lunes, 28 de julio de 2025

Mi amiga Cae me ha hecho un regalo



Una de las mejores cosas que le pueden pasar a un adolescente es tener un amigo o una amiga íntima con la que compartir las penas y alegrías. Para mí, Cae fue esa amiga, esa confidente con la que me podía pasar horas hablando. Salíamos del colegio y yo la acompañaba hasta la parada de la guagua del Muelle Norte (porque ella vivía en el 5º pino) y dejábamos pasar guaguas y guaguas porque no terminábamos la conversación. Y luego llegábamos a casa, nos llamábamos por teléfono y ¡venga a alegar otro rato ante el enfado de mi abuela! ¿De qué tanto tendríamos que hablar? 

Fue la compañera ideal, teníamos aficiones comunes, leíamos los mismos libros (nos encantaban entonces los policiacos) y, siguiéndolos, inventábamos lenguajes secretos y contraseñas. Incluso me acuerdo de que una vez seguimos a un señor "sospechoso" por la calle del Castillo haciendo de detectives. Nos disfrazábamos de niñas chicas con cancanes y lazos para ir a los cumpleaños de su hermana de 3 años y de sus vecinitas (que nos esperaban arrobadas). Nos hacíamos regalos extravagantes, cajas a las que llamábamos el baúl de los cadáveres y que llenábamos de todo lo feo que podíamos encontrar en la Recova: llaveros con esqueletos, anillos de diamantes de 5 pesetas, flores de plástico... Cuando fuimos a la universidad a las dos nos deslumbró Don Emilio Lledó y su visión de la vida y las dos optamos por especializarnos en Filosofía. Es más, a Cae debo haber conocido a mi marido porque a mí no me apetecía nada ir a la excursión de los de Ciencias de la Universidad donde lo vi por primera vez y ella me convenció. Eso lo saben todos en mi familia. Hasta mi nieta de 11 años, cuando nombro a Cae, dice: "Ah, sí, tu amiga gracias a la cual estoy yo aquí".

Aunque la vida luego nos llevó por distintos caminos, Cae sigue formando parte de mi vida, de lo cual doy gracias a los cielos. Vive en Málaga pero de vez en cuando (ella también) se da una escapadita a Tenerife para no olvidar sus raíces. Y la semana pasada recibí ¡un paquete suyo!. En estos tiempos en que en el buzón solo caen comunicaciones de los bancos y publicidad de Ikea, recibir un paquete-regalo es un acontecimiento que emociona. Y más si es un regalo porque sí, sin ser tu cumpleaños, ni Reyes, ni ninguna otra fecha señalada. Un regalo por el simple hecho de regalar, por saber que la otra persona lo va a valorar.

El regalo eran tres libros. Uno, sobre nuestro Don Emilio, el profesor que marcó nuestro destino común, un libro precioso (ya me lo leí) editado por la Junta de Andalucía en cuya página inicial Cae me pone con su letra de siempre esta dedicatoria: "Cuando vi este libro en la Feria de Málaga de este año pensé: "Este libro es para mi amiga Isa". Luego he tardado en enviártelo porque lo he estado leyendo y hojeando. Por aquellos tiempos felices. Un abrazo". En la dedicatoria del segundo ("Filosofía vulgar. La verdad de los refranes" de Andrés Amorós) me dice: "Para Isa, tan novelera como cuando teníamos 15", y en el tercer librito, "Citas sobre psicología y educación", me dice: "Alimento para tus escritos". ¡Cómo me conoce la condenada! No en vano, en el 67 me hizo otro regalo maravilloso. Me habló de un escritor increíble que me iba a entusiasmar (cosa que así fue) y me dio un libro de él que conservo como oro en paño: "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, una primera edición de la Editorial Sudamericana.

Los amigos, se dice, son la familia elegida, son los que encienden la luz en momentos oscuros, los que hacen nuestra vida más completa. La frase final de la película ¡Qué bello es vivir! lo dice bien claro: "Recuerda, ningún hombre es un fracaso si tiene amigos". Y coincido con Rosa Montero cuando dice que en el recuento final de nuestra vida (si lo hacemos) brillarán como islas de luz esos regalos de cariño que recibimos, tan inmensos que sentimos que es imposible merecerlos. "Esa también es la verdadera amistad: la sensación de estar felizmente en deuda con los otros".

Por todo eso, por mis amigos, y especialmente hoy por Cae, doy infinitas gracias a la vida.


lunes, 21 de julio de 2025

Una escapadita


Consejo que nadie me ha pedido pero que doy graciosamente: de vez en cuando hay que darse una escapadita. Una escapadita para tomarle el pulso a la vida por si la rutina de esta nos lo hubiera escondido. Una escapadita, no un viaje de varios días o semanas en el que vamos pasando de sitio en sitio y de hotel en hotel, cargando maletas y majaderías. No, tiene que ser una escapadita y, como tal, con unas cuantas condiciones.

Primero, tiene que ser corta y en un solo lugar. La mía de estos días fue de domingo a jueves y en Granada tierra soñada, una ciudad preciosa, hecha de de agua y luz. Desde el mismo aeropuerto, que lleva el nombre de Lorca, Granada es poesía. Da la razón al poema de Francisco de Icaza que aparece por todos lados: "Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada".

Segundo, tenemos que contar con una buena base de operaciones. Vale un buen hotel, pero lo ideal es buscar una casa bonita y cómoda. Nosotros nos quedamos en el Albaicín, en una casa de tres pisos con jardín y piscina, con vistas a la Alhambra. Y silencio. Las tardes en la casa con baño, descanso, juegos al rummy con los niños, música en la guitarra, lectura..., lejos del ruido y las gentes, aligeran el alma. Fue un disfrute del que no nos cansamos: ver cómo el amanecer aviva el rojo de esos muros legendarios ("La Roja" es lo que significa Alhambra), oír en el silencio el toque de una campana lejana y asistir, mientras cenamos, a lo que Ganivet decía: "Sale la luna y os besa con su rayo de luz blanca". La Alhambra iluminada, mientras la música de un concierto allí cruza el Darro para llegar a esta casa del Albaicín, es un espectáculo difícil de olvidar.

En tercer lugar, esta escapadita tiene que llevarte a conocer gente que te cuente historias. Desde el taxista que nos lleva y nos avisa: "El que es de Graná y no tiene mala follá, ni es granaíno ni es na", hasta Miguel, que nos cuenta sus escaladas en Sierra Nevada o aquella vez que se trajo una rosa del desierto del Sahara, o cuando encontró, al reformar su casa, empotrado en un muro, un cilindro de cobre que contenía monedas, un periódico de 1928 y un manuscrito con la historia de la casa. O Soledad, que nos hizo un tour interesante por la ciudad, descubriéndonos cosas que nunca supimos o que tal vez habíamos olvidado...

Cuarto, por supuesto hay que darse una vueltita por la ciudad, pero sin tomarse muy en serio el papel de turista. Salir por las mañanas, que están más fresquitas, no hacer colas y no pretender conocerlo todo. Solo pasear tranquilamente por Bib-rambla (La "Puerta del Arenal" en la que en el Arco de las Orejas se exhibían las orejas cortadas a los ladrones), visitar la Catedral, tan bella y luminosa, la más blanca que conozco, o la Madraza, donde el Cardenal Cisneros hizo ese horror de quemar todos los libros de la Biblioteca, o caminar con calma por los jardines de la Alhambra oyendo el agua correr...

En quinto lugar, comer bien, informarse, reservar, aprovechar las especialidades: el chuletón de "Negro carbón", los croquetones de Los Manueles, las migas y el sorbete de arrayán del Parador, los churros del desayuno en el "Alhambra"... Y beber agua de manantial en las fuentes que encontramos a cada paso porque allí el agua viene, pura, de las nieves de las montañas.

Y sexto, gozar de los extras que toda escapadita que se precie debe tener. Como comprar caprichos que nos la recuerden, como un pin para la nevera con forma de ventana mora o un sombrero de ala ancha que no me quité de la cabeza. O como asistir a los gritos que una chica morena y guapa, muy enfadada, lanzaba a un teléfono en un idioma desconocido. Oyéndola, (tenía que sonar justo así), no pude evitar acordarme de la madre de Boabdil peleando al hijo por haber perdido Granada. O el mejor extra, contactar con una amiga querida, Ana la granaína, que es un encanto de persona: nos trajo piononos, los dulces típicos, nos reservó entradas para un concierto de guitarra, nos recomendó hasta un sitio para comer caracoles, nos atendió como a reyes. Y también nos contó historias, como la de la heladería "Los italianos", la de los helados maravillosos, con el tío Hugo y las sobrinas venidas de Italia.

Pero ¿saben qué? Que no hagan mucho caso a estas condiciones mías que me han hecho disfrutar de estos días. Porque las condiciones son lo de menos, ya que cada uno se busca en el ancho mundo su viajito ideal. Lo que verdaderamente importa es escaparse y traer un buen recuerdo para atesorar en momentos bajos o cuando, por otros lugares, se despierte el recuerdo, por ejemplo, cuando oigo el rumor del agua y pienso: "Yo esto lo viví también en Granada". Lo que importa de verdad es la escapadita. Gócenla.

(Para Dani, Myriam, Julia y Álvaro, que nos acompañaron y disfrutaron de esta escapadita)





lunes, 7 de julio de 2025

Sana, sana, culito de rana



¿Ustedes se acuerdan de una serie de los años 80, Cheers, sobre un bar de Boston y de su canción inicial que decía que "a veces quieres ir donde todo el mundo sabe tu nombre"? Pues a mí me pasa eso mismo, pero no con un bar sino con la farmacia. La de mi pueblo, a la que voy creo que todas las semanas, es casi mi segunda casa. No solo las farmacéuticas saben mi nombre y yo me sé los nombres de sus hijas y hermanas, sino que conocemos hasta la vida y costumbres de todas. ¿Será ese uno de los síntomas de hacerse mayor?

¡Y pensar que hace pocos años, cuando mi ginecóloga me preguntó por los medicamentos que tomaba, yo le dije tan orgullosa que ninguno! Ahora tomo 9 pastillas al día, más dos mensuales de vitaminas, más las eventuales de paracetamol y similares. Y a los de mi generación les pasa lo mismo, no crean. Tendrían que ver cuando nos juntamos a comer en los viajes del IMSERSO y cada uno saca sus pastilleros, que van desde el minicofre hasta otros que parecen cajas de caudales. Hasta presumimos de ellos: "El mío es mejor porque separa las pastillas por colores", "Pues el mío por momentos del día: estas para la mañana, estas para la noche..." Y dentro, píldoras con todos los colores del arco iris. Una juerga, oye.

La semana pasada leí que en el anteproyecto de ley de consumo sostenible se veta el ecopostureo, eso de recomendar cosas sin más ni más con etiquetas como "respetuoso con el medio ambiente", "verde", "ecológico"... Yo estoy de acuerdo, ojo, porque a veces las empresas se pasan, pero no puedo por menos de acordarme de lo ecológico que era este tema de las medicinas en la casa de mi niñez. En lugar de tener una caja de medicinas como la que yo tengo ahora a mano en la cocina (en la imagen inicial), el patio de mi casa abundaba en macetas y jardineras llenas de plantas medicinales, que perfumaban el aire y que tanto servían para aromatizar un guiso como para curar un catarro. ¿Que la niña tosía, moqueaba y le dolía la garganta? Agüita de salvia, orégano y tomillo con una cucharada de miel y un chorrito de limón. ¿Que no podías dormir porque tenías un examen? Allí venía mi abuela, después de recoger hierbaluisa, tila y melisa, con su tisana (agüita para nosotros) salvadora y reconfortante. Las flores doradas de la manzanilla florecían todo el año y en infusión calmaban las dolencias de barriga y en paños empapados, las de los ojos. Los gajos del aloe  servían para quemaduras y la piel en general, la cola de caballo y el anís para contracciones del estómago, y para las piedras de riñón, nada como la rompepiedras. Había plantas -el pasote, el llantén, el tomillo, la hierbabuena, el poleo, la ruda...- que parecían servir para todo. Se conocían las hierbas y hasta recuerdo un dicho que decía: "Algoritofe, tofe y tomillo suben la güeleja al ombligo" (Aclaro: el algoritofe es una planta canaria con olor a anís que abunda en el monteverde y a la que se atribuyen propiedades como bajar la tensión; la güeleja se llamaba a un órgano femenino que se creía situado en el vientre; lo de subirlo al ombligo ya es para nota, ni idea).

La naturaleza es sabia. Al mismo tiempo que hay grandes males, hay grandes remedios que las selvas de la Tierra esconden. Nos corresponde descubrirlos e incorporarlos a nuestras medicinas actuales. Y no puedo menos que pensar que los patios y huertas del  mundo fueron (y son) pequeñas y humildes réplicas de esas grandes selvas y que tanto estas como aquellos son poderosos aliados para sanar las dolencias del cuerpo y del alma. 

Los remedios de mis abuelas no son el arsenal de Farmacia de Guardia que yo tengo en mi cocina, pero iban más allá del "sana, sana, culito de rana" y eran muy eficaces. Brebajes, cataplasmas, agúitas, masajes, tónicos... hacían su papel: curaban y aliviaban. Por eso, ahora también, y recordándolas,  esas plantas florecen en mi jardín.

lunes, 30 de junio de 2025

En la ruta de los poetas muertos



(Los que hicimos el sábado pasado la Ruta de los Poetas muertos en la Plaza de la Catedral de La Laguna)

La escritora María Rosa Alonso lo bordó una vez con esta frase: "La Laguna es un amor que dura toda la vida". Y basándome en ese amor que yo también le tengo a mi ciudad natal y en lo noveleras que son mis amigas del colegio, le pedimos a mi colega y amigo Emilio Farrujia que nos hiciera el sábado pasado la Ruta que desde hace unos años organiza, mostrando la ciudad de la mano de siete poetas de los siglos XIX y XX que la cantaron y amaron. Un paseo precioso desde la Plaza del Adelantado (o Plaza de Abajo, como la llamaban antes) hasta los alrededores de La Concepción o Villa de Arriba.

Emilio nació y vivió precisamente allí, bajo el toque de las campanas de La Concepción, y entre sus recuerdos juveniles está acompañar a su padre muy cerca, a la antigua tasca La Oficina, una de las legendarias tabernas laguneras que todos los de mi generación conocimos. Allí se degustaban las perras de vino con su queso y su jamón en viejas barricas que parecían una guardia de honor a ambos lados, allí se hacían tertulias y se chismorreaba, y allí, en sus paredes, los poetas laguneros escribían versos que hicieron inolvidable el local: "Contra la sed ardorosa / es buena medicina / la inyección intravinosa; / para informes, La Oficina". Con semejante educación, no es extraño que Emilio, ataviado elegantemente con su traje y su bombín, como si fuera el poeta Antonio Zerolo redivivo o un personaje de Magritte, se haya dedicado en su "Ruta de los Poetas muertos" a evocarlos al pie de sus bustos, al mismo tiempo que se recorre la ciudad.

La Laguna es bien conocida por todos los que fuimos, pero siempre hay curiosidades que en un paseo de este tipo surgen y que no se conocen o se han olvidado: el lugar exacto de la primitiva laguna señalado en una placa en el suelo de la Plaza de los Bolos, que te indica que si hubieras dado un paso al frente, te hubieras mojado los pies en otra época (antes del siglo XVIII, que fue cuando la laguna se desecó); la noticia de los paseos en barca de los monjes de San Diego del Monte hasta la actual Calle del Remojo; las casas aristocráticas y elegantes de la calle San Agustín y quienes vivieron en ellas, como el corsario Amaro Pargo en el número 5; los incendios que de vez en cuando, como si fuera una maldición, las destruyen (la Iglesia de San Agustín, el Obispado, el Ateneo...); el estanque de los patos de la Plaza de la Catedral, del que todos teníamos un recuerdo del que hablar; las fachadas y sus motivos, en los que no habíamos reparado porque rara vez miramos hacia arriba, como la del Teatro Leal, con sus mascarones, liras y medallones; saber que la piedra roja de algunos palacios y casonas procede de Las Canteras y la azul, más rara, de Pedro Álvarez; descubrir que Manuel Verdugo fue también un excelente pintor (suyas son las Musas del Teatro Leal) y que 4 de los 7 poetas cuyos bustos visitamos, allí tan serios e imperturbables, tuvieron algo que ver con el Instituto de Canarias, aquel en el que Emilio y yo nos jubilamos: Antonio Zerolo fue en él catedrático de Lengua y Literatura y allí estudiaron Guillermo Perera, Nijota y Domingo J. Manrique. Este último fue también catedrático ¡de Caligrafía!, nada menos.

Después en nuestra Ruta hubo pasatiempos y música y, sobre todo, poesía. Manuel Verdugo retrata a La Laguna en uno de mis poemas preferidos: "Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas, / mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones, / serena tejes tu noble ensueño de cosas muertas / en un silencio pleno de extrañas evocaciones...". Antonio Zerolo recuerda de ella: "Yo a sus templos concurrí, / en sus aulas estudié, / por San Diego paseé / y hasta San Roque subí.". José Tabares la muestra en: "Vedla: reposa en su apacible calma, / en soledad gratísima y amena...". Guillermo Perera habla del patio del Instituto: "Antaño estaban llenos de hondo misterio / los hoy risueños claustros, celdas y salas...". Domingo J. Manrique elogia, arrobado, la Plaza del Adelantado: "Plaza de mis amores, tranquila y perfumada, / todo en ti me seduce, todo en ti es atrayente...". José Hernández Amador canta a la calle Viana: "Hoy he vuelto a esta calle después de largos años / a vivir como un huésped, a transitar por ella, / en mi solar querido otros seres extraños / van dejando a su paso la señal de otra huella.". Y Nijota con su humor característico ironiza: "Unos aman La Laguna / por su perfume pretérito, / sus casonas y su vega, / su recato y su silencio, su íntima vida docente, / su místico arrobamiento...", para contraponerla a la vida moderna y pedir que "¡Dejémonos de leyendas / y de arrumacos poéticos!".

Pero Nijota se equivoca. Si no la estropean, La Laguna, tal como es, con sus palacios y casonas, con sus calles rectas y llenas de vida, con sus claustros y patios, con sus plazas tranquilas, La Laguna tal como se conserva, sigue siendo un amor que dura toda la vida.

Gracias, Emilio, por acercarnos a ella.

lunes, 23 de junio de 2025

Fiestas de graduación: lo mejor que hacen



Junio tiene sabor a cambio, a celebración de estar vivos después de los fríos, a salir por fin a ver brillar las estrellas en noches tranquilas. Junio es siempre el momento de tomar un respiro, el cambio de curso, el cambio de vida. Y es una alegría ver a la gente joven y reconocernos en ellos, cuando respirábamos aliviados y dejábamos atrás exámenes, trabajos, rutinas y responsabilidades y el verano se extendía ante nosotros como un tiempo sin fin para no tomarnos muy en serio. Por eso, por la alegría de las vacaciones, junio es un mes feliz.

Este año he celebrado con mi nieta mayor uno de esos rituales felices de junio, la fiesta de su graduación. Ella, mi Eva, ha terminado una carrera, Bellas Artes, con la que soñaba desde chica, en aquellos tiempos en que dibujaba historias imaginadas y colores imposibles. Fue una ceremonia alegre en la que, al mismo tiempo en el que a cada graduado se le imponía la beca (en su caso, blanca), se proyectaba una imagen con su nombre, su foto actual y una de pequeña, y debajo una frase que se le ocurriera (imagen inicial). Me reí con la suya, que no fue ni filosófica ni de agradecimiento, sino una constatación con doble sentido: "A veces me pregunto qué pinto yo aquí". Fue, como es natural, un evento con discursos en el Paraninfo de la Universidad, rematado con el Gaudeamus, que siempre me emociona, y, ya fuera, con las risas, los abrazos, las fotos con todos los compañeros, conscientes de estar cerrando una etapa y encarando otra en la que cada uno elegirá caminos diferentes que todavía no conocen pero que imaginan emocionantes.

Por todo eso, porque me pareció algo digno de celebrarse, voy a declararme muy crítica con un artículo que leí en el periódico días después. Se titulaba "Fiestas de graduación, seguimos importando tradiciones horteras" y defendía, primero, que "TikTok está plagado de vídeos donde podemos disfrutar el nuevo rito de paso importado de las películas estadounidenses de instituto". Pues no, señor, de hortera, nada, e importada, tampoco. Siempre, desde hace muchos años se ha celebrado la graduación (Gaudeamus incluido), sobre todo, en el Instituto y en la Universidad. En el Instituto siempre hablaba un profesor en nombre de sus compañeros (yo misma lo hice el año en que me jubilé) y un alumno, también por los demás. Y si nos remontamos, tengo fotos de mi padre celebrando con sus compañeros el fin de su carrera de aparejador, allá por los años 40. No era como ahora pero ya existía la idea de que era un día especial.

El artículo seguía diciendo que era "otra celebración de un día que cuesta un Potosí y también ahonda en las desigualdades porque ninguna familia se quiere quedar atrás.". Pues no, señor, tampoco. Lo normal en estas celebraciones es que después se vayan los celebrados a cenar con sus familias (en nuestro caso, a una pizzería que eligió ella) y, luego, se vayan de fiesta a bailar con sus compañeros. ¿Un Potosí? Ni que fueran al Salón del Trono.

Otra crítica del artículo es que celebran las graduaciones hasta en la guardería ¿Y qué? Desde el 2008 ya no hay licenciaturas, sino grados. La vida estudiantil se compone de grados que, como escalones, no queda más remedio que subir. Es lógico celebrar cada tramo y, si se quiere hacer desde pequeño, pues bienvenidas sean las fiestas, que ya bastantes amarguras tiene el mundo.

Y para rematar el artículo la autora se mete con que los adolescentes se emperifollan para las graduaciones: "Ellos parecen matones de películas de Tarantino, y ellas, Juncal Rivero en Noche de fiesta". Esta afirmación no me gustó nada porque, en honor a la verdad, estaban todos guapísimos, los chicos y las chicas. Y me encanta que ese día vayan estupendos, que para eso son jóvenes y están felices.

Así que, al contrario, este es mi mensaje a mi nieta y a sus compañeros graduados: no regateen con los placeres, diviértanse y en este junio disfruten de lo que les haga felices. Mi recomendación es la misma que el Gaudeamus ha hecho a través de los siglos: Gaudemus igitur, iuvenes dum sumus... Alegrémonos, pues, mientras seamos jóvenes...

Lo mejor que hacen.

lunes, 16 de junio de 2025

Cuando sea una mujer mayor



Me gusta un poema muy conocido de la escritora Jenny Joseph (Birmingham, 1932) escrito en 1961, que se llama "Advertencia" y dice así:

Cuando sea una mujer mayor, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni vaya a juego ni me quede bien
y gastaré mi pensión en brandy y guantes de verano
y sandalias de raso, y diré que no me llega para mantequilla.

Me sentaré en la acera cuando esté cansada
y engulliré muestras en las tiendas y apretaré los botones de alarma.
Y pasaré mi bastón por las barandillas,
y compensaré la sobriedad de mi juventud.

Saldré a la calle en zapatillas cuando llueva,
y recogeré flores de los jardines de otros.
Y aprenderé a escupir.

Puedes llevar camisetas horribles y ponerte gorda,
y comer tres libras de salchichas de golpe.
O sólo pan y pepinillos durante toda la semana.
Y almacenar bolígrafos y lápices y posavasos y cosas en cajas.

Pero ahora tenemos que tener ropa que nos mantenga secas,
y pagar la renta y no maldecir en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos tener amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez debería practicar ahora un poco?
Así la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea mayor y comience a vestir de morado.

Fue votado como el "poema de la posguerra más popular" del Reino Unido en un sondeo que hizo la BBC en 1996 y entiendo por qué. Es la perfecta reivindicación de una vejez rebelde en la que ya te importan poco las convenciones y te puedes permitir hacer lo que te dé la gana. Ese toque medio gamberro de apretar los botones de alarma, escupir, robar (recoger, qué eufemismo) flores de otros jardines puede ser el sueño de una vida en la que siempre se ha sido buenita y modosa, un himno a la alegría de vivir a cualquier edad, un canto a la libertad. Y, además, me parece un detalle muy delicado que se advierta de ello a los que nos rodean para que sepan a qué atenerse.

Así que siguiendo el ejemplo de Jenny Joseph y de otros mayores que he conocido, he estado pensando en cosas que no he hecho y que me gustaría hacer y hoy les cuento mi advertencia para cuando yo también sea una señora mayor.

Cuando sea una mujer mayor, dejaría de conducir (que no me gusta nada de nada) y me gastaría la pensión en pagar a un chófer que me lleve a cualquier sitio, como en la película "Paseando a Miss Daisy", e iría toda contenta saludando desde la ventanilla a todo el mundo, como si fuera la Reina de Inglaterra.

Cuando sea una mujer mayor, terminaría de desterrar todos los zapatos e iría a las bodas y a las ocasiones solemnes con los tenis más cómodos que tenga.

Cuando sea una mujer mayor, mezclaré sabores, como hacía mi padre que de repente untaba mayonesa en el bizcocho, "para ver a qué sabía".

Cuando sea una mujer mayor, llamaré a los niños palanquín, papafrita, tolete, canchanchán, totorota, guanajo, sorullo, machango, tollo, tortolín... para que se porten bien. No me harán caso pero aprenderán insultos de la lengua antigua.

Cuando sea una mujer mayor, dejaré el árbol de Navidad todo el año, iluminando de luz y color los rincones del salón.

Cuando sea una mujer mayor, me subiré a los cochitos locos un día de primavera...

Y ya iré pensando más cosas, porque todavía me quedan tres años para ser una mujer mayor. Tómenlo como una declaración de intenciones porque el que avisa no es traidor.

Lo que no haré es sentarme en las aceras cuando esté cansada porque vete a saber si después me podré levantar.



lunes, 9 de junio de 2025

Niños, a jugar



Encontré en Facebook, en una página que se llama "Yo amo los 80s y...", esta imagen que inmediatamente me hizo sonreír. ¿Recuerdas cómo se llama este juego? ¡Pues claro que todos los que fuimos niños en los años 50 lo recordamos! Mientras los niños pasaban bajo ese puente hecho de brazos infantiles, cantábamos: "¡Que pase misín, que pase misán, por la Puerta de Alcalá, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán". Cuando terminaba la canción, apresaban bajando los brazos al que pasaba en ese momento y en secreto se le daba a elegir entre dos opciones (colores, o frutas, o sitios...). Entonces el niño pasaba al bando elegido cogiéndose de la cintura del de delante y al final, cada bando tiraba para que el bando contrario sobrepasara la raya dibujada en el suelo.

Una vez leí que este juego se inventó durante las guerras napoleónicas, allá por los inicios del siglo XIX, y que ese misín y ese misán eran deformaciones de monsieur y madame. La finura afrancesada y el que tan finamente también se propusiera elegir bando contrastaban con la fuerza que cada uno hacía desde su fila para que el otro perdiera. Muchas veces acabábamos todos en el suelo entre risas.

Esa imagen tenía tropecientos comentarios en Facebook, sobre todo de Hispanoamérica. Desde Perú y Colombia decían que el juego era "El puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos?, con cáscara de huevo y burritos al potrero. Pase el Rey que ha de pasar, que el hijo del Conde se ha de quedar". En Chile, "El puente está quebrado, ¿quién lo quebró? La hija del Rey, la tomaremos presa por uno, por dos y por tres". En Argentina, "Martín pescador, ¿me dejará pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará". En Venezuela, "Alalimón, alalimón, el puente se ha caído, alalimón, mándalo a componer, alalimón, ¿con qué dinero?, alalimón, con cáscara de huevo, sol y luna, déjame pasar con todos los niños a la capital, el de alante corre mucho y el de atrás se quedará". En México, "A la víbora, víbora de la mar, por aquí pueden pasar, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán tras, tras, tras"... Incluso hay una versión en Euskadi del "que pase misín" en el que los de atrás se quedarán "a limpiar el orinal con azúcar y aguarrás".

De todo este batiburrillo me llaman la atención tres cosas. Lo primero es lo copiones que somos. Basta que algo venga de fuera para que nos lo apropiemos. Aunque el extranjero nos esté invadiendo, "que pase monsieur, que pase madame".

Otra es el poder de la difusión, la transmisión del juego, el boca a boca, la línea que lleva desde el "que pase misín" original hasta sus versiones en todos los países de habla hispana ¡durante dos siglos!. Que sí, que son versiones distintas, pero en todas se habla de pasar por un puente en el que todos corren y se queda uno.

Y lo tercero que me parece digno de atención es: ¿Cómo podíamos estar tan entretenidos la media hora del recreo jugando sin parar a este juego tan simple? Y no solo en el colegio, también recuerdo jugarlo niños y niñas en la calle en los veranos de Los Realejos. Pero es que era divertido, inocente, gratuito y todas las demás connotaciones de un juego. Hablábamos, discutíamos (sobre todo, cuando alguno se pasaba al plantear la elección: "¿Qué prefieres, un riquísimo helado de chocolate o un asqueroso frangollo?"), hacíamos ejercicio, cantábamos y nos reíamos a carcajadas. Desde luego, no estábamos inmóviles y pasivos ante una pantalla. ¿Habrá algún niño de ahora que le pregunte a sus amigos: "Oye, ¿jugamos a que pase misín?"

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