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lunes, 10 de noviembre de 2025

Nos van a chiflar



Una tiene que reconocer que ya no es la que era, que a veces confundo fechas y caras, me olvido de nombres y me veo con la nevera abierta buscando un destornillador. Pero es que ahora, al lógico deterioro de las facultades físicas y mentales, se suma el hecho de que la naturaleza y la sociedad cooperan para que todo vaya a peor y nos armemos un lío.

Lo que una jubilada desea, porque a estas alturas somos hijas de la costumbre, es un universo ordenadito, un entorno donde sepamos a qué atenernos, donde todo esté en su sitio. ¡Qué menos, después de años de corre corre! Y resulta que de eso nada. Mi marido decía a veces este chascarrillo: "Ahora que aprendí a decir pelíucula me lo cambian a flim". Y eso, que parece un chiste, es exactamente lo que pasa ahora: cuando parece que dominamos nuestra vida , van y nos la cambian a flim.

Miren, si no, el tema de la hora. Cuando ya estamos acostumbrados a esas tardes largas en las que el sol se pone cerca de las 9 de la noche, van y nos las cambian, sin pedirnos permiso ni nada, a una hora más temprana. Y si antes la cena se preparaba a una hora prudente, las 8 y pico, ahora me ven pelando papas para una tortilla a las 6 de la tarde. Eso no es fundamento ni es nada, ni que fuéramos extranjeros. Oh, a veces veo a mi marido ahora, que se escabulle a la cocina a las 11 de la noche, con hambre otra vez, a hacerse un bocata de chorizo...

¿Y qué me dicen del clima? De repente, hace muy poco, nos anuncian que un chorro polar llega en cuestión de horas a Canarias y yo empiezo a sacar pellizas, abrigos, bufandas, botas, edredones... Y cuando estoy así de pertrechada, ahora que vengan fríos, me veo sudando la gota gorda con 25º. A cualquier cosa llaman chorro polar. Alguien debe estar carcajeándose por ahí.

Hasta a los supermercados llega el desajuste. Cuando ya me aprendí el Mercadona y hacía la compra en un plisplás, el otro día voy a buscar mis tisanas de té verde y de tila y no están al lado de las galletas como siempre. Le pregunto a uno de los que reponen y me dice que las vaya a buscar enfrente del papel higiénico, a 1 km. de allí (en el Mercadona a veces llego a los 8000 pasos). Le digo al mozo: "¿Lo hacen adrede, verdad?", y él me contesta: "¡Ay, señora, si yo le contara!". Ese día todo estaba rebujado e intercambiado, y convivían en fraternal compañía turrones, huevos de Pascua y esqueletos de Halloween.

Porque esa es otra. Les juro que desde principios de octubre ya están colgadas por mi pueblo las luces de Navidad (apagadas todavía, eso sí); que en el Chino ya hay árboles plateados en los escaparates; que tengo amigos que ya se han comido 4 o 5 turrones... Hasta yo me oí a mí misma el 30 de octubre, mientras picaba ajos distraída en la cocina, cantando: "¡Ya vienen los panderos y las tamboras porque viene llegando la Navidaaaad...!". ¡El 30 de octubre! ¡Dos meses antes! Y cada vez más se mezclan navidades con carnavales, semana santa y romerías. Al final, nos va a pasar como a los hijos pequeños de unos amigos míos, que vivían en la calle San Agustín de La Laguna, por donde pasan todos los desfiles, carretas y procesiones, y que se liaban tanto que, cuando pasaban las de Semana Santa, ellos gritaban: "¡Melchor! ¡Gaspar! ¡Baltasar!".

Y sí, ya sé que hasta Heráclito decía, hace ya 27 siglos, que todo cambia y nada permanece, pero ¿tanto?. Llámenme conspiranoica, pero estoy convencida de que hay oscuras maniobras (¿el Gobierno? ¿La CIA? ¿Trump? ¿Putin? ¿Míster X?...) que, no se sabe bien por qué, quieren volvernos majaretas con tanto cambio.

Nos van a chiflar.

lunes, 25 de agosto de 2025

Una tremenda injusticia



Me siento estafada. Profundamente estafada. Y envidiosa también, todo hay que decirlo. Y víctima de una injusticia flagrante (signifique lo que signifique flagrante). Les cuento.

Mi amiga Esther, que vive en Candelaria, me dice que en su pueblo pasa un microbús cada media hora por todos los barrios, recogiendo a quien se quiera dar una vuelta y llevándolo a la Estación de guaguas, desde donde puedes coger una y desplazarte a cualquier punto de la isla. ¡Y gratis! El pueblo (y ella) está encantado, dice.

Esther es de mi quinta y le pasa lo mismo que a mí, que pensamos que hay demasiados coches, que el tráfico está imposible (el otro día tardó hora y media en recorrer 10 km.), que a nuestras edades lo de conducir ha perdido mucho de su atractivo y se ha convertido en una responsabilidad muy grande y en un peligro, que vamos sorteando obstáculos como en los cochitos locos y que ¡qué necesidad! Así que esta semana se levantó temprano, cogió su microbús y después su guagua y se fue tan ricamente a Los Gigantes a ver a unas amigas y se lo pasó estupendo: viendo el paisaje, sin nervios ni sustos, hablando además con su vecina de asiento, que era una cubana que le contó su vida... Incluso, a la vuelta, se bajó en Las Caletillas y se fue caminando hasta Candelaria al fresquito del atardecer. Un día redondo.

Y no hay derecho porque, como ustedes saben porque se lo he contado muchas veces, por mi zona solo pasan 5 guaguas al día y va que chuta. Y en otros pueblos no es así. Hasta hay sitios como la Santa Marta colombiana que tiene tren aunque no tengan tranvía. Pero aquí ni tren, ni tranvía, ni microbuses, ni casi guaguas. Y me siento agraviada, la verdad.

Además, ¿qué tiene Candelaria que no tenga Tegueste? ¿Será por la Virgen? En mi pueblo están la de los Remedios y la del Socorro, que son dos frente a una. Pero claro, esa una es la Patrona de Canarias y las de aquí, frente a eso, no deben pintar mucho a la hora de las rogativas.

Así que hoy aquí va mi propuesta dirigida a quién corresponda (¿Ayuntamiento, Gobierno, Tribunal de Derechos Humanos de La Haya, el Cielo...?): yo también quiero tener un microbús cada media hora, yo también quiero darme un paseo sin conducir por la isla, yo también quiero hacer amistades con cubanas... ¿No es una tremenda injusticia que unos tengan tanto y otros tan poco? Ruego, por tanto, que esto se repare inmediatamente y que, si es por vírgenes, de las dos mías, una pide socorro y la otra exige remedios. ¡Será por vírgenes!

¡Un microbús cada media hora que nos lleve a la Estación, ya! ¡No a las injusticias, sean flagrantes o no!

lunes, 2 de septiembre de 2024

El tema final del verano



Para cerrar el mes de agosto y oficialmente el verano (porque, como dice mi amigo Juancho, septiembre sí que está ya aquí mismo), no crean que el tema estrella de la última semana ha sido alguno de los que este verano ha destacado la prensa. Ni las elecciones de Estados Unidos, ni Gaza, ni Venezuela, ni Ucrania y Rusia, ni el debate sobre la inmigración, ni la Eurocopa, ni los Juegos Olímpicos... Nada de eso. Lo que ha ocupado la atención del personal esta semana final del verano ha sido que para ligar hay que ir de 7 a 8 al Mercadona, poner una piña boca abajo en el carro y, si ves a otro u otra igual que tú paseando la piña, chocar sutilmente tu carro con el suyo... y ¡zas! El amor.

Las redes se han llenado de gente que comenta, que va, que vuelve, que se está hinchando de comer piña tropical aunque le dé acidez. Hay periodistas por fuera de Mercadona a las 7,30 preguntándole a los clientes y hay quien sale diciendo que las piñas se han agotado (¿Valdrán en lata?, pregunta otro). Hasta mi admirada oliva_sinhache, la humorista gallega, se apunta al tema en Instagram  y se la ve hablando con la dueña de un supermercado: "Noemí, ¿viste la moda que hay ahora de ir a ligar al supermercado?" -"Sí que la vi, sí" -"La gente no tiene vergüenza, algunos parece que están desesperados" -"Mira, llevas dos horas en la tienda. ¿Vas a comprar algo o vienes solo a pasear la piña?", le espeta la dueña.

Hay quien ve en todo esto la mejor maniobra de publicidad de Mercadona sin gastarse un euro. Y hay otros comercios que se apuntan a lo mismo. Leo en Facebook: "No tenemos pasillo del amor ni carritos chocando pero en Frutos el Riego tenemos Piña para enamorar de verdad y a la vez apoyas el comercio local de Zamora. Eso sí que es hacer un match". Me gustó también la reacción de Hiperdino que dice que, como en Canarias es una hora antes, la hora del ligue es de 6 a 7 y que, en lugar de una piña, ellos recomiendan una manilla de plátanos por aquello de la canariedad.

Ha sido la cosa tan apabullante que hasta El País pone un artículo firmado por Eva Güimil titulado "Enamorarse en el pasillo de los congelados" donde cuentan que el origen está en un vídeo de TikTok en el que la humorista Vivy Lin y su amiga Carla Alarcón explican que "al igual que los bares tienen una hora feliz, Mercadona tiene una hora para ligar". Lo llaman "El Tínder de Hacendado".

¡Cómo ha cambiado el cuento, Caperucita! En nuestros tiempos, sí, había unas horas para ligar (después del cine de los domingos) y unos sitios determinados (La Rambla, la Avenida de Anaga...), en donde paseábamos dando vueltas y esperábamos que ÉL se acercara a nuestra vera. Pero eran sitios mucho más románticos, con sus arboledas y su proximidad al mar, que el puesto de frutas y verduras o la pescadería de un supermercado.

Lo único bueno de todo esto es que, con todo el desbarajuste que hay en el mundo, es reconfortante ver que el ser humano no ha perdido las ganas de un buen vacilón, qué rico vacilón. Feliz fin de verano.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Carmelo, hay escasez de papas



El título de este post lo saqué de un chiste de Morgan en donde se ve a Carmelo y su mujer, y ella le dice eso mismo: "Carmelo, hay escasez de papas". Y él contesta: "No me extraña, con la cantidá descándalos que tiene laiglesia".

Y ojalá que fueran papas de esos los que escasearan... Porque, por si fuera poco lo que ha caído últimamente por estas islas (erupciones e incendios a tutiplén), ahora nos viene encima el que encontrar papas para llevarse a la mesa sea una aventura sin final feliz.  Solo nos faltaría, como en la canción de Les Luthiers, que al atardecer nos cayeran meteoritos.

En la verdulería de mi pueblo me lo explican cuando, desolada, vi que en el arcón de las papas no había ni un solo ejemplar de muestra: "Es que en el verano ya se ha terminado la cosecha de papas del país y siempre, entonces, nos abastecemos con las kineguas inglesas (King Edward), pero esta vez vinieron con bicho, con el escarabajo rojo, y hubo que devolverlas a toda prisa. Tendremos que traer papas de Israel, Egipto o Marruecos". "¿Y las fértiles tierras de la isla, qué?". "No, si ya hay sembradas. P'allá, pa Navidad tendremos". Muy largo me lo fiais, me digo.

Lo bueno de toda esta tragedia es que no nos falta nunca tema de conversación. Igual que antes se hablaba del fuego, esta semana se ha hablado de papas por todos lados. Un agricultor de Los Realejos contaba que hace 10 años que dejó de cultivar papas para vender porque le pagaban  a 0,20 céntimos el kilo y por la tarde estaban a 1,00€. "Ahora -dice- que las cultiven los que se mamaban los 0,80 céntimos". Otros se escandalizan de los precios: 7 euros por un kilo de papas borrallas, encontradas milagrosamente en el mercadillo de Tacoronte; 4,50 euros por 1 kilo de papas normalitas en el de La Laguna. ¿Estamos locos?. Otros aconsejan que solo debemos consumir papas del país, que, si nos ponemos, se podrían tener hasta 3 cosechas de papas al año. Igual que antes surgían vulcanólogos, epimediólogos y especialistas en incendios (¿incendiólogos?), ahora todo el mundo sabe de cosechas de papas (¿papólogos?) y lo arreglan todo en un santiamén. A mí lo que me parece es que alguien se está forrando por ahí...

Y otra cosa buena es que no se ha perdido el humor. Otro chiste de Morgan plantea otra solución: Están dos en la playa y uno dice: "Yo quitaba todos esos molinos eólicos y placas solares y plantaba papas". Y el otro: "¿En serio? ¿Y se pondría a cultivarlas usté?" "Yastamos con el comunihmo", dice el primero. Hay chistes del que regala un anillo de pedida y, en lugar de un diamante, lleva una papa engastada.; del que seduce diciéndole al oído a la piba: "No quiero enamorarte, pero... tengo un aguacatero y 5 sacos llenos de papas"; viñetas de papas llegando en furgones custodiados por la policía. En uno de esos memes uno dice: "Dame algo para el dolor y déjame morir", y le dicen: "¿En serio te vas a poner así porque no hay papas para la carne fiesta?".

En el fondo tienen razón. ¿Qué son unos huevos fritos sin el acompañamiento de una buena ración de papas fritas? ¿Cómo se va a hacer un conejo en salmorejo o un mojo picón si no hay al lado un buen plato de papas bonitas o negras bien arrugadas? ¿Y qué es una cazuela de pescado o un puchero sin papas?

Pero no queda otra que resignarse. Créanme que el otro día, después del inútil peregrinaje en busca de papas y con la música de aquella ranchera que decía "Adiós, botellas de vino. / Adiós, mujeres alegres. / Adiós, todos mis amigos. / Adiós, los falsos quereres.", me vi cantando a grito pelado por toda la cocina:

"Adiós, tortillas de papas.

Adiós, papitas guisadas.

Adiós, patatitas fritas.

Adiós, papas arrugadaaas..."

Hay que... fastidiarse.

lunes, 28 de agosto de 2023

Morreos intempestivos



¡Que no, Luis, alma de cántaro, que cómo se te ocurre que la mejor forma de llegar a la fama es plantándole un beso en la boca, sin venir a cuento, a una jugadora de fútbol, justo cuando ella acaba de alcanzar el mayor triunfo de su carrera, ganar los mundiales, y está a otra cosa! No. Ni esas son formas (no se lo has hecho a los jugadores masculinos, o sea, que no puedes decir lo de "es que soy así de cariñoso con todos"), ni eso es un beso (llámalo provocación, chulería, prepotencia...).

¡Cómo pensaste, cabeza de chorlito, que era buena idea agarrarle la cabeza con las dos manos para que no se te escape y, hala, propinarle un beso que la pobre se llevó sin comerlo ni beberlo! Se ve que tú, calamidad, no tienes interiorizada la canción que cantaba mi madre, aquella de "le puede usted besar en la mano, o puede darle un beso de hermano, y así la besará cuando quiera... Pero un beso de amor no se lo dan a cualquiera". Y los besos en la boca suelen ser besos de amor.

Si hasta las prostitutas lo dicen, Luis ¿O no has visto Pretty woman? Cuando Edward le pregunta a Vivian por lo qué hace, ella contesta que de todo, excepto besar en la boca porque eso es algo muy personal. Y tú ahí, repartiendo ósculos como si fueran gratis.

No, no hay derecho a que el tema de la semana pasada en España y parte del extranjero sea un beso no-beso. Mira, bobo de baba, y aprende lo que es un beso consentido. En la imagen inicial está uno de esos besos de amor en el cuadro "El beso" de Francesco Hayez (Pinacoteca de Brera, Milán). Las manos de él están en la cara de ella, pero no son garras, como las tuyas que aprietan la cabeza para acertar bien en los labios, no. Son manos que acarician suavemente, con ternura y pasión, mientras ella se entrega y besa también. ¡Y hay tantos besos recogidos en el arte! Los de Klimt, el de Rodin, el de Ingres... Y, por supuesto, en la literatura y el cine: sensuales besos en "El cantar de los Cantares",  besos dados por príncipes azules en los cuentos, los apasionados besos censurados del final de "Cinema Paradiso"... Y Bécquer, codiciándolos en la Rima XXIII: "Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso... ¡Yo no sé qué te diera por un beso!.".

Manuel Rodríguez Rivero terminó uno de sus escritos de una forma que suscribo completamente: "Aprendamos a valorar nuestros besos, sin despilfarrarlos ni escatimarlos, sabiendo a quién y por qué besamos. Y cómo. Prodiguémoslos con los amigos, con los padres, con los hijos. Y, sobre todo, con los amantes: esos besos tormentosos y secretos, oscuros y golosos, suaves y sensuales. Esos besos, "hormigueantes y profundos" que anhelaba Baudelaire.".

Así que, Luis, tortolín, no es solo que hayas empañado el éxito histórico de un puñado de jugadoras que han hecho un esfuerzo enorme por estar en los cielos del deporte; no es solo que hayas abusado de tu posición de poder para hacer y decir lo que te da la gana; no es solo que le quites importancia a lo que la tiene. Es que, además, has rebajado el significado de un beso, la señal del encuentro entre dos almas, a un morreo intempestivo.

Solo por eso (como decían los niños cuando yo era chica), ¡vétete!.

lunes, 6 de febrero de 2023

Somos así de alegadores



El 16 de enero leí en el periódico que en Holanda el Gobierno ha elaborado un programa para paliar la soledad. Y la cadena holandesa Jumbo se ha sumado a él ofreciendo un servicio en sus supermercados al que llama Kletskassa, la caja para charlar. Este servicio permite pagar la compra sin prisas alegando con los empleados de la caja todo lo que te dé la gana.

¿Se lo imaginan? Una no iría llenando las bolsas a todo meter como hacemos ahora, sino con toda la pachorra del mundo, mientras le va contando su vida a la dependienta. Los que están detrás, esperando a su vez para contar su rollo, no se pondrían nerviosos ni nada. Yo me los imagino hasta llevando una sillita  de esas livianas para descansar la espalda mientras esperan; e incluso con un libro o la labor de punto en el bolso, no sea que la clienta anterior tenga mucho que contar. Que yo conozco a algunos que, si los dejan, no los paras ni con grúas. Una amiga mía los llama "no me cuentes que te cuento".

Yo no dudo de que este sistema dé resultado entre los holandeses a los que veo bastante civilizados. Una vez que estuve en Amberes recuerdo que me asombré de que allí no se paga basura municipal, sino que es obligatorio tirar la basura en bolsas ya establecidas para ello que se compran en los supermercados. ¡Y todo el mundo lo hace, nada de bolsas de plástico distintas o cajas de cartón, como aquí, que somos tan variopintos! Así que supongo que también ahora desfilarán obedientes en las cajas lentas, en las que los empleados son todo oídos y escucharán sonrientes a lo largo del día las mil y una historias de sus clientes.

¿Pero aquí se imaginan algo así? A mí es que, además, me pasa al revés. ¡Son los empleados los que me cuentan a mí sus vidas! Estas navidades fui a comprar una crema para la cara y la dependienta se enrolló de tal forma que me contó que la madre la tuvo a los 14 años y el disgusto de la familia y tal,  pero que ahora parecía una hermana de su madre y hasta de su abuela. Gracias a dos empleados de pescaderías, tengo sin haberlas pedido las recetas de los calamares en su tinta y de la ropa vieja de pulpo. Y el otro día, que salí con mis compañeras jubiladas, el camarero, al saber que todas éramos profesoras, preguntó que quién era la de filosofía y al decirle que yo, en cuanto pudo, vino a filosofar conmigo para convencerme con ejemplos y argumentos de que el Bien era uno y el resto es Mal, tal cual un Platón redivivo.

Me da que en España es así. Que a algunos la soledad les sienta bien e incluso dicen que más vale solos que mal acompañados; pero que la mayoría recarga pilas rodeándose de gente y hablando más de la cuenta. Por ahora, gracias, pero no necesitamos cajas lentas en nuestros supermercados que nos inciten a hablar. Qué quieren que les diga, por naturaleza somos así de alegadores.

lunes, 1 de agosto de 2022

Yo también quiero humanos



Lo del título lo digo porque leí un artículo en El País del 23 de julio que se titulaba "¡Quiero un humano!". Hablaba la periodista, Carla Marcia, de un señor que llegó al aeropuerto de Barajas con muchísima prisa y se vio obligado, para su desesperación, a facturar él mismo su maleta y a imprimirse su billete en una de las máquinas de autofacturación. El hombre ("vi su rostro pasar de la angustia a la cólera") gritaba: "¡Voy a perder el vuelo! ¡Quiero un humano!", con la misma urgente necesidad de aquel que, en la película "Amarcord" de Fellini, se subía a un árbol a gritarle al mundo: "¡Quiero una mujer!".

Cuando lo leí, me sentí tan, tan, tan identificada con él que, si llego a estar allí, le hago hasta coro. Las compañías aéreas se han convertido en especialistas en tratar a los pasajeros cada vez peor: asientos en los que casi no te puedes mover, retrasos, pérdidas, overbooking (¿qué mente malévola lo inventó?)... Y ahora, si viajamos con pareja, para fastidiar más, nos ponen separados. Como mi marido puede tener problemas durante el viaje, siempre pido billetes juntos aunque pague un suplemento por ello. En uno de los últimos viajes, al llegar a Barajas, me pasó lo mismo que al señor del artículo y, después de mucho trajinar, conseguimos facturar y recoger los billetes de una máquina que, no solo no nos deseó buen viaje, como hubiera hecho una azafata de tierra, sino que además nos dio los billetes separados sin atender a sentimientos, a lo pagado y a nada de nada. Y ahí me ven también con ganas de gritar: "¡Quiero un humano!": un humano al que explicarle el caso, un humano que te escuche, que te pida disculpas, y si me pongo, hasta que te invite a un champán por las molestias. Tardé más de media hora en encontrar a alguien que me lo pudiera arreglar y menos mal que yo sí iba con tiempo.

¿Cómo se ha ido degradando la cosa? ¿Cómo hemos pasado de aquellos tiempos en que las compañías se anunciaban con lo de "Donde solo el avión recibe más atención que usted" a esta época en que no solo no nos atienden bien sino que intentan fastidiarnos cada vez más?

Y seguimos igual en otros aspectos de la vida. Ya en los Bancos nos invitan a hablar con las máquinas y cada vez hay menos personas humanas que te atiendan; si se nos estropea algo y tenemos que llamar a un servicio técnico, le tenemos que contar a un robot lo que le pasa a la tele, a la nevera o a la lavadora (y una, que es prolija contando, se encuentra con la voz metalizada que dice: "Perdone, pero no la he entendido") ; y en el campo de las citas médicas, los ordenadores no apuntan las citas o nos mandan, como nos pasó a nosotros, al hospital de La Palma, un poco alejado de nuestra casa.

Queremos humanos, aunque sean antipáticos. Queremos que alguien nos diga "adiós", "gracias" y "buenos días" y que no nos diga lo mismo la voz sin calidez de una máquina. El escritor Manuel Rivas contó hace poco que en los peajes de las autopistas la mayoría de conductores eligen la cabina donde hay una persona y no la de las máquinas de cobro automático.

El consejo que la periodista Carla Marcia le da al señor que quería que un humano le atendiera es que cambiara de planeta o se comprara un buen smartphone. Yo, visto que cada vez más nos acercamos a aquel mundo oscuro y gris de "Blade Runner", la película de Ridley Scott en el que la humanidad convive con los robots ("replicantes"), me da que un día de estos me apunto a aprender robótica. Por si las moscas.

lunes, 25 de julio de 2022

El asunto del queso



¿Han recibido alguna vez un intento de soborno? A juzgar por lo que se lee en las noticias, da la impresión de que hay un montón de gente portando maletines llenos de dinero (creo que a veces lo llaman comisión) y dispuestos a ofrecerlos al mejor postor. En las novelas ocurre a cada rato. Recuerdo una de mi admirado P. G. Wodehouse ("Un dineral" se llama) que hablaba de sobornos y chantajes como si fueran el pan nuestro de cada día: "Uno se acerca a un ciudadano que pasa por la calle, un perfecto desconocido, con aspecto de indecorosa opulencia, y le susurra al oído: "¿Me permite unas palabras, caballero?", y luego con voz cavernosa añade: "Conozco su secreto", dando como resultado que el ciudadano se estremece, adquiriendo su rostro un bonito color ceniza, y desde ese instante le mantiene durante toda su existencia rodeado de lujos...". Hasta a mi marido una vez, veraneando en nuestros años mozos en un apartamento en Bajamar, se nos presentó un señor en la puerta (no sé ni cómo averiguaron la dirección) cargando una caja de uvas recién cogidas, unos días antes del examen de su hijo (uvas que, convenientemente, fueron rechazadas). Y recuerdo a una madre que le dijo al profe de Matemáticas de mi Instituto: "¿Y esto con dinero no se puede arreglar?".

Y es que hay sobornos gordos y sobornitos. El "asunto del queso" es de estos últimos y es uno de mis preferidos. Le ocurrió a mi amiga Pepi, que fue (ya está jubilada) profesora de lengua  y literatura y tenía un alumno, un chico con cara de mataperros y gandul como él solo, que no daba palo al agua. No obstante, siempre antes de un examen, venía con la cara agachada y le decía: " Maestra, que esto... que dice mi madre que le diga que le tiene un queso guardado y ya se lo traerá". Y en los siguientes exámenes, lo mismo: "Que ya vendrá mi madre con el queso que le tiene guardado". De poco valía que ella le dijera que no tenía que traerle nada, él seguía dale que te pego con el queso. Hasta la madre, las pocas veces que fue a una tutoría, le repetía la misma cantinela: "¡Jesús, que se me olvidó el queso que le tengo guardado! La próxima vez será...". Y así hasta que terminó el curso y el chico suspendió como estaba previsto que pasara. Al día siguiente, se plantó delante de Pepi, con el ceño fruncido, y le espetó: "Maestra, que dice mi madre que, si quiere queso, que se lo compre".

Yo no sé ustedes, pero yo ante este queso ideal, prometido, presagiado, imaginado y finalmente desterrado, que se quiten las comisiones de la realeza ocultas en Suiza, los secretos de P. G. Wodehouse, los dineros y la caja de uvas de mi marido.

lunes, 24 de enero de 2022

Mi amiga Ana es un genio



Mi amiga Ana (ya he hablado de ella aquí) es un genio. Y no lo digo solo porque sea una autoridad mundial en plantas y líquenes. Si hubiera nacido en la Edad Media, con lo que sabe, sería una bruja, una brujita blanca y buena que haría felices a todos con sus brebajes, sus pócimas y sus filtros de amor. Pero, como nació en el siglo XX, le tocó ser científica, catedrática de Botánica y, además, académica en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Cuando Ana entró en la Academia en 2012, la tercera mujer en entrar, le llamaron la atención dos cosas. Una, la ausencia de espíritu femenino, el respeto casi decimonónico y la corrección formal con que se trataban unos a otros, señores serios y sesudos que cordiales, sí, pero antes muertos que triviales. La segunda fue cuando tuvo que ir al water. El piso 1º de la Academia, donde se reúnen, tenía un solo habitáculo con un urinario de esos en que los hombres se ponen cara a la pared, un lavabo y, tras una puerta, un water., todo lo cual planteaba una situación incómoda para cualquier mujer: ¿Y si voy a lavarme las manos o al water y al salir me encuentro con un señor académico apoyado en la pared como si estuviera ante el Muro de las Lamentaciones?

Ana inició entonces una labor de concienciación. Primero pidió al Presidente de la Academia que quitaran ese urinario de allí, a lo que este contestó, muy serio, que no lo veía imprescindible. 4 años más tarde vino otro presidente y ella, siguió, erre que erre, pidiendo lo mismo y razonando la petición. Entonces decidieron ¡oh, milagro!, poner un fechillo, que algo es algo. Pero no era raro que se olvidaran de pasarlo y una podría encontrarse, qué necesidad, con la visión "cara a la pared". Cuando hace 2 años la nombraron Secretaria General su primera decisión, esta vez con la aprobación de todos, fue que quitaran de una vez por todas el meadero en cuestión. El conserje le decía entre risas: "Doña Ana, tuvo que llegar a Secretaria General para salirse con la suya...".

Por eso digo que es un genio. Que siga todavía en activo participando en proyectos de investigación y en tareas de la Academia (mientras otras como yo, de su misma edad, llevamos ya 13 años jubiladas) es muy, muy meritorio. Pero que haya contribuido a que la Academia cambie un estado de cosas de siglos, que los científicos caigan en que también hay mujeres entre ellos (ahora hay 3 más), que se den cuenta de que ellas orinan distinto a los hombres y que, en consecuencia, hagan un water para ambos sexos y no solo para hombres, eso solo lo consigue un genio. Chapó por mi amiga Ana.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Una memez



Hace poco escribí que a estas alturas de la vida parecería que ya nada puede sorprenderme, pero que en el día a día ocurre todo lo contrario: siempre hay un hueco para la sorpresa. Y esta semana pasada lo comprobé. Leí en la prensa que la Comisión Europea había publicado un dosier de "Directrices para una comunicación inclusiva" que, entre otras cosas, recomienda decir "felices fiestas" y no "feliz Navidad", que dice que puede ser irrespetuoso y herir las sensibilidades de los no cristianos. La cosa me pareció tan asombrosa que, cuando lo comenté con los amigos, algunos dijeron que tenía toda la pinta de ser un bulo. Pero no, esta vez era una noticia verdadera, que había irritado a mucha gente, incluido al Vaticano.

Yo no me irrito porque ustedes saben que tengo un talante conciliador pero sí que me sorprende que alguien pueda sentirse ofendido por que le deseen felicidad, sea la época que sea, año nuevo chino, Janucá  o Navidad, que es la más extendida en Europa.

A mí, que no soy religiosa, me encantan las navidades y celebro todo lo celebrable: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes... y hasta una fiesta familiar para calentar motores el 1 de diciembre, en la que mi hermana y yo con hijos y nietos abrimos turrones, adornamos la casa, intercambiamos un regalito de navidad y, si se tercia, hasta cantamos algún villancico. Y, por lo demás, hago el árbol, el calendario de adviento, y mi nacimiento no puede ser más inclusivo. En él hay 3 figuritas de David el gnomo que vete a saber qué religión tienen, un tocador de quena peruano que seguro que es adorador del dios inca Viracocha, 2 magos canarios,  muy serios y morenos ellos, con pinta de bereberes, el cagonet catalán en su cueva, los 3 magos venidos de países orientales lejanos y pastores de diversas ideologías. Todos van a felicitar al Niño porque, cuando alguien así nace, eso es lo que se hace sin pensar en credos o razas. ¿Qué haríamos entonces con villancicos universales como "Feliz Navidad" o "Navidades blancas"? ¿Se suprimen porque hieren sensibilidades? Y el libro "Cuento de Navidad" de Dickens (que tengo también como calendario de adviento (imagen inicial) y todos los años leo con mis nietos pequeños) ¿lo cambiamos por "Cuento de Fiestas", por si a alguien le parece poco inclusivo?.

Todo esto me recuerda cuando aquí nos cambiaron el nombre de los Carnavales por el de Fiestas de Invierno. Por más que los quisieran disfrazar, la gente siguió hablando de Carnavales como si tal cosa, porque el lenguaje está vivo y va más allá de los eufemismos.

De todas formas, la recomendación de la Comisión Europea no es para indignarse ni preocuparse. Los mismos autores del documento lo han retirado enseguida y han declarado que no lo habían pensado bien. Conocer de dónde venimos, nuestras raíces lingüísticas y religiosas, es conocernos mejor a nosotros mismos. Y si las negamos ante los demás, por muy buenos motivos que aleguemos, es, según mi humilde opinión, aparte de una equivocación, una memez. Con todos los respetos.

lunes, 5 de abril de 2021

El esparadrapo del capitán Haddock



Ustedes saben que soy fan de Tintín y que me he leído (varias veces) sus aventuras. En una de ellas, El efecto Tornasol, el capitán Haddock va en una guagua hacia el aeropuerto y, cuando se quita un esparadrapo de la nariz, este se le pega en el dedo y él trata de sacudirlo para que se despegue. El esparadrapo entonces va pasando de pasajero en pasajero hasta que vuelve al capitán y, ya en el avión, se repite otra vez la misma secuencia: del capitán el pegajoso esparadrapo va pasando por todos (incluso llega al piloto) para volver al capitán. El escritor César Mallorquí, otro fan de Tintín, en una de sus interesantísimas novelas, La hora zulú (tercera y última entrega de las Crónicas del Parásito), en el que él mismo tiene un papel, menciona esta escena de Tintín para decirle después al protagonista -que a cada rato aparece por su casa a pedirle refugio y a darle la lata-: Bueno, pues para que lo entiendas: yo soy el capitán Haddock y tú eres el esparadrapo. ¿Ahora qué demonios quieres?.

Yo, como César en el libro, he sentido el efecto esparadrapo. Es más, pienso que todos tenemos un esparadrapo en nuestras vidas, no necesariamente una persona determinada (aunque también los hay), sino una situación, un hecho que, como un bucle, se nos pega una y otra vez y no nos podemos quitar de encima por más que nos sacudamos.Y, además, no sabemos cómo hacerlo.

Y es que majaderos y plastas hay para dar y regalar. A estas alturas de la vida uno tiene sus ideas más o menos definidas y respeta profundamente las de los demás. Es rico y productivo el diálogo y el debate en los que estas se exponen. Pero no lo es la imposición unilateral de los que nos quieren convencer de SU verdad sin importarles un comino tu opinión: grupos religiosos que, como ahora no pueden ir de casa en casa, te mandan cartas ¡escritas a mano! por delante y por detrás; gente que te manda memes y memes poniendo sus ideas por las nubes y ridiculizando las de los demás; están los que nos quieren persuadir de que compremos cosas que no necesitamos y nos dan la vara para ello... Pero, sobre todos ellos, los más plastas de todos los plastas, son los que quieren convencerte de que te cambies de compañía telefónica.

Estos no se contentan con que ya los has rechazado miles de veces, no. Inmunes al desaliento, siguen ahí dale que te pego llamando a tu casa todos los días, a cualquier hora, las 8 de la mañana, a la hora de la comida o la siesta, a las 11 de la noche cuando ya estás dormida... Les da igual, invaden tu casa, vulneran tu derecho a la intimidad y te privan de tranquilidad. Hay quienes, cuando les dices que no te interesa, te dicen: Pero, doña (odio que me llamen así), ¿cómo no va a querer pagar menos?. O peor todavía, cuando  después de todo piensas que son unos mandados y están haciendo su trabajo, y les tratas de contestar educadamente que no puedes atenderles porque en ese momento hay un avión esperándote para marchar urgentemente a China, no te dejan terminar y te cuelgan el teléfono. No dan las gracias, ni piden perdón, ni nada de nada. Y, como el esparadrapo que no te puedes despegar, ellos vuelven vez tras vez a ocupar tu teléfono y tu tiempo, que es oro para nosotros. ¿No habría manera de hacer algo?

Otra vez vuelvo a Tintín y al capitán Haddock que, ante Serafín Latón (le va bien el apellido), el majadero más majadero de todos los majaderos, que le quiere vender a toda costa un seguro de vida, le espeta, cabreadísimo: Tengo todos los seguros de vida posibles e imaginables... Tengo seguro de vida, de accidentes, contra el granizo, la lluvia y las inundaciones, la subida de las mareas y los tifones, contra el cólera, la gripe y el resfriado. Contra la polilla, las termitas y la plaga de langosta. Todos... El único que me falta es el seguro contra los pelmazos.

Me da que ese es el que nos falta a todos.

lunes, 9 de noviembre de 2020

El bar de la esquina



La única cosa buena que tiene hacerse un análisis (esa majadería que tenemos que sufrir de vez en cuando, y más a estas edades) es que después uno se mete un buen desayuno entre pecho y espalda en el bar de la esquina. El mío, al que fui la semana pasada después del pinchazo, es un bar coqueto y acogedor, especialista en bocadillos, pulguitas, montaditos, papas locas... y en el que los camareros llevan camisetas con el lema "Disfruta este momento".Y eso es lo que hicimos, disfrutar con un té verde, una pulguita de queso manchego aliñada con aceite virgen y hierbitas y un jugo de naranja natural, mientras la lluvia caía, mansa, detrás del ventanal. Solo le faltaban los churros para ser perfecto.

¿Quién no ha tenido un bar de la esquina en su memoria? Los bares son puntos de descanso entre tu casa y tus otros destinos, sean el trabajo, el Centro de Salud o el Supermercado; son lugares donde muchas veces no solo te conocen por tu nombre, como se decía en la canción de la serie Cheers, sino que también saben lo que te gusta. Recuerdo que, cuando iba todos los días a media mañana al bar de la universidad, Salvador, el dueño,  nada más verme ya recitaba: "Un café y un sandwich de mortadela sin mantequilla". Y lo mismo pasó más tarde en los bares más cercanos a los dos Institutos en los que trabajé: "La Parrala" en Santa Cruz al lado del Andrés Bello, y "Casa Micaela" en La Laguna al lado del Canarias Cabrera Pinto, sitios que consideré en aquellos tiempos como partes de mi casa. No me extraña nada que muchos escritores (Jardiel Poncela, Claudio Magris o J.K.Rowling, por ejemplo) hayan preferido escribir en los bares, solos pero siempre acompañados.

Por eso, me da tanta pena que la pandemia haya obligado a muchos bares a cerrar. ¿Qué hará nuestro país sin bares, qué haremos nosotros? Desde que Don Juan Tenorio y Don Luis Mejías recalaron en "La Hostería del Laurel" (- ¿La Hostería del Laurel? - En ella estáis, caballero -¿Está en casa el hostelero? - Estáis hablando con él) hasta el bar de Casablanca (De todos los bares de todo el mundo...¡ella entra al mío!), la tradición de los bares es larga y fructífera y nada ha podido contra ella, ni guerras ni temporales ¿Lo hará el condenado virus?

En nuestras ciudades y pueblos hay más bares que farmacias, casinos o iglesias. En los bares se han entretejido historias, se han montado revoluciones, han comenzado y terminado amores, se ha paliado el aburrimiento, se fomentan los encuentros y amistades, se arregla el mundo... y, por supuesto, se calma el hambre que produce ayunar para hacerte un análisis. Como dice Gabinete Caligari, los bares, qué lugares tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar. ¿De verdad estamos dispuestos a ser un país sin ese calor?

Hay una canción preciosa, Balderrama, cantada por Mercedes Sosa, sobre un bar de Salta en donde los bohemios se juntan a cantar y guitarrear hasta la madrugada: Si uno se pone a cantar, un cochero lo acompaña y en cada vaso de vino tiembla el lucero del alba... Como nada es eterno, la sospecha de que pueda cerrarse late en la canción porque termina con este lamento: Lucero, solito brote del alba ¿dónde iremos a parar si se apaga Balderrama?. Es el lamento que muchos nos hacemos ahora: ¿Dónde iremos a parar si un día de estos el bar de la esquina de siempre, recoge mesas, almacena botellas, anuncios y risas, apaga la luz y cuelga el cartel de "Cerrado para siempre por causa mayor"?.

lunes, 10 de agosto de 2020

La amiga a la que le gustaban las historias sobre reyes




Tengo una amiga a quien siempre le ha gustado leer historias de reyes. Le encantaban los reyes bíblicos, como David que primero fue un pastor que se enfrentó a un gigante con su honda y después un rey valiente, músico y poeta; o Salomón, a quien Dios concedió un corazón capaz de distinguir lo malo de lo bueno.

También le gustaban las historias de reyes de "Las Mil y Una Noches", como la de Harun al-Rashid que se disfrazaba por las noches para mezclarse con el pueblo y así conocer sus necesidades sin que lo reconocieran; o reyes que imponían un respeto tan grande que todos temblaban ante ellos.

Disfrutaba enormemente con los reyes que Tolkien situó en la Tierra Media, reyes que se preparaban para serlo guardando el país de enemigos en un trabajo callado y duro. Provenían de estirpes heroicas de las que se contaban mil leyendas y se alzaban estatuas de piedra gigantescas para recordarlos: Durante muchos años anhelé contemplar las imágenes de Isildur y Anárion, mis señores de otro tiempo. A la sombra de estos señores. Elessar, Piedra de Elfo, hijo de Arathorn de la casa de Valandil hijo de Isildur, heredero de Elendil, ¡no tiene nada que temer!

Había veces que mi amiga se entusiasmaba con las leyendas y aventuras del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda que vivían en pos de un ideal puro e inalcanzable. O repasaba los libros de Historia buscando los apodos de los reyes antiguos e investigando por qué los habían llamado así: el Justo, el Santo, el Hermoso, el Sabio, el Conquistador, el Hechizado, el Católico, el Deseado...

Había reyes que parecían tenerlo todo: Un palacio de diamantes, / una tienda hecha de día / y un rebaño de elefantes, / un kiosko de malaquita, / un gran manto de tisú...

Mi amiga no es que fuese monárquica, la verdad. Pero desde pequeña le llamaban la atención esas personas a las que el destino señaló de alguna manera y se hacía preguntas sobre ellas. ¿Cómo llegaron a ser reyes? ¿Cómo aprovecharon ese poder que se les otorgó, muchas veces sin comerlo ni beberlo? ¿Se dieron cuenta de que jugaban un papel en la Historia? Le interesaban las semejanzas entre algunos, sus fuerzas y sus debilidades, sus reacciones, sus cualidades.

Hasta que conoció a un rey real. Poca gente que yo conozca ha tenido ocasión de ello, pero mi amiga ocupó un cargo importante en una ocasión en su país y quiso la casualidad que conocíó a un rey de verdad. Y con conocer me refiero a que coincidió con él en eventos y viajes y tuvo largas charlas en muchas ocasiones. Él la llamaba por su nombre y ella a él "señor".

Entonces descubrió que era un hombre normal y corriente, pero que no se creía normal y corriente sino por encima del resto de los mortales. A lo mejor esto es lógico tratándose de un rey. Pero para mi amiga, que había seguido la trayectoria de los reyes de antaño, este rey, aunque era un tipo agradable, no era magnánimo y compasivo como Aragorn, sino que hacía lo que le daba la gana sin pensar en los otros. No era sabio en sus decisiones como Salomón sino que a veces parecía actuar sin ton ni son, a lo que saliera. No era santo como Fernando III, porque lo único que le interesaba era su propio placer. No era valiente como Ricardo Corazón de León, ni carismático como Arturo. La gente que estaba a su alrededor y lo adulaba no le tenía cariño sino que era del tipo rata que abandonan el barco cuando se hunde. No era justo como Luis XIII de Francia, porque pensaba que él estaba por encima de la justicia y sus leyes. No era culto ni sensible como Alfonso X o David (no se le conocía ni una triste cántiga o  salmo). No se preocupaba por el pueblo como Harun al-Rashid, porque el pueblo le importaba un pito. Ni siquiera era guapo (o hermoso). En resumen, concluyó que era un rey de morondanga.

Ahora a mi amiga ya no le gustan las historias de reyes. Por no creer, no cree ni en los reyes magos.

lunes, 2 de marzo de 2020

Carta de una bagañeta




Querida amiga:

No te escribía desde aquella vez que hablaste de Tazacorte, mi pueblo ("Había una vez un pueblito que quiso ser independiente") y de nosotros, sus habitantes, los bagañetes y a mucha honra. Pero tú sabes que te sigo y que no te saco del pensamiento. Y ahora, además, te mando otro notición para que, si te parece, lo cuentes en tu Blog ¿Quién ha venido a Tazacorte a quedarse un tiempito, él, su mujer y sus hijos? ¿Quién? Lo has adivinado: ¡George Clooney! Yo sé que a ti esto te va a gustar porque una vez me contaste que te sacaste una foto en la puerta de su mansión en el Lago Como y que ni poco presumiste del tema. 

Y mira que estuvo buscando sitio para quedarse y hacer la película que va a rodar. Hasta en Tenerife estuvo dando vueltas, pero al final vio Tazacorte y se quedó privado ¡Y si vieras dónde se quedó! En "La Hacienda de Abajo", el mejor Hotel de Canarias. Vai, hay que verlo...¡Hasta capilla y santos tiene, que parece una catedral! Con decirte que yo, cada vez que (de regolifiona) voy por allí, digo que voy a tomarme un café pero a lo que voy de verdad es a echarle un rezado a Santa Catalina, que está en el comedor en un cuadro precioso (yo soy muy de Santa Catalina, como ya sabes). ¡Y las lámparas de cristal de Murano y las vitrinas llenas de marfiles y los espejos dorados con cornucopias y las estatuas chinas y los jardines...! ¡Ya quisiera Versalles! La única pega es que el Hotel es de uno de Argual pero todo no se puede tener. ¡Pero al menos no es de uno de Los Llanos!

Y bueno, la confianza que ya tenemos con George, Yor para nosotros. ¿Tú te acuerdas de la historia aquella que me contaste de cuando Bernard Shaw (pronúnciese "Chou") fue a Tenerife? Cuando fue a subir a un taxi, el capitoste que lo recibió le dijo al taxista. "¡Y mucho ojo, cuídelo bien que es nada menos que Bernard Chou!". El taxista dijo: "Ta bien", y virándose para atrás, le dijo: "¿A dónde vamos, Cho Bernardo?". Pues nosotros ahora igual de campechanos , que si Yor y Amal por aquí y que si Amal y Yor por allá. Vai, hasta a Nespresso nos han invitado, que se trajeron con ellos un supermaquinón...

Se lo han pasado estupendo. Fueron a pasear con los niños por el paseo del Puerto, vieron los delfines en el barco que sale de allí...  y a él lo venía a recoger todos los días un helicóptero para llevarlo que si a Los Tilos, que si al Roque de los Muchachos, que si a Fuencaliente... ¡Imagínate!

Y es que La Palma está de moda, es tendencia como dicen ahora. ¡Buena va...! Hasta el Faro de Barlovento, que estaba hecho polvo, le hicieron un arreglo (ya sabes lo apañaditos que somos los palmeros), lo convirtieron en Hotel y ha quedado tan bien que van a venir los de los Óscar a quedarse. Pero nada como Tazacorte, mira a dónde ha llegado, a venir aquí todos los importantes, ¡buena cosa! Y es que se mire por donde se mire, Tazacorte fue, es y será, por siempre jamás, el "París chiquito".

Un abrazo de esta bagañeta que te quiere.

P. D.: Te mando también para que la pongas una foto que me mandaron de Yor en la Fiesta de los Indianos. Sí, igual es falsa porque ya se había ido el lunes pasado, decía la prensa. Pero no me extraña nada que haya vuelto a escondidas, de incógnito, más que sea a mandarse unas sopas de miel. La Palma, tú lo sabes, tira mucho.

lunes, 17 de febrero de 2020

Amor, plagios y San Valentín.




Llega ahora, en mitad de febrero, el maldito Día de los enamorados y cada vez viene más cargado de imágenes repetidas de corazones entrelazados, de pajaritos y guirnaldas de flores multicolores, de cupidos regordetes, de frases cursilonas y chistes tipo este: "¿Tiene tarjetas de San Valentín que digan "Para el único amor de mi vida?" "¡Ooooh! Qué romántico. Desde luego que sí" "Pues deme ocho". 

Parece mentira que un día dedicado al Amor, que se supone que es el motor del mundo, sea tan ñoño. En palabras de Rosa Montero hace algunos años, "la supuesta festividad de los Enamorados es una majadería dulzarrona, un paripé vacío, con toda su pringosa parafernalia de corazones en todos los tamaños y materiales, corazones de plástico y de chocolate y de cristal, corazones impresos en manteles y en tangas, un frenesí de corazoncitos rojos que se parecen tanto a los musculosos corazones verdaderos como el amor real a los enamorados de San Valentín. O sea, nada.".

Que conste que a lo mejor pienso así porque el Día de los Enamorados no existió para nosotros, los de mi generación, hasta las películas de Jorge Rigaud, "El Día de los enamorados" de 1959 y su continuación, "Vuelve San Valentín" de 1962. En ellas, un San Valentín, muy gentleman y muy puesto, venía a la Tierra a arreglar entuertos entre 4 parejas y luego volvía a irse con la misma en el ascensor del Edificio España. O sea, que ese Día nunca fue una tradición entre nosotros, como es la Navidad, por ejemplo. Nunca se me ha ocurrido celebrarlo con cena romántica con velas (si no es con velas no es romántica ni nada), ni con viajes especiales a la luz de la luna, ni con regalos ni con nada de nada. 

Este año, además, me pasó algo que quería contarles. Entre tanta tontuna, ese día recibí una historia de un hombre que, a la muerte de su mujer, les habla a sus hijos del amor verdadero. Y les dice así: "Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, en mi cambio de empleo. Hicimos la mudanza cuando vendimos la casa y nos mudamos a la ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos crecer y terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de nuestros seres más queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdonamos nuestros errores...". Mientras leía esas palabras, me sonaron tan conocidas que no me costó nada recordar un poema que mi hija Ana escribió en el año 2005 para leerlo en la boda de mi hijo y que decía esto:

"El matrimonio es pensar
al finalizar la vida:
"fue una buena vida".
Es el mar en calma,
estar juntos en esa crisis, 
en un cambio de empleo.
Es hacer el equipaje
y mudarse de casa, 
compartir la alegría
y las penas de los hijos,
llorar al lado del otro
la partida de quien quieres,
rezar juntos en la sala 
de espera del hospital, 
apoyarse en el dolor,
abrazarse en navidad
perdonar los errores
y envejecer juntos.
Es ese beso dormido,
el desayuno de siempre,
el trabajo y el cuidado
y es ese cuerpo
a tu lado
cuando se apaga la luz"
(Ana González Duque)
Si comparan los dos textos, ven que el primero es una copia del 2º y que quien lo escribió siguió las pautas de Ana tal cual, desde "estar juntos en esa crisis" hasta "perdonar los errores".

Así que, además de engañarnos muchas veces con el dichoso amor y de que los supuestos príncipes azules devienen verdes sapos pringosos, resulta que a veces ni siquiera somos capaces  de explicarnos qué es el Amor y nos limitamos a plagiar al primero que se ponga por delante. Recordé a una amiga que cuando oyó la canción: "Tiré mi pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía, era el último recuerdo de tu cariño que yo tenía...", le dijo a su novio: "Oye, que la canción que me compusiste para mí la están poniendo en la radio y la canta Julio Iglesias". A ver si va a resultar que el amor (vamos a ponerlo con minúscula) es el resultado de un plagio descomunal.





lunes, 27 de enero de 2020

Cuando todas éramos Marisol




Nosotras, las de mi generación, hemos nacido el mismo año que Marisol, 1948 (año más, año menos), lo cual significa que hemos crecido con ella. Con ella cantábamos a los 12 años el "Adelante, mis valientes, con la espada, con los dientes..." cuando interpretó "Un rayo de luz", Con ella seguimos en "Ha llegado un ángel" (copiándole, de paso, el pañuelo azul que se ponía en la cabeza y que pronto llevamos todas), en "Tómbola", en "Marisol rumbo a Río"... Y al mismo tiempo que a ella ("La nueva Cenicienta") nos empezaron a gustar los chicos. En el fondo todas la considerábamos una de las nuestras. Más guapa, más rica, más artista... pero una de las nuestras.

Dábamos por hecho también ingenuamente que su existencia era idílica. Aclamada por todo el mundo, viviendo en casa de ricos, teniendo el mundo a sus pies, sería de tontos no ser feliz. Pero ya en nuestra adolescencia más de una vez nos planteábamos si se lo estaría pasando tan bien como nosotras cuando íbamos a la playa o a un guateque o simplemente al cine con los amigos. Sabíamos que vivía en Madrid, lejos de su familia malagueña, que no iba al colegio, que tampoco iría a la Universidad después y que toda su vida parecía estar encaminada y programada. Incluso cuando se casó con Carlos Goyanes, el hijo de su jefe, la cosa parecía seguir una pauta organizada de antemano por alguien que no era ella.

Hay un libro de P. G. Wodehouse -"El gas de la risa"- en el que se habla del mundo de Hollywood y de un actor infantil, Joey Cooley, de largas pestañas y dorados rizos, "el Ídolo de las Madres Americanas". Joey me recuerda a Marisol. Cuando el protagonista se encuentra con el actor infantil, este le cuenta que es un esclavo pataleado y oprimido: "No me dejan jugar porque puedo hacerme daño. No puedo tener un perro porque podría morderme. No me permiten ir a una piscina porque corro peligro de ahogarme. Y por si fuera poco... ¡agárrese! no puedo comer dulces porque aumento de peso." Y anhela marcharse con su madre, que hace un pollo frito al estilo del sur estupendo, a Chilicothe, Ohio, pero no puede porque tiene un contrato que estipula que tiene que vivir con su productor y obedecer lo que este le diga. Igualito que le pasó a nuestra Marisol, que lejos de tener una buena infancia y adolescencia, se convirtió en un instrumento para hacer dinero.

Por eso nos gustó tanto su época rebelde. Más tarde que nosotras, eso sí, pero también fue a manifestaciones, también se decantó por ideas políticas, también se fue a vivir con quien quiso, también empezó a elegir como quería vivir. Y cuando mucho más tarde, hace 35 años, fue más allá y decidió romper con la fama, los autógrafos, las entrevistas, los conciertos, el barullo y los focos, entonces nos gustó todavía más. Marisol, al mismo tiempo que decía adiós para siempre al escaparate público, ganó el derecho a ir a la panadería a buscar el pan, a salir con su gente a tomarse un vermut, a vivir, igual que nosotras, una vida normal.

Las mujeres de mi generación pasamos de una dictadura a una democracia, de una vida en la que teníamos que pedir permiso para todo a otra en que nos las agenciábamos por nosotras mismas. Marisol lo hizo pasando a ser Pepa y en ese viaje creció en valentía y en dignidad.

El sábado pasado por la noche, en la Gala de los Premios Goya, le dieron el Goya de Honor en su Málaga natal. Cuando a principios de este mes estuve allí, vi como el paseo delante del Teatro Romano estaba lleno de cartelones preciosos con su imagen. La Gala estaba preparada para que el Teatro se viniera abajo si ella, menuda, frágil y siempre hermosa, se presentara allí, otra vez ante los focos. Pero no lo hizo y fueron sus hijas quienes recogieron el Goya. Coherente con la decisión que había tomado hace tanto tiempo y por la que decidió ser libre para perderse, lo vio, igual que nosotras, desde un sitio en calma, como dijeron sus hijas. "Pepita, este Goya es para ti", dijo su hija María. "Va por ti", repetimos todas las que hemos crecido con ella, las que también somos abuelas de 71 años, dueñas de nuestro futuro. Esa noche, más que nunca, todas, orgullosas de su fortaleza, volvimos a ser Marisol.





lunes, 21 de octubre de 2019

La foto de los marinos alemanes




A principios de este mes y al hilo de un libro de José Miguel Rodríguez Illescas, "La Marina de guerra alemana en las Islas Canarias durante el periodo de entreguerras", he leído artículos que hablan de la cantidad de barcos alemanes que recalaban en ese momento por aquí. Al parecer barcos y submarinos alemanes hacían prácticas por estas aguas y aquí se les recibía por todo lo alto. Oh, hasta cuentan que el Cabildo les hizo a tres barcos de estos un regalo de despedida de 2 botellas de Tío Pepe, 1/2 kilo de galletas y 3 cajas de cigarrillos (26 pesetas), imagínense el dispendio...

Estos artículos me llamaron la atención porque me hicieron recordar una foto, la de la imagen inicial, que siempre me intrigó. En ella se ve a mi madre (la del centro con un pañuelo en la cabeza) con unas amigas y unos marineros alemanes en Santa Cruz de La Palma en 1939. Mi madre tenía 14 años y estudiaba Bachillerato en el Instituto. Cuando le pregunté, me contó que les habían pedido que se disfrazaran y fueran, con flores, a recibir a un barco alemán. No sé por qué tenían que disfrazarse, aunque se ve que todas tiraron de las enaguas del traje típico. Una, la más bajita, lo lleva completo, otra parece que va de viuda alegre, pero mi madre no sé de lo que va con ese pañuelo tipo Doña Rogelia. Pero supongo que el motivo de que les pidieran colaboración a las del Instituto es que todas en ese momento estudiaban alemán. El inglés, ni verlo por el forro. España era germanófila y punto, y eso decidía hasta lo que se estudiaba y lo que no.

Pero, aparte de las simpatías de los gobiernos por un país o por otro, en Canarias en ese momento vivía un grupo bastante numeroso de alemanes, había un Colegio Alemán en Tenerife y un montón de parejas germano-canarias. Tengo amigos íntimos descendientes de alemanes -incluso a una de ellas la llamo prima porque su apellido es Herzog, "duque" en alemán, igual que el mío-. De cuando vinieron los abuelos o bisabuelos aquí hay también muchas historias, como aquella tan romántica de los antepasados de una amiga. Ella era una aristócrata que se enamoró perdidamente de un joven cocinero. Como en ese momento un amor así era imposible, tiraron por la vía del medio, se fugaron y andando, andando, llegaron a Tenerife sobre el año 1900 y aquí formaron su familia y aquí está su numerosa descendencia.

Ahora que parece que están renaciendo los nacionalismos, como si el hecho de nacer en determinado lugar o hablar una determinada lengua no fuera algo fortuito o supusiera un cambio en nuestro ADN, es bueno recordar estas historias de mestizaje y tolerancia que todos los canarios conocemos bien, nosotros que somos el resultado de miles de encuentros. Vinieron los guanches, y luego los franceses, los castellanos, los italianos , los portugueses, los alemanes, los ingleses, los rusos... y muchos se quedaron a vivir en este vergel de belleza sin par, enriqueciendo nuestra genética y haciéndonos más abiertos al mundo.

Y también, en tiempos de disturbios, es bueno recordar a Kant que predicaba la paz perpetua entre las gentes y avisaba de que en las guerras y enfrentamientos solo morían los de a pie, mientras los reyes se rascaban la barriga en sus palacios (él lo dijo más filosóficamente pero la idea es esa). O a Carl Sagan, que habló de la Tierra, ese pálido punto azul retratado por el Voyager 1 desde 6000 millones de kilómetros., un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica: "Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que en su gloria y triunfo pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... es desafiada por este pálido punto azul".

Y también ahora pienso en la foto de los marinos alemanes. En mi madre, tan tolerante y cariñosa, que siempre estuvo dispuesta a recibir en su casa a todo el mundo, sin importarle dónde naciera (nosotros le decíamos que aquella casa era la "Pensión Charo") y que se hubiera alegrado de saber que hoy tiene tres biznietos medio alemanes. Y pienso también en los marinos de la foto, que iban a meterse entonces en una guerra absurda, como todas las guerras, y que probablemente murieron en ella porque, como dice el libro que les cité, "el final de la mayor parte de los barcos y submarinos que recalaron en Canarias fue funesto, puesto que, tras 1945, la mayoría desapareció, como consecuencia de las diversas campañas militares en Noruega, el Atlántico o el Mar Báltico, así como por las incursiones aéreas de los aliados en las bases y puertos alemanes. Los que sobrevivieron a la guerra fueron hundidos por sus tripulaciones para no ser entregados a los Aliados".

Pero a lo mejor alguno de esos chicos sobrevivió y recordó toda su vida que unas adolescentes (vestidas con trajes raros, eso sí) los habían recibido con flores y sonrisas en una isla lejana. Y tal vez ese hecho restableció su fe en la humanidad.

lunes, 11 de junio de 2018

Carta abierta a mi primo Pedro




Querido primo Pedro:

¡Qué alegrón más grande me dio tu nombramiento! Nunca habíamos tenido en la familia a alguien de nuestro apellido como ministro (lejanos quedan ya los tiempos del Conde Duque de Olivares). Y mira que debí haberme imaginado algo por los signos premonitorios: soñaba con el espacio, yo misma he estado últimamente más en las nubes que de costumbre y me leí hace poco "El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo" de David M. Barnett, que precisamente hablaba de alguien como tú, de un hombre que se monta en un cohete y ve la Tierra como tú la viste. Redonda, azul y sin separaciones entre países ¡A muchos mandaría yo a las estrellas para que se percataran de algo tan evidente!

A pesar de lo orgullosa que me siento, no te creas que estoy presumiendo. Yo no soy como aquellos que en tiempos de Felipe se las echaban por apellidarse González. No. Yo no se lo he dicho a casi nadie, sino a mis amigos y conocidos, a mi peluquera, a los de la gasolinera, a la de la frutería (y a los clientes que estaban allí)..., ah, y a un señor y a una señora que pasaban por la calle y a los que tuve a bien anunciarles la buena nueva. Y, a propósito, estoy pensando desempolvar el viejo blasón del apellido Duque. Sí, hombre, ese que tiene tres bandas de oro con armiños de sable y un casco arriba (lo recorté una vez del "Diario de Avisos"). Le podríamos poner, si te parece, un cohete encima del casco para conmemorar tu gesta. Vete pensándolo que el cirio es corto y la procesión es larga.

Tampoco te preocupes porque te vaya a pedir un carguillo. Aunque basándome en nuestro parentesco, sí es verdad que les he prometido a mis amigas que nos invitarás a ver algún Planetario bonito, preferentemente el de París, que ya lo vi una vez y era una gozada tumbarte en el asiento y ver todas aquellas estrellas y constelaciones sobre tu cabeza al alcance de la mano. Ya ves que no soy abusona. Mándame las entradas y los billetes de viaje cuando quieras.

Y eso sí, un consejo te doy: que no se te suba el cargo a la cabeza, que ya sabes que hay muchos a los que les pasa. Oh, yo conozco a uno que es presidente de la Comunidad de Vecinos y ya se cree Napoleón, con eso te digo todo. No, tú recuerda que la palabra "ministro" viene de "minister", "sirviente", y que por tanto vas a estar al servicio nuestro, con humildad y entrega, a ver si haces algo (o si te dejan hacer algo) por esta Ciencia a la que últimamente en España se ha tenido arrinconada y castigada.

Sé que eres lo bastante inteligente para pasar de las críticas (los hay osados). Solo te basta recordar que terminaste la carrera de Ingeniero Aeronáutico con Matrícula de Honor, que te atreviste dos veces a viajar al espacio (con lo que nos cuesta a cualquiera subirnos a un avioncito de nada) después de salir airoso de miles de pruebas, que hablas varios idiomas incluido el ruso con lo difícil que es, que eres una persona siempre comprometida en la defensa de la Ciencia y de la Universidad... ¿Quién mejor que tú para lidiar con lo que te echen?

Así que, querido Pedro, a por ello. Y no olvides el mensaje de tu madre vía Forges: "Jomío, te recuerdes que los cargos los carga el diablo". Te deseo toda la suerte del mundo. 

Tu prima (supongo).

(La imagen es de Tomás Serrano en "La Voz")

lunes, 8 de enero de 2018

Si se calla el cantor...




Mi amigo Fernando, que es de El Bierzo, esa comarca de grandes bosques y antiguas tradiciones, cada vez que viene por aquí nos hace unas queimadas que te puedes morir. La otra noche en su casa lagunera, alrededor de una  –los reflejos azules del fuego en ese juego de vaivenes hipnóticos-, hablamos de cosas de antes, como a veces nos pasa, y él nos contó que, cuando era niño, era muy corriente que los hombres en el monte o en las huertas cantaran. Al segar, al arar, al recoger las cosechas… en el aire limpio de su pueblo se oían los cantos, bien de un cantor o bien de varios, como un acompañamiento natural al trabajo manual. Sin embargo, ya desde hace muchos años, cada vez que vuelve, no los ha vuelto a escuchar nunca más, como si ese aspecto musical hubiera desaparecido completamente del comportamiento habitual de los campesinos.

Los demás que le escuchábamos, a pesar de ser urbanitas, también hemos oído hablar siempre de los cantos de siega y trilla, de los de arada, de los de vendimia…, canciones de trabajo originadas en las faenas del campo que pueblan el cancionero popular desde hace siglos. En la zarzuela “La Rosa del azafrán” , por ejemplo, se oye “Cuando siembro voy cantando”. Pero por lo que se ve, ya eso no es lo habitual ¿Por qué no? -se preguntaba Fernando-  ¿Es que antes eran más felices?

Más tarde he recordado un artículo de Manuel Vicent en el que, abundando en lo mismo, también afirmaba, pesimista, que “los albañiles ya no cantan en los andamios”. Las razones que él exponía iban más allá del miedo a perder el trabajo o de que se les hubiera acabado el repertorio de pasodobles. Significaba para él que “en este país se ha pasado página al libro de la historia. Había miseria y dictadura cuando en cada bastida un paleta o algún peón canturreaba las coplas de Antonio Molina o de Juanito Valderrama (…) En efecto, eran tiempos duros, de odio y de anís del Mono, pero desde la posguerra se estaba abriendo de forma inexorable un compás hacia el optimismo, el mismo que ahora parece cerrarse.” El silencio de los andamios para él se corresponde con el de los patios de vecindad “donde las criadas vertían las coplas de la Piquer”. Hoy nadie canta mientras trabaja ¿Será que la vida ya no está para coplas?

No tengo respuesta para eso y no sé si alguien la tiene. Pero  –ya conocen mi vena positiva-  pienso que no todo está perdido. Mucha gente que conozco y a quien he preguntado me dice que siguen cantando, igual que hacía mi madre mientras hacía las tareas de casa. Algunos en la ducha, ese sitio que, por lo visto, tiene connotaciones musicales porque despierta hasta vocaciones operísticas; otros, mientras hacen algo con las manos: limpiar, ordenar, fregar la loza…  Tengo una amiga que canturrea siempre, incluso mientras va por la calle, y yo, este domingo por la mañana, cuando recogía el árbol y guardaba en la caja las figuras del nacimiento, me oí a mí misma cantando lo de “Brindo por las mujeres que derrochan simpatía…” unas cuantas veces. Y da igual si cantamos bien o mal, si nos sabemos la letra o nos la inventamos, si las canciones hablan de amor o de si Tenerife tiene seguro de sol. El caso es que la música nos sigue acompañando porque es una puerta abierta al optimismo.

Espero sinceramente que labradores y albañiles recuperen el tono. Porque ya lo decía Horacio Guarany:

“ Si se calla el cantor, calla la vida
porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría…”

Que no calle el cantor.

(La imagen inicial es "Amigos cantando" de Fernando Ribeiro)

lunes, 1 de enero de 2018

La gente está loca




Y que conste que no lo digo yo sola, sino que es vox populi. Seguro que desde el albor de los tiempos ya lo decían los vecinos del que se dedicó a embadurnar paredes con machanguitos en las cuevas de Altamira. Astérix y Obélix lo repetían a propósito de los romanos. Y hoy basta echar una ojeada a los periódicos y al entorno, para que eso de que "la gente está loca" sea una frase citada como un mantra por todo el mundo refiriéndose no a locos oficiales, no, sino a personas que se supone que son "normales".

Por ejemplo, ¿sabían ustedes que Dan Brown, el de "El código Da Vinci" se cuelga cabeza abajo atándose por los tobillos para evitar lo de la página en blanco y para hacer que le venga la inspiración? ¿O que en Corea del Norte solo hay 18 estilos de corte de pelo autorizados para las mujeres (y entre ellos no hay ni un mísero moño)? O una noticia de hace años que me extrañó. Contaban que François Hollande llevaba la corbata torcida en el 40% de sus apariciones públicas. Entiéndanme, no me extrañó eso, ya bastante difícil es atarse la corbata o tener que ponérsela porque sí en determinadas ocasiones. No, lo que me dejó pasmada es que haya gente que se entretenga en contar las veces que a una persona se le tuerza la corbata e, incluso, que hagan una clasificación del 1 al 5 a ver cuándo estaba más y cuándo estaba menos. La gente está loca.

Con lo animado que ha estado el panorama político en el último trimestre del año, es una frase que he oído a los dos bandos enfrentados en el disparate catalán. Pero encuentras más cosas: la denuncia de una madre a la profesora de su hijo porque en la función de navidad las niñas tenían faldas con estrellitas y así brillaban más que los niños que solo tenían una estrella en la camiseta; o el pifostio que le armaron a Lewis Hamilton porque se le ocurrió decir a su sobrino que los niños no se vestían de princesa, por lo que tuvo que pedir perdón públicamente y darse de latigazos virtuales; o el fichaje de jugadores de fútbol por 85 millones de euros mientras se lanzan cohetes porque el salario mínimo suba a 850 euros; o que una activista de Femen, desnuda, tratara de robar el niño Jesús del Belén de la Plaza de San Pedro. Y hay quien propone suprimir los fines de semanas para trabajar todavía más ("El fin del finde" se titulaba el artículo en el que lo leí) ¡Señoooor, la gente está loca!

Y, para rematar el año, en este mes en el que se ha comido, bebido, comprado, fiesteado... en exceso, todo el mundo se lanzó ayer a correr por esas calles como posesos a los que perseguía el diablo en las carreras de San Silvestre. Hasta mi yerno y mi nieta mayor participaron, con 40.000 personas más, en la de Madrid, con este frío (9º) y sin ninguna necesidad. Fatal.

¿Siempre hemos sido así los humanos? ¿O ha habido un momento en que se nos ha ido el baifo, como decimos aquí? Jorge Luis Borges tiene una frase que dice: "En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora busco las mañanas, el centro y la serenidad". A estas alturas de mi vida, hoy que es el primer día del año 2018, solo me quedaría con una de sus búsquedas: me gustaría, si es posible, que el nuevo año nos cogiera un poquito más serenos, por favor.
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