martes, 29 de diciembre de 2009

Brindis de nochevieja




Los seres humanos somos unos optimistas de tomo y lomo porque, si no, no se explica ni que compremos lotería ni que hagamos tantos brindis de cara al futuro cada vez que estamos en copas, sobre todo en estas fiestas.

Hace poco oí por la radio unos cuantos de esos brindis optimistas, como “que el final de Perdidos no nos deje más ídem” o “que el 2010 no sea blaugrana sino rojiblanco”. Incluso yo, el año pasado, en el Menú que siempre hago para la cena de fin de año con los amigos y que, imitando al villancico, comenzaba con “31 de diciembre, fun, fun, fun”, también terminaba con buenos deseos, tal que así:
 “Bienvenido, 2009,
ven, ven, ven,
que la crisis sea breve,
uf, uf, uf.
Con las uvas despedimos
a este año que vivimos.
Hasta nunca, 2008,
que el que viene no sea pocho,
bay, bay, bay…”

Optimista, yo (y una poeta de campeonato). Pero, realmente, a pesar de que en la condición humana está el deseo de parabienes y la mirada hacia el futuro, soy más partidaria de brindar por el ahora, cosa en la que coincido con John Lennon que advertía: “La vida es lo que pasa contigo cuando estás ocupado haciendo otros planes”. O con Nietzsche que ya aconsejó vivir el instante para hacerlo merecedor de un eterno retorno. O con Horacio, ese romano sabio que habló hace siglos de aprovechar el día, el célebre carpe diem.

Así que, siguiendo tan sabios consejos y también porque “me nace”, como dicen en La Palma, este fin de año me rodearé de personas queridas en un entorno cómodo, con velas, luces, árbol de navidad y Nacimiento, y, si se tercia y hace algo de frío por fin, una buena chimenea; pondremos una música elegida por los que saben; comeremos y beberemos lo bueno que la naturaleza nos da; y brindaremos por vivir intensamente ese momento presente en el que, por unos instantes, todo está bien. 

martes, 22 de diciembre de 2009

Por mi mano plantado tengo un huerto (es un decir)




Cuando aún no me había jubilado y me hacían la consabida pregunta: “Y ahora, ¿a qué te vas a dedicar?”, a veces contestaba que al huerto y al jardín. Nada más casarme me compré una enciclopedia por fascículos que se llamaba “Plantas y flores” y me la leí de cabo a rabo por si alguna vez tenía un jardín. Con los años tuve el jardín pero no el tiempo para cuidarlo. Parecía que ahora había llegado el momento ¿no? Pues no.

Por una parte, porque para tener un huerto y un jardín en condiciones no sólo hay que tener tierra, entusiasmo, enciclopedia y tiempo sino también “mano”. Mi madre pinchaba un palo en la tierra y le salían hojas, oye. Yo hasta hablo con las plantas (no les canto por si acaso) y ellas a veces me hacen caso y otras van a lo suyo. Eso es porque no tengo “mano” y la”mano”, como los juanetes, es algo genético.

Por otra parte, mis amigos, siempre tan animosos, no confiaban en absoluto en mis habilidades y eso, quieras que no, hace que una pierda seguridad en sí misma. Una de mis amigas hasta me hizo una poesía por mi cumpleaños en la que, después de decir algunas cosas como éstas: “La verdad es que no te vemos / en cuclillas todo el día / ensuciándote en la tierra/ ¡Qué deslome, madre mía! / Con la azada en blancas manos / que agrietadas se verían / ¡Las tijeras de podar! / Mil ampollas te saldrían", terminaba aconsejando:

“Pon ya los pies en la tierra
y olvídate de utopías
que es mejor señora bella
que jardinera ajadita”.

Así que, visto lo visto, en este tiempo que llevo jubilada me he dedicado a la jardinería y a la horticultura, sí, pero en la línea teórica y contemplativa, como Aristóteles. También “ordenativa”, todo hay que decirlo. En lugar de coger guataca, rastrillo, pala y azada, le doy apoyo moral a mi marido, que es el que lo hace, y le digo que cave esto o plante aquello o pode lo de más allá. 

Y muchas mañanas salgo al huerto y disfruto de la calma y de lo bonitas que están las matas de plátanos y, ahora, de los nísperos que están en flor y de los naranjos que están cargados. “Las naranjas me saben a Navidad”, decía mi hija de pequeña. Cuando vienen los nietos, les doy un cesto a cada uno y nos vamos de recolección. Cogemos un ramito de cilantro y 3 o 4 chayotas para hacer una tortilla a la noche; recogemos pimientos italianos para asarlos; si hay mandarinas, nos comemos una allí mismo, debajo del árbol. Y también armamos un ramillete precioso con algunas rosas, e incluso mi nieta corta una rama de hiedra para hacer un adorno artístico en la mesa.

La cosecha de nísperos (“la nisperada”) es una excusa para hacer una comida con la familia y los amigos. Y es un placer hacer licores, mermeladas y sorbetes con los duraznos, ciruelas y mangos en el verano, y con las naranjas y mandarinas en el invierno. Ahora que hay aguacates y lechugas, hacemos ensaladas recién cogidas del huerto y tartas con las manzanas reinetas. Y sale todo muy bueno porque hay buen abono natural (después de todo, para algo tenía que servir tanto limpiar el palomar) y porque en la cocina, sí, por fin, salvo excepciones, parece que he heredado “la mano”. 

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Lluevo



Hace poco oí en la radio a una escritora que había visto escrita en una pared esta frase, “Lluevo”, así en primera persona. A ella le parecía la esencia del microcuento, pero para mí es la perfecta metáfora de mi condición de llorona.

Yo soy la lectora y espectadora que todo artista busca. La que no se pone a criticar sin más que si esa película abusa de planos cortos o largos, o que si tal novela ha empleado una estructura postmoderna. No, yo, mientras no sean malas (que ahí sí que me fijo), me sumerjo en las historias que me están contando y río y sufro y me emociono y, por lo tanto, lloro. O lluevo.

A mí me ha encontrado mi marido con los ojos hinchados después de leer una novela histórica y, cuando me pregunta, le respondo, hipando: “¡Es que se ha muerto María Antonieta!”. Yo lluevo religiosamente todas las Navidades (estas fechas especialmente lloronas) con “¡Qué bello es vivir!”, a pesar de que la he visto 100 veces. Lluevo cuando escucho coros de villancicos o himnos militares o coplas desgarradoras. Hasta lluevo con el anuncio del turrón (“Vuelve, a casa vueeeelve, por Navidad”) y con el sonsonete de los niños de San Ildefonso el 22 de diciembre por la mañana porque es el mismo con el que me despertaba de pequeña en mi casa ese día en el que empezaba, a todos los efectos, la Navidad.

Lo último por lo que he llorado en ese plan es por un e-mail emocionante que me han mandado. Ha tenido más de un millón de visitas en youtube, por lo que supongo que todo el mundo lo ha visto. Es una boda en Triana en la que, en un momento de la ceremonia, la novia se vuelve al novio y, de sopetón, por sorpresa y por bulerías, le canta una canción de amor. Llora el novio, el cura, los asistentes (se oye sorber a más de uno) y los que lo vemos a través de Internet. Vamos, que menos mal que yo no estaba presente y emperifollada en la boda porque se me hubiera corrido el rímel, seguro, y fíjense qué papelón.

Claro que después pienso que si yo, un suponer, cuando me estaba casando, después de oír eso de que lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, me viro al futuro compañero de mi vida y le lanzo a grito pelado, con el buen oído que me caracteriza, algo como lo de “que se me paren los pulsos si te dejo de quereeeer…”, los que hubieran llorado o llovido, pero de risa, hubieran sido los asistentes, empezando por el flamante novio.

Y es que, al revés de lo que dice el dicho, del llanto a la risa no hay más que un paso.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La loca de la casa



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La imaginación es la loca de la casa y una fuente de historias que nos entretienen la vida. Antes de llegar a Playa de San Juan hay un muro con un graffiti que dice: “Siento mucho lo que hice”. Y, luego, regados por los muros vamos leyendo: “Lo siento”, “Lo siento”, “Oh, Dios mío, lo siento”. Probablemente lo que le hizo, suponemos que un chico a una chica, sean unos cuernos esporádicos, pero cada vez que lo vemos nos inventamos una historia cada vez más truculenta y, a veces, competimos a ver quién se imagina la barrabasada mayor.

También la imaginación es el motor de los sueños. Recuerdo que mi suegro tenía una huertita preciosa, llena de almendros e higueras, en un sitio llamado La Portuguesa, en los altos de Chío. Cada vez que pasábamos por allí en dirección al Teide, íbamos por toda la subida haciéndonos allí una casita de piedra donde iríamos a pasar, decíamos, los fines de semana, las nocheviejas o los cumpleaños. La amueblábamos, cada vez de una manera distinta, le poníamos una, dos o tres habitaciones, plantábamos más árboles, le poníamos un mirador hacia el mar o hacia el Teide… Pero, cuando llegábamos al Teide y parábamos en uno de las cafeterías de la carretera a tomarnos un café, empezábamos a echar la casa abajo y, luego, por toda la bajada de la carretera Dorsal, nos desinflábamos e íbamos “deconstruyéndola”, como se dice ahora, y diciendo “¡Qué va! ¡Quién nos vería los sábados, bolsas de cemento van, bolsas de cemento vienen! ¡Quita, quita! ¡Y tan lejos…!”.

Hoy, en esta tarde de otoño-invierno en que calienta un sol tibio y en la que me tumbo a descansar en el patio, veo a mi nieta contemplando una hoja que, a cierta distancia del árbol, parece que se mueve sola. “¡Es mágica!”, dice embelesada.. Y oigo la vocecita aguda y tajante de mi nieto: “Boba, que no te enteras. Está colgada de una tela de araña y se mueve con el viento”.

Y es que en la vida la imaginación se topa casi siempre con la cruda realidad. Aunque siempre busca un resquicio para seguir soñando. Oyendo a los niños y medio adormecida al sol, se me va el santo al cielo (otro síntoma de “la loca de la casa”) y pienso en el Espíritu Santo, aquella paloma (mensajera, creo) que fue repartiendo dones. Ya puestos, yo me pediría, por ejemplo, tener el don de lenguas para entender a todo el mundo cuando viaje, o el de la ubicuidad para poder estar en misa y repicando.

Un último pensamiento antes de quedarme dormida es que tengo que hablar urgentemente con el Espíritu Santo. 

martes, 1 de diciembre de 2009

Espacios de pachorra




En una tierra tan pachorruda como la nuestra en la que hasta su himno oficial es un arrorró, hablar del estrés parece un contrasentido. Pero haberlo, haylo.

Cuando yo estudiaba en Madrid, desde el año 67 al 71, los primeros días siempre me pasaba de parada en la guagua, porque, mientras esperaba a que parara completamente, me levantaba y llegaba a la puerta, la guagua ya había arrancado y volaba a la siguiente parada.

Luego, en los veranos, cuando volvía a casa, ocurría lo contrario. Me acuerdo de coger la guagua de La Esperanza para ir a la IPS a ver al que entonces era mi novio, que hacía la mili allí. Yo, que traía el ritmito de Madrid, me levantaba dos minutos antes de la parada, echaba una carrera por el pasillo y me ponía en la puerta, preparada, lista, ya, para saltar. En una de estas el chófer, acostumbrado a llevar a un montón de novias al campamento, me dijo con toda su calma: “¡Cristiaaana! Espere que apare, que se va a romper la cabeza ¿Tantas ganas tiene de verlo?”.

Así que el Movimiento Slow, el vivir despacio, sobre el que ahora sacan libros y que presentan como el descubrimiento del siglo XXI para disfrutar de la vida, ya lo ponía en práctica, hace 40 años, un guagüero de La Esperanza. Nada hay nuevo bajo el sol.

Hoy, sin embargo, tengo la sensación de que esta vida tranquila de mi tierra se ha ido acelerando poco a poco. Más pitas en los atascos, más prisas en las calles, más agitación en los que trabajan. Como el otro día que fui a comprar unas bombillas y un dependiente, superactivo y haciendo mil cosas a la vez, me dejó a mí también taquicárdica e hiperventilando, que diría mi hija.

Tengo una amiga con 3 hijas, marido, casa, trabajo y cursos fuera, que va tan corriendo a todas partes que el otro día sacó 400 euros en el cajero, salió pitando a comprar y se dejó el dinero. Menos mal que todavía hay almas nobles y una jovencita que entró detrás, salió corriendo hasta que la alcanzó y se lo dio.

Y a mí, en este momento que vivo sosegada,
me gustaría ver la calma de otros tiempos:
dibujar en las nubes, captar una mirada,
recuperar espacios, tomar el pulso al viento.

Por lo pronto, mi amiga, la que se va dejando los dineros atrás, ya se ha apuntado a yoga algunas mañanas y a un bañito en el mar después.

Está recuperando espacios de pachorra. 

martes, 24 de noviembre de 2009

Los amigos que nunca existieron


Cuando yo era (más) joven, en mis años de colegiala, estaba muy de moda lo de los pen-friends, amigos por carta, generalmente extranjeros, una especie de Tuenti antediluviano, una ventana al mundo más allá de la isla. Nuestra profesora de francés nos animaba a ello con la vana esperanza de que de esa correspondencia acabáramos siendo bilingües y cantando “La marsellesa”.

Yo tuve dos pen-friends. La primera fue una francesita, llamada, cómo no, Mireille, que vivía muy cerca de París, en Epinay-sur-Seine. Tengo todavía, en un álbum dedicado a los amigos de entonces, las fotos amarillentas de Mireille con su gatito, con sus padres, con sus hermanos, en el jardín de su casa, en un veraneo en Normandía… las fotos, en fin, de una familia de franceses a los que no conozco de nada. ¿Dónde andará ma petite Mireille (así se firmaba ella)?

El otro pen-friend era un chico larguirucho y pelirrojo, llamado Teophile, que estudiaba para marino y hacía prácticas en un barco alrededor del mundo. Estas cartas eran más interesantes, sobre todo porque mandaba postales de lugares exóticos, pero quedaron interrumpidas bruscamente cuando mi padre descubrió que se despedía con un “je t’embrasse bien fort” y, en ese tiempo, los abrazos muy fuertes ¡y de un chico francés!, aunque fueran virtuales, se consideraban extremadamente pecaminosos.

Pero eran amigos, como dice Mafalda, de morondanga. Nunca les conté, ni ellos lo hicieron tampoco, lo que pensaba ni lo que quería hacer con esa vida que estábamos estrenando. Nunca supieron de mis miedos ni de mis esperanzas. Las cartas eran una mera lista de actividades e incluso las de Teophile se limitaban a decir algo así como “llegué a Hong-Kong y dentro de dos días nos vamos a Tokio” ¿Imaginó, tal vez, ante los ruidos, olores y colores de un mercado marroquí, estar dentro de un cuento de “Las mil y una noches”? ¿Pensó que la bahía de Sydney era la más bella del mundo? ¿Tuvo aventuras, pasó miedo alguna noche ante un mar encrespado? ¿Se habrá encontrado con piratas o con el capitán Nemo a bordo del “Nautilus”? Nunca lo supe.

Los amigos no sólo son aquellos que nos acompañan en la vida, aquellos con los que hemos vivido experiencias y nos conocen como si nos hubieran parido. No son sólo hombros en los que llorar o carcajadas compartidas y sonrisas cómplices. Los amigos son, sobre todo, aquellos que nos aceptan como somos, con nuestros defectos y majaderías, sin pedirnos que seamos distintos, benditos sean.

Los pen-friends, en cambio, eran amigos perfectos. No les conocimos defectos ni berrinches ni si se despertaban un día de mal humor o, como decía mi abuela, con el culo destapado. Por eso, precisamente, nunca fueron amigos, nunca fueron friends. Yo los dejaría en “simplemente, pen”.


martes, 17 de noviembre de 2009

Día de Santa Cecilia




En el Instituto en el que trabajaba, el día 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, patrona de la música, ha sido siempre un día especial para festejar y agradecer ese regalo de los dioses que consiste en unir sonidos y que, en lugar de gritos desaforados (que también, como cuando yo le doy a la copla), te salga una melodía.

Guardo en mi memoria recitales y conciertos preciosos de ese día, pero también una multitud de actividades divertidas que Antonia Mª, la profesora de Música, con la que colaboré muchos años, proponía a los alumnos. Como, por ejemplo, buscar relaciones entre la Música y la gastronomía (recetas como el tournedó Rossini o la Mousse Copeli o las pachangas). O buscar objetos cotidianos y marcas relacionadas con un tema musical, como el gel Fa o la lejía Sabandeña. O descubrir la música en los cuentos y poemas, o en el arte o en los comics. O concursos con jeroglíficos musicales. Recuerdo una exposición de miniinstrumentos y también aquella historia de la música desde la Edad Media hasta Elvis o Michael Jackson con guiñoles de casi medio metro que nos dejó a todos encandilados.

Pero también en mi casa se celebra el día de Santa Cecilia, no porque seamos la familia Trapp, todo el día lanzando gorgoritos, sino porque ese día, hace 34 años (ahora 38), nació mi hijo, justo en el momento en que coronaban al rey. Yo estaba firmemente convencida de que sería otra niña a la que pensaba llamar Elisa. Me decía que, conforme con el día, le pegaría un nombre a quien Beethoven le dedicó una canción, el “Para Elisa”, tatatatachán tatatachán… Y entonces apareció él, con la pachorra que lo caracteriza, con casi 10 meses de embarazo (hubo que animarlo a salir) y 4 kilos y medio de peso. Se pasó dos días sin nombre mientras yo le miraba la carita a ver cuál le pegaba más y las enfermeras me proponían sin éxito Juan Carlos (por el rey), Cecilio (por el día), Sergio (por el médico que le ayudó a salir de una vez) e incluso Eliso (por mi idea inicial).

El caso es que este hijo mío, no sé si por influencia de la santa, me salió con una vena lúdico-musical-jaranera que le hizo, en cuanto fue galletón, armar unas juergas en casa por su cumpleaños, y no precisamente de música clásica, que cada vez que las recordamos, a su padre, a mí y a los (afortunadamente) pocos vecinos que tenemos, se nos ponen los pelos como escarpias.

Me acuerdo de una vez en que me levanté a las 4 de la mañana, legañosa y despelujada, mientras sonaba a toda pastilla el “que la detengan, que es una mentirosa…”, a decirle que por Dios y por cariá bajara la música al nivel del susurro o echara de casa a todo aquel personal vociferante. Y entonces me encontré en el pasillo, haciendo cola para entrar al water, a tres alumnas mías (a las que el lunes siguiente les iba a explicar la ética aristotélica) que me saludaron al más puro estilo Faemino y Cansado: “Hola Jane, ¿tuporaqui?”.

Gracias a Dios, mi hijo ya tiene su propia casa, con un Bonchódromo lo llama él, en el que, si quiere y si le dejan, puede hacer sonar las trompetas del juicio final. Así que ahora, cuando llega noviembre, ya no decimos: “Oh, no, otra vez El Cumpleaños”, sino que nos aprestamos a celebrar en casa una comida familiar y tranquilita, con barbacoa y tarta, en la que la única música que se oiga sea cantando todos a una el “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliiiiiz”.

Que, por otra parte y según dicen, es la música más oída y cantada del mundo.  

(En la foto, con un dibujo del genial Mordillo, uno de los carteles que ponía en la Biblioteca anunciando las actividades de Santa Cecilia)

martes, 10 de noviembre de 2009

Una canasta gloriosa




Aquí donde me ven, con 60 y pico tacos, yo fui una vez, durante un breve momento, una gloria del baloncesto tinerfeño. Yo tuve mis cinco minutos de fama y eso es algo que todos los que hemos llegado a esa cúspide jamás podremos olvidar.

Mi amiga Chari, que ella sí fue en serio y durante varios años una gloria del baloncesto (entre otras cosas, fue la 1ª jugadora internacional de Canarias y la Mejor Deportista de la provincia), está haciendo un blog sobre la historia del baloncesto femenino en Canarias . Allí están nuestros primeros años de las Dominicas con Pancho Monje y Domingo Sicilia de entrenadores. Allí están los años en los que compartí tardes de entreno y después alguna cena en La Esperanza con el equipo de Jerónimo Foronda. Y allí no están los entrenos, cuando ya me fui a Madrid, con otro entrenador del que no me acuerdo el nombre, pero al que llamábamos, por lo feo, Zigoto (algo peor que Feto), por aquella mala uva que tenemos los humanos y de la que ya hablé.

Todo esto viene a corroborar que fui una aficionada al baloncesto. Una aficionada activa, porque participé desde los 15 a los 20 y pico años en equipos de baloncesto insulares y madrileños. Y pasiva, porque fui siempre a comerme las uñas con aquel maravilloso Náutico que nos dejaba a todos taquicárdicos.
Dicho esto, tengo que decir, en honor a la verdad, que era una maleta jugando a baloncesto. Vamos, que no era lo mío. Igual que en música no fui ni seré nunca Plácida Domingo, en baloncesto no fui ni seré jamás Paula Gasol.

Pero una vez toqué el cielo con las manos. Y esto no lo sabe mi amiga Chari, por lo que se lo brindo para su historia del baloncesto femenino en Canarias. Yo tenía 15 años y jugaba un partido en el Dominicas B (el lumpen, que diríamos) contra el María Auxiliadora (los Nobel del baloncesto en aquella época). Nuestro entrenador era Domingo Sicilia, que se mesaba los pelos una y otra vez al ver la paliza que nos estaban dando. Y entonces yo, en ese estado de gracia que te permite el tener todas tus facultades al servicio de un ideal, metí un aro, un maravilloso aro, un balón que, después de una brillante parábola, entró limpiamente y supuso 2 tantos para mi equipo.

Perdimos por 70 a 3. Y, cuando salíamos de la cancha de aquel Ideal Cinema en medio del Barrio del Toscal, el entrenador salió conmigo, armándome la bulla de paso y comentando cómo era posible que fuésemos tan malas. Y, entonces, uno de aquellos inefables personajes toscaleros le gritó: “¡Domingo!, ¿vas con ella porque es la máxima encestadora del equipo?” 

martes, 3 de noviembre de 2009

Somos nombradores




Hace poco leí que el poeta Fernando Beltrán, que inventó nombres como Amena, Opencor o Faunia, cuando le preguntan que a qué se dedica, dice “nombrador”. Pero realmente todos somos nombradores. Igual que Dios en el Génesis, que se puso a crear cosas y a darles nombres, todos jugamos a ser dioses. Y a eso empezamos desde pequeños.

Me veo jugando con 8 años a los recortables con mi prima Mª Elena (llamada así por la canción “Mª Elena eres tú”, que le encantaba a mis tíos) y compitiendo con ella a ver quién le ponía el nombre más “precioso” a su muñeca de papel: Rosaurora, Lirio, Blancaflor… Nos gustaban los nombres cursis y, si eran de flor, mejor.

Cuando nos hacemos mayores, este supremo arte de nombrar llega a su cumbre cuando les ponemos nombres a nuestros hijos. En los tiempos de nuestros padres y abuelos se ponían dos o tres nombres: el del santo del día en que naciste, el de tu padre o abuelo, el de un señor que pasaba por allí… Mi madrina se llamaba Sebastiana Gonzala América (la llamaban por el último nombre) y tengo una amiga a cuyos padres les pareció poco María de la Concepción y le añadieron Benita Nicolasa.

Yo tengo dos nombres, además del María preceptivo y del Jane actual, y en familia me llaman por uno y mi marido y amigos por otro. Esto me obligó, cuando me casé, a hacer dos tipos de invitaciones de boda con dos nombres distintos. Una vez una amiga de mi hija, extrañada ante esta doble personalidad, le preguntó: “¿Y tú cómo la llamas?”. Ella dijo: “Mamá”.

La consecuencia fue que, cuando me llegó la hora de ejercer mi oficio de nombradora con mis hijos, elegí, de acuerdo con mi marido, nombres únicos y cortos: Ana y Daniel. Aunque, incluso así, mi hija, una vez de pequeña, se quejó de su nombre, diciéndome que era un nombre muy corriente porque en su clase había varias Anas. Entonces le contesté: “No te lo quería decir pero en realidad te llamas Ana Mamerta”. Nunca más se volvió a quejar.

En La Palma, la tierra de mi familia, son famosos por buscar nombres raros: Inerbelia, Solinario, Adolia… Tengo un amigo que a su próstata la llama “la palmera” desde que le diagnosticaron Hiperplasia Benigna.

Pero los palmeros son todavía más famosos por los nombretes. Por ejemplo, a una conocida de mi madre que era muy sexy la llamaban “la Cuchol”, que era el nombre de un anticucarachas que las dejaba tiesas. Y un Eulogio Carajo se ganó a pulso el “apellido” para él y sus descendientes (los “Carajitos”) porque mandaba allí a todos por menos de nada. En Los Sauces los nombretes crean dinastías: los Farrucos, los Solilunas, los Fogaretes, los Redondos, los Garrafones...

Tengo otros casos más cercanos. “El ohmio” era un vecino electricista que, cada vez que nos cogía por banda en el ascensor, nos daba una lección de ohmios y vatios que nos dejaba traspuestos (y electrizados). Mi hija y sus amigas llamaban a una profesora del instituto de la que no conocían el nombre "la mujer esa", y "la mujeresa" se quedó. Y un compañero mío que se llamaba Miguel Berenguelo se presentó el primer día de clase diciendo cómo se llamaba y pidiendo que lo llamasen por favor por el primer nombre. ¿Cómo lo llamaron desde entonces los alumnos? Efectivamente, “El Berenguelo”.

Y es que los humanos jugamos a ser dioses pero nos comportamos con la mala uva de los demonios. 

miércoles, 28 de octubre de 2009

La teoría de la ciruela




Una de las ventajas de ser abuela es que puedes acompañar a tus nietos a ver todas las películas de dibujos animados que quieras sin que el intelectual de turno levante una ceja con aire displicente. En lugar de decir: “Mira tú ésta, tanto Nietzsche y tanto Schopenhauer y resulta que quien verdaderamente le gusta es Pinocho”, te miran con aire de “Paciencia y resignación, hija… Ser abuela es lo que tiene”. Así que tú, además de pasártelo de miedo viendo “Shrek” o “Ratatouille”, se te pone una cara de virtuosa muy edificante.

Una de las últimas que he visto es “Up”, una historia deliciosa, precisamente de un jubilado que, tras quedarse viudo, emprende una nueva vida de aventuras tratando de hacer real un sueño que su mujer y él proyectaron durante años: viajar (y lo hace por los aires en una casa llevada por globos de colores) hasta las altiplanicies de Venezuela, desde donde surgen cascadas estremecedoras.

Esta idea de renovar tu vida a una edad en la que muchos ya te están enterrando me trajo a la memoria unos libros que leí más o menos a los 15 años, las historias de la señora Pollifax. Ésta es la protagonista de una serie de novelas (“Cómo me hice agente de la CIA”, “La sorprendente señora Pollifax”, “Una condecoración para la señora Pollifax” , “El safari de la señora Pollifax”…) que, también viuda y con hijos y nietos ya haciendo sus vidas, da un giro a su historia vital y se embarca en todo tipo de peripecias. Son historias de espías un tanto ingenuas, escritas por Dorothy Gilman en plena guerra fría, con norteamericanos buenos por un lado y pérfidos comunistas por otro. Pero eran divertidas y, desde luego, el acierto era la propia señora Pollifax: gordita, pelo blanco y ojos azules, sombreros llenos de flores. Una especie de Miss Marple pero más intrépida, que alterna el cuidado de sus geranios con clases de kárate y yoga y que de vez en cuando viaja en misiones de alto secreto.

Pero también en la vida real me he encontrado con muchos jubilados que han emprendido, nunca mejor dicho, jubilosamente, otros caminos. Emma, después de aprender inglés por un tubo, se ha dedicado a recorrer todo el mundo, cuanto más exótico el destino, mejor: acaba de venir del Tibet y Cachemira y ya está preparando un viaje a Namibia. Amparito se ha dedicado alegremente al baile caribeño; Juancho, al teatro; Mingo, que nunca había hecho ni un huevo frito, a la cocina con el entusiasmo de un Arguiñano; Maura, al tenis en el que ya ha conseguido varios premios; Carmen, después de enviudar, 4 hijos y 4 nietos, tiene nueva pareja y nueva casa; Anita dirige un aula de cultura. Y Jane está haciendo este blog.

Todos estos casos ilustran una teoría de mi marido que él llama “teoría de la ciruela”. Dice que la vida es como una ciruela. La flor es la juventud, abriéndose a todas las posibilidades. El fruto, la ciruela, es la madurez, en la que saboreas y exprimes bien el jugo y la pulpa que el mundo te ofrece. Y la vejez no es, como algunos suponen, la fruta pocha, no. Cuando ya has comido por todos lados la ciruela, ¿qué es lo que queda? ¡La pipa! La vejez es, entonces, pasártelo pipa. No, si cuando él se pone sesudo… Hegel no lo habría dicho mejor, con su tesis (flor), antítesis (fruto) y síntesis (pipa).

Y en esas estamos, pasándolo pipa. 

jueves, 22 de octubre de 2009

Trenes que se pierden




A estas alturas de la vida una ha perdido varios trenes.

Como ya dije, he perdido el tren de los idiomas. Estoy como el portugués, del que habló Moratín, que estaba admirado de ver que “en su tierna infancia, todos los niños de Francia, supiesen hablar francés”; y que concluía que “para hablar en gabacho un hidalgo en Portugal llega a viejo y lo habla mal y aquí lo parla un muchacho”. Ahora con la globalización, la tele, las clases y el turismo mi hija, ceceando, me dijo a los 2 años en Las Caletillas que si íbamos a la “zuiminpul” y mi nieto con 4 me dice que le alcance el creyón amarillo “yelou”. Nosotros, no. A nosotros nos enseñaban el francés ya talluditos, cuando la cabeza no procesaba ya lo que tenía que procesar. Así que, como el portugués, llegamos a viejos y lo hablamos más mal que bien.

En un viaje a Francia en el que pregunté a una taquillera del Metro por una conexión, la francesita, al verme el chapurreo, me contestó amablemente en español (los franceses, contra lo que se dice, son tan amables, o tan antipáticos, como los españoles) Mi marido (él también es de francés), que ya estaba loco con tanta conversación de alrededor y tanto anuncio de la megafonía, va y dice todo convencido, ya sentados en el Metro: “Pero mira, la verdad es que por lo menos a la taquillera del Metro le entendí todo”.

Otro tren perdido es el del topless. Como dice una amiga de mis tías: "Ay, si esa moda, gozosa y liberadora, hubiera existido cuando una estaba viento en popa a toda vela…" Muchas de mis amigas que lo practican dicen que nunca las han mirado tanto a los ojos como cuando se encuentran, por ejemplo, con un compañero de trabajo en Las Gaviotas. Pero, qué quieren que les diga, una ya no está para esos trotes. Y, después de todo, podemos consolarnos con que no tenemos necesidad -como en esa canción tan divertida de Javier Krahe- de rogarle a San Cucufato que nos devuelva el pudor o de preguntarle que “dónde está mi recato”.

Y el tercer tren perdido es el de la informática. Escribir un blog ha sido un primer paso pero confieso, ruborizada, que alguna vez he llamado a mi hijo para preguntarle cómo se ponía la arroba. Los términos banner, input, software o intranets me suenan a chino mandarín y hasta me da miedo tocar un botón por si se borra todo. Tengo una exalumna que me dijo el otro día que está haciendo una tesina sobre nosotros. Le dije: “¿Los jubilados?” y me contestó:”No, los analfabetos digitales del siglo XXI”.

Algunos amigos (casi) coetáneos míos son unos virgueros con el ordenador pero, cuando se ven apurados, no es como en los viejos tiempos en los que la sabiduría estaba depositada en los ancianos, cuanto más viejo, más sabio. No, ahora todos llaman a sus hijos para que les saquen las castañas del fuego. Y en esas estoy ahora, estudiando opciones y anotando cuidadosamente las instrucciones que mis amigos e hijos, los sabios, me dan. A ver si alguna vez les puedo poner más que sea una foto, un dibujo o una machangadita. Que ustedes lo vean.

(La foto la tomé en la estación de Bunyola en Mallorca, esperando al tren de madera que va hacia Sóller. Ese tren, por lo menos, no lo perdí)

jueves, 15 de octubre de 2009

Un toque de inmortalidad




Tengo un primo médico, no “médico pago” sino del Seguro, que, aparte de un excelente profesional, es un hombre cabal y bueno, con la consulta siempre llena porque sus pacientes saben que él les dedicará el tiempo y el cariño que haga falta. Hace poco, una de ellos, una viejita de 90 años, le hizo el mayor homenaje que él podía esperar. Le dijo: “Ay, doctor, si por algo temo morirme antes que usted es porque me voy a perder su entierro. Tendrá que ser algo impresionante”.
Yo, que odio los entierros, entiendo la fascinación que algunos sienten por ellos. Después de todo, forman también parte de la vida y son un hito en ella, igual que lo es un nacimiento o una boda. Pero tampoco hay que pasarse. Yendo una vez con mi madre (que era una persona simpática en el primitivo sentido de la palabra de “sufrir o sentir con el otro”), vimos, al pasar por la iglesia de San José, un entierro. Mi madre me dice: “Espera, que voy a ver quién se murió”. Se pone en la cola de los que están dando el pésame, da dos besos a una acongojada señora y aparece al rato llorando a lágrima viva. Alarmada, le pregunto: “Pero ¿quién se murió?” y me dice: “No sé”.
Hay personas que temen tanto a la muerte que ni siquiera nombran las enfermedades que pueden conducir a ella. En lugar de “cáncer” dicen “tiene una cosa mala”. Mi abuela, cuando conoció al que hoy es mi marido, arrugó la nariz y me dijo que, tan flaco que era, seguro que tenía “una mala enfermedad” (en sus tiempos la “mala enfermedad” era la tuberculosis) Ay, si lo viera ahora, tan hermoso y saludable él con 30 kilitos más…
Pero otras personas, como el sabio Epicuro, que vivió hace 25 siglos, dicen que no hay que temer a la muerte porque, cuando existimos, ella no existe y cuando ella está, somos nosotros los que no estamos. ¿Cómo temer a algo de lo que no nos vamos a enterar?
Ya Epicuro efectivamente no está, ni tampoco mi madre ni mi abuela: Pero, en cierta manera, siguen estando. En lo que hicieron y en lo que pensaron. En el recuerdo. Y esto les da, desde nuestra distancia, un toque de inmortalidad.  

(La foto fue tomada en enero de 2013 en el cementerio modernista de Lloret de Mar)

jueves, 8 de octubre de 2009

Cotillas por naturaleza




Aristóteles dijo hace una porrada de siglos que si hacemos ciencia y filosofía es porque somos curiosos por naturaleza. Y yo, cada vez que oigo por la radio a la Dirección General de Tráfico diciendo eso de “retenciones durante 50 kilómetros debido a la curiosidad de los conductores”, me acuerdo de Aristóteles.

Cuidado que somos cotillas. Todavía me sigue asombrando que haya tanta gente que deje de hacer sus cosas para plantarse a la puerta de una iglesia o de un hotel para ver entrar o salir al famoso de turno. Ojo, no digo que yo no lo haga. Mi amiga Lolina y yo una vez en la plaza del Obradoiro en Santiago nos fuimos pitadas a hablar y a hacernos una foto con Paco Nadal, un periodista de “Canal Viajar”, ante el bochorno de nuestros maridos que miraban al tendido con cara de decir “Yo a esa no la conozco de nada”. Yo también me asombro a veces de mí misma…

Pero en general lo que más me despierta la curiosidad es un buen enigma. En un verano en el que se habló mucho (las modas también van por temas) de abducciones, ya saben, eso de que te secuestren unos extraterrestres, te hagan un chequeo y tú ni te enteres, una amiga de mi hermana nos contó que unos parientes suyos, yendo en coche hacia Sevilla, pasaron durante bastante rato por una zona de muchísima niebla y, al salir de ella y no reconocer el lugar, preguntaron que dónde estaban. Les contestaron que a 25 kilómetros de Santiago de Chile. No me digan que el asunto no suscita una buena dosis de curiosidad y preguntas.Luego el tema de las abducciones pasó de moda (igual fue Iberia quién se las cargó) y no se habló más de ello. Pero mi hermana, por si acaso, siempre lleva el pasaporte y un bañador en el coche por si en una de esas nieblas aparece, por ejemplo, en Copacabana.

Quitando a los culichiches, que es como en mi tierra se llama al cotilla con mala uva, creo que una sana e indagadora curiosidad es lo que hace que seamos humanos. Cuando el pasado lunes fui a contarles un cuento a los niños de la clase de mi nieto en su Semana del Protagonista (ver “Trucos del oficio” ), antes de empezar ya se lanzaron, sin cortarse un pelo, a preguntar: ¿Qué cuento vas a contar? ¿De qué es esa careta? ¿Y esos papeles? ¿Para qué sirve esa cosa (un cilindro hueco con una membrana para hacer ruido)? ¿Trajiste bizcocho? ¿Cuándo comemos? También es verdad que uno preguntó: “¿Puedo hacer caca?”, y otro, que hubiera jurado que era el pitufo gruñón, dijo: “A mí no me gustan los bizcochos”.

Y, mientras contábamos un cuento sobre un dragón pastelero y un rey que hacía unos dulces sabrosísimos, miraba sus ojos brillantes y abiertos de par en par, sus orejas expectantes, 4 añitos de pura curiosidad, y me dije que estaba ante la cantera de los futuros filósofos y científicos. Y pensé que Aristóteles podía descansar tranquilo. 

jueves, 1 de octubre de 2009

Diccionario mamá-español




Los jubilados nos dividimos en varios tipos, según los chistes que circulan por ahí. Están “los agentes de bolsa” a los que, con la excusa de “ahora que tienes tiempo”, hijos y allegados tienen de acá para allá con la bolsa, ora a la Recova, ora al supermercado.

Están “los banqueros”, aquellos que adornan los bancos de los parques y plazas pero que en mis tiempos juveniles estaban en la entrada de todos los pueblos en un poyo que yo creo que hacían ex profeso para ellos, desde el que no se perdían nada de lo que pasaba.

Están “los bellos durmientes” también. Yo tengo un primo que, cuando trabajaba, se acostaba temprano pero le daban las mil y una vueltas sin dormir y oyendo “Hablar por hablar”. Ahora, desde que se jubiló, se pega unas siestas de 3 horas, se toma un cafecito en la cena y luego, como un tronco, hasta las 10 de la mañana roncando.

Y después están los que, como yo, nos dedicamos a “la investigación”, es decir, nos pasamos el día investigando dónde he puesto las gafas o dónde dejé las llaves. Al final, la cosa trasciende y se transforma en investigación filosófica: ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué demonios hago en la despensa con un destornillador en la mano?

La verdad es que arrastro un despiste crónico desde hace años que con la jubilación se ha agudizado. El caos mental se convierte en caos lingüístico, de tal manera que mi hija, en un amigo invisible de esos en el que todos sabemos quién es quién, me regaló un diccionario mamá-español del que les pongo una muestra:

Aquello: objeto desconocido situado en un plano más o menos lejano. Suele aparecer en la frase “Alcánzame aquello”. Se descarta la posibilidad de que se trate de las gafas, que estarían englobadas dentro de la categoría de “las estas”.

Aquello de allí: los contornos del objeto se acentúan por la existencia del adverbio de lugar. “Allí” puede traducirse como cualquier lugar situado en una zona de 20 pasos a la redonda.

Aquello de allá, aquello de arriba, aquello de abajo: modificaciones topográficas del ya mencionado “aquello de allí”.

Aquella cosa: última expresión de la familia de “los aquellos” que, a pesar de su pasmosa claridad, ha caído en desuso por esos caprichos que tiene la lengua.

Esto: Objeto situado en un plano más cercano, cuyo género viene siempre indicado por un artículo:
Los estos: los prismáticos, los zapatos, los cubiertos, dependiendo del contexto.
Las estas: Frecuentemente, las gafas. En menor medida, las zapatillas.
La esta: la manta, la llave.
El este: el azúcar, el cuaderno.
La esa: viene a ser un sinónimo de “la esta”, sólo que, en este caso, hay que ir a buscarlo arriba.

(Para Pepi, que ama los diccionarios, y para Ana, que los hace)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Huelga de besos caídos




Hace 4 años por la gripe A se pretendió que dejáramos de besarnos. Este fue mi alegato en contra.

Una pertenece, dentro de un orden, eso sí, a la gran muchedumbre besucona, tocona y achuchona. Por eso, como que me da un poco de canguelo el ver todos esos carteles en aeropuertos, colegios y lugares públicos, que, para prevenir el contagio de la gripe A, te dicen que ni besos ni abrazos ni apretones de mano ni mandangas de esas. Si te ves con alguien, aunque sea tu íntima amiga perdida a la que de pronto encuentras en una isla desierta, una inclinación de cabeza de lejos y vas que chutas ¿Cómo se puede ser tan insensible?
¿Se imaginan un mundo sin besos? Cuando trabajaba en el Instituto, todas las mañanas había un festival de besos entre alumnos, muac, muac, como si hiciera siglos que no se veían. ¿Qué harán ahora? ¿Y qué harán los rusos que no se conforman con uno ni dos, sino que, pensando que más vale que sobre que no que falte, se besuquean seis veces? ¿O se impondrá el beso esquimal como más aséptico, nariz contra nariz? ¿O, todavía peor, el de una tribu del norte de Malawi, los Ngá, de la que hablaban el otro día por la radio en “Hoy por hoy”, en la que los hombres se dan mutuamente un saludo peneano (eso mismo, se agarran el pene uno al otro tal cual si fueran las manos) y las mujeres un achuchón en el pecho?
¿Y las canciones? ¿No perderían un buen filón? No tendría sentido, por ejemplo, lo de “cuando vuelva a tu lado, no me niegues tus besos, que el beso que has negado ya no lo puedes dar…”. Aunque ésta seguía después con “une tu labio al mío…”, así en singular, que hace pensar en un beso a media bemba, aunque beso al fin y al cabo. Sí que serviría en cambio lo de “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”, porque, después de tanto besuqueo, te da la gripe y la palmas.
¿Y el arte sin besos? Ver una escultura como “El beso” de Rodin o una fotografía tan tierna y entregada como la célebre de Doisneau de una pareja besándose en París sería como ver una pintura rupestre, una escena perdida sin remedio en la niebla de la historia.
¿No estarán detrás de esa campaña antibesos las monjas de mi colegio y sus congéneres, que nos decían que no nos dejáramos coger ni la mano porque después venía el codo y después vete tú a saber qué? Ese “vete tú a saber qué” nos llevó precisamente a muchas por el camino de la perdición.
Un mundo sin besos se me antoja un mundo más frío, más peligroso e infinitamente peor que un mundo griposo. Así que yo, por lo menos, espero seguir dando y recibiendo besos a diestra y siniestra, escogidos, eso sí. En el mismo programa de radio del que hablé antes preguntaban sobre el tema a los niños de un colegio y una niña decía: “Pero yo a mis papás y a mis abuelos sí que los voy a seguir besando porque es preferible contagiar a la familia que a los amigos…” Y es que, como dice la copla, “un beso de amor no se lo dan a cualquiera”. 

jueves, 17 de septiembre de 2009

Trucos del oficio




Vaya por delante mi admiración y solidaridad con las maestras de mis nietos y sus congéneres, que tienen por misión meter en vereda a tan tiernos infantes. Para ello emplean una serie de trucos tan eficaces que incluso me he preguntado alguna vez si serían exportables a Secundaria.
Por ejemplo, mientras a mí me enseñaban de pequeña la aguerrida “Montañas nevadas, banderas al viento”, ellas enseñan una canción que dice: “La lechuza, la lechuza, hace sssssss (y aquí, dedito a la boca), todos calladitos, como la lechuza que hace sssssss ( y otra vez, dedito a la boca)” Yo calculo que con esto se estarán callados nada menos que 2 minutos (¡2 minutos de respiro!). ¿Y si hiciera esto mismo con mis zangalotes, me llegué a preguntar, imaginándomelos a todos con el dedito en la boca? Después de todo, la lechuza es el símbolo de la filosofía… Pero, mmmm… más bien no.
Otro truco es el de las caritas. Todos los niños traen del colegio diariamente en su libreta la carita contenta (si se han portado bien) o la carita triste (si han hecho el gamberro). Claro que si a mí se me hubiera ocurrido poner caritas tristes en un examen, por ejemplo, en lugar de un cero patatero, cuando he cogido a un alumno en pleno delito de copiarse, me hubiese expuesto a que se partiera de la risa y tampoco es plan.
Hace un par de años, mi nieta vino un día llorando por una carita triste en su cuaderno. Había pegado a otro niño y, cuando le dije: “Pero, ¿cómo se te ocurre pegarle?”, me dijo, hipando: “Es que… es que… yo era la “pogonista” y Hugo se puso el primero de la fila y no se quería quitar y, hip, y…” Y entonces, le zurró. Ahí fue donde me enteré de otro de los trucos más maquiavélicos: la semana del protagonista.
Durante una semana del curso cada uno de los niños es protagonista. Ese protagonismo conlleva ser el primero de la fila y tener el inmenso honor de borrar la pizarra (¡y pensar que yo tenía que rogárselo a mis alumnos con mi mejor sonrisa y diciendo “por favor” y “gracias miles”!). Pero, además, en esa semana los padres del niño protagonista tienen que ir media hora a entretener al personal con cuentos, juegos o lo que sea. Es una manera que tienen las maestras de decirle a los padres: “Ahí te quería yo ver”. ¿Cómo no se me ocurrió a mí tan magnífica idea en aquellos días en los que tenía que explicar el imperativo categórico de Kant?
Pero este año, dando una vuelta de tuerca a la cuestión, se les ha ocurrido una idea más ladina: que los familiares que vayan a actuar sean ¡los abuelos! Así que este octubre, ante el regocijo de mi yerno que, cuando se enteró, dijo: “¡¡BIEN!!”, y el escaqueo de mi marido, que dice que le da que ese día tiene que vacunar urgentemente a sus palomas de la gripe A, me voy a ver otra vez delante de 26 pares de ojos expectantes, mientras me pregunto cómo demonios los voy a mantener quietitos media hora.
Y yo que creía haber perdido de vista el aula para siempre… 

viernes, 11 de septiembre de 2009

Los fuegos del Cristo


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Hoy es el día grande de La Laguna, el día del Cristo, el día de los fuegos. Hace 4 años le hice a este día, que todos los tinerfeños hemos celebrado, por lo menos, alguna vez en la vida, mi particular homenaje

Las fiestas del Cristo de La Laguna aúnan dos imágenes –el Cristo y los fuegos- que simbolizan los dos elementos sin los cuales no se puede entender ninguna fiesta: la religión y la alegría. Los dos símbolos suelen aparecer juntos en los carteles que anuncian las fiestas. Aparecen, por ejemplo, en la portada de un viejo programa de fiestas del año 41 que encontré entre los papeles de mi padre. Y también en carteles actuales, como los que le han premiado a mi amigo Álvaro, otro jubilado como yo, que inventa, esculpe, pinta, hace fotografías bellas y lanza su mirada brillante y curiosa al mundo que lo rodea para recrearlo con ojos nuevos.

No hay pueblo que no termine o empiece sus fiestas sin esta explosión gozosa que son los fuegos artificiales. Hasta “El señor de los anillos” empieza con una exhibición de fuegos mágicos que Gandalf fabrica para terminar la fiesta en honor a Bilbo Bolsón. Y, cuando era pequeña, recuerdo que la escena que más me gustaba de “Sissi” es al final, en el balcón, viendo los fuegos, digno colofón a toda historia de amor.

Hace 20 años, fuimos con los niños a pasar 15 días en una granja francesa en el Perigord, la Francia profunda, y el pueblito más cercano tenía 200 habitantes. En esos días fueron las fiestas y anunciaron “¡maravillosos fuegos artificiales!”. Nosotros, que nos apuntamos a todo, allá que fuimos privados a verlos. La secuencia de los maravillosos fuegos fue más o menos así: ¡pum!, una lucecita azul y un ¡aaaaaah! maravillado de los lugareños; 5 minutos de silencio, otro ¡pum!, lucecita verde, aaaaaah, y así media hora más en que todo terminó, sin traca ni nada pero sí con el aplauso fervoroso del personal. Nosotros nos miramos y dijimos: “¡Estos no han oído hablar de los hermanos Toste ni del Cristo!”.

Y es que, por lo menos en la isla, los fuegos del Cristo son algo especial. Mis padres, que eran unos noveleros, siempre nos llevaron de chicos a verlos, y ahora, si alguna vez no hemos podido ir, los oímos 9 kilómetros más allá. Es el broche de oro de las fiestas y las coplas los recrean, como ésta de Nijota:
 “A Matea, la jija de Cho Capote 
se le metió un foguete por el escote.
 ¡Juye, Matea, juye, juye, Matea,
mira que los foguetes tienen idea!”.

Qué extraña fascinación tenemos los humanos con el fuego. Hace 27 siglos, Heráclito, el filósofo al que llamaban “el Oscuro”, pensaba que era porque el fuego es el símbolo de este mundo cambiante, ya saben, el “todo cambia, nada permanece”. Claro que un poeta de hoy como Ángel González, lo parafrasea diciendo “menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten”.

Hoy, cuando este 14 de septiembre por la noche veamos las palmeras de luz, los arcoiris mezclados, las campanas cayendo suavemente, las flores de plata y oro, los gigantescos estallidos, podríamos decir también que todo cambia y nada permanece, menos los fuegos del Cristo de La Laguna que, año tras año, nos traen su catarata de sonidos, color y luz. Que sigan cambiando y permaneciendo para nuestro disfrute. 

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los primeros días de clase




Mis primeros primeros días de clase los recuerdo envueltos en el olor a cuero nuevo de un maletón beig que llevaba, a lápices sin estrenar y a libros recién salidos del horno. El primero de todos, a los 6 años, ya mi madre me había enseñado desde los 3 a leer y a escribir y no fui insegura, como mi hermano, más pequeño, que se pegó una llantina a la puerta del colegio, aullando “que yo no sé ni la ‘o’”.

No me veo en ese momento con angustia sino con curiosidad, aunque sí recuerdo la timidez que te inspira la mirada de los demás. No sé por qué, el primer día fui cuando ya las clases habían comenzado y llegué con mi uniforme nuevo, un horror negro con cuatro botones en el peto. Mi madre, supongo que por aquello de más vale que sobre que no que falte, me había cosido 6 (entonces las madres hacían los uniformes) y lo primero que oí de mis compañeras fue a una que le dijo a la monja: “Madre, esa niña nueva lleva 6 botones”. ¡6 botones nada menos! Ese día aprendí que lo primero que te quiere inculcar la sociedad es a no ser diferente.

Cuando fui madre, los primeros días de clase sí que fueron angustiosos para mí. Ves a tus hijos, tan pequeñitos, soltándose de tu mano y mirando hacia atrás como diciendo: “Pero, ¿será posible? ¿Me vas a dejar aquí, so desalmada?”. El nudo que se te pone en el corazón no se te quita hasta que un día ellos te dicen, mirándote pegada a la puerta del colegio: “Mamá, ¿tú no te tienes que ir ya?”.

De profe, los primeros días de clase fueron siempre, incluso hasta el último primer día de clase, hace ya 2 años, de nerviosismo. Estás actuando ante 30 y pico personas que no te conocen y a las que no conoces. Debes demostrar que dominas la situación y que, si te pasa como una vez a mí, siendo una profe novata, el que un alumno saque un bocata de chorizo y se ponga a comerlo tranquilamente, sabrás ponerlo en su sitio para el resto del curso y no pedirle una mordidita, colega. Los profes son los profes y los alumnos, los alumnos.

Pero también el primer día de clase, mientras te presentas y pasas lista procurando memorizar todos los nombres (Yaiza, Verónica, Elena, Daniel, Antonio, Ana, Óscar…) para desde ese primer día llamarlos y hablar con ellos, notas que los nervios desaparecen y los miras y ves delante a personas con las que vas a convivir un curso entero. Sabes que hablarás con ellos de mil temas, de la vida y de la muerte o de la posibilidad de ser felices y libres. Hablarás, además, de otras personas que, igual que ellos, se han hecho preguntas, y de las respuestas. Y sabes, también, ya desde el primer día, que los querrás y que muchos de ellos, tan iguales en ese momento y tan diferentes después, te enseñarán a ti también algo más del mundo en que vives.

El primer día de clase podría ser, como en “Casablanca”, el comienzo de una gran amistad. Pero lo que es seguro es que siempre es el comienzo de algo grande. 

lunes, 31 de agosto de 2009

Como ese Teide gigante





Los isleños, y yo creo que todos los canarios, tenemos un sentimiento de amor incondicional por el Teide. Al Teide que ni nos lo toquen. ¿El Mulhacén, el Mont Blanc, el Everest…? Simples montañitas.
Aunque aquí rara vez hemos visto nevar, todos hemos ido desde pequeños a mojarnos el culo en la nieve. Todos hacemos, al menos una vez al año, una visita por devoción a esa inmensidad que son Las Cañadas. Muchos hemos subido a su cumbre y nos hemos quedado por la noche en el Refugio de Altavista para ver amanecer desde el Pico entre fumarolas de azufre, una experiencia que todo canario que se precie debería hacer al menos una vez en la vida como si fuera la visita a La Meca de los musulmanes.
Ese Teide, además, son mil Teides distintos. El Teide desde La Orotava, pero también desde Icod, desde La Punta del Hidalgo, desde el sur… ¡Esa vista soberbia desde La Gomera o desde Gran Canaria, ese Teide nevado, nublado, lleno de sol, siempre impresionante! A menudo cuento la anécdota de mi sobrino cuando tenía unos 3 años que, yendo por la autopista hacia el Puerto de la Cruz, lo vio a su izquierda a la altura de Guamasa y preguntó. “¿Qué es eso?”. Le dijimos que el Teide y al ratito lo vio, inmenso, enfrente cuando ya enfilábamos La Orotava. “¿Y eso?”. “El Teide”, volvimos a responderle. Él se quedó pensando y con lógica infantil preguntó: “¿Los Teides caminan?”.
Ese Teide de los poetas, el que enamoró a Braulio con la arrogancia de sus perfiles airados, el que hizo pensar a Hamlet Lima Quintana y a Enrique Llopis que habitaba Dios allí, el gigante con el que Crosita comparó a las mujeres canarias, mucha nieve en el semblante y fuego en el corazón, es también mi Teide familiar.
A sus faldas, en el Astrofísico, cuando mi marido trabajaba allí hace más de 30 años, pasé muchas noches, viendo un cielo limpio y llenísimo de estrellas que parecían caerse sobre nuestras cabezas. Incluso una noche vimos y luego captamos al telescopio, alejándose de la Tierra, un objeto volador que, desde luego, no identificamos. He caminado, y lo sigo haciendo, en abril y mayo por sus caminos para ver los tajinastes en flor. Y hemos ido a comer o a merendar bajo su sombra muchísimas veces que, cuando las recuerdo, siempre me traen momentos felices y me hacen sonreír. Como aquella vez , con mucho frío, que fuimos toda la familia y mi madre apareció con una olla exprés grandísima llena de potaje y un montón de cuencos. Todos nos reímos y le dijimos que a quién se le ocurre… Pero no sobró ni una cucharada y todavía recuerdo su sabor.
Cuando estudiábamos fuera y veníamos en vacaciones, los canarios en el avión siempre preguntábamos a los de la ventanilla: "¿Ya se ve el Padre Teide?”. “Ya se ve”. Estábamos en casa.


(La foto la hice en el verano del 68 subiendo caminando al atardecer (entonces no había Teleférico) hacia el Refugio de Altavista. En ella se puede ver la sombra del Teide sobre Las Cañadas)

domingo, 23 de agosto de 2009

Dándole a la copla




Aquí donde me ven, yo soy una firme defensora de la copla española. Los campos irlandeses todavía están estremecidos por los berridos que mi amiga Lolina y yo mandamos una noche, hace años, cuando veníamos de Dublín a Maynooth, después de haber estado en varios pubs de Temple Bar. En el coche, un poco cansadas de la música celta, que es muy bonita pero que, entre nosotros, no deja de ser un guineo, nos soltamos el pelo y cantamos, ante el estupor de nuestros maridos, a grito pelado y casi llorando lo de “María de las Mercedes, mi rosa más sevillaaana, ¿por qué te vas de mis redes de la noche a la mañaaana?”.
Si alguna vez van a Irlanda y alguien les cuenta en voz baja que una noche oscura de lluvia entre la niebla se oyeron unos aullidos estremecedores que seguramente anunciaban la llegada de la comitiva fúnebre de la Santa Compaña, no se lo crean. Éramos nosotras. Y eso que no cantamos lo de que “se me paren los pulsos si te dejo de quereeer…”.
Y es que la copla hay que cantarla así, con los ojos cerrados, las manos en el pecho y con un tono desgarrador que te va a limpiar el alma y dejártela sedita. Nosotras, por lo menos, dormimos como benditas esa noche (no así nuestros maridos, y probablemente los vecinos, que creo que tuvieron pesadillas).
Pero, además, la copla tiene otras dos cualidades que la hacen perfecta. Por un lado, son filosóficas, nos hacen ver de qué pasta estamos hechos, sobre todo, las mujeres, porque casi todas las coplas van dirigidas a ella, esa pérfida. Así, somos traicioneras e hipócritas (“Gitana, que tú serás como la falsa monea, que de mano en mano va y ninguno se la quea…”), apasionadas (“Es lo mismo que un nublao de tiniebla y pedesná, es un potro desbocao que no sabe a dónde va. Es un desierto de arena, pena, es mi gloria de un pená, ay, pená, ay pená, ay pena, penita, peeeena…”) e incluso hasta expertas en transacciones comerciales (“Ná te debo, ná te pío, me voy de tu vera, orvíame ya, que he pagao con oro tus carnes morenas. No mardigas, paya, que estamos en paz”).
Por otro lado, la copla te cuenta historias completas, con inicio, núcleo y desenlace, que ya quisiera el Chiquilicuatre. Hace poco leí una entrevista a la actriz Mercedes Sampietro (“El País”, 28-6-2009), otra coplera como yo, que define a la copla como “el melodrama sintetizado y cortito”. Y tiene toda la razón. ¿Qué otra canción sino la copla puede contarte en un pispás, tal como lo exigen estos tiempos, el dramón de “Él vino en un barco de nombre extranjero. Lo encontré en el puerto un anochecer cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata dejaba caer...”? O el de "Ay, amor, ya no me quieras tanto..." o el de "No te olvides que me llaman la niña de la estación". Vamos, que ante eso las teleseries no tienen nada que hacer.
Así que ya saben. Si alguna vez tienen una bajona, ahí va la receta: cójanse unos cuantos amigos fieles y ya aleccionados; váyanse a un lugar donde no haya muchos vecinos (si los hay, invítense a los vecinos también); háganse unas cuantas tortillas, bébanse unos cuantos vinitos del país y mándense unas coplas desgarradoras, filosóficas y melodramáticas.
Es mano de santo, oye. 

lunes, 17 de agosto de 2009

Héroes y villanos




La vida a veces se parece a una película del oeste, con su lucha por sobrevivir con dignidad, sus saloones y sus héroes y villanos.
La mejor heroína que he conocido se llama Macu y vive en Nantes. Cuando a mi hijo, estudiando allí, lo operaron de apendicitis, una amiga, que tiene miles de primos repartidos por el mundo, me dijo que casualmente tenía una prima en Nantes y la llamó para ver si se interesaba por él en el hospital mientras nosotros llegábamos. Macu, sin conocernos, no sólo fue al hospital, habló con los médicos y acompañó a mi hijo, sino que, cuando llegamos, no permitió que fuéramos a un hotel y nos llevó a su casa. Cuando no nos funcionó la VISA (porque en ese viaje nos pasó de todo), pagó la operación (unas 500.000 pesetas entonces) y, cuando a mi hijo le dieron el alta, se lo llevó a su casa una semana para que se “empelechara”. Macu es menuda, de sonrisa fácil, ojos claros y barbilla voluntariosa. Es del Puerto de la Cruz y está casada con un francés que es otra alma de Dios y tienen dos niñas. Para mí es Santa Macu.
Pero, igual que esto, en la vida también te encuentras villanos.
Villano fue mi profesor de Estética que hizo de una asignatura que trata de la belleza un bodrio inaguantable. En el examen final fui una hora antes para “adornar” el pupitre con palabras mnemotécnicas que me ayudaran a recordar horribles listas de ya no me acuerdo qué. Cuando llegó, dijo que mejor nos cambiábamos de aula. No sé ni cómo aprobé.
Héroe es mi profesor Emilio Lledó que, no sólo nos enseñó filosofía, sino que nos abrió los ojos a otra manera de ver y de vivir.
Villana es la que me dice a mi hermana y a mí (le llevo 5 años) que si somos madre e hija.
Héroe es quien me dice a mi hija y a mí que parecemos hermanas.
Villano es quien te dice, incluso a estas edades, cuando te ven con un blusón, que si estás embarazada.
Héroe es quien te asegura que estás más delgada (aunque en la pesa esta mañana sólo sean 100 gramos menos).
Villano es quien te dice que sí hombre, que no tiene otra cosa mejor que hacer que leer este blog.
Héroes son ustedes, quienes me leen a pesar de todo y comentan y aportan sus propias experiencias, participando en este diálogo universal que es la blogfera.
Así que en esta etapa de mi vida me estoy rodeando cada vez más de héroes y tomándome con filosofía y buen humor a los villanos, para, al final, no ser como Lucky Luke cuando se va en su caballo hacia el ocaso: un pobre cowboy solitario…  

lunes, 10 de agosto de 2009

De perros, gatos y demás fauna




Hace 4 años dediqué este escrito a uno de nuestros perros, Pimpón. También hablé de la insistencia de los niños en tener un animal en su casa y de las negativas de su madre. Hoy ya Pimpón no está en casa y mis nietos tienen su casa como un zoológico, como ya les dije aquí. Todo esto indica que el tiempo fluye, que todo cambia y que el que la sigue, la consigue.

Jardiel Poncela dijo que aquellos a los que les gustan los perros necesitan cariño y aquellos a los que les gustan los gatos necesitan amar.
En una casa como la mía en la que hay 160 palomas que pueden acabar siendo la merienda de un gato, parece que no necesitamos amar: gatos, no. Parece que más bien estamos muy faltos de cariño porque siempre ha habido perros desde que nos vinimos a vivir al campo. Una vez incluso tuvimos dos, Yan y Bol, llamados así en homenaje a Jumble, el perro de Guillermo el travieso.
Ahora tenemos a Pimpón (yo quería llamarlo Platón, pero los niños, con más sabiduría, mandan y ese es el nombre que nada más verlo le pusieron). Pimpón es un perro negro, de ojos vivos y bigotes marrones, feo como un pecado, tonto de condición y omnívoro de vocación: no sólo come todo lo que le echamos sino también los barrotes de madera de la puerta de la perrera y el encalado de los muros.
Hace poco leí que una famosa modelo se casaba vestida de Dolce&Gabanna, “igual que sus dos perritas”. En casa eso no pasaría nunca. En casa los perros viven como perros. No entran en la casa sino que disfrutan haciendo hoyos en la huerta, destrozando las plantas recién plantadas, esparciendo el cemento de un saco que, despistados, dejamos fuera, mordiendo balones y pelotas, haciendo caca en medio del césped y dejándonos el trofeo de un lagarto en la puerta. Como tiene que ser.
No entra dentro de mis deberes de jubilada pasear al perro por las tardes. Él se pasea solo. Lo que sí hacemos es jugar con él, sobre todo cuando vienen los niños, aunque, como es tonto, no aprende nada sino que se limita a brincar y a pararse repentinamente en una pose ridícula, ojos de loco y culo en pompa. Los niños lo adoran.
De vez en cuando le dan la lata a su madre para tener un animal en su casa (“¿Y un pez por lo menos, mamá?”) y ella siempre les dice que no es cuestión de dejar más animales en casa de los abuelos cuando ellos se van de viaje. Y eso que nosotros tenemos costumbre. Todavía me acuerdo del hamster que mi sobrino, de pequeño, nos dejó, con carteles por toda la casa, hasta dentro de la nevera, que decían: “Dale de comer al gánster”.
Y es que perros, gatos, peces, palomas, hamsters …, una vez que les abrimos las puertas de casa, ya son parte de la familia y nos cierran a su vez las puertas de nuestra libertad y de nuestra independencia. Aunque sean feos y tontos. Incluso aunque sean un “gángster”.

(En la foto el último perro de la colección, "Rebo", con su juguete preferido)

lunes, 3 de agosto de 2009

Mi infancia son recuerdos...




La infancia es la raíz de lo que uno es. Y la mía fue una infancia feliz en la calle del Pilar, en Santa Cruz, en donde viví en los años 50 desde los 2 a los 12 años.
Era una casa llena de gente, no sólo porque éramos cuatro niños, padres y abuela sino también porque, al estar al lado del Consulado de Venezuela, por ella pasaron tooodos los parientes y conocidos de La Palma, la tierra de mi familia, que venían a arreglar papeles para emigrar allí. Nosotros la llamábamos la Pensión Charo pero mi hermano, más bruto, hablaba de la Bernarda.
Nuestro escenario de juegos era la calle, una calle del Pilar sin coches, ¿se la imaginan? Allí jugábamos al brilé en medio de la calle y, cuando venía un coche, de pascuas a ramos, alguien avisaba: “¡Coche, coche!”. Recogíamos la pelota, esperábamos que pasara y seguíamos jugando. Pero también jugábamos en la placita de Ireneo González y en la Plaza del Príncipe, en donde los domingos oíamos a las 12 a la Banda Municipal que tocaba en el templete y llenaba el ambiente de un aire de fiesta. Y, claro, en el Parque, en cuyo carrito del abuelo nos gastábamos religiosamente las 5 pesetas que nos daban de paga semanal.
Los niños, ahora que lo pienso, teníamos una gran libertad para ir y venir. Solos salíamos a la calle, íbamos al colegio (yo por la calle de la Amargura, que ya no existe) y también a comprar a la venta. Había dos ventas cerca. Una era la venta de Matías, un hombre gordo que cada vez que yo iba a comprar me decía: “¿Qué se te ofrece, guayabito?” y nos ponía las cosas en cartuchos de papel de estraza. Otra era el comercio de Don Cándido y de Doña Rosario. Yo nunca supe por qué Matías no tenía el “don” delante. También, un poco más abajo, en la calle Suárez Guerra estaba el estanco de Doña Montserrat, a donde iba a comprar los colorines del Jabato y el Capitán Trueno, pero en el que nos dejaban quedarnos sentados en un rinconcito leyendo otros colorines.
Ahora sé que mis padres pasaron apuros –era la posguerra- y también momentos tristes. En esa casa murió mi abuelo al que yo adoraba, más joven de lo que yo soy ahora. Pero no dejaron que los niños notáramos gran cosa. Sólo recuerdo la casa llena de gente y no los llantos ni el luto. Y, cuando pienso en esa etapa de mi vida, lo que me viene a la mente son imágenes alegres: todos en la azotea con cristales ahumados viendo el eclipse solar y oyendo a los gallos saludar a un alba falsa; o en el patio de la casa cogiendo langostas durante una plaga para meterlas en un frasco de cristal y llevarlas al colegio; o comprando churros para el desayuno del domingo, al lado del Parque recreativo, después de la misa.
A estas alturas de mi vida, siempre que vuelvo la vista atrás, tengo la sensación de una vida dividida en etapas que coinciden con momentos determinados. Primero, la infancia; después, ésta se acaba y empieza la adolescencia, esos cinco años de turbulencia y desorientación; la juventud son los años de universidad y de volar lejos; la madurez es la llegada de los hijos y del trabajo; y ahora, con la jubilación, la vejez o tercera edad para decirlo más suavemente.
De repente a los 12 años nos mudamos de la calle del Pilar al barrio del Toscal. Sólo era un poco más allá pero en ese momento sé que se acabó mi infancia y comenzó la adolescencia. Mi abuelo, el poeta, terminaba la poesía que nombré en una entrada al blog anterior (“Cartas del más allá”), titulada “Infancia”, con estos versos:
“¿Quién descolgó mi columpio
de dos fúlgidas estrellas?
No lo sé.” 





(La foto de la calle del Pilar es de la FEDAC (1948) El edificio que se ve es el de la Lucha, en la esquina de la calle Suárez Guerra. En el bajo, estaba el estanco de Doña Montserrat. Yo vivía más arriba, cerca del Parque. 
Las otras dos fotos son de la Plaza del Príncipe y del Parque, mis "patios de juegos". La primera es de la web todocolección.net y la segunda de vamostenerife.com) 

miércoles, 29 de julio de 2009

Un viaje a Berlín



Hace 4 años Berlín se convirtió en un lugar amable, un lugar que se puede amar

Los jubilados nos apuntamos a un bombardeo si ello conlleva un viajito. Incluso yo que, ni loca, hubiera ido con los alumnos de viaje en otros tiempos, me vi el otro día ofreciéndome como acompañante en un viaje a Noruega que está organizando mi ex-instituto. No sé noruego, les decía, pero después de meterme entre pecho y espalda los tres tochos de Millenium, tengo un amplio conocimiento de la cultura escandinava. Creo que no coló. Pero por viajes que no quede y el último ha sido a Berlín.
Mi amiga Ángeles, que murió antes de cumplir los 50, pero que recorrió medio mundo y disfrutó plenamente de la vida, decía que a todo viaje ella le pedía tres cosas: arte, naturaleza y una terraza para ver pasar el mundo. Berlín tiene las tres.
El arte está en la música que llena las calles y plazas, tocada por virtuosos que parecen haberse escapado de la Filarmónica. Pero también está en el cuello, los pómulos y la mirada de Nefertiti que nos contempla, inescrutable, desde hace 35 siglos. O en el altar de Pérgamo, o en el Camino azul de las procesiones que conduce hasta la Puerta de Isthar, la diosa fenicia de la luna.
La naturaleza irrumpe en los jardines, en los recodos del río Spree y en los parques, que recuerdan que Alemania es el país de los hermanos Grimm y de los cuentos de niños perdidos en el bosque.
Las terrazas se abren en estos días cálidos de julio ofreciendo olores y aromas a cerveza, a salchichas y codillos, e incluso un día jabalí a la brasa que probamos al estilo Obélix.
Pero, además, también Berlín en cada esquina, desde el Memorial al Holocausto hasta el barrio holandés de Postdam (el Berlín imperial), tiene historias que contarnos: de emperadores y de locos que quisieron ser emperadores; de enamorados separados por un muro 28 años; de granaderos con talla de casi gigantes; de bosques que ofrecieron, generosos, su madera para que los hombres combatieran el frío y, quizás, la pena; de esquelitas doradas entre los adoquines de las aceras que nos hablan de familias enteras destruidas; o de okupas que convirtieron casas en hogares. Y, entreveradas con las historias, la guerra y los milagros, la censura y la libertad, los héroes y los villanos.
Todo viaje lejos de casa siempre lo es de descubrimiento del otro y de lo otro, de aprendizaje, pero, sobre todo, de diversión, palabra que tiene relación con diversificarse, con hacer cosas diversas. Mi madre, que era también una gran viajera, me dijo cuando sólo le faltaba un mes para morir: “Tal vez no viaje más, pero ¿y lo que me he divertido haciéndolo?”.
Pues a seguir su ejemplo, mientras se pueda.








martes, 21 de julio de 2009

Duyuspikinglis II: los trips




Sí, sé que el inglés es necesario y me gustaría de verdad aprenderlo, ahora que tengo tiempo. Uno, porque muchos de mis libros preferidos (Ay, mi Jane Austen) son ingleses en su lengua original y pienso que, traducidos, algo de esencia deben perder. Y otro, porque no me gusta que vacilen conmigo por esos mundos, como hace un amigo mío con los extranjeros que le preguntan por dónde se va a “Puto del Hidalgo”.
En mi único viaje a Londres fuimos con un tour operador con el que juré no viajar nunca más. Éramos varias parejas y nos pusieron a cada una en una punta distinta de Londres (aparte de otras perrerías que no vienen al caso). A nosotros nos tocó un hotel en Picadilly que no tenía baño ni en la habitación ni en las inmediaciones. Los hoteles ingleses (por lo menos, éste) no son como los nuestros en los que los recepcionistas pasan de un idioma a otro que da gusto oírlos. No, allí se habla inglés y sanseacabó. Así que una amiga nos dijo una frase cuya pronunciación apuntamos tal cual en un papel y que más o menos quería decir que nos gustaría ducharnos. Más tarde me enteré que lo que pedíamos era algo así como “coger un baño”, pero el caso es que nos entendieron y nos mandaban cada noche a una señora negra, seria y oronda, tipo la que decía “señorita Escarlata” en “Lo que el viento se llevó”. Llegaba cargada de toallas y nosotros, primero yo y después mi marido, la seguíamos por interminables pasillos hasta un baño con bañera de patas (había 3 para 100 habitaciones) que abría con llave y, cuando terminábamos, limpiaba y cerraba. En los días que estuvimos allí creo que sólo lo usamos nosotros. No me digan que esta situación no hubiera estado bien para una larga y erudita conversación.
Otra ocasión en que eché de menos hablar inglés fue en Irlanda. Esta vez los amigos y nosotros fuimos a un bed and breakfast. La dueña, una señora irlandesa, amabilísima y loca, llamada Mamie y a la que enseguida bautizamos como Mamá Chola, nos dejó su casa alegremente y se largó, creemos que al pub más cercano. A nosotros nos tocó en su dormitorio y esa noche me despertaron unos gritos que decían “¡Mamie, Mamie!” y una retahíla después y, ante mi horror, vi aparecer por la ventana la mano de un hombre que golpeaba el cristal. ¿Qué se puede decir en inglés en estos casos, sobre todo si no sabes inglés? Yo dije, alto, despacio y vocalizando bien: “Ai-don-un-ders-tan”. Pero debe ser que mi inglés era muy de Oxford para su gusto porque el hombre no paró hasta que también se despertó mi marido que, más expeditivo, se sentó en la cama y bramó: ”¿QUÉEEE?”. Y esto sí parece que lo entendió porque se marchó. Después nos enteramos que había tocado en todas las ventanas y que era el hijo de Mamá Chola que había venido con sus hijos sin avisar desde Inglaterra y se encontró la casa de su madre llena de okupas.
Así que sí, probablemente vuelva a intentar lo del inglés un año de estos. Aunque una señora inglesa y yo estuvimos hablando en Hyde Park por lo menos un cuarto de hora acerca de una rebeca que me había comprado aquí, en la Exposición Iberoamericana. Y sin saber ni papa ninguna de las dos de los respectivos idiomas.
Para que luego digan que no existe un idioma universal.