lunes, 29 de junio de 2020

Se cuela el verano...




Por cañaverales,
por las nubes altas,
por rojos celajes,
por las aguas claras...
se cuela el verano.

Se cuela el verano... Los niños pequeños fueron los primeros que me lo anunciaron: "¿Sabes qué, Aba? Mañana ya estamos en verano. ¡Ya no hay tareas hasta septiembre!". Y luego me cuentan de sus cursillos de natación y de baloncesto en julio y agosto... y acto seguido, aunque sean las tres de la tarde, me preguntan por la merienda porque su vida, según ellos, es jugar y comer. Debí haberme imaginado que ya el verano estaba cerca después de aquel increíble atardecer incandescente de rojos y naranjas del que ya les hablé y que la naturaleza nos regaló, como una premonición, el viernes 12 de junio...

Se cuela el verano en mis sueños, donde hace varias noches paseo, testigo invisible de las vacaciones estivales, por las aulas de mi antiguo Instituto, vacías de gente, de ruido y de vida. Doce años desde que me fui y todavía me veo en sueños por el Claustro o por el Patio de los Cipreses, donde di mi última lección el día de la fiesta de Fin de Curso.

Se cuela el verano en la bignonia del patio (imagen inicial), que ha pasado su particular cuarentena de ramas secas y desnudas para cuajarse ahora, como todos los veranos, de flores rosas que alfombran de paso el suelo y forman un dosel bajo el cual algún mediodía podemos tomar una copa de vino blanco bien frío, brindando por la estación.

Se cuela el verano en las celebraciones del solsticio: el cumpleaños de mi hija, que nació hace 48 años un 24 de junio, cuando todavía ahumaban los fuegos de la noche de San Juan. Esta vez, sin hogueras, voladores o hechizos, pero oliendo sin duda el aire perfumado de junio y soplando al menos las velas que señalan un año más. Y también el cumpleaños de mi amigo Daniel, tan sabio y tan buena persona, al que veo poco y quiero mucho desde que nos conocimos de adolescentes y seguimos después con una amistad a prueba de ausencias. Cuando lo llamo para felicitarlo me cuenta que está releyendo el Quijote y que se lo está pasando genial. Me tienta a acercarme a ese libro universal y miren lo que encuentro:
Una mañana antes del día que era uno de los más calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo...

Con el mismo alborozo que Don Quijote elige el mes de julio para salir al mundo y a la aventura, hagamos sitio también nosotros en nuestras vidas a este verano excepcional y distinto que se nos cuela casi sin darnos cuenta. No habrá viajes, ni romerías, ni fiestas de pueblo con sus verbenas y ventorrillos... Pero sí baños de mar en aguas transparentes, buenos libros para leer sentados a la fresca en una hamaca, buenos amigos con los que compartir una copa y una buena conversación, atardeceres de ensueño en los que a lo mejor se vea el rayo verde allá en el horizonte...

No lo pensemos más y disfrutémoslo.

lunes, 22 de junio de 2020

No me gustan los laberintos




El título del post parece dicho por el pitufo gruñón, pero es la pura verdad. No me gustan los laberintos y nunca he entrado en ninguno, qué necesidad. Sí, ya sé que algunos son muy bonitos. Sin ir más lejos, los que vi en un artículo hace poco -"tan bellos desde arriba como un desafío desde dentro", decía-, en el que había fotografías del Laberinto de Villapresente en Cantabria, 5 kilómetros de pasillos estrechos flanqueados por altos muros de cipreses; El Capricho, de Madrid, dédalo de laurel; el del Alcázar de Sevilla, con setos de mirto y ciprés; el del Botánico de Gijón, un océano de 1400 laureles; y el Laberint d'Horta en Barcelona, presidido por el dios Eros. El artículo (de Iván de Moneo) se titulaba "El placer de perderse", que ya me dirán ustedes qué placer hay en perderse  ¿No aconsejan los filósofos todo lo contrario, que lo que hay que hacer es encontrarse a uno mismo?

Los laberintos me recuerdan aquel juego de cuando éramos pequeños y nos vendaban los ojos y nos preguntaban: "Gallinita ciega ¿qué se te ha perdido?" "Una aguja y un dedal" "Pues da vueltas, vueltas, vueltas, y enseguida lo encontrarás". Pero en un laberinto no se nos ha perdido nada, ni agujas, ni dedales, ni meigas fritas. Si acaso perdemos algo es la orientación. Y eso de dar vueltas sin ton ni son para encontrarnos con caminos cortados y claustrofóbicos y volver hacia atrás para toparnos con más caminos sin salida no es la ilusión de mi vida, la verdad.

No, a mí denme caminos despejados. Y los laberintos que se queden para los antiguos, que por menos de nada se fabricaban uno al lado de su palacete, vete tú a saber a cuenta de qué; y para los escritores que les deben ver un aire romántico y misterioso porque, a poco que les dejen, meten un laberinto en sus novelas. Miren, si no, a Michael Ende  ("La Historia interminable") y su Templo de las Mil Puertas, un laberinto de puertas, al que hay que atreverse a entrar aunque nadie lo haya visto por fuera. O a J. K. Rowling en "El cáliz de fuego" en donde el laberinto es el reto final que tiene que sortear Harry Potter en el Torneo de los Tres Magos. O a Borges, a  quien le encantaban y no se privaba de tenerlos en cuenta en "La casa de Asterión" o "Los dos reyes y los dos laberintos". O a Kate Morton y su "Jardín olvidado", que es, por supuesto, la historia de un laberinto:
- Mantengo el laberinto en condiciones. Es como un puzzle hecho con setos. El objetivo es encontrar el camino sin perderse.
- ¿Adónde conduce?
- Ah, va y vuelve. Si tienes suerte y vas por el sendero correcto, te encuentras al otro lado de la finca. Si no tienes tanta suerte -sus ojos se abrieron ominosos-, lo más seguro es que mueras de hambre antes de que alguien sepa que estás perdida -Se inclinó hacia ella, bajando la voz-. Con frecuencia me encuentro los huesos de esas almas desafortunadas.

Porque esa es otra, entrar en un laberinto puede terminar pero que muy mal. Que se lo pregunten a Dédalo, el constructor del primer y más famoso laberinto, el de Creta, que terminó prisionero en él y escapó con su hijo Ícaro volando con alas de cera que, para perdición de Ícaro, no estaban hechas a prueba de rayos solares. O a Teseo y el Minotauro, otra historia trágica. O a Harry Potter, que al final lo que encontró en el laberinto lo llevó a enfrentarse al mismísimo Voldemort, el malo entre los malos, el-que-no-debe-ser-nombrado.

Y si son malos los laberintos reales, no te digo nada los mentales. Eso de rumiar una idea y darle vueltas y vueltas y no ver la salida y volver a rumiarla y quedar el cerebro y la moral hechos un trapo... Quita, quita. Ya la vida es de por sí complicada para complicarla más. Simplificar, vivir el momento y disfrutarlo, improvisar sin planificar demasiado que luego puede venir un virus cualquiera y nos desbarata los planes, apostar por los horizontes amplios sin que nada te tape las oportunidades y las sorpresas que puedan surgir a la vera del camino. Y a los laberintos, que les den.

lunes, 15 de junio de 2020

Ahora nadie ve la isla de San Borondón


Imagen de la isla de San Borondón

Hubo un tiempo en que todo el mundo había visto allá en la lejanía, perdida en la línea del horizonte, la isla de San Borondón, la novena isla canaria, casi invisible, casi real. A mí misma me pareció vislumbrarla en mis años juveniles, subiendo a La Cumbrecita en La Palma y mirando hacia el océano, mientras fantaseaba con que antes aquello era el fin de la tierra, el finisterre, tras el cual solo existía la nada. Y sin embargo, ¿no eran aquellas líneas tenues los contornos de una isla desafiando todo prejuicio? Tuve amigos que la vieron desde el mar, y otros, desde Gran Canaria o desde La Graciosa, como una isla viajera que quedó enredada en los mares isleños después de vivir en las leyendas.

San Borondón fue antes San Brandán, un monje irlandés del siglo VI al que le dio, como a muchos de su época, por irse a predicar a tierras extrañas y que acabó, tras una tormenta, en una isla que resultó ser una enorme ballena. De ahí, la isla pasiantina y jacarandosa que ora está acá, ora está allá, y que no se deja visitar de buenas a primera. Por eso la llaman también La Encubierta, La Inaccesible, La Non Trubada. Y mira que ha habido quienes han intentado pisarla (total, está a un tiro de piedra...) y muchos de ellos incluso contaron que habían estado allí y describieron montañas, selvas enormes, un río que la atravesaba, rebaños de bueyes, ovejas y cabras... y huellas de pies gigantes en la playa. La última vez que alguien se preguntó por su existencia en los periódicos fue en 1958 en que se publicaron dos fotos desde Los Llanos. Y después, nada. Con razón Los Sabandeños cantaron: Tremenda mentira nos metió el patrón (...). Boguemos ligeros, con fuerza y vigor, que allá por los mares la Elvira se hundió sin dar con la isla de San Borondón.

Y es que ya nadie ve la isla de San Borondón. O mejor, nadie la busca. ¿Habremos perdido el espíritu de la aventura? ¿Estaremos demasiado enfrascados  en mirar hacia abajo, a móviles y Ipads, y no alzamos los ojos hacia el horizonte y más allá? Tras tiempos oscuros de incertidumbre y miedo como los que estamos pasando, siempre ha habido épocas en las que el hombre se recompone en periodos de gran creatividad e imaginación. Cuando el viernes pasado la naturaleza nos regaló un crepúsculo increíble en el que se dibujaban a lo lejos las siluetas de nuestras islas, yo fotografié (imagen final) a las 9 de la noche desde Bajamar ese cielo incandescente con la isla de La Palma allá lejos. A mi alrededor vi mucha gente con la mirada maravillada hacia el cielo y el mar. Y pensé que tal vez estamos a tiempo de volvernos a ilusionar y de buscar entre todos una isla perdida y viajera que nos devuelva la creencia en otro mundo posible.


Crepúsculo con la isla de La Palma el viernes 12 de junio de 2020

lunes, 8 de junio de 2020

Enamorar




Mi amiga Ani me nombró el otro día un canarismo que hace tiempo que no oía y que me encanta: enamorar. En Canarias se emplea este verbo en el sentido de conversar los enamorados de sus asuntos amorosos (según el "Diccionario de canarismos" de la Academia Canaria de la Lengua) y cortejar, galantear, pelar la pava (según el "Tesoro lexicográfico del español en Canarias).

Me contaba Ani una conversación con uno de sus amigos que le dijo que de joven practicaba lucha canaria, "pero después lo dejé cuando empecé a enamorar". Me quedé preguntándome por qué este chico tuvo que dejar la lucha canaria por eso. Pero luego, recordando, lo entendí. La época de enamorar exige entrega completa, nada de veleidades de otra índole. Es época de grandes pasiones y de grandes desengaños, época de grandes gestos. Mi marido recuerda que su tío Antonio iba a enamorar a la ventana de su novia los jueves y los domingos por la tarde, trajeado con chaqueta y corbata y en bicicleta, desde El Tanque a La Culata. Seis o siete kilómetros de nada que cuesta abajo no se notan, pero a la vuelta suponía verlo llegar sudoroso y despelujado, pero feliz. Más difícil lo tuvo, según la leyenda guanche,  Jonay, cuando iba a enamorar con Gara nadando de Tenerife a La Gomera...

Igual que Julieta la de Romeo, Ani, muchas de mis amigas y yo empezábamos a enamorar a los 13 o 14 años, con las consiguientes prohibiciones de nuestros padres que descubrían, alarmados, que sus hijas e hijos estaban pensando en otras cosas más allá de las muñecas y el fútbol. Por enamorar con un compañero de curso me quedé yo, a los 16, sin el viaje de fin de curso de Preu a Lanzarote (después de pasarme todo el curso vendiendo rifas). Por enamorar, metieron a mi amiga Carmen interna en el colegio durante dos años para alejarla así de las tentaciones. Pero otra de las internas, Rosa -y eso lo sabíamos todas-, subía a escondidas a la azotea del colegio para encontrarse con su enamorado, que escalaba desde azoteas vecinas para verla. Evitar los amores era como poner puertas al viento.

Era el tiempo de las muchachas en flor y del esplendor en la hierba, que han cantado los poetas. Algunos rememoran los inicios como Juan Gil-Albert: "¿Quién no recuerda el tiempo en que aparece / la oscura violeta entre el follaje / apretando cual nudo que desata / la dulce vida? Verdes ilusiones / afluyen al regazo de los mundos / y un verde nido tiembla en el sombrero / de nuestra amada...". Algunos , como Javier Salvago en "Primer amor", miran de lejos: "La veía reír con sus amigas, / pasear sus coquetos quince años, / cruzar una mirada luminosa / con algún indeciso enamorado.". Y otros, como Lope de Vega en su soneto más famoso, aluden también a las penas que se pasan: "Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño: / esto es amor; quien lo probó lo sabe.".

Porque ese tiempo de enamorar era inevitablemente casi siempre corto, de amores eternos que iban y venían, de paseos de domingo con las amigas por la Rambla o por la Avenida de Anaga, cuando "él" venía a ponerse a la vera. Dos de aquellos con los que enamoré  murieron jóvenes, pero los demás son ya tan viejos como yo. Pero en mi mente sigo viéndolos con 15, 16, 17 años, con los ojos brillantes y la sonrisa presta para cuando nos encontrábamos. Y les estoy infinitamente agradecida porque me regalaron momentos preciosos:  aleteos de mariposas en el estómago, miradas cómplices, bailes en los guateques mirándonos a los ojos, aquella serenata a la luz de la luna, regalos curiosos (como el que me regaló una granada de mano, su posesión más preciada) y días en los que el sol brillaba más y eran más completos si te encontrabas con "él" a la salida del colegio. Era el tiempo en que nada era más importante en todo el día que el ratito en que ibas a enamorar.

lunes, 1 de junio de 2020

El que no sabe es como el que no ve




A raíz del post de la semana pasada en el que hablé de varias historietas de los médicos, mi hermana me contó una que le pasó en su primer año de de pediatra. Le tocó en el Valle de San Lorenzo y fue con una madre que le trajo a su niño con varicela y con un trapejo sobre la cabeza. Mi hermana, después de verlo y recetarle, le preguntó la razón del trapejo y la madre le dijo que era por si llovía (¡en el Valle San Lorenzo, con sol radiante casi todo el año!), porque le habían dicho que el agua para las ronchas eran lo peor de lo peor. Entonces mi hermana, con toda la paciencia, le estuvo explicando que era todo lo contrario, que la limpieza era fundamental para prevenir infecciones, que bañara al niño todos los días y que no le hacía falta para nada un trapo en la cabeza. La madre a todo esto asentía con entusiasmo y repetía: "¡Gracias, doctora, el que no sabe es como el que no ve!". Mi hermana quedó muy contenta de haberla convertido a la causa científica e higiénica y ya se iba a ir cuando por la ventana ve a la madre que, calle abajo, mira para un lado, mira para otro y, cuando pensó que no la veía nadie, sacó el trapejo y se lo encasquetó al niño en la cabeza.

Me acordé de esto y de cómo somos los humanos ahora que veo a la gente salir a la calle y lanzarse alegremente al botellón, a los abrazos y al compadreo. Los adolescentes salen con la retahíla de las recomendaciones detrás: vete con la mascarilla, guarda las distancias, nada de besos ni cariñitos... Como decía mi abuela Lola: "¡Ten fundamento!". Y después los ves en Instagram con los brazos por encima de las pibitas, sin mascarilla y sin vergüenza. ¡Es que fue solo para la foto!, dicen.

En el programa de Pepa Fernández de Radio Nacional el martes pasado, en el espacio filosófico llamado "Pienso, luego estorbo", preguntaban sobre qué pasaría si desapareciéramos los mayores de la faz de la Tierra y quedaran solo los de 25 para abajo. ¿El despilporre? No nos hacen caso a los sabios estando aquí, imagínense si no tuvieran a nadie ordenando y restringiendo todo el día. ¿O sabrían ordenar su vida social y salir adelante como hemos hecho las generaciones anteriores? La sombra de "El señor de las moscas", la novela de Golding en la que unos adolescentes en una isla en la que naufragan tienen que organizarse (y es un desastre), planea sobre esa solución.

Me da la impresión de que en esta "vuelta a la normalidad" va a haber muchos para los que las señales en el suelo (miren en la imagen inicial cómo estaba este domingo "mi" Playa de la Arena) son solo vallas para saltar, para los que el llevar mascarilla es una bobería, para los que lavarse las manos es una pantomima a lo Pilatos, y la distancia social simplemente no existe. Pero también pienso, como el filósofo José Antonio Marina, que la inteligencia es saber dirigir el comportamiento de acuerdo con la información que recibimos y que, en estas circunstancias en que nos ha tocado vivir estos días, hay que ser inteligentes y no jugarnos la vida. Porque el que no sabe es como el que no ve.

lunes, 25 de mayo de 2020

Médicos y pacientes (¿O médicos pacientes?)




En mi familia los profes somos los menos. Hay una rama dedicada a la construcción desde principios del siglo XIX y alguna vez hablaré sobre ellos. Pero a partir de mi generación la mayoría de mis parientes cercanos (cuento catorce) han elegido ser médicos, no me explico por qué. Yo no lo hubiera sido ni por todo el oro del mundo.Y miren que les di mis sabios consejos para que no lo fueran, por lo menos a mi hermana y a mi hija, pero ni caso. De hecho, mi hermana, después de asegurarle a mi madre que se iba a matricular en Biológicas, cuando estaba en la cola para hacerlo, vio al lado la de Medicina y, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, se cambió de cola.

Eso explica que, por ellos y por sus amigos colegas, conozco muchas batallitas de las que cuentan sobre las guardias, las consultas y los entresijos de los hospitales, pero sobre todo lo que cuentan sobre nosotros, los sufridos pacientes. Y es que, aunque afortunadamente la mayoría de nosotros generalmente no solo les hacemos caso sino que también nos curamos y les estamos agradecidos, hay otros pacientes que generan otras historias y que podríamos dividir en a) los que saben más que el médico; b) los que no se enteran muy bien, y c) los que son majaderos hasta decir basta, sobre todo a las 3 de la mañana de una guardia de 24 horas.

De los del primer grupo, los que saben más, está el padre que, cuando el médico le dijo que su bebé había perdido el conocimiento, lo miró con displicencia y le dijo: "Pero, doctor, ¿cómo va a tener conocimiento un niño de dos meses?". O el que le explica al médico que el mejor modo de combatir la fiebre es ponerle al paciente boca abajo un vaso de agua en la cabeza. O la madre que después de ponerle el tratamiento al niño, se va dándole las gracias al médico, pero en la puerta mirando las recetas dice: "Pero no le voy a dar nada de esto ¿sabe usted?"

De los que no se enteran (alguna vez he estado en este grupo) está la señora que aparece con una mascarilla hecha de croché. O la que, al decirle el médico que se suba a la camilla, lo hace poniéndose de pie sobre ella. O los que, cuando les mandan fisioterapia respiratoria o dieta líquida, al rato llaman para decir que de eso no tienen en las farmacias del pueblo.

Pero sobre todo de quienes más hablan los médicos cuando se reúnen es del tercer grupo, de los majaderos que van a las tantas de la madrugada después de guardias maratonianas en las que muchas veces los médicos no han tenido tiempo ni de comer. Aquí he oído el caso del chico que va a Urgencias porque tiene una cita y le salió un grano en la cara. O el que se cortó con una hoja de papel. O el actor que quiere que le enyesen para una película. O la abuela que lleva al niño porque lo despertó a las 5 de la mañana y el niño la miró con cara de sonado. O la señora que va a Urgencias preocupada porque dice que tiene el orificio anal de otro color (sí, yo tampoco me lo explico). Pero la que se lleva la palma de majadera  fue la chica que a las tantas de la madrugada le preguntó al ginecólogo de guardia (le pasó a mi cuñado) que cómo se llamaba el círculo oscuro que rodea el pezón. Cuando él le contestó "areola", dijo: "Ay, gracias, me faltaba esa palabra para el crucigrama":

Vienen a cuento todas estas historias verídicas y verdaderas de médicos pacientes porque tengo una deuda con ellos: no les he aplaudido, como han hecho mucho desde ventanas y balcones en estos dos meses de confinamiento. También es verdad que aquí, en medio del campo, no me oiría casi nadie pero creo que, si hay alguien que merece un reconocimiento, son ellos. No solo por tener vocación, aguantar carretas y carretones y hacer lo que están haciendo en la mayor pandemia que hemos vivido, sino también por su infinita paciencia y aguante con los seres humanos tal como somos, enterados, protestones, majaderos, ignorantes, estúpidos, jodelones... y, en el fondo, muertos de miedo. Somos, como decía Nietzsche, humanos, demasiado humanos. No les he aplaudido, no, pero aquí está mi homenaje y, desde el fondo de mi alma, el agradecimiento eterno que les debo.

lunes, 18 de mayo de 2020

Ríos de miel




Charles Dickens empieza su "Historia de dos ciudades" con uno de los principios que más me gustan de la literatura: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la edad de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo mejor que tiene, además de ese dominio maravilloso del lenguaje, es que es una descripción que se puede ajustar a cualquier tiempo y, más que a ninguno, a este que estamos viviendo. Son buenos tiempos para seguir luchando y viviendo, pero son malos para enfermarse, aunque sea de un miserable catarro, o para emprender algo nuevo ¡Y no les digo para meterse en obras!

Algo así debió pensar mi amiga Clari. Ella heredó una casa antigua, de esas terreras y pequeñas del Barrio del Toscal, y la alquiló a una profesora. Hace un tiempo esta, que es alérgica a las abejas, la llamó para decirle que había visto a algunas merodeando por allí. Clari mandó a fumigar y la cosa pareció calmarse. Pero ahora volvió a llamarla por una humedad un poco oscura en el techo del dormitorio ¿Humedad? ¡Pero si no ha caído ni una gota, ni siquiera en carnavales que es cuando lo hace para fastidiar! Por esto de estar en pandemia y en semiparada social, hasta esta semana Clari no ha conseguido albañil y, cuando este pudo al fin desplazarse a la casa y le pegó un mandarriazo al techo, del boquete empezó a fluir, como si fuera un anuncio bíblico, ríos de miel. Las abejas se habían metido por un nudo abierto de una viga de madera del techo y allí dentro hicieron un panal, que dejaron atrás cuando se fueron y que ahora, con el calor, se ha licuado derramando un dulce reguero inesperado y pegajoso.

Yo no había oído una cosa así en la vida. Que caigan arañas del techo, sí; ver después de un chaparrón un chorro de agua, también; pero ¿un panal de rica miel como el de Samaniego? Jamás en la vida. Lo más que recuerdo fue, el verano en que nos vinimos a vivir aquí, yo urbanita de toda la vida, un zumbido muy fuerte en la bodega que, por estar bajo tierra, es el cuarto más fresco de la casa. Allí descubrimos miles de abejas que se habían metido por el ventanuco dejando el panal por fuera. Se lo llevó un apicultor y ese fue mi primer encontronazo con la vida en el campo.

Ahora le cuento todo esto a Clari para animarla y para que no le coja manía a las pobres. Le digo que sin las laboriosas y polinizadoras abejas no habría flores, ni frutos ni semillas ni se producirían alimentos ni habría biodiversidad. Desaparecería el mundo tal como lo conocemos y habría otro sin café, ni manzanas, ni almendras, ni cacao (¡Adiós al chocolate, horror!). Le insisto en que una casa con ríos de miel es una casa bendecida. Que ya Jehová habló en la Biblia de esos ríos cuando describió a los israelitas la Tierra Prometida, un lugar que manaba leche y miel, casi, casi (sin la leche) como los ríos que van paredes abajo en su casa.

Pero me da que Clari, después de soportar la maldición del gomero -"En obras te veas"-, después del tiempo y del dinero que ha gastado en la reparación, después de que tuvo que invitar a la inquilina a dormir en su casa mientras se arreglaba el desaguisado, después de hasta soñar con abejas por la noche..., no va a sentir por ellas un cariño fraternal precisamente. Yo ya no sé qué hacer ¿Y si le hablo de la abeja Maya?



lunes, 11 de mayo de 2020

Y yo con estos pelos...




Uno de los efectos colaterales de la pandemia ha sido la crisis de pelos que se ha desatado en todos los hogares. Nada más abrirse el lunes pasado las peluquerías ya estaban haciendo cola una fila de peludos y decolorados, tal como si fueran aquellos monjes eremitas que hacían penitencia en el desierto. Con razón en el periódico lo llaman "el pelodrama". Los esprays cubrecanas, agotados; los mejunjes de color se han vendido más que los dulces y las bebidas alcohólicas; la gente, tiñéndose en casa y quedándose bicolor; los trasquilones se han hecho tendencia; mi nieto, el de 5, con una diadema de la hermana en el pelo porque con el flequillo ya no veía;  y yo... yo, con estos pelos, que me han crecido tanto que ya quisiera Rapunzel.

Mi madre, que era muy presumida, cada viernes iba a la peluquería e incluso, estando ya muy enferma, llamó a un peluquero amigo para que la peinase. Si hubiera vivido esto, le habría dado un pasmo. Y algo debe de habérseme pegado de ella porque, aunque no voy tanto (cada 5 semanas más o menos), cada vez que en este "retiro espiritual" me miraba al espejo,  el mismo cielo, como dice la canción, se estremecía al oír mi llanto, y me acordaba ¡cómo me acordaba!, ella lo sabe, de mi peluquera. Ahora que está abierta la peluquería, y aunque hay lista de espera, ¿quién fue la primera que a las 9 de la mañana del lunes estaba en la puerta? ¡Yo!, que estaba de las greñas hasta las ídem. Después de todo, es mejor ir antes que nadie, con la peluquería reluciente y desinfectada como nunca. Eso sí, nada de ir al baño, así que nada de beber agua ni naranjada en el desayuno, no sea que te den ganas. Y nada de leer el "Hola", la Biblia de las pelus, que a ver cómo me voy a poner ahora al día en la realeza y el famoseo.

Lo demás, perfecto. Bolsos y rebeca, a una bolsa cerrada; nada más levantarte del sillón de lavado ya lo están limpiando; todo el mundo con mascarilla y guantes que después te cambias para salir (y mi peluquera, además, con visera); y factura al final para que, si te paran, sepan de dónde vienes. Aunque esto último no es necesario: ¡Ya se sabe de dónde vienes! Estuve sola al principio y después llegó otra señora que se sentó a 2 Km. de distancia y con la que coincidí en que antes muerta que greñuda y que esto era una primera necesidad. Podrás estar una semana sin beber, podrás estar 40 días sin comer, pero ¡dos meses sin ir a la peluquería...! ¿Dónde se ha visto eso?

¿Y por qué esta manía por estar guapa? Después de todo nadie me veía con las greñas y nadie ne ve ahora sin ellas, excepto mi marido, Rebo, y mi hermana y mi cuñado desde el balcón de al lado (y ellos no cuentan porque me ven igual de guapa aunque vaya vestida de Darth Vader). Pero cuando vemos a tribus primitivas que se hacen filigranas de trencitas increíbles; o a las abuelas de nuestro tiempo que presumían de sus moños hechos con pelos sobre los que se podían sentar; o a las pelambreras afros, o a los jóvenes de hoy (mi nieta entre ellos) con distintos colores en el pelo..., comprendemos que todos se encuentran guapos así y le dan valor a la belleza como una forma de dignidad. Eso mismo me pasó a mí cuando salí de la peluquería "con paso firme y triunfal", divina de la muerte y gustándome a mí misma. Muy digna me dije que encerrada y confinada, sí. ¿Pero greñuda? ¡Nunca!

(La imagen inicial está dibujada por mi nieta Eva de José)

lunes, 4 de mayo de 2020

Niños del coronavirus




Así más o menos los llamarán, igual que nombraban antes a "los niños de la guerra". Niños del coronavirus o de la pandemia, niños que nacieron mientras sus padres estaban encerrados y el mundo se desmoronaba casi sin entender del todo qué pasaba. Pero ellos trajeron luz y esperanza y todos los que los miramos no podemos por menos que sonreír al verlos. Cuando no puedo dormir alguna noche, me basta evocar la placidez con que duermen para relajarme enseguida. Ellos son la sonrisa y el sosiego necesarios en estos días del nuevo diluvio.

En mi círculo familiar y de amigos han nacido dos niños, Antonio y Miguel. Antonio nació el mismo día en que empezó la primavera, el 20 de marzo; Miguel, terminando el mes de abril, el 28. Los dos, hijos únicos por ahora, han llenado de alegría a sus padres Leti y Raúl, y Carmen y Alberto, y a todos los que los queremos. Mirando las fotos (en la imagen inicial, Antonio en uno de sus sueños más beatíficos), que es lo único que podemos hacer por ahora, muchos nos preguntamos qué les contarán dentro de 15 o 20 años sobre la época negra en que nacieron ¿Cómo será ese mundo después de todo esto? Todos dicen ahora que nada volverá a ser igual que antes, que todos cambiaremos ¿Seguiremos el mismo camino de estos días de encierro, seguirán el miedo y la incertidumbre gobernando nuestras vidas? ¿En los años venideros se hablará de una nueva época A.C. (antes del coronavirus) y de otra época D.C. (después del coronavirus)?

Por si acaso la cosa cambia demasiado, yo quiero contarles a mis niños historias de cómo fuimos y que ellos comparen y elijan. Les diría, por ejemplo, que, aunque vean que en ese futuro todo el mundo va con mascarillas y guantes, hubo un tiempo en que nadie los llevaba y en que, cuando conocías a alguien, le podías ver la sonrisa y hasta tocarles las manos de verdad (lo cual a la hora de ligar tenía sus ventajas). Que, aunque lo normal será que todos se saluden de lejos con un gesto de la mano, en los tiempos anteriores ¡lo juro! todo el mundo le plantaba dos besos al otro sin conocerlo de nada. Que, aunque en las casas del futuro va a haber una habitación destinada exclusivamente a hacer acopio y guardar miles de alimentos y, por supuesto, infinitas tongas de rollos de papel higiénico, en las casas del pasado las despensas eran generalmente un mueble en la cocina, y la gente iba al supermercado cuando les faltaba algo y, a veces, hasta por gusto. Que en la época A.C., en lugar de tener como ellos una enseñanza online totalmente filtrada por Internet, los niños iban a la guardería y después al Colegio, al Instituto, a la Universidad... y allí hacían amigos (algunos para toda la vida) y aprendían de todo, pero también a jugar, a gritar, a correr, a hacer el tonto... y se lo pasaban pipa. Que antes había viajes en los que los viajeros conocían el mundo con los cinco sentidos y no como ellos, viajes virtuales a vista de dron, muy espectaculares, sí, pero sin compartir maneras de vivir. Que en la época A.C. las personas hacían fiestas, no de 10 personas como en la era D.C., sino de muchas más, que hablaban, comían y bailaban sin guardar distancias de seguridad. Y que hubo un tiempo en que miles de personas gritaban juntas ¡goooool! en un estadio de fútbol, un tiempo en el que nos lavábamos las manos solo cuando estaba sucias, en el que asomarse a los balcones era solo para ver pasar el mundo y en el que, si veías a unos vestidos de extraterrestres con monos y escafandras, era porque estabas en carnavales.

El periodista Enric González hace unos días habló de estos niños del coronavirus, que van a conocer quizás este mundo como un lugar incómodo y hostil,  y augura que "van a tener que convertirse en gente mucho más dura, lúcida y coherente que nosotros". Antes contábamos a los niños cuentos de hadas para que conocieran lo que pueden esperar del mundo. Ahora yo solo espero que, contándoles también cuentos de un antes ya vivido y de un después posible, sepan elegir con tino, pierdan el miedo al miedo y sean felices. ¡Bienvenidos a este mundo, Antonio y Miguel!

lunes, 27 de abril de 2020

Una sabia decisión




Cuando nos vinimos a vivir al campo, hace ya casi 40 años, lo hicimos en condiciones muy precarias. En principio no había una carretera como es debido para llegar hasta aquí y ni siquiera un puente que permitiera cruzar el barranquillo que existe al principio de la urbanización. Hicimos la casa poco a poco en 3 años, dejando para mejores tiempos el jardín, la huerta y un espacio de tierra en la parte baja del solar donde en un futuro muy, muy lejano pondríamos una cancha.

Al final -los niños tenían 9 y 5 años- nos vinimos a vivir con la casa a cuerpo gentil, sin muebles ni nada. Bueno, teníamos somieres y colchones, sí, pero las mesillas de noche eran unas cajas de aceite Adelina en las que podíamos apuntar números de teléfono y recados varios.Las mesas y las sillas eran de camping y, cuando venían los amigos y la familia, montábamos una "mesa" mayor con una puerta vieja apoyada en dos bidones. Menos mal que las estanterías y los armarios eran de obra (aunque sin puertas) porque si no, libros y ropas hubieran quedado desamparados y amontonados en el pantano del caos.

Y entonces nos pasó una de esas cosas milagrosas que uno no espera. En nuestra nómina (ya teníamos las oposiciones ganadas) había un complemento que debíamos haber recibido también en los 5 años de interinos y que, aunque lo habíamos reclamado hacía años, ni humo ni pelos y ya lo dábamos por perdido. Y en esto, sin comerlo ni beberlo, nos aceptaron la reclamación y nos pagaron con efecto retroactivo todos los atrasos, con lo cual recibimos una buena suma. De repente, nos daba para amueblar la casa, ¡podíamos tener hasta sillones para repachingarnos, mesas para trabajar, puertas en los armarios (y así no tener que tenerlos ordenados)!. Pero entonces, con esas venadas que nos dan a los pobretones que nos creemos millonarios, dijimos: "¿Y si hiciéramos la cancha ahora, en lugar de comprar los muebles?". Nos pareció un disparate, la verdad, pero la idea estaba ahí. Nos parecíamos a la ratita presumida del cuento que, cuando se encuentra una moneda en la puerta de su casa, se pasó días dudando en qué invertirla hasta que se compra una cinta para hacerse un lacito en la cola. Nosotros igual, hasta que convocamos cónclave familiar y preguntamos a los niños: "¿Qué prefieren, muebles o cancha?". ¿Qué hubieran contestado ustedes de ser niños? Pues eso.

Al par de meses seguíamos sin muebles pero teníamos una flamante cancha nueva, con red de tenis y un aro de baloncesto en un extremo, a la que llamamos durante mucho tiempo la Cancha de los Atrasos. Allí jugamos al tenis, allí los niños corrieron, montaron en bicicleta, se cayeron del monopatín, hicieron clavadas y se cargaron no sé ni cuántos aros... Jugo le hemos sacado, la verdad.

Incluso ahora que está, como nosotros, de capa caída, cuando no sirve para hacer aquí la final de Wimbledon y está un poco hundida por algunos lados y tiene sus achaques, ¡qué buen papel hace como tontódromo! En estos tiempos de confinamiento el mejor momento del día es esa hora y media caminando -mi marido, el perro y yo- en la cancha bajo la sombra de los aguacateros que sembramos a un lado y que por la mañana temprano la cubre casi toda. Se siente allí un sonoro silencio. Ya no se oye el tráfico de los coches que pasaban por la carretera lejana. Mientras caminamos solo pasan 3 o 4 o un camión que baja vacío y sube cargado de bloques, signo de que la vida sigue ahí fuera. Los aviones que cada 10 minutos salían o entraban en el aeropuerto han quedado reducidos a dos en toda la mañana. A cambio se oye a los capirotes piando en ese lenguaje extraño que tienen de llamado-respuesta y al bando de palomas mensajeras que aletea dando vueltas -ellas también- sobre nuestras cabezas. Mirando alrededor y a lo lejos, se ensancha el alma viendo en el horizonte el mar con su promesa de futuro. Y pienso en qué bien lo hicimos cuando hace tanto tiempo decidimos tener, no una habitación propia (con muebles), como pedía Virginia Woolf, sino algo mejor: ¡un espacio al aire libre propio!

¿Y tú? ¿Alguna vez has decidido algo que a primera vista parecía un disparate y que a la larga ha resultado ser el mejor acierto del mundo?

lunes, 20 de abril de 2020

En mi casa hay un fantasma




Sí, no ha habido más remedio que admitirlo: en mi casa hay un fantasma. Antes de esta etapa de "retiro espiritual" (me gusta más que lo de confinamiento, que me suena a campos de concentración) por aquí pasaba todo el mundo: hijos, nietos, hermanos, primos, amigos, la señora que me ayudaba, un jardinero de vez en cuando, el cartero... Era fácil que las cosas se perdieran, se recolocaran o aparecieran de repente en sitios inesperados. Pero claro, desde el 13 de marzo en que nos encerramos y estamos mi marido y yo, si algo se pierde o se recompone, no hay otra opción: o fue él o fui yo. Y como cada uno decimos lo de "yo no fui", la solución que queda es "fue el fantasma".

Lo que debe haber pasado seguro es que nuestro fantasma trabajaba a tiempo completo en algún castillo de Escocia atravesando húmedas estancias y asustando a los turistas. Y que con esto del coronavirus y el cierre de fronteras y que los turistas hayan desaparecido como especie en el planeta, al pobre fantasma le hicieron un ERTE y pensó entonces dejar las neblinosas Tierras Altas y los páramos escoceses sacudidos por vientos helados ¿Qué mejor idea que venirse un tiempito a Tenerife? Que no es por presumir (mentira, sí es por presumir), pero es que está haciendo un tiempo espectacular. Algún chaparrón como el que cayó el sábado para limpiar el aire, pero luego un sol fúlgido (que diría mi abuelo el poeta), un cielo despejado con nubes dando la nota de color, un mar azul brillante... y flores, muchas flores, demostrando que, pase lo que pase, la primavera ha venido. Así que nuestro fantasma no se lo pensó más y aquí lo tenemos instalado.

Que conste que yo últimamente estoy al día en materia (es un decir) fantasmal porque, aprovechando este relax, me he releído unos cuantos libros sobre fantasmas para repasar el tema y que no me cogiera de nuevas. Uno es "El fantasma de Canterville" de Óscar Wilde que ya saben de qué va: el fantasma de Sir Simón de Canterville aterroriza al personal de su castillo durante siglos, hasta que una familia americana compra el castillo y él constata que, en lugar de producirles susto, le dan lubricante Sol-Naciente para que engrase las cadenas y los niños le tiran almohadas.  Otro libro fantasmal que me encanta es "Una chica años veinte" de Sophie Kinsella en el que a la protagonista se le aparece el fantasma de su tía abuela Sadie que acaba de morir con 105 años. Pero quien se le aparece es una Sadie joven de 23 años y vestida de charlestón. Y después están "Fantasmas en peligro" y "Adopta un fantasma" de Eva Ibbotson, dos novelitas muy divertidas sobre ellos ¡Lo que yo no sepa de fantasmas...!

Del nuestro sé que es un fantasma masculino porque deja el asiento del WC siempre levantado y como evidentemente no soy yo y mi marido dice que él tampoco... También sé que es muy goloso porque hace poco le fui a regalar a mi hermana una caja de bombones que compré para mi cumpleaños de marzo que no pude celebrar y, cuando los fui a buscar, quedaban dos. Increíble. Y también sé que es muy bromista, se divierte quitándonos cosas y poniéndolas en otro sitio. Mis gafas, que deben estar normalmente en mi mesa de trabajo o en la mesilla de noche, me las encuentro al lado de la lavadora o en la despensa. A mi marido, que aprovecha estos días para hacer cancamitos y se puso a montar en el salón una estantería para los discos, le desapareció el destornillador y lo vino a encontrar en el palomar. Así que nos pasamos el día entretenidos, sube y baja escaleras, jugando al escondite.

Pero no nos enfadamos nada con nuestro fantasma que nos cae muy bien, Después de todo nos ayuda a hacer ejercicio físico y mental. y le hemos cogido verdadero cariño. Lo vamos a echar un montón de menos cuando todo esto pase y vuelva a sus páramos escoceses...

Lo hemos llamado Federico.


lunes, 13 de abril de 2020

Momentazos COVID-19


Momentazo camping en la terraza

Otra cosa no, pero el muy puñetero tiene hasta un nombre con glamour. Incluso llamándose coronavirus ostenta un deje aristocrático que engaña. Y así, como lo he puesto en el título, "Momentazos COVID-19", parece como si estuviera refiriéndome a un festival de música. Pero no. El COVID-19 podrá tener un nombre glamuroso pero nada más. Es un bicho repugnante que nos ha cambiado la vida y la ha llenado de momentazos inesperados que van a hacer que este año de 2020 sea inolvidable. Ahí van unos cuantos.

1. Lucas tiene 6 años y vive en el piso de encima del de sus abuelos. Se ha pasado la vida subiendo y bajando, considerando la casa de ellos como una extensión de la suya, y no entiende por qué ahora no puede entrar ni abrazarlos ni comer con ellos ni nada. Y no quiere mirar a la abuela, como si ella tuviese la culpa, y se pasa el día enfurruñado. Hasta que la abuela de lejos en la escalera le empieza a explicar lo de que podría contagiarlos y hacer que enfermaran y que él no querría ver malitos a los abuelos ¿verdad?. Lucas atiende, dulcifica sus facciones, mira a la abuela con sus ojazos oscuros y le dice, cariñoso: "Pero ¿al menos puedo tocarte con un dedito?".

2. Conchi, la experta en arte de nuestro chat, no puede dormir. El encierro en casa le tiene trastocado el sueño, pero ¿qué importa? No tiene nada que hacer por la mañana, así que ¿qué más da que luego duerma hasta el mediodía, desayune a las 12 y coma a las 5 de la tarde? Se levanta de la cama. Es la 1 menos 20 de la madrugada del sábado de Gloria. Por distraerse y porque recuerda otras semanas santas empieza a buscar Cristos resucitados. El primero que encuentra es el de Piero della Francesca, pero le siguen los resucitados de Perugino, Tiziano (que parece un Fred Astaire redivivo), Tintoretto, Veronés, Rafael, Murillo, dos de El Greco, dos de Rubens, las dos esculturas de Leonardo da Vinci, con y sin paño de pudor... Y el más famoso de nuestros resucitados, el Cristo de Tacoronte. Cuando termina, cansada y contenta, son las 3 de la mañana. El Domingo de Pascua en el chat de las amigas, incluso las que se despiertan temprano, encontramos un regalo especial de resucitados mientras ella duerme el sueño de los justos.

3. Carmen tiene que llevarle la compra a su hija embarazada que vive al otro lado de La Laguna. Sale de su casa en la Plaza del Cristo y al llegar al coche se da cuenta de que no lleva las llaves. Vuelve a por ellas y sale con prisa y al llegar a casa de su hija no encuentra ni la cartera ni el móvil. Recuerda con horror que, cuando volvió a por las llaves, lo dejó todo encima del capó y debe haberse caído por el camino. Da una vuelta a ver, pero nada. Llegando a su casa, agobiada porque ha perdido DNI, tarjetas, dinero y móvil, ve a un policía a la puerta que le entrega la cartera. Un chico la ha encontrado en la calle de Herradores. Ella le explica el recorrido que hizo y, al rato, vuelve el policía con el móvil. Lo encontró en la Plaza de la Milagrosa, la carcasa escachada pero el móvil, intacto. De algo tiene que servir que las calles estén vacías.

4. Julia me llama el sábado por la tarde: "Te voy a decir una cosa que te vas a quedar con la boca abierta ¡Esta noche vamos a dormir en la terraza en una tienda de campaña con un saco de dormir! ¿A que te has quedado con la boca abierta?". Le aseguro que sí, que todavía no la he podido cerrar y que es un plan fantástico. Está que no puede de los nervios; a sus 6 años es la primera vez que va a hacer camping. "Vamos a dormir allí los cuatro: papá, mamá, Álvaro y yo". "¿Papá también?", le pregunto sabiendo lo tiquismiquis que es mi hijo para dormir. "También", me contesta. A la mañana siguiente todos han dormido como leños a pesar de una llovizna que les cayó en la madrugada. Le pregunto a mi hijo la hora en que se acostó y me dice que a la 1. "¿Y a qué hora te fuiste a tu habitación y a tu cama?". "A la 1 y media".

Hay más momentazos que nos van surgiendo en este paréntesis que nos ha caído encima. Por ejemplo, les tengo que contar que me llamaron de la tele para hablar de cuando todo esto pase, pero lo dejo para más adelante para no enrollarme mucho. Solo un último momentazo COVID-19:

5, Carlos está corriendo en la cinta. También es una lata que no puedan hacer deporte ni caminar, como suelen, alrededor de la casa. Pero por lo menos tienen la cinta y, gracias a ella, él, su mujer y sus dos hijos queman energía y calorías. Va subiendo a 8, 9, 10 por hora... Y justo es ese momento cuando la cinta, que ya tiene 15 años y a la que estos días han castigado con saña, elige para romperse. El frenazo es tan brusco que Carlos sale casi despedido hacia delante. Gracias a que tiene reflejos y pone las manos no se da un golpe demasiado grande.

He elegido este momentazo para terminar porque de la misma manera el COVID-19, ese de nombre tan glamuroso, ha echado un freno en nuestras vidas, parándolas y lanzándonos a la depre, al desánimo, ¿al foso de la desesperación?. Pongamos, como Carlos, las manos y aguantemos el golpe con serenidad y sensatez ¡Qué menos!


El resucitado de Tiziano (que a mí se me da un aire a Fred Astaire)


lunes, 6 de abril de 2020

Mundo inhóspito


La solitaria carretera de mi pueblo sin coches ni gente

Ayer salí al mundo exterior. No, no se horroricen ni se echen las manos a la cabeza. Era una necesidad y hasta la Gestapo (mi hermana y mi hija) me dio permiso. Además, lo tenía todo preparado desde el día anterior: la mascarilla, la ropa de camuflaje, los guantes, las gafas negras... Tentada estuve de pedirle prestado a mi hermana un salacot que se puso cuando hace 20 años fue a Kenia, pero me contuve. Tampoco hay que pasarse (y seguro que ya se le perdió en algún carnaval).

Y ¡qué emoción! Después de casi un mes en la seguridad del hogar, dulce hogar, iba a arrostrar los peligros del mundo inhóspito. Me sentí como Shackleton cuando puso en el periódico aquel anuncio para ir a la Antártida: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Solo que yo iba sola e indefensa. Pero, eso sí, con la resolución de los valientes.


Atrás quedaba el hogar y su economía de subsistencia. Mientras cogía mi coche (el Pocholo, ya saben, el Polo con las letras CHL), recordé los últimos días cuando se acabó el pan y yo, por no salir a buscarlo, hice, igual que si estuviéramos en "La casa de la pradera", tres panes como tres soles. Claro que los hice con una harina que guardaba para hacer churros, pero lo primero es lo primero y, además, me saliern buenísimos, como los panes de antes, tan contundentes que casi no pude terminar el medio pan con jamón, tomate y lechuga que me mandé en la cena. Y también, cuando se acabaron los postres, antes que lanzarme a la vorágine del mundo, me lancé mejor a hacer polos, como los que les hacía a mis hijos de chicos, con leche, leche condensada y limón. Estos son tiempos de soluciones drásticas ¿Que no hay postres? Pues toma polos.

Sí, hasta este momento me había resistido a dejar la zona de confort. Pero ahora no era el tiempo de recordar el pasado ni las delicias del hogar (las caminatas de las mañanas, los tropecientos wasaps de los amigos, el aperitivo en el balcón, las noches viendo una película de risa...). No, ahora necesitaba el coraje de tantos que, antes que yo, se internaron en lo desconocido, sin saber qué iban a encontrar y sin más compañía que su voluntad y su determinación. Mi abuelo el poeta, que vivió durante 2 guerras mundiales y una guerra civil y supo de hecatombes, vino en mi ayuda con sus poemas, muchos aguerridos y animosos. Me acordé de uno que me gusta mucho y que empieza así:
Como el Teide soy altivo, 
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y con el poema en la mente, allí estaba yo: la casa atrás, el mundo delante, lleno de amenazas e inseguridad.


Mentiría si dijera que no me sobrecogió el silencio que encontré. La atmósfera limpia, ausencia de ruidos de motores o de charlas, las calles sin un alma en mi pueblo ¡un domingo de Ramos por la mañana! Una amiga muy viajada me contó una vez que llegó a un lugar de Alaska en medio de una nevada y en la plaza del pueblo se encontró a un oso polar. Yo me encuentro en ese momento un oso polar en medio de la carretera de Tegueste y hasta lo saludo con cariño y todo. Aunque había un sol radiante, parecía un mundo raro y distinto, donde todos se hubieran ido dejándolo frío y sin vida.

Pero como en toda incursión hay que tener un objetivo claro. Lo tenía Aníbal cuando cruzó los Alpes sobre elefantes, lo tenía Julio César cuando dijo lo de "Alea iacta est", lo tenía Frodo cuando iba a tirar el anillo en el Monte del Destino y Tintín cuando se internó en el Tibet a buscar a su amigo Tchang. Y lo tenía yo que iba a la gasolinera a buscar los periódicos que tenía reservados desde hacía casi un mes. Cuando llegué, les di un toque de teléfono y uno de los chicos, superamable, me los trajo al coche y me los metió en el maletero, sin que yo tuviera siquiera que bajarme. Y luego me fui como alma que lleva el diablo y me apresuré, sobrecogida ante aquella desolación, a volver a la seguridad de la casa, cual paloma mensajera que regresa al nido.

Y hasta dentro de un mes porque se me está acabando el vermut. Y ajenjo, que creo que es lo que lleva, no tengo.



Mis tres panes de subsistencia


lunes, 30 de marzo de 2020

Tras la tormenta




¡Hay que ver lo adaptable que es el ser humano! Recuerdo haber leído hace tiempo que en la Edad Media había una especie de jaulas de hierro para encerrar a malhechores, tan estrechas que dentro de ellas no podían estar sino de pie, sin poder sentarse o acostarse jamás. Y que había gente que soportó esa tortura ¡años!. Eso nos indica de qué pasta estamos hechos y por qué hemos llegado hasta aquí sorteando hecatombes y calamidades.

Lo estoy viendo a mi alrededor. Aunque al principio del encierro, hace 17 días, mucha gente se subía por las paredes, ahora todos nos hemos adaptado a una saludable rutina. En la mía está caminar una hora y pico dando vueltas a la cancha que, a falta de servir ya para jugar al tenis, hace su papel de tontódromo. Como casi todos, también leo, escribo, cocino, me tomo un aperitivo, veo la tele, cuido el jardín... Lo que no hago es lo de aplaudir a las 7  porque no me oiría sino Rebo, mi perro, que ya bastante tiene con llorar cada vez que pasa el coche del Ayuntamiento anunciando un entierro. Es muy sensible. Si me oye aplaudir, igual se lanza a bailar por sevillanas.

No hay vecinos cerca, no. Excepto unos que valen por cien: mi hermana y su marido. Ella me lleva la basura hasta el bidón que está a unos 200 metros de nuestras casas, porque dice que como médico se sabe forrar mejor que yo. En la imagen inicial la ven que parece Darth Vader preparándose para el despegue: con 2 pares de guantes, gorro, 2 mascarillas, doble traje... sale cual heroína a la intemperie y, a la vuelta, todo va a la lavadora. Ella vigila, como si fuera la Gestapo, que nadie de la familia salga ni haga tonterías. Aparte de eso nos pasamos material por el muro que nos separa; ella, un taper con paella de mariscos que hizo su marido y que estaba de rechupete y yo, plátanos recién cortados de la mata. El jueves pasado los cuatro nos tomamos un gintónic al atardecer y brindamos y hablamos y cantamos de balcón a balcón eso de "aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisioooón...". Con vecinos así, hasta merece la pena eso del arresto domiciliario.

En eso estamos, adaptándonos. Mi nieto, el de 14, que se negaba a aceptar no salir con los compinches tanto tiempo, se ha puesto a componer música; mi yerno, a aprender a tocar la guitarra con un vídeo de Youtube; mi nieto, el de 5, se ha trasquilado el pelo con las tijeras... Todos están sacando a la luz virtudes insospechadas y vete tú a saber qué nuevas personalidades saldrán de todo esto. ¿Un nuevo John Lennon, un Paco de Lucía, un Llongueras? Mi maestro Don Emilio Lledó dice que "la esperanza es que nos reinventemos para mejor". Todos coinciden en que, después de esto, saldremos reforzados, cambiaremos y seremos otros. Mi hermana seguro que afianzará su papel de superwoman. Y yo, que voy apagando fuegos, pidiendo en todos los chats que no los envenenen de conspiraciones, bulos, insultos ni odio y que conserven siempre el buen humor y la esperanza, ¿qué seré cuando pase la tormenta? ¿Tal vez bombera?

lunes, 23 de marzo de 2020

La décima jornada




Hoy se cumplen 10 días desde que empezó el quedarnos en casa, confinamiento, encierro o como se diga, un hecho que nos ha cambiado la vida poniéndola patas arriba. Con decirles que a mí me ha dado por releer el "Decamerón" de Bocaccio, con eso les digo todo... Porque ¿qué mejor lectura para sentirte identificada con todo lo que nos está pasando que un libro cuyo título significa precisamente "10 días" (del griego deka, diez, y hemera, día) y que habla de un encierro durante una peste? 

En la Introducción hay un párrafo que nos resulta hasta familiar: En 1348 la peste invadió Florencia, la más hermosa de las ciudades de Italia. Algunos años antes habíase dejado sentir esta plaga en diversas comarcas de Oriente, causando numerosísimas víctimas. Sus estragos se extendieron hasta una parte del Occidente, de donde, sin duda en castigo de nuestras iniquidades, cayó sobre mi ciudad querida. En pocos días hizo rápidos progresos, a pesar de la vigilancia de los magistrados, que nada omitieron para poner a los habitantes al abrigo del contagio. Empero, ni el cuidado que se tuvo en limpiar la ciudad de varias inmundicias, ni la precaución de no dejar penetrar ningún enfermo, ni las rogativas y procesiones públicas, ni otras medidas muy discretas, todo esto no fue bastante para preservarla de la calamidad. ¿A que nos suena? Durante ese tiempo 7 damas jóvenes y 3 hombres, acompañados de sus criados, deciden huir de la ciudad y encerrarse en una casa de campo en donde "el aire es mucho más puro" y donde abunda "cuanto es necesario en la vida". Allí deciden que no hay nada más divertido para pasar el rato que contar y escuchar historias (tengan en cuenta que en el siglo XIV no hay tablets ni wasaps ni tele). Y eso es lo que hacen.

¿Qué hemos hecho nosotros en estos 10 días? En el "Decamerón" las personas recluidas, lejos de regodearse en la desgracia, cuentan, relajados, historias muchas veces divertidas y eróticas, como teniendo muy claro que esta vida es única y que solo la vivimos una vez. Nada de propagar bulos, nada de noticias inquietantes que puedan desanimar a los demás, nada de malos rollos. ¿Hacemos lo mismo?

En estos 10 días en el grupo familiar y de amigos ha habido noticias tristes y ahora mismo tenemos un amigo muy querido en estado grave. Pero mientras hay vida hay esperanza y en eso confiamos. Al mismo tiempo ha nacido un niño, Antonio, que es la carita luminosa en este momento oscuro. También yo cumplí un año más y, aunque tenía preparado un fiestón y no pudo ser, por wasap (bendito wasap que se ha convertido en el cordón umbilical que nos conecta al mundo) todos brindamos por todos, me vieron soplando las velas y mis nietitos pequeños me mandaron un precioso dibujo cada uno: Julia con los 72 años en la tarta y Álvaro, el de 5, con 27 y vistiendo un traje de colorines, como ven en la imagen. ¿Qué mejor celebración?

En medio de todo esto ha llegado la primavera. En el jardín se abrieron los amarilis y las rosas amarillas y el mandarino está cuajado de flores blancas. Y hoy nevó en el Teide y en la madrugada cayó un aguacero que limpió el ambiente y que recuerda el aire puro del "Decamerón". Por esos mundos la polución ha bajado, ahorramos en queroseno, los canales de Venecia se han vuelto transparentes y una amiga me cuenta que en las playas del sur, ya sin turistas, las gaviotas han recuperado su territorio.

Tomemos al "Decamerón" como ejemplo. Fijémonos en las historias positivas y contemos todo lo bonito que sigue pasando en nuestro mundo a pesar de todo. Julio Llamazares, en un artículo en que defendía también esta idea, termina diciendo: Si para algo sirve la literatura es para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo, como en aquella villa florentina de Bocaccio en la que la fantasía salvó a sus protagonistas del miedo. Mejor no se podía haber dicho. Ánimo a todos.

lunes, 16 de marzo de 2020

Fórmulas para el sosiego


Llegando a casa

Mi nieta mayor está en un instituto que también tiene internado y me cuenta que, cuando hace unos días les dijeron que lo cerraban todo y que los internos tenían que volver a sus casas, algunos de estos se echaron a llorar. Todo lo contrario de lo que le pasaba a mi marido cuando era pequeño, que estuvo un año en un internado y lloraba de desolación cuando sus padres lo dejaban allí los domingos por la tarde.

Estos días en que el "Quédate en casa" es el lema, habrá quienes lo consideren un castigo y quienes lo ven como una bendición. Todo tiene que ver con la apreciación de cada uno sobre lo que es el hogar, dulce hogar.

Para mí el hogar es el sillón que guarda la marca y el calor del cuerpo.

Es un rincón donde brotan flores.

Es la luz del amanecer cruzando la ventana. Y la que me espera encendida cuando llego de noche.

Es leer hasta altas horas y vivir otras historias, más allá de las paredes de la habitación.

Es la cena temprana y un champán para brindar.

Es ver una película e irla comentando con quien me acompaña.

Es oír música un sábado al atardecer.

Es pasar la mañana en la cocina inventando recetas ricas.

Es la ducha calmada, el agua caliente cayendo por la espalda.

Es el desayuno mirando al valle.

Es aprovechar el tiempo libre de ahora para hacer un trabajo placentero que había pospuesto. Como buscar los poemas e indagar en la vida de mi abuelo el poeta.

Es la lluvia bailando en la claraboya del pasillo.

Es mi territorio. Mi hija Ana publicó, entre otros, este poema cuando ganó el Premio Félix Francisco Casanova hace 26 años:

Esta es mi casa, 
donde trabajo,
vacilo,
siento incompletas la noche
y la mañana.
Donde descanso, 
donde respiro,
donde resuelvo penumbras.
Es mi casa de castaña, 
una bufanda de cal,
el marco de la serenidad
callada que precede al sueño.
Empecé a nacer en sus maderas,
entre sus amplias ventanas.
Fue la fresca y seca piel
sobre la que dormí. 
el alma de mi carne.
Sin edad,
sin estación,
sin raíces.
Yo tejí el aire y el agua
y el canto de sus muros
que nunca callan,
aunque no haya nadie para oírlos.
Yo labré el artesonado 
de sus cuatro cielos
con mis recuerdos
y con mis lágrimas.
Esta es mi casa,
porque si la casa es solo ajena
no significa nada.

El hogar guarda todas las fórmulas para el sosiego. Y una casa solo ajena -ahora entiendo los lloros de los compañeros internos de mi nieta- no significa nada.

Quédate en casa, quédate en el hogar.


lunes, 9 de marzo de 2020

Soy una matada





Una de las ventajas de ser mayor es que reconoces sin ningún tipo de vergüenza lo matada que una es para algunas cosas. Yo lo soy especialmente en dos: la música y las plantas. Para la primera no tengo oído, para las segundas no tengo "mano". Y mira que me gustan...

En casa tengo unas cuantas orquídeas que no hay manera de que se empelechen. Envidio hasta ponerme verde el orquidiario del Sitio Litre del Puerto de la Cruz en donde crecen como plantas salvajes al aire libre. O las que crecen en el vestíbulo acristalado y luminoso de mi prima Pepi con unas flores enormes y preciosas. O las que cultiva en La Palma mi amiga Nievitas en su porche frente al jardín... Y aunque sigo sus consejos, nada. La planta está preciosa, cuajada de flores espectaculares y exquisitas, y, de repente, empiezan a caerse una a una alfombrando suelos y dejándome convencida de que eso de la "mano" es privilegio de algunos que plantan un palo en la tierra y de él empiezan a salir brotes por todos lados.

Y no es que las plantas sean delicadas, no. Una vez leí que en Costa Rica las orquídeas eran hace un tiempo casi una mala hierba para los agricultores, que las tenían que arrancar de los árboles sobre cuyas ramas crecían como locas. Engañan, engañan esos tallos finos, esas flores aterciopeladas, haciéndonos creer que son débiles y quisquillosas, cuando en realidad son fuertes y tenaces si las sabemos escuchar.

Y eso es lo que he estado haciendo últimamente. Las tengo en macetas transparentes porque les gusta la luz en las raíces, les pongo agua recogida en día anterior porque no les gusta mucho el cloro... Y sobre todo las he ido paseando por varios sitios a ver en cuál estaban más a gusto hasta que he llegado a este que ven, la ventana que da al oeste, protegida del sol por un visillo, y desde donde pueden mirar el ocaso y el mar. Y por fin esta semana, de repente, se ha producido el milagro. No es que se hayan llenado de flores, no, pero de los palos que creía secos han brotado de sopetón botones (he contado hasta veinte) que me han maravillado ante el hecho de que tal vez se abran a la luz y al aire dentro de un par de semanas, cuando ya esté aquí la primavera.

Todo esto me hace pensar en los pequeños logros de la vida y en como cada uno es un escalón que anima a aprender más. Pienso en la primera vez que me até los cordones de los zapatos, en la vez que descifré una página de un cuento, en cuando de repente me vi flotando en el agua sin hundirme, en la primera vez que me salió bien una tortilla de papas, en todas las veces en que he aprendido algo y que, al haberlo asimilado y hecho mío, sentí una alegría inmensa, la misma de ahora al ver que mis orquídeas han respondido a mis intentos (aunque no tenga "mano").

Steiner decía que cuando no te lo han puesto nada fácil y has pasado por un montón de fracasos y dificultades, "cuando llega el éxito, este es una risotada de alegría". Sigo siendo una matada, pero no saben lo contenta que estoy esperando a la primavera.


¡Primer capullo abierto!

lunes, 2 de marzo de 2020

Carta de una bagañeta




Querida amiga:

No te escribía desde aquella vez que hablaste de Tazacorte, mi pueblo ("Había una vez un pueblito que quiso ser independiente") y de nosotros, sus habitantes, los bagañetes y a mucha honra. Pero tú sabes que te sigo y que no te saco del pensamiento. Y ahora, además, te mando otro notición para que, si te parece, lo cuentes en tu Blog ¿Quién ha venido a Tazacorte a quedarse un tiempito, él, su mujer y sus hijos? ¿Quién? Lo has adivinado: ¡George Clooney! Yo sé que a ti esto te va a gustar porque una vez me contaste que te sacaste una foto en la puerta de su mansión en el Lago Como y que ni poco presumiste del tema. 

Y mira que estuvo buscando sitio para quedarse y hacer la película que va a rodar. Hasta en Tenerife estuvo dando vueltas, pero al final vio Tazacorte y se quedó privado ¡Y si vieras dónde se quedó! En "La Hacienda de Abajo", el mejor Hotel de Canarias. Vai, hay que verlo...¡Hasta capilla y santos tiene, que parece una catedral! Con decirte que yo, cada vez que (de regolifiona) voy por allí, digo que voy a tomarme un café pero a lo que voy de verdad es a echarle un rezado a Santa Catalina, que está en el comedor en un cuadro precioso (yo soy muy de Santa Catalina, como ya sabes). ¡Y las lámparas de cristal de Murano y las vitrinas llenas de marfiles y los espejos dorados con cornucopias y las estatuas chinas y los jardines...! ¡Ya quisiera Versalles! La única pega es que el Hotel es de uno de Argual pero todo no se puede tener. ¡Pero al menos no es de uno de Los Llanos!

Y bueno, la confianza que ya tenemos con George, Yor para nosotros. ¿Tú te acuerdas de la historia aquella que me contaste de cuando Bernard Shaw (pronúnciese "Chou") fue a Tenerife? Cuando fue a subir a un taxi, el capitoste que lo recibió le dijo al taxista. "¡Y mucho ojo, cuídelo bien que es nada menos que Bernard Chou!". El taxista dijo: "Ta bien", y virándose para atrás, le dijo: "¿A dónde vamos, Cho Bernardo?". Pues nosotros ahora igual de campechanos , que si Yor y Amal por aquí y que si Amal y Yor por allá. Vai, hasta a Nespresso nos han invitado, que se trajeron con ellos un supermaquinón...

Se lo han pasado estupendo. Fueron a pasear con los niños por el paseo del Puerto, vieron los delfines en el barco que sale de allí...  y a él lo venía a recoger todos los días un helicóptero para llevarlo que si a Los Tilos, que si al Roque de los Muchachos, que si a Fuencaliente... ¡Imagínate!

Y es que La Palma está de moda, es tendencia como dicen ahora. ¡Buena va...! Hasta el Faro de Barlovento, que estaba hecho polvo, le hicieron un arreglo (ya sabes lo apañaditos que somos los palmeros), lo convirtieron en Hotel y ha quedado tan bien que van a venir los de los Óscar a quedarse. Pero nada como Tazacorte, mira a dónde ha llegado, a venir aquí todos los importantes, ¡buena cosa! Y es que se mire por donde se mire, Tazacorte fue, es y será, por siempre jamás, el "París chiquito".

Un abrazo de esta bagañeta que te quiere.

P. D.: Te mando también para que la pongas una foto que me mandaron de Yor en la Fiesta de los Indianos. Sí, igual es falsa porque ya se había ido el lunes pasado, decía la prensa. Pero no me extraña nada que haya vuelto a escondidas, de incógnito, más que sea a mandarse unas sopas de miel. La Palma, tú lo sabes, tira mucho.

lunes, 24 de febrero de 2020

El Momento Chola




Los tinerfeños, otra cosa no, pero la debilidad por los carnavales quien más quien menos la lleva en sus genes. Aunque protestemos por ruidos y molestias, aunque digamos que ni jarta de vino me volvería a disfrazar de pirata como antaño, aunque arruguemos la nariz ante concursos y cabalgatas..., todos los vemos como algo nuestro vivido casi desde la cuna, y siempre algo cae, aunque sea por mediación de hijos y nietos. Este año hasta me vi la Gala wasapeando con mis amigas, que ya es decir. Pero lo que más me ha gustado es una murga y eso sí que es raro porque en general ni las entiendo ni me hacen gracia. Y esta para colmo es de Las Palmas (y ya solo por eso los forofos del Chicharro me nombrarían persona non grata aquí). Se llaman La Chirimurga del Timple y van vestidos de doña: rulos, gafas, rebequita, traje de flores... Lo último que les he oído es una loa a la chola que, para los que no lo sepan es, según el Diccionario de canarismos, el calzado de lona con suela generalmente de esparto o goma, cómodo, ligero, algo deformado, que se tiene para andar por casa.

Bueno, pues los de la Chirimurga cantan (con la música de "Como una ola") lo siguiente:
Los métodos de enseñanza
de los colegios caducan,
por eso siempre en mi casa
se ha educado y se educa. 
Con una chola
que es tan educativa.
Con una chola
que es teledirigida,
la tiro y vuelve,
mi mente la controla
¡Con una choooooola!...
Y sigue con que ni modelos conductistas, ni el Montessori, ni los racionalistas: ¡Con una chola! ¡La educación, con una choooola!

¡Qué sabios! La chola era en mi niñez todo lo que ellos pregonan ¡Cuántas vimos en manos de amorosas madres sacudiéndolas en los tiernos culos de sus infantes! ¡Cuántas veces oímos decir lo de "¡Como me quite la chola te vas a enterar!"!. Mi amiga Ani me cuenta que, cuando éramos chicas, por encima de su casa había un niño que se llamaba Juan Emilio. El padre se pasaba el día llamándolo a gritos desde la casa: "¡¡¡Juan Emiiiiiilio!!!". Y este sin dar señales de vida. Cuando ya estaba harto de gritar (todo el barrio se enteraba de que Juan Emilio estaba en paradero desconocido), se quitaba la chola e iba por toda la calle con una chola puesta y otra en la mano, dando gritos, hasta que lo traía tirándole de una oreja con una mano y, con la otra, dándole cholazos. Y esto un día sí y otro también. Y créanselo porque sé de otra a la que la madre le pegó con la chola en el muslo y le dejó el número 37 marcado.

Y yo me pregunto: ¿Era tan eficiente la chola? Como persona que nunca probó en propias carnes tal método educativo y que no lo ha echado de menos en absoluto, tengo lógicas dudas sobre ello. Además, no es algo privativo de las islas, no. En la película "Coco" también sale la chola en manos de la abuela de Miguel, el niño protagonista, y se la ve (imagen inicial) manejándola con una soltura pasmosa en el México rural del siglo pasado. Todo esto me lleva a la conclusión  de que era (o es) un método educativo internacional, admitido por todo dios y aplaudido por las muchedumbres.

Tal vez debí decirles a mis indulgentes padres que las cholas tenían otros usos pedagógicos además de servirles para caminar. O tal vez, ahora que hay algunos que piensan que los padres saben más que profesores y pedagogos sobre el tema educativo, sea el momento de hacer un Congreso en el que se presenten ponencias de los acholados (los que no hemos visto en nuestra vida una chola fuera de su sitio) y de los choleteados (los que probaron en sus carnes la marca de la chola) para calibrar qué método conviene más en este siglo de incertidumbres. Propongo como fin de fiesta la actuación de mis admirados "La Chirimurga del Timple". ¡Qué mejor colofón para un congreso así que un Momento Chola con todas las de la ley!

(Para Ani, que siempre me cuenta historias de nuestro Santa Cruz)



Los de La Chirimurga del Timple cantando "Con una chola"

lunes, 17 de febrero de 2020

Amor, plagios y San Valentín.




Llega ahora, en mitad de febrero, el maldito Día de los enamorados y cada vez viene más cargado de imágenes repetidas de corazones entrelazados, de pajaritos y guirnaldas de flores multicolores, de cupidos regordetes, de frases cursilonas y chistes tipo este: "¿Tiene tarjetas de San Valentín que digan "Para el único amor de mi vida?" "¡Ooooh! Qué romántico. Desde luego que sí" "Pues deme ocho". 

Parece mentira que un día dedicado al Amor, que se supone que es el motor del mundo, sea tan ñoño. En palabras de Rosa Montero hace algunos años, "la supuesta festividad de los Enamorados es una majadería dulzarrona, un paripé vacío, con toda su pringosa parafernalia de corazones en todos los tamaños y materiales, corazones de plástico y de chocolate y de cristal, corazones impresos en manteles y en tangas, un frenesí de corazoncitos rojos que se parecen tanto a los musculosos corazones verdaderos como el amor real a los enamorados de San Valentín. O sea, nada.".

Que conste que a lo mejor pienso así porque el Día de los Enamorados no existió para nosotros, los de mi generación, hasta las películas de Jorge Rigaud, "El Día de los enamorados" de 1959 y su continuación, "Vuelve San Valentín" de 1962. En ellas, un San Valentín, muy gentleman y muy puesto, venía a la Tierra a arreglar entuertos entre 4 parejas y luego volvía a irse con la misma en el ascensor del Edificio España. O sea, que ese Día nunca fue una tradición entre nosotros, como es la Navidad, por ejemplo. Nunca se me ha ocurrido celebrarlo con cena romántica con velas (si no es con velas no es romántica ni nada), ni con viajes especiales a la luz de la luna, ni con regalos ni con nada de nada. 

Este año, además, me pasó algo que quería contarles. Entre tanta tontuna, ese día recibí una historia de un hombre que, a la muerte de su mujer, les habla a sus hijos del amor verdadero. Y les dice así: "Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, en mi cambio de empleo. Hicimos la mudanza cuando vendimos la casa y nos mudamos a la ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos crecer y terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de nuestros seres más queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos nuestros errores...". Mientras leía esas palabras, me sonaron tan conocidas que no me costó nada recordar un poema que mi hija Ana escribió en el año 2005 para leerlo en la boda de mi hijo y que decía esto:

"El matrimonio es pensar
al finalizar la vida:
"fue una buena vida".
Es el mar en calma,
estar juntos en esa crisis, 
en un cambio de empleo.
Es hacer el equipaje
y mudarse de casa, 
compartir la alegría
y las penas de los hijos,
llorar al lado del otro
la partida de quien quieres,
rezar juntos en la sala 
de espera del hospital, 
apoyarse en el dolor,
abrazarse en navidad
perdonar los errores
y envejecer juntos.
Es ese beso dormido,
el desayuno de siempre,
el trabajo y el cuidado
y es ese cuerpo
a tu lado
cuando se apaga la luz"
(Ana González Duque)
Si comparan los dos textos, ven que el primero es una copia del 2º y que quien lo escribió siguió las pautas de Ana tal cual, desde "estar juntos en esa crisis" hasta "perdonar los errores".

Así que, además de engañarnos muchas veces con el dichoso amor y de que los supuestos príncipes azules devienen verdes sapos pringosos, resulta que a veces ni siquiera somos capaces  de explicarnos qué es el Amor y nos limitamos a plagiar al primero que se ponga por delante. Recordé a una amiga que cuando oyó la canción: "Tiré mi pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía, era el último recuerdo de tu cariño que yo tenía...", le dijo a su novio: "Oye, que la canción que me compusiste para mí la están poniendo en la radio y la canta Julio Iglesias". A ver si va a resultar que el amor (vamos a ponerlo con minúscula) es el resultado de un plagio descomunal.





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