lunes, 18 de abril de 2022

¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?



Nosotros, de jóvenes, no sabíamos lo que era o no políticamente correcto. Tanto nos ponían en el colegio a pedir por las calles el Día del Domund con aquellas alcancías con forma de cabezas de negritos o de chinitos -por cierto, ¿serán ahora los chinos la primera potencia económica mundial gracias a nuestras cuestaciones de entonces?-, como cantábamos en una rueda aquello de "¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?", mientras una de nosotras cojeaba ostensiblemente en el centro con cara de magdalena. Y debe ser por un resabio de esos tiempos por lo que los de mi generación no tienen empacho ni vergüenza para hablar de esos temas, como voy a hacerlo yo hoy.

Porque, vamos a ver, ¿quién de nosotros, bípedos que, en un pasado remoto, bajamos de los árboles e hicimos un esfuerzo enorme por ponernos a dos patas, no ha sufrido un traspiés, una torcedura, un esguince? El primero de los míos fue jugando al baloncesto en el 68 con el equipo de mi Colegio Mayor. Me caí y me fracturé la cabeza del 5º metatarsiano (todavía, cuando cambia el tiempo, siento un ligero dolor) y anduve un mes renqueando y con una faja elástica y pegajosa en toda la pierna que, cuando me la quitaron, como si fuera una cera general, me hizo ver las estrellas.

Una vez un grupo de mis alumnos de Ética, muy imaginativos, centró el trabajo de curso en los obstáculos que los minusválidos se encuentran en su deambular diario. Y ni cortos ni perezosos, se pasaron un fin de semana en una silla de ruedas unos y con muletas otros, apuntando todos los problemas con los que uno se puede encontrar en una ciudad como La Laguna: escaleras, aceras sin rebaje o demasiado estrechas, adoquines rotos, socavones, raíces de los árboles que levantan el pavimento... Una carrera de obstáculos. Fue un ejercicio de empatía que les sirvió para concluir, con Terencio, que somos humanos y que nada de lo humano nos es ajeno. Cualquiera puede encontrarse en la misma situación.

Algo de todo esto se lo he contado a mi nieta mayor, Eva, esta semana en que ella y yo hemos sido compañeras de fatigas: ella con una fractura de cadera que la obliga a llevar muletas durante un mes, y yo con un dolor en la pierna que me ha hecho cojear por toda la casa, que, otra cosa no, pero escaleras ¡ay! tiene para dar y regalar.

También la consuelo con los cojos célebres de la Historia, que vivieron y soportaron alegremente y con paciencia el traqueteo: Julio Verne, Frida Khalo, Ignacio de Loyola, Quevedo, Shakespeare, Tayllerand, Walter Scott, Lord Byron, Roosevelt, Daddy Yankee... Y también le cuento que el niño que descubre al flautista de Hamelin y salva a los demás niños fue el cojito que se quedó atrás. (En esta lista no cuento a Descartes del que una vez una amiga me aseguró que era cojito. Le tuve que explicar que el "cogito, ergo sum", va con "g" y significa "pienso, luego existo").

El último de los famosos cojos (o tal vez el primero), del que los periódicos hablan esta semana, es del dinosaurio cojo de 6 a 7 m. de longitud, que dejó su huella para la posteridad en la serranía de Cuenca hace 129 millones de años. Nos lo podemos imaginar a partir de los tres dedos de la pata izquierda (dos deformados y uno dislocado), caminando el pobre por los humedales de la zona en busca de sabrosas hierbas y de agua clara. Tal vez sus compañeros también le cantaban,  para animarlo a ir al mismo ritmo que ellos, el "¿Dónde vas, cojo, cojito, minuflí, minuflá?". ¿Les contestaría él, como mi cojita de la infancia, "Voy al campo a por violetas, minuflí, minuflá"?.

lunes, 11 de abril de 2022

Un espíritu libre



Oír conversaciones sin querer nos puede enseñar mucho de la vida. Recuerdo una vez oír a mi sobrino que instruía a un compañero en el arte de sacar buena nota en Filosofía, asignatura que al otro no se le daba muy bien. Como era algo que me interesaba, puse atención y le escuché decir: "Tú no te preocupes por nada. Pregunte lo que te pregunte, tú háblale de la libertad y con eso ya tienes el sobresaliente ganado".  Casi echo la carcajada. ¿Será posible?, me dije. Pero luego pensé que a lo mejor sí, que los profes de Filosofía hablamos mucho sobre la libertad y que los alumnos nos tienen cogido el tranquillo y conocen a la perfección nuestros puntos débiles.

Por eso debe ser también que nos impresionan tanto los espíritus libres. En el último viaje a Asturias venía con nosotros una de mis alumnas (y amiga también), una chica joven y guapa, a la que podríamos llamar eso, un espíritu libre. Como tocaban "Los Secretos" en Gijón el sábado en que fuimos allá de visita, ella decidió quedarse y volver a Oviedo al final del concierto. La madre que todas llevamos dentro hizo que mis amigas y yo casi la sometiéramos a un interrogatorio policial. ¿Cómo volverás? ¿Hay guaguas a esas horas? ¿Cuánto tardarás? ¿Y de la Estación al Hotel no es un trayecto muy largo? ¿Y si no encuentras un taxi? ¿Y no podrías ir con alguien y no sola? ¿Nos pondrás un wasap cuando llegues para dormir tranquilas?

Ella se reía y nos decía que no nos preocupáramos y nos miraba como pensando que había venido al viaje sola, tan ricamente, y se encontraba con seis madres fiscalizadoras. Pero así y todo es tan encantadora que, cuando llegó a las 12 y media de la noche, me puso un wasap: "Ya en la camita".

Todas nos habíamos quedado preguntándonos: ¿Lo haríamos nosotras?. Ir sola a un concierto de noche, en una ciudad desconocida, sin coche, teniendo que caminar hasta las paradas, no sabiendo si podría coger la guagua de las 11 (no la cogió por minutos), teniendo que esperar 1 hora a la siguiente... Solo una de nosotras, mi amiga Carmen, dijo que ella sí lo haría. Las demás dijimos que ni locas. Y luego me quedé pensando en que para ser libres de verdad, no solo tendríamos que luchar contra la presión social, sino también contra nosotros mismos, contra nuestros miedos, prejuicios y cobardías.

Por eso los profes de Filosofía damos tanto la lata con el tema de la libertad, porque sería deseable un mundo donde los espíritus libres, como mi alumna y como Carmen, fueran mayoría. Y recordamos en nuestras clases a filósofos, como Pico della Mirandola, que hace decir a Dios hablando con Adán: Te puse en mitad del mundo para que miraras más cómodamente a tu alrededor y vieras todo lo que hay en él. No te hicimos ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que, casi libre y soberano, te moldees y te esculpas la forma que prefieras de ti mismo.

El don divino es la libertad, inventarnos cada uno, diferente a los demás, ser lo que quieres ser, incluso fan de Los Secretos y asistente a un concierto por la noche, si es lo que te gusta y te completa. Tenía razón mi sobrino, la libertad es un tema que a los profes de Filosofía nos chifla...

lunes, 4 de abril de 2022

Asturias, patria querida


Torres de la Catedral de Oviedo

La semana pasada estuve de viaje por Asturias patriaquerida, ya una lo dice así,  todo junto como si fuera su adjetivo siamés, de tan conocido y animado que es su himno. No en vano lo cantamos en todos los tenderetes y cogorzas (no como el nuestro, que es un arrorró capaz de dormir a cualquiera). Llegamos el lunes pasado y la verdad es que podía haberles comentado algo como hago todos los lunes del año, pero a veces los viajes son como las semillas o como la masa del pan, que hay que que dejarlos reposar un poco en la memoria para saber qué nace de ellos y perdura.

De los recuerdos apuntados en libretitas, resumidos por la noche en la habitación del hotel, fotografiados, comentados... escojo que Asturias es, sobre todo, naturaleza. Esta es una tierra que han pisado los dinosaurios y eso impone. No aparecen, claro, en los capiteles de la vieja Colegiata románica de San Pedro pero sí hay allí cabezas esculpidas de osos, lobos, rebecos, ciervos... que fueron habituales en tiempos más salvajes y que ahora permanecen escondidos. Hoy son las vacas, los caballos, las ovejas... quienes nos miran, imperturbables, reivindicando el terreno. Los ríos -el Navia, el Sella, el Negro- lo cruzan en paz. Los caminos están custodiados por árboles altos como guardianes, algunos envejecidos con barbas de musgo gris, otros (¿espineros?), llenos de flores blancas que anuncian la primavera. Y está presente el tejo, el árbol sagrado de los celtas y de los astures, símbolo de vida y muerte, por lo longevo y por lo venenoso. 

De toda esta naturaleza, pródiga de belleza y vida, yo me quedo con la subida a los lagos de Covadonga, el Enol y la Ercina, serenos bajo un cielo gris, dormidos gran parte del año cuando la niebla no deja subir a los visitantes. En lo profundo del Enol, una imagen de la Virgen de Covadonga permanece sumergida en el agua helada, hasta que el 8 de septiembre todos los años la suben, la limpian y la festejan. Pero normalmente allí se va a estar en paz con la naturaleza, a observar el vuelo de los buitres y de las águilas de la montaña, a sentir el silencio.

Pero Asturias también es su gente, que con buen criterio vive allí desde el Paleolítico. Y más tarde los romanos, los visigodos, los musulmanes... supieron disfrutar también de las bondades de un país con picos coronados de nieve, laderas verdes hasta el mar y playas extensas de olas bravas. A lo largo de los siglos, cavaron minas, pescaron salmones y ballenas, recogieron corales y conchas preciosas, cultivaron una tierra fértil (me enteré de que el "viciosa" de Villaviciosa significa, no lo que piensan, sino precisamente eso, "fértil") y construyeron templos, monasterios y conventos para rezar a Dios. Y aunque muchos emigraron, muchos también volvieron ya ricos y levantaron, para demostrarlo, grandes casas, "las casas de indianos", que todavía hoy resisten el paso del tiempo con dignidad.

De esa sociedad, entresaco la vida pacífica de los pueblos. Por ejemplo, Llanes un domingo por la mañana: niños esperando la catequesis a la puerta de la Iglesia, parejas jóvenes paseando con el cochito del bebé, la hora del vermut en una terraza frente al puerto lleno de barcas, el chico de la patineta junto a la que brinca su perro, las dulcerías abiertas y tentando con los carbayones y las letizias (no hay que olvidar que la reina es asturiana), la vida bullendo y fluyendo, tan tranquila como ese río Sella que cruzan los piragüistas no muy lejos de allí.

Y luego, claro, está Oviedo. Que para todos los que amamos los libros sigue siendo Vetusta -mucho más grande, mucho más limpia-, el nombre tan conseguido con el que la bautizó Clarín en "La regenta". Con las torres de la Catedral , poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne:; con la estatua de ella, Ana Ozores, la regenta. en la plaza, mirando eternamente por si ve aparecer a su amante; con las sidrerías llenas de gente de la calle Gascona;  con el Campo San Francisco, que fue antes huerto de los monjes franciscanos y que ahora es lugar de paseo de ovetenses y foráneos (Woody Allen se enamoró de él y, enfrente, como añorándolo, está su estatua); con el Convento de las Pelayas y el Jardín de los Reyes, y la Catedral, y el Mercado, y el Teatro Campoamor... Oviedo, Vetusta, llena de vida. Y en la Plaza del Reloj, después de cada hora, las campanas tocan, una y otra vez, emocionándome, "Asturias, patria querida".




Lago la Ercina en Covadonga


Puerto de Llanes

(Las fotos de las torres son de Charo Borges desde el hotel. Las otras dos, mías)




domingo, 20 de marzo de 2022

Bajo la piel



El domingo pasado fuimos con hijos y nietos a visitar una exposición en el centro Magma, abajo en el sur, sobre cuerpos humanos reales. Se llama "Bodies" y se autoproclama " la exposición más vista del mundo". En una hoja que nos dieron a la entrada se anuncia así: Bodies, un íntimo y educativo viaje a través de lo que la piel esconde para mostrar, como nunca antes, el funcionamiento de la máquina más perfecta jamás creada: tu propio cuerpo. Únete a los cientos de miles de personas de todas las edades que ya han visitado Bodies en todo el mundo y disfruta de esta inspiradora exposición que cambiará para siempre tu concepto sobre ti mismo, la experiencia de la vida y la importancia de cuidar tu organismo."

La verdad es que impacta. Así somos. Ver los cuerpos de seres humanos tal cual son sin piel que los resguarde es como si estuviéramos en una especial playa nudista y da un poco de pudor. Por no hablar de las dudas éticas que nos podemos plantear. ¿Los propietarios de esos cuerpos dieron su consentimiento para esa exhibición? Había cuerpos jugando al tenis y cuerpos a punto de golpear un balón. Con razón oí a alguien comentar: "¿Ves? ¡Esto es lo que puede pasarte si donas tu cuerpo a la ciencia!".

Por lo demás, se aprende un montón. Hay un panel, "La Medicina y la Historia", que te lleva de la magia a la ciencia, de cuando nuestros antepasados intentaban curar con rituales mágicos pero también de cuando su curiosidad los llevaba a buscar hierbas que sanaran o a fijarse en cómo se curaban heridas, por ejemplo. Y luego, a lo largo de la exposición se va explicando cada parte del cuerpo, los aparatos, los huesos, los músculos, los sentidos, el cerebro... y se dan datos curiosos como que existen 96.000 Kms. de vasos sanguíneos en nuestro interior; que la energía generada por nuestro corazón sería capaz de mover un coche durante 32 kms.; que el sonido del corazón es algo parecido a DUCTA-DUC, sonido que se produce al cerrarse las válvulas (los recién nacidos se tranquilizan al oírlo); que nuestro corazón late 100.000 veces al día, 35 millones de veces al año y 2900 millones de veces a lo largo de 75 años; que somos 1 cm. más altos por la mañana que por la tarde; que los huesos de los niños crecen más rápidamente durante la primavera; que una mujer produce entre 300 y 400 óvulos a lo largo de la vida reproductiva; que los músculos más pequeños están en el oído interno y el de mayor tamaño en el glúteo; que al caminar usamos más de 200 músculos diferentes; que los músculos de los ojos se mueven unas 100.000 veces al día;  que el promedio de lo que comemos a lo largo de la vida es de 50 toneladas y 50.000 litros de bebida (y después nos queremos poner a dieta).

Les pregunté a mis nietos qué les había parecido. Eva (18 años) dijo que le pareció interesante y divertida, con todos esos cadáveres ahí. Lo más que le gustó fue la foto en la que se veía al hombre más alto del mundo (2,72 m.) y al más pequeño (54,6 cm.) y un espacio en medio para que nos pudiéramos poner cada uno y compararnos. A David (16 años) le pareció chula pero cortita. Piensa que en principio nadie es consciente de que lo que ven son seres humanos que vivieron, aunque parezcan de plástico. Y también cree que, si la gente va a verla, es por el morbo. Si fueran animales disecados o si de verdad fueran de plástico, no sería tan famosa. Pero vamos a verlos porque somos seres morbosos. A Julia (8 años) le pareció fascinante, porque era como si te vieras por dentro. Pero no le gustó el pecho de las mujeres porque parecían cerebros abiertos y no le gustó el tenista porque parecía un zombi. A Álvaro (7 años) le gustó todo, dice. Pero cuando le pregunto por qué parecía enfadado, me dice que estaba aburrido y triste porque los esqueletos estaban hechos de plástico y el plástico olía mal.

¿Y a mí qué me pareció? Me vi a mi misma -Nada de lo humano me es ajeno- y me sorprendió lo maravillosamente bien construidos que estamos y lo terriblemente feos e iguales que somos todos... bajo la piel. Conócete a ti mismo, que decían los antiguos.


lunes, 14 de marzo de 2022

Tirar o no tirar



En los libros de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, aprendí lo que en Inglaterra se llama "limpieza de primavera", cosa que en nuestras latitudes no se conoce: antes de que empiece la naturaleza a despertarse con la llegada de la nueva estación, se desmantela la casa, se descuelgan y lavan cortinas, se sacude el polvo que el invierno y las ventanas cerradas han depositado sobre las cosas y se abre la casa a la brisa, al sol y a una limpieza total.

Tal vez sean los ecos de esta guerra absurda que ahora estamos viviendo en Europa y que nos enseña que las cosas materiales que guardamos no son lo verdaderamente importante, o tal vez es este aire primaveral que, pese al frío de las noches, ya se anuncia para la semana que viene y que nos recuerda esas limpiezas en los hogares ingleses de los tiempos de Guillermo, pero el caso es que se me han despertado unas ganas locas de despejar, limpiar y renunciar a todo aquello que no se ha usado en tiempos.

Porque la verdad es que somos acaparadoras "urracas caprichosas", como nos llamó una vez Rosa Montero. Tenemos grabado en las entrañas, como si fuera una ley de la naturaleza, el mandato de que "todo hueco encontrado vacío en una casa experimenta un deseo incontrolable de ser llenado de materiales que podrían ser perfectamente desechables". Y es la pura verdad, mi casa se ha ido llenando con el tiempo de cosas, y los armarios, que un día fueron de mis hijos, están llenos de ropas nuestras, y los libros ya han colonizado todas las habitaciones (excepto el WC).

Pero ¿qué hacer con todo lo acumulado a lo largo de los años? Lo primero que se piensa es en reciclar, tampoco hay que tirar por tirar. Leí hace poco en un artículo ("Preposeer, posposeer" de Anabel Vázquez) una propuesta para que existiera el oficio de "gestor de la segunda vida de las cosas". Nos ayudaría, primero, a despegarnos de ellas (¿Cómo voy a tirar una rebeca que tengo de mi madre, aunque sea de hace 26 años, con lo calentita que es? Con llamarla "vintage" tengo...); y, segundo, nos organizaría el reciclaje. Por ejemplo, vender lo que esté nuevo o donarlo para una tómbola benéfica, sentir que las cosas pueden tener una segunda vida: en otra casa, en otra ciudad, en otro país.

Otra opción es hacer una subasta con todas las posesiones que no queremos. Michael Caine ha subastado la semana pasada, a sus 88 años (tal vez le esté viendo las orejas al lobo y se dé cuenta de que de aquí no se va a llevar nada) cuadros (uno de Chagall que, si tuviera 60000 euros, me lo compraba... ¡Ay, no, que lo que yo quería era despejar la casa!), sus gafas, su rolex, su colección de autógrafos... Claro que para hacer eso hay que ser Michael Caine. Yo una vez tuve una colección de autógrafos y, entre ellos, el del Dúo Dinámico, pero, aparte de vete tú a saber en dónde está, me da que no me darían mucho por ello.

Y la tercera opción es tirarlo directamente a la basura, que es lo que mi hija (que tiene la casa perfectamente ordenada) me ha dicho que hará con todas mis cosas (152 álbumes de fotos, por ejemplo) el día en que yo falte.

Mira por dónde todos estos impulsos limpiadores y ordenadores de la primavera me están llevando a un dilema shakesperiano: Tirar o no tirar, esa es la cuestión.

lunes, 7 de marzo de 2022

La amiga invisible



Esta semana he celebrado con mis amigas del colegio la pospuesta comida de Navidad con su también pospuesta Amiga Invisible. Lo habíamos rifado en otra comilona de las nuestras allá por octubre, habíamos puesto un tope de dinero (de 10 a 15 euros) y nos emplazamos para el 18 de diciembre. No pudo ser por la dichosa pandemia, pero ahora que la cosa se ha aligerado, nos hemos reunido de verdad. Sin gorros rojos ni villancicos, eso sí, pero con las mismas ganas de hace 3 meses. Y como es normal, los días anteriores el chat común se llenó de lo que íbamos a llevar de comida, de si nos vestíamos de indianos o no (no)... y sobre todo, de la Amiga Invisible, que ha generado un debate que ríanse ustedes de los del Estado de la Nación en el Congreso. Les transcribo una parte:

CH: Les propongo que los regalos de la Amiga Invisible los envolvamos en papel de periódico o de revista sobre el de regalo que envuelve directamente al objeto regalado. Así los disimularemos más y mejor. El nombre de la regalada lo pondríamos en el del regalo bonito.

A: Es mejor llevar cada una el regalo envuelto con su etiqueta en una bolsa negra de basura. ¡Yo no voy a estar buscando periódicos, no compro nunca periódicos!

CH: Pues qué casualidad, A., que tú no tienes periódicos y yo no tengo bolsas de basura negras. Las compro de colores.

A: Pues llévalas de otro color. Yo tengo amarillas, negras, malvas y blancas. Dije negras porque así pasan más desapercibidas y vamos todas iguales. Tampoco cuesta tanto comprar un paquete de bolsas de basura negras.

A: Además, me parece que eso de estar envolviendo en periódicos y luego tener que quitar todos los papeles para ver a quién corresponde el regalo... Abriendo una bolsa, ya se ve el nombre y es más acertado.

CH: No es por el dinero, es tener que ir a comprarlas porque no tengo tiempo de hacerlo.

L: Y por fuera del regalo ponemos el nombre de la que lo regala y a quién va destinado ¿verdad?

D: Nooooo, L., el nombre de la que la regala no se pone. Por eso se llama Amiga Invisible.

CH: Me da que L. nunca ha jugado al Amigo Invisible...

D: Me da risa con tanto periódico, bolsas negras y bolsas de colores.

A: ¡Hagan lo que les dé la gana! Yo lo llevo en la bolsa que me parezca.

E: La vejez ataca, estamos chocheando con las bolsas y los periódicos y la Amiga Invisible. Pero bien nos hemos reído.

CH: Yo les llevo todos los periódicos que necesiten. Tengo para dar y regalar. 

E. (que viene de Las Palmas): Yo me compro uno en Los Rodeos.

L: Aclárenme eso, si hay que poner por fuera del papel el nombre de cada una y a quién se lo va a regalar. ¿Será que cada una coge el suyo y se lo entrega a la que le pertenece?

CM: L., tú compras el regalo, le pones el nombre de quién te tocó. Nada más, tú no tienes que poner tu nombre ni dárselo en mano a ella.

L.: Aaaaah, ¿tú ves? O sea que yo no se lo tengo que dar sino otra. Otra le da mi regalo. ¿Y  no sería mejor cada una a la suya?

E.: Los debates en el Congreso se quedan chicos.

CH: L., que es la Amiga Invisible. Que la regalada no tiene que saber quién le regala.

L.: ¡Aaaaah ya entiendo lo de la Amiga Invisible! Entones ¿qué misterio hay en el color de las bolsas? No se van a enterar con todas las que somos...

A.: Me rindo.

C: Yo ya lo tengo en periódico, como dijo Ch.

LI:  ¡¡¡Que por fin digan lo que decidieron!!!

A.: Decidieron que me diera un tic.

E: Yo estoy a tono, acabo de comprar el Diario de Avisos, así que periódico chicharrero.

A.: ¿Por fín qué, periódicos o bolsas de basura?

ES: Jajaja, pues cuando les diga que no me acuerdo de quién es mi Amiga Invisible...

YO: Yo creo que debemos envolver todos los regalos en periódicos y después en bolsas de todos los colores terminando con el negro. Le ponemos el nombre de la regalada en caracteres chinos que debe descifrar y así hay más intriga. Lo malo es que, cuando terminemos de desenvolverlos, ya nos tenemos que ir.

Al final, después de una paella exquisita que nos hizo la anfitriona, nos dimos los regalos (unos envueltos en periódicos, otros en bolsas de basura, otros en los dos y otros solo en papel de regalo) y hubo más de una que le dijo bajito a la regalada que ella era quién se lo había comprado y que si le gustaba. 

Lo pasamos genial. Y es que, como dice Buenaventura Luna en las "Sentencias del Tata Viejo", la amistad es como el vino, mejor cuanto más añeja. Y la nuestra es muy, muy añeja, casi de 70 años. Cuando nos juntamos y hablamos, vemos muchas veces a las niñas que fuimos en el patio del colegio: alegadoras, despistadas, cariñosas, majaderas, encantadoras, divertidas, a veces exasperantes... Y siempre, siempre, son mis queridas, queridísimas amigas visibles.



lunes, 28 de febrero de 2022

Hoy toca reseña: "42 semanas"



Hoy toca reseñar el nuevo libro de mi hija, "42 semanas", editado este mes de febrero por Editorial Planeta. Es lo menos que puedo hacer después de haber sido uno de sus lectores cero y de 2 o 3 lecturas a la caza y captura de erratas, omisiones o fallos. Además, ¡salgo en la novela!, y eso es algo que no todo el mundo puede decir, haber inspirado un personaje de novela. O medio personaje más bien, porque Gracia, la madre de la protagonista, tiene algunas cosas mías: es bloguera (aunque más famosa y chismosa que yo); es sincera, no se corta un pelo en decirle a la hija que es borde, o que tiene una pinta espantosa; es organizadora como yo; detecta a un kilómetro si a su hija le pasa algo o no; y le gusta Guillermo Brown. Pero yo no soy, como ella, Doña Perfecta, ni voy vestida de revista, ni me gasto un pastizal en cremas, ni soy rubia, ni tengo la manicura impecable. Y tampoco soy mala cocinera como ella, oye, que a mí los bizcochos sí me salen bien.

El libro es una comedia clásica de enredos y malentendidos: Nico es un periodista deportivo que trabaja en un entorno de lo más machista. Por eso, y por preservar su intimidad, no quiere por nada que se sepa que también es la cara oculta detrás del seudónimo Verónica Freiy, la escritora más vendida de novela romántica de España. Marta es una pediatra que se acaba de enterar de que su novio está casado y con dos hijos. Los caminos de Nico y Marta se cruzan y un rollito de una noche acaba complicándoles mucho la vida. Y hasta ahí puedo leer, como decía Mayra Gómez Kemp.

¿Qué me gustó a mí del libro?

Me gustó el acierto de las dos voces, la de Marta y la de Nico, en cada capítulo, que nos permite entender por qué actúan como actúan y acercarnos más a los miedos, inseguridades y prejuicios de cada uno.

Me gustaron las perlas de sabiduría y humor que salpican la novela, haciéndola cálida y cercana: Un chico guapo y croquetas, mi definición de paraíso; el genialómetro, que mide la caída de las relaciones geniales; el taxista amante del mármol (anécdota real); el no me pasaba nada peor desde que me obligaste a ver todos los episodios de "Cristal" contigo...

Me gustaron la alusión a "Dejádselo a Psmith" de P. G. Wodehouse, uno de los libros preferidos de Ana y míos, y los guiños que ella hace a "Orgullo y prejuicio", a "La princesa prometida", a "La Guerra de las galaxias" (genial la explicación del nombre de Vader, el gato)...

Me gustaron los temas colaterales que inevitablemente salen aun en una comedia, porque son parte de la vida: los prejuicios sobre los hombres que escriben romántica; los seudónimos que disfrazan las voces de hombre o mujer; la precariedad laboral; el enfrentarse a ser madre soltera...

Me gustaron los personajes, tan tiernos y vivos, tanto los principales como los secundarios, Gracia y Antonio. Me recordaron a los de las comedias clásicas del Siglo de Oro, sobre todo los segundos, que ponen el contrapunto de humor a las situaciones, más serias, en las que todos se ven envueltos.

Me gustó la portada de Dani Jiménez, alegre y colorista, en tonos naranjas y rojos, que, como dijo Ana en una entrevista, recuerda a los dibujos antiguos de las novelas de P. G. Wodehouse.

Y me gustó el título, esas 42 semanas de embarazo, que siempre se cuentan, no en días ni meses, sino por semanas.

Este libro, la 9ª novela publicada por Ana pero su libro número 20, empezó con una idea: cuando Héctor Castiñeira (a quien dedica el libro por ello) desveló que, tras el seudónimo Enfermera Saturada, "Satu", se escondía un enfermero. Esta idea empezó a tomar camino y en el año 2018 se terminó la novela que, por culpa de la pandemia, se ha retrasado hasta ahora.

En el podcast en el que Ana la presenta dice: Nunca dejará de sorprenderme el hecho de que una idea se convierta en algo tangible tiempo después. Que esa idea se convierta en una historia y esa historia llegue a otras manos y le haga vivir algo a otra persona, que la haga sonreír, que la entretenga, que lo que un día fue una idea ahora sean 268 páginas. Esas 268 páginas componen un libro para tiempos difíciles, para mirar la vida desde un punto de vista optimista, para cerrarlo con una sonrisa. Eso es lo que espero que hagan, si lo leen. Disfrútenlo.

  

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