué consiste). A estas alturas y con este frío, el año pasado estábamos todos con el moco colgando y los estornudos estremecedores. Y míranos ahora, qué pimpantes, que no hay quien nos tosa.

Y luego le cuento otra ventaja de la pandemia: el descubrimiento de Miguel Ángel Martín, un actor malagueño que se ha dedicado a poner en las redes monólogos de humor desde la cocina de su casa, en pijama y con una taza con la bandera británica en la mano (¡yo tengo una parecida!), de la que casi nunca bebe. Son solo unos minutos, pero ¡cómo me ha alegrado la vida! No solo por lo que dice sino por cómo lo dice, con la perplejidad del que mira este mundo disparatado por primera vez y empieza a reflexionar con ese Que estoy yo pensando que.... El último que le oí, sin ir más lejos -le cuento a Jaime-, estaba él pensando que, como la gente se tome en serie, cuando todo esto pase, el retomar todo lo perdido -las copas, las fiestas, los cumpleaños, las ferias, las fallas, las procesiones de semana santa...-, no va a tener ni cuerpo, ni tiempo, ni dinero, ni salud, ni vida pa tanto plan. Que pongamos los marcadores a cero y que no hagamos planes, por favor.

Así que le digo a Jaime que le haga caso y no haga planes, que ya irán saliendo. El año pasado por estas fechas ya teníamos pensado y planificado nochebuena, navidad, fin de año, año nuevo y reyes. Sabíamos quiénes vendrían a cada fiesta, los regalitos en la mesa, la música que amenizaría el cotarro... Ahora, cuando hablamos de eso y ni siquiera sabemos dónde vamos a pasar cada festejo, terminamos todos diciendo: Pues ya veremos... El elemento sorpresa, que le dicen.

Porque otra cosa buena que ha traído la pandemia es enseñarnos a tener paciencia. Como le leí también a Clara Díez, una activista del queso artesano, la vida (como el queso) lleva sus tiempos y las respuestas llegan: antes o después pero llegan.  ¿No te parece, Jaime?

- No sé, no sé... -me contesta, seguramente asombrado con mi elocuencia y dotes oratorias.

- Ah, y otra cosa buena de la pandemia- remato- : con ella tendremos tema abundante de conversación para años.

- Pues ya veremos... -me dice al fin.




lunes, 30 de noviembre de 2020

Pociones mágicas



Mis nietos pequeños creen firmemente en las pociones mágicas. La más famosa, ya saben, es la que hace el druida Panorámix en los libros de Astérix y Obélix (básicamente se hace con muérdago cortado con hoz de oro, más raíces, flores, hierbas y algunas especies. También puede llevar una langosta que no le hace nada pero le da sabor). Pero a mí esta poción no me dice mucho ¿Quién quiere algo que te dé fuerzas sobrehumanas en estos tiempos que corren? Mejor, mucho mejor es la poción Felix Felicis que sale en el sexto libro de Harry Potter. El profesor Slughorn en la clase de Pociones la ofrece como premio para el que haga una muestra decente de un filtro. Una botellita de Felix Felicis es suerte líquida. Suficiente para disfrutar de doce horas de buena suerte -dice el profesor-. Desde el amanecer hasta el ocaso, tendréis éxito en cualquier cosa que os propongáis. Ahora bien, debo advertiros que el Felix Felicis es una substancia prohibida en las competiciones organizadas, como por ejemplo eventos deportivos, exámenes o elecciones. De modo que el ganador solo podrá utilizarla en un día normal. ¡Pero verá como éste se convierte en un día extraordinario!

 ¡Esa sí que sería una poción verdaderamente mágica! Porque mira que hay días catastróficos en los que todo te sale mal. Y no me refiero a tragedias, sino a las pequeñas rozaduras con que la vida nos dice que el color de rosa es para los chicles Bazooca, no para ella. Esta semana tuve un día así. Salimos de casa desde el alba para comprar un par de regalos de reyes y nos recorrimos un montón de sitios sin encontrar lo que iba buscando. Y en medio se nos pincha una rueda y venga otro peregrinaje por  gasolineras que no nos la cambiaban. A la 4ª nos mandaron a un taller en el que nos tuvieron una hora esperando, con lo cual se hizo la hora de la comida y yo sin vender una escoba (y sin hacer la comida). Cuando terminamos de comer a las 4 de la tarde me doy cuenta de que la despensa estaba invadida de hormigas, como en aquella película de "Cuando ruge la marabunta". Y ahí me ven, en vez de dormir la siesta, limpiando estantes y ordenando latas. Y cuando por la tarde voy a recoger una medicina que había encargado a la farmacia, me olvido del paraguas y me cae encima el Diluvio Universal. ¿Es o no es un día asqueroso (Malix Malicis lo llamaría yo)? ¿No es para echar de menos una poción mágica que te despeje del panorama todos esos inconvenientes?

Pero también es verdad que Harry Potter finge poner esa poción de la suerte en el desayuno de su amigo Ron que se sentía muy inseguro, y a éste, creyendo que lo ha hecho, ese día le sale todo fenomenal. Has parado los lanzamientos porque te sentías con suerte. Pero lo has hecho tú solito, le dice Harry. Y a lo mejor eso es lo que hay que hacer. Sentirse con suerte, pensar que incluso en días malos puedes rastrear algo que lo haga especial. Porque también es bueno ver caer la lluvia y el cambio de las estaciones cada mañana cuando desayuno. O que mi nieto el trasto me haga un dibujo muy guay del ángel Gabriel (?). O que a mi hermana la nombren Socia de Honor de la Sociedad Canaria de Pediatría y dé un discurso precioso que hemos oído online por lo menos. O que, a pesar de la pandemia, seguimos hablando con los amigos por wasap, o por teléfono, o, si me apuran, por señales de humo. O que hemos comprado ya el árbol de navidad, que promete un toque cálido en días fríos.

Todo esto ha pasado estos días también, y me hace pensar que quizás la mejor poción de todas es una tisana con las hierbas de la huerta (caña limón, mentapoleo, melisa, tomillo...), tomada al atardecer sentada en un sillón frente a la chimenea encendida, leyendo un libro entretenido, mientras afuera arrecia el viento y la lluvia baila claqué en los ventanales.

lunes, 23 de noviembre de 2020

El architataratatarabuelo


No sé si les he contado alguna vez que mi profesor de Historia en los dos años de Comunes, Don Elías Serra Ráfols, se me quedó mirando una vez con detenimiento y me soltó que yo tenía rasgos guanches. Muchos años más tarde, cuando él ya había muerto y yo estaba trabajando en el Instituto de La Laguna, estuve haciendo la tesis doctoral sobre él, tesis que no terminé pero que me sirvió para conocerlo como personaje fundamental en el estudio de la historia de Canarias y para descubrir que le interesaba mucho la Antropología física, cosa que seguro que explicaba su comentario sobre mi guanchedad.

La semana pasada pusieron en la 2 de Televisión un documental sobre las momias guanches que seguro que Don Elías no se hubiera perdido, igual que no me lo perdí yo ni muchos de mis amigos. Hablaron sobre todo de una de las momias encontrada en el Barranco de Herques o Barranco de los Muertos en Fasnia, la momia mejor conservada del mundo que se exhibe ahora en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Está tan bien que uno de los investigadores exclamó: "¡No he visto otra momia más bonita!". Hombre, yo le diría que sinceramente bonita, bonita, no es. Sí que la arreglaron muy bien: no le quitaron las vísceras como hacen los egipcios, la lavaron con agua hervida con hierbas, la cubrieron con un emplasto hecho con manteca, sangre de drago, brezo, corteza de pino y polvos de piedra pómez, mezclado con picón del Teide, y luego, hala, 15 días a absorber en pelota el sol de la tierra como una jarea. Y después, envuelto en pieles, a descansar en silencio en cuevas oscuras y olvidadas.

Así que bonita, no, pero sí aseadita. Y entendí por qué gusta. Era un hombre de unos 40 y pico años, fuerte, alto (1,70) para lo que se llevaba entonces, sin heridas. Vivió entre el siglo XII y el XIII, pertenecía a la élite de su pueblo y tenía una dentadura perfecta como si acabara de salir de la ortodoncia. Tiene una expresión beatífica en la cara, el cuerpo relajado y enmarcado por unos brazos largos que terminan en unas manos finas y elegantes...: se la ve que ha reposado en paz.  Pero ahora, después de tanto tiempo, la empiezan a pasear como si fuera la Pantoja y le hacen perrerías: que si un TAC, que si análisis del carbono 14... Hasta chistes le han sacado en las redes, como uno en que le hacen decir al entrar en la máquina del TAC: "¡Ya era hora de que me llamaran para la resonancia!".

Lo mejor fue al final la reconstrucción del rostro (imagen inicial) hecha por el escultor Juan Villa siguiendo los parámetros que la cara va indicando. De repente, ese hombre guanche que vivió y murió en Tenerife hace 1000 años estaba ahí mirándonos como si nunca se hubiera ido. Y es verdad que tal vez nunca se fue del todo. Porque, aunque "somos un país felizmente mestizo" (Antonio Tejera) y estamos en el centro de mil migraciones, también dijeron que del 30 al 50% de la población canaria tendría un ancestro aborigen. Y yo, recordando el comentario de Don Elías, me emocioné y todo ante el aspecto real de la momia de Herques y me dije: "¿Será posible que esté contemplando la cara de mi architataratatarabuelo?".

lunes, 16 de noviembre de 2020

Y Duralex se hizo añicos



En este desastroso y asqueroso año (¡y mira que parecía bonito con ese veinte-veinte tan cuco! Para que te fíes de los números...) hasta lo irrompible se hace añicos. En septiembre nos anunciaban los periódicos que "el negocio de Duralex se resquebraja por la crisis del coronavirus". A lo mejor a los jóvenes de ahora no les dice nada esta noticia, pero los de mi generación crecimos con el Duralex, el primer cristal irrompible -¡milagro, milagro!-, y a muchos, cuando nos casábamos, nos regalaban, al lado de la vajilla buena para los domingos, algún juego de Duralex para los días normales, En mi caso fue un juego de tazas y platos color caramelo que acompañó nuestros desayunos durante largos, largos años.

De hecho, por el camino se fueron rompiendo copas de cristal fino, incontables bolas del árbol de navidad, platos y bandejas de porcelana... Un día de fin de año por la mañana recuerdo que la estantería, donde tenía la vajilla azul de puente y paloma, cedió y se armó un estropicio que todavía resuena con pesar en mi memoria (y eso que fue hace más de 20 años). Pero bueno, como decía mi madre, fue una pérdida solo material. Y a todo esto, el juego de desayuno color caramelo allí seguía impertérrito sin un rasguño. Al final, cuando ya estaba empañado de tanto lavado, lo tiré y me quedé con los platos, que todavía están por ahí, debajo de alguna maceta.

A mí me hace pensar este cristal que no tenía las cualidades del cristal-cristal: no era frágil, no era delicado, no era quebradizo. Pero eso sí, si alguna vez se rompía, lo hacía con ganas, en añicos chiquitísimos que tardabas un año en recoger. El escritor Juan José Millás (otro de mi generación) contaba en un artículo que él se dedicaba a tirar vasos de Duralex al suelo delante de sus amigos del colegio para que vieran lo nunca visto, un cristal que no se quebraba ni que lo aporrearan. Pero en una de estas sí que estalló en mil pedazos y su madre, cuando entró en la cocina espantada por el ruido, defendió la dureza del vaso diciendo: "Es que ha caído mal". Millás extrae una lección de todo eso: "No importa lo bueno que seas en lo tuyo si no consigues caer bien en el medio en que te desenvuelves".

Pero hay más lecciones que este humilde vaso de cristal irrompible te puede impartir. Que también hay personas a las que parece que nada le hace mella hasta que se enfadan y hay que echarse a temblar. Que nunca te fíes de lo que te dicen de algo o de alguien porque puede ser cuestión de tiempo que sea mentira. Que, por más que se oculte la naturaleza de una cosa, acabará saliendo a la luz: si eres una mona, aunque te vistas de seda, seguirás siendo una mona; si eres de cristal, por más que te disfraces de irrompible, seguirás en el fondo y con el tiempo siendo cristal.

Y al final todo nos conduce a lo de siempre , que nada es eterno, ni siquiera lo indestructible. Este año parece que, hasta a mí, me están minando el optimismo.

google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html