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lunes, 23 de marzo de 2026

Madrid, Madrid, Madrid...


Este fin de semana he vuelto a Madrid como quien vuelve al Camino Verde. Fue un regalo de mi hija que sabe que es una de mis ciudades preferidas del mundo, sobre todo porque, después de vivir en ella 4 años, la conozco bien. O mejor dicho, conozco bien a mi Madrid.

Y es que hay muchos madriles. Hace poco leí un artículo sobre el visitante de lujo que va a Madrid. Es el que sobrevuela la ciudad en helicóptero por 4500 euros (de hecho vi uno parado sobre la Gran Vía), el que quiere visitar a solas el Museo del Prado o el Thyssen, el que disfruta de una cena íntima en la azotea de un Hotel de 5 estrellas con vistas, dicen, "al cielo de Madrid desde la calma de las alturas", o el que quiere ir de tapas acompañado de un familiar del Rey por unos 1000 eurillos de nada.

Pero ese no es mi Madrid. Mi Madrid es ver al despertarme, desde la ventana de la casa de mi hija, a los niños entrando en el colegio que está enfrente. Es el olor ahora de las calles arboladas apuntando ya a la primavera o de las alfombras de hojas secas en el otoño. Es los churros del desayuno, el vermut que puedes tomar en cualquier esquina o las comidas en El buey o en Hortensia. Es las multitudes multicolores en las calles del centro y el aire de pueblo que conservan los barrios, como Vicálvaro o Valdebernardo. Es ir al teatro o perderte en La casa del libro o la Cuesta de Moyano. Es volver a estar con mis amigas del Colegio Mayor de aquellos años: con Floren, tan creativa y buena, con la misma sonrisa de siempre; con Ana, mi querida compañera de habitación, y con Serra, su marido, que nos enseñó entonces a amar Madrid y sus alrededores; con Maruja, con la que hablé después de no saber nada en 50 años y que sigue siendo ella... Y también mi Madrid es ver de nuevo a Esperanza, una de mis "niñas del colegio", y a Mane, tan generosos, y disfrutar desde su terraza de las corralas y los tejados del barrio de Chueca (imagen inicial). Mi Madrid es el recuerdo de la Universidad, de Argüelles o de Cuatro Caminos. Es el paseo por El Retiro, en donde el ruido se transforma en rumor. Ese es el Madrid que amo y al que vuelvo siempre a reencontrarme con mis años jóvenes.

Así que no, no quiero verlo de lejos en helicóptero, porque ya lo hago cuando el avión me acerca a él y se extiende ante mí como una alfombra de luz; no quiero sentir solo mis pasos cuando visito un museo, porque es agradable compartir la belleza; no quiero mirar desde una azotea lujosa el cielo, porque desde cualquier sitio disfruto (y gratis) de esos atardeceres de fuego; y, sobre todo, no quiero ir de tapas con un familiar del Rey. Dios mío, ¿y si me toca Froilán?.


Ahí está viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá

 


lunes, 21 de julio de 2025

Una escapadita


Consejo que nadie me ha pedido pero que doy graciosamente: de vez en cuando hay que darse una escapadita. Una escapadita para tomarle el pulso a la vida por si la rutina de esta nos lo hubiera escondido. Una escapadita, no un viaje de varios días o semanas en el que vamos pasando de sitio en sitio y de hotel en hotel, cargando maletas y majaderías. No, tiene que ser una escapadita y, como tal, con unas cuantas condiciones.

Primero, tiene que ser corta y en un solo lugar. La mía de estos días fue de domingo a jueves y en Granada tierra soñada, una ciudad preciosa, hecha de de agua y luz. Desde el mismo aeropuerto, que lleva el nombre de Lorca, Granada es poesía. Da la razón al poema de Francisco de Icaza que aparece por todos lados: "Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada".

Segundo, tenemos que contar con una buena base de operaciones. Vale un buen hotel, pero lo ideal es buscar una casa bonita y cómoda. Nosotros nos quedamos en el Albaicín, en una casa de tres pisos con jardín y piscina, con vistas a la Alhambra. Y silencio. Las tardes en la casa con baño, descanso, juegos al rummy con los niños, música en la guitarra, lectura..., lejos del ruido y las gentes, aligeran el alma. Fue un disfrute del que no nos cansamos: ver cómo el amanecer aviva el rojo de esos muros legendarios ("La Roja" es lo que significa Alhambra), oír en el silencio el toque de una campana lejana y asistir, mientras cenamos, a lo que Ganivet decía: "Sale la luna y os besa con su rayo de luz blanca". La Alhambra iluminada, mientras la música de un concierto allí cruza el Darro para llegar a esta casa del Albaicín, es un espectáculo difícil de olvidar.

En tercer lugar, esta escapadita tiene que llevarte a conocer gente que te cuente historias. Desde el taxista que nos lleva y nos avisa: "El que es de Graná y no tiene mala follá, ni es granaíno ni es na", hasta Miguel, que nos cuenta sus escaladas en Sierra Nevada o aquella vez que se trajo una rosa del desierto del Sahara, o cuando encontró, al reformar su casa, empotrado en un muro, un cilindro de cobre que contenía monedas, un periódico de 1928 y un manuscrito con la historia de la casa. O Soledad, que nos hizo un tour interesante por la ciudad, descubriéndonos cosas que nunca supimos o que tal vez habíamos olvidado...

Cuarto, por supuesto hay que darse una vueltita por la ciudad, pero sin tomarse muy en serio el papel de turista. Salir por las mañanas, que están más fresquitas, no hacer colas y no pretender conocerlo todo. Solo pasear tranquilamente por Bib-rambla (La "Puerta del Arenal" en la que en el Arco de las Orejas se exhibían las orejas cortadas a los ladrones), visitar la Catedral, tan bella y luminosa, la más blanca que conozco, o la Madraza, donde el Cardenal Cisneros hizo ese horror de quemar todos los libros de la Biblioteca, o caminar con calma por los jardines de la Alhambra oyendo el agua correr...

En quinto lugar, comer bien, informarse, reservar, aprovechar las especialidades: el chuletón de "Negro carbón", los croquetones de Los Manueles, las migas y el sorbete de arrayán del Parador, los churros del desayuno en el "Alhambra"... Y beber agua de manantial en las fuentes que encontramos a cada paso porque allí el agua viene, pura, de las nieves de las montañas.

Y sexto, gozar de los extras que toda escapadita que se precie debe tener. Como comprar caprichos que nos la recuerden, como un pin para la nevera con forma de ventana mora o un sombrero de ala ancha que no me quité de la cabeza. O como asistir a los gritos que una chica morena y guapa, muy enfadada, lanzaba a un teléfono en un idioma desconocido. Oyéndola, (tenía que sonar justo así), no pude evitar acordarme de la madre de Boabdil peleando al hijo por haber perdido Granada. O el mejor extra, contactar con una amiga querida, Ana la granaína, que es un encanto de persona: nos trajo piononos, los dulces típicos, nos reservó entradas para un concierto de guitarra, nos recomendó hasta un sitio para comer caracoles, nos atendió como a reyes. Y también nos contó historias, como la de la heladería "Los italianos", la de los helados maravillosos, con el tío Hugo y las sobrinas venidas de Italia.

Pero ¿saben qué? Que no hagan mucho caso a estas condiciones mías que me han hecho disfrutar de estos días. Porque las condiciones son lo de menos, ya que cada uno se busca en el ancho mundo su viajito ideal. Lo que verdaderamente importa es escaparse y traer un buen recuerdo para atesorar en momentos bajos o cuando, por otros lugares, se despierte el recuerdo, por ejemplo, cuando oigo el rumor del agua y pienso: "Yo esto lo viví también en Granada". Lo que importa de verdad es la escapadita. Gócenla.

(Para Dani, Myriam, Julia y Álvaro, que nos acompañaron y disfrutaron de esta escapadita)





lunes, 19 de mayo de 2025

De marketing por Valladolid


Ni qué decir tiene que en mis tiempos mozos nadie había oído hablar de esa palabra, marketing, que ahora, sin embargo, salpica a cada rato cualquier conversación. De hecho, en mi familia tengo un nieto que está haciendo la carrera de Marketing y una hija que tiene una web que se llama Marketing online para escritores (MOLPE). El diccionario lo define como la acción de promocionar comercialmente productos o servicios, teniendo en cuenta, según mi hija, que compramos movidos por impulsos emocionales. Ella compara el cerebro con un elefante con su conductor, el mahout. El elefante simboliza la parte más pasional y sentimental del hombre, el mahout la parte racional. Esta puede conducirlo y llevarlo por el camino recto pero, si el elefante se empeña en una cosa, ya puede el conductor decir misa y tirar de riendas, que ni caso: si el elefante encuentra, por ejemplo, una cacharrería que le haga ojitos, allá se mete sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Me acordé de todo esto en el viajito que hicimos a la Ribera del Duero esta semana. Era un viaje gastronómico-enológico que, como su nombre indica, lo que primaba era la parte más culta de la cultura: lechazo, carrilleras, cochinillo, judiones, croquetas de ibérico, quesos, embutidos, papas a la importancia, cuajada... Claro que también se acompañaba todo eso con visitas a bodegas (Protos, Emina...), en las que aprendíamos a ver la gota, oler el vino y descubrir aromas y a catar unos vinos estupendos.

Una de esas visitas culturales fue a una quesería. Íbamos con nuestro amigo Ramón que nos aseguraba muy convencido que era todo un montaje para que compráramos y que él por lo menos no pensaba hacerlo, qué necesidad. Pero hete aquí que llegamos y nos recibió uno de los dueños de la quesería, que nos contó la historia de su familia y el amor por el trabajo bien hecho; nos dijo que eran la cuarta generación que se dedicaba a los quesos, que su abuela Concha había sido el alma de la empresa... Y habló con tanta gracia y humor, enseñándonos los utensilios antiguos, las fotos y cartas familiares, los vídeos con los pasos de la elaboración de un queso, todo sazonado con anécdotas y, al final, con un picoteo de sus ocho clases de queso, a cual más bueno, que al terminar, mi amigo Ramón, no solo compró una caja de quesos de 3 kg., sino también el vino que lo acompañaba y un lomo que el vendedor le aseguró que era el más ecológico y el más rico del mundo. Eso es marketing.

El viaje a Valladolid fue, sin embargo, mucho más: la belleza de los atardeceres en esa ancha Castilla; un músico callejero tocando a ritmo de jazz el "Volver"; la visita a un palacio en el que antiguos reyes dictaban su voluntad y movían las vidas de sus hijos y súbditos; las catedrales, altas y majestuosas, imponiéndose; un parque en el que presumen pavos reales de larga cola; las plazas mayores en las que sentarse a tomar un vermut y ver pasar el mundo; los cuentos sobre santos que tenían el don de la ubicuidad (como San Pedro Regalado, al que algunos propusieron como Patrón de Internet precisamente por estar a la vez en dos sitios separados por 100 km. de distancia); la lluvia cayendo fuerte en un momento imprevisto, mojando calles y ánimos; el encuentro con una amiga que se fue de las islas hace 50 años y que descubres que en el fondo, nosotras las de entonces seguimos siendo (casi) las mismas; los aperitivos pre-cena con amigos de toda la vida; las fiestas, las ferias de artesanía, los gorgoritos una mañana de sábado, las celebraciones festivas que no conocíamos... La gente en la calle, la vida en los pueblos;  los castillos, los monumentos, las calles señoriales; las cigüeñas en las torres; una exposición sobre Agatha Christie en una sala de un antiguo claustro que rodea el Patio de las Tabas, hecho con huesos de cordero; y el toque mágico del último día en el que un globo multicolor e inesperado, como despedida, sobrevolaba Valladolid en un amanecer que descubría el mundo.

Todo eso y mucho más nos da un viaje. ¿Se animan a hacerlo? Por falta de marketing que no sea...

martes, 28 de mayo de 2024

Un guiño a Galicia



Les juro que Galicia, el lugar donde he estado la semana pasada, es mágica. Ya solo sumergirnos en un paisaje de bosques umbrosos y casitas aisladas con tejados negros de pizarra nos conduce a relatos antiguos de hadas y brujas, contados en voz baja al lado de la lumbre. Pero también hay caballos sueltos entre la niebla en la Sierra de Capelada; cruceiros en los cruces de caminos para despistar y ahuyentar a las brujas; enormes construcciones de piedra entre la arena y las olas furiosas a lo lejos en la Playa de las Catedrales; caminos, caminos y caminos con la concha dorada de los peregrinos señalando hacia Santiago de Compostela; y la maravilla de la Ribeira Sacra vista desde un barco por todo el cañón del río Sil: el reflejo del sol y las montañas en las aguas quietas y profundas, los regatos y pequeñas cascadas cayendo entre el verdor, las rocas gigantes semejando figuras -allí la cabeza de un hombre, más allá un león, o un búho, o un caballo...- , las viñas en sitios imposibles arrancando a la tierra un vino delicioso... La magia hecha piedra.

En Galicia las leyendas, los mitos y los rituales conviven con la vida diaria. Hay meigas -haberlas, haylas- que hacen el mal y brujas que quitan el mal de ojo, e incluso viejucas que tiene el "don" y adivinan el pasado y predicen el futuro. La queimada, la bebida que protege de los maleficios, tiene que ir acompañada del conjuro (Mouchos, coruxas, sapos e bruxas... empieza). Si pones un vaso con sal gorda y vinagre de manzana detrás de la puerta de tu casa no entra allí nadie que tú no quieras. En Lourenzá cuentan la leyenda del sarcófago que el conde Osorio se trajo de Palestina para ser enterrado en él y que el mar hundió para luego hacerlo reaparecer cerca de Foz flotando sobre las aguas. Se le atribuyen 4 resurrecciones de peregrinos y para que conceda deseos hay que meter el dedo en un agujero que hay en la parte inferior.

En Galicia las velas hablan y su lenguaje no es el mismo si se mueven, si chisporrotean o si se están quietas. Y por encima de todo hay que ir a San Andrés de Teixido (si no vivo, hay que ir de muerto). hay que llevar una piedra para ponerla en uno de los amilladoiros, hay que beber de la Fuente de los tres caños y echar un trozo de pan que, si no se hunde, nos traerá suerte, hay que comprar la hierba de enamorar... En San Andrés se hacen los sanandresiños, figuras de miga de pan que son buenas para la salud (el santo), para el amor (la flor), para los estudios (la mano), para el alimento (el pez), para el trabajo y los negocios (la escalera), para los viajes (la barca), para la protección (la corona) y para la paz (la paloma).

Por supuesto, que yo, tan racional, no creo en todo esto. Es más, puede hacernos olvidar lo fundamental: que Galicia es una tierra preciosa de montes suaves y ríos tranquilos, asomada al mar, y en algunos sitios como Orense regalada con aguas termales, una tierra generosa de gentes amables donde se come y bebe bien. Y donde llueve mucho. Como decía Aute, imagínate a Galicia como un húmedo aquelarre, / donde la mar es tumba, / donde las meigas plañen, / donde las nubes claman / con lágrimas salvajes. / Imagínate unos verdes como ríos de esmeralda...

Así que olvidemos la magia y los rituales para invocar a la suerte y pensemos que la verdadera suerte es que Galicia exista y que podamos visitarla y disfrutar en ella, como hemos hecho estos días mis compañeros de viaje y yo.

Aunque por sí o por no o por si acaso, miren en la imagen inicial la colección de los 8 sanandresiños que me traje y que he colgado en mi puerta. Nunca se sabe.


Para Lucía, nuestra guía, una galleguiña encantadora que nos acompañó, nos divirtió, nos entretuvo y nos enseñó su tierra. Ella también llevaba, por si las moscas, un colgante de oro con el amuleto del puño de la suerte.

lunes, 5 de febrero de 2024

Viajar es descubrir



A veces, cuando pensamos en un viaje y se lo comentamos a los amigos a ver si se animan, nos dicen: "No, yo ya he estado allí" e ignoran que todo viaje es un camino de descubrimiento, que siempre hay hechos que te asombran por más que hayas estado veinte veces. Y si no, que se lo digan a mi consuegra, que casi siempre va a París y de cada  viaje trae más ganas para volver otra vez.

Hace 7 años hice un viaje a Cádiz del que les hablé en el post "¡Mira, mamá!" (enero de 2017). La semana pasada volví a ir con el Imserso y me trajo más descubrimientos (y más ganas de volver). Repetí, eso sí, dos eventos especiales que solo por ellos merece la pena todo. Uno, tomarme un jerez en Jerez, mientras recuerdo la frase atribuida a Fleming: "La penicilina cura la salud, pero un jerez resucita a un muerto". Otro, comer a cada rato tortitas de camarones, ese delicioso encaje culinario que merece un monumento.

Y además me traje, no solo la memoria del paisaje de esta tierra generosa, con sus humedales, marismas, salinas... (Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar... nos decía Alberti, otro gaditano), que salpican la costa hablándonos de otras formas de vivir, sino también nuevas experiencias: un paseo en catamarán desde Cádiz al Puerto de Santa María (dónde nos quedábamos), gozando de un atardecer con pinceladas rosas y naranjas sobre la Bahía de Cádiz y el Puente Nuevo. Una visita al barco "Unión" de la Armada Peruana, un velero de 4 palos atracado en el Puerto de Cádiz y en el que nos atendieron cadetes guapos, serios y entorchados que nos contaron su viaje por el mundo (uno, hasta nos habló de su enamorada, que lo espera en Lima). La visión de un jinete solitario en la arena húmeda de la Playa de la Calzada en Sanlúcar de Barrameda, con el Guadalquivir y el parque de Doñana en el horizonte. Las risas con la gracia gaditana, como la de un cartel que vimos en un bar cerrado (imagen final): "Mañana cerramos por el bautizo de mi hijo: Perdonen las molestias". Y debajo pone: "¡¡Abre, becerro, que el niño no es tuyo!!" Firmado: La Madre".

Me traje también historias que nos fuimos encontrando: Nada más empezar en la cola de facturación del aeropuerto, a una pareja le dijeron que no podía viajar porque no había pagado la señal de 30 euros de reserva. Imagínense, a mí me dicen, después de preparar un viaje, con todo el jaleo que implica, que me tengo que quedar en tierra, y me da algo. Sin embargo, ellos reaccionaron con humor y la mujer dijo uno de los yaques más positivos que he oído: "Pues ya que estamos aquí, vamos a ver si nos podemos ir a Madrid o a cualquier otro sitio". Y allá que se fueron con sus maletas a ver. O encontrarnos, cuando íbamos a desayunar en el hotel (un antiguo monasterio del siglo XVIII) a un hombre dormido en un sillón del pasillo, envuelto en un edredón y con su mochila al lado ¿Lo habría echado su mujer durante la noche? ¿O se había colado? Hipótesis no faltaron.

Pero lo mejor fue la gente: el magnífico grupo que formamos todo el viaje y con el que compartimos mesa, charlas, risas, aperitivos, paseos y una estupenda cena de despedida con su correspondiente pescaíto frito. La grata compañía de mi amiga del colegio Esperanza y de su marido Mane, que tienen casa en el Puerto de Santa María y que me descubrieron la inmensa playa de Vistahermosa (imagen inicial), con sus arenas doradas y su chiringuito abierto todo el año (y sí, lo reconozco, comí allí tortitas de camarones. Otra vez). El encuentro con mi alumno Gonzalo, que no solo me alegró sino que me hizo reflexionar sobre el sentido de la vida: Créanme, sentirse mayor no depende de canas, arrugas o artrosis. No, sentirse mayor es encontrar que uno de tus alumnos ya viene al Imserso.

Hubo de todo (hasta cansancio) y fue un viaje estupendo que volvería a repetir encantada. Porque viajar es descubrir: historias, lugares, comidas, amigos...


Dedicado a todos los que contribuyeron, más si cabe, a hacer tan agradable este viajito:  A Noelia, nuestra guía y ángel de la guarda, y a los guías locales, Dani, Begoña y María Jesús, tan sabios; al estupendo grupo de amigos María Victoria, Sixto, Miguel Ángel, Mari Cruz, Ángela, Cristi, Paco y Mari Carmen; a Esperanza y Mane por su cariñosa acogida; y a Gonzalo, con mi bienvenida al grupo de "mayores". Gracias de todo corazón.


lunes, 17 de julio de 2023

Bajo la sombra de Hautacuperche


La historia de Hautacuperche, un guerrero aborigen gomero que vivió allá por el siglo XV, tiene todos los ingredientes para convertirse en una tragedia épica. Hubo en ella un Pacto de Hermanamiento entre los aborígenes y los conquistadores que fue sellado bebiendo los dos jefes leche del mismo gánigo (no son los pactos de hoy pero como si lo fuesen); hubo una ruptura del Pacto por parte del Señor de la isla, Hernán Peraza el Joven que, pasando de hermanamientos, se lió con Iballa, hija de un jefe aborigen (¡vaya, vaya, con Iballa!, decía siempre un amigo mío); hubo un cabreo monumental por parte de los gomeros que llegaron hasta la cueva de Guahedum donde se reunían los tortolitos y allí su líder Hautacuperche se cargó, lanza en ristre, a Hernán Peraza; hubo luego la llamada "rebelión de los gomeros", el sitio a la torre del Conde, donde Hautacuperche se lució (Abreu Galindo cuenta que era tan ágil y ligero que recogía con la mano y devolvía las saetas que le tiraban), a pesar de lo cual murió él también; hubo la posterior venganza terrible contra los gomeros por parte de Beatriz de Bobadilla, la mujer de Hernán Peraza, que era de armas tomar... Pactos, traiciones, amores clandestinos, un héroe de leyenda, rebeliones, muerte al tirano y hasta silbidos gomeros hubo. ¿Qué más se puede pedir?

Hay una estatua de 4 metros de Hautacuperche al lado del mar, frente al hotel donde nos hemos quedado esta semana en Valle Gran Rey, al sur de La Gomera. A lo mejor el héroe era canijo y feo, pero el autor Luis Arencibia lo ha esculpido como un real mozo, alto, fuerte, noble, una figura poderosa y altiva, con la apostura de un dios de la antigüedad. Lleva en la mano derecha el gánigo quebrado, símbolo de la traición, y en la izquierda la lanza con la que atravesó a Hernán Peraza. En el costado asoma la flecha de ballesta con que lo mataron. Y al verlo, tan digno y tan señor, nos parece como si nos dijera: "Tranquilos, que aquí estoy yo", como si pudiéramos sentir su sombra protectora y que nada puede pasarte mientras vigila.

La siento cuando conozco a tanta gente que ha optado por vivir en esta isla bendecida por los dioses. Como César que hace 32 años dejó Tenerife y montó su negocio en Hermigua. "Demasiados coches allí", dice. O Consuelo, que pasa temporadas largas y tranquilas frente al mar en Valle Gran Rey. O Pepe, un matancero a punto de jubilarse después de pasar media vida en La Gomera. "¿Y volverías a La Matanza?". "¿Estás loca? -contesta- Esta es mi casa". O Aarón, que acaba de mudarse aquí para cambiar de aires y está encantado. O mi amigo Javier, que tanto sabe de la historia de las islas y que se vino a vivir a El Cedro, uno de los bosques más bonitos del mundo.

Y los que estamos de paso, como nosotros la semana pasada, también hemos sentido la tranquilidad, la seguridad, la paz de estas mañanas en las que nos acompañan el sonido de las olas en La Puntilla, la brisa que mueve las hojas de los mangos, la caricia del sol en la piel, los saludos de los vecinos... Los días pasan perezosamente atardecer tras atardecer a cual más bello. En estos días no nos han preocupado ni los debates políticos, ni las noticias de los medios ni el qué podremos hacer mañana. Vivir y dejar vivir. La sombra de Hautacuperche es alargada.

lunes, 20 de marzo de 2023

Algo más que un viaje: Florencia



A mí me pasa como a la protagonista de "Mientras dormías". Cuando el chico le pregunta, mientras pasean una noche fría por un puente de Chicago: "Si pudieras viajar a cualquier lugar del mundo ¿a dónde irías?", ella contesta sin vacilar: "A Florencia". Está reuniendo dinero para ir y lleva encima el pasaporte por si acaso. Pues igual yo. He hecho varios viajes por Italia, pero siempre me quedaba ese huequito en el alma por llenar y a la misma pregunta hubiera contestado igual: "¡A Florencia!".

Y mira tú por dónde mi amiga Clari vio un cartel con una oferta aceptable en la puerta de nuestra agencia de viajes habitual y allá que nos animamos 7 amigas de las de toda la vida, mi marido y yo y en menos de nada estábamos preparando maletas y cantando canciones de Adamo.

Pero preparar un viaje no es solo eso. Preparar un viaje, sobre todo si te hace con tanta ilusión como a mí este, supone mucho más.

Supone consultar, desde que compras el pasaje hasta que te vas, qué tiempo hará en Florencia. Aunque eso no describa el cielo tan azul con el que después nos encontramos.

Supone hacer un chat con las amigas para compartir todo lo que se encuentre sobre Florencia, desde la película "Inferno" hasta libros como "Una habitación con vistas" de E. M. Forster.

Supone documentarse uno para saber con qué nos vamos a encontrar, pero no demasiado para dar lugar a la sorpresa.

Supone comer pizza dos días antes para ir haciendo boca.

Supone sacar por anticipado entradas para la Galería de los Uffizi y para la Academia para evitar colas kilométricas.

Supone ir en el avión leyendo un libro tan lleno de amor por los libros y por la luz de la Toscana como "Una librería en la colina" de Alba Donati. Y pensar mientras lo leo: "Voy a estar allí".

Y luego al fin llegas y te sumerges de cabeza en la ciudad de las flores, Florencia, que no es solo el Campanile, o la Plaza de la Signoría, o el Puente Vecchio con sus joyerías, o las obras de arte que llenan sus palacios y sus calles. Florencia es también un grupo que toca jazz una noche, rodeado de gente  frente al Duomo. Mi amiga Eli, tan alegre y desinhibida como siempre, con su pelo blanco, se acerca bailando a dejarles unas monedas. Una chica a mi lado comenta: "Esa soy yo de mayor".

Florencia está también en el entusiasmo de nuestro guía del primer día, Lázaro, un chico de Córdoba, profesor de Arte,  que nos supo transmitir su amor por la historia. Gracias a él comprendimos los tejemanejes y entresijos de la ciudad y el porqué de su importancia. Allí nació la banca, el renacimiento y los mecenazgos. Galileo, Miguel Ángel, Leonardo, Rafael... pisaron las mismas calles que nosotros y contribuyeron a hacerla grande.

Florencia es el hotel que nos hospedó, un antiguo convento reconvertido, cutre pero con encanto. Nuestra habitación tenía muebles del año de la raspa pero grandes y cómodos y cabeceros pintados con florecitas. Dos noches nos reunimos en un "picnic" improvisado en la habitación de mi amiga Lali, que tenía una terraza mirando hacia San Lorenzo y el Duomo. Por allí una mañana aparecieron globos volando sobre la ciudad. Esa sí que era una "habitación con vistas".

Florencia son también las conversaciones en la guagua cuando le preguntamos a una señora por la Stazione y no solo nos informó sino que se pusieron a alegar tan contentas otras dos más que no se conocían de nada pero que acabaron tan amigas. Incluso una de ellas se bajó y nos acompañó a donde íbamos, no sea que nos perdiéramos.

Florencia es tomar un martini en una terraza viendo pasar la vida. Es comer uno de los helados más ricos del mundo. Es probar la bistecca florentina o la pasta con trufas en el Mercado Central, lleno de ruido y color.

Florencia es un Boticelli iluminado pintando el nacimiento de Venus y la consagración de la primavera; es Miguel Ángel extrayendo el David del mármol; es Ghiberti labrando en oro las puertas del paraíso; son los Médicis haciéndose un palacio con jardín y construyendo un corredor para ir desde allí al trabajo para no pisar la calle y evitar ataques (y atascos, supongo).

Florencia es encontrar tumbas grandiosas y lámparas de cristal imposibles. Es la exageración y el detalle. Es el Arno partiéndola en dos. Es descubrir almendros en flor por el camino desde el Belvedere al Mirador  de Michelangelo, donde se ve el sol poniéndose tras la ciudad.

Me gusta esta ciudad caótica y viva y no conozco a nadie a quien no le guste, Ella representa la grandeza del hombre y la alegría de vivir. Y ahora toca guardar su recuerdo, igual que se atesora una joya que sigue brillando cada vez que la miras.



lunes, 21 de noviembre de 2022

El animal que hace colas


Cola en Doña Manolita

La semana pasada, como algunos se habrán dado cuenta, no estuve por aquí sino que fui a darme una vueltita exprés por Madrid, a cambiar de aires un rato. Ya saben, un vermut en el Mercado de San Antón, una visita a Segovia, una noche al teatro, los churros del desayuno, caminatas hasta el Retiro, compra de algunos turrones en "Casa Mira"... y para de contar, porque fue un visto y no visto. Pero esta vez, además, me llamó la atención la cantidad de colas que había por todos lados. Hasta me salió un aforismo filosófico, tal como si fuera un Heráclito redivivo: "Todo viaje empieza con una cola".

Es la verdad de la vida. En el aeropuerto, nada más entrar, te obligan a hacer una cola serpenteante, a la derecha, a la izquierda, hasta llegar con la lengua fuera al mostrador de facturación. Y luego, durante la estancia, vi colas para entrar en el Congreso, colas en el Thyssen para una exposición de Picasso/Chanel, colas en el Museo del Prado, colas para entrar en Primark antes de que abran las puertas, colas en el Museo del Jamón, en "1902" para desayunar churros, en el WC de mujeres del aeropuerto... Y, sobre todo, colas kilométricas (recorrían toda la calle del Carmen y luego por lo menos dos manzanas de la Gran Vía) para comprar lotería de Doña Manolita. Gente de todo pelaje y condición regalando horas y horas de su tiempo esperando el santo advenimiento, como nos decían en el colegio. ¿Por qué lo harán?.

Leí hace poco un artículo ("Radiografía de las colas" de Enrique Alpañés) en el que explicaban que hacer colas es un mecanismo de supervivencia en ciudades muy pobladas donde hay pocos recursos para mucha gente: hacen cola para no perderse lo que sea que estén ofreciendo. Que a lo mejor también es por imitación, por eso de "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente". O tal vez sea por el instinto gregario, para sentir que formamos parte de algo: "Ah, yo no estaré en el Orfeón Donostiarra, pero hago colas que es un primor"... No sé, pero yo he llegado a pensar que a lo mejor es por vicio.  En las colas de Doña Manolita estaban horas de pie, derechos como postes, con un frío que pelaba y a veces bajo la lluvia. Al lado había mujeres y hombres con paneles llenos con la misma lotería, solo que 2 euros más caros, lotería que cualquiera podía comprar sin hacer cola. ¿Ustedes vieron que alguien se movió hacia ellos para ahorrarse las fatigas? Pues yo tampoco: nadie. Alguna explicación tiene que haber, algún atractivo que los anticolistas no hemos captado todavía.

Como últimamente me estoy poniendo sentenciosa (debe ser la edad), he registrado otra definición del hombre al lado de las que les conté aquí, cuando hablé de la faceta bailona: El hombre es el único animal que hace colas. Cuando un perro, un león o un buitre se acerca a la comida, la cosa es para el primero que llega, nadie dice aquello de "¿Quién da la vez?". 

Y porque ahora no me está dando por lo antropológico, como en otros tiempos, porque ¡menudo estudio se podía hacer de las colas! El tipo de personas, que hay en cada una, las relaciones que pueden surgir (tantas horas esperando dan para  contarse hasta los secretos más perturbadores de toda una vida), el arte de colarse en una cola (creo que los chinos son unos expertos), la diferencia entre las conversaciones de las distintas colas (yo hice una vez una cola para hablar con Joel Dicker en la Feria del Libro y en el tiempo que esperamos me hice amiga de otro lector y entre los dos analizamos su "La verdad sobre el caso Harry Quebert" por delante y por detrás. Imagino que en la cola de Doña Manolita la conversación girará sobre aquella vez que no les tocó el Gordo por solo un número y cosas así). Incluso se podría hablar de la incoherencia del hecho de hacer colas con los refranes de toda la vida, como "El que espera desespera" o "El tiempo es oro", cosas que la realidad de las colas desmiente totalmente.

Cuando volvímos a Tenerife, estuvimos metidos en el avión sin salir durante media hora ¿Qué esperábamos? A que al avión, que era el último de una larga fila de aviones que hacían cola, le dieran permiso para volar. Entonces completé mi aforismo heracliteano: "Todo viaje empieza y termina en una cola".


Cola en el Thyssen


lunes, 3 de octubre de 2022

Ay, Portugal, por qué te quiero tanto.


Ventana del Palacio Nacional de Sintra

La semana pasada no escribí mi habitual post de los lunes porque hice una escapada a Portugal, concretamente a Lisboa y alrededores. He estado allí otras veces por el norte y por el sur, pero a Lisboa es la segunda vez (la primera en el 88) y era una asignatura pendiente, después de que me quedara en tierra en el 2010 por la crisis de los controladores aéreos. Era una espina que había que desclavar.

Porque Portugal es un sitio que los canarios sentimos cercano. Oh, hasta una amiga que nos acompañaba en el viaje habló de los extranjeros que había en el hotel, sin caer en la cuenta de que nosotros también lo éramos... Y es que en Portugal casi nos sentimos en casa.

A lo mejor es porque, aunque muchos canarios no lo sepan, las Canarias fueron portuguesas en los tiempos lejanos, allá por el año 1436. Es verdad que solo fueron 52 días pero lo suficiente para aprender el bom dia y el obrigada. O tal vez se deba a que muchos aguerridos portugueses se lanzaron a los mares tras la estela de don Enrique el Navegante y llegaron a Canarias y se enamoraron de las islas (y de las isleñas), dejándonos apellidos -los de mi abuela, por ejemplo, eran Henríquez y Pestana- y palabras: nuestra lengua se llenó de portuguesismos como jeito, magua, alongarse, margullar, millo, bubango, desinquieto... o los sufijos en -ero para los árboles frutales (naranjero, ciruelero...). Hay afinidad, como un aire de familia, entre portugueses y canarios (por algo Alexandre, nuestro guía portugués, nos llamaba mi gente). Se nota en las ventanas con sus bancos adosados (aquí las seguimos llamando ventanas portuguesas), como las que vimos en el Palacio Nacional de Sintra; o en las casitas llenas de buganvillas de los pueblos más antiguos, como Óbidos, o en los balcones de hierro forjado, tan parecidos a los de aquí; o a lo mejor es que compartimos el aire y las aguas del Atlántico, el mismo horizonte que nos empujó a ambos a descubrir otros mundos y a sentirnos andariegos. Hay cercanía hasta en los alimentos preferidos, los chocos y sardinas del mar, o los huevos mole y las quesadillas.

Pero también Portugal es distinto. Tiene una historia detrás mucho más larga que la nuestra y sus particularidades propias: los azulejos heredados de los árabes con ese azul imposible que vimos en casi todos los pueblos que visitamos; el estilo manuelino de muchos de sus edificios (Torre de Belém, Monasterio de los Jerónimos, la estación de Rossio...); las grandes construcciones, como ese Cristo Rey de Almada o el Puente 25 de abril (o Puente sobre el Tajo, que me gusta más), o las enormes estatuas, como la del Marqués de Pombal, que nos saludaba cada vez que íbamos de un sitio a otro en Lisboa; los grandes ríos que parecen mares, como el Tajo y el Sado; los castillos como el de Palmela, Sintra u Óbidos, que aquí no existen; el precioso Museo Gulbenkian y sus jardines... Lisboa es una ciudad de luz y de colinas y miradores que llegan lejos hasta el mar. En ella se oye la música triste y dulce de los fados y en ella se hacen los mejores dulces, los pasteles de Belém, por los que merece la pena llegar hasta allí.

Solo un pero: en el hotel no nos ponían vino ni permitían que lo llevásemos. Y también en la Playa de Caparica -grande, dorada, llena de surferos y de cometas al viento- nos fue imposible tomarnos un aperitivo. Pero ¿no dice la canción: "Será, será que el vino alegra el corazón"? ¿Entonces? Tal vez la saudade portuguesa tiene su origen, no en lo tristes que son, sino en esa "ley seca" que algunos quieren imponer. De todas formas, nosotros la infringimos a más y mejor: tomamos oporto en las tascas del Rossio, , moscatel en Setubal, licor de ginja de la Sierra de Estrela en vasitos de chocolate en Óbidos, y vinho tinto y verde en todos los sitios que nos fueron propicios. Como para decirles a nuestros parientes portugueses lo de nuestra copla: "Un vaso de vino tinto y luego que vengan penas".

¡Ay, Portugal, por qué te quiero tanto...!

(Para Alexandre, nuestro guía, que con buen hacer y buen humor nos acercó a su tierra. Para Juan, el chófer, que nos condujo con tanta pericia hasta por la Sierra de Arrábida. Para mis compañeros de viaje por hacerlo tan placentero)


Puente sobre el Tajo



Castillo de Óbidos



Versos de Pessoa en la escalera de un bar de la Rua Augusta



Bolsa de los pasteles de Belém



Boca del Infierno, cerca del Cabo de Roca.

lunes, 18 de julio de 2022

Mi cuñado es pregonero



Antes un pregonero era cosa de las películas de Pepe Isbert en las que siempre salía uno gritando a la plebe aquello de: "¡Se hace sabeeer, por orden del señor alcaldeee...!". Ahora los pregoneros nos hacen saber otras cosas acerca del pueblo sobre el que hacen el pregón y es un honor ser elegidos para ello. En este mes de julio, bajo la amable batuta de la Virgen del Carmen, florecen en nuestras islas, tan marineras ellas, las fiestas en su honor, con sus verbenas, sus fuegos, sus ventorrillos... y su pregón, que da a todo ello el pistoletazo de salida.

En La Graciosa han nombrado este año (con toda justicia) pregonero de las Fiestas del Carmen a mi cuñado Miguel, un graciosero adoptado desde que hace 56 años recaló por allí y se enamoró de la isla. 

Allí, en la tarde tranquila de Caleta del Sebo, con el ruido del mar de fondo y delante de la gente que tanto lo conoce, Miguel contó su llegada a La Graciosa a los 16 años, su amistad con los pescadores y sus familias, sus recuerdos de una isla sin luz, sin neveras, sin televisión, sin coches... y sin médico. Cuando él (ahora un ginecólogo jubilado) era estudiante de 4º de Medicina y pasaba allí los veranos, al volver de pescar por la tarde, en el muelle lo estaban esperando siempre unos cuantos  para que hiciera las visitas a los enfermos. Lo malo es que siempre lo invitaban a whisky (sin hielo, por supuesto), con lo cual el resultado al terminar la ronda era, cuando menos, alegrito.

En el pregón salieron esas y otras anécdotas, como la vez que le dijo al Señor Perico, sentados los dos en El Palo una noche de luna clara: "Señor Perico, hoy el hombre pisa por primera vez el suelo de la Luna". Y el hombre miró a la Luna, lo miró a él, y le dijo: "Cristiano, no diga boberías". O las veces en las que los del pueblo se enteraban antes que él, por ejemplo de que se tenía que ir al día siguiente, porque los telegramas los decían en la emisora que oían todos.

Allí Miguel habló de los barcos que, entonces, navegaban a la vela latina, de las 3 ventas que había en aquellos tiempos, de los dos bares, de las parrandas... Y de los personajes: Gregorio, que le enseñó a pescar en su barco "San Borondón"; Doña Rosa, que siempre invitaba a todos a comer y luego, asustada ante el montón de gente que se apuntaba, siempre terminaba alzando la copa y diciendo. "Salud y bebamos, pero que no vengan más de los que estamos"; la pareja de franceses que practicaba el nudismo en las desiertas playas de la isla y que los gracioseros llamaban, con su sorna característica, Adán y Eva; o los ingleses, Don Patricio y Doña Silvia que, al morir sus dos hijos en un accidente, vinieron a esconder su pena a la isla más alejada y pequeña que encontraron y nunca se fueron de allí. Todos los recuerdan, evocaba Miguel, llegando a los bailes de La Sociedad, engalanados de punta en blanco, bailando toda la noche. Cuando la orquesta terminaba, los invitaban a una copa y se iban.

Todos estos recuerdos y muchos más conforman en el fondo el alma de La Graciosa. y esto, recoger su espíritu, es lo que ha hecho Miguel en su pregón: hablar de su amor por este pueblo de calles de arena y casitas blancas, por la isla pequeña bañada en luz y mar, por sus gentes, trabajadoras y generosas. Ha habido aplausos y ha gustado mucho porque a Miguel todo el mundo lo quiere y porque hay mucho que compartir. Y luego empieza la fiesta y la procesión en el mar y las coplas ("En el mar está la barca / que espera con ansiedad / para llevar en su borda / a nuestra reina del mar"). Y al final los fuegos y los "¡Viva La Graciosa!" y los "¡Viva la Virgen del Carmen!".

Luego se guardará todo y hasta el año que viene. Pero seguro que en El Palo o en los bares más de uno recordará - "¿Te acuerdas aquello que dijo Miguel en el pregón?"- , mientras las olas acarician las playas y desgastan las rocas de la isla.




lunes, 2 de mayo de 2022

Francia es una fiesta


Mont-Saint-Michel

Últimamente estoy, como diría mi abuela, muy pasiantina. En lo que llevo de año he ido a Granada, Asturias y, esta semana pasada, a Normandía, Bretaña y París. Al volver he pensado que ya me deben quedar pocos años para hacer estas escapadas y que cada vez tengo las bisagras más oxidadas, pero ¡qué diablos! por ahora dale alegría a tu cuerpo, Macarena. Y es que, además, este último viaje ha sido una fiesta.

Tal vez haya sido por el lujo de los guías que hemos tenido, como Martine en Rouen y su fino sentido del humor ("San Maclau era un monje que hablaba con los pájaros. Con las personas, no, pero con los pájaros, sí"); o como Horacio en París, que se emocionaba (y nos emocionaba) con las maravillas de la Sainte-Chapelle; o sobre todo, como Sonia, nuestra guía permanente - divertida, eficiente, culta-, a la que ya considerábamos parte de la familia.

O a lo mejor fue también el grupo tan estupendo que hicimos (éramos 23 personas), la mayoría canarios de Tenerife y otros pocos peninsulares con los que conectamos enseguida. Buenas caras y buen humor. Hasta yo me confundí un día de marido y tiré de la mano de un vasco que hacía ímprobos esfuerzos por soltarse, mientras se reía.

O fue la belleza de los paisajes o de los pueblitos de la Francia profunda: el majestuoso Mont-Saint-Michel; Honfleur, zona de quesos y manzanas; Deauville, que todavía recuerda a Coco Chanel y a "Un hombre y una mujer"; el encanto de Dinan con su jardín inglés y sus vistas sobre el río; Saint-Malo, tierra de corsarios; Pleyben y Locronan, casas de piedra y flores; Concarneau, la ciudad de las redes azules; Vannes, con sus murallas y sus 6 puertas, tan medieval ella; Nantes, la tierra de Julio Verne y Ana de Bretaña...

O fue la emoción de contemplar las playas de Normandía, todavía con sus diques para facilitar el desembarco, que nos recordó que todavía hay guerras a la vuelta de la esquina. En un grafitti en los muros de Arremanches se sigue pidiendo el no a la guerra.

O contribuyó a hacer tan especial el viaje las anécdotas con las que nos encontramos, como el gato momificado de un cementerio en Rouen ("¿Fruto de una broma de estudiantes de Bellas Artes?", pone al pie); o los confesionarios de la iglesia de Saint-Germain en Pleyben, unos cubículos medio bizantinos en uno de los cuales había un cartel que decía (se lo traduzco gentilmente): "No teniendo límite la estupidez humana, tenemos que hacer saber que los confesionarios no son retretes públicos".

¿O nos gustó tanto por las mujeres reales - tan fuertes, tan empoderadas- que fuimos descubriendo en las huellas que dejaron en la historia de su país? Jeanne de Belleville, que se convirtió en corsaria para vengar la muerte de su marido; Leonor de Aquitania, que fue a las Cruzadas y fue reina de Francia y de Inglaterra; Juana de Arco, que con 16 años ayudó a liberar a Francia de la dominación inglesa en la guerra de los Cien Años; Blanca de Castilla, que fue regente del país; Ana de Bretaña, 2 veces reina de Francia; Marie Curie, 2 veces premio Nobel y que está enterrada en el Panteón de París...

O igual el encanto estuvo en el kir bretón (licor de grosella más sidra) que nos tomábamos a la hora del apéritif, o en el calvados frío y con sabor a manzanas, o en el armagnac (que también cayó un día).

Y por supuesto, siempre nos quedará París, que tuvimos como fin de fiesta y recorrimos recordando otros viajes anteriores en los que nos sedujo igualmente. Allí estaba Notre Dame, curándose de sus heridas; la luz de la Sainte-Chapelle; el paseo por el Sena bajo el puente más romántico del mundo, el Alejandro III; el recorrido por los Campos Elíseos, la Ópera resplandeciente... Y la Torre Eiffel, que nos regaló a las 10 de la noche, en un París iluminado y acogedor, una traca final con luces doradas, estallando y recorriendo sus líneas estilizadas de vieja dama elegante.

Por todo eso fue un viaje precioso. Y claro que me cansé, que una ya tiene una edad. Seguramente viajaré menos en adelante pero no renuncio a hacerlo de vez en cuando. Como decía mi madre (que también fue pasiantina) un mes antes de morir: "Tal vez no viaje más, pero ¿y lo que me he divertido haciéndolo?". Seamos felices, pues, mientras podamos (como dicen también los jardineros).


Reloj de Rouen




Grafitti en Arremanches


Casas en Concarneau

La Sainte-Chapelle


lunes, 4 de abril de 2022

Asturias, patria querida


Torres de la Catedral de Oviedo

La semana pasada estuve de viaje por Asturias patriaquerida, ya una lo dice así,  todo junto como si fuera su adjetivo siamés, de tan conocido y animado que es su himno. No en vano lo cantamos en todos los tenderetes y cogorzas (no como el nuestro, que es un arrorró capaz de dormir a cualquiera). Llegamos el lunes pasado y la verdad es que podía haberles comentado algo como hago todos los lunes del año, pero a veces los viajes son como las semillas o como la masa del pan, que hay que que dejarlos reposar un poco en la memoria para saber qué nace de ellos y perdura.

De los recuerdos apuntados en libretitas, resumidos por la noche en la habitación del hotel, fotografiados, comentados... escojo que Asturias es, sobre todo, naturaleza. Esta es una tierra que han pisado los dinosaurios y eso impone. No aparecen, claro, en los capiteles de la vieja Colegiata románica de San Pedro pero sí hay allí cabezas esculpidas de osos, lobos, rebecos, ciervos... que fueron habituales en tiempos más salvajes y que ahora permanecen escondidos. Hoy son las vacas, los caballos, las ovejas... quienes nos miran, imperturbables, reivindicando el terreno. Los ríos -el Navia, el Sella, el Negro- lo cruzan en paz. Los caminos están custodiados por árboles altos como guardianes, algunos envejecidos con barbas de musgo gris, otros (¿espineros?), llenos de flores blancas que anuncian la primavera. Y está presente el tejo, el árbol sagrado de los celtas y de los astures, símbolo de vida y muerte, por lo longevo y por lo venenoso. 

De toda esta naturaleza, pródiga de belleza y vida, yo me quedo con la subida a los lagos de Covadonga, el Enol y la Ercina, serenos bajo un cielo gris, dormidos gran parte del año cuando la niebla no deja subir a los visitantes. En lo profundo del Enol, una imagen de la Virgen de Covadonga permanece sumergida en el agua helada, hasta que el 8 de septiembre todos los años la suben, la limpian y la festejan. Pero normalmente allí se va a estar en paz con la naturaleza, a observar el vuelo de los buitres y de las águilas de la montaña, a sentir el silencio.

Pero Asturias también es su gente, que con buen criterio vive allí desde el Paleolítico. Y más tarde los romanos, los visigodos, los musulmanes... supieron disfrutar también de las bondades de un país con picos coronados de nieve, laderas verdes hasta el mar y playas extensas de olas bravas. A lo largo de los siglos, cavaron minas, pescaron salmones y ballenas, recogieron corales y conchas preciosas, cultivaron una tierra fértil (me enteré de que el "viciosa" de Villaviciosa significa, no lo que piensan, sino precisamente eso, "fértil") y construyeron templos, monasterios y conventos para rezar a Dios. Y aunque muchos emigraron, muchos también volvieron ya ricos y levantaron, para demostrarlo, grandes casas, "las casas de indianos", que todavía hoy resisten el paso del tiempo con dignidad.

De esa sociedad, entresaco la vida pacífica de los pueblos. Por ejemplo, Llanes un domingo por la mañana: niños esperando la catequesis a la puerta de la Iglesia, parejas jóvenes paseando con el cochito del bebé, la hora del vermut en una terraza frente al puerto lleno de barcas, el chico de la patineta junto a la que brinca su perro, las dulcerías abiertas y tentando con los carbayones y las letizias (no hay que olvidar que la reina es asturiana), la vida bullendo y fluyendo, tan tranquila como ese río Sella que cruzan los piragüistas no muy lejos de allí.

Y luego, claro, está Oviedo. Que para todos los que amamos los libros sigue siendo Vetusta -mucho más grande, mucho más limpia-, el nombre tan conseguido con el que la bautizó Clarín en "La regenta". Con las torres de la Catedral , poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne:; con la estatua de ella, Ana Ozores, la regenta. en la plaza, mirando eternamente por si ve aparecer a su amante; con las sidrerías llenas de gente de la calle Gascona;  con el Campo San Francisco, que fue antes huerto de los monjes franciscanos y que ahora es lugar de paseo de ovetenses y foráneos (Woody Allen se enamoró de él y, enfrente, como añorándolo, está su estatua); con el Convento de las Pelayas y el Jardín de los Reyes, y la Catedral, y el Mercado, y el Teatro Campoamor... Oviedo, Vetusta, llena de vida. Y en la Plaza del Reloj, después de cada hora, las campanas tocan, una y otra vez, emocionándome, "Asturias, patria querida".




Lago la Ercina en Covadonga


Puerto de Llanes

(Las fotos de las torres son de Charo Borges desde el hotel. Las otras dos, mías)




lunes, 21 de febrero de 2022

Segundas veces: Granada


Sierra Nevada (nevada) desde el Albaycín

Hace 9 años escribí un post que titulé "¿Cómo que no has estado en Granada?". Y contaba allí que era la primera vez que visitaba esta ciudad, enamorada del agua, flor de la brisa, que cantaba Carlos Cano. Hablaba de la Granada mora (madera, cerámica, mármol y agua en la Alhambra, callejuelas del Albaycín, teterías de la Calderería, la Puerta Elvira...); de la Granada cristiana (no solo las iglesias, sino también el Colegio de las Niñas Nobles o el pionono); de la Granada gitana (la señora con pantuflas tocando las castañuelas con su nieto en el Mirador de San Nicolás); y, sobre todo, de la Granada viva (los mercados, las tapas, las plazas llenas de gente). Terminaba entonces, en ese diciembre de 2013, con un propósito firme: volveré.

Y ahora he vuelto por segunda vez. Leí una vez un artículo de la escritora Milena Busquets en el que decía que las primeras veces están sobrevaloradas y que ella es más partidaria de las segundas veces (y terceras y cuartas), que es cuando se llega a poseer de verdad algo. No sé si tiene razón (¿Poseer? La realidad siempre es esquiva y se esconde), pero es cierto que esta segunda vez que he estado en Granada iba buscando las dos cosas: encontrarme con la luz y la magia de entonces y descubrir nuevos rincones y momentos.

Y eso hemos hecho. Además de lo ya visto, hicimos cosas nuevas. Visitamos un tablao flamenco con unos bailaores, guitarra y cantaor magníficos, de los que ponen los pelos de punta. Nos embelesamos en la Sacristía de la Catedral con las manos de la Inmaculada de Alonso Cano, una imagen pequeña y preciosa en la que no habíamos reparado antes. Pisamos de noche, en la hora bruja, bajo una luna llena impresionante, las callejuelas empedradas del Sacromonte para ir a una zambra gitana en la que una adolescente, temblando, bailaba por primera vez (y muy bien). Compramos azafrán, el oro rojo (y a precio de oro), en el mercado de San Agustín. Pasamos por el pueblo de Soportújar, el pueblo de las brujas, y nos enteramos de que allí vivió Baba Yaga, procedente de Siberia, en su casa móvil con patas de gallina, y que el pueblo es el punto de encuentro de todas las brujas del mundo. Oímos la canción "Granada" en la voz profunda de un chico de la Tuna. Encontramos la ciudad, no con las luces de navidad de la otra vez, sino adornada con corazones y mensajes amorosos (coincidió con el día de los enamorados). Vimos almendros en flor debajo de los muros de la Alhambra desde el Paseo de los Tristes.

Así que las segundas veces (y las terceras y las cuartas) pueden ser también sorprendentes, porque, además del recuerdo y la mirada nueva, en un viaje se habla, se comenta y se comparten con los amigos momentos estupendos: la hora del vermut (que un día sustituimos por chocolate con churros en la Plaza de Mariana Pineda) o irnos de compras por las tiendecitas curiosas de los pueblos o, simplemente, alegar y reírnos y saber que vivimos juntos un paréntesis de la vida diaria.

Y también se conoce a gente nueva y puede pasar, como me pasó, que peguemos la hebra con una persona que no conocemos de nada y que te cuente parte de su vida y te confiese por qué ya no reza. O que te expliquen, como nuestra estupenda guía, Estrella, no solo todo lo que hay que saber de su ciudad,  sino también cómo se hace el remojón granaíno (aceitunas, bacalao, naranja, cebolla y aceite) o la vida y muerte de García Lorca. tan bien contadas que me emocionó. O escuchar a la panadera del pueblecito de Capileira, en plena Alpujarra, decirnos que le encanta su profesión. El único inconveniente -dice- es que te tienes que levantar a las 2 de la madrugada.

Por encima de todo me ha gustado el humor granaíno que se ve por todas partes: en la petición de los habitantes de Pitres, un pueblo de la montaña, a su alcalde para tener un paseo marítimo. Y este, ni corto ni perezoso, lo que hizo fue cambiar el nombre a su calle principal y llamarla así, "Avenida Marítima", con su ancla y su barca y todo. O el Barrio de La Chana ¿En qué otra ciudad del mundo se le da nombre a un barrio por su habitante más famosa, una señora de muy buen ver a quien visitaban con asiduidad muchos buenos (y no tan buenos) mozos de Granada?.

Así que no se corten en revisitar los sitios ya conocidos. Y, si son tan bonitos como Granada, no se debe uno despedir de ellos para siempre, como hizo Boabdil, el último rey musulmán, desde el sitio que hoy se conoce como el Puerto del Suspiro del Moro. No, como dije hace 9 años y repito ahora, hay que decir (sin suspiros): "Volveré".








(Para Estrella, nuestra guía y mentora, que, con gracia y sabiduría, nos hizo amar Granada)


jueves, 28 de octubre de 2021

Volver a viajar


En el Faro del Cabo Ortegal, cerca de donde se separan el Atlántico y el Cantábrico

De repente y como si nos sacudiéramos una pesadilla de encima, han surgido por todas partes unas ganas locas de volver a viajar. Los jubilados claman por el Imserso, los que no, aprovechan todos los puentes que puedan para lanzarse a recorrer mundo, como si se hubieran convocado unas nuevas cruzadas. Se ve optimismo en el aire. Y, siguiendo la tónica -no va una a ser menos-, esta semana nos hemos ido a las Rías Altas con un grupo de amigos a festejar la luz al final del túnel. Como Tolkien decía, la casa atrás, delante el mundo / y muchas sendas que recorrer.

Y es que ¡qué bueno es descubrir (y redescubrir) sitios nuevos! Bosques de castaños y robles centenarios, playas kilométricas de arenas rubias (y una muy especial que no conocía, la de Las Catedrales, con rocas imponentes), acantilados sobre un mar transparente, cielos luminosos, pueblos marineros y ciudades que existen desde hace siglos, mercados limpios de los que dan ganas de comprar de todo, faros del fin del mundo, campos de manzanos cargados de fruta para hacer sidra, y galerías acristaladas en muchas casas -quitapenas las llamaba Emilia Pardo Bazán- para recibir calor y luz y ver pasar el mundo... Pastos, mar, montañas suaves, verde, playas, rías, tranquilidad.

¡Y qué bueno es también que te vuelvan a contar historias! De piratas que querían conquistar una ciudad de lluvia y cristal; de mujeres valientes que, con sus hombres en la mar, se plantaron defendiendo lo suyo; de indianos ricos que venían de América e invertían en su tierra; de pescadores que pasaban largas temporadas fuera: Antaño -decía bajo la estatua de una ballena en Malpica- hombres fuertes de Malpica cazaban ballenas en mares lejanos; de peregrinos que recorren los caminos desde muy lejos para llegar emocionados ante un santo y rezar a sus pies, mientras de fondo se oye la música de una gaita...

Esta es una tierra antigua, acostumbrada a las brumas y llena de mitos, leyendas y tradiciones. Ya lo cantaba Luis Eduardo Aute: Imagínate a Galicia como un húmedo aquelarre... Aquí cuentan que, cuando Dios descansó el 7º día de la creación, extendió sus manos sobre la tierra y con el surco de sus dedos se formaron las rías, los verdes como rías de esmeralda, de Aute. Aquí hay demonios que hacen un puente en una noche y campos de estrellas que señalan la tumba de un apóstol. Aquí se tiene miedo de la Santa Compaña y de las brujas, que haberlas, haylas. Pero, si atraviesas la Puerta Santa de la Catedral de Santiago en años de jubileo como este, se te perdonan todos los pecados.

Y aquí, además, abundan las leyendas. Como la del rey Breogan, del que se decía que veía Irlanda desde Coruña (que ya es tener vista de lince, oye). O como la de los cruceiros, que se levantan como protección en los cruces de caminos, donde se dice que hay ocultas puertas hacia otros mundos. O la de la mujer a la que entretuvieron en el Puente del Pasatiempo (Mondoñedo) y no pudo llegar a tiempo con el indulto para su marido.

Y por todos lados, tradiciones y rituales: hay hierba para enamorar, que ha de ponerse para que surta efecto en el bolsillo del que se pretende conquistar sin que se dé cuenta. Si hay excedente de vino, se pone una rama de hiedra sobre la puerta y así se sabe que puedes ir allí (con amigos y comida) a aprovecharlo. O el Día de difuntos se les hacía a los niños un collar de castañas guisadas que se iban comiendo por el camino. Un antiguo Halloween en la Galicia profunda.

Un pueblo así colma y enriquece el espíritu. Más cuando se descubre a sus gentes, tan parecidos a los nuestros de La Palma. Son amables y cercanos. Oh, tienen hasta un pueblo que se llama -se lo juro- Cariño (¿sus habitantes serán cariñosos?); son parranderos, no paran de celebrar fiestas, feiras y romerías en casi todos los pueblos; son imaginativos ¿Dónde, si no, se ha visto una fiesta dedicada a una sirena (fiestas de la Maruxaina en San Ciprian)?; y son exagerados: los de Betanzos, por ejemplo, lanzan en las fiestas "el globo más grande del planeta" y hacen la tortilla más rica del mundo (y eso que no probaron las que hacía mi madre).

¡Y qué bueno es hacer un viaje como este en buena compañía, con amigos con los que hablar y compartir!. Cualidades buenas para este menester son camaradería, tolerancia, adaptabilidad y, sobre todo, buen humor.

¡Qué bueno, qué bueno es viajar otra vez! Y Tolkien de nuevo: Luego el mundo atrás y la casa delante; / volvemos a la casa y a la cama. Volvemos pero con un montón de buenos recuerdos en la maleta. Y así hasta la próxima.


Parque das Galeras en Oleiros con el Castelo de Santa Cruz

P.D.: Para Raquel, Bea y Alejandro que organizaron, acompañaron y nos guiaron en un viaje fantástico. Para Mónica, Sonia y Begoña, que nos enseñaron Coruña, Santiago y Betanzos. Y para mis compañeros de viaje. Con toda mi gratitud.

lunes, 20 de enero de 2020

Que salga el sol por Antequera


(Antequera al ponerse el sol. Al fondo, la Peña de los Enamorados)

Siempre me ha gustado el dicho "Que salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera" (o "y póngase por dónde quiera"), porque es en realidad un grito de guerra, una frase para que no nos desanimemos ante los escollos, piedrecitas y toniques que la vida nos va poniendo en el camino y para que nos lancemos a la aventura.

El origen está en que allá por el siglo XV en Granada, cuando estaba de moda conquistar ciudades al moro, el Infante Fernando estaba dudando de si merecía la pena meterse en tamaño berenjenal o no, cuando se le apareció Santa Eufemia (los santos eran entonces muy de aparecerse, ahora ni se asoman), rodeada de leones y ángeles (qué menos) y le animó a ir a por todas y ¡que salga el sol por Antequera (sitio por donde nunca sale visto desde Granada)! El Infante Fernando sacó pecho, se decidió y terminó tomando Antequera que hoy, agradecida, le tiene dedicada una de sus calles principales y a Santa Eufemia, el patronazgo de la ciudad.

La casualidad es que aquí, en Tenerife, también tenemos nuestra Antequera, una playa escondida y estupenda al pie de la cordillera de Anaga a la que habré ido tres veces en mi vida. Y más de una vez he oído completar el dicho y hacerlo nuestro con "Que salga el sol por Antequera y en Guamasa se pose". Hay que tener en cuenta que en una isla el sol sale y se pone por el mar (según donde te pongas) y que en Guamasa, siempre tan nublada, no es visitante habitual. En los dos casos de las dos Antequeras, significa lo mismo, otra manera de decir "p'alante" más allá de las indecisiones.

El caso es que esta semana he dormido 5 noches en la Antequera de Málaga en un viaje de Turismo Social (que es como se llama ahora el Imserso) y me ha encantado. Vamos, que le diría al Infante Fernando que tuvo buen ojo. "Antequera" significa "la Antigua" y algo de eso se siente si nos metemos en la cueva de Menga, una galería dolménica de piedras gigantescas levantada por los antequeranos de hace 6000 años. Lo curioso de esta cueva es que tiene un pozo del que casi no se ve el fondo (19,5 m.) y que, en lugar de que la salida esté orientada al sol como las demás, mira hacia la Peña de los Enamorados, una curiosa formación montañosa en forma de cabeza de indio narigudo de la que también se cuentan leyendas. Me puedo imaginar a los que construyeron Menga arrastrando la losa más pesada (180 toneladas) y diciendo: "No puedo con esto", "Sí, hombre sí, empuja tú un poquito por ahí que yo tiro otro poco por aquí... ¡y que salga el sol por Antequera!". Una cosa estupenda es que el pueblo tiene casi tantos bares como iglesias y conventos, y eso dice mucho de un pueblo. Y dulcerías donde comer el bienmesabe o restaurantes donde probar las migas o la porra antequerana, uno de mis platos preferidos.

Es, además, una buena base para acercarnos a Málaga, siempre tan luminosa; o a la Costa del Sol, con sus yates y su barco de Chanquete; o a pueblitos andaluces de callitas empedradas y de rejas de las de enamorar en las ventanas: Frigiliana, Mijas la de los burritos tristones, Setenil de Las Bodegas bajo las rocas, Nerja o Ronda, la de los bandoleros, asomada a ese tajo impresionante que solo un también impresionante puente puede salvar. Y todo eso en medio de un paisaje de olivos y almendros en flor, salpicado de lagunas que sobrevuelan las garzas y los flamencos. Momentos para el recuerdo: dos guitarristas tocando delicadamente "Recuerdos de la Alhambra" de Tárrega al lado del tajo de Ronda; un vermut en una terraza sobre el mar transparente de Nerja; o la lápida puesta en la tumba de Torrijos en Málaga (tapada durante la dictadura): "A vista de este ejemplo, ciudadanos, antes morir que consentir tiranos".

Fue un viaje bonito y entretenido. Y corto como nos gustan ahora que nos cansamos más. Pero da igual. Alguno de mis compañeros de viaje hasta llevaba muletas ¿Y eso fue acaso un obstáculo? Que nos salgan muchas ocasiones como esta para disfrutarlas... ¡y que salga el sol por Antequera!

(Para María José, Edu, Ana 1 y Ana 2, nuestros guías, que nos explicaron estupendamente los dimes, diretes, datos, fechas, historias, leyendas, personajes... de una tierra única. Gracias.)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Una casa como Rivendel




Rivendel es, en los libros de Tolkien, la casa de Elrond, el medio elfo. "Oculto en algún lugar delante de nosotros está el hermoso valle de Rivendel, donde vive Elrond en la Última Morada", anuncia el mago Gandalf cuando va con los enanos a rescatar un tesoro perdido. En la "Guía de lugares imaginarios" de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi se dice de Rivendel que es un "valle abrigado y profundo a orillas del río Sonorona y al oeste de las Montañas Nubladas de la Tierra Media. (...). Es una casa grande, con corredores, escaleras y salones, construida en lo alto y con vista a jardines de flores fragantes". Cuando Bilbo Bolsón la conoce en "El hobbit" la describe de esta manera: "La casa era perfecta tanto para comer o dormir como para trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente quedarte sentado pensando, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no tenía cabida en aquel valle". En ella te puedes encontrar a un grupo que compone una canción, a otros que hablan junto al jardín o a quien dormita junto al fuego. Cuando Frodo finalmente va allí en "El Señor de los Anillos", después de una aventura terrible perseguido por los Jinetes Negros, sabe enseguida que es un lugar en donde parece imposible sentirse triste o deprimido, una casa en que el tiempo se pasa sin sentir y que basta estar allí para curarse del cansancio, el miedo y la melancolía.

Aunque estemos en el mundo real y no en una epopeya fantástica, y aunque parezca mentira, hay lugares de estos en el mundo, casas así, donde sientes que estás seguro y en paz. La casa de mis amigos Juan y Carmen, un lugar visitado por mí desde hace años, es uno de esos sitios y cada vez que voy me acuerdo de Rivendel.

La semana pasada estuve allí en una celebración anticipada del Día de Acción de Gracias que nos suele organizar cada año Leslie, un amigo americano que quiere compartir con los demás esa fiesta que le es tan grata. Comimos pavo con su relleno y su salsa gravy y tuvimos una larga sobremesa de conversaciones tranquilas mientras la tarde caía sobre la casa en los altos de Tegueste. Y es en esos momentos cuando me recuerda a Rivendel, la casa élfica. Nadie parece tener prisa ni lugar asignado y cada uno se mueve por donde quiere. Hay cuatro que se han ido a una mesa pequeña al fondo a jugar al dominó y se oye el rumor de sus jugadas y el sonido de las fichas en la mesa. Hay grupos que hablan y comentan y gente que va y viene entre ellos. Hay quien entona una canción a la guitarra y quien duerme una siesta tapado con una manta al lado del fuego de una chimenea que crepita, cálido, toda la tarde. Hay una chica joven que rodeada de primas y hermanas, da de mamar a su bebé recién nacido que mira asombrado el mundo alrededor. Hay quienes ojean libros que están en una repisa esperando por si a alguien le apetece llevarse alguno y quienes están sentados solos simplemente pensando mientras se toman una copa. Y todos parecen sentirse en paz viviendo y disfrutando del momento único. A mí me llega el eco de Tolkien: "Basta estar aquí para curarse el cansancio, el miedo y la melancolía".

Por supuesto, toda casa es un reflejo de sus dueños y ellos, Carmen y Juan, personas buenas y generosas donde las haya, hicieron esta casa pensando en abrirla a familiares y amigos para que fuera un sitio así de especial en el que la hora de irte siempre llega por sorpresa y al que siempre tienes ganas de volver. Lo han logrado. En lo alto de la puerta que da salida al jardín, donde corren y juegan los niños, un letrero proclama el lema de la casa: "Vivir es compartir". 
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