lunes, 31 de diciembre de 2012

Ella Habla Sola




Llego al fin de año con una ronquera tal que parezco Darth Vader. A más de uno he asustado, no crean, cuando contesto con un “diga” cavernoso y asfixiante al teléfono.

La arrastro desde el día 21 en que fui a la fiesta de mi antiguo Instituto, y una cosa llevó a la otra. Sí, ya sé que lo que debería haber hecho es quedarme callada como un tuso y recogida en casa, tragando litros y litros de tisanas de tomillo, miel y limón. Pero ¿quién se resiste a la vorágine de estos días? Después del 21 llegaron la Nochebuena y el día de Navidad, y después, el jueves, una comida con algunas “niñas” del colegio, y, empatando, una merienda-cena que dio mi hermana para brindar por su cumpleaños; el viernes, la cenita de los ídem con los amigos, y el sábado, el bautizo de mi sobrina-nieta. Y hoy, fin de año ¿Quién puede permanecer callada ante tanto evento?

Pero es que además de mi natural locuaz, yo soy una Mujer que Habla Sola, como llama también a su madre Manuel Rivas en su última novela “Las voces bajas”. Así que estos días a los eventos y a las llamadas telefónicas hay que sumar que me he pasado el tiempo musitando como Gollum por toda la casa.

Tampoco consuela saber que somos muchos los que hablamos solos. Estoy segura de que la mitad de esa multitud que va por la calle con el móvil en la oreja o con el manos libres, en realidad están disimulando y lo que hacen es echar solos parrafadas al aire que no quieren reconocer ni locos. Yo, por lo menos, lo confieso: hablo sola cuando trajino por la casa y mantengo conversaciones fluidas con la lavadora o el ordenador; hablo sola cuando cocino (“esto está quedando riquísimo” le digo a las paredes) o cuando conduzco (“¿Todavía estás vivo?” le digo cada día a un perrillo al que le ha dado desde hace meses por sentarse en medio de la calle).

Si se fijan, los que hablamos solos sí tenemos interlocutores, llámense máquinas, paredes, perrillos, la humanidad o “el otro que siempre va conmigo”, que decía Machado. Y es que creo que necesitamos verter hacia fuera todo lo que se nos almacena en la cabeza, no sea que explote. Hasta mi hija me dijo que leyó que los soliloquios son buenos para el cerebro. Pero, por lo que se ve, no para las cuerdas vocales.

Machado dijo también que “quien habla solo espera hablar con Dios un día”. Yo, la verdad, no aspiro ahora a tanto. Sólo a tener una voz clara y cristalina como el sonido del champán al caer en las copas esta noche; y fuerte, como el ruido de los petardos que le van a dar la bienvenida al año 2013.

Por ahora, un feliz año a todos, bronco y carrasposo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Tengo una noticia buena y otra mala





La buena noticia es que no se acabó el mundo el 21 de diciembre. Aunque a mí realmente el pronóstico maya nunca me preocupó. Durante toda mi infancia cada año mi prima Mª Elena (un año mayor que yo) me informaba puntualmente de que, según su vecina Fefa, el próximo año sería “la” fin del mundo. Así, con “la”, que suena más estremecedor. Después de eso, una se acostumbra a catástrofes y apocalipsis. Donde estén las Fefas, que se quiten todos los mayas del mundo.

La mala noticia, claro, es que los periódicos van a seguir llenos de malas noticias (la tragedia vende más). Por eso, a lo largo de este 2012, como quien busca perlas en el fango, he estado coleccionando buenas noticias de primera página.  He descartado premios y triunfos políticos y deportivos, que siempre serán malas noticias para los derrotados; o bodas de duquesas y princesas, que no gustarán a los austeros. Me he quedado sólo con aquellas noticias que a todo el mundo pueda parecerles bien, teniendo en cuenta que siempre hay gente que ni fu ni fa, y pitufos gruñones que digan “a mí no me gustan las buenas noticias”. Helas aquí:

Aparecieron dos buenas noticias relacionadas con el arte. Una, en febrero, cuando el Museo del Prado presentó una copia remozada de la Gioconda, que a algunos les gustó más que el original; y otra,  en mayo, cuando se descubrió un nuevo Tiziano, que dormía “apagado por siglos de olvido, guerras y devastadores repintes”.

En ciencias, hubo otras dos buenas noticias. En julio se descubrió el bosón de Higgs, con el que se dice que entenderemos (o entenderán ellos) por fin el universo. Y, en diciembre, una terapia génica (ya en julio se había dado luz verde a este tipo de terapias) permitió curar y ver la sonrisa de Emma Whitehead, una niña de 6 años que había sido desahuciada por leucemia.

Y hubo una noticia del mundo natural, ya empezada en abril, cuando se dijo que el Guadiana volvió a abrir los ojos después de casi 30 años, y completada en noviembre cuando en la madrugada del día 12, en un ecosistema que se creía devastado, el Alto Guadiana volvió a correr y el agua a fluir como antaño.

Es decir, 366 días para cinco noticias buenas de primera plana ¿Qué conclusiones se pueden sacar de esto? Ya, ya sé que no muy buenas. Pero, para los optimistas, son signos de que, entre el ruido y la furia, la vida sigue; de que hay gente trabajando en los museos y científicos en los laboratorios; y de que, hagan lo que hagan los hombres, la naturaleza sigue su curso. Son pequeños brotes verdes que nos dan esperanza, como los que vimos después del incendio de La Gomera.

Y también, al final, siempre nos quedará la familia. En la mía celebraremos juntos la navidad un montón de adultos, entre los que hay jubilados como yo, pero también trabajadores, un par de ellos en paro, y estudiantes. Y hay además 9 niños que son el alborotador y esperanzador futuro, los brotes verdes. Este año, una más, Marta, mi sobrina nieta que viene desde la lejana California a bautizarse con aguas canarias.

Y eso, el poder reunirnos y el que la familia aumente, es realmente la mejor noticia.  

lunes, 17 de diciembre de 2012

Soy una anciana




Cuando mi madre –una mujer vital y activa a la que le encantaban los viajes y las reuniones- tenía 65 años, me comentó un día, indignada, que había leído una noticia en el periódico sobre “una anciana de 65 años”. “¡65 años, una anciana!”, decía furibunda. “¿Tengo yo pinta de ser una anciana?”.

Y es verdad que la palabra “anciana” parece ahora haberse convertido casi en un insulto, lejos de Los Ancianos de las antiguas civilizaciones. Recuerdo también a mi abuela discutiendo con mi primo Néstor por no sé qué cosa y como éste le dijo condescendiente: “Abuela, es que tú eres una anciana”. Mi abuela lo miró, con ojos centelleantes y, desde lo alto de su corta estatura, le espetó: “¡Anciana, tú!”.

Y mira tú por dónde, el otro día, mientras me miraba al espejo y me ponía crema hidratante en la cara, para, como decía Mafalda, maquillar los “ya” para que parezcan “todavía”, me di cuenta de que en tres meses cumplo yo 65 años. Y me encontré diciéndome. “¡Soy una anciana!”.

Pero no. No todavía.

Hace poco participé como jurado, en calidad de autora del “Blog de una jubilada”, en un concurso patrocinado por Philips sobre “Mayores activos e independientes”. Se presentaron cerca de 70 proyectos y los premiados fueron “Salir de casa”, un proyecto contra la soledad que intenta evitar lo que se dice de que “los jóvenes van en grupo, los adultos, en pareja, y los viejos van solos”; y “Teátrate”, sobre la participación de los mayores en ese mágico juego que es representar un papel, ser otro, en un escenario.

Esta semana pasada volví a Madrid para la entrega de premios y, en este acto, hubo ponencias interesantes sobre nosotros, el mundo de los mayores, la tercera edad, los viejos, los ancianos. Me enteré de que, de todas las personas que en la humanidad han cumplido 65 años, dos terceras partes viven ahora; que cada día que pasa aumenta la esperanza de vida 6 horas; que en 2030 España será el país más viejo de la Tierra, por encima de Japón; que más de mil ciudades europeas se han convertido en “amistosas” con el envejecimiento; que las tecnologías médicas han contribuido al hecho de que cada vez envejezcamos mejor y más sanos… Incluso un ponente optimista (demasiado optimista, tal vez) habló de que la inmortalidad puede estar al alcance humano.

Al final, Ángeles Barrios, la organizadora del evento, tan encantadora como eficiente, me invitó a mí, única jubilada entre los ocho miembros del jurado, a que subiera al estrado para entregar uno de los premios. Y allí, entre Ángeles por un lado y, por el otro, María Iglesia Gómez, Jefa de la Unidad de Innovación para la salud de la Comisión Europea (que entregó el otro premio), estaba yo, representando, no a los ancianos, que evocan imágenes de decrepitud e indefensión, sino a los mayores activos e independientes. A personas como Kant, que escribió sus mejores libros con más de 60 años; o Billy Wilder, que hizo películas estupendas hasta los 75 ( y no hizo más porque las aseguradoras no querían asegurar a alguien tan mayor) y que dijo aquello de “quiero morir a los 104 años, completamente sano, asesinado por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”; o Mamá Nena, la suegra de mi hermano, que hasta los 92 años estuvo haciendo de comer para toda la familia.

Después del acto y la copa de vino español, que fue a mediodía, me fui a dormir una siesta de dos horas al Hotel y, por la tarde, fuimos mi marido y yo, paseando despacio hasta el Teatro Maravillas, que estaba cerca, a ver a Verónica Forqué que en “Shirley Valentine” hace una canto a la vida. Todo muy relajado, tranquilo y sosegado.

Porque anciana, no, pero una ya tiene una edad. Y hay que tomarse las cosas con calma y filosofía.



lunes, 10 de diciembre de 2012

La madre que la parió




Estamos en tiempo de presentar libros. Lo han hecho Elvira Lindo con su último Manolito Gafotas, y Pippa Middleton, que también presentó uno titulado “Celebración” para lo cual, según leí en una revista, se cambió tres veces de traje. Y lo ha hecho mi hija Ana con su primera novela, “El blog de la Doctora Jomeini”, el martes último en la Librería Lemus. Y ni ella, ni yo, que oficié de presentadora, necesitamos cambiarnos de traje en el par de horas que duró el evento. Es lo que tiene pertenecer al pueblo llano.

A pesar de este inconveniente, me encantó el acto.

Me gustó estar rodeadas de libros, mudos y a la vez elocuentes compañeros de rodaje, tanto para Ana como para mí.

Me gustó la comodidad de estar arropadas las dos por miradas y sonrisas amigas.

Me gustó la idea de Paco Lemus de hacer un maridaje entre libros y vinos y que brindáramos, después de hablar todos, con un vinito frío y afrutado que Domingo, el dueño de las Bodegas Marba, nos ofreció.

Me gustó que el libro de Ana se vendiera bien; que Julia, Luci, Jesús, Chari, Araceli, Pedro… me dijeran que les había atrapado; que sea una ocasión para entretenernos y disfrutar, que falta hace.

Me gustó el buen humor de la gente, las conversaciones en corrillo mientras probábamos el pique que prepararon Tere y Luci.

Pero, sobre todo, lo que más me llegó al alma fueron las palabras de mi hija sobre por qué cuernos me pidió a mí que le presentara el libro.

Sólo por esto merece la pena ser la madre que la parió.

(Para los que no fueron, adjunto los vídeos de la presentación, un poco cortado al principio cuando , como el rey, digo eso de “es un motivo de orgullo y satisfacción" y hablo de lo orgullosa que estaría mi madre si estuviera allí)


lunes, 3 de diciembre de 2012

La princesa prometida




Una de mis películas favoritas, vista y revista un montón de veces, es “La princesa prometida”.
Me gusta ese aire de cuento antiguo que tiene, esos nombres cautivadores que nos llevan a la infancia, como el reino de Florín, el Pantano de Fuego, los Acantilados de la Locura, el Foso de la Desesperación. Me gustan sus personajes malos malos, como el inteligente Vizzini, que presume de ello diciendo: “¿Habéis oído hablar de Platón, Aristóteles, Sócrates? ¡Unos incultos!”. O el cobarde Príncipe Humperdinck y el malvado Conde Ruger con sus 6 dedos en la mano derecha… Y me gustan los malos buenos, el español Iñigo Montoya (“Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, la frase más famosa de la película) y el gigante Fezzik que habla con rimas malas (“Fezzik, ¿hay rocas delante? “Si las hay, son horripilantes”).
¡Y los secundarios…! Ese obispo fañoso que habla de “¡el madrimoñio, eze zueño dendro de un zueño…!”; ese rey que, como muchos reyes, no se entera de nada; ese Billy Cristal irreconocible dando vida al Milagrero Max, que resucita a un muerto con una píldora de chocolate; o ese invisible y temible pirata Roberts, que cede su nombre (que es lo que verdaderamente da miedo) y se retira, forrado, a La Patagonia.
Es un cuento contado por un abuelo (Peter Falk, el Colombo de nuestra época) a su nieto (el niño de “Aquellos maravillosos años”), que está en la cama con gripe y al que lo que le interesa son los videojuegos y no un libro, ante el cual pone cara de asco, diciendo “Para, abuelo, ¿es una novela de besos?” y preguntando si trae algo de deportes. “¿Bromeas? –contesta el abuelo- Esgrima, peleas, tortura, venganza, gigantes, monstruos, persecuciones, fugas, amor verdadero, milagros…”
Y me encanta lo optimista que es. Cuando Westley y Buttercup, el chico y la chica, van por el Pantano de Fuego, un sitio espantoso con arenas movedizas, fuegos repentinos que te incendian los bajos de la falda y unas ratas del tamaño de vacas, muertas de hambre, Westley dice: “No me construiría una casita aquí, pero los árboles son preciosos”.
La vida no es una fiesta. No hay día en el que los periódicos no anuncien desgracias e infortunios sin fin que te dejan el alma encogida: muertes, desahucios, recortes, malos pronósticos, paro, privatizaciones de lo que debería ser público y universal… Así que mi propuesta hoy es que, para los ratos grises que el mundo está empeñado en proporcionarnos, lo mejor es sentarnos ante la tele, bien repanchingados en el sillón favorito con los pies estirados, y regalarnos esta joyita. No me digan que no anima un diálogo como éste, dicho en medio de un bosque de calamidades:
Buttercup: Nunca sobreviviremos.
Westley: ¡Tonterías! Sólo lo dices porque nadie lo ha logrado nunca.
Pues eso.




domingo, 25 de noviembre de 2012

Cartas del más allá




Esta es una entrada escrita hace 8 años, casi recién jubilada. La repongo con fecha actual porque no hay nada como el pasado para replantearnos el hoy.

Mi padre, que era muy ordenado, dejó todas las cartas que había recibido en su vida en carpetas, año por año, desde el año 37 hasta el 2006 en que murió. Y ahora me toca a mí (que tengo tiempo) ver lo que se hace con ellas. Así que muchas tardes como ésta, en la que cae una lluvia mansa y apetece sentarse cerca de un fuego, voy leyéndolas poco a poco y tomando notas de cosas curiosas para comentárselas después a mis hermanos y a mis primos.

Leyéndolas, descubro en los años de la guerra a mi abuela, joven, con 39 años y siete hijos, de los que ya se le han muerto dos, angustiada porque al mayor con 19 años lo han movilizado.“Me paso la vida llorando y muy triste”, dice. Y a mi abuelo, que era contratista, carpintero, poeta y periodista y que hacía objetos bellos (todavía tengo un batidor de chocolate de madera hecho por él). Morirá a los 60 años pero en ese tiempo todavía tiene 46 y escribe a mi padre, que entonces tiene 17 y está trabajando en el Ayuntamiento de Garafía, con una letra preciosa, ancha y firme, que yo no conocía hasta ahora. Y le da consejos, le cuenta de la vida en La Laguna (acaban de mudarse desde La Palma) y le manda poesías, como una muy bonita que se llama “Infancia” y que empieza así: “Para colgar mi columpio/ de dos fúlgidas estrellas,/ al Teide subí una vez./ Estaba limpio el sendero,/ sobre mi frente el azul,/ la nieve bajo mis pies…".

Y, mientras, mi tío y los amigos de mi padre, desde el frente, casi ni nombran la guerra aunque dicen que se va a terminar enseguida. Desde Figueras un amigo le cuenta a mi padre en junio del 39 que están custodiando un tesoro abandonado por los rojos de cuatro mil millones de pesetas en oro y plata: Y comenta: “Estoy durmiendo a 10 metros de donde está esa riqueza, pero…”.. Y otro compara “la vida que nos pasábamos ahí juntos, como el día que estuvimos en la bodega y la fiesta de las Nieves, con la situación lamentable en que hoy nos encontramos”. Y otro dice: “Aquí en la trinchera tenemos ratos de música. Lo que nos faltan son chicas para hacer bailes”. Porque sobre todo de eso es de lo que hablan, aparte de los sitios de la península que van conociendo: de chicas. Mi tío le dice a mi padre que le busque una madrina de guerra en Garafía que sea bonita, aunque ya tiene una en Vigo, otra en Córdoba y otra en La Laguna. Pero un amigo, que también le pide direcciones de chicas para solicitarlas como madrinas, más práctico, le dice: “Tú no te ocupes de que sea guapa o fea, sólo que mande algo de esa tierra garafiana. Así tendré en mis manos buenos higos, nueces y almendras que comer”.

Porque esa es otra: la vida material, el día a día, los pocos recursos que hay. Mis tías no encuentran zapatos para los niños, “no hay hilo blanco, dicen, ni siquiera para zurcir”; la carne y el pescado están carísimos y no hay café.

Y, al mismo tiempo, las cartas van desgranando sucesos (un incendio en una trilla de La Laguna en el 39 que, con la que estaba cayendo, destruyó todas las cosechas; o en el 49 el volcán de San Juan en La Palma…) pero también las penurias de la emigración desde Venezuela o Cuba o de la mili en Sidi Ifni; y las pequeñas cosas, como cuando a mi madrina le querían cobrar 10 céntimos en Gerona por el asiento en la iglesia, o las peregrinaciones, las fiestas y los cotilleos:”Pepa está gorda como una pelota y el sábado se le casa el novio con otra”, dice mi tía-abuela Isabel.

Y, en medio de todo esto, en muchas cartas, al lado, por ejemplo, de donde mi abuela le dice a mi padre que se abrigue mucho, no vaya a coger un catarro, está el sello rojo que dice “Censura militar. La Laguna”.

Cuando termine de leerlas, probablemente haré lo mismo que mi padre: guardarlas en carpetas por si algún nieto algún día tiene tiempo y ganas de sentarse algunas tardes como ésta con ellas. Porque, al final, es ésta una tarea entretenida, que te va enganchando, y las vas leyendo como si fuera una novela, aunque casi sin darte cuenta todas estas voces te están contando tu propia historia y la de tus hijos y nietos.
Pero también, en el fondo, están contando la historia de todos nosotros.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Puenteando




Anda el gobierno jodelón, empeñado en quitarnos, no sólo las grandes e imprescindibles cosas, sino también las pequeñas, esas que en estos aciagos tiempos nos mantienen la alegría de vivir.

Primero fue el cafelito de media mañana que el señor Beteta dijo que se tenía que terminar, hombre, que hasta ahí podíamos llegar. Después fue la paga de Navidad que, aunque exigua, daba para el turrón y las uvas. Y ahora quiere quitar los puentes, una tradición nacional, tan querida por todos, gracias a la cual  mucha canita al aire hemos echado por esos mundos.

¡Ese puente del Pilar, ese Todos los Santos, el maravilloso acueducto del día de la Constitución –muchos no se la han leído pero todos saben que su día es el 6 de diciembre- , ese 1º de mayo y, en Canarias, ese 30 de mayo! No es que quiten la fiesta, no. Todavía no se han atrevido a tanto (pero todo se andará). Sólo la juntan con el domingo quitándole a los puentes lo mejor, su razón de ser, su hueco etéreo entre dos firmes pilares.

Quedan para el recuerdo buenos viajitos puenteros, como varios que hicimos de rutas enológicas por la Ribera del Duero, Rueda y La Rioja. O uno que fuimos cantando, como Carlos Cano, desde Ayamonte hasta Faro. O aquel, al Londres de diciembre, quitándonos el frío en pubs ahumados. Se acabaron esos miniplaceres para los trabajadores. Y para los jubilados, también se recorta el Imserso, hala, no sea que empiece a parecernos Jauja Lloret de Mar nevando. A quedarnos recogiditos en casa, como tiene que ser.

Para mí que lo que les pasa a nuestros próceres, aparte del sadismo con que nos tratan, es que no han captado lo hermoso que es un puente, tanto en lo físico como en lo psíquico.

En lo físico, los puentes unen orillas, salvan abismos, abren caminos. Hay en Santiago del Teide un puente pequeño que, cuando pasábamos por allí, siempre llamábamos “el puente al campo” porque no parecía ir a ninguna parte. Pero un día paramos y vimos que conducía a un Vía Crucis, el Camino de la Virgen, que sube por la montaña. Todo puente tiene su sentido, desde ese hasta el Puente de las Cadenas de Budapest, que cruza el Danubio, o el de San Francisco que el cine nos ha regalado.

Y en lo psíquico, los puentes unen a las personas. Puentes hacia los otros son una buena conversación, un libro, una película, este blog… Si te sientes solo, dice el dicho, es porque construiste muros en lugar de puentes. Y sí que veo a nuestros gobernantes instalados en cierta soledad…

De todas formas, el calendario les ha frustrado las ganas de fastidiar. En 2013 los festivos caen en viernes, lunes o fines de semana y les ha impedido hacer el machuca y limpio que pretendían y que dejarán para el 2014.

De aquí a allá podríamos hacer una fina campaña de mentalización pro-puentes, con mensajes sutiles como este poema de la mismísima Marilyn Monroe, que empieza trágico y premonitorio pero termina con una frase optimista que podríamos elegir como lema:
Ay maldita sea me gustaría estar
muerta –absolutamente no existente-
ausente de aquí –de
todas partes pero cómo lo haría.
Siempre hay puentes –el puente de Brooklyn.
Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura    
y el aire es tan limpio) al caminar parece
tranquilo a pesar de tantísimos
coches que van como locos por la parte de abajo. Así que
tendrá que ser algún otro puente
uno feo y sin vistas –salvo que
me gustan en especial todos los puentes –tienen
algo y además
nunca he visto un puente feo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Una gansada




Mi amigo Walter nació en Viena en medio de la Segunda Guerra Mundial. Pero, igual que le pasó a Camus, algún sol radiante debió brillar sobre su infancia para librarlo de cualquier resentimiento y para hacerlo el hombre afable y jovial que hoy es.

Walter está también jubilado y pasa temporadas en la isla, cuyos caminos, vericuetos y rincones conoce mejor que nosotros. Y este último domingo, el 11 de noviembre, él y su mujer Susana nos han invitado al Martinigans, el día de San Martín, que oficialmente en el mundo alemán señala el comienzo del Carnaval (¡antes de la navidad, no sea que se les haga tarde!) y que se celebra comiendo un ganso.

Hay varias historias que relacionan a San Martín con los gansos, pero Walter, en la mesa, contó más bien varias versiones de la historia de nuestro ganso, al que naturalmente llamamos Martín.

Según una primera versión, Martín era un atrevido ganso al que se le hicieron pequeños los límites de su casa y se dedicaba a colarse en  la finca que mis amigos tienen en Austria, muy cerquita de la frontera con Hungría. Walter y su amigo Bernard, que tiene una granja al lado, lo acecharon durante días para cazarlo pero el ganso, como un 007 cualquiera, los burlaba siendo más rápido y astuto que ellos, hasta que un día lo acorralaron y sucumbió bajo la fuerza de un martillo, pum, pum y pum.

En otra versión, el ganso era poco menos que un descendiente de aquellos gansos del Capitolio romano que salvaron la ciudad avisando, con sus graznidos, del ataque de los galos. Igual que ellos, Martín pertenecía a la finca y ejercía su papel guardián con fiereza (hasta dientes tenía, decía Walter), aunque esto no impidió su destino bajo el cuchillo de Bernard.

En la tercera versión, seguramente la verdadera, Martín vivió una vida apacible junto a otros gansos y patos  de la finca hasta que llegó a un peso más que suficiente, 4 kilos y medio, para celebrar el día de San Martín en nuestro amor y compaña.

Sea como sea, el ganso acabó en nuestra mesa, dorado y relleno de cebolla, manzanas, pasas embebidas en vino tinto, ciruelas y limón, y acompañado de la col roja y bolas de papa, tan tradicionales en la comida austriaca. Después de todo, es este un final previsible para un ganso.

Lo que no es tan previsible es que acabara sus días, bajo el sol de Los Cristianos, a 5000 kilómetros de los verdes, y ahora fríos, prados austriacos en los que nació y creció. Pero así es la vida, con los ríos que van a dar a la mar y los gansos que van a dar a la mesa.

Y es que, inexorablemente, a todo ganso le llega su San Martín.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Jalogüin y la doctora Jomeini




Hace 4 años, coincidiendo con Halloween, mi hija Ana publicó su primer libro, "El blog de la Doctora Jomeini". Hoy 4 años después, recuerdo aquel primer paso. que ya va por su 3ª edición. La editorial lo ha acaba de reeditar para España e Hispanoamérica como pueden ver aquí.

Este lunes iba a hablar de Jalogüin, esa fiesta de brujas, esqueletos, vampiros y de todos los personajes del submundo, que se está imponiendo entre nuestros niños, a quienes les encanta disfrazarse para, ¡Uuuuuuh!, darte miedo. Mis nietos se han vestido de… bueno, de ese horror que ven en las fotos, y mis hijos, cuando chicos, también lo hacían y se lo pasaban estupendamente en las fiestas que organizaba mi amiga americana en su casa, adornada para la ocasión con velas, arañas y calabazas. Más de una vez hasta yo me vestí de Bruja Piruja. 

Mucha gente se echa las manos a la cabeza porque dicen que esto es una americanada, una tradición importada. Y sí, es verdad, lo es, pero ¿y qué? Son tradiciones importadas el árbol y las postales de Navidad, el luto, los trajes blancos de novia y hasta las romerías, que nos parecen tan autóctonas.
Jalogüin (me gusta más españolizado) tiene sus fuentes nada menos que en los romanos y su culto a la diosa Pomona, la diosa de los frutales, huertas y jardines; en los mitos celtas del Samhain que celebraban el fin de las cosechas y el momento en que había que ahuyentar, disfrazándose como ellos,  a los hijos de la Noche -muertos y demonios-, que podrían llegar del Otro Mundo; en la adaptación que la Iglesia hizo de este culto pagano, uniendo Todos los Santos al Día de Difuntos, día que, en mi casa por lo menos, se ponían velas por cada miembro de la familia que hubiera muerto… Y, de ahí, la calabaza y los disfraces y los difuntos y los demonios que aparecen en Halloween. Las tradiciones pueden ser, como ésta, de ida y vuelta y contribuyen a enriquecer y dar color a nuestro mundo. Y si encima sirven para que los niños se diviertan, hagan acopio de golosinas y nosotros comamos buenos potajes de calabaza, mejor.


Bueno, pues de todo eso quería hablar hoy. Pero mi hija Ana me ha dicho que no, que hoy se han puesto de acuerdo más de 50 blogueros para contar que Ediciones Tombooktu publica su libro, “El blog de la Doctora Jomeini”, y que ¿cómo no voy a participar yo, la madre de la Pantoja? Yo estuve con ella, no sólo cuando nació, sino también cuando a los 10 años le dieron el Premio de Redacción de la Coca-Cola y cuando le daban los premios de poesía en el Instituto; yo recogí por ella otro primer premio de poesía en el Club Náutico cuando estaba preparando el MIR en Valladolid; yo fui con ella a La Palma a recoger el Félix Francisco Casanova… ¿Cómo no voy a estar presente hoy, que sale la edición en papel de su primera novela? Una novela tierna, divertida al estilo de su blog, que se lee en un pispás y que nos enseña que, igual que en el mundo de Jalogüin, también hay un lado oscuro en los quirófanos. Ah, y una novela que ¡yo! le voy a presentar dentro de poco.


Así que, como ven, le he hecho caso y he hablado de su libro. Y, además, cualquiera le dice que no. La Doctora Jomeini, cuando se enfada, puede dar más miedo que todos los fantasmas de Jalogüin.







lunes, 29 de octubre de 2012

La yema de huevo




Desde luego, si alguien se merece un monumento en este mundo es el inventor del huevo frito: un huevo como Dios manda, de gallinas sueltas picoteando en el campo, frito en buen aceite de oliva, con su clara blanca y festoneada como un encaje de Holanda y su yema doradita en la que mojar un pan recién salido del horno… ¡Gloria bendita, oiga! Y casi todos hacemos lo mismo, empezamos por la clara y dejamos la yema, lo mejor, para el final.

Ese, el posponer el placer sabiendo que la expectación y la anticipación también forman parte de él, es uno de los privilegios humanos que nos separa claramente de los animales, que van a lo que van y no se andan con tantas zarandajas.

Por la yema de huevo, yo, que soy como Harry (el de “Cuando Harry encontró a Sally”), que se leía el final de los libros antes de terminarlos, me aguanto las ganas cuando leo uno especialmente emocionante para disfrutar más cuando llegue al desenlace. Por la yema de huevo, mi hijo y mi nuera, hace ya más de un año, nos reunieron a los padres respectivos, nos dieron una opípara cena y se contuvieron hasta los postres para decirnos que se casaban.

Este sábado le hemos organizado a mi hermana, que dentro de poco cumplirá los 60, una megafiesta sorpresa. Fueron divertidas la preparación y la conspiración entre todos para que ella no se enterase, pero mejor fue la fiesta: la casa, espaciosa y acogedora, de Juan y Carmen, generosos amigos que la prestaron para la ocasión y llenaron de luces sus jardines; los vestidos, flores y collares de los años 60 que todos los invitados llevábamos y la música, también de los 60 –la mejor- que un grupo (“Almas de goma”) interpretó, con Elvis, los Beatles y Popotitos haciéndonos bailar a mayores y jóvenes; las guirnaldas brillando con el número 60 y los carteles con la cara de mi hermana, hechos por su hijo Miguel, colgados por todas partes; las conversaciones, risas, tintineo de copas que se oían mientras degustábamos exquisiteces culinarias, hablando en grupitos o sentados en mesas de manteles blancos; la presencia allí y la voz de terciopelo de Anne (“Boney M”) sonando, estremecedora y cálida, en la noche teguestera; los regalos; el aguante de muchos hasta cerca de las 5 de la mañana aprovechando que, con el cambio de hora, en realidad eran las 4…

Pero el momento cumbre de la noche fue, sin lugar a dudas, la sorpresa de mi hermana. Y mejor todavía fue cuando, después de quedarse con la boca abierta ante más de 100 amigos y familiares, muchos llegados de fuera, y de los abrazos y besos y de vestirla como Holly, la de “Desayuno con diamantes”, boquilla y guantes largos incluidos, le pusimos un vídeo con un repaso tierno y divertido de su vida en el que muchos de nosotros le decíamos que la queríamos. La última en hablar fue su hija, mi sobrina Isa, que está haciendo el Erasmus en Polonia. Lo que mi hermana no sabía es que, mientras oía a su hija mandándole felicitaciones y lamentándose de no poder estar en la fiesta, mi sobrina estaba en realidad en ese momento detrás de ella.

El  instante en que la vio y se abrazaron y se echaron a llorar y todos también llorábamos y reíamos a la vez fue la mejor sorpresa, el deleite final, el regusto que conservaremos siempre en las papilas de la memoria. La guinda del pastel. El broche de oro. La yema de huevo.



lunes, 22 de octubre de 2012

Historias de Los Sauces: la historia de Alberto




Alberto había vuelto a Los Sauces desde Venezuela a los 19 años, causando entre los vecinos la acostumbrada expectación. Expectación que él acusó inventándose la letra de una canción que cantaba, con una voz muy bonita tipo Enrique Guzmán, al ritmo del limbo rock: “Cuando a Los Sauces yo llegué, la gente me empezó a mirar, de la cabeza hasta los pies me empezaron a investigar…”
Alberto era alto, delgado y con un encanto especial que él conocía muy bien. Sabía hablar y tenía sentido del humor hasta para reírse de sí mismo, lo que hacía que cayera bien a todo el mundo. Y no había chica que no lo mirara con buenos ojos.
Él se dejaba querer, bailando con una en la verbena por las fiestas, nadando con otra en el Charco, subiendo a Los Tilos con la de más allá y diciéndoles a todas lo guapas que eran. Hasta que se encontró con Carmita.
Carmita era la hija más pequeña de una familia con muchas hijas, tal vez la más agraciada pero sin nada especial. Nadie se explicaba por qué, de repente, Alberto parecía prestarle más atención, pero tampoco le daban más importancia, un ligue de verano más que se apagaría con el último de los fuegos de las fiestas de septiembre. Pero no fue así. La madre de Alberto, Doña Manuela, fue la primera sorprendida cuando él le dijo, al mes de empezar los devaneos,  que se quería casar con Carmita, que estaba muy pero que muy enamorado y que por mantenerla no habría problema porque se quedaría a vivir en casa de ella hasta que él encontrara trabajo.
Cuando se trata de los hijos, las matriarcas de La Palma hacen lo que sea y Doña Manuela no fue menos. Y, después de visitar a curanderos y médicos y de hablar con todo dios, llegó a la conclusión de que su hijo estaba embrujado. La abuela de Carmita, que gobernaba una casa llena de mujeres con mano de hierro, tenía fama de bruja y algo le habría echado en el café para que al chico le dieran esos amores repentinos y volcánicos sin fundamento. Y entonces empezó el desembrujamiento: rezados, pastillas, agüitas, visitas a la Virgen de las Nieves, promesas de madre y tías… Y una mañana Alberto se despertó y, de repente, sintió que ya no tenía ganas de ver a Carmita ni en pintura. Se desenamoró sin más.
Cuando años más tarde yo le preguntaba por el episodio, me decía: “No hay razones. Yo no pensaba en otra cosa que en casarme con ella. Era un embrujo en toda regla”. Y eso sí, desde entonces él, que era un gran cafetero y al que siempre recuerdo acunando con mimo la taza de café entre sus dedos largos y elegantes, restringió el consumo a las casas de confianza. Tomar café, sí, pero seguro, porque nunca se sabe si detrás de cualquier agasajo se esconde una bruja.

(La foto, obra de mi amigo Jesús, es de La Calzada, donde vivió Alberto con su familia. La Calzada es un camino que, yendo desde la Plaza hasta la carretera de San Andrés, es, como se ve, bastante empinado, hecho que Alberto también registró en el Limbo Rock que inventó: “A La Calzada fui a vivir con mi papá y con mi mamá y un burro tuve que comprar para subir y pa bajar.”)

lunes, 15 de octubre de 2012

Qué tal el verano




Ahora que los días se van volviendo casi imperceptiblemente otoñales –ya está recogida la vendimia, las capas de la reina se llenan de flores amarillas y sobre las 7 de la tarde empiezan esos atardeceres de un intenso naranja, tan propios de octubre- la pregunta que muchos de los que te encuentras por la calle te hacen es: “¿Y qué tal el verano?”. Nadie pregunta nunca, después de cada estación, qué tal el otoño, o el invierno, o la primavera, no. Qué tal el verano, la estación rompedora, distinta, sensual, dadora de pereza y vitalidad. Y me lo preguntan ¡a mí!, una jubilada que ya no marca las estaciones con el ritmo de las vacaciones y el trabajo. Pero, porque en esa pregunta hay un algo nostálgico, una añoranza de tiempos mejores, vamos a tomarla en serio.
¿Qué tal el verano? Luis Feria lo define en un poema así: “Cuánto azul, qué de vida, qué de mar. Qué de luz tan sin fin”. Yo asumo todo eso en este verano pasado y busco entre los días soleados uno que brille en el recuerdo más que los otros: por ejemplo, el día del Carmen, en el que por primera vez (siempre hay cabida en la vida para primeras veces) fui en un barco por la bahía de Santa Cruz en la procesión de la Virgen.
Cuando era jovencita me encantaba ese día, no sólo porque mis padres me dejaban estar en la calle hasta altas horas de la noche (las 10, cuando terminaban los fuegos), sino también por el bullicio y porque ese día –más de cien barquitos en el mar- era como si la ciudad recordara al pueblito pescador y chicharrero que fue. Después de esos años han pasado más de 50 en los que yo tomé otros rumbos. Pero este verano mi consuegro Antonio nos invitó a la procesión.
En La Graciosa dicen siempre que mejor que tener un barco es tener un amigo con barco; y nosotros tenemos esa gran suerte, un consuegro y amigo con un barquito llamado Ofiura, que es el nombre de una estrella de mar que se esconde bajo las rocas del fondo. Con él de vez en cuando va a pescar o a descubrir barcos de siglos pasados naufragados cerca de la costa, y a ese barquito nos subimos el 16 de julio con la ilusión de las experiencias nuevas.
Y allí estaba todo el cuadro de mis años mozos: tras el remolcador que transportaba a la Virgen, adornados con flores y banderitas, iban barquitos, fuerabordas, barcas de pesca, yates pequeños, lanchitas, falúas, botes, chalanas, bermeanos, esquifes, motos de agua… todos rebujados en un alegre batiburrillo, acercándose tanto unos a los otros que a veces parecía una pista de cochitos locos. Los bucios, caracolas, bocinas, trompetas, sirenas, pitos, cohetes…se afanaban en producir mil sonidos mientras se oían músicas de todas partes, cántigas a la Virgen e, incluso, salsa en alguna barca en la que, en bañador, bailaban unas chicas (¿un guiño a los carnavales aquí también?).
Y, por supuesto, estuvo el broche de los fuegos  y el olor del mar y las risas y todo lo que recordaba de aquellos días lejanos. Sólo que esta vez, día relajado de un relajado verano, yo no estaba en el muelle o en la avenida  de Anaga como antes, sino allí, en medio de los barcos tras la estela de la virgen marinera.


lunes, 8 de octubre de 2012

La lección del perenquén




Vivir en el campo significa vivir con bichos, con toda clase de bichos. Hay moscas que no había visto en mi vida hasta que vine aquí, lagartos tornasolados tostándose al sol como turistas en el sur, ratoncillos, mariposas de delicados colores y oscuras como la noche, gusanos excavadores y removedores de tierra, arañas minúsculas y mayúsculas con patas como torres de televisión, filas interminables de afanadas hormigas, ranitas satinadas que te sobresaltan cuando riegas entre las hojas, saltamontes entrenando en la hierba, toda un sinfónica de pájaros: canarios, herrerillos, capirotes, chirrines, herrerillos… Un zoo diminuto, vamos.
Pero entre todos ellos hay uno que me fascina por ese aire atávico de ser, o de creerse, el último descendiente de los dragones: el perenquén, llamado también salamanquesa, geco y, en La Gomera, pracan. Y no soy la única, no. Tengo ilustres precedentes que alguna vez se han quedado también embobados contemplando su talante majestuoso y su seguridad de estar por encima de las miserias de este mundo.
Italo Calvino en su libro “Palomar” le dedica un capítulo entero (“La panza del geco”), analizando sus patas delicadas y fuertes, su cabeza con los ojos salientes y sin párpados, el mentón duro y todo escamas como el de un caimán…, pero también su concentración inmóvil, su impasibilidad, su apariencia de “artefacto mecánico, (como) una máquina elaboradísima y perfecta, estudiada en cada microscópico detalle”.
También Gerald Durrell en “Mi familia y otros animales” habla durante muchas páginas de un perenquén al que bautiza como Gerónimo “porque sus asaltos contra los insectos eran tan astutos y premeditados como las hazañas del famoso piel roja”. Gerónimo se movía con la suavidad de una gota de agua y sus ojos dorados brillaban victoriosos después de una buena cena a base de escarabajo. Durrell cuenta una pelea entre él y una mantis religiosa (a la que llamó Cicely) con la emoción de una final del campeonato del mundo de boxeo. Ganó Gerónimo pero Cicely fue una digna rival.
En la terraza de mi casa vive toda una familia de perenquenes. Cuando tenemos fuera una cena con guitarreo posterior, un perenquén grande sale poco a poco de debajo de las tejas y se planta, quieto, cerca del farol. Alguna palomilla de la luz que pasa cerca desaparece en un visto y no visto, mientras él cena con la tranquilidad de un gourmet, escuchando la música desde las alturas. Elige sus presas delicadamente, con elegancia y sin alardes, satisfecho de ser y sin necesidad de hacer más de la cuenta.
Calvino sospecha que esta es la lección del perenquén. Pero yo también pienso, cuando lo observo durante un rato con su altiva estampa de Señor de las Paredes, que nos está enseñando a tener objetivos, a tener paciencia para intentar conseguirlos y a que, cuando se presenta la ocasión, sea una palomilla de la luz o la bola dorada de la fortuna, zas, aprovechémosla rápidamente y no la dejemos pasar, porque nunca se sabe si después vendrá un espacio vacío de oportunidades.
Y, después de la lección, el perenquén se da media vuelta y paso a paso, con andares de rey y sin dignarse dirigirnos ni una sola mirada, se marcha a su casa hasta la noche siguiente. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Sostiene Gomeira II: el caso de la dueña del guachinche





Mi amiga Gomeira me sigue llamando a veces desde Valle Gran Rey, cuando tiene cobertura, que esa es otra historia. Sostiene Gomeira que lo que pasa allí no lo ha visto ella en ningún otro sitio del mundo. Que sí, que ahora que se han apagado los ecos del incendio (aunque no el susto ni el olor a lo inesperado, a que la vida puede dar un vuelco en cualquier momento), el pueblo amanece relajado, el agua de La Puntilla tiene una temperatura inusualmente templada y, desde la playa, todos saben que, cuando Yaya saca un cartel a la puerta de su bar, es que hay camarones,  que, sostiene, están riquísimos con una cervecita allí al lado del mar.

Pero también sostiene que, al lado de esto, se dan casos raros entre el personal dedicado a la hostelería y a atender al mogollón de turismo que viene a solazarse a esta isla que le dicen colombina por aquello de que sus aguas fueron las últimas que Colón bebió antes de embarcarse a otros mundos. Sostiene Gomeira que hay dos clases de guachincheros: los amables, que te sonríen y te ofrecen con lujo de detalles el menú del día, dándote hasta la receta del potaje de berros, la carne de cabra o la leche asada; y los que miran a los que se acercan a comer como si fueran unos muertos de hambre, que a lo único que van es a hacerles trabajar.

Cuenta Gomeira que suelen ir a tomarse unos vinos a un guachinche cerca de Chipude y que la dueña, una mujer estirada y más seca que un esparto, es de los segundos. Y  con la particularidad de que sólo les da vino. Así, a palo seco “Pero –le digo- ¿no tiene nada, ni un trozo de queso, ni unos manisitos…?” “Bueno, sí, nos pone una cabrilla, que es una taza con gofio y azúcar, que al final nos sabe a polvorón desgorrifiado. Y con una sola cuchara para todos, que no veas los trabajos para no lamerla…””¿Y por qué sigues yendo” “Porque el vino está de muerte”, sostiene.   

Como quiera que cada vez que iban, de tanto vino y poco gofio con azúcar, salían bastante ajumados y casi a cuatro patas, sostiene Gomeira que determinó llevarse ella el piscolabis la próxima vez. Y, en efecto, cuando volvió, llevaba en un cesto, a lo Caperucita, un buen plato de jamón ibérico que sacó en cuanto la dueña les sirvió el vino. Pero hete aquí, me cuenta, que ante la visión del jamón, le cambió el talante a la dueña y acercándose a ellos, terminó comiéndose ella más de la mitad del plato.

Sostiene Gomeira que ella no conoce otro sitio  donde sean los clientes quienes ofrezcan las viandas al hospedero. Y que ya está pensando en llevar unas buenas garbanzas, de esas que a ella le salen tan bien, no sea que encima la vayan a criticar en todo el pueblo por agarrada.

Que todo puede suceder, según sostiene Gomeira

lunes, 24 de septiembre de 2012

Pan con pan, comida de tontos




Lo decía hasta mi abuela cuando veía reuniones de chicos por un lado y chicas por otro. “Pan con pan, comida de tontos”. Y es que la Naturaleza nos hizo al mismo tiempo, hombres y mujeres marchando y cooperando juntos por la vida desde que en las cuevas prehistóricas se repartieron los trabajos, a ti te toca recoger la ensalada y a mí cazar el mamut.
Pero, a pesar de ese mandato natural, hay personas muy alejadas de aquella canción de Los Bravos que decía: “Los chicos con las chicas tienen que estar…”, personas empeñadas, no se sabe por qué, en separarnos. El último, el ministro Wert, que quiere que gastemos los dineros esos que escasean en subvencionar colegios unisex en nombre de una libertad que nadie niega. ¿Por qué?
Es verdad que eso era normal en mi niñez, hace ya más de 50 años. Los colegios de monjas en Santa Cruz –La Pureza, el Hogar Escuela, La Asunción y las Dominicas, que era el mío- eran todos de niñas; los de curas –Las Escuelas Pías, La Salle y Los Salesianos-no admitían sino a niños. Y luego estaba el Instituto, al que fui en Preu, en el que se mezclaban alegremente chicos y chicas en clase. Pero, ojo, no en el recreo ni en las clases de gimnasia.
¿Qué temerían estos salvaguardas del honor y la decencia? Los uniformes de gimnasia eran un horror, nosotras con unos pololos bombachos hasta la rodilla y encima, por si acaso, una falda de tablas. Parecíamos el comité antilujuria vestido de mesa camilla ¿Y en el recreo, en el que también había un muro de la vergüenza que ríete del de Berlín, ante el cual hicimos más de una manifestación a uno y otro lado pidiendo su caída? ¿Qué se suponía que podía pasar, aparte de compartir bocatas o de hablar de cómo te salió el examen de Latín o de la última canción del Dúo Dinámico (que es más o menos lo que hacen ahora, sin el Dúo Dinámico)?
Con el tiempo, cuando mis sobrinos más pequeños se escolarizaron, todos los colegios de mi infancia (quedan casi todos, menos La Asunción y Los Salesianos, y siguen siendo de curas y monjas) abrieron sus puertas a niños y a niñas sin que se tambalearan los cimientos de la civilización. Y los niños y las niñas, igual que están juntos en la familia, y en la playa, y en las fiestas de cumpleaños, y en el barrio, y en las academias de idiomas, y en el cine, y en la vida, también pueden estar, sin peligro, juntos y revueltos en una clase, aprendiendo, prestándose el creyón verde o diciéndole a la profesora que “Seño, Martita me pegó” o “Empezó él”.
Todavía hoy hay gente empeñada en separarnos hasta delante de Dios. Cuando hace un año estuve en Estambul, una de las cosas que más me sorprendió fue que en la Mezquita de Eyüp, una de las más sagradas del Islam, nos mandaran a las mujeres a rezar a la galería de arriba y a los hombres al salón central. Si lo comparas con las iglesias americanas en las que todos juntos cantan a grito pelado en coros gospel (¿se han fijado que ellas son casi igualitas a Withney Houston?), comprenderemos que Dios debe estar hecho un lío.
¿No somos todos seres humanos, habitantes del Planeta Tierra, como dice el disco que la nave Voyager lleva hacia las estrellas? Pues entonces…
Y, además, qué quieren que les diga, a mí me gusta el pan con jamón.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Un emigrante



Estuve la otra tarde hablando con Rosendo, un emigrante que nos ha hecho unos arreglos en la casa. Rosendo tiene ascendencia boliviana, y eso se nota en el aire indio de sus ojos almendrados. Pero él es argentino, de Mendoza, desde donde nos han venido también vinos y tantas canciones:  aquella “Volver en vino” de Horacio Guarany que decía: “Quisiera dejar mis huesos / bajo cielo mendocino, / que mi sangre y mis cenizas / vuelvan camino del vino”; o la de “Los 60 granaderos” de Los Chalchaleros, uno de los pocos discos que teníamos en los 70 y que poníamos una y otra vez: “Es Mendo, es Mendoza la guardiana, por ser la, por ser la tierra más gaucha…”.
Rosendo no sólo es un magnífico albañil. Sabe también electrónica, maneja Internet y se busca la vida de mil maneras arreglando aparatos y vendiéndolos más tarde en el Rastro. Es bajito, habla quedo y pausado y parece muy joven, pero tiene 35 años y una mujer “que no quiere tener niños acá”, dice con su voz suave. “Allá están sus hermanas que la pueden ayudar. Aquí estamos los dos solos”. Después de un momento de silencio dice: “Se va a volver allá en fin de año”. “Pues vete con ella, Rosendo, que amor de lejos es de pendejos”, le digo.
Nos ponemos entonces a hablar de Argentina que, según los periódicos, le digo, parece que está bien, con eso de que han devuelto ya lo que retuvieron en el Corralito. No, me dice, Argentina no está bien. En Argentina, que fue el granero del mundo, la comida es carísima, y allí, en donde se ha encontrado uno de los más grandes pozos petrolíferos, no puedes poner la gasolina que quieres, está totalmente racionada. “En España, incluso con la crisis,  se vive mucho mejor que en Argentina”, termina con seguridad. Y, al cabo de un rato, con un suspiro, dice bajito: “Llevamos juntos 14 años. Ojalá ella vuelva…”
Nadie quiere irse de su tierra ni perder sus raíces. Y, sin embargo, en Canarias es rara la familia en la que no haya habido emigrantes. Mis dos abuelos lo fueron, acuciados por los problemas. Uno volvió pronto y otro murió lejos, cerca de los 100 años, después de formar en otras tierras una familia paralela. También se fue (y volvió) con uno de sus hijos el abuelo de mi marido y, en el largo viaje, antes de llegar a Cuba, su destino, el hijo enfermó en el barco y murió.
En todas las familias hay historias de penalidades, aunque también de oportunidades, de cruce de culturas, de apertura a otras realidades. Y aunque ahora, en un momento en que también muchos españoles se están yendo empujados por la crisis, las circunstancias no son tan precarias y terribles como en aquellos tiempos, el desarraigo siempre es difícil.
Pensando en todos ellos, abrigo un ruego, lleno de ojalás, tal como Silvio Rodríguez.
Ojalá, cuando nos vamos lejos de casa, sea sobre todo para aprender de los demás, incluso con el uniforme de turistas, cámara al hombro y zapatos de pateo.
Ojalá nadie se vea empujado a añorar su cama, su casa, su gente.
Ojalá Rosendo y su joven esposa puedan vivir juntos y tener chiquillos.
Ojalá el mundo sea ancho para proporcionar una vida digna a todos los que habitamos en él; y flexible, para que sea en el lugar elegido.
Ojalá…

lunes, 10 de septiembre de 2012

Indulto para los lunes




De vez en cuando a los científicos les da por estudiar e investigar cosas tan enjundiosas y profundas como, por ejemplo, si la expresión “odio los lunes” tiene fundamento ¿Habrá algo en los lunes que haga que gran parte de la humanidad los aborrezca?  Pues resulta que no. Según la revista estadounidense Journal of Positive Psychology, basándose en una encuesta de Gallup, todos los días (salvo el viernes que se salva por poco) son igualmente odiados.
Todo esto me recordó a Miguelito, aquel personaje del dibujante Romeu, que nos contaba sus traumas. En una de las historietas, nos decía que odiaba los lunes, los martes, los miércoles, los jueves… Odiaba también los viernes porque eran un vano espejismo de un fin de semana que sería un bluff, y los sábados y domingos porque todas sus esperanzas se malograban y vuelta a empezar.
Reconozcámoslo, lo que pasa es que nos encanta quejarnos. Como hoy me dio por la vena científica, ahí va otro dato, aportado por la compañía británica Marmite: todo el mundo pasa los lunes una media de 12 minutos quejándose. Y eso, quieras que no, tiñe todo el día de mal fario. Y encima, para una vez que se le indulta, como vimos al principio, es un indulto light: “El lunes no es el día más horrible porque todos los demás también son horribles”.
Y no. Hay que indultarlo completamente. Es verdad que en cualquier día puede haber majaderías y, a veces, ratos malos, pero, si uno busca concienzudamente, acaba encontrando un momento diario feliz.
Por ejemplo, el lunes me fui con mis nietos a comprar libros. Estuvimos un rato en la librería, revolviendo, leyendo, hojeando, escogiendo. Y luego salimos con dos libros cada uno, más contentos que la mona Chita.
El martes leí el periódico, sudoku incluido, a la caída de la tarde, tumbada en la hamaca del patio. Después hice una tortilla de papas, mi marido puso dos benjamines de champán muy fríos y, cenando, vimos la película “Habemus Papam” de Nanni Moretti, que me gustó.
El miércoles, mientras caminaba por la mañana, oí a Gemma Nierga por la radio y hablé con dos amigas por teléfono, poniéndonos al día.
El jueves, jugué con mis nietos en la piscina de Bajamar a que dos peces pequeños (ellos) iban a capturar, nadando, a un tiburón (yo). Debimos estar muy divertidos porque se me acercó una niña pequeña de 4 años y me preguntó: “¿Puedo jugar con ustedes?” ¿Ustedes saben desde cuándo no me hacía nadie esa pregunta?
El viernes, fuimos a cenar con los amigos a una tasca que hemos descubierto hace poco y en la que puedes tomarte unas lentejas con foie mientras lees textos sobre la felicidad que el chef pone en las paredes.
El sábado nos encontramos por sorpresa en la playa con un amigo al que no veíamos desde hace 30 años y quedamos con él y su mujer para la tarde en casa. Trajeron una torta riquísima de almendras y zanahorias hecha por él y comprobamos que sigue teniendo los mismos ojos bondadosos y la misma sonrisa de entonces.
El domingo dimos un paseo por senderos de Chío, donde el diablo perdió los calzones. Íbamos buscando un terreno de la familia donde hay una higuera que suele tener higos muy dulces. No quedaba ninguno pero, en esa mañana especialmente calurosa, nos sentamos un rato a la sombra de la higuera y estuvimos oyendo el silencio.
Así que ya ven, cada día (los lunes, también) puede tener ese momento de “oye, pues ha estado muy bien”. Después de todo, como dice Javier Cercas, “no puede ser tan malo un mundo donde está cada vez más extendido el uso de la anestesia, de la democracia, del aire acondicionado y de la torta del Casar”.
Indultemos, pues, a los lunes y, de paso, a todos los días de la semana. Ellos, los pobres, no tienen culpa de nada. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Historias de Los Sauces: la historia de Bonosa




Modesto y Eutimio eran amigos desde chicos, desde que recibían coscorrones en la clase del Maestro Cándido. Descalzos, corrieron entre las atarjeas, y, calzados, hicieron juntos la primera comunión en la iglesia de Montserrat. Y de galletones siguieron siendo amigos, compartiendo la afición por los libros y por el descubrimiento de los primeros amores.
Eutimio, un año mayor, andaba enamorado de Bonosa, una chica de Barlovento que venía de vez en cuando al pueblo y que tenía unos ojos grandes y oscuros y un andar resuelto. Eutimio no se encogía y le decía algún piropo al pasar, que ella recibía como una reina, y hasta se decidió a mandarle cartas por un primo de un amigo que la conocía. Pero no pasó nada, salvo alguna mirada, hasta que un día recibió una nota de Bonosa con una letra grande e infantil. Lo citaba en La Alameda a una hora temprana de la tarde, hora que a él le pareció muy apropiada porque todavía no estarían cotilleando las mujeres en la ventana de Doña Bienvenida ni habría parejas “trillando la cebada” en la Plaza.
Ese día se vistió de punta en blanco y, nervioso, llegó media hora antes a la cita. Y esperó, esperó y esperó horas pero ella no llegó. Eutimio era gallito y fácil de enfadar y se fue, ya anochecido, a su casa mascullando por todo el camino que “qué se habrá creído la firringalla esa, tomarme el pelo a mí… Y menos mal que nadie se enteró porque si me hubieran visto allí, como un pasmarote…”. Y desde ese momento decidió curarse de Bonosa.
Eutimio y Modesto se fueron pronto a la ciudad a hacer el Bachillerato y, después, a Tenerife a hacer la carrera. Cada uno se casó y tuvo hijos, y la casualidad hizo que trabajaran los dos en el mismo Instituto en La Laguna. Y, cuando le llegó a Eutimio la jubilación, el encargado de decirle el discurso de despedida fue Modesto, su amigo de siempre, que contó a los que estaban presentes lo buen profesor y buena persona que era, y cómo lo iba a echar de menos en el año que le quedaba a él. Y, cuando iba a terminar, mientras repasaba viejos tiempos, le dice, allí delante de familia, profesores, amigos y alumnos: “Y, por cierto, ¿te acuerdas de Bonosa, aquella chica que te citó en La Alameda y que luego no apareció y te dio plantón? Pues realmente ella no te citó. Fuimos nosotros, los amigos, los que te escribimos la carta y los que estábamos escondidos detrás de la esquina, muertos de risa al ver cómo te ibas calentando”.
Eutimio no se enfadó ¿Cómo se iba a enfadar después de lo que habían vivido juntos? Al contrario, rió con los demás, haciéndole gracia incluso que su amigo hubiera esperado más de 50 años para decírselo precisamente en ese momento.
Pero, después de eso, más de una noche se encontró recordando la mirada doliente que, cuando él pasaba altanero por su lado, hacía ya tantísimo tiempo, aparecía en el dulce y desconcertado rostro de Bonosa.

(La foto, hecha por mi amigo saucero Jesús, es de un rincón de La Alameda, donde se citaron Eutimio y Bonosa. Detrás, está la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat)

lunes, 27 de agosto de 2012

Chafalmejadas o la restauradora de Borja




El pitorreo mundial que se ha montado a costa de la octogenaria de Borja, Cecilia Giménez, que transformó un eccehomo doliente con corona de espinas en un Paquirrín vacilando con gorro de batelero del Volga,  me hizo recordar a mi abuela y su “¡No seas chafalmejas!”.

Chafalmejas, para nosotros, es la persona, chapucera e informal, que no vale para lo que hace y, por lo tanto, lo hace mal. Que era exactamente lo que me pasaba a mí cuando mi abuela intentaba enseñarme a bordar y, más que un bodoque o un realce, me salía un reburujón parecido a una cotufa.
Así que Cecilia Giménez pintando y yo bordando somos unas chafalmejas ¿Y qué? El ser chafalmejas está entre las potencialidades humanas. Fueron chafalmejas los piratas somalíes que atacaron un buque de guerra el pasado enero confundiéndolo con un mercante; o el ladrón que atracó un banco con pasamontañas y mono azul de trabajo en el que aparecía su nombre y el de su empresa; o el Jefe de la lucha antiterrorista de Scotland Yard que llevaba un folio con información supersecreta a la vista de todos los periodistas. Por no hablar de las chafalmejadas de los que nos gobiernan.

Y, como nadie es perfecto, yo propongo en el caso de la restauradora del eccehomo prescindir del escarnio y la mofa y elevar, en cambio, al alcalde de Borja una petición formal: nombrarla Hija Adoptiva del pueblo. Y esto por múltiples y buenas razones:

Porque, como la Dolores de la copla, ha hecho que el nombre de su pueblo sea conocido a nivel mundial.

Porque una persona que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se pone a restaurar un cuadro de una iglesia, está más pertrechada que el caballo de Espartero.

Porque, igual que hizo Picasso con “Las meninas”, ha generado un proceso de libertad creativa tan grande que, en pocos días, hemos visto variaciones del eccehomo como la Duquesa de Alba, Rajoy, Don Limpio, Miss Piggy, Messi, Chewbacca, Belén Esteban, ET…

Porque incluso el autor de la obra, Elías García Martínez, al que no conocía ni dios, estará agradecido y satisfecho, donde quiera que esté, de haber pasado por fin a la posteridad.

Porque ella confiesa que tiene la pasión por la pintura y, si a los 81 años tienes una pasión en lugar de estar tirando migas de pan a las palomas, es para quitarse el sombrero ante ella e intentar imitarla.

Porque me inspira ternura esa “buena intención”, que me recuerda el “perdón, fue sin querer” de mi nieta, cada vez que me rompe una figurita.

Porque ha hecho carcajearse a este país que, últimamente, no estaba para muchas risas.

Porque ha conseguido sus más de 15 minutos de fama mundial.

Porque, si usted, señor Alcalde, me hace caso y deja también la obra tal como está, se formarán colas de turistas para sacarse una foto con ella y el pueblo será de los primeros en salir de la crisis.

Así que acepte mi petición, señor Alcalde. Ella se lo merece más que muchos.
Aunque sea una chafalmejas.

lunes, 20 de agosto de 2012

Flipo con el ruido




Cartel a la entrada de mi pueblo: “VAS A FLIPAR”. Efectivamente, flipando me quedé cuando lo vi. “Si crees que en Carnavales hay mucho ruido…” ¡Sí, lo creo! Carnavales es el martillo demoledor del chundachunda, que hace huir, despavorida, en esas fechas a toda la gente que conozco del centro de Santa Cruz. “…espera a ver esto”. Y esto es, al parecer, un campeonato nacional de motos. Pero no anuncian las motos, no. ¡Anuncian el ruido de las motos! ¡Y diciendo que va a dejar chiquito el ruido de los Carnavales! Sigo flipando (flipar: quedar estupefacto por el asombro o el miedo.  Yo, por las dos cosas)
Y es que hay ahora una tendencia al cuanto más ruido, mejor –lo llaman “animar la calle”-, primer objetivo de todo Ayuntamiento que se precie: música a un nivel altísimo en las fiestas patronales y en los saraos y chiringuitos de fines de semana; música también en las calles peatonales, sobre todo en Navidades (si en esas fechas le cantas a uno de esos sufridos vecinos lo de los peces en el río, puede saltarte al cuello); ruidos variados en las celebraciones de los hinchas por el triunfo de su equipo… Y eso que hay crisis. Como le dice una de las dos viejitas de Forges a la otra: “Como estará la cosa que el Ayuntamiento este año, para las fiestas, sólo tiene presupuesto para 84.000 ruidos”. “Vaya moñiga de fiestas”, contesta la otra.
Y luego hay que sumarle el ruido de los vecinos –mi amiga Loque dice que es que los suyos son pobres y no tienen sino tacones-; el de las personas que a gritos en la noche nos informan de su vida, costumbres, amores y desamores; el del camión de la basura de madrugada, responsable, según unos primos míos, de que hayan tenido un montón de hijos; el de las teles a todo volumen… Hay casas donde no quieren vivir sin ruidos. Tengo otro primo –mi familia es muy amplia- que conectó la tele al encendido de la entrada. Abre la casa, toca el interruptor y, hala, al mismo tiempo, la luz y el telediario.  “Todo conspira cada vez más -dice Muñoz Molina- para distraernos, para aturdirnos, para dejarnos sordos con una incesante cacofonía de reclamos”.
Pero muchas personas, yo entre ellas, perseguimos y buscamos el silencio. El silencio es el espacio en el que nacen las ideas, incluso la música, el más maravilloso de los ruidos (pero no a todas horas, oye). El silencio es el momento de escucharte a ti misma, de comprender por qué haces las cosas, o simplemente de no pensar en nada.
Y no hablo del silencio total, el que puede haber hallado, qué sé yo, un ermitaño en el más recóndito de los desiertos. Porque a los humanos nos gusta sentir la vida alrededor. Y hay muchos ruidos apacibles, voces de los ecos que decía Machado, que acompañan al silencio, sin romperlo: la lluvia sobre la tierra, la risa de la brisa del río de la canción, las tijeras en la mañana tranquila mientras limpias y podas los geranios, la presencia amortiguada de los que van con nosotros por la vida.
Estoy frente al mar, ruido silencioso: chapoteo de las olas, paz, sosiego, tranquilidad, mente en blanco. Y, de repente, pasa frente a mí un grupo de motos de agua, ¡¡BRRORRORROUUUUMM!!, haciéndome añicos el momento.
Y yo me quedo, desgaviotada, flipando con el ruido.