lunes, 15 de julio de 2019

¡Benditos alisios!




Si las Islas Canarias son llamadas las Afortunadas no es por el maravilloso paisaje, las gentes estupendas que somos, las buenísimas comidas o la vida divertida que llevamos, fiesta va y fiesta viene, no, sino principalmente (y el resto del personal lo sabe) porque hemos sido bendecidos con un lugar estratégico en el mundo, cercano al anticiclón de las Azores (que para nosotros es como de la familia) del que proceden los vientos alisios. Los vientos alisios, benditos sean, desparraman sobre el norte de las islas un mar de nubes blancas y algodonosas que nos arropan, refrescan y nos quitan de encima los veranos tórridos de otros sitios. ¿Saben lo que es eso? Pasear con el vientecillo en la cara a una temperatura de 24º y dormir ahora en julio con un edredón finito por las noches ¡La gloria bendita! Y mientras, el resto del Hemisferio Norte se derrite de calor: temperaturas de más de 40º, sofoquinas, ambiente espeso y pegajoso... ¡Un horror!

Unos lo combaten ahora como yo hacía cuando estudiaba en Madrid hace ya muchos años: una ducha fría con el camisón puesto e ir inmediatamente a la mesa de trabajo para descubrir que ya vas seco sin pasar por toallas. Otros, en una clausura de persianas bajadas, ventilador a tope y bebidas con hielo hasta que este se te acaba y no tienes valor para salir a la calle a por más. Mi consuegra, que se va estos días de Madrid a su pueblo en Badajoz, me cuenta que tiene que estar encerrada en su casa, como todos los vecinos, hasta las 8 de la tarde más o menos, hora en la que el sol decide menguar fuerzas y es posible asomar la nariz a la calle sin que se achicharre. Hay quienes son más originales, como el crítico literario Manuel Rodríguez Rivero, que confiesa en El País que él se quita el calor a base de leer novelas ambientadas en lugares gélidos o en los polos (Diario ártico: un año entre los hielos y los inuit, de Josephine Diebitsch Peary, por ejemplo). Otros ni lo dudan cuando van por el asfalto asfixiante: se tiran de cabeza con zapatos y todo al primer charco, arroyo, fuente o lo que sea, esté o no prohibido.

Por la tele encima nos dicen que, con el cambio climático (que Donald Trump y otros sonados como él niegan), esto va para peor y que en 30 años Madrid, por ejemplo, será en verano como Marraquech con el viento quemante del desierto ululando en los cogotes. Macron en Francia, asustado por las cada vez más altas temperaturas, pregona que habrá que "cambiar nuestra organización, nuestra manera de trabajar, nuestro urbanismo, nuestra manera de desplazarnos al trabajo". Ah, sí, mucha Tour Eyffel y mucho Bois de Boulogne, pero se siente, haber tenido a los alisios.

Porque aquí con ellos el verano es otra cosa. Sí, hay más calor que en invierno pero nos basta entonces con seguir los consejos que nos daban nuestras madres: ir por la sombrita durante el día, sentarnos a la fresca muchas noches a ver las estrellas, proveernos de abanicos uno para cada bolso y, si vamos a La Laguna, no olvidarnos de la rebeca, que La Laguna es La Laguna y por las tardes hay fresco. Y no cansarnos nunca de elevar los ojos al cielo y dar gracias de todo corazón por haber nacido y vivir en semejante sitio, diciendo fervorosamente: "¡Benditos alisios!


lunes, 8 de julio de 2019

Una manzana al día




Me han mandado por wasap esta viñeta genial, firmada por M. de Angelis, en la que un camarero se acerca desconcertado a una mesa porque no sabe a quién de los que están sentados debe servirle la manzana que lleva en la bandeja. Todos son merecedores de ella. Allí están los Primeros -Adán, Eva y la serpiente- que, según la leyenda,  fueron "nominados" para la primera expulsión de un reality, la del Paraíso, por culpa de una manzana. Allí está Isaac Newton, con su pelucón blanco, que, al ver caer una manzana del árbol, estableció que había "algo" -él lo llamó Gravitación Universal, aunque todavía no sepamos en qué consiste- que atraía hacia abajo a todos los cuerpos, manzanas incluidas. Allí está la bruja malvada que, por un problema de a ver quién es más guapa,  descubrió que una manzana envenenada era el mejor remedio para quitar de en medio a una rival como Blancanieves. A su lado, sentado, Paris, el que le dio la manzana de la Discordia a la más bella, Afrodita, en el primer concurso de belleza de la Historia, desencadenando todo el disparate de la Guerra de Troya (o quizás la que está a su lado es Helena, el "premio" a su decisión). Está también Guillermo Tell y su hijo, al que, obligado por el gobernador de Altdorf,  tuvo que ponerle una manzana en la cabeza para demostrar su puntería con la ballesta. Aparece también en la mesa, entre Blancanieves y la bruja, Bill Gates, pero pienso que es un error del dibujante y que quien debería estar allí es Steve Jobs, el fundador de Apple.

Habría otros muchos que podrían estar sentados a esa mesa por derecho propio. Tom Sawyer, que cambió a Ben Rogers el trabajo que le habían puesto como castigo de pintar una cerca por la manzana que este se estaba comiendo. O Gwyneth Paltrow, que puso a su hija el nombre de Apple, vete tú a saber por qué. O Agatha Christie, que en su libro "Las Manzanas" montó un crimen en torno a un cubo de agua con manzanas flotando que unos adolescentes tenían que atrapar con los dientes en la Fiesta de Halloween. O las naturalezas muertas con manzanas de Van Gogh, Courbet, Cezanne Caravaggio. O la más representativa, "El hijo del hombre" de Magritte con la manzana en la cara ¿significando qué?.

Se diría que la vida -la ciencia, el mito, el arte, la historia...- giran alrededor de las manzanas, o por lo menos, que no pueden prescindir de ellas. Y es que, además, todos tenemos algún recuerdo especial relacionado con manzanas. El mío es el de las manzanas caramelizadas que me compraban mis padres de pequeña en los ventorrillos de las Fiestas del Cristo de La Laguna.  El de mi hija es la tarta de manzana, riquísima, que quiso poner en su boda. Otros, como mi marido, me hablan de los manzanos del huerto de sus abuelos, que perfumaban el aire como en el cuento de "El gigante egoísta" una vez que los niños trajeran la primavera a su jardín. Y también en mis nietos veo el placer de comer una manzana a mordiscos con piel y todo, como conectándose con un acto primigenio (¿recuerdos del pecado original?).

Nunca una fruta ha sido tan nombrada, citada, dibujada, aludida, degustada. Símbolo de salud ("sana como una manzana"), de comienzo de dieta (aún recuerdo a mis compañeras de trabajo todos los eneros en los recreos comiéndose una manzana en lugar del habitual bocata de jamón) y de naturalidad, es célebre la frase "Una manzana al día mantiene al médico en la lejanía". Pero mi madre, buscándole todavía otra utilidad más a tan apreciada y diversificada fruta, terminaba el dicho con "... sobre todo si tienes buena puntería".

A comer, pues, manzanas y que les aprovechen.


"El hijo del hombre" de René Magritte


lunes, 1 de julio de 2019

Hoy es un gran día




Dicen que la canción más oída en el mundo es la de "Cumpleaños feliz" (mis nietos pequeños la cantan hasta en inglés, aunque dicen: "Japi berdey yuyú") y que todos los días se celebran miles de cumpleaños. También se dice que en una reunión de 50 personas, siempre habría dos que coincidirían en la fecha en que cumplen años. Es un tema, pues, que interesa a toda la humanidad, pero es distinta la actitud que tenemos ante ello: hay gente a la que no le gusta nada cumplir y hay gente a la que sí.

Entre los primeros está mi amigo Manolo que, cuando cumplió los 30, cogió cama y no quiso saber nada del tema. El resto de los decenios los ha ido capeando más o menos, pero ahora que llegó a los 70, también pasó: ni tarta, ni fiestón, ni fuegos artificiales. Como si con él no fuera.

Y luego estamos los otros, los que lo celebramos dos o tres veces, los que armamos un tinglado que dura todo el día, los que nos encanta regalar y que nos regalen... Mi nieta de 5 años, que es de las mías, después de haber estado haciendo la cuenta atrás -faltan 4 meses, faltan 3, faltan 2...-, cuando al fin fue su cumpleaños, me dijo toda emocionada: "¡Hoy es un gran día!".

El sábado pasado fui a un cumpleaños. O mejor, a un no-cumpleaños, al más puro estilo de "Alicia a través del espejo", cuando Humpty Dumpty quiere convencer a Alicia de que son mucho mejores los regalos de no-cumpleaños que los de cumpleaños. Al fin y al cabo, le dice, hay 364 días en el año de no-cumpleaños, Mi anfitriona, una amiga y ex-alumna a la que quiero mucho, también se llama Alicia, que es un nombre que le va, igual que le iba esa fiesta agradable y cómoda, con la que, en la gloriosa compañía de los que quiere, quiso brindar por los 50 que cumplirá.

Fue una fiesta preciosa y diferente, de las que me gustan a mí. Había en el jardín donde se celebró ciruelos antiguos cargados de fruta, flores en abundancia y un árbol rarísimo de otras latitudes -un zapote-, poniendo la nota exótica.. No hubo mesas de sentarse sino sillas bajo los árboles, mucha conversación, viandas exquisitas de la casa -¡David, eres el rey de las croquetas!-  y un mojito riquísimo. Hubo también una tarta maravillosa (nunca mejor dicho) hecha por su amiga Patricia: otra vez Alicia, una Alicia victoriana (la ven en la foto), y alusiones al sombrerero loco y al Conejo Blanco en dulces figuras, y un Feliz no-cumpleaños que encierra el deseo de llegar a un País de las Maravillas. Y hubo también un concierto inesperado y sorprendente con el apoyo de un estupendo grupo de jazz: voces dulcísimas, canciones de siempre, ritmos brasileños... ¿Cómo no emocionarse oyendo "Aguas de marzo" de Antonio Carlos Jobim a dos voces, la de Alicia y la de su ahijada María, a cual más delicada y cálida?

La canción "Aguas de marzo" habla de los torrentes al fin del estío que arrastran todo por donde pasan: Es un palo, una piedra / el final de un camino / , es el resto de un tocón, / algo solitario /, es un trozo roto de cristal, / es la vida, es el sol, / es la noche, es la muerte, / es un lazo y un anzuelo...". Y al mismo tiempo anuncian la promesa de lo nuevo, la vida que se renueva a cada paso: Son las aguas de marzo / cerrando el verano. / Es la promesa de vida / en tu corazón. Mientras la oía, conmovida, pensé que la vida con todas sus majaderías merece la pena gracias a que en ella encontramos estos días, sorprendentes y mágicos, de paradas en el camino para coger resuello, de celebraciones con los amigos (sean o no porque cumplimos años), de momentos que son hitos para pararse, mirar alrededor y decir, como mi nieta: "¡Hoy es un gran día!". A celebrarlo.

lunes, 24 de junio de 2019

¡Qué gusto hablar con humanos!




Allá por los años 70 durante una temporada me dio por leer ciencia-ficción y empecé por las obras de Asimov y por "2001: una odisea del espacio" de Arthur C. Clarke. Descubrí entonces, años antes de Luke Skywalker y de Han Solo, mundos imaginarios y galaxias muy, muy lejanas, a las que se podía viajar en un pispás y donde los robots convivían con los humanos y se permitían incluso en algunos casos pensar por su cuenta, como HAL 9000, la computadora del viaje espacial de "2001: una odisea del espacio", que, si la dejaran, se cargaba a todo dios.

Leía yo esas novelas, sin embargo, con el firme convencimiento de que nos hablaban de mundos imposibles que nunca se harían realidad ¿Hablar nosotros con las máquinas de tú a tú, vernos sustituidos por ellas, tratar de explicarles algo como amigos del alma? Ni de coña. El ser humano es, a pesar de su fragilidad, una caña pensante (que diría Pascal) y donde esté un buen cerebro que se quiten de delante todos los circuitos del mundo (me decía yo).

¡Qué ilusa! Hete aquí que, 40 años después, hemos llegado a ese mundo. En los últimos tiempos en los que he tenido que hacer bastantes diligencias por teléfono, he hablado casi más con las máquinas que con las personas. Y mira que a mi no me importaría pegarme una buena parrafiada con ellas, buena soy yo alegando y explicando. Pero son ellas las que no me dejan. Si les digo la verdad, nuestras conversaciones adolecen de camaradería y espontaneidad. Vean si no unos cuantos botones de muestra:

1) Ella: Diga brevemente el motivo de su llamada.
Yo: Pues verá, resulta que no me funciona el identificador de llamadas...
Ella (seca y antipática): Perdón, no la he entendido.
Yo (paciente y conciliadora): Es que, mire, antes tenía identificador de llamadas pero desde que me pusieron la fibra...
Ella (más antipática, si cabe): Perdón, esa opción no existe.
Yo: ¿Cómo no va a existir? Si es que...
PLOM (me cuelgan)

2) Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Y así hasta 300 veces. Me da tiempo hasta de pintarme las uñas. Al final, PLOM, cuelgo yo de pura desesperación.

3) Ella: Por favor, teclee el código asignado para esta operación.
Yo busco las gafas, busco el código asignado, que no estaba en la gaveta que pensaba, busco el teclado, voy poniendo los números despacio para no equivocarme y...
PLOM, se pasó el tiempo y me cuelgan.

4) Ella: Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo (empática total): Mire, es que no me han prestado ningún servicio porque la cosa no está arreglada, pero tampoco quiero perjudicar a nadie...
Ella (impertérrita): Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo: A la porra, un 5 y va que chuta.
En cuanto lo pongo, PLOM.

He llegado a la conclusión de que con ellas, nada de explicaciones ni conversaciones íntimas. Nuestro amor es imposible, a pesar de "Blade runner". A veces, hasta me da por pensar que detrás hay alguien volviéndonos locos y partiéndose de risa con nuestros improperios y maldiciones. Por eso, me encantó cuando hace poco , casi como un milagro, me salió ¡un humano! Era un chico sevillano al que le conté mis desgracias y, superamable, se puso a buscar mi expediente y le oigo decir: "No, aquí no es, a ver si por aquí...". Enseguida me dice: "Perdone, pero es que alguna vez hablo solo". "Huy -le contesto-, yo me paso el día hablando sola". Y él: "Pues entonces, como decía Antonio Machado, hablará con Dios". "Sí -digo yo- Machado dijo: Quien habla solo espera /hablar con Dios un día". Él: "¡Sí, eso mismo!"...

Ustedes no me digan que no hay diferencia ¡Qué gusto, pero qué gusto hablar con humanos!

martes, 18 de junio de 2019

Me siento medieval

(Castillo de Consuegra)

Hay que precisar ante todo que en mi tierra, Canarias, no hubo Edad Media. Ni castillos, ni justas, ni asedios, ni Cruzadas. Aquí, de la Prehistoria nos plantamos en el Renacimiento y poco después en la Ilustración y nos quedamos tan panchos. Y a lo mejor será por eso, por esa carencia que siento como europea, por lo que tengo una cierta fascinación por todo lo medieval, desde cuando de chica me aficioné a leer todos los colorines del Capitán Trueno. No me extrañaría nada que en otra vida hubiera sido una castellana con toca en la cabeza y llaves en la cintura, asomada a una almena.

Así que siguiendo esta tendencia, durante el mes pasado me he releído la serie completa del monje-detective Fray Cadfael, 20 libros escritos por Ellis Peters en los que la acción se sitúa entre el año 1137 y 1145 en la abadía benedictina de Shrewsbury y sus alrededores. Son unos libros deliciosos, ideales para determinados momentos en los que se quiere desconectar, y en los que están todos los tópicos del medievo: la búsqueda de reliquias como reclamo para la riqueza de la Iglesia aunque sean falsas, las Cruzadas como telón y objetivo de la Cristiandad, los Juicios de Dios, la distinta manera de vivir de nobles, clérigos, siervos de la gleba y hombres libres, las ferias y las fiestas, las pruebas de sangre, los juglares llevando música y poesía de castillo en castillo... Y como fondo el perfumado huerto de la abadía en el que Fray Cadfael ha terminado encontrando su razón de vivir y desde el que extiende su mirada sagaz sobre el género humano y sus vicisitudes.

Ha sido una auténtica inmersión en el mundo medieval que he completado esta semana pasada con una visita a Toledo, corta (5 días) pero intensa y preciosa. Ancha es Castilla es lo primero que decimos ante esta inmensa planicie, arcillosa y verde de olivos y vides, interrumpida de vez en cuando por algun grupito de casas perdidas en medio de la nada. Pero ahí sí que hubo una Edad Media igual que la que leí en los libros y estos días me he deleitado hermanando lo visto con lo leído.
Allí están los castillos con sus barbacanas, su poterna, sus salas donde los soldados dormían sobre la paja, sus caballerizas o sus almenas.
Hay murallas todavía en pie de aquellas que defendieron ciudades en guerras lejanas entre cristianos y árabes.
Se siguen haciendo fiestas, como las Mondas de Talavera de la Reina, en las que se agradece la buena recogida en las cosechas tan propio de una sociedad que antes fue sobre todo rural. O la del Corpus en Toledo el próximo jueves, para la que todo está ya preparado: palios sobre las calles, banderolas y tapices en ventanas y muros, grandes incensarios colgando, lámparas de cristal sobre todo el recorrido de la gran Custodia de oro de la Catedral.
En Oropesa, un alfarero, igual que sus predecesores, sigue acariciando y moldeando la buena arcilla de la que surgirán, como en un truco de magia, platos, jarras o palomas.
Los molinos,como aquellos de los que habló Cervantes, continúan, con sus 8 ventanucos abiertos a los vientos de la meseta (Ábrego Hondo, Matacabras, Toledano, Cierzo, Mariscote... ) y sus inmensas aspas, moliendo bajo piedras descomunales los cereales de ahora.
Pervive el relato de milagros y leyendas, como la del caballo de Alfonso VI que se arrodilló ante una luz en una grieta del suelo que ocultaba un Cristo iluminado o la de la Virgen que bajó del cielo para regalarle una casulla al arzobispo Ildefonso.
Hay en conventos y monasterios (maravilloso San Juan de los Reyes) un aire de otros tiempos que se respira en los silenciosos claustros o en la sala capitular en la que se discutían problemas cotidianos y misterios divinos.
En Toledo se conservan callejuelas estrechas y empedradas, algunas con el cartel "Esta calle es de Toledo", no sea que la roben y la anexionen a la casa de al lado (la picaresca es eterna); hay otras con nombres preciosos, como la de "los siete abujeros"; y otras con cobertizos encima, de casa a casa, y a la altura suficiente para que pueda pasar por debajo un caballo y su jinete con la pica alzada.
Igual que el Hospital de San Gil en las aventuras de fray Cadfael, también el Hospital de Tavera está situado en las afueras de la ciudad para evitar contagios.

Y mientras nos empapábamos del relato de aquellos tiempos y oíamos el canto de Vísperas en el Convento de las Comendadoras de Santiago, todo se conjugó para sentir que todos nosotros también pertenecíamos a esa historia, que somos herederos de esa Edad Media que nos hace un guiño desde los sillares de los muros y la altura de los castillos, que los archivos, leyendas y cuentos en definitiva también hablan de nosotros.

Al terminar el viaje, bajo una luna llena en la noche castellana, suspiro y me digo: "¡Cielos, qué medieval me siento hoy!".

(Toledo) 

(Castillo de Oropesa)
(Custodia de la Catedral de Toledo)

(Claustro de San Juan de los Reyes)
(Molinos de Consuegra)

lunes, 10 de junio de 2019

Que pase misín...




Las de mi quinta seguro que recuerdan el juego en que cantábamos "Que pase misín, que pase misán por la Puerta de Alcalá...". Realmente se decía en sus orígenes "Que pase monsieur, que pase madame", pero los niños de sucesivas generaciones habían transformado el monsieur y madame en esos no menos misteriosos misín y misán. Consistía en que dos niñas (los niños no jugaban a esto) hacían un arco con sus brazos, bajo el cual pasaban una fila de niñas en bucle. La canción seguía con "... las de alante corren mucho y las de atrás se quedarán". Al decir esto último bajaban los brazos y atrapaban a una niña a la que, susurrando para que las demás no lo oyeran, planteaban una elección: ¿Qué prefieres...? Y ahí le daban a elegir, por ejemplo, fresa o chocolate, o manzanas o peras, o lo que se nos ocurriera, cuanto más imaginativo, mejor.  Dependiendo de la elección se ponían detrás de una u otra de las que preguntaban y el final consistía en ver cuál de las dos filas era más poderosa y conseguía tirar al suelo a la otra.

Ya los niños no juegan a esas cosas, creo. Pero me da que los adultos seguimos planteándonos elecciones toda nuestra vida, a veces banales, a veces, estúpidas, a veces trascendentes. Esta semana pasada he tenido la ocasión de ver una de esas alternativas que los humanos escogemos. Se la cuento y ustedes valorarán.

Una opción -Que pase misín...- nos la muestra la prensa estos días: En el Everest ha habido un atasco de más de 200 personas que ya lo quisiera la Autopista del Norte a las 8 de la mañana. Justo a la llegada al pico (y estamos hablando de 8848 m. de altura) se han formado colas como si fueran las rebajas de enero. Personas que pueden haber pagado hasta 70000 dólares por subir al pico más alto del mundo se han apretujado en un sendero de una sola vía esperando que unos bajen para poder subir. Igualito que en el metro, solo que aquí no se exponen únicamente a empujones, sino también a congelaciones, asfixia y al dudoso honor de morir en el Everest (10 personas en 3 días). Eso sí, si sobrevives, podrás hacerte una foto allá arriba, ponerla en el salón de tu casa y enseñársela, más inflado que un globo, a tus vecinos y amigos.

La otra opción -... Que pase misán...- es la elegida por mí este sábado pasado. También es una salida a la naturaleza, pero muy distinta. Fui con un grupo de amigos al Bosque de Agua García a ver las Cuevas de Toledo, un lugar al que, a pesar de estar a media hora de mi casa en coche, era la primera vez que iba. Es un reducto de monteverde, recuerdo de los bosques que poblaron Europa durante el Terciario: senderos anchos y cómodos rodeados de viñátigos (Los Guardianes Centenarios), cuevas hechas por el hombre desde el siglo XVI para extraer materiales para vidrio, puentes de madera sobre barranquillos repletos de helechos y agua al fondo, laureles, jaras, brezos, hiedras y un toque de retama amarilla a la vera del sendero. Caminamos con calma -ramas, raíces, aire y luz- sin encontrarnos con mucha gente y sintiéndonos pequeños y maravillados en un paisaje de cuento.

Ahora toca la pregunta: ¿Qué prefieren? Que pase misín, que pase misán...





(La foto inicial fue tomada por el alpinista nepalí Nirmal Purja en ese atasco del 22 de mayo.
Las fotos del final las tomé en el Barranco de Agua García el 8 de junio)

lunes, 3 de junio de 2019

La isla con 2 puntos cardinales




Mi isla solo tiene 2 puntos cardinales, el norte y el sur. Aquí el este y el oeste como si no existieran, ni se les nombra. El norte -desde Anaga a Punta de Teno- es verde, superpoblado y lleno de guachinches a los que se va a comer costillas con piñas o chuletones de cochino negro con papas arrugadas. El sur - toda la costa desde que se sale de Santa Cruz hacia abajo, se rodea Abona y se llega a Los Gigantes- es seco y asomado al mar en playas muchas veces de arena negra, cerca de las cuales se puede comer un pescado fresco con vino de Güimar, por ejemplo. Aparte, están Santa Cruz y La Laguna que no parecen situarse en ningún punto, y el Teide, en medio de la isla como guardián central y "celoso centinela", que diría Braulio.

De esta isla mía con tan rara situación cardinal habla un libro, "Fotos antiguas de Tenerife" (Centro de la Cultura Popular Canaria), que para celebrar el Día de Canarias me he comprado en la Feria del Libro. Sus autores -Miguel Bravo, Alejandro Carracedo, Rafael Cedrés, Carlos García, Rafael Llanos, Agustín Miranda, Melchor Padilla, Iraides Prieto- llevan un grupo de Facebook sobre este tema con más de 60000 seguidores (entre los que me cuento). En el libro hacen, entre miles, una selección de 50 fotos acompañada cada una de un comentario bastante completo en el que nos cuentan la fecha y las circunstancias en las que se hizo, el lugar en el que fue tomada (muchas veces fruto de una investigación rigurosa), datos curiosos (como un homenaje a los últimos de Filipinas, cuatro de los cuales eran de aquí), detalles de nuestro pasado (los vestidos, las costumbres, los oficios, los paisajes...)... Una visión rápida y certera que nos enseña quiénes fuimos y cómo vivíamos.

Como es lógico, la mayoría de las fotos son de Santa Cruz (25) y de La Laguna (8). Pero también hay 9 del norte, 3 del sur, 3 del Teide y 2 sin sitio reconocido, "Niños de Tenerife" y "Mujer tostando grano para hacer gofio". La más antigua es de 1856 -el Calvario del Puerto de la Cruz, una calle con la Cruz atrás y llena de gente posando, privadas, para la posteridad- , pero hay algunas que yo conocí así: la foto de Bajamar con el Hotel Nautilus, la Autopista del sur en construcción, la Playa de la Arena sin carretera ni apenas casas y solo el Bar "Sol y Arena" vigilando en lo alto, la Falla en las Fiestas de Mayo de Santa Cruz o la calle del Pilar (mi calle) en 1962.

Es un libro para leer con calma -yo lo he hecho este fin de semana, precisamente en el sur, a la orilla del mar-, deleitándonos en los detalles, saboreando el pasado, reconociendo lugares y reconociéndonos. ¿Cómo no asombrarse al ver, en la foto del Quisisana, toda la Rambla a sus pies, hoy llena de coches y vida, convertida entonces en fértiles huertos de papas? Quién nos ha visto y quién nos ve.

¿Mi preferida? Esta, "Las gangocheras en Santa Cruz", de la colección de Manuel Martín Martínez y comentada por Rafael Llanos Penedo, que las retrata a principios del siglo XX en la calle del Castillo (entonces, Alfonso XIII), muy cerquita de la Plaza Weyler cuyos árboles se ven al fondo:




Las gangocheras eran mujeres que venían a vender o a cambiar frutos, verduras, gallinas, pescado, huevos y otras mercancías, con cestones en la cabeza que milagrosamente nunca se caían. Aquí están algunas con los pañuelos cubriéndoles todo el pelo, las blusas con mangas largas y justillo o corpiño, las faldas amplias y estampadas hechas por ellas mismas probablemente, y las cestas en la cabeza como si no les pesaran y fueran un sombrero más ¿Cómo lo harían? Más de una vez de pequeña intenté hacerlo y no hubo manera.

Me gusta por lo oportuno de la foto, por la alegría que transmite casi oyéndose las risas y las voces, como un grupo de amigas jóvenes que acaban de encontrarse en ese momento viniendo de todas partes y se cuentan los chismes. Hay veces en que un libro nos trae una sonrisa y nos transmite noticias -noticias del norte, noticias del sur-. Este, además, nos conecta a esta isla nuestra que, con solo 2 puntos cardinales, puede abarcar un universo entero.

lunes, 27 de mayo de 2019

¿En qué momento me convertí en Doña Isabel?




Sí. sí, ya sé que las cosas cambian de nombre, estoy acostumbrada. Que lo que antes era escudilla, arvejas, descanso, agobio, recova, ahora es bol, guisantes, relax, estrés y mercado. Que las calles de Santa Cruz pasan de llamarse, por ejemplo, en lugar de General Sanjurjo, calle de los Sueños y cosas así. Que hasta las ciudades mudan a través de los siglos: ahí tienen a Estambul, que antes fue Bizancio y Constantinopla; o a Sevilla, que fue Ispal, Hispalia e Isbiliya.

Todo eso lo sé. Ya Heráclito nos advirtió, allá por el siglo VII antes de Cristo, de que la vida es mudanza, cambio y alteración. Pero es que lo mío con mis nombres es mucho. Ya he contado en más de una ocasión que yo iba a llamarme solo María Isabel, pero me añadieron al final el "de los Dolores" porque, aunque mi madre odiaba ese nombre, yo, por llevarle la contraria, voy y nazco el viernes de Dolores. Así que, como "la Virgen lo quiso", ahí me ven siendo Mari Lola en toda mi primera infancia. Es más, no me enteré de que también era Isabel hasta los 6 años cuando fui al colegio. Allí al principio no hacía ni caso cuando me llamaban, como si conmigo no fuera, ese no era mi nombre. Hizo falta una reeducación por parte de mis padres para que lo aceptase. Desde ese momento soy Mari Lola o Mari para mi familia y para los conocidos a través de ella (como los de mis veranos en La Palma, Bajamar o Los Realejos); y para el colegio, mis amigos y mi marido, soy Isabel o Isa (y hasta Sabelita por parte de mi amigo Mingo). Para mis alumnos fui Profe, para mi amiga Nati, Jefa e incluso alguna vez las monjas me llamaban por el apellido (cosa que odiaba). Para ustedes en el Blog tengo el alias de Jane; para mi amiga Antoñita, soy Duquesa, para mis hijos, mamá y para mis nietos, Aba. Si esto fuera la Iliada, igual que Aquiles es "el de los pies ligeros", yo sería "la de los múltiples nombres":

A pesar de esto, he podido vivir con todas mis personalidades sin traumas. Pero lo que me ha dejado descolocada es que, de un tiempo a esta parte, estoy siendo cada vez más Doña Isabel. En Lógica cuando hablamos de términos imprecisos poníamos el ejemplo de "Si a un hombre se le caen los pelos uno a uno ¿cuándo se le puede llamar "calvo"?" Pues a mí me pasa algo parecido, que veo los límites confusos y no sé en qué momento dejé de ser Isa para convertirme en Doña Isabel. 

Me lo llaman los obreros que están haciendo la reforma  de la casa de los abuelos de mi marido, me lo llama la señora que me ayuda en casa, me lo llama el electricista y el fontanero, me lo llaman los camareros de los sitios a los que solemos ir a comer (como ven en la imagen) y los que me atienden en oficinas públicas. Doña Isabel por aquí, Doña Isabel por allá... Y no puedo por menos que pensar: ¡Cielos! ¿Habré cambiado también yo y me estaré volviendo respetable?

lunes, 20 de mayo de 2019

¡Por la familia!




Esta semana el día 15 de mayo ha sido el Día Internacional de las Familias. No sé a quién se le ocurrió eso de los días internacionales, porque hay algunos dedicados a lo más peregrino. Pero si hay algo que merezca ser internacional, es la familia. Todos nacemos en una y, aunque es verdad que hay muchas familias a las que, como se dice, hay que echarles de comer aparte, el vínculo familiar existe, es indestructible en la mayoría de los casos y va muchas veces más allá de los lazos de la sangre.

Además, hay muchas clases de familias ¡Será por familias! Hay familias poliginias (un hombre, 2 o más esposas y sus hijos), hay familias poliandrias (una mujer con 2 o más maridos y sus hijos) y hay algunas todavía más complicadas, como las de los naturales de las Islas Marquesas, en las que un hombre con varias mujeres puede buscarse además a otra que tenga a su vez varios amantes, para que todos vivan juntos (y apechuguen juntos en el trabajo). El resultado puede ser una casa de lo más entretenida. Hay familias patrilocales en las que toda la descendencia masculina sigue viviendo en la casa familiar con sus mujeres e hijos, y hay familias matrilocales en las que son las hijas y los suyos las que se quedan con la familia de la madre. Están nuestras familias modernas que pueden tener tan variadas formas... Bueno, y está la mía, que somos el ciento y la madre. Cada vez que nos reunimos, aunque sea para un cumpleaños de nada, no bajamos de 30.

Este 15 de mayo, como si quisiera significarse especialmente, me han llegado dos sorpresas relacionadas con la familia que me han emocionado. Una, esta carta que mi hija Ana ha colgado ese día en las redes y que, con su permiso, reproduzco junto con la imagen:
No suelo poner fotos personales en redes a menudo. Pero hoy es el Día Internacional de la Familia y creo que es importante decirlo: para mí, la familia es un valor fundamental. No solo el núcleo pequeño (estos cuatro que salimos en la foto) sino los que nos rodean (y esa familia adoptada que son los amigos). Hay muchos "gracias" que no saben a nada, que se dicen por decir, estamos acostumbrados a decirlo mecánicamente. Por eso, este gracias no es mecánico. Gracias por ser mi familia, mi lugar en el mundo. No quiero decir que ese lugar sea impecable . Cometemos errores por los que hay que pedir perdón, nos peleamos y discutimos, pero también nos reconciliamos y nos abrazamos. Nos queremos. Mi familia es mi hogar, mi equipo. Un grupo de personas imperfectas que luchará codo a codo contra todos los obstáculos.

La otra fue una carta de agradecimiento que recibí ese mismo día del hijo de amigos íntimos, que ahora vive en California y al que conozco desde que nació y que considero también parte de mi familia:
Querida Isa: Escribir una carta de agradecimiento es relativamente sencillo: abres el editor de texto y simplemente escribes los que sientes. Ahora bien, escribirte a ti una carta de agradecimiento me está suponiendo un doble reto.
Por un lado, ¿cómo narices lo hago para que una bloguera/escritora/ filósofa/ literata no lea esto y empiece a ver errores gramaticales por todos lados?
Y por otro, ¿cómo logro transmitir que esta carta de agradecimiento no es una más del montón sino una que realmente pienso? 
(...) Lo bueno de los recuerdos es que son todos francamente positivos. Tengo cientos de imágenes en la mente de eventos en familia con ustedes: viajes, cumpleaños, cenas... La verdad es que durante esos años fue como tener otra familia paralela (¡hasta con dos nuevos increíbles hermanos!).
Y ahora me apetecía escribirte esta pequeña nota para decirte que me has impactado de forma muy positiva en la vida y que te agradezco de todo corazón que siempre hayan estado ahí... ¡me siento muy afortunado! (...)

Después de recibir estas dos preciosas cartas que hablan de la gratitud de ser familia, ¿cómo no celebrarlo? Y más cuando me di cuenta de que el 15 de mayo fue también el día en que mi padre y mi madre se casaron hace ya 72 años, provocando con ello que hoy vivamos 21 personas más en el mundo (y las que vendrán). Así que por todo eso, este 15 de mayo por primera vez celebré un Día Internacional: abrí una botella de champán, alcé la copa y, abrazando con la mente a la gente que quiero y a la que siento familia, brindé, como en ese final delicioso de "Hechizo de luna", diciendo bien alto: ¡¡¡Per la famiglia!!! ¡¡¡Por la familia!!!


lunes, 13 de mayo de 2019

La tortura china y Cortázar




Cuando yo era pequeña la China era una galaxia muy, muy lejana. Ninguno de nosotros había visto un chino en su vida. Para mí, igual que un dragón o un hada, eran personajes de los cuentos y aparecían, por ejemplo, en los de Calleja vestidos con exóticos y brillantes trajes, grandes bigotes a veces, y siempre con una larga coleta que asomaba bajo un sombrero estrambótico. Sabían hacer complicados artilugios como ruiseñores mecánicos que cantaban mejor que los vivos y lámparas maravillosas, como la de Aladino, que concedían todos los deseos.

Después, cuando yo tenía más o menos 20 años, empezaron a aparecer por aquí los restaurantes chinos, y el arroz tres delicias y las salsas agridulces se hicieron populares. Más adelante, vinieron las grandes tiendas chinas (cerca de mi casa hay dos) en las que hay de todo como en botica. Y además, ahora todo, todo, hasta un traje de alta costura parisiense, viene de China.

De ahí precisamente vino el regalo que mi hija mandó a pedir y que me regaló el Día de la Madre. Tardó mes y medio en llegar, que no es nada comparado con lo que duró el viaje de Marco Polo allá por el siglo XIII (de 1271 a 1295). Es una pulsera negra y liviana con una pantallita también negra que no solo da la hora y el día sino también los latidos del corazón (con y sin ejercicio) y los pasos que una da al día. Es un trabajo de chinos, no le falta sino hacer croquetas. Mi hija tuvo que meter mi altura y peso para que el chisme calculara los pasos que debo hacer cada día (8000) y ella me rogó encarecidamente que los hiciera porque eso repercutiría enormemente en mi buena salud.

Así que vale, me he puesto a ello, hala, a caminar distancias de 8000 pasos cada día, si es posible en llano. Aunque viviendo donde vivo, en la ladera de una montaña, lo tengo un poco difícil. Por eso me he hecho un listado de algunos recorridos en los que pueda llegar a los dichosos 8000 pasos de una manera entretenida y sin demasiado coste mental.

1. En casa, en lugar de tumbarme a leer que es lo que hacía antes, ahora doy vueltas incesantemente arriba y abajo, alrededor de los muebles, de la casa, de la huerta; saco y meto cosas en los armarios, tiendo ropas, las recojo, las vuelvo a tender, las vuelvo a recoger, camino sin parar hasta cuando me llaman por teléfono, y, ufff, al final... 8000 pasos.

2. Recoger a mis nietos de 4 y 5 años en el colegio, lo cual implica no solo ir hasta sus clases respectivas sino también llevarlos a los columpios o ir a Gorgorito al Parque, buscarlos como una loca cuando se echan a correr, llevarlos a que se coman un helado y distintos juegos alternativos. 9000 pasos.

3. Ir a comprar una bombilla a IKEA. En lo que subo al primer piso, sigo las flechas del suelo, sorteo los sillones, las camas, las cocinas, paso por la cafetería, bajo los escalones, sigo por la loza y las cortinas, llego a las bombillas, las compro y las pago, consigo a veces hasta 10000 pasos.

4. Otras posibilidades que a ustedes se les ocurran y que tengan a bien sugerirme para hacer estos maratones a los que ahora me siento obligada.

Y es que aquí me ven, a mí, que hace 11 años, cuando me jubilé, me quité el reloj para siempre jamás; yo, que no me apunté a ningún curso, ni siquiera de macramé, para no tener horarios, con la pulserita negra atada a mi muñeca desde el alba hasta la noche, llevándome de aquí para allá y prisionera de ella. Como las anillas de las palomas mensajeras de mi marido, como las pulseras fluorescentes de los turistas en los hoteles, como la cadena atada al reo en su celda. Me recuerda el escrito de Cortázar en "Historias de cronopios y de famas", "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj": Cuando te regalan un reloj -dice- te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire (...) Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa... A mí también me han regalado el tener que ponérmelo al levantarme y quitármelo al acostarme, la necesidad de mirarlo a cada rato y sobre todo la obligación de hacer pasos (y apuntarlos en la agenda cada día). ¡Demonios! Como le pasa a Cortázar, no me han regalado nada. ¡Yo soy la regalada a la pulsera-reloj-marcapasos- tortura china!

¡Socorro!

lunes, 6 de mayo de 2019

El camino de baldosas amarillas




El más famoso de los caminos en los cuentos es el Camino de las baldosas amarillas que lleva hasta la Ciudad Esmeralda. Si lo siguen rectamente, Dorothy y sus amigos -el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde- podrán llegar hasta el Mago de Oz que les solucionará sus problemas: pensar con la cabeza, tener un corazón, perder el miedo, volver a casa.

Nosotros muchas veces pensamos que la vida es así, un camino ya predeterminado que debemos seguir si queremos ser felices o,simplemente, conseguir un objetivo. Y de vez en cuando la realidad nos golpea echándonos a la cara que los imprevistos nos dominan y nos llevan a donde nunca habíamos pensado llegar. Por ejemplo, lo que pasó en el viaje a Bulgaria del que les hablé la semana pasada. En el Aeropuerto de Madrid, haciendo cola para embarcarnos a las 8 de la tarde hacia Sofía, me encontré con una pareja a la que ya conocía de haber coincidido en un viaje anterior. Hablamos de la ilusión que nos hacía a todos ir a una tierra de la que conocíamos muy poco, y nos las prometíamos muy felices por compartir con ellos unos cuantos días. Todo programado, todo organizado, todo planificado. Y, sin embargo, cuando ya llevábamos una hora y media volando (calculo que más o menos sobre Italia), vimos revuelo 3 asientos delante de nosotros, donde estaba esta pareja. Primero, las azafatas, después 2 o 3 médicos a los que llamaron por megafonía y al final el anuncio de que dábamos la vuelta e íbamos a aterrizar en Barcelona. Conchita, así se llamaba la mujer, se había puesto fatal con pérdida de conocimiento y todo, y se la llevaron en una camilla con su atribulado marido detrás.

El resto de los pasajeros permanecimos más de una hora sentados dentro del avión en el Aeropuerto de Barcelona y, al final, llegamos a Sofía a las 4 de la mañana. Un imprevisto que nos desvió de lo pensado y que nos tomamos con filosofía porque todos pensábamos en ellos. Me los imaginaba, como nosotros días antes, organizando el viaje, haciendo maletas, buscando información, ilusionándose con algo distinto a la rutina... para terminar, casi antes de empezar, en un Hospital de Barcelona. 

Era la primera vez que me pasaba algo así en un viaje, pero también de esa noche recuerdo ver después, desde la ventanilla del avión, una luna llena, casi rosa, que se reflejaba entera en el mar -algo que tampoco había visto nunca- y que casi me hacía un guiño como diciéndome: "¿Lo ves? No hay seguridades de ningún tipo, no hay nada que sea definitivo y que el destino no pueda cambiar, igual que en cualquier momento puedes encontrarte con algo inesperado e insólito, como esta luna llena y su extraño y completo reflejo hundido en las aguas oscuras".

Curiosamente esta semana leí un libro -"Tu año perfecto" de Charlotte Lucas- en el que Jonathan, el protagonista, un hombre cuadriculado con toda la vida organizada al milímetro, encuentra el día 1º de año una agenda para ese año entrante en el que alguien ha escrito planes para cada día. Planes como "25 de agosto: Alquila una caravana para ir al Mar del Norte: buscar moluscos, asarlos y dormir al raso"; o "5 de enero: Haz dieta de medios ¡Nada de periódicos, ni de televisión, ni de radio!"; o "15 de enero: Haz exactamente lo contrario de lo que sueles hacer. Y fíjate en lo que ocurre. Rompe con tus hábitos, ponte a prueba ¡Ensancha tu horizonte!". El caso es que Jonathan empieza a vivir según la sugerencia de cada día, siguiendo esta vez el camino que le señala la agenda y que le va a cambiar la vida.

Y tampoco es eso ¿Vivir lo que alguien nos señala? Aunque sí que apunta a que la vida es una aventura y a que, aunque siempre queremos tener un camino de baldosas amarillas que seguir, siempre hay también, como en "El Mago de Oz", desvíos, interrupciones, paradas... que a veces pueden ser amargas -el campo de amapolas letales- y otras dulces, como los verdes campos de los Munchkins. Al final puede resultar incluso que no haya un solo camino y que ni siquiera el Mago de Oz sea el Mago de Oz.

lunes, 29 de abril de 2019

En la tierra de los tracios


(Santa Sofía ¿trasunto de Atenea?)

Cada vez estoy más convencida de que es de sabios huir del ruido y la furia. En estos tiempos preelectorales que hemos pasado, sobre todo si tienes las cosas claras, no hay nada como olvidarse del fragor de las tormentas y buscar la paz y la salud mental variando la rutina: menos soflamas y más relax. O, como hemos hecho unos cuantos la semana pasada (jubilados, eso sí), poner tierra por medio y hacer un viajito a Bulgaria, la tierra de los tracios, de Espartaco y de Orfeo, que está, como quien dice, a la vuelta de la esquina.

Y así, en lugar de fake news, de posverdades y de trolas, disfrutamos de una capital cuyo nombre, mira por dónde, significa "Sabiduría". Sofía, la capital búlgara, tiene, nos dice Minna, nuestra guía, el mismo lema que una mujer: "Crece pero no envejece". Y esa es la sensación que da, una ciudad joven y viva, que nos recibe en plena fiesta de Domingo de Ramos (una semana más tarde que el nuestro): coronas de hojas de sauce en la cabeza (aquí no hay olivos), pompas de jabón gigantes entre niños que corren tras ellas en el Parque del Teatro Nacional, pulseras rojas y blancas en los árboles para desear una feliz primavera, tulipanes y glicinias en plena floración. Y en medio de tanta vida, iglesias con tejados forrados de oro puro, grandes monumentos, y estatuas y museos llenos de historia y leyendas.

En lugar de peleas entre partidos (el "y tú más" y el insulto gratuito) y de la lucha por el poder, aprendemos de la paz del bellísimo Monasterio de Rila y de las enseñanzas de su fundador, San Juan de Rila, que despreciaba por inservibles los platos de oro que el rey le regalaba y se quedaba con las frutas que contenían. Aunque alguna vez tuvo hasta 400 monjes, hoy solo hay 30 y es una hospedería sin tele ni wifi, al pie de montañas nevadas que alimentan riachuelos y fuentes de agua limpia y fría.

En lugar de ver siempre las mismas caras de los mismos candidatos, visitamos pueblos con encanto, como Plodvid, con restos romanos y callejuelas empedradas y casas curiosas que crecen ensanchándose en cada piso; o como Nessebar y Sozopol, con paseos a las orillas del Mar Negro, la Vía Póntica, y bancos para sentarse y mirar lejos; o como Burgas, que tiene el sabor de lo antiguo.

En lugar de oír siempre lo mismo, descubrimos otras maneras de vivir y de pensar: el canto disonante de las abuelas búlgaras en las aldeas, el baile sobre brasas encendidas que no queman porque ahí están San Constantino y Santa Elena para protegerte; los ritos y artes mágicas conservados de todos los pueblos que han pasado por aquí; el convencimiento de que para borrar los pecados no hay nada como pasar en la iglesia por debajo de una mesa en viernes santo (los artríticos lo tenemos crudo)...

Y en lugar de rumiar noticias, ensanchamos el alma en sitios curiosos, como el Valle de las Rosas en Kazanlac, con campos enormes sembrados de rosa damascena, el oro líquido de Bulgaria (un litro de aceite de rosas vale más de 11.000 euros), con la que se hace de todo: caramelos, licores, mermelada, lociones, cremas, jabones, colonia...; o como Etaran, un parque a la orilla de un arroyo con casetas en donde los artesanos trabajan la madera, el cuero, el metal, el cristal; o como en Veliko Tarnovo, la antigua capital, la colina Tzarevetz, una fortaleza antigua como salida de un cuento medieval, rodeada por todas partes menos por una de un río y con su portón, su puente levadizo, sus campanas enormes en el camino, sus murallas y sus historias detrás (todos los reyes que la habitaron, menos uno, fueron envenenados).

Los búlgaros han sido un pueblo castigado por la historia. Por sus tierras, tan fértiles y bellas, han pasados los tracios, que no hacían otra cosa que pelear entre sí, los griegos, los romanos, los judíos, los turcos, los gitanos, los rusos... Han participado en guerras continuas desde siempre. Pero ahora están en paz, forman parte de esta Europa nuestra y han sabido construirse como nación, orgullosos de ese pasado y de sí mismos. Ellos, que tienen el nombre más antiguo, tienen también el oro trabajado más antiguo del mundo, inventaron el ordenador y el yogur y hacen una musaka, unos baklavas y un hojaldre (banitsa) riquísimos. Son serios pero tienen su punto de humor y hacen chistes acerca de sus propias particularidades (por ejemplo, de la de llevar la contraria al resto del mundo, meneando la cabeza hacia los lados para decir "sí" y de arriba a abajo para decir "no").

Una semana con ellos basta para conocer otro pueblo, con sus mitos y su historia, abrir la mente, relajarnos y llegar el domingo 28 de abril, con el espíritu limpio, a tiempo para meter la papeleta en la urna. Ycnéx! (¡Buena suerte! en búlgaro).


(Monasterio de Rila)


(Casa de Lamartine en Plodvid)



(Tracio enseñándonos la lengua. Museo de Nessebar)

El mar Negro

La Colina Tzarevetz en Veliko Tarnovo

(Mi agradecimiento a Minna, nuestra guía búlgara, que no sólo nos instruyó con paciencia, humor y abundancia sobre su pueblo sino que también nos enseñó a teñir huevos de pascua y a pasar bajo la mesa de viernes santo.
Y también a los que nos acompañaron, que son la sal que adereza un buen viaje)

lunes, 15 de abril de 2019

La comedia de las equivocaciones




Cada vez me convenzo más de que la vida consiste en equivocarse continuamente, como si estuviéramos en una interminable y shakesperiana comedia de las equivocaciones. Nos la pasamos metiendo la pata y tropezamos tantas veces con la misma piedra que ya hasta le cogemos cariño y la tratamos como de la familia. Somos unos patosos.

Y hay errores flojitos, de esos que luego contamos muertos de risa, como cuando mi amiga Milo se pasó cerca de un mes llamando Celedonio a un alumno para descubrir un día al pasar lista que "Celedonio" se llamaba en realidad Manuel (Peor lo hizo una amiga de mi hija con su novio Guadalberto, que cuando rompieron se enteró que se llamaba Juan Alberto). O como cuando aquella vez que a mí me pareció que en la ventana de una casa estaba una amiga mía y me puse a llamarla, "¡Carmencita! ¡Carmencita!", con todo el entusiasmo de mis 13 años, para darme cuenta después de que no era mi amiga ¿Qué hice? Seguí gritando "¡Carmencita!" calle abajo hasta que doblé la esquina ¡Antes muerta que abochornada!. Y también están todas las veces que me he colgado, más fresca que una manzana, del brazo de un señor creyendo que era mi marido...

Luego hay errores menos flojitos, que tienen consecuencias más largas. Cuando mi hija estaba en 1º de Bachillerato la profesora de Lengua les mando analizar la frase: "Pepito olió un perfume" y le preguntó a un chico: "¿Qué es "un perfume"?" y él contestó, en lugar de Complemento Directo, "una fragancia". Al pobre lo llamaron Fragancia todo el bachillerato. De hecho casi nadie recuerda su verdadero nombre. O también está el caso de aquella señora que en un viaje del Imserso se olvidó del marido y a la hora de la cena se puso a preguntar por él y terminaron encontrándolo encerrado en una iglesia que habían visitado esa tarde. Me da que, después, el hecho tiene que haber producido algunas fricciones en la pareja ¿no?

Y luego están los errores garrafales, los que te pueden cambiar la vida a peor y que son producto de la imperfección humana, los que ocurren cuando no se piensan con la cabeza las grandes decisiones personales y las colectivas. Hablando de estas últimas y ahora que el 28 de este mes vamos a tomar una, el columnista Enric González, hace un par de semanas en "El País" dijo, después de nombrar nuestras limitaciones: "... hay que confiar en que un montón de ciudadanos no muy listos, movidos por ideas erróneas y prejuicios absurdos, tomemos una decisión colectiva más o menos razonable".. Y es que los lapsus, despistes, olvidos, equivocaciones, meteduras de pata... son el pan nuestro de cada día. Y esto va "pa" peor, como siempre dice, tan optimista, mi amigo Melchor.

Pero que no cunda el pánico. Afortunadamente los seres humanos, recordando aquello de que somos animales racionales, usamos la cabeza de vez en cuando disminuyendo el caos. Y nos consolamos enseguida echando mano de latinajos -"Errare humanum est"- o del saber popular: "El que tiene boca se equivoca" o "Todo tiene solución menos la muerte". O de aquella maravillosa frase del final de "Con faldas y a lo loco": "Nadie es perfecto". Pero mi preferida es la que dice mi nieto pequeño, el de 4 años, cada vez que rompe un plato o arma una marimorena. Te mira muy serio y dice: "No pasa nada". Y es que tiene razón: muchas veces, metemos la pata, nos equivocamos y al final (más pronto o más tarde)... no pasa nada.

lunes, 8 de abril de 2019

Terapia churrigueresca para momentos malos




Elija un hermoso día lagunero. Puede ser de esos grises y encapotados o un día claro y despejado, pero, si es típico de La Laguna, será con frío y con el paraguas en el bolso por si acaso. La Laguna es La Laguna.

Vaya hasta la Plaza del Cristo que hasta hace pocos años era el límite entre la ciudad y la Vega lagunera. A ella se asoman el Asilo, la Iglesia del Cristo, la Recova, el antiguo Cuartel de Artillería... Después de haberla conocido a través de los años como una explanada de tierra rodeada de árboles con un templete en el centro, más tarde embaldosada y con una fuente, a veces con chorros y a veces seca, y más adelante, con una escultura-mamotreto herrumbrienta y de dudoso gusto, la Plaza luce ahora vacía de todo adorno. Pero sigue llena de vida.

Busque la churrería que está al lado del Mercado, siéntese en una mesa y pida chocolate y churros. Cuando se lo traigan, aspire profundamente y piérdase en el aroma del chocolate. Acerquen el tazón a los labios y recuerden la sensación que describe Roald Dahl en "Charlie y la fábrica de chocolate": ...A medida que el espeso chocolate caliente descendía por su garganta hasta su estómago vacío, su cuerpo entero, de la cabeza a los pies, empezó a vibrar de placer, y una sensación de extensa felicidad se extendió por él.
Ahora pruebe el primer churro, crunch, crunch, crujiente y sabroso ¿Cómo un alimento tan simple (harina, agua y un poco de sal) puede ser tan rico y nutritivo? Deberían hacerle un monumento al que lo inventó.

Entonces es el momento de dejar la mente en blanco y desparramar vista y oído alrededor.

Quizás ese día vea en un extremo de la plaza a un grupo de bailarines que saltan, dan vueltas y se mueven en una danza conjunta con todo el entusiasmo del mundo.

O puede ser que oiga a un ecuatoriano que toca una melodía dulcísima con la quena (¿Recuerda aquel villancico que decía: Cholito, toca y retoca, toca el tambor y la quena; cholito, toca y retoca, que esta noche es Nochebuena...?).

Sorbo de chocolate. Otro churro más.

Vea pasar a la gente, apresurada, yendo hacia el Cristo de La Laguna que, en su estoica quietud, acoge los ruegos de todos. Al Cristo de La Laguna mis penas le conté yo. Sus labios no se movieron y sin embargo me habló...

Oiga las conversaciones de los que van y vienen de la Recova, trayendo noticias junto con las bolsas de verduras del día, pescado fresco, quesos y papas. Tome el pulso al mundo.

Siga con calma tomándose un buchito de chocolate caliente y comiendo los mejores churros del mundo hasta que se terminen.

Cuando se vaya, pase por el puesto de flores y plantas. Compre una maceta de albahaca que perfume su cocina.

No se le quitarán las preocupaciones, pero se mitigan.

Y no repita mucho la terapia: el chocolate y los churros engordan.


lunes, 1 de abril de 2019

Voldemort




La historia del pensamiento está llena de seres humanos con cerebros de primera calidad que han expuesto ideas brillantes y teorías revolucionarias. Pero entre todos ellos, los más geniales son aquellos cuyas ideas no se quedaron encerradas en los libros de una biblioteca ni en tertulias de intelectuales, sino que, atrevidas, saltaron muros y llegaron a las calles y las gentes las adoptaron como propias, como si siempre hubieran estado ahí.

Fue genial Platón al hablar de las Grandes Ideas porque su eco se puede encontrar cuando el padre de un amigo mío le decía a su hijo (que le preguntaba el porqué de una prohibición): "¡Porque lo digo yo, que soy la Verdad, la Justicia y la Razón!".

Fue genial Aristóteles cuando habló de que la virtud está en el término medio. Como dice el pueblo, "ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre".

Fue genial Descartes al defender que el espíritu es superior a la materia, igual que en "La Bella y la bestia" se dice que la belleza está en el interior.

Fue genial Marx en su defensa de la igualdad. Mi hermana y yo, cuando clamábamos por que mi hermano hiciera también su cama lo mismo que la hacíamos nosotras, éramos de un rojo bolchevique marxista que asustaba.

Y seguimos a los geniales Darwin, Freud o Einstein cuando decimos en nuestro día a día que "la cosa parece que evoluciona", "lo hice inconscientemente" o "todo es relativo".

Por eso digo -aunque mis colegas me excomulguen- que J.K. Rowling, la creadora de la saga de Harry Potter, también pertenece a ese grupo de cabezas geniales: ella dio nombre a algo tan humano como el miedo a lo desconocido y lo llamó Voldemort. Voldemort es el malo remalo en los libros de Harry Potter, alguien tan temido que nadie se atreve a llamarlo por su nombre. Es El-que-no-debe-ser-nombrado. En el primer capítulo del primer libro, cuando todo el mundo cree que Voldemort ha muerto por fin, dicen: "¡Quien-usted-sabe finalmente se ha ido!". Me recuerdan a mi abuela que nunca nombraba la tuberculosis, el mal de su tiempo, sino que decía: "Murió de una mala enfermedad" (como si hubiera alguna buena). O a una parienta que tiene tanto miedo a la muerte  que ni nombra a mi madre sino como "la-que-tú-sabes" (Es como aquel que contaba que siempre pensó de chico que su abuela se llamaba Paz-descanse). Y ahora la influencia de Rowling hace que, cuando no queremos nombrar algo o a alguien que nos incomoda o que tememos, ya lo llamemos Voldemort.

Claro que Rowling, tan sabia, alerta frente a ello y nos presenta a dos personajes que sí lo nombran: el propio Harry y Dumbledore, el director de Hogwarts. Este desde el principio dice: "Estoy seguro de que una persona tan sensata como usted puede llamarlo por su nombre ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo "Quien-usted-sabe". Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort". Los personajes de las novelas, excepto esos dos, siguen sin embargo con "el-que-te-dije", "quien-tú-sabes" y cosas así. Es muy difícil desterrar los temores.

Si lo pensamos, llamándolo Voldemort  tampoco estamos nombrando a lo que tememos, pero es un primer paso frente al miedo. Y es increíblemente más estiloso llamarlo así que "eso", "aquello" o "una cosa mala". Rowling y las personas geniales sabían de qué hablaban.


lunes, 25 de marzo de 2019

Otro milagro de la primavera




"La primavera ha venido y yo sé por qué ha sido..." cantaba Luis Mariano aleteando las pestañas en "Violetas imperiales" allá por el año de la pera. Y sí, aquí la tenemos, inesperadamente, con un frío repentino después de días soleados, como de agosto. Y ha venido agitada y caprichosa, como una niña malcriada: accidentes catastróficos, terrorismo a tutiplén, insultos y noticias inventadas cara a las elecciones, guerras coleando, ciclones y terremotos... No nos privamos de nada. Y es que son tiempos revueltos, también en el espacio más cercano. Tengo amigos que pasan malas rachas y personas a las que quiero que lo están pasando mal y no sabes cómo consolar: crisis, complicaciones, enfermedades, incomprensiones, desvelos.

Pero tras el desasosiego, te das cuenta de que todo es parte de la vida -¡Qué complicados somos los humanos!- y miras alrededor y ves que en el jardín, aunque el día esté gris, las calas trompeteras han crecido puntuándolo de blanco y las buganvillas rebosan de color y ya empiezan a amarillear los plátanos en la huerta. Y en el palomar han nacido los pichones -tan frágiles- y los niños, cuando vienen, piden al abuelo que los deje tenerlos en las manos y sentir su latido. No hay animal más indefenso (ni más feo) que un pichón recién nacido. Y, sin embargo, qué fortaleza promete ya. En esos mismos periódicos que hablan de sucesos tremebundos, viene también la noticia de una paloma que voló y llegó sana y salva desde Tenerife hasta Finlandia posada en el tren de aterrizaje de un Boeing 737, 5200 km. durante 6 horas, soportando alturas de vértigo, falta de oxígeno y temperaturas muy por debajo de 0º. Qué aguante y vigor y ganas de vivir la de esta paloma turista que, ahí aferrada a un tren de aterrizaje nada fiable, parece decirnos  que en las peores circunstancias también puede haber un buen final, si uno se lo propone y se agarra a lo que verdaderamente importa.

Por eso en los momentos inestables que todos pasamos alguna vez, mientras veo el pichoncito, delicado y tal vez audaz, en la mano de mi nieta pequeña, me parece oír las palabras del poeta que, ante un olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido, supo descubrir las hojas verdes de la vida transmitiéndonos consuelo y esperanza: "Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera". 

lunes, 18 de marzo de 2019

La tele y Santa Catalina




¿Saben que me entrevistaron para salir en la tele? Pues sí, yo ahí, en el patio de mi casa, delante de un cacho maquinón que me grababa y con pinganillo en la blusa, tal cual si fuera un político de relumbrón o una Belén Esteban cualquiera. Para que no se queden intrigados con lo de a cuenta de qué esta repentina fama, les cuento que la culpa la tuvo este blog. Hace un tiempo, el 13 de mayo de 2013, escribí un post que titulé "El día del eclipse". El director de "Canarias en portada", que quiere hacer un programa sobre fenómenos naturales especiales ocurridos aquí (el eclipse total de sol, la plaga de la langosta, la explosión del Teneguía...), estaba buscando testigos de los hechos, leyó aquel post y me escribió. Y como a mí me gusta alegar y no tengo secretos con el mundo, fui y lo conté todo otra vez: los cristales ahumados, los gallos cantando, la noche en el día, el avión ultrasónico dibujando su línea en el cielo, el asombro y el miedo... Después cuando me vi (ya me verán ustedes para mayo o junio), me di cuenta de que me grabaron por mi lado malo y que debía haber exigido, como dicen que hacía Sara Montiel, que pusieran un velo ante el foco de la cámara para que difuminara los estragos del tiempo. Para una vez que salgo en la tele y yo con estos pelos.

Por supuesto, la familia y los amigos han estado vacilando tanto sobre si ahora se me va a subir a la cabeza la fama que tentada he estado de ponerme a firmar autógrafos. Pero mejor les digo que la fama es, ¡ay!, una diosa efímera que tanto te sube al Olimpo como te baja a los abismos. Cuando Hugh Grant en la película "Notting Hill" rechaza a Julia Roberts porque ella es una actriz superfamosa y él, "ni mi madre se acuerda a veces de mi nombre", ella le contesta "Eso de la fama no es real ¿sabes? Y solo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran". Así que ya saben, la fama, al final, no es más que un espejismo.

Pero luego me quedo pensando y me acuerdo de Santa Catalina. Ustedes dirán que no tiene nada que ver, pero déjenme que les cuente. Cuando yo estaba en el colegio, uno de los días más celebrados era el de Santa Catalina de Siena,  una monja dominica que vivió solo 33 años allá por el siglo XIV. Parece que fue una persona buenísima, de esas que ayudan a todo el mundo, incluso a los Papas (los convenció para que volvieran a Roma desde Aviñón), una de las primeras mujeres en ser nombrada Doctora de la Iglesia. El día de Santa Catalina nosotras nos vestíamos de gala, desfilábamos con velas en la mano y cantábamos un himno que me gustaba mucho: Cantad a Catalina plegarias fervoroooosas, de lirios y de rosas su frente cooooronad...". Pues bien hace poco me enteré por mi nuera, que es ahora profesora de las Dominicas, que las notas de ese himno suenan en todos los cambios de hora en el colegio. Imaginen, después de 7 siglos que hace que murió, se la recuerda cada hora -¡Cantad a Catalina...!- ¡Eso sí que es ser famosa! ¿Y saben qué les digo? Que donde esté Santa Catalina, que se quiten las Belén Esteban, las Sara Montiel y todos los entrevistados de la tele (incluida yo).

lunes, 11 de marzo de 2019

Si vieras lo que me pasó...




Hay profesiones que te acercan mucho al conocimiento de la naturaleza humana, profesiones enriquecedoras ¡Lo que podrían contar! Yo tengo una amiga, Érika, que fue peluquera de la Ópera de Viena durante largos años y con ellos viajó por todo el mundo, conociendo, sintiendo y acumulando vivencias que la han hecho la mujer extraordinaria que es. Tiene en su haber mil historias que contar y que compartir. Lástima que no sepa español y que yo no sepa alemán y que solo nos comuniquemos en el idioma universal de los signos y del cariño y en un inglés chapurreado (por mi parte) que no da para mucho, la verdad ¡Maldita Babel!

Y es que creo que todos nacemos con el don de escuchar y contar historias. Todavía en la familia nos acordamos de las que mi tía Agustina nos contaba cuando venía a comer el día de Navidad: historias de sus años en Venezuela y de su juventud en La Palma, trágicas, cómicas, entretenidas, con el punto trascendente de las verdaderas epopeyas. Nos encantaban.

Entre los libros que he leído desde enero -los reyes me dejaron bien surtida-,  hay dos cuyos narradores pertenecen a dos de esas profesiones que podrían contar mil y un relatos de su día a día. Uno es "Taxi" del escritor egipcio Khaled Al Khamissi. Decía Juan Villoro que "los taxis son espacios narrativos donde no se precisa más estímulo que el silencio para que el conductor empiece a hablar". Y los taxistas de El Cairo que hablan en este libro -¿Quién mejor que ellos para coger el pulso a un lugar?- se desfogan y sus voces nos dibujan una ciudad que es un caos ("pescado, leche y tamarindo", dicen ellos), donde ocurren cientos de historias a cual más curiosa: la de la mujer que sube al taxi llena de velos y se los va quitando para occidentalizarse y entrar a su trabajo de camarera del que su familia no sabe nada; o el que cuenta que dejó a su novia porque "si me casaba tenía que dejar el tabaco y los porros" y no le salía a cuenta; o las múltiples formas de como los estafan los clientes; o el que sueña con ir desde El Cairo a Sudáfrica en su taxi; o el que tiene una casa embrujada en la que todas las mañanas aparecen ojos pintados en las paredes...

Las historias y personajes del otro libro los cuenta un librero de una librería de viejo: "Diario de un librero" de Shaun Bythell. Por sus páginas desfila la mujer galesa "con la voz más triste que jamás he oído" que siempre pregunta por libros de teología del siglo XVIII y que nunca compra nada; la señora mayor que parecía no haber salido de su pueblo y resultó que había llevado una vida interesantísima en Tokio y Jerusalén; el cliente que pide que le graben leyendo un fragmento de su libro favorito; el que discute sobre fantasmas; el que dice: "Busco un libro pero no conozco el título. Es un libro muy antiguo"; o la loca que pregunta "¿De qué va esto?" y se marcha a mitad de la conversación;  o los dos que no se conocen de nada y piden el mismo libro raro al unísono; o el anciano que encuentra alborozado un libro que perteneció a su padre (el librero se lo regaló).

Historias y gentes que pasan por el mundo dejando su impronta en las vidas de los demás... En otro de los libros leídos estos días ("La hija del relojero" de Kate Morton) se lee: "La gente da importancia a las piedras relucientes y a los amuletos de la suerte pero olvidan que los talismanes más poderosos son las historias que nos contamos a nosotros mismos y a los demás". Y es que no hay nada que iguale a la expectación, la curiosidad y la anticipación por un buen relato que todos sentimos cuando alguien te mira y te dice: "Si vieras lo que me pasó...".
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