lunes, 15 de octubre de 2018

Nadie me quiere



En aquellos lejanos tiempos en los que no me perdía la lectura de "La Codorniz", leí un relato en ella que me impresionó , aunque lamento no acordarme del autor. Se titulaba "Nadie me quiere" y contaba los hechos de un día en la vida de un hombre. Se levantaba, se duchaba, se desayunaba, se iba a la oficina, salía al mediodía, se comía unos espaguetis en el bar de enfrente, volvía al trabajo, hablaba con los compañeros, salía a las 7 a tomar una copa con algunos amigos, llegaba a su casa, comentaba el día con su mujer y sus hijos, entraba en el baño, se miraba al espejo ¡y se veía un espagueti en el bigote! Todo el día, todo el santo día, desde el mediodía hasta la noche, con un horrible espagueti pegado al bigote, y nadie ¡nadie! lo había mirado detenidamente para darse cuenta y decírselo. Era un relato real de la vida y sus zarpazos. No me digan que no tenía toda la razón en su conclusión -¡Nadie me quiere!- y que no es para compadecerlo.

Y no es un caso único, no. Cada día todos estamos expuestos a la indiferencia general. Que no se fije en ti el tendero de la esquina, pase, pero ¡los hijos de tus entretelas! ¡o la madre que te parió! ¡o el amor de tu vida! Una mirada de arrobo no estaría mal ¿no? Yo hace poco llevé una blusa a la costurera (ya saben que la costura no es lo mío) para que me cerrara un escote sugerente que llevaba días con un discreto imperdible detrás. Ella en un pispás me solucionó la chapucería y yo al día siguiente anduve con la blusa puesta paseándome por aquí y por allá. Al final del día me di cuenta de que mi costurera, tan honrada ella, no se había quedado con el imperdible sino que lo dejó bien visible en el cuello de la blusa, y yo, ¡venga a pasearlo como si fuera la joya de la corona! Ni me miraron ni se fijaron en el imperdible, como nadie vio el espagueti del de "La Codorniz".

Y peor lo tuvo una amiga de mi hija. Es una escritora a la que, nada más llegar a la presentación de un libro, la invitaron a cupcakes y se comió uno azul. A resultas, se le quedaron los dientes, la lengua y los labios de un precioso tono azul pitufo y de esta guisa habló con editores, escritores y asistentes al acto, hasta que mi hija, que sí la quiere, se lo dijo. Casi le da un yeyo.

¿Qué nos pasa a los humanos que no nos fijamos en los demás, como si tuviéramos unas orejeras que nos hacen ir solo a lo nuestro? Es para deprimir a cualquiera. Yo no digo que caigamos en la desesperación de un Bécquer cuando decía aquello de "de qué pasé por el mundo ¿quién se acordará?". Tampoco digo que cada vez que nos encontremos con alguien nos miremos a la cara con encendida pasión. Pero sí que por lo menos constatemos que la persona que está enfrente no lleve un espagueti en el bigote o un imperdible en el cuello de la blusa o la lengua azul ¡qué menos! Y que, además, si lo lleva, se lo digamos.

Menos mal que para no ponernos demasiado trágicos y con el "¡nadie me quiere!"a rastras, todos tenemos otros amigos que, cuando nos ven, nos dan el gran repaso de arriba a abajo. Por lo menos yo tengo un par de ellos que se fijan: "¿No necesitas teñirte ya el pelo?" "A esos zapatos les hace falta una buena limpieza ¿Dónde te metiste?" "¿Y esa no es la rebeca que llevaste hace 10 años al cumpleaños de tu hermana? ¡Bien te duran las cosas!"... A esas personas, aunque me digan "¡Y además has engordado lo menos 5 kilos desde la última vez que te vi!", las perdono de todo corazón, porque aunque sean unas desgraciadas, mezquinas y miserables, ellas al menos sí que me quieren.

lunes, 8 de octubre de 2018

Campanas de Vegueta


Plaza de Santa Ana y Catedral desde la azotea del Ayuntamiento (foto Carlos García)
En cada día, si se sabe mirar bien, hay momentos sorprendentes, como flashes que iluminan un camino incierto. Y si uno se aleja de su entorno habitual, esos flashes se multiplican con el aire de lo novedoso y lo distinto.

Este fin de semana he estado en Gran Canaria, una isla que no conozco bien a pesar de ser la más cercana. He hecho una visita cultural con unos cuantos amigos del grupo "Lo que las piedras cuentan (de los que ya les he hablado aquí y aquí) y he atesorado algunos de esos momentos,  que ahora comparto con ustedes.

El descubrimiento de los cuadros llenos de vida de Antonio Padrón explicados con pasión por el guía  y doctor en Bellas Artes, Javier Jiménez, un buen conocedor de su obra: la tierra, las figuras femeninas, la costumbres y mitos, la luz... Una maravilla.

La sorpresa, al final de una comida, de una canción cantada por un coro (luego supimos que era el Coro de Cámara "Ainur") que celebraban un cumpleaños en la mesa de al lado: voces altas, claras y cálidas entonando una bella composición en alemán que nos hipnotizó antes de darles el gran aplauso.

Los retazos de historia que nos brindaron: la reproducción de una vivienda aborigen en la "Cueva Pintada" de Gáldar, con sus camas empotradas en nichos amplios y cómodos y sus pieles para abrigarse en noches frías; o las gárgolas con forma de cañones que echaban agua y no bombas pero que igualmente asustaban a los piratas que pretendían conquistar la ciudad; o los bellos edificios clásicos y modernistas de Gáldar y del barrio de Vegueta en Las Palmas, que nos hablan de las grandes familias que un día fueron...

El paseo por la mañana temprano por la Playa de Las Canteras, envidia de todos los tinerfeños y gloria de la ciudad de Las Palmas. A esas horas ya estaba llena de vida y su arena dorada resplandecía. El mar estaba en paz y el aire limpio.

La visita a la Casa-Museo de Pérez Galdós con su mesa de estudio, sus páginas escritas y con tachones, sus plumas, sus libros y su extraño afilador de lápìces, que nos hicieron sentir afinidad con el viejo escritor. Y el timbre artesanal de la puerta, con sus esquilones, su larga cuerda y su música, nos hizo recordar costumbres pasadas.

La exquisita arquitectura del Castillo de la Luz, baluarte defensor, que se ha sabido reconstruir tan inteligentemente y en donde las esculturas de Martín Chirino (tan graves, tan aéreas) casan extrañamente a la perfección con los gruesos muros.

El feliz hallazgo, en una mesa aparte en el desayuno del Hotel, de exquisiteces del país: rodajas finas de queso de Fuerteventura, un bol de cristal con chorizo de Teror, frascos pequeños de mermelada de higos picos, suspiros de Moya, crujientes y deliciosos (me comí dos)...

El disfrute del humor canarión (siempre me ha gustado oírlos hablar, hasta cuando lo hacen en serio): las explicaciones de un taxista sobre sus desgracias al conducir por La Isleta; o un rato de chistes tomando un café en la Plaza de Santa Catalina; o las estatuas que salpican la ciudad (Lolita Plumas, la Loreto o el pescador, agachado y descamando el pescado), síntomas de un pueblo con buen sentido del humor y buen sentido común.

Los regalos generosos que nos han hecho: libros sobre Gran Canaria, sobre Galdós y sobre Chirino, una agenda de las que me gustan, con hojas blancas y tapas duras y bonitas, un llavero... Y lo mejor, la compañía de los miembros del grupo que viven allí y los guías de lujo que tuvimos en las visitas. Gracias a todos ellos.

Y sobre todo, la magia de un momento único. Cuando subimos por la tarde con el cronista oficial de la ciudad a la azotea del Ayuntamiento, las campanas de Vegueta se pusieron a repicar. Hasta a él lo sorprendieron ¿Tal vez era porque al día siguiente era la fiesta de la Virgen del Rosario o porque en esos momentos se estaban reuniendo grupos floklóricos de toda España (los vimos pasar después muy tiesos y engalanados)? ¿O era por nosotros, visitantes cercanos y familiares? Quisimos verlo como una bienvenida cariñosa de la ciudad, la celebración de que estábamos allí disfrutando y aprendiendo cómo nació y ha crecido Las Palmas, esta ciudad grande y cosmopolita, abierta al viento y al mar:
Barrio de Vegueta, 
barrio donde nací, 
Torre de la Audiencia
de San Agustín.
Las más alegres campanas
de nuestra Catedral,
donde la Plaza Santa Ana
al aire se echó a volar.
Al mar. al mar.
repican, repican al mar...
(canción de Los Sabandeños)

El grupo con los perros de bronce de la Plaza de Santa Ana. Foto de Carlos García.


Playa de Las Canteras por la mañana (Foto Charo Borges) 

Escultura de Martín Chirino en el Castillo de la Luz (Foto Charo Borges)

Despacho de Pérez Galdós

Cuadro marino de Antonio Padrón. En él, el rayo verde.


Balcón de casa modernista en Vegueta. 

lunes, 1 de octubre de 2018

El estefanote




A la puerta de casa hay plantado desde hace más de 30 años un estefanote. No sé si conocen esta planta. Tiene una hojas verdes y lustrosas, unas semillas que parecen aguacates de lo grandes que son y unas flores pequeñas y blancas como cálices, con un perfume elegante y suave parecido al jazmín. De hecho, otro de sus nombres es "jazmín de Madagascar" por el sitio del que procede, la isla de los lémures y camaleones, allá por el Océano Índico. Cada vez que entro o salgo de casa el olor del estefanote entra y sale conmigo.

Esta semana me he ido unos días a Madrid para asistir a la jubilación de mi amiga Ana, mi compañera de habitación y de correrías en aquellos años de Colegio Mayor. Como siempre, Madrid es para mí ese lugar cercano y familiar que pareces conocer como la palma de la mano y que nunca se termina de conocer del todo.

Madrid son las gentes en el Metro, soñolientas por la mañana y cansadas del trabajo por la tarde, a los que les sube la sonrisa a los ojos al oír allí mismo un acordeón tocando "Allá en el Rancho grande...".

Madrid es la entrada de los niños al colegio, con sus carreras cuando les abren la puerta y sus voces infantiles que llegan hasta la ventana desde la que los veo.

Madrid es ir viendo a ritmo de guagua, desde Vicálvaro donde me quedo siempre en la casa de mi hija, los barrios periféricos, que siguen conservando el aire de los pueblitos que fueron, con su plaza principal, su fuente de la pila y sus viejos jugando a las cartas.

Madrid son los edificios de ladrillo rojo con balcones de forja. Es la Puerta de Alcalá y la Cibeles y las obras eternas en la Gran Vía.

Madrid es poder asistir a un debate -interesantísimo- sobre el futuro de la Universidad en el que participaron el Rector, 4 ex-rectores y un ex-ministro.

Madrid es la posibilidad de elegir una obra de teatro con gancho.

Madrid son los churros del desayuno por la mañana en la cafetería de la esquina, donde ya nos conocen.

Madrid es el reencuentro feliz con los amigos de siempre -Ana y Serra, Esperanza y Mane, Viti, Floren, Pili y Pablo...- en torno a una buena comida.

Madrid es caminar -¡Cómo se camina en Madrid!- sin rumbo fijo, disfrutando del ambiente y de los detalles.

Y luego, de repente, nos llama el aroma del estefanote. Y en un pispás te ves en el aeropuerto, y en el avión, y en el coche que nos va a recibir -¡benditos Chari y Miguel!- y en la puerta de casa ante las flores pequeñas y blancas como cálices. 

El perfume del hogar.




lunes, 24 de septiembre de 2018

7 libros para 7 amores

En Facebook han puesto la semana pasada un reto para animar a la lectura que decía tal que así:
"Primer (o 2º, o 3º...) día del reto para animar a la lectura al que me ha invitado X. Comparto este libro, sin críticas ni comentarios, y animo a mi amigo Y para que comparta durante una semana 7 libros que hayan sido importantes para él (o ella)". Y luego, debajo ponía la portada de un libro.

Me ha parecido bien, la verdad, porque te lleva a acordarte de momentos placenteros. Es un reto que ha ido pasando de amigo en amigo (Agustín, Melchor, Juancho, Santi...) y ha llegado a mí a través de Domingo García Verano que es quien me invitó a enfrentarlo. Y ¡claro que acepto! Si los libros son mi pasión y me he pasado media vida , más de 30 años, llevando una biblioteca escolar y animando a la lectura, ¿cómo no voy a responder a un reto literario? Pero, si mi amigo Mingo me lo permite, lo hago en este post que abarca también una semana y así los 7 días pedidos aparecen juntos. Y otra licencia que me permito es que un comentario, aunque sea pequeño, sí habrá -¡buena soy yo para callarme!-, aunque sea para pensar por qué ha sido importante para mí. Así que ahí van (por orden alfabético de apellidos, como corresponde a alguien que se ha dedicado a ordenarlos):

Primer día, lunes 24 de septiembre: "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen.
Fue importante para mí descubrir que puede haber historias de amor llenas de sensibilidad sin ser sensibleras y que ser una autora romántica no quita para tener una mirada irónica y crítica sobre la sociedad de su tiempo. Por algo es una de las grandes de la literatura inglesa:




2º día, martes 25 de septiembre: "Autobiografía" de Agatha Christie.
Es una delicia de libro que me animó a escribir este blog. Toda vida tiene momentos oscuros pero, a pesar de ello, la autora (Agatha Miller, Agatha Christie, Agatha Mallowan) transmite una alegría de vivir contagiosa.




Tercer día, miércoles 26 de septiembre: "Crónica de una muerte anunciada" de Gabriel García Márquez.
Me enseñó que, si existe la reencarnación, para la próxima me pediré escribir como él ¡Qué dominio de los tiempos, del lenguaje, de la intriga, de los personajes...! Absolutamente genial.




4º día, jueves 27 de septiembre: "Las mil y una noches"
Me abrió la mente a un mundo voluptuoso y sensual, el oriental, totalmente distinto al mío. Es el mundo de las leyendas y cuentos, de los lugares lejanos, brillantes y coloridos, por los que pasan caravanas de hombres misteriosos, de los mitos... Después de leerlo, cambia la mirada que se tiene sobre la realidad.




5º día, viernes 28 de septiembre: "La isla del tesoro" de Robert Louis Stevenson.
Fue el anzuelo que me enganchó a la literatura para siempre, la llave que abrió la puerta de la aventura, la botella de ron - ¡ho, ho, ho! - que me embriagó. Él fue el primero.




6º día, sábado 29 de septiembre: "El Señor de los Anillos" de J.R. Tolkien.
El más leído (hasta 12 veces) ¿Por qué me gusta tanto? Creo que porque ahonda en la música del lenguaje y en historias del principio del mundo, cuando todo era nuevo. Cada vez que lo vuelvo a leer atesoro hallazgos.




Y 7º día, domingo 30 de septiembre: "Dejádselo a Psmith" de P.G. Wodehouse.
La novela antidepre por excelencia, con ese fino humor inglés que tanto me gusta. Me arranca carcajadas y solo por eso ya ha sido importante. Aunque esté tan baqueteadita. (es de 1944)




¿Son las mejores entre las que he leído (de 7 a 9 cada mes)? Una vez hice para un Suplemento Cultural una selección de 10 y eran otras novelas. Técnicamente claro que hay mejores y son muchísimas las que me han emocionado. Pero elegí estas 7 porque son novelas leídas y releídas, citadas, subrayadas, manoseadas... y, a veces, en los momentos chungos, su tacto y su cercanía me han ayudado. No las expurgaría nunca jamás de mi biblioteca. Son viejas amigas.

¿Y ahora, qué? Tengo que animar a alguien a que haga lo mismo. Pero mejor los invito a todos ustedes a buscar entre todos los leídos los libros amables y amados, los libros cómplices, aquellos que solo con acariciar los lomos y abrirlos anticipan ya un placer conocido y familiar. Y cuéntenmelo aquí, incluso con el comentario de por qué fue importante. No hay nada mejor que una pasión compartida.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Los tiempos del templero




Acabo de leer una novela policiaca (no digo cuál es para que no me acusen de eso que ahora se llama "spoiler" y que en mis tiempos era "chafar el final") en la que una mujer muere envenenada por ahorradora. Antes hay un señor al que envenenan y su hermana recoge todas sus pertenencias para aprovecharlas, entre ellas la pasta de dientes, ¡no va a tirarla casi llena!. Y mira tú por dónde, ahí es donde el asesino había puesto el veneno (nicotina) inyectándolo con una aguja fina. Así que cuando ella se lava los dientes, muere también. En la novela todos dicen: "¡Le está bien empleado por roñosa!". Pero yo digo que nosotros, los de mi generación, también la hubiéramos palmado. A nadie se le ocurre tirar la pasta de dientes a la mitad. Es más, la solemos exprimir tanto que la dejamos boqueando.

Y es que para nosotros, los que vivimos una posguerra, el derroche era pecado mortal. Lo de dejar comida era tan impensable que los platos quedaban relucientes como salidos de un lavaplatos; las botellas se reciclaban y se devolvían vacías a las tiendas; teníamos bolsas de tela para ir a la compra y todavía conservo las del pan, bordadas en casa como corresponde a las mujeres palmeras; los botes de mermelada se lavaban y se usaban otra y otra y otra vez; las medias se llevaban a coger los puntos cuando tenían una carrera (tirar unas medias ¡qué disparate!); las camisetas rotas se tornaban trapos del polvo... Tengo hasta un libro del año de la pera titulado "Las sobras. Las 125 mejores recetas para prepararlas", del que hoy dudo que haya una editorial que ose publicarlo. Antes se aprovechaba todo  y las verdaderas sobras (las sobras de las sobras) se ponían en un cacharro para que las recogiera un chico que iba por las casas a por "la comida del cochino".

Y es más: aunque mucha gente no lo sabe, nosotros pertenecimos a la época del templero. El templero es, según el "Tesoro lexicográfico del español en Canarias", un rabo de cerdo con un poco de tocino adherido que sirve para templar, para darle sustancia a un potaje o un caldo que sin él no sabría a nada. Para eso le ponen una cuerda por un extremo y lo meten en la olla donde lo tienen unos minutos. Yo no conocí nunca esa actividad tan pintoresca, pero mis amigas de La Gomera me aseguraron que, cuando niñas, eso era así en los pueblos de la isla. "M'hija, vete a pedirle a Agustina que te preste el templero". Y el templero, que era un bien familiar como cualquier otro, que se guardaba colgado en las cocinas y que hasta se heredaba y todo, iba pasando de casa en casa engañando el hambre de la gente pobre.

Y luego, con el tiempo, nos volvimos ricos y empezamos a derrochar y a tirar alimentos, ropas o muebles que ya no queríamos, y a llenar el mar de plásticos y los montes, de basura y los niños a volverse caprichosos con las comidas...

Sophie Kinsella tiene una serie de libros con una compradora compulsiva ("Shopaholic") como protagonista. Compra cosas que no necesita, se encandila ante las rebajas y los escaparates atractivos, se vuelve loca por los zapatos y, si alguno le hace tilín, se compra otro par igual de otro color. En uno de los libros le sale una hermanastra a la que no conocía y que es todo lo contrario a ella, una persona austera y frugal. Por ejemplo, cuando se van a tomar un café, Becky (la derrochona) le propone a Jess (la austera) que vayan a una cafetería preciosa con mesas de mármol y se pidan un capuchino. Jess le dice que las cafeterías son carísimas, que sus márgenes de beneficio son vergonzosos y que mejor se sienten en un banco del paseo, que ella tiene un termo (de 2ª mano) con café del frugal, hecho usando los posos dos veces. Sabe un poco peor pero se ahorra muchísimo.

¿Entonces, qué? ¿Nosotros debemos ser como Becky, que disfruta de la vida aunque a veces esté en números rojos? ¿O como Jess, que sabe lo que vale un peine y que por eso no se gasta los peniques sin más ni más?

Como siempre, hay que acudir a los clásicos y a Aristóteles en particular: él y su término medio. O como dice mi amiga Conchi, "ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre". Celebremos la nueva conciencia ecológica que busca proteger el medio ambiente y volver a reciclar dentro de un orden. Pero lo que hay que tener muy, muy claro es que nunca jamás vuelvan los tiempos en que alguien tenga que pedirle un templero a su vecina para que la sopa sepa a algo lejanamente parecido a la carne. Y que nada nos impida disfrutar de un buen café no frugal.

Sean felices.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Por un clavo...




En mi Enciclopedia de Ingreso (un libro del que todavía me parece asombroso que lo estudiáramos con 9 años) fue donde primero leí esa canción popular inglesa que dice:
Por un clavo se perdió una herradura.
Por una herradura se perdió un caballo.
Por un caballo se perdió un caballero.
Por un caballero se perdió una batalla.
Por una batalla se perdió un reino.
Y todo fue por un clavo de una herradura.

Después he leído que esto puede referirse a Ricardo III cuando, desmontado de su caballo y rodeado de enemigos por todas partes, gritó aquello de :"¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!". Pero también cuentan que Felipe IV de Francia, "El Hermoso", después de conquistar Flandes, dejó al incompetente de Chatillon al mando de la parte oriental y que este, como entonces no había wasap ni teléfonos, mandó un recadito con un mensajero a su colega de la zona occidental proponiéndole putaditas para hacerles a los sufridos ciudadanos. Al mensajero por un clavo de la herradura le falló el caballo, lo cogieron los flamencos, leyeron el mensaje, montaron en cólera y por ahí se perdió Flandes. Sea lo que sea, el sentido es claro: no menosprecies los detalles.

A mí la cancioncita me parecía en mis años infantiles una exageración. Pero ahora he comprendido que es la verdad de la vida. Me he ido encontrando a cada paso con historias en las que un detalle, una bobería quizás, desencadena un alud inesperado o cambia una vida para siempre. Unos botones de muestra:

Por un selfie... En el concurso de Miss Universo del año pasado, Miss Irak se hizo un selfie con Miss Israel. Se cayeron muy bien, les pareció un recuerdo estupendo y una imagen para demostrar que no pasa nada, que es posible una sonrisa en paz... y Miss Irak recibió amenazas de muerte, de esas que dan miedo, y su familia se tuvo que marchar de su país.

Por un racimo... Mi amiga Elena tiene un parral a la puerta de su casa al que mima como a la niña de sus ojos. Un día que lo estaba recortando, lustrando y lo que quiera que se le hace a los parrales, pasó por allí el típico chico malote del barrio: drogata, hosco, antipático... No se trataba con nadie. Elena, que es muy de repentes, le ofreció un racimo de aquellas uvas doradas y apetitosas y él lo rechazó con un gesto de la cabeza. Pero al cabo de unos pasos volvió atrás y le dijo: "Bueno, dame uno para mi abuelo". Elena le dio dos. A partir de ese momento, y aunque parezca una película de esas de buenitos, el chico cambió. Con ella, con el barrio y consigo mismo.

Por un plato de pollo al curry... Eso fue lo que hizo que la Reina Victoria de Inglaterra, después de probarlo y chuparse los dedos, distinguiera al sirviente hindú que se lo cocinó, Abdul Karim, con su amistad, con sus regalos y con sus confidencias. Y eso durante 13 años hasta que ella murió. Toda la aristocracia inglesa y la familia real se subía por las paredes y, nada más morir la reina, lo mandaron para la India, pero ¡que le quiten lo bailado a Abdul Karim!

Por un acento... La historia es de un chico que se apellidaba Becaud, como el cantante. Como su familia llevaba siglos en España, el apellido se españolizó y ellos lo acentuaban en la "a": Becáud. Pero el profesor de francés del chico se empeñó en que iba sin acento y siempre lo llamaba Becó. Como el alumno siguió erre que erre con el acento, lo suspendió. Y esa fue la causa de que abandonara los estudios y se pusiera a trabajar en una ferretería familiar. Una carrera o una vocación, a la porra por un acento.

Por un fósforo... Como demuestra aquella lápida que decía: "Aquí yace Juan García, quien, con un fósforo un día, fue a ver si gas había... Y había.".

Podríamos seguir hablando de más casos. "Por los pies cansados" de Rosa Parks o "por una manzana" en los casos de Eva y de Newton, o "por un hongo" en lo de la penicilina... Pero seguro que ustedes tienen mil casos en el día a día. Para bien o para mal las pequeñeces dominan el mundo y hasta los científicos han caído en la cuenta de que cualquier acción u omisión, por pequeño que sea, es capaz de alterar todo, a corto, medio o largo plazo. Llaman a esto la teoría del caos. Así que ya saben, ojo al detalle, estén atentos a cualquier cosita, sea la que sea. Yo, por ejemplo, en este momento estoy viendo el aleteo de una mariposa...

Por el aleteo de una mariposa...

lunes, 3 de septiembre de 2018

Un amigo genial




Hoy pensaba hablar de otro tema, pero a veces la vida te empuja en otro sentido y aquí me tienen hablando de Álvaro, un amigo genial.

De Álvaro, uno de mis amigos más antiguos, he hablado varias veces en este blog: en un escrito sobre los fuegos del Cristo, en el que puse un cartel ganador de ese año hecho por él, un pintor excelente; en otro post -"Si a tu ventana llega una paloma...", sobre aquella vez que, antes de los drones, él ideó un "dron-viviente", una paloma mensajera a la que acopló un arnés con una minicámara de vídeo para grabar su ciudad, su huerta y su casa a vista de paloma; o en aquel "No nos queda nada" sobre un foto-montaje que hizo y en la que se veía al Álvaro adulto acariciando con un mucho de ternura la cabeza de un bebé (el propio Álvaro de meses). Ese post nos sirvió para filosofar sobre este recorrido que es la vida y para comentar él que no hubiera cambiado casi nada de la suya.

Y es que Álvaro es de verdad genial: no solo es que sea doctor en químicas o también licenciado en Bellas Artes. Es que además construye e inventa aparatos, pinta y esculpe muy bien, escribe coplas, hace fotografías preciosas... ¡Hasta les hace magia a sus nietas! Es un espíritu curioso e investigador que no para hasta que descubre de qué va una cosa. Y lo mejor de todo, es de lo más detallista del mundo. Como mi marido y él comparten pasión por las palomas, un día le pintó un cuadro precioso con 2 cabezas de paloma, que es lo primero que ven todos los que entran en mi casa; como homenaje al blog, me hizo una "Jane", una palabra blanca en tres dimensiones, que tengo en la librería de mis libros preferidos; de vez en cuando, nos hace un postre de café que sabe que nos encanta, uno de esos postres canarios que borda como nadie; y como sabe que me gustan las adivinanzas lógicas, en cuanto encuentra una, me la manda para ver quién primero encuentra la solución (generalmente él). No hay vez que no le haya preguntado una duda técnica o científica que no me la haya resuelto ¡retos a él!. Y no hay persona que no lo quiera. Ha derramado amor, no solo sobre su familia sino también sobre todos los que hemos tenido la suerte de ser sus amigos.

Y ahora me dicen que, en estos últimos días de agosto, como si fuera un sol de verano, se ha marchado para siempre. Pero no es verdad. Las personas que, como él, iluminan la vida de todos los que lo conocen no se van nunca. Y si no me creen, oigan la voz de los poetas, que intuyen la verdad en el fondo de las cosas. Eloy Sánchez Rosillo tiene un poema, "Luz que nunca se extingue", del que les copio un fragmento:

Tu error está en creer que la luz se termina.
Al cabo de los años he llegado a saber
que en la naturaleza del milagro
se funden lo fugaz y lo perenne.
Tras su apariencia efímera
el relámpago sigue viviendo en quien lo vio.
Porque su luz transforma y ya no eres
el hombre aquel que fuiste antes de que en tus ojos, 
de que en el fondo oscuro de tu ser fulgurase.
No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya.
Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre.
Mira dentro de ti, 
con esperanza, sin melancolía.
No conoce la muerte la luz del corazón.
Contigo vivirá mientras tú seas:
no en el recuerdo, sino en tu presente,
en el día continuo del sueño de tu vida.

¡Qué afortunados somos los que hemos compartido parte de nuestra vida con Álvaro! Hoy celebro el tiempo que nos regaló, su mirada inteligente y bondadosa, su sentido del humor, su gran generosidad... El poeta tiene razón. Con nosotros vivirá mientras vivamos, no solo en el recuerdo, sino en el presente, en el día continuo del sueño de la vida.



Foto repetida de Álvaro  del post "No nos queda nada"

lunes, 27 de agosto de 2018

10 años de blog: ¡Y van 500!




Hoy escribo mi post nº 500, después de 10 años desde que empecé el blog. Y parece que, cuando una llega a estas alturas, es obligado hacer un parón y decir algo parecido a de dónde vengo y a dónde voy. ¡10 años ya! Suena como un momento importante. Pitágoras decía que el 10 era el número perfecto (porque era la suma del 1+2+3+4, no se crean que por otra cosa). 10 son los mandamientos y todos los decálogos que se han hecho después; 10, los dedos de la mano, que nos enseñaron a contar y sentaron las bases de las matemáticas; 10, los años que hace que me jubilé, la década prodigiosa que me dio ocasión para un día sentarme y empezar a escribir uno, dos, tres... hasta 500 escritos. Aquí estoy, como decía José Hierro, "así, incansablemente, hila que te hila".

¿Por qué escribo? ¿Por qué hay tanta gente que cuenta su vida alegremente sin cortarse un pelo en blogs, diarios, memorias y autobiografías? Agatha Christie se pasó 15 años, de los 60 a los 75, escribiendo la suya -"Autobiografía"-, una delicia de libro, una de mis obras preferidas del género biográfico. Nos dice: "Me parece que la vida se divide en tres partes: el presente absorbente, por lo general feliz, y que vuela con velocidad fatal; el futuro oscuro e incierto, para el que se pueden planear muchas cosas, cuanto más extrañas mejor; no se realizarán, pero resulta divertido;  en tercer lugar, el pasado, los recuerdos y realidades que son la base del presente, evocados de pronto por un olor, la forma de una colina, una canción antigua o cualquier trivialidad que nos hace decir: "Recuerdo que..." con un placer peculiar bastante inexplicable". Así que a lo mejor se remueven recuerdos y se comparten por lo que ella dice, por ese "placer peculiar bastante inexplicable". Desde siempre a la humanidad le ha gustado contar sus cuitas y avatares, desde todos los abuelos Cebolleta que en el mundo han sido, ellos y sus batallitas, hasta esta humilde bloguera que muy pocas semanas ha dejado de escribir.

Hoy, pues, que es un momento de parada y fonda, reflexiono sobre lo hecho y, para celebrar los 10 años, busco, como quien espiga, 10 curiosidades del blog:

1. La portada actual del Blog de una jubilada es la quinta que tiene y me encanta. La estrené el 25 de marzo de 2015 en un post que titulé "Las viejas majaderas". Fue un regalo que me hizo mi hija en un cumpleaños y es un diseño de Virginia Manzano, una estupenda ilustradora a la que siempre agradeceré que me haya puesto un tipito que no tengo desde hace 20 años. Ahí están mis libros, mis cacerolas para hacer comidas con los amigos, mi lechuza filosófica y hasta la paloma de mi palomero particular, posada sobre la "J" de "jubilada". Es genial.

2. Fue un atrevimiento por mi parte liarme la manta a la cabeza y meterme en esto de las redes sin tener ni pajolera idea de informática. Tampoco es que ahora tenga mucha, pero le debo bastante a aquellos que me resolvieron dudas e iluminaron la senda de la perfección. Gracias, Melchor y Mingo, y sobre todo, Ana (mi hija), que han tenido siempre paciencia y resignación. Tengan fe: 10 años más y seré Mark Zuckerberg. Por lo pronto, ya hasta le he escrito una carta ("Querido Mark Suckerberg", 4-10-2011)

3. 500 posts dan para hablar de todo. Mi amiga Milo me dijo una vez que puedo escribir de cualquier cosa, y, señalándome una silla de formica -estábamos en un guachinche mandándonos, como es preceptivo, un buen conejo en salmorejo-, me dijo: "¡Hasta serías capaz de escribir sobre la formica!". Y de formica hablé en el post del 25 de marzo de 2013, "Tocar madera", igual que he hablado de papas, de momias, de los tuppers, del día del eclipse, de las cosas que tenemos en los bolsillos, de historias de Los Sauces y de todo lo divino y humano. No sé de dónde saco tanto rollo.

4. Hasta me atreví a hacer una poesía, pequeña, eso sí, una estrofa de 4 versos, que no aspira a pasar a formar parte de las "Mil mejores poesías de la lengua castellana", pero que por mí no quede. Lo hice en el post "Espacios de pachorra" el 1 de diciembre de 2009. Ahí va:
"Y a mí, en este momento que vivo sosegada,
me gustaría ver la calma de otros tiempos:
dibujar en las nubes, captar una mirada,
recuperar espacios, tomar el pulso al viento".
A fray Luis de León seguro que le hubiera gustado.

5. Una sorpresa en los primeros posts que hice, "Cuando la tuna te dé serenatas", el 4 de noviembre de 2008. Hablé de un primer amor al que no veía desde hacía más de 40 años y, casualidades de la vida, él lo leyó. Yo contaba que él me había pedido que le bordara una cinta para su capa de tuno y que yo (que no sé coser sino botones y menos sé bordar) le pedí a un primo que me la dibujara. Con toda la razón del mundo me contestó: "Caí en la cuenta de que entre aquellas cintas que guardé con tanto cariño, no estaba el trocito de corazón de mi amiga sino el de ¡¡su primo!! ¡Qué desilusión!". ¿Ven lo que pasa por contarlo todo?

6. Todavía no me persiguen para firmar autógrafos ni me han pedido que ponga mis huellas en el Paseo de la Fama de Hollywood, pero me han entrevistado en la radio y en la tele, y he participado en estudios de la Universidad de Barcelona sobre blogueros mayores y como jurado en un concurso en Madrid patrocinado por Philips sobre "Mayores activos e independientes". En este último lo pasé estupendo y conté la experiencia en "Soy una anciana", el 17 de diciembre de 2012.

7. Arturo Maccanti dijo: "Una mano que escribe / construye un laberinto / para los otros siempre". Y eso es lo mejor del Blog, los otros. Gracias al blog, he tenido y tengo un montón de amigos virtuales, algunos de los cuales he conocido y se han convertido en reales: Mónica, Loque, Pilar, Rosa María, Agroteide, Dorotea, Carmen Paz, Antonio... se han vuelto nombres familiares con los que he compartido ideas y experiencias. Que alguien de Argentina o Venezuela comente algo sobre la marcha llena de asombro a alguien que, como yo, vivió a base de cartas de pascuas a ramos. Hasta los rusos han participado en el blog: lo conté en "Desde Rusia con amor" el 1 de agosto de 2016.

8. Y gracias al blog, he seguido en contacto con amigos y alumnos que de otro modo tal vez hubiera perdido por esos distintos caminos que toma la vida. De ellos he hablado en muchísimos escritos -por ejemplo en "Los amigos que nunca existieron" el 24 de noviembre de 2009- y algunos, como Cehachebé, me han acompañado, compartiendo el post y poniendo sus "me gusta", desde el mismo principio. Benditos sean.

9. Woody Allen y una de sus salidas: "He hecho un curso de lectura rápida y he leído "Guerra y paz" en veinte minutos. Habla de Rusia". Siempre les digo a todos los que me han pedido que les mande el post cada semana que no es obligatorio leerlo, faltaría más. Pero si le echan una mirada por encima verán que, entre todo la variedad de la que hablo, hay un tema común de fondo: la alegría de vivir. la buena vida. Todos pasamos por momentos amargos (en estos 10 años, la pérdida de uno de mis primos preferidos fue el momento peor), pero el hecho de vivir es grandioso. De ello hablé el 28 de agosto de 2017, en un post que titulé precisamente "La buena vida".

10. Así que al final, de esto va la cosa: de meter la mano en el baúl de los recuerdos, de escarbar aquí y allí, elegir un puñado de ellos y compartirlo con ustedes. Y de disfrutar haciéndolo. Si Dios no lo remedia, aquí me tendrán 10 años más. Gracias infinitas por estar ahí.


lunes, 20 de agosto de 2018

Una carta para Julia




Ustedes dirán, con toda la razón del mundo, que soy una abuela chocha y que me estoy poniendo pesada con mis nietas y que venga ya. Pero el caso es que mis dos nietas, Eva y Julia, nacieron con 10 años de diferencia en la misma semana de agosto. Así que unos días después de los 15 años de Eva, de los que les hablé la semana pasada, han venido los 5 de Julia.

Pero no se apuren. Si les hablo de ella, no es para que la feliciten ni nada por el estilo. Ella, al contrario que Eva, no se entera de mucho y acepta el mundo tal como viene. No, lo que quería contarles más bien es la tesitura ante la que los niños nos ponen a veces.

Julia lleva una eternidad hablando de su cumpleaños, como si fuera la celebración de un Jubileo Real. "¿Sabes, Aba -así me llama-, cuánto falta para mi cumpleaños en agosto?". Y ponía dos, o tres, o cuatro dedos, según los meses que faltaban. Y cuando le pregunté que qué quería que le regalara, en lugar de lo normal, una muñeca, un cuento o un traje de Rapunzel, va y me dice que quiere que le escriba ¡una carta!. Nada menos que una carta. Los niños siempre me sorprenden.

¿Y ahora qué hago? Igual conserva mi carta toda la vida y la rememora cuando tenga mi edad como "aquella vez que Aba me escribió una carta". Tal vez hasta la encuaderne, como esas flores prensadas de los cuadros antiguos. ¡Qué responsabilidad! ¿Y qué le digo? ¿Debería decirle lo mucho que me gusta su entusiasmo por todo y su risa y lo brillantes que tiene los ojos? ¿O debería darle sabios consejos, tipo San Pablo a los corintios? ¿O me pongo filosófica? Bueno, pienso, tampoco va  a ser la Carta Magna... Así que me armo de valor y empiezo:

Querida Julia: 
Hoy que cumples 5 preciosos años, me gustaría tener la pluma y la facilidad de palabra de los poetas para decirte lo mucho que te quiero. Es más, ya puestos, lo que más me gustaría es copiarlos directamente.
De Pablo Neruda, te traería un poema que siempre que lo leo me recuerda a ti:
"Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos 
y tu boca que tiene la sonrisa del agua..."
De Emeterio Gutiérrez Albelo copiaría los versos que escribió a su hija Carmen Paz cuando ella le hizo una petición parecida a la tuya:
"Tú, que aún tienes la suerte de jugar con muñecas
y hasta ignoras el ogro que tus pasos vigila,
tú, la reina de un breve paraíso de hojaldre,
donde vuelan las hadas, donde ríen las niñas...".
De José Agustín Goytisolo, transcribiría sus "Palabras para Julia", otra niña con tu mismo nombre, a la que le augura que:
"La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor..."
E, igual que yo te digo ahora a ti, también el poeta recomienda:
"Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti 
como ahora pienso...".
Las palabras de los poetas saben llegar al corazón de las gentes y manifestar lo que ven en él. Pero luego he pensado que, después de todo, tú no sabes todavía leer ni escribir sino unas pocas palabras que son importantes para ti ahora: Mamá, Papá, Aba, Toto, Julia... Y que las "cartas" que tú me escribes son muy simples, pero muy expresivas: un corazón rojo con mi nombre y el tuyo o dos figuras de la mano que somos tu abuelo y yo... Por eso te dejo aquí los nombres de los poetas para cuando descubras que la poesía es la manera más directa de hablar de alma a alma. Y hoy solo te mando una carta a la altura de tus ciento y poco centímetros, una carta que entiendas bien y te guste. Esta es mi carta, mi pequeña Julia, mi niña morena y ágil que "eres la delirante juventud de la abeja, la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga".
Con mis deseos de que siempre tengas los ojos brillantes y la risa fácil.







lunes, 13 de agosto de 2018

15 años tiene mi amor


Autorretrato de mi nieta Eva, hecho en el avión. 


A principios de los años 60, cuando una tenía 15 años, esa era una de las canciones que todos sabíamos, cantábamos y bailábamos a ritmo de rock. "15 años tiene mi amoooorrr, le gusta tanto bailar el rooooock...", berreábamos haciendo los coros a Manolo y a Ramón, nuestro Dúo Dinámico, que la habían estrenado en la película "Botón de ancla". Me encantaba. Y sin embargo, no nos identificábamos mucho con ella ¿Nosotras, dulces y tiernas como una flor? ¿Nosotras, chiquillas divinas y colosales? De eso nada, monada, diríamos.

Tampoco es que yo sepa mucho de aquella quinceañera que me contempla desde el fondo de mis recuerdos. Sí, tenía mis amigas (muchas lo siguen siendo); sí, empezaba a estudiar el bachillerato superior (pero ¿sabía lo que quería ser, a qué dedicar mi vida?); sí, me gustaban unos cuantos chicos (mi amiga Cae y yo teníamos grabadas en su escritorio unas cuantas iniciales, tipo la tía Bamba de Les Luthiers); sí, leía un montón (como ahora)... Pero ¿qué pensaba de la vida y del futuro, qué ideas tenía, qué deseaba? ¿Qué era lo que más me gustaba? ¿Tenía ideas claras sobre algo? ¿Me consideraba ya una persona adulta?

En la cultura americana, desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina, los 15 años de una chica se valoran como el paso de niña a mujer y se les hace un fiestón por todo lo alto, como si fuera una especie de rito de iniciación. Las quinceañeras se engalanan, a golpe de lentejuelas y pedrerías, con trajes vaporosos color pastel y tiaras en la cabeza, como si fueran princesas. Y, si pueden, no se escatima en gestos (ni en gastos): una llegada en helicóptero o en limusina blanca, una guardia de honor con espadas en alto recibiéndola, un "book" de fotos que recoja su vida hasta allí, una corte de chicos con esmóquines de colores, un trono envuelto en tul, arcos de flores, un gran banquete, bailes... Una parafernalia excesiva, algo entre la 1ª comunión y la boda, una celebración que enriquece a todos los que se dedican al negocio de la organización de estos eventos y endeuda sin necesidad a los padres. El momento culminante parece ser cuando el padre de la homenajeada le cambia las zapatillas deportivas que ella lleva por zapatos de tacón ¡Tachán, por arte de birlibirloque, he allí una niña, y ahora, he aquí una mujer!

Hoy mi nieta mayor, Eva, cumple los 15 y sé que le daría un patatús de pensar en presentarse vestida de tules y abalorios en una fiesta de esas. No le gusta el Dúo Dinámico (¿El Dúo, qué?), sino Gorillaz y AC/DC. Ha visto muchísimo más mundo del que yo conocía a su edad, sabe lo que quiere hacer en el futuro, domina las redes y el inglés, no le importa aparecer con los labios pintados de verde y las uñas, una de cada color, y ha pedido por su cumple que le hagan dos agujeros más en las orejas, cosa que a mí en aquel entonces no se me hubiera ocurrido ni por asomo ¿Tenemos algo en común, ella, mi yo de entonces y todas las que celebran este año sus 15 años?

Creo que sí. Todas llegamos a un momento en el que, sin ser conscientes de ello, hay ante nosotros muchos caminos que elegir, puertas abiertas que, como en un cuento de Las Mil y una noches, nos pueden conducir a un destino o a otro. En nuestra mente y en nuestra voluntad está el saber elegir bien. Después vendrán los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los que pudimos ser y no fuimos. Pero en ese momento glorioso de los 15 años el mundo y sus posibilidades están abiertos ante  ti y puedes ser cualquier cosa.

Felicidades, mi amor.

lunes, 6 de agosto de 2018

La campana del quinto pino


La campana de Las Vegas

Aunque parezca mentira, hay sitios en la isla que mucha gente de aquí no conoce, sitios fuera de las rutas habituales en los que habita poca gente y se respira silencio y aire puro. El sábado pasado fui a una boda a uno de esos lugares. Está en el sur, cerca de la cumbre, y se llama Las Vegas. Allí hay un puñado de casitas, huertas cercadas por piedras blancas del sur y una ermita con una campana que "sube", amarrada desde hace 2 siglos a un pino que hace de torre. Y la historia de este lugar está unida a la ermita, a la campana que cada vez está más alta, a una danza de varas que no se baila en ningún otro sitio de las islas y a un hombre, venido de fuera, que una vez eligió quedarse a vivir aquí.

¿Por qué vivimos donde vivimos? La mayoría nunca elige sino que se queda allí donde están sus raíces. Hay otros que desgraciadamente lo hacen impulsados por las miserias y la necesidad, buscando un mejor lugar en el que vivir. Y luego están aquellos a los que es la casualidad la que los conduce a un destino que nunca soñaron.

Uno de estos últimos fue Agustín Guimerá i Ramón, un comerciante de El Vendrell (Tarragona) que llegó a Tenerife con su barco en el año 1824. El barco hacía aguas y estaba tan descuajeringado que optó por venderlo con su carga y por quedarse a vivir aquí. Y como era espabilado, pronto prosperó, se trajo a dos sobrinos a trabajar con él, hizo negocios, participó en política... y se compró, aprovechando la desamortización de los bienes eclesiásticos, el terreno de Las Vegas, que entonces pertenecía a las monjas agustinas.

¿Qué lo impulsó a vivir allí? El sitio está en el quinto pino y a él se llegaría entonces tras horas de camino por senderos de cabras. Pero tal vez fueran las vistas hacia el mar infinito o el aire limpio o la paz del lugar. El caso es que de esa decisión quedó una casa que todavía existe (la Casa de los Guimerá), una larga familia (todos los Guimerá de las islas descienden de él, incluido el dramaturgo Ángel Guimerá), una danza que deriva del Baile de Valencianos de El Vendrell y que se baila en las fiestas de Santa Ana en julio, y la campana del barco encallado que él trajo y colgó del pino junto a la ermita y que, desde entonces, anuncia buenas nuevas y convoca en los actos festivos.

Este sitio, escondido en medio de los montes del sur, es el que también eligieron para casarse Alberto y Carmen, los novios de la boda a la que fui el sábado ¿Por qué lo hicieron? No tenían lazos con el lugar (él es de Alicante y ella, de La Laguna); todavía hoy sigue estando en el quinto pino, subiendo y subiendo, más arriba de Chimiche; la carretera es estrecha y en mal estado y los coches que bajan se paran para dejar pasar a los que suben... Alberto me dijo con guasa que eligieron el sitio porque era el más lejano. Pero Carmen me dijo que fue porque los enamoró: las casas son pulcras y cuidadas; la vegetación de pinos, higueras, tabaibas, jaras, tajinastes y escobones son un marco perfecto para ellas; la montaña Guajara se cierne en lo alto y un cielo azul y limpio hace compañía a ese silencio que solo se da en lugares especiales.

Y acertaron. Después de la boda en la ermita, la celebración fue en un viñedo cercano al que fuimos caminando entre las viñas, altas y alineadas como soldados amables. Nos sentamos al anochecer en mesas al aire libre bajo farolillos de colores, tal como si estuviéramos en la Toscana. Y entonces entendí la decisión del comerciante que eligió aquí su hogar, y la de mis novios de casarse en un lugar tan bello. Una noche estrellada, un pueblo sereno, una brisa perfumada por los pinos bajando desde las laderas del Teide y una campana que les anuncia momentos felices son elementos suficientes para elegir este lugar. Aunque esté en el quinto pino.


El pueblito de Las Vegas desde la Ermita

La novia llegando a la Ermita. Sobre ella el pino de la campana




(Los datos históricos sobre Las Vegas están tomados del artículo de Melchor Padilla, "La campana de Las Vegas", en Lo que las piedras cuentan)

lunes, 30 de julio de 2018

Yo confieso




Ahora que han pasado 50 años y creo que ya el delito ha prescrito, yo confieso. Me cuesta hacerlo porque a nosotros nos educaron para no salirnos de los cauces de la ley por nada del mundo, y nada más lejos de mi intención que entrar en la misma bolsa que los Urdangarines, Ratos y demás calaña. Pero el caso es que... Bueno, mejor lo cuento para que lo entiendan. Aunque no sé si lo entenderán bien los que han nacido en la era del móvil, aquellos que, con el teléfono en el bolsillo, les basta un click para hablar con Alaska, Siberia o Tegucigalpa. El móvil ha puesto el mundo entero a nuestro alcance.

Pero hace 50 años llamar por teléfono tenía su enjundia. Los primeros teléfonos públicos llegaron a España a finales de los años 20 y mucho tiempo funcionaron a través de centralitas. Las cabinas se generalizaron en los 60, justo en los años en que salí de casa para ir a estudiar fuera. Para hablar con mi novio, por ejemplo, íbamos los dos una vez a la semana (los sábados, porque no había clase) a la Telefónica, él en Valencia y yo en Madrid a la misma hora y hablábamos, cuando una operadora nos ponía en contacto, 6 minutos y va que chuta. Para hablar con mis padres, igual, otros 6 minutos cuando ellos me llamaban al Colegio Mayor. Las llamadas telefónicas eran un artículo de lujo. A veces, cuando ahorraba lo suficiente, llamaba desde una cabina a casa para sacudirme la añoranza.

Y entonces ocurrió el milagro. Nos llegó a todos el rumor de que había una cabina en la Ciudad Universitaria, al lado de Medicina, en la que por una peseta podías llamar a cualquier parte y pegarte hablando todo el tiempo del mundo ¿Quién podía resistirse a algo así? Allá nos fuimos todos los canarios a hacer cola (porque evidentemente el rumor corrió como la pólvora) y casi todos los días me pasaba por la milagrosa cabina a echar una parrafada con mi madre, con mi abuela, con mis hermanos, con mis primos... Hasta si estaba la vecina por allí tomándose el cafecito con mi madre, le pedía que se pusiera para saludarla. Era una gozada.

Desde entonces les veía un encanto especial a las cabinas. No me extrañaba que Tippi Hedren se refugiara en "Los pájaros" en una de ellas, que Superman se cambiara en ellas para dejar de ser Clark Kent (¿dejaría allí tirados su traje de ejecutivo y sus gafas?), que Audrey Hepburn en "Charada" pidiera ayuda agachada en una de ellas... Me encantaba un chiste bobo -que tuve recortado en mi corcho algún tiempo- en el que se veía a un borrachito en la típica cabina roja londinense con sus letreros encima, mirándolos e informando por teléfono: "Estoy en la esquina de las calles Telephone y Telephone". Las cabinas -ahora objetos extraños y sin sentido- formaban parte de nuestra vida cotidiana y aquella de mis años universitarios, cercana a Medicina, más que ninguna.

La cosa duró un par de meses. Y fue precisamente una compañera mía, muy virtuosa ella (pero que no tenía a nadie lejos), la que se chivó a la Telefónica. "¿Se han enterado? ¡¡¡Hay una cabina desde la que pueden hacerse llamadas gratis!!! ¿Lo sabíais?" -nos decía mientras todos negábamos como san Pedro, poniendo cara de póker- "¡Eso hay que denunciarlo!". Porque era un fraude -nos arengaba muy acalorada en plan mitin-, un robo a una empresa seria, a saber cuánto habrían perdido los pobres accionistas... Éramos precisamente nosotros, los que estudiábamos Ética, los primeros que teníamos que velar por la integridad moral de nuestros universitarios. Creo que hasta llegó a hablar de los valores eternos.

Y unos días después acabó todo: las largas charlas con la familia y mi vida criminal. Sí, mi compañera tenía razón. Éticamente era lo que había que hacer. Pero ¡cómo la odiamos todos!





lunes, 23 de julio de 2018

Justicia para las guaguas




¡Es que no hay derecho! La literatura y el cine se han llenado de historias apasionantes en las que los protagonistas han sido trenes, aviones, coches, barcos y barcas... Que si "Extraños en un tren", que si "Titanic", que si "Tres hombres en una barca", que si "Asesinato en el Orient Exprés"... ¡Hasta los tranvías salen en las canciones ("Santa Marta, Santa Marte tiene tren, pero no tiene tranvía...")! ¿Y las guaguas, qué? ¿Por qué no hay un "Extraños en una guagua", o "70 personas en una guagua", o "¡Viva la Cirila!"? ¿Qué tienen ellos que no tenga la guagua? ¿Por qué James Bond no coge una guagua en lugar de un Aston Martin, por qué?

Porque si es por historias...

En la guagua se viven historias de tensión y aventuras como la que me contó mi amiga Eli. Imagínense, hora punta y la guagua de bote en bote. Una pareja muy mayor, de pie, y un señor que se levanta para dejarles su sitio, y a la vez le dice a un chico de unos 10 años que se levante también. El niño dice, con cara de mataperro, que no y la madre, que está al lado, dice muy orgullosa: "Mi hijo tiene mucha personalidad y cuando dice no es que no". Toda la guagua sigue el trepidante episodio callada y por lo bajo (pero audible) se oye al señor diciendo: "En mis tiempos un zangalote como este se hubiera llevado un guantazo". Mi amiga Eli, que es de genio vivo, espera hasta llegar cerca de su parada y, cuando ya se va a bajar, se vuelve y dice en voz alta: "Pues en los míos la que se hubiera llevado el guantazo hubiera sido la madre". Y se baja, haciendo un mutis precioso.

En la guagua puede haber historias cercanas al asesinato, como aquella vez que cogí la guagua "Santa Cruz-Icod", cuando esta tardaba 2 o 3 horas (iba pasando por todos los pueblos de la carretera vieja y hasta hacía una parada en medio para tomar el cafecito), y nos tocó un chófer testigo de Jehová y que ¡lo juro! nos recitó todos los versículos y capítulos de la Biblia (Viejo y Nuevo Testamento) sin parar, con voz monocorde y gritona, desde que salimos hasta que llegamos. Se mascaba la tragedia en las caras de todos los pasajeros y la cosa no llegó a más porque después de todo somos canarios y porque, cuando a más de uno ya se le estaban yendo las manos a un garrote, llegamos a Icod y salimos escopetados.

En la guagua hay historias costumbristas que todos recordamos ¿En qué otro medio de locomoción se bajaba el cobrador y, mirando puertas delantera y trasera, gritaba: "¡Pepe, suben 4 y bajan 3!" y dando dos golpes en la carrocería, ordenaba: "¡Vámolos!"? Pura estampa canaria.

Y en la guagua se viven historias de amor. Y no cuento la mía, que ya saben ustedes que encontré al amor de mi vida en una guagua, sino que hay muchas más de encuentros y desencuentros. Mi hermana me contó una de cuando estuvo en Noruega. La guía de la excursión, una chica noruega muy agradable, les pidió que se subieran a la guagua. Mi hermana le preguntó que por qué usaba la palabra "guagua" en lugar de autobús, y ella le respondió: "Por dos razones: porque aprendí a hablar español en Canarias, y porque adoro la palabra". Y siguió: "Esa misma petición la hice una vez a un grupo de sudamericanos y uno de ellos, chileno, me hizo la misma pregunta. Me contó que "guagua" en su país significa "niño". Yo le hablé de la palabra canaria "guagua" que procedía de Cuba y que acaso venía de "Wa&Wa Co.In.", la compañía estadounidense que fue la primera en exportar autobuses a Cuba, o de "Waggon", vagón, carruaje...".  Y la guía entonces sonrió de oreja a oreja y dijo: "Y seguimos hablando y una cosa llevó a la otra... Y hoy él se ha mudado a Noruega y es el padre de mi hijo".

Las guaguas nos han llevado de aquí para allá durante toda nuestra vida. En ellas se convive con la gente, se ríe, se cuentan penas al de al lado aunque no lo conozcamos, se ve el mundo desde otra perspectiva ¿Quién no ha vivido o conoce historias de guaguas? ¿Para cuándo una gran novela, un gran poema, una gran película que tenga como telón de fondo a nuestras guaguas? ¡Hagámosles justicia ya!



lunes, 16 de julio de 2018

Hoy es siempre todavía




En aquellos lejanos tiempos de 1º de Filosofía, nuestro profesor Don Emilio Lledó de vez en cuando nos dejaba caer alguna perla para que la probáramos, la saboreáramos y nos la tragáramos. Esta frase de Antonio Machado -"Hoy es siempre todavía" que continuaba con "Toda la vida es ahora"- fue una de ellas y recuerdo como, tan jóvenes (yo tenía 17 años), la analizábamos palabra por palabra -ese hoy, ese siempre, ese todavía... palabras llenas de tiempo-, entendiéndola y haciéndola nuestra para que nos acompañara toda la vida. Es una versión moderna del "carpe diem" clásico, un vivir asumiendo que somos producto del pasado, que nos ha hecho, y del futuro, que nos proyecta, y que el ahora es también nuestro siempre. Estamos aquí y estamos vivos.

La frase se me ha presentado en muchos momentos en los que hay un reto al que la vida te enfrenta y una se para a reflexionar sobre qué demonios hacemos aquí. Y esta semana la recordé cuando conocí a Pilar.

Uno de los regalos del verano (no todo va a ser hacer mermeladas y tumbarnos bajo el sol) es también recibir visitas de quienes, aprovechando las vacaciones, se dejan caer por las islas. Pilar es -o era- una amiga virtual a la que desde hace tiempo seguía como "Mamá en Apuros" en su blog y que por fin se ha convertido en una amiga real. Hemos pasado un día estupendo con ella, su marido y su preciosa hija ("MiniP"), hemos comido junto al mar y no hemos parado de hablar, de viajes, de libros, de nuestras vidas... Y muy poco en realidad del hecho de que hace un año le diagnosticaron  a ella, con 38 años, un cáncer de cuello de útero. Y, sin embargo, fue importante porque en ese periodo Pilar mostró a todos el "hoy es siempre todavía", viviendo cada día intensamente con lo bueno y con lo malo y plasmándolo todo después en un libro, "Mamá en apuros contra el cáncer", en el que nos cuenta su experiencia "porque quizá a alguien que está empezando el camino que yo ya he recorrido le pueda ayudar".

El libro me lo he leído en un pispás de tan ameno que es. Es la historia de una lucha contada con humor, empezando por el nombre dado al tumor (Lo llama Voldemort, "El-que-no-debe-ser-nombrado", el malo de las historias de Harry Potter al que hay que vencer con todas las armas. El capítulo "La primera batalla", en la que la soldado 835697 grita "¡Muere, Voldemort!", es de antología), y terminando por la euforia contagiosa cuando cuenta su primera carrera de 10 minutos después del tratamiento: un minuto corriendo, cuatro caminando, y los otros seis alternando, "controlando que no me emocionara demasiado y fuera a irme de madre con la velocidad. Que me conozco, me caliento, me flipo, y en dos segundos estoy emulando a Usain Bolt". La entiendo porque he sentido lo mismo, esa alegría inmensa que nos llena al superar un problema, como la primera vez que conduje sola y estuve cantando a grito pelado por esa carretera abajo todo el trayecto.

Pero lo importante , más allá de las anécdotas, está en la actitud de Pilar. Aunque confiesa que tiene un punto dramático cual heroína de Jane Austen, cada día que cuenta es sencillo como la vida. Puede haber llanto, risas, susto, nervios, alegría, empatía con el otro, debilidad, valentía, reflexión, esperanza. En cada día hay un siempre. "Vivir es renacer a cada rato. La vida se compone de ciclos que vamos cerrando para abrir ciclos nuevos", dice. Inmediatamente después añade -siempre el humor-: "Que no cunda el pánico. no me he vuelto una escritora de autoayuda, no soy Paulo Coelho ni nada por el estilo". Y tiene razón, no da lecciones de nada. Solo muestra cómo se aprende a vivir.

Hoy es siempre todavía...

PD: El libro "Mamá en apuros frente al cáncer" de Pilar G. Cortés se puede comprar en Amazon aquí y todos los beneficios de él van destinados a la AECC, la Asociación Española contra el Cáncer. Animo a todos a comprarlo: no solo pasas un buen rato leyéndolo sino también ayudas en la lucha contra esta enfermedad.
El diseño de la cubierta es de Carmen Lunnely.

(A Pilar y a su maravillosa familia)



lunes, 9 de julio de 2018

Del Edén a la cocina




La cosa empezó, más o menos como todas, en China hace 5000 años. Pero hay quien dice que no, que fue en el mismísimo Jardín del Edén. Después de todo en la Biblia no se nombra para nada a la manzana: "La mujer vio entonces que el árbol era sabroso para comer, bonito de ver y apetecible para adquirir sabiduría; así que tomó de su fruto y comió; se lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió. Entonces se abrieron sus ojos...". ¿Por qué no podría ser un albaricoque el fruto prohibido? Es más pequeño y tentador que la manzana, y sus amarillos y naranjas son los colores del amanecer del mundo. También es un hecho bastante extraño que los historiadores no se pongan de acuerdo sobre su origen: que si Manchuria, que si Corea, que si Armenia... Palos de ciego para no señalar el Paraíso.

Lo que sí es seguro es que viajó en la Ruta de la Seda. junto con los rubíes de Birmania, el jade de China o las perlas del Golfo Pérsico; y que fueron los romanos (¿quiénes si no?) los que lo extendieron por Europa ¿Se acuerdan de la película de los Monty Python, "La vida de Brian", cuando los judíos disidentes se preguntaban por lo que los romanos les habían dado?: "Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos ¿qué han hecho los romanos por nosotros?". Pues también en sus macutos de soldado, además de todo eso, los romanos traían semillas, plantas y frutos que poblaron nuestros huertos. Así llegó el albaricoque a Andalucía 70 años antes de Cristo. Y mucho después los andaluces, tan pasiantines ellos, lo trajeron a Canarias y a América.

Hasta en un rincón de mi huerto creció un albaricoquero. Pero él, tan tiquismiquis de puro aristocrático ( no hay que olvidar su origen paradisíaco), no se adaptó bien. Afortunadamente, mis amigos María y Sixto han conseguido cultivarlo en las tierras altas de Fasnia y han traído albaricoques a mi mesa, perfumando mi cocina. Los he limpiado, les he quitado la pipa, le he puesto la mitad de su peso en azúcar y, después de burbujear un rato en el caldero, se han convertido en cuatro preciosos tarros de mermelada dorada que brillan como joyas.

Y son joyas. Shakespeare le otorga efectos afrodisíacos en "El sueño de una noche de verano." Confucio enseñaba en un bosque de albaricoqueros, por lo que en China es símbolo de la educación. Y el escritor y filósofo francés Fontenelle atribuyó sus cien años de vida a que su abuela, "una mujer con la cabeza bien sentada que jamás confundía la realidad con las apariencias", le aconsejó siempre comer muchos albaricoques, frescos, secos o en mermelada, "un fruto real, del que deberían hacer buen uso las cabezas de chorlito de nuestro tiempo".

Jugoso y perfumado, el albaricoque ha recorrido un largo camino desde el Árbol de la Ciencia a la humildad de las cocinas. Hagamos caso de los sabios y disfrutemos de este regalo que el radiante verano nos da. 

lunes, 2 de julio de 2018

El verano del espíritu burletero




Este año lo de "hasta el 40 de mayo no te quites el sayo" (sea lo que sea ese sayo que nadie se ha puesto hace siglos y que ni siquiera venden en el "El Corte Inglés") ha habido que pasarlo al 80 de mayo. Pero ¡loado sea el cielo! por fin es verano. Ya he desempolvado sandalias y blusas de manga corta, he guardado edredón y calefacciones y me he bañado ya dos veces en el mar limpísimo de la Playa de la Arena, llena de cuerpos al sol. Hay ya, como pide Leonard Cohen en "Verano ¿cuándo llegarás?", melocotones sobre la mesa, sandías coloradas y el cálido sol arrastrándose a través de la ventana...

Cada verano el que más y el que menos retoma los ritos propios de la estación, y en mi caso hay uno que no falta: cenar en la terraza -mesa con mantel a cuadros y una vela encendida- cara a la puesta de sol y a la aparición de las estrellas. Hay un sosiego distinto en esas noches, en las que no hay vez que no rememoremos otros veranos benditos, otros tiempos de placidez y vacaciones. Y siempre, siempre, recordamos como los mejores los veranos de Bajamar en los años 70.

En ese entonces, entre varios alquilábamos dos bungalows con cuatro apartamentos y un jardín común con césped en el que podíamos soltar tranquilamente a los niños durante el día. Y nos dedicábamos a disfrutar: nos bañábamos, por supuesto, en ese mar inigualable de Bajamar, pero también nos veo haciendo cometas y soltándolas al viento de la tarde, cazando canarios con falsete en las mañanas antes de desayunar, yendo a coger lapas y asándolas con mojo de cilantro recién salidas del mar... Y sobre todo, recuerdo las noches, aquellas noches cuajadas de estrellas en las que nos reuníamos todos a la fresca y hablábamos de lo divino y lo humano, o nos poníamos a cazar estrellas fugaces, o a buscar ovnis, o a reírnos de cualquier cosa, porque éramos jóvenes y estábamos en paz.

Hubo un verano de esos en el que a todo el mundo le dio por jugar a la "ouija". Igual que en los patios de los colegios se dan rachas en que solo se juega al brilé o a las "piedritas" o a los boliches o al hula-hoop o a los cromos,  aquel julio y agosto se dio una fiebre espiritista que nos sentó a todos alrededor de un tablero de "ouija" (artesanal, por supuesto) con un dedo rozando encima de un vaso boca abajo y aprestándonos a interrogar a los espíritus. "¿Estás ahí?" preguntábamos con voz cavernosa, como es preceptivo hacerlo cuando se intima con seres del más allá. Y siempre estaban, claro. Podía contestarnos un espíritu egipcio, o una enfermera victoriana, o uno que luchó con Napoleón, o un indio sioux... El elenco era variado y entretenido, la verdad.

Una noche convinimos en preguntarle algo que ninguno de los demás supiera. Mi hermana preguntó: "¿Cuál es el apellido de mi amiga Lourdes?". La amiga se apellidaba Ramallo y el espíritu puso "Gamallo". Siguió discusión (y risas) acerca de la sabiduría y despistes de los espíritus. Y luego otro preguntó algo más práctico: "¿Qué número de lotería saldrá el siguiente sábado?". El espíritu, que también suponíamos que conocía el futuro (ellos son así), trazó con el vaso el número 14379. Ni qué decir tiene que al día siguiente más de uno hizo una peregrinación buscando el número. Salió sorprendentemente el número 14378 ¿Era un espíritu despistado o nos estaba vacilando? Todavía mi hermana (que entonces acababa de terminar la especialidad de Pediatría y estaba pendiente de destino) preguntó al espíritu que en qué centro le tocaría. La contestación fue que en Adeje, casi lindando con el que en realidad fue, el Valle de San Lorenzo. Decididamente era un espíritu burletero, como decimos aquí.

Cada vez que recuerdo aquel verano de la ouija, me vienen a la memoria las conversaciones después de la cena, con la noche estrellada sobre nosotros o la luna llena rielando en el mar como en una canción de piratas; las preguntas cada vez más estrafalarias que se nos ocurría hacerles a los seres de ultratumba y las dudas sobre si tomarnos en serio o no a esos espíritus tan poco de fiar que, estábamos seguros, en su fuero interno y etéreo estarían partidos de risa.  Pero todo, el vacilón, la puesta en escena, las carcajadas ante preguntas y respuestas, el aire de la noche, formaban parte de la esencia de todos los veranos. "El mar, el campo, el río, las montañas palpitan (...), mientras corren en la noche de estío fugaces las estrellas" (Rafael Alberti)

¡Que el verano les sea tan feliz como los guardados en la memoria!




(A todos los que vivimos aquel verano de la ouija: Chari, Miguel, Marisa, Ovidio, Toni, Javi. Y a Mingo y a Pilo)

(La imagen inicial es "After Van Gogh - Starry Night over the Rhone" de June Hethorn. La imagen final es desde mi terraza)
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