lunes, 11 de junio de 2018

Carta abierta a mi primo Pedro




Querido primo Pedro:

¡Qué alegrón más grande me dio tu nombramiento! Nunca habíamos tenido en la familia a alguien de nuestro apellido como ministro (lejanos quedan ya los tiempos del Conde Duque de Olivares). Y mira que debí haberme imaginado algo por los signos premonitorios: soñaba con el espacio, yo misma he estado últimamente más en las nubes que de costumbre y me leí hace poco "El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo" de David M. Barnett, que precisamente hablaba de alguien como tú, de un hombre que se monta en un cohete y ve la Tierra como tú la viste. Redonda, azul y sin separaciones entre países ¡A muchos mandaría yo a las estrellas para que se percataran de algo tan evidente!

A pesar de lo orgullosa que me siento, no te creas que estoy presumiendo. Yo no soy como aquellos que en tiempos de Felipe se las echaban por apellidarse González. No. Yo no se lo he dicho a casi nadie, sino a mis amigos y conocidos, a mi peluquera, a los de la gasolinera, a la de la frutería (y a los clientes que estaban allí)..., ah, y a un señor y a una señora que pasaban por la calle y a los que tuve a bien anunciarles la buena nueva. Y, a propósito, estoy pensando desempolvar el viejo blasón del apellido Duque. Sí, hombre, ese que tiene tres bandas de oro con armiños de sable y un casco arriba (lo recorté una vez del "Diario de Avisos"). Le podríamos poner, si te parece, un cohete encima del casco para conmemorar tu gesta. Vete pensándolo que el cirio es corto y la procesión es larga.

Tampoco te preocupes porque te vaya a pedir un carguillo. Aunque basándome en nuestro parentesco, sí es verdad que les he prometido a mis amigas que nos invitarás a ver algún Planetario bonito, preferentemente el de París, que ya lo vi una vez y era una gozada tumbarte en el asiento y ver todas aquellas estrellas y constelaciones sobre tu cabeza al alcance de la mano. Ya ves que no soy abusona. Mándame las entradas y los billetes de viaje cuando quieras.

Y eso sí, un consejo te doy: que no se te suba el cargo a la cabeza, que ya sabes que hay muchos a los que les pasa. Oh, yo conozco a uno que es presidente de la Comunidad de Vecinos y ya se cree Napoleón, con eso te digo todo. No, tú recuerda que la palabra "ministro" viene de "minister", "sirviente", y que por tanto vas a estar al servicio nuestro, con humildad y entrega, a ver si haces algo (o si te dejan hacer algo) por esta Ciencia a la que últimamente en España se ha tenido arrinconada y castigada.

Sé que eres lo bastante inteligente para pasar de las críticas (los hay osados). Solo te basta recordar que terminaste la carrera de Ingeniero Aeronáutico con Matrícula de Honor, que te atreviste dos veces a viajar al espacio (con lo que nos cuesta a cualquiera subirnos a un avioncito de nada) después de salir airoso de miles de pruebas, que hablas varios idiomas incluido el ruso con lo difícil que es, que eres una persona siempre comprometida en la defensa de la Ciencia y de la Universidad... ¿Quién mejor que tú para lidiar con lo que te echen?

Así que, querido Pedro, a por ello. Y no olvides el mensaje de tu madre vía Forges: "Jomío, te recuerdes que los cargos los carga el diablo". Te deseo toda la suerte del mundo. 

Tu prima (supongo).

(La imagen es de Tomás Serrano en "La Voz")

lunes, 4 de junio de 2018

Inmortalidad para un sábado


("La Puerta del Cielo", imagen de Adam Ferriss)
Reconozco que pasearse entre momias no es lo que se llama un plan divertido para un sábado por la mañana. Y, sin embargo, me lo pasé estupendo anteayer cuando visité, con unos amigos, "Athanatos", una exposición en el Museo de la Naturaleza y el hombre de Santa Cruz.

Me gustó ese título, esa palabra griega tan bonita, "Athanatos", "Inmortalidad", que desde la misma entrada nos está diciendo que el ser humano no ha vivido tan de espaldas a la muerte como podría parecer sino que siempre ha buscado maneras de permanecer.

Me gustaron las explicaciones científicas sobre las causas que hacen que un cadáver se momifique, sin necesidad de ser por ello un santo varón o una santa monja incorrupta.

Me interesó saber que somos agua en un 70% de nuestro cuerpo y que el agua es la esencia de la vida. Nos la quitan y ya no somos. Me pareció oír a Tales de Mileto desde los celajes: "¡Yo ya lo dije hace 27 siglos y no me hicieron caso!".

Me llamó la atención la buena dentadura de las momias guanches comparándola con egipcias y americanas. Habla de un tipo de vida sana en cuevas frescas y aireadas, de buena alimentación (leche, carne, moluscos...), de niños dejando cáscaras de lapas en las laderas de las montañas...

Y me parecieron curiosos dos casos. Uno, los monjes budistas chinos. Cuando pensaban que ya les había llegado la hora, se automomificaban. Empezaban dejando de beber y comer y al final terminaban metiéndose ellos mismos en el ataúd con una pajita para respirar y una campanita para avisar que todavía estaba vivo ¡No me digan que no es un "hagáselo todo usted mismo" tal cual!

El otro fue la momia de una chica guanche de 15 años. Muy alta, huesos finos. Supimos que era una de las momias de Necochea, como se las llama. Vivieron en el siglo IX d.C. y fueron vendidas ilegalmente en 1890 por los herederos del Museo Casilda de Tacoronte, probablemente a un coleccionista. Aparecieron en el Museo de La Plata en Argentina y después estuvieron en el Museo de Ciencias Naturales de Necochea en la provincia de Buenos Aires. El Cabildo de aquí solicitó su repatriación y finalmente en 2003 las momias regresaron a la isla. Lo curioso es que después de tanto trote, esta venía sin cabeza. Pero como en el museo había muchos cráneos, buscaron, compararon el ADN y ¡la encontraron! Debió haber sido emocionante.

Y mientras paseaba entre momias y esqueletos -ya, ya sé que no es la alegría de la huerta-, pensaba en las vidas de los que ya no son (¿o quizás sí?), en los esfuerzos de quienes los cuidaron y respetaron para que perduraran, en si los seres humanos somos unos idealistas o simplemente ilusos. Recuerdo un texto de Rosa Montero con el que coincido totalmente: "Justamente ese estar abocados a la nada convierte la vida en algo precioso y único. Qué gran triunfo es una vida bien vivida. Y creo que esas vidas bellas quedan de algún modo resonando en la estela de la humanidad. Aunque no nos acordemos de quienes las vivieron, su efecto perdura.".

Algún poso tuvo que haber dejado la visita en los amigos que fuimos porque en la comida posterior, en lugar de hablar del Tema de la semana (el triunfo por primera vez de una "emoción" de censura, la caída de un gobierno, la corrupción, el cambio político...), se habló más bien de sueños premonitorios, de experiencias cercanas a la muerte, de las distintas creencias en el más allá, de las posibilidades de ser eterno. Tal vez, como decía Camus, saber si la vida tiene o no sentido  es el verdadero Tema. 

Esa mañana de sábado nos volvimos filósofos.

(Gracias a Carlos y a Iris por proponer una visita tan sugerente)

lunes, 28 de mayo de 2018

Antártida a la vista





Hay ciudades y pueblos a los que he viajado y que permanecerán para siempre en mi memoria: Monpazier en el Périgord, Bath en Inglaterra, Aix-en Provence, Dublín, Viena, Atenas, Estambul, Estocolmo, Guimaraes en Portugal, Praga, París -siempre París-...

Hay otros a los que espero ir algún día: Teruel y la Ribera Sacra en España, Normandía en Francia, la Toscana, Escocia y sus brumas, tal vez cruzar el charco...

Y hay muchos, muchos otros lugares a los que nunca iré pero que conozco como si hubiera estado allí en un sueño imposible. Uno de esos es la Antártida, el sexto continente, donde nunca me verán.

Y, sin embargo, si pienso en la Antártida, no se me aparece como Terra Incognita. En mi mente tiene montes de roca y de hielo, enormes llanuras blancas habitadas por focas y pingüinos, un mar bravo en el que hay ballenas y olas gigantescas, un cielo tempestuoso que cambia rápidamente y un silencio que tiene su propia voz. He leído y me han contado tanto de ella que es como si la hubiera conocido ¿En otra vida, quizás?

Sobre la piel de la Antártida se han escrito mil historias por parte de aquellos que la amaron y la desafiaron. Como la de Shackleton, que puso un anuncio que decía: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". O como las de Amundsen y Scott, en su duelo por ser el primero en llegar al Polo Sur (y total, ¿para qué?). De todas ellas, a mí la que más me gusta (porque nos toca de cerca a los canarios) es la de su descubrimiento.

Oficialmente la Antártida la descubrieron los ingleses el 16 de octubre de 1819. William Smith se llevó los honores de ser el primero cuyos pies hollaron un continente helado y poco habitable pero nuevo a estrenar. Pero la verdadera historia es otra y a mí me la contó mi amigo Jose Darias, una de las personas que más conocen la Antártida, un científico gomero que cada cierto tiempo -desde que lo conozco, hace más de 30 años- arrancaba la caña y se iba a investigar a aquellos mares procelosos. Se pasaba dos o tres meses estudiando los organismos marinos, conviviendo con algas, corales, esponjas, moluscos y estrellas de mar en aquel paisaje sin color. Solo el gris de cielos y mares, el blanco del desierto helado y desolador y el negro de algunos picachos, producto del deshielo en verano.

Él fue quien me contó que hasta principios del siglo XIX la Antártida no se conocía. Los mares que la separaban del continente eran lo suficientemente terribles como para que nadie se apuntara a un crucero de placer por allí. Pero a 3 barcos españoles -el "San Telmo", el "Mariana" y el Prueba"- no les quedó más remedio que pasar cerca en septiembre de 1819, cuando iban rumbo a Perú en auxilio de los que intentaban contener las insurrecciones coloniales. El que los mandaba a bordo del "San Telmo" se llamaba Rosendo Porlier y era hijo de Antonio Porlier, Marqués de Bajamar y nacido en La Laguna (paisano mío, oigan). Los barcos estaban tan hechos polvo, tan mal pertrechados y en un estado tan lamentable, que Rosendo Porlier se despidió en Cádiz de un amigo diciéndole: "Adiós, Francisquito, probablemente hasta la eternidad...". 

Como era de esperar, el "San Telmo" desapareció de la vista del "Mariana" en el fatídico Cabo de Hornos y probablemente muchos de los 644 tripulantes se ahogaron, pero el resto fue a parar a tierras antárticas, a lo que luego se llamó las Shetlands del Sur. Allí vivieron un tiempo alimentándose de focas. Pero ya saben, estaban en una tierra límite y fueron muriendo de frío y otras carencias.

Mes y medio después aparecen por allí William Smith y sus muchachos y se encuentran el panorama. Saben que los restos son del "San Telmo" y saben que son españoles ¿Qué hacer entonces, con el trabajazo que les ha costado llegar hasta allí y proclamarse los primeros? Callarse la boca, le dicen los de arriba, y llevarse la gloria y la posesión de la tierra para los ingleses. Pero hay cartas sobre ese mandato de silencio y hay otros testigos que cuentan la verdad ¡Buenos somos los humanos para guardar un secreto!

Así que ya saben: el verdadero descubridor de la Antártida fue hijo de un lagunero, nada menos. Fue por chiripa y no sé para qué sirven en realidad esas carreras para llegar el primero y poner la banderita. Pero algo de fascinación tiene que producirnos para que una lagunera como yo se sienta orgullosa de que uno de los nuestros haya sido el que por primera vez pisó el sexto continente. Aunque le haya costado la vida y aunque sea un lugar donde nunca me verán.





(La imagen inicial es del navío "San Telmo", en un grabado de Agustín Berlinguero. La de la Antártida está tomada de un "Muy Interesante"))

lunes, 21 de mayo de 2018

Autocuernos




Hace poco en uno de esos buenos ratos en que nos reunimos unos cuantos amigos con guitarras, timples y toda la pesca y nos ponemos a cantar como si nos fuera la vida en ello, apareció en el repertorio una canción de Cecilia, "El ramito de violetas", que hacía tiempo que no cantábamos. Supongo que la recuerdan. Cuenta la historia de una chica "que era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio" (¿¿eeeh??) y que cada 9 de noviembre "como siempre, sin tarjeta, le mandaban un ramito de violetas", por lo que ella se ponía tan contenta. En la segunda parte de la canción me entero (no me acordaba) de que era el marido el que le mandaba las violetas: "Él es su amante, su amor secreto, y ella que no sabe nada, mira a su marido y luego calla". Cielos, un autocuernos, que me deja preguntándome perpleja: Pero ¿por qué? ¿Por qué, en lugar de darle el ramo de violetas tranquilamente y sumar puntos, se lo envía a escondidas? ¿Por qué quiere que lo sigan mirando como a un demonio? ¿Qué puede ganar con eso?

Y el caso es que el hecho me sonaba conocido y le estuve dando vueltas hasta que hice un descubrimiento sensacional que les brindo por si quieren hacer una tesis sobre el tema: ¡Cecilia había leído a P.G. Wodehouse y le copió la historia! Vean, si no, las pruebas.

P.G. Wodehouse, uno de los mejores humoristas británicos (1881-1975), tiene una novela, "Dieciocho hoyos", que reúne historias muy divertidas sobre el mundo del golf narradas por el Socio Veterano de un club de golf. Una de ellas nos cuenta la historia de William Bates y Jane Packard, una pareja que el Socio Veterano considera perfecta porque tienen el mismo handicap de golf. Pero la verdad es que son muy distintos. Jane es romántica y sensible y de él, en cambio, se dice que "no era  uno de esos impetuosos enamorados actuales. En los asuntos del corazón, se movía con cierta lentitud y cautela, como si fuera un camión, artefacto al que se parecía mucho, tanto física como espiritualmente.". Cuando al fin se casan un siete de septiembre, el Socio Veterano le aconseja al chico que no se olvide de los detalles, como es el felicitarla en el aniversario de bodas y cosas así, que el romanticismo de muchas esposas hace que le den importancia a cosas que a él pueden parecerle triviales. William Bates le responde que no se preocupe, que ha ideado un sistema para no olvidarse: "Ya he encargado a un floricultor que cada año envíe a Jane un ramo de violetas. He pagado cinco años por adelantado. Por consiguiente, ya ve usted si puedo estar seguro del porvenir. Aunque yo me olvide del día, las violetas vendrán a recordármelo.". Lo que ocurre es que, como le importan un pepino esas cosas, se olvida del aniversario y de las violetas. Y ella, cuando las recibe, disgustada porque el marido no ha dicho ni mu, piensa que son de un exnovio que tuvo, las pone en agua y las contempla con ojos humedecidos. Y "mira a su marido y luego calla".

¡Ahí lo tienen, el paralelismo entre Cecilia y P.G Wodehouse! El marido torpón y la esposa romántica, las violetas (no un ramo de anturios o de geranios, no: un ramito de violetas), el día determinado del año para recibirlas, el que ella oculte la alegría, su silencio culpable, la creencia en un amor secreto que en realidad es el propio marido... Igualito, igualito ¡Un autocuernos! Solo que en el caso de P.G. Wodehouse es involuntario y en el de Cecilia, no.

Por si algo así trasciende a la vida real, habría que decir que un autocuernos es una majadería. Que el amor es muchas veces difícil de encontrar y, cuando esto sucede -"cuando este milagro realiza el prodigio de amarse" y "hay campanas de fiesta que cantan en el corazón"-, no es cuestión de hacerse el boicot a uno mismo no siendo sinceros. Ganas me dan de decirles -ya que estamos con canciones- el estribillo de aquella otra antigua de Luis Mariano y Gloria Lasso que decía: "Con el amor no se juega, ¡ay, canastos!, que es mejor".

lunes, 14 de mayo de 2018

Nada nuevo bajo el sol




No es por nada pero a mí me salen estupendas las albóndigas. Pero, aunque puedo presumir de ello (que lo hago), la cosa no es para tirar voladores. Sí, están muy buenas ¿Y qué? Solo cogí la receta de mi madre con una pequeña variante que me gustaba más (cambiarle la fritura de tomate por una de cebolla sola) y poco más. Y eso mismo hace todo aquel al que, como a mí, le gusta cocinar: una friturita por aquí, un chorrito de vino por allá, un manojo de hierbas que tengas en la despensa o en la huerta, y ¡tachaaaaán!, como si fuéramos Juan Tamarit, ahí tienes un conejo en salmorejo para mojar pan y chuparte los dedos después.

Con esto quiero decir que lo de la cocina -con toda la parafernalia de estrellas Michelín, los Master Chef y las redes sociales- se ha sobrevalorado mucho. Y hay quienes no dan sus recetas ni que les saquen la piel a tiras, alegando que son secretos de familia más importantes que las joyas de la corona; y hay quien, por el contrario, las pregona a los cuatro vientos, también como si fueran las joyas de la corona, que a veces parece -por el bombo que le da- que ha descubierto el secreto de la fusión fría. Y tampoco es eso.

Toda esta disquisición gastronómica viene a cuento porque la semana pasada el Gobierno sueco confesó, contrito y cariacontecido,  que sus famosas albóndigas, el plato nacional que sirven en todos los Ikeas del mundo, las mismas que yo comí enfrente del Mercado de pescado de Gotemburgo, en el Cafe du Nord (porque me aseguraron que eran las mejores de toda Suecia), esas mismas, no eran suecas suecas sino producto de una receta copiada a los turcos por el rey Carlos XII en un viaje que hizo a Turquía allá por el principio del siglo XVIII. Ooooooh, y ahí ven a los suecos consternados por tal noticia. "¿Habrá muchas más cosas que son de origen turco?", se pregunta uno, desolado. "Toda mi vida ha sido una mentira", tuitea un tal Johansson con desespero. "Ja, ja, ja ¡Hemos estado comiendo turco todos estos años sin darnos cuenta!", dice otro tomándoselo con humor. Y hay críticas a Ikea "que nos ha engañado" y golpes de pecho y casi una crisis nacional. 

Yo vuelvo a decir: "¿Y qué?" Mis recetas tampoco son mías. Cuando voy a una fiesta y me dicen que "por favor, trae tus maravillosos sandwichs de tomate" o "tu helado de Amaretto", yo sé, porque mis recetas llevan el nombre de quien me las dio, que los primeros figuran en mi cuaderno como "Sandwichs de tomate Pino" y el segundo como "Helado de Amaretto Nani". Y mis amigas Pino y Nani seguro que tampoco se las inventaron sino que otras personas, generosas y desprendidas como ellas, se las dieron también.

Y así es como funciona la cosa desde el principio, desde que ellos se iban a la caza del mamut y ellas, con lo que tenían a mano, guisaban, mezclaban, copiaban. innovaban, transmitían. Todo lo que comemos -lo crudo y lo cocido- ha viajado de un pueblo a otro por todo el mundo. El arroz de la paella, ese plato tan español, vino desde la India gracias a las incursiones de Alejandro Magno; los árabes lo cultivaron y trajeron el azafrán, y los romanos, la paellera. La calabaza, el tomate y las fresas vinieron de América. Y las dichosas albóndigas creo que las inventaron los chinos.

Al final, la verdadera inventora es la madre naturaleza. Y el mejor condimento ¿saben cuál es? El hambre 
¡Que les aproveche!


(La imagen inicial está tomada del Blog de cocina de Sergio Ribote García publicado el 12 de marzo pasado. Corresponde a "Albóndigas de rabo de toro" (yo como los suecos))

lunes, 7 de mayo de 2018

Gorgorito o el eterno retorno





Jamás pensé darle la razón a Nietzsche en su idea del eterno retorno. Ya saben, cuando decía aquello tan impresionante de que nos imagináramos que estamos solos y de repente se nos aparece un demonio que nos suelta, así sin anestesia ni nada: "Esta vida, tal y como ahora la vives y como la has vivido, deberás vivirla aún otra vez e innumerables veces, y no habrá nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, y cada pensamiento, y cada suspiro, y cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión; y así también esta araña y esta luz de luna entre las ramas, y así también este instante y yo mismo ¡El eterno reloj de arena de la existencia se invierte siempre de nuevo y tú con ella, granito de polvo!". Y mira que escribía bien, oye, pero ni por esas, Siempre me daban ganas de decirle: "¡Anda ya!". Y a mis alumnos, igual. Cuando al final del tema le hacíamos un juicio con abogados y fiscales, ni siquiera los primeros hacían una defensa encendida de que todo se repita tal cual. El amor a la vida, sí; la crítica a los valores occidentales, también; hasta el superhombre les parecía una idea que tenía su gracia. Pero sobre la del eterno retorno procuraban pasar de puntillas, como si Nietzsche hubiera dicho tal cosa un día con resaca.

Y sin embargo, esta semana casi me convierto en acérrima seguidora de esa idea peregrina. Y es que bajé a Santa Cruz, que está en plenas fiestas de mayo, y fui con mis nietitos al Parque, que estaba lleno de flores y casetas y gente y primavera. Y ahí en medio y al lado del reloj de flores, estaban los guiñoles eternos, exactamente iguales a cuando yo los iba a ver de pequeña de la mano de mi padre, exactamente igual a cuando llevaba a mis hijos, exactamente igual a cuando hace 10 años llevaba a mis nietos mayores. Allí estaban Gorgorito, Rosalinda, la bruja, el lobo, la estaca, los gritos de los niños avisando del peligro (¿eran mis gritos o los de mi nieta Julia los que se oían?), y el té, chocolate y café del final. Justo igualito, igualito a cómo lo describe Nietzsche. El eterno retorno de lo mismo con todos los detalles, el mismo instante volviendo una y otra vez en un bucle infinito.


Pensé que eran cosas mías, pero mi amigo Juan Antonio también publicó en Facebook que tuvo la misma sensación cuando fue con su nieto a verlos: "... Cerré los ojos y me retrotraje más de sesenta años atrás, cuando salía corriendo del colegio para ver exactamente el mismo espectáculo que hoy estaba viendo mi nieto. Las mismas historias, los mismos personajes, las mismas voces, los mismos estacazos, los mismos niños llamando cándidamente a coro a Gorgorito porque venía la bruja... y la misma canción de Té, chocolate y café". ¿Lo ven? Todos los abuelos jubilados presentes estaban viviendo el eterno retorno.

¡Mira que si de repente Nietzsche tenía razón y nos toca repetir también los momentos malos de la vida, los castigos los sábados en el salón del colegio porque nos cogían hablando en la fila, los exámenes de selectividad, las oposiciones, los cólicos de riñón, los partos, o la vez aquella que, con 15 años, saqué medio cuerpo por la ventana de la guagua para gritarle "¡au revoir!"  a mi amiga francesa y resulta que no me vio ni me oyó...! Si aceptáramos que cada instante se repite igual, si siguiéramos esta idea de Nietzsche que él califica como su pensamiento más profundo, estaríamos aceptando la vida tal como nos viene (¿Cuánto deberías amarte a ti mismo y a tu vida para no desear ya otra cosa que esta última y eterna sanción, este sello?), amándola con todos sus placeres pero también con todas sus majaderías, con los fallos de nuestra sociedad y de nuestros cuerpos, con los enfados porque algo no nos sale como queremos. Amar la vida sabiendo que habrá estacazos pero también momentos felices y que, con suerte, puede terminar (y repetirse eternamente) con algo tan sencillo como una canción. Té, chocolate y café.









lunes, 30 de abril de 2018

Bodas pasadas por agua




No sé por qué la gente que se casa se empeña, además, en que ese día tiene que brillar el sol. Para ello hacen rogativas y novenas, le rezan a San Antonio -que creo que, aparte de encontrar objetos perdidos, también intercede en todo lo relativo a novios y casorios- , y hacen otros intentos curiosos de atraer el buen tiempo, como dibujar el día anterior una cruz con sal o tres soles a cual más grande en un patio, o clavar cuchillos en las macetas, o dormir la novia con unas tijeras debajo de la almohada... Por ahora, lo más efectivo y popular es llevar a las monjas clarisas una docena de huevos que se supone que ellas ofrecen a su vez a Santa Clara (que debe estar tupida a merengues).

Esta semana pasada he ido de boda. Se casaban Jacobo y Sara, a la que conozco casi desde que nació, y toooooda la semana llovió en La Laguna, descrita como ya saben por Rafael Arozarena como "Laguna -madera y losa, romanceras de la lluvia-, la de las torres envueltas en cortinajes de brumas". No sé si Sara usó algunas de las estratagemas que nombré antes, pero lo cierto es que, hiciera lo que hiciera, tuvo éxito porque ese día, viernes, se levantó el cielo despejado y yo que, visto el panorama del jueves anterior, pensaba ir con chanclas, manta esperancera y paraguas, pude lucir palmito con una chaqueta ligera y zapatos descubiertos.

Pero, si hubiera llovido ¿qué más daba? Yo le hubiera dicho a Sara lo de "boda lluviosa, novia dichosa" o "novia mojada, novia afortunada". O que hay un proverbio hindú que dice que el nudo que se moja es más difícil de desatar. O mejor todavía, le hubiera contado lo que les pasó a unos amigos míos que se casaron en Oviedo en Santa María del Naranco. Allí es peor que en La Laguna y ese día -era un 14 de abril- llovió a mares. Cuando salieron de la iglesia y los novios se hacían las típicas fotos, los invitados corrieron desalados hacia los coches y hacia la fiesta que era unos 30 km. más allá. Lo malo es que también se fue con más invitados el coche de los novios y allí se quedaron solos, bajo el aguacero, los novios y el fotógrafo. Para cuando alguien se dio cuenta de que en el banquete faltaban los protagonistas, había transcurrido un rato larguísimo en el que se calaron hasta los huesos, a pesar de que el novio abrigaba a su flamante esposa, vestida con traje vaporoso, con su chaqueta.

Para demostrar que el tiempo es lo de menos y que no influye para nada, mis amigos mojados en los campos de Asturias acaban de cumplir 45 años de casados y, para celebrarlo, nos reunimos con ellos a cenar y a brindar por esos amores cómplices que duran toda una vida. A mí me pidieron que les hiciera un poema y les escribí un romance en el que, entre otras cosas contaba su boda pasada por agua:

"Era un día tormentoso,
la lluvia estaba cayendo
y, sin embargo, para ellos
el sol brillaba contento
pues él la miraba a ella
con pasión, con embeleso
y ella lo miraba a él
como si fuera un portento.
Oh, tan enfrascados estaban
con arrumacos y besos
que todos de allí se fueron
al festín y al picoteo
y ellos mojados quedaron
bajo la lluvia y el viento
¿Qué importa a un enamorado
las inclemencias del tiempo?

En la boda de este viernes pasado, por el contrario, hubo sol y una brisita suave bajando de San Roque que desmentía la mala fama lagunera. Pero eso sí, el elemento acuático estuvo presente porque se celebró en la calle del Agua, en el Gran Hotel Laguna y, por lo menos en mi caso -que ya saben mi condición llorona- hubo lágrimas de emoción cuando oí a los novios darse un "sí, quiero" tan entusiasta y grande como la torre de la catedral. Y la bebida y los brindis por su felicidad futura fueron tan abundantes que alguien habló más bien de boda pasada por vino.

Pero a fin de cuentas, Sara y Jacobo, vuelvo a decir: ¿qué importa a un enamorado las inclemencias del tiempo? Sean felices.


lunes, 23 de abril de 2018

Pañuelos en compañía



Esther es de mis amigas más antiguas. Vivía a pocos metros de mi casa por lo que casi siempre veníamos del colegio juntas contándonos nuestras cuitas y nuestros sueños. Tengo fotos de cuando teníamos unos 16 años, en aquellos tiempos gloriosos de veranos infinitos, un día de playa en Las Teresitas con la pandilla de entonces. Después vinieron mis estudios fuera, las bodas, los hijos, los trabajos en sitios distintos, y luego nos perdimos la pista en años. Y de repente un día, en un viaje a Londres ¿a quién me encuentro en la  guagua de una excursión organizada a Stratford y a Oxford? A mi amiga Esther, con su marido y su hija. Besos, abrazos y ¡qué benditas casualidades se dan en la vida! Fue como si no hubiera pasado el tiempo.

Después ya todo fue muy fácil y hace cerca de 20 años que retomamos los ratos de charla y confidencias, un gintónic al atardecer frente al mar de vez en cuando y eso tan bueno que llamamos amistad.

Casi todos los meses nos reunimos con nuestro grupo de amigas del colegio y hacemos un "tour" (ver una exposición o hacer alguna visita a un lugar interesante...) con una comida posterior en amor y compaña. Ahí está siempre la sonrisa de Esther que, igual que le ha echado coraje a la vida y a todas sus contrariedades, ahora ha sido igual de valiente frente al cáncer. "Es lo que toca", dice sin hacer aspavientos ni verlo como una tragedia. "Pero no me gustaría que se me cayeran las pestañas", puntualiza. Y el cielo parece haberla oído porque sigue igual de guapa con sus preciosos ojos de siempre.

La semana pasada hicimos nuestra acostumbrada fiesta anual en mi casa. Es un día especial en el que todas procuramos asistir, incluso las que viven en otra isla o en la península. Cada una trae un plato rico, hay regalos y sorpresas, Chari nos da un CD con las más de 600 fotos del año, Nievitas reparte exquisiteces palmeras, y algunas traen libros ya leídos para quien los quiera... Sobre todo, hablamos, nos reímos y nos damos cuenta de que un grupo como el nuestro de 24 amigas, tan distintas, que se conocen desde hace más de 60 años, se sustenta especialmente en todo lo compartido, en la confianza, en la tolerancia y en el buen humor.

Este año en el que a Esther ya solo le queda la última sesión de quimio y apareció con su pañuelo en la cabeza, todas sacamos nuestros pañuelos y nos los pusimos también. Y mientras nos reíamos con ella comparándonos con la vieja del visillo, con Lord Byron, con el pirata de la pata de palo, con un motero o con la Bruja Peruja, brindamos por todo lo bueno y dimos por hecho que lo de menos es el pelo o el peinado, y que lo de más es todo lo que la queremos y la admiramos.

Roguemos para que siempre ondeen pañuelos solidarios por todos los que en este momento plantan cara al destino. Incluida mi amiga Esther.

(En la foto, algunas de mis amigas con Esther en la comida del miércoles pasado luciendo pañuelos)

lunes, 16 de abril de 2018

Se atormenta una vecina




Imitando al Anoniman que pone carteles geniales en la Autopista y que hace un tiempo puso este que hoy le he cogido prestado para mi título -"Se atormenta una vecina"-, hoy quiero que hablemos precisamente de vecindades que son un tormento. Y es que de esas las hay de varios tipos.

Está el vecino flamenco, que es el que, viviendo en el piso de encima, taconea todo el día, él, su familia y hasta el gato, al ritmo de soleares y bulerías; está el nómada, al que le da (preferiblemente por las noches), por trasladar muebles de una habitación a otra; el vecino melómano admite variantes, desde el que aporrea el piano a la fan de Mari Trini (ésta me tocó a mí una vez); el vecino plasta es el que te cuenta vida, milagros, enfermedades suyas y de toda su parentela. Tuve una vez uno al que llamábamos El Ohmio porque, si nos descuidábamos y nos cogía en el ascensor, nos endilgaba un curso de electricidad en lo que subíamos 5 pisos; también el vecino investigador, del que hay abundantes ejemplos en la literatura y el cine: James Stewart en "La ventana indiscreta", las amigas de la señorita Marple en las novelas de Agatha Christie, que hasta llevan prismáticos "para ver pájaros", dicen, o las que aparecen en la siempre inquietante Patricia Highsmith... Aunque la realidad supera a la ficción.

Y luego hay otro tipo de vecindades tormentosas: cuando te toca al lado de tu casa una circunstancia desagradable. Por ejemplo, los carnavales, que no te dejan dormir en una semana. O lo que se cuenta en "El adivino" de Astérix y Obélix, en el que el protagonista vive al lado de una fábrica de curtidos en Roma, que debe ser lo más apestoso del mundo. O también lo que le pasaba a mi amiga Cae, que vivía al lado de la Refinería, mañana, tarde y noche con el chacachaca de los motores y el humo de las chimeneas.

Y últimamente, que estoy yendo a recoger una vez por semana a mis nietos al colegio, se me ponen los pelos como escarpias cuando veo el caos en que se convierten las calles vecinas a esas horas. Hay coches hasta en tercera fila, aparcados en garajes y en pasos de peatones, que muchas veces no hay por dónde pasar, y personas que quieren salir de sus casas y no pueden, tocando la pita desesperadas. Parece una película de Buñuel.

¿Comprenden por qué vivo en donde vivo, a pesar de que solo pasan por aquí cinco guaguas al día? Cuando me despierto, oigo el piar de un pájaro en el naranjo, el arrullo de las palomas en el palomar y el viento en los árboles de la huerta.

lunes, 9 de abril de 2018

Compartir o no un buen chismorreo: he ahí la cuestión




Mi amiga Pepa me mandó hace poco un wasap de esos que pululan por las redes. Era una foto en blanco y negro de tres chicas desnudas en la playa, una de las cuales tenía un gran parecido hasta en la postura -hombros ligeramente caídos y cabeza hacia delante- con Angela Merkel en su juventud.

Por curiosidad y por saber si era verdad que en sus años mozos había sido tan natural y desinhibida, reenvié la foto a un amigo que es de Historia y él me dijo que es una foto muy conocida, que había aparecido en una revista nudista en los años 60 y que, a pesar del enorme parecido,  no podía ser la Merkel, que por aquel tiempo era una niña. Me mandó también un enlace en el que analizaban la foto en ese sentido. Cuando le contesté a Pepa con la rectificación, me dijo que no debería haberla reenviado, que no le gustaba contribuir a que ese tipo de fotos se propagase.

Aunque ni se me ocurre enviar ninguna foto personal sin el permiso de sus dueños, no actúo igual con las fotos públicas. En esta en concreto, a pesar del desnudo, vi frescura, libertad e inocencia en la mirada de las tres jóvenes que, sin ningún tipo de recato, sonreían con naturalidad ante el fotógrafo. Incluso me empezó a caer bien Doña Angela, una señora con la que no tengo ninguna afinidad. Pero el rechazo de mi amiga Pepa sobre su difusión me hizo pensar, sobre todo en estos tiempos en que parece que todos llevamos una ventana indiscreta en el bolsillo y en los que la difusión de nuestros datos nos hace vulnerables, visto el último escándalo de Facebook y Cambridge Analytica. Como nos avisa El País, "el rastro que un usuario deja a su paso por Internet y la información privada que va cediendo, a menudo sin ser consciente de ello, se van acumulando hasta convertirse en un codiciado botín, una bomba cuya explosión es solo cuestión de tiempo y que puede tener efectos catastróficos" ¡Qué miedo!

¿Qué debemos hacer entonces, ahora que ya nos hemos acostumbrado a esta conversación global que es Internet? ¿Qué compartir y qué no? ¿Dónde acaba lo público y empieza lo privado? ¿Nos estamos convirtiendo en chismosos universales?

Por una parte, el que cualquier noticia de interés público pueda propagarse al instante y media humanidad esté al tanto de lo que hace la otra media es bueno porque favorece la claridad y se les hace más difícil a los jerarcas engañar u ocultar desmanes.

Por otra parte, tal vez estemos convirtiendo al planeta en un gigantesco lodazal de chismes, rumores y noticias distorsionadas. Inconscientemente, se me presenta delante la imagen de los establos de Augías, tan llenos de mierda del ganado del rey, que Hércules en uno de sus 12 trabajos tuvo que desviar el curso de dos ríos para limpiarlos en un solo día. Si, sin darte cuenta, contribuyes a ensuciar honras, se necesitaría algo más que el caudal de dos ríos para limpiarlas.

Tal vez deberíamos fiarnos de Sócrates y, ante cualquier noticia que queramos compartir, pasarla por su triple filtro: ¿es verdad? ¿es buena? ¿es útil? Si la respuesta es negativa, mejor no la cuentes. 
¿Es verdad la noticia de la Merkel ? Por lo que parece, no.
¿Dice algo bueno de ella? Para mí particularmente, sí: la humaniza y la acerca a los demás. Pero entiendo que hay personas a los que el desnudo no les parezca bien ¿Se acuerdan de Il Braghettone, el que cubrió las partes pudendas de los personajes del Juicio Final en la Capilla Sixtina?
¿Es útil saber que la mujer más poderosa de Europa tuvo una juventud hippy y libre como muchas de su generación? Tal vez sí, si se quiere hacer un retrato fidedigno de ella, pero...

Pero como en las tres respuestas hay "quizás", "puede ser" y "tal vez" y no hay seguridad, debería darle la razón a mi amiga Pepa, hacer el acto de contrición sintiendo haber sido una retuiteadora contumaz y cumplir la penitencia de no reenviar tanta foto. Como dice Manuel Vicent "si persistes en enterarte de las noticias  que llenan de basura moral el mundo y las prefieres al aroma de café que te llega de la cocina, es que estás muerto"

Y de lo que se trata es de vivir.

(En la imagen, la limpieza de los establos de Augías por Hércules)

lunes, 2 de abril de 2018

La infancia me envió una postal




"A veces la infancia me envía una postal" es un verso del poeta Michael Krüger en su libro "Previsión del tiempo" ¡Qué verdad más grande! Yo no sé a ustedes, pero a mí a cada rato se me llena el buzón de la memoria de postales de mi niñez. Miren, si no, la que me mandó esta Semana Santa pasada sin ir más lejos.

En una familia tan religiosa como la mía, en Semana Santa los niños asistíamos a todas las misas, visitábamos todos los monumentos, coleccionábamos estampitas hasta de San Dionisio Areopagita, veíamos en el cine "La túnica sagrada" y "Los diez mandamientos" y no había procesión a la que no asistiéramos como una santa obligación y como si fueran a pasar lista. Y de todas, la más importante para nosotros era la del Señor de las Tribulaciones porque pasaba por mi casa, por la calle estrechita y entonces de callaos del Barrio del Toscal que lleva su nombre: calle del Señor de las Tribulaciones.

A nosotros, los niños, nos encantaba la vida del barrio. Enfrente de casa había un pasaje y una ciudadela con mucha vida y muchos niños, y casas terreras a lo largo de la calle, con tejado unas y  con azotea otras, en las que veíamos gallinas, conejos y hasta una cabra. Estaba el estanco de Gobi, el futbolín de don Federico , la carpintería de Vicente, la venta de Bartolo en la esquina, el carrito de doña Nati más arriba...En el taller de mecánica de enfrente de mi casa estuvo mucho tiempo un King Kong de una carroza de carnaval que medía 5 o 6 metros de alto  y que nos daba un susto de muerte cada vez que abríamos la ventana del despacho de mi padre (vivíamos en el primer piso) y nos encontrábamos frente a frente con la cabezota negra y amenazadora. En el centro de Santa Cruz el Toscal tenía entonces un aire de pueblo. Todos nos conocíamos.

Había muchos personajes pintorescos. Estaba el Tocatodo, que iba tocando coches, paredes, puertas y farolas; o el del Transistor, al que no vimos nunca sin él a la oreja; o el Cartucho, que dirigía el tráfico; o Quico, el borrachito que todos los sábados por la noche nos despertaba con una canción de Machín arrastrada: "Tengo una debilidá, ay qué calamidá, mi vida es un disgustoooo. Yo no sé qué voy a haserrrr, o me curo de este mal o me voy a enloqueseeeeerrr".

El día de la Procesión, el martes de Semana Santa, el barrio se vestía de fiesta. Se hacía una alfombra de flores de la que todo el mundo se sentía tan orgulloso como si fuera la del Corpus de La Orotava. Las ciudadelas se baldeaban, se ponían las más perfumadas y floridas macetas en las ventanas y todo el mundo preparaba sus galas. En mi casa ese día se montaba una merienda especial porque toda la familia y las amigas de mi madre venían a ver la procesión desde las 8 ventanas que daban a la calle. Desde por la mañana los olores de los marquesotes, los bollos de manteca y los almendrados que hacía mi abuela se notaban antes de subir la escalera. Recuerdo las torrijas y unos sandwichs que me gustaban mucho y que preparaba mi madre con una pasta hecha de sardinas en lata, pimientos, huevo duro y aceitunas. La mesa se vestía con el mantel bordado de La Palma y a los niños nos ponían desde temprano a deshojar rosas para echárselas al Cristo cuando pasara bajo nuestra ventana.

Y a la hora de la procesión, allí estábamos todos, acodados para ver al Cristo, las caras expectantes, las manos agarrando una cesta llena de pétalos de flores, preparados, listos, ya, para tirarlos; la música vibrando cuesta arriba, la calle llena de gente con sus trajes de fiesta, las mujeres de la ciudadela de enfrente alegando... y Quico, el borrachito, que va y les dice con la misma voz tronante con la que nos despertaba los sábados: "¡¡¡Chissst!!! ¡¡¡A callar todas ustedes!!! ¿No ven que está pasando el Señor de las Tres Purgaciones?"

Esta fue la postal que este martes pasado de Semana Santa me envió mi infancia.

(Gracias a Javi, Isa, Pepe y Clari, que en este martes de Semana Santa de 2018 me sirvieron de corresponsales y me fotografiaron la procesión del Señor de las Tribulaciones. Y a Iris, por compartir recuerdos)

lunes, 26 de marzo de 2018

Hacia el Tornasauce




¿Se han fijado la cantidad de veces que, en muchos momentos de nuestra vida, hacemos cosas que no queremos hacer, pero que las tenemos que hacer? Miren, si no, a mi marido. Lo que más le gusta del mundo es soltar sus palomas en las mañanas claras, verlas volar sentado en una hamaca debajo del naranjo de la huerta y silbarles después para que, obedientes a su señal, vuelvan al palomar. No parece pedir mucho ¿verdad? Y, sin embargo, a cada rato está rezongando porque se le acumulan los compromisos y las obligaciones: llevar el coche a la ITV, o sacar papeleos absurdos y permisos para cualquier cosa, o arreglar el bajante que se rompió en la cocina, o ir a una reunión de la comunidad de vecinos, que es una de las cosas más aburridas que existen, o someterse al dentista... En el caso de las mujeres, ¿hay algo peor que tener que comparecer ante un mamógrafo, "un híbrido entre plancha del pelo y compactador de residuos diseñado por algún heteropatriarca de libro que te las junta, eleva y aplasta hasta dejártelas reducidas a sendas tarjetas de crédito sin saldo", según la periodista y compañera de fatigas Luz Sánchez-Mellado?

"¿Cuántas cosas nos sentimos obligados a hacer -dice el protagonista de un libro que acabo de leer, "La mujer de la libreta roja", de Antoine Laurain-  por principios, por conveniencia o por educación, cosas que nos pesan y no cambian en absoluto el curso de los acontecimientos?". Yo, en esos momentos de desvalimiento, me acuerdo de Frodo y sus amigos, los hobbits de "El Señor de los Anillos" de Tolkien, cuando se internan en el Bosque Viejo, un bosque raro y hostil en que los árboles parecen moverse y llevarte a la zona más maligna, el Valle del Tornasauce en el sur. "¡No iremos en esa dirección!", dirá Merry. El caso es que ellos, todavía animados por el espíritu de la aventura, quieren ir hacia el norte y no hay manera: los senderos se desvían y descienden abruptamente al sur, los árboles se cierran, aparecen fallas profundas e inesperadas en el terreno y zarzas que obstruyen el paso... y, aunque no quieren, se ven obligados a seguir "un itinerario que otros habían elegido para ellos", hasta llegar a la parte más oscura y peligrosa.

Los salva, por supuesto, un ser mágico, Tom Bombadil, que aparece inesperadamente saltando por el camino, un tipo extravagante ("El viejo Tom Bombadil es un sujeto sencillo, de chaqueta azul brillante y zapatos amarillos", canta) que los rescata de los árboles asesinos y los lleva a su casa, un sitio seguro: "Nada entra aquí por puertas y ventanas, salvo el claro de la luna, la luz de las estrellas y el viento que viene de las cumbres".

Lo mismo nos pasa a nosotros en la vida. Muchas veces nos parece que no andamos nuestro propio camino sino el que otros han elegido por nosotros  y que te van poniendo zarzas y obstáculos y obligaciones y cosas que no te apetecen nada de nada, hasta que de repente puedes darte cuenta de que, si no has dicho muchas veces que no, estés llevando una existencia en la que no puedas sentarte debajo de un naranjo sin tener remordimientos. Mis ex-compañeros, que por ser más jóvenes todavía están trabajando y enseñando, me cuentan que se asfixian en papeles, que casi todo su trabajo -tan creativo- se difumina entre informes y que están deseando ser mayores para jubilarse. Demasiada seriedad, demasiados trámites, demasiados requilorios, demasiada lejanía de lo que verdaderamente importa.

No nos queda más remedio en este caso que sacudirnos y mirar por simplificar la vida lo más posible. Hay un montón de consejos para eso y todos los conocemos: actuar por placer y no por compromiso, no perder tiempo en lo que no lo merece, no ser esclavo de nada ni de nadie, no vivir para trabajar, dar importancia a los festejos y regocijos, no hacer caso al qué dirán, no agobiarnos ("no agoniarnos", decimos en La Palma)... Hacer lo que sea para no pasarnos la vida hundidos en el valle del Tornasauce, porque en nuestro caso no hay ningún Tom Bombadil que aparezca saltando por el camino.

lunes, 19 de marzo de 2018

Receta para ser una estupenda insensata




Mi aforista preferido, Sergio García Clemente, en su libro "Mirar de reojo", tiene una frase que me encanta y que dice así: "Llegar a la vejez con muchas ganas de vivir es una estupenda insensatez".

Hoy cumplo 70 años y, aunque todavía no me lo creo, se supone que esto es llegar a la vejez, lo cual se traduce en que me queda menos vida por delante que la que he dejado atrás. Yo tenía un tío  -la alegría de la huerta- que, a estas edades, cada vez que llegaba a casa decía lúgubremente: "Un día más. Y un día menos". Y sin embargo, a pesar de mi tío, cumplo años hoy con unas enormes ganas de vivir. Para celebrarlo y explicármelo, me he puesto a buscar y a reunir los estupendos ingredientes de la receta que ha hecho que sea tan insensata. Ahí les van:

De fondo y de principal componente pongo el encuentro, en una excursión que la Universidad hizo al Puerto hace 52 años, con la persona que más quiero y que más me quiere, la que me hace el desayuno cada mañana y que, si no fuera por el genio que gasta, le diría. "Santito, ¿dónde te pondré?".

A eso añado un cucharón de una infancia segura y feliz en una casa llena de gente donde todo el mundo opinaba, alegaba y se metía alegremente con el otro sin que temblara Roma. "El sol que brilló sobre mi infancia -decía Camus, y yo con él- me libró de todo resentimiento".

Lo adobo todo con hijos, parejas de hijos y nietos, de muy buena cosecha, que me miman, me resuelven los problemas de la vida moderna y empiezan a mirarme con cierta condescendencia, ¡angelitos!

Le echo un buen chorretón de amistad con mis grupos de amigos, "viejos amigos para conversar", pero también para  compartir los buenos y malos momentos. Cuento con ellos desde siempre y ellos saben que pueden contar conmigo.

Espolvoreo todo con especias extraordinarias: un pizco de familia grande, tolerante y divertida, por aquí; otro pizco de buenas elecciones en el camino de la vida por allá (la docencia de la filosofía, la empatía con miles de alumnos, la vida en el campo con el silencio como acompañante...); otro pizco de aficiones como leer y viajar, por acullá...

Al final culmino con la escritura de este blog que tengo desde hace 10 años (buena añada) y que proporciona un bouquet de nuevos amigos, nuevas reflexiones, nuevos encuentros. 

Revuelvo todo y dejo reposar.

Ahora es el momento de disfrutar la receta, de soplar las velas de una tarta rodeada de los que quiero y de sentirme felizmente insensata ¡Brindo por ello con todos ustedes!

(La imagen inicial es un dibujo de mi nieta Eva de José González)

lunes, 12 de marzo de 2018

Historias de Los Sauces: La historia de Lionor




Esta semana pasada perteneció a las mujeres. Ellas han sido protagonistas de marchas masivas, huelgas y manifestaciones en todo el mundo. A todos los wasaps nos han llegado las fotos y los vídeos; imágenes curiosas como la de "Las meninas" sin mujeres porque se habían ido de huelga (resultaba muy extraño y desangelado ver solo a Velázquez, al hombre de la puerta al fondo y al rey en el espejo); minicuentos como "Había una vez una princesa que se salvó sola. Fin"; un contrato para maestras de 1923 en el que no se podían casar ni ir con hombres, ni salir después de las 8 de la tarde, ni fumar o beber, ni teñirse el pelo, y otras lindezas por el estilo; frases, carteles, chistes..., todos sobre el mismo tema: la deseada igualdad de oportunidades y la misma consideración social para todos los seres humanos, independiente de sexo o condición.

En homenaje a esa larga lucha, hoy quiero hablarles de una mujer, una antepasada mía que vivió en Los Sauces toda su vida, desde que nació en 1775 hasta que murió en 1860, y cuyo testamento -una joya, oigan- me llegó gracias a Marcelo, otro de sus descendientes. Se llamaba Leonor Machín, aunque todos -y ella misma se nombraba así- la conocían por Lionor. Hablo de ella porque, en un tiempo en el que las mujeres pintaban muchísimo menos que ahora, fue poderosa e hizo lo que le dio la gana, a juzgar por lo que se conoce. 

Se casó con José Isidoro Herrera que no aportó nada al matrimonio, pero ella, la Lionor -detalla en su testamento-, heredó 13 propiedades (sus padres eran una familia rica de la costa de Los Sauces) y, durante el matrimonio, ampliaron sus bienes hasta tener 40 propiedades entre tierras y casas. Tuvieron 10 hijos y su testamento es un prodigio de minuciosidad al repartir todo entre ellos. Miren, por ejemplo, un párrafo donde detalla algunas cosas que había regalado a mi retatarabuela Josefa por su boda y cuyo valor reclamó después. Lo transcribo con la ortografía de la época:

"También declaro yo, la Lionor, que le di a la dicha María conosida por Josefa muger de José Conde cuando se casó una caldera de cobre que su valor eran cinco pesos corrientes, unos sarcillos de oro su valor cuatro pesos, un Rosario de asabaches con cruz de oro su balor dos pesos, una cruz de pecho su balor cuatro pesos y cuatro de plata porque era de oro, un telar de sintas su balor tres pesos, un clabo de pecho de oro su balor dos pesos, cuatro sábanas y una colcha, una cucharilla de plata, y es mi voluntad que lo que importan todas esas piesas y el valor que se le dará a las sábanas, colcha y cucharilla se le llebe en cuenta de su legítima. Cúmplase que es mi boluntad.". Impone ¿verdad?

De los 10 hijos dejó mejorados a 4, que heredaron 8000 pesetas de las de entonces, mientras que a los otros 6 les dejó 3000. Estos protestaron y hubo juicios hasta que años después se llegó a la partición de bienes. Se cuenta que a uno de esos juicios, muerto ya su marido, asistió la Lionor disfrazada de hombre porque no dejaban entrar a las mujeres.

Fue enterrada, tal como ella dejó dispuesto, en la capilla de la Virgen de la Iglesia de Montserrat. Fue arbitraria e injusta con sus hijos (vete tú a saber por qué), fue rica y, aunque no sabía escribir, supo hacer siempre su santa boluntad. Exactamente igual que un hombre.

Y digo yo ¿dónde habrán ido a parar los zarcillos de oro, el rosario de azabaches, la cucharilla de plata, las 4 sábanas, la colcha y las demás cosas que le regaló a mi retatarabuela?

(La imagen de inicio es de Los Sauces, arriba a la derecha)

lunes, 5 de marzo de 2018

El arte de insultar




Hace un tiempo recibí una llamada curiosa que me dejó perpleja. Era de un noviete que tuve a los 15 años a quien no había vuelto a ver ni oír desde entonces (y hablamos de más de 50 años). Por lo que se ve, se había enterado de mi número y me llamaba para contarme su vida (de la mía no me preguntó nada). Se había separado de su mujer y, además, se había enfadado con todos sus hermanos (tenía 6 ó 7) por follones de herencia, cosa que pasó a relatarme con pelos y señales durante las 5 ó 6 veces que continuó llamándome.

No recuerdo casi nada de los pormenores que me contó -eran muy aburridos, como suelen ser estas cosas-, pero sí lo que me fascinaron los insultos que prodigaba generosamente a toda su parentela, como si fuera un rey mago repartiendo caramelos. Eran insultos canarios, ya casi desaparecidos entre la juventud de hoy, pero habituales entre la de nuestra época. "El papafrita de mi hermano...", "la muy babieca...", "Es que es un totorota, un pollaboba, un belillo...", "Y me dijo como una guanaja...", "Es que no hacen sino chafalmejadas... ". Tortolín, troncocol, abobancado, tolete, canchanchán, sorullo, machango... salían de su boca como si fuera un diccionario ambulante, recordándome otros tiempos y otras maneras de insultar, menos agresivas y más pintorescas que las de ahora. Y es que da la impresión de que hoy el repertorio se ha limitado solo a unas cuantas palabras malsonantes, relacionadas con la sexualidad (cabrón, hijoputa...) o con la caca-culo-pedo-pis que tanto gusta a mis nietos pequeños (pedorro, bobomierda...).

Lo que sí hay que admitir es que el insulto es una característica universal. En todas las culturas se insulta alegremente al prójimo, aunque algunos insultos son bastante sosos, como en Japón en donde los improperios se relacionan con las verduras (¡Berenjena, que eres una berenjena!)  o cuando entre los judíos se manda a alguien "a molestar chinches". Además, aunque se intentan disimular disfrazándolos o poniendo puntos suspensivos ("vete a la m..."), todo el mundo está bastante bastante enterado de los insultos y sabe perfectamente cuál es la palabrota que se ha omitido. Como decía un personaje de Santa Cruz a quien le gustaba llamar a las cosas por su nombre: "¡No me diga consio, dígame coño!". Somos seres insultones y belicosos. Razón tenía Konrad Lorenz cuando decía que los seres humanos somos agresivos y que esa agresividad es precisamente uno de los motores del progreso.

Y no crean que aplaudo el insulto, Dios me libre. Cuando alguien apoya su discurso en insultos es que no encuentra argumentos racionales que le den la razón. Pero digo yo, si somos así de virulentos ¿por qué no hacerlos más originales? El capitán Haddock en las historias de Tintín domina perfectamente el arte de insultar. No cuesta nada ampliar el catálogo y soltar como él un ¡Cercapiteco! ¡Anacoluto!, ¡Bachibuzuk!, ¡Cataplasma!, ¡Giroscopio!, ¡Jugo de regaliz!, ¡Archipámpano!, ¡Colonquíntido!, ¡Rocambole!... Usar estos o los insultos canarios de mi noviete perdido sería una manera estupenda de dejar descolocado al que recibe la rociada y que este suelte un "¡Huy, lo que me ha dicho", dejándonos tan contentos de ser maestros, demonios, en el arte de insultar.

lunes, 26 de febrero de 2018

La solita




Yo tenía una compañera que se regodeaba en la soledad. La llamábamos "la solita" porque su frase "como soy solita..." le servía de pretexto para viajes y escaqueos varios. Además, empleaba el verbo "ser" y no el "estar", más provisional, como si la soledad formara parte de su esencia. El colmo fue una vez que me dijo que ella comía mucho pan porque "como soy solita...". Todavía me estoy preguntando por la relación entre la ingesta de pan y la soledad.

Pero, independientemente de este caso, sí es verdad que hay en este mundo muchas personas más solas que la una, hasta tal punto que en el Reino Unido se ha creado una Secretaría de Estado para la soledad, algo que dicen que puede ser tan grave para la salud como fumarse 15 cigarrillos al día. Tengo una conocida que hizo una carrera pero que nunca ejerció y se quedó en casa cuidando a sus padres. Ahora sus padres han muerto. No se casó, no tiene hermanos ni amigos. Solo algunos vecinos con los que habla cuando se cruzan por la escalera. No sé cómo se siente pero me lo puedo imaginar.

Las circunstancias y nuestras propias elecciones nos pueden llevar a esta situación. Pero, aunque hay cosas que escapan a nuestro cuidado y no podemos manejar, sí que podemos controlar nuestra reacción ante lo que nos pasa. A esta conocida yo le hablaría de mis amigas, muchas de las cuales viven solas, porque son viudas, o separadas, o solteras. Pero mis amigas se apuntan a un bombardeo si este les surge. Van a natación, a manualidades, a clubs de lectura, a guitarra, a cursos para mayores en la Universidad, a cerámica, a pilates, a academias de idiomas, a caminatas... Hacen viajes siempre que pueden, cuidan nietos, ayudan a personas más desfavorecidas, van a exposiciones y conferencias, al cine y al teatro, oyen conciertos, se manifiestan cuando hay que hacerlo (la última vez, por ejemplo, la semana pasada para protestar por ese espléndido 0,25 % que nos han subido en las pensiones) y, por supuesto, cuentan con amigas con las que se reúnen siempre que pueden. Hay miles de soluciones para desterrar la soledad, algunas tan originales como la que me contaba mi amiga Suzi, sobre el dueño de la casa donde ella vive en Viena, un señor también solo en la vida. Este señor se dedica muchas tardes a visitar casonas antiguas en venta, no para comprarlas , sino solo por el placer de ver un edificio bello y hablar con los dueños de la casa, con los que muchas veces termina tomando el té.

Aristóteles dijo que el hombre es un ser social por naturaleza. No está mal tener ratos de soledad, ser soberanos de nosotros mismos. El refranero español, tan sabio, recoge lo de "Más vale solo que mal acompañado". Pero necesitamos a los demás: hablar, discutir, compartir, contar con ellos. No hacerlo así sería hasta antinatural. Hagamos caso a nuestro ser social para no acabar como la solita y como aquella protagonista (siempre me pareció una guanaja) de una canción que mi madrina me cantaba con mucho sentimiento cuando yo era pequeña:

"A la orilla de un palmar 
yo vi de una joven bella
su boquita de coral, 
sus ojitos, dos estrellas.
Al pasar le pregunté
que quién estaba con ella
y me respondió llorando:
"Sola vivo en el palmar.
Soy huerfanita,
no tengo padre ni madre,
ni un amigo 
que me venga a consolar.
Solita paso los días
a la orilla de un palmar
y solita voy y vengo
como las olas del mar".

. .

lunes, 19 de febrero de 2018

Alta alcurnia




Me encanta cuando mis nietos mayores vienen a quedarse a casa y pasamos, como el lunes pasado por la noche, un rato tranquilo después de cenar: mi nieta mayor con sus dibujos, el de 12 poniendo leña a la chimenea y haciéndole fotos, mi marido poniendo música de jazz de fondo, yo leyendo... Una gozada. Al día siguiente, después de un desayuno tardío, me encantó también quedarnos hablando un rato, sin tener prisa por nada. Entonces fue cuando mi nieta me preguntó si teníamos árboles genealógicos de nuestra familia. "Por supuesto -le dije-, somos descendientes de palmeros y los palmeros son como los hobbits". Les enseñé, para que lo vieran, el prólogo de "El señor de los Anillos" de Tolkien, donde dice: "Todos los Hobbits eran, de cualquier modo, gente aficionada a los clanes, y llevaban cuidadosa cuenta de sus parientes. Dibujaban grandes y esmerados árboles genealógicos con innumerables ramas. Cuando se trata de los Hobbits es importante recordar quién está relacionado con quién, y en qué grado.". Pues lo mismo se puede decir de los palmeros. A mí más de una vez, cuando he ido a Los Sauces, me han parado en medio de la calle para preguntarme: "¿Y tú de quién eres?".

Así que saqué la carpeta de los Rollos Ancestrales y empezamos a sumergirnos en el complicado mundo de los parentescos. Resultaba divertido para mis nietos ver hasta dónde llevaban algunas ramas. Una línea de mi abuela Lola llega hasta un maestro de azúcar de principios del siglo XVI que se llamó Diego Machín; otra de mi bisabuela Pepa nos emparenta, allá por el XVI, con los Díaz Pimienta, que eran portugueses llegados a La Palma. Hay hasta una antepasada casada con Diego Rodríguez de Talavera, que desembarcó en Barlovento para ayudar a la conquista de La Palma y que dio nombre al puerto de Talavera. Por los Duques y mi abuelo Gabriel hay un árbol (salió en el periódico "El Día" en un reportaje sobre nuestra familia, maestros constructores y carpinteros a quien se debe la construcción de muchas casas y obras en La Palma) que llega hasta principios del siglo XIX con Estanislao Duque Domínguez, que tuvo 10 hijos, uno de los cuales fue mi tatarabuelo. Hay hasta otra genealogía de mi bisabuela Natalia que llega hasta un rey indígena de El Hierro llamado Osinisa y nacido en 1380. Mis nietos leían asombrados, buscaban en Internet (a su retatarabuelo Estanislao le encontraron ascendencia en Fernando de Castilla, Regidor de La Palma) y hacían un montón de preguntas ¿Tenemos sangre guanche? ¿Y eso por qué se sabe si en 1380 ni siquiera la isla estaba conquistada? ¿Por qué mis abuelos tuvieron 3 hijas que se fueron muriendo de pequeñas (menos la última) y a las 3 las llamaron Lolita? 

Yo les contaba que, aunque muchos de esos trabajos se hacen con seriedad, no hay que fiarse enteramente de ellos porque la historia muchas veces se ha desfigurado a favor de intereses privados;  que lo de las Lolitas seguro que era un antojo; les recalqué que no se fijaran mucho en pamplinas y relumbrones, y que de lo que tenían que sentirse muy orgullosos es de ser descendientes, no de famosos ni de altos personajes, sino de los fuertes. En épocas en que la mortalidad infantil era tan grande, en que había guerras, inseguridad y epidemias, nuestros antepasados sobrevivieron a todo eso, llegaron a adultos y procrearon. Por eso estamos aquí. Hasta le conté una noticia que encontré en "La Opinión de Tenerife", del 12 de octubre de 1896 en la que hablan de que a mi abuelo Gabriel, entonces con 3 años, lo había atropellado un caballo en la calle del Cantillo de Los Llanos. Si llega a matarlo, ninguna de las 80 y pico personas que hemos descendido de él hubiera existido.

Tan entretenidos estábamos con todos estos tejemanejes que, cuando miré la hora, eran cerca de las 2 de la tarde y no había empezado a hacer las albóndigas para la comida. Les dije entonces una frase que mi madre soltaba cuando también se le hacía tarde: "Los que de alta alcurnia descendemos o comemos tarde o no comemos".

lunes, 12 de febrero de 2018

Cocina de carnaval




No crean que con este título aludo a comidas típicas de carnaval, aunque ganas me dan de recordar y, sobre todo, de volver a comer las deliciosas sopas de miel que religiosamente se hacían en mi casa por estas fechas cuando vivía mi madre.

No. Con este nombre, "Cocina de carnaval", me refiero a que, de un tiempo a esta parte, veo que cada vez más la comida se disfraza, se oculta bajo máscaras para parecer otra, se le añaden colores, texturas, brillos que no son los propios de su naturaleza, de tal manera que, cuando la vemos en el plato sin reconocerla, pareciera decir: "¿Me conoces, mascarita?". Por ejemplo, el mes pasado, en la 16ª edición del Congreso Gastronómico Madrid Fusión hubo quien presentó como el no va más los huevos fritos de colores (en la foto). Nada que ver con los huevos de siempre, de gallinas que corretean por las huertas, con su yema doradita en la que mojar pan, y festoneados del encaje de una clara blanca -para mí, una de las maravillas del mundo-. ¡No, ahora a disfrazarlos de verde, rojo, azul, marrón y de todos los colores del Arco Iris, que ni los va a conocer la madre que los parió (la gallina)! Y hubo allí más inventos y caretas, como comer los crustáceos con cáscara y todo (cuando todos sabemos que la belleza de un cangrejo está en el interior), o la comida azul, hecha con un alga que se llama espirulina, que ni que estuviéramos en el país de los pitufos... ¡Señooooor! Por eso sorprendió tanto que un chef japonés se limitara a freír unas alitas de pollo, las presentara en una cajita y, hala, a comer, que de eso se trata.

Y es que no hay que volverse loco con las comidas. Y si no, que se lo pregunten a mi marido. Cuando se jubiló dos años antes que yo, se quedó como dueño y señor de la cocina mientras yo me iba a trabajar. A pesar de que había cocinado muy poco, nunca me preguntó nada y yo llegaba a casa a mesa y mantel puesto como una señora. Me ponía pollo, por ejemplo, y yo le decía: "¡Qué bueno! ¿Cómo lo has hecho?" "Ah, pues lo he hecho al horno con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Al día siguiente, me ponía pescado y la receta era "al horno, con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Cuando le decía que todo lo hacía igual, me contestaba que no, que las hierbitas siempre eran distintas.

Tal vez se estén pasando con todo este boom de la cocina, con tantos masterchef y tantas "nutripolleces" (la palabra es de Anthony Warner en "El chef cabreado").  ¿Y si seguimos fieles a una comida sana y sencilla, y sin abalorios añadidos para que una simple merluza no parezca la reina del carnaval? Una cazuela de pescado, un buen puchero, una carne compuesta, una pata de cordero o un bacalao al horno... ¿Hay algo más perfecto que una croqueta? Tan humildes ellas y hasta han conseguido un día, el 16 de enero, como Día Internacional de la Croqueta. Son las comidas de casa de toda la vida, hechas con sentido común y buenos productos.

A uno de esos grandes cocineros de platos con destellos de oro y técnicas ultraferolíticas se le preguntó qué comía en su casa y contestó: "Lo que me pone mi madre". Y la madre de los Roca, con 81 años y 50 al frente de Can Roca (3 estrellas Michelín) resaltaba en Madrid Fusión el valor de lo sencillo y de lo que se tiene a mano como punto de partida ¡Cuántas veces una hace un arroz amarillo o inventa una ensalada con lo que se encuentra en la nevera! Como decía aquel chiste viejo (y sabio): "¿Cómo se llama la comida china en China? ¡Comida!". Eso sí, como diría Arguiñano, simple y sencilla y sin disfraces, sí, pero también rica, rica, rica.

lunes, 5 de febrero de 2018

Un lento vino pálido




El mayor inconveniente de haber llegado a una edad tan provecta como la mía es que se nos están muriendo a cada paso los de alrededor y el tanatorio se nos ha convertido en un lugar habitual. Como decía la poeta colombiana Meira Delmar, "y se me va llenando / de nostalgia la vida / como un vaso colmado / de un lento vino pálido...".

Este mes de enero he ido a dos entierros de dos personas, una mujer y un hombre a los que no conocía. Una va a esos sitios llevada por el cariño que se les tiene a sus familiares y amigos, con la sana intención de acompañarlos y darles un abrazo. Pero, después de todo, los que han muerto son los verdaderos protagonistas y todos los que los quisieron están allí porque ellos existieron. Quieras que no, las vidas que vivieron, las personas que fueron, sus experiencias, sus sentimientos, están también presentes y se van haciendo reales cuando allí, en el tanatorio, escuchas.

Ella fue una mujer que ha muerto con 46 años. Tenía dos hijas a las que adoraba y a las que preparó (si es que eso se puede) para el golpe que habían de recibir. Cuando en diciembre ya supo que le quedaba poco tiempo, se las llevó a Eurodisney para regalarles un último recuerdo brillante. Era una mujer vital, alegre, muy guapa -ojos verdes preciosos y sonrisa perenne-. Sus amigos y primas recordaban aquella vez que se disfrazó de Torrente con unos dientes horribles, lo divertida y bromista que era, lo que le gustaba esquiar y sentir el frío en la cara, la voz tan dulce y cálida cuando cantaba...

El fue un hombre que ha muerto con 83, aunque hacía años que la niebla del alzheimer lo fue despidiendo poco a poco. Pero, antes, fue una persona valiente y decidida -"se atrevía a cualquier cosa, no tenía miedo a nada"-, un hombre entusiasta, divertido, ingenioso y culto. Le encantaba el fútbol ("estuvo a un paso, cuando era joven, de que lo fichara el Real Madrid"), la literatura, la música ("¿Te acuerdas de lo que le gustaba Ray Conniff?"), las canciones y el parrandeo ("él fue quien me enseñó a tocar el timple"). Tuvo una vida plena: estudió Derecho, tuvo 4 hijos, viajó, vivió en Londres un año, cambió de trabajo cuando quiso y hasta escribió poesía. Alguna vez se le oyó decir que él tenía 150 años porque el tiempo que vivió, lleno de tantas y tantas experiencias, le había cundido.

Los dos se diferencian en edad, en sexo, en las circunstancias en las que vivieron y en las que se han ido. Pero los dos fueron personas que amaron y fueron amadas, que han pasado por la vida dejando huella en los demás, que vivieron intensamente. Para los que no los conocimos, son dignos de respeto y admiración porque supieron vivir. Para los suyos -a pesar de la nostalgia, ese lento vino pálido- siguen estando presentes. Son la "luz que nunca se extingue" de la que habló otro poeta.

Ella se llamaba Ruth. Él se llamó Nicolás.

lunes, 29 de enero de 2018

Ya nadie borda en La Palma




Nosotras, las mujeres que ahora rondamos los 70, no hacíamos como nuestras madres y abuelas, que reunían su dote a lo largo de los años previos a casarse (destino casi obligado en aquellos tiempos). Pero sí es verdad que todas aportábamos a la futura casa juegos de sábanas, mantelerías, toallas y hasta alguna bolsa de pan, preferiblemente bordado todo en La Palma.

Y es que entonces todas las mujeres bordaban. En las casas que visitaba en mi infancia, siempre había un cuarto de costura (ya he hablado aquí del de mi casa) en el que se hablaba de bodoques, de bordados richelieu, de matizado indefinido, de punto cruz, de presillas, vainicas dobles y calados. En mi recuerdo está la imagen de mi abuela con las gafas sobre la punta de la nariz, sentada con los pies en un escabel y la almohadilla de bordar sobre el regazo, transformando una tira de tela en un prodigio de flores realzadas. Todas sabían bordar divinamente, cosa que a mí (que, como saben, no sé coser sino botones) me llenaba de una profunda admiración. Los prodigios que salían de las manos palmeras y tinerfeñas eran únicos y famosos en el mundo. Isabel Allende, hablando de un sarao en "El Zorro: comienza la leyenda", lo describe así: "Hubo comida por tres días para quinientas personas, separadas por clases sociales: los españoles de pura cepa en las mesas principales con manteles bordados en Tenerife, bajo un parrón cargado de uvas; la gente de razón con sus mejores galas en las mesas laterales a la sombra; la indiada a pleno sol en los patios, donde se asaba la carne, se tostaban las tortillas y hervían las ollas de chile y mole". ¿Llegaría un tiempo en que nadie bordara aquí? Inconcebible.

De todo esto hablaba hace poco con mi amiga palmera Nievitas (que tampoco borda), cuando yo le comentaba que estas navidades jubilé el mantel que mi madre me regaló hace más de 20 años, un mantel blanco bordado entero en richelieu, que yo ponía religiosamente en cumpleaños y nocheviejas. En los tiempos de mi abuela, muchas de esas prendas no se usaban y se dejaban amarillear en baúles, esperando ni se sabe qué. Pero tanto mi madre como mi hermana y yo nunca hemos guardado el reposo a nada: a usarlo y a recrearnos en ello, que para eso está. Y en este caso, le decía yo a mi amiga que, aunque me daba mucha pena porque fue uno de los últimos regalos de mi madre, el mantel de rechi (como lo llaman allí) no aguantaba ni un lavado más ¿Se podría encargar otro?

Entonces fue cuando me dijo que ya nadie borda en La Palma. Bueno, sí, se dan cursillos para unas pocas personas y todavía queda alguna bordadora de las de antes. Pero ha desaparecido como trabajo corriente y ahora resulta bastante difícil encontrar quién te borde un mantel y no digamos un ajuar completo (si es que todavía eso existe). ¿Las razones? El precio prohibitivo frente a los bordados chinos; lo "detenoso" de un trabajo manual tan fino, ajeno al ritmo de la vida actual; o la interrupción de la cadena de aprendizaje de madres a hijas por el cambio en la educación y en el papel de la mujer hoy (antes, apenas levantabas un pie del suelo, ya te daban aguja, hilo, dedal y un trapito para que fueras tomando recortes). Ahora los cuartos de costura se han quedado vacíos.

Y en esas estábamos cuando quiso el destino que, el mismo día en que hablé con Nievitas del tema, ella se encontrara con una señora que estaba vendiendo su ajuar sin estrenar y que le ofreció un mantel blanco precioso, también bordado en richelieu. Mi amiga, que cree en las señales, entendió que ese era un guiño que mi madre le enviaba desde el más allá, y entonces lo compró y me lo regaló, casi considerándolo como un milagro.

A mí lo que me parece un milagro es que pueda seguir celebrando comidas con mi gente sobre una obra de arte y brindando (¡con cuidado de que no caiga una sola gota en el mantel, eh!) por que todavía podamos gozar de esos bordados legendarios. Pero, sobre todo, lo más milagroso es contar con amigas así de sensibles y generosas. Y que además crean en los milagros.






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