lunes, 16 de septiembre de 2019

Búscate una tribu




Hace unos días mi marido me leyó en voz alta el titular de un artículo que aparecía en la primera página del periódico: "Más de 600 españoles son superricos, un 74% más que en 2011". Yo le contesté: "¿Y nos nombran en esa lista?". Él se rio, claro, pero yo lo decía en serio. Porque ¿qué es ser superrico? ¿Ser el Tío Gilito y revolcarte en monedas de oro? Me pega que no. Ser rico es tener lo necesario para vivir con dignidad y saber que no te va a faltar ni alimento ni vivienda ni lo básico para pasar por este valle de lágrimas sin que lo sea más de la cuenta. Ser rico es que te puedas permitir algún capricho de vez en cuando, como ir a cenar en un restaurante que te traten bien, recorrer en un viajito alguna parte de este mundo que nos rodea, hacernos y hacer un regalo que te apetezca. Ser rico es también poder afrontar una emergencia y poder ayudar a otros que lo precisen. Pero sobre todo ser rico es tener una tribu.

Esto último, no solo lo tengo, sino que lo veo a cada rato a mi alrededor. En la radio hace poco, madres jóvenes que viven en ciudades sin el apoyo de sus familias contaban que podían salir adelante gracias a la tribu: sus vecinos, sus amigos, los "papamigos" (los padres de los amiguitos de sus hijos que se empiezan a conocer en la puerta del colegio)... Hasta el portero de la casa formaba parte de la tribu de una oyente. La tribu siempre estaba ahí para echar una mano, socorrer y contar con ella.

También muchas de mis amigas, que son viudas y sus hijos campan ya cada uno por su lado, no se sienten solas gracias a la tribu, en este caso, las amigas del chat que cada día generan un bucle de comentarios sobre lo divino y lo humano; o las llamadas por las mañanas (alguna las llama "fe de vida") para saber que están bien y para compartir los planes que tengan para el día. La tribu no te deja sola.

Y como en la vida no solo hay risas y jolgorio, personas que pasan una crisis de esas que tanto abundan confiesan que el salir con los amigos, el contar con hombros para llorar, el sentirse queridos les ayudó a salir del hoyo. Casi como para decir "más tribu y menos Prozac".

El "Ciudadano Kane" de Orson Welles era dueño de un imperio y un superrico de esos de los que habla el periódico, pero ¿lo era realmente? ¿El dinero le servía para algo encontrándose al final de su vida solo y desgraciado? No, al volver la vista atrás solo encontró la añoranza por el tiempo en que de pequeño sentía el calor de la familia.

Por eso si estás triste, decaído, deprimido, en crisis; si te ha pasado alguna de las inevitables majaderías que ocurren en toda existencia; si te sientes infeliz... búscate, si no la tienes, una tribu. Una tribu de amigos, familiares, camaradas, vecinos, colegas, compañeros. Una tribu de afines a la que pertenezcas y con la que sepas que puedes contar. Ni tío Gilito, ni loterías, ni parientes perdidos que te nombren heredero ni mandangas. Una tribu.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Tengo una muñeca vestida de azul...




No sé qué tienen algunas muñecas que dan repelús. Esos ojos de cristal y esa expresión mirando al tendido como si con ella no fuera la cosa... Hace poco, en los trabajos de derribo y restauración de la casa de los abuelos, apareció entre los cascotes una muñeca despelujada, fané y descangallada, que parecía la niña del exorcista, quita, quita. También recuerdo a otra muñeca que le regalaron a mi hija, la Rosaura. Era más grande que ella, con brazos tiesos y piernas grandes y, para mí, con una sonrisa siniestra. Entrabas en una habitación a oscuras, encendías la luz y ¡hala! allí estaba ella, mirándote fijamente y haciéndote dar un respingo, cuando no un salto mortal. Gracias a Dios, en alguna mudanza desapareció sin más, camino a asustar a otros lares.

Pero sin embargo no se puede negar la fascinación que producen las muñecas y la ternura que despiertan. Fíjense en la expresión de alegría contenida y en esa sonrisa a lo Mona Lisa de la niña de la imagen inicial. Es mi madre a los 3 años y la muñeca no es suya sino del fotógrafo y me imagino que costó separarla de ella al final. Pero está tan privada como si acabara de descubrir el tesoro de Tutankamón y nadie le pudo quitar ese momento de goce. También yo recuerdo la emoción cuando en unos Reyes encontré al lado del zapato mi primera muñeca: rubia, ojos azules, sonrisa eterna, y lo mejor, vestida de bailarina de ballet, con sus zapatillas, su tutú, su collar y sus zarcillos de perlas. Me parecía preciosa, una princesa compañera de aventuras.

Por eso tampoco me ha extrañado la pasión de mi nieta pequeña por su nueva muñeca (o muñeco, no sé bien el sexo). Se lo regalaron en su 6º cumpleaños y es un Ksi merito que se llama Suzikín. Al pie del post les pongo una foto para que vean el espécimen: una cabeza enorme como si fuera una cabeza de ajos, calva con un rizo amarillo por únicos pelos, ojos también grandes y saltones, sin nariz y cuerpo raquítico. La creadora dice que se le ocurrió la idea en una pesadilla que tuvo durante unas turbulencias en el avión, y no me extraña nada ¡Cuidado que es feo! Y sin embargo mi nieta lo adora y va con el bichejo a todas partes: al cine, a la playa, a la cama, a mi casa... 

Porque además en el paquete en que se lo regalaron le dicen que ¡es un ser vivo! y que tiene que cuidarlo y amarlo como a tal: darle de comer papillitas, vacunarlo con jeringuilla especial, ponerle en la boca una bolita minúscula que dice que son vitaminas, darle un suero por si le ves cara de hambre (????), ponerle un pañal si piensas que se va a hacer pis... Cuando mi nieta me porfía que es un ser vivo, yo le digo que no lo es y le muestro a todos los seres vivos que hay alrededor: los saltamontes, los pájaros, los árboles, las personas... y le pregunto: "¿Suzikín se mueve como ellos, respira, se alimenta?". Ella se ríe y dice que sí y se pone a moverlo y a respirar y a hablar como si fuese él.

Total, que los Ksi meritos de las narices se han multiplicado por todo el mundo y los hay de varias clases y familias con todos los accesorios necesarios. Hay Ksi meritos Primer diente, Micromeritos (más pequeños, claro), Ksi meritos Impuntuales, Makitos (con olor a café), Lumi con luz propia cuando se les acaricia la espalda, y hasta Kakitos que hacen caca (son tres: Pop, KKKatalina y Poposchka). No se encuentran porque los niños se los rifan como si fueran lingotes de oro y se han convertido en un oscuro objeto de deseo.

Y te quedas pensando en cómo es posible con lo feos (y caros) que son, en el enorme negocio en que se ha convertido todo, en el engaño a los niños con el concepto de "ser vivo", en que para jugar, ser responsable y amar a un ser vivo podía hacerse con un gatito o un perrito, y para jugar simplemente no hace falta tanta parafernalia. Pero el marketing manda y ya mi nuera me dijo que a ver si lo encuentra en Madrid porque mi nieto de 4 años quiere para Reyes otro que se llama Kchito.

Ksi me da más repelús que la Rosaura.



lunes, 2 de septiembre de 2019

En defensa de las brujas




No hay historias que se transmitan mejor de boca a boca que las de las brujas y brujerías. Siguiendo esa sana costumbre hoy les cuento una historia que me contaron, la de Don Antonio, un señor que ya no está entre nosotros pero que estuvo mucho tiempo, aunque algo tocado por culpa de una brujería. Don Antonio, en sus años juveniles, era un real mozo, alto, guapo, de ojos oscuros y rientes, sonrisa ancha... Vamos, que estaba como un tren. Además, tenía su buen empleo y sus buenos dineros, lo que lo hacía más apetecible si cabe. Una vez tuvo que ir a Las Palmas por cuestiones de trabajo y se quedó en una pensión cuya dueña tenía tres hijas. Pronto notó que la madre siempre mandaba a la más pequeña a servirle, como queriendo metérsela por los ojos, y que a él le iba gustando la cosa, para qué nos vamos a engañar. Pero de repente empezó a sentirse mal: náuseas, hinchazón, acidez y un dolor en la boca del estómago que no le dejaba pegar ojo. No pudo más y se volvió para Tenerife, medio averiado y dejando tras de sí lo que pudo ser un gran amor que se quedó en nada.

Aquí visitó médico tras médico sin que dieran con la causa, hasta que, desesperado, se le ocurrió ir a un curandero de La Guancha que le dijo muy cariacontecido: "A usted le han hecho daño con menstruación, uno de los peores, y esto no se le va a quitar en la vida". Y efectivamente nunca se le quitó y vivió toda su vida delicadito del estómago y con un régimen estricto de una dieta sin picantes, sin vino, sin frutas, sin café, sin chocolate... o sea, privándose de todas las cosas ricas y pecaminosas que hay en esta vida y echándole la culpa a aquella bruja que le echó ese brebaje infernal en el café.

Cuando le conté la historia a mi hija, que, como saben, es médico, se rio y me dijo: "¿Sabes cómo se llama ese "daño" tan asqueroso? Helicobacter pylori, una bacteria que infecta el estómago y de la que antes no se sabía nada pero que ahora se sabe que puede estar presente en la mitad de la población mundial y que se puede combatir con antibióticos".

Sirva este relato para romper una lanza a favor de tantas mujeres a las que personas con prejuicios, confundiendo como en este caso las causas con los efectos, tildaban de brujas sin serlo. A las brujas de Salem, a las que vivían solitarias, a las feas, miopes o bizcas que solo por serlo ya se suponía que echaban mal de ojo, a las que tenían la nariz ganchuda (a una de mis amigas, maestra de infantil, que tiene una nariz con personalidad, uno de sus alumnos pequeñitos le preguntó: "Seño ¿usted es bruja?"), a aquellas de las que se desconfiaba por lo que fuera, a las que se les tenía manía... Pero sobre todo a las que conocían el uso de las hierbas y preparaban ungüentos y bebedizos y a las que la farmacopea les debe tanto.

Hay canciones, como la "Habanera embrujada" del grupo Mestisay, en la que la protagonista vendió su alma "por la receta que usan las brujas pa la ocasión" y que permitía un vuelo mágico de Canarias a Cuba: Jugo de tuno, ojos de baifo, / cola lagarto y poquito e ron, / tres oraciones a Santa Marta / pa que nos firme la absolución" . Pero la brujita que aparece hoy en mi imagen de introducción yo diría que define mejor lo que las brujas usaban. Me la mandó mi amiga Lali, que es bióloga, con la siguiente explicación: 
"Los zapatos son escamas de una piña de un pino; la escoba, infrutescencia de Umbelífera; el cuerpo, el fruto de un melocotón; la cara, el hueso de una aceituna; la nariz, una espina de rosal; los cabellos y manos, restos de vegetales; el gorro es una flor de las Tubifloras...".

Eso eran realmente las brujas, mujeres que vivían en contacto con semillas, flores, hierbas y frutos y que con ellos componían remedios, pócimas, ungüentos y filtros de todo tipo. He conocido brujas buenas que calmaban el dolor hasta con el contacto de la mano. Y he conocido brujas malas que no son como las de los cuentos pero que sí embrujan y hacen verdadero daño. Esas son a las que hay que temer y de las que hay que huir.

lunes, 26 de agosto de 2019

Ramos, chácaras y mangos




La semana pasada fui a pasar unos días -del 17 al 20- en La Gomera, en Valle Gran Rey, y, cómo no, me encontré con mi amiga Gomeira, de la que ya les hablé hace algún tiempo (aquí y aquí). Como dije entonces, Gomeira (igual que el Pereira de "Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi) es de las que sostienen ideas, opiniones y argumentos y te los suelta nada más verte, después de los abrazos, casi sin tomarse un tiempo para respirar.

Así, sostiene Gomeira que a esta tierra bendita no se debe venir por solo tres días y que, ya que atravesé los mares procelosos a bordo del "Benchijigua", lo menos que podía haber hecho es venir por todo el mes de agosto, que es mes de fiestas y parrandas y de bailes en las plazas. Que ya me perdí los festejos de julio a San Buenaventura y a la Virgen de la Salud ¡pero los de agosto...! Que el primer domingo bailó e hizo sonar las chácaras -chacachacacha chacachaca chacachacacha chacachá...- en la de Los Chorros de Epina alrededor de San Isidro, que sí, que el santo no abulta nada pero, sostiene Gomeira, que hay que ver la cantidad de gente que convoca. Después, hace apenas dos semanas fue la fiesta del Ramo a San Salvador en Arure y que menos mal que los veraneantes han tomado partido por él y aquello se llena porque antes parece que iba ganando la Virgen de la Salud pero que ahora están casi empatados. Ah ¿que no sabes que es el Ramo? Sí, mujer, si se ha hecho hasta famoso, que le han dado la medalla de Oro de Canarias y todo. Pues la cosa es que una familia hace una promesa y es ella la que se va a encargar de todo antes de la fiesta: de arreglar la iglesia, comprar los voladores, reunir el material para el Ramo, encargárselo a Cheo Porro, que lleva haciéndolo hace unos 50 años, y abrir su casa desde por la mañana para convidar a todo el que vaya con manises, tortillas, carne cabra, ñames, roscos y bollos, galletas de manteca, almogrote y todas las cosas buenas que da esta isla. Y no es porque yo lo diga, sostiene Gomeira, pero el Ramo es una verdadera obra de arte, tan colorido y coronado con una piña tropical y flores de mundo. Antes se llevaba en una caña de azúcar y no se le ponían berenjenas como ahora, que es algo,  sostiene Gomeira, que nunca conocimos de chicos, la verdad, sino las verduras y los frutos de siempre, higos, plátanos, mangos y esas cosas. Después del convite, se lleva el Ramo hasta la Iglesia entre tambores, chácaras y cantos -Quítate de alante, Arure, que quiero ver a Chipude, chacachacachá chacachaca chacachacachá chacachá...- y allí se pasa el Ramo para que se lo coman a los que van a invitar el año que viene.

Y que si te has perdido todo eso, sostiene Gomeira, lo mejor que podrías hacer es quedarte a la fiesta de la Virgen del Buen Viaje en Taguluche el último domingo de agosto en que hacen ¡otro Ramo! Ah ¿que no, que solo has venido por tres días, que además no coinciden con fiestas? Pues qué se le va a hacer. Aprovecha para pegarte unos buenos baños, que en Valle Gran Rey ¡será por playas! Puedes bañarte en Vueltas, o en La Puntilla, o en La Calera, pero no te aconsejo el Charco del Conde donde solo puedes darte baños de asiento ni la del Inglés que es para nudistas y tú ya no tienes edad para eso.

Y aprovecha también para llevarte un buen recuerdo de nosotros, pero, sostiene Gomeira, no te compres unas chácaras porque estas donde suenan bien es en los aires puros de La Gomera (y además creo que los precios están por 150 euros). Mejor te llevas un par de kilos de mangos, que no hay nada más rico a media mañana que comer un mango pelado y troceado que esté esperándote en la nevera. Todo eso sostiene Gomeira.
Y aquí me ven, de vuelta, saboreando mangos.

lunes, 12 de agosto de 2019

Dos adolescentes en verano




El abuelo, verano de 1959

Entonces tenía 13 años y vivía en Vistabella. El mismo día en que terminaban las clases me iba yo solo a casa de mis abuelos en El Tanque. Tardaba 5 o 6 horas en llegar. Cogía la guagua de Buenavista y me bajaba en Ycod, donde esperaba a la guagua que hacía el último trayecto de Ycod a Guía de Isora. Sobre la 7 de la tarde me bajaba en la Cruz Grande  en El Tanque y mis abuelos, aunque no sabían que yo llegaría ese día (no había teléfonos. Tampoco mis padres sabían si había llegado o no), me recibían como al Santo Advenimiento. Me querían mucho y me asignaban la habitación donde nací, separada de la casa y con ventanas sobre las higueras del arrife y con la vista del verde del monte y de los Pinos de la Fuente a lo lejos. Para mí eran veranos largos y gloriosos.
Ayudaba a mi abuelo en todo, en llevar abonos a las huertas conduciendo la yegua, en ordeñar las vacas, en moler en la era el trigo secado en los mollos -yo, sentado sobre el trillo- y en aventarlo después, en la vendimia cargando las raposas repletas de uvas... Cazaba mirlos para que no se comieran las uvas, escondido entre las vides con escopeta de balines. Luego mi abuela los desplumaba y los freía de merienda y mi abuelo sacaba vino de su barriquita especial y nos ponía un vaso a cada uno. Pero lo que más me gustaba era cazar canarios y guardarlos en una jaula grande que yo había hecho con cañas. Antes, preparaba las trampas, un falsete también de cañas y un cedazo puesto boca abajo con un palito que lo levantaba y que llevaba atada una cuerda fina que llegaba hasta mi escondite. Machacaba luego ramas secas de flor de col y las ponía como reclamo en la higuera del arrife con montocitos de colinos en torno y dentro de las trampas.  Después solo quedaba estar en silencio, tirar del cordón cuando el canario entrara en la trampa y guardarlo en la jaula. Cuando a los dos meses volvía a casa (otra vez en guagua) llevaba, en una caja con agujeritos, a veces hasta 30 canarios, que me apresuraba a vender en un puesto de aves vivas en la Recova. Me pagaban, creo, por cada canario hasta 2 pesetas. Un dineral.
Fui, muy, muy feliz en mi adolescencia.


El nieto, verano de 2019, 60 años después

En verano me despierto a las 11 y, por las mañanas, estoy un rato wasapeando con el móvil y, si tengo wifi, juego a la play. A lo más que juego es al Fortnite que consiste sobre todo en matar e impedir que maten a tu personaje. Pero no hay sangre, no te creas. Si te matan solo desapareces y se acaba la partida para ti. El juego es online con 100 personas de todo el mundo jugando a la vez. A ver cómo te lo explico. Las 100 personas van en un autobús volador y saltan en paracaídas a una isla, en donde no solo te tienes que enfrentar a los demás jugadores sino también a una tormenta que te va cercando y haciendo más pequeños los lugares seguros. Para enfrentarte a eso puedes conseguir armas, botiquines, escudos, vehículos, materiales (piedra, madera y metal) que sirven para construir estructuras defensivas... También antes de la partida hay una sala de espera donde hay tiendas (que cambian a cada rato) y donde venden, por ejemplo, cambios estéticos de personajes. Los personajes valen desde 800 a 2000 paVos (esa es la moneda), que equivalen a unos 20 euros en dinero real. Si tienes 1000 seguidores como mínimo en una red social puedes hacerte un código y, cada vez que alguno de tus seguidores compra algo con tu código, el 5% es para ti. Así que también puedes ganar jugando. En la sala de espera hay un espacio para torneos entre gente que sabe jugar muy bien. Hace poco un chico ganó en uno de esos torneos 3.000.000 de dólares. Al Fortnite juegan millones de personas en todo el mundo. ¿Que si no prefiero ir a la playa? Alguna vez sí, pero date cuenta de que normalmente juego con mis amigos y estamos todo el rato hablando y divirtiéndonos.


Dos adolescencias, dos modos de vivirlas, dos veranos distintos, dos formas de ser feliz ¿Qué opinas?

lunes, 5 de agosto de 2019

¡Que levante la mano el que nunca haya leído un horóscopo!




Empezamos agosto, el mes de Augusto, aquel césar que quiso ser como su colega Julio e, igual que él, se agenció un mes dedicado a sí mismo. Y no solo se lo agenció sino que le cambió el nombre (antes se llamaba sextilis) y también los días. "¡Sí, hombre! -pensaría- Julio con 31 días y yo solo con 29 ¡Hasta ahí podíamos llegar!". (Esta es la razón -el ego humano- por la que julio y agosto son dos meses seguidos con 31 días). Y no me extrañaría nada el que también Augusto pensara: "Y además voy a hacer que este mes sea el más importante del año: ¡el de las vacaciones!".

Brilla agosto, pues, con ínfulas de mes de altos vuelos, iluminado por un sol radiante que dora y chamusca pieles. Es el mes de las fiestas de los pueblos, de los traslados masivos hacia lugares diferentes, de las siestas perezosas en hamacas a la sombra, de no tomarse en serio a uno mismo. En agosto bajó del barco Bayardo San Román ("Crónica de una muerte anunciada" García Márquez) buscando una novia con quien casarse; en agosto Fitzgerald ("El gran Gatsby") contaba que "de la casa de mi vecino brotaba la música durante las noches de verano. En sus jardines azules, y entre los susurros, el champán y las estrellas, los hombres y muchachas iban y venían como mariposas...". De este mes García Lorca recordaba: "Agosto, / contraponientes / de melocotón y azúcar, / y el sol dentro de la tarde / como el hueso en una fruta.".

Y agosto es también el mes de Leo, el rey de los signos, uno de los tres de fuego (será por el calor que hace). Ya, ya sé que ustedes son gente seria y nada frívola, de las que piensan que esto de que los signos zodiacales influyen en la manera de ser según el que brille en el momento en que naciste es una paparrucha. Pero ¡que levante la mano el que nunca haya leído ni un horóscopo! Yo conozco a una que se lee cuatro o cinco cada día y elige el que más le conviene. Y una novela que leí hace poco -"Predestinados" de Minnie Darke- habla de gente que no solo cree en los horóscopos con la fe del convertido, sino que sigue las instrucciones al pie de la letra.

El caso es que de los Leo se dice que son fuertes, dominantes, seguros de sí mismos, líderes por naturaleza y difíciles de reprimir y de resistirse a ellos. Yo tengo en mi casa muchos Leo. Lo es mi marido, mis dos nietas, mi ahijado, mi primo, mi cuñado y seis amigos íntimos. ¡Demasiados mandones para mi gusto! En cambio, de los míos, los Piscis, dicen que somos gente apacible, serena, sensible, sentimental, romántica, cariñosa y amable ¡Estupenda, vamos! Y no andan desencaminados por lo menos por la parte que me toca.

Pero no se lo crean mucho. La mayoría de las veces no aciertan ni una, y según Miguel Sevilla, catedrático de Astronomía de la Complutense,"la influencia gravitatoria del Sol o de la Luna no puede trasladarse a ese tipo de predicciones.". Se pusieron 12 signos zodiacales (en realidad son 13) para que coincidieran con los 12 meses lunares y esa división no tiene ninguna base científica. Y además, somos tan diferentes los seres humanos, tan complicados,  que reducirlos a una docena de tipos no se sostiene.

Pero es que en todos nosotros quedan tal vez vestigios de aquel pensamiento mágico que tuvimos alguna vez y que nos hace decir: "¡Qué diablos!". Y nos regodeamos cuando, por ejemplo, para agosto (según Susan Miller, astróloga estadounidense, leída cada día por seis millones de personas) me predice a mí que aproveche el fin de semana del 24 porque tendrá un magnetismo especial, que el día 8 (invito a amigos) voy a impresionar y que cuidadito con las palabras a la hora de expresarme (ya lo hago). Y esto es lo que le anuncia a los Leo:
"El universo se ha pronunciado: céntrese en el amor. La luna llena del 15 puede ser resplandeciente con una pedida de compromiso o fecha de boda. Si está casado, pasará un tiempo especial con su pareja gracias a las vibraciones románticas que le envía Venus. En esta fecha, cinco planetas iluminarán su sector económico, trayendo excelentes y duraderas noticias. Urano puede alterar los planes y la rutina en el trabajo.".

Disfruten del mes. Por mi parte me estoy preparando con expectación (y verdadera curiosidad) para las vibraciones románticas de Venus y para el magnetismo especial. Ya les contaré (o no).

lunes, 29 de julio de 2019

¿Cómo estás?




Una de las costumbres que más me llamaban la atención cuando en mi infancia y adolescencia pasaba un mes del verano en Los Sauces era la respuesta al "¿Cómo estás?". No sé si lo siguen haciendo, pero entonces allí todo el mundo contestaba: "Regular". Ni bien, ni mal: regular.

A mí realmente la contestación me parecía de sabios. La pregunta "¿cómo estás?" es puramente retórica ¿De verdad le interesa a la otra persona cómo estás realmente? Y si, en lugar del clásico "bien", le empiezas a contar el dolor de la rodilla izquierda o lo molesta que estás con el vecino porque riega sus plantas encima de tu ropa recién lavada, ¿te escuchará como quien escucha las palabras del Libro de la Sabiduría? Creo que no. El "¿cómo estás?" forma parte del Manual de Buenos Modales, igual que los "recuerdos", el "ya si eso, nos vemos" o el "sentido pésame". Y que no falten ¿eh? Todos juntos forman la red en la que se sustenta la sociabilidad.

Pero si a esa pregunta, contestas un "regular", por un lado le estás diciendo al otro que la vida no es el Paraíso Terrenal y que continuamente no se tiene por qué estar bien; y por otro lado, obligas al interlocutor a mirarte y verte e interesarse. Le puedes contar o no lo que te pasa, pero ya el "¿cómo estás?" ha cambiado de nivel.  Yo, que muchas veces, cuando me preguntan cómo estoy, contesto al más puro estilo Antonio Machín diciendo: "Como una rosa perfumada, Maringá", me vi el otro día (un día de bajona)  diciendo el "regular" saucero. Inmediatamente, "¿Es que te pasa algo?". "¿Quién no tiene un problema?", contesté. Y es que siempre hay piedritas (y a veces piedrotas) en el zapato. Y en eso consiste la vida, ni más ni menos.

La piedrota colectiva de esta semana nos ocurrió a todos los españoles cuando nuestros políticos no supieron ponerse de acuerdo para formar gobierno. Menos mal que es verano y, con los baños y la cervecita, las cosas se olvidan, pero qué espectáculo más feo. Como dice Elvira Lindo en su columna, el espectáculo "de las conversaciones insuficientes, el de las filtraciones inapropiadas, el de los políticos tuiteros (¡dejen Twitter ya de una puñetera vez!), el de las manías personales, la desconfianza, la arrogancia, las exigencias inasumibles, la falta de química escenificada ahí mismo, con vistas al público, para vergüenza de todos nosotros, que bien podíamos preguntarnos "y si se quieren tan poco, ¿a qué santo sonaron campanas de boda?"

Yo, que de deberes sé, pienso que no los han hecho. Y que estos deberes tienen que empezar desde el principio, desde el mismo saludo. En lugar de ese apretón de mano, con sonrisa profidén y falsa, mirando a la cámara, y contestando un tópico y típico "bien" al, ¿cómo estás? clásico, un saludable "regular" al estilo saucero, mirándose el uno al otro e interesándose - "Cuéntame qué te preocupa" - estaría muchísimo, pero muchísimo, mejor. Ojalá empiecen y terminen bien.

lunes, 22 de julio de 2019

Una declaración de amor




Me lo contó mi amiga Eli, que vive en Las Palmas. Hace unos días murió su marido Juan Francisco y, en lugar de ir todas las amigas allá a acompañarla, Eli prefirió venirse ella a Tenerife, reunirnos en El Cristo de La Laguna y luego ir a comer juntas. No paramos de hablar cuando vino, pero sobre todo hablamos de Juan Francisco, de lo generoso y buena persona que era y de todo lo que la quiso. En un momento alguna de las amigas preguntó: "¿Y cómo se te declaró?" y Eli se echó a reír: "¿Que cómo se me declaró? ¡No lo hizo! Espera que te cuente...".

Eli tenía entonces 20 años y estaba en Las Palmas haciendo 2º de Enfermería. Él era su profesor, un cardiólogo recién llegado de Alemania con 34 años, demasiado viejo para su gusto. Así y todo, Eli sí que notó que el profesor no le quitaba ojo y también se extrañó porque, cuando terminó su mes de prácticas con él, en lugar de rotar con otro como las demás, se lo volvieron a asignar. Cuando llevaba casi 2 meses trabajando con él, Eli le pidió permiso para irse un viernes a Tenerife porque su hermano hacía la Primera Comunión al día siguiente. Por supuesto, se lo dio. Y no solo eso, sino que cuando ella salía para el aeropuerto, "casualmente" se lo encontró y la llevó en su coche, preguntándole de paso si tenía novio y tal y cual. 

Bueno, pues ahí tenemos a Eli en su casa de Tenerife celebrando la Primera Comunión de su hermano y a punto de empezar a comer (con padres, abuelos, tíos llegados de El Hierro para la ocasión, primos... Toda la familia), cuando tocan a la puerta y ante su asombro y estupefacción, allí estaba él -¡¡¡Doctor Fleitas!!!", dijo ella-, más ancho que Pancho, diciendo algo así como que pasaba por aquí y me acordé de la Primera Comunión de su hermano. La madre, "¿Quiere quedarse a comer?", él: "¡Ah, pues sí, muchas gracias!" y Eli, muda como una piedra y los ojos como platos. Y en medio de la comida él va y le suelta al padre de Eli: "Pues mire, Don Juan, yo quería hablar con usted porque quería decirles que me voy a casar con Eli". Si hubiera tirado una bomba, no hubiera causado mayor asombro. Fue un cataclismo, un momento de ¿¿¿Quéééé??? en el que todos se miraron sin decir ni mu. La madre de Eli rompió el silencio para preguntar con voz trémula: "¿Es que hay alguna emergencia?", a lo cual él, que parecía el más tranquilo de todos, le aseguró que "No, señora, ninguna, por ese lado puede estar tranquila", mientras Eli, casi en estado de shock, pensaba. "Pero si no le he tocado ni la mano...". Cuando el padre pudo hablar por fin y le dijo que lo que quisiera su hija, Juan Francisco, sin más preámbulos, cogió la mano de Eli y le puso un anillo, el mismo que todavía hoy ella lleva en el anular de su mano izquierda y que ven en la imagen.

"¿Pero no le dijiste nada?", le preguntamos todas, asombradas porque la conocemos bien y sabemos que no es de las que se callan lo que piensan. "Sí, después sí, pero en ese momento no supe ni qué decir. Tenía 20 años, era mi profesor, sabía que era bueno y leal, no quería avergonzarlo delante de toda mi familia... Pero después sí, después se lo tuvo que currar". Y tanto se lo curró que eso fue en mayo y se casaron en septiembre.

Eli y Juan Francisco han tenido un matrimonio largo y feliz durante 50 años. Ahora, 3 meses antes de celebrar sus Bodas de Oro, él ha muerto en paz rodeado de su mujer, sus cinco hijos, yernos y nueras y sus cinco nietos. El día después desterraron móviles, teles y visitas y todos lo dedicaron a estar juntos y a hablar, hablar y hablar, entre otras cosas, del abuelo bondadoso que una vez se atrevió a pedir la mano de la abuela guapa de un modo tan original y osado. Cae, una de las amigas, cuando supo de esa partida tan serena, nos recordó a todas el final de la "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique. Y aquí se las traigo:

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
olvidados, 
cercado de su mujer,
y de hijos y de hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria;
y aunque la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria.

(A Eli y a Juan Francisco, a los que nadie les podrá quitar los buenos recuerdos de una vida compartida)

lunes, 15 de julio de 2019

¡Benditos alisios!




Si las Islas Canarias son llamadas las Afortunadas no es por el maravilloso paisaje, las gentes estupendas que somos, las buenísimas comidas o la vida divertida que llevamos, fiesta va y fiesta viene, no, sino principalmente (y el resto del personal lo sabe) porque hemos sido bendecidos con un lugar estratégico en el mundo, cercano al anticiclón de las Azores (que para nosotros es como de la familia) del que proceden los vientos alisios. Los vientos alisios, benditos sean, desparraman sobre el norte de las islas un mar de nubes blancas y algodonosas que nos arropan, refrescan y nos quitan de encima los veranos tórridos de otros sitios. ¿Saben lo que es eso? Pasear con el vientecillo en la cara a una temperatura de 24º y dormir ahora en julio con un edredón finito por las noches ¡La gloria bendita! Y mientras, el resto del Hemisferio Norte se derrite de calor: temperaturas de más de 40º, sofoquinas, ambiente espeso y pegajoso... ¡Un horror!

Unos lo combaten ahora como yo hacía cuando estudiaba en Madrid hace ya muchos años: una ducha fría con el camisón puesto e ir inmediatamente a la mesa de trabajo para descubrir que ya vas seco sin pasar por toallas. Otros, en una clausura de persianas bajadas, ventilador a tope y bebidas con hielo hasta que este se te acaba y no tienes valor para salir a la calle a por más. Mi consuegra, que se va estos días de Madrid a su pueblo en Badajoz, me cuenta que tiene que estar encerrada en su casa, como todos los vecinos, hasta las 8 de la tarde más o menos, hora en la que el sol decide menguar fuerzas y es posible asomar la nariz a la calle sin que se achicharre. Hay quienes son más originales, como el crítico literario Manuel Rodríguez Rivero, que confiesa en El País que él se quita el calor a base de leer novelas ambientadas en lugares gélidos o en los polos (Diario ártico: un año entre los hielos y los inuit, de Josephine Diebitsch Peary, por ejemplo). Otros ni lo dudan cuando van por el asfalto asfixiante: se tiran de cabeza con zapatos y todo al primer charco, arroyo, fuente o lo que sea, esté o no prohibido.

Por la tele encima nos dicen que, con el cambio climático (que Donald Trump y otros sonados como él niegan), esto va para peor y que en 30 años Madrid, por ejemplo, será en verano como Marraquech con el viento quemante del desierto ululando en los cogotes. Macron en Francia, asustado por las cada vez más altas temperaturas, pregona que habrá que "cambiar nuestra organización, nuestra manera de trabajar, nuestro urbanismo, nuestra manera de desplazarnos al trabajo". Ah, sí, mucha Tour Eyffel y mucho Bois de Boulogne, pero se siente, haber tenido a los alisios.

Porque aquí con ellos el verano es otra cosa. Sí, hay más calor que en invierno pero nos basta entonces con seguir los consejos que nos daban nuestras madres: ir por la sombrita durante el día, sentarnos a la fresca muchas noches a ver las estrellas, proveernos de abanicos uno para cada bolso y, si vamos a La Laguna, no olvidarnos de la rebeca, que La Laguna es La Laguna y por las tardes hay fresco. Y no cansarnos nunca de elevar los ojos al cielo y dar gracias de todo corazón por haber nacido y vivir en semejante sitio, diciendo fervorosamente: "¡Benditos alisios!


lunes, 8 de julio de 2019

Una manzana al día




Me han mandado por wasap esta viñeta genial, firmada por M. de Angelis, en la que un camarero se acerca desconcertado a una mesa porque no sabe a quién de los que están sentados debe servirle la manzana que lleva en la bandeja. Todos son merecedores de ella. Allí están los Primeros -Adán, Eva y la serpiente- que, según la leyenda,  fueron "nominados" para la primera expulsión de un reality, la del Paraíso, por culpa de una manzana. Allí está Isaac Newton, con su pelucón blanco, que, al ver caer una manzana del árbol, estableció que había "algo" -él lo llamó Gravitación Universal, aunque todavía no sepamos en qué consiste- que atraía hacia abajo a todos los cuerpos, manzanas incluidas. Allí está la bruja malvada que, por un problema de a ver quién es más guapa,  descubrió que una manzana envenenada era el mejor remedio para quitar de en medio a una rival como Blancanieves. A su lado, sentado, Paris, el que le dio la manzana de la Discordia a la más bella, Afrodita, en el primer concurso de belleza de la Historia, desencadenando todo el disparate de la Guerra de Troya (o quizás la que está a su lado es Helena, el "premio" a su decisión). Está también Guillermo Tell y su hijo, al que, obligado por el gobernador de Altdorf,  tuvo que ponerle una manzana en la cabeza para demostrar su puntería con la ballesta. Aparece también en la mesa, entre Blancanieves y la bruja, Bill Gates, pero pienso que es un error del dibujante y que quien debería estar allí es Steve Jobs, el fundador de Apple.

Habría otros muchos que podrían estar sentados a esa mesa por derecho propio. Tom Sawyer, que cambió a Ben Rogers el trabajo que le habían puesto como castigo de pintar una cerca por la manzana que este se estaba comiendo. O Gwyneth Paltrow, que puso a su hija el nombre de Apple, vete tú a saber por qué. O Agatha Christie, que en su libro "Las Manzanas" montó un crimen en torno a un cubo de agua con manzanas flotando que unos adolescentes tenían que atrapar con los dientes en la Fiesta de Halloween. O las naturalezas muertas con manzanas de Van Gogh, Courbet, Cezanne Caravaggio. O la más representativa, "El hijo del hombre" de Magritte con la manzana en la cara ¿significando qué?.

Se diría que la vida -la ciencia, el mito, el arte, la historia...- giran alrededor de las manzanas, o por lo menos, que no pueden prescindir de ellas. Y es que, además, todos tenemos algún recuerdo especial relacionado con manzanas. El mío es el de las manzanas caramelizadas que me compraban mis padres de pequeña en los ventorrillos de las Fiestas del Cristo de La Laguna.  El de mi hija es la tarta de manzana, riquísima, que quiso poner en su boda. Otros, como mi marido, me hablan de los manzanos del huerto de sus abuelos, que perfumaban el aire como en el cuento de "El gigante egoísta" una vez que los niños trajeran la primavera a su jardín. Y también en mis nietos veo el placer de comer una manzana a mordiscos con piel y todo, como conectándose con un acto primigenio (¿recuerdos del pecado original?).

Nunca una fruta ha sido tan nombrada, citada, dibujada, aludida, degustada. Símbolo de salud ("sana como una manzana"), de comienzo de dieta (aún recuerdo a mis compañeras de trabajo todos los eneros en los recreos comiéndose una manzana en lugar del habitual bocata de jamón) y de naturalidad, es célebre la frase "Una manzana al día mantiene al médico en la lejanía". Pero mi madre, buscándole todavía otra utilidad más a tan apreciada y diversificada fruta, terminaba el dicho con "... sobre todo si tienes buena puntería".

A comer, pues, manzanas y que les aprovechen.


"El hijo del hombre" de René Magritte


lunes, 1 de julio de 2019

Hoy es un gran día




Dicen que la canción más oída en el mundo es la de "Cumpleaños feliz" (mis nietos pequeños la cantan hasta en inglés, aunque dicen: "Japi berdey yuyú") y que todos los días se celebran miles de cumpleaños. También se dice que en una reunión de 50 personas, siempre habría dos que coincidirían en la fecha en que cumplen años. Es un tema, pues, que interesa a toda la humanidad, pero es distinta la actitud que tenemos ante ello: hay gente a la que no le gusta nada cumplir y hay gente a la que sí.

Entre los primeros está mi amigo Manolo que, cuando cumplió los 30, cogió cama y no quiso saber nada del tema. El resto de los decenios los ha ido capeando más o menos, pero ahora que llegó a los 70, también pasó: ni tarta, ni fiestón, ni fuegos artificiales. Como si con él no fuera.

Y luego estamos los otros, los que lo celebramos dos o tres veces, los que armamos un tinglado que dura todo el día, los que nos encanta regalar y que nos regalen... Mi nieta de 5 años, que es de las mías, después de haber estado haciendo la cuenta atrás -faltan 4 meses, faltan 3, faltan 2...-, cuando al fin fue su cumpleaños, me dijo toda emocionada: "¡Hoy es un gran día!".

El sábado pasado fui a un cumpleaños. O mejor, a un no-cumpleaños, al más puro estilo de "Alicia a través del espejo", cuando Humpty Dumpty quiere convencer a Alicia de que son mucho mejores los regalos de no-cumpleaños que los de cumpleaños. Al fin y al cabo, le dice, hay 364 días en el año de no-cumpleaños, Mi anfitriona, una amiga y ex-alumna a la que quiero mucho, también se llama Alicia, que es un nombre que le va, igual que le iba esa fiesta agradable y cómoda, con la que, en la gloriosa compañía de los que quiere, quiso brindar por los 50 que cumplirá.

Fue una fiesta preciosa y diferente, de las que me gustan a mí. Había en el jardín donde se celebró ciruelos antiguos cargados de fruta, flores en abundancia y un árbol rarísimo de otras latitudes -un zapote-, poniendo la nota exótica.. No hubo mesas de sentarse sino sillas bajo los árboles, mucha conversación, viandas exquisitas de la casa -¡David, eres el rey de las croquetas!-  y un mojito riquísimo. Hubo también una tarta maravillosa (nunca mejor dicho) hecha por su amiga Patricia: otra vez Alicia, una Alicia victoriana (la ven en la foto), y alusiones al sombrerero loco y al Conejo Blanco en dulces figuras, y un Feliz no-cumpleaños que encierra el deseo de llegar a un País de las Maravillas. Y hubo también un concierto inesperado y sorprendente con el apoyo de un estupendo grupo de jazz: voces dulcísimas, canciones de siempre, ritmos brasileños... ¿Cómo no emocionarse oyendo "Aguas de marzo" de Antonio Carlos Jobim a dos voces, la de Alicia y la de su ahijada María, a cual más delicada y cálida?

La canción "Aguas de marzo" habla de los torrentes al fin del estío que arrastran todo por donde pasan: Es un palo, una piedra / el final de un camino / , es el resto de un tocón, / algo solitario /, es un trozo roto de cristal, / es la vida, es el sol, / es la noche, es la muerte, / es un lazo y un anzuelo...". Y al mismo tiempo anuncian la promesa de lo nuevo, la vida que se renueva a cada paso: Son las aguas de marzo / cerrando el verano. / Es la promesa de vida / en tu corazón. Mientras la oía, conmovida, pensé que la vida con todas sus majaderías merece la pena gracias a que en ella encontramos estos días, sorprendentes y mágicos, de paradas en el camino para coger resuello, de celebraciones con los amigos (sean o no porque cumplimos años), de momentos que son hitos para pararse, mirar alrededor y decir, como mi nieta: "¡Hoy es un gran día!". A celebrarlo.

lunes, 24 de junio de 2019

¡Qué gusto hablar con humanos!




Allá por los años 70 durante una temporada me dio por leer ciencia-ficción y empecé por las obras de Asimov y por "2001: una odisea del espacio" de Arthur C. Clarke. Descubrí entonces, años antes de Luke Skywalker y de Han Solo, mundos imaginarios y galaxias muy, muy lejanas, a las que se podía viajar en un pispás y donde los robots convivían con los humanos y se permitían incluso en algunos casos pensar por su cuenta, como HAL 9000, la computadora del viaje espacial de "2001: una odisea del espacio", que, si la dejaran, se cargaba a todo dios.

Leía yo esas novelas, sin embargo, con el firme convencimiento de que nos hablaban de mundos imposibles que nunca se harían realidad ¿Hablar nosotros con las máquinas de tú a tú, vernos sustituidos por ellas, tratar de explicarles algo como amigos del alma? Ni de coña. El ser humano es, a pesar de su fragilidad, una caña pensante (que diría Pascal) y donde esté un buen cerebro que se quiten de delante todos los circuitos del mundo (me decía yo).

¡Qué ilusa! Hete aquí que, 40 años después, hemos llegado a ese mundo. En los últimos tiempos en los que he tenido que hacer bastantes diligencias por teléfono, he hablado casi más con las máquinas que con las personas. Y mira que a mi no me importaría pegarme una buena parrafiada con ellas, buena soy yo alegando y explicando. Pero son ellas las que no me dejan. Si les digo la verdad, nuestras conversaciones adolecen de camaradería y espontaneidad. Vean si no unos cuantos botones de muestra:

1) Ella: Diga brevemente el motivo de su llamada.
Yo: Pues verá, resulta que no me funciona el identificador de llamadas...
Ella (seca y antipática): Perdón, no la he entendido.
Yo (paciente y conciliadora): Es que, mire, antes tenía identificador de llamadas pero desde que me pusieron la fibra...
Ella (más antipática, si cabe): Perdón, esa opción no existe.
Yo: ¿Cómo no va a existir? Si es que...
PLOM (me cuelgan)

2) Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Y así hasta 300 veces. Me da tiempo hasta de pintarme las uñas. Al final, PLOM, cuelgo yo de pura desesperación.

3) Ella: Por favor, teclee el código asignado para esta operación.
Yo busco las gafas, busco el código asignado, que no estaba en la gaveta que pensaba, busco el teclado, voy poniendo los números despacio para no equivocarme y...
PLOM, se pasó el tiempo y me cuelgan.

4) Ella: Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo (empática total): Mire, es que no me han prestado ningún servicio porque la cosa no está arreglada, pero tampoco quiero perjudicar a nadie...
Ella (impertérrita): Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo: A la porra, un 5 y va que chuta.
En cuanto lo pongo, PLOM.

He llegado a la conclusión de que con ellas, nada de explicaciones ni conversaciones íntimas. Nuestro amor es imposible, a pesar de "Blade runner". A veces, hasta me da por pensar que detrás hay alguien volviéndonos locos y partiéndose de risa con nuestros improperios y maldiciones. Por eso, me encantó cuando hace poco , casi como un milagro, me salió ¡un humano! Era un chico sevillano al que le conté mis desgracias y, superamable, se puso a buscar mi expediente y le oigo decir: "No, aquí no es, a ver si por aquí...". Enseguida me dice: "Perdone, pero es que alguna vez hablo solo". "Huy -le contesto-, yo me paso el día hablando sola". Y él: "Pues entonces, como decía Antonio Machado, hablará con Dios". "Sí -digo yo- Machado dijo: Quien habla solo espera /hablar con Dios un día". Él: "¡Sí, eso mismo!"...

Ustedes no me digan que no hay diferencia ¡Qué gusto, pero qué gusto hablar con humanos!

martes, 18 de junio de 2019

Me siento medieval

(Castillo de Consuegra)

Hay que precisar ante todo que en mi tierra, Canarias, no hubo Edad Media. Ni castillos, ni justas, ni asedios, ni Cruzadas. Aquí, de la Prehistoria nos plantamos en el Renacimiento y poco después en la Ilustración y nos quedamos tan panchos. Y a lo mejor será por eso, por esa carencia que siento como europea, por lo que tengo una cierta fascinación por todo lo medieval, desde cuando de chica me aficioné a leer todos los colorines del Capitán Trueno. No me extrañaría nada que en otra vida hubiera sido una castellana con toca en la cabeza y llaves en la cintura, asomada a una almena.

Así que siguiendo esta tendencia, durante el mes pasado me he releído la serie completa del monje-detective Fray Cadfael, 20 libros escritos por Ellis Peters en los que la acción se sitúa entre el año 1137 y 1145 en la abadía benedictina de Shrewsbury y sus alrededores. Son unos libros deliciosos, ideales para determinados momentos en los que se quiere desconectar, y en los que están todos los tópicos del medievo: la búsqueda de reliquias como reclamo para la riqueza de la Iglesia aunque sean falsas, las Cruzadas como telón y objetivo de la Cristiandad, los Juicios de Dios, la distinta manera de vivir de nobles, clérigos, siervos de la gleba y hombres libres, las ferias y las fiestas, las pruebas de sangre, los juglares llevando música y poesía de castillo en castillo... Y como fondo el perfumado huerto de la abadía en el que Fray Cadfael ha terminado encontrando su razón de vivir y desde el que extiende su mirada sagaz sobre el género humano y sus vicisitudes.

Ha sido una auténtica inmersión en el mundo medieval que he completado esta semana pasada con una visita a Toledo, corta (5 días) pero intensa y preciosa. Ancha es Castilla es lo primero que decimos ante esta inmensa planicie, arcillosa y verde de olivos y vides, interrumpida de vez en cuando por algun grupito de casas perdidas en medio de la nada. Pero ahí sí que hubo una Edad Media igual que la que leí en los libros y estos días me he deleitado hermanando lo visto con lo leído.
Allí están los castillos con sus barbacanas, su poterna, sus salas donde los soldados dormían sobre la paja, sus caballerizas o sus almenas.
Hay murallas todavía en pie de aquellas que defendieron ciudades en guerras lejanas entre cristianos y árabes.
Se siguen haciendo fiestas, como las Mondas de Talavera de la Reina, en las que se agradece la buena recogida en las cosechas tan propio de una sociedad que antes fue sobre todo rural. O la del Corpus en Toledo el próximo jueves, para la que todo está ya preparado: palios sobre las calles, banderolas y tapices en ventanas y muros, grandes incensarios colgando, lámparas de cristal sobre todo el recorrido de la gran Custodia de oro de la Catedral.
En Oropesa, un alfarero, igual que sus predecesores, sigue acariciando y moldeando la buena arcilla de la que surgirán, como en un truco de magia, platos, jarras o palomas.
Los molinos,como aquellos de los que habló Cervantes, continúan, con sus 8 ventanucos abiertos a los vientos de la meseta (Ábrego Hondo, Matacabras, Toledano, Cierzo, Mariscote... ) y sus inmensas aspas, moliendo bajo piedras descomunales los cereales de ahora.
Pervive el relato de milagros y leyendas, como la del caballo de Alfonso VI que se arrodilló ante una luz en una grieta del suelo que ocultaba un Cristo iluminado o la de la Virgen que bajó del cielo para regalarle una casulla al arzobispo Ildefonso.
Hay en conventos y monasterios (maravilloso San Juan de los Reyes) un aire de otros tiempos que se respira en los silenciosos claustros o en la sala capitular en la que se discutían problemas cotidianos y misterios divinos.
En Toledo se conservan callejuelas estrechas y empedradas, algunas con el cartel "Esta calle es de Toledo", no sea que la roben y la anexionen a la casa de al lado (la picaresca es eterna); hay otras con nombres preciosos, como la de "los siete abujeros"; y otras con cobertizos encima, de casa a casa, y a la altura suficiente para que pueda pasar por debajo un caballo y su jinete con la pica alzada.
Igual que el Hospital de San Gil en las aventuras de fray Cadfael, también el Hospital de Tavera está situado en las afueras de la ciudad para evitar contagios.

Y mientras nos empapábamos del relato de aquellos tiempos y oíamos el canto de Vísperas en el Convento de las Comendadoras de Santiago, todo se conjugó para sentir que todos nosotros también pertenecíamos a esa historia, que somos herederos de esa Edad Media que nos hace un guiño desde los sillares de los muros y la altura de los castillos, que los archivos, leyendas y cuentos en definitiva también hablan de nosotros.

Al terminar el viaje, bajo una luna llena en la noche castellana, suspiro y me digo: "¡Cielos, qué medieval me siento hoy!".

(Toledo) 

(Castillo de Oropesa)
(Custodia de la Catedral de Toledo)

(Claustro de San Juan de los Reyes)
(Molinos de Consuegra)

lunes, 10 de junio de 2019

Que pase misín...




Las de mi quinta seguro que recuerdan el juego en que cantábamos "Que pase misín, que pase misán por la Puerta de Alcalá...". Realmente se decía en sus orígenes "Que pase monsieur, que pase madame", pero los niños de sucesivas generaciones habían transformado el monsieur y madame en esos no menos misteriosos misín y misán. Consistía en que dos niñas (los niños no jugaban a esto) hacían un arco con sus brazos, bajo el cual pasaban una fila de niñas en bucle. La canción seguía con "... las de alante corren mucho y las de atrás se quedarán". Al decir esto último bajaban los brazos y atrapaban a una niña a la que, susurrando para que las demás no lo oyeran, planteaban una elección: ¿Qué prefieres...? Y ahí le daban a elegir, por ejemplo, fresa o chocolate, o manzanas o peras, o lo que se nos ocurriera, cuanto más imaginativo, mejor.  Dependiendo de la elección se ponían detrás de una u otra de las que preguntaban y el final consistía en ver cuál de las dos filas era más poderosa y conseguía tirar al suelo a la otra.

Ya los niños no juegan a esas cosas, creo. Pero me da que los adultos seguimos planteándonos elecciones toda nuestra vida, a veces banales, a veces, estúpidas, a veces trascendentes. Esta semana pasada he tenido la ocasión de ver una de esas alternativas que los humanos escogemos. Se la cuento y ustedes valorarán.

Una opción -Que pase misín...- nos la muestra la prensa estos días: En el Everest ha habido un atasco de más de 200 personas que ya lo quisiera la Autopista del Norte a las 8 de la mañana. Justo a la llegada al pico (y estamos hablando de 8848 m. de altura) se han formado colas como si fueran las rebajas de enero. Personas que pueden haber pagado hasta 70000 dólares por subir al pico más alto del mundo se han apretujado en un sendero de una sola vía esperando que unos bajen para poder subir. Igualito que en el metro, solo que aquí no se exponen únicamente a empujones, sino también a congelaciones, asfixia y al dudoso honor de morir en el Everest (10 personas en 3 días). Eso sí, si sobrevives, podrás hacerte una foto allá arriba, ponerla en el salón de tu casa y enseñársela, más inflado que un globo, a tus vecinos y amigos.

La otra opción -... Que pase misán...- es la elegida por mí este sábado pasado. También es una salida a la naturaleza, pero muy distinta. Fui con un grupo de amigos al Bosque de Agua García a ver las Cuevas de Toledo, un lugar al que, a pesar de estar a media hora de mi casa en coche, era la primera vez que iba. Es un reducto de monteverde, recuerdo de los bosques que poblaron Europa durante el Terciario: senderos anchos y cómodos rodeados de viñátigos (Los Guardianes Centenarios), cuevas hechas por el hombre desde el siglo XVI para extraer materiales para vidrio, puentes de madera sobre barranquillos repletos de helechos y agua al fondo, laureles, jaras, brezos, hiedras y un toque de retama amarilla a la vera del sendero. Caminamos con calma -ramas, raíces, aire y luz- sin encontrarnos con mucha gente y sintiéndonos pequeños y maravillados en un paisaje de cuento.

Ahora toca la pregunta: ¿Qué prefieren? Que pase misín, que pase misán...





(La foto inicial fue tomada por el alpinista nepalí Nirmal Purja en ese atasco del 22 de mayo.
Las fotos del final las tomé en el Barranco de Agua García el 8 de junio)

lunes, 3 de junio de 2019

La isla con 2 puntos cardinales




Mi isla solo tiene 2 puntos cardinales, el norte y el sur. Aquí el este y el oeste como si no existieran, ni se les nombra. El norte -desde Anaga a Punta de Teno- es verde, superpoblado y lleno de guachinches a los que se va a comer costillas con piñas o chuletones de cochino negro con papas arrugadas. El sur - toda la costa desde que se sale de Santa Cruz hacia abajo, se rodea Abona y se llega a Los Gigantes- es seco y asomado al mar en playas muchas veces de arena negra, cerca de las cuales se puede comer un pescado fresco con vino de Güimar, por ejemplo. Aparte, están Santa Cruz y La Laguna que no parecen situarse en ningún punto, y el Teide, en medio de la isla como guardián central y "celoso centinela", que diría Braulio.

De esta isla mía con tan rara situación cardinal habla un libro, "Fotos antiguas de Tenerife" (Centro de la Cultura Popular Canaria), que para celebrar el Día de Canarias me he comprado en la Feria del Libro. Sus autores -Miguel Bravo, Alejandro Carracedo, Rafael Cedrés, Carlos García, Rafael Llanos, Agustín Miranda, Melchor Padilla, Iraides Prieto- llevan un grupo de Facebook sobre este tema con más de 60000 seguidores (entre los que me cuento). En el libro hacen, entre miles, una selección de 50 fotos acompañada cada una de un comentario bastante completo en el que nos cuentan la fecha y las circunstancias en las que se hizo, el lugar en el que fue tomada (muchas veces fruto de una investigación rigurosa), datos curiosos (como un homenaje a los últimos de Filipinas, cuatro de los cuales eran de aquí), detalles de nuestro pasado (los vestidos, las costumbres, los oficios, los paisajes...)... Una visión rápida y certera que nos enseña quiénes fuimos y cómo vivíamos.

Como es lógico, la mayoría de las fotos son de Santa Cruz (25) y de La Laguna (8). Pero también hay 9 del norte, 3 del sur, 3 del Teide y 2 sin sitio reconocido, "Niños de Tenerife" y "Mujer tostando grano para hacer gofio". La más antigua es de 1856 -el Calvario del Puerto de la Cruz, una calle con la Cruz atrás y llena de gente posando, privadas, para la posteridad- , pero hay algunas que yo conocí así: la foto de Bajamar con el Hotel Nautilus, la Autopista del sur en construcción, la Playa de la Arena sin carretera ni apenas casas y solo el Bar "Sol y Arena" vigilando en lo alto, la Falla en las Fiestas de Mayo de Santa Cruz o la calle del Pilar (mi calle) en 1962.

Es un libro para leer con calma -yo lo he hecho este fin de semana, precisamente en el sur, a la orilla del mar-, deleitándonos en los detalles, saboreando el pasado, reconociendo lugares y reconociéndonos. ¿Cómo no asombrarse al ver, en la foto del Quisisana, toda la Rambla a sus pies, hoy llena de coches y vida, convertida entonces en fértiles huertos de papas? Quién nos ha visto y quién nos ve.

¿Mi preferida? Esta, "Las gangocheras en Santa Cruz", de la colección de Manuel Martín Martínez y comentada por Rafael Llanos Penedo, que las retrata a principios del siglo XX en la calle del Castillo (entonces, Alfonso XIII), muy cerquita de la Plaza Weyler cuyos árboles se ven al fondo:




Las gangocheras eran mujeres que venían a vender o a cambiar frutos, verduras, gallinas, pescado, huevos y otras mercancías, con cestones en la cabeza que milagrosamente nunca se caían. Aquí están algunas con los pañuelos cubriéndoles todo el pelo, las blusas con mangas largas y justillo o corpiño, las faldas amplias y estampadas hechas por ellas mismas probablemente, y las cestas en la cabeza como si no les pesaran y fueran un sombrero más ¿Cómo lo harían? Más de una vez de pequeña intenté hacerlo y no hubo manera.

Me gusta por lo oportuno de la foto, por la alegría que transmite casi oyéndose las risas y las voces, como un grupo de amigas jóvenes que acaban de encontrarse en ese momento viniendo de todas partes y se cuentan los chismes. Hay veces en que un libro nos trae una sonrisa y nos transmite noticias -noticias del norte, noticias del sur-. Este, además, nos conecta a esta isla nuestra que, con solo 2 puntos cardinales, puede abarcar un universo entero.

lunes, 27 de mayo de 2019

¿En qué momento me convertí en Doña Isabel?




Sí. sí, ya sé que las cosas cambian de nombre, estoy acostumbrada. Que lo que antes era escudilla, arvejas, descanso, agobio, recova, ahora es bol, guisantes, relax, estrés y mercado. Que las calles de Santa Cruz pasan de llamarse, por ejemplo, en lugar de General Sanjurjo, calle de los Sueños y cosas así. Que hasta las ciudades mudan a través de los siglos: ahí tienen a Estambul, que antes fue Bizancio y Constantinopla; o a Sevilla, que fue Ispal, Hispalia e Isbiliya.

Todo eso lo sé. Ya Heráclito nos advirtió, allá por el siglo VII antes de Cristo, de que la vida es mudanza, cambio y alteración. Pero es que lo mío con mis nombres es mucho. Ya he contado en más de una ocasión que yo iba a llamarme solo María Isabel, pero me añadieron al final el "de los Dolores" porque, aunque mi madre odiaba ese nombre, yo, por llevarle la contraria, voy y nazco el viernes de Dolores. Así que, como "la Virgen lo quiso", ahí me ven siendo Mari Lola en toda mi primera infancia. Es más, no me enteré de que también era Isabel hasta los 6 años cuando fui al colegio. Allí al principio no hacía ni caso cuando me llamaban, como si conmigo no fuera, ese no era mi nombre. Hizo falta una reeducación por parte de mis padres para que lo aceptase. Desde ese momento soy Mari Lola o Mari para mi familia y para los conocidos a través de ella (como los de mis veranos en La Palma, Bajamar o Los Realejos); y para el colegio, mis amigos y mi marido, soy Isabel o Isa (y hasta Sabelita por parte de mi amigo Mingo). Para mis alumnos fui Profe, para mi amiga Nati, Jefa e incluso alguna vez las monjas me llamaban por el apellido (cosa que odiaba). Para ustedes en el Blog tengo el alias de Jane; para mi amiga Antoñita, soy Duquesa, para mis hijos, mamá y para mis nietos, Aba. Si esto fuera la Iliada, igual que Aquiles es "el de los pies ligeros", yo sería "la de los múltiples nombres":

A pesar de esto, he podido vivir con todas mis personalidades sin traumas. Pero lo que me ha dejado descolocada es que, de un tiempo a esta parte, estoy siendo cada vez más Doña Isabel. En Lógica cuando hablamos de términos imprecisos poníamos el ejemplo de "Si a un hombre se le caen los pelos uno a uno ¿cuándo se le puede llamar "calvo"?" Pues a mí me pasa algo parecido, que veo los límites confusos y no sé en qué momento dejé de ser Isa para convertirme en Doña Isabel. 

Me lo llaman los obreros que están haciendo la reforma  de la casa de los abuelos de mi marido, me lo llama la señora que me ayuda en casa, me lo llama el electricista y el fontanero, me lo llaman los camareros de los sitios a los que solemos ir a comer (como ven en la imagen) y los que me atienden en oficinas públicas. Doña Isabel por aquí, Doña Isabel por allá... Y no puedo por menos que pensar: ¡Cielos! ¿Habré cambiado también yo y me estaré volviendo respetable?

lunes, 20 de mayo de 2019

¡Por la familia!




Esta semana el día 15 de mayo ha sido el Día Internacional de las Familias. No sé a quién se le ocurrió eso de los días internacionales, porque hay algunos dedicados a lo más peregrino. Pero si hay algo que merezca ser internacional, es la familia. Todos nacemos en una y, aunque es verdad que hay muchas familias a las que, como se dice, hay que echarles de comer aparte, el vínculo familiar existe, es indestructible en la mayoría de los casos y va muchas veces más allá de los lazos de la sangre.

Además, hay muchas clases de familias ¡Será por familias! Hay familias poliginias (un hombre, 2 o más esposas y sus hijos), hay familias poliandrias (una mujer con 2 o más maridos y sus hijos) y hay algunas todavía más complicadas, como las de los naturales de las Islas Marquesas, en las que un hombre con varias mujeres puede buscarse además a otra que tenga a su vez varios amantes, para que todos vivan juntos (y apechuguen juntos en el trabajo). El resultado puede ser una casa de lo más entretenida. Hay familias patrilocales en las que toda la descendencia masculina sigue viviendo en la casa familiar con sus mujeres e hijos, y hay familias matrilocales en las que son las hijas y los suyos las que se quedan con la familia de la madre. Están nuestras familias modernas que pueden tener tan variadas formas... Bueno, y está la mía, que somos el ciento y la madre. Cada vez que nos reunimos, aunque sea para un cumpleaños de nada, no bajamos de 30.

Este 15 de mayo, como si quisiera significarse especialmente, me han llegado dos sorpresas relacionadas con la familia que me han emocionado. Una, esta carta que mi hija Ana ha colgado ese día en las redes y que, con su permiso, reproduzco junto con la imagen:
No suelo poner fotos personales en redes a menudo. Pero hoy es el Día Internacional de la Familia y creo que es importante decirlo: para mí, la familia es un valor fundamental. No solo el núcleo pequeño (estos cuatro que salimos en la foto) sino los que nos rodean (y esa familia adoptada que son los amigos). Hay muchos "gracias" que no saben a nada, que se dicen por decir, estamos acostumbrados a decirlo mecánicamente. Por eso, este gracias no es mecánico. Gracias por ser mi familia, mi lugar en el mundo. No quiero decir que ese lugar sea impecable . Cometemos errores por los que hay que pedir perdón, nos peleamos y discutimos, pero también nos reconciliamos y nos abrazamos. Nos queremos. Mi familia es mi hogar, mi equipo. Un grupo de personas imperfectas que luchará codo a codo contra todos los obstáculos.

La otra fue una carta de agradecimiento que recibí ese mismo día del hijo de amigos íntimos, que ahora vive en California y al que conozco desde que nació y que considero también parte de mi familia:
Querida Isa: Escribir una carta de agradecimiento es relativamente sencillo: abres el editor de texto y simplemente escribes los que sientes. Ahora bien, escribirte a ti una carta de agradecimiento me está suponiendo un doble reto.
Por un lado, ¿cómo narices lo hago para que una bloguera/escritora/ filósofa/ literata no lea esto y empiece a ver errores gramaticales por todos lados?
Y por otro, ¿cómo logro transmitir que esta carta de agradecimiento no es una más del montón sino una que realmente pienso? 
(...) Lo bueno de los recuerdos es que son todos francamente positivos. Tengo cientos de imágenes en la mente de eventos en familia con ustedes: viajes, cumpleaños, cenas... La verdad es que durante esos años fue como tener otra familia paralela (¡hasta con dos nuevos increíbles hermanos!).
Y ahora me apetecía escribirte esta pequeña nota para decirte que me has impactado de forma muy positiva en la vida y que te agradezco de todo corazón que siempre hayan estado ahí... ¡me siento muy afortunado! (...)

Después de recibir estas dos preciosas cartas que hablan de la gratitud de ser familia, ¿cómo no celebrarlo? Y más cuando me di cuenta de que el 15 de mayo fue también el día en que mi padre y mi madre se casaron hace ya 72 años, provocando con ello que hoy vivamos 21 personas más en el mundo (y las que vendrán). Así que por todo eso, este 15 de mayo por primera vez celebré un Día Internacional: abrí una botella de champán, alcé la copa y, abrazando con la mente a la gente que quiero y a la que siento familia, brindé, como en ese final delicioso de "Hechizo de luna", diciendo bien alto: ¡¡¡Per la famiglia!!! ¡¡¡Por la familia!!!


lunes, 13 de mayo de 2019

La tortura china y Cortázar




Cuando yo era pequeña la China era una galaxia muy, muy lejana. Ninguno de nosotros había visto un chino en su vida. Para mí, igual que un dragón o un hada, eran personajes de los cuentos y aparecían, por ejemplo, en los de Calleja vestidos con exóticos y brillantes trajes, grandes bigotes a veces, y siempre con una larga coleta que asomaba bajo un sombrero estrambótico. Sabían hacer complicados artilugios como ruiseñores mecánicos que cantaban mejor que los vivos y lámparas maravillosas, como la de Aladino, que concedían todos los deseos.

Después, cuando yo tenía más o menos 20 años, empezaron a aparecer por aquí los restaurantes chinos, y el arroz tres delicias y las salsas agridulces se hicieron populares. Más adelante, vinieron las grandes tiendas chinas (cerca de mi casa hay dos) en las que hay de todo como en botica. Y además, ahora todo, todo, hasta un traje de alta costura parisiense, viene de China.

De ahí precisamente vino el regalo que mi hija mandó a pedir y que me regaló el Día de la Madre. Tardó mes y medio en llegar, que no es nada comparado con lo que duró el viaje de Marco Polo allá por el siglo XIII (de 1271 a 1295). Es una pulsera negra y liviana con una pantallita también negra que no solo da la hora y el día sino también los latidos del corazón (con y sin ejercicio) y los pasos que una da al día. Es un trabajo de chinos, no le falta sino hacer croquetas. Mi hija tuvo que meter mi altura y peso para que el chisme calculara los pasos que debo hacer cada día (8000) y ella me rogó encarecidamente que los hiciera porque eso repercutiría enormemente en mi buena salud.

Así que vale, me he puesto a ello, hala, a caminar distancias de 8000 pasos cada día, si es posible en llano. Aunque viviendo donde vivo, en la ladera de una montaña, lo tengo un poco difícil. Por eso me he hecho un listado de algunos recorridos en los que pueda llegar a los dichosos 8000 pasos de una manera entretenida y sin demasiado coste mental.

1. En casa, en lugar de tumbarme a leer que es lo que hacía antes, ahora doy vueltas incesantemente arriba y abajo, alrededor de los muebles, de la casa, de la huerta; saco y meto cosas en los armarios, tiendo ropas, las recojo, las vuelvo a tender, las vuelvo a recoger, camino sin parar hasta cuando me llaman por teléfono, y, ufff, al final... 8000 pasos.

2. Recoger a mis nietos de 4 y 5 años en el colegio, lo cual implica no solo ir hasta sus clases respectivas sino también llevarlos a los columpios o ir a Gorgorito al Parque, buscarlos como una loca cuando se echan a correr, llevarlos a que se coman un helado y distintos juegos alternativos. 9000 pasos.

3. Ir a comprar una bombilla a IKEA. En lo que subo al primer piso, sigo las flechas del suelo, sorteo los sillones, las camas, las cocinas, paso por la cafetería, bajo los escalones, sigo por la loza y las cortinas, llego a las bombillas, las compro y las pago, consigo a veces hasta 10000 pasos.

4. Otras posibilidades que a ustedes se les ocurran y que tengan a bien sugerirme para hacer estos maratones a los que ahora me siento obligada.

Y es que aquí me ven, a mí, que hace 11 años, cuando me jubilé, me quité el reloj para siempre jamás; yo, que no me apunté a ningún curso, ni siquiera de macramé, para no tener horarios, con la pulserita negra atada a mi muñeca desde el alba hasta la noche, llevándome de aquí para allá y prisionera de ella. Como las anillas de las palomas mensajeras de mi marido, como las pulseras fluorescentes de los turistas en los hoteles, como la cadena atada al reo en su celda. Me recuerda el escrito de Cortázar en "Historias de cronopios y de famas", "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj": Cuando te regalan un reloj -dice- te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire (...) Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa... A mí también me han regalado el tener que ponérmelo al levantarme y quitármelo al acostarme, la necesidad de mirarlo a cada rato y sobre todo la obligación de hacer pasos (y apuntarlos en la agenda cada día). ¡Demonios! Como le pasa a Cortázar, no me han regalado nada. ¡Yo soy la regalada a la pulsera-reloj-marcapasos- tortura china!

¡Socorro!
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