lunes, 24 de abril de 2017

Dame limosna de amores, Dolores




¡Hay que ver la cantidad de formas de pedir limosna que tenemos los humanos! El lenguaje, que es trasunto de la vida, busca subterfugios, desvíos, disfraces, para que ese hecho, el sacarle el dinero al prójimo, no parezca lo que es. Porque ¡no me digan que lo que las monjas nos mandaban a hacer de pequeñas (pedir dinero por las calles para los negritos con una hucha-cabeza) no era pedir limosna! Sí, sí, ya sé que se llamaba cuestación o postulación, pero en el fondo era pedir dinero (postular viene del latín postulare, pedir). Igual que es pedir dinero pasar el cesto en la misa o en cualquier reunión, o que se haga una colecta, o que se pida un donativo o una propina, o que se recauden impuestos... O, más modernos todavía, que se haga un crowdfunding, que es otra manera más cosmopolita de pedir dinero para la colectividad. El caso es que, si se fijan bien, media humanidad le está pidiendo dinero a la otra media. Y es que siempre han existido pedigüeños, aficionados a pedir (y cuando piden "por Dios", son "pordioseros"), porque siempre ha habido gente que puede dar.

Frente a este hecho, muchos sentencian, agarrándose a la sabiduría popular, que "frente al vicio de pedir está la virtud de no dar" y alegan que la limosna nunca ha resuelto nada; otros dan movidos por la compasión, un sentimiento muy humano; y otros han apoyado revoluciones para que pueda llegar el día en que la igualdad utópica y soñada entre clases haga innecesaria de una vez por todas la limosna.

Pero pienso que el hecho es complejo... Les cuento tres casos cercanos.

Primer caso: a casa de mis padres venía a pedir casi todas las semanas un viejito. Mal vestido, encorvado y con bastón, arrastraba los pies y hablaba con voz temblorosa. Pero un día mi madre lo vio en la recova, sin que él la viera, y era otro hombre. Caminaba con gallardía, sin bastón, hablando con todo el mundo: un hombre todavía joven que parecía moverse por allí como en casa propia. Nada extraño porque, como luego se enteró mi madre, tenía un puesto de verduras ¿Qué puede llevar a un hombre que se ganaba bien la vida a tal impostura?

Segundo caso: años después a mi casa también venía de vez en cuando un chico de unos 15 o 16 años. Se plantaba en la puerta -ceño fruncido y cierto desaliño, que me recordaba a Guillermo Brown- y decía muy serio: "Estoy pidiendo". Así lo llamaban mis hijos, Estoypidiendo, porque nunca le oímos otras palabras. Ni buenos días, ni gracias, ni nada. Yo siempre le daba una bolsa con lo que encontraba en la despensa: leche condensada, arroz, latas..., alimentos que no tuvieran temprana caducidad. Un día los encontré tirados en el camino de casa y él ya no volvió más ¿Qué pedía exactamente Estoypidiendo? Si hubiese sido más explícito...

El tercer caso me lo contó hace menos de un mes Chris, un amigo griego del que ya les he hablado alguna vez, que vive entre Nueva York, París y Dubai. Chris estaba en el Aeropuerto de Doha en Qatar, esperando coger el avión hacia Dubai. En Qatar, el país más rico del mundo con una renta per cápita de 100.000 dólares, no se ven mendigos nunca. Por eso le sorprendió tanto que se le acercara allí, en la sala de espera para coger un vuelo cuyo billete costaba 300 dólares, una señora muy digna, vestida con el hiyab tradicional, y le pidiera dinero ¿Qué historia habría detrás?

A mí estos tres casos me han hecho reflexionar sobre la naturaleza de la limosna. Porque también están los que no piden dinero, sino amor. Ya Platón dijo que el Amor es hijo de Poros, el dios de la Abundancia, y de Penia, la diosa de la pobreza y que algo de "pidión" tenía; y Lola Flores lo hizo al cantar su "Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad..."; y Gloria Fuertes cuando dejó escrito en un poema:
Os digo en prosa:
nunca pedí dinero,
comida, sangre o ropa. 
Empecé a trabajar de niña de niñera.
Fui la criada de mi casa propia.
(Yo misma fui mi propia muñeca).
Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor; 
lo devolví con creces, 
hoy estoy arruinada.

El caso es pedir. No tenemos remedio.

(La imagen inicial son dos niños mendigos, fragmento del cuadro "Los pifferari en el soportal de Vía Baccino de Roma" de José de Madrazo Agudo. Exposición "El mundo de los Madrazo", visto el jueves pasado en la Fundación CajaCanarias)


lunes, 17 de abril de 2017

Un paso adelante




Esta semana mi amigo Miguel se ha lanzado en parapente por primera vez en su vida. Miguel tiene 71 años, una edad en la que muchos pensamos que no estamos para vaivenes (y si son por los aires, menos). Y, sin embargo, ahí lo ven en la imagen inicial, cumpliendo el mismo sueño de volar que tantos han tenido antes que él (empezando por Leonardo da Vinci cuando se puso a dibujar alas como un loco). Miguel cuenta de esa experiencia prodigiosa que sólo fue dar un paso adelante. Te pertrechas bien con casco, chaleco y parapente, y después sólo se trata de correr un poco ladera abajo en los altos de Adeje y, oooohhh, das un paso más ¡y ya estás en el aire! Ni vértigo ni miedo: únicamente la sensación de jugar con las corrientes y de dominar un paisaje infinito a tus pies.

En honor a la verdad, a aquellos que hemos llegado al otoño de la vida nos asusta lo que nunca hemos experimentado y nos identificamos más con aquellos versos de Manuel Alcántara que hasta Antonio Banderas tiene grabados en una pared de la terraza de su casa: "A la sombra de una barca / me quiero tumbar un día, / y echarme todo a la espalda / y soñar con la alegría". Y nos sorprende que haya personas como Miguel que, lejos de esa vocación "tumbona" a la que nosotros nos aferramos, se arriesguen, apuesten por el camino no trillado aunque pueda parecer peligroso y hagan una pirueta en la cuerda floja de la vida.

Esa pirueta no tiene por qué ser lanzarnos al vacío o conquistar un "ochomil" (como, por ejemplo, va a hacer ahora el alpinista abulense Carlos Soria con 78 años). Puede ser también un cambio de vida, como el del Sr. Kowalski, un personaje de la novela de Pierre Lemaitre que acabo de leer "Tres días y una vida", que en su jubilación se va a vivir a una caravana  para no sentirse de ningún lugar. O como Paco, un amigo que, con 76, se ha embarcado en comprarse un apartamento frente al mar y las gaviotas con lo trabajoso que es eso -remozarlo, amueblarlo, vivirlo-. O simplemente como Juan, otro amigo de 82 años que, con la ilusión de un adolescente, se ha comprado una moto. O como todos los que conozco que, ya jubilados, se apuntan a cursos para aprender a entender la música o la astronomía o el chino. Nada de tumbarse.

Tengo una amiga, viuda y con 70 años, que vive en esa Venezuela convulsa de la que nos hablan los periódicos y que ella sufre a diario: violencia, carencia de alimentos y medicinas, inseguridad. Los hijos viven fuera del país e instan a su madre, que está sola en Caracas, a seguirlos. Ella, con esa gracia del léxico hispanoamericano, dice que ya ha llegado "al llegadero", y es consciente de que eso no es vida y de que, ella que puede, debería cortar amarras. Pero tiene miedo de dejar su casa de toda la vida, el entorno conocido y amado.

Nadie puede decidir por ella. Pero tal vez, y salvando las distancias, el ejemplo de Miguel y de muchos como él la ayude. Costará, claro, porque nos hemos acostumbrados al suelo de la rutina bajo nuestros pies y a "tumbarnos a la sombra de una barca". Pero, a lo mejor, cambiar puede hacer que nos sintamos libres en el aire y llevarnos a la satisfacción de manejar nuestra vida sin que oscuros poderes decidan por nosotros. Al fin y al cabo, ante los retos, sólo se trata de pertrecharnos bien -los recuerdos siempre van a ir contigo-, coger carrerilla y dar un paso adelante.

lunes, 10 de abril de 2017

¡¡¡Sorpresa!!!




Cuando yo era chica, no existían las fiestas-sorpresa. Todo lo contrario. Los cumpleaños y eventos varios eran anunciados y preparados con la suficiente antelación como para deleitarnos también en los "antes de". Se lo comunicábamos a todo el mundo y se pensaban con cuidado los regalos, mientras mi madre trajinaba poniéndolo todo a punto y pensando en juegos que nos iba a proponer (el pañuelito o el brilé en el patio, tinieblas en el cuarto oscuro del final del pasillo, las sillas musicales, que no podían faltar...), y mi abuela llenaba la casa de aromas que surgían de enormes bizcochones, de marquesotes melados, de bollos de manteca, de esponjosos merengues... Hasta recuerdo sus manos dándole forma con maestría a las delicadas figuritas de azúcar (pájaros, flores, mariposas) con las que iba a adornar la tarta. No eran fiestas-sorpresa pero siempre eran sorprendentes.

La primera fiesta-sorpresa a la que fui me la organizó a mí una amiga americana por mi 40 cumpleaños. Hasta ese momento nunca había oído hablar de ellas. Pero mi marido, que odia los sustos y da saltos de 3 metros cuando alguien se le acerca por detrás sin que él lo oiga, fue y me lo dijo antes para que fuera preparada y no me diera un ataque al corazón o un jamacuco. Él es así de detalloso.

Y algo así deben de ser también todos los que no pueden callarse y fastidian todas las fiestas-sorpresa que ahora abundan por doquier. Y si no, vean los "toques sorpresivos" que mi amiga Marta, que se acaba de jubilar, fue recibiendo por parte de sus compañeros desde un mes antes de la fiesta-sorpresa que le prepararon.

Primer toque. El jefe manda al wasap colectivo (lo pongo en negrita para que se atienda bien a que es el chat que todos en la empresa, incluida la propia Marta, leen) la siguiente proclama: "¡Atención todos! ¡El 3 de marzo fiesta-sorpresa de Marta! Es importantísimo que nadie se vaya de la lengua ¡A disimular todos!"

Segundo toque: Marta encuentra en una bandeja en la sala común, entre listas de cosas pendientes y borradores, un papel que, bajo el título "Fiesta-sorpresa de Marta", pone la lista de asistentes y el dinero que cada uno tiene que pagar para el reloj que le van a regalar y para la cena.

Tercer toque: Una amiga, que la ve días después por el pasillo, va y le dice: "Fíjate, qué pena, el 3 de marzo estoy de viaje. No voy a poder acudir a tu fiesta". "No te preocupes, mujer, otra vez será" le contesta Marta, que cada vez  está más asombrada.

Cuarto toque: Encuentra otro papel, esta vez pinchado en un corcho, con las opciones de menú que el restaurante propone y la indicación de que vayan apuntando lo que prefieran. Marta está tentada de poner "a mí me gusta más el bacalao", pero se refrena.

Quinto toque: Dos días antes de la fiesta, la amiga y compañera con la que Marta y su marido suelen salir los viernes, la llama y con tono de voz entusiasmado (y superfingido) le dice que ese viernes la va a llevar a un sitio nuevo. Cuando Marta se lo cuenta a su marido, éste, pensando en un despiste de la amiga, manda a escondidas un wasap diciendo: "Eh, que no se les olvide que esa noche es la fiesta-sorpresa de Marta". Claro que lo manda al wasap del grupo de amigos (donde también está Marta).

Total, cuando llega el Día D y la Hora H, Marta sabe quiénes asisten a su fiesta, qué le regalarán, a qué restaurante van, que comerán y cuánto les ha costado todo. Pero como es una señora, antes de entrar se recompone, ensaya lo de abrir los ojos y la boca para que se le vea convenientemente pasmada, abre la puerta y... ¡¡¡Sorpresa!!!, aplauden todos encantados de la vida.

No, con fiestas-sorpresa así, no hay ningún peligro de que le dé un ataque al corazón del sobresalto. También es verdad que tampoco hay peligro de llevarse una sorpresa.

lunes, 3 de abril de 2017

El poltergeist de mi hermana


Recreación del poltergeist de mi hermana dibujada por mi nieta Eva de José

Mi hermana Chari asegura que tiene un poltergeist en su casa. La palabra poltergeist viene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu. Así que lo que hay en casa de mi hermana, según ella, es un espíritu ruidoso haciendo el gamberro y dando la tabarra.

En la "Enciclopedia de las cosas que nunca existieron", un libro precioso obra de Michael Page y Robert Ingpen, dice que "las actividades de los poltergeist son bien conocidas y están abundantemente documentadas: rotura de cacharros y ventanas, ruidos y golpeteos, muebles y objetos que se caen...". Realmente lo que hacen es vacilar con el personal. Son traviesos, guasones y, como decimos los canarios, desinquietos.

Casi todos los días, cuando caminamos por las mañanas, Chari me da el parte. Que si ayer se cayó al suelo sin más ni más una churrera que tenía en el último estante de la despensa. Que si anteayer una tapa salió volando cuando ella abrió la puerta de la alacena. Que si otro día oyó desde el dormitorio un escandaloso ruido en la cocina, cataplún, plim, plam, y, cuando fue a ver, no había nada y esta es la fecha que no sabe qué cosa lo produjo ni que cosa se cayó. Que, además, a cada rato le desaparecen objetos, como un bote de aceitunas que pone sobre la mesa mientras ordena la compra y, cuando lo va a buscar, ni humo, ni pelo ni bote de aceitunas...

Yo me pongo en plan científico y le doy las explicaciones que la gente racional dice: ¡Eso es una corriente de aire pululando por allí! ¡Eso es la electricidad estática (sea lo que sea eso)! ¡Eso fue un ruido lejano y que oíste más cerca por aquellos de los ecos! ¡Eso es que tú tienes la cabeza en otra cosa y te despistas!  ¿Y si las aceitunas te las comiste tú sin darte cuenta mientras colocabas el detergente por allí y las papas por allá? No pongas esa cara, a mí me ha pasado.

O a lo mejor, le digo, lo que nos pasa es que, en esta época de materialismo y tan de al pan, pan y al vino, vino, tenemos una gran necesidad de creer en los misterios. La gente lleva siglos buscando respuestas racionales a leyendas milenarias. En una reseña que Guillermo Altares hace al libro "La historia de los fantasmas. 500 años buscando pruebas" dice que "el mérito de este libro reside en que nos convence de que da igual creer o no creer: los fantasmas nos gustan porque la posibilidad de que existan agranda un mundo cada vez más pequeño". Y algo de eso hay porque ¡anda que no nos gusta un fantasma! Y si es de estos que no van de asustones, uuuuuh. sino que son divertidos y que lo único que pretenden es reírse un poco de los mortales, mejor todavía.

Aunque, ahora que lo pienso, mejor es creer en ellos y empezar a echar la culpa de todo aquello que se nos olvida, que se nos cae, que se nos desordena, que está patas arriba..., no a explicaciones lógicas ni a que cada vez tenemos la cabeza más p'allá que p'acá, sino a ese ente burlón y enredador que hasta compañía nos puede hacer, oye ¿Saben la cantidad de responsabilidades que nos quitaríamos de encima? ¡La culpa la tiene él!, diríamos en plan emperatriz de Bizancio. Donde esté un buen espíritu (alias chivo expiatorio), que se quiten todos los remordimientos por nuestros despistes y todas las leyes electroestáticas del universo.

Estoy por pedirle prestado el poltergeist a mi hermana.