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lunes, 14 de septiembre de 2026

Hay muchas formas de decir "te quiero"


A Adán seguro que no le gustaban las manzanas y también que le fastidiaba enormemente desobedecer a Dios que había mandado no comer las frutas de aquel árbol, pero se la comió porque se lo pidió Eva. Esa fue la primera vez en la historia (de los mitos) en que se dijo "te quiero" sin decirlo. Y a partir de ahí, "te quiero" ha sido la frase más sentida y repetida en la vida de los hombres.

Igual que Adán, se ha dicho millones de veces "te quiero" sin que aparezca para nada el verbo querer. Lo hace Westley en el principio de la película La princesa prometida: "Nada proporcionaba tanto placer a Buttercup como dar órdenes a Westley a todas horas. "Muchacho, abrillanta mi silla de montar" "Como desees". Como desees era lo que siempre contestaba. "Muchacho, llena los cubos de agua" "Como desees". Aquel día descubrió con asombro que cuando él decía como desees en realidad significaba te amo".

¿Quién no ha dicho ese te quiero no dicho con la persona querida? Lo ha hecho toda la vida mi marido cuando me pelaba las papas arrugadas porque a mí me daba dentera hacerlo. Lo he hecho yo cuando le leía una y otra vez a mi nieta el cuento de la zorra y la cigüeña, que era su preferido o cuando accedo a ver con ella la película Tú a Boston y yo a California, que nos sabemos de memoria de tantas veces que la hemos visto.

Pero también se dice te quiero explayándose uno en todas las explicaciones, como hace Billy Cristal a Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally: "Déjame probar de esta manera: te quiero cuando tienes frío estando a 21 grados, te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo, adoro la arruga que se forma aquí, cuando me miras como si estuviera loco, te quiero cuando después de pasar el día contigo mi ropa huele a tu perfume, y quiero que seas tú la última persona con la que hable antes de dormirme, y eso no es porque esté solo ni tampoco porque sea Nochevieja. He venido aquí esta noche porque, cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible".

O también se ha dicho por escrito, como hace el capitán Wentworth a Anne Elliot en Persuasión de Jane Austen: "Le ofrezco mi ser otra vez con el corazón más rendido que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. (...) Solo usted es el motivo de que yo haya venido a Bath. Solo por usted pienso y hago proyectos ¿Acaso no lo ve?".

Y también dices te quiero cuando dejas marchar a esa persona amada de tu lado porque piensas que estará más cuidado en otro sitio. Aunque te parta el alma y te mueras de pena.

lunes, 31 de agosto de 2026

Cuatro cochinos días


Son las 12 de la mañana en un pueblo como el mío, un suponer. Hay 3 amigas que se reúnen para tomarse un café a la salida de pilates. Pero una de ellas (como yo, por ejemplo, otro suponer) dice: " ¿Y si nos tomamos un vermut?". Todas saben que allí sirven uno buenísimo con su rodajita de limón sutil, su hielo, se cereza en almíbar... Y entonces se produce un trasiego y una dice: "Ah, pues yo también me tomo otro". Y la tercera, olvidado ya completamente el café inicial, pronuncia una de las frases más repetidas del mundo: "Vale, va, pa cuatro cochinos días que una va a vivir, que sea otro vermut. Ah, y no se olvide de unas papas fritas y unas aceitunitas".

Cuatro cochinos días... No hay frase que contenga 2 ideas tan contrarias. Por un lado, el poco tiempo que nos queda por vivir a los de mi edad, comparado con lo que hemos vivido ("cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando", como dice Manrique, la alegría de la huerta). Y a esos días se les califica, además, como cochinos. ¿Por qué? No se sabe. Una visión trágica y escatológica de la vida.

Y por otro lado, la idea de que esos pocos días, precisamente por ser pocos, han de ser placenteros y vividos a tope, cosa que defienden muchos de mis amigos, que son así de vitales:

"Pa cuatro cochinos días que vamos a vivir, no voy a estar haciendo dietas asquerosas. Me apunto a la de caviar y jamón serrano".

"Sí, ya sé que el crucero por el Rin es caro, pero total, pa cuatro cochinos días que vamos a vivir uno no va a estar mirando un euro más o un euro menos".

"Pa cuatro cochinos días que vamos a vivir, me lío la manta a la cabeza y me echo una novia salerosa y jaranera (o novio)".

"No te lo vas a creer, pero ayer me tiré en parapente, una experiencia alucinante. Total, pa cuatro cochinos días que uno vive...".

"Este verano paso de responsabilidades, rutinas y muermos. Tocan caprichos, locuras, risas... que, total, pa cuatro cochinos días...".

Y la casualidad que esta semana vi una película, "Ahora o nunca", interpretada por dos grandes actores, Morgan Freeman y Jack Nicholson, que ahonda en el mismo tema. Dos hombres se conocen en una clínica y les dicen que les quedan 6 meses de vida (que podemos traducir por "cuatro cochinos días" o "dos telediarios"). ¿Cómo afrontarlos? ¿Se quedan esperando mustios el final o tiran de humor y hacen una lista de aquellas cosas que siempre quisieron hacer y nunca hicieron? Optan por lo segundo, claro, y entre otras cosas, se tiran en caída libre de un avión, se hacen un tatuaje, conducen un mustang, ven las maravillas del mundo a bordo de un avión, cruzan la Muralla China en moto, van a un safari, intentan subir al Everest, se ríen hasta llorar...

Aunque no podemos hacer, como ellos, una lista tan ambiciosa (uno de los amigos es muy rico y lo tiene fácil), sí que propongo dos cosas: tachar el calificativo de cochinos para nuestros días y sustituirlo por adjetivos positivos que empiecen por lu: lúdicos, lúcidos (y lucidos), luminosos, luengos, lujosos, y hasta luciferinos y lujuriosos. Que, si nos hemos pasado la vida currando, lo que nos quede merezca la pena. A vivir que son dos días (o cuatro).


lunes, 29 de junio de 2026

Una cápsula en el tiempo


Hace unos días mi hija Ana publicó en su Newsletter un escrito con el que me identifiqué. Cuenta que fue a la última Feria del Libro de Madrid y ya saben, paseó entre casetas, saludó a los amigos -editores, libreros y autores-, habló de libros, de fechas. de portadas, de ventas, de cansancio, de ilusiones, y al final se tomó un vinito con algunos de ellos. Vamos, que se lo pasó estupendo. Pero confiesa que "el momento que más disfruté no fue el más literario, ni el más social, ni el más útil desde el punto de vista profesional. Fue sentarme sola en una terraza con un refresco y un libro. Nada más. Un vaso frío, una mesa pequeña, una silla desde la que podía verlo todo sin tener que intervenir en nada (...) Yo estaba allí, quieta. Leyendo a ratos. Mirando a ratos. Sin contestar mensajes. Sin tomar notas.". Esos momentos, raros, son para ella cápsulas en el tiempo.

Por eso me identifiqué con ella, porque yo los he vivido. Y pienso que, si lo pensamos, todos hemos disfrutado de esas cápsulas, de esos momentos en que de repente captas que estás sola contigo misma y eres consciente de todo lo que te rodea y lo valoras y lo miras, pero eso está ahí y tú estás aquí, un espectador protegido del ruido en un espacio en que puedes ser tú.

Yo he disfrutado de esas cápsulas del tiempo. La cocina de mi casa da a un patio con un porche donde hay una mesa y bancos para celebrar comidas con familia y amigos. Pero al salir, a la derecha, solo hay un banco, que mira a las montañas de Guamasa y al valle del Portezuelo (imagen inicial). Ese banquito ha sido para mí esa cápsula del tiempo, aunque yo lo llamo "el banco del psiquiatra". Cuando venía de clase, muchas veces con la cabeza llena de problemas, de ideas, de preocupaciones, me sentaba allí y descargaba la mente, consciente del aire fresco en la cara, de la tranquilidad de la tarde, del movimiento lento de las nubes. Es, como lo describe Ana, "un lugar físico o mental donde puedas bajar los hombros, respirar hondo y recordar que no todo lo que importa produce resultados inmediatos.".

Conozco a muchos que viven esos momentos. Mi alumno Miguel, que vive en Estados Unidos y que me cuenta que cada mañana tiene un sitio, cara al mar, donde medita antes de ir al trabajo. Ángeles, una amiga que murió joven, y que siempre, en cualquier viaje (e hizo muchos), aparte de naturaleza y cultura, necesitaba una terraza para ver pasar el mundo; la escritora Elvira Sastre, que también confesó en una charla que, después de la pandemia, se mudó a una casa en las afueras de Madrid, para ver crecer los árboles; el filósofo Nietzsche, para hablar del eterno retorno, la visión del más solitario, es consciente  del instante con todos sus componentes, la perezosa araña que trepa en el claro de luna y el mismo claro de luna. A veces esa cápsula te atrapa en un tren, mientras afuera ves un globo multicolor sobrevolando un campo de trigo; a veces es ese rato que guardas todos los días para ti, tomándote el café de media mañana; a veces te ocurre, tú solo, en medio de la multitud.

Cuando los filósofos clásicos proponían el "conócete a ti mismo", sabían bien lo que decían. Ana concluye que no son grandes gestos. No cambian la vida de una manera espectacular. Pero esos momentos sostienen. Son pequeñas treguas. Incluso en los días desordenados son el instante perfecto.

Gracias, Ana, por recordárnoslos.

lunes, 15 de junio de 2026

La cuestión de los tenedores


Una amiga me manda esta guía de tenedores para ¡13! usos diversos, no sea, digo yo, que me inviten a una comida de estado y me vea en un apuro, tipo el de Pretty Woman, sin saber qué tenedor usar. El saber no ocupa lugar, me dice.

Pero a mí sí que me parece que el saber sí ocupa lugar, habida cuenta de todas las veces que no puedo dormir con la cabeza llena de majaderías. Recuerdo oírle a Simone de Beauvoir que lo que más rabia le daba de morirse era pensar en que todo lo que ella tenía en la cabeza, que era mucho, se esfumaría. Y yo también a veces me lo planteo. Sin tener la gran sabiduría de Doña Simone, sino una de andar por casa, ¿a dónde irá a parar todo lo que hemos aprendido en la vida, el mínimo común múltiplo, la lista de los reyes godos, la España húmeda y la España seca, el bárbara-celarent-darii-ferio, las conjugaciones latinas, las canciones francesas, los disparates que decían algunos filósofos medievales...? Aunque sea poca la sabiduría guardada en el cerebro, es demasiada y todo desaparecerá, todo se perderá como lágrimas en la lluvia (Blade Runner dixit). No quiero añadir a ese equipaje una guía de tenedores, quita, quita.

Y además, ¿total para qué? ¿Qué necesidad tenemos de tanto tenedor si no vamos a ir jamás ni a la Casa Blanca ni al Palacio de Buckingham? ¡Si yo el queso lo cojo con las manos, mis tenedores naturales...! Y no es por nada, pero una gran parte de la humanidad come con los dedos. Según la cultura hindú, es bueno para la salud porque se dice que en cada dedo se concentran los cinco elementos: el espacio, el aire, el fuego, el agua y la tierra y eso crea una conexión con los alimentos y con las divinidades. Pero sin tanta filosofía, seguro que en el fondo lo hacen porque se ahorran fregar con agua del pozo miles de cubiertos al día. Si lo sabremos bien las mujeres, que hemos sido las grandes freganchinas de la historia...

En el fondo de todo eso está el que a los humanos nos gusta complicarnos la vida. Pero cuanto más viejos nos hacemos, más caemos en la cuenta de que son las cosas más sencillas y naturales las que importan.

Que los agapantos se estén abriendo todos  a la vez salpicando el césped con la maravilla de su azul estrellado. Que una amiga te coja la mano cuando le cuentes tus penas. Regar los rosales. La niebla que baja del valle y ahoga sonidos. Reír ante un chiste bobo. Una tarde de cine. Un beso. El vermut del mediodía con su rodajita de limón sutil de la huerta. La llamada de mi hija cada tarde para ponernos al día. La primera mariposa monarca de la primavera. Saber que te quieren. Un bombón de licor a media tarde. Ver al palomero feliz con sus palomas...

Al final, no son las cenas de 13 tenedores ni la sabiduría de saber usarlos las que construyen la vida, sino las cosas minúsculas del día a día. Ellas son, siempre, las que ocupan lugar.

lunes, 16 de marzo de 2026

Noveleros del mundo, uníos


Muchos de ustedes me han felicitado a veces por la variedad de temas que han salido a lo largo de los casi 18 años que llevo escribiendo todos los lunes. Y es verdad (en los 872 escritos hemos hablado hasta de las sillas de formica), aunque es una forma muy fina de decirme que qué rollo tengo, que es lo que me dice mi marido. Pero es que la vida, si nos fijamos un poquito, es así de entretenida y nos pone los temas en bandeja. Y si no, miren en la imagen inicial lo que me encontré esta semana en la pared de la calle principal de mi pueblo: un cartel con todas las fiestas locales en Tenerife durante 2026.

Mira que somos noveleros, nos gusta más un festejo que comer. Porque hay pueblos (Buenavista, El Tanque, Guía de Isora, Los Realejos, Los Silos, Puerto de la Cruz, San Juan de la Rambla, Santiago del Teide, Tegueste, Vilaflor) que no se conforman con una fiesta local, no: ¡tienen dos!. Y cada fiesta dura, como poco, una semana (y, a veces, como mucho, un mes). Y ahí no están apuntadas las fiestas de los barrios, que son varias. Por ejemplo, en mi pueblo están las de El Socorro, las de El Pico, las de El Portezuelo... que también tienen, como corresponde, sus ventorrillos, sus banderas, sus fuegos artificiales y sus verbenas. En las de El Socorro, a finales de septiembre, se pasea, además, por todo el pueblo durante una semana el cuadro antiguo de la Virgen que preside el altar de la iglesia y se va parando por las casas donde se la agasaja. Oh, hay hasta una casa donde, entre guirnaldas y banderines, ponen siempre para recibirla un cartel donde dice: "Virgencita del Socorro, ya llegaste a El Calvario, aquí te estamos esperando, cenando en casa de Yayo". Igual es para invitarla a unos vinos, todo puede ser.

Tampoco en el cartel de esta semana se cuentan otras fiestas de bailes y cuchipandas, como los Carnavales o las Romerías o las navidades, porque, si las contáramos, correríamos el riesgo de que los de fuera nos preguntaran: "Pero ustedes ¿cuándo trabajan?".

Recuerdo historias que corroboran este carácter lúdico del hombre, estas ganas de una fiesta por encima de todo: mi padre de joven yendo con sus amigos caminando desde La Laguna a Taganana (casi incomunicado en aquel entonces), durmiendo en pajares unas noches, para no perderse las verbenas; las hijas pequeñas de una amiga a las que una chiquita que las cuidaba  y que era de Roque Negro, el pago perdido en las Montañas de Anaga, les pintaba la semana de las fiestas con tales colores, como si fuera el baile de la Ópera, que ellas no pararon hasta que su madre tuvo que llevarlas a ver esa maravilla; el sobrino inglés de una amiga de mi madre que ella nos traspasó a mi amiga Cae y a mí para que lo paseáramos y lo llevamos a una verbena en Bajamar, y se quedó tan emocionado (no había visto nada igual en Inglaterra) que, cuando su tía le preguntaba qué quería ver, si el Teide o las playas del sur, él pedía: "Vegvena, pog favog"; y una historia que leí hace tiempo de un pueblito mejicano que preparaba una boda y llegaron las tropas francesas, que estaban hambrientas, y en lugar de pedir, decidieron comerse todos los alimentos que las familias llevaban tiempo guardando para la boda. Entonces todos se organizaron, rodearon el batallón de franceses y los pasaron a cuchillo a todos. La historia, probablemente falsa, terminaba con un lema, probablemente verdadero: no hay comunidad más fuerte que la que defiende su derecho a bailar.

En estos tiempos en que suenan tambores de guerra y en muchos sitios se encienden los cielos con luces destructivas, prefiero mil veces las músicas de las verbenas y la luz en la noche de los fuegos artificiales que brillan sobre los noveleros de este mundo. Y doy la bienvenida a ese cartel de mi pueblo que recuerda nuestro derecho a bailar y a ser felices.


lunes, 23 de febrero de 2026

Hombres buenos


Lo crean o no, en este mundo tan lleno de ruido y furia, hay muchos hombres buenos. Mi padre era un hombre bueno y también lo son mi marido, mi hijo, mi nieto, mi hermano y muchos de mis amigos y familiares. Y con bueno quiero decir una persona decente, respetuosa, con ideas propias pero que no necesita imponer a los demás, generoso, empático, incapaz de hacer daño al otro. Y ya sé que la bondad no está de moda, probablemente desde que Nietzsche definió al buen hombre, frente al superhombre, como alguien dócil, inofensivo, predecible y fácil de engañar. Pero en el fondo sabemos que no es así y que la bondad sigue siendo la virtud más alta.

Y esto es algo que hay que hacer constar de vez en cuando porque es verdad que hay gente que disfruta haciendo putaditas al prójimo, a la que le importan tres pepinos los demás, que solo mira en su provecho, que gritan mucho para tener razón (y por eso parece que son más), que engañan y disfrazan la realidad para conquistar poder, que viven con ira... Y total, ¿para qué?

Hace muy poco mi amiga Ligia me mandó desde Miami una reflexión que me gustó (y qué maravilla es que este mundo se haya empequeñecido para estar solo a un click de distancia y poder hablar y compartir ideas, como cuando estábamos en el colegio). El texto (siento no saber el autor) partía de una verdad evidente: dentro de 50 años ninguno de nosotros estará aquí. "Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado con el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes". Y concluía con lo inútil que resulta entonces vivir compitiendo, envidiando, pasándolo mal y haciendo sufrir a los demás.

Nosotros y los que nos rodean en este instante que compartimos somos viajeros ocasionales. Y es un lujo que los que nos acompañan en este viaje sean hombres buenos, aquellos que, como en la novela de Harper Lee, se pregunten cómo puede haber alguien capaz de matar un ruiseñor. Son los hombres justos de los que hablaba Borges, los que cultivan jardines, acarician un animal dormido, o agradecen que en la Tierra haya música. Frente a Nietzsche y su superhombre, "esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo". 

Y yo, particularmente, me siento afortunada y llena de gratitud por haber compartido una parte del camino con ellos, los hombres buenos, la gente con luz. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Pensando bajo la lluvia


El miércoles leí en las redes que los meteorólogos, tal como si anunciaran las rebajas, ponían fecha ya al fin de las lluvias en España. Que sí, que todavía habría frentes, precipitaciones irregulares, rachas de viento destacables, borrascas con curiosos nombres, nieve en muchos sitios..., pero que ya, por fin, se ve que algo va a cambiar y que, al final del túnel, nos espera una temporada de sol y mariposas. Qué bien se guardan las espaldas los muy ladinos...

Porque ¡mira que ha llovido!. Todos los que tenemos una cierta edad hemos comentado (igualito que todos los años) que nunca había llovido tanto y tantos días seguidos, y que está bien que la naturaleza y los dioses hayan hecho caso tan generosamente a nuestras rogativas, pero que podían hacerlo con más moderación, que siempre se pasan, no hay más que ver el Diluvio. También es verdad que, gracias a ello, hasta los de Lanzarote han mandado fotos a todo el orbe mostrando campos llenos de flores, cosa nunca vista allí. E incluso los montes del sur de nuestra isla, siempre marrones y resequidos, lucen un verde lustroso que da gusto verlos.

Para celebrarlo, también me mandan unas viñetas -que me encantan- de filósofos bajo la lluvia. Los escépticos, aquellos que hicieron de la duda su centro de atención, se preguntan, mientras se enchumban: "¿Realmente llueve?". Los peripatéticos, los que, como Aristóteles, propagaban sabiduría paseando por los jardines del Liceo (peripatetikós significa "que pasea"), caminan y caminan sin parar bajo la lluvia buscando soportales. Los cínicos que predican la austeridad, como Diógenes, que vivía en un barril y tiró su vaso cuando vio que un niño podía beber con la mano, se mofan de los demás: "Solo los tontos necesitan paraguas". Los eclécticos, que seleccionaban lo mejor y más útil de cada doctrina para hacer la suya propia (Cicerón, por ejemplo), ante la lluvia están abiertos incluso a la idea de sombrero. Los estoicos, que decían tan serios aquello de "si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido", proclaman -efectivamente, impávidos- que hay que aceptar el clima, vamos, anda. Y los epicúreos, que abrazan el placer como principio, como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, gritan contentos chapoteando: "¡Yuhuu! ¡¡Charcos!!".

¿Qué podemos concluir? Todo, las lluvias, los campos floridos, las cumbres verdes, los mayores y sus comentarios y el hecho de que hasta los filósofos, tan encerrados siempre en sus aulas y bibliotecas, se hayan atrevido a triscar y a mojarse bajo la lluvia, todo eso habla de la realidad que nos ha acompañado estos meses, de las distintas apreciaciones que ha tenido (¡Bendita lluvia! ¡Cochina lluvia!) y de que, como predicen los meteorólogos, ya es hora de despedirla como a una de esas visitas que duran demasiado.

Este domingo, cuando salí al patio, había cielo azul y el jazmín había florecido. Y como un eco, me llegó desde lejos la voz de Machado: "Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida , / otro milagro de la primavera".




lunes, 9 de febrero de 2026

Si volvieras a nacer...



El jueves pasado, cuando estaba esperando el final de Pasapalabra (el mayor bote de la historia del programa, ya saben), vi un poco de El Hormiguero y oí a Pablo Motos que preguntaba a sus invitados si querrían ser otra cosa si volvieran a nacer. Como no veo este programa, no sé si es algo que suelen preguntar, pero últimamente me encuentro con ese interrogante a menudo. Lo hacen siempre, por ejemplo, en el Babelia de El País al final de las entrevistas que figuran bajo el título de "En pocas palabras".

La pregunta es más profunda de lo que parece. Apela a los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los caminos que se nos cierran cuando elegimos uno y no otro, lo que pudimos ser y no fuimos. Puede también conducirnos al tema de la libertad de elección, incluso al de las segundas oportunidades. De "¿por qué demonios elegí esto y no aquello?" y de "¿estoy a tiempo de cambiar de vida?". Habla de "lo que hemos elegido ser, pero...".

Las respuestas me llaman la atención precisamente por eso. Hay algunas hechas con humor y ligereza, pero hay otras muy serias, como si el entrevistado se hubiera dado cuenta en ese momento de que hay varias posibilidades en el camino de la construcción de nuestro yo.

Hay personas que desde pequeños ya saben, los muy suertudos, a lo que dedicarán su vida, como mi nieta mayor que desde casi la cuna emborronaba cuadernos con sus versiones de lo que veía, enfilada ya a lo que es ahora, una graduada en Bellas Artes que explora el mundo desde un punto de vista muy personal. Y otros que van eligiendo su futuro sobre la marcha, por los motivos más diversos, como uno que oí una vez por la radio y que contaba que había hecho Veterinaria porque, cuando iba a matricularse de otra cosa, se encontró con un amigo que le dijo que en el bar de Veterinaria hacían unos bocatas de tortilla que te podías morir. La vocación es la vocación.

Así que sí, hay respuestas para todos los tipos. En las de El Hormiguero Tamara Falcó dijo que a ella le hubiera gustado ser escritora de guías de viaje porque así viajaría y conocería sitios nuevos todo el tiempo. Tiene sentido, oye. En Babelia, a un escritor le hubiera gustado ser médico para poder decir "yo" cuando en un avión preguntan si hay un doctor a bordo. Una actriz querría haber sido percebeira, pescadora de percebes, y un bailarín, si no hubiera podido dedicarse a la danza, verdulero. Yo tengo una amiga, catedrática, que no le hubiera importado ser peluquera (se le da bien, la verdad). El alma humana es insondable.

Yo, si volviera a nacer y tuviera que elegir, sabiendo lo que ya sé y lo que he disfrutado en la vida con mi trabajo, volvería a ser profe de filosofia. Es una profesión preciosa en el que cada año es distinto, no hay un día igual a otro y se aprende mucho. Eso sí, a lo mejor, por pedir, si volviera a nacer, pediría a la naturaleza que me concediera tener tan buen oído para la música como toda mi familia (ya está bien de ser la única que desafina).

Pero no volveremos a nacer, así que mejor nos conformamos con lo que tenemos y estudiamos bien nuestras elecciones para que, como en Se vive solamente una vez, una de mis canciones favoritas, podamos cantar a grito pelado (eso sí, desafinando yo) lo de "No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue..."

lunes, 12 de enero de 2026

El dios de los umbrales



Este fin de semana he recogido las "navidades": el árbol, el nacimiento, los centros de mesa, los machanguitos navideños que una va soltando por todos lados, las coronas de las puertas y todas esas fruslerías que alegran la casa en este tiempo tan frío. Es un trabajazo, no crean. Y siempre, siempre se queda algo por detrás (esta vez fueron unos posavasos con ramas de muérdago) que hay que colocar otra vez en las tronjas, venga a sacar otra vez la escalera. Y después la casa se queda como un poco más vacía ¿no?. Por eso, no me extraña que haya quien deje los adornos y el árbol y toda la parafernalia hasta Semana Santa. Incluso, me contaba una amiga profesora, hay casas, como la de un alumno suyo, en la que la dejan todo el año, ahí con lucecitas y todo, sin cansarse.

Pero para mí lo especial que tiene la Navidad, aquello que la hace mágica para mucha gente, es que es una vez al año y se termina, es algo pasajero, que se repetirá, sí, pero que también siempre incorpora algo nuevo: esta vez, por ejemplo, bolas nuevas traídas de viajes, como el reno que me trajo mi nieto de Laponia o la bola con nieve y un autobús de 2 pisos de un viaje a Londres, o el corcho con las acuarelitas con las que mi hermana me felicita cada año y que siempre es distinto... Cada Navidad es distinta y no me veo contemplando todo el año lo mismo. ¡Y qué gusto da de pronto sentir espacios, no ver tanta servilleta adornada con campanas ni tanta vela roja! Es la hora de cerrar la puerta a todo eso y abrir la del tiempo por venir, el tiempo normal, el de las dietas, la fruta y las verduras, sin el añadido del turrón y el mazapán.

Por algo enero es el mes de Jano, una deidad primigenia de la Roma original, de quien toma su nombre, derivado de janeiro, el january inglés. Su nombre nos cuenta su historia porque viene de una antigua palabra indoeuropea que significa "puerta". Y es que Jano es el dios de las puertas y los umbrales que se abren y cierran, el de los comienzos y los finales capturando así la naturaleza circular del tiempo, el de las transiciones. Se le representa siempre con dos caras (bifronte lo llaman), una anciana mirando al pasado sellándolo y otra joven al futuro dando la bienvenida a lo nuevo. Todo final es también un comienzo.

Atrás se quedan las tronjas y armarios donde se guardan los brillos de las fiestas pasadas y, tras cruzar el umbral del nuevo año, tal como quería el dios, hay 365 días (bueno, menos 12 cuando esto escribo) nuevecitos y a estrenar y a llenar de lo que nos parezca mejor: nuevos proyectos, nuevos viajes, nuevos descubrimientos, nuevas conversaciones... Como si queremos ir comprando ya nuevos gorros de Papá Noel, porque, como hubiera dicho mi amigo Juancho, la próxima Navidad está ahí mismo.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Como en casita


Ustedes me tienen que reconocer que estos tiempos prenavideños son un disparate. Un rebujato de coches casi parados en colas interminables, calles llenas de ruido y furia, gente, gente y gente con cara de mal humor... Oh, ayer se me ocurrió ir a un supermercado y, sin querer, rocé en el brazo a una chica joven. Le pedí disculpas con la mejor de mis sonrisas y, no solo no me contestó, sino que me miró con una cara de odio, como si fuera Voldemort a punto de mandarme la maldición Avada Kedavra. Eso no es normal, y menos cuando por los altavoces sonaba a todo meter el Alegría, alegría, alegría.

En momentos como este es cuando lo que me pide el cuerpo es estar disfrutando de la paz y el silencio de mi casa. Y el universo parece conspirar para ello, como si el mismo ET, el extraterrestre, estuviera ahora invocando melancólico lo de "Teléfono, mi casaaa". La casa como lugar de sosiego. La casa en silencio propiciando la meditación, la lectura, el pensamiento. La casa en que duermes, ríes, proyectas, escribes, sueñas, eres tú misma. La habitación propia que pedían Virginia Woolf y Agatha Christie. A esta última, en uno de sus viajes arqueológicos a Oriente Medio con su marido, le hicieron un cuarto de adobe pequeño y cuadrado y le colocaron en la puerta una placa en escritura cuneiforme en donde ponía Beit Agatha, la casa de Agatha. Allí restauraba figuritas de marfil y fue donde empezó a escribir su deliciosa "Autobiografía". Jane Austen, celebrada ahora bastante por el 250 aniversario de su nacimiento, ambienta sus novelas en las casas desde las que las mujeres mueven el mundo. Escribe: "No hay nada como quedarse en casa para disfrutar de la verdadera comodidad". Hay novelas, como "La mansión embrujada"de Mary Stewart, en la que la casa, Thornyhold, es la protagonista. Y mi hija Ana, en uno de los poemas por los que ganó en el año 94 el Premio Félix Francisco Casanova empezaba diciendo: "Esta es mi casa, / donde trabajo, /vacilo, / siento incompletas la noche / y la mañana. / Donde descanso, / donde respiro, / donde resuelvo penumbras."

Las mujeres, que han reinado toda la vida en la casa,  lo han tenido siempre claro y han reivindicado su valor. Pero estos días es la primera vez que leo que un hombre, un filósofo, Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, defiende, frente al ruido diario, el regreso al hogar como acto de subversión. Dice que "quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia". El hogar es el refugio, donde el silencio es el único lugar en que todavía puedes escucharte, donde, alejados del bullicio exterior,  puedes existir sin que nadie te esté evaluando ni exigiendo nada. La casa como " bastión de libertad, donde vivir sin testigos, sin mercado ni presiones". Volver a la casa se convertiría en la nueva revolución: no gritar, sino callar; no correr, sino detenerse; no exponerse, sino resguardarse.

Ya era hora de que un filósofo cayera en ello. Es verdad que Kant fue bastante casero y nunca salió de su Koegnisberg natal. Pero no se atrevió a contar lo bien que le vino a su creatividad estar en casita. Las mujeres lo han dicho siempre, pero los hombres callaron.

Así que ahora, que es tiempo de formular deseos, quiero para todos que disfruten de su casa, que se acurruquen en estas tardes frías con mantita, té y libros (si es posible, ante un buen fuego) y que se aprovechen del silencio y el calor del hogar  para pensar y gozar. 

Yo estoy ya como la viejita del cuento que, moribunda, le dice al cura que la está consolando con las delicias del cielo: "Ay, sí, padre, pero como en la casita de una...".

lunes, 2 de junio de 2025

La buena fama y el echarse a dormir



En los tiempos en que trabajaba y mi hijo iba todavía al Instituto, los dos a veces hacíamos un "duelo de famosos", contando los saludos que cada uno recibía por las calles de La Laguna. Hacíamos trampas, claro, porque si veíamos que el otro iba ganando, nos poníamos a saludar a cualquiera que pasara sin conocerlo de nada. Y cuando recordamos ahora semejante tontería, siempre nos reímos porque los dos sabemos que la fama es efímera y peligrosa y alienante. Sí, mucha gente la persigue, a lo mejor por aquello de "cobra buena fama y échate a dormir". Pero no se fíen. A mí me gusta más la frase de Marco Aurelio que dice: "Si la fama llega después de la muerte, no tengo prisa en conseguirla".

Todos hemos conocido a gente famosa. ¡Yo hasta tengo amigos que han sido y son famosos! Mi amiga Chari, porque fue la primera jugadora canaria de baloncesto que fue internacional; mi amiga Ani, cuando fue Miss Tenerife; mi profesor Don Emilio Lledó, que es académico, Premio Príncipe de Asturias, Premio Nacional de las Letras Españolas y un filósofo como la copa de un pino; mi amiga Ana, por ser la primera mujer nombrada Presidenta de la Academia de Ciencias... 

Pero también me he rozado en la vida con algún famoso (seguro que ustedes también). Yo, con el Papa Benedicto XVI cuando él pasaba casualmente en el papamóvil por la Plaza de San Pedro, a pocos metros de nosotros, repartiendo bendiciones a diestro y siniestro; con Javier Solana, cuando era Secretario de la OTAN en un acto de la Universidad en el que hablamos un ratito; con Jerónimo Saavedra, cuando era Presidente de la Comunidad de Canarias y lo saludamos en Londres en medio de Oxford Street; con el dramaturgo Buero Vallejo, con el que comentamos, en el Colegio Mayor, "Historia de una escalera"... El último fue con el Premio Nobel de Física 2006 John C. Mather, al que saludé y con el que me retraté, como ven en la imagen inicial (después de todo una no se encuentra con un Premio Nobel todos los días), en la Universidad de La Laguna cuando lo nombraron este mayo pasado Doctor Honoris Causa  al mismo tiempo que a mi amiga Ana Crespo.

Me ha encantado conocerlos, la verdad, y los admiro por lo que han hecho. Pero, como aquellos esclavos que iban en los desfiles romanos detrás de los héroes repitiéndoles lo de "Recuerda que eres mortal", me gusta también bajarlos a la altura humana. El mismo John C. Mather en una autobiografía cuenta que se crio en una casa "en la cima de una larga colina, con vistas a un valle lleno de campos, granjas y bosques" e iba a la escuela con los hijos de los agricultores de la zona. Cuenta sus habilidades y sus carencias (le gustaba la física, pero no se le daban bien las humanidades) y reconoce las ayudas prestadas.

El actor Richard Gere en una entrevista dice sobre la fama: "No tiene nada de especial ni nosotros somos seres especiales. Estamos hechos del mismo material que el resto de los seres humanos, y esto hay que tenerlo claro siempre". Y relacionado con esto, recuerdo el casi final de la película Notting Hill en la que el personaje de Julia Roberts es una actriz superfamosa que le pide salir al chico que le gusta, un librero de Notting Hill. Este la rechaza precisamente por la fama -"Vivo en Notting Hill y tú en Beverly Hills, todo el mundo te conoce y mi madre a veces no recuerda ni mi nombre"-, a lo que ella le contesta: "Eso de la fama no es real ¿sabes? Y no olvides que solo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran."

Al final todo -la fama, los honores-se reduce a eso, a ser personas delante de un reto , a ser seres humanos en busca de aquellas cosas que nos hacen felices.



lunes, 14 de abril de 2025

Disparatelandia



No sé si les he contado que de vez en cuando me da por coleccionar disparates. Y no me refiero a grandes disparates, tipo la llamada "guerra arancelaria" del Donald Trump, que puede llevar a la economía mundial y a su propio país a la recesión. No, me refiero a las noticias sobre la conducta humana que a veces salen en los medios de comunicación y que nos hacen decir: "Este (o esta) está como una cabra". Y vayan unos pocos ejemplos:

Dan Brown, el de "El código Da Vinci" , cuando no sabe qué escribir (el bloqueo de la página en blanco, que le dicen) se cuelga de los tobillos cabeza abajo a ver si le viene la inspiración.

O esta noticia, aparecida en X: "Una mujer fue ingresada ayer en un Centro hospitalario al presentar herida de gravedad en el ojo izquierdo. La causa, recibir el impacto en el ojo de un supositorio después de que su marido, que acababa de ponérselo, se tirara un pedo."

O aquella que se opera de la nariz porque no quiere que sus futuros hijos salgan con la nariz torcida como ella.

O la noticia de una tesis doctoral que copió a otra, cosa que no es tan rara porque está a la orden del día. Lo disparatado es que el plagiador copió hasta la dedicatoria.

O este, tal vez más inquietante, disparate kafkiano que cuenta Aramburu en El  País: el caso de una estudiante alemana a la que le pasaron repetidas veces una factura de gas, electricidad y agua por valor de 0 euros y, al final, con amenazas de embargo. Tan solo cuando el asunto se hizo público, la empresa energética reconoció su "error técnico" que atribuyó, cómo no, a los ordenadores y no al ser humano.

O aquella vez, hace 12 años, que Corea del Norte impuso para las mujeres 18 cortes de pelo obligatorios y para los hombres, 10.

O la vidente italiana (condenada anteriormente por estafa y bancarrota fraudulenta), cuyo poder emana de una estatua de la Virgen que llora lágrimas y sangre y que multiplica para alimentar a sus seguidores, no ya panes y peces, sino ñoquis y pizzas.

Y en el mundo del arte ¿no es disparatado considerar una obra de arte que la actriz Tilda Swinton se pegue una dormida de 8 horas dentro de una urna de cristal en el MoMA de Nueva York (imagen inicial)? ¿O que se venda un plátano pegado a la pared con cinta aislante gris por 6,2 millones de dólares?. El comprador, emocionado, dijo que se lo comería ese viernes. Claro que también se quedó con el derecho a reproducirlo, es decir, pegar otro plátano a la pared y decir que es la misma obra de arte. ¡Oh!

Y otro disparate que a lo mejor no lo parece pero que me asombró es el que cuenta el escritor y periodista Tom Quinn en su obra Sí, señora: la vida secreta de los sirvientes reales sobre el rey Carlos III de Inglaterra. Al parecer este tiene pequeños arranques de irritación con sus sirvientes , entre otras cosas, cuando la pasta de dientes no está perfectamente aplicada en su cepillo de dientes. ¿Todo un rey de Inglaterra no sabe ponerse él mismo la pasta de dientes?

Viendo todo esto me dan ganas de parafrasear una canción de Joaquín Sabina y Caco Senante, "Si no fueras tan", y aplicársela al ser humano: "Si no fueras tan inconcebible, / si no fueras tan inadmisible, / si no fueras tan incorregible, / si no fueras tan indefendible...", la vida sería mucho, muchísimo menos divertida.


lunes, 31 de marzo de 2025

Los alegres despertares



En la casa familiar de mi niñez no había despertadores. Mi abuela era nuestro despertador natural. Ella abría los ojos al alba y preparaba el café moliéndolo y, antes de las cafeteras exprés, colándolo gota a gota en aquellos coladores de tela. Si no nos despertaba el maravilloso olor mañanero del café, lo hacía mi abuela que, durante el curso, nos traía a la cama un café con leche. Y después de vestirnos, ya desayunábamos como es debido en la cocina, generalmente una leche con gofio y un trozo de los  esponjosos bizcochos que ella hacía.  Pero los días de fiesta y las vacaciones nuestro despertar era más musical. Mi madre nos despertaba cantándonos una canción sin sentido de Bonet de San Pedro que decía: "Arriba con el tirolirolílorí, abajo con el tiroriloleiro, se juntaron las dos esquinas a tocar la mandolina y a bailar el solirón, pompón". Y a veces mi padre también lo hacía, pero él, curtido por dos años de cuartel que le tocó hacer después de la guerra, lo que nos cantaba era: "Quinto, levanta, tira de la manta, que viene el sargento con el cinturón". Otra cosa, no, pero entretenidos sí que eran los despertares en mi casa.

Y es que el invento del despertador, aunque no lo parezca es de ahora mismo. Aunque fue por el año 1787 cuando el estadounidense Levi Hutchins lo inventó, su producción masiva no ocurrió hasta 1947, un año antes de que yo naciera. ¿Cómo se despertaban antes? Con el sol, claro, igual que las gallinas, pero también con las campanas de las iglesias, que fueron la única referencia horaria hasta que las sirenas de las fábricas empezaron también a marcar la hora con sus silbidos. Antes funcionó un servicio de personas-despertadores que, por unos céntimos, hacían la ronda despertando sobre todo a panaderos y campaneros. A finales del XIX todavía quedaban en París una docena de mujeres con este oficio y, en la Inglaterra de la Revolución Industrial, los knocker-up iban con una vara larga golpeando las ventanas de sus clientes. Y había otros trucos, como poner un clavo en una vela, calculando el tiempo en que se derretía y, cuando lo hacía, el clavo caía sobre una chapa de metal haciendo que el ruido despertara al bello durmiente. Mira que el ser humano es ingenioso...

Cuando pensamos en toda esta historia, hasta nos sentimos orgullosos de haber domesticado al tiempo. Aunque siempre nos queda la duda: ¿No será al revés y es el tiempo el que nos ha poseído a nosotros? Porque, al inventarse despertadores, cronómetros, relojes que cuantificaban las horas, surge también la idea de que se podía perder el tiempo, que había que aprovecharlo bien porque era algo valioso, que se podía comprar y vender. En "Momo", el libro de Michael Ende, los hombres grises lo saben bien y toman posesión de los hombres, robándoles el tiempo como sanguijuelas. En el libro la lucha de Momo es contra ellos porque en él se concluye que el tiempo es la vida y no hay nada más valioso que nuestras horas irremplazables.

Hoy creo que los jubilados, que tenemos menos futuro que pasado, somos los más conscientes de esa idea. Y, aunque ahora los despertadores forman parte del escenario normal de cualquier casa, sabemos que el verdadero lujo está  en que podemos prescindir de ellos ¿Qué mejor despertar que hacerlo al oír a los pájaros anunciar un nuevo día, o el sonido del viento en las ramas o de la lluvia en los cristales? ¿O que quien vive contigo te despierte, si ya no con canciones como hacían mis padres, con un beso de buenos días? Es la mejor manera de abrir la mañana con una sonrisa y de hacer de cada día una obra de arte.

P.D.: Aunque me ha dado mucha rabia que este fin de semana pasado, el último de marzo, nos hayan robado una hora de nuestro tiempo ¿Serán los hombres grises?

lunes, 24 de marzo de 2025

Momento Robinson



Uno de los primeros libros que leí, a los 12 años, fue "Robinson Crusoe" de Daniel Defoe. Todavía conservo el libro de entonces, de Editorial Bruguera, edición de 1960, cuya portada, obra de Vicente Roso, pueden ver en la imagen inicial.

"Robinson Crusoe" es un canto a lo que ahora se llama resiliencia, pero que siempre ha sido superación de obstáculos o capacidad de adaptación que tenemos los humanos frente a las situaciones adversas que nos encontramos en la vida. A mí siempre me maravilló la historia de ese hombre que se ve arrastrado por el mar a una isla desierta (que con razón llamó la isla de la Desesperación) y es capaz, desde cero, de vivir en ella, de construir su casa, de alimentarse y protegerse. En un primer momento incluso hace una lista de Males y Bienes y escribe entre los primeros: "Me encuentro abandonado en una isla desierta, sin esperanzas de salir de ella"; y en los segundos: "Pero estoy vivo y no me ahogué, como mis compañeros". O "No tengo vestidos con que cubrirme" y "Pero vivo en un clima caluroso, donde, si los tuviera, no podría usarlos". Por esta defensa de los pros frente a los contras, es el protagonista de novela más positivo de toda la literatura.

Pienso en él muy a menudo porque creo que todos hemos pasado por un "momento Robinson", momento en que parece que nuestra vida cambia por completo, en que nos planteamos, abatidos, el "¿Y ahora qué hago?" y, sin embargo, nos ponemos de pie y salimos adelante.

Rosa Montero una vez habló de que el escritor Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura, fue internado a los 15 años en el campo de exterminio de Auschwitz y mucho tiempo después escribió: "Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente tan insensato y sin embargo tan obstinado:  yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración". Aquel adolescente, comenta Rosa Montero,  estaba tan lleno de ganas de vivir que consiguió acostumbrarse al infierno.

Y una escritora canaria, Cristina Arvelo, escribió hace poco un libro titulado "¿Y si no vuelvo? Aventuras y desventuras de una antimochilera en el paraíso", en el que narra su experiencia vital, la de una apasionada por los viajes, una mochilera que se ha recorrido el mundo y que de repente ve que una enfermedad grave puede cortarle las alas. Pero lo que hace es no renunciar a sus sueños sino cambiar la forma de viajar, desechar las cosas que no podía hacer pero disfrutar de las que sí podía. Es decir, adaptarse. Siempre hay otros caminos.

Sorprende ver cómo se superan las personas que han sufrido un incendio, un terremoto, una erupción de un volcán, una pandemia, una desgracia... Gente que lo pierde todo, pero remontan y con el tiempo vuelven a ser felices. Como mi abuela, chapó por ella, que se vio en la calle con 4 hijos, sin su casa  y sin la tienda que era su medio de vida, y, sin embargo, salió adelante haciendo los dulces más ricos de La Palma y dando educación a sus hijos.

Si buscan, también ustedes pueden haber visto de cerca un momento Robinson. Porque así somos los humanos: adaptables, resistentes, tenaces, supervivientes. Ya lo dijo Darwin: no es la ley del más fuerte la que nos hace evolucionar como especie, sino la capacidad de adaptación a los cambios. Afortunadamente, la vida siempre se hace un lugar.




lunes, 24 de febrero de 2025

La fin del mundo



Mi prima María Elena tenía una vecina, Fefa se llamaba, que se pasaba la vida pronosticando "la fin del mundo", así en femenino, como si todas las desgracias fueran de ese género. Y ahí entraba todo: cometa Halley, cambio de siglo, predicciones de los mayas y todas las catástrofes y hecatombes habidas y por haber.

Si Fefa, esté donde esté, supiese lo del asteroide 2024 YR4 que, según las agencias espaciales y los astrónomos, a lo mejor chocará con la Tierra el 22 de diciembre de 2032 (recuérdenme no comprar lotería de Navidad ese año), igual sentiría que toda su vida y su misión de agorera estarían totalmente justificadas: al final, la fin del mundo está, como quien dice, ahí mismito, a la vuelta de la esquina.

Según la NASA, la probabilidad de que el asteroide de las narices (entre 40 y 90 metros de diámetro se especula que tiene) nos espachurre ha subido al 3,1 %, cuando a principios de mes el riesgo rondaba el 1,2%. La cosa es para sentirse como Tintín en La estrella misteriosa cuando ve una luz muy potente en el cielo que cada vez se acerca más y más. "Sí, este bólido va a chocar contra la Tierra", le dice el Director del Observatorio. "¡Santo cielo! Entonces ha llegado...", dice, consternado, Tintín. "¡EL FIN DEL MUNDO, SÍ!", contesta el Director. O por lo menos, el fin de un mundo ¿No desaparecieron los dinosaurios hace 66 millones de años precisamente por el impacto de un asteroide?

¿Qué haríamos si, cerquita de 2032, nos dijeran que las probabilidades del gran impacto subieron al 100%? A esta pregunta los hay que tienen lo que yo llamo la respuesta avestruz: esconderse donde sea, mientras el mundo externo se desmorona. Como el grupo de supermillonarios que, bajo las praderas de Kansas, se han construido un refugio de lujo con apartamentos de más de dos millones de dólares, piscina, biblioteca, sala de cine y una granja interior que puede abastecer a 70 personas durante 5 años. O como aquellos que, cuando los mayas profetizaron el final en el año 2012, se fueron al Languedoc a esconderse en las cuevas y pasadizos subterráneos del pico de Bugarach, que algunos piensan que son obra de los cátaros o de los extraterrestres, fíjate tú.

Están también los que piensan , como El Roto en su viñeta de hace unos días, que "el meteorito que quizás destruirá la Tierra está habitado por nosotros" (en el más puro estilo sartriano de que "el infierno son los otros"). También Irene Vallejo, recordando la silueta semienterrada de la estatua de la Libertad al final de la película "El planeta de los simios", dice que "la posteridad depende del uso que damos hoy a nuestra libertad y que el auténtico cataclismo -y su posible solución- somos nosotros".

Yo haría lo que otros muchos han pensado si el cielo cayera sobre nuestras cabezas, como temían los galos de Astérix: me sentaría en la terraza, viendo la tarde (o el meteorito) caer, a tomarme un café (o, ya puestos un chocolate con churros o un gin-tónic, y a la porra la contención); o quedaría con familia y amigos (que cada uno traiga algo para acompañar el champán que pongo yo) para comentar lo que vivimos en ese momento.

Y, cuando ya el instante haya pasado sin que se moviera ni una sola hoja de un árbol, brindaría por el gran Montaigne que dijo aquello de "Mi vida ha estado llena de terribles desgracias la mayoría de las cuales nunca existieron". 

lunes, 10 de febrero de 2025

¡Luz, más luz!




El viernes por la noche, sobre las 9 y pico, se nos fue la luz. Estábamos viendo mi marido y yo la película Su juego favorito (ya saben, aquella de Rock Hudson en la que él, una autoridad en pesca con libros publicados y todo, confiesa que no ha pescado en su vida), cuando de repente la tele y la casa entera se quedaron completamente a oscuras. Y, al mirar por la ventana, tampoco tenían luz las casas de alrededor ni el pueblo allá en la carretera, solo iluminado por los faros de los pocos coches que pasaban.

Cuando ocurren estas cosas, la primera reacción es clamar, como Goethe en sus últimas palabras, lo de "¡Luz!¡Más luz!". Y, por supuesto, la segunda es buscar en la despensa el surtido de palmatorias, velas y linternas que una siempre guarda por si acaso.

La electricidad es algo tan natural en nuestras vidas que lo damos por hecho. Es el Dios contemporáneo, siempre presente, brindándonos no solo luz y calor, sino también comunicación con los demás (descubrí con horror que mi móvil cuando se fue la luz solo tenía 6% de batería), imágenes, distracción, protección. Pero todos nosotros, los mayores, recordamos tiempos en que no era tan normal y segura, sobre todo en los pueblos. Son recuerdos de mi niñez el cenar, en los veranos de Los Realejos, muchas veces a la luz de un quinqué; ver en Los Sauces a la gente bajando por La Calzada con linternas cuando venían de la fiesta en la Plaza y, en las calles mal iluminadas, los cigarrillos encendidos y el resplandor trémulo de una vela tras las ventanas. Y, más tarde, en el 82, la primera vez que fui a La Graciosa, la luz tampoco estaba asegurada. Había un motor que se apagaba puntualmente a las 12 de la noche y todos los que a esa hora estábamos sentados a la fresca en El Palo (un tronco que el mar había traído y que servía de banco) nos quedábamos a la luz de las estrellas y de alguna linterna ocasional.

No, la luz no es algo sobreentendido en nosotros. Por eso nos asombra en los animales y organismos que la poseen de un modo congénito: en el plancton que resplandece en algunas bahías del Caribe; en los chispazos de luz verdosa que se apagan y encienden en los bosques de Indonesia; en los escarabajos ciegos que viven allá, en lo más profundo de la oscuridad, pero que tienen en las cabezas unas puntas redondas, rojas y brillantes; en las medusas transparentes que irradian luz; en las luciérnagas que, al principio del verano, iluminan los bosques; en los corales submarinos que resplandecen como altares de oro; en las criaturas marinas microscópicas que captan la luz del sol y la emiten de noche... Nos maravilla que en ellos sea algo tan propio y natural (la bioluminiscencia la llaman) que no tengan que pagar por ello, como nosotros. Y nos frustran los apagones que sufrimos porque nos recuerdan que somos dependientes y que en cualquier momentos podemos perder lo conseguido.

Al final, no ocurrió como en aquella frase, tan bella y sugerente; de George Elliot en Middlemarch: "Finalmente, la luz de la mañana apagó la luz de las velas". No, en nuestro caso estas se apagaron cuando se gastó la cera una hora después y la luz volvió a las 12 de la noche, cuando yo ya me había dormido. Tuve que levantarme para ir apagando la tele y todo lo que había dejado encendido. 

Después, cuando volví a la cama y ya iba cogiendo el sueño otra vez, me vino a la mente, no sé por qué, la frase de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, que, curioso y asombrado, escribió: "Me gustaría saber cómo es la luz de una vela cuando está apagada".


lunes, 27 de enero de 2025

Tengo una flojetud...



Hay palabras inexistentes que usamos de vez en cuando y que me encantan precisamente por eso, porque a pesar de su inexistencia, encierran un doble significado que todo el mundo entiende. Por ejemplo, detenoso, un adjetivo que un albañil adjudicaba a mi casa para justificar su tardanza en terminarla y que incluía a la vez lo de que era una tarea "detenida" y "penosa". Igual pasa con otra palabra que usamos mucho los mayores de edad cuando decimos: "Tengo una flojetud...". En esa palabra se encierra la flojera (debilidad, cansancio, decaimiento, pereza...) que a veces nos tiene días sin dar un palo al agua mirando a los celajes. Y al mismo tiempo, esa terminación, tud, apunta a la inquietud que todo esto nos produce: ¿Estamos ya con la proa p'al marisco o todavía seguimos dando la lata en este mundo un rato más?.

Frente a esa flojetud que nos paraliza, no hay otro remedio que el movimiento, las caminatas, los paseos, lo que Rosa Montero llama "el lento girar del planeta bajo los pies". Pero no porque te lo manden los médicos, ni porque sepas que es buenísimo para los huesos y el estado de ánimo, sino porque con ello alejamos la flojera y la inquietud. Caminar es gratificante y, desde que nos hicimos bípedos, mueve literalmente el mundo.

Así que hay que caminar mirando, no al móvil, desafiando coches y peatones, sino absorbiendo la vida alrededor. Me encantó un propósito de Año Nuevo que le oí una vez a Eva Hache: "Voy a caminar. Lento, rápido, como yo quiera, como si estuviera de viaje, como una turista de vacaciones. Mirando en los rincones y fotografiando con los ojos las hermosuras simples".

Caminar escuchando y recogiendo palabras, músicas y vivencias de los que nos rodean. Lo que el mundo, la naturaleza y el viento tienen que decirnos.

Caminar descubriendo, incluso en lo conocido, cosas que no habías visto antes. Me acuerdo de paseos en la ciudad mirando hacia arriba, a lo alto de los edificios ¿Ha estado siempre allí esa claraboya redonda tan bonita. esos árboles cargados de fruta en la terraza de un ático, esos verodes en los tejados?

Caminar como un juego, sintiendo que elegimos el camino o que somos dueños hasta de perdernos.

Caminar pensando, sintiéndonos libres, intentando hacer todos los días algo propio y fuera de la rutina. Ensimismándonos, entreteniéndonos y hasta aburriéndonos, porque de todo ello nace a veces la creación.

Así que nada de flojetud. Caminar y pasear es una forma de resistencia frente a ella. Como dijo Ellen DeGeneres: "Mi abuela empezó a caminar 4 km. al día cuando tenía 60 años. Ahora tiene 97 y no sabemos dónde demonios andará".

Pasito a pasito podemos llegar a China. El truco está en no parar.

lunes, 20 de enero de 2025

De dónde venimos



Hace unos días vi una película francesa, Ooh La La!, anunciada como una comedia en torno a los prejuicios sociales y nacionales para espectadores abiertos a reírse de sí mismos. Habla de una pareja (aviso el spoiler) que va a casarse y deciden regalarle a sus padres respectivos (todos franceses de pura cepa), el día en que se conocen, una prueba de ADN pensando que les hará ilusión conocer de dónde provienen. Pero cuando abren el sobre con los resultados, qué chasco. El padre del novio, concesionario de Peugeot y que odia a los alemanes, descubre que es un 50% alemán. En cambio la madre, ama de casa e hija de madre soltera, ve que es un 60% inglesa y al poco está tomando té con el meñique estirado y el peinado de la reina Isabel. La madre de la novia, que es nieta de una princesa italiana, lee que es un 20% portuguesa, como su ama de llaves, y de entrada le da un patatús. Pero peor es el padre de ella, que se jacta de ser un Bouvier-Sauvage, con una familia de duques, condes y gobernadores que están en Francia desde Pipino el Breve, y que encuentra que es un 85% francés, sí, pero un 15% indio cherokee. Su consuegro con mala uva empieza a llamarlo Coyote plateado.

La película, aparte de para reírme un rato, me sirvió para pensar en lo poco que sabemos sobre la variedad de nuestros orígenes y en que conocerlos nos puede llevar a borrar prejuicios, a ensancharnos la mirada y a mirarnos menos el ombligo.

Y en esas, mi nieto que se fue esta semana al desierto del Sahara y me mandó esa preciosa foto, él, de hombre azul sobre un mar de arenas doradas. ¿Habrá caído en que casi seguro él también puede compartir ADN con los saharauis? Muchos canarios tenemos genes guanches, cuyo origen era bereber (berberecho, como me puso una vez una alumna en un examen). De hecho, en su viaje les hablaron de los amazigh, nuestros antepasados, cuya bandera -verde por las montañas, azul por el cielo y amarilla por las dunas- tiene en el centro el símbolo (yaz) que simboliza "el hombre libre" y que aparece en muchas pintaderas de aquí.

A David, mi nieto, le impresionó el atardecer y el amanecer en las dunas, el silencio de las mañanas, el frío gélido por las noches, la luna llena iluminándolo todo, el cielo estrellado, la soledad. Vieron pueblitos con casas color arena que han sido escenario de cien películas; les enseñaron a ponerse en la cabeza el pañuelo al que llaman el pasaporte del desierto; disfrutaron de una fiesta bereber alrededor de un fuego con tambores y karkabas, una especie de castañuelas de metal; montaron en quads a la ida y en camellos a la vuelta; tuvieron comidas y desayunos opíparos y variados en los que no faltaban tortitas con miel y mermeladas acompañando al té o al café...

Me dio envidia, la verdad, porque a estas alturas sé que nunca veré el desierto ni viviré esas noches mágicas y distintas, a pesar de que está ahí al lado, a la vuelta de la esquina. Pero luego pensé que me acerco a él a través de todo lo que mi nieto me cuenta, y él, el desierto, también se acerca a mí a través de toda la calima que manda a cada rato a las islas y que llena de arena roja casas, calles y jardines. Si Mahoma no va al desierto, el desierto viene a Mahoma. Y también ese es tal vez el toque de atención que tiene la naturaleza para recordarnos, sin necesidad de pruebas de ADN, de dónde venimos.

lunes, 15 de julio de 2024

Suspiros de España



Hay una historieta de Mafalda en la que Miguelito le dice a Manolito: "He notado algo curioso en mi papá. De noche cuando se acuesta apaga la luz ¿no? y desde mi cama lo oigo suspirar muy preocupado: ¡¡Ay, Dios!!... Luego de un ratito otra vez: ¡¡Ay, Dios!!..." Y Manolito le contesta: "Y más se acerca fin de mes, más místico se pone ¿no?".

Me acordé de este diálogo genial porque estos días a cada rato y sin venir a cuento, me sale un suspiro desde lo hondo de la caja del pecho y un "¡Ay, Dios!", del que casi no hubiera sido consciente si no fuera porque, como un eco, lo oigo también a mi alrededor. La otra noche, en la cena de los viernes con los amigos, hasta nos reímos cuando caímos en la cuenta de que era la décima vez que uno u otro lo decía. Y si se fijan, la gente por ahí también lo repite, como si fuera un mantra. Oh, incluso la semana pasada en la Caixa la empleada que me atendía lanzó una par de "¡Ay, Dios!" entre tampón y tampón con el que me iba sellando un papel. Le comenté, riendo, la ola de "¡ay, dioses!" que había notado en el ambiente y me confesó que no había caído en que los decía y que realmente no tenía motivos para suspìrar de esa manera.

Y la verdad es que, además, hay variaciones. Está el ¡Ay, Dios! el más extendido (y supongo que se corresponde en inglés con el ¡Oh, my God! de Janice la de Friends), pero también está el ¡Ay, Jesús!, el ¡Ay, Señor! y sus extensiones, ¡Ay, Señor de la Cañita y Virgen de la Manzanilla!, el ¡Ay, Cristo del Gran Poder! y algunos más dentro del espectro eclesiástico.

¿Les pasa a ustedes también? Y si es así, ¿a qué vendrá ese muro de lamentaciones que salpican una y otra vez las conversaciones? ¿Serán suspiros económicos, como parece indicar Manolito? De hecho, Mafalda se lo reprocha en la siguiente historieta llamándolo pedazo de bestia por lo que le ha dicho a Miguelito. "¿Yo? ¿Qué le dije?", pregunta él. "¡Que cuando alguien suspira "¡Ay, Dios!" es porque tiene líos económicos! ¿Vos creés que todo el mundo tiene esa idea de Dios?", Y él, mirando a lo alto, responde: "No, por supuesto. Están los que lo molestan por tonterías".

¿Será entonces por tonterías románticas y amores contrariados? ¿Será por líos políticos o por exceso de trabajo? Pero el verano está para olvidarse de esas cosas y gandulear y no complicarse la vida ¿no? Y sin embargo los ¡Ay, Dios! no solo no cesan sino que parecen aumentar. A lo mejor es por una mezcla de todas esas razones y por la vida en sí con todo lo que conlleva. Y en el caso de mis amigos y yo , puede ser por culpa de que vemos menos tiempo por delante que el recorrido que hemos hecho ya y que, cuantos más años cumplimos, más místicos nos ponemos.

¡Ay, Dios!

lunes, 1 de julio de 2024

Como el sol cuando amanece

Vista desde la sotea

Tal día como el viernes se acabó el curso escolar y, aunque hace 16 años que me jubilé, todavía puedo sentir la increíble alegría de los primeros días de julio. Ahí es nada, dos meses enteros de libertad, de mañanas de mar y de sol, del vermut al mediodía con sus aceitunitas, de tardes de relax, lectura o el dulce hacer nada de nada. ¡Días sin horarios ni despertador! La vida se presentaba los meses de julio y agosto como un largo río de festejos, regocijos y placeres varios. Y a una le daban ganas de cantar a grito pelado aquello de Nino Bravo: "Libreee, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar...".

Cuando me jubilé me prometí a mí misma que la cosa seguiría un camino parecido, sin tanto jolgorio, sí, pero respetando el no tener horarios, el no apuntarme sin ton ni son a clases de chino, manualidades o vainica doble, el saber decir no a todo lo que no me apeteciera. Obviamente no lo he podido cumplir porque la vida tiene sus normas que te van llevando por caminos reglados. ¿O le vas a decir que no al médico que, por tus achaques, te manda a pilates y a caminar?

Ordenando papeles el otro día (tarea fascinante donde las haya), me encontré con un papel escrito por mi nieta pequeña  hace tiempo (supongo que con 6 años, cuando tenía faltas y la letra grande). En la parte alta del papel pone NORMAS, así subrayado, y debajo lo siguiente:

. no saltar por las terrasas

. no subir a la sotea

.no sentarse ni acostarse en la yerba

. no entrar en el guerto

Me sorprendió toda esa autoimposición normativa porque, excepto lo de la sotea (tiene el pretil bajo y puede haber peligro para los niños), no recuerdo haberles prohibido nada: han saltado por donde han querido, se han tumbado en el césped a voluntad y han recogido frutos en el huerto. ¿Será que en el fondo nos gusta la vida ordenada y hasta los niños pequeños lo captan y juegan a no ser libres?

En uno de los últimos libros que he leído ("La casa en el mar más azul" de TJ Klune), Linus, un trabajador social que tiene que hacer una inspección en un orfanato de niños mágicos, se pasa la vida aferrado a un librito de Normas y Reglamentos. Las peculiares características de los miembros del orfanato le hacen cambiar, soltar amarras e ir olvidando que alguna vez no pensó por sí mismo. A la porra las Normas y Reglamentos.

Este fin de semana en que he tenido a mis nietos conmigo, comprobé que también ellos habían olvidado aquel manifiesto escrito hace tiempo: corrieron y brincaron por todos lados, jugamos al rummy y al baloncesto, cogieron del árbol los primeros duraznos... Incluso subimos a la azotea (alias para siempre la sotea) para disfrutar de la vista de todo el valle iluminado por el sol. Dentro de un orden, sí, pero como todos los primeros de julio, sigue sonando el eco de la canción de Nino Bravo: "Libreeee, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar..."

Mi amigo Juancho siempre nos decía estos días (y sigue haciéndolo) que septiembre estaba ahí mismo. Pero nadie nos puede quitar la alegría de una vida y un verano libre.



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