martes, 27 de diciembre de 2011

Inocentadas




Siempre me pregunto por qué y para qué, en este país de mentirosos, hay un día, el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes (aquellos niños mandados a asesinar por Herodes), dedicado oficialmente a engañar a los demás. Ya sé que no somos los únicos, no. En Inglaterra, el 1 de abril es el Fool’s Day, que se podría traducir como “el día loco”; y, el mismo día, en Francia e Italia es “Le poisson d’avril” y “Il pesce d’aprile”, el Pescado de abril, porque te ponen en la espalda un pez en lugar de nuestro clásico monigote, ja, ja, ja. Pero, al menos, ellos no se ríen de los pobres inocentes…

Sí, sí, yo también he gastado inocentadas. Pero una sola vez y estando en el colegio. A mi amiga Cae y a mí se nos ocurrió escribir a las otras 10 compañeras de curso en 5º de bachillerato una carta presuntamente de la Madre Mª del Valle. Tengo que reconocer que fue una carta magistral, imitando perfectamente la letra de la monja, en la que “ella” les decía a todas que se iba a la Península, que quería despedirse de “sus niñas” y que la fueran a ver el 28 de diciembre a las 5 de la tarde. Lo curioso es que sólo Dulce cayó en el día y sospechó enseguida que Cae y yo éramos las responsables (¡qué fama tendríamos!). Pero las demás se presentaron en un colegio vacío en plenas vacaciones. Incluso Esperanza, que era sevillana, le llevaba un paquete a la monja para que se lo diera a unos parientes.

Pero, aparte de ese desliz juvenil (por el que pedimos perdón, perdón, pero por el que también nos reímos todas un rato), no me gustan las inocentadas y me parece muy bien que algunos periódicos, como El País, hayan decidido no poner (adrede) noticias falsas ese día. Engaños, los justos.

Sobre todo porque somos muy crédulos. Me acuerdo de una noticia de un periódico de aquí en la que, ante una foto del Teide, decían que los geólogos habían llegado a la conclusión de que el Teide era, en realidad, ¡una lapa gigante! En cuanto se rascara un poco en la tierra, ¡hala!, ahí debajo aparecía el caparazón de la lapa. Y oí a gente después en la carnicería diciendo que “¡hay que ver, nunca me lo hubiera imaginado! Pero, si lo dicen los científicos…”

Y es que nos creemos cualquier cosa en cuanto a) aparezca en los medios de comunicación, b) lo diga un científico o, en su defecto, un señor con bata blanca, c) lo digan seriamente sin que se les escape la risa.

Por eso, no está mal que tengamos presentes las grandes pifias de la ciencia y que recordemos que los científicos han dicho que la Tierra no se movía, que en Marte había canales de agua, que el cine no tenía futuro, que los rayos X eran absurdos, que nunca se podría hacer una bomba, que había que sangrar a las personas para curar la pulmonía o que existe la materia oscura en el universo. Ah, ¿que esto último es verdad? No seamos inocentes, ni que esto fuera la guerra de las galaxias… Y, si no, al tiempo. 

martes, 13 de diciembre de 2011

Yo quiero un premio




La Navidad empezaba en mi casa, cuando era pequeña, el 22 de diciembre con la cantinela de los niños de San Ildefonso en la radio, que se ponía desde el principio hasta el final (ya hablé una vez de la vena ludópata de mi familia). Antes de abrir los ojos, ya mi subconsciente oía a lo lejos el “veintidós mil setecientooos-ochenta y cuatro, veinte mil peseeetaaas…”. Y ahora, aunque la cosa haya cambiado a euros, yo sigo poniendo la radio (un ratito sólo, que, si no, es un guineo) porque es algo que me emociona más que lo de "pero mira cómo beben los peces en el río". Y es que, claro, yo también quiero un premio, oye. Quiero eso de descorchar una botella de champán y mojar a todo el mundo y decir en la tele que qué bien que esté todo muy repartido y que servirá para tapar agujeros.

Pero nunca tengo premios. Se me podrá decir que sí, que en el colegio hasta me ponían bandas (yo era de buenas notas, sólo me suspendieron una vez en Hogar, el baldón de mi expediente), pero eso no son premios, sino el resultado normal de estudiar. Un premio tiene que ser algo que venga porque sí, sin esperártelo. Como la otra noche, que soñé que regalaban tres lavadoras en la ciudad y yo, que estaba en una plaza con mi amiga Cachi, vi venir una que, volando suavemente por los aires, se posaba delante de mí. Entonces Cachi dijo que a ella se le había estropeado la suya y se la di (aunque le dije que, al menos, me dejara el bote de jabón). Así que, hasta en mis sueños, me quedo sin premio.

Todo el mundo quiere premios, no piensen que esto es algo exclusivamente mío. Y quien diga lo contrario miente. Camilo José Cela dejó de criticar el Premio Cervantes cuando él lo ganó. Hasta Sartre, que rechazó todo digno e intelectual él, el Premio Nobel porque era parte del sistema capitalista, por detrás, años después, reclamó el dinero, hasta ahí podíamos llegar. Al único al que he visto rechazar un premio fue al matemático ruso Perelman, que no quiso el Premio del Milenio (un millón de dólares), concedido por haber convertido en teorema la conjetura de Poincaré. Pero es que los matemáticos son muy raros.

En España se concede un premio cada 30 segundos. Que digo yo que, entre tanta profusión, alguno podía tocarme a mí, igual que les toca a los de alrededor. A una de mis amigas le dieron uno, cuando tenía 7 años, por ser la campeona de raspa en el balneario de Cofrentes, allá en Valencia. Y a otro amigo le dieron una botella de champán por ser el primer mamón de sangría (biberón incluido) de la playa del Perchel, cosa que él tiene muy a gala y que te lo saca a relucir en cuanto empezamos a hablar de los méritos de cada uno. A mi marido le dan copas por sus palomas mensajeras y eso que las que vuelan son ellas; a mi hija le dieron una vez 100.000 pesetas por una poesía, a 100 pesetas por palabra, como calculó enseguida su hermano, que no se creía que la literatura fuese tan productiva; a él le han dado copas y medallas por jugar al pimpón… Y luego están los que, de vez en cuando, te dicen: “Me saqué 60 euros en la primitiva” o “Fulanito se compró un coche con lo que le dieron en las quinielas”.

Claro que yo no relleno quinielas, ni compro lotería, ni hago la primitiva. Y, ahora que lo pienso, tampoco bailo la raspa, ni bebo sangría, ni tengo palomas, ni hago poesías, ni juego al pimpón.

¿A que va a ser por eso por lo que nunca tengo un premio?

martes, 6 de diciembre de 2011

Piropeando




En mis tiempos mozos los chicos nos decían muchos piropos por la calle. Parecía haber en la educación masculina una asignatura especial dedicada exclusivamente a este menester. Sacaban sobresaliente en ella los obreros de la construcción, a los que seguro que les decían cuando empezaban a trabajar: “Tenga usted el casco, las herramientas y el manual de los piropos, dividido por capítulos: finos, bastos y burros”.

Pero también los demás tenían la actitud que captó tan bien Xavier Miserachs en su foto de 1962, “El piropo”. Ahí la tienen: un chico, con su americana y todo, tan fino él, tal como entonces salían los domingos, que casi se te echaba encima diciéndote a veces un halago y otras, una burrada; los amigotes, riendo detrás por “la proeza” (era raro el que te decía algo yendo solo); y una chica, enfadada y agredida, que se tiene hasta que bajar de la acera, lejos del energúmeno.

Nuestro talante feminista se rebelaba, claro, contra algo que nos hacía aparecer como destinatarias mudas y pasivas, que aguantaban toda la rociada sin chistar. Aunque algunas sí que respondían, como una amiga mía que, ante la pregunta de un chico por la calle: “¿Todo eso es tuyo?”, se enfrentó a él y le dijo:”¡Sí! ¿Y todo lo que tú tienes es tuyo?”. El chico, que no se lo esperaba, le contestó un tímido “sí”, a lo que ella remachó: “¡Pues cada uno con lo suyo!”. Y en otra ocasión, ante una burrada que le dijo un soldado, se volvió y le propinó tal bofetada que lo dejó trasteando.

Pero ahora, visto desde la distancia, hay que reconocer que, aunque muchos eran sosos (“Tienes los ojos más grandes que los pies”) o groseros (“Tienes los ojos más negros que los calzoncillos de mi abuelo”) y casi todos sexistas, otros tenían su gracia. Después de todo, muchas canciones son piropos con música, como “Guapa, guapa y guapa”. O siguiendo con los ojos, no me digan que no es bello este piropo llevado a una folía: “Yo diría que tus ojos / llevan la brisa del mar. / Ellos apenas me miran / y yo me pongo a temblar”.

Y después llegaba el momento en que las mujeres nos hacíamos invisibles. Cuando íbamos arrastrando a dos niños y el carrito de la compra, despelujadas y cumpliendo nuestro papel de mujeres trabajadoras-amas de casa-madres, ya podías pasar por delante de un batallón de hombres, que ni guayabito, ni bomboncito, ni otras lindezas por el estilo. La escritora Elizabeth Gilbert, en su libro “Come, reza, ama”, se queja de que cuando, después de un tiempo, vuelve a Italia (otro país especialista en piropos), con 30 y pico años, ya no le dicen nada por la calle y casi ni la miran. Dice que se agradece “pero una tiene su orgullo femenino y no queda más remedio que preguntarse: “¿Qué ha cambiado aquí? ¿Soy yo? ¿O son ellos?”.

Y es que, gracias al cielo, lo que ha cambiado, de unos años acá, es la cultura y la educación. Han cambiado ellos, que asumen, cada vez más, valores como el respeto y la igualdad y no se les ocurre, tanto como a sus antecesores, largarle una grosería a una desconocida. ¿Hemos cambiado también nosotras, las mujeres? Desde luego, pero no se puede negar, en honor a la verdad, que, aunque siempre se ha repudiado el ataque verbal, a todas nos sigue gustando la lisonja y el halago. El piropo fino, vaya.

Yo, por lo menos, ya estoy servida. No hay nada que guste más a una abuela jubilada que el que tu nieto de 6 años te abrace fuerte y te diga: “Mmmm… Aba, hueles a vainilla”. ¿Qué mejor piropo puede una esperar a estas edades? 

martes, 29 de noviembre de 2011

Oído al azar




No estamos en una burbuja como los monos sabios japoneses. Somos una parte muy pequeña de un mundo de tropecientos millones de personas y vivimos entre desconocidos con los que, a veces, si tenemos los ojos y las orejas abiertos, se produce un roce leve, un toque, que llega hasta nosotros como la ola causada por la estela de una embarcación. Son retazos de otras vidas, algo que vemos y, sobre todo, oímos, frases que nos llevan a imaginar historias escondidas detrás de ellas o que, en otros casos, nos mueven al asombro o a la risa.
 
Toda esta perorata filosófica me la iba yo diciendo a mí misma mientras caminaba (ese deporte nacional que hacemos ahora todos por empeño de los médicos, así sean dentistas) y escuchaba a los que se cruzaban conmigo. Sobre todo porque, dando vueltas por una plaza, oigo a dos mujeres, de mi quinta y entregadas a lo mismo que yo, que seriamente dicen: “No se trata sólo de sacar y meter…”. Y, claro, una aguza el oído a ver cómo sigue la cosa y vas oyendo en las siguientes vueltas:”…10 minutos. Cada una hace lo que puede” y “…con ese aparato hasta 30 veces”. Y después: “… marchas de 5 kilómetros”. Acabáramos.

Pero no todo lo que oímos se presta al doble sentido, que obedece más bien a que somos malpensados por naturaleza. Hay otras frases que abren más la imaginación, como esta que escuché a un chico joven en un mostrador de Información del Aeropuerto del Sur: “¿Cuál es el primer avión que sale?”.”¿Para dónde?”.”Para donde sea”. O esta otra escuchada en la puerta del Hospital: “…alguien a quien amar y algo que agradecer”. O aquella, dicha por dos señoras en Bajamar, de la que habló en su post mi compañero de blogfera, Miguel Feria: “Se enamoró barriendo el patio”. Todas ellas nos despiertan la mente y nos llevan a idear un contexto, una situación para hacerlas posibles. ¿De qué huía el chico del Aeropuerto? ¿Amar y agradecer están en el camino para ser feliz? ¿El barrido de patio te puede llevar al Príncipe Azul?

Hace tiempo leí un cuento de Harry Kemelman, “Nueve millas bajo la lluvia”, en el que dos amigos, analizando lógicamente una frase oída al azar (“El caminar nueve millas no es broma, especialmente si está lloviendo”), descubren un asesinato. Y es que las personas, aunque no queramos hacerlo, siempre dejamos traslucir algo de nosotros mismos en nuestras palabras. Y muchas veces, oyéndolas, no podemos evitar pensar que el género humano, a pesar de todo, tiene su gracia. “Yo no me desarrollé hasta los 17 años. Entonces era bajito”, decía por la calle un hombre, de 1,60 m. más o menos, a un adolescente. “Santo Tomás decía que lo que no “vía”, no lo creía”, pontificaba, rotunda y a grito pelado, una señora mayor con una vecina a la puerta de su casa. Y en el Aeropuerto de Frankfurt oí detrás de mí, con el inconfundible acento de un canarión: “Chacho, eres más de derechas que el grifo del agua fría”.

Pero el mejor “oído al azar” que me ha llegado últimamente le ocurrió a una amiga mía en Correos. Había que coger número pero se había estropeado la pantallita avisadora. Un señor mayor extranjero, calvo y entradito en carnes, entró y, al no verla, preguntó cómo podría saber cuándo le tocaba. Una señora de lejos le gritó: “¡Van nombrando!”. Y el señor, mirándose la barriga y su porte en general, preguntó, estupefacto: “¿Marlon Brando, yooo?”.


¿Para qué va una a estar viendo telenovelas si la realidad te brinda estas joyitas oídas al azar? 

martes, 22 de noviembre de 2011

Tiempo de mandarinas




Había una vez, en la vieja China, un mandarín en cuyo corazón cabían todos los seres. Su esposa, la mandarina, era pequeña y hermosa pero en su corazón sólo había sitio para ella. Una mañana, en la que ella paseaba sola entre los innumerables naranjos del jardín, se le acercó un mendigo para suplicarle que le diera una naranja. La mandarina le dijo que ni hablar, “mis naranjas son muy hermosas y tú sólo eres un viejo feo y sucio”. El mendigo que, como suele pasar en los cuentos, era en realidad un gran mago, se transformó en ese momento y, con su varita mágica en la mano, le dijo: “Para que aprendas a ser generosa, te convertiré en árbol y darás sabrosos frutos a cuantos pasen por el camino. Tu corazón se hará más grande y todos te querrán”. El mandarín buscó a la mandarina todo el día y, al caer la tarde, cansado y triste, encontró el nuevo árbol y pensó: “¿Qué hace este arbolito entre mis naranjos? ¿Y por qué sus naranjas son tan pequeñas?” Probó una fruta y su sabor dulce le recordó a su esposa. Desde entonces, cada tarde paseaba hasta el arbolito y comía una de ellas y las llamó mandarinas en honor a su esposa, la bella mandarina”.


Les leo a mis nietos este cuento (“La bella mandarina” de Laura Pons Vega y Elena Odriozola) mientras nos sentamos a merendar dulces mandarinas al pie del árbol, que ahora aparece cargado de fruta. Otoño, en mi huerta, es tiempo de mandarinas.

En la literatura los meses de noviembre y diciembre tienen un aire triste, como de viejo caballero melancólico que espera la llegada de la primavera. “Otoño tiene en el sueño un iris de abril”, dijo Machado. Y en el último libro que he leído (“Zapatos de caramelo”) Joanne Harris cuenta: “Diciembre siempre ha sido época de penumbras, de espíritus santos e impíos, de hogueras encendidas para desafiar la agonía de la luz. Los dioses del solsticio de invierno son severos y fríos. Perséfone está atrapada en el mundo de los muertos y la primavera es un sueño que se encuentra a una vida de distancia”. Pero en cambio, en mi huerto, las mandarinas y las naranjas dan color y luz al comienzo del invierno, como pequeñas velas que iluminan las tardes. Acompañados de los flashes rojos de las flores de Pascua, aportan un toque festivo y alegre que desmiente a la literatura.

Y es que, además de lucir como farolillos naranjas, las mandarinas tienen tantas posibilidades…

Por ejemplo, llenar un cuenco de cristal con ellas y ponerlo, como una obra de arte, adornando un rincón de la cocina.

Hacer una mermelada exquisita (con mandarinas y calabaza al Grand Marnier con un toque de curry y azafrán) o una mermelada normal (mandarinas, azúcar, limón y canela), también exquisita.

Preparar, con mandarinas y aguardiente, un licor dorado que descanse, como una joya, en la repisa de la bodega hasta la llegada de mi cumpleaños.

Pelarlas y pinchar cada rodajita con un palillo largo para mojarlas en una fondue de chocolate, caliente y especiada.

Cortar una lámina muy fina de la cáscara y añadirla a un gintónic para tomarlo despacio al atardecer, mirando caer el sol sobre el valle.

Hacer un sorbete de mandarinas y cava que anuncie la navidad.

Ponerlas como ingrediente de recetas saladas (en ensaladas o salsas que acompañen a carnes y pescados) o dulces (tartas, flanes, batidos, bombones, helados, tortitas…) Incluso en un pan de mandarinas, esponjoso y crujiente.

Regalarlas a los amigos y a la familia.

Hacer un poema sobre ellas.

Comerlas tal cual al pie del árbol mientras leo un cuento a los niños.

Escribir un post sobre este otoñal y cálido tiempo de mandarinas...

martes, 15 de noviembre de 2011

Las Antípodas




Mi hijo y mi nuera se han ido a las Antípodas, a Nueva Zelanda, de luna de miel en plan caravana y pateos con mochila. Desde el otro lado del mundo me llegan –cuando hay cobertura- los dulces nombres maoríes: Te anau, Wanaka, Punakaiki, Kaikoura… Y también los sitios que van viendo: una cueva iluminada por luciérnagas, una playa donde se bañan los leones marinos, un río de aguas turbulentas en el que hacer rafting, un glaciar con veredas por las que caminar. “Es tan bonito como un sueño”, dicen.

Pero… ¡las Antípodas! Me las nombran y me viene a la mente un dibujo de mi infancia en el que aparecía la Tierra y, al otro lado, niños cabeza abajo. Para llegar allí estuvieron 3 días y 2 noches, haciendo escalas en Dubai, Bangcock y Sydney, yendo hacia donde empieza el año. ¿No es mucho trajín para un viaje? Siempre decimos que el camino hacia un sitio es parte de la aventura pero ¿también lo es cuando ese camino es tres días en avión y aeropuertos? ¿O será que, a mi edad, tendemos más a quedarnos en el sillón y a pensar como aquella viejita, a las puertas de la muerte, a la que el cura consolaba con las delicias del cielo y ella contestaba: “Ay, sí, padre, pero como en la casita de una…”?

Siempre me asombró Phileas Fogg, el personaje que Julio Verne retrató en “La vuelta al mundo en 80 días”: una persona, con una vida invariable y sedentaria en la que la única distracción era leer periódicos y jugar a las cartas en su club, que, de repente, por una apuesta, es capaz de lanzarse al mundo y sus peligros. Es también la vena aventurera de Bilbo Bolsón, el hobbit de Tolkien, que, a pesar de su existencia respetable en la que “las aventuras son cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena”, de un día para otro, sale corriendo tras trece enanos y un mago a matar dragones, sin llevarse ni un pañuelo.

¿Somos así de aventureros los humanos? En la vida real, Agatha Christie y su primer marido se fueron alegremente durante un año a dar la vuelta al mundo. Dejaron con su tía a la hija (que, cuando volvieron, casi ni los conocía) y ¡hala! a ver guacamayos en Australia y a hacer surf en Africa del Sur y Honolulú. Fernando, uno de mis exalumnos, trabaja unos meses para pagarse viajes, sin organización ni premeditación, a la India o al Nepal. Y conocí hace poco a una chica, recién salida del bachillerato y delicada como un lirio, que se iba, antes de empezar la carrera, a trabajar durante un año a un orfanato en Burkina Faso.

Pero en mi caso, y tal vez porque ya se me pasó el arroz, en este momento no estoy para trotes tan lejanos ni para destinos tipo “Las minas del Rey Salomón”. Por lo pronto, las Antípodas son el lugar en el que están mi hijo y mi nuera. Y también fueron, hace unos días, un tema de conversación con los amigos una noche estrellada junto al mar. Tema de conversación que, por otra parte, planteó interesantes problemas filosóficos relacionados con el tiempo. ¿Viven ellos en la misma realidad que yo, sólo que con otro nombre? ¿O realmente están en una realidad distinta, ellos en miércoles, yo todavía en el martes; ellos, en una primavera en la que la naturaleza se despierta, yo, viendo la luna de otoño que empieza a traer el frío?

El mundo se ha estrechado. Es verdad que las Antípodas ya no están tan lejos como hace un tiempo. Pasamos un rato estupendo esa noche hablando filosóficamente de ellas y lo pasaremos igual de bien cuando, a su vuelta, veamos fotos preciosas y oigamos sus aventuras. Pero eso sí, y por esta vez, desde mi sillón. 

martes, 8 de noviembre de 2011

Mi primera vez




Bajo este título, “Mi primera vez”, El País ha publicado este verano una serie de artículos firmados por varios escritores y que me han gustado mucho. Lola Beccaria, Rosa Montero, Santiago Roncagliolo y Luis Sepúlveda hablaron del primer encuentro con la sexualidad, esa vez en la que todos pensamos cuando se dice “mi primera vez”. Pero también allí están otras primeras veces: la primera experiencia de la muerte (Wendy Guerra, Andrés Neuman, Marcos Giralt Torrente) o el primer viaje en avión (Juana Salabert). Soledad Puértolas, después del primer día de colegio, descubrió, consternada, que tenía que volver todos los días (¡Qué tres palabras más terribles bajo su aparente inocencia!). Luisa Castro recuerda la primera vez que se comió un geranio, “como quien se come el corazón de la belleza”. Juan José Millás, siempre tan críptico, habla de la primera vez que se sintió un neandertal frente a los demás niños del colegio, que eran homo sapiens (lo entiendo; yo, a veces, también me he sentido así), y Carme Riera, del descubrimiento de la literatura con el poema “Sonatina” de Rubén Darío. Tener miedo (Caballero Bonald), sentirse adulto (Tomás Segovia), ver la nieve (Mendicutti) o un ovni (Agustín Fernández Mallo) son otras primeras veces que conocimos, con ellos, a lo largo del verano.

Todas esas primeras veces, que evocamos cuando echamos una mirada a nuestra vida, destacan del fondo porque suponen un cambio en la experiencia cotidiana, una entrada en espacios desconocidos. Si las recordamos es porque en esas experiencias ha habido asombro y miradas limpias. Por eso, yo no recuerdo la primera vez que vi el mar, que siempre ha sido mi horizonte. Y, sin embargo, mi amigo Fernando, que es de El Bierzo, de tierra adentro, no ha olvidado la primera vez que se quedó impresionado y desbordado, cuando a los 14 años se encontró, en Santander, ante la inmensidad del Cantábrico.

Pero sí recuerdo, como si hubiera sido ayer, aunque era muy pequeña, la primera vez que descubrí el cine –“Escuela de sirenas”- y el impacto de ver en la pantalla a Esther Williams, moviéndose y nadando, como si aquello fuera también una parte de la vida real que yo no conocía. Sé que, días después, fui con mis padres a una cafetería donde había un cuadro enorme de un jardín, que ocupaba toda la pared, y que me pasé todo el rato mirándolo y esperando que allí también, detrás de los arbustos, saliera alguien y empezara la magia.

Y también recuerdo la primera vez que probé el vino, el primero de muchos momentos que se han repetido hasta hoy. En casa siempre nos dejaban probar la sidra en Navidad y un sorbito de vino Sansón al atardecer en Las Teresitas cuando, después de tardes de arena y olas, merendábamos ateridos de frío. Pero el primer ritual de tomar un vaso de vino con los amigos fue a los 17 años en el Bar Los Claveles de la calle de La Rosa, ante unos calamares riquísimos que hicieron famoso este bar.

Parecería que la infancia y la primera juventud es el terreno apropiado para las primeras veces. Mis nietos este verano se pusieron unas gafas y un tubo y observaron por primera vez en La Graciosa la maravilla del mundo submarino. Mi nieta me llamó, entusiasmada, para decirme que, aparte de miles de peces, había visto un ancla enterrada en el fondo. Mi nieto, para no quedarse atrás, aseguraba que él había visto también un cofre con un tesoro.

Pero todos los días, también en la madurez y la vejez, si ponemos atención, se produce ese milagro de la primera vez. Este último mes he leído la primera obra, “Vino y miel”, de una autora, Myriam Chirouque, que escribe con una prosa bellísima. He comido con placer los 4 primeros higos negros de la higuerita que sembramos el año pasado.  Anoche mismo estuve viendo con los prismáticos la luna llena y nunca había visto tan claros sus cráteres -el cielo estrellado es un escenario perfecto para primeras veces-. He visto nuevas ciudades y otras maneras de vivir. He conocido a gente nueva con la que tuve conversaciones interesantes. Y me he enterado de cosas nuevas porque todos los días se aprende algo.

Y luego, también hay segundas veces, como la de este fin de semana en el que mi hijo Dani y mi preciosa nuera Myriam se han casado, los dos por segunda vez: una segunda oportunidad de reconducir sus vidas y ser felices. Y es que yo, que soy de relecturas y de re-visiones, de viejas amistades y de repetir rituales, pienso que, hasta que llegue la última vez, la vida es justamente esto: una sucesión de segundas, terceras e innumerables veces tan instructivas, luminosas, nuevas, terribles, placenteras, amargas y reconfortantes como la primera vez.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Tiembla la Tierra


(La foto, hecha en noviembre de 1971, tiene los colores desvaídos de hace 40 años. El Teneguía y yo también, ahora, estamos desvaídos)

La Tierra tiembla. Lo está haciendo continuamente, como si fuera una inmensa matrona que se recompone, ajena totalmente al desconcierto y susto de sus hijos.

Tiembla la Tierra y, a veces, hace algo más: sisea, escupe furibunda, grita colérica, brama… A lo largo de mi vida, lo ha hecho en mi entorno tres veces. La primera, cuando el volcán de San Juan, en La Palma. Es en el año 1949, tengo un año de edad y vivo con mis padres en La Laguna, en la Plaza de la Milagrosa. Pero mi abuela está en La Palma y escribe: “Ya creíamos que lo del volcán estaba terminado cuando apareció por Tigalate, rompió a soltar lava por el puente y cogió por el barranco. No causó ningún daño pues las autoridades, alarmadas, mandaron a todas las clases de vehículos a evacuar a la gente que podían traer por carretera. La otra, que quedó en el centro, fue traída por mar. Imagínate cómo estaría el pueblo. Empezó aquí abajo a caer una lluvia de arenilla (…) Ahora se secó por esa boca y volvió otra vez por Las Manchas, así que no sabemos en qué irá a parar esto…”.

La segunda vez es en el año 71 y otra vez es en La Palma, el Teneguía. Acabo de casarme y estoy en mi segundo año de trabajo, dando clase en un colegio. Nos vamos todos, profesores, marido y alumnos, de noveleros, a ver el volcán. Llegamos muy cerca y tenemos que taparnos los oídos por el estruendo. Es un gigantesco espectáculo de fuego y piedra, que nos deja maravillados.

La tercera es ahora, en El Hierro. La Tierra ha vuelto a enfurecerse en las aguas cristalinas del Mar de las Calmas, donde este verano estuve bañándome. Y quizás aparezca un volcán submarino o una novena isla canaria. Por lo pronto, es una mancha en el mar, tan grande como la isla, tan inquietante…

Viviendo entre volcanes, he sentido muchas veces el temblor de la Tierra, el tremor (sólo una letra lo separa de “temor”), del que, últimamente, tanto hemos oído hablar. A veces, es un leve movimiento y otras, va acompañado de un ruido profundo y sordo, como un motor desajustado que ruge en las entrañas de la Tierra. Lo sentí en mi niñez, en Santa Cruz de La Palma, cuando preguntaba “¿Qué ha sido eso?”, mirando aturdida a mi abuela, que era quien tenía todas las respuestas; en Madrid, en el Colegio Mayor, cuando soñaba que alguien me estaba meciendo en una cuna y desperté con los gritos de Ana, mi compañera de habitación, que me hizo salir corriendo al patio en pijama; en el año 89, aquí, con un terremoto de 5,3º que apenas sentimos en la casa de firmes cimientos que mi padre y mi hermano nos proyectaron. Y ahora, en el viaje que hemos hecho a Turquía, nos han llegado los ecos del seísmo de 7,2º que sacudió el sureste del país, y también los mensajes (¿Están bien?).

Y, sin embargo, nosotros, habitantes de una tierra volcánica, no vivimos con miedo. Cuando era (más) joven, subí dos veces al Teide caminando, hice noche en El Refugio y vi el amanecer desde el mismo cráter, paseándome tranquila –y emocionada- entre fumarolas y olores infernales que demuestran que nuestro Teide es un volcán vivo. Un poco adormilado, sí, pero vivo.

Hay una hipótesis, la hipótesis Gaia, propuesta por el bioquímico inglés James Lovelock, que ve a la Tierra (la antigua diosa Gea de los griegos) en su conjunto como un superorganismo vivo, que, con mano sabia, regula las condiciones para que la vida sea posible. Es una hipótesis no demostrada, que tiene sus detractores y sus defensores. Pero, cuando la oigo temblar y enfurecerse, yo no puedo evitar sentirla así, como un ser vivo y despiadado que, sin embargo, nos está mandando avisos.

Los más importantes tal vez sean dos. Uno, que la vida no se basa en seguridades y no puedes dar nada por sentado. Y otro, que el Caos, aquello que, según los griegos, era el Principio de todo, sigue estando ahí, dormido o en duermevela, acechando desde las profundidades.




martes, 25 de octubre de 2011

Y allá, en el frente, Estambul


Asia a un lado, al otro Europa, y allá, en el frente, Estambul. Desde la Torre Gálata.

Hace 4 años realicé uno de mis sueños: ir al dorado Estambul.

En los tiempos jóvenes, todos recitábamos de carrerilla "La canción del pirata" de Espronceda. Y los versos que, por lo menos a mí, más nos gustaban y que declamábamos con más sentimiento eran:

       La luna en el mar riela
       y en la lona gime el viento
       y alza en blando movimiento
       olas de plata y azul.
       Y va el capitán pirata
       cantando alegre en la popa,
       Asia a un lado. al otro Europa
       y allá, en el frente, Estambul.

Y Estambul, el sueño del pirata, en mi imaginación se aliaba, como un eco lejano, con otros nombres míticos e inalcanzables: con Samarkanda, por donde pasaban las caravanas de la ruta de la seda; con Tombuctú, en el corazón del África negra; con Eldorado, dormido entre tesoros…

Pero hay veces en las que los sueños se convierten en realidad y este octubre ha sido una de ellas. De pronto, mira por dónde, me he encontrado en un barco sobre el Bósforo, Asia a un lado, al otro Europa y allá, en el frente, Estambul.

Hay muchas maneras de viajar a un destino largo tiempo soñado. Hace poco, supe que había un programa vacacional dirigido a occidentales -“Musulmán por un mes”, se llamaba-, que proponía que la mejor manera de conocer Estambul justamente era esa; vivir allí como un musulmán más, ya saben, rezar en la mezquita, estudiar el Corán, ayunar, no beber alcohol… Pero mejor no. Después de tanto tiempo viviendo conmigo misma, fingir ahora ser seguidora de Mahoma supondría una mascarada y también un latazo, para qué nos vamos a engañar.

De todas formas, lo que no voy a hacer es hablar de los exquisitos azulejos de la Mezquita Azul, ni de la grandeza de Santa Sofía (el primer templo que veo dedicado a la Sabiduría), ni de harenes de otros tiempos, ni de palacios llenos de diamantes, perlas y rubíes del tamaño de un huevo. Ni siquiera de las colas y colas de turistas (¿hay gente trabajando en octubre?).

No, lo único que me puedo permitir, en estos 7 días, es atisbar, como a través de una rendija, un poco de la vida cotidiana de esta ciudad caótica y fascinante, abriendo los cinco sentidos al Estambul real.

Y así, huelo – porque el olor es lo primero que se percibe en una ciudad- ese olor a mercado oriental, a especias, a humanidad, a tés de todas las partes del mundo. Y también el aroma a salitre del mar cercano, el humo dulzón de cien narguiles en el café de un callejón, el olor del pescado que se asa junto a los embarcaderos.

Pescadores en el Puente Gálata
Oigo los graznidos de las gaviotas, el escándalo lejano de los coches desde la paz del cementerio de Eyüp, la música triste de un violín mientras subimos a las ruinas de un castillo que mira hacia el Mar Negro, allí donde el Bósforo termina; o la alegre de un grupo de jazz que toca en la calle hasta que la policía los disuelve. Oigo la eterna cantinela de los que, en este enorme gran bazar que es la ciudad entera, te quieren vender algo, desde calzoncillos Hugo Boss a 2 euros hasta relojes Rólex, por supuesto auténticos, a 10 (“¡Señora! ¡Nosotros le engañamos menos que los demás!”, me dijo uno a grito pelado desde la acera de enfrente). O las continuas interpelaciones para que te pares; “¿Española? ¿Mari Carmen?” (peor fue que a otro de mis amigos, jubilado y con barba, le dijeran “¿Español? ¿Marta Sánchez?” o a mi marido, “Tú, como Ali Baba, por la barriga”, cosa que no le hizo ninguna gracia aunque estoy segura de que era un piropo).

Oigo también las consignas y gritos de dos manifestaciones, de universitarios y de jubilados, que suben por la calle Istiklar, o las voces en todos los idiomas, reunidas en esta ciudad cosmopolita. Oigo hasta un “¡Mi niño!”, que me hace mirar y conocer a una pareja joven de La Laguna, Ana y Miguel, que están trabajando allí y dicen estar encantados del respeto y la tranquilidad que han encontrado. El más sobrecogedor de los sonidos es, sin embargo, oír a la caída de la tarde, desde el Cuerno de Oro, sobre el suave chapoteo del agua en la quilla del barco, como el canto del muecín se multiplica desde las dos riberas, llamando a la oración.

Manifestación por la calle Istiklar

Siento el frío de las mañanas y el sol sobre la cara al mediodía, el aire limpio del Mármara, el tacto de las sedas en las tiendas del Gran Bazar, el sosiego de las mezquitas, la risa ante el humor de los turcos, la tranquilidad por las calles a medianoche.

Saboreo las comidas especiadas y picantes, las ensaladas de berenjenas, las delicias turcas, el cordero cocinado en marmita de barro, las castañas y piñas asadas en puestos callejeros. Pruebo el lahmacun, una especie de pizza turca, sabrosa y completa, en un bar de barrio, y el pescado fresco junto al
Mármara. Y, sobre todo, los panes, hechos de cien formas diferentes.

Un experto en lahmacum
Veo, desde la galería de las mujeres, descalza y cubierta la cabeza, los rezos en las mezquitas; a la viejita tejiendo y vendiendo patucos con piedras brillantes hasta las 11 de la noche; al hombre que se pasa todo el día con una pesa delante, como la que todos tenemos en el cuarto de baño, esperando que alguien le pague por pesarse. A los pescadores que no pescan casi nada desde los puentes; las tiendas únicas, sólo de cremalleras, o de cintos, o de remaches; la puesta de sol, dorándolo todo, como una ceremonia desde lo alto de la Torre Gálata. Sobre todo, veo a los niños: niños que venden, incluso de noche con 5º, turbantes o flores; niños que visten de blanco y dorado, como príncipes árabes, celebrando algún rito de iniciación; niños en filas, saliendo del colegio; niños, como todos los niños, que ríen y alborotan con sus voces finas, diciéndome “¡hello!” y posando alegres para una foto: el futuro del país.

Niños a la entrada de Topkapi
No, realmente no he conocido Estambul. Para hacerlo, no basta una semana, ni siquiera el mes de la propuesta, sino años. Pero sí que me llevo, como un regalo, un trocito de esta ciudad excesiva, sensual y disparatada.

Y siempre estará, allá en mi mente, Estambul. 


En el Gran Bazar

martes, 11 de octubre de 2011

Sentirse bella


Natalie Wood sintiéndose bella en West Side Story

Las damas victorianas aconsejaban ir siempre bien vestidas y arregladas, no fuera a ser que esa vez en la que ibas hecha unos zorros “te encontraras con tu destino” (léase un marido rico, léase un seguro de vida). Mi madre también me contaba que la madre de una amiga de su juventud, cada vez que ésta salía, le decía: “Date tono, mi hija Zoila”. Hasta mi bisabuela Pepa, en tiempos de escasez, creo que reservaba los huevos para dárselos a su hija casadera, mi tía abuela Nieves, antes que a la más pequeña. “Ya te tocará a ti comer huevos”, le decía.

Las madres victorianas, la de Zoila y mi bisabuela Pepa pensaban que invertir en la belleza y arreglo de sus hijas a la larga produciría beneficios familiares: una hija menos a mantener y bien colocada para el resto de sus días.

Gracias al cielo, esas ideas están tan trasnochadas como los parches Sor Virginia. Ni el matrimonio está considerado como una inversión segura (el príncipe azul puede salirte rana, por ejemplo), ni ahora se exige que tengas que ir por las calles como si estuvieras en la Pasarela Cibeles. Hace poco vi en una revista un artículo de esos en los que retratan a las actrices sin maquillar (las pobres alguna vez tienen que ir al supermercado sin tener que pasar antes por su asesor de imagen). Y allí estaban Cameron Díaz, Julia Roberts y Penélope Cruz con la cara lavada, tal cual nos levantamos nosotras por la mañana. Supongo que el reportaje estaba hecho para consolarnos al resto de las mujeres que siempre podríamos decir: “Ah, nosotras no necesitamos bisturí ni toneladas de maquillaje encima. Mi belleza es así de natural siempre, ¿qué pasa?”.

Sin embargo, mi madre decía muchas veces que las casas viejas hay que remozarlas. E incluso, en el último año de su vida y sin segundas intenciones (al fin y al cabo, ya tenía un marido), y sólo por un gusto innato a estar guapa, no dejó de ir cada semana a la peluquería ni cada mes a su limpieza de cutis. Y siempre me dijo, desde que yo tenía 16 años, que me pintara los labios, por Dios.

Ahora, mi look preferido es estar con tenis y ropa cómoda. No me gusta la peluquería ni siquiera para ponerme al día en lo que visten o hacen Letizia y Carolina. Evito ir de compras siempre que puedo y no me he pintado los labios nunca. Y lo de la limpieza de cutis me parece una de las formas más refinadas de tortura. A mi madre le daría un yeyo esta hija que le salió.

Pero a las mujeres y a los hombres nos gusta lo bello. La María de “West Side Story” canta, mientras revolotea, esa canción tan bonita que dice “I feel pretty”: no “I am pretty”, soy bella sino me siento bella, que es mejor. Elizabeth von Arnim, en un libro esperanzador, “Un abril encantado”, hace también una loa a la belleza de una Italia en primavera para explicar que esta te conquista, te contagia y te cambia también a ti.

Porque sentirse bella, al fin y al cabo, no depende, como ser bella, de la genética, de la edad, de la cirugía, del maquillaje, de los arreglos o de los gustos de la sociedad en que vives, sino de la paz interior.


Y yo en estos momentos, mira por donde, tengo mucha. Me siento bella.

martes, 4 de octubre de 2011

Querido Mark Suckerberg





Hace 4 años le escribí esta carta a Mark Zuckerberg ante los cambios que de vez en cuando hace en facebook ¿y quieren creer que no me ha contestado todavía? Estará liado, supongo, pero de todas formas no pierdo las esperanzas


Querido Mark Zuckerberg:

Te escribo con la confianza que me da saber que, cuando naciste y eras un bebé berreante y meón, yo ya formaba parte de la sociedad adulta que te iba a educar: tenía ideas más o menos claras sobre cómo hacerlo, daba clases de filosofía, había escogido un compañero para lo bueno y para lo malo, había tenido dos hijos, había optado por la vida en el campo y no en la ciudad… Es decir, ya había elegido caminos –y cerrado otros- por lo que transitar, mientras que tú todavía te dejabas llevar.

Sé que tú, después, creciste en altura y sabiduría, y que creaste ese invento tan impactante que es el Facebook, feisbuk para los amigos. He tenido muchos alumnos como tú, gente inteligente e imaginativa, que sabía mirar el entorno con ojos limpios y ver posibilidades donde otros veían la realidad pura y dura. Te valoro, pues, como los valoré a ellos, y doy gracias por que haya personas así -Platón, Galileo, Darwin, Marx, Freud, Einstein, tú – que contribuyan a conocernos mejor y a hacer más ancho y cómodo el mundo que habitamos.

Pero tampoco te creas que tu descubrimiento es algo tan nuevo. Existe desde siempre, desde que los humanos no sólo nos miramos el propio ombligo, sino que también nos gustan los ombligos de los otros: cómo piensan, cómo se relacionan, qué es lo que hacen, adónde van. Existió en el ágora ateniense, en los patios de vecinos, en las plazas de los pueblos, en la Avenida de Anaga o en la Rambla del Santa Cruz de mi adolescencia, en la Plaza de la Catedral de La Laguna ahora…, en todos los lugares del mundo donde la gente vaya a encontrarse con conocidos o desconocidos (que dejan de serlo); lugares en los que se habla de noticias, de música, de eventos y de cotilleos; en los que nos enseñamos unos a otros las fotos del último viaje o las del niño que acaba de nacer y llegar a la familia, Siempre han existido esos lugares de encuentro que hacen posible el acercamiento entre todos, la comprensión y la amistad.

No, el invento no es nuevo. Pero lo que tú y otros como tú han hecho de rompedor y grandioso es lograr que la plaza del pueblo abarque todo el planeta; que no haya 100 o 200 personas paseando por la avenida online, sino 800 millones, 500 conectados a la vez en algún momento del día. Y lo han hecho de una manera tan fácil que, hasta jubiladas como yo, lo sabemos manejar relativamente bien.

Por eso, ante tu anuncio de nuevas funcionalidades, tu pretensión de que uno se pase la vida entera en la red social (también nos gustan las redes sociales alternativas, oye, el cara a cara, el mirarnos a los ojos y el reírnos juntos), tu intención de ampliar el botón “me gusta” o de cambiar el orden cronológico en que aparecen las noticias, yo te pido, por favor, que no nos cambies el feisbuk. Que nos dejes con nuestra página de inicio tal cual, con los enlaces donde estaban, con nuestro ratito al día para conectarnos pero no enviciarnos, con la plaza familiar conocida. “No la toques ya más, que así es la rosa…”.

Y es que, además, ahora que aprendí a decir peliúcola, me lo cambias a flim.

Un abrazo y, como decía mi abuelo, ten fundamento. 

martes, 27 de septiembre de 2011

Carritos de caramelos


(Carrito Adrián en la Plaza de España de Santa Cruz . Foto cedida  por su nieto Adrián IR y publicada en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")
Este post se escribió hace 4 años, cuando quemaron el carrito de Doña Nati, en su honor y en el de tantos carritos que alegraron nuestra infancia.


¿Hay algo más mágico para un niño que un carrito de caramelos? Los carritos, en el Santa Cruz de mi infancia, eran una institución, tan indispensable como el cine a las 4, un centro de atracción irresistible en el que, sobre todo los domingos, y cada día a la salida del colegio, los niños recalábamos.

Todos tenemos un carrito de caramelos en nuestras vidas. El carrito era el trasunto de la casita de chocolate de Hansel y Gretel o de los dulces con que tientan a Pinocho. No por nada una de las poesías preferidas de mi hija, de pequeña, y ahora de mis nietos, es “El Hada Acaramelada” de Gloria Fuertes, la historia de un hada que monta un puesto de caramelos gratis a la puerta del colegio (“¡Todo gratis!” regalaba / yoyoes y caramelos… / El Hada cuanto más daba / más se le llenaba el cesto”).

Mis carritos fueron dos. Mientras vivimos en la calle del Pilar, fue el del Abuelo, en el Parque, que, además, era un verdadero carrito: blanco, con dos grandes ruedas, andas para transportarlo y un mostrador de cristal en el que se exhibían todos los tesoros. Y el Abuelo era también un verdadero abuelo, pequeño, arrugado, con pelo blanco y con una paciencia infinita con toda la chiquillería que gritaba a la vez: “¡Abuelo, una melcocha!”, “¡Abuelo, ¿cuánto cuestan las chufas?”, “¡Abuelo, dame una peseta de pipas!”…

Alrededor del carrito, arremolinados, los niños hacíamos transacciones comerciales y administrábamos nuestras finanzas, que ríete tú del Fondo Monetario Internacional. Media peseta se nos iba en pastillas de a perra chica, y otra media, en pastillas de a perra gorda. Y luego la regaliz (la finita y la gorda hueca) con el cartuchito de polvos (“refresco” lo llamábamos) para mojar, y la melcocha, deliciosa y estirable, y el puntiagudo pirulín, mi preferido, que, incluso, cuando, años más tarde, ya casada, supe que en un carrito de la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz los vendían, me fui hasta allí a buscarlos. También, en ocasiones, comprábamos un bastón de caramelo con rayas de colorines que chupábamos por turno y que nos duraba horas y horas. Nunca 5 pesetas, que era nuestro capital semanal, estuvieron tan bien aprovechadas.

Cuando, a mis 12 años, nos mudamos al Barrio del Toscal, mi segundo carrito fue el de Doña Nati, situado estratégicamente en la esquina de García Morato y San Martín, enfrente de Méndez Núñez. Con más prestaciones, allí comprábamos el pan y el periódico por las mañanas y de allí eran los primeros cigarrillos que probaron mi hermano y mis primos. Pero seguía siendo, en esencia, un carrito de dulces y caramelos y también era el lugar por donde, más tarde o más temprano, todos los chicos del barrio pasábamos.

No sé si el carrito del Abuelo sigue estando en su rincón del Parque. Hace unos años pasé por allí y sí estaba, convertido en quiosco y con un letrero, “El Abuelo”, que lo recordaba. Pero el carrito de Doña Nati, aunque hace tiempo que estaba cerrado, sí que seguía estando firme en su esquina, como un símbolo de permanencia. Hasta que esta semana pasada, en la madrugada del lunes, unos desaprensivos, gamberros e incívicos personajes lo han quemado.

La noticia (¿Sabes que han quemado el carrito de Doña Nati?) enseguida voló entre todos los que en su día lo conocimos y a todos nos sacudió y nos dejó un regusto amargo: indignación ante una ruindad innecesaria, pena por la destrucción de una parte de nosotros, consternación -¿quién puede querer destruir un carrito de caramelos?- y, al final, una certeza: quienes lo hicieron nunca fueron niños.


(Carrito de Paco en la calle 25 de Julio. Publicado en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")

martes, 20 de septiembre de 2011

Holas que vienen y van



En honor a la verdad, yo soy una persona amable. Tal vez porque mis padres también lo eran, pero siempre doy los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches con una sonrisa, siempre agradezco lo que tengo que agradecer y siempre atiendo bien, incluso a los que te llaman por teléfono a horas intempestivas para preguntarte por tus filias y fobias políticas o para venderte una almohada viscoelástica.

Por eso me sorprende, más que me ofende, la gente antipática. La chica de unos 14 años que una vez me dijo a la salida del garaje del Instituto, cuando yo trataba de ver si venían coches, “Pasa de una vez, vieja” (y yo tenía entonces unos 50 años, tampoco es que fuera tan vieja…); la señorita que me llamó por teléfono para hablarme de loterías y que, al decirle yo que “lo siento pero nunca compro”, me colgó sin contemplaciones; la que me hizo también por teléfono una entrevista de media hora sobre publicidad y se enfadaba porque no me acordaba de ningún anuncio (al final, los inventé); o la compañera que, al buenos días mañanero, contestaba con el ceño fruncido “¿Qué tienen de buenos?”.

Y luego están los que no saludan, que tal parece que les cobran por ello. Morri, un colega bloguero, que hace en su “El mundo está loco” un genial y certero análisis de los especímenes con los que se encuentra, investiga en su post las reacciones de los demás cuando uno los saluda con un simple “hola”. Y así, clasifica al personal en El avestruz, que, por no saludarte, casi mete la cabeza bajo tierra; El Tristanbraker, que tampoco saluda pero te mira como si fueras un extraterrestre; El Chasquis, que sí saluda pero con chasquidos de fastidio; y la persona normal, que saluda y sonríe y que, según Morri, es una rara avis.

Y, sin embargo, ¡cuánta gente amable hay en el mundo! Ya hablé una vez de Macu, que, sin conocerme, me ofreció cama y hospitalidad en un momento de apuro. Pero también está el que te da paso sonriéndote desde el coche; el que te deja pasar en la cola del supermercado cuando tú llevas dos barras de pan y él, el carro lleno; los profesionales, sean trabajadores de un banco, profesores, camareros o notarios, que saben tratar a la gente con amabilidad y buen hacer; o aquel chófer inglés a quien mi amiga Puri, al subirse a la guagua, preguntó si paraba cerca de su hotel, y él, no sólo asintió sonriendo, sino que, cuando llegaban, desvió la guagua dos calles más arriba y ¡la dejó en la misma puerta del hotel!

En un mundo de tropecientos millones de habitantes, la amabilidad es la llave de la cohesión, la base de la armonía social, la que abre el camino a la cooperación y a la paz, la que te hace pensar que no todo está perdido. Como dice un proverbio de mi propia inspiración, “más vale en un día gris un hola mañanero con la boca abierta en una sonrisa sincera, que un bufido en mañana soleada”. Manita de santo, oye, para levantar el ánimo y apencar con lo que te echen.

Así que hola y pasa un buen día. :-D 

martes, 13 de septiembre de 2011

El olvido que somos




El día en que fuerzas paramilitares de Colombia mataron al padre del escritor Héctor Abad Faciolince le encontraron en el bolsillo un poema, atribuido a Jorge Luis Borges, que empezaba con la frase: “Ya somos el olvido que seremos”. Para conjurar ese olvido, el escritor dedicó a su padre un libro, “El olvido que seremos”, del que yo hice una reseña hace tiempo para el “Diario de Avisos”.

Muchos de nosotros estamos ya en esa edad en la que querríamos también conjurar el olvido. Nos quejamos de que se nos olvida dónde ponemos llaves, gafas o cartera. La frase “¿qué era lo que yo tenía que hacer ahora?” es casi la letanía de cada día. Nos acostumbramos a hacer largas listas recordatorias que luego no recordamos dónde pusimos. Por no hablar del pasado y de aquellas personas o sucesos o cosas que un día fueron importantes para nosotros y que hoy se han perdido en la niebla.

Una de mis mejores amigas, llamémosla Carmen, se hizo novia, casi al mismo tiempo en que yo conocí a mi marido, de un chico (llamémoslo Pepe) 7 años mayor que ella. Salíamos muchas veces juntos los cuatro y todo iba muy bien hasta que Carmen se fue a estudiar fuera y la lejanía le hizo ver que aquel no era su media naranja y lo dejó. Aquello fue para Pepe una tragedia y, muchos años después, cada vez que lo veía, me hablaba de ella como “la mujer de su vida”, a pesar de que ya estaba casado y con hijos.

Carmen no vive aquí pero viene de vez en cuando y entonces salimos y reanudamos la conversación allí donde la habíamos dejado. Hace poco, fuimos a comer juntas y nos encontramos con Pepe que, como siempre, me saludó a mí muy cariñoso, pero, en cambio, a ella se la quedó mirando, como diciendo “¿De qué me suena esta cara?”. Le dije: “¿Te acuerdas de ella?” y él ponía una cara de despiste total, mientras decía: “Me suena, me suena”. “Pues fue novia tuya 3 años”, le dije riendo. Pasmo total, exclamaciones de asombro y toda la pesca. ¿Adónde fue a parar todo el amor, la angustia, las tórridas pasiones? A Carmen y a mí, después, nos daban ganas de ponernos manriqueñas y decir: “¿Qué fue de tanto galán…? ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Fueron sino devaneos…?”.

Por eso, ante los grandes disgustos de la vida, ante los lloros, las pérdidas, las desilusiones, las traiciones… es consolador pensar que mañana serán, si acaso, anécdotas, o, tal vez, nada. O incluso que, aunque algunas veces te dejen un agujero en el alma, el ser humano sabrá recomponerse y salir adelante.

Al fondo de la caja que Pandora, llevada por la curiosidad, abrió derramando todos los males del mundo, no sólo estaba el pájaro verde de la esperanza, sino también, como un último regalo de los dioses, la capacidad de olvidar.

Bienvenida sea, aunque el olvido también al final nos arrastre a nosotros e, igual que el replicante de “Blade Runner”, nos perdamos en el tiempo como lágrimas en la lluvia. 

martes, 6 de septiembre de 2011

¡Ay, qué placer!




En mis años mozos había una canción, “Las tardes del Ritz”, en la que Lilian de Celis cantaba con voz aflautada: “Ay, qué placer es bailar un foxtrot con un doncel que nos hable de amor…”. Al volverla a oír hace poco, me quedé pensando que hay gustos para todo ¿Bailar un foxtrot? Mucho tendrían que mejorar lumbagos y juanetes para considerarlo un placer. Y menos lo sería que “un doncel”, al que imagino recostado y con flequillo, tipo el de Sigüenza, me viniera a hablar de amor. Más bien me daría risa, oye. Y es que creo que hay placeres y placeres.

Eso lo sabían muy bien los hedonistas, unos filósofos que, con Epicuro a la cabeza, no tenían un pelo de tontos. Sabían que la felicidad está en los placeres, sí, pero no en placeres momentáneos, un ris-rás y ya está, sino en placeres duraderos, cultivar la mente y todo eso.

Yo estoy de acuerdo con ellos, en general, aunque me resulta difícil separar lo mental de lo corporal. Yo más bien dividiría los placeres en aquellos comunes a todos nosotros, los que satisfacen las necesidades vitales (el hambre, la sed, el sexo, la protección frente a las inclemencias…) y que, por tanto, nos ayudan a sobrevivir y a perpetuarnos; y los otros, los pequeños placeres, que son totalmente personales y nos distinguen de los demás, esos caprichos que nos damos de vez en cuando y que nos hacen respirar hondo y decir, esta vez, sí, con ganas: “¡Ay, qué placer!”.

Hay un librito pequeño, “El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida” de Philippe Delerm, que he regalado un montón de veces porque es un canto a esa individualidad y al goce por la existencia. Sus pequeños placeres, que no son los míos, son ese primer trago de cerveza en un día de calor (yo soy más de vino, qué se le va a hacer), leer en la playa (que me es incomodísimo) o conducir de noche por una autopista (que ni loca que yo estuviera).

Pero yo también tengo mis propios pequeños placeres:

Levantarme por la mañana, desayunar y volverme a acostar a leer un rato con la ventana abierta a la tranquilidad de la huerta.

Bañarme en agua clara, entre rocas, bajo el primer sol de la mañana, zambulléndome con los ojos abiertos a la belleza submarina y respirando después profundamente el aroma del mar.

Tomarme un malvasía seco o un Albariño frío, después de la compra semanal, acompañado con una rodaja finita de pan recién hecho y queso tierno.

Organizar un buen sarao, verbena o cuchipanda con los amigos y la familia.

Hacer un regalo a alguien a quien quiero.

Sentarme a la caída de la tarde en un poyito que hay a la salida de mi cocina (yo lo llamo “el banco del psiquiatra”), que da sobre el valle del Portezuelo. El sol se está poniendo, dorando las montañas mientras el valle se oscurece y se ven encenderse las luces de las casas lejanas. Pienso en que en las cocinas empiezan a prepararse las cenas y que todo forma parte de un ritual eterno que se repite desde siempre y al que yo también pertenezco. Todo está en paz.

Ay, qué placer.

(La foto, tomada el 8 de septiembre de 2011, ilustra uno de mis pequeños placeres: un baño entre rocas en una calita del oeste de Tenerife. Estoy diciendo precisamente "¡Ay, qué placer!")

martes, 30 de agosto de 2011

Más p'allá que p'acá




En mi infancia, aquella época en la que llamábamos a mi casa “La Pensión Charo” por la cantidad de amigos y parientes palmeros que se quedaban en ella, los niños nos acostumbramos a las personas excéntricas, a aquellas que, según mis tías, estaban más p’allá que p’acá. Siempre aguardábamos con expectación a la próxima visita para ver con qué nos iba a sorprender. Una vez era la prima Rosario, ya talludita, que, por las noches, se ponía en combinación negra a bailarnos sevillanas. Otra vez era el tío Felipe, que se pasaba el día parapetado tras un periódico en el que hacía agujeros para mirarnos a todos y no perderse nada. O aquel amigo al que le gustaba con locura comer mezclas extrañas, como batidos de sardinas con papaya. Por no nombrar a todos los que nos contaban a los niños historias truculentas de cementerios y aparecidos. La verdad es que, en aquellos tiempos en que no había televisión, las veladas en mi casa eran la mar de entretenidas.

Después, a lo largo de la vida, vas conociendo a más gente que, cuando menos, hace cosas raras: aquella señora, tía de un amigo, tan limpia y aseadita que les quitaba la tierra a las macetas para fregarlas por dentro; los señores que ordenaban a sus tres criadas que vistieran una muñeca que tenían, mañana, tarde y noche con distintos modelitos, como si fuera el Niño Jesús de Praga; aquel que se tomaba tan en serio los seriales de televisión que, incluso, quería mandarle un giro a un personaje que, el pobre, estaba pasando tantos apuros…

Pero es el terreno de la enseñanza, en el que yo me he movido, el que parece estar más abonado para que florezcan en él tipos, que podrían impartir sabiduría, no te digo que no, pero que no pueden ocultar su condición de raros.

Así, estaba el que se metía en el maletero del coche cuando tenía que estar en clase y, al pasar los alumnos por delante, decía desde la rendijita: “¡Estoy aquiiiií!”.

O el que se metía en el recreo en clases cerradas y oscuras a comerse un bocadillo detrás de una columna.

O el profesor de latín que ponía de tarea, naturalmente sólo a las chicas, que bordaran las declinaciones en una sábana.

O el que avisaba con antelación que “la semana que viene no voy a venir porque me va a dar un ataque de esquizofrenia”.

O aquel al que le dio por ir con la verdad por delante y decir a cada uno lo que realmente pensaba de él. No se le podía decir ni “buenos días”, porque igual te espetaba: “Me dices buenos días, cuando eres un hipócrita y un tal y un cual”. O pasaba al lado de otro y le decía “¡Pelota, que eres un pelota!”.

O el que llevaba un megáfono a clase para no dañarse la garganta.

O el que grababa los claustros para ir poniéndolos y comentando por todos los bares que frecuentaba, que ya son ganas.

O el que tiraba los exámenes sin corregir en el monte.

O el que sacó el esqueleto del laboratorio, le puso un chubasquero y se puso a bailar con él bajo la lluvia en el patio del Instituto.

Sócrates, a quien la naturaleza no le entusiasmaba, decía que era porque “nada me han enseñado la tierra ni los árboles, sino los hombres en la ciudad”. Si nos atenemos a la visión socrática, ¿qué nos ha enseñado la contemplación de tanto profe que está más p’allá que p’acá?

Por lo pronto, dos cosas: una, que poner el listón para ver dónde empieza o acaba la normalidad puede convertirse en un asunto espinoso.

Otra, que la enseñanza, de verdad, estresa mucho.

(Para mis sufridos ex-compañeros, que este 1 de septiembre han empezado con más o menos entusiasmo un nuevo curso escolar. Mi corazón está con ellos)  

(En la imagen "La nave de los locos" de El Bosco)

martes, 23 de agosto de 2011

Abracadabra




"¡Abracadabra!”, gritábamos de pequeños agitando una varita, con esa total confianza que los niños tienen en la magia. Incluso añadíamos “pati di cabra”, antes de pedir un deseo: que aparezcan dulces en la mesa, que salga el sol, que sea de repente Navidad. Y siempre decíamos seguros: “Ya verás, ya verás. Sólo hay que esperar un ratito”.

El mundo de la magia pertenece al imaginario de todos nosotros. Todos hemos estado allí y hemos creído ciegamente en que alguien puede volar o curarte una herida o hacer salir un conejo de un sombrero, todo por arte de birlibirloque. Hasta que un día despertamos. A mi nieto le regalamos un juego de magia con un CD con las instrucciones y, todo nervioso, me pidió que se lo pusiera para aprender a hacer magia. Cuando lo vio, exclamó compungido:”¡Son trucos! ¡¡No es magia!!”. Y en sus ojos, desilusionados, me vi a mí misma y a todos los que, como yo, escépticos y descreídos, hemos abandonado ese mundo hace años.

Ahora, personas maduras, todo lo racionalizamos. El conjuro sanador de Abracadabra sabemos que deriva de un talismán romano cuya forma triangular se creía que extraía la enfermedad del cuerpo. Nos olvidamos de que las brujas fueron personajes necesarios para curar los males en las comunidades en las que vivieron y nos quedamos, como le pasa a la brujita que tengo colgada del techo sobre el escritorio, con lo folklórico, con el equipo que llevan: con el sombrero puntiagudo que, según he leído, es una derivación de las tocas que llevaban las mujeres en la Edad Media; con la escoba multiusos, que igual servía tanto para un barrido como para un viajito al aquelarre más próximo; y con esa nariz ganchuda, seguro que fruto de una venganza de los sin-poderes (los muggles de Harry Potter) para hacer creer que las brujas fueron feas. Una de mis amigas, que es maestra de primaria y que tiene una nariz aquilina con mucha personalidad, no pudo aguantar la risa cuando uno de sus niños le dijo: “Seño, ¿usted es bruja?”.

Hemos convertido ese mundo, que una vez fue poderoso, fascinante, aterrador, en un carnaval, una fiesta de Halloween, un negocio con velas, cartas de tarot o bolas mágicas. ¿Realmente no creemos en nada de nada de todo esto?

Pienso que sí, que algo ha quedado. Tengo amigas que cuidan con esmero rosas de Palestina porque protegen del mal. Yo estoy convencida de que la mano de mi madre en mi frente, cuando tenía fiebre, tenía efectos curativos. El toque sanador de las brujas lo han tenido muchas mujeres de mi familia que sabían de cataplasmas y de hierbas, y tenían un remedio para cada cosa: la salvia y el tomillo con miel para catarros, la manzanilla para el estómago, la greña de millo para el riñón, la melisa, tila y valeriana para dormir bien… Mi abuela paterna me hacía todo un ritual, creo que para abrir el apetito, que incluía un rezado, unos masajes con aceite en la barriga y, al final, el cabo de una vela encendido en el ombligo al que hacía el vacío con un vaso al revés. Si la hubieran visto en Salem, la hubieran quemado.

Y, aunque ahora, en el mundo racional de la cordura, la única magia que yo he hecho es decir: “¡Ábrete, Sésamo!” ante las puertas automáticas (dejando maravillados a mis nietos de pequeños), me gustaría haber heredado ese toque y, cuando alguien sufre, invocar esa magia curativa de una larga línea de mujeres-brujas que me han precedido, para poder decir un abracadabra efectivo que sane las heridas de este mundo.

Seguro que funcionaría. Sólo habría que esperar un ratito. 

martes, 16 de agosto de 2011

Una english boda



Hace 4 años me fui a la boda de mi ahijada Dácil en medio de la campiña inglesa. Esto fue lo que escribí entonces:


Este agosto he pasado unos días en el sur de Inglaterra, adonde fui a la boda de mi preciosa ahijada Dácil: an english wedding, una inglesa boda, para seguir con el chiflado estilo de los ingleses que, empezando por los adjetivos, todo lo hacen al revés. Como diría Obelix, están locos estos ingleses.

Los ingleses no tienen euros como el resto de Europa, sino un lío de libras, chelines y peniques. Nos complican la vida midiendo las distancias en millas y yardas con unas equivalencias rarísimas, que digo yo, un suponer, que por qué una milla no mide 1000 metros, como sería lo lógico, en lugar de 1609. Los enchufes no tienen agujeros redondos, sino aplastados, con lo cual no puedes enchufar ni el secador sin antes volverte loca buscando adaptadores. Tienen coches con volante a la derecha (¡Cielos! ¿Dónde están las luces?) y conducen en las carreteras por la izquierda para tenerte en un sinvivir. Además, cenan a la hora de la merienda y desayunan huevos fritos como si fuera una cena. Y, para colmo, tienen la dichosa manía de hablar en inglés, que el otro día pedí té sólo para mí y le dije a la camarera “tea only you”, sólo tú, como en la canción de los Platters.

Pero, a pesar de todo, Inglaterra, a mis ojos, tiene algo que la hace muy, muy especial, y es que toda ella es literatura.

 Esas mansiones enormes (como Wotton House, donde nos quedamos para la boda, con retratos de antepasados en los pasillos y robles centenarios en los jardines) son un reflejo exacto del Manderley de “Rebeca”, del Blandings donde el Lord Emsworth de P.G.Wodehouse criaba cerdos o del Mansfield Park de Jane Austen. Bajando esas escaleras, me sentía poco menos que Lady Pinkerton (de los Pinkerton de Hampshire).

En esos pueblitos por los que pasábamos (con su High Street, su oficina de correos, su pub, su iglesia con tumbas al lado, sus casitas individuales…) parece que va a aparecer, doblando la esquina, Guillermo Brown silbándole a Jumble o Miss Marple camino de la Rectoría.

¿Y estará Robin Hood detrás de algunos de los viejos árboles que forman un dosel oscuro sobre los caminos que serpentean entre un pueblo y otro? ¿No van los “tres en una barca” de Jerome K. Jerome por esos ríos de plácidos remansos y esclusas, que te encuentras de repente?

Los pubs, de vigas oscuras, grandes chimeneas para los tiempos fríos y mesas con marcas de siglos de cerveza, podrían ser perfectamente “El Poney Pisador”, donde Frodo conoce a Aragorn en “El Señor de los Anillos”, o “El descanso del Pescador”, aquel en el que someten a chantaje a Marguerite, la mujer de “La Pimpinela Escarlata”.

Inglaterra es el Windsor donde Shakespeare vio a alegres comadres; es el Londres, donde Sherlock Holmes descifra asesinatos; es el Bath, en el que Anne Elliot de “Persuasión” (otra vez Jane Austen), en una sociedad basada en el qué dirán, recibe una carta de amor; es el Stonehenge –ovejas entre enormes piedras prehistóricas- adonde van, en su primera cita, los protagonistas de “Thornyhold” de Mary Stewart; es el Oxford, en el que Tolkien y C.S. Lewis formaron un grupo, “The Inklings”, para leerse sus escritos y hablar de sagas islandesas, mientras fumaban una pipa y bebían cerveza.

Me he pasado la vida leyendo a esta Inglaterra. Por eso, a pesar de que están locos estos ingleses, cuando Dácil le dio el “yes” a su novio Simon, cuando me puse para la boda un perifollo en el pelo, para no ser menos que las nietas de la reina Isabel, y cuando, después, recorrimos durante unos días, por senderos perdidos, los verdes campos del sur inglés, me sentí allí –para decirlo con una expresión que siempre dice mi amigo Melchor en los viajes que se nos antojan cómodos y familiares- como si estuviera en casa lejos de casa. 








(En las fotos, arriba, Wotton House en Dorking. Al final el Támesis, Stonehenge y un pub de carretera)

martes, 2 de agosto de 2011

El aljibe es mío




En los tiempos de la revista “Triunfo”, allá por los años 70, el periodista Luis Carandell tenía en ella una sección, llamada “Celtiberia Show”, en la que hablaba de “las hazañas, andanzas, milagros, ejemplos, decires, gracias, desgracias, ocios y negocios” de los celtíberos. Una vez la protagonista del Celtiberia fue una casa, muy cerca de la mía, que, en su tiempo, fue eso, una casa pero que con las herencias se convirtió en dos, probablemente con trifulca en medio porque cada heredero quiso dejar bien claro cuál era su propiedad. Hoy sigue tal cual, con esa diferencia total (color, tejados, tamaño de puertas y ventanas, incluso una partida por la mitad…) que muestra que los herederos no se pusieron de acuerdo en nada de nada.

Aunque pienso que las herencias hay que dejarlas claras para que hijos y descendientes no se peleen por ellas, también es verdad que algunos (como Franco, ese hombre) dejan todo “atado y bien atado” y, después de eso, todo se desata con naturalidad. Pero sí creo que, por lo menos, hay que hacer testamento y decir que el broche de azabache es para Piluca y el sombrero de plumas para Ricardito que siempre fue muy festolero.

Hay en mi familia una historia, también celtibérica, a cuenta de las herencias y las propiedades que, cuando menos, es curiosa, y cuando más, nos dice también algo de la naturaleza humana y sus miserias.

Mi marido heredó de sus abuelos la casa familiar, una casa de campo, abandonada desde hace tiempo, con un aljibe cercano. Un vecino quiso comprar este aljibe pero mi marido no quiso separarlo de la casa, aunque le permitió usarlo mientras no se vendiera. Años después, el vecino decidió mudarse y puso en venta su casa y, ante la sorpresa de mi marido, puso un cartel que decía: “Se vende casa con aljibe”. “Pero si te presté generosamente el aljibe, si hablamos… ¿Cómo te atreves a vender algo que no es tuyo?”, le espetaba, indignado, mi marido. “¿Tú tienes papeles?”, decía él. “Las palabras se las lleva el viento”. Por supuesto, mi marido tuvo que ir a un abogado y a un notario que mandó un requerimiento al vecino, y éste dijo que había habido un malentendido y que parece mentira que entre buenos vecinos le hubiera mandado un guardia con papeles.

Rousseau decía que el estado, la sociedad, la violencia y las guerras empezaron cuando a alguien se le ocurrió decir: “Esto es mío”. Pero en mi familia, que todo esto se toma a cachondeo (realmente un aljibe no vale el trabajo, tiempo y dinero de estar con abogados), en el Amigo Invisible de Navidad de ese año, aprovecharon la coyuntura y le regalaron a mi marido casco, escudo, pistolas, alfanjes, puñales, hondas, arco y flechas… y una pancarta que decía: “El aljibe es mío, so mamón”.


Rousseau y Luis Carandell, en donde quiera que estén, seguro que se mirarían, poniendo ojos en blanco y meneando la cabeza, y sentenciarían: “¡No dirán que no les avisamos!”.