lunes, 17 de febrero de 2020

Amor, plagios y San Valentín.




Llega ahora, en mitad de febrero, el maldito Día de los enamorados y cada vez viene más cargado de imágenes repetidas de corazones entrelazados, de pajaritos y guirnaldas de flores multicolores, de cupidos regordetes, de frases cursilonas y chistes tipo este: "¿Tiene tarjetas de San Valentín que digan "Para el único amor de mi vida?" "¡Ooooh! Qué romántico. Desde luego que sí" "Pues deme ocho". 

Parece mentira que un día dedicado al Amor, que se supone que es el motor del mundo, sea tan ñoño. En palabras de Rosa Montero hace algunos años, "la supuesta festividad de los Enamorados es una majadería dulzarrona, un paripé vacío, con toda su pringosa parafernalia de corazones en todos los tamaños y materiales, corazones de plástico y de chocolate y de cristal, corazones impresos en manteles y en tangas, un frenesí de corazoncitos rojos que se parecen tanto a los musculosos corazones verdaderos como el amor real a los enamorados de San Valentín. O sea, nada.".

Que conste que a lo mejor pienso así porque el Día de los Enamorados no existió para nosotros, los de mi generación, hasta las películas de Jorge Rigaud, "El Día de los enamorados" de 1959 y su continuación, "Vuelve San Valentín" de 1962. En ellas, un San Valentín, muy gentleman y muy puesto, venía a la Tierra a arreglar entuertos entre 4 parejas y luego volvía a irse con la misma en el ascensor del Edificio España. O sea, que ese Día nunca fue una tradición entre nosotros, como es la Navidad, por ejemplo. Nunca se me ha ocurrido celebrarlo con cena romántica con velas (si no es con velas no es romántica ni nada), ni con viajes especiales a la luz de la luna, ni con regalos ni con nada de nada. 

Este año, además, me pasó algo que quería contarles. Entre tanta tontuna, ese día recibí una historia de un hombre que, a la muerte de su mujer, les habla a sus hijos del amor verdadero. Y les dice así: "Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, en mi cambio de empleo. Hicimos la mudanza cuando vendimos la casa y nos mudamos a la ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos crecer y terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de nuestros seres más queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos nuestros errores...". Mientras leía esas palabras, me sonaron tan conocidas que no me costó nada recordar un poema que mi hija Ana escribió en el año 2005 para leerlo en la boda de mi hijo y que decía esto:

"El matrimonio es pensar
al finalizar la vida:
"fue una buena vida".
Es el mar en calma,
estar juntos en esa crisis, 
en un cambio de empleo.
Es hacer el equipaje
y mudarse de casa, 
compartir la alegría
y las penas de los hijos,
llorar al lado del otro
la partida de quien quieres,
rezar juntos en la sala 
de espera del hospital, 
apoyarse en el dolor,
abrazarse en navidad
perdonar los errores
y envejecer juntos.
Es ese beso dormido,
el desayuno de siempre,
el trabajo y el cuidado
y es ese cuerpo
a tu lado
cuando se apaga la luz"
(Ana González Duque)
Si comparan los dos textos, ven que el primero es una copia del 2º y que quien lo escribió siguió las pautas de Ana tal cual, desde "estar juntos en esa crisis" hasta "perdonar los errores".

Así que, además de engañarnos muchas veces con el dichoso amor y de que los supuestos príncipes azules devienen verdes sapos pringosos, resulta que a veces ni siquiera somos capaces  de explicarnos qué es el Amor y nos limitamos a plagiar al primero que se ponga por delante. Recordé a una amiga que cuando oyó la canción: "Tiré mi pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía, era el último recuerdo de tu cariño que yo tenía...", le dijo a su novio: "Oye, que la canción que me compusiste para mí la están poniendo en la radio y la canta Julio Iglesias". A ver si va a resultar que el amor (vamos a ponerlo con minúscula) es el resultado de un plagio descomunal.





lunes, 10 de febrero de 2020

Voces en mi memoria




Vuelan las palabras de isla en isla, de continente en continente, formando el sustrato que nos hace ser lo que somos. Algunas sobrevuelan y se pierden a través del mar. A otras hay que rescatarlas perdidas en la vorágine del lenguaje y de los días. Pero la mayoría se quedan, despiertan recuerdos y nos acarician como manos de madre.

De estas palabras de la tierra que nos han acompañado desde siempre habla un libro, "Palabras nuestras", que me han regalado esta semana y que he leído en un pispás (pese a gripes y majaderías varias). Lo publica la Academia Canaria de la Lengua para celebrar el XX Aniversario de su creación. En él cada académico ha elegido libremente una palabra cercana a su corazón y ha explicado lo que esta palabra elegida le sugiere, los sentimientos que le despierta, las anécdotas que la memoria les trae.

Hay aquí palabras que, por la riqueza y variedad de las hablas canarias, nunca he oído. Por ejemplo, nailas, las sandalias de plástico que todos los niños calzábamos de pequeños cuando íbamos a la playa. Aunque el sol nos dibujaba su perfil sobre la piel por igual a todos, nunca oí la palabra. Tampoco he usado nunca chilín, ni chirrimil, ni empalambrarse, ni jacío.

Hay palabras que hemos usado alguna vez pero que ya han perdido actualidad. Como beletén, la primera leche tras el parto de los animales hervida varias veces para espesarla. No creo que hoy haya mucha gente que la pruebe, ahora que los rebaños de cabras ya no se ven por Santa Cruz, como pasaba en mi infancia. O maleta del colegio, como la mía, un armatoste lleno de bolsillos y hebillas, siempre oliendo a piel nueva y cargado con todos los libros del mundo. Entiendo que el objeto y la palabra correspondiente hayan tomado el camino del destierro a favor de mochilas.

Pero luego hay otras palabras que siempre se usaron en casa traídas por mi gente palmera y que poblaron mi infancia. Es verdad que algunas se van perdiendo pero, al verlas, la memoria se despierta y empiezan a aparecer las voces de abuelas y tíos que atemperaban con la suavidad del deje hasta reproches, como abobancado, coñobobo guanajo. O bobiar: "Haz algo y no te pases el día bobiando".

Otras palabras, marquesotes y mayos me recuerdan a mi abuela. Marquesote, porque sigo viéndola colorada y diligente, las mangas remangadas, sacando la plancha de bizcocho del horno, cortándola en forma de rombos y envolviéndolos en almíbar. Mayos, porque ese, el Mayo, era el muñeco a tamaño natural que todos los primeros de mayo me hacía y me ponía a los pies de la cama dándome un susto de muerte al despertarme.

Y sigo usando (y paladeando) en el habla de todos los días alongarse (¡Cuidado, no te alongues mucho!), folelé (la preciosa libélula que danza sobre los estanques), maguas (No fui de viaje y me quedé con las maguas), jeito (Tiene jeito para esas cosas)... Incluso hay otras a las que he dedicado un escrito en este Blog como perenquén ( en "La lección del perenquén"), arretrancos (en "Arretrancos"), aquellar y machango (en "Dialecto swahili") o gongo y vidriago (en "Los boliches")

Y hay dos palabras que me han cautivado especialmente por lo que me evocan. Una es maresía : "Viene silenciosa, por el aire, con el aire y, al llegar a tierra firme, pasa su estela y queda su huella en todo lo que toca". Y allá estoy todos los veranos aspirando con fuerza el aire del mar frente a las rocas musgosas y el oleaje bravo del norte de la isla. La otra es higo pico o tuno, como le decíamos en casa. Veo a mi madre recogiéndolos en las tuneras con pinzas largas de madera, y luego el resultado final: una fuente de tunos pelados y fresquitos en la nevera con un sabor maravilloso y único, que nos recordaba en verano que hay placeres sencillos que cuestan poco.

Palabras, palabras, palabras. Este libro, que habla de palabras, habla de humanidad y de vida compartida. Habla de nosotros, de lo que fuimos y de lo que somos. Busquen un ratito, léanlo y disfrútenlo. Y de paso, elijan una palabra nuestra cercana a su corazón.

lunes, 3 de febrero de 2020

Lola y los tiempos del chicle




Era una vez una chica llamada Lola que mascaba chicle. ¿Y qué?, me dirán ustedes. Todos hemos mascado chicle alguna vez en la vida. Sí, pero lo particular de Lola es que ella mascaba chicle hace 6000 años. Realmente lo que se ha encontrado fue el chicle de Lola, un grumo de alquitrán de corteza de abedul con la marca de los dientes en él y a partir del cual, gracias a que las ciencias adelantan que es una barbaridad, se ha podido obtener información genética que nos diga casi hasta el carnet de identidad de quien lo masticó.

Por ello de Lola se sabe un montón de cosas: que era morena de cabello y piel y de ojos claros; que era miembro de un grupo de cazadores-recolectores de la Edad de Piedra, probablemente colonos que se habían trasladado a la isla danesa de Saltholm en el Mar Báltico después de que se retiraran los glaciares; que antes del chicle había comido pato y avellanas; que lo podía haber utilizado para calmar un dolor de muelas... Hasta se ha hecho una foto que recrea a nuestra Lola (imagen inicial). ¡Increíble!  

 A lo mejor Lola era la Violet Beauregarde de la Prehistoria. Violet es un personaje de "Charlie y la fábrica de chocolate" de Roald Dahl, una niña que masca chicle todo el día. Oigámosla: "Adoro el chicle. No puedo pasarme sin él. Lo mastico todo el tiempo salvo unos pocos minutos a la hora de las comidas, cuando me lo quito de la boca y me lo pego detrás de la oreja para conservarlo (...) Puede que les interese saber que este trozo de chicle que tengo en la boca lo llevo masticando desde hace más de tres meses. Eso es un récord. (...) Antes de empezar a masticar para batir el récord mundial solía cambiar mi chicle una vez al día. Lo hacía en el ascensor cuando volvía de la escuela. ¿Por qué en el ascensor? Porque me gustaba pegar el trozo de chicle que me quitaba de la boca en uno de los botones del ascensor. Entonces la persona que viniese después de mí y apretase el botón se quedaba con mi trozo pegado al dedo. ¡Ja, ja! ¡Y vaya escándalo que armaban algunos! Los mejores resultados se obtienen con mujeres que llevan un par de guantes muy caros.".

Desde luego que Dahl exagera, pero igual nos estaba retratando a nosotros, los de mi generación, que pensábamos que el chicle era un invento de nuestra época, cuando éramos pequeños y masticábamos el chicle rosa Bazooka. ¡Qué bueno era! Además, siempre traía en el envoltorio una historieta de Bazzoka Joe que era un regalo añadido. Los bazookas no eran como los chicles de ahora, que enseguida pierden el sabor y con los que no se puede hacer bombas, no. Con ellos competíamos a ver quién hacía la bomba más grande y por ellos más de una vez los padres y las monjas nos castigaron porque no era "fino" mascar chicle ni hacer bombas. Nos decían, además, que si te lo tragabas te morías porque se te pegaban las tripas. A mi amiga Eli, una vez que en el colegio había conseguido hacer la bomba más grande de todas, la trincó la Madre Nieves en plena faena y, después de aplastarle el chicle en la cara, se lo pegó en el pelo. No se lo pudo despegar hasta que la Madre María del Cristo se lo quitó con un aparato de Flix (que no sé qué será peor) ¡Tiempos duros aquellos!

Ahora sé que hasta los aztecas y los mayas masticaban chicle y que los filósofos de la Antigua Grecia animaban a sus alumnos a hacerlo para concentrarse y fomentar el razonamiento (aunque no me puedo imaginar a Aristóteles haciendo una bomba Bazooka). Igual que Lola, igual que nosotros, las gentes de muchas culturas masticaban chicle desde siempre. Y el chicle moderno se empezó a comercializar en 1860 ¡Y nosotros pensando que los nuestros eran los tiempos del chicle!

Hay grandes diferencias entre la vida de Lola, buscándosela desde pequeña en una naturaleza inhóspita, y la nuestra, tan protegida, con colegios y todo (aunque tuviera monjas como la Madre Nieves). Pero entre las dos niñas, la de hace 6000 años y la que hacía la bomba más grande en mi colegio, hay un nexo que se estira en el tiempo: un chicle sabroso y masticable en el que dejar marcados los dientes para la posteridad.




lunes, 27 de enero de 2020

Cuando todas éramos Marisol




Nosotras, las de mi generación, hemos nacido el mismo año que Marisol, 1948 (año más, año menos), lo cual significa que hemos crecido con ella. Con ella cantábamos a los 12 años el "Adelante, mis valientes, con la espada, con los dientes..." cuando interpretó "Un rayo de luz", Con ella seguimos en "Ha llegado un ángel" (copiándole, de paso, el pañuelo azul que se ponía en la cabeza y que pronto llevamos todas), en "Tómbola", en "Marisol rumbo a Río"... Y al mismo tiempo que a ella ("La nueva Cenicienta") nos empezaron a gustar los chicos. En el fondo todas la considerábamos una de las nuestras. Más guapa, más rica, más artista... pero una de las nuestras.

Dábamos por hecho también ingenuamente que su existencia era idílica. Aclamada por todo el mundo, viviendo en casa de ricos, teniendo el mundo a sus pies, sería de tontos no ser feliz. Pero ya en nuestra adolescencia más de una vez nos planteábamos si se lo estaría pasando tan bien como nosotras cuando íbamos a la playa o a un guateque o simplemente al cine con los amigos. Sabíamos que vivía en Madrid, lejos de su familia malagueña, que no iba al colegio, que tampoco iría a la Universidad después y que toda su vida parecía estar encaminada y programada. Incluso cuando se casó con Carlos Goyanes, el hijo de su jefe, la cosa parecía seguir una pauta organizada de antemano por alguien que no era ella.

Hay un libro de P. G. Wodehouse -"El gas de la risa"- en el que se habla del mundo de Hollywood y de un actor infantil, Joey Cooley, de largas pestañas y dorados rizos, "el Ídolo de las Madres Americanas". Joey me recuerda a Marisol. Cuando el protagonista se encuentra con el actor infantil, este le cuenta que es un esclavo pataleado y oprimido: "No me dejan jugar porque puedo hacerme daño. No puedo tener un perro porque podría morderme. No me permiten ir a una piscina porque corro peligro de ahogarme. Y por si fuera poco... ¡agárrese! no puedo comer dulces porque aumento de peso." Y anhela marcharse con su madre, que hace un pollo frito al estilo del sur estupendo, a Chilicothe, Ohio, pero no puede porque tiene un contrato que estipula que tiene que vivir con su productor y obedecer lo que este le diga. Igualito que le pasó a nuestra Marisol, que lejos de tener una buena infancia y adolescencia, se convirtió en un instrumento para hacer dinero.

Por eso nos gustó tanto su época rebelde. Más tarde que nosotras, eso sí, pero también fue a manifestaciones, también se decantó por ideas políticas, también se fue a vivir con quien quiso, también empezó a elegir como quería vivir. Y cuando mucho más tarde, hace 35 años, fue más allá y decidió romper con la fama, los autógrafos, las entrevistas, los conciertos, el barullo y los focos, entonces nos gustó todavía más. Marisol, al mismo tiempo que decía adiós para siempre al escaparate público, ganó el derecho a ir a la panadería a buscar el pan, a salir con su gente a tomarse un vermut, a vivir, igual que nosotras, una vida normal.

Las mujeres de mi generación pasamos de una dictadura a una democracia, de una vida en la que teníamos que pedir permiso para todo a otra en que nos las agenciábamos por nosotras mismas. Marisol lo hizo pasando a ser Pepa y en ese viaje creció en valentía y en dignidad.

El sábado pasado por la noche, en la Gala de los Premios Goya, le dieron el Goya de Honor en su Málaga natal. Cuando a principios de este mes estuve allí, vi como el paseo delante del Teatro Romano estaba lleno de cartelones preciosos con su imagen. La Gala estaba preparada para que el Teatro se viniera abajo si ella, menuda, frágil y siempre hermosa, se presentara allí, otra vez ante los focos. Pero no lo hizo y fueron sus hijas quienes recogieron el Goya. Coherente con la decisión que había tomado hace tanto tiempo y por la que decidió ser libre para perderse, lo vio, igual que nosotras, desde un sitio en calma, como dijeron sus hijas. "Pepita, este Goya es para ti", dijo su hija María. "Va por ti", repetimos todas las que hemos crecido con ella, las que también somos abuelas de 71 años, dueñas de nuestro futuro. Esa noche, más que nunca, todas, orgullosas de su fortaleza, volvimos a ser Marisol.





lunes, 20 de enero de 2020

Que salga el sol por Antequera


(Antequera al ponerse el sol. Al fondo, la Peña de los Enamorados)

Siempre me ha gustado el dicho "Que salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera" (o "y póngase por dónde quiera"), porque es en realidad un grito de guerra, una frase para que no nos desanimemos ante los escollos, piedrecitas y toniques que la vida nos va poniendo en el camino y para que nos lancemos a la aventura.

El origen está en que allá por el siglo XV en Granada, cuando estaba de moda conquistar ciudades al moro, el Infante Fernando estaba dudando de si merecía la pena meterse en tamaño berenjenal o no, cuando se le apareció Santa Eufemia (los santos eran entonces muy de aparecerse, ahora ni se asoman), rodeada de leones y ángeles (qué menos) y le animó a ir a por todas y ¡que salga el sol por Antequera (sitio por donde nunca sale visto desde Granada)! El Infante Fernando sacó pecho, se decidió y terminó tomando Antequera que hoy, agradecida, le tiene dedicada una de sus calles principales y a Santa Eufemia, el patronazgo de la ciudad.

La casualidad es que aquí, en Tenerife, también tenemos nuestra Antequera, una playa escondida y estupenda al pie de la cordillera de Anaga a la que habré ido tres veces en mi vida. Y más de una vez he oído completar el dicho y hacerlo nuestro con "Que salga el sol por Antequera y en Guamasa se pose". Hay que tener en cuenta que en una isla el sol sale y se pone por el mar (según donde te pongas) y que en Guamasa, siempre tan nublada, no es visitante habitual. En los dos casos de las dos Antequeras, significa lo mismo, otra manera de decir "p'alante" más allá de las indecisiones.

El caso es que esta semana he dormido 5 noches en la Antequera de Málaga en un viaje de Turismo Social (que es como se llama ahora el Imserso) y me ha encantado. Vamos, que le diría al Infante Fernando que tuvo buen ojo. "Antequera" significa "la Antigua" y algo de eso se siente si nos metemos en la cueva de Menga, una galería dolménica de piedras gigantescas levantada por los antequeranos de hace 6000 años. Lo curioso de esta cueva es que tiene un pozo del que casi no se ve el fondo (19,5 m.) y que, en lugar de que la salida esté orientada al sol como las demás, mira hacia la Peña de los Enamorados, una curiosa formación montañosa en forma de cabeza de indio narigudo de la que también se cuentan leyendas. Me puedo imaginar a los que construyeron Menga arrastrando la losa más pesada (180 toneladas) y diciendo: "No puedo con esto", "Sí, hombre sí, empuja tú un poquito por ahí que yo tiro otro poco por aquí... ¡y que salga el sol por Antequera!". Una cosa estupenda es que el pueblo tiene casi tantos bares como iglesias y conventos, y eso dice mucho de un pueblo. Y dulcerías donde comer el bienmesabe o restaurantes donde probar las migas o la porra antequerana, uno de mis platos preferidos.

Es, además, una buena base para acercarnos a Málaga, siempre tan luminosa; o a la Costa del Sol, con sus yates y su barco de Chanquete; o a pueblitos andaluces de callitas empedradas y de rejas de las de enamorar en las ventanas: Frigiliana, Mijas la de los burritos tristones, Setenil de Las Bodegas bajo las rocas, Nerja o Ronda, la de los bandoleros, asomada a ese tajo impresionante que solo un también impresionante puente puede salvar. Y todo eso en medio de un paisaje de olivos y almendros en flor, salpicado de lagunas que sobrevuelan las garzas y los flamencos. Momentos para el recuerdo: dos guitarristas tocando delicadamente "Recuerdos de la Alhambra" de Tárrega al lado del tajo de Ronda; un vermut en una terraza sobre el mar transparente de Nerja; o la lápida puesta en la tumba de Torrijos en Málaga (tapada durante la dictadura): "A vista de este ejemplo, ciudadanos, antes morir que consentir tiranos".

Fue un viaje bonito y entretenido. Y corto como nos gustan ahora que nos cansamos más. Pero da igual. Alguno de mis compañeros de viaje hasta llevaba muletas ¿Y eso fue acaso un obstáculo? Que nos salgan muchas ocasiones como esta para disfrutarlas... ¡y que salga el sol por Antequera!

(Para María José, Edu, Ana 1 y Ana 2, nuestros guías, que nos explicaron estupendamente los dimes, diretes, datos, fechas, historias, leyendas, personajes... de una tierra única. Gracias.)

lunes, 6 de enero de 2020

Pertrechada para el 2020




Una de las tradiciones de mi casa (y de miles de casas más) es oír la mañana del 1 de enero el Concierto de Año Nuevo que la Filarmónica de Viena nos regala todos los años. El concierto es como el turrón, las peladillas, el nacimiento, el pavo de Navidad, las uvas de Nochevieja, la cabalgata de Reyes... Algo sin lo cual no se concibe la Navidad y que habla en un lenguaje universal.

El ritual de esa mañana es fácil. Empieza después de los jolgorios de la noche anterior que hacen que nos acostemos a las 4 de la madrugada lo más temprano y que nos levantemos, un poco resacados, hacia las 10 o por ahí. Entonces hay que hacerse un té, acompañarlo por ejemplo de un trozo de torta francesa, que hace mi amiga Carmeliña y que sobró de anoche, y sentarse, mientras lo vas tomando despacio, todavía en pijama y zapatillas y chaqueta peludita y amorosa, en el sillón de la sala con los pies reposando en una butaca apropiada. El mundo, fuera, está en silencio. Tú abres la tele y a gozar ¡Ya estamos en Viena!

De joven, cuando estudiaba en un Colegio Mayor en Madrid, había dos hermanas que habían ido a estudiar Virtuosismo allí. Mi amiga Ana y yo las llamábamos "las virtuosas", claro. Bueno, pues que conste que yo no soy ninguna "virtuosa", que no entiendo de música (solo hice 3 años de solfeo y uno de piano hasta que convencí a mi madre de que aquello no era lo mío), que no tengo mucho oído cuando canto... pero que todo eso no es obstáculo para emocionarme con la música, para cantar también y para disfrutar de un buen concierto. Y más de uno como este, el concierto más visto del mundo, tan familiar que ya me parece conocer -como si lo hubiera visto por dentro y no solo por fuera- el Musikverein y su Sala Dorada con sus cisnes, sus columnas y cariátides, sus preciosos arreglos florales y sus brillantes lámparas de cristal.

Como siempre, me encantó. Al Director de este año, Andris Nelsons, lo encontré cercano, cómplice con los músicos, hasta divertido. Tocó la trompeta, bailó y jugó con la orquesta, sonrió con la mirada y nos deleitó con las oberturas, polkas, valses y marchas de los Strauss y parentela. Y también con el Homenaje a Beethoven. 2020 es su año, el 250º aniversario de su nacimiento. En el descanso, mientras sonaba la música del maestro, se proyectó una historia en la que una joven recorre la estela del músico y va encontrando, en los lugares en los que vivió, hojas -perdidas y llevadas por el viento- de una desconocida Décima Sinfonía. Bella y original.

El concierto me inundó de música: el vals exquisito "Donde florecen los limoneros" de Johann Strauss hijo; la obertura de "La caballería ligera" de Franz von Suppé, tan vibrante que, si cierras los ojos, tienes la impresión de caballos yendo a la batalla con el viento en las crines; la alegre polka "Tritsch-Tratsh" (que quiere decir algo así como "¡a mí, plin!"), que Johann Strauss escribió para acallar los chismorreos sobre una supuesta infidelidad; el vals "Disfrutad de la vida", para que no se diga; y las de siempre, el vals "En el bello Danubio azul" y la "Marcha Radetzky", sin las  cuales parece que no puede empezar el año.

También, de paso, el concierto me llevó a los preciosos pueblitos del sur de Austria que conocí con mis amigos de Viena, Walter y Suzana, por Salzburgo, por los lagos, por el Danubio (que no es azul), por la catedral de San Esteban y por esa Viena que no puede entenderse sin las notas de una melodía de fondo.

Pero lo mejor es que, cuando termina el concierto, siempre queda la sensación de que el mundo está en paz. Atrás quedan, por el poder de la música, los malos ratos del año anterior y te encuentras de pronto preparado para afrontar los retos del nuevo año. En una novela de Hanif Kureishi un niño pregunta: "¿Papá, para que sirven las canciones?". Y el padre responde: "Para que seas feliz, aunque sea por unos minutos". Ese es el sentido de la música, que nos blinda y nos deja pertrechados para lo que venga. Pase lo que pase, siempre nos quedarán momentos mágicos como este Concierto con el  que todos los años empiezo el Año Nuevo.
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